La deuda

Claudia Cardozo

Fragmento

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Prólogo

Riverhouse. Salisbury, 1909.

La mente humana es verdaderamente la cosa más aterradora del mundo.

La pequeña abertura al final de la escalera que llevaba al piso principal de la mansión siempre me había recordado a la entrada a un mundo mágico. Uno como aquellos acerca de los que leía cuando era pequeña y que, según pensaba entonces, me recibiría para mostrarme todos sus secretos e invitarme a formar parte de él. En este caso, sabía que tal cosa no ocurriría, pero nunca como hasta ese momento, después de haber cruzado ese umbral cientos de veces desde mi llegada, me había sentido tan ajena, casi una intrusa. Si una mano me hubiera empujado al llegar a lo alto para regresarme con brusquedad al piso inferior, no me hubiera sorprendido en absoluto. Tal vez, en el fondo, esperaba que fuera eso lo que ocurriera. Que alguien me detuviera. Pero nada pasó. De modo que terminé por atravesar la abertura luego de oír los murmullos tras de mí y recorrí el largo corredor hacia mi destino con el pulso acelerado.

No recuerdo haber temblado tanto en toda mi vida.

Era una sensación de lo más extraña porque no se sentía como miedo propiamente dicho, o no como aquello que había considerado miedo hasta entonces. Creo que se trataba de ansiedad, de una sacudida de anticipación por lo que estaba por ocurrir. Por lo que yo iba a causar.

Hubiera podido detenerme, sin duda; habría sido mucho más sencillo de llevar a cabo que aquello que estaba a punto de hacer. Hubiera bastado con urdir alguna excusa respecto a algo que había olvidado en la cocina, dar media vuelta y alejarme con la bandeja que portaba. Me quedaría tiempo de sobra para dejarla en la mesada en que la cocinera acostumbraba disponer los platillos que debían subirse durante la cena, salir un momento al patio tras esbozar alguna otra mentira y correr. Correr como nunca, sin mirar atrás, para dejar en el pasado todo lo que hasta ese momento me encontraba tan determinada a mantener vivo en el presente.

Sin embargo, el recuerdo del motivo de mi presencia en la mansión echó abajo cualquier atisbo de arrepentimiento o temor. Era mi venganza, después de todo. ¿Y no había llegado allí, a ese preciso instante, para hacerla realidad? No podía huir. Ella nunca me lo perdonaría. Yo no me lo perdonaría.

Unos nuevos murmullos llegaron a mí en ese instante de titubeo y me esforcé por mantener el mismo semblante sereno e indiferente al que la mayor parte de las personas en la mansión debían de estar acostumbradas. Eso cuando me prestaban alguna atención, claro. A veces pensaba que, lo mismo que ocurría con el resto del personal, las personas a cuyo servicio me encontraba apenas reparaban en mi presencia excepto como habrían hecho con cualquier otro mueble que les pudiera ser de utilidad.

Pero no, me dije en un rapto de justicia: ese no era un pensamiento del todo justo. Él había dado muestras de ser distinto. Al menos parecía verme. Y lo llevaba a cabo de la misma forma en que había notado que hacía con todo lo demás: con absoluta y apasionada certeza. Como nadie lo había hecho antes.

Tal vez eso fuera lo que me resultaba tan difícil dar el siguiente paso del plan, reflexioné sin disminuir mi andar. Saber que él jamás podría perdonar lo que estaba a punto de hacer. Sin embargo, nada de aquello era culpa mía, solo hacía lo que era justo. Fue él en cierta forma quien inició todo ese desastre, quien había desatado uno a uno el reguero de acontecimientos que me alejaron del que había sido mi hogar durante toda mi vida y me llevaron allí, a una vida de servidumbre y mentiras, que estaba a punto de terminar. Sin importar lo que él me inspirara o el enorme lugar que a partir de ese momento pasaría a ocupar en mi corazón, aquello no lo convertían en menos culpable de la desgracia cernida sobre mi familia. Tenía que pagar. Y cuando lo hiciera; cuando cayera de ese pedestal que se había construido con tanta soberbia, parte de mí se derrumbaría con él.

El sonido del cristal al entrechocar sobre la bandeja me despertó de mi ensoñación y caí en la cuenta de que el temblor, en lugar de decrecer, tan solo se había incrementado y ahora corría el riesgo de que mi carga se hiciera trizas sobre la alfombra del pasillo antes de llegar al salón en que la familia acostumbraba reunirse antes de pasar al comedor.

Según fui acercándome y una vez que llegué ante la puerta cerrada, que uno de los lacayos de guardia se apresuró a abrir para mí, el sonido de las voces en el interior me golpeó como si hubieran estado gritando en mi oído, pero me forcé a conservar la calma y a mantener los labios firmemente sellados. Faltaba poco.

No era la única doncella que servía en el salón aquella noche. Distinguí la figura menuda de Bárbara al acercarme al aparador sobre el que dejé al fin mi carga sin poder reprimir un suspiro de alivio. Ella era, sin duda, la más agradable de todas las muchachas que servían en la mansión y lo comprobé al ver por el rabillo del ojo que me lanzaba una rápida mirada amistosa antes de retornar a sus labores. Llevaba un lienzo doblado sobre una bandejita de plata y supuse que era la servilleta que lady Blackwell insistía en que se le entregara junto con su aperitivo y que nadie que no fuera ella podía tocar con las manos desnudas. Una de las muchas manías que tenía esa anciana por quien, curiosamente, había llegado a sentir cierta malsana admiración. Era posible, incluso, que fuera a extrañarla una vez que consiguiera marcharme.

Sin decir una palabra, ya que la familia nunca recibía con mucho entusiasmo lo que consideraban intromisiones de la servidumbre si estos se atrevían a abrir la boca en tanto ellos mantenían sus conversaciones, dispuse todo para servir las bebidas según tenía por costumbre. Salvo por la señora Hetfield, quien gustaba de probar algo distinto cada noche, los demás tenían hábitos tan arraigados, y yo llevaba tanto tiempo sumergida en ellos, que serví lo que sabía que cada uno iba a desear beber sin necesidad de preguntar. La señora Hetfield me diría lo que deseaba una vez que empezara a servir a los demás.

Cuando llegué ante él para ofrecerle la copa de jerez que el mayordomo se había encargado de decantar pocas horas antes, me miró un segundo antes de tomarla, no sin antes rozar mis dedos en una caricia tan suave y efímera como el toque de una mariposa. La sorpresa del gesto me provocó un ligero sobresalto que estuvo a punto de hacerse demasiado evidente para conseguir ocultarlo a tiempo, en especial, cuando advertí que él mantenía la mirada fija en mi rostro. Tuve que hacer un gran esfuerzo para poner mis pies en movimiento y continuar con mis labores, pero pude sentir su mirada puesta sobre mí durante los siguientes minutos, en tanto me ocupaba de atender las indicaciones detalladas de la señora Hetfield acerca de qué nueva combinación de bebidas deseaba para su aperitivo de esa noche.

El tiempo pasado en la mansión me había enseñado a moverme con discreción y a jamás hacer un ruido que pudiera perturbar a las personas a las que servía; fue una de las primeras cosas en las que el ama de llaves, la señora Cobbington, puso especial empeño que aprendiera. Ella decía que una buena doncella debía de poder convertirse casi en un ser invisible. La pobre mujer no podía imaginar que eso era precisamente lo que yo más deseaba: que nadie advirtiera mi presencia y que, de hacerlo, no le resultara sospechosa. Que no supieran quién era en verdad y cuál era el auténtico propósito de que hubiera llegado a ese idílico rincón de Salisbury hasta que fuera muy tarde.

Pero había algo aún más valioso que aprendí con rapidez al poco tiempo de llegar a Riverhouse.

Fingir.

El arte de ocultar la verdad, aparentar lo que no era con sutileza y sostener a pie juntillas que aquello que no se nombra simplemente no existe. Fue esa retorcida habilidad lo que me permitió continuar con mis labores sin que mis emociones se reflejaran en mi semblante. Estaba segura de que, aun cuando por dentro estuviera temblando como un arbusto expuesto al viento, por fuera mi rostro debía de simular una máscara de frialdad. Precisamente, lo que ellos esperaban ver. Esa fortaleza, además, me ayudó a mantener mis ojos alejados de él a pesar de sentir que cada tanto clavaba su mirada en mí.

Debía de encontrar extraño que rehuyera su mirada, en especial luego de lo ocurrido entre nosotros tan solo unas horas antes, pero había sido precisamente aquello lo que me había decidido a apresurar mi plan. No podía permanecer allí después de eso. Tenía que escapar lo antes posible, pero no podía hacerlo hasta que hubiera cumplido con lo que fui a hacer en primer lugar.

Lady Blackwell llamó la atención de Bárbara con un gesto imperioso y empezó a regañarla por algo, no logré hacerme una idea de qué podía tratarse, pero el desconcierto de mi compañera y el evidente fastidio en el rostro de los otros, que consideraban vergonzoso el amonestar a la servidumbre en público, me dio la oportunidad de poner en marcha mi plan.

Con mucho cuidado y manteniendo la cabeza gacha, me dirigí al aparador en que había dejado la bandeja al llegar y deslicé mi mano bajo el manto de encaje que cubría la plata. Mis dedos ciñeron el atado de cartas que había atesorado durante tanto tiempo y que fueron las que me ayudaron a hilar los cabos sueltos que habían atormentado a mi familia cuando supimos de la desgracia que se había cernido sobre nosotras.

Eran muy pocas. Unas cuantas hojas ajadas que no tendrían mayor valor para quienes ignoraran su contenido; pero sí para mí, que lo conocía y había sido precisamente eso lo que me había llevado allí. Al rememorar las líneas que acostumbraba leer cada noche antes de dormir para mantener mi determinación viva, una furiosa ola de calor se asentó en mi pecho y sin vacilar, porque de hacerlo tal vez hubiera perdido el poco valor que conservaba, las estrujé con fuerza y di media vuelta para enfrentarme a ese grupo de personas a quienes llevaba meses sirviendo. Se veían tan tranquilos, aburridos e incapaces de imaginar lo que estaba a punto de suceder que sentí un casi imperceptible aguijonazo de culpa antes de ir hacia ellos y plantarme en el centro del salón con la mano que sostenía las cartas extendida como si presentara una bandeja invisible.

Al principio nadie pareció notar lo extraño de mi comportamiento, pero entonces las voces fueron decayendo en volumen hasta que el silencio se instauró entre nosotros y me gané unas cuantas miradas de desconcierto. Incluso lady Blackwell renunció a sus intentos de regañar a Bárbara y la señora Hetfield dejó de beber de su copa para mirarme con ojos curiosos.

Pero toda mi atención estaba puesta en él. En el hombre que me observaba a su vez con las cejas arqueadas y un gesto de leve desconcierto que alteraba su semblante sereno. Me permití un segundo para contemplarlo; solo un instante antes de cumplir con mi deber, y lo usé para grabar cada uno de sus rasgos en mi memoria, para de alguna forma amarlo con la mirada si eso era posible; y solo entonces, convencida de que ese recuerdo habría de ser suficiente para sostenerme durante lo que me quedaba de vida, desvié el rostro hacia los demás y me aclaré suavemente la garganta para empezar a hablar.

Estaba a punto de abrir una caja de Pandora ante ese pequeño grupo de personas que se habían convertido en buena parte de mi mundo y las consecuencias de mis decisiones no tardarían demasiado en estallar frente a mi rostro. Pero ya no había marcha atrás.

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Capítulo 1

Londres. Un año antes.

Al pensar en ello, creo que todo empezó el día que Florence quemó el cabello de Violet.

Hasta entonces, si algo se podía tener por seguro, cuando de Florence se trataba, era que sería en extremo minuciosa para evitar cometer semejante imprudencia, en especial cuando estaba de por medio el aspecto de nuestra hermana mayor; pero en esa ocasión parecía estar demasiado distraída para tener el más mínimo cuidado en tanto manipulaba las tenacillas que debían de rizar el siempre liso cabello de Violet.

Por eso, cuando vi el pequeño mechón sostenido con dificultad entre los hierros calientes y la expresión horrorizada en el rostro de Violet, supe que algo debía de ir muy mal en la mente de la más pequeña de nosotras.

—¡Florence!

La pobre ni siquiera se dio cuenta de inmediato de lo ocurrido, daba la impresión de estar perdida en sus pensamientos, tanto que fue incapaz de reparar en ello; al menos fue así hasta que Violet abandonó la butaca que había ocupado frente al espejo del tocador en la habitación que Florence y yo compartíamos y que era, por lo habitual, la que usábamos para arreglarnos por ser la más grande de la casa.

Mi hermana pequeña parpadeó un par de veces y solo entonces la vi consciente de lo que acababa de hacer.

—Violet, lo siento mucho...

—¡Cómo has podido! Tan solo tenías que sostenerlas unos cuantos segundos para que se ondulara, no... —Nuestra hermana se llevó una mano a la frente y empezó a olisquear el aire con expresión aún consternada antes de encontrar las palabras para terminar la oración—. Achicharrara.

Creo que de haber empezado a gritar, que era lo que ambas esperábamos que hiciera, ya que Violet siempre había sido la de mayor temperamento entre las tres, Florence no se habría sentido tan miserable como se vio en ese momento. Tanto así que fue ella quien empezó a lagrimear sin siquiera atinar a urdir cualquier disculpa.

Su reacción fue tan sorpresiva e inaudita, tratándose de una joven tan poco presta al llanto y sí a las risas, que Violet y yo intercambiamos una mirada extrañada.

—Bueno, tampoco es para tanto; apenas es un mechón pequeño...

—Siempre podrías cambiar el peinado para que no se note. Un recogido en la nuca se vería muy bien; puedo hacerlo en un minuto.

Violet recibió mi propuesta con una mueca poco entusiasta, pero fue lo bastante generosa para anteponer los sentimientos de Florence a los suyos. Esto, sin embargo, no pareció bastar para tranquilizar a nuestra hermana, porque advertí entonces que sus lágrimas, en lugar de menguar, no hicieron más que incrementarse hasta que los sollozos la obligaron a encorvarse sobre sí misma y solo atiné a rodear sus hombros con un brazo y llevarla a sentarse sobre la cama que ocupábamos desde que podía recordarlo.

—Florence, ¿qué te ocurre? —pregunté, inquieta.

Violet, que había ido tras nosotras luego de dejar caer con un ademán resignado los restos del mechón de cabello perdido, se mantuvo de pie con las manos tras la espalda sin dejar de observar a Florence con el ceño fruncido.

—Esto no tiene nada que ver con mi cabello, ¿cierto? —dijo ella con esa expresión astuta que acostumbraba asumir cuando sabía que estaba en lo cierto—. Es algo más.

Florence desvió la mirada y advertí que apretaba mi mano con fuerza. No supe si lo hacía con el fin de pedirme ayuda o como una reacción inconsciente de su propia desesperación. Porque era eso lo que parecía sentir: una desesperanza absoluta que amenazaba con rebasarla.

—Florence, ¿qué es...? ¿Por qué actúas de esta forma? ¿Hay algo en lo que podamos ayudarte? ¿Quieres contarnos...?

Violet interrumpió mis preguntas, que había procurado formular con tanta amabilidad como pude reunir en medio de mi desconcierto, dando un leve golpe al suelo con la puntera de sus zapatos. Ella no se caracterizada por su paciencia y fue evidente que empezaba a agotársele ante el silente llanto de Florence.

—Has estado actuando muy extraño últimamente; no creas que no nos hemos dado cuenta —dijo ella, cruzándose de brazos tras dirigirme una rápida mirada—. Todas estas semanas no has hecho más que desaparecer en esas visitas a las chicas Nolan y empiezo a pensar que el aprender a bordar ha sido solo una excusa para algo más. Precisamente, lo comentábamos Beth y yo esta mañana.

Florence levantó la cabeza con brusquedad al oír la última frase y me observó con el ceño fruncido a través de las lágrimas. No me quedó más alternativa que suspirar tras apretar los labios, disgustada por la brusquedad de Violet.

—Estamos preocupadas —dije entonces, intentando suavizar la impresión de que hablábamos de ella a sus espaldas, aun cuando fuera eso precisamente lo que habíamos estado haciendo—. Es cierto que no has sido tú misma últimamente.

Era verdad. Si hasta hacía tan solo unos cuantos meses Florence se había conducido con su naturaleza habitual, siempre entusiasta y desenfadada –frívola, incluso–, de aquel tiempo a esa parte su conducta había variado de forma alarmante. Apenas pasaba tiempo con nosotras pese a que siempre habíamos sido muy unidas, y sus ausencias para visitar a las hermanas Nolan, quienes habían sido buenas amigas nuestras, empezaban a resultar desconcertantes. En un inicio, fui yo quien medió ante nuestra madre para que le permitiera ausentarse de casa porque pensaba que Florence no salía lo suficiente y que ese interés en aprender labores manuales tan solo escondía la necesidad de pasar tiempo con otras jóvenes de su edad. Ahora, sin embargo, ya no estaba tan segura y empezaba a sospechar que podría haberle ocasionado un daño al alentarla.

—Estoy bien...

La tímida respuesta de mi hermana me obligó a prestar más atención al tono de su voz que a sus palabras y pude ver que no había nada de sinceridad en él, sino todo lo contrario. Ella no se encontraba bien y, si había albergado alguna duda entonces, ahora estaba segura de que algo serio le ocurría.

Me bastó una rápida mirada al rostro de Violet para comprender que ella pensaba lo mismo que yo; pero, a diferencia mía, se veía más disgustada que preocupada. Violet siempre había odiado las cosas que alteraran la normalidad en que ella y mi madre se encontraban tan a gusto.

—Por favor, Florence, dilo ya —exigió ella sin hacer caso al gesto que le dirigí para que conservara la calma—. ¿Has tenido algún tipo de problema con las Nolan? Si te han ofendido de alguna forma...

Florence empezó a negar incluso antes de que Violet terminara de hablar y pude ver que las lágrimas habían dado paso a una mueca de desaliento.

—¡No! Ellas no podrían ser más amables; Edith me trata como si fuera una hermana para ella.

No me sorprendió esa declaración. Edith era la menor de las hermanas Nolan y siempre me había parecido la más simpática y juiciosa de ambas. La otra, sin embargo, Mary, no me inspiraba tanta confianza y, desafortunadamente, era ella por quien Florence había mostrado siempre una mayor inclinación.

—En ese caso, ¿qué es lo que ocurre? —Me adelanté antes de que Violet pudiera preguntar de nuevo—. Sabemos que algo te preocupa y nos sorprende que dudes siquiera en decírnoslo. Siempre has confiado en nosotras.

Florence cabeceó y se llevó una mano al pecho; pude ver que se mordía el labio inferior en un gesto indeciso, algo que hacía cuando se encontraba preocupada.

—Florence...

Hubo algo admonitorio en el tono de Violet que pareció terminar de convencer a nuestra hermana pequeña de que no toleraríamos ninguna mentira.

—Ella no lo comprenderá.

Tardé unos segundos en descifrar las palabras que susurró, así como el hecho de que fijó sus grandes ojos azules en el rostro de Violet al pronunciarlas.

—¿Qué es lo que no comprenderé? —preguntó ella al reparar en lo mismo que yo.

Florence no respondió directamente, sino que sacudió la cabeza de un lado a otro con pesar.

—Y mamá tampoco lo hará. Quizá tú... —Me señaló con la sombra de una triste sonrisa en los labios al continuar—. Pero no. Ninguna podría en verdad.

Estaba demasiado desconcertada para ofenderme siquiera, pero ese no fue el caso de Violet, que emitió un bufido y se llevó una mano al largo cabello, que caía sobre su frente y que se veía tan bello y sedoso como siempre pese al mechón perdido.

—De modo que no solo nos guardas secretos, sino que también nos tomas por tontas —dijo ella sin ocultar su tono de enfado para verme luego con una mueca—. Esto no tiene sentido, Elisabeth. Si ella desea conservar sus secretos, no hay nada que podamos hacer. Ayúdame con ese peinado que mencionaste; mamá me espera para ir con el señor Porter.

Estuve a punto de protestar y decir que no podía dar por terminada nuestra conversación de una forma tan brusca; que era obvio que Florence nos necesitaba, aunque tal vez no fuera capaz de verlo; que sufría... pero no dije nada. Casi nunca lo hacía cuando Violet asumía esa actitud. Lo mismo que nuestra madre, tenía una personalidad arrolladora y a mí tan solo me quedaba asentir ante sus pedidos, lo mismo que hice en aquella ocasión. Nunca lo lamentaré lo suficiente. De haber hablado, de haber insistido con Florence para que nos dijera algo, todos nos habríamos ahorrado varias desgracias y mucho dolor.

Florence debió de adivinar parte de lo que sentía porque me dio un cariñoso apretón en el brazo, se puso de pie y se secó los restos de lágrimas con un movimiento resuelto antes de abandonar la habitación.

El resto de aquella tarde transcurrió con la monotonía habitual para mí. Mi madre y Violet tenían una cita con el señor Porter, un viejo amigo de mi padre y quien se encargaba de administrar los pocos bienes que nos había dejado luego de su muerte para asegurarnos una existencia discreta y decorosa. Florence, en tanto, se despidió tan solo unos minutos después para reunirse con las jóvenes Nolan. Según mencionó, pensaban visitar la Galería Nacional con el hermano menor de estas últimas, quien se encontraba de vacaciones en Londres para disfrutar del receso en Eton. Ella no me invitó a acompañarlas, aunque sabía lo mucho que me gustaban esas excursiones, ni a mí se me ocurrió pedirle que lo hiciera. Pese al afecto que sentía por mis hermanas, era consciente de que siempre habían existido marcadas diferencias entre las tres y, con el transcurrir del tiempo, estas se habían hecho cada vez más acentuadas. En mi experiencia, era mejor que cada una disfrutara de su propio espacio para hacer aquello que prefería, con la certeza de que, de necesitarnos, siempre nos tendríamos entre nosotras.

De allí mi angustia para con la reciente actitud de Florence. Al verla marcharse –aún cabizbaja y forzando una sonrisa artificial una vez que subió al coche que acostumbraban enviar las Nolan para que la condujera a su casa, en una zona mucho más elegante de la ciudad que aquella en la que nosotras vivíamos–, me prometí que, si regresaba antes que madre y Violet, dedicaría un momento a hablar con ella para intentar persuadirla de que me contara lo que la angustiaba. Ella y yo siempre nos habíamos llevado muy bien; quizá fuera por el hecho de que nos separaban tan solo dos años de edad y que ella siempre había sentido una gran confianza para conmigo. A veces bromeaba diciendo que se sentía más cómoda contándome sus secretos a mí que a madre porque sabía que yo no la juzgaría, sino que la escucharía con paciencia y procuraría darle los mejores consejos.

Estaba determinada a usar aquello para convencerla de que se abriera a mí y así poder ayudarla sin la presencia siempre dominante de Violet, pero regresó mucho más tarde de lo que esperaba. En realidad, madre y Violet volvieron antes que ella, un tanto inquietas por alguna noticia que había compartido con ellas el señor Porter, acerca de la que ninguna hizo intento de contarme. Sabía, sin embargo, que Violet lo haría tarde o temprano, de modo que no me preocupé demasiado por ello. Lo que me angustió entonces fue que Florence no regresó hasta muy avanzada la tarde, cuando estaba a punto de anochecer, y que gracias a ello se llevó una buena regañina de parte de madre, quien se mostró más adusta de lo acostumbrado y le prohibió que volviera a reunirse con las Nolan en tanto no hubiera reflexionado respecto a su falta de criterio, como le llamó ella entonces al hecho de permanecer durante tanto tiempo fuera de casa sin compañía de alguien de su familia.

Lo más curioso para mí, sin embargo, no fue el genio desatado de mi madre, algo a lo que ya estaba acostumbrada, ni el hecho de que Violet no dijera ni una palabra por salir en defensa de nuestra hermana pequeña, sino que esta, lejos de exhibir algún rastro de la tristeza que parecía haberla acompañado hasta aquella mañana, o parecer indignada e incluso dolida por los regaños de mamá, se mostró en todo momento tan calmada e inexpresiva que me costó reconocerla como la joven por quien había sentido tanta lástima hacía solo unas horas. Incluso, y esto me provocó un estremecimiento nacido de una inquietud inexplicable en ese momento, advertí que, cuando se marchaba a nuestra habitación luego de oír las reconvenciones de mamá, miró tras su hombro y me dirigió una sonrisa satisfecha y cargada de secretos que entonces no supe a qué achacar. Lo entendí con el tiempo, claro, pero una vez más, fue ya muy tarde para que pudiera hacer cualquier cosa por salvarla.

Quienes conocieron a mis padres al poco de iniciar su matrimonio decían que formaban una pareja bien avenida, lo que yo siempre interpreté como que había verdadera estima entre ellos y su convivencia estuvo colmada de momentos plácidos y agradables, pero sin amor de por medio.

En realidad, me resultaba difícil imaginar que mi madre fuera capaz de amar a alguien. Al menos no con esa clase de amor acerca del que había oído hablar a hurtadillas cuando alguna conversación prohibida para mí llegaba a mis oídos gracias a la indiscreción de la cocinera o de alguna de las amigas de Violet, mucho mayores que yo. Había tal frialdad en la forma en que se conducía mi madre, una entereza que la llevaba a mantener siempre una prudente distancia entre sí misma y sus propias emociones, que siempre había imaginado que, aun cuando ella lo hubiera querido, nunca hubiera podido entregar sus afectos de una forma absoluta.

Era cariñosa con nosotras, desde luego, y exhibía una afinidad bastante palpable con Violet, posiblemente porque era quien había heredado buena parte de su carácter, pero por lo demás se comportaba siempre con un prudente desapego que me era tan natural que jamás se me ocurrió resentirlo. La única que, a veces, parecía un tanto dolida por esta falta de calor en nuestra relación con mamá fue Florence. Pero nunca consideré que estuviera incubando un resentimiento que habría de perderla para siempre.

Luego del tenso momento que compartimos en nuestra habitación y pasados unos días de aquel cambio de humor que encontré tan extraño, otra novedad respecto a Florence vino a alterar nuestra vida, de por sí plácida y poco dada a los cambios.

Una tarde, al poco tiempo de llegar de casa de sus amigas, las Nolan –luego de que nuestra madre consintiera en que reanudara sus visitas–, mi hermana anunció que había sido invitada a formar parte de un pequeño grupo que departiría durante un fin de semana en la casa de campo de un barón conocido de la señora Nolan, quien se esmeraba siempre por conseguir siempre aquella clase de invitaciones para ella y sus hijas. Alguna vez le oí decir que eran esa clase de eventos los que le daban sentido a su vida y no puedo explicar cuán lamentable me pareció una expresión como aquella. Desde luego que, entonces, no lo mencioné, así como tampoco hice ningún comentario al respecto cuando Florence pidió a nuestra madre que le permitiera aceptar la invitación.

En un principio, ella se negó en redondo, tal y como esperábamos todas que hiciera; ella consideraba que esa clase de reuniones eran un cúmulo de frivolidades de las que procuraba mantener siempre alejadas a sus hijas. Además, era un mundo que nos resultaba del todo ajeno. Cierto que no nos encontrábamos precisamente en la miseria y nuestro padre fue un hombre bien considerado, que nos dejó en una posición respetable, pero, aun así, nos encontrábamos lejos de ese nivel de riqueza. Y, sin embargo, Florence rogó tanto y se mostró tan desesperada por asistir a aquella reunión que creo que nuestra madre terminó por aceptar llevada por el aburrimiento que le provocaron sus lamentos.

Mi mayor temor entonces fue que ordenara que le hiciera compañía, como supuse que haría ante la imposibilidad de que Florence hiciera el viaje a solas, pero, para mi inmenso alivio, y enojo de Violet, fue ella la elegida para acompañarla. Jamás me he sentido cómoda en un ambiente como aquel en el que sabía que se desarrollaban esa clase de reuniones.

Antes del día estipulado para que los Nolan enviaran a su chofer a recoger a mis hermanas para conducirlas a la propiedad en las afueras de la ciudad, tuve ocasión de sostener una pequeña charla con Florence, algo que llevaba mucho tiempo deseando porque no conseguía olvidar su extraño comportamiento de las últimas semanas. Cierto que desde el castigo impuesto por madre parecía algo más obediente y poco dada a las quejas, pero había un algo en ella, cierto aire ansioso y en ocasiones melancólico, que me mantenía sumida en la inquietud.

La oportunidad se presentó la tarde previa al viaje, en tanto la ayudaba a preparar su equipaje con la asistencia de Marian, la joven doncella que se ocupaba de atender las labores de la casa; ella y la cocinera eran toda la ayuda que podíamos pagar y, aunque a mí siempre me había parecido que aquello era un privilegio por el que debíamos de sentirnos agradecidas, mucho me temo que Florence no compartía mi manera de pensar.

—Es una pena que no pueda llevar a Marian conmigo para que se ocupe de servirme durante mi estancia en el castillo; será un verdadero incordio tener que ocuparme de mis trajes por mí misma.

Nos encontrábamos en nuestra habitación. Florence tenía toda su atención puesta en un gran baúl situado junto a la cama y a medio llenar; me costó mucho contener el impulso de decir que, según había escuchado, la propiedad de los amigos de los Nolan, los Ridington, aunque sin duda impresionante, estaba lejos de poder considerarse un castillo. Eso y que estaba loca si pensaba que podría llevarse a Marian con ella, como su tono parecía indicar que esperaba que sugiriera. Violet también iría y, pese a ello, su propio equipaje llevaba días preparado; lo habíamos hecho juntas en apenas una hora y, tal y como cabía esperar en mi siempre práctica y estoica hermana, nunca hubiera soñado con sugerir que necesitaran llevarse a nuestra única doncella.

—Estoy segura de que Mary o cualquier otra de las chicas estará encantada de compartir a su doncella contigo —comenté, sin revelar mi fastidio—. Sabes que para mamá es imposible prescindir de su ayuda.

Mi hermana tuvo la nobleza de parecer avergonzada y me miró un instante con una leve expresión de arrepentimiento antes de volver su observación al baúl.

—Sí, claro que lo sé. ¿Qué sería de mamá sin ella? —musitó—. Me las arreglaré, no te preocupes.

Me abstuve de decir que estaba segura de que así sería; Florence siempre había sido una joven de ingentes recursos. En lugar de ello, me dejé caer sobre una butaca, un tanto asombrada del tremendo alivio que sentí al estirar las piernas ante mí y apoyar la espalda contra el respaldo. No lo había notado hasta entonces, pero, al comprobar la hora en un reloj sobre la mesilla, vi que llevaba cuando menos unas tres horas en esa labor. Cierto que era Marian quien corría de un lado para otro, cargando con los trajes de Florence del cuarto de planchado a la habitación para que ella pudiera escoger los que más le convinieran, pero mi hermana se mostraba tan indecisa que cambiaba de opinión cada cinco minutos y me parecía como si llevara días procurando que actuara con más sensatez y terminara con aquello.

—Me preguntaba... ¿crees que te sentirás a gusto estando sola? —pregunté.

Ella apenas miró sobre su hombro antes de responder.

—¿Sola? —repitió en tono ausente—. No estaré sola. Las Nolan estarán conmigo. Y Violet.

—Sí, claro. Me refería a estar tan lejos de casa. De toda tu familia.

Florence emitió una leve risa burlona y vi que arqueó una ceja en tanto inspeccionaba el bordado de una blusa.

—Solo serán unos días, Elisabeth; no tienes que exagerar —respondió ella.

Carraspeé suavemente, incómoda y un tanto extrañada por su expresión y por el tono de mofa. Era poco habitual que ella asumiera esa actitud, más propia de Violet. Sin embargo, no tuve tiempo de hilvanar una réplica apropiada porque ella continuó con una inflexión distinta en la voz y el ceño levemente fruncido, como si acabara de pensar en algo.

—En realidad, creo que la separación, por breve que sea, me resultará muy útil.

—¿Útil para qué?

—Para el futuro.

Hice a un lado mi fastidio y la observé con mayor atención.

—No comprendo a qué te refieres.

Florence exhaló un hondo suspiro y, al fin, apartó un momento su atención del baúl para devolverme la mirada.

—Algún día me iré, Elisabeth, y no será tan solo para pasar un fin de semana en las afueras —dijo ella con los brazos en jarra y expresión de incredulidad.

—¿Quieres decir...?

—¡Matrimonio! —exclamó, y me sobresaltó un poco—. Una vez que me haya casado, iré a vivir con mi esposo. Como lo harás tú también, supongo, y Violet, si decide algún día liberarse de las faldas de mamá.

Fruncí el ceño, sin atinar a decir nada de inmediato y sintiéndome un poco tonta de no haber llegado a esa conclusión de inmediato. Desde luego que ella se casaría algún día; era posible que lo hiciera muy pronto, en realidad, reconocí mirándola con ojo crítico.

Florence era la más bonita de las tres, de eso no cabía duda. Padre siempre decía que era el vivo retrato de su madre, la abuela que nunca conocimos y quien en su juventud fue considerada la mujer más bella de Londres. Con su cabello rubio y sedoso, su cutis perfecto y unos ojos de una tonalidad azulada que no podía menos que cautivar a quienes la observaban, no era extraño que atrajera miradas allí donde fuera. Era además tan alegre, dueña de una fascinante mezcla de inocencia y arrojo, que lo más lógico era suponer que pronto se convertiría en la esposa de un hombre afortunado, que esperaba se encontrara a su altura. Aun así, no era algo acerca de lo que hubiéramos hablado antes con seriedad; ni siquiera sabía que hubiera alguna posibilidad... porque, de haberla, nosotras tendríamos que saberlo. ¿O no?

Carraspeé y miré sobre mi hombro para comprobar que Marian no se encontraba allí; aún tardaría en regresar de su último viaje con las faldas que mi hermana le había ordenado almidonar.

—Florence... —Observé a mi hermana con lo que esperaba fuera una expresión calmada que alentara a la confidencia—. ¿Es eso por lo que has estado actuando tan extraño? ¿Hay algo que quieras contarme?

Ella arrugó la nariz al oír la pregunta y apretó los labios en un gesto de fastidio.

—No sé de qué hablas —respondió, esquiva.

—Creo que sí lo sabes. No pareces tú misma últimamente y, por lo que acabas de decir, no sería extraño que algo hubiera ocurrido...

—Empiezas a hablar como Violet.

Ignoré lo que sin duda debió de considerar una especie de insulto, pero que a mí no me alteró en absoluto. Tal vez nuestra hermana fuera un tanto dura a veces, pero se preocupaba por ella tanto como yo.

—Sabes que puedes contármelo; no se lo diré a nadie si así lo quieres —dije, convencida—. Pero necesito entender qué está ocurriendo contigo. Me aterra que puedas meterte en algún tipo de problema y que no esté allí para ayudarte.

Florence esbozó una suave sonrisa que me recordó a aquella niña a quien siempre había querido y cuidado pese a nuestra cercanía en edad; una chiquilla más bien frágil y que se entusiasmaba con demasiada facilidad sin pensar en las consecuencias de sus actos. Una vez más, temí por ella.

—¡Pobre Elisabeth! —dijo ella en tono lastimero, y no pareció que pretendiera burlarse de mí en ese momento—. Qué dulce eres. Pero no necesito que te preocupes por mí y, definitivamente, no tendrás que salvarme de ningún lío. Todo lo contrario, espero que llegado el momento, cuando pueda hablarte al respecto, te alegres por mí tanto como sé que lo harás. Soy muy feliz y pronto te contaré por qué.

—¿Se trata de algún pretendiente acerca del que no nos has hablado? Florence, ¿acaso planeas verlo durante esta visita? Violet se pondrá furiosa...

Mi hermana entrecerró los ojos en un gesto de advertencia que me obligó a callar. Unos pasos llegaron a nosotras desde el corredor y reconocí en ellos el andar pausado de Marian, que debía de regresar con una buena carga en brazos.

—Ni una palabra de esto a nadie, te lo ruego —susurró Florence con rapidez y ojos brillantes—. Tal vez tenga algo importante que compartir contigo a mi regreso, pero por ahora no digas nada.

Tomé sus palabras como la confirmación de mis sospechas y no supe cómo sentirme al respecto. Fue más sencillo prestar atención a la llegada de Marian y lo que nos quedaba aún por hacer; pero, cuando dejé a mi hermana con sus últimos preparativos y me tomé un momento para dirigirme al salón y tomarme un descanso con un libro que fingí leer, la verdad era que no podía dejar de dar vueltas en mi mente a sus palabras y a todas las posibilidades que se me ocurrieron debido a ellas.

Había un pretendiente, eso estaba claro. ¿Pero quién era y por qué no sabíamos nada de él? La posibilidad de que se tratara de un amigo de los Nolan y que perteneciera al mismo círculo que ellos, tan alejado del nuestro, era bastante probable. Florence debía de haberlo conocido durante sus continuas visitas y no era de extrañar que hubiera llamado su atención, siendo tan bella e interesante. Tal vez debería de sentirme feliz por ella, me dije; mi hermana merecía un buen prospecto. Uno que, sin duda, no hubiera conocido entre las amistades que nosotras acostumbrábamos tratar. Pero aun así... había algo en el misterio con el que había decidido manejar todo, a espaldas de nuestra madre, que me ponía muy nerviosa.

Ella dijo que posiblemente tuviera algo importante que contarnos a su regreso. ¿Una propuesta, tal vez? ¿Cómo había llegado a un punto tan serio en su relación con un desconocido sin que nosotras conociéramos siquiera su nombre?

Suspiré, rendida entre la angustia y la resignación, convencida de que no obtendría una respuesta clara de parte de Florence si se lo preguntaba y en absoluto tentada a decir una palabra a mamá o a Violet al respecto. Ellas la juzgarían sin vacilar y echarían por tierra sus planes de viaje, lo que frustraría sus esperanzas. Mi hermana jamás me lo perdonaría.

Tal vez las cosas resultaran menos alarmantes de lo que pensaba, me dije forzándome a prestar atención a mi lectura con gesto resuelto y apartando mi preocupación. No había nada que pudiera hacer hasta que Florence decidiera confiar en mí. Cuando aquello ocurriera estaría allí para ella, como siempre; solo esperaba que pudiera entonces sentirme tan feliz como ella.

El fin de semana me resultó eterno. No solo debido a mi inquietud por lo que estuviera ocurriendo con Florence y Violet durante su estancia en casa de los Ridington, sino también por la actitud de mi madre en ausencia de mis hermanas.

Mamá y yo nunca conseguimos entablar una relación particularmente cercana; quizá fuera conmigo con quien se mostró siempre más desapegada. No podríamos haber tenido caracteres más disímiles y me parecía lógico que, en ausencia de esa afinidad que sí tenía con Violet, por ejemplo, no fuera muy afectuosa conmigo. El carácter un tanto rebelde de Florence, por otro parte, la obligaba a estar pendiente de su hija menor. Yo, en cambio, quien, según acostumbraba decir mi padre, hacía menos ruido que un ratón y que odiaba contrariar a los míos, no debí de resultarle interesante ni desperté en ella ninguna preocupación. De allí nuestra relación más bien fría y distante.

En ausencia de mis hermanas, sin embargo, resultó natural que pasáramos más tiempo juntas y que se viera en la necesidad de compartir algunas de sus preocupaciones conmigo; lo que, sin duda, habría preferido hacer con Violet.

Según sospechaba por su última visita al amigo de papá, impresión que confirmé gracias a un comentario que hizo ella durante la cena que compartimos a solas el día que mis hermanas se marcharon, había algunas dificultades financieras que tal vez resultara difícil sortear. Unas malas inversiones, mencionó ella en tono lacónico sin levantar la mirada de su plato, una indiferencia que yo aproveché para examinarla a profundidad.

Debió de ser muy guapa en su momento, me dije no por primera vez al admirar su cabello oscuro, que apenas empezaba a encanecer, y las facciones bien cinceladas, que me recordaban tanto a las de Violet. Incluso sus ojos, café oscuro, exhibían una expresión determinada, que había visto miles de veces en mi hermana mayor. Y era aquella misma determinación, recordé como acostumbraba hacer con frecuencia, la que nos había mantenido a flote en los momentos más difíciles luego de la muerte imprevista de papá y ante la obligación de echarse al hombro la responsabilidad de velar por tres niñas pequeñas necesitadas de tantas cosas. Ella, desde luego, había cumplido con creces con su labor, y sentí una oleada de afecto dirigida a esa mujer tan fuerte en apariencia, de la que me sentía tan alejada.

Llevé la mirada de sus manos elegantes, que sostenían la cuchara con firmeza, a las mías, más pequeñas y un tanto regordetas. ¡Cuán poco nos parecíamos!

—Tendrás que acompañarme mañana a la oficina del señor Porter; necesito hablar con él y no puedo esperar al regreso de Violet.

Las palabras de mi madre resonaron en mi cabeza; primero, como un eco extraño que me sobresaltó luego de pasar tanto tiempo en silencio y, después, como la orden que realmente era.

—Por supuesto —dije—. Lo haré con gusto.

Mi madre asintió con ademán pensativo.

—Es posible que tenga ya una solución... —Ella carraspeó un par de veces antes de continuar—. Espero que así sea.

La observé una vez más y advertí un casi imperceptible temblor en la mano asentada sobre el mantel. Era tan extraño verla inquieta que no pude menos que ceder al impulso de extender una de las mías para aferrarla con suavidad.

—El señor Porter es un caballero muy hábil; no dudo que será capaz de solucionarlo —dije.

Ella cabeceó y, tras apretar los labios, deslizó suavemente la mano bajo la mía para deshacer el agarre. Nunca se había sentido a gusto con las muestras de afecto, ni siquiera cuando éramos pequeñas; por ello no me ofendí. En lugar de ello, sonreí para infundirle algo de calma.

Mi madre no volvió a hablar hasta que Marian puso ante nosotras el último platillo enviado por la cocinera, una crema de limón que era uno de mis postres favoritos.

—Espero que tus hermanas estén disfrutando de su estadía con los Ridington —comentó, frunciendo un poco el ceño al continuar—. Y que Florence no se meta en problemas.

Me pareció un tanto injusto que expresara de forma tan cruda la desconfianza que le inspiraba el comportamiento de mi hermana menor, pero, ya que era algo que, mal que me pesara, había pensado con frecuencia en las últimas horas, no pude menos que cabecear en un gesto que esperaba que no reflejara del todo mi preocupación.

—Florence es una joven muy discreta —dije a media voz.

Mi madre arqueó una ceja, un gesto que me ponía en alerta desde que era pequeña, y sacudió la cabeza de un lado a otro.

—Podría serlo un poco más —señaló ella—. Últimamente, su comportamiento ha sido más reprensible de lo habitual. De continuar así tendrá muy difícil encontrar un hombre honorable que se haga cargo de ella.

Debí de hacer un gesto de desagrado porque el rostro de mi madre adquirió una expresión de enojo. Odiaba tanto que se la criticara como que dejara en claro lo que pensaba de algunas de sus ideas. Como que una de sus mayores aspiraciones fuera entregarnos al marido que lograra conseguir para nosotras, como si fuéramos algún tipo de carga de la que estuviera ansiosa por deshacerse, por ejemplo.

—Florence es encantadora y muy bella —me apresuré a decir antes de que ella pudiera expresar alguna otra cosa—. El hombre que la haga su esposa será muy afortunado.

Mi madre apartó su servilleta luego de apenas saborear el contenido de su plato y elevó los ojos al cielo como si encontrara difícil concordar con mis palabras; pero recompuso el gesto con rapidez y asintió un par de veces en mi dirección antes de ponerse de pie.

—Espero que estés en lo cierto; odiaría recibir noticias desagradables cuando tengo tantas cosas de las que preocuparme. Como ese asunto del señor Porter...

Cabeceé antes de que terminara.

—Claro. Te acompañaré mañana a primera hora —dije.

Para mi alivio, ella no hizo otra mención a Florence; en lugar de ello, barrió la mesa con la mirada, y la detuvo el que me pareció un segundo interminable en mi mano, que se dirigía del plato a mi boca portando una gran cucharada de crema de limón que dejé caer con un inaudible suspiro de resignación. A mi madre también le disgustaba que comiéramos hasta saciarnos; según ella, era mucho más delicado hacer precisamente lo contrario.

—Ha sido un día muy largo; estoy agotada —dijo ella—. Supongo que te ocurre lo mismo.

Fue mi turno para apretar los labios a fin de no revelar mi molestia y negué suavemente una vez que dejé mi servilleta y la imité al ponerme de pie con movimientos pesarosos.

—Me gustaría ir un momento al salón para tomar un libro —comenté.

Ella pareció tentada a hacer algún comentario al respecto. Quizá que no entendía mi costumbre de llevarme un libro distinto a la cama cada noche cuando podría ocupar ese tiempo en algo más productivo; pero debió de pensar que no tenía sentido decir nada cuando llevaba años intentando imponer sus ideas en balde. Al menos en lo que a eso se refería. Lo único en lo que había conseguido mantenerme firme.

—Como prefieras —dijo ella antes de abandonar el comedor—. No te quedes hasta muy tarde. Te necesitaré con las ideas claras mañana.

Asentí una vez más en silencio y la vi marcharse antes de hacer otro tanto; sin embago, en lugar de dirigirme a la escalinata que conducía al piso en que se encontraban nuestras habitaciones, fui al salón, pero no me detuve demasiado tiempo allí. No se lo dije a mi madre en su momento, no obstante, me sentía tan agotada como ella; solo que en mi caso no se debía tan solo al ajetreo del día, sino sobre todo a las horas pasadas pensando en mi última charla con mi hermana y lo preocupada que me encontraba por su conducta.

Cuando tuve el libro que deseaba entre las manos, fui a mi habitación y cerré la puerta tras de mí, un poco sorprendida del silencio que me esperaba allí. En ausencia de Florence, el lugar me pareció más pequeño que nunca y tan vacío que sentí un extraño escalofrío que me recorrió la columna como un rayo.

Incluso cuando me metí en la cama e intenté concentrarme en mi lectura, no hubo forma de apartar esa sensación de mi mente. Era como si algo se encontrara agazapado en el fondo de mi corazón y no me diera tregua. Una sensación de inquietud asfixiante que no me abandonó ni siquiera cuando cerré los ojos vencida por el cansancio. Una serie de incontables pesadillas me acosaron también entre sueños, pero apenas pude recordarlas a la mañana siguiente.

Mucho tiempo después, me pregunté con frecuencia qué habría dicho en mi charla de despedida sostenida con Florence de haber sabido que esa sería la última vez que la tendría tan cerca de mí. Supongo que habría intentado convencerla de que me contara toda la verdad acerca de ese romance en el que parecía estar involucrada, así como que revelara la identidad del hombre con el que esperaba casarse. Y tal vez, de haber podido atisbar siquiera una milésima parte de la tragedia que estaba a punto de caer sobre nosotras, habría hecho cualquier cosa con tal de convencerla de que permaneciera en casa. Pero no tenía cómo imaginarlo, claro, de modo que cuando los acontecimientos empezaron a sucederse uno tras otro no pude hacer nada que no fuera recibir los golpes con la misma sorpresa con que lo hizo mi madre.

Aquel fin de semana a solas pasó con la monotonía a la que estaba acostumbrada, cuando mucho rota durante nuestra visita al señor Porter, quien, tal y como ambas esperábamos que ocurriera, tenía buenas noticias para nosotras. Aunque se había perdido un monto importante del capital que nos había legado mi padre debido a esas inversiones de las que el señor se sentía tan arrepentido y por las que no dejó de ofrecer disculpas, la suma restante era lo suficientemente cuantiosa para no vernos en problemas económicos en el futuro.

Desde luego, el señor asumía que continuaríamos llevando una vida discreta y decorosa sin mayores lujos, lo que era la absoluta verdad. Él esperaba que, con el tiempo y una mejor suerte en las finanzas en general, lográramos recibir una mayor asignación mensual a la que podía depositar para nosotras en ese momento, pero no era algo que nos preocupara en demasía. Mamá, Violet y yo estábamos acostumbradas a esa clase de estrecheces y, mientras esas faltas no se acentuaran demasiado, todas lo tomaríamos con calma. Florence era otra historia, claro, pero confiaba en que cuando le habláramos al respecto, a su vuelta, lo tomaría con la misma resignación que las demás.

El regreso de mis hermanas estaba programado para el lunes por la mañana, cuando el chofer de los Nolan las dejaría ante nuestra puerta de la misma forma en que hiciera al recogerlas unos cuantos días antes. Sin embargo, la tarde del lunes estaba muy avanzada y aún no recibíamos noticias de ellas. Mi madre no desesperó en un inicio; pragmática como siempre, asumió que tal vez hubieran salido algo más tarde de lo calculado de casa de los Ridington o que el coche habría sufrido algún desperfecto. A diferencia suya, no obstante, yo no lo tomé con tanta calma. La angustia asentada en mi pecho desde su partida no había hecho más que incrementarse según pasaban las horas y sabía que lo único que me conferiría cierta tranquilidad sería verlas de nuevo en casa. Ansiaba oír las quejas de Violet y las emocionadas descripciones de Florence acerca de todo lo que había visto durante el fin de semana.

Tuvo que anochecer para que mi madre empezara a inquietarse por aquella inexplicable tardanza, pero, cuando estaba a punto de enviar a Marian con un recado a casa de los Nolan para indagar por mis hermanas, el sonido de un coche que se acercaba por la calle que conducía a nuestra casa nos llevó a exhalar un suspiro de alivio colectivo. No pude contenerme y corrí para abrir la puerta, dejando a mi madre en el salón, pero cuando me encontré fuera, oteando en la oscuridad en espera de ver descender a mis hermanas del coche estacionado frente a la calzada, mi corazón dio un bandazo en el pecho al toparme con dos figuras a las que solo había visto en un par de ocasiones.

Los señores Nolan escoltaban a una pálida Violet, en cuya presencia reparé después. Ella, como nunca, se veía replegada en sí misma; tenía la mirada gacha en un gesto tímido, algo poco habitual en mi vehemente hermana, y caminaba tras los Nolan con pasos cortos, como si pretendiera así retrasar su encuentro conmigo. No vi señales de Florence por más que miré de un lado a otro, esperanzada de que se hubiera quedado en el coche por algún motivo que en ese momento no se me ocurrió.

Apenas tuve tiempo de abrir la boca cuando los Nolan llegaron ante mí; ellos preguntaron de inmediato por mi madre sin molestarse siquiera en saludar. En un inicio me pareció una muestra de descortesía propiciada por ese carácter un tanto petulante que ya había advertido antes en ellos, pero me bastó con ver sus rostros tirantes y los rastros de lágrimas en el rostro de la mujer para comprender que estaba equivocada y para que mi mente empezara a funcionar a toda velocidad. Algo terrible debía de haber ocurrido para que ellos se encontraran allí a esas horas y, aún más importante, algo que explicara la ausencia de Florence.

Di un rápido vistazo a Violet, pero ella continuaba con la mirada obstinadamente puesta en el camino y, ante mi imposibilidad de interrogarla frente a los visitantes, no me quedó más alternativa que guiarlos al interior en busca de mi madre. Mi hermana caminó un par de pasos tras nosotros y, al mirar en su dirección, noté que arrastraba los pies como si le pesaran una tonelada. Lo que fuera que los Nolan estaban a punto de decir era evidente que ella habría deseado estar muy lejos de allí en ese momento.

Mi madre, aunque distraída e incluso displicente la mayor parte del tiempo en lo que se refería a lo relacionado con sus hijas, acudió ante los Nolan tan pronto como los vio aparecer en el salón en que aguardaba con una curiosa expresión en el rostro. Me pareció como si no se encontrara sorprendida ante su presencia; casi como si hubiera estado esperando a que fueran ellos quienes acudieran. ¿Lo habría presentido de alguna forma? ¿Supo acaso en el fondo de su corazón que serían ellos quienes le traerían noticias que explicaran la ausencia de su hija menor? Jamás se lo pregunté, pero lamento no haberlo hecho; quizá su respuesta me habría revelado muchas cosas que hubieran podido ayudarme en las decisiones que tomé luego.

Los Nolan no se anduvieron con rodeos; ni siquiera se molestaron en saludar tampoco a mi madre, pero comprendí entonces con claridad lo que ya venía sospechando. Aquello no se debía a una falta de corrección, sino que debían de considerar que no había tiempo que perder en esa clase de cortesías. La señora no abrió la boca, sin embargo; fue su esposo quien habló en tanto ella apoyaba una mano sobre el hombro de mi madre en un ademán que supuse debió de tener por propósito conferirle algún tipo de consuelo, pero que a mi madre debió de incomodarle profundamente porque la vi tensar cada músculo de su cuerpo en tanto miraba al señor Nolan con expresión tirante.

Florence había desaparecido.

Unas palabras tan normales y fáciles de pronunciar, pero que sacudieron nuestro pequeño mundo desde los cimientos; sobra decir que este jamás volvió a recuperar esa aparente normalidad que tanto nos habíamos esforzado todas por construir.

Una vez que hubo pronunciado aquella sentencia tan demoledora, el señor Nolan pareció recuperar parte del aplomo habitual y continuó sin dar tiempo a mi madre de hacer ninguna pregunta. Por su semblante demudado, de cualquier forma, supuse que no habría sabido qué decir. No de inmediato; y a mí me ocurría otro tanto.

Florence había desaparecido.

—Ha sido todo de lo más extraño, señora Harris —explicó el hombre luego de pasarse una mano por la frente perlada del sudor provocado por la ansiedad que debió de causarle ir hasta allí con semejante noticia—. Hasta la noche de ayer todo había transcurrido con la mayor normalidad. Esperábamos ponernos en camino muy temprano hoy y llegar a la hora acordada, pero entonces...

El señor Nolan carraspeó y luego hizo una potente aspiración como si así buscara reunir las fuerzas para continuar; vi su pecho expandirse por debajo de la chaqueta, con lo que simuló un pavo real particularmente mustio.

—Debió de marcharse anoche después de la cena de despedida que organizaron los Ridington. Habíamos tenido una cacería por la mañana y mi esposa me ha contado que Florence se excusó para retirarse temprano aduciendo que se encontraba exhausta. Nunca hubiéramos podido imaginar lo que planeaba; fue extraordinariamente astuta...

El hombre intercambió una rápida mirada con su esposa y noté que la señora fruncía levemente el ceño, reprochándole aquella última sentencia que hablaba tan mal de la conducta de mi hermana.

—Esta mañana, cuando la doncella fue a buscarla para ponernos en camino, no la encontró en su cama y acudió de inmediato con mi esposa para informarle. En un principio pensamos que tal vez habría salido a dar un paseo para recorrer por última vez los jardines; ella se había mostrado hasta entonces encantada con ellos, pero luego de enviar a un par de criados en su busca comprendimos que no se encontraba en la casa. Podrá imaginar nuestra confusión en aquel momento; pero informamos inmediatamente a nuestros anfitriones de lo ocurrido y ellos se ofrecieron a ayudarnos a buscarla. Y eso fue lo que hicimos hasta las primeras horas de la tarde, cuando no tuvimos otra alternativa que reconocer que era imposible que se hallara aún en la propiedad o incluso en las cercanías. Lo siento mucho, señora Harris, jamás hubiera podido imaginar... desde luego que nos consideramos también responsables por no haber sido más vigilantes con ella.

El señor Nolan calló de golpe y un pesado silencio se asentó entre nosotros. Sentía un ahogo en la garganta y me costaba respirar; debía de parecer una tonta, porque lo único que atiné a hacer fue mirar de uno a otro con desconcierto. Las palabras del hombre habían sido del todo claras, nadie habría podido explicar lo ocurrido con mayor sensatez y grado preciso de inquietud y resignación ante los hechos consumados, pero, aun así, aunque había sido capaz de entender todo lo que dijo, parte de mí se resistía a creerlo porque me parecía sencillamente incomprensible.

Alterné la mirada del rostro pétreo de mi madre al de Violet, que ahora en lugar de permanecer con la cabeza gacha tenía la vista fija en uno de los cojines que habíamos bordado en aquella misma habitación cuando mi madre nos reunía a las tres por las tardes para que nos ocupáramos de esas labores. Conocía lo suficiente a mi hermana para saber que debajo de su expresión inmutable se ocultaba una profunda angustia. Y sin duda también una culpabilidad incluso mayor que la de los Nolan.

¿Qué era en verdad lo que había ocurrido? ¿Lo sabría ella? Estaba ansiosa por interrogarla. Tenía tantas preguntas; la más importante de ellas: saber si Violet albergaba alguna sospecha de cuál era el paradero de Florence. Nadie como ella para saberlo. No solo porque era la única persona en la familia que la había visto y convivido con ella durante los últimos días, sino porque la conocía tan bien como yo y habría notado cualquier comportamiento extraño que la llevara a sospechar de que estuviera planeando algo como aquello.

Cuando mi madre finalmente habló, sin embargo, cualquier asomo de duda o ansiedad se vio arrastrado por el sobresalto que me provocó oír su voz. La obser

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