Aké

Wole Soyinka

Fragmento

libro-2

I

Aké ya no es más que un terreno extendido y ondulante. Fue algo más que una mera lealtad a los terrenos de la vicaría lo que dio origen a un enigma, y a un resentimiento, a que Dios escogiera contemplar desde arriba su propia avanzada de religiosidad, los terrenos de la vicaría, desde las alturas profanas de Itoko. Claro que existía el misterio del establo del jefe, donde vivían los caballos cerca de la cima del cerro, pero más allá aquel camino mareante seguía subiendo y subiendo, de un mercado ruidoso a otro, y contemplaba desde arriba Ibarapa e Ita Aké, y más allá hasta los lugares más recónditos de la vicaría en sí.

Los días de niebla, la cuesta que subía hasta Itoko se juntaba con el cielo. Si bien era posible que Dios no viviera efectivamente allí, no cabía duda de que donde primero había descendido era a aquella cima, de que después había dado un único paso gigantesco por encima de los mercados tumultuosos —que osaban vender en domingo— hasta llegar a la iglesia de San Pedro, y que después había llegado a los terrenos de la vicaría a tomar el té con el canónigo. Quedaba el pequeño consuelo de que, pese a la tentación de llegar a caballo, no se había parado primero a ver al jefe, que se sabía era pagano; desde luego, al jefe nunca lo veíamos en la iglesia más que en los aniversarios de la coronación del alake. Por el contrario, Dios llegaba directamente a la iglesia de San Pedro a los oficios matutinos, hacía una breve parada durante los oficios de la tarde, pero reservaba su presencia más exótica y formal para los oficios vespertinos, que en honor suyo siempre se celebraban en idioma inglés. En los oficios vespertinos, el órgano adquiría una sonoridad oscura y ahumada, y no cabía duda de que el órgano iba adaptando sus sonidos normales para acompañar a las respuestas sepulcrales del propio Dios, con su timbre de egúngún,(1) a las plegarias que se le ofrecían.

La residencia del canónigo era la única que podía alojar al invitado semanal. Para empezar, era el único edificio de un piso de toda la vicaría, cuadrado y sólido como el propio canónigo, lleno de ventanas negras con marcos de madera. BishopsCourt también era un edificio de un piso, pero en él no vivían más que alumnos, de manera que no era una casa. Desde el piso de arriba de la casa del canónigo «casi» se podía mirar directamente a los ojos paganos de Itoko. Estaba en el punto habitado más alto de los terrenos de la vicaría y casi miraba por encima de la puerta principal de estos. Tenía la espalda vuelta al mundo de los espíritus y de los ghommids(2) que habitaban el denso bosque y que perseguían hasta su casa a los niños que se habían aventurado demasiado lejos en busca de leña, setas y caracoles. El edificio cuadrado y blanco del canónigo era un baluarte contra la amenaza y el asedio de los espíritus del bosque. Su muro trasero demarcaba el territorio de aquellos y les impedía tomarse libertades con el mundo de los seres humanos.

Las aulas de la escuela primaria eran las únicas que compartían aquella proximidad al bosque, y por la noche estaban vacías. Encerrada por muros rugosos y encalados, por las traseras sin ventanas de las casas, por túmulos de piedras que en vano trataban de oscurecer los árboles gigantescos, la vicaría de Aké, con sus tejados de plancha ondulada, tenía el aspecto de una fortaleza. A salvo en su interior, bajábamos o subíamos según nos apetecía por planos imbricados, superpuestos, por pendientes de peñascos que caían a pico, entre matojos de monte bajo y por en medio de huertos de frutales que aparecían repentinamente. Por todas partes había plantas de quingombó. El aire se llenaba del perfume de los limoneros, las guayabas, los mangos, se ponía pegajoso con la resina del bum-bum y las secreciones del árbol de la lluvia. Los recintos escolares estaban rodeados por aquellos árboles de la lluvia, con sus anchas ramas que esparcían sombra. Por encima de las acacias se erguían los pinos aciculares, y los bosques de bambú siempre nos ponían nerviosos; si las serpientes monstruosas pudieran escoger, seguro que los matorrales de bambú serían su residencia ideal.

Entre el lado izquierdo de la casa del canónigo y los campos de juego de la Escuela estaba el Plantío. Era demasiado variado, demasiado profuso para llamarlo jardín, o ni siquiera huerto. Y en él había plantas y frutas que convertían el Plantío en una extensión de las clases de Historia Sagrada, las lecciones o los sermones de la iglesia. Había una planta de hojas moteadas blancas y rojas a la que llamábamos lirio de Caná.[1] Cuando clavaron a Cristo en la cruz y de sus heridas saltó la sangre, unas cuantas gotas se quedaron pegadas en las hojas del lirio y lo estigmatizaron para siempre. Nadie se molestaba en explicar la causa de las abundantes manchas blancas que también aparecían en las hojas. Quizá tuvieran que ver con el lavado de los pecados en la sangre de Cristo, que dejaban incluso las manchas más oscuras del alma de una persona blancas como la nieve. También había la fruta de la pasión, producto de otra parte de la misma historia, y que sin embargo no nos gustaba a ninguno de los niños. Era agradable frotarse la palma de la mano con su turgente piel verde, pero al madurar se ponía de un amarillo marchito, y su tersura se hundía como las caras de los ancianos de ambos sexos a los que conocíamos. Y apenas si era dulce, con lo cual no pasaba la prueba infalible de lo que era una fruta de verdad. Pero el rey del plantío era el granado, que no era producto de una semilla de la iglesia de piedra sino más bien de la lírica Escuela Dominical. Pues era en la Escuela Dominical donde se contaban las historias de verdad, las historias que vivían realmente por sí solas y que traspasaban la frontera del tiempo de los domingos o de las hojas de la Biblia y penetraban en el mundo de los países, los hombres y las mujeres de fábula. El granado tenía una producción de lo más mezquina. No rendía su fruto, aparentemente duro, sino muy de tarde en tarde, pese a la paciencia con que lo cuidaban las manos y la cara de venas abultadas pertenecientes a alguien a quien solo conocíamos por el nombre de Jardinero. Jardinero era la única persona en quien se podía confiar para que compartiese aquella rara fruta entre la banda, pequeña y fiel, de observadores del granado, pero aunque nos diera el trozo más pequeño, servía para trasladarnos al mundo ilustrado de la Historia Sagrada. El granado era la reina de Saba, rebeliones y guerras, la pasión de Salomé, el sitio de Troya, el elogio de la belleza en el Cantar de los Cantares. Aquella fruta, con su aspecto y su tacto pedregoso, abría las cuevas de Ali Babá, sacaba al genio de la lámpara de Aladino, tocaba las cuerdas del arpa que devolvió la cordura a David, separaba las aguas del Nilo y llenaba nuestra vicaría de incienso procedente del sombrío templo de Jerusalén.

Jardinero decía que solo crecía en el Plantío. El granado venía de fuera de la tierra del negro, pero algún obispo anterior, un hombre blanco, había traído las semillas y las había plantado en el Plantío. Preguntamos si aquello era la manzana, pero Jardinero se echó a reír y dijo que no. Y añadió que aquella man

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