Un amor inesperado (El corazón de un libertino 1)

Kathia Iblis

Fragmento

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Prólogo

Londres, 1870

—Ahora, muñequita preciosa, no nos causes problemas o de lo contrario nos obligarás a herirte —susurró el más alto de los dos hombres, apenas oculto por la penumbra en el interior del carruaje.

—Pe-pe-pero, Ch-ch-charles dijo que… —lo interrumpió su acompañante, que Calíope recordaba tenía una notable cojera y fue precisamente eso y su contextura delgada lo que se ganó su confianza cuando él se le acercó para informarle que su tía lo había enviado a buscarla.

—Charles exigió que la lleváramos con vida, no mencionó nada respecto al estado en el que debíamos entregársela —prácticamente le gruñó en respuesta mientras continuaba con toda su atención focalizada en ella. El frío brillo de sus ojos fue lo que la asustó. Era la clase de mirada que tan solo poseían aquellas personas sin conciencia alguna.

Más por autopreservación que por cualquier otra razón, Calíope desvió ligeramente la mirada en dirección a los detalles que cada tanto se podía vislumbrar recostada como estaba sobre el asiento. Al menos podía agradecer que fuera mullido, y que tan solo se hubiesen limitado a maniatarla y colocarle una mordaza en la boca, aunque de ninguna otra manera ayudaba a su causa. Tenía que escapar tan pronto se le presentase una oportunidad. Nadie sabía de su llegada antes de tiempo a la ciudad y, hasta que su tía no avisase que no la había hallado al día siguiente en el muelle, estaba por su cuenta.

—De-de-déjala tran-tran-tranquila, Lock. —Finalmente el otro hombre pareció hallar algo de coraje porque se interpuso entre ambos pese a lo reducido del espacio.

—Eres solo un pobre y estúpido tartamudo, Harry. ¿Cuándo vas a comprender que las señoritas estiradas como ella no se fijan en insectos como tú? —se burló el hombre y lo apartó de un empellón para luego acercársele hasta que Cali pudo sentir su pútrido aliento bañarle el rostro—. En cuanto a ti: mejor que no recuerdes nada.

Tardó unos segundos en comprender y cuando lo hizo, se retorció en un intento por apartarse del alcance del hombre. Lo cual resultó imposible. Un sucio paño fue presionado contra su rostro, y pronto todo se volvió borroso hasta que la oscuridad pareció cubrirlo todo.

***

Lord Alexander Sebastian Kensington, duque de Warwick, cerró los puños con fuerza e inhaló hondo varias veces en un intento por controlar su temperamento. De lo contrario, terminaría retorciendo el cogote de su hermano menor Charles, quien, pese a todas las promesas hechas a la duquesa viuda, nuevamente había logrado arrastrar el apellido de su familia por los suelos. Con las consabidas consecuencias, una en particular que no deseaba analizar en profundad hasta que no estuviese más calmado.

Ya el último problema había sido tan comentado que hasta él mismo se vio forzado a ocultar sus más recientes conquistas o, al menos, asegurarse de que su abuela jamás escuchase nada al respecto. Precisamente por eso se había limitado a involucrarse con damas en su misma situación. O así fue hasta que Arabella Clemens, la famosa actriz, aceptó convertirse en su amante.

El descubrirla horas antes en brazos de su compañero de reparto, ambos retozando en el departamento por el cual él pagaba los gastos, logró agriar su humor y no tardó en dar por terminado su convenio. Si tan deseosa estaba por andar con otros hombres, entonces ellos bien podían hacerse cargo de sus gastos.

A sus treinta y cinco años, y siendo poseedor de uno de los títulos más antiguos y prestigiados del reino, no tenía necesidad alguna de estar soportando caprichos femeninos cuando ellas corrían en tropel a su cama. Tan pronto solucionase las cosas con su hermano, arreglaría para encontrarse con sus amigos en el lugar de siempre. Una noche de distracción era lo que necesitaba. Y nada mejor para ello que una visita al Black Cat para relajarse y olvidarse de todo.

El trueno estalló cerca y el sonido de las gotas de lluvia golpeando el techo del carruaje le hizo maldecir. Lo último que necesitaba esa noche era que hasta el clima conspirase en su contra.

—¿Milord? —Angus, su cochero de confianza, esperaba junto a la puerta abierta cuál sería su decisión. Lo conocía lo suficiente como para saber que bien podía cambiar de idea respecto a lidiar con su hermano en su estado actual, pero, al escuchar la lluvia comenzar a caer con mayor fuerza, decidió postergar la visita al club de caballeros.

—Eso será todo por esta noche —le informó mientras se apresuraba a abandonar la protección del vehículo. Pero apenas si se alejó unos pasos que se giró de nuevo en dirección al hombre—. Averigua qué se trae mi hermano con la señorita Meredith Sommers.

Con apenas un asentimiento perceptible, Angus se apeó al carruaje y se alejó en dirección a la parte trasera de la propiedad. Para obtener la información que le solicitaba, debía pasar lo más desapercibido posible.

Se giró de nuevo en dirección a la solitaria casa y fue cuando un relámpago lo iluminó todo por unos instantes: le pareció observar movimientos en su habitación, pero al instante lo descartó. Ni siquiera Charles era tan suicida como para irrumpir ahí. No luego de lo que había ocurrido varios años atrás. Pese a que siempre se le inculcó la lealtad hacia su familia, una noche, después de haber acompañado al difundo duque a supervisar las propiedades, descubrió que no solo Charles había estado haciendo uso de todas sus pertenencias, sino que, además, había osado golpear severamente a una de las hijas del capataz de las caballerizas y había intentado comprar el silencio de la familia con una de las joyas de su madre… Faltaba decir que fue necesaria la intervención de su abuelo para calmar los alterados ánimos. Y el díscolo muchacho fue enviado a pasar una larga temporada en el campo con unos parientes.

Ese recuerdo terminó por agriar su humor y le hizo apurar el paso. Quería tener ese asunto solucionado esa misma noche. Por eso, una vez que subió el segundo tramo de escalones, lo último que esperó fue escuchar un grito y elevar el rostro para ver cómo una pequeña figura parecía caer del cielo, directo a sus brazos.

Pese a tratarse de un muchachito, le sorprendió la fuerza que el menudo cuerpo poseía, en especial cuando recibió un fuerte codazo en las costillas que le hizo aflojar su agarre al instante, pero no con la suficiente velocidad porque el intruso no tardó en darle una patada en las espinillas, por lo que logró su objetivo de verse liberado.

—¡A-a-a-alto! —El grito de Harold, uno de los sirvientes de su hermano, solo pareció asustar más al muchacho porque se lanzó frente a un carruaje y poco faltó para perecer bajo los cascos de no ser por sus rápidos reflejos. Segundos después lo vio desaparecer entre las sombras de la propiedad; la intensidad de la lluvia ayudó en su cometido.

Consciente de que si enfrentaba a su hermano en esos momentos el encuentro tan solo terminaría en desastre, se encaminó rumbo a sus habitaciones en busca de la tan preciada soledad que solo hallaba en su interior. El único lugar donde, aunque fuese tan solo por unos instantes, su título carecía de importancia alguna. Lástima que hallar eso en alguna otra parte era un imposible.

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Capítulo 1

Unos minutos antes de la llegada del duque

Cali dudó unos segundos, con una pierna afuera de la ventana, mientras daba una última mirada a la habitación en la cual la habían intentado dejar prisionera. Odiaba la idea de abandonar la falda especialmente diseñada por su tía para que pudiera ser deprendida del resto del vestido en caso de necesidad. Pero todo lo ocurrido desde el momento en que arribó al puerto la había forzado a tomar decisiones impulsivas, y lo que en esos momentos estaba ocurriendo era solo el broche de oro de la noche.

Nunca estuvo tan agradecida por las enseñanzas de su tío Lobo Negro como en aquellos momentos. Porque era consciente de que de haber estado vistiendo la abultada falda exigida según la última moda inglesa le habría sido imposible escabullirse por la ventana de la habitación que se hallaba en un segundo piso. Y la idea de andar corriendo por ahí, usando unas etéreas enaguas que poco hacían por cubrir lo necesario, no era algo que le resultara alentador en lo más mínimo. En especial en medio de una tormenta.

Miró para abajo, necesitaba asegurarse de que no hubiese nadie a la vista que quisiera detenerla. A aquellas horas de la noche, la calle se veía desierta, lo cual le dificultaría lograr hallar un carruaje, pero, con algo de suerte, con el atuendo que vestía la confundirían con un muchacho y podría hallar el camino hasta la casa de su abuela sin problemas.

Tan solo bastaría con que sus captores cumplieran con la amenaza de dejarla encerrada hasta la mañana siguiente y podría darse por satisfecha. Tan solo pensar en tener que volver a ver a los dos desagradables sujetos que parecían a cargo de su cuidado le erizaba la piel. Dado que no había manera de que su familia supiese de su llegada, ya que el barco se había adelantado, todo indicaba que ningún caballero de brillante armadura iría a rescatarla del aprieto en el que se encontraba. Así que decidir salvarse a sí misma y luego llevarlo a cabo tan solo le tomó unos instantes. Afortunadamente, los hombres habían decidido que era una frágil florecilla y ni siquiera se les cruzó por la mente que ella iba a escapar.

Sin embargo, su alivio fue momentáneo cuando escuchó la puerta abrirse. Quien fuera que estuviese por entrar no iba a tardar en notar su ausencia y ahí sí que se hallaría en serios aprietos.

Nerviosa, se apresuró a desplazarse aferrándose a los rebordes de la madera que parecían sobresalir por toda la fachada. Si lograba llegar hasta el techo del porche inferior, desde ahí podría resbalar con lentitud y descolgarse hasta la baranda inferior, de ahí, saltaría a la hierba y podría huir.

Todo pareció ir según el plan hasta que el trozo del cual se aferraba se desprendió, lo que la hizo gritar aterrada. Lo último que esperó fue el sólido cuerpo masculino que la atrapó y la salvó de que se rompiera el cuello.

Pese a la situación, no se le pasó por alto la fuerza que emanaban los brazos que la sostenían como si no pasase nada. Lo que no le impidió luchar por liberarse y huir tan rápido pudo. Si ese desconocido se hallaba ahí en medio de la noche, tenía que ser cómplice de quienes la habían secuestrado.

Temerosa de que pudiesen volver a capturarla, huyó por en medio de la calle y no detuvo su alocada carrera hasta que estuvo segura de que nadie iba tras ella. Por fortuna, logró convencer a un cochero de que la llevase hasta la residencia de su tía. Tras ofrecerle diez libras, el hombre se mostró más que dispuesto a llevarla.

Sin embargo, no fue hasta que finalmente la puerta de la elegante mansión se abrió que Cali se percató de todo lo ocurrido. Porque ahí, frente a ella, se encontró con el rostro de su fallecida madre.

—¿Calíope?

—¿Mamá? —fue la única palabra que lograron susurrar sus congelados labios mientras sus piernas se rehusaban a continuar sosteniéndola.

—Cariño… —expresó una conmocionada Selene, hermana gemela de la madre de Calíope. La mujer la abrazó contra su pecho, y la joven rompió a llorar—. ¿Estás herida?

La joven tan solo negó con la cabeza, incapaz de controlar el castañeteo de sus dientes y los temblores que se habían apoderado de su cuerpo.

—No te preocupes. Yo te voy a cuidar. —Y esas fueron las últimas palabras que Cali escuchó antes de dejarse llevar por la inconciencia.

***

Alexander se pasó una mano por el rostro rogando que todo fuese un producto de su imaginación. Porque no había otra forma de explicar lo que halló al entrar a su habitación. Quien fuese el ladronzuelo había hecho un exhaustivo trabajo al revisarlo todo, pero sin dejar evidencia alguna de su presencia. Excepto por la joyería que faltaba. La que su madre le había obsequiado en su última visita a Rusia poco antes de fallecer. Todos los contenidos de la caja de madera ricamente grabada faltaban y, por lo visto, no había actuado solo. Una falda abandonada junto a la ventana abierta lo dejaba en claro.

Dado que él jamás había permitido que mujer alguna entrase en la habitación, la única explicación posible hizo estallar el poco control que le quedaba.

—¡Charles! —masculló entre dientes y, casi como si lo hubiese invocado, su hermano se detuvo en la entrada.

—Yo… te juro…

—Mañana por la noche es la fiesta de lady Conventry. Asistirás. Sobrio y vestido acorde a la ocasión.

—Pero… —Casi podía oír una de las tantas excusas a las cuales su hermano parecía hallarse tan apegado, pero una sola mirada y el joven tuvo el suficiente buen juicio como para cerrar la boca.

—Dedka[1] Sasha estará más que feliz de recibirte. Sabes que hace tiempo viene exigiendo que lo

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