Cómo hacer que funcione la globalización

Joseph E. Stiglitz

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Prefacio

Cómo salvar la globalización de sus defensores

Capítulo 1. Otro mundo es posible

Las dos caras de la globalización

La reforma de la globalización

Capítulo 2. La promesa del desarrollo

Una visión del desarrollo

Hacer que funcione la globalización… para más personas

Capítulo 3. Cómo hacer que el comercio sea justo

La liberalización comercial: teoría y práctica

La historia de los acuerdos comerciales

Cómo hacer que funcione la globalización

Notas al Capítulo 3

Capítulo 4. Patentes, beneficios y personas

Propiedad intelectual: sus límites y sus puntos fuertes

Cómo hacer que funcione la globalización

Capítulo 5. Acabar con la maldición de los recursos

Cómo hacer que funcione la globalización: la maldición de los recursos no es inevitable

Capítulo 6. Salvar el planeta

El calentamiento global

Cómo hacer que funcione la globalización: enfrentarse al cambio climático

Capítulo 7. La corporación multinacional

Cómo hacer que funcione la globalización

Capítulo 8. La carga de la deuda

El camino hacia la crisis

Cómo hacer que funcione la globalización: qué hacer con la deuda de los países en vías de desarrollo

Capítulo 9. Reformar el sistema global de reservas

Cómo hacer que funcione la globalización: un nuevo sistema global de reservas

Capítulo 10. Democratizar la globalización

El déficit democrático

Notas

Agradecimientos

Índice onomástico

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

Dedicatoria

Para Anya, para siempre

Prefacio

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PREFACIO

Escribí mi libro El malestar en la globalización justo después de dejar el Banco Mundial, donde presté servicios como vicepresidente senior y economista jefe entre 1997 y 2000. Esta obra relataba buena parte de lo que vi durante el tiempo que estuve en el Banco y en la Casa Blanca, donde trabajé entre 1993 y 1997 como miembro y después presidente del Consejo de Asesores Económicos durante el mandato del presidente William Jefferson Clinton. Fueron años tumultuosos; la crisis financiera de 1997-1998 en el Este asiático llevó a algunos de los países en vías de desarrollo que estaban teniendo más éxito a unas recesiones y crisis sin precedentes. En la antigua Unión Soviética, la transición del comunismo a la economía de mercado, que supuestamente iba a traer una nueva prosperidad, supuso en cambio una caída de la renta y el nivel de vida de hasta un 70 por ciento. El mundo no es un lugar fácil ni en las mejores circunstancias, que se caracterizan por una intensa competencia, incertidumbre e inestabilidad, y los países en vías de desarrollo no siempre han hecho todo lo que han podido para que avance su propio bienestar. Pero llegué a la conclusión de que los países ricos, a través de organizaciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Banco Mundial, no sólo no estaban haciendo todo lo que estaba en sus manos para ayudar a estos países, sino que a veces les estaban haciendo la vida más difícil. Es evidente que los programas del FMI empeoraron la crisis del Este asiático y la «terapia de choque» que impulsaron en la antigua Unión Soviética y sus satélites desempeñó un importante papel en los fracasos de la transición.

Abordé muchos de estos temas en El malestar en la globalización. Consideraba que tenía una perspectiva única que aportar al debate, al haber sido testigo de cómo se formulaban las políticas dentro de la Casa Blanca, y dentro del Banco Mundial, donde trabajábamos junto a países en vías de desarrollo para contribuir a poner en marcha estrategias que aumentasen el crecimiento y redujeran la pobreza. También es importante que, como teórico de la economía, dedicara casi cuarenta años a intentar comprender la fortaleza y las limitaciones de la economía de mercado. Mis investigaciones no sólo han planteado dudas sobre la validez de las afirmaciones generales sobre la eficiencia del mercado, sino también sobre algunas de las creencias fundamentales que subyacen a la globalización, como la idea de que el libre comercio tiene que aumentar por necesidad el bienestar.

En mi libro anterior, describía algunos fallos del sistema financiero internacional y sus instituciones y mostraba por qué la globalización no ha beneficiado a tanta gente como podría y debería haber hecho. Y esbozaba parte de lo que se debe hacer para que la globalización funcione —sobre todo para los pobres y los países en vías de desarrollo—. La obra incluía algunas propuestas de reforma del sistema financiero mundial y de las instituciones financieras internacionales que lo rigen, pero por cuestiones de espacio no pude desarrollarlas.

El tiempo que pasé en la Casa Blanca y en el Banco Mundial me situó en una posición única para entender los problemas de la globalización y también me ha proporcionado la base para esta continuación. Durante los años que estuve en Washington, viajé por todo el mundo y conocí a muchos líderes y cargos públicos, mientras estudiaba los éxitos y los fracasos de la globalización. Cuando abandoné Washington para regresar a la academia, seguí vinculado al debate sobre la globalización. En 2001, recibí el Premio Nobel por mi antigua labor teórica sobre la economía de la información. Desde entonces, he visitado docenas de países en vías de desarrollo, he continuado mis discusiones con académicos y gente de negocios, con primeros ministros, presidentes y parlamentarios de todos los continentes y me he implicado en el debate sobre el desarrollo y la globalización referente a todos los ámbitos de nuestra sociedad global.

Cuando estaba a punto de dejar la Casa Blanca y el Banco Mundial, el presidente Clinton me pidió que me quedara como presidente del Consejo de Asesores Económicos y como miembro de su Gabinete. Decliné el ofrecimiento porque pensé que la labor de diseñar políticas y programas que hicieran algo por combatir la pobreza miserable que asolaba al mundo menos desarrollado constituía un reto más importante. Parecía terriblemente injusto que en un mundo con tanta riqueza y abundancia haya tanta gente que viva con tanta pobreza. Evidentemente, los problemas eran difíciles, pero confiaba en que podría hacer algo. Acepté la oferta del Banco Mundial, no sólo porque me daría nuevas oportunidades para estudiar los problemas, sino porque me proporcionaría una plataforma desde la que podría defender los intereses de los países en vías de desarrollo.

En los años que pasé en el Banco Mundial, llegué a comprender por qué genera tanto descontento el modo en que la globalización se está llevando a cabo. Aunque el desarrollo es posible, es evidente que no era algo ineludible. Había visto países en los que la pobreza iba en aumento en lugar de descender y había observado lo que esto significaba —no sólo en las estadísticas sino en la vida de las personas—. Por supuesto, no existen las soluciones mágicas. Pero hay múltiples cambios que emprender —en políticas, instituciones económicas, reglas del juego, mentalidad— que prometen contribuir a que funcione mejor la globalización, sobre todo para los países en vías de desarrollo. Hay cambios que se producirán de manera ineludible —por ejemplo, la entrada de China en la escena global como economía industrial dominante y el éxito de la India con las externalizaciones que ya están obligando a cambiar políticas y maneras de pensar—. La inestabilidad que caracterizó a los mercados financieros globales durante la década anterior —desde la crisis financiera global de 1997-1998 a las crisis latinoamericanas de los primeros años del nuevo milenio y a la depreciación del dólar que se inició en 2003— nos ha obligado a replantearnos el sistema financiero global. Tarde o temprano, el mundo tendrá que introducir algunos de los cambios que indico en los siguientes capítulos; la cuestión no es tanto si estos cambios u otros similares se producirán, sino cuándo —y, lo que es más importante, si se producirán antes o después de que ocurra otra serie de desastres globales—. Los cambios improvisados que se hacen deprisa y corriendo tras una crisis quizá no sean la mejor manera de reformar el sistema económico global.

El final de la Guerra Fría abrió nuevas oportunidades y eliminó viejas limitaciones. En la actualidad, se ha reconocido la importancia de la economía de mercado, y la muerte del comunismo significa que los gobiernos pueden abandonar las batallas ideológicas para dedicarse a arreglar los problemas del capitalismo. El mundo se hubiera beneficiado si Estados Unidos hubiese aprovechado la oportunidad para contribuir a la construcción de un sistema económico y político internacional basado en valores y principios, como un acuerdo comercial destinado a promover el desarrollo en los países pobres. En cambio, en una competición desenfrenada por «conquistar el corazón y la mente» de la población del Tercer Mundo, los países ricos crearon un régimen comercial global al servicio de sus propios intereses corporativos y financieros, con lo cual perjudicaron a los países más pobres del mundo.

El crecimiento económico es complejo. En realidad, una de las críticas principales que se hacen al FMI y a otras instituciones económicas internacionales es que sus soluciones estandarizadas no contemplan captar todas las complejidades. No obstante, entre la multitud de discursos económicos globales, surgen algunos principios de carácter general. Muchos de los países en vías de desarrollo que están teniendo éxito cuentan con algunas políticas comunes, que se adaptan a su propia situación. Uno de los objetivos de este libro es explicar estos aspectos similares.

Conviene que comente algunas cuestiones sobre la relación entre mis investigaciones anteriores, sobre todo la relacionada con la labor que condujo al Premio Nobel, mis posiciones políticas durante los años que pasé en Washington y las publicaciones a las que dieron lugar, en especial El malestar en la globalización y Los felices 90[1].

Mi trabajo académico anterior, sobre las consecuencias de la información imperfecta y limitada y la competencia imperfecta, me llevó a ser consciente de las limitaciones de los mercados. Durante años, yo, y otros, hemos ampliado esta labor a la macroeconomía. Mi trabajo sobre la economía del sector público ha puesto énfasis en la necesidad de que exista equilibrio entre el Estado y el mercado —perspectivas cercanas a las de la Administración de Clinton y que contribuí a articular en el Informe Económico del Presidente de carácter anual en los años que presté servicio en el Consejo de Asesores Económicos—. Cuando llegué al Banco Mundial, me preocupó lo que vi: el Banco —e incluso más el FMI— se dedicaba a impulsar políticas económicas conservadoras (como la privatización de la seguridad social) que eran exactamente lo contrario de aquellas por las que había luchado tanto cuando estaba en la Casa Blanca. Y lo que es peor, se basaban en modelos que yo tanto había desacreditado con mi labor teórica. (Naturalmente, aún me preocupó más saber que la propia Administración de Clinton impulsaba estas políticas).

Mis investigaciones económicas han mostrado los importantes fallos subyacentes en la economía del FMI, así como en el «fundamentalismo de mercado», la creencia en que los mercados pueden conducir por sí solos a la eficiencia económica. La coherencia intelectual —coherencia con mi trabajo académico anterior— me impulsó a expresar mi preocupación por el hecho de que las políticas que estaban poniendo en marcha, por ejemplo, en el Este asiático, podrían estar empeorando las cosas. No hacerlo hubiera significado no cumplir con mi responsabilidad.

Aquello por lo que luchábamos mientras estuve en la Administración de Clinton era relevante no sólo para los estadounidenses, sino también para el resto del mundo. Cuando pasé de la Administración de Clinton al Banco Mundial, continué apostando por el equilibrio adecuado entre los sectores privado y público y por proponer políticas que promoviesen la igualdad y el pleno empleo. Las problemáticas que planteé durante mi ejercicio del cargo en el Banco Mundial —que contó con una calurosa acogida por parte de muchos de sus economistas— son las mismas que apuntaba en El malestar en la globalización.

Las pasiones que levantaron las crisis financieras globales y las difíciles transiciones del comunismo a la economía de mercado ya se han desvanecido. En la actualidad, estas cuestiones pueden examinarse con más calma y, como describo en el capítulo 1, en torno a estas problemáticas fundamentales está surgiendo un consenso que recuerda las ideas vertidas en El malestar en la globalización. Esta obra contribuía a transformar el debate acerca de cómo la globalización debería reconfigurarse. Muchas de estas ideas son ahora ampliamente aceptadas e incluso el FMI me ha dado la razón en lo que se refiere a que permitir un flujo incontrolado de capital especulativo es extremadamente arriesgado. Por supuesto, como nos recuerdan los continuos conflictos entre izquierda y derecha en Estados Unidos y otros lugares, sigue habiendo muchos puntos de desacuerdo acerca tanto de los valores económicos como los principios. De hecho, una de mis principales críticas a las instituciones económicas es que, independientemente de las circunstancias, han apoyado una perspectiva económica en particular —que considero que, en muchos aspectos, va desencaminada—.

Este libro refleja mi fe en los procesos democráticos; mi convicción de que es más probable que una ciudadanía informada frene los abusos de los intereses corporativos particulares y financieros que tanto han dominado el proceso de globalización; que los ciudadanos de los países desarrollados, así como los del mundo en vías de desarrollo, comparten el interés común de hacer que la globalización funcione. Espero que este libro, como su predecesor, contribuya a transformar el debate de la globalización —y, en último término, los procesos políticos que la conforman—.

La globalización es el terreno donde se producen algunos de los principales conflictos sociales, incluidos los que tienen que ver con los valores básicos. Entre los conflictos más importantes se encuentra el que tiene que ver con el papel del gobierno y los mercados.

Los conservadores solían apelar a la «mano invisible» de Adam Smith —la idea de que los mercados y la búsqueda del propio interés conduciría, como si de una mano invisible se tratara, a la eficiencia económica—. Aunque estuvieran dispuestos a admitir que los mercados, por sí mismos, no son capaces de generar una distribución socialmente aceptable de la renta, sostenían que los problemas de la eficiencia y la equidad debían abordarse por separado.

Desde esta perspectiva conservadora, la economía se ocuparía de la eficiencia, y la problemática de la equidad (que, como la belleza, depende tan a menudo de los ojos subjetivos del espectador) debería dejarse a la política. En la actualidad, la defensa intelectual del fundamentalismo de mercado en buena medida ha desaparecido[2]. Mis investigaciones en economía de la información mostraron que si la información es imperfecta, sobre todo cuando existen asimetrías en la misma —donde hay individuos que saben algo que otros no saben (es decir, siempre)—, la razón de que la mano invisible parezca invisible es que no existe[3]. Sin regulación e intervención estatales apropiadas, los mercados no conducen a la eficiencia económica[4].

En los últimos años hemos asistido a ejemplos dramáticos de estas teorías. Como describía en mi libro Los felices 90[5], la búsqueda del propio interés por parte de quienes ocupan cargos ejecutivos, directivos y de los bancos de inversión no condujo a la eficiencia económica, sino más bien a una burbuja acompañada por una masiva deslocalización de la inversión. Y la burbuja, cuando explotó, llevó, como casi siempre sucede, a la recesión.

Actualmente, en general, se comprenden (al menos entre los economistas, si no entre los políticos) las limitaciones del mercado. Los escándalos de la década de los noventa en Estados Unidos y en otros lugares derribaron al «Estilo Financiero y Capitalista Americano» del pedestal en el que había permanecido durante tanto tiempo. En sentido más amplio, la perspectiva de Wall Street, que suele ser miope, se está reconociendo como contraria al desarrollo, el cual requiere pensar y planificar a largo plazo.

También hay un reconocimiento creciente de que no existe una sola forma de capitalismo, una sola manera «correcta» de gestionar la economía. Existen, por ejemplo, otras formas de economía de mercado —como la sueca, que ha mantenido un crecimiento sólido— que han conducido a sociedades muy diferentes, caracterizadas por sistemas sanitarios y educativos mejores y una menor desigualdad. Aunque puede que la versión sueca no funcione tan bien en otros lugares, o que no sea adecuada para un país en vías de desarrollo en concreto, su éxito demuestra que existen formas alternativas de economías de mercado eficientes. Y cuando hay alternativas y posibilidades de elección, los procesos políticos democráticos deberían ocupar un lugar central en la toma de decisiones —y no los tecnócratas—. Una de mis críticas a las instituciones económicas internacionales es que han intentado hacer creer que no existen alternativas comerciales —es decir, un solo conjunto de políticas capaces de que todo el mundo mejore— porque la esencia de la economía es la elección y la existencia de alternativas, algunas de las cuales benefician a ciertos grupos (como los capitalistas extranjeros) a costa de los demás, y otras imponen riesgos a ciertos grupos, como los trabajadores, en beneficio de otros.

Una de las elecciones fundamentales a la que se enfrentan todas las sociedades es el papel del Estado. El éxito económico requiere lograr el equilibrio adecuado entre el Estado y el mercado. ¿Qué servicios debería proporcionar el Estado? ¿Deberían existir programas de pensiones públicas? ¿Debería apoyar el Estado a determinados sectores con incentivos? ¿Qué tipo de normativas, en su caso, debería adoptar para proteger a trabajadores, consumidores y el medio ambiente? Evidentemente, este equilibrio cambia con el tiempo y varía de unos países a otros. Pero sostengo que la globalización, tal y como se ha impulsado, con frecuencia ha planteado más dificultades para cumplir con el requisito del equilibrio.

También espero mostrar que, si bien los críticos de la globalización tienen razón cuando dicen que se ha usado para apoyar un conjunto de valores particulares, no tiene por qué ser así. La globalización no tiene por qué ser perjudicial para el medio ambiente, aumentar la desigualdad, debilitar la diversidad cultural y apoyar a los intereses corporativos a costa del bienestar de los ciudadanos de a pie. En Cómo hacer que funcione la globalización, intento mostrar cómo ésta, gestionada de manera correcta, como lo ha sido en el desarrollo exitoso de buena parte del Este asiático, puede hacer mucho para beneficiar tanto a los países en vías de desarrollo como a los desarrollados en todo el mundo.

Las actitudes hacia la globalización, y los fracasos y desigualdades asociados al modo en que se ha gestionado, proporcionan un test de Rorschach tanto para los países como para su población, dejando al descubierto sus creencias y actitudes fundamentales, sus perspectivas acerca del papel del Estado y el mercado, la importancia que atribuyen a la justicia social y el peso que otorgan a los valores no económicos.

Los economistas que atribuyen menos importancia a la reducción de la desigualdad en la renta son más propensos a pensar que las acciones que el Estado puede emprender para reducir esa desigualdad son demasiado costosas e incluso pueden llegar a ser contraproducentes. Estos economistas del «libre mercado» también tienden más a creer que el mercado, por sí mismo, sin intervención estatal, es eficaz, y que el mejor modo de ayudar a los pobres es sencillamente dejar que crezca la economía —y, de alguna manera, los beneficios llegarán a los pobres—. (Resulta interesante que estas creencias perduren, aunque la investigación económica mine sus fundamentos intelectuales).

Por otra parte, quienes, como yo, piensan que los mercados a menudo no consiguen resultados eficaces (pues producen demasiada contaminación y muy poca investigación básica, por ejemplo) y se ven alterados por desigualdades en la renta y niveles elevados de pobreza, también creen que reducir la desigualdad puede resultar menos costoso de lo que auguran los economistas conservadores. Quienes se preocupan por la desigualdad y la pobreza también observan el enorme coste que supone no abordar el problema: las consecuencias sociales, incluyendo alienación, violencia y conflicto social. También son más optimistas acerca de las posibilidades que tiene la intervención estatal; aunque el Estado a veces, o incluso a menudo, es menos eficaz de lo que cabría esperar, existen ejemplos notables de éxito, algunos de los cuales recojo en las páginas que siguen. Todas las instituciones humanas son imperfectas y el reto que se plantea a cada una de ellas es aprender de los éxitos y los fracasos.

Estas perspectivas sobre la importancia de abordar la desigualdad y la pobreza se reflejan en las diferentes maneras de explicar sus causas. En general, quienes se preocupan por la desigualdad consideran que buena parte de ella es cuestión de suerte —la suerte de haber nacido con buenos genes o con padres ricos (la «lotería del esperma»)[6], o la suerte de adquirir una propiedad en el lugar adecuado en el momento adecuado (justo antes de que se descubra petróleo o de que surja una burbuja inmobiliaria)[7]—. Quienes se sienten menos preocupados consideran que la riqueza es la recompensa al trabajo duro. Desde este punto de vista, la redistribución de la renta no sólo eliminaría el incentivo para trabajar y ahorrar, sino que sería casi inmoral, porque privaría a los individuos de su justa recompensa.

Paralelamente a estas posiciones, hay otras posturas sobre otros muchos problemas. Quienes se sienten menos preocupados por la desigualdad y más por la eficiencia económica tienden a preocuparse menos por valores no económicos como la justicia social, el medio ambiente, la diversidad cultural, el acceso universal a la sanidad y la protección de los consumidores. (Por supuesto, existen muchas excepciones —los conservadores, por ejemplo, que se preocupan por el medio ambiente—).

Hago hincapié en estas conexiones entre actitudes económicas y culturales para enfatizar lo mucho que importa a quién confiamos aspectos claves de la toma de decisiones económicas. Si se delega la toma de decisiones en los «conservadores», es casi inevitable que se obtengan políticas económicas y resultados que reflejen sus intereses políticos y sus valores culturales[8]. Este libro, evidentemente, refleja mis juicios y valores; al menos, espero ser transparente y presentar las dos vertientes de los debates económicos que se están produciendo.

CÓMO SALVAR LA GLOBALIZACIÓN DE SUS DEFENSORES

Hace unos setenta años, durante la Gran Depresión, el economista británico John Maynard Keynes formuló su teoría del desempleo, que explicaba detalladamente cómo la acción estatal podía contribuir a que la economía recuperara el pleno empleo y el crecimiento. Los conservadores denigraron a Keynes, pues interpretaron sus preceptos como un aumento del papel del Estado. Aprovecharon los déficits presupuestarios que acompañan de manera inevitable a una crisis como excusa para recortar los programas públicos. Pero Keynes, de hecho, hizo más por salvar al sistema capitalista que todos los financieros pro mercado juntos. Si se hubieran seguido los consejos de los conservadores, la Gran Depresión podría haber sido aún peor; hubiera sido más larga y profunda y hubiera aumentado la exigencia de una alternativa al capitalismo. Por esta misma razón, creo que, a no ser que reconozcamos y abordemos los problemas de la globalización, será difícil mantener su impulso actual.

La globalización, como el crecimiento económico, no es algo automático —aunque cuente con el respaldo de fuerzas políticas y económicas subyacentes—. En gran medida, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, disminuyó tanto el ritmo como la extensión de la globalización e incluso se invirtió. Por ejemplo, la magnitud del comercio, como proporción del PIB, en realidad decayó[9]. Si la globalización conduce a unos niveles de vida más bajos para muchos o la mayoría de los ciudadanos de un país y pone en peligro valores culturales fundamentales, se producirán exigencias políticas para frenarla o detenerla.

El curso de la globalización se cambiará, por supuesto, no sólo por la fuerza de las ideas y las experiencias (ideas acerca de si el comercio y la liberalización del mercado de capital mejorará el crecimiento y las experiencias reales de estas reformas, por ejemplo) sino también por los acontecimientos globales. En los últimos años, el 11-S y la guerra contra el terrorismo, la guerra de Irak y el auge de China y la India han redefinido el debate sobre la globalización de las distintas maneras que voy a abordar.

El libro trata tanto sobre el modo en que se ha usado la política para configurar el sistema económico como sobre la economía misma. Los economistas creen que los incentivos son importantes. Existen fuertes incentivos —y enormes oportunidades— para conformar los procesos políticos y el sistema económico de tal forma que se generen beneficios para algunos a costa de muchos.

Los procesos democráticos, abiertos, pueden limitar el poder de grupos de intereses particulares. Podemos volver a incluir la ética en los negocios. La gobernanza corporativa puede reconocer los derechos no sólo de los accionistas sino de aquellos a quienes afecta la acción de las corporaciones[10]. Una ciudadanía formada y comprometida puede comprender cómo hacer que la globalización funcione, o al menos que lo haga mejor, y puede exigir que sus líderes políticos la configuren de acuerdo con ello. Espero que este libro contribuya a que tal visión se haga realidad.

Capítulo 1. Otro mundo es posible

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CAPÍTULO 1
OTRO MUNDO ES POSIBLE

En un extenso campo a las afueras de Bombay, se reunieron activistas procedentes de todo el mundo con motivo del Foro Social Mundial en enero de 2004. Como se trataba del primer Foro que se celebraba en Asia, el encuentro tuvo un carácter muy distinto de los que se celebraron en Porto Alegre, Brasil, en los cuatro años anteriores. Asistieron al acontecimiento, que duró una semana, unas 100.000 personas y el lugar se convirtió, como la propia India, en una animada multitud humana. Había hileras de tenderetes, instalados por organizaciones dedicadas al comercio justo, que vendían joyas hechas a mano, tejidos multicolores y utensilios domésticos. Había pancartas desplegadas en las calles que proclamaban: «Los telares manuales son los mayores generadores de empleo de la India». Grupos de manifestantes tocaban los tambores y coreaban eslóganes mientras caminaban entre la multitud. Tanto los grupos de activistas dalit vestidos con taparrabos (miembros de las castas que solían denominarse intocables), como los representantes de las organizaciones de defensa de los derechos de los trabajadores y grupos de mujeres, así como de las organizaciones de la ONU y las organizaciones no gubernamentales (ONG) marchaban hombro con hombro. Miles de personas se reunieron en auditorios temporales del tamaño de hangares para asistir a un programa de conferenciantes que incluía a la ex presidenta irlandesa Mary Robinson (ex Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU de 1997 a 2002) y a la galardonada con el Premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi. A pesar de que hacía mucho calor y humedad, había gente por todas partes.

Se desarrollaron múltiples debates en el Foro Social Mundial. Uno de ellos trató sobre cómo reestructurar las instituciones que gobiernan el mundo y cómo poner coto al poder de Estados Unidos. Pero la preocupación principal fue la globalización. Se estuvo de acuerdo en que era necesario un cambio, que se resumía en el lema de la conferencia: «Otro mundo es posible». Los activistas presentes en el encuentro habían oído hablar de las promesas de la globalización —que supondría mejoras para todo el mundo—; pero veían la realidad: mientras que a algunos, era cierto, les iba muy bien, a otros les iba cada vez peor. Desde su punto de vista, la globalización desempeñaba un papel muy importante en el problema.

La globalización abarca muchas cosas: flujo internacional de ideas y conocimientos, intercambio cultural, sociedad civil global y movimiento global a favor del medio ambiente. Sin embargo, este libro trata sobre todo sobre la globalización económica, lo cual implica la integración económica cada vez más estrecha de todos los países del mundo a través del flujo creciente de bienes y servicios, capital e incluso trabajo. La gran esperanza de la globalización es que eleve el nivel de vida de la gente en todo el mundo: que facilite el acceso de los países pobres a los mercados internacionales de modo que puedan vender sus productos, que permita captar inversiones extranjeras para fabricar nuevos productos a precios más baratos y que abra las fronteras para que la gente pueda viajar al extranjero con el fin de formarse, trabajar y mandar a su hogar remesas con las que ayudar a sus familias y crear nuevas empresas.

Creo que la globalización posee el potencial de generar enormes beneficios tanto para el mundo en desarrollo como para el mundo desarrollado. Pero existen pruebas abrumadoras de que no ha actuado de acuerdo con este potencial. Esta obra mostrará que el problema no es la globalización en sí misma, sino la manera en que se ha gestionado. Ha sido la economía la que ha guiado a la globalización, sobre todo a través de la reducción de los costes de comunicación y transporte. Pero la política la ha conformado. Los países desarrollados —y en especial intereses particulares dentro de estos países— son los que han dictado en gran medida las reglas del juego, y por eso no hay que sorprenderse de que hayan conformado la globalización de acuerdo con sus propios intereses. Su objetivo no ha sido crear un conjunto de reglas justo y mucho menos un conjunto de reglas que pudieran promover el bienestar de quienes viven en los países más pobres del mundo.

Después de hablar en el Foro Social Mundial, Mary Robinson, el rector de la Universidad de Delhi Deepak Nayaar, el presidente de la Organización Internacional del Trabajo Juan Somavía y yo fuimos de los pocos que acudimos al Foro Económico Mundial en Davos, la estación de esquí suiza donde la élite global se reúne para reflexionar sobre el estado del mundo. Aquí, en esta ciudad de alta montaña, los dirigentes de la industria y las finanzas mostraron puntos de vista muy diferentes sobre la globalización con respecto a aquellos que escuchamos en Bombay.

El Foro Social Mundial había sido un encuentro abierto, que reunió a muchísima gente de todas partes del mundo que deseaba debatir sobre el cambio social y cómo hacer realidad su eslogan «Otro mundo es posible». Fue caótico, heterogéneo y maravillosamente vivo —una oportunidad para que la gente se viera, dejara oír su voz y para crear redes con colegas activistas—. Las redes son también una de las razones principales por las cuales los activistas y agitadores del mundo acudieron al acontecimiento «sólo con invitación» de Davos. Estas reuniones siempre han sido un buen lugar para tomar el pulso a los líderes económicos mundiales. Aunque sobre todo se trata de una asamblea de hombres blancos de negocios, que se completa con una serie de cargos gubernamentales y periodistas consagrados, en los últimos años la lista de invitados se ha ampliado hasta incluir a algunos artistas, intelectuales y representantes de ONG.

En Davos se expresó alivio y un poco de complacencia. La economía global, que se había debilitado después de que reventara la burbuja de las empresas vinculadas al dominio .com de Internet en Estados Unidos, por fin se estaba recuperando y la «guerra contra el terror» parecía controlada. La reunión de 2003 estuvo marcada por la enorme tensión entre Estados Unidos y el resto del mundo debido a la guerra de Irak y ya en encuentros anteriores se habían producido desacuerdos sobre la dirección que estaba tomando la globalización. La reunión de 2004 estuvo marcada por el alivio ya que estas tensiones al menos se habían matizado. Sin embargo, siguió estando presente la preocupación por el unilateralismo estadounidense, por el hecho de que el país más poderoso del mundo se impusiera sobre otros al mismo tiempo que predicaba la democracia, la autodeterminación y los derechos humanos. La gente del mundo en desarrollo hacía tiempo que venía preocupándose por el modo en que se tomaban decisiones globales —decisiones sobre cuestiones económicas y políticas que afectaban a su vida—. Ahora, según parecía, el resto del mundo también estaba preocupado.

Hace muchos años que acudo a las reuniones anuales de Davos y siempre oigo hablar con mucho entusiasmo de la globalización. Lo fascinante del encuentro de 2004 fue la rapidez con la que habían cambiado las opiniones. La mayoría de los participantes cuestionaban que la globalización estuviera produciendo los frutos prometidos —al menos para muchas personas procedentes de los países más pobres—. Éstas se habían visto castigadas por la inestabilidad económica que marcó el fin del siglo XX y se preguntaban si los países desarrollados iban a ser capaces de hacer frente a las consecuencias. Este cambio es un claro ejemplo de la transformación masiva que se ha operado en la forma de pensar acerca de la globalización en los últimos cinco años en todo el mundo. En la década de 1990, el debate en Davos se centró en las virtudes de la apertura de mercados internacionales. En los primeros años del milenio, se centraba en la reducción de la pobreza, los derechos humanos y la necesidad de acuerdos comerciales más justos.

En un panel sobre comercio de Davos, el contraste entre las opiniones de los países desarrollados y en vías de desarrollo fue especialmente acusado. Un antiguo cargo de la Organización Mundial del Comercio dijo que, si la liberalización comercial —la reducción de aranceles y otras barreras comerciales— no había cumplido por completo su promesa de aumentar el crecimiento y reducir la pobreza, la culpa era de los países en vías de desarrollo, que debían abrir más sus mercados al libre comercio y globalizarse más deprisa. Pero el responsable de un programa de microcréditos bancarios enfatizó el efecto negativo del libre comercio en el caso de la India. Habló de los cultivadores de cacahuetes que no podían competir con las importaciones de aceite de palma de Malasia. Declaró que las pequeñas y medianas empresas tenían cada vez más dificultades para conseguir préstamos bancarios. No era nada sorprendente. En todo el mundo, los países que han abierto sus sectores bancarios a los grandes bancos internacionales se han dado cuenta de que éstos prefieren negociar con otras multinacionales como Coca-Cola, IBM y Microsoft. Aunque en la competencia que se establecía entre la gran banca internacional y la banca local fuera esta última la que a menudo aparecía como perdedora, las verdaderas perdedoras eran las pequeñas empresas locales que dependían de ella. El desconcierto de algunos asistentes, convencidos de que la presencia de bancos internacionales sería sin duda buena para todos, demostraba que estos hombres de negocios habían prestado poca atención a quejas similares por parte de Argentina y México, que vieron cómo los préstamos a compañías locales desaparecieron por completo cuando muchos de sus bancos se vieron sustituidos por bancos extranjeros en la década de 1990.

Tanto en Bombay como en Davos se debatió sobre la reforma. En Bombay, se pidió a la comunidad internacional que creara una forma de globalización más justa. En Davos, se conminó a los países en vías de desarrollo a acabar con su corrupción, liberalizar sus mercados y a abrirse a las empresas multinacionales que tan bien se hallaban representadas en la reunión. Pero en ambos eventos se comprendió que se debía hacer algo. En Davos, la responsabilidad se atribuyó con firmeza a los países en vías de desarrollo; en Bombay, a toda la comunidad internacional.

LAS DOS CARAS DE LA GLOBALIZACIÓN

A principios de la década de 1990, la globalización se recibió con euforia. Los flujos de capital hacia los países en vías de desarrollo se habían multiplicado por seis en seis años, entre 1990 y 1996. El establecimiento de la Organización para el Libre Comercio en 1995 —objetivo que venía persiguiéndose desde hacía medio siglo— debía aportar las líneas maestras de la legislación para el comercio internacional. Se suponía que todos saldrían ganando —tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en vías de desarrollo—. La globalización aportaría a todos una prosperidad sin precedentes.

Por eso, no es de extrañar que la primera protesta moderna importante contra la globalización —que tuvo lugar en Seattle en diciembre de 1999, en lo que se suponía debía ser el inicio de una nueva ronda de negociaciones comerciales, conducente a una mayor liberalización— sorprendiera a los partidarios de los mercados abiertos. La globalización consiguió unir a gente de todo el mundo —contra la globalización—. Los trabajadores industriales de Estados Unidos veían peligrar sus empleos debido a la competencia procedente de China. Los agricultores de los países en vías de desarrollo veían peligrar sus puestos de trabajo por el maíz altamente subvencionado y otros cultivos estadounidenses. Los trabajadores europeos veían cómo se atacaban las medidas de protección laboral en nombre de la globalización. Los activistas del sida veían cómo los nuevos acuerdos comerciales elevaban los precios de las medicinas hasta niveles inaccesibles en muchos lugares del mundo. Los defensores del medio ambiente pensaban que la globalización socavaba largas décadas de lucha por establecer normativas para proteger nuestro patrimonio natural. Quienes deseaban proteger y desarrollar su patrimonio cultural también veían la injerencia de la globalización. Quienes protestaban no aceptaban el argumento de que, al menos desde el punto de vista económico, la globalización conseguiría en última instancia que todos mejorasen.

Se dedicaron muchos informes y comisiones al tema de la globalización. Yo formé parte de la Comisión Mundial sobre las Dimensiones Sociales de la Globalización, creada en 2001 por la Organización Internacional del Trabajo (fundada en 1919 en Ginebra para reunir Estado, empresa y trabajadores). Nuestra comisión, presidida por el presidente Benjamin W. Mkapa de Tanzania y la presidenta Tarja Kaarina Halonen de Finlandia, publicó un informe muy escéptico en 2004. Unas pocas líneas bastan para comprender lo que siente una gran parte del mundo sobre la globalización:

El proceso actual de globalización está provocando unos resultados desequilibrados, tanto entre países como dentro de los mismos. Se crea riqueza, pero hay demasiados países y gente que no comparten sus beneficios. Además, su voz se oye poco o nada en lo que se refiere a la configuración del proceso. Desde el punto de vista de la mayoría de las mujeres y hombres, la globalización no ha alcanzado sus aspiraciones simples y legítimas de puestos de trabajo dignos y un futuro mejor para sus hijos. Muchos de ellos viven en el limbo de la economía informal sin derechos legales y en países pobres donde subsisten de manera precaria en los márgenes de la economía global. Incluso en países donde prima el éxito económico, algunos trabajadores y comunidades se han visto afectados de forma adversa por la globalización. Mientras la revolución de las comunicaciones globales aumenta la conciencia de estas disparidades […] estos desequilibrios globales son moralmente inaceptables y políticamente insostenibles[1].

La comisión estudió setenta y tres países en todo el mundo. Sus conclusiones fueron asombrosas. En todas las regiones del planeta, salvo el sur de Asia, Estados Unidos y la Unión Europea (UE), las tasas de desempleo aumentaron entre 1990 y 2002. En el momento en que se publicó el informe, el desempleo global alcanzaba un nuevo nivel de 185,9 millones de personas. La comisión también averiguó que el 59 por ciento de la población mundial vivía en países con desigualdad creciente y sólo el 5 por ciento en países con desigualdad en retroceso[2]. Incluso en la mayoría de los países desarrollados, los ricos se hacían más ricos y los pobres a menudo ni siquiera podían mantener su nivel de renta.

En resumen, puede que la globalización haya ayudado a algunos países —quizá haya aumentado su PIB, la suma total de los bienes y servicios producidos—, pero no ha ayudado a la mayoría de la población, ni siquiera en estos países. Lo que preocupa es que la globalización pueda estar creando países ricos con población pobre.

Por supuesto, quienes no están contentos con la globalización económica por lo general no plantean objeciones al acceso más amplio a mercados globales o la difusión del conocimiento global, lo cual permite que el mundo en desarrollo saque partido de los descubrimientos e innovaciones que se realizan en los países desarrollados. Más bien, manifiestan cinco inquietudes:

  • Las reglas del juego que gobiernan la globalización son injustas, están diseñadas específicamente para beneficiar a los países industriales avanzados. De hecho, algunos cambios recientes son tan injustos que han hecho que algunos de los países más pobres hayan ido en realidad a peor.

  • La globalización prioriza los valores materiales sobre otros valores, como la preocupación por el medio ambiente o la vida misma.

  • El modo en que se ha gestionado la globalización ha supuesto la pérdida de buena parte de la soberanía para muchos países y de su capacidad para tomar sus propias decisiones en cuestiones claves que afectan al bienestar de sus ciudadanos. En este sentido, ha socavado la democracia.

  • Aunque los defensores de la globalización han asegurado que todos se beneficiarían económicamente, tanto los países en vías de desarrollo como los desarrollados pueden aportar bastantes pruebas de que en ambos hay muchas personas que han salido perdiendo.

  • Y, quizá lo más importante, el sistema económico con el que se ha presionado a los países en vías de desarrollo —en algunos casos en realidad se les ha impuesto— es inadecuado y a menudo muy perjudicial. La globalización no debería significar la estadounidización de su política económica o su cultura, pero con frecuencia es así —y esto ha generado resentimiento—.

La última cuestión se refiere tanto a los países desarrollados como en vías de desarrollo. Existen muchas modalidades de economía de mercado —el modelo estadounidense es diferente del modelo de los países nórdicos, del modelo japonés y del modelo social europeo—. Incluso a quienes pertenecen a países desarrollados les preocupa que la globalización se haya usado para priorizar el «modelo liberal angloamericano» frente a otras alternativas —y aunque el modelo estadounidense haya funcionado en términos de PIB, no lo ha hecho en muchas otras dimensiones, como la esperanza (y hay quien podría sostener la calidad) de vida, la erradicación de la pobreza o incluso el mantenimiento del bienestar de las clases medias—. Los salarios reales en Estados Unidos, sobre todo los de aquellos en posición más baja, están estancados desde hace más de un cuarto de siglo y si los ingresos se han elevado tanto es debido en parte a que los estadounidenses trabajan muchas más horas que sus colegas europeos. De modo que, si la globalización se está usando para priorizar el modelo estadounidense de economía de mercado, hay muchos lugares donde la gente no está convencida de quererlo. Quienes pertenecen al mundo en vías de desarrollo plantean una queja más importante incluso: que la globalización se ha utilizado para priorizar una versión de la economía de mercado que es más extrema, y que refleja más los intereses corporativos que incluso en Estados Unidos.

Globalización y pobreza

Quienes critican la globalización señalan que cada vez es mayor el número de personas que viven en la pobreza. El mundo se encuentra inmerso en una carrera entre el crecimiento económico y el crecimiento de la población y hasta ahora es el crecimiento demográfico el que está ganando. Aunque los porcentajes de población que vive en la pobreza descienden, las cifras absolutas aumentan. El Banco Mundial define la pobreza como vivir con menos de dos dólares al día; pobreza absoluta o extrema es vivir con menos de un dólar al día.

Pensemos por un momento lo que significa vivir con uno o dos dólares al día[3]. La vida para estas personas tan pobres es cruel. La desnutrición infantil es endémica, la esperanza de vida con frecuencia no alcanza los cincuenta años de edad y el acceso a la sanidad es escaso. Se dedican muchas horas al día a buscar combustible y agua potable y a ganarse a duras penas una vida miserable, plantando algodón en un terreno medio árido y esperando que este año las lluvias no fallen, o en el trabajo extenuante que supone el cultivo de arroz en medio acre escaso de tierra, sabiendo que no importa lo mucho que trabajes, porque apenas habrá bastante para alimentar a tu familia.

La globalización ha desempeñado algún papel tanto en los mayores éxitos como en algunos de los fracasos que se han producido. El crecimiento económico de China, que se basó en las exportaciones, consiguió sacar de la pobreza a cientos de millones de personas. Pero este país gestionó la globalización con cuidado: no tuvo prisa en abrir sus propios mercados a las importaciones e incluso hoy en día no permite la entrada de dinero caliente especulativo —dinero que busca obtener ganancias elevadas a corto plazo y se introduce en un país aprovechando una oleada de optimismo para salir precipitadamente al primer indicio de dificultades—. El Gobierno chino fue consciente de que, si bien su irrupción podría generar una prosperidad efímera, las previsibles recesiones y depresiones posteriores supondrían un perjuicio duradero, más que impulsando el beneficio a corto plazo. China eludió el ciclo de rápido auge y quiebra que caracterizó a otros países del Este asiático y Latinoamérica (como veremos en el capítulo 2), manteniendo un crecimiento superior al 7 por ciento anual.

Sin embargo, la triste verdad es que, salvo en el caso de China, la pobreza se ha incrementado a lo largo de las dos últimas décadas en los países en vías de desarrollo. Alrededor del 40 por ciento de los 6.500 millones de habitantes del mundo vive en la pobreza (cifra que se ha elevado un 36 por ciento desde 1981), una sexta parte —877 millones— vive en una pobreza extrema (un 3 por ciento más que en 1981). El mayor fracaso lo representa África, donde el porcentaje de población que vive en una pobreza extrema aumentó del 41,6 por ciento en 1981 al 46,9 por ciento en 2001. Si tenemos en cuenta que su población va en aumento, esto significa que el número de personas que viven en una pobreza extrema casi se ha duplicado, pasando de 164 millones a 316 millones[4].

Históricamente, África ha sido la región más explotada por la globalización: durante la época del colonialismo, el mundo aprovechó sus recursos pero le dio muy poco a cambio. En los últimos años, la globalización también ha decepcionado a Latinoamérica y Rusia. Abrieron sus mercados pero la globalización no cumplió sus promesas, sobre todo en lo que se refiere a los pobres.

Los ingresos y un nivel de vida alto son importantes, pero las privaciones de la pobreza van más allá de la carencia de dinero. Cuando fui economista jefe del Banco Mundial, publicamos un estudio titulado Voces de los pobres. Un equipo formado por economistas e investigadores entrevistó a unos 60.000 hombres y mujeres pobres de sesenta países con el fin de saber cómo se sentían con respecto a su situación[5]. No resultó sorprendente que destacaran no sólo sus ingresos inadecuados, sino su sensación de inseguridad e impotencia. Especialmente quienes no tenían empleo se sentían marginados, apartados de sus sociedades.

Para quienes sí tenían trabajo, buena parte de su inseguridad surgía del riesgo de ser despedidos o de que los sueldos cayeran en picado —como se vio de manera tan dramática en las crisis de Latinoamérica, Rusia y el Este asiático a finales de la década de 1990—. La globalización ha expuesto a los países en vías de desarrollo a mayores riesgos, pero los mercados que deberían dar garantías frente a estos riesgos brillan por su ausencia. En países más avanzados, el Estado resuelve la situación a través de pensiones para la gente mayor, subsidios para los discapacitados, seguros médicos, servicios sociales y seguros de desempleo. Pero el Estado de los países en vías de desarrollo suele ser demasiado pobre para poner en marcha programas de seguridad social. Es más probable que el poco dinero que tiene se invierta en educación y sanidad y en construir infraestructuras. Deja que los pobres se las arreglen solos, lo cual implica vulnerabilidad cuando la economía se ralentiza o se pierden empleos debido a la competitividad con países extranjeros. Los ricos cuentan con la protección del colchón amortiguador de sus ahorros, pero no los pobres.

La inseguridad era una de las mayores preocupaciones de los pobres; y otra su sentimiento de impotencia. Los pobres tienen pocas oportunidades para hacer oír su voz. Cuando hablan, nadie les escucha; cuando alguien lo hace, la respuesta es que no se puede hacer nada; cuando se les dice que puede hacerse algo, no se hace nada. El comentario de una joven jamaicana, incluido en el informe del Banco Mundial, refleja muy bien este sentimiento de impotencia: «La pobreza es como vivir en la cárcel, vivir esclavizado, esperando a ser libre».

Lo que se puede aplicar a la gente pobre suele ser aplicable también a los países pobres. Aunque la idea de democracia se ha extendido y hay más países que celebran elecciones libres que, digamos, hace treinta años[6], los países en vías de desarrollo ven cómo su capacidad para actuar está socavada tanto por los nuevos condicionantes impuestos desde afuera como por el debilitamiento de sus instituciones vigentes y los acuerdos a los que ha contribuido la globalización. Pensemos, por ejemplo, en las exigencias impuestas a países en vías de desarrollo a modo de condición para recibir ayuda. Puede que algunas tengan sentido (aunque no todas, como veremos en el capítulo 2). Pero ésta no es la cuestión. La imposición de condiciones debilita las instituciones políticas internas. El electorado ve cómo su Gobierno se doblega ante otros gobiernos extranjeros o cede ante instituciones internacionales que, según creen, están regidas por Estados Unidos. La democracia se debilita; los electores se sienten traicionados. De modo que, si bien la globalización ha contribuido a difundir la idea de democracia, se ha gestionado, paradójicamente, de una manera que mina los procesos democráticos de estos países.

Además, se percibe —correctamente, en mi opinión— que el modo en que suele gestionarse la globalización no es coherente con los principios democráticos. Por ejemplo, se le da muy poca relevancia a las voces e inquietudes de los países en vías de desarrollo. En el Fondo Monetario Internacional, la institución internacional encargada de supervisar el sistema financiero global, sólo un país —Estados Unidos— puede ejercer el veto efectivo. No se da el principio de un hombre un voto o de un país un voto: los que votan son los dólares. Los países que poseen las economías más fuertes son los que cuentan con más votos —y ni siquiera son los dólares actuales los que cuentan—. Los votos se determinan en función del poder económico en la época en que el FMI fue creado hace sesenta años (con algunos ajustes desde entonces). China, con su economía en crecimiento, está infrarrepresentada. Otro ejemplo es que el presidente del Banco Mundial, la organización internacional encargada de promover el desarrollo, siempre ha sido designado por el presidente de Estados Unidos (para lo cual ni siquiera tiene que consultar a su propio Congreso). La política estadounidense es lo que importa, no la cualificación: no se requiere ni experiencia en economía del desarrollo ni siquiera experiencia bancaria. En dos casos —las designaciones de Paul Wolfowitz y Robert MacNamara— su experiencia procedía de la defensa y ambos ex secretarios de Defensa estuvieron relacionados con guerras cuestionadas (Irak y Vietnam, respectivamente).

LA REFORMA DE LA GLOBALIZACIÓN

El debate sobre la globalización ha pasado de un reconocimiento general de que no es positivo todo lo que conlleva y de que existen razones reales para, al menos, parte del descontento que suscita; a un análisis más profundo que vincula políticas específicas con fracasos específicos. Expertos y diseñadores de políticas coinciden actualmente en los puntos donde debe acometerse el cambio. Este libro trata de la pregunta más difícil de todas: ¿qué cambios, grandes o pequeños, harán posible que la globalización cumpla sus promesas, o al menos se aproxime más a ello? ¿Cómo podemos hacer que la globalización funcione?

Conseguir que la globalización funcione no va a ser fácil. Aquellos que se benefician con el sistema actual se resistirán al cambio y son muy poderosos. Pero ya se han puesto en marcha fuerzas transformadoras. Habrá reformas, aunque se produzcan poco a poco. Espero que este libro contribuya a encauzar reformas que se basen en una visión más amplia de lo que no funciona. También proporciona algunas sugerencias acerca de cómo hacer que funcione mejor la globalización. Algunas son de pequeño calado y no deberían encontrar gran resistencia; otras son de mayor envergadura y quizá no se puedan llevar a la práctica durante años.

Son muchas las cosas que deben hacerse. La comunidad internacional ha reconocido seis ámbitos en los que se producen problemas y que ilustran el avance que se ha hecho y la distancia que aún queda por recorrer.

El calado de la pobreza

La pobreza, al menos, se ha convertido en una preocupación global. Las Naciones Unidas e instituciones internacionales como el Banco Mundial han comenzado a centrarse más en la reducción de la pobreza. En septiembre de 2000, unos 150 jefes de Estado y de gobierno asistieron a la Cumbre del Milenio de Naciones Unidas en Nueva York y suscribieron los Objetivos de Desarrollo del Milenio, comprometiéndose a reducir la pobreza a la mitad para 2015[7]. Reconocieron las múltiples dimensiones que presenta la pobreza —no sólo una renta inadecuada, sino también, por ejemplo, un acceso inadecuado a la sanidad y el agua—.

Hasta hace poco tiempo, lo más importante para el FMI eran los debates sobre política económica y se centraba tradicionalmente en la inflación más que en los salarios, el desempleo o la pobreza. Su punto de vista era que la reducción de la pobreza era asunto del Banco Mundial, mientras que su propio cometido consistía en ocuparse de la estabilidad económica global. Pero centrarse en la inflación e ignorar el desempleo condujo a un resultado previsible: aumento del paro y de la pobreza. Por fortuna, al menos oficialmente, el FMI ha asumido como prioritaria la reducción de la pobreza.

A estas alturas ha quedado claro que la apertura de mercados (eliminar las barreras comerciales, la apertura a los flujos de capitales) no va a «resolver» por sí sola el problema de la pobreza; incluso puede llegar a empeorarlo. Lo que se necesita es más ayuda en la misma medida que un régimen comercial más justo.

La necesidad de ayuda exterior y la condonación de la deuda

En Monterrey, México, en marzo de 2002, con motivo de la Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo, a la que asistieron 50 jefes de Estado y de gobierno y 200 ministros, entre otros, los países industriales avanzados se comprometieron a aumentar sustancialmente la ayuda —al 0,7 por ciento de su PIB, (aunque hasta el momento pocos países han cumplido estos compromisos, y algunos, sobre todo Estados Unidos, están lejos de cumplirlo)[8]—. Junto al reconocimiento de que debía aumentarse la ayuda, hubo un amplio acuerdo de que debía prestarse más ayuda en forma de subvenciones y menos en forma de créditos —lo cual no resulta sorprendente dados los constantes problemas para pagar la deuda—.

Lo más interesante de todo es cómo han cambiado los requisitos. Lo habitual es que a los países que demandan ayuda externa se les exija innumerables condiciones; por ejemplo, a un país se le puede decir que debe aprobar rápidamente una disposición legal o reformar la seguridad social, aplicar un criterio de quiebra u otros sistemas financieros para recibir la ayuda. Con frecuencia esa cantidad enorme de condiciones distraía a los gobiernos de cuestiones más importantes. Las excesivas condiciones constituyeron una de las quejas más importantes contra el FMI y el Banco Mundial. Ambas instituciones admiten ahora que fueron demasiado lejos y en los últimos cinco años es cierto que han reducido en gran medida estas condiciones.

Muchos países en vías de desarrollo afrontan una carga enorme de deuda. En algunos, la mitad o más del gasto público o de las divisas obtenidas de las exportaciones tienen que emplearse para pagar esta deuda —retirando dinero del que debería emplearse para escuelas, carreteras o centros sanitarios—. El desarrollo es difícil de por sí; con la carga de la deuda se hace en realidad imposible.

Una vez al año, los líderes de los principales países desarrollados (denominados el G-8) se reúnen para debatir sobre los problemas globales de mayor importancia. En la cumbre del G-8 de 2005

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