I
Aké ya no es más que un terreno extendido y ondulante. Fue algo más que una mera lealtad a los terrenos de la vicaría lo que dio origen a un enigma, y a un resentimiento, a que Dios escogiera contemplar desde arriba su propia avanzada de religiosidad, los terrenos de la vicaría, desde las alturas profanas de Itoko. Claro que existía el misterio del establo del jefe, donde vivían los caballos cerca de la cima del cerro, pero más allá aquel camino mareante seguía subiendo y subiendo, de un mercado ruidoso a otro, y contemplaba desde arriba Ibarapa e Ita Aké, y más allá hasta los lugares más recónditos de la vicaría en sí.
Los días de niebla, la cuesta que subía hasta Itoko se juntaba con el cielo. Si bien era posible que Dios no viviera efectivamente allí, no cabía duda de que donde primero había descendido era a aquella cima, de que después había dado un único paso gigantesco por encima de los mercados tumultuosos —que osaban vender en domingo— hasta llegar a la iglesia de San Pedro, y que después había llegado a los terrenos de la vicaría a tomar el té con el canónigo. Quedaba el pequeño consuelo de que, pese a la tentación de llegar a caballo, no se había parado primero a ver al jefe, que se sabía era pagano; desde luego, al jefe nunca lo veíamos en la iglesia más que en los aniversarios de la coronación del alake. Por el contrario, Dios llegaba directamente a la iglesia de San Pedro a los oficios matutinos, hacía una breve parada durante los oficios de la tarde, pero reservaba su presencia más exótica y formal para los oficios vespertinos, que en honor suyo siempre se celebraban en idioma inglés. En los oficios vespertinos, el órgano adquiría una sonoridad oscura y ahumada, y no cabía duda de que el órgano iba adaptando sus sonidos normales para acompañar a las respuestas sepulcrales del propio Dios, con su timbre de egúngún,(1) a las plegarias que se le ofrecían.
La residencia del canónigo era la única que podía alojar al invitado semanal. Para empezar, era el único edificio de un piso de toda la vicaría, cuadrado y sólido como el propio canónigo, lleno de ventanas negras con marcos de madera. BishopsCourt también era un edificio de un piso, pero en él no vivían más que alumnos, de manera que no era una casa. Desde el piso de arriba de la casa del canónigo «casi» se podía mirar directamente a los ojos paganos de Itoko. Estaba en el punto habitado más alto de los terrenos de la vicaría y casi miraba por encima de la puerta principal de estos. Tenía la espalda vuelta al mundo de los espíritus y de los ghommids(2) que habitaban el denso bosque y que perseguían hasta su casa a los niños que se habían aventurado demasiado lejos en busca de leña, setas y caracoles. El edificio cuadrado y blanco del canónigo era un baluarte contra la amenaza y el asedio de los espíritus del bosque. Su muro trasero demarcaba el territorio de aquellos y les impedía tomarse libertades con el mundo de los seres humanos.
Las aulas de la escuela primaria eran las únicas que compartían aquella proximidad al bosque, y por la noche estaban vacías. Encerrada por muros rugosos y encalados, por las traseras sin ventanas de las casas, por túmulos de piedras que en vano trataban de oscurecer los árboles gigantescos, la vicaría de Aké, con sus tejados de plancha ondulada, tenía el aspecto de una fortaleza. A salvo en su interior, bajábamos o subíamos según nos apetecía por planos imbricados, superpuestos, por pendientes de peñascos que caían a pico, entre matojos de monte bajo y por en medio de huertos de frutales que aparecían repentinamente. Por todas partes había plantas de quingombó. El aire se llenaba del perfume de los limoneros, las guayabas, los mangos, se ponía pegajoso con la resina del bum-bum y las secreciones del árbol de la lluvia. Los recintos escolares estaban rodeados por aquellos árboles de la lluvia, con sus anchas ramas que esparcían sombra. Por encima de las acacias se erguían los pinos aciculares, y los bosques de bambú siempre nos ponían nerviosos; si las serpientes monstruosas pudieran escoger, seguro que los matorrales de bambú serían su residencia ideal.
Entre el lado izquierdo de la casa del canónigo y los campos de juego de la Escuela estaba el Plantío. Era demasiado variado, demasiado profuso para llamarlo jardín, o ni siquiera huerto. Y en él había plantas y frutas que convertían el Plantío en una extensión de las clases de Historia Sagrada, las lecciones o los sermones de la iglesia. Había una planta de hojas moteadas blancas y rojas a la que llamábamos lirio de Caná.[1] Cuando clavaron a Cristo en la cruz y de sus heridas saltó la sangre, unas cuantas gotas se quedaron pegadas en las hojas del lirio y lo estigmatizaron para siempre. Nadie se molestaba en explicar la causa de las abundantes manchas blancas que también aparecían en las hojas. Quizá tuvieran que ver con el lavado de los pecados en la sangre de Cristo, que dejaban incluso las manchas más oscuras del alma de una persona blancas como la nieve. También había la fruta de la pasión, producto de otra parte de la misma historia, y que sin embargo no nos gustaba a ninguno de los niños. Era agradable frotarse la palma de la mano con su turgente piel verde, pero al madurar se ponía de un amarillo marchito, y su tersura se hundía como las caras de los ancianos de ambos sexos a los que conocíamos. Y apenas si era dulce, con lo cual no pasaba la prueba infalible de lo que era una fruta de verdad. Pero el rey del plantío era el granado, que no era producto de una semilla de la iglesia de piedra sino más bien de la lírica Escuela Dominical. Pues era en la Escuela Dominical donde se contaban las historias de verdad, las historias que vivían realmente por sí solas y que traspasaban la frontera del tiempo de los domingos o de las hojas de la Biblia y penetraban en el mundo de los países, los hombres y las mujeres de fábula. El granado tenía una producción de lo más mezquina. No rendía su fruto, aparentemente duro, sino muy de tarde en tarde, pese a la paciencia con que lo cuidaban las manos y la cara de venas abultadas pertenecientes a alguien a quien solo conocíamos por el nombre de Jardinero. Jardinero era la única persona en quien se podía confiar para que compartiese aquella rara fruta entre la banda, pequeña y fiel, de observadores del granado, pero aunque nos diera el trozo más pequeño, servía para trasladarnos al mundo ilustrado de la Historia Sagrada. El granado era la reina de Saba, rebeliones y guerras, la pasión de Salomé, el sitio de Troya, el elogio de la belleza en el Cantar de los Cantares. Aquella fruta, con su aspecto y su tacto pedregoso, abría las cuevas de Ali Babá, sacaba al genio de la lámpara de Aladino, tocaba las cuerdas del arpa que devolvió la cordura a David, separaba las aguas del Nilo y llenaba nuestra vicaría de incienso procedente del sombrío templo de Jerusalén.
Jardinero decía que solo crecía en el Plantío. El granado venía de fuera de la tierra del negro, pero algún obispo anterior, un hombre blanco, había traído las semillas y las había plantado en el Plantío. Preguntamos si aquello era la manzana, pero Jardinero se echó a reír y dijo que no. Y añadió que aquella manzana tampoco se encontraría en la tierra del negro. Pensábamos que Jardinero era un ignorante. Era evidente que la granada era la única manzana que podía hacer perder a Adán y Eva las delicias del paraíso. Había otra fruta a la que nosotros también llamábamos manzana, suave pero turgente, con una piel de un rosa pálido y bastante jugosa. Antes de que llegara la granada se le había asignado la identidad de la manzana que acabó con la pareja desnuda. El primer mordisco de granada sirvió para desenmascarar a la impostora, a la cual sustituyó.
En la higuera habitaban bandadas de murciélagos, cuyas deyecciones llenas de semillas cubrían las piedras, las praderas, los senderos y los arbustos antes del amanecer. Había un tilo, suave e inmenso, al borde del campo de juegos del lado del recinto[2] del librero, que desafiaba al harmattan;[3] llenaba los terrenos de la vicaría con un concierto infatigable de pájaros tejedores.
Algo terrible ha ocurrido en los terrenos de la vicaría de Aké. La tierra está erosionada, las praderas agostadas y de sus techumbres, que antes eran tan discretas, ha desaparecido todo misterio. Antes, a cada nuevo día aparecía un lugar nunca visto, un montoncillo de piedras, un seto y una colonia de caracoles. El esqueleto del automóvil no se ha movido de su punto de partida, donde los niños nos metíamos en él para hacer viajes a lugares fabulosos; ahora no es más que un cadáver, con sus ojos convertidos en huecos oxidados, su cara de dragón hundida por la pérdida progresiva de los dientes. Del incinerador abandonado, con sus malas hierbas tan grandes y sus serpientes relucientes, no queda más huella que un montón de barro. Las casas supervivientes, casas que formaron los baluartes de la vicaría de Aké, se han convertido en cajas de embalar, en medio de un paisaje vacío, lleno de chirridos, desnudo y sin nervios.
Y también han desaparecido las sensaciones de antes. Incluso las praderas abiertas y los anchos caminos, bordeados de piedras encaladas, lirios y matojos de citronela que cambiaban de naturaleza según las estaciones, según que fuera día de semana o domingo y que fuera mediodía o el atardecer. Y los ecos que rebotaban en los muros de la parte baja de la vicaría iban adquiriendo nuevas tonalidades con las estaciones, cambiaban al irse vaciando las praderas cuando las escuelas cerraban por vacaciones.
Si yo me echaba boca arriba en la pradera delante de nuestra casa, mirando al cielo, con la cabeza en dirección a BishopsCourt, mis piernas apuntaban a los recintos internos de la Vicaría Baja. La mitad de la Escuela Anglicana de Muchachas ocupaba uno de aquellos espacios inferiores, y la otra mitad había pasado a ocupar BishopsCourt. La parte inferior contenía las aulas para las niñas más pequeñas, una residencia, un pequeño plantío de papayas, guayabas, algo de bambú y malas hierbas. En la estación de las lluvias siempre se encontraban caracoles. En el otro recinto bajo estaba el librero de la misión, un hombrecillo arrugado, casado con una mujer muy tranquila sobre cuya inmensa espalda todos nosotros habíamos, en algún momento, dormido o contemplado el mundo. Su recinto se convirtió en un atajo hacia la carretera que conducía a Ibara, Lafenwa o Igbein y su Escuela Media, dirigida por Ransome-Kuti, quien vivía en ella con su familia. El recinto del librero contenía el único pozo de la vicaría; en la estación seca nunca estaba vacío. Y sus tierras parecían ser las únicas que producían cocoteros.
BishopsCourt, de la Vicaría Alta, ya no existe. A veces aparecía allí el obispo Ajayi Crowther entre dos arbustos de hortensias y buganvillas, un rostro de gnomo con ojos saltones cuya fotografía oficial habíamos visto por primera vez en el frontispicio de su biografía. El maestro nos dijo que había vivido en BishopsCourt, y a partir de aquel momento empezó a contemplarnos entre las plantas siempre que yo pasaba junto a la casa a llevar un recado a nuestra Tía Abuela, la señora Lijadu. BishopsCourt se había convertido en dormitorio anexo a la Escuela de Niñas y en un campo de juego más para nosotros durante las vacaciones. El obispo estaba sentado, en silencio, en el banco que había bajo el porche de madera sobre la entrada, con las túnicas todas enredadas entre los tallos cada vez más largos de la buganvilla. Cuando los ojos se le convirtieron en meras cuencas me acerqué más a él. Entonces mis ideas se desviaron hacia otra fotografía en la cual él llevaba un traje de cura, con chaleco, y yo me preguntaba dónde mantenía en realidad el extremo de la cadena de plata que le desaparecía en el bolsillo. El me sonreía y decía: «Acércate, que te lo enseño». Cuando yo avanzaba hacia el porche él iba sacando la cadena hasta extraer un reloj de bolsillo totalmente redondo que brillaba como plata maciza. Apretaba un botón que tenía en la tapa y esta se abría y no revelaba el cristal y la esfera, sino un espacio profundo lleno de nubes. Después me guiñaba un ojo y este se le caía de la cara al hueco del reloj. Guiñaba el otro y este se reunía con su compañero dentro del reloj. Volvía a tapar el reloj, volvía a hacer un gesto con la cabeza y esta se quedaba calva, le desaparecían los dientes y la piel se le iba estirando hasta que quedaban al aire los pómulos blancos. Entonces se ponía de pie y, tras volverse a meter el reloj en el bolsillo del chaleco, daba un paso hacia mí. Yo huía a casa.
A veces parecía que BishopsCourt quería rivalizar con la casa del canónigo. Parecía ser una casa-barco, pese a su protección de piedras encaladas y de flores relucientes, a su fachada de madera tallada casi totalmente sumergida entre buganvillas. Y también estaba bajo la sombra de aquellos peñascos omnipresentes, entre cuyas hendiduras crecían milagrosamente árboles altos de grandes copas. Iban llegando las nubes, y los peñascos se confundían en la habitual turbulencia gris de ellas, y después los árboles se mecían adelante y atrás hasta quedar suspendidos sobre BishopsCourt. Aquello solo ocurría cuando había grandes tormentas. BishopsCourt, al contrario que la casa del canónigo, no daba a las peñas ni a los bosques. Estaba separada de ellos por los campos de juego de las niñas, y sabíamos que aquella separación siempre había existido. Era evidente que los obispos no sentían inclinación a desafiar a los espíritus. Solo podían hacerlo los vicarios. El que el obispo Ajayi Crowther me hubiera hecho salir muerto de miedo de aquel recinto con sus extrañas transformaciones solo servía para confirmar que los obispos, cuando morían, se iban al mundo de los espíritus y los fantasmas. Yo no podía creer que el canónigo se fuera a ir deshaciendo así ante mis ojos, ni tampoco el reverendo J. J., que había ocupado antes aquella casa, hacía muchos años, cuando mi madre era todavía una niña como nosotros. De hecho, en sus tiempos J. J. Ransome-Kuti había rechazado a varios ghommids; mi madre lo confirmaba. Era su sobrina nieta y, hasta que vino a vivir a nuestra casa, había vivido con la familia del reverendo J. J. También su hermano Sanya había vivido allí, y todo el mundo reconocía que era un òrò,(3) de modo que se sentía en casa en los bosques, incluso de noche. Sin embargo, en una ocasión debió de ir demasiado lejos.
—Ya nos habían visitado antes para quejarse —decía ella—. Claro que no entraban de hecho en el recinto, sino que se quedaban en el borde, donde terminaba el bosque. A su jefe, el que hablaba, le salían chispas de la cabeza, que parecía ser una esfera toda de ascuas, no (estoy mezclando dos ocasiones), aquello fue la segunda vez, cuando nos persiguió hasta casa. La primera vez no hicieron más que enviar un emisario. Era muy negro, bajito y de gesto adusto. Vino hasta el patio y se quedó allí mientras nos ordenaba que llamásemos al reverendo.
»Era como si el Tío hubiera estado esperando aquella visita. Salió de la casa y le preguntó qué quería. Nos amontonamos todos en la cocina a mirar furtivamente.
—¿Qué voz tenía? ¿Hablaba igual que un egúngún?
—Eso viene ahora. Aquel hombre… Bueno, supongo que habría que decir que era un hombre… No era del todo humano, y se le notaba. Tenía la cabeza demasiado grande y siempre miraba al suelo. Entonces dijo que había venido a acusarnos. No les importaba que fuéramos al bosque ni siquiera de noche, pero no querían que entrásemos en ninguna parte más allá de las peñas y del bosquecillo de bambú junto al arroyo.
—Bueno, ¿y qué dijo el tío? Y no nos has dicho qué voz tenía.
Tinu me echó su mirada de hermana mayor.
—Deja que mamá termine la historia.
—Quieres saberlo todo. Muy bien, hablaba exactamente igual que tu padre. ¿Estás contento?
No lo creí, pero lo dejé pasar:
—Sigue. ¿Qué hizo el tío abuelo?
—Nos llamó a todos y nos dijo que no volviéramos a aquel sitio.
—¡Pero volvisteis!
—Bueno, ya conoces a tu tío Sanya. Se había enfadado. Para empezar, los mejores caracoles son los que hay al otro lado del arroyo. Así que siguió quejándose de que aquellos tiró estaban siendo unos egoístas, y diciendo que iba a enseñarles quién era él. Y eso fue lo que hizo. Una semana después, más o menos, nos volvió a llevar allí. Y la verdad era que tenía razón. Llenamos una banasta y media de los caracoles más grandes que habéis visto en vuestra vida. Bueno, para entonces ya nos habíamos olvidado del aviso, había una luna muy grande, y además ya os he dicho que el propio Sanya es un òrò…
—Pero ¿por qué? Parece normal, como tú y como nosotros.
—Todavía no lo comprendes. En todo caso, es un òrò. Así que con él nos sentíamos a salvo. Hasta que de pronto empezó a brillar a lo lejos una especie de luz, como una bola de fuego. Aunque todavía estaba muy lejos, no parábamos de oír voces, como si en torno a nosotros hubiera un montón de personas que gruñeran lo mismo. Decían algo así como: «Niños tercos e insolentes, os hemos avisado y avisado, pero no queréis escuchar…».
La Cristiana Salvaje miró por encima de nuestras cabezas, frunciendo el ceño para recordar mejor:
—Ni siquiera se puede decir «ellos». Lo único que vi yo fue aquella figura de fuego, y todavía estaba muy lejos. Pero la oía con toda claridad, como si tuviera muchas bocas y me las apretara todas contra las orejas. Y la bola de fuego se iba haciendo cada vez mayor a cada momento.
—¿Qué hizo el tío Sanya? ¿Se peleó con él?
—¿Sanya wo ni yen? Fue el primero que se echó a correr. ¡Bo o ló o yá mi, o di kítìpà kítìpà!(4) Nadie se acordó de aquellos caracoles tan grandes. Aquel iwin(5) nos siguió hasta que llegamos a casa. Nuestros chillidos habían llegado antes que nosotros, y toda la casa estaba… Bueno, ya os podéis imaginar el jaleo que había. El tío ya había bajado las escaleras a toda prisa y estaba en el patio de atrás. Pasamos corriendo a su lado mientras él salía a enfrentarse con aquel ser. Aquella vez el iwin llegó a pasar del borde del bosque, y siguió adelante como si quisiera seguirnos hasta dentro de la casa, ya sabéis, que no corría, sino que nos perseguía con toda la paciencia del mundo.
Esperamos. ¡Ahora venía lo gordo! La Cristiana Salvaje se quedó pensativa mientras nosotros permanecíamos en el suspense. Después dio un hondo suspiro y meneó la cabeza con una extraña tristeza:
—Ya ha acabado la era de la fe. Entre nuestros primeros cristianos abundaba mucho la fe, de la de verdad, no solo de esa que consiste en ir a la iglesia y cantar himnos. La fe. Igbàgbó. Y esa fe es la que produce la verdadera fuerza. El tío se quedó allí como una piedra, sacó la Biblia y ordenó: «¡Atrás! Vuélvete al bosque que es tu casa. ¡Atrás, te digo en nombre de Dios!» Ejem. Y se acabó. Aquel ser sencillamente se dio la vuelta y se echó a correr, y las chispas le salían cada vez más rápido, hasta que ya no quedó más que un débil resplandor que iba desapareciendo por en medio del bosque. —Dio un suspiro—. Claro que aquella noche, después de rezar, hubo que pagar el precio. Seis correazos a cada uno. Y a Sanya doce. Y nos pasamos toda la semana cortando la hierba.
Yo no pude por menos de pensar que ya el susto era bastante castigo. Sin embargo, la Cristiana Salvaje, mirando a lo lejos en dirección a la casa cuadrada, pareció advertir lo que estaba pensando yo, y añadió:
—Fe y Disciplina. Aquello era lo fundamental para los primeros creyentes. ¡Bah! Dios ya no crea gente como aquella. Cuando pienso en el que ocupa ahora esa casa… —Y pareció recordar que estábamos nosotros allí:
»¿Qué estáis haciendo aquí los dos a estas horas? ¿No es hora de que os bañéis? ¡Lawanle!
Desde una parte remota de la casa, la «tía» Lawanle replicó:
—Ma.
Antes de que apareciese recordé a la Cristiana Salvaje:
—Pero no nos has dicho por qué el tío Sanya es un òrò.
Ella se encogió de hombros:
—Lo es. Lo he visto con mis propios ojos.
Ambos gritamos:
—¿Cuándo? ¿Cuándo?
Nos sonrió:
—No lo comprenderíais. Pero ya os lo contaré alguna vez. O que os lo cuente él la próxima vez que venga.
—¿Quieres decir que lo viste transformarse en òrò?
Justo en aquel momento llegó Lawanle y se dispuso a hacerse cargo de nosotros:
—¿No es hora ya de que se bañen los niños?
Imploré:
—No, espera, tita Lawanle. —Aunque sabía que era perder el tiempo. Ya nos había agarrado a cada uno de un brazo. Volví a gritar—: ¿Era el obispo Crowether un òrò?
La Cristiana Salvaje se echó a reír:
—¿Y qué vais a preguntar ahora? Ah, ya veo. Ya os han hablado de él en la Escuela Dominical, ¿no?
—Yo lo he visto —dije, tirando de la puerta para cerrarla y obligando a Lawanle a detenerse—. Yo lo veo todo el tiempo. Viene a sentarse bajo el porche de la Escuela de Niñas. Lo he visto cuando cruzaba el recinto camino de la tía Lijadu.
—Muy bien —suspiró la Cristiana Salvaje—. Id a tomar vuestro baño.
—Se esconde entre las buganvillas… —y Lawanle me alejó para que no me siguiera oyendo.
Aquella misma tarde, después, nos contó el resto de la historia. En aquella ocasión, el reverendo J. J. estaba fuera de Aké, en uno de sus muchos viajes a las misiones. Se iba muchas veces, unas a pie y otras en bicicleta, con objeto de mantenerse en contacto con todos los grupos de su diócesis y de difundir la palabra de Dios. Tropezaba con oposición muy a menudo, pero nada lo disuadía. Tuvo una experiencia aterradora en una de las aldeas de Ijebu. Le habían advertido que no predicase en un día determinado, que era el día de una salida de los egúngún, pero persistió y celebró los oficios. El desfile de los egúngún pasó mientras estaban en marcha los oficios, y uno de ellos, utilizando la voz de los antepasados, exhortó al predicador a que se detuviera inmediatamente, dispersara a su gente y saliera a rendir homenaje. El reverendo J. J. no le hizo caso. Entonces el egúngún se marchó y se llevó consigo a sus seguidores, pero al pasar junto a la puerta principal la golpeó tres veces con su varita. Apenas había salido del local de la iglesia el último miembro de su procesión cuando el edificio se derrumbó. Sencillamente, las paredes se cayeron y el techo se desintegró. Sin embargo, de manera milagrosa, las paredes se derrumbaron hacia afuera, mientras que los soportes del techo cayeron entre los pasillos o salieron volando por cualquier parte, pero no sobre los feligreses. El reverendo J. J. calmó a los fieles, hizo una pausa en su prédica para entonar una plegaria de acción de gracias y continuó con su sermón.
Quizá fuera aquello a lo que aludía la Cristiana Salvaje cuando hablaba de la fe. Y aquello tendía a confundir las cosas, porque, después de todo, el egúngún había hecho que se derrumbara el edificio de la iglesia. La Cristiana Salvaje no hizo ninguna tentativa de explicar cómo había ocurrido aquello, de manera que la hazaña tendía a ser del mismo género que la fe que movía montañas o que permitía a la Cristiana Salvaje echar aceite de cacahuete de un cuenco de boca ancha a una botella vacía sin verter una gota. Tenía ella la extraña costumbre de suspirar con una especie de éxtasis, y de atribuir la firmeza de sus manos a la fe y a que daba gracias a Dios. Sin embargo, si se le resbalaba la vasija y se desparramaban una o dos gotas, entonces murmuraba que sus pecados empezaban a pesar sobre ella, y que tenía que rezar más.
Pero si bien el reverendo J. J. tenía la fe, también parecía compartir la Terquedad con nuestro tío Sanya. La terquedad era uno de los primeros pecados que aprendimos a reconocer con facilidad, y por mucho que la Cristiana Salvaje intentara explicarnos por qué el reverendo J. J. predicaba el día en que salían los egúngún, a pesar de los avisos, aquello se parecía mucho a la terquedad. En cuanto al tío Sanya, no parecía haber muchas dudas acerca de su caso: apenas si se había ido pedaleando el reverendo J. J. para cumplir con sus deberes pastorales cuando él desaparecía en el bosque con uno u otro pretexto y se largaba hacia la misma zona que el tira había declarado prohibida. Sus objetivos reales eran las setas y los caracoles, y como excusa obligada utilizaba la de ir a recoger leña.
Pero incluso Sanya dejó de aventurarse por el bosque de noche, pues reconoció que era demasiado peligroso; durante el día y al atardecer no había demasiado riesgo, porque la mayor parte de los espíritus del bosque no salían más que por la noche. Madre nos dijo que en aquella ocasión ella y Sanya habían estado recogiendo setas y no estaban separados más que por unos cuantos matorrales. Ella podía oír perfectamente los movimientos de él, y de hecho habían tomado la precaución de mantenerse siempre muy cerca el uno del otro.
De pronto, nos dijo, oyó la voz de Sanya que hablaba con alguien en tono muy animado. Tras escuchar durante un rato, llamó a Sanya, pero este no respondió. No se oía otra voz que la de él, pero parecía estar hablando en tono amistoso y excitado con otra persona. Entonces ella miró por entre los arbustos y vio al Tío Sanya sentado en tierra y hablando muy rápido con alguien a quien ella no lograba ver. Trató de penetrar en los arbustos próximos con la mirada, pero en el bosque seguía sin haber nadie más que ellos dos. Y entonces su mirada se detuvo en la banasta de él.
Según dijo, era algo que ya había observado ella antes. Siempre ocurría lo mismo, independientemente de cuántos niños fueran al bosque a coger caracoles, bayas o lo que fuera; Sanya se pasaba casi todo el tiempo jugando y subiéndose a las peñas y a los árboles. Se iba a vagabundear solo, y dejaba su cesto por cualquier parte. Aquella vez fue como de costumbre. Ella se fue acercando y alarmó a nuestro tío, que dejó de parlotear e hizo como que estaba buscando caracoles por la tierra.
Madre dijo que se asustó. La banasta estaba llena hasta los bordes, a reventar. También se sentía desalentada, de manera que recogió su banasta casi vacía e insistió en que volvieran inmediatamente a casa. Abrió ella el camino, pero al cabo de un rato miró atrás y pareció que Sanya intentaba seguirla, pero no lo conseguía, como si se lo impidieran unas manos invisibles. De vez en cuando, Sanya se soltaba un brazo y gritaba:
—¡Dejadme en paz! ¿No veis que tengo que irme a casa? He dicho que tengo que irme.
Madre se echó a correr y Sanya hizo igual. Fueron corriendo hasta llegar a casa.
Aquella noche Sanya se puso malo. Rompió a sudar, se pasó la noche dándose vueltas en la estera y hablando a solas. Al día siguiente toda la familia estaba asustadísima. Tenía la frente ardiendo, y nadie podía conseguir que dijera una palabra con sentido. Por fin llegó a la casa una anciana, una de las conversas de J. J., que iba a hacer una visita de rutina. Cuando se enteró de cómo estaba Sanya, hizo un gesto de comprensión y empezó a actuar como alguien que sabe exactamente lo que hay que hacer. Tras averiguar en primer lugar lo último que había hecho antes de caer enfermo, llamó a mi madre y la interrogó. Mi madre se lo contó todo mientras la anciana seguía haciendo gestos de comprensión. Después dio sus instrucciones:
—Necesito un cesto de àgìdi con cincuenta envoltorios. Después me tenéis que preparar algo de èkuru en un cuenco grande. Aseguraos de que el estofado de èkuru esté preparado con bien de alubias grandes y cangrejo. Tiene que tener el olor más apetitoso posible.
Los niños se dispersaron en varias direcciones, algunos al mercado a buscar el àgìdi, otros a empezar a moler las alubias para la cantidad de èkuru necesaria para acompañar cincuenta envoltorios de àgìdi. A los niños se les hizo la boca agua, pues supusieron inmediatamente que se iba a tratar de una fiesta de apaciguamiento, una sàarà(6) a algún espíritu ofendido.
Pero cuando todo estuvo preparado, la anciana se lo llevó a la habitación en que estaba acostado Sanya, con una cántara de agua fría y unas tazas, cerró la puerta y ordenó marcharse a todo el mundo de fuera.
—Haced lo mismo que todos los días y no os acerquéis en absoluto a esta habitación. Si queréis que vuestro hermano se ponga bueno, haced lo que os digo. No tratéis de hablar con él y no miréis por el ojo de la cerradura.
También cerró las ventanas y se marchó a un extremo distante del patio, desde donde podía vigilar los desplazamientos de los niños. Sin embargo, poco después se fue quedando dormida, de manera que madre y los otros niños podían pegar las orejas a la puerta y las ventanas, aunque no pudieran ver al inválido en sí. Parecía que tío Sanya ya no estaba solo. Le oían decir cosas como «Portaos bien, hay bastante para todos. De acuerdo, tómate tú este otro envoltorio… Abre la boca… así… no tenéis que pelearos por eso, aquí hay otro cangrejo… Que os portéis bien, he dicho…».
Y oían ruidos como si alguien pegara en la muñeca a otro, ruidos de platos en el suelo o de agua al ir vertiéndose en una taza.
Cuando la mujer consideró que ya había pasado suficiente tiempo, lo cual ocurrió bastante después del atardecer, casi seis horas después de haber cerrado la puerta de Sanya, fue a abrirla. Allí estaba Sanya, dormido como un tronco, pero esta vez muy tranquilo. Le tocó la frente y pareció quedar satisfecha con el cambio producido. Sin embargo, la familia que había entrado en pelotón con ella no se interesaba en absoluto por Sanya. Lo único que contemplaba, con gran asombro, eran las hojas esparcidas de cincuenta envoltorios de àgìdi vaciados de su contenido, una gran bandeja vacía que antes estaba llena de èkuru, y una cántara de agua casi vacía.
No, no cabía duda, nuestro tío Sanya era un òrò; la Cristiana Salvaje había visto y oído pruebas de ello muchísimas veces. Evidentemente, sus amigos eran del tipo benévolo, o si no él hubiera tenido graves problemas en más de una ocasión, pese a la fe protectora de J. J. En aquella época, tío Sanya pasaba muy poco tiempo con nosotros, de manera que no le podíamos hacer ninguna de las preguntas que la Cristiana Salvaje se negaba a contestar. La vez siguiente que vino a visitarnos en los terrenos de la vicaría, advertí lo raros que tenía los ojos, que casi nunca parecía cerrar, sino que siempre miraba frente a sí por encima de nuestras cabezas, incluso cuando nos estaba hablando. Pero parecía demasiado activo para ser un òrò; de hecho, durante mucho tiempo lo confundí con un jefe local de boy scouts al que dábamos el apodo de Actividad. Entonces empecé a observar a los scouts más pequeños, que parecían ser los más próximos al tipo de amigos secretos que nuestro tío Sanya podía haber tenido de niño. Cuando formaban círculos con sus caritas tensas en las praderas de Aké, hacían pequeñas hogueras, intercambiaban señales secretas con las manos y con palitos, con piedras especialmente colocadas unas contra otras durante sus reuniones, creí haber detectado a los amigos ocultos que se habían deslizado invisibles en la casa por las hendiduras de la puerta e incluso del suelo, al lado de las narices ofendidas de la Cristiana Salvaje y de los otros niños de la familia de J. J. y se habían dado un banquetazo de cincuenta envoltorios de àgìdi y un enorme cuenco de èkuru.
La misión dejó los terrenos de la vicaría con solo el vicario y su catequista, Aké ya no merecía un obispo. Pero incluso el «patio» del Vicario es una mera ruina de lo que fue. El plantío ha desaparecido, hace mucho tiempo que las cabras se han comido las hileras de citronela. La citronela, la cura para las fiebres y los dolores de cabeza: una o dos aspirinas, una taza de infusión bien caliente de citronela y a la cama. Pero su olor era verdaderamente fragante, y normalmente la bebíamos como variante del té corriente. Está aislado, escogido por la edad, aquel monumento cuadrado blanco que, enmarcado en los peñascos, se erguía sobre los terrenos de la vicaría, obligaba a los visitantes a mirarlo cuando pasaban por la puerta del complejo. El dueño de la casa era como un pedazo de aquellas peñas, negro, enorme, de cabeza de granito y unos pies gigantescos.
Casi siempre lo llamaban pastor. O vicario, canónigo, reverendo. O, como hacía mi madre, sencillamente, pa Delumo. Padre prefería llamarlo canónigo, y lo mismo decidí yo, pero solo debido a una visita a Ibara. Hacíamos aquellas excursiones con cierta frecuencia: a visitar a los parientes o a acompañar a la Cristiana Salvaje en sus expediciones de compras, o para algún otro objetivo que nunca podíamos comprender. Sin embargo, al final de aquellas excursiones, teníamos como una vaga idea de que nos habían llevado a ver algo, a experimentar algo. Nos quedábamos muy contentos, y naturalmente agotados, pues la mayor parte del camino íbamos a pie. Pero a veces resultaba difícil recordar qué era lo que habíamos visto concretamente. Cuál había sido el objetivo de nuestra salida, con ropa de gala y peinados especiales, y con tantos jaleos y preparativos.
Habíamos subido una cuesta muy empinada y llegado a la imponente entrada: a los pilares blancos y la placa que decía: LA RESIDENCIA. Era evidente que allí vivía un hombre blanco, pues la puerta estaba vigilada por un policía de pantalones cortos y anchos que miraba por encima de nuestras cabezas. La casa en sí estaba bastante más atrás, en un cerro, oculta en parte por los árboles, pero los objetos en que se fijaron mis ojos fueron dos tubos negros de grandes bocas montados en ruedas de madera. Estaban colocados contra los pilares, apuntando hacia nosotros, y al lado de cada uno había un montón de bolas redondas de metal, casi tan grandes como balones de fútbol. «Son armas —dijo mi madre—, se llaman cañones y se usan para las guerras».
—Pero ¿por qué papá llama cañón a pa Delumo?[4]
Nos explicó la diferencia, pero yo ya había encontrado mi propia respuesta. Era por la cabeza, porque pa Delumo tenía la cabeza en forma de bala de cañón, y por eso mi padre lo llamaba cañón. Todo el aspecto de los cañones recordaba el de aquel hombre, su fuerza y su solidez. Los cañones parecían inmóviles, indestructibles, y él también. Parecía dominarlo todo; cuando venía a visitarnos él solo llenaba totalmente la salita. Lo único que parecía adecuado para sus dimensiones era la sala grande, pues cuando se hundía en uno de los butacones resultaba más fácil verlo entero. A mí me daban pena sus catequistas y su vicario adjunto o coadjutor —parecía que sus ayudantes también cambiaban de nombre—, pues parecían parodias insípidas y famélicas de él y de un espíritu aparentemente tan pobre que más adelante me recordarían a las ratas de iglesia. De los hombres que venían a nuestra casa y que llevaban cuello eclesiástico solo nuestro tío Ransome-Kuti —a quien todo el mundo llamaba Daodu— tenía una personalidad comparable e incluso mayor. El aspecto de pa Delumo me producía un temor reverencial: no dominaba solamente la vicaría, sino todo Aké, y ello con mucha más eficacia que nuestro Oba, Kabiyesi, a cuyos pies veía postrarse a muchos hombres. A veces me encontraba con clérigos mucho más misteriosos y huidizos, con un aire imponente propio, como el obispo Howells, que vivía jubilado a poca distancia de nuestra casa. Pero el canónigo era el vicario de San Pedro, y llenaba totalmente los caminos y las praderas cuando bajaba de su cerro a visitar a su rebaño o a pronunciar sus sermones atronadores.
El canónigo venía a menudo a charlar con padre. A veces la conversación era seria, y otras su risa resonaba por toda la casa. Pero nunca discutían. Desde luego, nunca los oí discutir acerca de Dios como discutía mi padre con el librero o con sus otros amigos. Al principio daba miedo oírlos hablar de Dios de aquella forma. Especialmente el librero, con su voz aguda y su cuello de pavo, parecía estar mal dotado físicamente, para hacer afirmaciones tan despreocupadas acerca de tamaña fuerza. A veces el canónigo parecía ser esa fuerza, de manera que, aunque la disputa se realizaba indirectamente, parecía ser muy desigual y peligrosa para el librero. Naturalmente, yo suponía que mi padre gozaba de una invulnerabilidad especial. Una vez que el canónigo iba paseándose por los terrenos de la vicaría ellos estaban discutiendo de algo que tenía que ver con el nacimiento de Cristo. Hablaban a voz en cuello, y a veces todos a la vez. El canónigo no estaba separado de ellos más que por la pradera, y cuando se paró de repente me pregunté si había oído e iba a venir a reñirlos.
Pero solo se había parado para hablar con un niño que iba de la mano de una mujer, que quizá fuera su madre. Se paró a darle una palmadita en la cabeza, con aquella boca enorme abierta en una sonrisa inacabable, y las comisuras de los ojos se le llenaron de arruguitas. También se le arrugó la frente; a veces resultaba difícil saber si estaba contento de algo o le había dado un dolor repentino de cabeza. Llevaba una chaqueta demasiado pequeña, los pantalones solo le llegaban hasta encima de los tobillos y el cuello clerical parecía estar a punto de estrangularlo. El sombrero de teja, de ala ancha, rebajaba su figura gigantesca, y yo miré rápidamente a ver si era que de pronto había bajado de estatura y me sentí tranquilizado al ver aquellos zapatones que, según me dijo un primo, se llamaban No-Hay-Esa-Talla-en-Londres. Di un rápido vistazo final a su enorme trasero antes de que él volviera a enderezarse y la mano de la mujer desapareciera totalmente de la vista cuando él se la estrechó. Aquellas alternativas entre posibilidades sobrehumanas y una vestimenta corriente y demasiado pequeña me ponían nervioso, y hubiera preferido que fuera siempre vestido con la sotana y la casulla.
La posición favorita de Essay en todas las discusiones era la del abogado del diablo (lo llamaban S. A.[5] por sus iniciales, J. E. o Jefe de Escuela, o Está-Seguro era lo que lo llamaban sus amigos más bromistas). No sé por qué, pero había muy poca gente que lo llamara por su verdadero nombre y durante mucho tiempo me pregunté si de verdad lo tenía. No tardé mucho tiempo en introducirlo en mi conciencia sencillamente con el nombre de Essay, como uno de esos ejercicios de prosa cuidadosamente estilizados que siguen normas fijas de composición, son productos de la minuciosidad y la elegancia y se escriben con una caligrafía preciosa que sería la envidia de casi cualquier copista de cualquier época. El se sentía verdaderamente desesperado de haber engendrado un hijo que, desde un principio, mostró claramente que no había heredado en absoluto su letra. La misma elegancia exhibía en el atuendo. Sus modales en la mesa eran una fuente de asombro para madre, a quien por el contraste pronto atribuí el nombre de la Cristiana Salvaje. Cuando Essay diseccionaba un trozo de ñame, lo sopesaba cuidadosamente, se lo llevaba al plato, hacía una pausa, le daba la vuelta, cortaba un trozo y lo devolvía a la bandeja, y después iniciaba el mismo ritual con la carne y el estofado, ella meneaba la cabeza y preguntaba:
—¿Tanta importancia tiene un trocito más o menos?
Essay se limitaba a sonreír, procedía a masticar metódicamente, cortaba cada trozo de carne y de ñame como si fuera un ejercicio de geometría, levantaba un poco del estofado con el filo del cuchillo y lo trasladaba a la raja de ñame como si fuera un maestro albañil. Nunca bebía entre bocados, ni siquiera un sorbito. Sin embargo, cuando se ponía a discutir, enseguida se ponía tan excitado que el librero, que era quien más chillaba de todos, con sus ojillos parpadeantes, parecía que siempre le estuviera dando el sol en los ojos. El librero traía a casa aquel aura de gallinas de guinea, pavos, ovejas y cabras, animales todos que criaba en su extenso recinto. Constantemente había que salir a reco
