A la deriva (La más romántica de las historias 1)

DCA Savia

Fragmento

a_la_deriva-3

Prólogo

Estimado lector, quiero comentarle que lo que leerá por mi parte sobre este libro es la mirada de una persona que ama con devoción a la autora, pero que intenta dejar de lado ese sentimiento parcialmente para ser sincero con otros lectores, ya que mis vivencias durante el tiempo de escritura de la obra y la opinión sobre el trabajo final son lo que encontrará en definitiva en las siguientes líneas.

Hace unos cuantos meses, cuando Daniela me comentó que iba a escribir una novela romántica, lo primero que dije fue: «Dale, amor. Hacela si tenés ganas». Yo sería incapaz de poder escribir dicha novela, porque el mencionado género no es de mis preferidos, pero estaba seguro de que ella sí lo haría muy bien.

Con el pasar de los días, me consultaba para saber mi pensar sobre distintos temas, y yo trataba de responder sin indagar mucho los motivos porque quería ver el trabajo final. Lo mismo sucedió cuando ella terminó los primeros capítulos y me ofreció leerlos. Pretendía ver mi rostro y saber si iba por el buen camino. Si bien uno siempre quiere lo mejor para la persona que ama, es muy posible que una crítica emitida busque marcar algún punto, pero sin dejar de ser benevolente al mismo tiempo. Mi rostro, en cambio, le diría la cruda verdad. Me mantuve firme y le expliqué que deseaba leer el trabajo final, ya que no podría soportar el tiempo que pasaba entre capítulo y capítulo. Además, al ver el empeño que ponía tarde tras tarde y noche tras noche, mis expectativas crecían a cada momento y no tenía dudas de que su trabajo no sería mejor si absorbía una opinión parcial sobre su obra.

Debo reconocer que algunos datos que me comentaba sobre hechos históricos, sobre la flora y fauna de nuestras tierras me confundían un poco, dado que, conociéndola, sabía que no sería capaz de poner datos falaces. Pero no llegaba a comprender dónde podía ella anclar toda esa información.

Después de todo, en las historias románticas, lo que importa son las personas que componen la pareja principal, y el resto es relleno de ese amor. ¿O acaso eso no es lo que grandes obras nos enseñaron? Pero no iba a claudicar en mi pensar; no podía sucumbir frente a los momentos de curiosidad. Tendría que ser firme, ya no solo frente a ella, sino que tendría que ponerme mucho más duro frente a mis propias inquietudes para luego encontrarme con el trabajo finalizado.

Luego de mi ardua espera, llegó el momento en que el trabajo al cual le dedicó tanto tiempo arribó a mis manos. Ya no tendría que imaginar nunca más por dónde iría la historia. Era tiempo de disfrutarla y les puedo asegurar que, durante muchos momentos de la lectura, interiormente me agradecía la fortaleza sobre la espera.

Como mencioné anteriormente, intentaré ante todo ser sincero con usted, y es por eso que le debo comentar que la autora me mintió. Ella no hizo una novela romántica. Encasillar esta obra solo en dicho género sería dejar de lado los datos históricos, algunos un tanto álgidos, como recordar que hace poco, hace más de un centenar de años, existían personas capaces de esclavizar y maltratar a otro ser humano solo por tener distinto color de piel. Pero no se confunda: tampoco es una novela dramática, puesto que en esta usted va a encontrar el origen de muchas costumbres que hoy en día nos siguen acompañando por estas tierras. Pero, por favor, no se confunda: si usted piensa que va a leer un libro histórico, está muy equivocado porque deja de lado la historia de amor que atraviesan los personajes secundarios.

Y usted seguramente está pensando: «Tantas vueltas, y volvemos al origen. Al final, voy a leer una novela romántica». Para ser sincero con usted, puede ser que sí. Puede ser que esté frente a la historia más romántica de todas. Sin embargo, ahora me reformulo la pregunta anteriormente realizada y me consulto: todos estos datos e historias secundarias que acompañan a la pareja protagónica y que resaltan su historia de amor durante todo este libro, ¿no son los que hacen resaltar la verdad del género romántico? ¿O acaso eso no es lo que la autora me enseñó luego de todo su trabajo?

(Facundo Andrés Carli)

a_la_deriva-4

Prefacio

El título no es simplemente la presunción de autopronunciarse como la novela (situada en el pasado) más romántica que vaya a existir jamás, sino que narra hechos reales en el trasfondo de un romance que hace que sea una pasada por la historia y por la cultura de este pedacito de tierra, que es mi gran país, de la forma más romántica que ningún libro de esa materia de estudio querría lograr nunca.

La idea que me inspiró a escribir comenzó con una película. Había dejado, para cuando terminara de estudiar los abultados y aburridos libros de teoría legal y financiera, la lectura de los cuentos y novelas de ciencia ficción que siempre me apasionaron. A lo largo de aquella película romántica con cierto contenido erótico, solo deseaba que los protagonistas no terminasen juntos pero, al concluir de esa manera, la sensación última que percibía era de desazón por sentirla irresuelta. Tomando consciencia de que acababa de rendir la última materia de la universidad, me sentí libre de retomar la lectura.

Decidí leer la trilogía en la que se basaba la película, con la esperanza de que hubiera pormenores que esta no mostrara y conocer el desenlace de la historia. La lectura me llenó de los detalles que el filme no podía contar más que con imágenes libradas a la interpretación del espectador.

Los siguientes libros saciaron el vacío por ese final romántico que esperaba. Sin embargo, al finalizarlos, una vez más me sentí a la deriva, sin una lectura que me atrapara tanto como esta excelente saga. Decidí cambiar de género y cumplir con una deuda pendiente: leer la fantástica obra de J. K. Rowling, Harry Potter. Al estar acostumbrada a los libros contables, de leyes o finanzas, haber leído mi saga favorita me enseñó que los libros podían hacerme llorar inclusive más que una buena película, pero esta era otra clase de lectura y de llanto. Era una lectura que no cubría esa necesidad de experimentar, en cada palabra y en carne propia, las emociones románticas que vivencian los personajes de la historia.

Cinéfila y apasionada por las series de tevé, acababa de terminar de ver uno de los capítulos más emocionantes de la primera temporada de la serie Outlander, y no pude esperar a saber cómo continuaría. Quizás hubiera un libro que le hubiera dado vida. Descubrí a Diana Gabaldón, zoóloga y bióloga marina, que redactó la excitante saga histórica que me atrapó. Finalizar esta saga me dejó con abstinencia de más de estas apasionantes historias románticas.

En una etapa entre trabajos con suficiente tiempo libre, vi todo tipo de hermosas películas modernas sobre el tópico, pero su desenlace parecía apresurado, sin sabor, sin detalles. Dedicaban escasos minutos de la trama a los momentos en que los personajes se cortejan, a esos instantes en que los sentimientos afloran, se intensifican, se proyectan. Como siempre lo había hecho, en el aire, comencé a imaginar las escenas de las que hubiera querido mayores detalles: más partes como esta o como aquella. Además, ¿por qué siempre nos toca ver películas que cuentan una historia extranjera? ¿Por qué no escribir una novela que yo quisiera leer luego con todo eso que imaginaba y que me hacía experimentar románticas sensaciones? Desesperanza, esperanza, conflicto, angustia, alegrías, aquellas que se abrigan al compenetrarse en las vivencias de los personajes y con las historias que nos cuentan.

No es la primera vez que escribo, pero nunca pensé que publicaría. Si alguna vez se me ocurrió hacer un libro, era de contabilidad o de costos. He alterado la poesía de algunas canciones para divertirme con letras hilarantes a la par de mis sobrinos cuando aún eran chicos. He colaborado en obras musicales de iglesia; he escrito alguna canción. Pero el único intento que había tenido de escribir una obra había sido el guion de una película cómica, de la que solo logré terminar la primera escena.

Decidí que, en esta etapa de ocio creativo, escribiría solo para mí, algo que yo disfrutara y que recorriera los tesoros o historias poco revelados de Buenos Aires y de Argentina. Y tal vez, si yo lo hacía, podría hacer que alguien más que compartiera mis gustos me acompañase y conociera los datos de color que había recabado en la búsqueda de las imágenes de la época.

Finalmente, aquí estamos con la obra culminada. Solo me queda dejarlo descansar por un tiempo y releerlo luego, cuando ya no recuerde tan vívidamente las escenas que describí o la frase finalmente plasmada luego de haber leído, corregido y releído capítulo tras capítulo, decenas de veces. Mi fin último es que usted, estimado lector, pueda disfrutar, experimentar y compartir las emociones que yo misma vivencié junto a los personajes mientras escribía.

(D. C. A. Savia)

a_la_deriva-5

PRIMERA PARTE

Retorno a casa

a_la_deriva-6

Capítulo 1: Partidas

Hay amores que nos esperan a que maduremos toda la vida para que los tomemos con fuerza y no los dejemos escapar. Es el caso de estos jóvenes, que se conocieron adolescentes y debieron aprender a prenderse. Sin duda, el punto que los unió para siempre fue cuando el destino los separó intempestivamente.

Océano Atlántico, septiembre de 1880.

Pasada la tormenta, alborotados, los tripulantes corrían de un lado a otro.

—¿Dónde cree que estemos a esta altura, Martina? —preguntó Lionard en inglés.

El joven, de característica mirada confiada, se veía inusualmente turbado por la preocupación. Sin embargo, eso no le restaba atractivo a los ojos de la señorita, aunque este hecho cada vez la irritaba más consigo misma. A pesar de sus modales atentos de los últimos días, no debía olvidar las cosas insultantes que le había proferido, ni los orígenes de su fortuna, ni la forma despectiva con que solía tratarla, como si tan solo fuera una niña molesta. ¡Y, por Dios, que ya no era una niña!, tenía quince años. Si bien no los había aparentado hasta hacía muy poco, le había tocado madurar de golpe al enterarse de las circunstancias de su nacimiento de aquella manera tan brutal. Su estadía en casa de su tía en Francia había sido muy instructiva de muchas maneras.

Aunque se podía considerar que el joven últimamente ya no se mostraba tan pedante como al inicio del viaje... ¿O sería por aquellos ojos de azul profundo que no se cansaba de escudriñar a escondidas, cuando su mirada le era esquiva? Si parecía que, en ese mismo instante, estaba contemplando las profundidades del océano en aquellos. Cuando los había visto bajo los rayos del sol en cubierta, se asemejaban al mar caribeño: eran de un azul cristalino.

«El tripulante que encontré anteriormente dijo que estábamos cerca del puerto de General Lavalle, así que calculo que estaremos un poco más al sur, en Ajó, el extremo terrestre más oriental de Buenos Aires». Esto es lo que hubiera querido expresar Martina en el idioma del muchacho, pero, dado que no lo dominaba completamente, se limitó a traducir:

—En Ajó, alrededor de cuatrocientos kilómetros al sur de Buenos Aires.

A pesar de estar agotados luego de largas horas de tempestad y de insistentes intentos por descifrar los misterios que circundaba a la nueva tripulación del navío, resistieron despiertos un largo tiempo para observarse cuidadosamente entre ellos. Cada vez que la mirada de uno se cruzaba con la del otro, se obsequiaban tímidas sonrisas que desarmaban las barreras que se habían erigido. Finalmente, se quedaron dormidos, cada uno sentado en su rincón del camarote, donde aguardaban a que el amenazador Paulo los liberara de su promesa de aguardar sus instrucciones para subir a cubierta.

Un tiempo más tarde, se despertaron sobresaltados por los fuertes cimbronazos del barco. Ya no se oía a los tripulantes corretear como antes. Subieron a cubierta alarmados. Notaron que la costa estaba cercana, pero ¡no veían que nadie se ocupaba de tripular la goleta!

El sol comenzaba a asomar desde las tupidas nubes en su descenso hacia el despejado horizonte en tierra. Ambos corrieron a un lado de la goleta, y comprobaron que no estaban los botes salvavidas.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Martina a nadie en particular. Corrieron hacia el otro lado, y tampoco había ninguno allí—. ¡Esto no puede estar sucediendo! —gritó de nuevo en castellano, muy alterada.

—Tranquila, Martina. Saldremos de esta. Ya verá —respondió Lionard, habiéndola comprendido.

—¿Saldremos? ¡¿Saldremos?! ¡¿Cómo?! —Ella hablaba en castellano; él hablaba en inglés, pero se entendían.

—No lo sé aún, pero no estamos lejos de la costa.

—¡Ya está oscureciendo, Lionard! Si la goleta no encalla a la corta, ¡a la larga, naufragaremos! ¿Entiende?

La goleta era sacudida por grandes olas, que aún resistían debido al constante viento. La cubierta estaba mojada ya sea por la tormenta previa, por las olas que castigaban las paredes de la embarcación o por la llovizna de agua de mar, que levantaba el viento desde su superficie. Martina, llorando, se sostuvo de la baranda; Lionard, impotente, no sabía cómo confortarla.

De pronto, el barco se meció a babor, lo que hizo que la joven se despegase de su sostén y retrocediera para estabilizarse en el tobogán que formaba la cubierta hacia el eje del navío. Y luego, como un maligno final anunciado, se volvió con tal violencia hacia estribor que deslizó a Martina descontroladamente, la elevó en el aire y, con suma brutalidad, la golpeó en el vientre contra la baranda. No pudo asirse de ella, ni tampoco de ninguna de las resbalosas superficies.

La joven dio un grito desgarrador, mientras Lionard, que se había asido fuertemente de una de los cabos sacudidos por el viento y el ajetreo, se impulsó fuerte con los pies hacia ella para aferrarla. Como si las imágenes se sucedieran lentamente una tras otra, vio impotente que Martina manoteaba desesperadamente, intentando sostenerse de cualquier objeto en su camino, sin conseguirlo.

Antes de que pudiera alcanzarla, ella caía por la borda. Martina fue arrancada de cubierta y de la seguridad del Margaretha, para ser arrojada crudamente a las violentas aguas del mar.

Puerto Nueva York. Cinco semanas antes.

Martina Antúnez Almaraz caminaba inquietamente por el puerto. Iba y venía por el tramo que representaba los ciento treinta y ocho pies de eslora de la goleta anclada frente a ella. Parándose de puntitas de tanto en tanto, trataba de vislumbrar el constante traqueteo del personal que iba y venía cargando y acomodando cajas, barriles, y otros bártulos que transportarían hasta Chile o hasta alguno de los —al menos— dos puertos intermedios que tocaría la goleta antes de llegar a su destino final.

A un lado de la embarcación, podía leerse: «Margaretha», el nombre de la barca que llevaba izada la bandera alemana —la que identificaba su nacionalidad—, de madera oscura y con tres grandes mástiles que aún no desplegaban sus velas. Martina se preguntaba si la goleta realmente era tan hermosa como la creía o eran sus ojos los que embellecían la majestuosa nave debido al destino que le esperaba. Allí volvería a sus caballos, a sus perros, a la casona frente al lago siempre acariciado por el sauce llorón. Ese calmo lago recorrido constantemente por la familia de patos que vivía en los terrenos, salvo que estuvieran alborotando a los gansos y a los pavos en las horas en que les arrojaban las migas de pan, las sobras de la comida del día o de la verdura no tan fresca. Llegaría a Buenos Aires en primavera, para fines de septiembre.

Ya estaba ansiosa por despertar con el sonido de los animales silvestres que, con frecuencia, visitaban sus tierras en aquellas latitudes. Los caranchos; el benteveo —o «bicho feo», como le decían los pobladores por la similitud de su canto con esas palabras—; las corridas de los ñandúes; la casona de jardines floridos y parques arbolados por jacarandás, ombúes y palos borrachos. Esa vida autóctona, que no se asemejaba en mucho a la de aquel otro hemisferio que abandonaba. Los sonidos de sus pagos en Buenos Aires no eran los mismos que había estado oyendo durante el poco más de un año en que había dejado a sus amigos y a su padre en Argentina para estudiar piano, pintura, escultura, literatura, francés, inglés, modales y protocolo en Francia.

Su tía abuela, doña Antonieta, española de nacimiento y francesa por matrimonio, la había recibido en su casona de las afueras de París poco después de que Martina había cumplido catorce años. Allí había vivido el último año, rodeada de institutrices que la acosaban día y noche sin descanso. Al menos, así era cómo ella percibía sus arduas horas de estudio, pero lo cierto era que podía salir a cabalgar a menudo. Revoloteaba siempre por los establos y gallineros con los cinco galgos, inquietando a los criados y a la servidumbre, que le concedían todos sus caprichos, tal como estaba acostumbrada en su casa de Buenos Aires. Aunque, frente a las institutrices, debía demostrar los modales que había adquirido con empeño, de ellas.

Antes de retornar a Argentina, Martina fue llevada a Nueva York por su tía, donde tenía un condominio. Las escoltaba Mariette, su criada de confianza de dieciséis años, con la que Martina se había encariñado mucho y que había hecho entrañable ese largo año en Europa, mitigando la añoranza por su tierra.

En cualquier momento, tañería la campana que anunciaría, a todos los pasajeros y a la tripulación que deberían abordar, dejando los afectos atrás. Ráfagas de melancolía la inundaban de tanto en tanto. No sabía cuándo sería la próxima vez que volvería, o si lo haría. Tenía un largo viaje de alrededor de un mes por delante.

Doña Antonieta había acordado con el capitán Johann Hinrich Ramien, quien era un viejo amigo de la familia, que estaría al pendiente de Martina durante toda la travesía para velar por su bienestar y por su salud. Por esa parte, se sentía confiada. Su viaje de ida lo había hecho acompañada de su padre, que había aprovechado la estadía en Europa para cerrar unos negocios de exportación de ganado, pero don Felipe Antúnez había debido retornar a Buenos Aires dos meses más tarde para cuidar de sus negocios.

—¡La campana, Martina! —alertó doña Antonieta.

—Sí, abuela —asintió Martina afectuosamente y se arrojó a su cuello. Ambas estallaron en sollozos, intentando consolarse mutuamente, intercambiando promesas y palabras afectuosas. Los criados que traían el equipaje de Martina rápidamente se aprestaron a entregarlos a los tripulantes. La Margaretha no era un barco de pasajeros, sino más bien de carga, pero tenía espacio para unos pocos allegados a la compañía o a la tripulación—. La voy a extrañar mucho, tía. No deje de escribirme las novedades, por favor. Y sobre los caballos y los perros. Quiero saber todo.

—Claro, mi niña. Vaya con Dios, vaya.

—Adiós, Mariette —saludó Martina tornándose hacia la delgada figura que la miraba con lágrimas en los ojos para luego estrecharle los brazos.

—Adiós, Magtina. Le escgribigré muy seguido —sollozó Mariette, arrastrando las erres por su típico acento francés.

Se habían estado despidiendo durante toda la última semana y no quedaba mucho más por decir. Solamente repitieron las promesas de mantenerse en contacto y las recomendaciones de recato y cuidado durante el viaje.

En la pasarela que ascendía a la Margaretha, un tripulante se acercó al grupo que se saludaba largamente y se refirió en inglés:

—Me manda el capitán a acompañar a la señorita Martina a que aborde.

—¡Oh! Oui, oui! Martina, vaya, niña. Que Dios me la bendiga y la acompañe en este viaje. Rezaremos por usted —expresó su abuela, acongojada, y la besó fuertemente en la mejilla.

Martina se dirigió en inglés al tripulante para aceptar sus indicaciones.

Sobre la proa de la Margaretha, el capitán saludaba animadamente a doña Antonieta y a Martina, que ya se separaban entre lágrimas y sonrisas. Martina fue al encuentro del capitán, a quien ya había conocido cuando frecuentaba la casona de doña Antonieta. Era un hombre de unos cuarenta años y con porte elegante en su uniforme de capitán. Una persona mayor, a su entender. No hablaba mucho castellano, sino principalmente alemán, inglés y francés. Ella prefería el francés, ya que lo dominaba bastante bien luego del año vivido allí. Conversaron poco rato, pues necesitaba abocarse de lleno a sus navegantes, que requerían de él constantes instrucciones. Antes de despedirla, solicitó a uno de sus grumetes que la guiase hasta su camarote para alojarse y controlar que todo su equipaje hubiera sido adecuadamente cargado. Le había dado indicaciones sobre los horarios de la cena y otros menesteres, y se había ofrecido a su entera disposición para lo que precisara.

Bajaron a los camarotes para recorrer los pasillos. Se acomodó rápidamente en el suyo y corrió de vuelta a la cubierta principal para encontrar, entre las muchas cabezas que se arremolinaban en el puerto, las sombrillas de Antonieta y de Mariette, que las protegían del sol de verano de Nueva York. Las divisó a lo lejos y, gesticulando desesperadamente, llamó su atención. Ya comenzaban a soltar amarras cuando sintió un nudo de profunda nostalgia en el estómago. Agitando un pañuelo blanco, gritó salutaciones fervientemente a su amiga y a su tía, hasta que el barco empezó a alejarse del puerto, y ya no pudo verlas.

Caminó un rato por la cubierta, disfrutando de la vista que ofrecían los pelícanos y gaviotas que revoloteaban algunos puntos en el agua y, por turnos, caían en picada donde evidentemente habría algún cardumen. Luego de haber escudriñado el mar un poco, se entretuvo mirando a los tripulantes abocarse a sus tareas. Mayormente hablaban en alemán, así que no entendía mucho. Vio al capitán en varias oportunidades, aunque no quiso interrumpirlo en sus ocupaciones.

Había contado alrededor de diez tripulantes y veinte pasajeros, de los cuales solo cinco serían menores de veinticinco años. El resto serían todos ancianos de treinta, o más. No había visto ninguna señorita. Pensó que sería un largo viaje si no encontraba algo entretenido para hacer. Tal vez podría escribir cartas y leer, ya que tenía varios libros que había adquirido en Francia. Tenía algunos en inglés para mejorar ese idioma.

El capitán interrumpió sus pensamientos con amabilidad.

—¿Cómo te encuentras, querida? —le preguntó en francés.

—Tod...

—¿Tienes todo lo que necesitas?

—Eso cr...

—En unos minutos, te voy a presentar a algunos muchachos de tu edad que viajan con nosotros. Ya sabes que puedes molestarme cuando necesites. En realidad, no me molestas en lo absoluto. —El capitán hablaba sin aguardar respuesta alguna y la interrumpía en cada intento que hacía para contestarle, así que ella optó por guardar silencio—. No te preocupes por nada, y ya conoces a Bernard, el grumete que te acompañó al camarote. También puedes contar con él en lo que necesites si yo no estoy disponible. Él tiene indicaciones de estar a tu servicio. Este será un maravilloso viaje; ya verás. ¡Contramaestre! —se interrumpió a sí mismo—. Disculpa, querida. Tengo algunas cosas que atender, pero, en cuanto me desocupe un momento, estaré contigo para presentarte al resto de la tripulación y a algunos de mis pasajeros invitados. Si no nos vemos antes, nos encontraremos para la cena. Si llegas a tener hambre, puedes ir a la cocina, y ellos te indicarán en qué podrán complacerte. —Sin más, se alejó en busca del contramaestre, que ya respondía a su llamado.

El comentario del capitán sobre la comida le recordó que, entre otras muchas cosas, Mariette se había encargado de que le preparasen deliciosas galletas y panes de varios sabores, que acostumbraba a cocinar una afamada panadería francesa. También le habían enviado como entremés algunas manzanas verdes, que madurarían a lo largo de los días.

Corría escaleras abajo camino a su camarote cuando, cual niña de cuatro años, tropezó en el último escalón y se estampó de cara al suelo en un revoleo de faldas, con lo que reveló más que el tobillo, bajo la espantada mirada de varios pasajeros que se habían reunido a jugar a las cartas.

Su boca mojaba con sangre y con saliva los zapatos de un caballero. Elevó la vista lentamente, rogando convertirse en polilla y salir volando de esa situación. O, por lo menos, que el dueño de los zapatos apenas hubiera sentido una cosquilla en los dedos de los pies y se sacudiera sin siquiera mirarla.

Pero no, no podía tener tan buena suerte. En su vida entera jamás se había librado de ninguna situación bochornosa y no lo haría justo en esa etapa crucial de crecimiento. Sus ojos se cruzaron, y allí estaba. Por supuesto, no podía haber sido una comprensiva persona mayor que la ayudara disimuladamente a pasar el mal trago sin armar alboroto. Tenía que ser un jovencito, y no uno cualquiera. No un tripulante o alguien de ojos amables, no. Tenía que ser uno apuesto, alto y de gran talante, de hombros anchos, aunque algo delgaducho, eso sí. El muchacho, de tez clara como el alabastro y de cabello castaño oscuro ondulado, disparaba pedantes rayos de océano profundo a los ojos negro azabache de Martina. No tendría más de dieciocho años por su juvenil expresión.

Un rubor intenso cubrió el rostro de la joven hasta las orejas por una mezcla de vergüenza y timidez ante esa mirada escrutadora que la taladraba, sin perderse sus torneadas piernas, que habían quedado al descubierto.

El jovencito farfulló algo en un idioma que Martina no comprendió, y luego habló en inglés:

—Señorita... ¿Está bien...?

Martina extendió su mano, creyendo que la ayudaría a levantarse, pero encontró el vacío, y su rubor se intensificó. Se levantó de un salto y se limpió la sangre de su labio con la lengua. El muchacho siguió con atención sus movimientos y, por un instante, la pedantería desapareció de sus modales. La sangre de esa señorita casi se había confundido con el rubor de su rostro. Una lengua rosada limpió los rastros, y sus dientes blancos mordían el sitio deliciosamente robusto y mullido. Incómodo, bajó la mirada a sus zapatos y vio los desagradables rastros del labio partido en aquellos.

—Estoy bien. Mil disculpas, caballero...

—¿... de la cabeza? —añadió por lo bajo, sacando un fino pañuelo y limpiándose las secreciones de la joven de sus zapatos mientras proseguía—. Por tu acento, no eres europea —señaló en inglés con tono sardónico—. ¿Estás de caza? —continuó en un pobre castellano.

Martina no comprendió. ¿Le preguntaba por su cabeza, por el golpe en el piso, o la trataba de loca? El gesto de su rostro decía que se mofaba de ella. ¿Habría dicho adrede sobre estar de caza o era su mal castellano? Había escuchado otras veces que se referían a las señoritas casaderas como cazadoras en busca de una presa como marido.

—¿A qué se refiere? —contestó ella en inglés para evitar la barrera del idioma al menos en esa frase.

Varios pasajeros habían interrumpido su partida de naipes, sobresaltados por el exabrupto y continuaban atentos a la situación.

—Me refería a si vuelve a su casa —aclaró en inglés.

—Ah, no. —Dijo eso, y remarcó la zeta con acento español. Rezongó mientras se acomodaba el vestido—. Así es. Soy de Argentina. Buenos Aires, más precisamente —respondió finalmente.

—Wild going wild home...

—¡¿Perdón?! ¡Escuché lo de salvaje! ¡¿Que voy a mi casa salvaje?! ¿Está diciendo que mi ciudad es salvaje? —lo increpó en castellano.

—While going home... —aclaró el joven.

—Antes repitió eso de while. ¡Diga de una vez! Mientras voy a casa, ¿qué? ¿Qué me quiso decir? —se exasperó.

—¿Pretende sobrevivir mientras vuelve a casa de esa manera? —reformuló su frase en inglés.

Martina lo miró con desconfianza.

—¿De dónde eres? —preguntó en inglés ella.

—Soy de Escocia, aunque fui educado en Londres, Inglaterra. —Volviéndose hacia los otros pasajeros, añadió en un tono más bajo—: Si es que entiende la diferencia.

Lanzó una alborozada carcajada, festejando el comentario insidioso que corroboraba sus anteriores intenciones. El muchacho le extendió la mano a Martina en presentación formal.

—¡Por supuesto que conozco la diferencia! —exclamó ella ofendidísima y le retiró la mano, pero muy consciente de que, en realidad, le había costado muchísimo desentrañar la enmarañada división política y geográfica del Reino Unido.

Durante la abrupta carcajada de los jugadores, Martina había percibido comentarios en inglés sobre orígenes barbáricos, sobre sudamericanos iletrados que jamás habían visto un mapa, y otras bajezas tales que no llegó a dilucidar. Luego se desvirtuó en la falta de decoro de su persona y en la falta de la supervisión de una dama de compañía.

—Señorita, no quise... —No terminó de oír la frase con la que continuaba Lionard, que salió disparada, como si la llevara el diablo, por el pasillo de los camarotes. Avergonzada por haber caído frente a todos los pasajeros y por haber quedado en ridículo, con su ego herido, permaneció yendo y viniendo de la puerta al ojo de buey en el pequeño camarote, llena de rabia e indignación por tal demostración de poca galantería, apretando los puños a los lados del cuerpo y mascullando entre dientes:

—¡Habrase visto! ¿Quién se cree que es? ¡Tan atrevido e insolente! ¿A ver si el señorito sabe hablar otro idioma, además de...? Claro, sabe alemán también. ¡Muy educado! ¿Acaso eso le da derecho a menospreciar a quien se le cruce? ¿Acaso tiene derecho a menospreciar a una jovencita? ¿Cuántos años podrá tener? No muchos más que yo como para pretender que le rinda pleitesía después de lo que hizo. ¡¿A mí me viene a aleccionar?! ¿Y esos otros copetudos? ¿Bárbara yo? ¡Mucho menos una niña! ¡Solo fue una caída! En casa, me la paso cayéndome de los árboles y de los columpios, o de los perros o de los ponis. ¡No por eso soy una niña, y menos una bárbara!

Martina recordó las deliciosas galletas de Mariette. Las atacó con rabia, como si las galletas fueran las artesanas del infortunio que la había

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos