Encuentro en la bruma

Ana I. Martín

Fragmento

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1

Amelia abrazó a su marido y, tras besarlo, permaneció un instante con los labios en su cuello, mientras aspiraba el olor de su piel.

—Te echaré de menos.

Jacobo sonrió, le acarició la mejilla y la besó de nuevo hasta que el ascensor llegó a la planta y tuvieron que separarse.

—Llámame en cuanto puedas —le escuchó decir antes de que la puerta se cerrase.

Ella, con paso apresurado, regresó al piso y atravesó el salón hasta salir a la terraza, donde apoyó los antebrazos sobre el muro y se asomó a la calle. Un taxi esperaba en doble fila, y vio a su marido que se aproximaba con la maleta que el taxista guardó en el maletero. Segundos después, el vehículo abandonaba su lugar y se incorporaba al tráfico.

Amelia permaneció en la misma postura, absorta en el ir y venir de los coches. Ningún transeúnte caminaba por la acera iluminada por las farolas; no eran ni las siete, demasiado temprano para ella pero, aparte de despedirse de Jacobo, tenía cosas que hacer. Al día siguiente salía también de viaje y, mentalmente, repasó lo que iba a dejar a su hijo Diego: la comida en la nevera y el congelador, con etiquetas especificando su contenido y cantidad, sin olvidar el amplio surtido de conservas. En cuanto a la ropa, le había dado instrucciones sobre el funcionamiento de la lavadora, aunque no confiaba en que la utilizase.

De pronto notó un escalofrío. La bata sobre el fino camisón no abrigaba lo suficiente para quedarse más tiempo, y menos haciendo divagaciones, no obstante, echó un vistazo a sus plantas. Entre ellas destacaban las glicinias y el jazmín de flores amarillas que se enredaba por la celosía adosada a la pared; colocó en su sitio una de las ramas que se había soltado, y se volvió hacia las hortensias. Estaban dispuestas en jardineras, en la zona más sombreada, y aún conservaban sus macizos de flores azules. No así los geranios; el comienzo del otoño había hecho que empezasen a perder los pétalos y recogió los que habían caído al suelo.

«Aguantarán una semana», se dijo. Pues en ningún momento le pasó por la cabeza que Diego se acordaría de regar si no le llamaba expresamente para que lo hiciera.

Cuando terminó de desayunar, sintió el abrir y cerrar de la puerta del baño y, al instante, el rumor del agua de la ducha. A los diez minutos, su hijo entró en la cocina.

—Buenos días —le saludó.

Diego respondió sin vocalizar apenas las palabras. Tenía el pelo mojado y arrastraba los pies con las zapatillas en chanclas, como si aún siguiera dormido.

—Papá se marchó ya —le dijo mientras él sacaba la leche del frigorífico.

—¿Cuánto tiempo estará fuera? —preguntó.

—Una semana, o puede que se prolongue unos días más, según vaya el proyecto. Colaboran con los de M.B., y son bastante exigentes.

Amelia dudó si la escuchaba, aunque él asintió y, acto seguido, volvió a preguntar:

—¿Y vosotras?

—El martes, a las once, tenemos la cita con el notario, así que nos vendremos al día siguiente, por la tarde. Y, a propósito, luego te explicaré lo de la casa, la comida y todo lo demás.

Él asintió de nuevo, y sacó de la alacena dos cajas de cereales. Rellenó con ellos un tazón, añadió la leche y lo introdujo en el microondas. Mientras se calentaba, pulsó el mando de la televisión para poner el canal de noticias.

Amelia lo dejó solo. Media hora después, oyó el tintinear de las llaves. Se asomó, y vio a su hijo con la mochila a la espalda, que se despidió con un «Hasta luego».

Las tareas domésticas le llevaron el resto de la mañana. Cuando Diego volvió de la facultad, comieron juntos, momento que aprovechó para aleccionarle sobre lo que debía hacer, recordándole obviedades como hacerse la cama, poner el lavavajillas, tirar la basura…

—Ya sé, mamá —la interrumpió.

—Si necesitas algo, puedes pedírselo a la abuela.

—No hará falta —contestó con desgana.

—Yo te llamaré, y también tienes el número de tu tía, por si acaso.

—Que sí, no seas pesada.

Aunque sintiera cierto remordimiento, a Amelia le daba pereza visitar a su madre. Su carácter arisco y dominante se había acentuado tras el fallecimiento de su marido, algo que había acabado por aceptar, porque en ningún caso pensaba enfrentarse a ella. No merecía la pena, por más que su hermana Silvia, mucho más pasional, no pudiera controlar su genio y terminase discutiendo a la menor oportunidad. Por eso comprendía que le hubiese pedido que fuera sola a buscar la documentación; así no sería el blanco de sus reproches y quejas. Lo contrario que ocurría con su hermano mayor. Ricardo era su ojito derecho y su madre no lo disimulaba. Estaba orgullosa de que hubiese cumplido sus expectativas: en lo personal, estaba casado y tenía tres hijos; en lo profesional, había estudiado Ingeniería industrial y se ocupaba de la empresa familiar de estructuras metálicas.

Sin embargo, ellas… Amelia había hecho Diseño gráfico porque no había aprobado ninguna de las asignaturas del primer curso de Arquitectura, un desastre que no llegó a ser completo para su madre, pues había conocido a Jacobo, un prometedor arquitecto.

En cuanto a Silvia, había empezado Derecho —que abandonó al tercer año al igual que su relación con su primer novio— esgrimiendo la excusa de que no le gustaba la carrera y no pensaba ejercer. Y como no tenía claro qué hacer, empezó a trabajar de administrativa en la empresa familiar. Cuatro años en los que, aparte de cumplir el horario, apenas hizo otra cosa salvo perfeccionar el inglés, leer y ahorrar todo lo que pudo para marcharse con una amiga al extranjero. Una estancia que se prolongó por dos años, de los que regresó con la idea de estudiar Periodismo, al tiempo que trabajaba en las oficinas de un periódico. Allí conoció a Fernando Santamaría, redactor y brillante profesional especializado en crítica política; su novio hasta hacía unos meses.

Con todo, las dos hermanas se habían quedado al margen de la empresa familiar. No así del resto de los asuntos, de los que Ricardo se desentendía con cualquier pretexto. De ese modo, a Amelia no le había sorprendido que la llamase para ir a recoger el poder notarial que había llevado a casa de su madre.

—Iría con vosotras, pero ya sabes lo liado que estoy —se excusó su hermano.

Y recordó, en especial, sus últimas palabras antes de colgar:

—Confío en ti, Meli, sabrás qué hacer.

Así de solemne, con su tono de voz grave y penetrante, llamándola con aquel diminutivo que solo su padre y Silvia empleaban. Eso la desconcertó más que su falta de interés, pues ya estaba acostumbrada a que él y su madre pusieran los asuntos de la herencia en sus manos. Aunque, por supuesto, debía tenerles al corriente, y lo de «confío en ti», le sonó como el mandato de un jefe.

Una sensación de vértigo recorrió el cuerpo de Amelia, tan desagradable como el que había tenido al morir su padre y se ocupó de reorganizar cajones, papeles y efectos personales. Y lo hizo sola, pues su madre se sentía «incapaz»; Silvia, por entonces, trabajaba en Londres, y Ricardo, como de costumbre, se limitó a pedirle cuentas de sus movimientos.

Afortunadamente, esa vez tendría a su hermana para hacer aquellas gestiones.

Y mientras el autobús recorría el Paseo de la Castellana, hizo memoria de la última conversación que había mantenido con su padre y que, ahora que lo pensaba, había girado en torno a la casa del pueblo. No tenía en mente las palabras exactas, pero sí la esencia: que ellas se la quedaran porque no quería que se vendiese a ningún extraño. Pero su muerte repentina había precipitado las cosas; nada se había acordado y Amelia no iba a planteárselo siquiera, menos aún a su madre y a su hermano. Respecto a Silvia, la diferencia de edad —ella con cuarenta y siete y su hermana treinta y cinco— las había distanciado y, durante años, había tenido de ella el mismo concepto que no paraba de machacar su madre: que era un poco errática y no tenía claro hacia dónde iba. También la dedicación a su propia familia y el trabajo habían hecho que no prestara atención a su hermana pequeña. Hasta que la ausencia de su padre las hizo unirse y Amelia no tuvo inconveniente en colaborar con ella ilustrando el cuento que había escrito para una revista.

Sin embargo, ninguna de las dos se había atrevido a poner objeciones a la venta de la casa.

Su madre la recibió como era habitual en ella: perfectamente vestida y maquillada como si fuese a salir de un momento a otro; lo único que no combinaba en su atuendo eran las cómodas zapatillas. Y Amelia no podía obviar que se parecía mucho a su madre: la forma de la nariz, el color de los ojos —de un verde oliva, como le gustaba decir—, así como el pelo fino y castaño que Amelia llevaba en un corte recto por encima de los hombros, en tanto su madre se lo moldeaba para darle más volumen. Eso sí, ella era más alta y corpulenta que su madre, y debía cuidar su dieta si no quería acabar engordando; una tendencia heredada de la rama paterna, de la que su hermana Silvia se había librado.

—Siéntate, estaba preparando el café —dijo su madre nada más saludarla con dos besos.

Ella obedeció, haciéndolo en un extremo del sofá, mientras respondía a las preguntas que le había hecho antes de ir a la cocina: los estudios de Diego y el trabajo de Jacobo. Y no le sorprendió que no se acordara de que su marido había salido de viaje esa misma mañana, pasando por alto que justo por eso podía ocuparse de la casa del pueblo. Tanto ella como Ricardo consideraban que estaba de vacaciones perpetuas porque trabajaba en casa, y que «hacer dibujitos», como llamaban a su profesión, no era algo serio.

—Hace dos semanas que no veo a Silvia. ¿Le pasa algo o está enfadada por lo de Fernando? —preguntó apareciendo en medio del salón, con los brazos en jarras.

Amelia se alzó de hombros y ella continuó:

—Es igualita que su padre. Vive en su mundo de ilusiones, sin pensar que hay que aguantar mucho en esta vida, que si espera a la persona perfecta se va a quedar más sola que la una. Y Fernando le está dando otra oportunidad pero, como siempre, acabará estropeándolo.

—Mamá, Silvia rompió con él hace meses. Si hubiese querido volver, ya lo habría hecho.

—¡Con lo orgullosa que es! —exclamó desdeñosa.

—Tendría sus razones —volvió a decir en un tono pausado, creyendo que con ello su madre dejaría de hablar del tema.

Pero se equivocaba.

—Ya me las imagino. Su cabezonería, ir a su aire… Porque siempre hace las cosas sin pensar y cuando parece que por fin va a asentarse, las deja. Igual que lo último que se le ocurrió, abandonarlo todo para meterse en semejante lio, que a Fernando no le gustaba y se lo advirtió porque sabía mejor que ella lo que le convenía.

Amelia empezaba a indignarse. No solo porque su madre se posicionara a favor de Fernando con aquellos argumentos machistas y pasados de moda, sino que lo hiciera ahora, cuando en un primer momento lo había criticado sin tregua por ser un divorciado. Pero no quería ahondar más en la discusión; eran los asuntos personales de su hermana y solo a ella le incumbían.

La cafetera empezó a echar vapor y el sonido del borboteo le hizo volver a la cocina.

Entre tanto, Amelia pasó la vista a su alrededor. Nada nuevo: las ostentosas cortinas con adornos de pasamanería algo anticuadas; los muebles de madera oscura; la vitrina con la vajilla de la Cartuja de Sevilla y la cristalería de Bohemia; la mesa de centro con una repisa baja donde tenía apiladas varias revistas de decoración, mientras en la superior se disponían en perfecto orden una colección de cajas y ceniceros, aunque nadie fumaba en la casa. Luego, al otro lado del salón, la mesa del comedor con los retratos de familia en marcos de plata. Curiosamente, los que más destacaban eran los de los hijos de Ricardo: Laura, Estefanía y el pequeño Ricky, seguidos por el de Ricardo y su mujer, los dos bastantes más gruesos que en la foto de bodas que colgaba de la pared junto a la suya. Jacobo, con más pelo, y Amelia, más delgada, luciendo un vestido de mangas abullonadas y encajes que ahora le parecía tan cursi.

—¿No has preparado la mesa? —le recriminó su madre al entrar.

Amelia apartó el mando de la televisión, un cenicero y unas cajitas de porcelana para hacer sitio a la bandeja. Entonces le sorprendió ver que usaba el juego de café de la Cartuja con las flores de lis azules, y con ello la pregunta que no fue capaz de hacer: por qué en lugar de las sencillas tazas blancas que solía ponerle, sacaba la vajilla de las ocasiones especiales. Y por su mente se cruzó la idea de que su madre —no sabía si de forma inconsciente— festejaba que se vendiera la casa.

—¿Sabes si tu hermana va a aceptar la propuesta de Fernando? —preguntó de repente.

Ella había cogido una de las pastas más pequeñas después de echar una cucharadita de azúcar en el café.

—Me parece que no —contestó.

Su madre lanzó un suspiro a la vez que se sentaba.

—Es tonta si no lo hace, y debería dar gracias de que se lo haya ofrecido después de haber roto con él.

—Aún le quedan dos meses y medio de paro… —empezó Amelia, pero su madre la interrumpió.

—Tu hermana no hace más que tonterías. Ya viste su corte de pelo, parecía un puercoespín. Y no tiene edad para niñerías de ese tipo, sino para formar una familia.

Amelia sabía que esa conversación la había tenido con la propia Silvia cientos de veces y que su hermana, antes de trabajar junto a su exnovio, preferiría buscar cualquier cosa, incluso, volver a la empresa familiar. Pero su madre no parecía o no quería entenderlo.

—Y no es que me entusiasmara el divorciado —continuó— pero ¿qué está esperando?

—Son buenas —le dijo de las pastas, sin responder a su pregunta.

Ella se inclinó hacia la mesa, tomó una del plato y mordió un trozo.

—Sí, y no eran caras —murmuró.

Bebió un poco de café y, al dejar la taza, le comentó que el domingo había estado Ricardo con la familia. Durante unos minutos alabó a sus nietos, en especial, al pequeño Ricky, que tanto se parecía a su padre.

—Es tan listo —dijo con arrobamiento—. Fíjate que le han apuntado a un curso de ajedrez y a la semana ya los ganaba a todos, así que lo pasaron con niños dos años mayores que él.

Amelia sonrió; según hablaba su madre, su sobrino pronto superaría al mismísimo Kaspárov.

—Ricardo trajo… ¿Cómo se llama...?

—El poder notarial —apuntó Amelia.

—Sí, eso.

Se levantó y desapareció tras la puerta que conducía al pasillo con las habitaciones.

Regresó enseguida con una gruesa carpeta que dejó en el sofá, en medio de ambas.

—Aquí están las facturas que se pasaban por el banco. Las he guardado conforme iban llegando, aunque Ricardo dice que con la última del Catastro bastaría. Tú llévate todas, por si acaso; siempre hay tiempo de tirarlas.

Luego, volvió a levantarse y sacó del mueble del salón un sobre. Contenía el poder notarial para la venta, los datos bancarios, las fotocopias compulsadas de los carnets de identidad, el testamento original y una bolsita con dos juegos de llaves.

—Nieves tiene otro, le dices que se lo dé al nuevo dueño.

También le entregó otro sobre con dinero para los gastos.

—Faltan las escrituras de la casa —apuntó Amelia.

—Estarán en el pueblo, en algún cajón; tendrás que buscarla.

Su madre comió otra pasta que mojó en el café, y ella estuvo a punto de volver a hacer más preguntas que enseguida desistió de formular; contestaría lo mismo que Ricardo, que ella «sabría qué hacer».

—Quizá nos estamos precipitando —se le ocurrió, no obstante.

—¿Precipitando? ¿En qué?

—En venderla tan pronto.

—No es pronto, ¿o te parece mejor seguir manteniéndola?

—Tampoco creo que fuese tan caro.

—No se trata solo de dinero. Una casa cerrada acaba dando problemas y preocupaciones y, si no se va a usar, no sé para qué sirve.

Amelia sabía que a su madre no le gustaba el pueblo, que en cuanto su suegro murió ya no tuvo obligación de ir, mientras que su padre, al jubilarse, lo hizo con más asiduidad y se pasaba días y muchos fines de semana en los que a veces lo acompañaba Silvia. Por ese motivo, no había dejado de preocuparse por la casa, la mantenía en condiciones e invirtió en mejoras.

—¡El dineral que se gastó para nada! —suspiró su madre antes de decir—: Mira que se lo repetí cien veces, que me daba igual lo bien que quedase porque no pensaba volver al pueblo.

—Lo sé, pero papá no…

—Está muerto —la cortó.

Era su forma de zanjar la conversación y Amelia no quería hacerlo. Pero en ese instante sonó el timbre de la puerta.

—Será Maruja; viene todas las tardes a ver conmigo la novela —dijo alzándose del sofá, aunque ella lo sabía de sobra y que, además de vecina, era su mejor amiga.

Amelia se levantó un momento para saludarla y respondió a sus preguntas sobre la familia en tanto aparecían los títulos de crédito en la pantalla. Nada más empezar, ambas se desentendieron para concentrarse en la trama y ella apuró el último sorbo de café.

—Tengo que irme —dijo recogiendo la carpeta con los documentos y las llaves.

—Espera un poco —le pidió su madre sin apartar la vista de la televisión.

—No puedo, tengo cosas que hacer.

No era así, pero no le apetecía quedarse.

Su madre la acompañó a la puerta y, antes de salir, bajó la voz para pedirle que no se olvidasen de ir a ver a Felisa.

Amelia asintió un tanto perpleja. Hacía años que apenas la mencionaba, a pesar de que aquella mujer la había criado y luego había seguido vinculada a la familia cuando se ocupó de la casa del pueblo. Solo la vejez había podido con su energía y su capacidad de trabajo, y lo último que de ella sabía era que estaba ingresada en la residencia de ancianos del pueblo. De la casa se había hecho cargo una pariente suya llamada Nieves, a la que Amelia solo conocía por haber hablado por teléfono para encargarle la limpieza, así como lo referente a la venta, pues la propia Nieves había sido la encargada de enseñarle la vivienda al futuro dueño.

—Aunque no creo que sepa ni quiénes sois —comentó su madre—. Está tan mayor… Noventa y ocho años, nada menos.

Por un instante parecía que se emocionaba, pero enseguida se sobrepuso, y aceleró la despedida para no seguir perdiéndose por más tiempo la telenovela.

Cuando Amelia regresó, Diego estaba en su cuarto y aprovechó para ir al estudio. Así llamaba ella a la habitación más pequeña, que constituía un espacio propio en el que trabajar, donde le gustaba estar sola rodeada de sus cosas y las imágenes que la inspiraban de sus pintores favoritos: Velázquez, Sorolla, Botticelli, Rafael… Igual que su música, y apretó el botón del viejo equipo del que salieron las primeras notas de La pastoral, de Beethoven.

Miró hacia la mesa hecha a medida que recorría la pared bajo la ventana; estaba limpia y despejada porque había recogido hasta el último pincel. Igual que el caballete, con el lienzo cubierto por un paño blanco que alzó con cuidado, casi como si le diera miedo. Y más que miedo, era horror. El tono del fondo parecía emborronado y tampoco la cara de la mujer tenía definidos los volúmenes. Con razón nunca le había gustado representar gente, incluso en sus ilustraciones procuraba que estuviesen de espaldas o de perfil, como hacían los antiguos egipcios. Por eso, cuando empezó aquel cuadro, sus manos parecían agarrotadas y los trazos quedaron torpes e inseguros. Recordó, entonces, el consejo de su marido: que podía aprovechar aquel viaje para despejar la mente y pensar más tranquilamente en ello.

—Nada tan sencillo como salir de la rutina, distanciarse unos días para superar el bloqueo —le había dicho Jacobo.

Amelia había iniciado su trayectoria profesional en un estudio de publicidad que dejó dos semanas antes de dar a luz a su hijo. Ser madre era lo que más ansiaba en la vida, y se dedicó a ello los cuatro años siguientes. Fue cuando, en el tiempo libre que le dejaba el cuidado del niño, empezó con la técnica del óleo, realizando bodegones que acabaron en algún rincón del trastero al conseguir el contrato para colaborar con una editorial. De esa forma, además de trabajar en casa y en algo que le gustaba, seguiría ocupándose de Diego y cumpliría su deseo de tener más hijos. Pero dos abortos a las pocas semanas de gestación truncaron esos deseos, y con los años se resignó a que no tendría más hijos. También los encargos empezaron a escasear, más aún para alguien que no dominaba las nuevas técnicas que surgían en su profesión: el aerógrafo primero, los programas informáticos, después. Por mucho que lo hubiese intentado, no había sido capaz de salir de las acuarelas, el gouache, la tinta china o los lápices. Por ese motivo había vuelto a pintar al óleo, con la esperanza de tomar un nuevo rumbo a su carrera.

En medio de esas reflexiones sonó el teléfono; se trataba de Jacobo y le preguntó enseguida cómo le había ido el viaje. Él le dijo que bien, y que al poco de bajar del avión había tenido que asistir a la primera reunión. No le había dado tiempo a comer salvo un bocadillo y estaba hambriento, pero por la hora prefería algo ligero en la cafetería del hotel, y pensaba acostarse enseguida porque estaba agotado.

—Esto de viajar es una tortura; no entiendo cómo le puede gustar a la gente —gruñó malhumorado, y Amelia se sonrió.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque es verdad y, aunque me caiga de sueño, seguro que no pego ojo.

—Yo tampoco. Entre que no estás y el viaje de mañana…

—Tranquila, verás cómo te va bien.

—Eso espero.

—Tú intenta relajarte, y aprovecha para descansar de nosotros, que a veces somos unos pesados. Y por cierto, dile a tu hermana que vaya por la M50…

—Sabe ir, Jacobo; no es la primera vez.

Hablaron unos minutos más hasta que se despidieron.

—Dale recuerdos a Silvia, y ponme un mensaje en cuanto llegues. No hace falta mucho texto, cualquier cosa y me quedo tranquilo.

—Lo haré, no te preocupes.

Al colgar el teléfono, apagó también la música y fue a la cocina a preparar la cena.

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2

Habían dejado atrás la ciudad, con los edificios envueltos en una neblina de contaminación, cuando Silvia preguntó:

—¿A que mamá te dio la vara con lo de Fernando?

—Ya sabes que no lo puede evitar.

Silvia se mordió el labio inferior.

—Un día voy a mandarla a la mierda y me voy a quedar bien a gusto —masculló mientras maniobraba para adelantar a otro vehículo.

—Se cansará —repuso Amelia.

Pero no pudo ocultarle lo que le había dicho de su aspecto, que parecía un puercoespín con aquel corte de pelo, a lo que su hermana reaccionó con una sonora carcajada.

—¿No lo habrás hecho para fastidiarla? —preguntó desconcertada.

—No, pero me divierte que le moleste. —Y añadió—: Solo fue uno de mis arrebatos de niña mimada, como dice ella.

Le había crecido lo suficiente para que ya no se le quedase de punta, y Amelia pensó que no restaba atractivo al conjunto de sus rasgos. Silvia era guapa, y con aquel look que le despejaba el rostro, sus ojos castaños perfilados por largas pestañas parecían más grandes y expresivos.

—¿Y qué quería saber? —preguntó al rato.

—Que si habías aceptado la oferta de Fernando.

—Lo que le gustaría es que me reconciliara con él.

—¿Y a ti?

—En absoluto —pronunció seria.

—Pero lo del trabajo…

—Eso está complicado; pasan los días y no sé qué puñetas voy a hacer si no encuentro algo que merezca la pena.

—Puedes intentar escribir…

—Me moriría de hambre —se apresuró a replicar.

—Pues vuelve a la empresa cuando Cristina se jubile; te permitiría matricularte en alguna asignatura y terminar la carrera.

—Para acabar persiguiendo famosos no necesito la licenciatura —repuso con desdén.

—Bueno, estamos a mediados de octubre, tienes varios meses para pensártelo.

—Sí, tengo tiempo.

El silencio que siguió duró un largo intervalo, hasta que Silvia exclamó:

—¡Oye! Me olvidé contarte que cuando llamé para reservar habitación, la dueña del hotel me preguntó si aún teníamos la casa en venta porque un huésped le había preguntado si sabía de alguna que no estuviese en malas condiciones.

—¿Y qué le contestaste?

—Pues que teníamos un comprador, que por eso íbamos al pueblo, para recogerlo todo y arreglar los papeles.

—Ya le dije a mamá que era precipitado vendérsela al primero que se presentara, aunque…

Silvia desvió un segundo la vista de la carretera.

—¿Qué ibas a decir?

—Es que pienso en papá —empezó, incapaz de contener la emoción—. Acuérdate de que su deseo era que nos la quedásemos nosotras.

—¿Te lo planteas acaso?

—No exactamente, solo que al venderla, sería como si lo estuviésemos traicionando.

—Lo sé —dijo Silvia—. También a mí me habló de que iba a llegar a un acuerdo con Ricardo para cedérnosla, pero al morir… Mi situación actual no me permite hacerme cargo de más gastos, tengo que ser prudente porque, aunque me quedan unos ahorros y el piso pagado, no sé cuándo empezaré a trabajar… y además, el coche ya tiene sus años.

A Silvia le faltaba un curso y el proyecto de fin de carrera para terminar Periodismo, aunque había trabajado en un suplemento cultural donde le dieron la oportunidad de hacer sus primeros pinitos en la profesión. El sueldo era más bajo que en el anterior puesto de administrativa en el periódico, en el que su novio era redactor, y no tuvo dudas cuando le pidieron trasladarse a Londres. Sin embargo, la revista quebró y Fernando le consiguió el mismo empleo que dejó a los cinco meses por el contrato que le ofreció una agencia. Un trabajo que consistía en estar apostada frente a la casa de algún famoso para «abalanzarse» sobre él con preguntas absurdas cuando ponía un pie en la calle. Algo que colmó su paciencia y que la puso en la disyuntiva de abandonar el periodismo para volver a la empresa familiar. Tenía la experiencia de años atrás, con la diferencia de que, ahora, no estaba su padre para solventar los choques que surgieran con su hermano. Y, desde luego, no iba a aceptar la nueva oferta de Fernando; su relación había acabado y era mejor no volver a verle.

—Parece que las dos estamos un poco perdidas —dijo Amelia; ella también le había trasmitido sus dudas profesionales al enseñarle su cuadro.

—Es cierto, Meli, pero yo lo estoy más que tú.

Tras una hora de viaje, Silvia decidió salir de la autovía para repostar gasolina y aprovecharon para tomar un café en el área de servicio.

—Ha sido una buena idea parar; me apetecía mucho tomar algo —dijo Amelia mientras se sentaba junto a la ventana y contemplaba los vehículos que circulaban por la carretera—. ¿Cuánto queda para llegar? —preguntó volviendo la vista hacia su hermana.

—Tres cuartos de hora como mucho —contestó Silvia—. Antes de que hiciesen la autovía se tardaba el doble, sobre todo los fines de semana. De vuelta a Madrid, la caravana empezaba en Valmojado o incluso en Maqueda.

—Hace tanto que no voy… Me pregunto cómo estará la casa —dijo después de tomar un sorbo de café.

—Ya te conté —empezó Silvia—. Bien, a pesar de que no se ha tocado nada desde que murió papá. El terreno era lo que estaba más estropeado porque han crecido malas hierbas y la puerta de fuera chirría que da grima. Por eso preferí ir al hotel, además de que me daba cierto reparo y, bueno, también resultaba más cómodo no tener que preocuparse de cosas domésticas para un par de días.

Silvia había estado a primeros de mayo con Fernando. Llevó el letrero de «Se vende» con el número de teléfono y su novio lo ajustó con unos alambres a la reja. Dos días después, rompió con él.

Bebió un poco de Coca-Cola antes de añadir:

—A ti te gus

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