La candidata

Elena Moya

Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Agradecimientos

Sobre la autora

Créditos

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Para mamá y mis hermanas Susana y Sofía

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1

Que el poder es solitario, sobre todo para una mujer, siempre lo he sabido; de hecho, mucho mejor de lo que yo quisiera. Pero nunca había sospechado que la soledad del poder pudiera ser tan dolorosamente cruel como la sentí aquella noche, y a esas alturas de la vida, con dos décadas de experiencia a mis espaldas y en una posición sin duda privilegiada.

Aquella noche, más que nunca, todo estaba quieto y silencioso. Demasiado. Desde la ventana de mi espacioso despacho observaba el ir y venir de coches y peatones por la calle Alcalá. La noche era fría y oscura, casi invernal. La gente se dirigía hacia el metro, seguramente para ir a sus casas o a cenar con sus amigos. Qué suerte tenían. Yo hacía tiempo que había dejado de ser normal, básicamente desde que decidí dedicarme a la política, pero sobre todo desde hacía dos años, cuando el presidente del gobierno me había nombrado ministra de Economía, la primera mujer en ocupar tal cargo en la historia de España.

Había conseguido mucho en dos años, pero ¿para qué? Otros podrían llegar ese mismo domingo y deshacer todo cuanto había conseguido, borrando por completo mi labor, mis años de esfuerzo. Mi despacho podría volver a ser tan oficial y decadente como cuando entré en él por primera vez: sofás de cuero viejos, alfombras verdes desgastadas, una foto del rey algo torcida, una mesa grande, pesada, con un ordenador de los años noventa, unas sillas de museo más que de trabajo y un sinfín de jarros y jarrones con motivos florales de lo más horteras. Todo ello buen reflejo del grado de modernidad y frescura de nuestra democracia.

Gracias a Ingeborg, mi homóloga danesa y con quien hice buenas migas en Bruselas, conseguí dos sillas Jacobsen, las famosas «orejudas», que inmediatamente le dieron al despacho un aire más sofisticado. Hice quitar las alfombras para rescatar el precioso parqué antiguo que había debajo y colgué réplicas de un cuadro de Picasso y otro de Miró que empequeñecieron el retrato del rey, que nunca pude descolgar por cuestiones de protocolo, pero que al menos logré esconder en una esquina, detrás de un ficus enorme que casi llegaba al techo. Había llenado la estancia de plantas para darle más vida y para recordarme en todo momento que la economía de un país precisaba las mismas atenciones y cuidados que las orquídeas, violetas, cintas y drácenas que había dispuesto junto a las ventanas y en todos los rincones. Mi mesa de trabajo cambió de un estilo Luis XIV a otro más propio de Steve Jobs e hice que me instalaran dos pantallas Bloomberg y un Apple lo más grande posible; siempre me ha gustado ver las cosas claras. Yo estaba allí para trabajar y no para perder el tiempo, pasarlo bien o impulsar mis proyectos personales futuros. Ilusa.

Esa noche, agotada, me senté en el sofá que tenía en el despacho y acaricié el tomo que me había acompañado durante mis dos años de ministra. Eran unas memorias inéditas de Victoria Kent que el director del Ateneo, un republicano de alma y pecho, me había regalado un día que fui allí a dar una conferencia sobre mujeres y economía. No acudieron más de veinte personas y todas mujeres, ya que para muchos el feminismo está pasado de moda y ha dejado de interesar. El acto no estuvo mal, pero lo mejor de la noche fueron esas memorias que el viejo director me entregó con tanto cariño. Mirándome a los ojos, me aseguró que aquel volumen me serviría de inspiración porque la Kent, como se la conocía en tiempos de la República, había sido la primera mujer en ocupar un cargo ejecutivo en un gobierno español. La andaluza con nombre inglés —su bisabuelo, un marino británico, se había casado con una malagueña— no le hizo ascos a Alcalá-Zamora cuando la nombró directora general de prisiones, el puesto menos glamuroso del gabinete pero que ella aceptó con tanta elegancia como entusiasmo. En tan solo dos años la Kent dignificó la mayoría de cárceles del país, que hasta entonces tenían más de cuadra que de centro penitenciario. Por más rufianes que fueran los delincuentes, la Kent fue la primera en reconocerlos como personas y luchar por sus derechos.

Empecé el libro nada más volver del Ateneo y desde la primera página me impresionó. Todavía recuerdo un pasaje sobre la etapa del exilio francés, cuando coincidió con un grupo de obreros españoles en una fábrica en Toulouse. Al reconocerla, uno de ellos le contó que un primo suyo había estado en la prisión de Teruel a finales de la República y que le había hablado de la biblioteca a la que tenía acceso, de los campos de fútbol que habían construido, del hecho de que su mujer le pudiera visitar los fines de semana y hasta del buzón de sugerencias que la directora general había puesto a disposición de todos. El primo en cuestión había entendido la idea que Victoria siempre

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