La guía de la Hermandad de la Daga Negra

J.R. Ward

Fragmento

 indice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Agradecimientos

I. Padre mío

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Epílogo

II. Los expedientes de la Hermandad

Su Alteza Real Wrath, hijo de Wrath

Rhage, hijo de Tohrture

Zsadist, hijo de Ahgony

Dhestroyer, descendiente de Wrath, hijo de Wrath

Vishous, hijo del Sanguinario

Phury, hijo de Ahgony

III. Para escritores

Consejos y preguntas más frecuentes

IV. Propuesta para la serie de la Hermandad de la Daga Negra

Propuesta para la serie de la Hermandad de la Daga Negra

Amante oscuro

V. Escenas suprimidas

Escenas suprimidas

VI. Divertimentos

Divertimentos

Amante oscuro

Amante eterno

Amante despierto

Amante confeso

Amante desatado

Amante consagrado

VII. Los hermanos en el muro

Los hermanos en el muro de mensajes

VIII. Fragmentos de vida en el muro

Fragmentos de vida

Noche de cine

Wrath y el abrecartas

Sobre la naturaleza de Phury

La entrevista que nunca tuvo lugar

IX. Preguntas y respuestas con J.R.

Preguntas y respuestas con la WARDen

X. Cronología de la Hermandad

Cronología de la Hermandad de la Daga Negra

XI. La lengua antigua

XII. Los hermanos entrevistan a J.R.

La entrevista de la Hermandad

XIII. In memoriam

In memóriam

Notas

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

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A los hermanos

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Agradecimientos

 

 

 

 

MI GRATITUD PARA:

 

Kara Cesare, sin quien todo este asunto de la Hermandad de la Daga Negra no habría podido llegar tan lejos como ha llegado. Tú eres la campeona y la animadora y el cerebro de todo lo que hago… y suspendo los elogios aquí porque si no este libro sería más largo que el de Phury.

 

Todo el personal de New American Library, en especial para:

Claire Zion, Kara Welsh y Leslie Gelbman, Craig Burke y Jodi Rosoff, Lindsay Nouis, el gran Anthony y la maravillosa Rachel Granfield, que maneja con tanta elegancia mis manuscritos de diez kilos.

 

Steve Axelrod, que es el capitán de mi barco.

 

Inmensos agradecimientos para la Incomparable Suzanne Brockmann (le estoy mandando hacer una banda con esa leyenda y una corona llena de brillantes), Christine Feehan (cuyo obelisco estoy construyendo mientras hablamos) y su maravillosa familia (Domini, Manda, Denise y Brian), Sue Grafton, alias Mamá Sue, Linda Francis Lee, Lisa Gardner y todos mis otros amigos escritores.

 

Una vez más, un inmenso agradecimiento para los mejores equipos dentales del mundo: Scott A. Norton, DMD, MSD y Kelly Eichler, junto con Kim y Rebecca y Crystal; y David B. Fox, DMD y Vickie Stein.

D. L. B., que es el mejor chico corrector dental del mundo, y también el más apuesto, te quiere, Mamá.

N. T. M., de quien fue toda la idea de esta Guía secreta y que trabajó tanto en ella y cuya gentileza sólo es superada por su paciencia y su sentido del humor.

 

Dr. Jessica Andersen, mi socia crítica y mi confidente y compañera de lucha.

LeElla Scott, a esta altura ya tienes demasiados sobrenombres para enumerarlos. Así que sólo mencionaré el más importante: la Mejor.

Y la mamá de Kaylie, que sigue siendo mi ídolo.

 

Como siempre, gracias a Mamá, Boat y Boo.

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Uno

 

 

 

 

Entonces, Bella tiene buen aspecto.

En la gran mesa de la cocina de la Hermandad, Zsadist agarró un cuchillo, sostuvo con la otra mano una lechuga romana y comenzó a cortar trozos pequeños, de dos o tres centímetros.

—Sí, así es.

Le caía bien la doctora Jane. Demonios, estaba en deuda con ella. Pero de todas formas tuvo que hacer un esfuerzo para mantener los buenos modales: sería muy feo arrancar la cabeza a una hembra que no sólo era la shellan de su hermano, sino que había salvado al amor de su vida cuando estaba en trance de desangrarse en la mesa de partos.

—Se ha recuperado muy bien en los últimos dos meses. —La doctora Jane observaba a Zsadist desde la mesa que estaba enfrente, con el maletín de Marcus Welby, doctor en medicina al lado de su fantasmagórica mano—. Y Nalla está progresando mucho. Joder, los bebés vampiros se crían mucho más rápido que los humanos. Desde el punto de vista cognitivo, es como si tuviera nueve meses.

—Las dos están muy bien, sí. —Zsadist seguía cortando, moviendo la mano arriba y abajo, abajo y arriba. Al otro lado del filo del cuchillo, las hojas de lechuga saltaban y parecían entorchados verdes.

—Y, ¿cómo te va a ti con la novedad de ser padre?

—¡Mierda!

Al tiempo que soltaba el cuchillo, Zsadist lanzó una maldición y levantó la mano que tenía sobre la lechuga. El corte era profundo, hasta el hueso, y la sangre, intensamente roja, manaba profusamente y se escurría por la piel.

La doctora Jane se le acercó.

—Espera, acércate al fregadero.

Lo notable fue que ella no lo tocó ni trató de empujarlo hacia el fregadero; sólo se quedó allí y apuntó con el dedo hacia la llave del agua.

A pesar de que había hecho algunos progresos, a Zsadist seguía sin gustarle que la gente le pusiera las manos encima, excepto Bella. Ahora, si el contacto era inesperado, al menos ya no reaccionaba llevándose la mano al arma que tenía escondida y matando a quien se hubiese atrevido a tocarlo.

Cuando estuvieron frente al fregadero, la doctora Jane abrió toda la llave y la empujó hacia atrás, de manera que empezó a salir un chorro de agua caliente.

—Mételo debajo —dijo.

Zsadist estiró el brazo y metió el pulgar debajo del agua caliente. La herida le dolía horriblemente, pero ni siquiera hizo una mueca de dolor.

—Déjame adivinar lo que ha ocurrido. Bella te pidió que vinieras a hablar conmigo.

—No. —Al ver que él le clavaba los ojos, la buena doctora negó con la cabeza—. Sólo las examiné a ella y a la recién nacida. Nada más.

—Perfecto. Porque yo estoy bien.

—Tenía el presentimiento de que ibas a decir eso. —La doctora Jane cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con unos ojos que lo hicieron desear que hubiese un muro de ladrillo entre los dos. Ya estuviera en estado sólido o fuera transparente, como ocurría ahora, cuando aquella hembra te miraba así, tú te sentías como si estuvieras en medio de una tormenta de arena. No era de extrañar que ella y V se entendieran tan bien.

—Bella sí mencionó que hace tiempo que no te alimentas como es debido, es decir, de su vena.

Z se encogió de hombros.

—Nalla necesita más que yo lo que el cuerpo de Bella puede producir.

—Pero no tiene por qué haber exclusividad. Bella es joven, está muy bien de salud y tiene muy buenos hábitos alimentarios. Tiene para los dos. Y, además, te lo debe, tú sí la has dejado alimentarte de ti.

—Por supuesto. Y lo volvería a hacer. Haré por ella cualquier cosa. Por ella y la pequeña.

Hubo un largo silencio, luego la doctora Jane lo rompió.

—¿No te gustaría hablar con Mary?

—¿Sobre qué? —Zsadist cerró la llave del agua y se sacudió la mano sobre el lavaplatos—. Sólo porque respeto las exigencias de mi shellan, ¿crees que necesito un loquero? ¿Qué demonios te pasa?

Arrancó una toalla de papel del rollo que colgaba de un soporte incrustado en la pared, debajo de los armarios, y se secó la mano.

—¿Para quién es la ensalada, Z? —preguntó la doctora.

—¿Qué?

—La ensalada. ¿Para quién es?

Zsadist sacó el cubo de la basura y arrojó la toalla.

—Para Bella. Es para Bella. Mira, no te ofendas, pero…

—¿Y cuándo fue la última vez que comiste?

Zsadist levantó las manos como queriendo decir «ya está bien, no más, ¡por el amor de Dios!».

—Suficiente. Ya sé que tus intenciones son buenas, pero yo me exalto con facilidad y lo último que necesitamos es que Vishous se enfurezca conmigo porque te he dado una bofetada. Entiendo tu punto…

—Mira tu mano.

Zsadist bajó la mirada. La sangre seguía chorreando desde la yema del pulgar hacia la muñeca y el antebrazo. Si no hubiese tenido puesta una camiseta de manga corta, la sangre se habría almacenado en la parte anterior del codo. Pero en lugar de eso estaba goteando sobre las baldosas de terracota.

La voz de la doctora Jane resonó con irritante neutralidad y su lógica resultó ofensivamente acertada:

—Tú tienes un oficio peligroso, en el cual dependes de que tu cuerpo haga cosas que te mantengan a salvo. ¿No quieres hablar con Mary? Bien, allá tú. Pero tienes que hacer ciertas concesiones físicas. Ese corte ya debería haberse cerrado. Pero no lo ha hecho y te apuesto lo que quieras a que va a seguir sangrando durante una o dos horas más, porque no estás en forma. —La doctora Jane sacudió la cabeza—. La cosa es así: Wrath me nombró médica particular de la Hermandad. Si sigues saltándote las comidas y sin alimentarte ni dormir como es debido, y de esa forma perjudicas tu rendimiento laboral, te sacaré del juego, te daré de baja.

Z se quedó mirando las gotas de líquido rojo brillante que brotaban de la herida. La hemorragia pasaba por encima de la banda negra de esclavo, de dos centímetros de anchura, que le habían tatuado en la muñeca hacía casi doscientos años. Tenía otra en el otro brazo y otra más alrededor del cuello.

Entonces alargó el brazo y arrancó otra toalla de papel. La sangre se limpiaba con facilidad, pero no había manera de borrar la marca que su maldita Ama le había hecho. La tinta había impregnado el tejido y había sido puesta allí para mostrar que él era una propiedad, un objeto que se podía usar, y no un individuo que mereciera vivir su vida libremente.

Sin tener ninguna razón en particular, Zsadist pensó en la piel de bebé de Nalla, tan increíblemente suave e inmaculada. Todo el mundo había notado lo suave que era. Bella. Todos sus hermanos. Todas las shellans de la casa. Era una de las primeras cosas que comentaban cuando la alzaban en brazos. Eso y el hecho de que era como una almohadilla, algo que invitaba a darle abrazos.

—¿Alguna vez has pensado en pedir que te quiten esos tatuajes? —preguntó la doctora Jane con voz suave.

—No se pueden quitar —respondió Zsadist con brusquedad, al tiempo que dejaba caer la mano—. La tinta es permanente.

—Pero, ¿alguna vez lo has intentado? Hoy en día hay láseres que…

—Será mejor que vaya a ponerme algo en esta herida, para poder terminar aquí. —Zsadist agarró otra toalla de papel—. Necesito un poco de gasa y esparadrapo…

—Tengo de eso en mi maletín. —Jane dio media vuelta para dirigirse a la mesa—. Tengo todo lo que…

—No, gracias. Yo me ocuparé del asunto.

La doctora Jane se quedó mirándolo fijamente.

—No me importa que seas independiente. Pero la estupidez sí me parece abominable. ¿Te queda claro? Puedo retirarte de la circulación en cualquier momento.

Si ella fuera uno de sus hermanos, seguro que Zsadist habría enseñado los colmillos y le habría gruñido. Pero no podía hacerle eso a la doctora Jane, y no sólo porque fuera una hembra. El problema era que no había manera de discutir con ella, pues sus palabras sólo eran la expresión de una opinión médica objetiva.

—¿Está claro? —repitió la doctora Jane, sin dejarse intimidar por la ferocidad de la expresión de Zsadist.

—Sí. Está claro.

—Bien.

 

—Tiene esas pesadillas… Dios, las pesadillas.

Bella se inclinó y metió el pañal sucio dentro del cubo de la basura. Al levantarse, agarró otro pañal del compartimento correspondiente del cambiador y sacó el talco y las toallitas húmedas. Luego agarró los tobillos de Nalla, tiró hacia arriba hasta levantar el diminuto trasero de su hija, la limpió rápidamente con una de las toallitas húmedas, le echó un poco de talco y por último deslizó el pañal limpio por debajo y lo acomodó en el centro.

Desde el otro extremo del cuarto, Phury le habló en voz baja.

—¿Pesadillas de sus días de esclavo de sangre?

—Me imagino. —Bella dejó caer suavemente el trasero limpio de Nalla sobre el pañal y fijó las cintas en su lugar—. Pero la verdad es que nunca ha querido hablarme del asunto.

—¿Ha estado comiendo bien últimamente? ¿Toma sangre de las venas?

Bella negó con la cabeza, mientras cerraba los botones del vestidito de Nalla. La prenda era rosa y tenía una calavera blanca y unos huesos cruzados bordados encima.

—Come mal y ha dejado de alimentarse de la vena. Es como si… No lo sé, el día que Nalla nació, Zsadist parecía tan maravillado y feliz… Pero luego fue como si hubiesen pulsado en él una especie de interruptor y se cerró por completo. Está casi tan mal como al principio. —Bella se quedó mirando a Nalla, que le estaba dando golpecitos al bordado que tenía en el pecho—. Siento haberte pedido que vinieras hasta aquí, pero no sé qué hacer.

—Me alegra que me hayas llamado. Siempre acudiré a la llamada de vosotros dos, tú lo sabes.

Mientras apoyaba a Nalla sobre su hombro, Bella dio media vuelta. Phury estaba recostado contra la pared color crema del cuarto y su cuerpo enorme interrumpía la visión del diseño de conejitos, ardillas y ciervos pintados a mano.

—No quisiera ponerte en una situación difícil, ni alejarte de Cormia innecesariamente.

—Está bien, de verdad. —Phury sacudió la cabeza y su melena multicolor brilló con la luz—. Si no he dicho nada es porque estoy tratando de pensar qué es lo mejor que podemos hacer. Hablar con él no siempre es la mejor solución.

—Cierto. Pero ya se me están agotando las ideas y la paciencia. —Bella dio unos pasos y se sentó en la mecedora, mientras acomodaba a Nalla entre sus brazos.

Los hermosos ojos amarillos de Nalla miraron fijamente desde su carita de ángel y había una expresión de reconocimiento en su mirada. Sabía exactamente quién estaba con ella… y quién no. Desde hacía más o menos una semana ya reconocía a la gente. Y eso lo había cambiado todo.

—Zsadist nunca la abraza, Phury. Ni siquiera la tiene en brazos un minuto.

—¿De verdad?

Las lágrimas que inundaron sus ojos hicieron que la cara de la pequeña se volviera borrosa.

—Maldición, ¿cuándo se me pasará esta maldita depresión posparto? Me paso el día llorando.

—Espera, ¿nunca la ha tenido en sus brazos? ¿No la saca de la cuna ni…?

—No la toca. Mierda, ¿me pasas un pañuelo? —Cuando la caja de pañuelos de papel entró en su campo de visión, Bella sacó uno y se secó los ojos—. Estoy hecha un desastre. En lo único en lo que pienso es en que Nalla se va a pasar la vida preguntándose por qué su papá no la quiere. —Lanzó una maldición, mientras las lágrimas seguían brotando—. Ya lo sé, es ridículo.

—No, no es ridículo —dijo Phury—. En verdad, no lo es.

Phury se arrodilló, mientras mantenía la caja de pañuelos frente a Bella. Curiosamente, Bella notó que la caja tenía la imagen de un sendero bordeado por frondosos árboles, que se extendían hacia lo lejos. A cada lado, unos arbustos de flores color magenta daban la impresión de que los arces llevaban tutús de ballet.

Bella se imaginó caminando por ese sendero… hacia un lugar que era mucho mejor que el sitio donde estaba en ese momento.

Entonces sacó otro pañuelo de papel.

—La cosa es que yo crecí sin padre, pero al menos tenía a Rehvenge. No me puedo imaginar lo que es tener un papá vivo, pero que está como muerto para ti. —Haciendo un gorjeo, Nalla bostezó y resopló, mientras se restregaba la cara con el dorso de la mano—. Mírala. Es tan inocente. Y responde tan bien al amor que se le da… Quiero decir que… Ay, por Dios, voy a comprar acciones en Kleenex.

Con un resoplido de impaciencia, Bella sacó otro pañuelo de papel. Para evitar mirar a Phury mientras se secaba los ojos, dejó que su mirada deambulara por la alegre habitación, que había sido un vestidor antes del nacimiento de Nalla. Ahora se había transformado en una habitación infantil, a cuyo alrededor giraba la familia, con la mecedora de pino que Fritz había fabricado con sus propias manos y el cambiador que le hacía juego, y la cuna, que aún estaba adornada con ramos de cintas de colores.

Cuando su mirada aterrizó en la biblioteca a ras del suelo, con todos aquellos libros grandes y gruesos, Bella se sintió todavía peor. Los hermanos y ella eran los que le leían a Nalla, quienes sentaban a la niñita en el regazo y abrían esos libros llenos de colores brillantes, y le recitaban rimas y poemas.

Su padre nunca lo hacía, aunque Z había aprendido a leer hacía ya casi un año.

—No habla de ella como su hija. Es mi hija. Para él, ella es mía, no nuestra.

Phury bufó con irritación.

—Te juro que estoy tratando de contenerme para no ir a darle una paliza ahora mismo.

—No es culpa de él. Quiero decir que después de todo lo que tuvo que pasar… yo tenía que esperar algo así, supongo. —Bella se aclaró la garganta—. Me refiero a que todo esto del embarazo no fue planeado y me pregunto… si tal vez él me guarda algún rencor y se arrepiente de que Nalla haya nacido.

—Tú eres su milagro. Y lo sabes.

Bella sacó más pañuelos y sacudió la cabeza.

—Pero ya no se trata sólo de mí. Y no voy a criarla aquí si él no puede hacer las paces con nosotras dos… Lo voy a abandonar.

—Vamos, creo que eso es un poco prematuro…

—Nalla está comenzando a reconocer a las personas, Phury. Está empezando a entender que él la ignora, la margina. Y Z ya ha tenido tres meses para hacerse a la idea. Con el tiempo ha ido a peor, no a mejor.

Mientras Phury lanzaba una maldición, Bella levantó la mirada hacia los brillantes ojos amarillos del gemelo de su hellren. Dios, aquel color era el mismo que brillaba en el rostro de su hija, así que no había manera de mirar a Nalla sin pensar en su padre. Y aun así…

—De verdad —dijo Bella–, ¿cómo van a ser las cosas de aquí a un año? No hay nada más triste, no hay mayor sensación de soledad que la que provoca dormir al lado de alguien a quien extrañas, como si se hubiese marchado. O tener a alguien así por padre.

Nalla estiró sus gordas manitas y agarró uno de los pañuelos de papel.

—No sabía que estabas aquí.

Bella miró enseguida hacia la puerta. Zsadist estaba en el umbral, con una bandeja en las manos, en la que llevaba un plato de ensalada y una jarra de refresco de limón. Tenía una venda blanca en la mano izquierda y cara de «no-me-preguntes-qué-pasó».

De pie en el umbral, en el extremo del cuarto, se veía exactamente igual al hombre del que ella se había enamorado y con el que se había apareado: un gigante con la cabeza rapada y una cicatriz que le partía en dos la cara, bandas de esclavo en las muñecas y el cuello y un par de aros en los pezones, que se adivinaban debajo de la ceñida camiseta negra.

Bella recordó la primera vez que lo vio, cuando golpeaba un saco de arena en el gimnasio del centro de entrenamiento. Movía vertiginosamente los pies, sus puños golpeaban a más velocidad de la que los ojos podían percibir y la bolsa se sacudía a causa de los golpes. Y entonces, sin detenerse ni un instante, había desenfundado una daga negra que llevaba en el arnés del pecho y había apuñalado la bolsa que estaba golpeando, cortando el cuero y haciendo que el relleno se desparramara por todas partes, como si fueran los órganos vitales de un restrictor.

Bella había llegado a descubrir en él algo más que un guerrero feroz. Esas manos también eran capaces de transmitir una gran ternura. Y aquella cara marcada, con el labio superior partido en dos, le había sonreído y la había mirado con amor.

—Vine a ver a Wrath —dijo Phury, al tiempo que se ponía de pie.

Los ojos de Z se clavaron entonces en la caja de pañuelos que su gemelo tenía en las manos y luego en el revoltijo de papeles sucios que Bella tenía en la mano.

—¿De veras?

Mientras entraba y ponía la bandeja sobre la cómoda en la que guardaban la ropa de Nalla, no miró a su hija. Ella, sin embargo, se dio cuenta de que él estaba en la habitación. Volvió la diminuta cara en su dirección, con sus tiernos ojos desenfocados, en actitud de súplica, y los bracitos regordetes tendidos hacia él.

Z dio un paso atrás y salió de nuevo al pasillo.

—Que te vaya bien en tu reunión. Yo me voy de cacería.

—Te acompaño a la puerta —dijo Phury.

—No tengo tiempo. Nos vemos después. —Los ojos de Z se clavaron en los de Bella por un momento—. Te amo.

Bella abrazó a Nalla con más fuerza.

—Yo también te amo. Cuídate.

Z asintió una vez con la cabeza y se marchó.

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Dos

 

 

 

 

Al despertar en medio de un ataque de pánico, Zsadist trató de controlar su respiración y descubrir dónde se encontraba, pero sus ojos no eran de mucha ayuda. Todo estaba oscuro… se hallaba envuelto en una oscuridad densa y fría que, forzara lo que forzara los ojos, no podía atravesar. Podía estar en cualquier sitio, en una habitación, en medio del campo… en un calabozo.

Le había ocurrido lo mismo muchas, muchas veces. Durante los cien años que fue esclavo de sangre se había despertado en medio de una oscuridad aterradora, preguntándose qué le irían a hacer y quién se lo haría. ¿Y después de ser liberado? Las pesadillas lo hacían despertarse con la misma sensación.

En ambas circunstancias era horrible, y el pánico que se apoderaba de él no le aportaba nada. Cuando era una propiedad más de su Ama, el hecho de preocuparse por el quién, el qué y el cuándo resultaba inútil. El abuso siempre era inevitable, ya estuviera boca arriba o boca abajo sobre la plataforma que constituía su cama: siempre se servían de él hasta que ella y sus sementales quedaban satisfechos; luego era abandonado a su suerte, degradado, y, chorreando fluidos por todas partes, solo en su prisión.

¿Y ahora, con las pesadillas? El hecho de despertarse con el mismo terror que sentía cuando era esclavo sólo servía para revivir los horrores pasados que su subconsciente insistía en guardar.

Al menos… pensaba que estaba soñando.

El verdadero pánico se apoderó de él cuando se preguntó qué oscuridad era la que lo envolvía. ¿Acaso era la oscuridad del calabozo? ¿O se trataba de la oscuridad de la habitación que compartía con Bella? Zsadist no lo sabía. Las dos parecían iguales cuando no había referentes visuales que pudiera identificar y sólo se oían los latidos de su propio corazón retumbándole en los oídos.

¿La solución? Zsadist trató de mover los brazos y las piernas. Si no estaba encadenado, si no tenía grilletes en las extremidades, lo único que estaba ocurriendo era que su mente seguía atrapada en sus obsesiones, que el pasado seguía proyectando las garras a través del sucio barro de los recuerdos y se aferraba a él con fiereza. Pero mientras pudiera mover los brazos y las piernas entre sábanas limpias, todo estaba bien.

Correcto. Era hora de mover brazos y piernas.

Los brazos. Las piernas. Tenía que moverse.

Vamos, muévete.

Ay, Dios… maldición, muévete.

Pero sus extremidades no se movieron ni un milímetro, y en medio de la parálisis de su cuerpo, las garras de la verdad lo destrozaron. Se encontraba en medio de la húmeda oscuridad del calabozo de su Ama, con gruesos grilletes de acero que lo encadenaban de espaldas a la plataforma. Ella y sus amantes llegarían en cualquier momento y le harían todo lo que quisieran, ensuciando su piel y contaminando sus entrañas.

Zsadist dejó escapar un gemido. El patético sonido vibró desde el fondo de su pecho y se abrió paso hasta la boca; lo emitió como si se sintiera aliviado de liberarse de él. El verdadero sueño era Bella y él vivía sumido en la pesadilla.

Bella era el sueño…

Los pasos se aproximaban desde las escaleras ocultas que bajaban desde los aposentos de su Ama, y el eco se volvía cada vez más fuerte. Y por la escalera de piedra resonaban los pasos de varios individuos.

Con un terror animal, sus músculos se apretaron contra el esqueleto, luchando con desesperación por liberarse de los mancillados límites de esa carne que estaba a punto de ser acariciada, invadida y usada. La cara se le llenó de sudor, el estómago se apretó y la bilis preparó una vez más el asalto por el esófago hasta la base de la lengua…

Alguien estaba llorando.

No… mejor, aullando.

Se oía el llanto de un bebé que provenía del rincón del calabozo.

Zsadist suspendió la lucha un momento, mientras se preguntaba qué estaría haciendo un bebé en ese lugar. Su Ama no tenía hijos, ni él la había visto nunca embarazada en los años que llevaba en su poder…

No… espera… él era el que había traído al bebé allí. La que lloraba era su pequeña… y el Ama iba a encontrarla en cualquier momento. Iba encontrar al bebé y… Ay, Dios.

Él tenía la culpa. Él había llevado a la criatura allí.

Saca a la niña. Saca a la niña…

Z cerró los puños y enterró los codos en la cama-plataforma para incorporarse, recurriendo a cada gramo de energía que le quedada. Y entonces la fuerza surgió también de otros lugares, además del cuerpo; nació de la voluntad. Con un esfuerzo gigantesco…

No pudo hacer absolutamente nada. Los grilletes cortaron la piel de las muñecas y los tobillos hasta clavarse en los huesos, de manera que la sangre se mezcló con el sudor frío que cubría su cuerpo.

Cuando la puerta se abrió, la pequeñita estaba llorando y él no podía salvarla. El Ama iba a…

 

De repente sintió una luz que lo envolvió y lo arrancó del sueño hasta despertarlo del todo.

Zsadist se encontró junto a su cama matrimonial, después de salir expulsado de ella como si alguien le hubiese dado una patada, y estaba en posición de combate, con los puños a la altura del pecho, los hombros convertidos en corazas de acero y los muslos listos para saltar.

Bella se alejó lentamente de la lámpara que acababa de encender, como si no quisiera asustarlo.

Zsadist miró a su alrededor, abarcando toda la habitación. Como siempre, no había nadie con quien pelear, pero de todas maneras había despertado a todo el mundo. En la esquina, Nalla estaba en la cuna llorando y su amada shellan se había despertado muerta de miedo gracias a él. Otra vez.

Allí no había ningún Ama. Tampoco estaba ninguno de sus consortes. No había celda ni cadenas que lo ataran a una plataforma.

El bebé no estaba en el calabazo. Él tampoco.

Bella se levantó de la cama y se acercó a la cuna, de donde sacó a Nalla, que tenía la carita roja y estaba dando alaridos. La niña, sin embargo, no quería aceptar los mimos que le ofrecía su madre. Tendía sus bracitos hacia Zsadist, mientras reclamaba a gritos a su padre.

Bella esperó un momento, como si tuviera la esperanza de que esta vez fuera diferente y Zsadist se acercara para tomar a su hija entre sus brazos y ofrecerle el consuelo que la niña le reclamaba con tanta claridad.

Pero Z retrocedió hasta que sus hombros tocaron la pared. Llevaba los brazos cruzados sobre el pecho.

Bella dio media vuelta y le susurró algo a su hija, mientras pasaba con ella al cuarto contiguo. La puerta, al cerrarse, acalló los gritos de la niña.

Z se deslizó por la pared, hasta que su trasero tocó el suelo.

—Mierda.

Se restregó la cabeza rapada varias veces y luego dejó que sus manos colgaran de las rodillas. Después de un momento se dio cuenta de que estaba sentado como solía hacerlo en aquel calabozo, años atrás, con la espalda contra la pared que miraba hacia la puerta, las rodillas dobladas y el cuerpo desnudo y tembloroso.

Zsadist clavó la mirada en las bandas de esclavo que tenía en las muñecas. Tenían un color negro tan intenso que parecían sólidas, como los grilletes de acero que solían ponerle.

Después de quién sabe cuánto tiempo, se abrió la puerta que daba a la habitación de Nalla, y Bella regresó con la niña. La pequeña se había vuelto a dormir, pero de todas maneras Bella la acostó en la cuna con mucho cuidado, como si fuera una bomba que pudiera estallar en cualquier momento.

—Lo siento —dijo Zsadist en voz baja, mientras se frotaba las muñecas.

Bella se puso una bata y se dirigió a la puerta que salía al pasillo. Cuando puso la mano sobre el picaporte, se volvió y lo miró con ojos distantes.

—Ya no puedo seguir tolerando esto.

—Siento mucho que tenga estas pesadillas…

—Estoy hablando de Nalla. Ya no puedo tolerar que sigas rechazándola… ya no puedo seguir diciendo que lo entiendo, que las cosas van a mejorar y que voy a tener paciencia. El hecho es que ella es tan hija tuya como mía y me destroza verte alejándote de ella. Ya sé que pasaste por muchas cosas y no quiero ser cruel, pero… para mí ahora todo es diferente. Tengo que pensar en lo que sea mejor para ella. Tener un padre que no la toca, ciertamente no es bueno.

Z abrió las dos manos y se quedó mirándose las palmas, como si estuviera tratando de imaginarse la sensación de abrazar a su hija.

Las bandas de esclavo le parecían inmensas. Enormes… y contagiosas.

No era que no quisiera tocar a su hija, pensó. Era que no podía hacerlo.

La cuestión era que si abrazaba a Nalla y la consolaba y jugaba con ella y le leía cuentos, eso querría decir que aceptaba ser su padre… y no tenía nada agradable que legar a su hija. La hija de Bella merecía algo mejor que eso.

—Necesito que decidas qué quieres hacer —dijo Bella—. Si no puedes ser su padre, te voy a abandonar. Ya sé que parece muy cruel, pero… tengo que pensar en lo mejor para ella. Yo te amo y siempre te amaré, pero ya no se trata sólo de mí.

Por un momento Zsadist pensó que no había oído bien. ¿Abandonarlo?

Bella salió al corredor de las estatuas.

—Voy a por algo de comer. No te preocupes por ella… enseguida vuelvo.

Salió rápido y cerró la puerta sin hacer ruido.

 

Cuando se hizo de noche, cerca de dos horas después, la forma silenciosa en que esa puerta se había cerrado, con tanto sigilo, seguía resonando en la cabeza de Z.

De pie frente a su armario lleno de camisas negras, pantalones de cuero y botas de combate, trató de descubrir sus intenciones más íntimas, rebuscando en el laberinto de sus emociones.

Claro que quería superar el bloqueo anímico que tenía en la relación con su hija. Claro que quería hacerlo.

Sólo que era imposible: lo que le habían hecho sucedió hacía ya mucho tiempo, es cierto, pero lo único que tenía que hacer era mirarse las muñecas para ver que todavía estaba manchado por todo aquello… y no quería que toda aquella mierda estuviera cerca de Nalla. Al comienzo de su relación con Bella, se había sentido más o menos igual, pero había logrado superar el bloqueo con su shellan; el problema era que con la pequeña las implicaciones eran todavía más serias: Z era la encarnación de la horrible crueldad que existía en el mundo y él no quería que su hija supiera que existían semejantes abismos de depravación, y mucho menos deseaba exponerla a sus efectos posteriores.

Mierda. ¿Qué demonios iba a hacer cuando ella tuviera edad suficiente para mirarlo a la cara y preguntarle por qué tenía esas cicatrices y cómo se las había hecho? ¿Qué iba a hacer cuando su hija quisiera saber por qué tenía bandas negras tatuadas en la piel? ¿Qué iba a responder su tío Phury cuando ella le preguntara por qué le faltaba una pierna?

Z agarró una camisa y unos pantalones de cuero y luego se puso el arnés del pecho en que llevaba las dagas y abrió el armero. Escogió un par de SIG Sauer cuarenta, las revisó rápidamente. Solía usar pistolas de nueve milímetros… mierda, solía pelear a puñetazo limpio. Pero desde que Bella había entrado en su vida, se había vuelto más precavido.

Y eso, claro, era la otra parte de su obsesión. Vivía de matar, su trabajo era matar. Nalla iba a tener que crecer preocupándose por él cada noche. ¿Cómo podría no preocuparse? Bella lo hacía.

Z cerró el mueble de las armas y dio dos vueltas a la llave. Luego enfundó las armas en la pistolera que llevaba a la cintura, revisó las dagas y se puso su chaqueta de cuero.

Después echó un vistazo en dirección a la cuna donde Nalla todavía estaba durmiendo.

Armas. Dagas. Estrellas ninja. Por Dios, el bebé necesitaba estar rodeado de sonajeros y ositos de peluche.

La conclusión era que él no había nacido para ser padre. Nunca había tenido madera de padrazo. La biología, sin embargo, lo había empujado a representar ese papel y ahora todos estaban encadenados a su pasado: a pesar de que no podía imaginarse la vida sin Bella, tampoco podía imaginarse cómo podría ser el padre que Nalla merecía.

Mientras fruncía el ceño, se imaginó la fiesta de presentación en sociedad de Nalla, algo que todas las hembras de la glymera celebraban un año después de pasar por su transición. La hija siempre bailaba primero con su padre, de modo que vio a Nalla ataviada con un hermoso vestido rojo, con ese pelo multicolor recogido en un moño sobre la cabeza, con un collar de rubíes en la garganta… y él con aquella cara repleta de cicatrices y las bandas de esclavo asomándose bajo los puños de su ropa de gala.

Genial. Vaya espectáculo.

Maldiciendo, Z se dirigió al baño, donde Bella se estaba preparando para la noche. Le diría que iba a salir para terminar algo que había comenzado la noche anterior y que, en cuanto acabara, regresaría a casa para hablar. Pero al llegar al baño se quedó paralizado.

En medio del vapor que salía de la ducha, Bella se estaba secando. Tenía el pelo envuelto en una toalla y el cuello largo totalmente expuesto, los hombros blancos moviéndose de un lado a otro mientras se pasaba la toalla por la espalda. Sus senos también se mecían de un lado a otro, atrapando la mirada de Z y excitándolo.

Era un desgraciado, pero en lo único en lo que podía pensar mientras la miraba era en el sexo. Dios, Bella era hermosa. Le había gustado ver sus formas redondeadas durante el embarazo y también le gustaba su aspecto ahora. Había adelgazado muy rápidamente después del nacimiento de Nalla, su vientre estaba tan firme como antes y las caderas habían vuelto a recuperar sus maravillosas curvas. Tenía los senos más grandes, eso sí, los pezones de un rosa profundo, y todo parecía más voluptuoso.

Z sintió que el miembro viril se le apretaba contra el cuero de los pantalones, como un preso que quisiera salir de la cárcel.

Mientras se arreglaba los pantalones, se dio cuenta de que la última vez que Bella y él habían estado juntos había sido mucho antes del nacimiento de Nalla. El embarazo había sido difícil y después Bella había necesitado tiempo para recuperarse físicamente y había estado totalmente absorta en la labor de cuidar a su hijita.

Z la extrañaba. La deseaba. Todavía pensaba que era la hembra más espectacularmente sensual que había en el planeta.

Bella dejó caer su bata, se situó frente al espejo y se quedó mirando fijamente su reflejo. Con una mueca, se inclinó hacia delante y se hizo presión sobre los pómulos, la mandíbula y debajo de ésta. Luego se enderezó, frunció el ceño, giró hasta quedar de lado y se esforzó en meter la tripa.

Z carraspeó para llamar la atención de Bella.

—Me voy.

Al oír su voz, Bella se apresuró a recoger la bata. Se la puso rápidamente, se ató el cinturón y se cerró las solapas sobre el cuello.

—No sabía que estuvieras ahí.

—Bueno… —La erección cedió—. Ya ves.

—¿Te vas? —dijo ella, al tiempo que se quitaba la toalla del pelo.

Ni siquiera había escuchado sus palabras, pensó Z.

—Sí, tengo que salir, me toca servicio fuera. Sin embargo, si me necesitas, puedes llamarme, como siempre…

—Estaremos bien. —Bella se agachó y comenzó a secarse el pelo con la toalla, y el enérgico movimiento resonaba en los oídos de Z.

Aunque estaba sólo a un par de metros de él, Z no podía alcanzarla. No podía preguntarle por qué se quería esconder de él. Le tenía demasiado miedo a esa respuesta.

—Que pases una buena noche —dijo él secamente y luego esperó un momento, deseando que ella lo mirara, le sonriera y le diera un beso antes de marcharse a la guerra.

—Tú también. —Bella se enderezó y agarró el secador de pelo—. Ten cuidado.

—Lo haré.

 

Bella encendió el secador de pelo y agarró el cepillo para parecer ocupada mientras Z daba media vuelta y se iba. Cuando estuvo segura de que se había marchado, la hembra dejó de fingir, apagó el secador y lo dejó caer sobre la encimera de mármol.

Tenía el corazón destrozado, se sentía mareada y, al mirar su imagen en el espejo, sintió irrefrenables deseos de arrojar algo contra el cristal.

Z y ella no habían tenido relaciones íntimas desde… Por Dios, tal vez desde hacía cuatro o cinco meses, antes de que ella comenzara a sangrar.

Él ya no pensaba en ella en términos sexuales. Era así desde la llegada de Nalla. Era como si, para Z, el nacimiento de su hija hubiese apagado esa parte de la relación. Hoy día, cuando la tocaba, lo hacía con delicadeza, con cariño respetuoso, como lo haría un hermano.

Nunca con pasión.

Al principio ella pensó que tal vez se debía a que no estaba tan delgada como de costumbre, pero en las últimas cuatro semanas su cuerpo había recuperado la forma anterior.

Al menos eso era lo que ella pensaba. ¿O tal vez se estaba engañando?

Bella se desató el cinturón de la bata, la abrió y se giró hasta quedar de lado, para calibrar el perfil de su abdomen. Años atrás, cuando su padre aún vivía y ella estaba en plena etapa de crecimiento, le habían metido en la cabeza la importancia de que las hembras de la glymera se mantuvieran delgadas, e incluso tantos años después de la muerte de su padre, esas severas advertencias sobre los peligros de la gordura seguían acompañándola.

Bella se volvió a envolver en la bata y ató el cinturón con fuerza.

Sí, quería que Nalla tuviera un padre, y era su preocupación principal. Pero también echaba de menos a su hellren. El embarazo se produjo tan rápido que ellos no habían tenido la oportunidad de disfrutar de un periodo de puro romance, en el cual se regocijaran el uno con la compañía del otro.

Mientras agarraba de nuevo el secador y lo encendía, Bella trató de no contar el número de días transcurridos desde la última vez que Z la había buscado como macho. Había pasado una eternidad desde la última vez que él la había tanteado con sus enormes y tibias manos por debajo de las sábanas y la había despertado con un beso en la nuca y una erección haciendo presión contra su cadera.

Ella tampoco lo había buscado, es cierto. Pero es que no estaba segura del recibimiento que iba a encontrar y lo último que necesitaba ahora era que él la rechazara porque ya no le resultaba atractiva. Ya estaba metida en un gran torbellino emocional por el hecho de ser madre, y un fracaso en el frente de su feminidad sería demasiado.

Cuando terminó de secarse el pelo, se lo cepilló rápidamente y salió para mirar a Nalla. Mientras observaba a su hija, allí en la cuna, no podía creer que las cosas hubieran llegado hasta aquel punto. Siempre había sabido que Z tendría frecuentes problemas por todo lo que le había sucedido, pero nunca se le había ocurrido que no pudieran superar su pasado.

Antes parecía como si su amor fuera suficiente para vencer cualquier cosa.

Pero tal vez no fuera así.

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Tres

 

 

 

 

La casa estaba alejada del camino y rodeada de arbustos y árboles raquíticos con hojas de color café. El diseño era una mezcolanza de estilos arquitectónicos, cuyo único elemento en común era que todos habían sido reproducidos con terrible torpeza: tenía un techo de estilo colonial, pero sólo un piso, como un rancho; tenía columnas en el porche, como si fuera una casa de la época gloriosa, pero estaba rodeada de plástico como si fuera un tráiler; se levantaba en medio de la finca como si fuera un castillo, pero tenía la nobleza de un vertedero.

Ah, y estaba pintada de verde. Como si fuera el Gran Gigante Verde que anuncia los guisantes.

Probablemente, había sido construida hacía unos veinte años, por un tipo de ciudad de mal gusto que deseaba empezar una nueva vida como granjero. Pero ahora todo parecía en ruinas, excepto por una cosa: la puerta era de un acero reluciente y nuevo, reforzada con elementos de seguridad como los que se ven en un hospital psiquiátrico o una cárcel.

Y las ventanas estaban tapadas con tablas clavadas de arriba abajo.

Z se acurrucó detrás de la carrocería oxidada de lo que debió ser un Trans Am modelo 92, en espera de que las nubes se volvieran a unir para cubrir la luna, de manera que él pudiera acercarse con menos riesgo de ser visto. Rhage estaba detrás de un roble, al otro lado del patio lleno de maleza y la entrada de gravilla.

Ese roble era, en realidad, el único árbol suficientemente grande para esconder a aquel desgraciado.

La Hermandad había encontrado este sitio la noche anterior por puro azar. Z estaba en el centro patrullando la zona verde que se extendía por debajo de los puentes de Caldwell, cuando vio a un par de matones que arrojaban un cuerpo al río Hudson. Se deshicieron del cadáver con rapidez y profesionalidad: llegaron en un coche normal y corriente, se bajaron dos tipos encapuchados que fueron hasta el maletero, el cuerpo estaba atado de pies y manos y fue arrojado al agua con eficiencia.

¡Splash!, como quien toma un baño.

Z estaba como a unos diez metros de distancia, corriente abajo, de modo que cuando el cadáver comenzó a flotar, pudo ver por el gesto de su boca que se trataba de un ser humano. Normalmente esto no habría provocado ninguna reacción ser por su parte. Si alguien era asesinado por la mafia, no era su problema.

Pero en ese momento el viento cambió de dirección y le trajo un olor parecido al del algodón de azúcar.

Z sólo conocía dos cosas que olieran así y caminaran erguidas: las viejecitas y los enemigos de su raza. Considerando que no era muy probable que las que estuvieran debajo de esas capuchas fueran un par de abuelitas dando rienda suelta a su Tony Soprano interior, eso significaba que se encontraba frente a dos restrictores. Así que la situación sí era de su incumbencia.

En el momento más oportuno, el par de asesinos comenzaron a discutir. Mientras se empujaban el uno al otro y se lanzaban un par de golpes, Z se desmaterializó para dirigirse hasta la torre que estaba más cerca del coche. Era un Impala de placas 818 NPA y no parecía haber ningún otro pasajero, ya fuera vivo o muerto.

En una fracción de segundo, Z se desmaterializó de nuevo, esta vez para ir hasta el techo de la fábrica que flanqueaba el puente. Desde esta posición privilegiada, esperó con el teléfono en el oído, mientras marcaba el número de Qhuinn y soportaba la ráfaga de viento que se levantaba en el puente.

Los restrictores no solían matar humanos. Era una pérdida de tiempo, para empezar, porque eso no les daba puntos con el Omega, y además era un lío si los atrapaban. Habiendo dicho esto, si algún tío llegaba a ver algo que no debía ver, los asesinos no dudaban en mandarlo con su Creador.

Cuando el Impala salió finalmente de debajo del puente, dobló a la derecha y se dirigió al centro. Z le dijo algo a Qhuinn y un momento después una Hummer negra apareció exactamente donde el Impala había girado.

Qhuinn y John Matthew tenían la noche libre y se hallaban con Blay en el ZeroSum, pero aquellos chicos siempre estaban listos para la acción. Tan pronto como Z los llamó, los tres corrieron al nuevo coche de Qhuinn, que se encontraba estacionado a manzana y media de distancia.

Bajo la dirección de Z, los chicos aceleraron para alcanzar el Impala. Mientras lo tenían en el punto de mira, Z siguió vigilando a los restrictores, desmaterializándose del techo de un edificio al otro, a medida que los desgraciados avanzaban a lo largo del río. Gracias a Dios los asesinos no tomaron la autopista, pues en ese caso los habrían perdido.

Qhuinn era muy habilidoso al volante y una vez que su Hummer comenzara a seguir al Impala, Z ya no brincó más de edificio en edificio como el Hombre Araña y dejó que los chicos hicieran el trabajo. Unos quince kilómetros más adelante, Rhage los reemplazó en su GTO, con el fin de reducir las posibilidades de que los asesinos se dieran cuenta de que los estaban siguiendo.

Justo antes del amanecer, Rhage los siguió hasta aquel lugar, pero el día ya estaba demasiado cerca para poder hacer algo más.

Así que esa noche habían ido a investigar ese descubrimiento. Con todos los medios.

Mire usted por dónde, el Impala estaba aparcado a la entrada.

Cuando las nubes finalmente hicieron su trabajo, Z le hizo una seña a Hollywood y los dos se desmaterializaron hasta quedar a cada lado de la puerta principal. Aguzaron el oído y captaron una fuerte discusión. Las voces eran las mismas que Z había oído en el Hudson la noche anterior. Evidentemente, los dos asesinos seguían peleando como el perro y el gato.

Tres, dos… uno.

Rhage le dio una patada a la puerta de la casa para abrirla, con tanta fuerza que su bota dejó una abolladura en el panel de metal.

Los dos asesinos que estaban dentro se volvieron a mirar, sorprendidos, pero Z no les dio tiempo de reaccionar. Con el cañón de su SIG por delante, les disparó a los dos en el pecho y las balas hicieron rodar a los asesinos hacia atrás.

Rhage empezó entonces a trabajar con la daga, apuñalando primero a uno y después al otro. Cuando los destellos de luz blanca y los estallidos se desvanecieron, el hermano se puso de pie y se quedó inmóvil.

Ni Z ni Rhage se movieron. Usando sus aguzados sentidos, escrutaron el silencio de la casa en busca de algo que sugiriera que había más habitantes.

El gemido que brotó en medio del silencio provenía del fondo y Z caminó rápidamente al lugar de donde llegaba el sonido, precedido por el cañón de su arma. La puerta que bajaba al sótano desde la cocina estaba abierta y Z se desmaterializó hasta allí. Con un rápido movimiento de cabeza echó un vistazo escaleras abajo. Una sola bombilla desnuda colgaba de un cable rojo y negro, al final de las escaleras, pero el haz de luz no mostraba más que un sucio suelo de tablas.

Z apagó la bombilla mentalmente y Rhage lo cubrió desde arriba, mientras evitaba las desvencijadas escaleras y se desmaterializaba camino de la oscuridad.

Abajo, Z percibió olor a sangre fresca y oyó el golpeteo de unos dientes que castañeteaban en algún lugar a la izquierda.

Volvió a encender la luz del sótano con el pensamiento… y se quedó sin aliento.

Había un vampiro civil atado de pies y manos a una mesa. Estaba desnudo y lleno de magulladuras y, en lugar de mirar a Z, cerró los ojos con fuerza, como si no fuera capaz de ver lo que le esperaba.

Por un momento, Z no pudo moverse. Era como estar viendo su propia pesadilla en vivo y en directo, y la realidad se volvió tan borrosa que no estaba seguro de si el que estaba amarrado era él o el tío a quien iba a rescatar.

—¿Qué ocurre? —preguntó Rhage desde arriba—. ¿Qué encontraste?

Z salió de su confusión y se aclaró la garganta.

—Estoy en ello.

Mientras se acercaba al civil, dijo con voz suave en Lengua Antigua:

—No temas.

Los ojos del vampiro se abrieron de repente y volvió rápidamente la cabeza. Primero lo miró con incredulidad y luego con asombro.

—No temas. —Z revisó nuevamente los rincones del sótano y sus ojos penetraron en las sombras en busca de indicios de un sistema de seguridad. Lo único que vio fue una habitación de paredes de cemento y suelo de madera, cuyo techo estaba lleno de tuberías viejas e instalaciones eléctricas igualmente antiguas. Pero no se veía ningún ojo electrónico ni luces que indicaran alarmas.

Estaban solos y sin vigilancia, pero quién sabía durante cuánto tiempo.

—Rhage, ¿todavía sin moros en la costa? —gritó hacia arriba por la escalera.

—¡Todo despejado!

—Un civil. —Z inspeccionó el cuerpo del macho. Lo habían golpeado y, aunque no parecía tener ninguna herida abierta, no había manera de saber si podría desmaterializarse—. Llama a los chicos, por si necesitáramos transporte.

—Ya lo hice.

Z dio un paso hacia delante…

El suelo se abrió bajo sus pies, resquebrajándose completamente justo debajo de él.

Cuando la gravedad se apoderó de él con sus manos codiciosas y comenzó a bajar en caída libre, en lo único en lo que pudo pensar fue en Bella. Dependiendo de lo que hubiese en el fondo, esto podría ser…

Aterrizó en algo que se hizo añicos por el impacto y que causó una lluvia de fragmentos de cristal que cortaron sus pantalones y sus manos antes de rebotar y herirle en la cara y el cuello. Mantuvo el arma en la mano porque estaba entrenado para hacerlo, a pesar de que la punzada de dolor lo paralizó de la cabeza a los pies.

Necesitó respirar varias veces profundamente antes de poder activar de nuevo su cerebro para tratar de evaluar la magnitud de los daños.

Mientras se sentaba lentamente, el tintineo de los fragmentos de cristal cayendo sobre el suelo de piedra pareció resonar aún a su alrededor. En el círculo que formaba la luz que llegaba del sótano, vio que estaba sentado en medio de un resplandor de cristales…

Había caído sobre una araña de cristal del tamaño de una cama.

Y su bota izquierda estaba apuntando hacia abajo.

—Mierda.

La parte inferior de la pierna que se había dislocado comenzó a palpitar de dolor, lo cual le hizo pensar que, si no se hubiese fijado en eso, tal vez habría seguido haciendo caso omiso del dolor.

La cara de Rhage apareció en el borde del hueco que se había formado en el techo.

—¿Estás bien?

—Libera al civil.

—¿Estás bien?

—La pierna está muerta.

—¿Cómo que muerta?

—Pues me estoy viendo el talón de la bota y la parte delantera de la rodilla al mismo tiempo. Y hay una buena probabilidad de que vomite. —Z tragó saliva, tratando de convencer a las arcadas de que, sintiéndolo mucho, tenían que esfumarse—. Suelta al civil y luego veremos cómo sacarme de aquí. Ah, y pisa con mucho cuidado. Es evidente que las tablas están podridas.

Rhage asintió con la cabeza y desapareció. Mientras que las pisadas en el suelo de arriba generaban una lluvia de polvo sobre su cabeza, Z buscó en su chaqueta y sacó una linterna pequeña. Sólo tenía el tamaño de un dedo, pero arrojaba un rayo tan fuerte como los faros de un coche.

Cuando recorrió el lugar con la luz, el problema de su pierna dejó de molestarlo tanto.

—¿Qué… demonios es esto?

Era como estar en una tumba egipcia. La habitación, de doce por doce metros, estaba abarrotada de objetos que brillaban, desde pinturas al óleo con marcos dorados hasta candelabros de plata, pasando por estatuas llenas de joyas y montañas enteras de objetos de plata. Y en el otro extremo había una pila de cajas que probablemente esconderían joyas, así como una fila de quince o más maletines metálicos que debían contener dinero.

Aquello era un almacén de objetos robados y estaba lleno de todas las cosas que habían sido saqueadas de las casas durante el verano anterior. Todas esas mierdas debían de haber pertenecido a la glymera… Z incluso reconoció las caras en algunos de los retratos.

Muchas cosas de valor escondidas allí. Y, qué casualidad, a mano derecha, cerca del suelo de tierra pisada, una lucecilla roja comenzó a titilar. Su caída había activado el sistema de alarma.

La cabeza de Rhage volvió a aparecer en su campo de visión.

—Ya liberé al civil, pero no se puede desmaterializar. Qhuinn estará aquí en un minuto. ¿Sobre qué estás sentado?

—Una araña de cristal, y eso no es todo. Mira, pronto vamos a tener compañía. Este lugar está vigilado y yo activé la alarma.

—¿Ves alguna escalera?

Z se limpió el sudor de la frente y sintió el líquido frío y grasiento que parecía producir el dolor sobre el dorso de la mano. Mientras movía la linterna a su alrededor, negó con la cabeza.

—No veo ninguna, pero tienen que haber metido todo esto aquí de alguna manera y estoy seguro de que no fue a través de ese suelo.

Rhage volvió repentinamente la cabeza y frunció el ceño. El sonido metálico de su daga saliendo de la funda fue como una exclamación de ansiedad.

—Debe ser Qhuinn… o un asesino. Arrástrate hasta salir de la luz mientras me encargo de esto.

Hollywood desapareció del agujero del suelo y sus pasos se volvieron sigilosos.

Z guardó el arma porque no le quedaba otro remedio y retiró algunos de los fragmentos de cristal del camino. Se apoyó en las manos para levantar el trasero del suelo, apoyó el pie bueno y se arrastró hacia las sombras, en dirección a la lucecita de la alarma. Después de sentarse justo encima de la maldita luz, como si fuera el único espacio que pudiera encontrar en medio de los montones de arte y platería, se recostó contra la pared.

Cuando la situación de arriba se volvió demasiado silenciosa, supo que no debía de tratarse de Qhuinn y los chicos. Y sin embargo no se oía ningún combate.

Y luego las cosas empeoraron.

La «pared» contra la que se había apoyado se deslizó y Z cayó de espaldas… a los pies de un par de restrictores de pelo blanco y cara de pocos amigos.

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Cuatro

 

 

 

 

Ser madre implicaba muchas cosas maravillosas.

Abrazar a tu bebé y mecerte con él para dormirlo era definitivamente una de ellas. Al igual que doblar la ropa diminuta. Y alimentarlo. Y ver cómo te mira con alegría y asombro cuando se despierta.

Bella se acomodó en la mecedora del cuarto de Nalla, arregló el borde de la manta debajo de la barbilla de su hija y le acarició la mejilla.

Un resultado no tan agradable de la maternidad, sin embargo, era que todo ese asunto de la intuición femenina se alborotaba.

Mientras se encontraba allí sentada, rodeada por la seguridad de la mansión de la Hermandad, Bella sintió que había algo malo en el ambiente. Aunque ella estaba perfectamente segura, rodeada por un entorno que parecía salido de un artículo titulado «Así vive la familia perfecta», de pronto sintió como si entrara una brisa que olía a muerte. Y Nalla percibió esa misma energía. La criatura estaba curiosamente tensa y silenciosa, con esos ojos amarillos fijos en el centro de la habitación, como si estuviese esperando que se oyera una gran explosión.

Desde luego, el problema con la intuición, ya sea aquella relacionada con el sexto sentido materno o cualquier otra, era que se trataba de una sensación sin palabras ni sentido claro. Aunque te preparaba para las malas noticias, no había sustantivos ni verbos que concretaran la sensación de angustia, ni ofrecía tampoco ningún parámetro de tiempo. De manera que mientras uno convivía con la sensación de pánico que le oprimía la nuca como una toalla fría y húmeda, la mente se ponía a razonar, porque eso era lo mejor que se podía hacer. Tal vez sólo era que la primera comida no le había caído bien. O quizás era una angustia que flotaba en el aire.

Tal vez…

Demonios, a lo mejor lo que le estaba dando vueltas en el estómago no era una intuición. Tal vez se debía a que había llegado a una conclusión que no la hacía muy feliz.

Sí, más bien se trataba de eso. Después de haber pasado un tiempo esperando y soñando y preocupándose y tratando de encontrar una salida a sus problemas con Z, Bella tenía que ser realista. Le había planteado el asunto abiertamente… y no había obtenido una respuesta de parte de él.

Un «quiero que te quedes». O incluso un «voy a hacer un esfuerzo».

Lo único que había conseguido era que le dijera que iba a salir a luchar.

Lo cual, en cierta forma, era una respuesta, ¿verdad?

Mientras observaba a su alrededor, Bella pensó en lo que tendría que empacar… no mucho, sólo una maleta pequeña para Nalla y otra para ella. Podría conseguir otro cubo para tirar los pañales y otra cuna y otro cambiador con facilidad…

¿Adónde iría?

La solución más fácil era mudarse a una de las casas de su hermano. Rehvenge tenía muchas y lo único que tendría que hacer sería pedírsela. Joder, era toda una ironía, ¿no? Después de haber luchado tanto para alejarse de él, ahora estaba contemplando la posibilidad de regresar.

Y en realidad no la estaba contemplando. Ya lo había decidido.

Bella se inclinó hacia un lado, sacó su teléfono móvil del bolsillo de los pantalones y marcó el número de Rehv.

Después de dos timbrazos, una voz profunda y familiar contestó.

—¿Bella?

En el fondo se oía un estruendo de música y gente conversando, como si los distintos ruidos estuvieran compitiendo por prevalecer uno sobre el otro.

—Hola.

—¿Aló? ¿Bella? Espera, espera, que entro a la oficina. —Después de una larga pausa, el estruendo se desvaneció—. Hola, ¿cómo estáis tú y tu pequeño milagro?

—Necesito un lugar donde quedarme.

Silencio. Luego habló su hermano.

—¿Y ese alojamiento sería para tres o para dos?

—Para dos.

Otra larga pausa.

—¿Voy a tener que matar a ese maldito desgraciado?

El tono frío y perverso de su hermano asustó un poco a Bella y le recordó que su amado hermanito no era un macho que se anduviera con bromas.

—Dios, no.

—Habla, hermana mía. Dime qué está sucediendo.

 

La muerte era un paquete negro que se presentaba de muchas formas y con pesos y tamaños distintos. Y además era el tipo de regalo que, una vez llegado a tu puerta, tú sabías quién era el remitente sin necesidad de mirar la dirección ni abrir siquiera el paquete.

Simplemente lo sabías.

Cuando Z cayó de espaldas al pie de aquellos dos restrictores, supo que le había llegado su entrega especial y lo único que le cruzó por la mente fue que no estaba listo para recibirla.

Desde luego, no era un paquete que se pudiera rechazar así como así.

Encima de él, bañados por un resplandor proyectado por algún tipo de luz, los restrictores se quedaron paralizados, como si él fuera la última cosa en el mundo que esperaran encontrarse. Y debía ser así. Luego sacaron sus armas.

Z no tuvo una última palabra, tuvo una última visión, una imagen que eclipsó por completo los cañones que le apuntaron directamente a la cabeza. En su mente apareció la estampa de Bella y Nalla juntas, sentadas en la mecedora del cuarto de la pequeña. No era la imagen de la noche anterior, cuando había un montón de pañuelos de papel, ojos enrojecidos por las lágrimas y su hermano gemelo mostraba un gesto tan serio. Era una imagen que había visto hacía un par de semanas, en un momento en que Bella estaba mirando a su hija con una ternura y un amor infinitos, y luego, como si hubiese sentido su presencia en la puerta, había levantado los ojos y por un instante el amor que expresaba su rostro lo había envuelto también a él.

Se oyó el estallido de dos tiros, pero lo más extraño fue que el único dolor que Z sintió fue el producido por la reverberación en los oídos.

Luego sintió dos golpes secos, que resonaron contra la pared cubierta de riquezas robadas.

Z levantó la cabeza. Qhuinn y Rhage se hallaban de pie, justo detrás de donde se encontraban los dos restrictores, y estaban bajando sus armas. Blay y John Matthew se encontraban con ellos y también apuntaban a los enemigos.

—¿Estás bien? —preguntó Rhage.

No. Decir que lo estaba sería una gran mentira. Pero lo dijo.

—Sí. Sí, estoy bien.

—Blay, regresa al túnel conmigo —dijo Rhage—. John y Qhuinn, vosotros quedaos con él.

Z dejó caer de nuevo la cabeza y oyó cómo se alejaban dos pares de botas. En medio del espeluznante silencio que siguió, sintió una intensa oleada de náuseas y luego comenzó a temblar. Sin poder controlarse, cuando se las llevó a la cara, las manos se le sacudían como banderas libradas al viento.

John le tocó el brazo con una mano y Z dio un brinco.

—Estoy bien… estoy bien…

John habló por señas.

—Vamos a sacarte de aquí.

—¿Cómo…? —Z se aclaró la garganta—. ¿Cómo puedo estar seguro de que esto está sucediendo de verdad?

—¿A qué te refieres? ¿Qué quieres decir con eso?

Zsadist se pasó los dedos por la frente, mientras, para aliviarse, trataba de hacer presión en el lugar donde los asesinos le habían apuntado a quemarropa.

—¿Cómo puedo saber que esto es real, que no es una…? ¿Cómo sé que no estoy muerto?

John miró por encima del hombro a Qhuinn, como si no tuviera ni idea de cómo responder a semejantes palabras y estuviera buscando respaldo. Luego se dio un golpe en el pecho con el puño.

—Yo sé que estoy aquí.

Qhuinn se inclinó e hizo lo mismo y de su pecho salió un sonido profundo.

—Yo también.

Zsadist volvió a dejar caer la cabeza y su cuerpo temblaba tanto que los pies golpeaban el suelo de tierra pisada como si estuviera bailando un zapateado.

—No sé… si esto es real… Ay, mierda…

John se quedó mirándolo como si estuviera evaluando el creciente estado de agitación y tratara de decidir qué demonios se podía hacer.

De improviso, se inclinó sobre la pierna rota de Z y le dio un tirón al pie que tenía dislocado.

Z se enderezó de inmediato y gritó.

—¡Hijo de puta!

Pero enseguida notó que su amigo sabía lo que hacía, pues el dolor actuó como una escoba que barrió su mente y se deshizo de toda la polvareda de alucinaciones, reemplazándolas por una claridad localizada y palpitante. El dolor. Claro que estaba vivo. Por supuesto que sí.

Enseguida pensó en Bella. Y en Nalla.

Tenía que llamarlas.

Z se volvió hacia un lado para sacar su teléfono móvil, pero su visión se tornó borrosa por el dolor de la pierna.

—Mierda. ¿Puedes sacar mi móvil? Está en el bolsillo trasero.

John le dio la vuelta con cuidado, sacó el teléfono y se lo entregó.

 

—Entonces, ¿no crees que haya manera de arreglar las cosas? —preguntó Rehv.

Bella negó con la cabeza para responder a la pregunta de su hermano, hasta que se dio cuenta de que él no podía verla.

—No, no lo creo. Al menos, no veo forma a corto plazo.

—Mierda. Bueno, siempre voy a estar aquí para lo que quieras, tú lo sabes. ¿Quieres quedarte con mahmen?

—No. Bueno, me refiero a que me encantaría, pero necesito mi propio espacio.

—Porque tienes la esperanza de que él vaya a buscarte.

—No lo hará. Esta vez es diferente. Nalla… ha hecho que todo sea distinto.

La niña suspiró y se apretó más contra su madre, en aquel su rincón favorito, entre el brazo y el seno. Bella apoyó el teléfono contra el hombro y acarició el pelo sedoso que ya estaba brotando de la cabecita de la niña. Cuando Nalla fuera mayor, tendría el pelo ondulado y hermoso, con tonos rubios, rojizos y marrones, tal como sería el pelo de su padre si no se lo cortara al rape.

Rehv soltó una extraña carcajada.

—¿Qué pasa? —dijo Bella.

—Después de todos los años que llevo luchando para que vivas en mi casa, ahora no quiero que abandones la mansión de la Hermandad. De verdad, nada es más seguro que ese complejo… pero tengo una casa sobre el río Hudson que también es muy segura. Está al lado de la de una amiga. No es nada lujosa, pero hay un túnel que comunica las dos propiedades. Ella te mantendrá a salvo.

Bella aceptó, agradecida.

—Gracias. Voy a empacar unas pocas cosas y le pediré a Fritz que me lleve en una hora.

—Ahora mismo haré que te llenen el refrigerador.

El teléfono sonó con el aviso de que acababa de entrar un mensaje.

—Gracias.

—¿Ya se lo dijiste?

—Z sabe que eso va a suceder. Y no, no voy a impedir que vea a Nalla si quiere, pero va a tener que decidir si quiere ir a verla.

—¿Y qué pasa contigo?

—Yo lo amo… pero esto ha sido realmente difícil para mí.

Poco después terminaron la llamada y, cuando Bella se alejó el teléfono de la oreja, vio que le había llegado un mensaje de Zsadist:

 

LO SIENTO MUCHO. TE AMO. POR FAVOR, PERDÓNAME…

NO PUEDO VIVIR SIN TI.

 

Bella se mordió los labios y cerró los ojos. Luego respondió al mensaje.

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Cinco

 

 

 

 

Z se quedó mirando la pantalla de su teléfono, mientras rezaba para que Bella le contestara. La habría llamado, pero tenía la voz tan temblorosa que no quería alarmarla. Además, no era tan buena idea someterse en ese momento a semejante torbellino emocional, considerando que tenía una pierna rota y estaban en territorio de los restrictores.

Rhage y Blay regresaron a través del túnel.

—He aquí la razón por la que no entraron a la casa —estaba diciendo Rhage—. A este almacén se llega a través del cobertizo de la parte de atrás. Y ellos estaban revisando primero el sistema de seguridad, pues evidentemente les preocupaba menos lo que pasara con la casa.

Z se aclaró la garganta y habló con un hilillo de voz.

—La alarma todavía está titilando. Si no la desconectamos, vendrán más…

Rhage levantó su arma y apuntó hacia la luz roja, apretó el gatillo y acabó con la alarma de una vez por todas.

—Tal vez eso funcione.

—¡Qué habilidad técnica, Hollywood! —murmuró Z—. Estás hecho todo un Bill Gates.

—Ya te digo. En fin, necesitamos sacaros a ti y al civil…

El teléfono de Z vibró en ese momento, así que abrió el mensaje de Bella mientras contenía el aliento. Después de leerlo dos veces, entornó los ojos y cerró el teléfono. Ay, Dios… no.

Enseguida levantó el tronco del suelo e hizo un esfuerzo para ponerse de pie. La punzada de dolor que le corrió pierna arriba hizo que no se fijara en el charco de sangre que se había acumulado debajo de él.

—¿Qué demonios estás haciendo? —dijeron todos al tiempo, mientras que John repetía las mismas palabras por señas.

—¿Qué demonios estás haciendo?

—Tengo que ir a casa. —Desmaterializarse era imposible debido al estado de la pierna, que casi bailaba como una rueda suelta, provocándole un dolor y unas náuseas terribles—. Tengo que ir…

Hollywood situó su perfecto y apuesto rostro justo en el cuadro de visión de Z.

—¿Quieres relajarte un poco? Estás en estado de shock…

Z lo agarró del brazo y apretó para hacerlo callar. Luego le dijo algo en voz baja y, cuando terminó, Rhage sólo pudo parpadear.

Después de un momento, Hollywood habló con voz suave.

—El problema es que tienes una fractura múltiple, hermano. Te prometo llevarte a casa, pero antes tenemos que ir al médico. Porque morirte no es lo que necesitas ahora,

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