1
Georgetown
La primera vez que Adrian Rizzo vio a su padre, este intentó matarla.
Con siete años, su mundo era sobre todo mudanza. La mayor parte del tiempo vivía con su madre (y con Mimi, que cuidaba de ambas) en Nueva York, pero a veces se quedaban unas semanas en Los Ángeles, en Chicago o en Miami. En verano pasaba al menos dos semanas en casa de sus abuelos, en Maryland. Eso, en su opinión, era lo más divertido, porque tenían perros y un jardín grandísimo en el que jugar y un neumático que era un columpio.
Cuando vivían en Manhattan iba al colegio, que no estaba mal. También iba a clases de baile y hacía gimnasia artística, que estaba mucho mejor. Cuando viajaban por el trabajo de su madre, Mimi le daba clase en casa, porque tenía que educarse. Mimi incluía en la educación aprender sobre el lugar en el que se encontraran. Como pasaron un mes entero en Washington D. C., parte de sus clases consistieron en visitar los monumentos, hacer una excursión guiada a la Casa Blanca e ir al museo Smithsonian.
A veces trabajaba con su madre y eso le gustaba un montón. Siempre que iba a salir en alguno de sus vídeos de fitness tenía que aprender una rutina, como bailes de cardio o posturas de yoga. Le gustaba aprender; le gustaba bailar. A los cinco años había hecho un vídeo entero con ella, dirigido a niños y familias; uno de yoga, porque, después de todo, ella era el bebé de Bebé Yoga, la empresa de su madre. Se sintió orgullosa e ilusionada cuando esta le dijo que harían otro. Tal vez cuando cumpliera los diez, para centrarse en ese grupo de edad.
Su madre lo sabía todo sobre grupos de edad, sectores demográficos y cosas de esas; Adrian la oía hablar de ello con su mánager y sus productores. Su madre también sabía mogollón sobre fitness, y sobre la conexión cuerpo-mente, y sobre nutrición y meditación, y todo tipo de cosas así. No sabía cocinar, no como Popi y Nonna, que tenían un restaurante. Y tampoco le gustaba jugar a juegos, como a Mimi; estaba ocupadísima labrándose una carrera. Tenía un montón de reuniones, ensayos, sesiones de planificación, apariciones públicas y entrevistas.
Ya a los siete años, Adrian entendía que Lina Rizzo no sabía gran cosa sobre ser madre. Sin embargo, no le importaba que jugara con sus productos de maquillaje, siempre y cuando luego lo pusiera todo de vuelta en su sitio. Y nunca se enfadaba si cometía errores mientras trabajaban en alguna rutina.
Lo mejor de este viaje en concreto era que, en vez de volar de vuelta a Nueva York cuando su madre acabara el vídeo y todas las entrevistas y reuniones, irían en coche a visitar a sus abuelos y pasarían un fin de semana largo. Su plan era convencerla de quedarse una semana, pero por el momento seguía sentada en el suelo, viendo desde el umbral cómo preparaba una nueva rutina.
Lina había elegido esa casa para pasar el mes porque tenía un gimnasio con las paredes forradas de espejos, algo tan esencial para ella como el número de dormitorios. Hacía sentadillas, zancadas, burpees… Adrian se sabía todos los nombres. Y Lina hablaba con el espejo (sus espectadores), dando instrucciones y ánimo.
De vez en cuando decía una palabrota y volvía a empezar. Adrian la veía guapa, como una princesa sudorosa, aunque no iba maquillada, porque no había gente ni cámaras. Tenía los ojos verdes como Nonna y una piel como si tomara siempre el sol, aunque no era algo que hiciese. Su pelo, recogido en ese momento con un coletero, era como las castañas calentitas y olorosas que vienen en una bolsa y se compran en Navidad.
Era alta, aunque no tanto como Popi, y Adrian esperaba serlo también cuando creciera. Llevaba unos pantalones minúsculos y ceñidos y sujetador deportivo, aunque no se ponía nada tan llamativo en los vídeos ni en sus apariciones porque decía que no era elegante. Como la había criado con conciencia de su salud física y mental, Adrian sabía que su madre estaba firme, en forma y fabulosa.
Mientras farfullaba para sí, Lina fue a tomar algunas notas de lo que Adrian sabía que sería la descripción del vídeo. Este iba a incluir tres segmentos: cardio, entrenamiento de fuerza y yoga; cada uno de treinta minutos, con una sección exprés de quince minutos extra de todo el cuerpo. Cuando Lina cogió una toalla para enjugarse la cara, se topó con su hija.
—¡Caray, Adrian! Menudo susto me has dado. No sabía que estabas ahí. ¿Dónde está Mimi?
—En la cocina. Vamos a cenar pollo con arroz y espárragos.
—Genial. ¿Por qué no vas a echarle una mano? Necesito una ducha.
—¿Por qué estás enfadada?
—No estoy enfadada.
—Estabas enfadada mientras hablabas por teléfono con Harry. Le gritaste que tú no habías hablado con nadie, y menos con un reportero de la prensa sensacionalista, y entonces dijiste una palabrota.
Lina se quitó el coletero de un tirón, como hacía cuando le dolía la cabeza.
—No deberías escuchar las conversaciones ajenas.
—No la escuché, la oí. ¿Estás enfadada con Harry?
A Adrian le gustaba mucho el publicista de su madre. Le pasaba bolsitas de M&M’s o Skittles y le contaba chistes divertidísimos.
—No, no estoy enfadada con Harry. Ve a ayudar a Mimi. Dile que bajaré en una media hora.
Sí que estaba enfadada, pensó Adrian mientras su madre se alejaba. Puede que no con Harry, pero con alguien, porque había cometido un montón de errores mientras practicaba y había dicho un montón de palabrotas. Su madre casi nunca cometía errores. O tal vez solo le dolía la cabeza. Mimi decía que a veces a la gente le duele la cabeza de tantas preocupaciones.
Adrian se levantó, pero, como ayudar a hacer la cena era un rollo, entró en el gimnasio. Se quedó parada delante de los espejos, una niña alta para su edad, con el pelo rizado (negro como había sido el de su abuelo) y que se le escapaba de un coletero verde. Sus ojos tenían demasiado dorado como para considerarse verdes de verdad como los de su madre, pero aún esperaba que cambiasen.
Adoptó una pose, con su pantalón corto rosa y su camiseta de flores. Encendió la música en su cabeza y empezó a bailar. Le encantaban las clases de baile y la gimnasia cuando estaban en Nueva York, pero en ese momento no se imaginaba recibiendo una clase, sino dándola.
Giró, dio una patada al aire, hizo una paloma y el espagat. Luego un paso cruzado, salsa, ¡un salto! Se lo iba inventando por el camino. Se divirtió durante veinte minutos. Los últimos veinte minutos de inocencia en su vida.
Entonces alguien llamó al timbre de la puerta delantera. Y empezó a empujarla. Era un sonido airado, un sonido que jamás olvidaría. Ella no tenía permiso para abrir la puerta, pero eso no significaba que no pudiera ir a ver. Así que salió por el cuarto de estar hasta el recibidor entretanto Mimi llegaba desde la cocina. Se limpiaba las manos en un paño rojo chillón mientras caminaba a toda prisa.
—¡Madre del amor hermoso! Ni que hubiera un incendio. —Se volvió hacia Adrian y puso los ojos en blanco antes de remeterse la punta del paño por la cinturilla de los tejanos—. ¡Un poquito de calma, por Dios!
Para ser una mujer menuda tenía una voz potente. Adrian sabía que Mimi era de la edad de su madre porque habían ido juntas a la universidad.
—Pero ¿qué pasa? —exclamó antes de girar el pestillo y abrir la puerta.
Desde donde estaba, Adrian vio cómo la expresión de Mimi pasaba de la irritación (como cuando Adrian no recogía su cuarto) al miedo. Y todo sucedió rapidísimo. Mimi trató de volver a cerrar la puerta, pero el hombre la abrió de un empujón y la empujó también a ella. Era grande, mucho más grande que Mimi. Llevaba un poco de barba con alguna cana, y luego más en el pelo, como alas plateadas sobre un fondo dorado, pero tenía la cara coloradísima, como si hubiera estado corriendo. El susto inicial al ver a aquel hombretón empujar a Mimi dejó a Adrian petrificada.
—¿Dónde coño está?
—No está. Y no puedes irrumpir aquí sin más. Fuera. Lárgate, Jon, o llamo a la policía.
—Puta mentirosa. —Agarró a Mimi del brazo y la zarandeó—. ¿Dónde está? ¿Se cree que puede sacar la lengua a pasear y arruinarme la vida?
—Quítame las manos de encima. Estás borracho.
Cuando trató de zafarse, la abofeteó. El sonido reverberó como un disparo en la cabeza de Adrian, que se levantó de un salto.
—¡No le pegues! ¡Déjala en paz!
—Adrian, vete arriba. Vete arriba ahora mismo.
Pero Adrian cerró los puños, enfadada.
—¡Que se vaya!
—¿Por esto? —El hombre señaló a Adrian con una mueca de desprecio—. ¿Por esto me arruina la puta vida? Pues no me parece gran cosa. Ha debido de andar zorreando por ahí y ahora quiere cargarme a mí a la bastarda. Pues que le den por culo. Que le den.
—Adrian, arriba. —Mimi se volvió hacia ella y Adrian no vio enfado, como el que ella sentía. Vio miedo—. ¡Ahora!
—Así que la muy zorra está arriba, ¿eh? Mentirosa. Esto es lo que yo les hago a las mentirosas.
Esta vez no la abofeteó, sino que la golpeó en la cara con el puño una vez, y otra más. Cuando Mimi se desplomó, a Adrian se le contagió su miedo. Ayuda. Necesitaba ayuda. No obstante, él la atrapó en mitad de las escaleras y le echó la cabeza hacia atrás al tirar con fuerza de la coleta de pelo rizado. Adrian chilló, chilló llamando a su madre.
—Venga, llama a tu mamaíta. —Cuando la abofeteó, la cara le ardió como si fuera de fuego—. Queremos hablar con tu mamaíta.
En el momento en el que la arrastraba escaleras arriba, Lina salió del dormitorio envuelta en un albornoz, con el pelo aún mojado de la ducha.
—Adrian Rizzo, pero ¿qué…? —Se detuvo y se quedó inmóvil en cuanto su mirada se cruzó con la del hombre—. Suéltala, Jon. Deja que se vaya para que podamos hablar.
—Bastante has hablado ya. Me has arruinado la vida, palurda de mierda.
—Yo no he hablado con ese reportero ni con nadie más sobre ti. Yo no soy la fuente de ese artículo.
—¡Mentirosa! —gritó antes de volver a tirarle del pelo a Adrian, tan fuerte que le pareció que estuviera en llamas.
Lina avanzó con cautela un par de pasos.
—Deja que se vaya y lo solucionaremos. Puedo arreglarlo.
—Demasiado tarde, imbécil. La universidad me ha suspendido esta misma mañana. Mi mujer está abochornada. Mis hijos, y no me creo ni por un puto minuto que esta mierda de niña sea mía, están llorando. Has vuelto aquí, a mi ciudad, para esto.
—No, Jon. He venido a trabajar. Yo no he hablado con ese reportero. Han pasado más de siete años, ¿por qué iba a hacerlo ahora? ¿Eh? ¿Por qué? Estás haciendo daño a mi hija. Deja de hacerle daño a mi hija.
—Ha pegado a Mimi. —Adrian sentía el aroma del champú y el gel de ducha de su madre, la sutil dulzura de la flor de azahar. Y el hedor de aquel hombre desconocido, a sudor y a bourbon—. Le pegó en la cara y se cayó.
—¿Qué has…? —Lina apartó los ojos de Jon y miró por encima de la barandilla que recorría la segunda planta. Vio a Mimi, agazapada tras un sofá con el rostro ensangrentado, antes de volverse a él—. Tienes que parar antes de que alguien acabe mal, Jon. Deja que…
—Yo sí que estoy mal, ¡maldita zorra! —Su voz sonaba caliente y roja, como su cara, como el fuego que le quemaba a Adrian el cuero cabelludo.
—Siento mucho lo que ha sucedido, pero…
—¡Mi familia está mal! ¿Quieres ver cómo alguien acaba mal? Empecemos por tu bastarda.
Entonces la lanzó. Durante un instante breve y terrorífico, Adrian tuvo la sensación de que volaba hasta que chocó con el borde del peldaño superior. El fuego que sentía en la cabeza le estalló en la muñeca, en la mano, le subió como una llamarada por el brazo. Luego se golpeó la cabeza contra la madera, pero no veía sino a su madre y al hombre que se abalanzaba sobre ella.
La golpeaba y la golpeaba, pero su madre le devolvía los golpes y le daba patadas. Y hacían unos ruidos terribles, tan terribles que Adrian quería taparse las orejas, pero no podía moverse, lo único que hacía era temblar, desmadejada sobre los peldaños. Aun cuando su madre le gritó que corriera, no pudo.
El hombre le había rodeado el cuello con las manos y la sacudía, pero su madre le pegó en la cara, igual que él le había hecho a Mimi. Había sangre. Sangre que cubría a su madre y al hombre. Se aferraban el uno al otro, casi en un abrazo, pero duro y vil. Entonces su madre le pisó el pie y le propinó un rodillazo. Cuando el hombre dio un paso atrás, tambaleante, lo empujó. Chocó con la barandilla. Y luego voló.
Adrian vio cómo agitaba los brazos al caer. Lo vio estrellarse sobre la mesa en la que su madre ponía flores y velas. Oyó aquellos terribles sonidos. Vio que le salía sangre de la cabeza, de las orejas, de la nariz. Vio… Entonces su madre la incorporó, la giró y le apretó la cara contra su pecho.
—No mires, Adrian. Ya está.
—Me duele.
—Lo sé. —Lina le sujetó la muñeca—. Yo lo solucionaré. Mimi. Ay, Mimi.
—La policía está en camino. —Con un ojo hinchado, medio cerrado, amoratado ya, Mimi subió vacilante las escaleras, se sentó y las rodeó con los brazos—. Ya viene la ayuda.
Por encima de la cabeza de Adrian, Mimi formó dos palabras con los labios: «Está muerto».
Adrian no olvidaría nunca el dolor ni los ojos azules del sanitario que le estabilizó la fractura en tallo verde de la muñeca. Además, su voz la tranquilizó cuando le apuntó a los ojos con una lucecita y le preguntó cuántos dedos veía. Tampoco olvidaría a los policías, los primeros que llegaron después de que las sirenas dejaran de ulular. Llevaban uniforme de color azul oscuro.
Pero casi todo parecía borroso y distante, incluso mientras sucedía. Se apiñaron en el cuarto de estar de la segunda planta, que daba al jardín trasero y a su pequeño estanque con peces. Los policías de uniforme hablaban sobre todo con su madre, porque a Mimi se la habían llevado al hospital. Su madre les dijo el nombre del hombre, Jonathan Bennett, y que enseñaba Literatura Inglesa en la Universidad de Georgetown. O eso era lo que hacía cuando ella lo conoció. Su madre contó lo que había sucedido, o al menos empezó a contarlo.
Entonces entraron un hombre y una mujer. El hombre era altísimo y llevaba una corbata marrón. Tenía la piel de un marrón más oscuro y los dientes muy blancos. La mujer era pelirroja, llevaba el pelo muy corto y tenía pecas por toda la cara. Llevaban una placa, como en las series de la tele.
—Señora Rizzo, soy la detective Riley y este es mi compañero, el detective Cannon —dijo antes de volver a engancharse la placa al cinturón—. Sé que esto no es fácil, pero tenemos que hacerles algunas preguntas a usted y a su hija. —Entonces sonrió a Adrian—. Tú eres Adrian, ¿verdad?
Cuando asintió, Riley volvió a mirar a Lina.
—¿Le importa si Adrian me enseña su cuarto y nos quedamos allí charlando mientras usted habla con el detective Cannon?
—¿Tardarán menos así? Se han llevado a mi amiga, la niñera de mi hija, al hospital. Tiene la nariz rota y una conmoción cerebral. Y Adrian tiene lo que el paramédico cree que es una fractura en tallo verde en la muñeca izquierda, y también se golpeó la cabeza.
—Usted tampoco tiene muy buena pinta —comentó Cannon, pero Lina se encogió de hombros. Al hacerlo, se le formó una mueca de dolor.
—Las costillas magulladas curarán, y también la cara. Me pegó sobre todo en la cara.
—Podemos llevarlas al hospital ahora y hablar una vez que las haya visto un médico.
—Prefiero ir cuando… cuando hayan terminado abajo.
—Lo entiendo. —Riley volvió a mirar a Adrian—. ¿Te parece si hablamos en tu cuarto, Adrian?
—Vale. —Al levantarse, se sujetó el brazo entablillado al pecho—. No dejaré que metan a mi madre en la cárcel.
—No seas boba, Adrian.
Sin hacerle caso, la niña miró a Riley a los ojos. Eran verdes, pero de un tono más claro que el de su madre.
—No los dejaré.
—Entendido. Solo vamos a hablar, ¿vale? ¿Tu cuarto está aquí arriba?
—La segunda puerta a la derecha —respondió Lina—. Ve, Adrian, ve con la detective Riley. Luego iremos a ver a Mimi. Todo va a salir bien.
Adrian condujo a Riley hasta el cuarto. La detective volvió a sonreír al ver la decoración en suaves tonos rosas y verdes primaverales. En la cama reposaba un enorme perro de peluche.
—Qué habitación tan chula. Y qué ordenada.
—Tuve que hacerlo esta mañana si quería ir a ver los cerezos en flor y comer sundaes con sirope. —Se le formó una mueca similar a la de su madre—. No diga nada de los sundaes; se suponía que íbamos a tomar yogur helado.
—Será nuestro secreto. ¿Tu madre es muy estricta con lo que coméis?
—A veces. Casi siempre. —En sus ojos asomaron las lágrimas—. ¿Mimi se va a morir, igual que ese hombre?
—Tiene algunas lesiones, pero nada grave. Y sé que van a tratarla muy bien. ¿Qué te parece si nos sentamos con este muchachote? —Riley dio una palmadita en un lado de la cama y acarició al perro de peluche—. ¿Cómo se llama?
—Barkley. Harry me lo regaló por Navidad. Ahora mismo no podemos tener un perro de verdad porque vivimos en Nueva York y viajamos demasiado.
—Parece un perro estupendo. ¿Puedes contarnos a Barkley y a mí lo que ha sucedido?
Le salió de sopetón, como el agua de una presa que se hubiera roto:
—El hombre vino a la puerta. Llamaba y llamaba, así que salí a ver. A mí no me dejan abrir la puerta, así que esperé a que llegase Mimi. Salió de la cocina y abrió la puerta. Entonces intentó cerrarla de nuevo, muy muy rápido, pero él la empujó y empujó a Mimi. Casi la tiró al suelo.
—¿Lo conocías?
—No, pero Mimi sí, porque lo llamó Jon y le dijo que se fuera. Estaba furioso y no dejaba de gritar y de decir palabrotas. Se supone que yo no puedo decirlas.
—No importa. —Riley seguía acariciando a Barkley como si fuera un perro de verdad—. Me las imagino.
—Quería ver a mi madre, pero Mimi dijo que no estaba, aunque sí que estaba. Estaba arriba, duchándose. Y él seguía gritando y le dio un tortazo. Le pegó. Se supone que no hay que pegar. Pegar está mal.
—Estuvo mal que lo hiciera.
—Yo le grité que la soltase porque la había agarrado de los hombros y le estaba haciendo daño. Y entonces me miró, porque hasta ese momento no me había visto, pero me miró y me dio miedo cómo me miraba. Pero estaba haciéndole daño a Mimi, y me puse furiosa. Mimi me dijo que me fuera arriba, pero es que le estaba haciendo daño. Entonces él… le pegó con el puño.
Adrian cerró la mano buena formando un puño mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—Y había sangre y se cayó, y yo eché a correr. Iba corriendo a buscar a mi madre, pero él me agarró. Me tiró del pelo, muy muy fuerte, y me fue arrastrando escaleras arriba y yo no dejaba de chillar llamando a mi madre.
—¿Quieres que paremos, tesoro? Podemos esperar un poco y luego sigues.
—No. No. Mamá salió y lo vio. Y empezó a decirle y a decirle que me soltara, pero él nada. Repetía una y otra vez que le había arruinado la vida, pero con un montón de palabrotas. De las malas de verdad, y ella no paraba de decir que no había dicho nada y que lo arreglaría, pero él no me soltaba. Me hacía mucho daño. Me llamaba unas cosas feísimas y entonces… entonces me lanzó.
—¿Te lanzó?
—A las escaleras. Me lanzó a las escaleras y me di un golpe, y la muñeca me empezó a arder, y me di en la cabeza, pero no me caí mucho. Solo un par de peldaños, creo. Entonces mi madre le gritó y corrió hacia él y se pelearon. Él le pegó en la cara y la agarró así con las manos… —Le mostró con mímica cómo la estrangulaba—. Yo no me podía mover y él siguió pegándole en la cara, pero ella también le pegó, muy muy fuerte, y le dio una patada y siguieron peleando, y entonces… se cayó por la barandilla. Ella lo empujó para apartarlo, para correr hacia mí. Tenía la cara llena de sangre y lo empujó y él se cayó por la barandilla. Fue culpa de él.
—Ya veo.
—Mimi se arrastró por las escaleras mientras mamá me abrazaba y dijo que la ayuda no tardaría en llegar. Todo el mundo estaba cubierto de sangre. Nadie me había pegado antes de él. Odio que fuera mi padre.
—¿Cómo sabes que lo era?
—Por lo que gritaba y lo que me llamaba. No soy tonta. Y da clases en la facultad a la que iba mi madre, y ella me ha contado que conoció a mi padre en la facultad. Así que… —Adrian se encogió de hombros—. Eso es todo. Pegó a todo el mundo, olía mal y trató de tirarme por las escaleras. Se cayó porque era malo.
Riley la rodeó con un brazo y pensó: «Eso mismo diría yo».
Mimi pasó la noche en el hospital. Lina compró flores en la tienda de regalos (lo único que podía hacer) y se las llevó a la habitación. A Adrian le hicieron la primera radiografía de su vida y le pondrían la primera escayola de su vida una vez le bajara la hinchazón.
En vez de hacer la cena que Mimi tenía prevista, Lina encargó una pizza. Bien sabía Dios que la niña se la merecía. Igual que ella se merecía una copa bien grande de vino. Se sirvió una y, mientras Adrian comía, se saltó su regla de siempre y se sirvió una segunda. Tenía un millón de llamadas que hacer, pero podían esperar. Absolutamente todo iba a tener que esperar a que se sintiera un poco más calmada.
Cenaron en el jardín trasero, con sus árboles frondosos y su valla de protección visual. O Adrian cenó y Lina le dio un par de mordisquitos a un pedazo de pizza entre sorbo y sorbo de vino. Tal vez hiciera un poco de fresco para cenar en el exterior y fuera un poco tarde para que Adrian se atiborrase a pizza, pero un día horrible era un día horrible. Esperaba que su hija lograra dormir, aunque tenía que admitir que no era muy buena con el ritual nocturno. De eso se encargaba Mimi. Tal vez un baño de burbujas, siempre y cuando no se mojara la férula temporal. Pensar en ello, y en que todo podía haber sido mucho peor, le dio ganas de volver a rellenar la copa. Sin embargo, resistió la tentación. Lina dominaba la autodisciplina.
—¿Cómo es que ese era mi padre?
Lina levantó la vista y vio aquellos ojos dorados y verdes clavados en ella.
—Porque alguna vez fui joven y estúpida. Lo siento. Podría decir que ojalá no hubiera sucedido, pero entonces tú no estarías aquí, ¿verdad? El pasado no se puede arreglar, solo podemos arreglar el presente y el futuro.
—¿Era más amable cuando eras joven y estúpida?
Lina soltó una carcajada y las costillas se le quejaron amargamente. ¿Cuánto podía contarle a una niña de siete años?
—Pensaba que lo era.
—¿Te pegó alguna vez más?
—Una vez. Solo una vez y, después, nunca más volví a verlo. Si un hombre te pega una vez, es probable que vuelva a hacerlo de nuevo.
—Una vez me dijiste que querías a mi padre, pero que las cosas no habían funcionado y que él no nos quería, así que ya no importaba.
—Creí que lo quería. Eso es lo que tenía que haberte dicho. Solo tenía veinte años, Adrian. Él era mayor, atractivo, encantador e inteligente. Un profesor joven. Me enamoré de quien creía que era. Pero dejó de importar.
—¿Por qué estaba tan enfadado hoy?
—Porque alguien, un reportero, lo descubrió y escribió un artículo. No sé cómo, no sé quién se lo dijo; yo no fui.
—Tú no fuiste porque dejó de importar.
—Justo.
Lina volvió a preguntarse cuánto debía contarle. Dadas las circunstancias, tal vez todo.
—Estaba casado, Adrian. Tenía mujer y dos hijos. Yo no lo sabía. Es decir, me mintió y me dijo que estaba divorciándose. Yo lo creí. —¿De verdad lo había creído? En ese momento le costaba rememorarlo—. Puede que solo quisiera creerlo, pero el caso es que lo creí. Tenía un apartamentito cerca de la facultad, así que pensé que estaba soltero. Más tarde me enteré de que no era la única a quien había mentido. Cuando descubrí la verdad, corté con él. Tampoco le importó demasiado. —No era del todo verdad, pensó. Había gritado, amenazado, empujado—. Entonces me di cuenta de que estaba embarazada. Después, mucho después, pensé que tenía que decírselo. Ahí es cuando me pegó. No estaba borracho como hoy. —Había estado bebiendo, recordó, pero no estaba borracho. No como ese día—. Le dije que ni quería ni necesitaba nada de él, que no me rebajaría a contarle a nadie que era el padre biológico. Y me marché. —Lina se saltó las amenazas, las exigencias de que se librara del bebé y el resto de las cosas desagradables. No tenía sentido mencionarlo—. Terminé el curso, me gradué y me fui a casa. Popi y Nonna me ayudaron. El resto ya lo sabes: empecé a dar clases y a grabar vídeos cuando estaba embarazada de ti, primero para futuras mamás y luego para mamás y bebés.
—Bebé Yoga.
—Eso es.
—Pero siempre fue malo. ¿Eso significa que yo también lo seré?
Joder, qué mal se le daba lo de la maternidad. Hizo un esfuerzo por pensar qué es lo que diría su propia madre.
—¿Tú crees que eres mala?
—A veces me pongo furiosa.
—Y que lo digas. —Pero Lina sonrió—. Ser malo es una elección, creo, y tú no has elegido ser mala. Además, él tenía razón, no os parecéis. Eres una Rizzo de pura cepa.
Lina extendió el brazo por encima de la mesa y le asió la mano buena a Adrian. Tal vez su manera de hablar fuera demasiado adulta, pero no sabía hacerlo de otra manera.
—Él no importa, Adrian, a menos que dejemos que importe. Así que no vamos a dejar que importe.
—¿Vas a tener que ir a la cárcel?
—Tú no los vas a dejar, ¿recuerdas? —respondió Lina, levantando la copa hacia ella. Al ver la cara de miedo de la niña, le apretó la mano—. Es broma, es broma. No, Adrian. La policía vio lo que había sucedido. Le dijiste la verdad a la detective, ¿no?
—Sí, te lo prometo.
—Y yo también. Y Mimi. Así que olvídalo. Lo que va a pasar es que, como se publicó aquel artículo y luego ha sucedido esto, habrá más artículos. Dentro de nada voy a hablar con Harry y él me ayudará a lidiar con ello.
—¿Podemos ir de todas formas donde Popi y Nonna?
—Sí. En cuanto Mimi esté mejor, te pongan la escayola definitiva y solucione un par de cosas, iremos a su casa.
—¿Podemos ir enseguida? ¿Enseguida de verdad?
—En cuanto podamos. Quizás tardemos unos días.
—Eso es enseguida. Allí todo estará bien.
Lina pensó que las cosas tardarían mucho en volver a estar bien. Pero prefirió acabarse el vino.
—Desde luego.
2
La carrera profesional de Lina había surgido a raíz de su embarazo imprevisto. En cuestión de meses, pasó de ser estudiante universitaria y entrenadora personal/instructora de fitness para grupos a tiempo parcial a dedicarse al mundillo de los vídeos de ejercicios. La semilla tardó un tiempo en germinar, pero con determinación, persistencia y buena cabeza para los negocios acabó por florecer.
Durante los meses previos a que Jon Bennett se colase en la casa de Georgetown, su carrera había prosperado y las ventas de Bebé Yoga (vídeos, DVD, apariciones personales, un libro y otro que estaba por llegar) generaban más de dos millones de dólares de beneficios.
Era una mujer atractiva y avispada, por lo que empezó con intervenciones sobre todo en programas de televisión matutinos y luego con apariciones en programas nocturnos. Escribía artículos para revistas de fitness y los complementaba con sesiones de fotos. Era una mujer joven y atractiva con un cuerpo esbelto y musculoso que sabía cómo sacarles partido a ambas cosas. Incluso consiguió un par de cameos en varias series. Le gustaba estar bajo los focos y no se avergonzaba ni de ello ni de su ambición. Creía firmemente en su producto (salud, fitness y equilibrio) y creía firmemente que era la mejor persona para promocionarlo.
Trabajar mucho no era un problema para Lina. Se crecía con ello, con los viajes, con la agenda apretada y con la planificación de más trabajo. Tenía en marcha una línea de ropa de deporte y, en colaboración con un médico nutricionista, había empezado a plantearse el lanzamiento de suplementos. Entonces mató al hombre que, sin querer, había cambiado el rumbo de su vida.
Defensa propia. La policía no tardó en concluir que había actuado en su propia defensa y en defensa de su hija y de su amiga. Y, de algún modo terrible, la publicidad incrementó las ventas, la fama y las ofertas. No tardó en decidir que iba a subirse a ese tren.
Una semana después de que sucediera lo peor, viajó de Georgetown al interior de Maryland con idea de aprovechar al máximo las circunstancias. Llevaba unas gafas de sol enormes, pues ni siquiera sus dotes de maquilladora podían ocultar los moratones. Todavía le dolían las costillas, pero modificó una tabla de ejercicios y añadió meditación extra. A Mimi aún le dolía la cabeza de vez en cuando, pero la nariz rota se le estaba curando y el ojo morado se estaba poniendo de un amarillo enfermizo. A Adrian le molestaba la escayola, pero le gustaba que se la firmaran. Dentro de otras dos semanas, según el médico, volverían a hacerle una radiografía. Podría haber sido peor. Lina no dejaba de repetirse que podría haber sido peor.
Como Harry le había comprado a Adrian una nueva Game Boy, se entretenía sola en el asiento trasero del coche. Lina contemplaba las sombras de las montañas de Maryland, el contraste del pálido lavanda con el cielo azulón. Lina había deseado escapar de ellos, del silencio y de la lentitud exasperante; prefería el movimiento, el bullicio, la gente, las noches fuera. Aún lo prefería. No estaba hecha para las ciudades pequeñas y la vida en el campo. Bien sabía Dios que jamás había querido preparar albóndigas, salsa para pizza o regentar un restaurante, fuera su legado familiar o no. Anhelaba el gentío, la ciudad y, sí, también los focos. A falta de considerarlo su casa, veía Nueva York como su base de operaciones. Su hogar era, y siempre sería, el lugar donde tuviera trabajo y acción.
Cuando finalmente giró para tomar la I-70, el tráfico desapareció y la carretera comenzó a serpentear entre colinas, campos verdes y algunas casas y granjas diseminadas. Bueno, pensó, tal vez volviera al hogar, pero, desde luego, no iba a quedarse. Aquello no era para Lina Theresa Rizzo.
—¡Casi hemos llegado! —La voz de Adrian sonó alborozada en el asiento trasero—. ¡Mirad! ¡Vacas! ¡Caballos! Ojalá Popi y Nonna tuvieran caballos. O gallinas. Molaría tener gallinas.
Adrian abrió la ventanilla y sacó la cabeza, como un cachorrillo feliz. Sus rizos negros danzaban al viento. Y, Lina lo sabía, acabarían enredados como un nido de ratas y llenos de nudos. Entonces llegó el chorro de preguntas. «¿Queda mucho? ¿Me dejarás subirme al columpio? ¿Nonna tendrá limonada? ¿Podré jugar con los perros?». Y esto. Y aquello. Y lo de más allá. Lina dejó que Mimi lidiara con las preguntas. Ella tendría otras que responder en breve.
Dejaron a un lado la granja rojiza en cuyo pajar había perdido la virginidad poco antes de cumplir los diecisiete. Con el hijo de un ganadero, recordó. Quarterback del equipo de fútbol. Matt Weaver. Guapo, fuerte, amable, pero no pesado. En cierto modo se habían querido, como uno quiere cuando no ha cumplido los diecisiete. Quería casarse con ella, algún día, pero ella tenía otros planes. Había oído que se había casado, que tenía un hijo o dos y que seguía trabajando en la granja con su padre. «Bien por él», pensó, y lo pensaba de verdad. Pero no era para ella, jamás lo sería.
Volvió a girar, alejándose de la pequeña localidad de Traveler’s Creek, en cuya diminuta plaza se alzaba el restaurante italiano de los Rizzo, como una institución, desde hacía dos generaciones. Sus propios abuelos, quienes lo habían fundado, al final aceptaron que necesitaban un clima más cálido. Pero ¿no habían ido y habían montado un nuevo Rizzo’s en Outer Banks? Lo llevaban en la sangre, decían; pero por algún motivo, y por suerte, a ella ese gen la había saltado.
Siguió en paralelo al cauce del arroyo y se acercó a uno de los tres puentes cubiertos que atraían a fotógrafos, turistas y novios a la zona. Suponía que resultaba pintoresco allí plantado, sobre la suave loma en la curva del arroyo. Como siempre, Mimi y Adrian soltaron un «¡Uuuy!» al pasar bajo aquel tejado azul en punta, entre paredes del típico color rojo de los graneros.
Volvió a girar sin prestar atención a Adrian, que botaba como una pelota de goma sobre el asiento trasero, y accedió a una carreterita zigzagueante, cruzó el segundo puente sobre el arroyo que daba nombre a Traveler’s Creek, «el arroyo del viajero», y ascendió hacia el caserón de la colina.
Los perros, un gran perro mestizo amarillo y un sabueso pequeño y de largas orejas, llegaron corriendo.
—¡Ahí están Tom y Jerry! ¡Ey! ¡Hola, chicos, hola!
—No te quites el cinturón hasta que hayamos parado, Adrian.
—¡Mamá! —Hizo lo que le decía, pero siguió botando en el asiento—. ¡Son Nonna y Popi!
Dom y Sophia habían salido, cogidos de la mano, al enorme porche que rodeaba la casa. Sophia, con el rostro enmarcado por rizos castaños, superaba el metro setenta y cinco con sus zapatillas rosas; aun así, su marido, con casi dos metros, le sacaba la cabeza.
Fuertes y en forma, a la sombra del porche de la segunda planta, los dos aparentaban diez años menos. ¿Cuántos tenían ya? Su madre debía de rondar los sesenta y siete o sesenta y ocho; su padre, unos cuatro más, pensó Lina. Se habían enamorado en el instituto y llevaban casados casi cincuenta años. Habían soportado la pérdida de un hijo que no había vivido más de cuarenta y ocho horas, tres abortos y el corazón roto cuando los médicos les dijeron que ya no podrían tener descendencia. Hasta que, ¡sorpresa! Cuando ambos ya pasaban de los cuarenta, llegó Lina Theresa.
Aparcó bajo una amplia cochera abierta, junto a una camioneta rojo chillón y un robusto todoterreno negro. Sabía que la niña de los ojos de su madre, el elegante descapotable de color turquesa, tenía un lugar de honor en el garaje aparte. Apenas había pisado el freno cuando Adrian se apeó de un salto.
—¡Nonna! ¡Popi! ¡Hola, chicos, hola!
Cuando abrazó a los perros, Tom se pegó a ella y Jerry empezó a menear el rabo y a darle lametones. Luego corrió hacia su abuelo, que la esperaba con los brazos abiertos.
—Sé que crees que estoy cometiendo un error —le dijo Lina a Mimi—, pero mírala. Ahora mismo, esto es lo mejor para ella.
—Una niña necesita a su madre —le respondió esta antes de bajarse del coche, ponerse una sonrisa en la cara y echar a andar hacia el porche.
—Por Dios, ni que fuera a meterla en un cesto y a abandonarla entre los juncos. No es más que un verano, joder.
Sophia bajó los escalones del porche y recibió a Lina a mitad de camino. Le cogió la cara con una mano y, sin mediar palabra, simplemente la abrazó. Nada de lo sucedido aquella horrible semana estuvo tan cerca de hacer que se derrumbara como ese abrazo.
—No puedo, mamá. No quiero que Adrian me vea llorar.
—Las lágrimas sinceras no son motivo de vergüenza.
—Ya hemos tenido bastantes por un tiempo —respondió, zafándose—. Se te ve bien.
—No puedo decir lo mismo de ti.
—Tendrías que haber visto cómo quedó el otro —respondió esbozando una sonrisa.
Sophia dejó escapar una breve carcajada.
—Esa es mi Lina. Venid, vamos a sentarnos en el porche, que hace buenísimo. Vendréis con hambre. Tenemos comida.
Tal vez fuera la sangre italiana, tal vez los genes de restauradores. En cualquier caso, los padres de Lina daban por sentado que todo el que llegaba a su casa debía tener hambre.
Los adultos se sentaron alrededor de la mesa redonda del porche, mientras que Adrian jugaba con los perros en el jardín delantero. Había pan y queso, aperitivos, aceitunas y una jarra entera de la limonada que Adrian tanto esperaba.
Aunque apenas habían rebasado el mediodía, había vino. La media copa que Lina se permitía la ayudó a desprenderse de la tensión del viaje. No hablaron de lo que había sucedido, ni cuando Adrian llegó corriendo a sentarse, brevemente, en el regazo de Dom para enseñarle su nueva Game Boy, ni mientras bebía limonada y charlaba sobre los perros.
Qué paciente era su padre, pensó Lina. Siempre tan paciente con los niños, tan bueno. Y tan guapo con el cabello blanco como la nieve, con las patas de gallo que le rodeaban los ojos marrones dorados. Toda su vida había pensado que su madre y él formaban la pareja perfecta: altos, guapos, delgados y perfectamente en sintonía. Mientras que ella siempre se había sentido una nota discordante. Porque lo era, ¿no? Siempre desentonaba: en la familia, en casa, en esa localidad que los lugareños llamaban The Creek. Así que se había ido con la música a otra parte.
Adrian se rio cuando, después de que sus abuelos le firmaran diligentes la escayola, su abuela le dibujó a los perros y añadió el nombre.
—Vuestras habitaciones están listas —dijo Sophia—. Vamos a subiros las maletas para que podáis deshacerlas y descansar si queréis.
—Yo tengo que ir al restaurante —añadió Dom—, pero estaré de vuelta para cenar.
—La verdad es que Adrian lleva días hablando del columpio. Mimi, ¿por qué no la acompañas al jardín trasero para que juegue un rato?
—Claro. —Mimi se levantó y, aunque le lanzó a Lina una mirada de desaprobación, llamó a Adrian con tono alegre—. ¡Vamos al columpio!
—¡Sí! ¡Vamos, chicos!
Dom esperó a que Adrian, seguida de Mimi, rodeara la casa.
—¿Qué sucede?
—Mimi y yo no vamos a quedarnos. Tengo que volver a Nueva York, acabar el proyecto que empecé en D. C. No me es posible acabarlo aquí, así que… Espero que no os importe quedaros con Adrian.
—Lina. —Sophia extendió el brazo por encima de la mesa y tomó la mano de su hija—. Como mínimo necesitarás unos días para descansar, para recuperarte, para ayudar a Adrian a que se sienta segura de nuevo.
—No tengo tiempo para descansar y recuperarme, ¿y dónde iba a sentirse Adrian más segura que aquí?
—¿Sin su madre?
Lina se volvió hacia su padre.
—Os tendrá a vosotros dos. Tengo que adelantarme a esta historia. No puedo permitir que acabe con mi carrera y con mi negocio, así que tengo que anticiparme y hacerme con las riendas de la situación.
—Ese hombre podría haberos matado. A ti, a Adrian y a Mimi.
—Ya lo sé, papá, créeme. Estaba allí. Ella va a estar feliz; le encanta estar aquí. Es lo único de lo que habla desde hace días. He traído su historial para que pueda ir al médico aquí a que le hagan la próxima radiografía. El médico de D. C. cree que dentro de una semana o dos podrá pasar a una férula de quita y pon. Es una lesión bastante común y leve, así que…
—¡Leve!
Cuando su padre explotó, Lina lo detuvo levantando las dos manos.
—Trató de arrojarla escaleras abajo y no logré llegar a tiempo. No pude impedírselo. Si no hubiera sido tan imbécil y no hubiera estado borracho como una cuba, lo habría conseguido y Adrian se habría roto el cuello en vez de la muñeca. Créeme, jamás lo olvidaré.
—Dom —murmuró Sophia, al tiempo que le daba una palmadita en la mano—. ¿Cuánto tiempo quieres que se quede con nosotros?
—Todo el verano. Mirad, sé que es mucho tiempo y sé que es mucho pedir.
—Nos encantará tenerla en casa —se limitó a afirmar Sophia—, pero te equivocas al hacer esto. Te equivocas al dejarla en un momento así, Lina. Aunque nos encargaremos de que esté a salvo y feliz.
—Os lo agradezco. Prácticamente ha terminado el curso, pero Mimi tiene un par de ejercicios más para ella e instrucciones para vosotros. Para cuando empiece el nuevo, ella y yo, las dos, lo habremos dejado atrás.
Sus padres se quedaron mirándola un instante, sin articular palabra. Los ojos castaños dorados de su padre y los verdes de su madre le hicieron pensar hasta qué punto su hija era una mezcla de aquellas dos personas.
—¿Adrian sabe que la vas a dejar aquí? —preguntó Dom—, ¿que vuelves a Nueva York sin ella?
—No le había contado nada porque quería preguntaros primero. —Lina se puso en pie—. Voy a decírselo. Mimi y yo tenemos que ponernos en camino enseguida. —Se detuvo—. Sé que os he decepcionado… otra vez, pero creo que esto es lo mejor para todos. Necesito tiempo para centrarme y no podría dedicarle la atención que ahora mismo precisa. Además, si está aquí, con vosotros, no hay opción a que ningún reportero le haga fotos y plante su cara en alguna revista de cotilleos.
—Pero tú vas a hacer publicidad con ello —le recordó Dom.
—Del tipo que puedo controlar, sí. ¿Sabes, papá? Hay un montón de hombres que no son como tú. No son amables y amorosos, y hay un montón de mujeres que acaban con moratones en la cara. —Se dio un toquecito con el dedo bajo el ojo—. Hay un montón de niños que acaban con el brazo escayolado. Así que puedes estar segurísimo de que voy a hablar sobre el tema si tengo la oportunidad de hacerlo.
Se alejó a grandes zancadas, furiosa porque creía que tenía razón. Y frustrada porque sospechaba que no la tenía.
Una hora más tarde, Adrian veía desde el porche cómo su madre y Mimi se alejaban en el coche.
—Ese hombre hizo daño a todo el mundo por mi culpa, así que ahora mi madre no me quiere cerca.
Dom se inclinó y, a pesar de su considerable altura, le posó las manos suavemente sobre los hombros y se agachó hasta que su nieta lo miró a los ojos.
—Eso no es verdad. Nada de esto es culpa tuya y tu madre te ha dejado quedarte con nosotros porque va a estar muy ocupada.
—Siempre lo está. De todos modos, es Mimi la que me cuida.
—Todos pensábamos que te gustaría pasar el verano con nosotros. —Sophia le acarició el cabello—. Si no estás contenta, dentro de una semana, por ejemplo, Popi y yo te llevaremos a Nueva York.
—¿Me llevaríais?
—Pues claro. Pero durante una semana vamos a poder disfrutar de nuestra nieta favorita. Tendremos a nuestra gioia. A nuestra alegría.
Adrian esbozó una sonrisa.
—Soy vuestra única nieta.
—Pero sigues siendo nuestra favorita. Y si sigues contenta, Popi puede enseñarte a hacer raviolis y yo puedo enseñarte a hacer tiramisú.
—Pero tendrás que contribuir con algunas tareas en casa. —Dom le dio un toquecito con el dedo en la nariz—. Dar de comer a los perros, ayudar en el jardín…
—Ya sabes que me gusta hacerlo cuando vengo de visita. Eso no son tareas.
—El trabajo, aunque nos guste, sigue siendo trabajo.
—¿Puedo ir al restaurante y ver cómo lanzas la masa de pizza por el aire?
—Este verano te enseñaré a hacerlo. Podemos empezar cuando te quiten la escayola. Ahora tengo que ir para allá, así que lávate las manos si quieres venirte conmigo.
—¡Genial!
Cuando entró corriendo en la casa, Dom se irguió y suspiró.
—Los niños se adaptan a todo. Va a estar bien.
—Sí, pero Lina se lo va a perder y es un tiempo que nunca podrá recuperar. En fin. —Sophia le dio una palmadita a Dom en la mejilla—. No le compres demasiados dulces.
—Le compraré los justos.
Raylan Wells hacía los deberes sentado a una mesa para dos de Rizzo’s. Menudo rollo. En su opinión, todas las tareas que tenía que hacer en casa ya eran deberes, así que ¿por qué las del cole no podían quedarse en el cole? A los diez años, a menudo se sentía confundido y atacado por el mundo adulto y las reglas que les imponían a los niños.
Había acabado los de mates, que le parecían fáciles porque las matemáticas eran lógicas. No como otro montón de cosas. Por ejemplo, responder a un puñado de preguntas sobre la Guerra Civil. Claro, vivían más o menos cerca de Antietam y todo eso, y lo de la batalla molaba, pero había sido hacía muchísimo tiempo. Los unionistas ganaron y los confederados perdieron. Como decía Stan Lee, y Stan Lee era un genio: «No hay más que hablar». Así que Raylan respondió una pregunta, luego dibujó un rato, respondió otra y fantaseó con una batalla épica entre Spiderman y el Doctor Octopus.
Como había llegado lo que su madre llamaba «la hora del bajón» (después de la comida y antes de la cena), la mayoría de los clientes eran chavales de instituto que iban a la parte trasera a jugar a las recreativas y tal vez pillar un pedazo de pizza o una Coca-Cola. Él no podía echar ni un centavo hasta que no acabase aquellos estúpidos deberes. Órdenes de mamá.
Atravesó con la mirada el comedor casi vacío, más allá del mostrador, hasta la enorme cocina abierta donde trabajaba. Seis meses antes, solo cocinaba en casa. Pero eso era antes de que su padre se fuera. Ahora su madre cocinaba allí porque necesitaban pagar facturas y demás. Llevaba el enorme mandil rojo del restaurante con la inscripción Rizzo’s en el delantero y el pelo recogido bajo el mismo ridículo gorrito blanco que se ponían todos los cocineros y el personal de cocina.
Había dicho que le gustaba trabajar allí y Raylan creía que decía la verdad, porque parecía contenta cuando trajinaba entre aquellos fogones gigantescos, pero sobre todo porque se daba cuenta cuando no le decía la verdad. Por ejemplo, cuando les había dicho a su hermana y a él que todo estaba bajo control, pero sus ojos contaban otra cosa.
Al principio había pasado miedo, pero había dicho que no ocurría nada. Al principio Maya había llorado, pero solo tenía siete años y era una chica. Al final lo había superado, más o menos. Raylan suponía que se había convertido en el hombre de la casa, pero pronto aprendió que eso no significaba que pudiera saltarse los deberes o quedarse despierto hasta tarde los días de cole. Así que respondió a otra de las estúpidas preguntas sobre la Guerra Civil.
Maya tenía permiso para ir a casa de su amiga Cassie a hacer los deberes juntas. Y tampoco es que le pusieran demasiados. Pero ¿a él? Permiso denegado. Quizás porque él y su mejor amigo y sus otros dos mejores amigos se habían tirado el día anterior echando unas canastas y pasando el rato en vez de hacer los deberes. Y el anterior también.
El Doctor Octopus no tenía nada que hacer frente a Furia Materna, así que ahora tenía que presentarse en Rizzo’s después de clase en vez de ir donde Mick, Nate o Spencer. No habría sido tan terrible si Mick, Nate o Spencer hubieran podido ir con él a Rizzo’s. Pero en sus madres también se había desatado la furia.
Cuando vio entrar al señor Rizzo, a Raylan se le pasó parte del enfado. Cuando el señor Rizzo iba a la cocina, lanzaba masas de pizza. La madre de Raylan y otros cocineros también sabían, pero el señor Rizzo podía hacer virguerías: la lanzaba hacia arriba, le daba vueltas, la volvía a coger por detrás de la espalda… Y, cuando no tenían demasiada gente, le dejaba probar a Raylan y también prepararse su pizza personalizada con todos los ingredientes que quisiera, y gratis.
No prestó demasiada atención a quien entró con el señor Rizzo, porque era una chica. Pero llevaba el brazo escayolado y eso la hacía una pizca más interesante. Se fue inventando posibles motivos para que estuviera escayolada mientras acababa la última pregunta de los malditos deberes. Se había caído a un pozo, o de un árbol, o por una ventana durante un incendio en su casa.
Una vez respondida la última pregunta (¡por fin!), se puso con el último ejercicio. Primero había hecho los de mates porque eran fáciles. Luego los de historia porque eran un rollo. Y para el final había dejado la tarea de usar en una oración las palabras que habían aprendido a deletrear esa semana, porque era divertido. Las palabras le gustaban aún más que las matemáticas y casi tanto como dibujar.
1. «Peatón». El coche de los atracadores atropelló al peatón mientras se daba a la fuga.
2. «Inigualable». Cuando los alienígenas del planeta Zork invadieron la Tierra, el mundo solo contaba para su protección con el único e inigualable Spiderman.
3. «Extirpar». El malvado científico secuestró a un montón de gente y comenzó a extirparles los órganos para sus locos experimentos.
Acabó la última de las diez palabras con su madre sentada a la mesa con él.
—Ya he terminado los estúpidos deberes.
Como ya había concluido su turno, Jan se había quitado el mandil y el gorrito. Después de que su marido se fuera, se había cortado el pelo y sentía que el pixie le quedaba bien. Además, casi no necesitaba peinarlo. A Raylan también le hacía falta un corte de pelo. El cabello de su hijo, que antaño era rubio girasol, empezaba a asemejarse a su propio tono, miel oscuro. Se le hacía mayor, pensó mientras le pedía que le enseñase los deberes. Raylan puso en blanco sus preciosos ojos verde botella (tenía los ojos de su padre) y empujó la carpeta por la mesa para acercársela.
Qué mayor, reflexionó, con ese pelo que ya no era fino como el de los bebés ni rubio como el algodón de azúcar, sino grueso y algo ondulado. Su cara había perdido la redondez de los niños pequeños (¿adónde se había ido el tiempo?) y se había afinado con las facciones definidas que lo acompañarían en la edad adulta. Había pasado de ser mono a ser guapo delante de sus ojos. Comprobó los deberes porque, aunque pudiera atisbar en el niño al hombre en el que se convertiría algún día, al niño le gustaba remolonear. Leyó las frases y suspiró.
—Con «juramento»: «El Caballero Oscuro prestó el juramento de proteger la ciudad de todo tormento hasta el último aliento».
Raylan no pudo evitar sonreír.
—Mola.
—¿Cómo es posible que alguien tan inteligente invierta tanto tiempo y esfuerzo en evitar unos deberes que dejaría hechos en menos de una hora?
—Porque los deberes son un rollo.
—Lo son —convino—, pero es tu trabajo. Y hoy lo has hecho muy bien.
—Entonces, ¿puedo ir a jugar donde Mick?
—Para lo bien que se te dan las matemáticas, te está costando contar los días que tiene la semana. Estás castigado hasta el sábado. Y si vuelves a saltarte los deberes…
—Me quedo sin salir dos semanas —concluyó con tono más apenado que molesto—. Pero ¿qué voy a hacer ahora? Me quedan horas.
—No te preocupes, corazón —le dijo al tiempo que le devolvía la carpeta—. Tengo un montón de cosas que puedes hacer.
—Tareas. —Ahora sí que estaba molesto—. Encima de que he hecho todos los deberes.
—Ay, ¿es que quieres un premio por hacer lo que tienes que hacer? ¡Lo tengo! —Juntó las manos con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos chispeantes—. ¿Qué tal si te lleno de besos toda la cara? —Se inclinó hacia él—. Te voy a llenar la cara de besos ahora mismo, delante de todo el mundo. Muac, muac.
Raylan se encogió, pero no pudo evitar sonreír.
—¡Corta el rollo!
—No te vas a avergonzar de unos buenos besos, bien ruidosos, por toda la cara, ¿eh, mi niñito precioso?
—Qué rara eres, mamá.
—Se me ha pegado de ti. Venga, vamos a buscar a tu hermana y a casa.
Raylan metió la carpeta en la mochila ya llena. La gente había empezado a llegar al restaurante para tomar una cerveza o una copa de vino, o para cenar temprano con amigos. El señor Rizzo se había puesto el gorrito y el mandil, y estaba haciendo malabares con una masa de pizza. La niña se había sentado en un taburete alto delante del mostrador y aplaudía.
—¡Adiós, señor Rizzo!
Este atrapó la masa, le dio vueltas y le guiñó un ojo.
—Ciao, Raylan. Cuídame a tu madre.
—Sí, señor.
Salieron al porche cubierto de la parte delantera, donde varias personas ya bebían y comían sentadas a las mesas. La fragancia que desprendían las macetas de flores se mezclaba con el aroma de los calamares fritos, la salsa picante y el pan tostado. El ayuntamiento había dispuesto grandes jardineras de hormigón con flores a lo largo de la plaza y algunos de los negocios tenían macetas o cestos colgantes.
Mientras esperaban a que el semáforo del cruce se pusiera verde, Jan tuvo que reprimir el impulso de agarrar a su hijo de la mano. Diez años, se recordó. No iba a querer darle la mano a su madre para cruzar la calle.
—¿Quién era la niña que estaba con el señor Rizzo?
—¿Qué? Ah, es su nieta, Adrian. Va a quedarse con ellos todo el verano.
—¿Y cómo es que lleva una escayola?
—Se hizo daño en la muñeca.
—¿Cómo? —preguntó mientras cruzaban.
—Se cayó.
Jan notó que Raylan se había quedado mirándola mientras caminaban a lo largo del bloque.
—¿Qué pasa?
—Has puesto esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara que pones cuando no quieres decir algo malo.
Suponía que debía de poner cara rara. Y suponía que en un pueblo del tamaño de Traveler’s Creek, de cuyo tejido los Rizzo eran parte integrante, Raylan, con su oído finísimo, acabaría enterándose de todos modos.
—Se lo hizo su padre.
—¿En serio?
Su padre había dicho y hecho un montón de cosas malas, pero jamás les había machacado la muñeca ni a Maya ni a él.
—Espero que respetes la privacidad del señor y la señora Rizzo, Raylan. Y como voy a llevar a Maya a su casa para ver si se hacen amigas, porque Adrian y ella tienen la misma edad, no quiero que le digas nada a tu hermana. Si Adrian quiere contárselo a Maya o a quien sea, es cosa suya.
—Vale, pero, ¡guau, su padre le rompió el brazo!
—La muñeca, pero tanto da.
—¿Está en la cárcel?
—No. Murió.
—¡Jolines! —Asombrado y algo emocionado, empezó a dar saltitos—. ¿Lo mató ella o algo así, para defenderse?
—No. No seas tonto. No es más que una niña que ha pasado por una experiencia terrible. No quiero que la atosigues a preguntas.
Llegaron a la casa de Cassie, justo enfrente de la suya. Habían podido conservar la casa porque los Rizzo le habían dado trabajo a su madre después de que su padre los abandonara y se llevase casi todo el dinero del banco. Esa era una de las peores cosas que había hecho. Después, Raylan había oído llorar a su madre cuando creía que estaba dormido, pero eso había sido antes de que consiguiera el trabajo.
Jamás haría ni diría nada que hiciera daño al señor o a la señora Rizzo. Pero de repente la niña le parecía mucho más interesante.
3
Todo en aquel verano cambió cuando Adrian conoció a Maya. Su mundo se amplió con fiestas de pijamas, citas para jugar y secretos compartidos. Por primera vez en su vida, tenía una mejor amiga de verdad. Adrian le enseñó yoga y pasos de baile (y casi a hacer una paloma) y Maya le enseñó a hacer girar el bastón de animadora y a jugar a los dados.
Tenía un perro llamado Jimbo, que podía caminar sobre las patas traseras, y una gata llamada Señorita Priss, a la que le gustaban los mimos. Tenía un hermano que se llamaba Raylan, pero lo único que hacía era jugar a videojuegos, leer cómics y andar por ahí con sus amigos, así que no lo veía mucho. Pero tenía los ojos verdes. Más verdes y más oscuros que los de su madre y los de su abuela. Como si estuvieran cargadísimos de verde. Maya decía que era un cabezabuque, pero Adrian no tenía pruebas reales de que lo fuese, dado que las evitaba. Y le gustaban muchísimo sus ojos. Aun así, le hizo preguntarse cómo sería tener un hermano o una hermana. Una hermana sería mejor, evidentemente, pero tener a alguien más o menos de su edad en casa debía de ser divertido.
La madre de Maya era majísima. Nonna decía que era una joya y Popi decía que era una buena cocinera y una excelente trabajadora. A veces, cuando a la señora Wells le tocaba trabajar, Maya iba a su casa y se quedaba todo el día, y, si lo pedían con tiempo, algunas de las otras chicas también iban.
Una vez que le retiraron la escayola, tuvo que llevar una férula durante tres semanas más, pero podía quitársela si quería darse un baño de burbujas o si la invitaban a nadar a la piscina del jardín trasero de Cassie, la amiga de Maya.
Un día de junio subió a la planta de arriba con ella para coger todo lo necesario para el té que iban a celebrar fuera, a la sombra de un gran árbol. Se detuvieron delante de la puerta abierta del cuarto de Raylan. Hasta entonces, siempre la había tenido cerrada y con un gran cartel de prohibido entrar.
—Se supone que no podemos entrar sin permiso —le dijo Maya, que ese día llevaba el cabello, dorado como el sol, recogido con trenzas de raíz porque era el día libre de su madre y había tenido tiempo para hacérselas. Apoyó la mano en la cadera del modo que solía hacerlo y puso los ojos en blanco—. Como que iba a querer yo entrar. Está desordenado y huele fatal.
Adrian no olía nada desde el umbral, pero era cierto que estaba desordenado. La cama estaba sin hacer siquiera un poco. Había ropa y zapatos desperdigados por el suelo, además de figuras de acción. Pero lo que le llamó la atención fueron las paredes. Raylan las había cubierto
