Una herencia en juego (Una herencia en juego 1)

Jennifer Lynn Barnes

Fragmento

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CAPÍTULO 1

Cuando yo era pequeña mi madre no paraba de inventarse juegos. El Juego de los mudos. El juego ¿A quién le dura más la galleta? Uno de los eternos favoritos era el Juego de las nubecitas, que consistía en comer nubes de azúcar llevando puestas dentro de casa las gruesas chaquetas de la beneficencia para, así, no tener que encender la calefacción. El juego de la linterna era para cuando saltaban los plomos y nos quedábamos sin luz. Mi madre y yo nunca íbamos andando a los sitios: íbamos echando carreras. El suelo casi siempre era lava. Y la función principal de las almohadas no era otra que construir fuertes.

El juego que nos duró más tiempo se llamaba Tengo un secreto, porque mi madre decía que todo el mundo debería tener siempre al menos uno. Algunos días adivinaba el mío; otros no lo conseguía. Jugamos cada semana hasta que cumplí los quince años y uno de sus secretos la llevó al hospital.

Para cuando me quise dar cuenta, ya se había ido.

—Te toca, princesa. —Una voz áspera me arrastró de vuelta a la realidad—. No tengo todo el día.

—Nada de princesa —repliqué al tiempo que avanzaba uno de mis caballos—. Te toca, viejo.

Harry me miró con mala cara. En realidad, yo no sabía qué edad tenía ni tampoco cómo había acabado siendo un sin techo y viviendo en el parque donde jugábamos al ajedrez cada mañana. Lo que sí sabía era que era un oponente formidable.

—Tú… —gruñó, escrutando el tablero—. Eres una persona horrible.

Al cabo de tres movimientos ya lo tenía.

—Jaque mate. Ya sabes lo que significa, Harry.

Me lanzó una mirada asesina y replicó:

—Que tengo que dejar que me invites a desayunar.

Aquellas eran las condiciones de nuestra antigua apuesta. Si ganaba yo, él no podía negarse a que le comprara algo de comer.

A mi favor diré que solo me regodeaba un poco.

—Qué bien sienta ser reina, oye.

Llegué al instituto a tiempo, pero por los pelos. Tenía la costumbre de apurar. Hacía lo mismo con las notas: ¿cuál era el mínimo esfuerzo que podía dedicarle y aun así sacar un sobresaliente? No es que fuera vaga; era práctica. Aceptar un turno extra en el trabajo merecía sacrificar un 9,8 por un 9,2.

Estaba concentrada en el borrador de un trabajo de inglés a media clase de castellano cuando me llamaron de dirección. Se supone que las chicas como yo tenemos que ser invisibles. No nos llaman para que nos presentemos ante el director. Causábamos exactamente tantos problemas como nos podíamos permitir, lo cual, en mi caso, significaba absolutamente ninguno.

—Avery. —El saludo del director Altman no fue precisamente cálido—. Siéntate.

Me senté.

El director colocó las manos encima de la mesa que nos separaba.

—Supongo que sabes por qué estás aquí.

A no ser que se tratara de las partidas de póquer semanales que había organizado en el aparcamiento para financiar los desayunos de Harry —y a veces también los míos—, no tenía ni idea de lo que había hecho para llamar la atención del director.

—Lo siento —respondí, intentando sonar más bien dócil—, pero no.

El director Altman me dejó reflexionar la respuesta un instante y luego me colocó delante unos papeles grapados.

—Este es el examen de física que hiciste ayer.

—Vale —dije.

No era la respuesta que él esperaba, pero era todo lo que podía decirle. Por una vez había estudiado de verdad. No podía creer que me hubiera ido tan mal como para requerir una intervención del director.

—El señor Yates ha corregido los exámenes, Avery. El tuyo es el único que ha puntuado con un diez.

—Genial —repuse, haciendo un esfuerzo deliberado para no volver a decir «vale».

—Genial no, señorita. El señor Yates siempre plantea los exámenes para poner a prueba las habilidades de sus alumnos. En veinte años jamás ha puesto un diez. ¿Ves el problema?

No pude reprimir mi respuesta, me salió de dentro:

—¿Un profesor que prepara exámenes que la mayoría de sus alumnos no pueden aprobar?

El director Altman entornó los ojos.

—Eres buena estudiante, Avery. Bastante buena, dadas tus circunstancias. Pero no es habitual en ti ser la mejor de la clase.

El hombre tenía razón. ¿Por qué, entonces, aquello me sentó como un puñetazo en el estómago?

—No es que no empatice con tu situación —prosiguió el director—, pero ahora necesito que seas sincera conmigo. —Me miró fijamente a los ojos—. ¿Sabías que el señor Yates guarda copias de todos sus exámenes en la nube?

El director creía que yo había hecho trampas. Lo tenía delante, mirándome, y jamás me había sentido más invisible.

—Me gustaría ayudarte, Avery. Te las has arreglado extraordinariamente bien, dadas las cartas que te ha repartido la vida. Me sabría muy mal que se echara a perder cualquier plan de futuro que puedas tener.

—¿Cualquier plan que pueda tener? —repetí. Si me apellidara de otra manera, si tuviera un padre que fuera dentista y una madre ama de casa, el director no habría hecho como si el futuro fuera algo en lo que yo, tal vez, hubiera podido pensar—. Estoy en el penúltimo curso —dije apretando los dientes—. Me graduaré el año que viene con al menos lo que serían dos semestres de créditos universitarios. Mis notas tendrían que valerme para ser candidata a una beca de la Universidad de Connecticut, que tiene uno de los mejores programas de ciencia actuarial del país.

El director Altman frunció el ceño.

—¿Ciencia actuarial?

—Evaluación de riesgos estadísticos.

Era lo que más se acercaba a hacer un doble grado en póquer y matemáticas. Además, era una de las carreras con mayor tasa de empleo del planeta.

—¿Se le dan a usted bien los riesgos calculados?

«¿Como hacer trampas, quizá?», pensé. No podía permitirme enfadarme todavía más, así que me imaginé a mí misma jugando al ajedrez. Desplegué mentalmente los movimientos. Las chicas como yo no pueden permitirse explotar.

—No hice trampas —afirmé con calma—. Estudié.

Había sacado tiempo de debajo de las piedras: durante otras clases, entre turnos en el trabajo, yéndome a dormir mucho más tarde de lo que debería… Saber que el señor Yates era archiconocido por hacer exámenes imposibles me llevó a querer redefinir el significado de «posible». Por una vez, en lugar de ver lo mucho que podía apurar, quise comprobar lo lejos que podía llegar.

Y eso era lo que había conseguido por haberme esforzado, porque las chicas como yo no sacan dieces en exámenes imposibles.

—Repetiré el examen —dije, intentando que la voz no delatara que estaba furiosa o, peor, herida—. Y volveré a sacar un diez.

—¿Y qué me diría si le contara que el señor Yates ha preparado otro examen? Todas las preguntas son distintas y tan difíciles como las del primero.

Ni siquiera dudé un instante.

—Lo haré igual.

—Podría hacerlo mañana a tercera hora, pero debo advertirle que todo esto le iría mucho mejor si…

—Ahora.

El director Altman me miró de hito en hito.

—¿Cómo?

Se había acabado lo de parecer dócil. Se había acabado lo de ser invisible.

—Quiero hacer el examen aquí mismo, en su despacho, ahora mismo.

CAPÍTULO 2

—¿ U n día duro? —preguntó Libby.

Mi hermana era siete años mayor que yo y demasiado empática para su desgracia… o la mía.

—Estoy bien —respondí. Contarle mi excursión al despacho de Altman no habría hecho más que preocuparla, y hasta que el señor Yates corrigiera mi segundo examen nadie podía hacer nada. Cambié de tema—. Me han dado buenas propinas esta tarde.

—¿Cómo de buenas?

El estilo de Libby residía en un punto intermedio entre lo punk y lo gótico; pero, respecto a su personalidad, mi hermana era la eterna optimista que creía que una propina de cien dólares estaba a la vuelta de la esquina en una cafetería de mala muerte donde la mayoría de los platos costaban 6,99 $.

Le puse un fajo de billetes de un dólar en la mano.

—Lo bastante buenas para ayudarte a pagar el alquiler.

Libby intentó devolverme el dinero, pero me aparté de ella antes de que pudiera hacerlo.

—Te tiraré el dinero encima —me advirtió muy seria.

Me encogí de hombros.

—Lo esquivaré.

—¡Eres imposible! —Libby se guardó el dinero a regañadientes, sacó de la nada un tarro de magdalenas y me fulminó con la mirada—. Aceptarás al menos esta magdalena para compensarme, ¿no?

—Sí, señora. —Hice ademán de tomar la magdalena que me ofrecía y entonces me di cuenta de que, detrás de ella, en la encimera, había mucho más que magdalenas. También había pastelitos. Sentí un retortijón en el estómago—. Oh, no, Lib…

—No es lo que piensas —prometió Libby.

Hacía pastelitos cuando quería disculparse. Hacía pastelitos cuando se sentía culpable. Hacía pastelitos como si quisiera decir «Por favor, no te enfades conmigo».

—¿No es lo que pienso? —repetí en voz baja—. Entonces, ¿no vuelve a mudarse aquí?

—Esta vez será diferente —aseguró Libby—. ¡Y los pastelitos son de chocolate!

Mis favoritos.

—Nunca va a ser distinto —dije.

Aunque de haber sido capaz de hacérselo entender, ya lo habría conseguido hacía tiempo.

Justo entonces entró tranquilamente el novio intermitente de Libby, que tenía especial afición por pegar puñetazos a las paredes en lugar de a Libby y luego vanagloriarse por ello. Cogió un pastelito de la encimera y me repasó con la mirada.

—Hola, preciosa —dijo con una sonrisa lasciva.

—Drake —advirtió Libby.

—Es broma. —Drake sonrió—. Sabes de sobra que es broma, Libbita. Tú y tu hermana tenéis que aprender a aceptar las bromas.

No llevaba ahí ni un minuto y ya nos estaba convirtiendo a nosotras en el problema.

—Esto no es sano —le dije a Libby.

Drake no había querido que Libby me acogiera, y nunca había dejado de castigarla por haberlo hecho.

—Esta no es tu casa —rebatió Drake.

—Avery es mi hermana —insistió Libby.

—Medio hermana —corrigió Drake, y luego volvió a sonreír—. Era broma.

Pero no era broma, aunque tampoco era mentira. Libby y yo compartíamos un padre ausente, pero teníamos madres distintas. De niñas solo nos veíamos un par de veces al año. Nadie esperaba que aceptara mi custodia dos años atrás. Era joven y apenas podía mantenerse. Pero era Libby. Querer a la gente era lo suyo.

—Si Drake vive aquí —le dije en voz baja—, yo me voy.

Libby cogió un pastelito y lo acunó entre las manos.

—Hago todo lo que puedo, Avery.

Mi hermana tenía la necesidad crónica de complacer a todo el mundo. Y Drake disfrutaba poniéndola en un dilema; me usaba para herir a Libby.

No podía quedarme allí a esperar el día que se cansara de pegar puñetazos a las paredes.

—Si me necesitas —le dije a Libby—, estaré viviendo en el coche.

CAPÍTULO 3

Mi viejo Pontiac era una verdadera carraca, pero al menos le funcionaba la calefacción. Normalmente. Aparqué en la parte de atrás de la cafetería, donde no me veía nadie. Libby me escribió, pero no encontré fuerzas para contestarle, de modo que me quedé mirando el móvil sin hacer nada. La pantalla estaba resquebrajada. Mi plan de datos era prácticamente inexistente, de modo que no podía conectarme a internet, pero al menos tenía mensajes ilimitados.

Aparte de Libby, había una única persona en mi vida a quien valiera la pena mandar mensajes de texto. El mensaje que le escribí a Max fue corto y conciso: «Quien-tú-sabes ha vuelto».

No obtuve una respuesta inmediata. Los padres de Max eran incondicionales de pasar el rato «libres de móviles» y se lo confiscaban a menudo. También eran archiconocidos por leerle los mensajes de vez en cuando, por eso no había mencionado el nombre de Drake y no pensaba escribir ni una sola palabra acerca de dónde iba a pasar la noche. Ni la familia Liu ni la trabajadora social que llevaba mi caso tenían necesidad alguna de saber que yo no estaba donde tenía que estar.

Dejé el móvil y miré la mochila que había dejado en el asiento del copiloto; sin embargo, decidí que los deberes que me quedaban por hacer podían esperar al día siguiente. Recliné el asiento y cerré los ojos, pero no pude conciliar el sueño, de modo que abrí la guantera y saqué lo único de valor que me había dejado mi madre: un fajo de postales. Docenas de postales. Docenas de lugares adonde queríamos ir juntas.

Hawái. Nueva Zelanda. Machu Picchu. Observé fijamente cada una de las fotografías y empecé a imaginarme en cualquier lugar menos en el que estaba. Tokio. Bali. Grecia. No estaba segura de cuánto rato llevaba sumida en mis pensamientos cuando me sonó el móvil. Lo cogí y me recibió la respuesta de Max a mi mensaje sobre Drake.

«Ese hijo de fruta. —Y luego, al cabo de un momento—: ¿Estás bien?».

Max se fue de la ciudad el verano antes de que empezáramos el instituto. En general nos comunicábamos por escrito y se negaba a escribir palabrotas por si acaso sus padres le leían los mensajes.

Así que acabó volviéndose muy creativa.

«Estoy bien», le contesté, y eso fue todo cuanto necesitó para desatar su justificada furia a mi favor.

«¡QUE SE VAYA A LA MIÉRCOLES! ¡¡¡COMO PILLE A ESE FRUTO LERDO, LE DOY UNA SOMANTA DE OSTRAS!!!»

Al cabo de un segundo escuché el tono de llamada.

—¿De verdad estás bien? —preguntó Max en cuanto descolgué.

Volví la mirada hacia las postales que tenía en el regazo y noté que se me formaba un nudo en la garganta. Acabaría el instituto. Solicitaría todas las becas que pudiera. Conseguiría un graduado con muchas salidas que me permitiera trabajar a distancia y me proporcionara un buen sueldo.

Y daría la vuelta al mundo.

Solté un largo y ahogado suspiro y luego respondí la pregunta de Max.

—Ya me conoces, Maxine. Siempre caigo de pie.

CAPÍTULO 4

Al día siguiente pagué el precio de haber dormido en el coche. Me dolía todo el cuerpo y tuve que ducharme después de educación física, porque los papeles para secarse las manos que había en el baño de la cafetería daban para lo que daban. No tuve tiempo de secarme el pelo, así que llegué chorreando a la clase siguiente. No estaba para echar cohetes, pero había ido a clase con la misma gente toda la vida. Yo era como el papel pintado.

Nadie me miraba.

—Romeo y Julieta está repleta de proverbios, pequeñas perlas de sabiduría que definen cómo funcionan el mundo y la naturaleza humana. —Mi profesora de inglés era joven y vehemente, y no me cabía ninguna duda de que se había tomado más cafés de la cuenta—. Pero alejémonos de Shakespeare un momento. ¿Quién sabría darme un ejemplo de frase hecha actual?

«A buena hambre no hay pan duro —pensé. Tenía una jaqueca horrible y el pelo seguía goteándome por la espalda—. La necesidad agudiza el ingenio. Si los caballos fueran deseos, los mendigos serían jinetes».

La puerta de la clase se abrió de pronto. Una ayudante del director esperó que la profesora la mirara y luego anunció lo bastante fuerte para que la oyera toda la clase:

—Avery Grambs tiene que ir a dirección.

Deduje que aquello significaba que alguien había corregido mi examen.

No era lo bastante ingenua como para esperar una disculpa, pero tampoco esperaba que el director Altman aguardara mi llegada junto al escritorio de su secretaria, radiante como si acabara de recibir la visita del papa de Roma.

—¡Avery!

Aquello disparó mis alarmas. Nadie estaba nunca tan contento de verme.

—Por aquí, vamos.

Abrió la puerta de su despacho y atisbé una coleta azul neón que conocía muy bien.

—¿Libby? —pregunté.

Llevaba el pijama sanitario con estampado de calaveras y no iba maquillada, lo cual me indicó que venía directa del trabajo. En mitad del turno. Las celadoras de las residencias de ancianos no podían irse sin más a medio turno.

A no ser que hubiera sucedido algo malo.

—¿Papá está…? —No tuve fuerzas para acabar la frase.

—Su padre está bien.

La voz que pronunció dicha afirmación no pertenecía a Libby ni tampoco al director Altman. Giré la cabeza como un resorte y miré detrás de mi hermana. La silla que había detrás del escritorio del director estaba ocupada por un chico no mucho mayor que yo. «¿Qué está pasando aquí?», me pregunté.

El chico vestía traje. Y parecía una de esas personas que llevan un séquito consigo.

—Ayer mismo —prosiguió con una voz grave y profunda que sonaba precisa, calculada—, Ricky Grambs estaba vivo, sano, y perdió el conocimiento sin percance alguno en un motel de Míchigan, a una hora a las afueras de Detroit.

Intenté no quedarme mirándolo embobada, y fracasé. Pelo rubio, ojos claros, rasgos lo bastante afilados como para cortar rocas.

—¿Y tú cómo lo sabes? —espeté.

Ni siquiera yo sabía dónde estaba el gandul de mi padre. ¿Cómo podía saberlo él?

El chico del traje no respondió a mi pregunta, sino que enarcó una ceja.

—Director Altman —dijo—. ¿Podría dejarnos a solas un instante?

El director abrió la boca, sin duda para objetar que lo echaran de su propio despacho, pero el chico enarcó todavía más la ceja.

—Creía que teníamos un trato.

Altman se aclaró la garganta.

—Desde luego.

Y, sin más, se volvió y salió por la puerta. La cerró detrás de sí y yo volví a observar fijamente al chico que acababa de echarlo.

—Me ha preguntado cómo sé dónde está su padre. —Sus ojos eran del mismo color que su traje: gris, casi plateados—. Sería mejor si de momento diera usted por hecho que lo sé todo.

Habría sido agradable escuchar su voz de no ser por las palabras que pronunciaba.

—Un chico que cree que lo sabe todo —murmuré—. Menuda sorpresa.

—Una chica de lengua afilada —replicó él, con sus ojos argénteos fijos en los míos y las comisuras de los labios ligeramente curvadas hacia arriba.

—¿Quién eres? —pregunté—. ¿Y qué quieres?

«De mí —añadió algo en mi interior—. ¿Qué quieres de mí?».

—Lo único que quiero —respondió— es entregar un mensaje. —Por razones que no pude precisar, el corazón me empezó a latir más rápido—. Un mensaje que, según parece, es bastante difícil de hacer llegar por los medios tradicionales.

—Lo mismo eso es culpa mía —se ofreció Libby, avergonzada, a mi lado.

—¿El qué quizá es culpa tuya?

Me volví hacia ella, agradecida por la excusa de apartar la mirada de Ojos Grises y luchando contra la necesidad de girarme para observarlo de nuevo.

—Lo primero que tienes que saber —empezó a decir Libby, con toda la seriedad que puede imprimir a sus palabras una persona vestida con un pijama sanitario de calaveras— es que yo no tenía ni idea de que las cartas eran reales.

—¿Qué cartas? —inquirí.

Yo era la única persona de ese despacho que no sabía qué pasaba, y no podía sacudirme de encima la sensación de que no saber nada era un peligro, como estar de pie en las vías del tren sin saber de qué dirección iba a venir.

—Las cartas —contestó el chico del traje, y su voz me envolvió— que los abogados de mi abuelo llevan enviando a su residencia, por correo certificado, desde hace casi tres semanas.

—Creía que eran un timo —me dijo Libby.

—Les aseguro —replicó el chico con voz aterciopelada— que no lo son.

Yo no era lo bastante ingenua como para confiar lo más mínimo en las promesas de los chicos guapos.

—Permítanme empezar de nuevo. —Colocó una mano encima de la otra sobre la mesa que nos separaba, y con el pulgar derecho trazó círculos suavemente sobre el gemelo que llevaba en el puño de la manga izquierda—. Soy Grayson Hawthorne. Estoy aquí en representación de McNamara, Ortega & Jones, un bufete de abogados con sede en Dallas que representa el patrimonio de mi abuelo. —Grayson fijó en mí sus ojos claros—. Mi abuelo falleció a principios de este mes. —Hizo una pausa cargada—. Se llamaba Tobias Hawthorne. —Grayson estudió mi reacción (o, más bien, la ausencia de ella)—. ¿Le dice algo ese nombre?

Volví a tener la sensación de estar plantada en las vías del tren.

—No —respondí—. ¿Debería?

—Mi abuelo era un hombre muy rico, señora Grambs. Y parece que, junto a nuestra familia y ciertas personas que trabajaron para él durante años, usted figura en su testamento.

Oí las palabras, pero no pude procesarlas.

—¿En su qué?

—Su testamento —repitió Grayson, y una leve sonrisa se apoderó de sus labios—. No sé qué le ha legado exactamente, pero se requiere su presencia para la lectura del testamento y las últimas voluntades. Llevamos semanas posponiéndola.

Yo era una persona inteligente, pero por mí como si Grayson Hawthorne hubiera hablado en sueco, porque no entendí ni jota.

—¿Por qué tu abuelo iba a dejarme nada a mí? —pregunté.

Grayson se puso de pie.

—Bueno, esa es la pregunta del millón, ¿no?

Salió de detrás del escritorio y, de pronto, supe exactamente de qué dirección venía el tren.

De la suya.

—Me he tomado la libertad de encargarme en su lugar de los preparativos para el viaje.

Aquello no era una invitación. Aquello era un emplazamiento.

—¿Qué te hace pensar que…? —empecé a decir, pero Libby me interrumpió.

—¡Genial! —exclamó, fulminándome con la mirada.

Grayson esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Les daré un instante.

Clavó los ojos en los míos tanto tiempo que me sentí incómoda. Luego, sin pronunciar otra palabra, salió tranquilamente por la puerta.

Libby y yo nos quedamos calladas cinco segundos largos después de que el chico se marchara.

—No te lo tomes a mal —me susurró por fin—, pero creo que ese chico podría ser Dios.

Me reí por lo bajo.

—Él se lo cree, eso seguro.

Era más fácil ignorar el efecto que había tenido el chico en mí ahora que se había ido. ¿Qué tipo de persona tenía una confianza tan absoluta en sí misma? Se veía en todos los detalles de su postura y en las palabras que empleaba, en cada interacción. Para ese tío el poder era un elemento tan real de la vida como la gravedad. El mundo se doblegaba ante la voluntad de Grayson Hawthorne. Lo que el dinero no podía conseguirle, probablemente lo hacían sus ojos.

—Empieza por el principio —le pedí a Libby—. Y no te dejes nada.

Jugueteó con las puntas negras como la tinta de su coleta azul.

—Hace un par de semanas empezamos a recibir esas cartas, iban dirigidas a ti y me ponían a mí en copia. Decían que habías heredado dinero y proporcionaban un número para que llamáramos. Pensé que eran un timo. Como esos correos electrónicos que dicen ser de un príncipe extranjero.

—¿Por qué ese tal Tobias Hawthorne, un hombre al que no conozco y al que jamás había oído mencionar, me ha nombrado en su testamento? —pregunté.

—No lo sé —repuso Libby—, pero eso —hizo un ademán hacia la puerta por la que se había ido Grayson— no es ningún timo. ¿Has visto cómo ha tratado al director Altman? ¿Qué crees que era el trato que ha mencionado? ¿Un soborno… o una amenaza?

«Ambas cosas», pensé. Me tragué esa respuesta, saqué el móvil y me conecté al wifi del instituto. Busqué por internet a Tobias Hawthorne y al cabo de un instante las dos leímos el titular de una noticia: «Renombrado filántropo muere a los 78 años».

—¿Sabes qué significa filántropo? —me preguntó Libby muy seria—. Significa rico.

—Significa que es una persona que dona dinero a obras benéficas —corregí.

—Rico, vamos. —Libby me miró de hito en hito—. ¿Y si la obra benéfica eres tú? No enviarían al nieto de ese tío a buscarte si solo te hubiera dejado unos pocos cientos de dólares. Seguro que hablamos de miles. Podrías viajar, Avery, o pagarte la universidad, o comprarte un coche mejor.

Noté que el corazón empezaba a latirme muy rápido de nuevo.

—¿Por qué me iba a dejar nada un completo desconocido? —insistí, conteniendo el impulso de soñar despierta aunque, fuera durante un segundo, porque si empezaba, no estaba segura de poder parar.

—¿Quizá conocía a tu madre? —preguntó Libby—. No lo sé, pero lo que sí sé es que tienes que ir a la lectura de ese testamento.

—No puedo irme como si nada —repliqué—. Y tú tampoco.

Ambas faltaríamos al trabajo. Yo tendría que saltarme las clases. Y aun así…, al menos un viaje alejaría a Libby de Drake, aunque fuera temporalmente.

«Y si todo esto es real…». Empezaba a hacerse difícil no pensar en las posibilidades.

—Mis turnos están cubiertos durante los próximos dos días —me informó Libby—. He hecho algunas llamadas, y los tuyos están cubiertos también. —Alargó la mano para coger la mía—. Venga, Ave. ¿No sería bonito hacer un viaje, tú y yo solas?

Me apretó la mano y, al cabo de un momento, le devolví el apretón.

—¿Dónde dices que se va a hacer la lectura del testamento?

—¡En Texas! —exclamó Libby con una sonrisa—. Y no solo nos han comprado los billetes, ¡los han reservado en primera clase!

CAPÍTULO 5

Nunca había ido en avión. Si miraba desde las alturas podía imaginarme viajando más allá de Texas. A París. A Bali. A Machu Picchu. Aquellos siempre habían sido sueños de «algún día».

Y, sin embargo, ahora…

A mi lado, Libby estaba en el cielo. Entre sorbitos de un cóctel que le habían servido gratis declaró:

—Toca foto. Acércate y enseña las nueces.

Al otro lado del pasillo, una señora le lanzó a Libby una mirada de reproche. No supe qué la ofendía más, si el pelo de Libby, la cazadora de camuflaje que se había puesto cuando se había quitado el pijama sanitario, la gargantilla con púas de metal que llevaba, el selfi que intentaba hacer o el volumen con que había exclamado «nueces».

Esbocé mi mejor expresión altiva, me incliné hacia mi hermana y levanté las nueces para que se vieran bien.

Libby me puso la cabeza en el hombro y echó la foto. Luego me acercó el móvil para enseñármela.

—Te la paso cuando aterricemos. —La sonrisa le falló un poco, solo un instante—. No la cuelgues, ¿vale?

«Drake no sabe dónde estás, ¿verdad?». Me mordí la lengua y no le dije que nadie podía reprocharle tener su propia vida. No quería discutir.

—Tranquila.

Tampoco suponía sacrificio alguno por mi parte. Tenía perfiles en las redes sociales, pero solo los usaba para poder mandarle mensajes privados a Max.

Y hablando de Max… Saqué el móvil. Había puesto el modo avión, lo que implicaba no poder enviar mensajes, pero en primera clase teníamos acceso gratuito al wifi, de modo que le escribí uno a Max para ponerla al día sobre todo lo que había ocurrido. Luego me pasé lo que quedaba de viaje leyendo como una posesa sobre Tobias Hawthorne.

Se había hecho rico gracias al petróleo y luego había diversificado. Basándome en que Grayson Hawthorne había dicho que su abuelo era un hombre «rico» y en el hecho de que los periódicos usaran la palabra «filántropo», me había figurado que se trataba de un millonario.

Me equivocaba.

Tobias Hawthorne no era solo rico o acomodado. No había términos educados para definir lo que era Tobias Hawthorne, aparte de introduce-aquí-el-improperio-que-más-te-guste y asquerosamente rico. Tenía miles de millones, ¡miles de millones, en plural! Era la novena persona más rica de Estados Unidos y el hombre más rico del estado de Texas.

Cuarenta y seis mil doscientos millones de dólares. Ese era su patrimonio neto. Respecto a los números, ni siquiera parecían reales. Al final, dejé de preguntarme por qué un señor a quien no había visto en mi vida me había dejado dinero, y empecé a preguntarme cuánto me habría dejado.

Max me contestó justo antes de aterrizar: «¿Te estás quedando conmigo, frutilla?».

Me reí. «No. Te juro que estoy en un avión para Texas ahora mismo. A punto de aterrizar».

La respuesta de Max fue simplemente: «La leche».

Una mujer de pelo negro que llevaba un traje blanco inmaculado se nos acercó a Libby y a mí en cuanto pasamos el control de seguridad.

—Señora Grambs. —Me miró y asintió con la cabeza, luego se volvió hacia Libby e hizo lo mismo mientras añadía otro saludo idéntico—: Señora Grambs. —Se volvió y dio por hecho que la seguiríamos. Me mortificó que ambas lo hiciéramos—. Soy Alisa Ortega —se presentó—, de McNamara, Ortega & Jones. —Hizo otra pausa, luego me miró de reojo—. Es usted una joven muy difícil de localizar.

Me encogí de hombros.

—Es que vivo en el coche.

—No vive en el coche —intervino enseguida Libby—. Dile que no es cierto.

—Estamos muy contentos de que haya podido venir. —Alisa Ortega de McNamara, Ortega & Jones no esperó que le respondiera nada. Tuve la sensación de que mi mitad de la conversación era indiferente—. Durante su estancia en Texas se pueden considerar invitadas de la familia Hawthorne. Yo seré su enlace con el bufete. Si necesitan cualquier cosa mientras están aquí, háganmelo saber.

«¿Es que los abogados no cobran por horas?», pensé. ¿Cuánto le iba a costar a la familia Hawthorne esa recogida? Ni siquiera consideré la opción de que esa mujer no fuera abogada. Parecía rozar la treintena. Conversar con ella me generó la misma sensación que hablar con Grayson Hawthorne. Aquella mujer era alguien.

—¿Puedo hacer algo por ustedes? —preguntó Alisa Ortega mientras se dirigía hacia una puerta automática.

Aunque pareció que la puerta no iba a abrirse a tiempo, Ortega no aflojó el paso ni un ápice. Esperé a responder hasta estar segura de que no iba a darse de bruces contra el cristal.

—¿Qué tal algo de información?

—Tendrá que ser más específica.

—¿Sabe qué pone en el testamento? —quise saber.

—No lo sé.

Señaló un sedán negro que estaba estacionado junto al bordillo. Abrió la puerta trasera para que yo pudiera subirme. Entré y Libby me siguió. Alisa se acomodó en el asiento del copiloto. El del conductor ya estaba ocupado. Intenté ver al chófer, pero no pude distinguir bien su rostro.

—Descubrirá usted lo que dice el testamento muy pronto —aseguró Alisa, con palabras tan claras e inmaculadas como el traje blanco, no-se-atreva-el-diablo-a-ensuciarlo, que vestía—. Como todos. La lectura está prevista para poco después de su llegada a la Casa Hawthorne.

No «la casa de los Hawthorne», sino, sencillamente, Casa Hawthorne. Como si de algún tipo de mansión inglesa se tratara, con nombre y todo.

—¿Es allí donde nos hospedaremos? —preguntó Libby—. ¿En la Casa Hawthorne?

Nuestros billetes de vuelta eran para el día siguiente. Llevábamos equipaje para una sola noche.

—Tendrán que escoger sus dormitorios —nos aseguró Alisa—. El señor Hawthorne compró el terreno donde se edificó la casa hace más de cincuenta años y pasó cada uno de esos años ampliando la maravilla arquitectónica que se construyó allí. He perdido la cuenta del número total de dormitorios que hay, pero ascienden a más de treinta. La Casa Hawthorne es… algo fuera de lo común.

Aquella fue toda la información que pudimos sacarle hasta el momento. Tenté a la suerte.

—Supongo que el señor Hawthorne también era algo fuera de lo común.

—Supone usted bien —repuso Alisa. Y se volvió para mirarme—. El señor Hawthorne apreciaba a las personas avispadas.

Una sensación sobrecogedora me embargó al escuchar sus palabras, casi como si fueran una premonición. «¿Por eso me escogió?», pensé.

—¿Lo conocía usted mucho? —preguntó Libby, a mi lado.

—Mi padre ha sido el abogado de Tobias Hawthorne desde antes de que yo naciera. —Ahora el tono de Alisa Ortega no era autoritario. Hablaba con voz dulce—. Pasé mucho tiempo en la Casa Hawthorne, de niña.

«Ese señor no era solo un cliente para ella», comprendí.

—¿Tiene idea de por qué estoy aquí? —quise saber—. ¿De por qué me ha dejado algo?

—¿Es usted de ese tipo de personas con complejo de salvar el mundo? —repuso Alisa, como si fuera una pregunta de lo más normal.

—¿No? —dudé.

—¿Alguien apellidado Hawthorne le ha destrozado la vida? —prosiguió Alisa.

Me la quedé mirando, anonadada, y luego me las arreglé para responder con más confianza que antes.

—No.

Alisa sonrió, pero el gesto no le llegó a los ojos.

—Qué afortunada.

CAPÍTULO 6

La Casa Hawthorne coronaba la colina. Inmensa. Extensísima. Parecía un castillo, más apropiado para la realeza que para un entorno ranchero. Había media docena de coches aparcados enfrente y una motocicleta tan hecha polvo que más bien estaba para que la desguazaran y la vendieran por piezas.

Alisa observó fijamente la moto.

—Parece que Nash ha vuelto a casa.

—¿Nash? —preguntó Libby.

—El mayor de los nietos Hawthorne —aclaró Alisa al tiempo que apartaba la mirada de la moto y la dirigía al castillo—. En total son cuatro.

«Cuatro nietos», pensé. No podía quitarme de la cabeza al Hawthorne que ya había conocido. Grayson. El traje hecho perfectamente a la medida. Los argénteos ojos grises. La arrogancia de su tono al decirme que diera por hecho que él lo sabía todo.

Alisa me miró como si me hubiera leído el pensamiento.

—Se lo digo por experiencia, hágame caso, ni se le ocurra enamorarse de un Hawthorne.

—Tranquila —le dije, tan molesta por su suposición como por que hubiera podido leer en mi rostro siquiera un atisbo de lo que pensaba—. Guardo mi corazón bajo llave.

El vestíbulo en sí ya era más grande que muchas casas: tendría por lo menos unos cien metros cuadrados, como si a la persona que lo había construido le hubiera entrado el temor de que el recibidor también tuviera que hacer las veces de salón de baile. A cada lado del vestíbulo se alzaba una hilera de arcos de piedra, y el altísimo techo de la estancia era una talla de madera ricamente ornamentada. Al mirarlo sentí que me quedaba sin aire.

—Ya están aquí. —Una voz familiar devolvió mi atención a la tierra—. Justo a tiempo. Confío en que el vuelo haya ido bien.

Ese día, Grayson Hawthorne vestía un traje distinto. Esta vez era negro, igual que la camisa y la corbata.

—¡Tú! —Alisa lo recibió con una mirada gélida.

—¿Debo deducir que no me has perdonado por interferir? —preguntó Grayson.

—Tienes diecinueve años —replicó Alisa—. ¿Es que te vas a morir por actuar como tal?

—Igual sí. —Grayson le dedicó una sonrisa que mostraba los dientes—. De nada, por cierto. —Tardé un momento en entender que al decir «interferir», Grayson se refería a haber ido a buscarme—. Señoras —añadió—, ¿quieren darme los abrigos?

—No, gracias —contesté, sintiéndome contrariada; además, una capa extra entre mi piel y el resto del mundo no le haría daño a nadie.

—¿Y el suyo? —le preguntó Grayson a Libby en tono suave.

Todavía boquiabierta por el vestíbulo, Libby se quitó la chaqueta y se la tendió. Grayson cruzó uno de los arcos de piedra que daba a un pasillo, cuya pared estaba revestida por delicados paneles de madera. Colocó la mano en uno de ellos y empujó, giró la mano noventa grados, empujó el panel contiguo y entonces, en una sucesión demasiado rápida como para que yo pudiera identificarla, golpeó al menos dos más. Oí un leve estallido y apareció una puerta, que se separó del resto de la pared al abrirse de par en par.

—¿Qué me…? —empecé a decir.

Grayson alargó la mano y sacó una percha.

—Un armario para los abrigos.

Eso no era una explicación. Era una expresión, como si aquello fuera un armario para los abrigos normal y corriente que se pudiera encontrar en una casa normal y corriente.

Alisa decidió que era el momento idóneo para dejarnos en las capaces manos de Grayson y yo intenté encontrar una respuesta que no consistiera en quedarme allí plantada con la boca abierta como un pez. Grayson hizo ademán de cerrar el armario, pero un sonido proveniente de sus profundidades lo detuvo.

Oí un crujido y luego un estruendo. Entonces percibimos algo que se revolvía detrás de los abrigos y una figura emergió entre las sombras, se abrió paso entre las prendas colgadas y salió al vestíbulo. Era un chico, más o menos de mi edad o quizá algo más joven. Vestía traje, pero hasta allí llegaban las similitudes respecto a Grayson; el traje de ese chico estaba hecho un higo, como si se hubiera echado una siesta, o unas veinte, con él puesto. Llevaba la americana desabrochada y la corbata le pendía del cuello sin anudar. Era alto, de rostro aniñado y lucía una mata de pelo oscura y rizada. Tenía los ojos de un color castaño claro, del mismo tono que su piel.

—¿Llego tarde? —le preguntó a Grayson.

—Tal vez tendría que sugerirte que le plantearas esa duda a tu reloj.

—¿Ha llegado ya Jameson? —reformuló la pregunta el chico de pelo oscuro.

Grayson se puso tenso.

—No.

—¡Entonces no llego tarde! —rio el otro chico. Miró detrás de Grayson y nos vio a Libby y a mí—. ¡Y ellas deben de ser las invitadas! Qué desagradable, Grayson, que no nos hayas presentado.

Grayson tensó los músculos de la mandíbula.

—Avery Grambs —dijo con formalidad— y su hermana, Libby. Señoras, les presento a mi hermano Alexander. —Por un momento pareció que Grayson fuera a dejarlo ahí, pero entonces enarcó una ceja—. Xander es el bebé de la familia.

—Soy el guapo de la familia —corrigió Xander—. Ya sé qué pensáis. Este pesado que tengo aquí al lado es la percha perfecta para un traje de Armani, pero yo os pregunto: ¿creéis que puede sacudir al universo con su sonrisa y ponerlo del revés, como si fuera una joven Mary Tyler Moore reencarnada en el cuerpo de un James Dean multirracial? —Daba la sensación de que Xander solo sabía hablar de una manera: deprisa—. No —se respondió a sí mismo—. No puede.

Al fin dejó de hablar el rato suficiente como para que otra persona pudiera intervenir.

—Encantada de conocerte —balbució Libby.

—¿Pasas mucho rato escondido en el armario de los abrigos? —pregunté yo.

Xander se sacudió el polvo de las manos en los pantalones.

—Es un pasadizo secreto —aclaró, y luego intentó desempolvarse los pantalones—. En esta casa hay un montón.

CAPÍTULO 7

Me ardían los dedos de las ganas de sacar el móvil y empezar a hacer fotos, pero me contuve. Libby, sin embargo, no tuvo tantos escrúpulos.

—Mademoiselle… —Xander se desplazó para interferir en uno de los encuadres de Libby—. ¿Podría preguntarte qué piensas acerca de las montañas rusas?

En ese instante tuve la sensación de que a Libby se le iban a salir los ojos de las órbitas.

—¿Hay una montaña rusa en esta casa?

Xander rio.

—No exactamente.

Para cuando me quise dar cuenta, el «bebé» de la familia Hawthorne —que medía nada menos que metro noventa— se había llevado a mi hermana hacia las profundidades del vestíbulo.

Aquello me dejó anonadada. «¿Cómo que “no exactamente”? ¿Cómo puede haber en una casa algo parecido a una montaña rusa?», me dije. A mi lado, Grayson rio por lo bajo. Lo pillé mirándome y entorné los ojos.

—¿Qué?

—Nada —replicó, aunque la curvatura de sus labios delata todo lo contrario—. Es que… Tiene un rostro muy expresivo.

No. No era verdad. Libby siempre me decía que era muy difícil saber qué pensaba. Mi cara de póquer llevaba meses sirviéndome para pagar los desayunos de Harry. Yo no era expresiva.

Mi rostro no tenía nada destacable.

—Le pido disculpas por Xander —comentó Grayson—. Tiende a omitir nociones tan anticuadas como pensar antes de hablar y quedarse quieto durante más de tres segundos consecutivos. —Bajó la mirada y añadió—: Es el mejor de todos nosotros, incluso en sus peores días.

—La señora Ortega nos ha dicho que sois cuatro. —No pude contenerme. Quería saber más cosas sobre su familia. Sobre él—. Cuatro nietos, quiero decir.

—Tengo tres hermanos —me explicó Grayson—. La misma madre, padres distintos. Nuestra tía Zara no tiene hijos. —Miró por encima de mi cabeza—. Y ya que hablamos de mis parientes, tengo la sensación de que debería pedirle disculpas de nuevo, por adelantado.

—¡Gray, tesoro!

Una mujer llegó hasta nosotros en un remolino de telas y colores. Cuando la holgada falda que vestía dejó de ondear a su alrededor, intenté descifrar su edad. Más de treinta, menos de cincuenta. No pude concretar más.

—Nos esperan en la Gran Sala —le dijo a Grayson—. Estarán listos enseguida. ¿Dónde está tu hermano?

—Especifica, madre.

La mujer puso los ojos en blanco.

—Ay, no me vengas con el «madre», Grayson Hawthorne. —La mujer se volvió para mirarme—. Da la sensación de que nació con el traje puesto —me dijo con la expresión de quien confía un gran secreto—, pero Gray era mi pequeño exhibicionista. Un verdadero espíritu libre. No había manera de convencerlo de que no se quitara la ropa, de verdad, y fue así hasta los cuatro años. Francamente, yo ni siquiera lo intentaba. —Hizo una pausa y me repasó de arriba abajo sin preocuparse por disimular lo más mínimo—. Tú debes de ser Ava.

—Avery —corrigió Grayson. Si se sentía avergonzado por su supuesto pasado de niño nudista, no lo demostró—. Se llama Avery, madre.

La mujer suspiró, pero esbozó una sonrisa, como si le resultara imposible mirar a su hijo y no descubrirse terriblemente encantada de estar junto a él.

—Siempre juré que mis hijos me llamarían por mi nombre —me explicó—, que los criaría como a mis iguales, ¿sabes? Pero, bueno, siempre había pensado que tendría niñas. Cuatro niños más tarde… —Y, entonces, se encogió de hombros con el gesto más elegante del mundo entero.

Objetivamente, la madre de Grayson era excesiva. ¿Subjetivamente? Era infecta.

—¿Te importa si te pregunto cuándo es tu cumpleaños, querida?

La pregunta me pilló totalmente desprevenida. Tenía boca, yo, y funci

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