Antes de decirte adiós

Guillermo Galván

Fragmento

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Cerro de La Boina

 

El camión era tan acogedor como el tálamo pedregoso de una tumba, un Renault de añada más que caduca cubierto por un toldo verde, con una cruz roja pintada en el techo sobre un fondo de brochazos de cal y el emblema de la organización sanitaria rematando la chapuza en las puertas de ambos lados.

La caja del vehículo contaba con un espacio central para la camilla, sustituida en este caso por unos bidones de gasóleo de reserva, y asientos corridos de madera en tres de sus laterales a modo de pequeños arcones donde se almacenaban varias mantas, unas hogazas de pan de centeno y algunas latas de sardinas en aceite y mermelada de naranja. Mísera impedimenta para un viaje a los arrabales del infierno, en opinión de Matías Cabedo.

—En Madrid se mueren de hambre.

—Nadie se muere de hambre en unas horas —atajó de inmediato el teniente Laviana—, y eso es lo que nos llevará ir allí y regresar a Los Llanos.

Un par de días después de ser llamado al despacho del capitán Gandarias, Matías Cabedo sabía que no tenía alternativa, que estaba obligado a formar parte de la dotación humana de esa antigualla. Nada extraordinario, por lo demás, respecto a su forma de vida en los últimos años, ese ir y venir siempre a merced de acontecimientos dictados al margen de su voluntad.

Pedro Gandarias, sentado a la mesa y abstraído en la lectura de unos oficios, se había tomado su tiempo para concederle atención. Él se mantuvo en pie, en postura parecida a la de firmes, aunque sin la marcialidad necesaria que se le supone a un subordinado. Cuando por fin el oficial alzó la mirada en su busca, Matías perfiló un escéptico gesto que se aproximaba al saludo militar.

—Tú eres de Madrid, ¿no, Cabedo?

—Allí nací.

—Pero de Madrid, Madrid.

—De ahí mismo.

—¿Qué más?

—De ahí mismo, mi capitán.

Su capitán sonrió al verle pasar por el aro de la disciplina, algo muy de agradecer en un batallón, precisamente, disciplinario.

—Bien, Cabedo, bien. Parece que vamos aprendiendo; despacio, pero algo es algo. El tuteo y los igualitarismos quedan muy bien en el frente, pero esto es otra cosa y la jerarquía se respeta. ¿Cuánto hace que no te das un garbeo por tu pueblo?

—Año y medio, mes arriba, mes abajo. Desde octubre del treinta y siete.

—Mucho tiempo es. —A Matías sólo se le había ocurrido arquear las cejas como respuesta a la evidencia—. No me digas que no le apetece a ese cuerpo serrano volver a tomarse unos tintos en la tasca del barrio.

—Ni tasca, ni barrio, ni tinto, ni Dios que lo fundó debe de quedar ya por allí, según se dice.

—¡Valiente gilipollez! ¿Quién lo dice? ¿Es eso lo que te cuentan en las cartas, Cabedo?

Cartas… Año y pico sin recibir otras palabras que las verbales órdenes de mando, y a él le estaba terminantemente prohibido escribir. El capitán de un batallón de castigo debería saberlo. Decidió pasar por alto la segunda pregunta.

—Pues todo el mundo, mi capitán, todo el mundo. Desde que volaron los pájaros gordos. Todos les vimos despegar.

Los pájaros gordos. Allí mismo, en el aeródromo de Los Llanos, a medio kilómetro de sus barracones. Apenas cinco semanas antes, el 16 de febrero, el movimiento de Chatos había sido desacostumbrado y los Polikarpov de última hornada despegaban y aterrizaban con frecuencia cronométrica, como si quisieran dejar bien clarito, al menos durante unas horas, de quién era el cielo alrededor. Y abajo, los pies bien asentados sobre la dura tierra, el doctor Negrín, Miaja, Matallana, Casado, Menéndez, Escobar, Moriones, Bernal, el almirante Buiza, Camacho… Y Rojo, ya desde el exilio, por escrito. Todo el mundo lo sabía. Radio Macuto nunca tuvo mordaza. El jefe de gobierno, de regreso tras veinte días en Francia, había recibido allí mismo el desesperanzado informe de sus generales; tal vez algo más cruel: un detallado dossier de lealtades y discrepancias. Alguno de ellos, como Buiza, ya se había encargado de mostrar el camino pocas fechas después de aquella reunión llevándose la flota a puertos argelinos.

—Madrid, Alicante, Valencia, Cartagena… —había argumentado Gandarias—. Todavía hay posibilidades de resistir. La guerra se extenderá a Europa de un momento a otro y recibiremos apoyo internacional. Hay que organizar la contraofensiva, Cabedo. Las cosas no son como aparentan.

—Lo que usted diga, mi capitán.

—Oye, tú todavía crees en la República, en la democracia, en la revolución social, ¿no?

—No me cante por tientos, mi capitán. Vaya por lo directo.

Gandarias aflojó a carcajadas su rostro tieso.

—Tienes gracia, coño. —Abandonó la silla para ir a sentarse indolente sobre la mesa—. Y un par de huevos, para qué nos vamos a engañar. Vamos por lo directo, hombre. Sí, mejor por lo directo. —Alcanzó un cartapacio de pastas azules y leyó en voz alta lo que parecía ser su contenido—. A ver… Fulano de Tal, nacido el tantos de tantos en Madrid. «Estudios primarios, sin profesión conocida… Ingresó en Socorro Rojo Internacional y en la CNT en agosto de 1936. Voluntario en el Cuerpo de Sanidad. Detenido en 1937 por pertenencia a una red de falsificación de documentos a favor de quintacolumnistas facciosos… Destinado al frente de Aragón, atentó contra un comisario político al que hirió de gravedad… Procesado y pendiente de juicio, ingresó en el batallón disciplinario» tal y tal, etcétera, etcétera… ¿Te suena este tipo, Cabedo?

—Será mi ficha, pero está llena de falsedades.

—Ya. ¿Conoces a este otro? Menganito de Cual, también de Madrid. Veamos… «Militante de las Juventudes Socialistas Unificadas y del Partido Comunista… Miembro de la checa de Bellas Artes y de la Brigada del Amanecer, encargada de la represión de desafectos. Detenido por exceso de celo en el cumplimiento de sus funciones, acusado de la muerte de dos monjas del convento de la Concepción Jerónima, de requisas ilegales en provecho propio, de participar en operaciones de fuga a cambio de dinero que se saldaron con el asesinato de los presuntos beneficiarios»… En fin. ¿Lo conoces?

—No sé, más de un cabrón habrá como ése, pero no me suena.

—Te leo la cabecera de este último expediente, a ver si te ayuda: «Matías Cabedo, nacido en Madrid el 10 de enero de 1914. Estudios primarios, sin profesión conocida»… ¡Qué casualidad!

—¿Qué significa eso? ¡Es una puta mentira!

—Yo te lo explico, hombre. Por lo directo, sin tientos, a tu gusto.

Como si evitase mirarlo de frente al responder, Pedro Gandarias se volvió hacia el ventanal que asomaba al aeródromo. El único aparato disponible en las últimas fechas, un Mosca de la 2ª Escuadrilla, aguardaba junto a la pista como un niño castigado en la escuela, la panza celeste mirando a tierra, su verde lomo y el pingüino de su distintivo bien protegidos por sábanas de lona amarillenta. Alas, rojas alas, nervio y corazón: el viejo orgullo de la República, inactivo por falta quizá de carburante, o de esperanza; para Matías Cabedo era difícil decidir cuál de los dos combustibles resulta más fiel y duradero.

—Ya veo que estás al tanto, Cabedo, que no te digo nada nuevo. Desde la caída de Cataluña, esto es un desastre. Los facciosos están a punto de ganar la guerra, chico. Londres y París han reconocido a Franco, y en Madrid el Consejo de Defensa de Casado pierde el culo por entregar la plaza al general Varela. Y si cae Madrid, se plantarán aquí en dos días. Nosotros evacuaremos hacia Valencia o Alicante, y desde allí, quién sabe. Pero algunos os quedaréis a darles la bienvenida. Y cuando entren en estas oficinas leerán los expedientes. Ya me entiendes: en tu caso, quedará este segundo. Y ya sabes lo que te espera. Acuérdate de lo que hicieron en Badajoz y en Toledo.

—¿Será capaz de esa cabronada?

—¿Qué más? —El oficial giró sobre sus pies para recibir de cara la respuesta.

—De esa cabronada, mi capitán.

—Eso está mejor. Pues, hombre, de ti depende.

—¿De mí? Ya está quemando esas hojas.

Gandarias regresó a su asiento con parsimonia, empleando el tiempo suficiente para que Matías hallase en el adiestrado mecimiento de aquella espalda una inequívoca negativa a sus deseos.

—Con mucho gusto, Cabedo. En serio, con mucho gusto. La verdad es que quien ha redactado este expediente no podía haberlo hecho con peor follá, para qué decir lo contrario. Y el que ha preparado sobre tu hermana es por el estilo. Porque tú tienes una hermana en Almería, ¿no? —Matías había humillado la mirada para evitar que sus ojos agredieran. Y se mordió los labios por igual motivo—. Pero yo esperaba —agregó con sorna el capitán— que mi llamada al patriotismo calase un poco en ti, que no hiciera falta llegar a esta especie de toma y daca.

—Aquí el único que toma soy yo, por lo que se ve.

—Siéntate, Cabedo. Anda, hombre, déjate de formalidades y siéntate. ¿Hace un pito?

—Gracias, no gasto. —Obedeció, y al entrar en contacto con la superficie de la silla un escalofrío casi sólido le trepó por la espina dorsal, ese viscoso temor de siempre ante actitudes paternalistas, la familiar sospecha de la trampa.

—Me han ordenado —explicó el oficial mientras intentaba hacer funcionar su chisquero— recuperar algo que el presidente Azaña se dejó en Madrid. Algo personal, y muy importante para él.

—Azaña ya no es presidente de la República, según dicen.

—Pues, según dicen, y mientras no haya otro, como si lo fuera. —Tras una larga chupada al pitillo, Gandarias vigiló el lánguido ascenso del humo hacia la techumbre—. Pero Madrid está muy complicado, ¿sabes? Ahora, Casado es allí el rey, y los comunistas, desde que fallaron el golpe contra el Consejo Nacional de Defensa que dio pasaporte a Negrín, son gente mal vista, por decirlo de un modo elegante. —Señaló hacia su gorra de oficial sobre la mesa—. ¿No echas nada en falta en ella?

—La estrella roja.

—Miaja la suprimió por decreto hace una semana. Así pintan ahora las cosas. Tú no eres comunista, a pesar de lo que diga ese segundo expediente que te he leído, y he pensado en ti para este asunto.

—¿Me está ofreciendo ir a Madrid?

—No exactamente. Te estoy ofreciendo ir a Madrid y volver, que no es lo mismo.

—Seguro que encuentra voluntarios.

—Seguro, pero siempre he preferido elegir a mis voluntarios. Tú conoces el terreno y necesito tíos con dos cojones para esto.

—Los míos llevan en dique seco demasiado tiempo, mi capitán.

—Tú verás, Cabedo, si prefieres ponerlos a toda máquina, cumplir como un hombre y salvarte, o conservarlos aquí hasta que lleguen los moros y jueguen con ellos al truque. Personalmente, preferiría que tú mismo quemases esos expedientes a la vuelta, y salieras de aquí como ciudadano libre.

Antes de aceptar el reto, Matías Cabedo sabía que el tiempo, su tiempo, como el de tantos otros, se estaba acabando, e intuía que cualquier esperanza de sobrevivir a ese seísmo inminente pasaba una vez más por obedecer; obedecer y confiar en las propias fuerzas más que en la palabra ajena. Y ahora, en este instante, sentado en la penumbra de aquel inestable remedo de ambulancia, el ronquido doliente del motor se le antojaba anuncio de una libertad casi al alcance de la mano; la oportunidad, en el peor de los casos, de abandonar por unas horas el implacable paisaje de los últimos trece meses.

No llevaba amigos en ese camión. En realidad, amigos, lo que se dice amigos, nunca los tuvo. Ni antes ni ahora, porque una guerra no es el escenario apropiado para hacerlos, a pesar de quienes, secuestrados por el enfermo espíritu de la épica, digan lo contrario; menos aún en su propia guerra, una contienda tan particular, librada no sólo contra un ejército enemigo sino frente a un destino tan negro como el nauseabundo humo de gasoil que impregnaba el aire. Ningún amigo, todo lo más gente con quien compartir algún chiste, una charla picante o el tembleque obligado de los momentos difíciles, ese tiritar por dentro que nadie se atreve a llamar miedo más allá de la frontera de sus propios dientes. Ningún amigo. Como mucho, algún buen compañero; el último de ellos, Nelet, aquel chico de Alboraia que perdió la cabeza durante uno de los viajes para llevar heridos de Madrid a Valencia. La perdió, literalmente, cuando un obús entró por la ventanilla del tren como un fantasma ululante y escapó por la de enfrente sin que nadie se diese cuenta de lo que había sucedido; ni siquiera el pobre Nelet, que pasó de vivo a difunto con igual velocidad que el bólido asesino, y con una sonrisa quién sabe si dirigida a alguien conocido en el trayecto. Aquel día salieron de Madrid nueve sanitarios con ciento sesenta víctimas de la guerra y llegaron a su destino con ciento sesenta y una, y un camillero menos.

¿Por qué acudía ahora Nelet a su memoria sin ser llamado? Hacía más de dos años y se le presentaba con la vehemencia de un suceso reciente. Los muertos tienen estas cosas, que no piden permiso para hacer sus visitas. La penumbra, tal vez. Viajar a oscuras le recordaba al valenciano, porque ya no fueron lo mismo aquellas operaciones de evacuación desde que Nelet, definitivamente mutilado de aliento, se convirtió de improviso en irrecuperable primera baja de la compañía sanitaria. Buscaron a partir de ahí la alianza de la noche para evitar la macabra diversión de las baterías enemigas que cercaban desde las alturas los accesos a Madrid: luces apagadas, pulso acelerado, tablones de madera adosados a las ventanillas de la máquina para evitar que el fulgor de la combustión animase a repetir el impune juego del disparo fácil. Viajar a oscuras, como ahora bajo la lona, aunque en el exterior brillase un sol pujante, le devolvía a la lengua el agrio sabor del peligro, y a las pupilas el rostro del compañero sobre el suelo del vagón: extraviada la mirada, sin amago de terror, sin saber él mismo que ya sólo era un nombre incluido en el parte diario de bajas; la cara de un muchacho que quizá pudo haber llegado a ser amigo si el tiempo y la guerra se lo hubiesen permitido.

Pero no, no había amigos en ese camión. Eugenio Laviana, el teniente, viajaba en la cabina junto al conductor. Detrás, él y otros tres. Todos de paisano. Media docena de hombres en busca de un olvido del presidente, o ex presidente, qué coño importaba ya, Azaña.

Antes de cruzar Albacete por esa larga vía central que patrocinó el conde de Romanones con la precisión de un navajazo rectilíneo, el sargento Burgallo ya había empezado a ponerle al tanto sobre sus dos compañeros más próximos.

Crescencio Burgallo raramente hablaba de sí mismo y, teniendo en cuenta que nadie le había enseñado a soportar los silencios, hablar de los demás era su única salida, probablemente la única oportunidad de demostrar que algo le separaba de ese estadio de simiesco primitivismo que sus facciones dejaban entrever. Quizá en un esfuerzo suplementario por cubrir las apariencias, hacía uso de un lenguaje macarrónicamente asilvestrado que provocaba furtivas risas entre quienes se veían forzados a soportarlo. No pertenecía al barracón de celdas de Matías Cabedo, como extraños a su grupo eran también el resto de camaradas a bordo del Renault pintarrajeado, y nunca hasta ahora había tenido ocasión de cruzar más de dos palabras con él, pero su figura zamba —el mico Burgallo le apodaban— siempre era un referente en la cantera. Eso cuando todavía se organizaban expediciones diarias a los campos de castigo, porque en las últimas tres semanas nadie parecía interesado en recoger el fruto de su trabajo, y la piedra triturada, a la espera de quién sabe qué noticias de los frentes de batalla, formaba hileras cada vez más numerosas de enormes y aburridos conos blancuzcos.

En el fondo, a Cabedo, Burgallo le parecía un pobre tipo atrapado a traición por el destino. Cierto que todos lo estaban, que a cada uno de ellos la vida le había tendido la indecente emboscada de la guerra en edades que merecen mejor dedicación, pero el sargento ya llegó avinagrado al treinta y seis. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde había salido, aunque en caso de apuestas raramente alguien habría aceptado la posibilidad de ser paisano suyo; tan sólo que trabajó de camarero en la costa, en un pueblo cerca de Murcia, y que apenas se esforzaba por enmascarar su odio visceral a los madrileños, tal vez por el hecho de que fuera un chuleta del Foro quien le birló la novia, o la que él consideraba entonces objeto de su ardor, porque pensar que una mujer se enamorase de un personaje así era casi un prodigio imaginativo. Todas las grandes vocaciones suelen estar arraigadas en un previo y dramático desengaño, y el suyo le hizo a Burgallo cambiar bandeja y servilleta por gorra y pistolón, de forma que cuando estalló la guerra ya era un animoso chusquero con los treinta bien cumplidos.

Marcos Tobera, Marquitos, dormitaba junto a otro chico de mirada perdida en el techo que le prestaba su hombro sin aparentar molestia por el peso. Un contraste a media luz muy llamativo, como de película cómica, el gigantesco cuerpo de Tobera apoyado en la figura mínima de su almohada pelirroja y roncando con la ingenuidad de un niño: la boca entreabierta, el mondo cráneo descalabrado por un par de largas cicatrices y una sombra de patológica estupidez instalada en su catadura, recorrida ahora por los ecos de un sueño entre plácido y bronco. Para Burgallo, Tobera era uno de esos mozalbetes inculturizados —con esa frase se lo definió— que han colgado el azadón para integrarse de buenas a primeras en una brigada de choque; un palurdo sin más experiencia de la vida que lo que haya podido aprender en el belfo de las ovejas.

—Y así le ha ido —apostilló con desprecio.

Tal introducción en la venenosa boca del sargento le pareció a Matías intachable elogio más que crítica y, sin saber por qué, Marquitos empezó a caerle un poco más simpático desde ese instante.

—Hay que tratarlo con estrategia porque tiene muy mala uva y te la guarda —susurró Burgallo—. Yo creo que es un poco diminuto de aquí, ¿sabes? —se dio un toque en la frente con un dedo—, y eso le salvó del paredón. Todos los mochales tienen suerte.

—¿Por qué le condenaron?

—Es preventivo —había indisimulada saña en sus palabras—, como tú. Parece que los tribunales no tienen tiempo para sentencias de muerte. Se cargó a dos hombres. Sin armas, sólo con esas manos de vacaburra que le ves. —Matías contuvo su curiosidad. Sabía que Burgallo no iba a quedarse ahí—. A uno lo desnucó al primer hostiazo, y a otro le estiró tanto el cuello que la diñó por irrespiración prolongada.

—¿En el frente?

—En Extremadura. Se las tuvo en la cantina con un grupo de otra compañía. Con una docena de cazurretes como él tomábamos Burgos en media hora sin gastar un carchu… cartu… cartucho, joder, que siempre lo pronuncio con el pie cambiado.

La carcajada de Burgallo ante su propia estupidez sorprendió al pelirrojo que ejercía de almohadón. Pero éste no movió más músculos que los necesarios para posar su vista sobre la histriónica figura del autor del berrido.

—¡Eh, yanqui! —gritó el sargento al ver aquellas pupilas celestes clavadas en él—. ¡Ruuuuusveeeelt!

—Fuck you! —El de la mata de rizos colorados escupió con violencia, como queriendo limpiarse de la boca las sobras del juramento.

El mico Burgallo se felicitó por su gracia con otra colección de risas desencajadas.

—Ahí tienes la otra pata del banco, Cabedo. Te presento a Nick Hopper… no sé qué. Es de un sitio raro de América, un bicho de cuidado, tan modosito como lo ves. No ha cumplido los veintidós y hasta oír el nombre de su presidente le da acidez de estómago. Vino con las Internacionales, se apuntó a los anarquistas y se nos quedó pegado, como las garrapatas coloradas, me cago en la leche que le han dado.

Marquitos abrió los ojos. De momento, sin atreverse a hacerlo del todo, intentando distinguir las siluetas que tenía enfrente y separarlas hasta donde fuera capaz de los personajes de un sueño probablemente vivo aún. Luego se enderezó, liberando a Nick del lastre que lo encajaba contra el rincón. Finalmente, fijó la mirada en el sargento, aunque nadie habría podido adivinar por qué aguas navegaban sus cavilaciones.

—Montaron juntos aquella tunda —Burgallo bajó la voz—. El yanqui le zurció la cara con la bayoneta a otro y persiguió a un munícipe echando rayos calle arriba, hasta la plaza del pueblo. Lo sujetaron después de la primera estocada, que pinchó en hueso por fortuna para el edil. Es un peligro cuando bebe de más. Y no sabe beber de menos.

—¿Por qué fue la pelea?

—Tobera salió en defensa de Nick, y el susodicho en ayuda del primero. Táctica militar. Así lo cuentan ellos y así parece que sobrevino la incidencia por lo que el juez escribió en los papeles. Los enviaron juntos a Albacete, y tan felices.

—¿Una discusión política?

—¿Política? No me toques los bajíos. Son mariposones, Cabedo, y el único carné de afiliación que tienen está sellado en Gomoda o en Somorra, esos sitios extranjeros donde las mujeres se morían de puñetero asquito porque los que llevaban el nombre de machos ni las miraban al pasar.

No era una versión muy creíble. Por supuesto que la relación entre aquella desigual pareja parecía amistosa, quizá hasta cordial, pero costaba imaginar en ellos aficiones como las que el sargento les atribuía.

—Algún vivales se debió de pasar de listo con ellos y se armó la marimorena. Porque, entre tú y yo, por muy rosa que tengan el culillo, si se ponen a repartir no queda ni el apuntador. ¿Que no me crees? Ahora verás. ¿Te sabes el cuplé de la lagartija? Sí, joder, el de la Fonseca, ése tan verderón.

—Ya, sí…

El sargento cantaba mal, tan horriblemente mal que el único parecido con la realidad era la letra del cuplé. Pero le bastaba con eso para acometer su experimento.

Y mira cómo se mueven, ay hija, los rabitos, los rabitos…

Y mira cómo me gustan, ay hija, los rabitos, los rabitos…

Marcos y Nick cambiaron radicalmente de expresión. En el primero se dibujó un fuego de odio, visible a través de la penumbra y que se desparramó con fuerza eléctrica por la musculatura de sus brazos poderosos. En la cara paliducha del americano había una mezcla de desprecio y pena.

… los rabitos, ay hija, de lagartija, de lagartija…

Tobera se puso en pie, y su exceso de altura se estrelló en el techo sin que el golpe causase en él mayor efecto que el de una brisa suave. No así el camión, que se tambaleó ligeramente mientras el sargento se abría la chaqueta para dejar a la vista la rotundidad de su Astra 400. Nick la distinguió al instante y tiró de Marquitos hacia su asiento cuando ya Burgallo acariciaba las cachas del arma entre sus dedos. El norteamericano hizo retroceder a su compañero palmeándole el brazo con afecto, como quien acuna a un bebé para que suelte el aire después de mamar.

—Muy bien, yanqui —dijo Burgallo con frialdad de matarife—. Cuida de tu amigo, que gasta menos humor que una suegra, coño.

Nick le habló ahora al oído, una larga perorata que parecía provocar en Marquitos efectos balsámicos.

—¿Has visto, Cabedo? —Aún pistola en mano, el sargento no quitaba ojo a la lenta y tranquilizadora metamorfosis del gigantón—. Es lo único que entiende: el palo. Ya te digo, como los cuadrúpedos.

—Me traen sin cuidado estas cosas, sargento. Cada cual a lo suyo. ¿Por qué no cambia el rollo y me cuenta qué hacemos aquí encerrados, ya que lo dice, como animales camino del matadero de Madrid?

—Madrileño tenías que ser. Todos igual de señoritingos.

Matías pasó por alto el insulto agradeciendo íntimamente lo que imaginaba un final definitivo de aquel cotilleo imparable. Pero se equivocaba.

—Yo tampoco lo sé, madriles. Aquí, el único que sabe es el teniente. Todavía hay clases en el Ejército Popular.

Hablar de un superior le hacía un poco más comedido en sus juicios y empleaba palabras más escogidas de lo habitual, pero no por ello dejó de repasar críticamente la biografía del teniente Eugenio Laviana. El hecho de ser cinco años más joven que él y haber obtenido mayor reconocimiento en el ejército parecía motivo suficiente para considerarle un paniaguado del mando. Definitivamente, cualquiera cuyas circunstancias lo situasen por encima de su mediocridad corría el riesgo de ser vapuleado a conciencia por su nociva lengua. Así, Laviana no era sino un triste empleado de casino que fracasó en sus intentos de convertirse en estrella del claqué; de ahí el mote de Fredastaire con que, según el sargento, se le conocía en el batallón. Pero hizo el curso básico de mandos en la escuela popular de guerra de Paterna, donde, en cuatro meses, consiguió más de lo que él, Crescencio Burgallo, había logrado en años de ingrata faena cuartelera.

—Demasiado elegantín para mi gusto, el niño —criticaba en voz queda—. Con sus gafitas de estudiante y todo. Y labios de señorita, no me digas, que parece que se los ha aplastado la coz de una mula contra las encías. Un batallón disciplinario no es para danzarinas; pero mira tú que con su dieléctrica se gana a los oficiales.

—¿De qué dieléctrica habla, sargento?

—Dieléctrica, madriles: labia, pico de oro…

—Ya. Dialéctica.

—Llámala como te venga, pero con ella se ha convertido en el ojito derecho de Gandarias. Y así nos va la guerra.

Ahora les tocaba turno a los de la cabina, al parecer. Matías deseaba consumar cuanto antes ese insoportable aluvión de suficiencia; encerrado en aquel espacio sin aire, con pestazo a combustión y a pies sudados, estaba harto de garrotazos verbales tan ferozmente repartidos.

—¿Y el conductor? —aceptó con resignación, confiando apurar cuanto antes la glosa verdulera del sargento.

—¡Ah, el vasco! Alega que fue futbolista, pero cualquiera sabe. Está un poco loco.

—Creía que no quedaban vascos con la República. ¿No se rindió el ejército de Euzkadi?

—Qué sé yo. Será que no le gustaba el rancho de los camisas negras.

Depurando de matices maliciosos cada frase de Crescencio Burgallo, Matías supo que Fidel Ubiazu provenía de los alrededores de Bilbao, y que participó en la ofensiva contra Huesca, una de las campañas más duras de la guerra según había oído de testigos presenciales. La ciudad estuvo largamente asediada en un escenario que la convertía prácticamente en una pequeña península cuyo istmo era la estrecha carretera arbolada que la unía a Jaca, un fragilísimo cordón umbilical protegido por sacos terreros que lo ocultaban a la visibilidad de las tropas republicanas. Un invierno cruel para sitiados y sitiadores, especialmente para estos últimos, sin pertrechos, cobijo, ropa adecuada ni decisión suficiente como para lanzar un asalto definitivo. La brigada de Ubiazu tomó posiciones en el cementerio; vaciaron los nichos para usarlos como refugio, para poder al menos dormir al abrigo, y los ataúdes que no se emplearon como débil parapeto quedaron esparcidos por los alrededores. Convivir con los muertos, una siniestra paradoja. El espectáculo debía de ser poco tranquilizador, especialmente para los espíritus menos templados. Una madrugada, Fidel Ubiazu abandonó su hornacina y comenzó a caminar sobre la nieve helada en dirección a ningún sitio. Le sujetaron antes de que se expusiera a los disparos del enemigo. De nada sirvieron las palabras de ánimo de los compañeros ni las amenazas de sus mandos, porque cuando ya parecía calmado volvió a su caminata instintiva con la vista extraviada, esta vez hacia la retaguardia, como un animal en busca de madriguera.

—Tuvo suerte de que no le apiolasen por desertor. —La palabra «suerte» en la boca del sargento adquiría un tinte de ultraje, una especie de decepción por cómo habían sucedido las cosas—. Le detuvieron y nos lo endosaron en el batallón. ¿Desertor o chalado? Lo mismo da. Digo yo que más valdrá sudando la piedra a diario que clausurado en un manicomio y viviendo de la sopa boba.

Matías se preguntó qué papel desempeñaba en ese grupo. Dos supuestos homicidas, un loco, un mal bicho con galones de sargento, un teniente bailarín. Era la particularísima versión del mico Burgallo, desde luego, pero algo de cierto tenía que haber en sus palabras porque nadie acaba en un batallón de castigo por nada. Se reprochó inmediatamente esa conclusión: sus acompañantes estaban tan presos como él, y, tal vez, también injustamente.

—¿Para qué me cuenta todo esto? A saber lo que irá diciendo de mí a los demás.

—Órdenes son órdenes. El capitán Gandarias me exigió expresamente que cuidase de ti porque eres nuestro perro perdiguero en Madrid, el único que conoce el olor a mierda de esa covacha de mangantes.

Marcos Tobera se incorporó de improviso. Burgallo le apuntó con su arma, extremadamente nervioso.

—¡Marquitos! Siéntate y tengamos la fiesta en paz.

—Tengo ganas de mear.

—Pues aguanta hasta que paremos.

—No me da la santísima gana.

—¡Que te sientes! —Burgallo desactivó el seguro manual.

Sin inmutarse por la advertencia, el amenazado se desabrochó la bragueta frente al sargento.

—¡Ni se te ocurra hacerte aguas aquí, cacho puerco!

Trastabilló el grandón hasta la parte trasera del vehículo, desplazó la lona hacia un lateral y comenzó a regar la carretera y, a rachas, por efecto del viento, sus propios pantalones. La luz, cegadora, irrumpió dentro como una bendición.

—Más mejor abierto, sargento —apuntó Nick.

El interpelado respondió indirectamente dirigiéndose a Marquitos.

—Tenemos orden de absoluta cautela, así que acaba de mearte encima, puerco asqueroso, y vuelve a cerrar antes de sentarte.

Burgallo vigiló escrupulosamente los movimientos de Tobera, quien, antes de correr la lona, y como hacen los buceadores para sumergirse en un medio adverso, aspiró con ansia el aire de un día hermoso. El sargento tornó a la calma una vez lo hizo Marquitos, y aprovechó para dirigirse de nuevo a Matías Cabedo. Lo hizo como si estuviera ofendido con él. Probablemente lo estaba; a Burgallo parecía ofenderle el hecho de que algún corazón aparte del suyo latiese de vez en cuando alrededor.

—Ya no te doy más la tabarra, madriles. Ve a sentarte con ellos si te jode hablar conmigo. Pero no te me pases de listo, que ésta —sopesó el arma— lo mismo vale para un roto que para un descosido, y tú tampoco eres precisamente un bendito, que ya sé que casi te cargas a un comisario.

El comisario Limones, recordó Matías mientras se acomodaba junto a Tobera. Un pedazo de cabrón parecido a Burgallo, pero bastante más listo, con más poder y mucho más peligroso.

Llegó al frente de Teruel a finales de enero del treinta y ocho como soldado de transmisiones de la 215 Brigada mixta después de tres meses de adiestramiento en La Roda y Moral de Calatrava. Hasta entonces había servido en Sanidad, en aquel tren hospital donde Nelet se quedó para siempre con sonrisa de niño despistado; su experiencia en este Cuerpo durante el servicio militar, poco antes de que los generales golpistas se sublevasen, le facilitó una rápida incorporación voluntaria. Y ahí le habría gustado seguir todavía, salvando vidas. Pero a veces se cruzan en el camino circunstancias que tuercen las traviesas, que lo empinan más de lo deseable o lo dirigen hacia el borde de un barranco desde el que te despeñas sin remisión; y si no caes solo, siempre hay un codazo interesado que te ayude.

Se la jugaron. Matías Cabedo sabía que se la habían jugado, pero no quiso recordar nombres ni caras. Ahora, su pensamiento se centraba exclusivamente en Limones, el culpable directo de sus últimos trece meses, el único responsable de que a lo largo de ese interminable tiempo sus manos hubiesen arrancado a la tierra quintales de piedra, apuntalado edificios, afirmado metros y metros cuadrados de camino o transportado decenas de cajas con repuestos aeronáuticos. Este último trabajo, infrecuente ya en Los Llanos por la carencia de suministros, y a pesar de que no mostrase de él sino su valor como bestia de carga, le había permitido al menos relacionarse con la gente del aire e intervenir siquiera tangencialmente en la prodigiosa aventura de volar. Y acariciar en secreto la idea imposible de ser piloto, mecánico o algo parecido.

Volar. Y llegar a América, a esa tierra cuya noche es nuestro día y el día nuestra noche, donde los inviernos se hacen veranos y los hemisferios se disputan la hegemonía de los puntos cardinales. América, el lugar donde se palpan estrellas nunca vistas y promesas diferentes. Buenos Aires, Caracas, Río quizá, ciudades cuyos cielos son distintos y en las que los sueños pueden ser soñados bajo otras constelaciones.

Volar. Deseo imposible para un golfete de Lavapiés sin oficio ni beneficio que malamente podía sobrevivir en las lindes de la decencia social merced a las cuatro perras gordas sacadas aquí y allá con mil y un artificios inspirados por la chispa que proporciona la necesidad. Primero, comer; el después no existe: un lema mamadito desde pequeño que los años convirtieron en vicio crónico.

Volar. Pilotar un Mosca. Sentir, como decía Alejo, el mecánico de Los Llanos, que dentro de esa pequeña cajita de metal y madera de haya que ronronea como un gato gordísimo eres capaz de cualquier cosa, que tienes la tierra sobre la cabeza, o debajo de ella porque andas patas arriba, y que las nubes ya no están encima sino a tu lado, una niebla amiga que se te desliza por la carlinga a trescientos kilómetros por hora. Porque una vez has visto lo pequeñas que son las cosas ahí abajo, nunca vuelven a tener el mismo sentido que antes.

El comisario Limones disparaba a los aviones enemigos con la pistola cuando sobrevolaban su posición, y seguro que ellos también lo percibían a él pequeño e inofensivo. Era tragicómico verle, con su perilla leninista y su pipa reseca, salir corriendo del cobertizo para malgastar munición contra las barrigas plateadas de los Messer o los Chirri. Pero así era Limones: nadie sin él podía ganar la guerra; nadie excepto él tenía patente de valentía y fidelidad demostradas.

Fue Limones quien recibió a los novatos en una estación de Teruel batida por la aviación enemiga, para acompañarlos luego hasta el raso interior de la noche y arropar su sueño entre sábanas de nieve, en una vigilia de capotes atiesados como láminas de leña rugosa sobre los hombros y ejercicio físico perpetuo para no morir de frío. Al amanecer alcanzaron el frente, una larga línea norte-sur de fortificaciones que protegía el flanco este de la ciudad. Matías se integró como ayudante de transmisiones en la plana mayor de la 215, el hábitat natural de Limones. Una vida ajetreada, a partir de entonces. La ofensiva de los carlistas de Yagüe apoyada por el ejército de Marruecos hacía cada vez más difícil la defensa del casco urbano, e imposible desde que, pocas fechas antes, un batallón de la XI Brigada Internacional fuera diezmado por la artillería italiana y temperaturas de veinte grados bajo cero en el vano intento de mantener el estratégico alto de La Muela. Canadienses y norteamericanos del Batallón Mackenzie-Papineau, todos de la 35 División: el noventa por ciento murieron allí arriba, entre aquellas peñas. Los compañeros veteranos contaban en voz baja lo que habían podido escuchar de ese espeluznante sacrificio. Y ahora, al recordar aquellas narraciones mezcla de admiración y pesadumbre, Matías pensaba si el yanqui, el pelirrojo Nick que dormitaba con un ojo abierto y otro cerrado junto al inconmensurable Marquitos, no habría sufrido también entre aquellos riscos. Porque nadie puede vivir una cosa así y no volverse loco.

El comisario era un hombre nervioso; desde luego, el más nervioso en la plana mayor. Seguro que conocía la importancia de la ofensiva aragonesa, y que Teruel era un desafío, una prueba de prestigio para el Ejército Popular tras los frustrados intentos de Brunete y Belchite; y que, además, significaba oxígeno para Madrid con la dedicación de buena parte de las fuerzas rebeldes a proteger Zaragoza. Como lo sabían todos allí, desde el coronel al último zapador que salía a hacer sus trabajos de fortificación durante la noche e intentaba dormir con los combates diurnos como nana de fondo. Pero Limones era el más responsable, el hombre imprescindible de la 215 Brigada mixta. Tenía su camastro a pie del puesto central de radio, junto a los de tres o cuatro oficiales, y cuando Matías estaba de guardia nocturna, siempre encontraba algún momento para entreabrir los ojos y dedicarle sus mimos.

—¡Centralista! ¿Te has dormido?

—No, comisario.

—No te duermas, que te pego un tiro.

En su favor, en apoyo del centralista amenazado, salía siempre el teniente Gil, un joven de los que Burgallo habría clasificado a ojos cerrados como pisaverde.

—Venga, Limones, deja en paz al chico, que sabe lo que se hace.

—¡Vaya si lo sabe! Como para fiarse. Es un quintacolumnista, Gil. Y en vez de fusilarlo nos lo mandan aquí, como si no tuviéramos bastantes fachas ahí enfrente.

—Bueno, comisario, pues amonéstale mañana, coño, que no hay manera de pegar ojo.

La vida junto a Limones nunca fue aburrida. Aunque Matías estaba convencido de que si seguía allí y no en primera línea de choque era gracias al manto protector de ese teniente ecuánime y de otros como él. En la vida normal, la que se vive en las calles, uno sabe de qué pie cojea el vecino, y si te encuentras una cara nueva tardas diez minutos en calarla, poquito más que a las sandías; y si te sale verde, o sosa, le das puerta. Pero en el ejército es distinto, y hay individuos ante los cuales conviene actuar con pies de plomo diciendo «sí, señor» a la primera y guardándote la maldición para cuando des la vuelta a la esquina. Limones era uno de ellos.

En febrero, las cosas empeoraron. En vista de que el ataque directo a Teruel le costaba una sangría interminable, el ejército de Yagüe rompió el frente más al norte, en el río Alfambra, y su ofensiva desde allí tomó por detrás las fortificaciones y las convirtió en una anécdota. El repliegue y agrupamiento de fuerzas que se produjo entre las brigadas republicanas no afectó a la 215 mixta, al menos hasta mediados. Una mañana, Limones ordenó formar con máuser, munición y bayoneta calada a todos los disponibles de transmisiones, zapadores, intendencia y servicios auxiliares, y tomar posición defensiva más adelante, en lo alto de unas lomillas. Matías, como los demás implicados, se preguntó qué demonios podían hacer sesenta o setenta hombres sin experiencia directa de combate frente a la avalancha de legionarios y blindados que, de un momento a otro, irrumpirían en la vaguada. Estuvieron dos horas así, la boca seca, sudando un sudor raro y escarchado, y sin rastro de ataque, hasta que llegó la orden de regresar a sus puestos. El enemigo estaba cerca, pero no tanto. Al día siguiente, supieron que las balas de sus fusiles estaban destinadas a los propios compañeros que flaqueasen ante la ofensiva y cayeran en la tentación de retroceder.

La tarde del 18, tal vez del 19 —lo sucedido en aquellas fechas permanecía como una mancha turbia en su memoria—, la aviación enemiga atacó en oleadas continuas y, tras varias horas de apoyo artillero, su infantería tomó con escasa resistencia el cerro de La Boina, una posición estratégica próxima a la plana mayor de la Brigada y clave para la ruptura definitiva del frente y el embolsamiento de una división completa con su Estado Mayor. El Cuarto Batallón recibió la orden de recuperarlo inmediatamente con el apoyo logístico del Tercero. Matías, desde su puesto de escucha, pudo seguir el desarrollo incierto de la operación a lo largo de tres interminables horas. El capitán Frías, oficial al mando, comunicó pasadas las diez y media de la noche que la posición volvía a estar en manos leales a costa de un elevadísimo número de bajas, y que necesitaba apoyo urgente para sostenerse. Cuando avanzaba los parámetros desde donde la artillería enemiga les hostigaba, la línea quedó en silencio.

El teniente Gil se ofreció voluntario para rehabilitar la comunicación y pidió un hombre de transmisiones que le acompañase. Sólo había uno allí en ese momento y se llamaba Matías Cabedo. No le dio órdenes: le echó el brazo sobre los hombros y fueron juntos a beber unos tragos del barreño de cazalla dispuesto para ocasiones límite. «Una putada», concluía para sí Matías mientras apuraba su segundo vaso y el cuerpo se contagiaba poco a poco de aquella brasa líquida.

—Tranquilo, chico —le dijo—. Vete a por un buen rollo de esparadrapo mientras yo recojo el telefonillo. Y date prisa, que la gente del cerro nos necesita.

Pasado el tiempo, y con la perspectiva que da la rutina de lo vivido, Matías pensó cien veces en el gesto de aquel joven oficial, en la incomprensible confianza que demostró al elegirle, inexperto como era, de compañero en una aventura donde ambos se jugaban la vida.

—Tengo miedo, teniente —se atrevió a confesarle en un aparte—. Hay mucha bulla por ese cerro.

—Llevamos la ventaja de que el cielo está cubierto. Lo mismo hasta nos nieva. ¡Venga, hombre, otro brindis, éste por tu amigo Limones! —Y le palmeó la espalda con afecto y una risita cómplice.

Descendieron juntos a las entrañas lechosas de la noche para atravesar la tierra helada agarrados al hilo conductor, repasando la línea, alternándose con el peso del telefonillo, en la labor cauterizadora del esparadrapo y las decepcionantes comprobaciones. Hasta que llegó un punto en que Matías Cabedo no necesitó de las palabras de aliento del teniente Gil porque el soldado parecía poseído de un extraño frenesí que le impulsaba a seguir adelante como si recuperar esa comunicación fuese transcendental para su propia vida. A medida que se aproximaban al lugar del combate, el tendido presentaba destrozos más graves que exigían mayor perseverancia y en pésimas condiciones de trabajo; ya en el repecho, hubieron de arrastrarse interminables minutos para evitar ser delatados por el resplandor de las explosiones y convertirse directamente en objetivo de los atacantes. En los últimos metros emplearon más tiempo y cinta adhesiva que en el resto del recorrido, o eso le pareció entonces a Matías desde la subjetiva percepción de los hechos que disfruta o padece el héroe borracho de pánico, esa rara inteligencia que te permite retirar tu atención de los cadáveres que vas hallando entre el barro reventado y los gemidos de quienes, castigados por la bala o la metralla, se retuercen entre alambradas.

Cuando, largamente sobrepasada la medianoche, alcanzaron el puesto de mando, la escena era inexpresable. Poco más de cien hombres de Frías habían logrado, disputando a bayoneta los últimos metros, poner pie en el cerro; todos del Cuarto Batallón. Los del Tercero, también muy mermados, se habían hecho fuertes más abajo, a pie de loma, cubriendo el flanco. Lo visto en la falda durante la comprometida ascensión no era sino un benigno avance de la realidad. Bajo el intermitente fogonazo de obuses y bengalas, como en macabras fotografías tomadas al azar en la cima y en las laderas, aparecían unos sobre otros decenas de cuerpos, entremezclados miembros y uniformes en aquel paisaje de cráteres y huesos humeantes. No hubo ocasión de recoger los cadáveres, ni propios ni enemigos, antes de que comenzara la contraofensiva, y ahora yacían sobre la tierra triturada hermanados todos en la muerte, sirviendo de involuntario parapeto a quienes peleaban arriba para sobrevivir; «por poco tiempo», aseguró Frías al comprobar que su trabajo de reparación no había servido de nada: o lo hicieron mal o alguna explosión había vuelto a destrozar la línea. Ya no tenían comunicación ni siquiera con el Tercer Batallón, medio kilómetro al sur.

Bajo el tableteo de las ametralladoras, el capitán Frías explicó con absoluta franqueza la situación: o recibían de inmediato unidades de refresco y apoyo artillero o el cerro caería de nuevo, porque, antes o después, no quedaría un soldado republicano vivo para impedirlo. El teniente Gil le solicitó datos por escrito sobre la posición de las baterías enemigas y entregó el informe a Matías.

—No creo que tengan cazalla por aquí —bromeó—, así que te las vas a apañar con la que llevas dentro. Olvídate del telefonillo y de la línea, corre al puesto de mando lo más deprisa que puedas y entrégales estos datos.

—¿Yo solo?

—No me seas cagueta. Estos compañeros me necesitan más que tú. Con tu permiso, mi capitán.

Frías se encogió de hombros aceptando el insólito refuerzo y rellenó una segunda nota para Matías.

—De camino —le dijo—, pasa por el Tercero y preséntales este despacho en mi nombre. Si se incorporan a la cima podremos aguantar un poco más.

Matías Cabedo emprendió el regreso con la convicción de que era un acto inútil, tan inútil como el gesto del teniente sacando pecho ante un enemigo letal, considerablemente superior en número y armamento. Enfrentarse solo a la oscuridad con el aullido de los morteros alrededor no fue lo más terrible, sin embargo. Una vez descendió la colina y llegó a las posiciones del batallón de apoyo, Matías estuvo a punto de desistir, de rendirse, de tumbarse en el suelo y gritar. La muerte deja un amargor concreto cuando se lleva a un amigo, a un ser querido: es una muerte cercana, casi propia, que duele y hace llorar. Pero la muerte anónima y masiva produce horror, miedo de los muertos y de los vivos, y una lágrima negra, sólo una aunque enorme, se atraviesa en la garganta y tienes que gritar muy fuerte para sacártela de dentro. Nada más que cadáveres quedaban allí: cadáveres en primera línea, en el puesto de mando, cadáveres abandonados sobre camillas en la posición de Sanidad. Iguales todos, velados por el viento crudo de la noche y el incansable tiroteo sobre el cerro. Para siempre la muerte atravesada en la garganta. Alcohol ponzoñoso de trago largo, inacabable, un futuro que ya nunca será inocente. El estigma de Caín en los bolsillos para el resto de la vida.

Corrió Cabedo en busca de hombres vivos con sus dos papeles en el bolsillo, uno ya inservible, y agarrado al cable telefónico como un ciego a su bastón para no extraviarse. Corrió en busca de un cobijo, de un trago de cazalla, quién sabe si de órdenes claras que pusiesen un poco de sentido en su mente malherida. Corrió, hasta que un resbalón le arrastró por un invisible terraplén. Cuando, sobreponiéndose a un agudo dolor de espalda, intentaba incorporarse, comenzó a nevar y le vino tontamente a la memoria la predicción al respecto del teniente Gil, y luego la imagen del propio teniente diciendo con toda naturalidad que se quedaba allá arriba. Con los copos aterrizando sobre su cara se preguntó qué tendrá el infierno para ejercer ese atractivo mortal sobre algunos hombres, y qué tendrán algunos tipos para escoger siempre el camino más difícil. Y decidió que le habría gustado conocer a ese chaval, sin uniforme, un domingo de verano madrileño tomando unos tintos con gaseosa en la Ronda o marcándose unos bailes en la verbena, y alternar con él por las casetas, o tontear juntos con un par de chicas bien de la calle Serrano. Se sorprendió de sus propios pensamientos, tan parecidos a los que elaboraba tiempo atrás sobre el pobre Nelet, y, sin atreverse a aceptar que la amistad pueda existir, apartó de sí al teniente Gil en el mismo instante en que se descubría sentado al pie de un repecho, encogido sobre sí mismo y aterido bajo el peso insignificante de un mantillo blanco que le atrapaba con la voracidad de un sepulcro.

Había perdido la noción del tiempo, y muchas cosas parecían distintas desde que eso sucedió. La primera, que había dejado de nevar. La segunda, y le aterró ese repentino descubrimiento, el silencio, un tétrico silencio dominándolo todo, extendiéndose como un fantasma de seda por el vacío, un silencio que venía a anunciar, una vez más, la muerte. Husmeando en la oscuridad buscó el cerro de La Boina, pero ya no había explosiones que orientaran, disparos que dirigiesen la atención hacia punto alguno. Se maldijo por el tiempo perdido y, renqueante, reanudó la marcha intentando convencerse de que nada de cuanto él hubiese hecho habría cambiado el desenlace. Demasiada responsabilidad para un hombre solo. Demasiada sangre para una sola noche.

La tercera cosa que había cambiado era, naturalmente, la hora. El alba le sorprendió de camino, muy lejos todavía de sus posiciones. Y no bien el cielo mudó de negro a gris marengo, se rasgó la calma y comenzó un endemoniado fuego artillero sobre las alturas adonde se dirigía. Aguantó unos minutos protegido entre los brazos nevados de una hoya hasta que fue capaz de tomar una decisión: caminar hacia el sur evitando la línea de avance enemiga.

Las dos horas siguientes fueron de continuos sobresaltos, vividas con la ang

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