Prólogo
Madrugada de abril de 1837, en la biblioteca del conde de Sandsbrooke, Londres
—Asúmelo de una vez: la niña es idiota.
—Si quieres hablar de la peluca de lady Cummins, que se asemejaba, por cierto, a un nido de pájaros sobre su cabeza rala, estoy dispuesto a tomarme una copa de jerez contigo antes de que subas a tu alcoba —le dijo sin levantar la vista del pliego de folios que tenía delante—. Si tus pretensiones, en cambio, son las de insultar a mi hija, te agradeceré que cierres la puerta y te quedes fuera, Grace. La paciencia de todo hombre tiene un límite y una fiesta de más doscientos invitados donde el nivel de ignorancia estaba muy por encima de la media habitual ha superado la mía.
—Es nuestra hija, Trevor. Que haya pasado más tiempo encerrada en esta sala contigo que en la de costura conmigo no hace que la quiera menos. Tal vez tu amor por ella te ha cegado a sus defectos. ¿No la viste esta noche? Tropezó tres veces con el pie del embajador de Estados Unidos.
—Isaac Hayes es republicano y esclavista. Merecería siete pisotones más, al menos.
—¿También el hijo de lord Burnham, y durante el vals?
—Su padre es whig[1]. Ni siquiera debió acceder a danzar nada con él, o no más allá de una polca.
—Y cuando el marqués de Haven le ha preguntado…
—¿Qué importa lo que le haya dicho ese viejo? Tiene sesenta y ocho años y está sordo, no hubiera escuchado su respuesta.
La condesa lo miró con resentimiento.
—Asumes, por tanto, que fue incapaz de contestar. Y sabes tan bien como yo que si lo hubiera hecho, habría tartamudeado.
Lord Trevor Etherington se puso en pie. Para tener cincuenta y un años era un caballero de altura y envergadura imponentes. Su esposa dio un paso atrás de manera involuntaria sabiendo que le había enfadado. No era un hombre agresivo, nunca le había levantado la mano, pero vivir su exclusión era para ella el peor de los castigos.
—Tengo que revisar tres cartas y un proyecto de ley, y no he tenido tiempo de hacerlo porque llevo dos semanas de salita en salón, de parque en teatro, acompañándoos a ti y a Amanda. Esa hija que, en la actualidad, absorbe todo mi tiempo y aun así no parece suficiente para que tú, su madre, como has tenido a bien recordarme que eres, seas capaz de hacer lo que de ti se espera y le encuentres un esposo.
—Pero… —protestó, agraviada.
—Y, por supuesto, si llegado el caso nuestra hija, una joven de familia excelente con una dote mermada pero aun así decente y sin ningún defecto físico, se quedara soltera, será porque yo gusté de tenerla durante su infancia en mi compañía para darle la misma educación que a mis tres hijos, o tal vez porque ella es, al parecer y según tus palabras de amorosa madre, una idiota, y no porque tú no hayas sido capaz de hacer tu parte del trabajo con éxito.
—¡Trevor!
Pero el conde estaba enfadado de veras y no mostraría clemencia.
—Creo que voy a pedirte de nuevo que, si esta va a ser la conversación que tienes pensada para el fin de la velada, abandones mi biblioteca, el único refugio del que gozo en mi casa, y te marches. Te aconsejo que dediques los próximos días a reflexionar sobre por qué nuestra hija tampoco está disfrutando este año de la temporada. No por qué no es capaz de bailar o hablar o por qué no ha recibido ni una sola proposición en dos años, sino sobre por qué no goza de los que deberían ser los momentos más dulces de su vida.
Envarada, lady Grace salió dando un portazo. El caballero suspiró y dejó caer con pesadez su cuerpo sobre la silla de nuevo.
—Estoy viejo para estas lides. Debí casarme diez años antes.
—A esa edad estabas en Baviera, padre —le respondió su hija.
Lady Amanda Etherington, asunto de la discusión recién acaecida, apareció tras el pesado cortinaje que daba al enorme ventanal. Durante el día solía sentarse allí, pues el saliente acristalado que daba al jardín tenía un alféizar interior de madera de más de un metro que hacía de bancada, y le encantaba sentarse a leer en él. Por las noches, después de una velada desastrosa, le gustaba quedarse un rato mirando el exterior antes de acostarse, hasta recuperar la calma, perdida durante la fiesta de turno. La oscuridad la relajaba, ya fuera perdiéndose en la negrura de la noche si era invierno o saliendo al exterior —el despacho estaba en la planta baja— para tumbarse en la hierba a mirar las estrellas si hacía buen tiempo.
—Siento que hayas tenido que escucharlo, Amanda —se lamentó.
—Olvídalo. No ha dicho nada que no supiera ya que piensa de mí. —Se acercó a la mesa—. Gracias por la defensa, madre es rencorosa.
—Tu madre va a tener que dar muchas explicaciones cuando cierre la Cámara.
Ella sonrió por su expresión: en casa de los Etherington todo giraba en torno a la agenda del Parlamento. El conde, mientras, comenzó a retirar documentos de la mesa de manera metódica. Su hija le había visto proceder de la misma manera cientos de veces.
—¿Qué se supone que estás haciendo? —preguntó con voz tranquila—. Me he quedado para ayudarte con el proyecto de ley.
—Melbourne apenas lleva doce meses en la silla —le respondió, mirándola con una sonrisa maquiavélica—. Dejemos que se acomode antes de quitársela, aún le quedan casi cuatro años. Robert volverá al Gobierno, no tengo ninguna duda. Y no voy a condenarme por un proyecto que no saldrá adelante porque Coltway ha decidido que quiere una reforma agraria por y para imbéciles. Quiero volver con Peel.
Sabía de las ambiciones de su padre, quizá solo su hija las sabía de manera tan abierta por el momento.
—Coltway no distinguiría una patata de un caracol —afirmó ella—. La reforma es necesaria, de eso no cabe duda. No podemos seguir cultivando de manera sectorial durante mucho más tiempo como no podemos, tampoco, agrupar los tipos de rebaños por áreas: habría que ser más ambiciosos y ampliar la ley a la ganadería. Pero si Coltway quiere reformar algo, que comience por sus manuales sobre el campo, deben de ser del Alto Medievo.
Mientras hablaban fueron poniendo el tablero de ajedrez sobre la mesa. En silencio colocaron las piezas. La última vez ganó él, así que Amanda tomó las negras. En cuanto se movió el primer peón se concentraron en la partida. Llevaban más de cinco minutos jugando cuando lord Trevor preguntó.
—¿Por qué ocurre?
No simuló no entenderle, sabía que se refería a su fracaso social. Se encogió de hombros, como solía hacer en privado.
—No sé qué esperan de mí.
—Esperan que les obedezcas y les proporciones descendencia, como cualquier otra dama de buena casa.
—No negaré que madre fue generosa en cuanto a sucesión, pero no estoy segura de haber visto esta noche el parangón de la sumisión —respondió con una sonrisa ladina, comiéndole el alfil—. Jaque.
Él apartó su rey, ella prefirió enrocarse antes de continuar con su ataque.
—Conmigo no has tartamudeado, nunca, ni con tus hermanos. Ni te has quedado muda, tampoco.
—Ni con el servicio tampoco lo hago. De eso te hablo, sé qué esperan de mí, todos ellos. Sé cuál es mi lugar y cuál es el suyo, el de mis hermanos, el del mayordomo o la chica de la colada, el tuyo desde luego… sé qué tengo que hacer y decir y, sobre todo, qué no puedo hacer ni decir. Es sencillo, no hay expectativas.
—Con tu madre tartamudeas.
Las esperanzas que lady Grace había depositado en ella eran enormes. Pretendía que devolviera a la familia su esplendor económico.
—Contigo sé bailar el vals. Jaque.
Esta vez protegió el rey.
—¡Amanda! —Le tomó la mano para que evitara otro ataque de la dama—. ¿Cuál es el problema? Necesito entenderte.
La desesperación en la voz de su padre la enterneció, era una joven afortunada. Mientras otros progenitores habían ignorado a sus hijas, el suyo había cultivado su curiosidad por los libros. Le había dejado leer tratados sobre filosofía y política, sobre las leyes del Reino Unido; le había hablado sobre la historia de Gran Bretaña, sobre el funcionamiento de las Cámaras, sobre la expansión colonial, sobre economía… Y habían debatido durante horas sobre todo ello encerrados en aquella biblioteca. Había prestado atención a sus opiniones, había corregido las percepciones equivocadas o mal formadas a consecuencia de tener información sesgada y le había permitido, además, tener una voz propia. ¡Pero si incluso le tuteaba en privado, lo que sus hijos varones no hacían porque, según él, aún no se habían ganado el privilegio!
Todo aquello que un hombre de provecho debía conocer, según lord Etherington, se lo había transmitido a Amanda. Había intentado que el resto de su descendencia también lo aprendiese, sabiendo que en Eton los instruirían en otras materias y se formarían como hombres pero no como políticos, pero solo ella de sus cuatro hijos, la única mujer, para su desgracia, había demostrado ser una estadista, una estratega.
Y sin embargo parecía carecer de dotes sociales.
—Dejaremos esta partida en tablas, padre, pero la próxima vez yo tendré las blancas.
Y sin esperar respuesta apartó todas las figuras del tablero, dejándolo vacío.
—Pero ¿qué diablos…?
—¿Ves los escaques? En un mundo de hombres esta sería la Cámara de los Lores, de los Comunes… no me importa. —Tomó las piezas blancas—: Los tories os colocaríais aquí. —Y fue situando a nobles y peones, y después las negras para referirse a los whigs, alienadas en perfecto orden—. ¿Ves el caballo? Supongamos que es el ministro de la Junta de Comercio. ¿Sabes cómo se comportará?
—¿Charles Thomson? ¡Como un idiota!
—Padre —lo regañó—. Si es el caballo…
Suspiró, medio divertido medio enfadado por lo absurdo de la pregunta.
—En forma de L, claro.
—Correcto. Y el primer ministro, sabiendo que el rey sería el más importante pero está limitado en su capacidad de movimiento, ¿sería…?
—La dama, Amanda, sería la dama: Melbourne es una cara bonita.
A su pesar, rio.
—Exacto. Y nadie tiene mayor movilidad que la dama, ni más poder.
—Fui yo quien te enseñó a jugar al ajedrez y sigo ganándote dos de cada tres partidas.
—Tres de cada cinco. Y ¿qué ocurre cuando acaba la partida?, ¿la votación?, ¿las elecciones, como el pasado mes de abril? Ocurre que seguís reuniéndoos en White’s o Boodle’s y compartiendo un buen brandy y una mejor conversación. ¿Me equivoco?
—Depende del sujeto prefiero el brandy, muchachita insolente.
Entonces vació el casillero, se levantó de la mesa sin dar explicaciones y regresó con varias cajas de fichas de madera, más humildes, con las que había aprendido a jugar antes de que le permitiera usar aquellas, de marfil y oro.
—Pongamos ahora que los sesenta y cuatro escaques son Almack’s, ¿de acuerdo?
—Muy bien, perfecto para una superficie tan lujosa como este… ¡Espera un momento!, ¿qué se supone que estás haciendo? —dijo, al ver que su hija colocaba todas las damas que encontraba dentro de las distintas cajas y las iba colocando en los cuadros blancos y negros.
—Ayúdame, ve buscando los reyes y los caballos. Yo seguiré con las torres.
Cuando acabaron, tenían un tablero lleno de reyes y damas, caballos y torres; y ninguna otra pieza.
—¿Qué se supone que es esto? —Lord Trevor estaba más enfurruñado que contrariado—. Así no se puede jugar.
—Esto, padre, es un salón de baile. Los reyes somos nosotras, quienes buscamos esposo. Se supone que somos las protagonistas, pero en realidad somos las figuras más limitadas y, siendo sinceros, las más aburridas del juego aunque, en teoría, se nos suponga las piezas más codiciadas. Los caballos son quienes buscan esposa. Sabemos qué esperar de ellos la mayoría de las veces, pero no se mueven como el resto del salón, sino que van dando saltos con una libertad que nos resulta excepcional.
Atento, el conde asentía mientras ella seguía con la explicación, moviendo las piezas a capricho.
—Ya veo…
—Después están las damas, que son…
—Las madres, claro —siguió por ella, enfático.
—No.
—¿Cómo que no? —insistió, frustrado—: ¿Quiénes, sino?
—Son las matronas que se dedican a esparcir rumores sobre dotes y malos comportamientos. Pero también lo son las viudas que buscan esposo, las mujeres, casadas o no, que buscan un hombre con un fin distinto al de contraer nupcias y que distraen a los ca
