Quédate conmigo (En el último rincón del mundo 4)

Sandra Heys

Fragmento

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Capítulo 1

Era el peor lugar para hacerlo, pero eso no iba a impedir que continuara contemplando el magnífico paisaje.

Los firmes globos gemelos enfundados en esa tela gris eran la tentación personificada. Las piernas que bajaban desde ellos no eran para nada tan largas como a él solían atraerle, pero como Alicia nunca iba a ningún lado sin esos enormes tacos, compensaban mejor que bien aquella mínima deficiencia.

Y cuando la muchacha se puso de pie, Agustín empezó a babear por la estrecha cintura y la suave espalda que acompañaban al mejor trasero de la historia del universo.

El pelo negro bajaba trenzado a lo largo de la columna, y se preguntaba cómo luciría sobre la piel morena desnuda, mientras sus dedos corrían junto a él. O mejor aún, suelto y salvaje, sobre sábanas blancas... mientras sus dedos corrían junto a él.

Una lástima que fuera la cuñada de Cristóbal, el otro socio del bufete de abogados del que era propietario. Eso la convertía en terreno vetado.

Agustín conoció a Alicia unos pocos meses antes, el día que, sin ninguna vergüenza, interrumpió una reunión de directorio de la firma de abogados que Cristóbal intentaba presidir, aunque para efectos prácticos, quien lo hacía era Alfredo, el padre de este, con la ayuda del mismo Agustín, que era el único otro abogado de la firma que estaba al tanto de los problemas personales de Cristóbal.

Fueron apenas unos minutos, pero la explosión que provocó en las vidas de todos los presentes tuvo el poder de una bomba atómica.

Y él no fue la excepción. Alfredo la presentó como «una mujer cuya belleza solo puede ser rivalizada por la de su hermana mayor», y ella agregó que era la inteligente de la familia, con una voz ronca y profunda que lo afectó a un nivel físico como muy pocas mujeres lo consiguieron a lo largo de sus treinta y dos años.

Después de ese día, se cruzaron en muchas ocasiones, en especial en la oficina, ya que ella estaba actualizando las redes y equipos computacionales. También se vieron en algunas reuniones sociales, el matrimonio de Cristóbal y Elizabeth; el cumpleaños de Alfredo, quien parecía tenerle un gran cariño a Alicia; una pequeña fiesta que dieron en la oficina para reinaugurar de manera oficial las modernizadas instalaciones.

Al comienzo, pensó que ella también se sentía atraída por él; le sonreía, le coqueteaba, lo buscaba. Pero después se dio cuenta de que ella simplemente era así: una mujer hermosa, inteligente, alegre, muy consciente de su propia sensualidad, además de un tantito descarada. Y si parecía buscarlo, era, en realidad, porque él no conocía a muchas de las personas invitadas al matrimonio de Cristóbal y Elizabeth, así que ella, como hermana de la novia, se propuso conversar con todos los asistentes que parecían estar solos.

No lo notó ese mismo día, sino que le pareció de lo más natural que se acercara a hablar con él y que después le presentara a su hermano Enrique, con quien ya había tenido tratos telefónicos. Pero cuando hizo lo mismo en la fiesta de cumpleaños de Alfredo, y le presentó a un primo de Cristóbal y vio que hacía lo mismo con otras personas, fue cuando comprendió que solo ejercía de coanfitriona por solicitud del cumpleañero, y que no lo buscaba a él, sino que hacía lo posible para que los invitados se sintieran acogidos.

Claro que se sintió decepcionado, pero inmediatamente se corrigió. Si Alicia no fuera la cuñada de Cristóbal, la invitaría a salir y podrían pasar un buen rato juntos, pero la cuestión es que sí era familia de su socio.

Y no solo eso, sino que Enrique le daba un miedo tremendo, aunque no entendía muy bien por qué. Se veía muy fuerte, pero era más bajo que él. Y Agustín se conservaba en buena forma, había jugado voleibol en el colegio y seguía practicando. También iba al gimnasio tres veces por semana, no era ningún alfeñique, pero el hermano de Alicia tenía una manera de mirarlo que le daba pavor.

O tal vez, solo era él sugestionándose.

Alicia volvió a arrodillarse y se metió debajo de una mesa, por lo que pudo apreciar el magnífico trasero que lo tenía loco. Se quedó con la mirada fija hasta que una desagradable presencia se metió en su campo visual.

Está bien, Marta era una excelente ayudante. Inteligente, vivaz, con iniciativa, y Agustín podía decir que envidiaba a Cristóbal por contar con ella. Pero ¿tenía que maquillarse como si fuera una artista del circo? Y la ropa ¿debía ser tan brillante que dañara los ojos? Lo peor, sin embargo, era meterse donde nadie la llamaba y no quedarse callada nunca, excepto bajo amenaza directa de Cristóbal.

—¿Qué piensas tú que estás haciendo? —preguntó a quemarropa, sin mediar ni un saludo o advertencia.

—Marta, buenas tardes. Con todo respeto, métete en tus propios asuntos.

—Eso hago. Esa niña que tú ves ahí es mi propio asunto.

—Esa mujer que está ahí... porque no es una niña... es adulta y capaz...

—Nadie es capaz por acá, excepto yo. —Y ahí tenía otro enorme defecto que agregarle a la secretaria. Esa increíble pedantería.

—Mira, Marta, yo no soy tu jefe...

—Gracias a Dios, porque no trabajaría con un imbécil como tú ni aunque fueras el último abogado sobre la faz de la Tierra.

—... a mí no me vienes a mandar. Y no soy ningún imbécil.

—¿Ah, no? Imbécil eres, si no sabes a quién pertenece el dulce trasero que miras. —Marta se acercó un par de pasos más, ocultando totalmente el hermoso paisaje.

—Puedo admirar la belleza de un volcán, y no por eso querer irme a vivir ahí.

—El problema es que tú quieres cocinar tu salchicha en ese volcán. —Agustín tuvo que morderse los labios para contener la carcajada, aunque no pudo dejar de asombrarse con el descaro de la mujer—. Y después, si te visto ni me acuerdo. Si quisieras irte a vivir al volcán, sería distinto.

—¿Sabes, Marta? Me perdí. Parece que no estamos teniendo la misma conversación.

—De partida —Marta empujó el dedo índice tantas veces y con tal fuerza contra el pecho masculino, que de seguro dejaría alguna marca. Y definitivamente, lo dejó fuera de su oficina—, no estamos teniendo ninguna conversación, estás siendo advertido.

—¿Advertido de qué? —preguntó, fingiendo no comprender. Pero lo sabía.

—Ella no es para tus juegos. Todos aquí sabemos que para lo único que buscas a una mujer es para pasarlo bien y listo. Y no me vengas con que la tasa de divorcios o algo así. Yo soy casada y sé que es difícil. Supéralo.

—Ah, Marta, querida. ¿Y si ella quisiera jugar? —Una sonrisa deslumbrante bañó sus facciones. Él sabía cómo engatusar a las mujeres.

—Pues no quiere. No me hagas llamar a Antofagasta. Enrique me dejó encargada a Alicia, y una sola palabra mía y ese hombre atraviesa la mitad del país para ponerte en tu lugar. —Su sonrisa no servía con Marta, así que la apagó de inmediato. No fue el susto por la amenaza; no, señor.

—Enrique es un hombre mucho más juicioso que tú.

—Por supuesto. Y mesurado, también. Su tranquilidad solo es superada por esos enormes brazos y esos hombros que son capaces de derribar un muro. Yo lo he visto —concluyó Marta, ominosa.

Agustín no sabía si era verdad o no, pero por las dudas, levantó las manos en señal de rendición y se alejó por el pasillo que lo llevaría hasta su despacho. Pidió un café a la ratonil mujer que era su secretaria de ese mes y continuó caminando sin que nada lo detuviera, ni siquiera la pregunta: «¿Con azúcar y leche, señor?». Estaba escrito en las instrucciones, y si la mujer aún no lo descubría, duraría menos que las predecesoras.

Se sentó frente al escritorio y dio una mirada somera a las carpetas que lo esperaban. Eligió una, un divorcio de común acuerdo y sin peleas por la custodia de los hijos o la repartición de bienes, y la abrió. Alcanzó a leer la primera página del último documento agregado, redactado por la peor secretaria que había tenido hasta ese día, y cerró la carpeta de golpe. ¿Es que esa mujer ni siquiera era capaz de ver las líneas rojas que aparecían en la pantalla? Una cosa era que se equivocara al citar un artículo, pero otra, y muy enormemente distinta, era que el documento en cuestión contuviera faltas ortográficas.

Cuando sonó el teléfono, rogó que no fuera para preguntarle de nuevo cómo quería el café. ¡Salía en las instrucciones, maldita fuera! Estaba seguro de que Marta sabía hasta qué talla de calzoncillo usaba Cristóbal. ¿Por qué no podía él encontrar una secretaria que fuera la mitad de eficiente que esa ofensa a la vista, y que usara ropa decente? ¿Era mucho pedir?

—Lo llama la señorita Macarena Olavarría, señor —musitó el ratoncillo, antes de colgar a la velocidad del rayo.

¡Doble maldita fuera! Para asegurarse de que no pasara llamadas indeseadas se lo dijo con claridad. No esperó a que lo leyera. Nada de llamadas personales, excepto su madre y sus primas. ¡Ninguna! Pero, conociendo a Macarena, probablemente le había dado un susto de muerte a la mujer y no le había dado alternativa. Pero él tenía una. Tomó la llamada sin permitir que le dijera ni media palabra.

—En caso de que no entendieras las diez veces anteriores, no quiero volver a verte.

Y colgó, sin importar nada más.

Tuvo que esperar cinco largos minutos a que la niña-ratón apareciera con un café frío y amargo. Él no era muy exigente, si el café no llegaba tal como le gustaba se lo bebía de todas maneras. ¿Qué más daba que no tuviera tres cucharadas de azúcar y media de crema? A la secretaria anterior siempre se le olvidaba la crema. Dos o tres antes, insistía en que consumía demasiada azúcar, así que siempre se la reemplazaba por algún endulzante artificial. Pero siempre, ¡siempre! llegaba caliente, que era lo único que él no tranzaba.

—Venga acá —le gruñó al ratoncito por teléfono. ¿En serio se demoraba cinco minutos en cruzar los diez metros que los separaban? Cuando finalmente llegó, a Agustín ya no le quedaba paciencia. Entre las faltas ortográficas, la llamada de Macarena y el café frío habían terminado con ella—, está despedida —le dijo apenas esa mujercilla pequeña, flacuchenta, con enormes ojos agrandados por sus gafas y completamente vestida de gris, sin un toque de maquillaje, llegó junto al escritorio.

—¿Se... señor?

—Despedida, ¿tengo que deletreárselo? Tiene cinco minutos para tomar sus cosas e irse.

No sintió remordimiento alguno. Sabía que era exigente, pero también sabía que la remuneración y las otras prestaciones eran elevadas, compensaban tantas obligaciones. Así pues, tomó el teléfono y llamó a la oficina de recursos humanos.

Cinco minutos después colgó. Con la mayor delicadeza posible, la encargada de dicho departamento le comentó que la oficina de empleos no enviaría otra candidata para el puesto de secretaria. ¿Por qué? Muy sencillo. Diez secretarias en ocho meses era más de lo que cualquier empresa podía necesitar... o tener.

Eso quería decir que debía encontrar una ayudante él mismo. ¡Maldita fuera!

Volvió a coger el teléfono y llamó a su prima Constanza, quien se hubiera reído en su cara de estar con él. ¡Claro que él no pretendía que fuera ella en persona la que asumiera ese cargo! Solo le preguntaba si conocía a alguna mujer que quisiera hacerlo.

Lo bueno fue que se ofreció a ayudarlo por un par de días en la oficina, en especial a buscar una secretaria definitiva. Y le dio un pequeño repaso.

—¿Has pensado, querido primo, que tal vez debas cambiarte de género? —preguntó Constanza, con tal condescendencia que parecía hablarle a un niño pequeño.

—¿Un secretario, dices?

—¿Algún problema con el cambio de roles tradicionales? —Oh, Agustín no tenía ningún problema con eso, solo le encantaba escuchar a Constanza molesta y amenazante. Le daba mucha risa.

—Bueno, prima querida, si de tradiciones se trata, sabrás que a las mujeres se les permitió ser secretarias para que los hombres se liberaran de trabajos tan poco desafiantes.

—¡Vas a pagar por eso, Agustín Rafael! —Y ahí estaba Constanza Petronelli en toda su furia.

—Prima querida, ¿por qué siempre caes? —inquirió Agustín, entre grandes risotadas.

—Te odio, Agustín.

—No, cariño, me amas, lo sabes. Yo también.

Y era tan cierto como que el sol era caliente. Constanza, Ximena y él eran primos, pero se habían criado como hermanos, y así se querían.

Rafaello y Simona, sus abuelos, criaron dos hijas. Ambas tuvieron tan mal gusto al elegir marido que lo único bueno que sacaron de ellos fueron los hijos. Después de las horrorosas separaciones, volvieron al hogar paterno, donde las recibieron con los brazos abiertos, hicieron todo lo posible para protegerlas de sus esposos y se involucraron activamente en la educación de los nietos.

Para ellos, Rafaello y Simona eran mucho más que los abuelos.

Después de colgar el teléfono, intentó volver a trabajar, pero en verdad necesitaba un café, así que fue él mismo a servírselo. Vio a Marta en la cocina y el gesto burlón con que lo saludó fue un motivo más para que le desagradara.

No le importaba lo que ella, ni nadie, pensara. Era exigente, pero justo. Trabajaba más horas que cualquiera en la firma. Incluso más que Cristóbal, desde que él se había casado.

Siempre tuvo un rol muy definido al interior de la empresa, era quien se encargaba de cualquier litigio familiar de los clientes. Divorcios, problemas de custodia, testamentos. Todo eso pasaba por sus manos, excepto lo referente a Emilia Larraín Mackenna, que era tanto la mejor amiga de Cristóbal como la mujer más rica de Chile, poderosa como pocos en el país.

Casi no se dedicaba a la supervisión de otros, solo de los abogados principiantes que trabajaban directamente con él, pero eso también estaba cambiando. Cristóbal, ejerciendo su derecho de socio principal, había delegado en él y en Alfredo algunas labores administrativas, por lo que la cantidad y variedad de trabajos que eran responsabilidad de Agustín habían aumentado.

Y para colmo de males, seis meses atrás, su secretaria le anunció que no volvería después del postnatal. No podría con el trabajo, dos niños de cinco y tres años, más el recién nacido. Ni podía, ni quería. Él mismo la orientó en los trámites que debía hacer, considerando el fuero materno, gruñendo y pataleando, claro, pero feliz por los niños que recibirían toda la atención y el amor de la madre.

El gran problema no era que ella hubiese renunciado, era que no encontraba un buen reemplazo.

Sabía que andaba de muy mal humor, pero no podía evitarlo. Cristóbal tuvo el mismo problema cuando Tirsa renunció. Ella fue la secretaria de Abel Gumucio y siguió trabajando con el nieto por un tiempo. Después de una larga sucesión de inútiles y enamoradizas secretarias, apareció Marta, quien llevaba casi cinco años con Cristóbal. Así que él también le había recomendado pensar fuera de los márgenes acostumbrados.

¿Sería un secretario la solución?

Bueno, prefería un hombre en el despacho junto al suyo que una mujer como Marta, eso era seguro.

Marta, que nunca se callaba; Marta, que se metía en donde nadie la llamaba. Marta, que sacaba conclusiones erróneas sobre él; Marta, que protegía a Alicia como un perro guardián. ¡Ni que fuera virgen o algo así! Es decir, a él no le constaba, pero ¿una chica de veinticuatro años, moderna y traviesa como Alicia, virgen? No, ni hablar.

Por otro lado, él sabía que su reputación con las mujeres no era buena. Aceptaba una parte de la culpa, pero no toda.

Era una creencia popular, entre quienes lo conocían, que él solo mantenía relaciones superfluas y no pensaba casarse nunca jamás, porque, habiendo visto tantos divorcios pasar por su escritorio, no creía en la santidad del matrimonio.

El problema era un poco más profundo que eso, pero era algo de lo que jamás hablaba, excepto con Constanza y Ximena, que habían tomado la misma resolución que él, muchos años atrás, cuando aún eran casi niños —si de la edad se trataba—, pero en realidad, eran más adultos de lo que muchos conseguían ser a los cuarenta años y más.

No era ciego, sabía que algunas relaciones funcionaban. Sus abuelos eran un gran ejemplo de ello. Alfredo y Cristina, primera esposa y madre de Cristóbal. Él vio todo el dolor del hombre cuando ella enfermó, un dolor tan atroz que solo podía venir del amor más profundo. También conocía a los padres de Alicia y Elizabeth. Sabía que llevaban más de treinta años juntos y parecían enamorados como el primer día.

Pero... y era un «pero» enorme... esos eran tres ejemplos, entre todas las personas que conocía.

A cambio, solo en su familia directa, había dos fracasos tan sonados y miserables que pesaban mucho más que los miles de casos que pasaron y seguirían pasando sobre su escritorio. Y ni siquiera estaba contando a Alfredo y Patricia, la horrible segunda esposa.

No quería engrosar las estadísticas, ya que además se consideraba muy humanitario.

Según sus cálculos, uno de cada mil matrimonios era feliz y comía perdiz. Si él se casaba, en el caso hipotético que apareciera alguna vez una mujer que lo hiciera replantarse sus ideas, lo conseguiría, contra viento y marea. Marta (le gruñó mentalmente) le dijo que era difícil, pero si ella podía conseguirlo, claro que él también lo haría. Pero eso querría decir que novecientos noventa y nueve matrimonios fracasarían para que él pudiera triunfar.

No llevaría ese cargo en su conciencia. Es decir, si solo el diez por ciento de esos potenciales divorcios llegaban a él, no podría aguantarlo. En verdad, no podría. Se volvería loco.

Así que era honesto con todas las mujeres con las que se involucraba. Brutalmente honesto. Si ellas elegían no escucharlo, no era problema de Agustín. Si ellas, como Macarena Olavarría, preferían creer que serían la diosa que haría que él cayera rendido a sus pies, no era su responsabilidad.

Él siempre les decía, siempre les advertía. «No quiero un relación de verdad, esto no va a terminar jamás en matrimonio». Recordaba a Macarena diciéndole algo así como: «Oh, querido, solo cállate y bésame».

Con ella había sido incluso más honesto que con las otras. «No me digas querido», le pidió. «Yo no tengo ningún sentimiento por ti, solo quiero acostarme contigo, y si tú crees que eso va a cambiar, estás equivocada».

Pero ella le contó que hasta al perro le decía «querido», que no significaba nada. Menos de dos meses después salió con que estaba enamorada de él y dispuesta a luchar hasta la muerte por su amor. Pero la escaza cantidad de tal sentimiento que tenía en el corazón le pertenecía a su madre y a sus primas, que eran toda la familia que le quedaba.

Más de una mujer le había dicho que estaba enfermo, mal de la cabeza, que era un pervertido, que debía tratarse con un psiquiatra, que debía ver a un profesional para que lo ayudara con sus traumas.

Pero él no tenía traumas. Es decir, los tuvo, claro. Muchos. Pero ya no pesaban nada en su vida. Rafaello y Simona los llevaron, a él y a las niñas, con profesionales que los ayudaron a superar la separación de sus padres con todas las ramificaciones que tuvieron.

Era un ser humano tan normal como cualquiera, con todo el derecho de tomar decisiones como no casarse. Cumplía todas sus obligaciones, era un buen ciudadano, un buen vecino, reciclaba, era limpio y ordenado, tenía ahorros. Era un jefe exigente, pero pagaba bien. Se mantenía saludable y en forma, y tenía apetitos sexuales comunes y corrientes. Abundantes, sí, pero ninguna rareza, como amarrar o golpear. Había huido horrorizado cuando una mujer le pidió que la azotara. No se negaba a usar juguetes o experimentar, si su compañera de turno quería, pero de ahí a pegarle a una mujer era un rotundo y gigantesco ¡NO!, para él.

Solo dos veces en la vida había levantado la mano a propósito para golpear a otra persona, ambos hombres, grandes y fuertes. Y solo para defender a alguien que quería.

Respecto a los hijos, no estaba seguro. Por un lado, creía que era su deber producir un heredero para el legado de Rafaello. De él, o de las niñas. Pero Ximena no podía, lo había intentado, con el maldito patán que terminó con sus ilusiones al tirarla por las escaleras en medio de una pelea. Constanza y él acudieron en seguida a ayudarla, pero no hubo nada que hacer. El aborto fue instantáneo y las consecuencias nefastas. Él, al menos, tuvo la satisfacción de, literalmente, romperle la nariz al imbécil.

Dadas las inclinaciones sexuales de Constanza, era muy difícil que algo así pasara por accidente, en forma natural. Es más, cierta noche en medio de copas le dijo que lo había probado una vez, y que eso solo había servido para confirmar que era tan lesbiana como la que más. Estaba dispuesta a arriesgarse, pero en una clínica de fertilidad, con un donante anónimo, aunque solo si él declinaba definitivamente ser padre.

El problema era que Agustín necesitaría de algo más que un donante anónimo.

Constanza le ofreció una solución. Viviana, una amiga, quien jamás saldría del clóset y necesitaba una buena tapadera. Podrían casarse y hacer cada uno su propia vida —con mucha discreción— y cuando de común acuerdo lo decidieran, ir a una clínica.

Él conocía a Viviana, era una mujer bonita, elegante y sofisticada, de buena familia y una profesional entregada. Agustín creía que ella pariría al bebé y se lo entregaría a una niñera, para seguir con su propia vida. Con mucha discreción, eso sí.

Agustín odiaba esa idea.

La relación que aún mantenía con su madre era un vínculo muy especial. Él la adoraba, conversaban de todo, almorzaban o cenaban tres veces por semana, él la visitaba o ella pasaba por el departamento o por la oficina. Lo mejor era que a ella jamás se le ocurriría decirle cómo vivir, ni mucho menos empezaría con el absurdo del matrimonio y los nietos. El gato escaldado, del agua fría huye... y se lleva a sus gatitos.

Había considerado seriamente la idea de un matrimonio de conveniencia. Después de todo, sabía que un hijo nacido en esas circunstancias sería amado por el padre, la abuela y las dos tías. Y tal vez estaba equivocado sobre Viviana.

El problema fue que coincidió con el anuncio del embarazo de Emilia Larraín Mackenna. Todos sabían que el matrimonio de la rica heredera con el pobre gimnasta y padre soltero era de conveniencia. En teoría, era secreto. Pero era un secreto a voces.

Cristóbal era el único con acceso a toda la documentación... hasta que Emilia pidió que se destruyera el contrato prenupcial, para lo que llamaron a Agustín y que él sirviera de testigo. Y sí que atestiguó algo muy importante. Emilia y Matías, contra todo pronóstico, se habían enamorado.

Su matrimonio de conveniencia dio paso a uno muy real.

Y después cayó Cristóbal.

Entonces pensó que tal vez todos estaban equivocados sobre Viviana. La misma Viviana incluida, y ya la veía confesando que gracias a él se había dado cuenta de que no era lesbiana, y que se había enamorado de él... quién también había caído en el embrujo y la amaba profundamente.

Entonces, salió corriendo.

Constanza lo obligó a tomar una decisión en relación a su amiga, o cualquier otra mujer, y a los hijos. Por suerte, era lo suficientemente inteligente como para darle un largo plazo. Hasta el cumpleaños treinta y cinco de Agustín. De lo contrario ella, que tendría treinta y tres, buscaría tener un hijo o hija, que pudiera seguir con el legado de Rafaello.

Ese era parte del pacto que habían hecho cuando Ximena tenía quince años, él trece y Constanza once. No se casarían nunca, podrían tener relaciones, incluso serias, pero las mantendrían fuera de casa. Solo uno de ellos tendría un hijo, que sería el heredero universal de la participación de la familia en Gumucio, Petronelli y Asociados, y de todos los bienes que consiguieran reunir entre los tres.

En ese momento se prometieron que vivirían siempre juntos, pero después de intentarlo, renunciaron. Ninguno toleraba las excentricidades y manías de los otros por un período muy largo, por lo que cada uno dejó atrás el hogar familiar.

Rafaella, su madre, siguió viviendo en el enorme caserón, solo porque ninguno quiso venderlo. Sabedora del pacto de su hijo y sobrinas, había buscado un pequeño y moderno departamento para ella. Finalmente, se lo entregó a Constanza, que fue la última en decidir que no podía vivir ahí.

Tanta contemplación lo dejó con la taza vacía y sin ánimos de trabajar, sino de tomar otro café, por lo que fue a la cocina y la rellenó.

Para aliviar su conciencia, prometió que se quedaría hasta muy tarde y así poner al día todo el trabajo atrasado, en especial para corregir los errores del último desastre de la secretaria, de forma tal que cuando Constanza llegara a la mañana siguiente, pudieran trabajar sin problemas.

Sin embargo, cuando llegó al despacho, encontró que el puesto estaba temporalmente ocupado. Aunque el largo pelo negro pudo confundirlo, no hubo ningún equívoco en la sonrisa radiante, ni en esos oscuros pozos que eran los ojos de Alicia.

¡Por qué, maldita fuera, tenía que ser la hermana pequeña de Elizabeth! Podía imaginar a la perfección esos carnosos y rojos labios alrededor de la dura... Respiró profundo, no fuera a ser que la muchacha notara su inmediata reacción.

—Hola, siento no haberte esperado, pero en mi sistema aparece que esta terminal y la tuya están desconectadas. Saltó la alarma justo cuando ya me iba, y no puedo volver mañana. Además —Alicia sonrió, traviesa y juguetona—, quería saber qué hiciste que Marta está tan enojada.

—Si es así, me imagino que un ratón royó los cables. —No pudo evitarlo y fue a sentarse al borde del escritorio, olvidando totalmente el perfecto café que traía y su promesa de trabajar hasta tarde.

—En ese caso, deberías conseguir que tu secretaria llame a un exterminador. Qué extraño —murmuró Alicia, digitando a gran velocidad, y cambiándose del equipo de escritorio a su portátil—, ni siquiera veo la unidad virtual. En fin, ¿qué pasó con Marta?

—Creo que me considera frívolo porque he despedido a diez secretarias en los últimos meses. Antes no nos llevábamos tan mal, pero cuando ella sugirió que podía ayudarme a elegir una, y yo le dije que no quería nadie parecido a ella, se enojó. —«Eso, y los cientos de veces que me ha sorprendido mirándote como lobo hambriento», pudo agregar.

—¿Y por qué no te gusta Marta? Es excelente secretaria. Cris dice que no puede hacer nada sin ella.

—¿Sabes que eso es en beneficio de Marta, verdad?

—Oh, no lo creo. Es decir, sí, lo dice porque a Marta le encanta escucharlo. ¿A quién no? —Una pequeña muestra de la ronca risa de la muchacha lo hizo agradecer tener el escritorio entre ellos—. Pero la verdad es que, en la oficina, Cris depende de ella para todo. A mi cuñado le hace falta un nuevo investigador, ahora que el tal Sebastián dio su examen de grado y se cree la gran cosa para seguir siendo un simple ayudante.

—Mocoso engreído. Todos partimos así. Hasta Cristóbal y yo pasábamos gran parte de nuestro tiempo libre como investigadores para nuestros respectivos abuelos. Y ya titulados, solo éramos unos simples ayudantes. Bueno, yo más que Cristóbal, toda vez que mi abuelo pudo trabajar más tiempo que don Abel.

—Además, tú eres mayor que Cris, ¿no? —Alicia, que seguía mirando ambas pantallas alternativamente, se puso de pie y rodeó el escritorio, así que Agustín giró sobre su trasero para seguir mirándola de frente.

—Solo por un año y tres meses.

—Pobre abuelito Agustín —dijo Alicia, con su sensual y burlona voz. Pasó junto a él y le rozó el hombro antes de seguir caminando hasta llegar a las conexiones de la pared.

—¡Ha llegado tu salvado... Oh, perdón, creí que no habría nadie más aquí. —Por supuesto, una de las escasas oportunidades que tenía de estar a solas con Alicia, y tenía que llegar Constanza—. ¡Hola, Alicia! Dichosos los ojos que te ven.

—¿Qué haces aquí, Connie? Pensé que no vendrías hasta mañana. —Se acercó a su prima para abrazarla.

—Estaba harta de mi último cliente, así que dejé que mi socia lo atendiera y yo vine corriendo a ayudar a mi querido primo. ¿En qué problema te metiste ahora?

—Tiene roedores gigantes.

Alicia se agachó, dejando su redondo trasero expuesto a las miradas de ambos primos. Como si estuvieran activados por el mismo mecanismo, ambos giraron y se inclinaron para seguir contemplándola. Con un leve gemido, Constanza se llevó la mano empuñada a la boca y miró a Agustín.

—¡Oye! —susurró, mientras le daba un pequeño golpe con la mano en el pecho, antes de señalar el bulto que comenzaba a formarse bajo sus pantalones.

Agustín la apuntó, acusador. Ambos estaban en la misma situación, la única diferencia es que a ella no se le notaba. Para relajarse, se tomó el café ya frío, por lo tanto asqueroso, y empezó a recitar artículos del Código Civil.

—¿Por roedor gigante te refieres a la última secretaria de mi primo? —le preguntó Constanza a Alicia, ganándole unos pocos y agradecidos minutos a Agustín.

—Me imagino. —Alicia fue hasta un enorme maletín que había dejado junto al escritorio, del que sacó unos cables, y volvió a trabajar rehaciendo las conexiones destruidas—. Por lo que escuché, la despidió porque llegó con un café helado.

—Bueno, al menos descubro que era buena para algo. Esparcir rumores y hacer desastres. No, esperen. Hacer desastres era su especialidad. ¿Es muy grave?

—Espero que no. —Una vez más, Alicia rodeó el escritorio, pero en esa ocasión se sentó y volvió a consultar los monitores que tenía frente a ella. Trabajó por varios minutos en silencio, hasta que sonrió y cerró el computador portátil—. Está listo.

Ordenó sus pertenencias sin notar que Agustín y Constanza se miraban y gesticulaban sin parar. Ninguno quería que Alicia se fuera, y se indicaban uno al otro, discutiendo en silencio de quién era la responsabilidad de retenerla. Cuando la muchacha se dio cuenta, les regaló una sonrisa brillante.

—¿A qué juegan? —les preguntó, mirándolos alternativamente.

—Nada.

—Cosas de primos —confirmó Constanza.

—Me imagino que serán parecidas a las cosas de hermanos, ¿no?

—Exacto.

—Ya sabes que nosotros somos como hermanos. —Constanza se acercó a Alicia y tomó un mechón del cabello de la muchacha que se había arrancado de la trenza. Cuando se quedaran solos, Agustín le haría pagar ese gesto—. Hablando de eso, ¿cómo están los tuyos? A Elizabeth le sienta bien el matrimonio.

—¿Y a quién no le sienta bien tener un tipo tan guapo como Cris, atento hasta de tu último capricho? —preguntó Alicia, con su ronca risa reverberando en todas las paredes.

—Bueno, yo preferiría tener a una mujer tan guapa como tú, atenta a todos mis caprichos. Cristóbal no es lo que elegiría. —Alicia se giró para agradecer a Agustín, y Constanza aprovechó de llevar unos dedos a la boca y simular que vomitaba.

—¿Y tu hermano? ¿Enrique, verdad? —Constanza volvió de inmediato al ataque, ganando la atención de Alicia una vez más.

—Mi querido hermano está perfectamente. Antofagasta le sienta muy bien, hasta conoció a alguien allá. —Alicia volvió a girarse entre los primos, y Agustín aprovechó de acercarse un paso más, haciéndole una morisqueta burlona a Constanza—. Según mamá, la relación va muy en serio. Yo lo dudo, porque se demoró meses en contarme. ¡A mí!, figúrense. De hecho, me enteré por uno de sus compañeros, y tuve que esperar como niña buena a que él decidiera decirme algo.

—Es que tú eres una niña tan... buena, Alicia —murmuró Constanza, mordisqueando su labio inferior.

—¡Gracias! —Agustín fingió que se disparaba en la sien mientras Alicia le sonreía a Constanza—. Con mamá estamos urdiendo un plan para forzar a Enrique a traerla a Santiago, pero todavía no se nos ocurre algo realmente genial e inevitable.

—Seguro se les ocurrirá algo, eres la persona más inteligente que conozco —dijo Agustín, Alicia sonrió y Constanza pretendió colgarse.

—Por favor, no sigan halagándome, que me voy a sonrojar como una tímida muchachita. —Alicia se abanicó con una mano, incluyendo a los dos primos en su comentario, pero concentrándose en Agustín.

—Bueno, tal vez el viernes podamos discutir todos tus maravillosos atributos en torno a un par de copas. Así no te quedará nada de qué sonrojarte —propuso Constanza, sin rastro de timidez.

—Oh, Connie, querida... si algún día me da por experimentar, te tengo en discado directo. —La sonrisa coqueta de Alicia le llegó a Agustín... bueno, no a su alma, que imaginaba se alojaba dentro del pecho, sino que a un lugar mucho más específico, unos cuantos centímetros al sur—. Agustín —agregó, recorriéndolo con lentitud, para terminar con un guiño antes de caminar hasta la puerta.

—¡Maldito gusano afortunado! —gimoteó lastimeramente Constanza en el momento en que Alicia desapareció—. ¿Por qué tenías que ser tú su elección?

—Oye, tú conoces a Alicia, y sabes que es una coqueta descarada, pero eso no quiere decir...

—Está más claro que el agua, idiota. ¿Cuándo vas a hacer tu movimiento? Tienes que contarme, después. Creo que es primera vez en nuestra vida que nos gusta la misma tipa.

—Sigue siendo la cuñada de nuestro socio, Connie. Entre él y Enrique me destripan.

—¡Ni que la quisieras para algo serio, Tintín!

—Como bien me recordó hoy Marta, si la quisiera para algo serio, no habría problemas.

—Por ese bombón, yo fingiría.

—Pues yo no —replicó Agustín, tajante—. Si estás acá para trabajar, por favor trabajemos, que no sé la magnitud del desastre que cometió la niña-ratón.

Gruñendo y maldiciendo, Constanza fue a ocupar el lugar de la secretaria, mientras Agustín iba a su propio escritorio.

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Capítulo 2

Cristóbal era el mejor cuñado del mundo, de eso no había duda, pero más le valía controlar a Marta o tendrían serios problemas ellos dos.

Alicia iba en su precioso y flamante automóvil nuevo, regalo de Elizabeth y Cristóbal para su último cumpleaños, de camino al hogar de Óscar y Mailen, sus padres, el antiguo departamento de Cristóbal, rezongando porque Marta nuevamente se interpusiera en el camino entre ella y Agustín. Lo peor, no conseguía que ninguno de los dos confesara que ese era el verdadero motivo de la animadversión que se tenían, cuando antes fueron grandes colaboradores.

«No», se corrigió. Lo peor era que Agustín había demostrado que su fama de conquistador era del todo inmerecida. Al menos con ella.

Llevaba meses obsesionada con el tipo, le había coqueteado hasta el cansancio, lo había buscado infinidad de veces, y él, o era muy idiota y no le entendía o no le interesaba. Ninguna de las alternativas le gustaban, y al parecer, ninguna era verdadera. Es decir, no podría haber sido mucho más descarada, aprovechando la oportunidad de meterse en su oficina cuando sabía que estaba solo.

Y la interrupción de Constanza hasta le había venido bien. Es decir, ella no se lo mandó a decir con nadie, sí que estaba interesada, y Alicia había aprovechado la oportunidad. ¡Si lo único que le había faltado era un cartel con luces de neón o algo así! Y él había reaccionado a ella, estaba segura. Casi pudo ver la silueta de su erección en el pantalón azul.

Golpeó el volante con la mano empuñada, sin saber si estaba más molesta con Agustín o con ella misma.

El abogado no era el tipo de hombre que ella solía frecuentar. Alto, atlético, ojos verdes y pelo castaño muy claro siempre bien cortado y perfectamente peinado. Facciones firmes y masculinas, labios gruesos... En resumen, era demasiado guapo para su gusto. Sabía que sonaba a tontería, y que solo unas pocas amigas la compartían, pero había abrazado esa filosofía muchos años atrás y no pensaba cambiarla.

De partida, las probabilidades de que alguien intentara quitarle a un hombre poco agraciado eran infinitamente menores. Si tuvo esa idea desde joven —en específico desde que la rubia guapa del curso le quitó a su primer amor en las narices—, escuchar a Elizabeth reclamando contra cada tipa que le daba una segunda mirada a Cristóbal lo había confirmado. En especial cuando Eli, con lágrimas en los ojos y un bebé en el vientre, confesó que todo había terminado.

Alicia nunca conoció a Cristóbal durante ese tiempo, así que creyó que él había sido infiel, por la manera de Elizabeth de negarles cualquier información. Pero en el minuto que posó sus ojos sobre él en diciembre del año anterior, supo que Mailen tenía razón.

Tantos años después, Cristóbal aún estaba enamorado de Elizabeth, la separación no fue culpa de él, sino de las maquinaciones del asqueroso bicho que tenía por madrastra.

Pero eso no quitaba el hecho de que, ya casado y con un segundo bebé en camino, la mitad de las mujeres se volvían a mirarlo. Él no cedería a la tentación, estaba segura, pero la tentación seguiría buscándolo hasta que fuera un exquisito sesentón, como su padre. La fila de mujeres que perseguían a Alfredo Gumucio abarcaba cuadras y cuadras.

Así que, no gracias, hombres guapos, sálganse del camino de Alicia Millaray Fernández Minchequeo.

Porque... y este era el punto que más pesaba... un hombre atractivo suele ser más pagado de sí mismo, por tanto se cree superior y no se esfuerza tanto con su pareja. En cambio uno menos agraciado es más agradecido. Es decir, había escuchado miles de veces a hombres hacer ese comentario, que una mujer fea era agradecida, y si era bueno para ellos, también lo era para ellas, ¿no?

Con un grupo de amigas, incluyendo a Paola, que estudiaba Psicología, habían invertido horas y horas comentando ese tema, hasta que comenzaron a llevar un registro y entre todas puntuaban a los hombres con los que salían... al menos en los aspectos sociales y visibles como atractivo, inteligencia, buena conversación, caballerosidad; mientras que la implicada daba su opinión íntima.

Aunque aún buscaban una prueba que definitivamente confirmara la teoría, siempre tuvieron a Enrique como punto de comparación. A pesar de que no era el típico galán, era dueño de un físico impresionante, y pocos hombres podrían compararse con él en cuanto a las otras características. Por otro lado, ninguna de sus amigas haría jamás nada por rellenar el punto crucial, el actuar íntimo, pero Alicia conocía a cinco mujeres que se relacionaron con su hermano y le constaba que al menos cuatro terminaron con el corazón roto, mientras que él se fue como si nada importante hubiera pasado.

Eso, más que cualquier otra cosa, le daba carácter de urgente a conocer a la muchacha de Antofagasta que había conquistado el corazón de Enrique en un dos por tres, si todo lo que decía la madre de ambos era correcto. Y Mailen casi nunca se equivocaba. Menos, si se trataba de alguno de sus hijos.

Cuando Cristóbal entró en el ámbito de los tipos analizables por Alicia y compañía, vino a trastocar todas las ideas que ellas tenían. Excepto sus destrezas sexuales, era un diez perfecto. Así que un día fueron todas donde Elizabeth para intentar sonsacarle la información.

Ella, tan cerrada como siempre, les negó hasta la despedida una vez que le preguntaron. Literalmente, se fue sin decirles ni media palabra. Pero todos sabían que si existía en la Tierra una persona más obstinada que Elizabeth, esa era Alicia, quien aprovechó un momento muy sensible para ella, el anuncio de su segundo embarazo, para volver a preguntarle.

«¿Para qué diablos quieres saber?».

Alicia estaba segura de que la doctora no se tragaría el argumento de «por el bien de la ciencia», así que le contó toda la verdad, en especial que ella era la autora de la teoría, dadas las experiencias vividas por ambas.

Entonces, Alicia fue testigo de un auténtico milagro. Elizabeth se sentó a su lado en el sofá, sonrió con dulzura y le preguntó cuál era el puntaje máximo. Y después se suscitó un segundo milagro. Un gesto travieso se apropió del semblante normalmente serio. «¿Un diez, ah? Entonces Cris ha de ser como un quince».

Alicia primero se despaturró en el sofá, tirando todo lo que tenía en sus manos, y después se rio a mandíbula batiente. De inmediato, Elizabeth se unió a las carcajadas, atrayendo la atención de su esposo, quien quiso saber qué les causaba tanta gracia. Por supuesto, ambas rieron con más fuerza, incluso preocupando al abogado, pero en cuanto pudieron calmarse, Elizabeth le pidió que no hiciera más preguntas porque no podía responderle, que solo confiara en ella.

Cristóbal la miró y una comunicación silenciosa se dio entre ambos. Fue tan evidente que ninguno necesitaba las palabras para entenderse, que Alicia se preguntó qué tanto debían conocerse dos personas, o por cuanto tiempo, para que algo así pudiera pasar. Después, él se acercó a su mujer, le dio un beso en la sien y se retiró sin otra palabra.

—¿Creo que a tu lista le falta una característica —siguió Elizabeth, después de varios minutos de contemplación—. La generosidad.

Después de mucho pensarlo, Alicia llegó a la conclusión de que la doctora tenía razón. Había sido testigo muchas veces de lo contrario. Un hombre egoísta en general, era también egoísta como amante. Procuraba solo su placer, y a la mujer que lo acompañaba que se la comieran los gusanos, como decía Paloma, otra del grupo de amigas.

A cambio, los dos hombres que encabezaban la lista, Cristóbal y Enrique, eran increíblemente generosos.

El abogado era tan desprendido con su fortuna que Alicia se alegraba de que esta fuera cuantiosa y que la empresa tuviera la capacidad de generar tantos ingresos, de lo contrario terminaría en la ruina. Además, era un tipo que en verdad se interesaba por las personas que lo rodeaban.

Y su hermano... Oh, su hermano.

Ellos, la familia Fernández Minchequeo, nunca tuvieron mucho. Eran pobres, muy pobres. De hecho, Alicia recordaba momentos, cuando ella era niña, en los que, incluso, les faltaba para comer. La casa en la que vivían era tan pequeña, con muebles igualmente pequeños y desvencijados, que sentarse todos juntos a comer era una epopeya. Y dormir era incluso peor. Tenían solo una litera, para las niñas, y Enrique dormía en un colchón que guardaban bajo la cama inferior.

De a poco, las cosas fueron mejorando, pero ninguno de ellos le concedía verdadera importancia a las posesiones materiales. Como buena mujer, a Alicia le gustaba tener ropa bonita, pero le daba lo mismo si la ropa era de segunda mano, comprada en una feria o, incluso, intercambiada con alguna amiga, mientras a ella le sentara bien.

Así, pues, la generosidad de Enrique no podía medirse con regalos, que pagara la cuenta o algo de esa naturaleza, por mucho que en incontables ocasiones hubiera sacrificado algo que él quería o necesitaba en favor de Alicia.

Ese era, precisamente, el punto. Enrique se daba él mismo, su conocimiento, su tiempo, esa paciencia infinita para escuchar cualquier problema, dar aliento y seguridad. Lo que constituía otro gran motivo para conocer a la tipa que le había robado el corazón. Saber si lo merecía.

Cuando incorporó ese requisito a la lista, fue otro punto en contra de Agustín. No era un mal hombre, pero se notaba que la poca calidez humana de la que era capaz les pertenecía por completo a su madre y primas. No sabía si era egoísta, propiamente dicho, pero dudaba que pudiera ser tan generoso como sus hermanos. Porque si Mailen y Óscar le decían «hijo» a Cristóbal, ella estaba en todo el derecho de considerarlo como un hermano.

Hizo una nota mental para preguntarle a Paola si existía algo como el complejo de Edipo pero con los hermanos, porque para ella sonaba tan obsesionada con Cristóbal y Enrique como con Agustín.

No se preocupaba por eso, no en realidad, porque pensar en los primeros de una manera más íntima le provocaba tanto asco como, pensar en el segundo, unas ganas infernales de saltarle encima después de haberle sacado toda la ropa.

Estuvo en el departamento de sus padres un par de horas. Comió con ellos, dejó que la mimaran, recogió la ropa que Mailen insistía en lavar y planchar y trazaron planes, malévolos e ingeniosos planes, para forzar a Enrique a traer a casa a la tal Ema. Los pondrían en funcionamiento apenas Cristóbal les confirmara que había firmado la compra de la casa que él y Elizabeth le regalarían a Mailen y Óscar.

Después se fue a su minúsculo departamento, que, irónicamente, se sentía aún más pequeño sin la presencia vital de Enrique. No se había mudado con Óscar y Mailen porque estaba ya acostumbrada a vivir sola, y el departamento era muy práctico. Pequeño, funcional y, en especial, muy céntrico y cercano a la universidad. ¿Para qué necesitaba ella más espacio? Para nada, al contrario. Se alegraba de la privacidad que vivir en solitario le daba, podía llevar a quien quisiera...

Aunque eso era algo que no había pasado en varios meses, para mayor frustración de Alicia. Era la sequía más larga de su historia.

¡Y todo por culpa del maldito Agustín! La tonta de Marta se había erigido ella misma como su guardiana, pero estaba tan equivocada... le bastaba estar obsesionada con el abogado y la negativa de él a complacer sus demandas para dejarla con la valla intacta desde que en febrero tuvo un breve y poco satisfactorio romance con un tipo que había conocido en el bar donde solía trabajar los veranos.

¡Y ella que había pensado que la prolongada estadía de sus padres le arruinaría la vida como soltera de oro! Dio infinitas gracias cuando Cristóbal y Elizabeth desocuparon el departamento, cediéndoselo a la pareja mayor, y saltó a aceptar salir con un tipo de la universidad, pero ni todo eso junto mejoró su situación, ya que seguía obsesionada con Agustín y él no daba ni un paso.

Pero eso mejoraría, a como diera lugar. Ya consiguiera sacárselo de la cabeza o sacarse el gusto.

***

La música sonaba estridente, tal y como a ella le gustaba, la barra estaba a rebosar, conseguir una copa tomaba unos diez minutos, hablar con los amigos era imposible, así que decidió ayudar.

La familia, con Cristóbal a la cabeza, le había pedido que dejara esos trabajos nocturnos, ya no los necesitaba. Económicamente, tenían la razón, y no solo por el magnífico sueldo que le pagaban en Gumucio, Petronelli y Asociados, sino que también Enrique le mandaba dinero, a ella y a sus padres, y hasta Elizabeth la sacaba de compras por ropa, zapatos y alimentos.

Pero a ella le encantaba estar ahí entre la gente, hacerlos felices aunque fuera efímeramente al entregarles los vasos llenos de exquisitas bebidas; cantar a voz en cuello, reírse con sus amigos y coquetear como una loca.

De hecho, eso era lo que la había llevado ahí esa noche. Coquetear con los clientes habituales —aquellos que llevaban incontables semanas pidiéndole su número telefónico— hasta conseguir uno que le gustara lo suficiente como para sacarse a cierto abogado de la cabeza.

Había ido dos veces a la oficina, para hacerse la encontradiza con él, había conversado con Constanza hasta quedarse seca, pero de Agustín, ni los pelos.

—¡Alicia!

El grito masculino la desorientó. Giró hacia la izquierda y hacia la derecha, pero no pudo identificar la fuente. Terminó de servir la jarra de cerveza, la entregó y cobró, antes de escuchar nuevamente el grito.

—¡Alicia! ¡AL!

En esa ocasión, dio una vuelta completa, pero en el mar rostros, cada cual gritando más fuerte que el del lado, no conseguía nada.

—Al, apiádate del pobre o preséntalo, que está para comérselo crudito —le gritó en el oído Rebecca, para hacerse oír.

—¿Quién? Por más que miro no lo...

Pero entonces, girando nuevamente en trescientos sesenta grados, lo vio. Y su compañera tenía toda la razón. Ese era un cliente que conseguiría el número telefónico y mucho más, todo lo que quisiera, al primer intento.

—Ni lo mires, zorra —le dijo a Rebecca.

—Ella, pues, la más pura. —Se rio la muchacha.

—Pura... purísimasss ganas que le tengo, y hace meses.

—Querís que puro te salte la liebre.

—Hoy, o dejo de llamarme Alicia Millaray.

—¡Guau!, no te veía así de decidida desde ese... ¿Cómo se llamaba? Ya sabes, el que era guardia, que trabajaba con Enrique.

—Mira, este hace

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