No es un juego

Perla Rot

Fragmento

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Capítulo 1

Sintió el roce del índice en su centro de placer y jadeó. Su espalda se curvó en un semicírculo y él aprovechó para pasarle la lengua alrededor del ombligo. Jadeó de nuevo. Esa locura que estaba viviendo la llevaba por caminos que ya había transitado, pero nunca tan profundos, tan intensos. Y pese a que la lucha en su interior se había desatado desde el mismo día en que lo había vuelto a ver, no podía negar que el deseo y la pasión aún seguían vivos, latentes. Gimió o sollozó, no lo sabía con certeza, pues las emociones no le dejaban entrever más que la unión de sus cuerpos tanto tiempo esperada. Necesitaban fundirse uno en el otro. Y él no la hizo esperar; quizás aún más anhelante que ella, deslizó las manos por sus costados, apenas rozándola, incitándola, para tomarla de las muñecas y juntarlas por sobre su cabeza. Y la besó, apresó sus labios y arremetió en el interior de su boca al mismo tiempo que lo hacía en su…

Simona dio un respingo en la silla al escuchar el sonido de la alarma en el celular sonando a todo dar. Lo desactivó a regañadientes —ya era la quinta vez que la posponía— y marcó la página en la que se había quedado. «Justo en la mejor parte», suspiró mientras cerraba el libro y lo dejaba sobre la mesa de desayuno; si no se terminaba de vestir y arreglarse, iba a llegar tarde. Lavó la taza, la dejó escurriendo a un costado y se dirigió a la habitación. Se quitó el camisón de seda y, antes de colocarse la falda y la camisa, se miró en el espejo del ropero.

—Casi como una chica de revista —se dijo y, sin embargo, su voz no demostró entusiasmo. Le dio la espalda a su reflejo, se cambió y fue al baño para maquillarse y cepillar su corta melena morena.

Una vez que estuvo lista, fue en busca de su cartera, el celular, el abrigo y las llaves. Estuvo tentada de tomar el libro y llevarlo consigo, pero desistió, ese día tenía demasiado trabajo por hacer y las distracciones no eran buenas, mucho menos si se trataba de una novela erótica como las que solía leer. Dejó el departamento, bajó por las escaleras —era más rápido que esperar el ascensor, pues vivía en el primer piso— y salió del edificio para encontrarse con un día que se presentaba inusualmente templado para la fecha en la que estaban, mediados de diciembre. Detuvo un taxi y le indicó el destino al chofer en cuanto estuvo en el interior del vehículo.

Dos horas más tarde, Simona movió la cabeza a izquierda y derecha e hizo una leve rotación de hombros para destensar los músculos del cuello. Llevaba ya demasiado frente a la computadora y su espalda, además de sus ojos, le estaba pidiendo un descanso. Inspiró profundo, guardó el archivo que contenía informes preliminares del caso que el abogado Norman Collins —ella era su secretaria— tenía entre manos y dejó el escritorio un momento para acercarse a la cafetera y servirse un café.

Al voltear para regresar a su puesto, notó la presencia de Peter White, colega de su jefe, que la observaba con una sonrisa ladina en el rostro y su siempre orgullosa postura. Simona, con la taza entre ambas manos, dio un sorbo sin apartar la vista de esos ojos azules que parecían traspasarla y se relamió los labios en un gesto adrede y sensual, pues sabía lo que ese hombre ansiaba de ella. Con lentitud, haciendo notar sus curvas al caminar, avanzó hasta estar a pocos pasos de él.

—Buen día, señor White —lo saludó—. Llega usted temprano, la reunión no empieza hasta dentro de una hora —le dijo a la vez que desviaba la vista hacia el reloj de péndulo que destacaba en una de las paredes, para volver los ojos hacia él un segundo después.

—Señorita Lee —le correspondió con un movimiento de cabeza, y acortó la distancia que los separaba, y la tuteó—. ¿Sabes todo lo que podría hacerte en ese tiempo? —le susurró al oído.

Simona dejó que una leve risa escapara de su boca.

—Suena… tentador —lo provocó, seductora.

—Solo dame la oportunidad, cariño, y verás.

Rozándole la mejilla hasta casi tocarle la oreja con los labios, ella murmuró:

—Podría, pero hoy no será ese día. —Y se alejó para volver detrás del escritorio.

Peter White giró para verla, apoyó las manos en el borde del escritorio y se inclinó a la vez que le sonreía juguetón.

—Mi agenda está a tu disposición, Mona.

Simona dejó la taza a un costado, clavó sus ojos marrones en los azules de él y se mordió el labio inferior. Tal vez le daría lo que quería, tal vez no. De lo que sí tenía seguridad era de que lo haría desearla tanto que le doliera.

—Lamento desilusionarte, Pet, pero la mía no, ya sabes… —Señaló la puerta que daba al despacho de Collins—. Depende de él.

—¡Oh, vamos! —se quejó—, ¿acaso no tienes vida fuera de esta oficina?

—Por supuesto que sí —le dijo, se inclinó ella también sobre el escritorio y cruzó las manos. La vista de Peter fue directa al escote que se abrió con el movimiento y dejó entrever el encaje del sostén—. Pero esa agenda, por el momento, no tiene lugar para ti. Ahora, si gustas, puedes esperar a Norman donde siempre, que ya me encargo de avisarle que llegaste.

Peter soltó una honda respiración, la desafió con la mirada y asintió con la cabeza.

—Bien, que sepas que no me rindo tan fácilmente, Mona. Y me gusta ganar, así que prepárate.

Simona se humedeció los labios y le respondió con una sonrisa seductora.

—Veremos quién le gana a quién —susurró para sí mientras lo veía alejarse.

***

Finalizada su jornada de trabajo, después de un día que le había resultado por demás agotador, y mientras entraba a su departamento, Simona se debatía entre ir al gimnasio o no. Si bien llevaba una estricta rutina desde hacía varios años, podía contar con los dedos de una mano las veces que no había asistido.

«Mona, sé fuerte, no pierdas lo que has logrado hasta el momento», la aguijoneó la voz de la conciencia. Y tenía razón, no podía desistir, solo con recordar su época de adolescente recuperaba las fuerzas para patear a la pereza. Así que se vistió con ropa deportiva, cambió a la mochila sus elementos personales —celular, billetera y neceser— y no se olvidó de agarrar el libro para continuar con la lectura.

Saludó a Celia, la recepcionista, al llegar y guardó sus bártulos en uno de los box. Empezó calentando los músculos con unos suaves estiramientos en el sector de las colchonetas —resabio de las clases de yoga que había tomado para calmar su ansiedad— y, una vez lista, se dirigió a la bicicleta, donde ejercitó pies y brazos por media hora. Antes de terminar su rutina en la caminadora, se hidrató y buscó el libro en la mochila; a diferencia de muchos que se colocaban audífonos y escuchaban música, ella se sumergía en novelas eróticas. Cuando eso sucedía, todo a su alrededor desparecía, eran ella, sus pies andando en el mismo lugar y las fantasías en las que se adentraba y que hacían que la sudoración de su cuerpo no solo aumentara por el ejercicio físico.

Sin embargo, desde hacía un tiempo, le costaba concentrarse. Y todo se debía a Izan, uno de los dueños del gimnasio, que tenía por costumbre posar sus ojos en ella con demasiada frecuencia. Y eso la halagaba y atemorizaba a la vez. Lo primero, porque sabía que su cuerpo no pasaba desapercibido, era estilizado, con un busto generoso, buenas curvas y un trasero que, según había llegado a sus oídos, era la envidia de muchas mujeres. Era consciente de las miradas que recibía, pero tenía un serio problema con las que Izan le dedicaba, pues lo que él generaba en ella la desconcertaba. Como un mantra, se repetía una y otra vez que no creía en el amor, que eso eran cursilerías de niñas, de adolescentes con las hormonas revolucionadas.

Aún podía recordar el padecimiento del que fue víctima en la adolescencia, el que había superado gracias a la terapia y la contención familiar. Pero cumplir su meta de ser secretaria fue lo que, en cierta forma, la había marcado. Recordaba con tristeza los días de estudio —y no porque no le gustara, sino por lo que vino después—, quemándose las pestañas para ser la primera en su clase. Y lo había sido, pero la realidad en la búsqueda del empleo que tanto había soñado la golpeó en la cara como sus compañeros lo habían hecho en el pasado.

Tenía veintidós años cuando se recibió. Había hecho un par de trabajos con conocidos de su padre, que trabajaba como operario en una empresa constructora, hasta que decidió que quería probar suerte en la gran manzana. Sus padres, aunque temeros

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