Prólogo
Corro, corro y corro... Mi rostro bañado en sangre, moretones en todas partes. Las lágrimas inundan mi cara, mojan mi pecho y ahogan mi alma. Después de horas de camino, allí está ella, mi amiga de la infancia, Martha; también está escapando de su casa, no soporta a su madre y las borracheras de su padre.
—¡Vamos a Texas! —me anuncia.
Nos subimos a un camión para llegar a esa nueva vida.
—¡No! ¡No! ¡La migra! —gritan todos los pasajeros, gritan y huyen.
Se llevan a mi amiga. Yo muestro mis papeles. Soy ciudadana americana: me dejan seguir.
Ya en Texas, soy libre. Allí la veo, mi oportunidad. Encuentro un anuncio en el que se informa que «se solicita mesera».
—¡Qué malo! Ya no está disponible el trabajo. —Solo bailarinas de poca ropa. «No, yo no hago eso, pero puedo cantar», murmuro para no ser escuchada. Luego, pregunto—: ¿Podría cantar?
—¿Por qué no? —me responde el hombre gordo y bastante desagradable que me entrevista.
Un mes después estaba en el regazo de otro cerdo, vestida solo con unas bragas y un sujetador. Me mete las manos en los muslos, me dice guarradas. «¡Dios, qué asco!», pienso.
—Ve al escenario —me ordena la encargada.
¡Qué alegría! Es lo único bueno de estar en este antro; puedo bailar y cantar, aunque sin ropa. No pienso en eso ahora. El escenario es mi vida. Por esos cinco minutos tengo libertad. Soy feliz.
Termina mi turno, bajo de la tarima sin el sujetador, y quinientos dólares más rica. Me señala la encargada que vaya a la habitación privada.
—¿Otra vez?
—Sí —responde ella.
—He atendido a dos clientes esta noche.
Estoy cansada. Además, ese gordo repugnante es un pesado, siempre quiere que le haga sexo oral. Es algo que me provoca ganas de vomitar; de solo imaginarlo se me revuelve el estómago. Mi vida es un infierno, ya no puedo más.
—Ve, Estrella, te solicitó a ti.
Me hace señas para que me mueva. Rumbo a esa maldita habitación, me da un golpe en el trasero.
—¡Venga, tía! Es como actuar. Además, es tu culpa por estar tan buena.
Nuevamente otro extraño se hunde en mí. Otro día la vida me sorprende en su infinita maldad. Sigo respirando. ¿Por qué?
Es tarde, y aún la muerte no viene a mi rescate. Me acuesto en mi cama sollozando, hasta que por fin me duermo.
Capítulo 1
Sé exactamente el día, el bendito día en que cambió mi vida; fue aquel en el que entré al ascensor del edificio Empire Donar. Nunca antes me sentí tan agradecido de haber ido al maldito piso 32 de una de las torres más famosas de Nueva York. Para otros era un sueño; para mí, solo un infierno.
De nuevo me encontraría con el afamado abogado Jake Donar, el dios del derecho en este país, la biblia de las leyes, el deleite de infinidades de personas, en especial de los medios de comunicación y de docenas de mujeres interesadas. Para mí, era solo mi juez.
Al entrar me encuentro con hombres de negocios, vestidos con sus trajes elegantes Calvin Klein, de colores oscuros, principalmente negro. Danzan por el brillante piso con sus zapatos Gaziano & Girling. Siempre con sus maletines de cuero Hermes, repletos de papeles importantes. —«¡Bah!», musito para mis adentros—. Todos ellos lucen su cabello muy bien peinado con gel, que los hace mantener su soso estilo con una raya de lado; el aire permite percibir la esencia de loción Pacco Rabanne, y algunos dejan ver sus gafas Ray-Ban.
Las mujeres, con sus trajes de corte recto Armani, de colores negro, marrón y gris; parece que, entre más tristes se ven, son más profesionales. Todas con sus cabellos perfectos y arreglados; las de pelo lacio, las de ondulado y hasta las de rizos son perfectas, con sus grandes carterones Chanel, sus perfumes Versace Brigth Crystal y sus tacos gigantes Christian Louboutin, de más de doce centímetros.
Siempre me he preguntado cómo caminan con esa tortura; estos son símbolos usados para seguir esclavizándolas en un sistema que reconoce ese daño a la estructura de sus pies, con el hecho de ser hermosas.
«Qué gran gilipollez, ¿quién habrá pensado esa idea tan absurda?», me pregunto siempre que vengo a este lugar.
Soy consciente de que me observan. Cada vez que entro a este sitio, sucede lo mismo, y no porque sea especialmente agraciado, aunque algunas féminas afirman que lo soy.
La mayoría de las miradas van dirigidas por parte de los hombres de negocios; ellos no entienden este desastre de bluyín gastado, tenis funcionales, camiseta Apolo, con gafas al estilo Clark Kent que ocultan mis ojos verdes. Siempre mostrando mi maraña de cabello rubio desordenado, mochila negra cruzada en la espalda y mi pobre loción de menta. ¿Cómo este hombre común puede ser hijo del elegante doctor Jake Donar?
«¡Qué pesadilla! Ja, ja, ja, ja. Contrólate, ya no des más de qué hablar», me reprocho en mi interior.
Las mujeres son más condescendientes; algunas me sonríen, otras me guiñan el ojo, y las desconocidas me ven como si estuviera en el lugar equivocado. Gracias a Dios que allí está Anita, la recepcionista, esa delicada pelirroja que siempre me ofrece un té helado con una rodaja de limón. Me observa. Me regala una sonrisa.
—¡Buenos días, Christopher! —dice.
Gracias a la divina misericordia que me tutea, eso de señor no me va.
—¡Buenos días, Anita! ¿Está en su imperio el magnífico doctor Donar?
—Sí, llegó desde muy temprano.
—Bueno, voy a subir para hablar con él.
Me vuelvo, le ofrezco mi mejor sonrisa, mientras me sujeto a la parte delantera de mi mochila.
Con la mirada en el indicador del ascensor, comienza a bailar mi pie derecho contra el brillante y limpio piso. Me siento estresado, no he subido a mi destino y ya muero por irme de aquí; siempre es la misma sensación cuando sé que voy a enfrentarme a ese hombre desesperante que es mi padre.
Por fin se abre la puerta, y accedo al trasto que me transportará a mi destino. Gracias a la providencia no hay nadie más; treinta y dos pisos son demasiados para aguantar miradas de recelo.
Al estar a punto de cerrarse la puerta, una voz dulce, vibrante y muy sexi invadió el lugar. «Deténgalo, por favor», ruego. Casi alcanzo a pararlo ya que me encontraba agachado, sujetándome una de las agujetas de mis tenis.
Con la vista en mis zapatos, escucho que la voz sensual pronuncia:
—Espérenme aquí. Si no vuelvo en veinte minutos, suben, ¿entendido?
—Sí, señora —responden al unísono dos gorilas enormes, vestidos de negro, con gafas oscuras, manos libres conectados, al quedarse como estatuas, cada uno en un extremo del ascensor.
«Ja, ja, ja, ja —digo a mis adentros—. Estos deben ser del FBI».
Aún agachado, luchando con las agujetas, percibo un olor a jazmín delicioso. Me estremezco cuando mi cerebro se hace eco del recuerdo de ese aroma, el exquisito perfume de arcoíris.
Sumergido en mi éxtasis alcanzo a oír como un carraspeo de garganta —Cof, cof, cof— me saca de mi estado de meditación. La bella voz se dirige a mí diciendo:
—Disculpe, ¿podría marcar el piso 32, por favor?
Presiono el botón y recuerdo nuevamente que voy donde el señor Donar.
«¡Mierda! De niño jamás habría pensado que algo como esto me afectaría», cavilo.
Al volver la mirada al otro mortal que me acompaña en este viaje, me topo con una imagen que me deja petrificado. Me levanto dando tumbos; mientras lo hago, visualizo unas largas y sensuales piernas perfectamente torneadas; ellas terminan en unos hermosos tacones Jimmy Choo.
«Ja, ja, ja, otra más», reflexiono.
Mi vista sigue recorriendo la hermosa silueta, envuelta en un vestido color ocre un poco más arriba de las rodillas, ajustado en la parte de la diminuta y sexi cintura, así como en esas imponentes caderas.
«¡Dios, está buenísima! Creo que es latina», pienso mientras la miro como un tonto sin poder evitarlo.
Mi viaje sigue y encuentro un rostro delgado y delicado, el cual no logro ver del todo, ya que está cubierto por un cabello muy largo lacio, color café, así como por unas gafas para el sol Prada.
Al estar por fin de pie a su lado, mi respiración se torna entrecortada. Estoy maravillado con esta mujer; es muy bella. Empiezo a sentirme atrapado; ese cuerpo perfecto irradia tanto calor, y con este espacio tan limitado, que no sé qué me pasa. No es correcto, pero creo que estoy en llamas.
La observo un poco más, toso muy fuerte y por fin logro capturar su atención. Se aparta de mí, retrocede, se quita las gafas, mientras me mira, frunce el ceño en señal de molestia.
—¿Le pasa algo? —pregunta; es claro que está incómoda.
Al escuchar su sensual voz saliendo de sus carnosos labios pintados de color rosa, siento que un sudor frío corre en mi entrepierna. Dios, ¿qué me pasa? Trato de arreglarme el pantalón para que no se note que comienzo a excitarme.
«¿Qué cojones te pasa, Christopher Donar?», me pregunto molesto con mi absurda reacción, si solo me ha hablado. Si me llegara a rozar con su cuerpo, la desnudaría dentro del ascensor.
De nuevo escucho la tentadora voz.
—¿Se encuentra bien? Diga algo, o presionaré el botón de emergencia.
Esta vez la pregunta no es por humanidad; se ha molestado con mi actitud, y con toda razón. Estoy dando el tipo de un depravado sexual que ataca a mujeres hermosas en los ascensores.
La miro otra vez de frente y me sumerjo en esos bellos ojos color café, en esa cara ovalada y en esa tonalidad aceitunada. ¡Qué belleza imposible! Quedo petrificado por un segundo, hasta que veo algo conocido. ¿Será ella? Por todos los santos de la palabra escrita, claro que es ella, ¡Julieth Steven!
—Dis-Disculpe, señorita Steven, no quise incomodarla.
Por el amor de Dios, entre más tiempo pasa, más patético parezco. ¿Cuándo coño se detiene este trato? ¿Qué pasa conmigo? Tengo mi tesis de doctorado en las narices y no puedo articular más de dos frases sin volverme un manojo de nervios.
Cuando por fin me calmo, giro hacia ella, intentando hablarle como Dios manda, pero ya es demasiado tarde: llegamos al puto piso 32.
Con toda elegancia sale del trasto del deseo y camina en la misma dirección en la que voy yo. No puede ser, va también donde el jefe de jefes. Dios, que no se entere de que es mi padre; eso dañaría todo. Pero ¿qué cojones dañaría?, si no somos nada y no ha aceptado ninguna de mis peticiones.
Recuerdo a qué vengo, y me vuelve a dar molestia. ¿Por qué tendrá que ser tan difícil mi padre? Además..., qué obsesión con ese tema. ¿De qué trata? Y ahora, que Julieth está aquí, entiendo menos.
Después de una ráfaga de segundo en el umbral de la puerta, dándome ánimos, me digo: «Bueno, lo que vaya a ser, que truene de una vez».
Me apresuro adelantándola, lo que me permite abrirle la puerta y hacerle una señal de reverencia, mientras ella pasa delante de mí. La hermosa morena entra y yo, detrás de ella.
Al estar debajo de la puerta italiana, dirijo mi mirada al otro lado de un sólido mostrador de mármol pulido; me sonríe amablemente Ava, la rubia atractiva que es la nueva recepcionista. Todas las chicas que trabajan para mi padre tienen la misma estructura: muy jóvenes, superhermosas y siempre arregladas. A veces me pregunto: ¿esto es un bufete de abogados o una agencia de modelaje? Ja, ja, ja.
La realidad me golpea otra vez cuando la rubia se levanta dentro de su traje Armani y me ofrece una sonrisa. Al estar a punto de hablarme, le hago una seña desesperada para que no pronuncie mi nombre completo.
«Santos de la palabra gesticulada, que la boba rubia entienda lo que trato de decirle», pienso sin poder evitarlo. Asiente delicadamente, vuelve a dedicarme su mejor sonrisa.
—¡Buenos días, señorita Steven! El señor Donar la está esperando, permítame anunciarla.
—Sí, gracias —contesta mientras se quita las gafas, mece los hombros, mueve su cabeza lentamente, se vuelve y me mira de reojo.
La rubia regresa contoneándose de forma sensual en sus sancos Valentino, se dirige a donde estoy y me dice:
—Señor Matheus, espere, por favor. Una vez que la señorita Steven sea atendida, el doctor lo recibirá a usted. —Después de hablar conmigo, la rubia le ofrece su mirada a Julieth. —¿Quiere un té, café, agua? —le pregunta.
—Solo agua, por favor.
—Enseguida —dice mientras le indica que la siga a la oficina de mi padre.
Antes de adentrarse en el lujoso pasillo, Julieth me vuelve a mirar, arquea la ceja seductoramente, luego se coloca otra vez sus carísimas gafas.
La observo desaparecer mientras tomo asiento en uno de los sillones de piel italiana. ¿Qué le pasa a mi padre con los italianos? Nuevamente dirijo mi mirada al gran salón. Nunca dejo de sorprenderme con el esplendor que hay aquí, me imagino que viene en conjunto con el paquetico de modelos tontas. Eso debe darle más estatus al doctor. Ja, ja, ja.
Después de un rato vuelvo a repetir en mi mente el extraño momento en el ascensor. Verdad que me vi muy mal, fui una pena terrible. Qué patético en serio.
Ya ha pasado casi una hora. ¿De qué cojones hablan tanto? Me remuevo en el asiento. «Mucho asiento italiano, pero me tiene el culo partido», reflexiono. Otra vez la imagen de ella viene a mi cabeza. Verdad que es hermosa. Su cara, su pelo, su cuerpo. ¡Dios, qué cuerpo! La tengo muy cerca, no debo dejar que se marche sin que me ofrezca la entrevista. De eso depende mi tesis; esta vez no puedo permitir que se niegue.
De pronto unos gritos me sacan de los pensamientos que me han tenido atrapado en la última hora. Reconozco de dónde viene el sonido: de la oficina de mi padre. Por el amor de Dios, ¿qué sucede?
Me dirijo rápidamente, llego a la puerta y la abro de manera intempestiva. Al entrar los observo a ambos. Ella está agitada, a punto de las lágrimas; a mi padre se lo ve furioso, la tiene sujeta por un brazo mientras le grita directo al rostro. Pero ¿qué coño?
Con furia me acerco a él.
—Suéltala de una vez. ¿Qué crees que haces? ¡Maldita sea!
—No se meta, señor Matheus. No es asunto suyo.
—Tal vez, pero no permitiré que trate así a una dama en mi presencia.
Lo miro con tanta rabia que, sin tocarlo, sé que se estremece por mis palabras amenazadoras. Le libera el brazo al tiempo que arroja una maldición.
—¡Joder!
Me acerco con ternura a Julieth y le coloco la mano en la cintura para darle estabilidad. Sé que la necesita, se la ve muy afectada. Ella asiente con una mirada tímida, mientras le susurro al oído:
—Venga, salgamos de aquí.
Al intentar salir, el infeliz de mi padre se vuelve y suelta su veneno.
—Ya se lo dije, señora Steven: le aconsejo que llegue a un acuerdo con mi cliente, o lo pagará caro.
Eso es una amenaza. Así es mi padre, un capullo asqueroso y malvado.
Ella está asustada; lo siento por la mano que tengo en su espalda. Se estremece en mis dedos; eso me irrita. No me gusta que esté así; eso me revienta.
—Señor Donar, le advierto, déjenos marchar y respete a la señorita, o se arrepentirá.
—A mí no me amenace, joven, y aléjese de esa mujer. No tiene idea de la clase de zorra de mierda que es.
Ahora sí es demasiado. Aunque es mi padre, no le voy a permitir que la ofenda más; de hecho, no lo hará nunca más. Me acerco a él y lo empujo con fuerza, abro camino para sacarla de esta porquería. Él no se interpone, gracias a Dios. Aunque es una basura, es mi padre.
Por lo pronto le tomo la mano y la conduzco a la salida; ella me permite dirigirla. Me siento su salvador, estoy feliz de haberla ayudado. Es una mujer hermosa, es una diosa; casi duele verla. Y aunque apenas la conozco, no voy a tolerar que nadie la trate de nuevo así. Primero, tendrán que matarme.
Caminamos hacia el ascensor, marco planta baja, aún estamos tomados de las manos; ella no se resiste. La noto nerviosa, temerosa, muy triste. Dios, casi no la reconozco. Llevo seis meses siguiéndola y me parecía impenetrable, inhumana, fría y calculadora. Qué equivocado estaba; en realidad, es una criatura extremadamente frágil.
Maldigo a mis adentros de solo pensar en quién más le ha hecho daño. Y aunque no tengo derecho, no me importa, nunca nadie la volverá a lastimar; mientras esté vivo, solo será feliz.
¿Qué me pasa? Estas ideas son absurdas; ella y yo no somos ni amigos. Este pensamiento me trae a la realidad: esta mujer me gusta. Y al tenerla tan cerca, respirar su olor, sentir su piel cálida, estoy seguro de que no solo me gusta, sino que la deseo, me encanta, la adoro, la necesito. Por Dios, tiene que ser mía.
«Santos de las ideas, que me deje hacerla mía», pienso.
Mis oraciones son interrumpidas por un sonido fortísimo y un temblor del ascensor. Se apagan y se encienden las luces. Este trasto está fallando. De pronto soy consciente de lo que le ocurre a mi hermosa princesa. Se abraza a mí, está asustada y nerviosa.
Después de un rato, está tirada en el suelo, abrazada a sus rodillas, con la cabeza escondida entre sus piernas, sudando y suplicándole no sé a qué fantasma que ya no le haga daño.
—Ya no más, por favor, te lo ruego. Me duele, ya no —decía.
Un nudo en la garganta me asfixia. Le beso la frente; me duele mucho verla así. La implacable y soberbia estrella de Broadway es un ser temeroso y profundamente necesitado. Me acerco, la abrazo a mi pecho, la acomodo en mi regazo, me ahogo en el aroma de su cabello.
—Tranquila, princesa. Tranquila, mi ángel. Nadie volverá a hacerte daño, de eso me encargo yo.
La luz regresa, el ascensor inicia movimiento, de nuevo somos conscientes de nuestra realidad. Ella se levanta bruscamente, se arregla la ropa, luego sus gafas, y otra vez vuelve a su personaje de villana de telenovela.
—Gra... Gracias —dice entrecortado.
—De nada.
Esta mujer no sabe cómo acercarse a las personas. Aunque no importa, tengo mucho tiempo para enseñarle.
¿Qué pasa? Otra vez los pensamientos locos. Sería un sueño, me encantaría que fuese verdad. ¡Joder! Moriría por que fuese verdad.
Se abre el ascensor, nos separamos y quedo vacío. Estoy en problemas: esta mujer me ha hechizado. La veo alejarse unos pasos. De pronto se vuelve delicadamente, girando en sus talones.
—Señor Matheus, llame a Alexa Tonson.
—Disculpe, ¿quién es esa? —digo con la voz ahogada.
—¿Ya la olvidó?, si la ha acosado por meses. Es mi asistente. Póngase de acuerdo para lo de su entrevista, ¿entendido?
Me observa mientras se muerde el labio inferior. Qué escena tan erótica, esta mujer es sexo con pies. Qué bobo, aún no he respondido.
—¿Me escuchó, señor Matheus?
—Mil gracias, señorita Steven —le respondo por inercia mientras le ofrezco mi reverencia; ella sonríe. La veo alejarse, no sin que antes le grite—: Julieth, estamos hechos del mismo material que los sueños. Usted, princesa, es el sueño más hermoso. Imagínese la belleza de su presencia.
Me ofrece una nueva sonrisa y, luego, susurra:
—Esa frase es de Shakespeare, de su obra La tempestad.
La veo marcharse, pero estoy muy emocionado. La volveré a ver, a ella, a la diosa de ojos café.
«Santos de la palabra actuada, muchas gracias», pienso una y otra vez.
Capítulo 2
Han pasado unos minutos desde que la hermosa hechicera, ladrona de corazones y voluntades, se marchó. En ese momento recuerdo que debo volver a donde el despiadado señor Donar.
Estoy superenfadado; lo que hizo fue terrible y reprochable. ¿Cómo pudo tratar a una mujer así? Bueno, sé de lo que es capaz; muchas veces fue muy duro con mi madre. «Maldito imbécil», pienso.
Me quedo pasmado un instante cuando una interrogante se hunde en mi cerebro. ¿De qué iría el conflicto? ¿Por qué la llamó de la forma en que lo hizo? Ni siquiera podría repetirlo. Es imposible tener un solo pensamiento obsceno sobre ella, al menos uno distinto a ella en mi cama, debajo de mí.
Por unos instantes saco esos pensamientos de mi mente, ahora debo encontrar respuestas. Me vuelvo a subir al trasto, ¡bendito sea!, que me atrapó con la diosa de cabello café.
En un santiamén estoy en el piso 32. Entro sin mirar a nadie, me dirijo rumbo a la oficina de mi padre cuando alcanzo a escuchar unos tacones golpeando el piso italiano y una impertinente voz me detiene de repente.
—Christopher, no puedes pasar sin que le avise al doctor.
Yo pocas veces me molesto, pero de verdad esta niña ya se la ganó.
—Te informo una cosa: en primer lugar, para ti, soy el señor Matheus y, en segundo lugar, yo entro si así lo quiero. Ese hijo de perra es mi padre, lamentablemente.
Entro a su oficina dando tumbos, siento que el aire me falta y mi respiración se muestra entrecortada; de verdad estoy cabreadísimo. No lo encuentro solo; junto a él mi hermano mayor Cristhian está dándole palmaditas en la espalda.
«Por los santos de la escritura cursi. Qué patético es mi hermano», pienso.
Me incorporo enfrente de los dos, y el primogénito me lanza una mirada de rabia acompañada de un gruñido que termina con la frase:
—Te pasaste. ¿Cómo se te ocurre faltarle el respeto así a papá?
—Yo no hice nada de eso, solo evité que se mostrara como una rata sinvergüenza. Estaba maltratando a una mujer. ¿Eso te parece bien?
—No sé lo que ocurrió, pero es nuestro padre. Debe estar primero que todo y merece nuestra veneración.
—Tú estás como una cabra, tío. Si la caga, voy a decírselo y punto. Lo siento, yo no soy un apéndice de él. Yo sí soy una persona.
Observo como mi hermano me ve enfurecido. Es lamentable, él y yo nunca hemos congeniado. ¿Llevarnos bien?, eso es un chiste. Y sé que es culpa de mi padre; es un ser tan egoísta que, con tal de hacer su voluntad, no le interesa a quién deba quitar del medio.
—Sí terminaste de venerar al señor Donar, te pido que nos dejes a solas.
—Ni de chiste. Se ha sentido mal, y no lo voy a dejar contigo para que lo afectes más.
—Por favor Cristhian, detén el circo. El hijo favorito eres tú, a mí no me interesa ni ese puesto ni la plata. Así que lárgate o verás de lo que soy capaz.
Ambos gruñimos como leones. Aunque me cueste reconocerlo, somos iguales: dos testarudos que no cedemos, dos machos alfas, sin embargo, completamente diferentes. Y sé que su relación con mi padre no es por adulación, sino que es igual a él, y tienen la misma terrible forma de concebir a las personas.
El silencio toma el lugar cuando mi padre interviene.
—Cristhian, hijo, déjame a solas con tu hermano.
—Pero, papá.
—Tranquilo, campeón, estoy bien.
Por supuesto, ¡campeón! Ese siempre ha sido él; yo, en cambio, la oveja descarriada por no seguir sus pasos. Pero ¿qué tanto? Si debo ser como él para que me valore, prefiero ser un puto extraño.
Nos quedamos solos observándonos. Él me mira tratando de encontrar respuesta a mi arrebato; yo necesito el porqué de lo ocurrido. Bueno, comienzo hablando yo. Es natural, soy periodista, y eso es lo que hago.
—Explícame qué fue todo eso.
—Es un caso que tengo en contra de esa mujer.
—¿Cómo?
—Es muy simple. Hace dos semanas, en una de sus presentaciones, mi socio se le acercó para felicitarla, le dio unas flores y de pronto sus bestias lo atacaron, le dieron una paliza que casi lo matan.
Lo miro escéptico, aunque reconozco que el Godzilla y el Pie Grande que la esperaban junto al ascensor son de miedo.
—¡Sigh! ¡Sigh! —Suspiro para tratar de entender o, mejor dicho, descubrirlo. Mi padre está mintiendo, qué tonto, nunca ha podido engañarme—. ¿Estás seguro de que tu amigo no la afectó o la ofendió en algún momento? ¿Quién es él?
—Estoy seguro. Además, él está enfermo del corazón.
—¿Quién es él?
Repito la pregunta.
—El licenciado Marlon Stella.
—¿El licenciado Stella? Por favor, ese capullo es un cerdo arrogante y ruin. Me imagino que se acercó con sus promesas insolentes y la hizo salir de sus casillas.
—¿La justificas?
—No, pero estoy tratando de ser consciente. Me parece que a las mujeres se las respeta, y nada de eso ocurrió en este despacho.
Mi padre levanta la ceja enojado, mientras me grita:
—Te dije que es una zorra. ¿No entiendes, o qué?
—No, no lo entiendo. Sé que es una mujer hermosa, y no voy a permitir que le hagan daño.
—Si es por lo de tu tesis, no te preocupes; entrevista a otra persona más famosa, linda y lista. ¿Te puedo conseguir a alguien?
—No —le grito casi desesperado—. Yo quiero a Julieth Steven.
—¿Para la entrevista o para algo más?
—Para la entrevista y para lo que sea —le respondo de manera desafiante.
—Por Dios, ¿te gusta?
—Si fuese así, ¿qué?
—No lo aceptaría y, luego, me daría mucha pena por ti. Esa mujer ha sido de muchos. ¿No te avergüenzas?
—Eso no es verdad, ya he visto cómo es. Es inteligente, seria y muy hermosa. Por casi seis meses he estado luchando para lograr la entrevista, y ha sido imposible; sencillamente se niega. Además, ¿quiénes son esas supuestas parejas?
—Seres asquerosos, delincuentes y narcotraficantes. Emmanuel Terán es un narco duro de la frontera que se la pasa enviándole flores y visitándola.
No sé qué responder; sus palabras me toman por sorpresa. Se me cae la mandíbula con lo que mi padre afirma; sus terribles acusaciones me provocan sentimientos nada deseables. El hecho de saber que tiene una relación con alguien no ayuda nada. Sencillamente no es así, no lo creo.
Me levanto y lo miro con rabia.
—No te creo nada, y tienes razón. La quiero no solo para mi tesis, la quiero para mí. Por ello, te prohíbo que te le acerques y mucho menos que vuelvas a lastimarla, o te las verás conmigo.
—Me amenazas para defender a esa...
—A esa dama hermosa, sí, y te desafío. Nunca te dejaré que vuelvas a apartar a una mujer que me interesa de mi lado, como hiciste con... Yo no te molesto, no vivo de ti, así que déjame en paz.
—No olvides que estamos en una trifulca legal, y yo nunca pierdo —me amenaza para intimidarme.
—Eso lo veremos. Soy un buen periodista y conseguiré la verdad. Ahora me largo.
—Espera, Christopher, aún no te he dicho lo que quería y por lo que te mandé a llamar.
—Habla, entonces. Necesito irme, he perdido ya mucho tiempo del trabajo.
—Vale, se trata de tu hermana Elsa, regresa en tres semanas. Quiero darle un recibimiento formal, con la familia, amigos y su novio Sam.
—Por favor, padre, tienen más de cuatro años que no se ven, exactamente desde que ella se fue a estudiar su máster a Londres. ¿Cómo sabes que siguen siendo novios?, ¿que se quieren?, ¿o que ella no vuelve con un chico?
—Él es su novio porque yo lo digo, y ella va a aceptarlo. Ya tengo bastante con tus desobediencias para aceptar las de tu hermana.
Asiento con la cabeza, cansado de esta conversación. Esto no va a ninguna parte, estamos perdiendo el tiempo. Este hombre es irreal.
***
Salgo de la oficina del infierno. Ya por fin estoy en la calle, respiro el aire limpio del mundo real.
Camino un rato por Center Park, me compro un helado de chocolate, y vuelvo a pensar en ella. ¡Qué bella es! Tendré mi entrevista, presentaré mi tesis y al fin terminaré con este largo doctorado.
¡Qué imbécil soy!, yo no estoy contento por eso. Veré a Julieth. Si antes me gustaba, creyéndola endiosada como parecía, ahora que sé cómo es, su debilidad, su olor, sus ojos, la quiero conocer, la necesito y voy a tenerla. En fin, siempre logro lo que me propongo.
De pronto su imagen reaparece, otra vez el recuerdo de ella me entristece. Mi arcoíris, te debo tanto. Gracias a ti he podido cumplir todos mis sueños, por ti ya no soy un animal enjaulado.
Suspiro muy lento cuando llega a mi mente la bella silueta que tenía esa mujer hace seis años, esa que me mostró otra forma de ver la vida. Eso me recuerda a una frase de Shakespeare: «El sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a su tarea de reparar el daño hecho».
Creo que estoy en problemas; ahora es otra mujer la que afecta mis sentidos, y lo peor es que es la misma que lo hace de un año para acá, y por distintas razones. Desde que la descubrí como mi tesis de grado, no he podido dejar de pensar en Julieth Steven. Todo me recuerda al teatro y a ella. No sale de mi mente desde que descubrí esos ojos cafés, en ese musical de Don Quijote de la Mancha de hace un año y medio; allí la vi por primera vez, encarnando a la hermosa Dulcinea, mi Julieth.
Camino un poco más, me compro mi latte de vainilla sin azúcar diario, subo a mi Harley Brisa y conduzco a toda velocidad hasta Park Slope. Allí tengo mi oficina, mi sueño casi hecho realidad, en el piso 6 de un edificio bonito pero nada lujoso. Ahí se encuentra nuestro periódico digital El Sobreviviente. Este fue fundado por seis compañeros de la universidad y yo, es nuestro proyecto. Yo, como director, estoy muy orgulloso, y más porque no tiene que ver con mi padre; él no intervino para nada.
Dos de mis socios son muy cercanos, y los aprecio. Uno es mi mejor amigo Henry y la otra, Stacy, una especie de exnovia y un polvo de vez en cuando. Por el amor al cielo, tengo que ponerle fin a eso.
Pensando en unos trámites que debo hacer, observo el escritorio negro y consigo una carpeta con una nota:
Señor Matheus, comuníquese a este número para concretar su entrevista con Julieth.
Atentamente, Alexa Tonson, asistente de Julieth Steven
Por todos los santos de las buenas sorpresas, la princesa es mejor periodista que yo. ¿Cómo sabe que esta es mi oficina? Me encojo de hombros, luego recuerdo que llevo seis meses dejándole mi tarjeta. Vaya, estoy hecho una nenaza.
Reviso mis correos y pongo en marcha mi nuevo artículo de opinión sobre el senador Watson, ese falso personaje que se ha enriquecido extrañamente en los últimos años. Sus constantes construcciones y cesiones de derechos a grandes corporaciones sobre lugares naturales me preocupan. De hecho, todo lo que tenga que ver con los males que corrompen al país me preocupa; no descansaré hasta denunciar hasta el último gilipolla corrupto, para eso nací.
Este es el artículo número diez que hago. Sale uno mensualmente, y siempre firmo con el seudónimo del Informante; es el mayor éxito del periódico.
Dejo escapar una bocanada de aire; no es cansancio, sino satisfacción al recordar que he escrito diez. Me golpeo el pecho de orgullo; ya son diez meses con mi propio negocio.
«¡Vamos bien, desastre con patas!», me digo. Cada vez falta menos.
Me relajo un poco en mi silla y empiezo a quedarme dormido. Eso es lo bueno de que todos tus socios y compañeros de trabajo sean jipis: no hay ropa fastidiosa, y nadie te dirá que estás fuera de lugar.
De pronto, comienzo a soñar con ella. De nuevo estoy en la casa Zafiro, ese lugar de prácticas sadomasoquistas donde la conocí. Una vez más me invita al cuarto de terciopelo rojo, con la cama giratoria, con las vigas cruzadas en el inmenso techo abovedado, con los tejidos que cuelgan en todas partes en colores dorado y rojo.
Recuerdo otra vez su tatuaje de arcoíris en su hermoso trasero. Esa noche lamí, chupé, mordí tanto ese tatuaje que no sé cómo no se le borró de la piel.
Luego de un rato recorriendo su piel desnuda con mi lengua, siento que sus manos aprietan mis pectorales y la lengua de esa sexi mujer entra en mi boca danzando frenéticamente.
—Santos cielos, mi pecado de cabello café.
De pronto un manotazo fuerte me golpea el mentón y escucho unos gritos ensordecedores.
—¿De qué coño va esto?
«Me cago en la madre, es Stacy», pienso con tanta fuerza que por un momento creo que lee mi mente.
—Estaba soñando.
—¿Con la puta esa otra vez?
—Te prohíbo que la llames así.
—Eso es lo que es. ¿Acaso no la conociste y la follaste en un club donde la gente va a tirarse a extraños?
—Te he dicho más de una vez que no te metas; no es tu asunto. Además, solo somos amigos. El hecho de que cuando nos conocimos intentáramos tener una relación, o que follemos algunas veces, no te da derecho a opinar nada de mis intimidades. Ya te lo he dicho. Para de una vez con el cuento de hadas, por favor. Te lo ruego por tu bien; por el de Henry, que se muere por ti, por el mío y el del negocio. ¿Vale?
—Pero te quiero, Chris.
—Ya es momento de que paremos, no volveremos a
