Capítulo 1
La puerta de la farmacia estaba abierta y Julia vio a dos hombres. El más bajo tenía el pelo oscuro y el otro, rubio, que entre risas decía:
—Tío, menuda pinta se te ha quedado.
El farmacéutico lo observó por encima de las gafas.
—No es para tomárselo a broma; más aún, debería hacerse pruebas de alergia.
Pero el rubio parecía incapaz de contenerse, y fue al apoyarse en el mostrador cuando se percató de su presencia. Y no era su atractivo lo que llamó la atención de Julia, sino ver que le daba con el codo a su compañero sin que este le hiciera el menor caso, pues atendía las recomendaciones del farmacéutico.
—La crema antihistamínica, cada seis horas y el analgésico, cada ocho. En dos o tres días, le bajará; de lo contrario, le aconsejo que vaya al médico.
Entonces, se giró y Julia le vio la cara. La tenía desfigurada por la hinchazón, con el párpado tan inflamado y rojizo que, probablemente, no sería capaz de ver con ese ojo aunque la hubiese mirado durante unos segundos antes de salir a toda prisa. Lo mismo que hizo el rubio, tras esbozar una mueca de disculpa.
—Mucha gente muere a causa de las alergias —escuchó decir al farmacéutico, que buscaba, en uno de los cajones, el medicamento de la receta que acababa de darle. Y continuó hablándole mientras ella asentía y esperaba impaciente ante la tranquilidad con la que envolvía la caja y le daba el cambio.
Al salir a la calle, Julia dirigió la vista hacia el lado por el que se habían ido los dos hombres. Un todoterreno se alejaba y se preguntó si sería aquel en el que iban ellos, pero enseguida cambió el hilo de sus pensamientos. Hundió las manos en los bolsillos del chaquetón, y echó a andar con la mente ocupada en repasar lo que había hecho esa mañana.
Lo primero, la peluquería. Llevaba dos años sin ir y no se complicó con experimentos: pidió el mismo corte desfilado a capas desde el flequillo, mantuvo la raya al medio y el pelo a la altura de los hombros. Luego, en la consulta de la doctora Carmen Prados, había contestado a sus preguntas de cómo se encontraba, si dormía bien y si tenía apetito antes de que ella le mostrara los resultados del último análisis. Los valores estaban dentro de lo normal y le había suspendido el hierro, que ya no necesitaba. En cuanto al antidepresivo, hacía un mes que tomaba la dosis mínima y la doctora le recetó la última caja que acababa de comprar en la farmacia.
Reconfortada por las buenas noticias y sintiéndose ligera con su corte de pelo, compró unas cosas en la tienda antes de cruzar la plaza. Había algunos ancianos sentados en los bancos de piedra del centro, y entre ellos reconoció a Anselmo, el padre de Paqui, que precisamente, en ese momento, se asomaba a la puerta del bar.
—¡Hola, Julia! Veo que te cortaste el pelo.
—Sí, lo tenía demasiado largo.
Paqui parecía dispuesta a dedicarle unos minutos de charla, pero un cliente la reclamó desde el interior.
—¡Ya voy! —gritó y se volvió un instante—. Recuérdame que te cuente una cosa cuando vengas esta tarde.
Julia se despidió de ella y continuó hacia su casa. Estaba cerca, tras dejar a un lado la del cura, un edificio de altas ventanas enrejadas que ocupaba casi toda la manzana, junto a otra vivienda deshabitada desde hacía años, que desembocaba en la plazoleta. Allí estaba aparcado el viejo coche de Remigio, con los bajos manchados de barro de llevarlo al corral donde tenía las vacas. También se encontraba la furgoneta blanca de Antonio, con zonas de óxido y con la puerta trasera algo abollada; le pareció raro, sobre todo al consultar la hora y comprobar que pasaban diez minutos de la una y media.
Dobló hacia el corto callejón sin salida al que daba su casa, frente a la que había un montón de arena; lo rodeó y se adentró en el zaguán. Antonio, al verla, se acercó con aquella ligera cojera y con el cigarrillo en la comisura de los labios, que se quitó de la boca para hablar.
—Antes de irme quería decirle que han traído las baldosas. —Y señaló unas cajas apiladas en el patio.
—¡Estupendo! —exclamó emocionada, pues llevaba días esperándolas.
—También que esta tarde no puedo venir y que mañana vendré con mi hijo, así iremos más deprisa.
Julia no le pidió explicaciones e hizo un gesto de conformidad antes de preguntar.
—¿Cuándo cree que terminará todo?
Él se rascó la cabeza por debajo de la gorra de paño. Aunque no era feo, el conjunto de sus rasgos resultaba tosco, al igual que su voz ronca y áspera de fumador. Dio otra calada al cigarro y miró a su alrededor.
—El suelo, una semana, como mucho, y lo del muro, un par de días. Pero nunca se sabe con estas cosas.
Ambos alzaron la vista hacia el alto muro de piedra que separaba su casa del campo, que se extendía hasta otras fincas valladas, en las que ya no se cultivaba ni se daba de pacer a las ovejas como en tiempos de sus abuelos. Y el muro mostraba una parte bastante deteriorada que había que arreglar antes de que acabara derrumbándose, lo que no parecía afectar al gato blanco y negro que, sentado en lo alto, los miraba con aparente indiferencia.
—Ya está ahí ese condenado del demonio —masculló Antonio—. Le dije que, si le daba comida, lo iba a tener aquí todos los días.
—No me importa —repuso sonriente.
Se había acordado de que también su abuela tenía manía por los gatos, sobre todo porque muchas veces entraban en la cocina y le robaban lo que hubiese a la vista. Entonces, los amenazaba con la escoba, incluso les gritaba que iba a despellejarlos, aunque también agradecía su presencia, pues reconocía que tenerlos por allí la libraba de otros bichos más nauseabundos que no se atrevía ni a nombrar.
Antonio se había encogido de hombros, y se disponía a marcharse cuando Julia le preguntó:
—¿Sabe de alguien que pueda montar unas estanterías?
—Mi hijo —contestó enseguida—. Si quiere, le digo que venga esta tarde a echar un vistazo.
—Sí, por favor. Hacia las cinco, que es cuando vuelvo del café. —Y titubeó al decir—: Supongo que sabrá hacerlo; son varias y están desmontadas por completo.
Antonio elevó apenas la comisura de los labios.
—No se preocupe; Eduardo es listo como el hambre y lo que no sabe lo aprende rápido. También hace cualquier cosa de electricidad; trabajó en una empresa que se dedicaba a eso, pero redujeron personal y, como fue de los últimos que entraron, los muy cabrones... Así que, hasta que le salga algo mejor, va a venir a ayudarme.
Julia lo miró confusa. No sabía si con ello pretendía conseguir que le diera algún trabajo extra a su hijo; incluso dudó si había hecho bien en pedírselo. Pero ya estaba decidido y, en cuanto el albañil se hubo marchado, escuchó un ruido entre las hojas del frondoso limonero que presidía el patio desde la esquina. El gato había pasado del muro al árbol, y del tronco saltó al suelo. Caminó por la tierra y la grava como si apenas la tocara, y Julia esperó hasta que se detuvo a un par de metros de distancia de ella. Era un hermoso animal, con una mancha negra que se asemejaba a un pequeño bigote; por eso había empezado a llamarlo Charly, en honor a Charly Chaplin.
—Vale, Charly —dijo ante sus ojos redondos y suplicantes—, ahora te traigo algo.
Pasó al interior de la casa y dejó la bolsa con la compra sobre la mesa de la cocina. Había guardado en la nevera los restos de un guiso de pescado envueltos en papel de aluminio, y se los llevó. El gato, tras olisquearlo por unos segundos, empezó a comer.
Entre tanto, Julia recorrió su patio con la vista. El suelo de tierra con la grava sin esparcir, las piedras de granito y dos pilas del mismo material, la carretilla, la pequeña hormigonera, los sacos de cemento apilados, las cajas con las baldosas... Era evidente que faltaba mucho para terminar y poner lo que tenía planeado: una mesa y una silla para sentarse a desayunar por las mañanas, cuando hiciera buen tiempo, así como una tumbona para leer y descansar al sol en los días fríos o por las noches en verano.
Charly había terminado y maulló con timidez.
—Por hoy se acabó y, si te has quedado con hambre, caza ratones —le dijo ella y, acto seguido, se rio de sí misma; si continuaba hablándole, iba a acabar como esas viejas locas de las películas con sus gatos. Pero el animal, como si lo hubiese entendido, se dirigió al árbol y, de un salto, desapareció entre sus ramas. Al instante lo vio en el muro, donde acabó por tumbarse plácidamente al sol.
Al entrar de nuevo en la casa, Julia se quitó el chaquetón y lo colgó —con el bolso— en el perchero del recibidor tras sacar la caja de las pastillas. Cruzó el salón-comedor hacia el pasillo y de ahí, a su habitación. Deseaba desprenderse de las medias y de la falda para ponerse los cómodos pantalones de algodón y unos calcetines, igual que de la blusa para sustituirla por un jersey estampado con rombos de vivos colores, pasado de moda pero tan suave al tacto como el primer día. Luego, se calzó las zapatillas que tenía debajo de la banqueta situada a los pies de la cama, y pasó al baño para dejar la medicación en la repisa del lavabo.
Se miró en el espejo. Le gustaba cómo le había quedado el pelo, y movió la melena a uno y otro lado para ver sus reflejos dorados bajo la luz. También su rostro y, de una forma especial, el castaño claro de sus ojos, que habían recuperado el brillo porque ya no los oscurecían las profundas ojeras de meses atrás. Y sonrió a su propia imagen, satisfecha.
A las cuatro Julia fue al bar de la plaza. Aún no habían llegado los de la partida de dominó: siete jubilados que, con el padre de Paqui, ocupaban las dos mesas de la derecha, cerca del televisor, que siempre estaba encendido y al que nadie parecía hacerle caso. Ellos tomaban su café y, luego, estaban hasta las seis aporreando las mesas con las fichas, sin hablar apenas, aunque sí discutiendo alguna jugada de vez en cuando. Porque, tras llevar dos meses en el pueblo, se habían acostumbrado a su presencia como ella al ruido; se saludaban con un «Buenas tardes» o con un simple gesto, y seguían cada uno a lo suyo.
Julia cogió el periódico del estante y se dirigió a su mesa de siempre. Estaba en el lado contrario a los jugadores y frente a la ventana, de tal forma que, al alzar la vista, veía la plaza —con las casas que la rodeaban—, los bancos de piedra, los árboles, la farola del centro, las banderas del ayuntamiento ondeando si hacía viento, la gente o los pocos coches que cruzaban. Y no necesitaba decir nada; Paqui le servía su café con leche en la taza blanca con un sobre de azúcar. A veces, cuando hacía bizcocho o rosquillas, le llevaba un poco en un plato, una atención que la abrumaba, pero se lo comía encantada.
Paqui tenía cuarenta y dos años, era de estatura media —como ella— pero de constitución más corpulenta, y llevaba el pelo recogido con un coletero de terciopelo negro. Vestía con tonos oscuros y, por eso, a Julia se le fue la vista a la medalla de oro que resaltaba sobre el jersey azul marino.
—Ayer, al poco de irte, vinieron dos hombres y una mujer y preguntaron por Marcelino, el guarda —le contó al tiempo que se sentaba a su lado.
En ese momento, se abrió la puerta y entró Hipólito, otro jubilado y cliente habitual que solía sentarse en un taburete junto a la barra, cerca de los jugadores de dominó. Él no participaba, aunque seguía las partidas con interés y hablaba con ellos. También con Julia, a la que saludaba, e intercambiaban comentarios si veían alguna noticia que les interesara en el periódico. Y últimamente se trataban más, pues Hipólito había sido albañil y le había recomendado a Antonio cuando decidió hacer la obra de su casa.
—¿Era por los buitres por lo que los de ayer querían ver a Marcelino? —le preguntó Paqui.
—Sí —respondió él antes de sentarse—. Dijeron que estaban haciendo un documental para la televisión, y Marcelino se conoce todos los rincones, pero yo no sé a quién le puede interesar ver a esos pajarracos.
—Y lo guapo que era el rubio —siguió contándole Paqui—. Parecía un actor de cine, y la chica también era muy mona.
Julia removió el café con la cucharilla, tras echar el azúcar, y tomó un sorbo con cuidado para no quemarse. Imaginaba, por sus explicaciones, que podían ser los de la farmacia, aunque ella no había visto a ninguna chica.
—Les dije dónde vivía Marcelino —continuó—, pero antes se tomaron un café y, en ese rato, ella los manoseó bien a los dos. —Sonrió y volvió a dirigirse a Hipólito, que miraba el diario deportivo—. ¿Te acuerdas de la forastera?
—¡Que sí me acuerdo! —Y soltó una carcajada.
—No podría decirte con seguridad con quién estaba. A lo mejor está liada con los dos.
Julia sonrió al ver su expresión, entre divertida y escandalizada; mientras se levantaba para ir a servirle el café a Hipólito, ella abrió el periódico. Pasó las páginas, sin detenerse en nada, hasta llegar a lo que más le preocupaba en ese momento: la previsión meteorológica. Y no eran buenas noticias para las obras de su patio, pues se decía que habría precipitaciones a lo largo de toda la jornada y que serían más intensas a primeras horas de la tarde.
Los de la partida habían empezado a llegar puntuales sobre las cuatro y media, y Paqui estuvo atareada con los cafés. Cuando terminó, volvió a sentarse a su lado.
—La bici ya está lista, solo tenía desinfladas las ruedas.
—¿Y a dónde tengo que ir a recogerla?
—No te preocupes; esta tarde te la lleva Fran.
Julia había pensado comprar una bicicleta para hacer ejercicio y pasear por los caminos y, al hablarlo con Paqui, le había dicho que ellos tenían una. Era de su cuñada y apenas la había usado, así que se la ofreció y ella no pudo rechazarla.
Continuaron hablando un poco más, en especial Paqui, que lo hizo sobre su hijo Fran que, con diecisiete años, empezaba a interesarse «demasiado», según ella, en las chicas.
Eran las cinco y diez cuando se acordó de pronto. El hijo de Antonio iba a ir, y se despidió de Paqui haciendo un gesto de adiós a Hipólito.
Regresó a su casa pensando en las estanterías y en la habitación donde iba a ponerlas: el estudio, como había empezado a llamarlo. El lugar donde colocaría por fin los libros, que seguían guardados en las cajas, pues apenas había leído en esos dos meses. El trabajo físico había ocupado gran parte de su tiempo, así como limpiar y ordenar, reubicar muebles, sustituir lo que estaba estropeado, pintar paredes... Y si el clima lo permitía, se daba un paseo después de comer. Nunca antes había llevado una vida semejante y tenía que reconocer que le había sentado bien y que su ánimo y sus fuerzas mejoraban día a día. Por eso se había decidido a hacer la reforma y quitar los corrales, donde antiguamente se tenía a los animales y los aperos de labranza, que en la actualidad solo servían para acumular suciedad o como escondite para ratones. Dos buenos motivos con los que, además, conseguiría un espacio amplio y despejado.
Al doblar hacia el callejón, vio a alguien sentado en el umbral de su puerta. Tenía el codo apoyado sobre la pierna y se sujetaba la cabeza con la mano, mientras que con la otra removía en el montón de arena con un palo. Hasta que debió oír sus pasos y alzó la vista. Se puso en pie enseguida y dejó caer el palo.
—¿Eres el hijo de Antonio? —le preguntó.
Resultaba obvio sabiendo que iba a ir, pero no pudo evitarlo porque apenas se parecía a su padre. Era más alto y, desde luego, mucho más atractivo, con el pelo negro algo enmarañado, como si lo hubiese estado mesando durante la espera.
Había afirmado su pregunta con un gesto, y Julia se acercó para abrir la puerta. Cuando se volvió para pedirle que cerrara, vio que se había quedado mirando el patio.
—Es lo que está haciendo tu padre. Me ha dicho que vas a ayudarlo.
Eduardo no dijo nada y Julia sintió, por un momento, cómo sus ojos oscuros la recorrían de pies a cabeza.
—No sé si tu padre te comentó... Si te dijo... lo que tenías que hacer —balbuceó nerviosa, pero enseguida se repuso—. Será mejor que te lo enseñe.
Pasaron al interior de la casa, y sus pisadas hicieron chirriar los escalones de madera hasta que llegaron al pasillo-distribuidor, donde las cajas con los libros estrechaban el espacio antes de pasar al estudio. En ese momento, daba el sol poniente y la luz entraba por la ventana, atravesando toda la habitación, y hacía que el azul claro de las paredes —que había pintado una semana antes— pareciera casi blanco. Luego, en el suelo, como si alguien las hubiera tirado de cualquier forma, estaban las maderas de las estanterías desarmadas con los laterales, los estantes, las traseras...
—Esto es un lío —dijo algo sofocada.
Él se había acuclillado y empezó a examinarlo por encima.
—Tendrás que traer herramientas porque lo único que tengo es un martillo.
Le sonrió creyendo que él también lo haría, pero al alzarse solo comentó:
—Me va a llevar tiempo.
—Sí, claro, lo supongo.
—Primero tengo que ponerlo en orden para ver si falta algo. ¿Y dónde las va a querer? —preguntó mirando en derredor.
—En esa pared y en esa —le señaló a la derecha e izquierda.
—¿Quiere que les ponga un anclaje para que estén más seguras? —volvió a preguntar.
—Supongo que sí —contestó, aunque no entendía a qué se refería con aquello.
De lo que sí se había percatado era de su acento; no lo tenía tan marcado como el de la gente del pueblo, y estuvo a punto de preguntárselo, pero no se atrevió y acabó diciendo:
—¿Necesitas algo?
Él negó con un gesto mientras se quitaba la cazadora.
—Trae; la colgaré abajo.
—No hace falta; la pondré aquí mismo. —Y salió para dejarla sobre unas cajas.
Era una prenda de cuero gris, algo desgastada, que debía tener ya algunos años; mientras bajaba la escalera, se preguntaba si, quizá, se avergonzaría de ello.
Julia dejó su chaquetón en el perchero y fue al baño. Pero antes de salir, se observó en el espejo, en especial los ojos, que parecían desconcertados al recordar al chico que estaba arriba. La había perturbado, no solo porque fuera guapo, sino por su forma de mirarla; estaba segura de que la había encontrado atractiva, y se acordó también del rubio de la farmacia. Sonrió entonces; no sabía por qué pensaba en eso después de tantos meses sin que le importase lo más mínimo.
En el salón se sentó en el sofá y, antes de abrir el suplemento del periódico para leer un artículo que le interesaba, echó un vistazo a la chimenea. Tenía unos troncos entrecruzados que constituían un simple adorno, ya que no se había atrevido a encenderla; siempre lo había hecho su padre y, con los radiadores eléctricos, tampoco lo necesitaba. Eso sí: le encantaba su presencia imponente y sentarse frente a ella arropada con la manta de ganchillo de su abuela. Resultaba tan agradable que muchas veces se quedaba dormida mientras veía la televisión aunque, luego, cuando se iba a la cama, tardaba en volver a conciliar el sueño.
No le dio tiempo a terminar el artículo cuando escuchó el chirriar de las maderas de la escalera y unos pasos aproximándose.
—Ya he organizado todo —dijo Eduardo, que se asomó apenas por la puerta—. Mañana traeré las herramientas y empezaré el montaje.
Julia se levantó y se acercó a él.
—Tu padre me dijo que ibas a ayudarlo con el patio.
—Sí, es cierto —titubeó—. Entonces, las estanterías...
—Las dos cosas me interesan, aunque el patio es lo primero.
—Puedo organizarme para hacer las dos si usted quiere.
—No me trates de «usted». Yo te estoy tuteando; tú haz lo mismo.
Le pareció algo cortado y, entonces, le preguntó la edad.
—Veinticuatro —respondió.
Por un segundo se sorprendió; no creía que fuese tan joven.
—Yo tengo cuatro más que tú, pero no soy tan mayor como para que me trates de «usted». Y volviendo a nuestro asunto —continuó—, empezarás cuando no tengas que ayudar a tu padre y, por cierto, piensa en lo que vas a cobrarme.
Él hizo un gesto de indecisión.
—Si me deja... Si me dejas algún libro, ese sería el pago por...
—¿Te gusta leer? —lo interrumpió impresionada y, de inmediato, preguntó —: ¿Y qué género te gusta?
—La ciencia ficción, de aventuras y, sobre todo, la novela negra o policiaca ¿Tiene... tienes algo de ese tipo?
—Sí —contestó enseguida—. De Raymond Chandler, que recuerde; al menos tres que leí hace mucho. De Simenon también hay algo; de Agatha Christie, por supuesto. Y de Hammet tengo su novela más conocida: El halcón maltés. No la he leído, pero me encanta la película.
—A mí también, y ya la leí.
Ella no salía de su asombro.
—La otra noche, en la segunda cadena, pusieron la versión del libro de Chandler, El sueño eterno.
—Lo sé, estuve viéndola.
Sin saber por qué, Julia empezó a hablarle de la película: de sus diálogos ingeniosos, de los fallos de guion que hacían incomprensibles algunas partes del argumento, pero que daba igual porque era una obra maestra del género, y la pareja Bogart-Bacall —a su juicio— estaba fantástica.
Eduardo escuchaba sin interrumpir y a ella le gustaba su atención, aunque no debía olvidar que estaba allí para trabajar y no para hablar de cine.
—Te dejaré los libros que quieras —dijo, no obstante—, y eso no tiene nada que ver con las estanterías que tienes que montar. No tengo ningún problema en prestártelos. Para eso están: para ser leídos.
Tuvo la sensación de que estaba hablando con alguno de los alumnos a los que había dado clase, intentando ser distante, aunque se le escapó una sonrisa. Él, sin embargo, continuó con el semblante serio, le agradeció el ofrecimiento, y se despidió hasta el día siguiente.
Al poco oyó cerrarse la puerta y ella se quedó en el recibidor, pensando en las cajas que tenía en la planta de arriba, en lo que habían sudado los de la mudanza porque eran —si no le fallaba la memoria— unas veinte. Tampoco recordaba qué libros había en cada una, pues los había ido metiendo hasta llenarlas cuando decidió que se iba al pueblo. Y volvió a acordarse de Eduardo. ¿Dónde estarían los de Raymond Chandler? ¿Y la pequeña colección de Aghata Christie? Sabía que a su abuelo le gustaba ese género y del más clásico. Sin embargo, tendría que esperar para ordenarlos antes de pensar en buscar alguno en concreto.
El ruido de unos golpes en la puerta la sacó de aquellos pensamientos, y salió al patio. Estaba empezando a oscurecer. Encendió la luz, antes de abrir, y se encontró a Braulio, el marido de Paqui, con la bicicleta sujeta por el manillar.
—Creí que Fran iba a traerla.
—Se negó; como es de chica y rosa, le daba vergüenza por si alguien lo veía. —Y meneó la cabeza—. Desde luego, está tonto perdido.
Julia abrió del todo la puerta, y él pasó al zaguán.
—Puedes dejarla aquí mismo; ya la guardaré yo.
Pero insistió en hacerlo y ella le indicó uno de los dos trasteros, concretamente el destinado a la leña, que estaba medio vacío. Cuando salió, Braulio se fijó en el material de obra y en el suelo que, bajo la luz artificial, mostraba un aspecto bastante sombrío.
—La que tienes montada; parece que te han bombardeado.
—Es cierto, pero mañana empiezan a echar el cemento y pondrán las baldosas. —Y sonrió al decirle—: Gracias por la bici, te la cuidaré bien.
—Ni se te ocurra devolvérmela; mi hermana la dejó en el taller hace una tira de años, y estaba empezando a estorbarme. Si no la hubieses querido tú, un día de estos, se la habría dado al de la chatarra.
—Pues muchas gracias —repitió.
Cuando Braulio hubo salido, cerró con llave. No esperaba a nadie, y se acercaba la hora de preparar la cena.
Capítulo 2
La cocina tenía la mesa bajo la ventana, y a Julia le gustaba ver su patio mientras desayunaba. Pero el cielo estaba de un gris plomizo mezclado con la neblina, lo que le hizo pensar si acabaría lloviendo esa misma mañana. Entonces, miró hacia el reloj que colgaba de la pared; ya eran las ocho y media, y se apresuró en ir a abrir la puerta.
El frio penetró a través de su grueso jersey de lana, y cruzó el patio frotándose los brazos para entrar en calor. Fuera estaba la arena con la tabla que salvaba el desnivel para la carretilla, y se asomó un poco más al oír el motor de la furgoneta de Antonio.
A pesar de la niebla, pudo distinguir a Eduardo saliendo del lado del copiloto. Vestía una chaqueta de trabajo oscura con los vaqueros, y se había quedado esperando a que su padre sacara algo de la parte de atrás. Entonces, giró la cabeza hacia la casa, y Julia retrocedió de inmediato para volver a la cocina a recoger las cosas del desayuno. Hasta que oyó la voz de Antonio, su tono áspero y ronco de fumador, dando instrucciones a su hijo sobre lo que tenía que hacer, y abrió la ventana para saludarlos con un buenos días.
Ellos le correspondieron a su vez.
—Vamos a echar la piedra y a aplanarla —le informó Antonio—. Mañana el chico vendrá al trabajo ese que me dijo, porque no creo que podamos hacer nada si llueve.
Julia asintió al mismo tiempo que miraba a Eduardo. Llevaba la carretilla y la observaba a su vez, pero ella cerró la ventana y se fue a arreglar su habitación. Luego recogió el salón y el baño, y subió al estudio para empezar a organizar las cajas. De la primera extrajo los catorce tomos de la enciclopedia ilustrada. Sin duda ya estaría desfasada en algunos temas después de los años, pero no pensaba deshacerse de ella; como tampoco de los clásicos juveniles de Bruguera, que habían llenado tantas horas de su infancia. Hojeó algunos y los dejó a un lado para continuar con otra caja.
Así estuvo, agachándose y levantándose, hasta que acabó agotada y decidió bajar, aunque no lo hizo del todo. Se quedó sentada en uno de los peldaños de la escalera, con la cabeza ladeada hacia la pared y los ojos cerrados, concentrada en los sonidos que provenían del patio. Le habían hecho recordar el ajetreo de su abuela cuando preparaba la comida, mientras ella jugaba allí mismo con sus muñecas, simulando que los escalones eran los pupitres de una escuela. Eran tiempos felices que le resultaba fácil evocar...
El ruido de la puerta la sobresaltó, y abrió los ojos. Eduardo, quizá algo cohibido, parecía indeciso hasta que ella se levantó.
—¿Querías algo?
—Me ha dicho mi padre que rellene la botella en la cocina.
—Pasa; está a tu derecha.
Él bajó la vista: tenía las botas manchadas de tierra y arena.
—Ensuciaría el suelo.
Antonio solía entrar sin pedir permiso ni importarle si manchaba o no; era evidente que su hijo se diferenciaba en eso además de en el físico.
Entonces, le pasó la botella, que ella rellenó bajo el grifo, y también un vaso.
—Es más cómodo.
Sonrió al dárselo, y él bebió deprisa mientras Julia leía para sí el logotipo de «Electro Rey S.A.» grabado en su chaqueta. Cuando acabó, le devolvió el vaso, le dio las gracias, y se llevó la botella para su padre.
Julia se había quedado en el umbral de la puerta, con la vista en la grava esparcida, consciente de que Eduardo podía estar mirándola o, al menos, deseando que lo hiciese. Porque le atraía sin poder evitarlo, a pesar de que ella se acercaba a los treinta y él, aunque pareciese mayor, no dejaba de ser un veinteañero.
Y mientras se retiraba hacia el salón, con el ruido de la hormigonera que daba vueltas, en su mente se coló el recuerdo de la última vez que había tenido relaciones sexuales con su exnovio. Hacía algo más de año y medio, concretamente el 22 de agosto de 1984, once días antes del fallecimiento de su padre. Y lo había hecho porque lo necesitaba, porque había creído que las caricias de Arturo la consolarían de la inminencia de la muerte. Pero lo que encontró fue vacío y frustración, sobre todo cuando se enteró de que llevaba dos meses saliendo con otra mujer, de que no le había dicho nada porque, según sus palabras, «no quería que sufrieras más».
A la una y media, se fueron los trabajadores y, a las tres, estaban de vuelta. Pero Julia no se movió de la casa hasta que llegó su hora del café, momento que aprovechó para inspeccionar la obra. Comprobó que la base de grava ya alisada empezaba a cubrir toda la superficie, y salió satisfecha a la calle.
Eduardo tenía puestos unos guantes y cargaba arena con la pala, pero esperó a que pasara para seguir. Y ella solo dio unos pasos, pues algo la hizo volverse. Él permanecía inmóvil mirándola pero, al verse descubierto, bajó la cabeza y apretó con el pie el borde de la pala para facilitar la maniobra.
Julia se sonrió y, hasta que no llegó a la plaza, no se le fue esa expresión de la cara.
Al regresar vio que apenas quedaba arena y, antes de entrar en la casa, se acercó a Eduardo para concretar la hora a la que iría a montar las estanterías.
—A partir de las nueve, ¿te parece bien?
Él asintió. Y si al día siguiente estaban las estanterías, pensó que sería una buena idea continuar con el orden. Subió al estudio y solo paró cuando le llegó la voz de Antonio. Le avisaba que se marchaban y ella se asomó lo justo para despedirlo. Luego, continuó con el trabajo hasta que se dio cuenta de que ya no podía más; hacía rato que había encendido la luz y tenía las manos heladas.
Una claridad difusa se filtraba por las rendijas de la persiana, y el sonido de la lluvia, suave y monótono, la envolvía perezosamente. Podía quedarse en la cama sin moverse ni pensar en nada, tan solo escuchando el correr del agua. Pero, al consultar la hora en el reloj que tenía sobre la mesilla, vio que marcaba las ocho y treinta y cinco minutos, y casi se levantó de un brinco al acordarse de que le había dicho a Eduardo que fuera a las nueve.
Acababa de ducharse y vestirse con sus cómodos pantalones y un jersey de los nuevos, más entallado y favorecedor, cuando oyó que llamaban a la puerta. Era Eduardo, que llevaba —en una mano— una caja metálica que supuso sería la de sus herramientas, y se protegía de la lluvia con un anorak.
—Buenos días —lo saludó sonriente.
Él correspondió con un gesto de cabeza y entró al tiempo que se quitaba la capucha. El pelo se le había quedado un poco de punta y, por un segundo, estuvo tentada de pasarle la mano para aplastárselo. Por supuesto que no lo hizo, y atravesaron la zona del patio cubierta por el tejadillo que conducía al interior de la vivienda. Pero antes de entrar, él se quitó el anorak —empapado— y lo colgó de un clavo grueso que había incrustado en la pared junto a la puerta. Una consideración como la del día anterior, cuando no quiso pasar y mancharle el suelo de barro. Y, quizá por eso mismo, dijo:
—Yo aún no he desayunado; ¿te apetece un café?
Eduardo se pasaba la mano por el pelo, alisándoselo, y pareció desconcertado por su invitación.
—No, gracias —respondió.
Lo vio subir las escaleras y respiró aliviada; no sabía por qué le había hecho aquella proposición.
Tras el desayuno hizo sus tareas; sacó pan del congelador porque —con aquel día tan desapacible— no le apetecía salir, y preparó masa de empanada. Cuando estuvo lista, la dejó en un bol cubierta por un paño para que fermentara, y subió al estudio.
Eduardo estaba uniendo unas tablas con el atornillador, y esperó a que terminara para preguntarle si necesitaba que lo ayudase, si quería descansar o tomar algo.
Él negó con la cabeza y, entonces, Julia se dio cuenta de que había una estantería montada por completo.
—¿Puedo colocar ya los libros? —preguntó entusiasmada.
—Si es ahí donde la quieres...
Julia lo pensó; solo debía moverla hacia la esquina, y así se lo dijo. Eduardo la situó allí, y ella empezó a llevar los libros que había clasificado el día anterior: obras de no ficción y los tomos de la enciclopedia.
Cuando Eduardo terminó de montar la tercera estantería, ya era la una y media, y se dispuso para irse a comer a su casa. Llovía con más fuerza que por la mañana, por lo que a Julia le dieron ganas de sugerirle que se quedara. Pero ya había comprobado su apuro cuando le había ofrecido un café, así que lo único que se le ocurrió fue dejarle el paraguas negro de su padre. Él se lo agradeció, y Julia sintió su mirada fija e intensa mientras abría el paraguas y se despedía hasta más tarde.
No transcurrió ni una hora cuando Eduardo apareció de nuevo.
—He dejado el paraguas fuera para que se seque —dijo al entrar y añadió—: Vine antes para acabarlo hoy.
Continuó con el montaje y Julia, en cuanto terminó de r
