Pero no vemos ni oímos a los que sufren, y lo terrible de la vida pasa en algún lugar, entre bambalinas. Todo está en silencio, tranquilo, y solo protesta la muda estadística: tantos se volvieron locos, tantos baldes bebidos, tantos niños murieron de inanición… Y este orden, evidentemente, es necesario; evidentemente, el feliz se siente bien, solo porque los infelices llevan su carga callados, y sin ese callar, la felicidad sería imposible. Es una hipnosis general. Es necesario que en la puerta de cada hombre satisfecho, feliz, esté parado alguien con un martillo, y le recuerde con un martillazo de modo constante, que hay hombres infelices, que, por muy feliz que él sea, la vida tarde o temprano le enseñará sus garras, llegará la desgracia, la enfermedad, la pobreza, la pérdida, y nadie lo verá ni lo oirá a él, como él no ve ni oye ahora a los otros.
ANTON CHÉJOV, «Las grosellas»
Las naciones pobres están hambrientas y las naciones ricas son orgullosas, y el orgullo y el hambre estarán en discordia siempre.
JONATHAN SWIFT, Los viajes de Gulliver
A nuestros pies se extiende una gran riqueza; no obstante, su generosa distribución languidece a la vista de cómo se administra. Primordialmente, esto se debe a que quienes gestionan el intercambio de los bienes de la humanidad han fracasado a causa de su obstinación e incompetencia, han admitido dicho fracaso y renunciaron.
Las prácticas de los cambistas poco escrupulosos comparecen en el banquillo de los acusados ante el tribunal de la opinión pública, repudiados por los corazones y por las mentes de los hombres…
Los cambistas han abandonado sus tronos en el templo de nuestra civilización. Ahora debemos devolver a ese templo sus antiguos valores. La magnitud de la recuperación depende de la medida en que apliquemos valores sociales más nobles que el mero beneficio económico.
FRANKLIN DELANO ROOSEVELT, «Discurso de investidura», 1933

INTRODUCCIÓN
Se suponía que no se presentaría semejante crisis. Si en el año 2000 se hubiera preguntado a la mayoría de los reconocidos expertos en desarrollo que identificaran aquellos factores que en su opinión más harían peligrar sus esfuerzos por reducir considerablemente la pobreza mundial en el nuevo milenio, es muy poco probable que hubieran mencionado el repunte radical y repentino del precio de los principales productos agrícolas, así como el de los alimentos básicos elaborados con ellos, de los cuales dependían, literalmente, los pobres del mundo para sobrevivir. Lo que parece evidente en retrospectiva —que había llegado abruptamente a su fin el prolongado periodo en que los precios de los alimentos disminuían progresivamente— no era en absoluto evidente en aquel entonces. Como reconoció Rajiv Shah, en esa época director de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) con el presidente Barack Obama: «A finales de los años noventa la seguridad alimentaria mundial casi había dejado de ser prioritaria en los asuntos internacionales». Las razones fueron en parte empíricas (aunque evidentemente, en retrospectiva no lo suficiente) y en parte ideológicas, incluso en una supuesta era postideológica. La parte empírica se basa en lo que parecía una disminución secular y no transitoria del precio de los alimentos básicos, los cuales, en 2000, estaban en su mínimo histórico. La parte ideológica radicaba en la presunción de que, en palabras de Shah, «el éxito de la revolución verde [en la agricultura] había permitido a cientos de millones de personas en América Latina y Asia evitar una vida de hambre y pobreza extremas. Los gobiernos —desarrollados y en desarrollo por igual— dieron por hecho que ese éxito se extendería y recortaron sus inversiones en agricultura, lo que les permitió a su vez centrar su atención en otras prioridades»[1].
Se equivocaron palmariamente. A finales de 2006 los precios del trigo, el arroz, el maíz y la soja —los cuatro alimentos básicos de los que principalmente dependen casi tres mil millones de personas que viven con menos de dos dólares al día, no solo como otro elemento entre varios de su dieta (como es el caso en el mundo rico), sino los comestibles de los que dependen casi exclusivamente para evitar pasar hambre— comenzaron a incrementarse vertiginosamente en los mercados mundiales. Cuando alcanzaron el máximo a principios de 2008, el precio del maíz se había incrementado un 31 por ciento, el del arroz un 74 por ciento, el de la soja un 87 por ciento y el de trigo un 130 por ciento, comparados con los de comienzos de 2007, el inicio de lo que terminó por llamarse crisis alimentaria mundial[2]. Los brutales efectos derivados de los precios de los alimentos ofrecidos en el mercado a la gente común fueron casi inmediatos en muchas partes del mundo. En Egipto, por ejemplo, el precio del pan se duplicó en solo unos meses. En Haití, el precio del arroz aumentó un 50 por ciento, mientras que en Sudáfrica el incremento de la harina de maíz fue de un 28 por ciento. Según algunas estimaciones, tomadas en conjunto, el gasto en comida para los pobres del mundo aumentó un 40 por ciento, mientras que lo que pronto llegó a denominarse crisis alimentaria global incrementó un 25 por ciento los costes de importación de alimentos de muchos países pobres. Y en treinta de los países más afectados del mundo, de Etiopía a Uzbekistán, estallaron las revueltas por alimentos.
Se exageró posteriormente la trascendencia de aquellas revueltas. Como sabe todo alumno universitario de primer año de Estadística, la correlación no implica causalidad. Fueron episodios espasmódicos de disturbios civiles, no insurrecciones, menos aún revoluciones. Y dadas las nefastas y duraderas condiciones sociales y políticas de los pobres en esos países, argumentar que la crisis alimentaria fue la principal causa subyacente de los conflictos se parece demasiado a una argucia. Pero es indudable que el alza de los precios enardeció a los pobres en muchos países de diferentes regiones del mundo hasta el punto de que, aunque fuera brevemente, pareció ser una auténtica y al menos potencialmente incontrolable amenaza al statu quo.
Y para los más pobres de los pobres del mundo, el llamado club de la miseria de la población mundial que trata de sobrevivir con menos de un dólar al día, en esa amenaza le iba literalmente la existencia. Para otros miles de millones, toda esperanza de «seguridad alimentaria», la frase técnica en el ámbito del desarrollo que significa que es posible obtener comida suficiente —así como la apropiada— durante un año, parecía disiparse ante sus ojos. Y no solo a los que se habían unido a las revueltas por alimentos, sino también a la inmensamente mayor cantidad de personas que en silencio desesperado se preocuparon por su supervivencia y el nulo horizonte de un porvenir mejor para sus hijos. Por decirlo de otro modo, la crisis alimentaria supuso para los pobres la verdadera posibilidad de pasar hambre, no porque los alimentos fueran insuficientes, sino porque ya no podían permitirse comprarlos. La ira que esta crisis produjo ha dejado demostrado ser, a lo largo de los siglos, la variante más peligrosa de la ira: la del vientre.
En el mundo rico muchos razonaron que puesto que los peores efectos de la crisis se estaban produciendo en regiones donde se habían producido enormes aumentos de población, la mera demografía había estado en la raíz de lo ocurrido. Pero se trató de un malentendido fundamental, pues aunque parezca contradecir la intuición, era erróneo. De hecho, lo sucedido no fue que hubiera estallado por fin la «bomba demográfica», por emplear la frase acuñada por el biólogo y demógrafo neomalthusiano estadounidense Paul Ehrlich, lo que inexorablemente acarreó la hambruna. Pues a pesar de la relación fluctuante entre el consumo de alimentos y su producción, cuando la crisis comenzó a extenderse en 2007 (sin cesar, a fecha de este escrito en 2015) la producción alimentaria era más que suficiente para dar de comer a todos y cada uno. En los dos decenios anteriores a la crisis de 2007, la población mundial aumentó a razón de un 1,5 por ciento al año, y la producción alimentaria creció un 2 por ciento en el mismo periodo. Si a este respecto hubo confusión entre el público en general, esta fue considerable. La mayoría de los informes sobre el hambre en los medios de comunicación, al menos aquellos a los que está expuesto el público en general en el mundo rico, se concentran en las hambrunas del Cuerno de África o, en las crónicas más complejas, en el hambre de la India rural. Es comprensible que semejante enfoque dé la falsa impresión de que la escasez de alimentos es importante, pero en realidad el problema es la asequibilidad de los alimentos, no su disponibilidad.
Pero precisar, por importante que esto sea, lo que no fue la crisis alimentaria poco contribuye a explicar cómo y por qué el sistema mundial alimentario pudo casi paralizarse hasta ese extremo en 2007 y 2008. Tampoco arroja mucha luz sobre cómo incluso la mayoría de los expertos agrarios y las agencias de desarrollo gubernamentales y no gubernamentales de todo el mundo se vieron sorprendidos de tal modo. En otras palabras, si bien los efectos de la crisis mundial alimentaria eran evidentes, era mucho más difícil establecer sus causas. Esto se debía en parte a que, en todo caso, se podían presentar de manera creíble demasiadas causas como contribuyentes al desastre, y entender cuáles habían desempeñado funciones importantes y cuáles funciones secundarias se reveló extraordinariamente arduo.
Un indudable factor clave de la crisis fue el aumento del precio del petróleo que, a partir de finales de 2006, tuvo un efecto secundario en el precio de los fertilizantes que precisa la agricultura industrial. Este tipo de agricultura se ha vuelto la norma no solo en el mundo rico, sino también en buena parte del mundo pobre, en ulterior detrimento de las masas de agricultores minifundistas. En 2006 el clima adverso fue otro factor, al parecer episódico más que sistémico, en muchas partes del mundo, desde la sequía en Australia (el segundo mayor productor mundial de trigo) al ciclón Nargis, que había asolado Myanmar en la primavera de 2008 y devastó la producción de arroz del país[3]. En el mundo rico, la práctica de desviar a la producción de biocombustibles el grano destinado a la ganadería (en la actualidad el 40 por ciento del maíz estadounidense se reserva a la producción de etanol) sin duda desempeñó un papel, al igual que el apoderamiento, en la práctica, de los mercados de materias primas mundiales por parte de especuladores cuya entrada incrementó radicalmente su volatilidad, lo que a su vez provocó bruscos cambios de precios en el coste de los alimentos básicos. En suma, la crisis alimentaria mundial de 2007 y 2008, vista como un hecho diferenciado, fue, como repite el lugar común, una tormenta perfecta.
Pero si las tormentas al cabo se disipan, en la estela de la crisis en 2008, incluso después de que los precios de los productos básicos agrícolas hubieran disminuido drásticamente, pronto quedó claro que, lejos de haber sido un hecho anómalo, los incrementos de precios fueron una manifestación más extrema, pero todavía emblemática de lo que, para utilizar la imagen del administrador de fondos Bill Gross sobre la caída de los mercados financieros posterior a 2007, constituía con toda probabilidad, a largo plazo, la «nueva normalidad» de los aumentos seculares de precios de productos agrícolas básicos. Lo cual suplantó la «vieja normalidad» del último cuarto del siglo XX, la de un proceso que comienza con la implantación de la estabilidad de precios y su posterior disminución. Y si bien Gross estaba extrapolando a partir de un periodo muy breve, el alto funcionario del Banco Mundial, Otoviano Canuto, reflejaba un amplio consenso cuando advirtió que esta «nueva norma de altos precios parece consolidarse [en la segunda década del siglo XXI]»[4].
El hambre y la pobreza son inseparables, y a pesar de los muchos avances auténticos en la reducción de la pobreza en muchas partes del sur global, es muy poco probable que sean sostenibles si el incremento en el precio de los alimentos básicos supera apreciablemente el aumento de ingresos de los pobres como resultado de sensatas políticas de desarrollo. Por eso, si se presupone que la conclusión ampliamente aceptada de Canuto es cierta, no es exagerado afirmar que todo el sistema alimentario mundial está gravemente enfermo, y que la cuestión central es cómo reformarlo si, de hecho, no es ya demasiado tarde para ello.
Aunque si bien el desacuerdo es amplio sobre lo que es preciso hacer, sorprendentemente el acuerdo es amplio en que la mayoría de los supuestos (si no todos) que subyacían al sistema en las postrimerías del siglo XX habían sido incorrectos desde el principio o simplemente ya no tenían aplicación en la primera década del nuevo siglo, sobre todo el de que los precios de los alimentos probablemente continuarían disminuyendo. En pocas palabras, se han acumulado hasta tal punto las pruebas de la nueva tendencia secular de un incremento de los precios de los alimentos que esta parece ya casi irrefutable[5].
La trayectoria es clara. Después de haber caído en 2008, los precios de los alimentos subieron de nuevo, casi tan bruscamente, en 2010 y 2011, luego volvieron a caer y se incrementaron una vez más hacia finales de 2012 y en 2013, al extremo de que los precios del maíz en el mercado mundial eran más altos que los imperantes en la crisis de 2007 y 2008. Estos aumentos posteriores en el coste de los cereales y el reconocimiento entre los especialistas en desarrollo de que los precios de los alimentos básicos no han disminuido casi nada desde el año 2007 no han recibido la misma atención en los medios de comunicación mundiales. Eso no los vuelve menos ominosos. En México, por ejemplo, el precio de la tortilla, el comestible básico en la dieta de la mayoría de la gente pobre, fue un 69 por ciento más alto en 2011 de lo que había sido en 2006. En Indonesia, el precio medio nacional de arroz alcanzó su punto más alto en febrero de 2012. Y es preciso no olvidar que tanto México como Indonesia son lo que el Banco Mundial llama países de «renta media». En las naciones mucho más pobres, como Guatemala, Haití, Níger, Yemen o Afganistán, los efectos de esta «nueva normalidad» de altos precios ha sido aún más perjudicial para la vida de los pobres y el horizonte de vida de sus hijos.
Esa es la mala noticia, y es, de hecho, una muy mala noticia. Pero incluso el más recalcitrante pesimista tendría que reconocer que de ninguna manera eso es todo lo sucedido. Como el economista del desarrollo británico Charles Kenny ha sostenido, no hay razón para creer que la miseria global es un problema tan difícil de resolver que no pueda ser aliviado. Incluso si no se está de acuerdo con el optimismo de Kenny y sus colegas afines, para los cuales la situación mejora y, salvo catástrofe ambiental, seguirá mejorando de modos casi inimaginables hace medio siglo, tienen razón al insistir en que ha habido un considerable cúmulo de buenas noticias, sobre todo en lo que atañe a los avances alcanzados en los últimos tres decenios. «El mayor éxito en el desarrollo —ha escrito Kenny— no ha sido el enriquecimiento de la gente, sino, más bien, que lo realmente importante, como la salud y la educación, son más baratas y están más ampliamente disponibles»[6].
En general, el porcentaje de los pobres en la población mundial ha disminuido de manera constante, aunque en algunos de estos países, sobre todo en India, el conjunto de los no beneficiados con estos cambios es mucho mayor que el de los que sí se han beneficiado con ellos. Actualmente hay cientos de millones de personas, en países con sistemas políticos, estado de sus economías e idearios contra el hambre crónica tan diversos como Brasil, China, México, Vietnam e India, que están comiendo más y, por lo general aunque no siempre, mejor (como demuestra el rápido incremento de las tasas de obesidad en el mundo en desarrollo) que nunca antes las generaciones precedentes. Si lo anterior ha sido resultado de la ayuda al desarrollo o el crecimiento económico y la prosperidad creada en gran parte de Asia y partes de América Latina en los treinta años recientes, es aún un tema de enconadas controversias. El alcance de esta transformación, no solo su realidad, es lo que no se puede negar; es incomparable en la historia humana en cuanto a sus efectos sobre tantas personas durante un periodo relativamente breve. En contraste, la prosperidad general creada al cabo por la Revolución Industrial en Europa tardó mucho más tiempo y afectó a muchas menos personas.
Si se es optimista, es posible afirmar que la crisis de 2007 y 2008 nos enseñó al menos a formular las preguntas pertinentes sobre el hambre. Aunque si los países —ricos, en desarrollo o pobres— serán capaces de ofrecer respuestas pertinentes es asunto bien distinto. Los optimistas —y dado mi propio pesimismo sobre estas cuestiones, es importante dejar claro que se trata de muchas de las personas más brillantes que actualmente trabajan en el Gobierno, la filantropía, el ámbito de las oenegés y la ciencia— están convencidos de que ya es posible, acaso por primera vez en la historia de la humanidad, reformar el sistema alimentario mundial y lograr que el desarrollo agrícola mundial sostenido sea una realidad perdurable. En efecto, muchos de estos hombres y mujeres se han sentido cada vez más atraídos por plazos que postulan «acabar con el hambre» en una fecha determinada en los próximos decenios. Esta convicción está sustentada en el hecho innegable de que la «comunidad internacional» (un infortunado «tic» intelectual del ámbito de la ayuda y del desarrollo es su dependencia de los piadosos lugares comunes y poco analizados sobre la gobernanza mundial) presta atención una vez más a la agricultura. Las inversiones se producen y, acaso lo más importante, el énfasis recae ahora en los agricultores minifundistas y en sus familias en lugar de en la agricultura industrial; en los que integran la gran mayoría de las personas que trabajan la tierra en el mundo pobre. Como exdirector de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, Rajiv Shah ha sostenido que «el mundo está una vez más cumpliendo un compromiso global de afianzar la seguridad alimentaria»[7].
¿Se justifican esas esperanzas? En algunos casos, por ejemplo, si perdurarán o resultarán quiméricos los fundamentos agrícolas en los que se sustenta esta nueva prosperidad en Asia y América Latina, la respuesta es incognoscible y sería absurdo suponer lo opuesto. Por el contrario, es evidente que, salvo que acontezca una catástrofe global vaticinada por algunos de los integrantes más militantes del movimiento verde, la cual conduciría a una miseria mundial que incluso referirse a mercados supone un escenario demasiado favorable, probablemente no cambien las causas subyacentes del aumento secular de los precios de los alimentos básicos. La población mundial aumenta sin cesar, mientras que a potencias como China y Brasil les ha sido cada vez más difícil mantener las tasas de crecimiento sobre las que estribaba su irrupción inicial en la prosperidad. Parece improbable que tales dificultades disminuyan en algún momento del futuro previsible. Mientras tanto, los fenómenos meteorológicos extremos, estén o no relacionados con el cambio climático, parecen aumentar más que estabilizarse, lo que incrementa más la presión sobre el sistema alimentario mundial. Y persisten pocas dudas sobre la función que cumple el cambio climático en la exacerbación de la desertización en importantes regiones del mundo.
Esta es la situación sobre el terreno en buena parte del sur global. Al mismo tiempo, la estructura de los mercados mundiales de productos básicos en el norte global aún recompensa en lugar de desalentar la especulación en los precios futuros de los alimentos básicos, con lo que prácticamente garantiza la continua volatilidad de los precios. Y cada año, a pesar de las preguntas que cada vez más se plantean sobre su sensatez, un porcentaje considerable de la cosecha de maíz en el mundo aún se destina al etanol utilizado en la gasolina en lugar de verse transformado en comestibles o empleado como pienso para el ganado. Por ahora es innegable la ineficiencia y, desde el punto de vista global, incluso el peligro para el suministro mundial de alimentos de todo lo anterior. En promedio se requieren unos cinco kilogramos de pienso de maíz para producir medio kilo de carne de res. El escritor Michael Pollan resumió bien la situación cuando escribió que «habría grano suficiente para todos si realmente lo comiéramos como alimento y no lo usáramos para hacer carne»[8]. Al mismo tiempo, gran parte del maíz mundial aún se desvía a la elaboración de combustibles compuestos con etanol. Y si bien esta política ha sido objeto de crecientes ataques en el decenio anterior, al menos hasta el momento los grupos de presión del etanol en Europa y América han tenido éxito en mantener este statu quo en extremo derrochador.
Dadas estas realidades, no es sorprendente que el consumo de alimentos en todo el mundo haya superado la producción alimentaria seis de los once años transcurridos entre 2001 y 2012. Los críticos del vigente sistema alimentario mundial como Pollan han indicado que las tensiones impuestas al sistema no solo por el etanol sino por la creciente demanda de carne en los países que han visto los mayores aumentos en su población de clase media, sobre todo China e India, son las causantes. Insisto, como con las teorías de que la crisis alimentaria de 2007 y 2008 «causó» las revueltas, la correlación no es causalidad, y muchos expertos en alimentación señalan datos que implican que tales teorías son aún descabelladas. Por ejemplo, Timothy Wise, director de Políticas del Instituto de Desarrollo Global y Medio Ambiente de la Universidad de Tufts, ha negado rotundamente que el aumento de la demanda de carne en India y China haya sido «el principal motor» de la crisis alimentaria[9], aunque a largo plazo es difícil apreciar cómo un aumento enorme de gente que come carne todos los días no pondría a prueba el suministro mundial de cereales más allá de su capacidad de adaptación, y que además suponga que los incrementos de producción de estos alimentos básicos predichos por los optimistas demuestren su sostenibilidad.
No debería sorprender que, así como no ha habido una sola causa de lo sucedido desde 2007, tampoco hay una solución única. E insisto, al menos por ahora el mundo aún produce suficientes gramíneas, de suerte que, solo en cuanto a oferta, todos en el planeta podrían disponer de comida suficiente. Pero aun si se supone lo anterior, las sequías y otros fenómenos meteorológicos extremos al parecer cada vez más comunes, y la transformación del maíz en etanol, el margen de error de un año a otro es cada vez menor. En 2002 la mayoría de los países disponían aproximadamente de 107 días de reservas alimentarias. Actualmente es de 74 días. Como Abdolreza Abbassian, de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), ha advertido, lo anterior no deja «margen para acontecimientos inesperados»[10]. Y sin embargo, si persisten las sequías y las inundaciones que al parecer son cada vez más la norma en muchas partes del mundo, es difícil imaginar cómo estos acontecimientos extremos no ocurrirán más o menos regularmente.
Este aumento de la inseguridad en el suministro que ha acompañado al incremento del precio de los alimentos básicos es un problema global. Pero como con casi todos los otros importantes desafíos mundiales[11], lo que es ya un problema incluso para la mayoría de las personas en el mundo rico es una catástrofe en cierne para los más pobres de entre nosotros, los tres mil millones que viven con menos de dos dólares al día. Dicho de modo sucinto, si el precio de los alimentos básicos en el mercado mundial sigue aumentando, la capacidad de los pobres para pagar los alimentos que necesitan para alimentarse adecuadamente será cada vez más exigua. E incluso si los precios se estabilizaran en los elevados niveles actuales, las posibilidades de replicar los exitosos resultados anteriores que saquen a más gente de la pobreza disminuirán considerablemente. Pues esperar que las personas insuficientemente alimentadas en la infancia prosperen como adultos, sin reparar en el sistema económico en el que viven, es el más puro pensamiento mágico sobre un sistema alimentario mundial que ya sufre una crisis de constante empeoramiento en el acceso, una crisis sin señales de remisión. Y los resultados son del todo previsibles: garantizarán que la brecha entre ricos y pobres del mundo en cuanto al acceso a las necesidades humanas más fundamentales —alimento y agua potable, de las que se deriva todo lo demás— sea cada vez más amplia, y que este mundo injusto lo sea aún más todavía.
Sin embargo, aunque la exacerbación de la injusticia sea terrible, no es ni con mucho lo peor que debemos temer. Si no se producen cambios significativos en el sistema alimentario mundial, una crisis mundial del suministro alimentario absoluto podría ocurrir en algún momento entre 2030 y 2050 cuando, según las estimaciones más prudentes, la población mundial habrá aumentado de siete mil millones en 2012 a nueve o quizás incluso diez mil millones. Cicerón escribió en algún lugar que no entendía por qué cuando dos adivinos se reunían no se echaban a reír y, teniendo en mente su sensata admonición, es importante ser precavido. En realidad los datos no son tan claros como se presentan generalmente, tanto por parte de los optimistas como de los pesimistas. El historiador económico irlandés Cormac Ó Gráda, cuya obra sobre la historia de la hambruna ha sido de enorme importancia en este ámbito, ha escrito que «las actuales previsiones de la futura producción alimentaria no son fiables y sí contradictorias»[12]. Lo antedicho es cierto incluso en lo que atañe al cambio climático, donde aún persiste un amplio desacuerdo entre los expertos sobre la eficacia con la cual los agricultores serán capaces de responder a las alteradas condiciones con las que ya se enfrentan algunos de ellos y a las que pronto se enfrentarán muchos más; uno de los pocos hechos que, a pesar de los negacionistas estadounidenses del cambio climático, puede predecirse con confianza.
Si esta crisis de suministro absoluto en efecto se produce en las próximas décadas, sea resultado solo del incremento de la población o de este en sinergia maligna con el probable aumento de las temperaturas y los niveles del mar globales a consecuencia del cambio climático antropogénico (del cual el incremento poblacional es por sí mismo un factor importante), el efecto sobre los pobres será incalculablemente más devastador en todos los aspectos, desde la salud pública hasta la migración masiva. Para citar solo un ejemplo evidente, ya es un lugar común sicosocial y político que muchas personas en el mundo rico se sientan cada vez más engullidas por la migración masiva desde el sur global. Pero no hace falta ser un adivino para tener una idea muy clara de lo que sentirán cuando se enfrenten a los predecibles desplazamientos de la gente de aquellas regiones del mundo donde la sequía se convierta en norma y donde ya no se puedan producir alimentos en cantidad suficiente.
Los flujos migratorios actuales no tienen precedentes, y su impulso ha ido en aumento a partir del derrocamiento por parte de la OTAN del régimen libio de Gadafi, el cual había impedido la salida de inmigrantes. Hoy día es común que a la vez toquen tierra flotas de, literalmente, miles de migrantes del África subsahariana y de Siria en la isla italiana de Lampedusa o a lo largo de la costa de Sicilia. Es poco probable que este flujo disminuya en ningún plazo realista. Más de doscientos mil emprendieron la travesía en 2014 (la cifra anterior había sido de setenta mil en 2011, en el apogeo de la guerra civil en Libia), y la opinión de consenso es que seguirá aumentando en el futuro previsible. Lo mínimo, como un curtido funcionario de Günther Bauer, la oenegé alemana de ayuda a los refugiados, manifestó a un periodista de Der Spiegel, es que «la presión de África seguirá siendo constante»[13]. Pero incluso esta marea parece, en comparación, un goteo si las personas huyen a Europa porque, literalmente, carecen de alimento suficiente —lo cual en la inmensa mayoría de los llamados países emisores no es actualmente el caso—, y no solo porque simplemente desean garantizar un futuro mejor para sí y para apoyar a sus familias extensas en sus países de origen (las remesas de inmigrantes en la actualidad superan abundantemente toda la ayuda oficial para el desarrollo en el mundo).
Pero incluso si se acepta que la predicción mucho más alentadora de los optimistas del desarrollo sobre las radicales reducciones inminentes o en curso de las tasas de pobreza absoluta en el sur global resulta correcta, de ninguna manera implica que habrá una reducción concomitante de la desigualdad. Y este es el punto determinante. Porque como ha demostrado Branko Milanovic, otrora economista jefe de investigación en el Banco Mundial, en una serie de importantes trabajos, así como en su libro, Los que tienen y los que no tienen. Breve y particular historia de la desigualdad global, la desigualdad es uno de los motores de la migración más importantes, si no el más importante; el otro es la familiaridad sin precedentes entre las personas del mundo pobre —cortesía de la globalización en general y de las nuevas tecnologías de comunicación en particular— sobre cómo vive la gente en el mundo rico. Como Milanovic señala en su libro: «En un mundo desigual en el que las enormes diferencias de renta entre países son bien conocidas, el fenómeno de la emigración no es una casualidad, ni un accidente, una anomalía o una curiosidad. Es simplemente una respuesta racional a las grandes diferencias en el nivel de vida»[14].
En los decenios recientes, el mundo rico ha estado viviendo una suerte de crisis nerviosa en cámara lenta por la inmigración masiva desde el mundo en desarrollo. No es difícil predecir con razonable certeza cuál sería la reacción si esta migración se duplica o triplica, lo que bien podría suceder en los próximos decenios. Y centrarse en la migración de alguna manera presenta una imagen falsa, pues la verdadera catástrofe sucederá en el sur global. Según «La geografía de la pobreza, los desastres y el clima extremo en 2030», un documento de octubre de 2013 para el Instituto de Desarrollo de Ultramar del Reino Unido, los desastres vinculados al cambio climático, «sobre todo los vinculados a la sequía, pueden ser la causa más importante de empobrecimiento, lo que cancelará los avances en la reducción de la pobreza» para los que el informe identifica como los «325 millones de personas que vivirán en los cuarenta y nueve países más propensos a los desastres en 2030, la mayoría en Asia meridional y África subsahariana»[15]. No hace falta que el informe añada que la tasa de incremento de la población, en este conjunto de naciones estaba, en el momento de su redacción, entre las más altas del mundo y probablemente se mantendría igual en el futuro próximo.
Si estas circunstancias del fin de los tiempos se producen, no habrá nada apocalíptico en el temor de que la visión de Thomas Hobbes de un colapso de la sociedad, tanto en el sur global como en el norte, proclame la guerra de todos contra todos. En tales circunstancias —lo que Marx una vez denominó «una negación general»— la injusticia casi con toda certeza llegará a parecer la menor de las preocupaciones del mundo y los derechos humanos un lujo que un mundo desgarrado ya no podría permitirse tener mucho en cuenta. Por más que los activistas de derechos humanos tiendan a describir como inevitable lo que el escritor y político canadiense Michael Ignatieff ha llamado una «revolución de la preocupación moral» —que comenzó con la creación del sistema de las Naciones Unidas en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y encuentra casi toda su expresión práctica y normativa en el movimiento mundial en pro de los derechos humanos—, tan altas expectativas sobre su «inevitabilidad» de hecho dependen, cuando menos, de la continuidad del presente sistema mundial, en mejores o por lo menos en iguales condiciones que ahora lo definen. Pero se trataría del más puro pensamiento ilusorio esperar que perdure a la crisis económica y política mundiales que engendrarían los más lúgubres escenarios del cambio climático. En ese caso Hobbes estaría en lo correcto, y como el filósofo estadounidense Thomas Nagel ha escrito: «Si Hobbes tiene razón, entonces la justicia global es una quimera». Si esto es verdad, entonces esperar una reducción significativa de la pobreza —por no hablar de su eliminación, como ahora sostienen rutinariamente que es posible el Banco Mundial, la Secretaría de las Naciones Unidas, la USAID, el Departamento para el Desarrollo Internacional del Gobierno británico (DFID) y un sinnúmero de organizaciones no gubernamentales y entidades filantrópicas— es aún más quimérico.
El esbozo de esta posibilidad distópica no es lo mismo, dicho sea con énfasis, que argumentar su inevitabilidad. Muchas de las personas más inteligentes y mejor informadas en la política, la ciencia y el mundo de la ayuda y el desarrollo que reflexionan sobre el hambre actual creen que los seres humanos disponen ahora del conocimiento científico para transformar la agricultura hasta el punto de que, incluso si el calentamiento global resulta ser aún más grave que el que actualmente prevé la opinión de consenso, aún son cautelosamente optimistas en cuanto a que no solo se puede producir suficiente comida para alimentar a un mundo de nueve mil millones de personas, sino que también será posible asegurar mayor acceso a ella para los tres mil millones de abajo, mientras se creen las condiciones para la mejora de los medios de vida de los agricultores, sobre todo de los minifundistas, que producen la comida pero que actualmente apenas logran arreglárselas. Dichos críticos de este ideario predominante son igualmente inteligentes, apasionados y están bien informados. No creen que la tecnología sea la respuesta. Al contrario, para ellos la clave para resolver la crisis del sistema alimentario mundial consiste en considerar el acceso a la alimentación como un derecho humano. Si la corriente predominante propone seguridad alimentaria, un concepto fundamentalmente apolítico, técnico, los críticos proponen soberanía alimentaria e insisten en que no hay solución duradera basada en el vigente sistema alimentario mundial, que consideran demasiado dependiente del lucro y de los mercados mundiales de materias primas que nadie controla, salvo una élite empresarial y tecnocrática.
Pero si bien los defensores de la opinión predominante y sus críticos difieren sobre qué cambios políticos y sociales se requieren y qué innovaciones técnicas han de desplegarse, la idea de que los seres humanos, en el supuesto de que se disponga de suficiente voluntad y dinero, no podrían prosperar en el mundo venidero de nueve mil millones casi nunca se menciona como posibilidad seria por los especialistas y activistas[16]. En cambio, el debate está repleto de un idealismo trufado de jerga que da lugar a documentos con títulos como «Estrategias de adaptación al cambio climático en el África subsahariana rural» y declaraciones exhortatorias como la de la expresidenta de Irlanda, Mary Robinson: «Tenemos que minimizar las pérdidas y los daños, [y] dar los pasos necesarios para abordarlo y buscar maneras de evitarlo», como si se tratara del hecho simple según el cual todo el mundo sabe qué hacer. Sin embargo, si bien es verdad que en el mundo del desarrollo hay amplio consenso de que se puede incorporar un grado suficiente de «resiliencia», por usar uno de los clichés reinantes, en el sistema alimentario mundial para anular o al menos mitigar drásticamente los peores efectos del cambio climático, como nadie en realidad conoce todavía la gravedad de tales efectos, semejante confianza tiene mucha menos base empírica de lo que se suele suponer.
Muchos cooperantes del desarrollo y activistas de derechos humanos responden que sin un horizonte tan optimista, sea sobre el futuro del sistema alimentario mundial o cualquiera de las otras grandes causas de su tiempo, simplemente no podrían desempeñar adecuadamente ni la mitad de su labor, lo cual significa que si el público no confía en que las oenegés tienen las respuestas, es poco probable que continúen apoyándolas. Para ellos, la cuestión es casi siempre «¿Qué mundo queremos?» en lugar de «¿Qué mundo cabe esperar si somos realistas?». En un sentido lo anterior representa una suerte de globalización del tipo de utopismo histórico relacionado con Estados Unidos, donde, al menos en tiempos de más confianza, era común oír a los políticos utilizar la frase «viviendo el sueño americano», como si no fuera un oxímoron. Como Tom Bradley, exalcalde de Los Ángeles, dijo en una ocasión: «Si podemos soñarlo, podemos hacerlo realidad».
Pero esta esperanza inquebrantable en la búsqueda de una solución duradera a la crisis aún coexiste con una profunda confusión sobre la verdadera naturaleza de la crisis misma. La hambruna se mezcla por lo común con la desnutrición crónica; el suministro absoluto de alimentos se confunde con el acceso a los alimentos, tanto en disponibilidad como en coste; y, en el plano ético, a menudo se habla demasiado de la comida en cuanto necesidad humana como si fuera una materia prima apenas diferente de cualquier otra, una opinión que tiene el efecto de elidir la diferencia moral esencial entre necesidades y deseos que la mayoría de la gente no es capaz de formular en términos filosóficos, pero que entiende cabalmente de igual modo. Al fin y al cabo nadie en su sano juicio cree que los seres humanos tienen el mismo derecho a un reloj Rolex que al agua potable. Estos podrán ser tiempos cínicos, una era de cada vez mayor desigualdad, pero no son tan cínicos. Lo que queda por ver es si son o no son tan esperanzadores como el punto de vista predominante podría hacer pensar.
La historia del desarrollo ha sido la de la convicción de que se había encontrado la fórmula correcta para librar al mundo de la pobreza, alternada con el desaliento cuando sucesivos modelos no estuvieran a la altura de las elevadas expectativas que había movilizado. Si el ámbito del desarrollo fuera un ser humano, podría afirmarse que había vivido una vida marcada por cambios de humor extraordinarios.
A pesar de los desafíos planteados por la crisis alimentaria mundial y la disfunción actual del sistema alimentario mundial de la que es emblema, por la explosión poblacional y por el cambio climático antropogénico, incluso si se tienen en cuenta los «subidones» del desarrollo, el momento presente es de un optimismo excepcional. Lo que está en cuestión en el debate —y es difícil pensar en algo más importante— es si dichas esperanzas se justifican realmente. El consenso en el ámbito del desarrollo es que el comienzo del siglo XXI realmente marca «el fin» de la pobreza extrema y el hambre, y el radicalismo de semejantes afirmaciones a menudo puede parecer una versión secularizada de la era mesiánica de las religiones abrahámicas, en las que de las espadas se forjarán arados. El fin del hambre fue esencial en esa visión. Como Maimónides previó en su Mishné Torá, sería un tiempo en el que «no habrá hambre ni guerra» y «el bien será abundante, y todos los manjares tan disponibles como el polvo».
Una versión moderna y secular de dicha visión es el argumento de Francis Fukuyama de 1992 según el cual el triunfo del capitalismo democrático habría sido más preciso sobre sus rivales comunistas si hubiera marcado «el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de Gobierno humano»[17]. El atractivo de semejante punto de vista para los que buscan poner fin a la pobreza extrema y el hambre es evidente: si todos están de acuerdo en líneas generales sobre cómo debería ser la sociedad humana y cómo debería estar constituida, entonces ya no es preciso debatir primeros principios. Y si ese es el caso, entonces todos los problemas que persisten en el mundo son esencialmente técnicos y no morales. Los problemas morales son perennes: en el sentido más profundo, pueden cambiar de forma, pero nunca desaparecen. Por el contrario, si todos los problemas, incluso uno tan históricamente central de la condición humana como el hambre, es en esencia técnico y por lo tanto susceptible de solución duradera, entonces por supuesto que no hay absolutamente ninguna razón por la cual la humanidad deba resignarse a seguir teniendo que soportarla.
¿Pero es esto cierto? ¿Pueden los siete mil millones de personas que ahora viven estar seguras de que serán debidamente alimentadas? ¿Y puede esta promesa extenderse a los nueve o diez mil millones de personas que habitarán la tierra en 2050? ¿O hemos confundido nuestros deseos con las realidades, sobreestimado los augurios de nuestra ciencia y cometido un error fundamental al suponer que hay un consenso ideológico y moral global? No es exagerado afirmar que el futuro del mundo en el sentido más fundamental y existencial se juega en esa respuesta.

1. ¿POR FIN UN MUNDO MEJOR A NUESTRO ALCANCE?
Con objeto de entender cabalmente en qué consiste la crisis alimentaria, es fundamental primero entender en qué no consiste esta. A tenor de las manifestaciones públicas de los funcionarios encargados de enfrentarse a ella y de desarrollar planes para la reforma de la agricultura mundial, a menudo parece que infortunadamente se hallan tan desorientados como el público general. En lugar de formular preguntas concretas, dichos funcionarios suelen parecer conformes con recurrir a respuestas fáciles y formularias de ayuda al desarrollo. Un caso especialmente flagrante ocurrió en abril de 2008, cuando Josette Sheeran, a la sazón directora ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos (PMA) y funcionaria ampliamente admirada en el ámbito de la asistencia humanitaria y del desarrollo, describió la crisis alimentaria del año anterior como un «maremoto silencioso», y declaró que para el PMA representaba «el mayor desafío en sus cuarenta y cinco años de historia». Esta retórica extravagante, la apocalíptica escenificación del peor caso posible aunada a una vanagloria institucional descarada, no es privativa de las respuestas a la crisis alimentaria mundial. Al contrario, ha sido más bien la norma que la excepción en el ámbito del desarrollo al menos desde la época de Fritjof Nansen, cuyos innovadores esfuerzos en favor de los refugiados a principios del siglo XX fueron la fuente de inspiración del sistema vigente de ayuda humanitaria. En este sentido las declaraciones de Sheeran no eran destacables, una iteración común y corriente no solo de la retórica sino del decorado ideológico de los empeños de la asistencia y del desarrollo.
Sea como fuere que se comuniquen, por medio de alocuciones de altos cargos, en ruedas de prensa y en materiales de difusión para los medios, o en los cibersitios de las organizaciones, semejantes llamamientos casi siempre empiezan con un informe sensacionalista y simplificado de una crisis específica y acaban con un discursillo sobre recaudación de fondos que por lo general declara, o por lo menos insinúa, que si los donantes aflojan el bolsillo, la agencia está preparada, dispuesta y capacitada para ser la salvación de todos.
Es preciso reconocer que Sheeran solo estaba cumpliendo con una de las principales exigencias institucionales de su cargo. Sus predecesores sin duda no fueron mejores. Cuatro años antes, uno de ellos, James Morris, calificó el maremoto de diciembre de 2004 en Asia de «posiblemente la peor catástrofe natural de la historia». Además, en el periodo subsiguiente al terremoto de 2010 que devastó Puerto Príncipe, Elizabeth Byrs, portavoz de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), un organismo asociado al PMA, declaró rotundamente que Naciones Unidas «nunca se había enfrentado a una catástrofe semejante» que ella calificó como «sin precedentes».
La afirmación de Morris era absurda —un disparate en zancos, para usar la acertada frase de Bentham—. Solo alguien históricamente iletrado, o cuanto menos una persona cuya imaginación histórica no se remonta a un tiempo anterior a 1961, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas fundó su agencia, podría haber emitido semejante dictamen, y es por supuesto del todo posible que Morris, un hombre culto, sensato, se hubiera sentido obligado a seguir el guion consabido (tal como también pudo haber ocurrido con Sheeran). Pero las aseveraciones de Byrs no fueron más acertadas. ¿Fue el terremoto haitiano realmente el mayor desafío y una tragedia humana más profunda que la emergencia de refugiados tras el genocidio en Ruanda de 1994 o los brotes de hambruna en Corea del Norte en los años noventa; en ambos casos desastres humanitarios que involucraron a las ramas de ayuda y desarrollo de la ONU? Acaso un filósofo moral habría podido ser árbitro de la jerarquía de estos horrores, pero sin duda estaría por encima de la escala salarial de funcionarios internacionales como Byrs, Morris o Sheeran (o, en todo caso, de la de un escritor como yo). Pero incluso en el contexto de la hipérbole descarada que era la moneda corriente entre las agencias humanitarias desde la refundación de la acción humanitaria moderna que se remonta a la labor de los llamados médicos franceses en Biafra entre 1967 y 1969, y al alegato especial de la PMA, la imagen de Sheeran de una crisis alimentaria mundial como un maremoto silencioso fue particularmente imprudente. No se trataba de una agresión de la naturaleza ante la cual, por lo menos en el caso de terremotos y maremotos, a los seres humanos les fuera posible prepararse pero que es imposible prevenir. En todo caso, la crisis alimentaria es diametralmente opuesta a una catástrofe natural como un maremoto o un terremoto, y es en cambio producto del presente sistema mundial. Es decir, es el resultado de las relaciones de fuerza entre ricos y desposeídos, del funcionamiento de los mercados mundiales, de las tecnologías que empleamos (y los supuestos morales y políticos tras dichas tecnologías), entre otras; en suma, del mundo en que queremos vivir, del orden mundial existente en la actualidad y del orden mundial que podría existir algún día. No hay nada «natural» en ello.
La presentación de los asuntos en términos tan pronunciadamente ideológicos es común en el sur global. Pero suele perturbar la opinión mayoritaria en el norte global, donde se asienta aún casi todo el poder económico y político, tanto de centro-derechas como de centro-izquierdas. Allí, el supuesto ampliamente consensuado, y cuya autoridad hegemónica es creciente desde el fin de la Guerra Fría, es que la gente cultivada en todo el mundo coincide en cómo ha de organizarse la sociedad planetaria. Se trata de un ideario impulsado sobre todo por el movimiento de derechos humanos, y se ha filtrado en las instituciones internacionales, sobre todo en el sistema de las Naciones Unidas. Se hubiera podido considerar que el ascenso de China per se habría acabado con semejantes fantasías milenaristas. Por ahora, con todo, no ha sido así. Y, sin embargo, es la persistencia de la ideología lo que permite explicar por qué, a pesar de que la calidad de casi todo el debate que ha engendrado la crisis alimentaria es como un «juego de suma cero», gente inteligente puede discrepar tan amplia y apasionadamente tanto de las causas del incremento de los precios en 2007 y 2008, y de cómo, en su estela, el sistema alimentario mundial puede ser reformado con éxito o incluso casi refundado del todo a fin de que, aunque persista el hambre, pueda por fin empezar a disminuir la cantidad de gente hambrienta.
Si no podemos acordar cómo se han de ordenar las sociedades, es improbable que podamos acordar cómo se puede paliar la pobreza y que cientos de millones de pobres puedan disfrutar al menos en alguna medida de lo que los expertos en desarrollo llaman seguridad alimentaria. ¿Es el capitalismo la respuesta o la raíz del problema? ¿Es posible una transformación nutricional sin una transformación política? ¿Son los desafíos del sistema alimentario mundial análogos a un problema de ingeniería cuya solución cabe esperar todo de la innovación técnica, la científica, y por supuesto con dinero, acompañado de algunos montones de «buen gobierno» y «transparencia» (por usar dos términos que «por defecto» prefiere la mayoría, para los que el concepto de ideología es un atavismo intelectual que tenaz e incomprensiblemente se niega a apuntarse al consenso humanitario mundial que reivindica para sí el capitalismo democrático)? ¿O es una mayor justicia social lo que más importa, y con ello la necesidad de dejar de pensar en el alimento como otra materia prima y empezar a concebirlo como un derecho humano?
Del lado de la antiglobalización en este «diálogo de sordos», como los franceses suelen referirse a semejante incomprensión mutua, es firme la convicción de que la crisis alimentaria es ante todo el producto inevitable de un «sistema mundial injusto y peligroso»[18]. según un informe de Food First [Alimentación Primero], el gabinete estratégico con sede en Oakland, California, que ha elaborado buena parte de los mejores análisis actuales sobre agricultura mundial, y de manera más amplia sobre el sistema mundial alimentario desde una perspectiva radical. Si se deja este sistema en pie, se argumenta, será irrelevante cuántas reformas se implanten, el mundo se verá sacudido por una crisis alimentaria tras otra. Puesto que, desde este punto de vista, la injusticia sistemática es el origen del hambre y las únicas medidas que pueden cambiar el estado de cosas a la larga son las que lleven a su erradicación: una transformación que, para ser efectiva, no podría restringirse a los agricultores pobres y sus familias, sino que tendría que incluir a todos los trabajadores pobres, tanto rurales como urbanos.
Al otro lado de la divisoria ideológica se ha desarrollado un consenso, articulado en su máxima expresión por el Banco Mundial, en torno a la idea de que la crisis ha tenido tres causas principales. La primera fue la insuficiente atención mundial dedicada a la agricultura durante los tres decenios anteriores a la crisis. La segunda fue el nulo incremento en la producción de hortalizas de primera necesidad. Y en oposición diametral a la reivindicación de los defensores de los derechos alimentarios de que la situación desesperada del agricultor minifundista ha sido el resultado inevitable del desarrollo de un régimen de libre comercio mundial, el punto de vista mayoritario es el contrario, que el problema real fue la incapacidad de apertura completa de los mercados en los años ochenta y noventa. A pesar del hecho de que aquella fue la época del denominado Programa de Ajuste Estructural (PAE), una prescripción económica de libre mercado para países en vías de desarrollo cuya adopción era el prerrequisito de futuros préstamos o garantías. Sin embargo, a diferencia del PMA, ni los funcionarios del Banco Mundial ni sus adversarios activistas han propuesto nunca que la crisis mundial agrícola no fuera sino causada por el hombre. De hecho, en no pocas entrevistas, Robert Zoellick, elegido presidente del Banco Mundial en 2007 —tras la corta y turbulenta titularidad de Paul Wolfowitz, ex subsecretario de Defensa de Estados Unidos en el Gobierno de George W. Bush— y en funciones hasta el verano de 2012, fue muy explícito. Negó rotundamente la imagen del maremoto y definió la crisis mundial alimentaria de «catástrofe causada por el hombre que debe ser resuelta por el hombre».
Esta cuestión parecería evidente. Por ello es tan difícil entender por qué alguien tan entendida como Josette Sheeran, cuya titularidad en el PMA ha sido considerada favorablemente incluso por un conjunto inesperado de los muchos críticos izquierdistas de la institución (pese al hecho de que sus raíces políticas estuvieran en la derecha estadounidense, un entorno donde difícilmente se encontrará un amplio apoyo al sistema de las Naciones Unidas), pudiera creer que era correcto referirse a un maremoto silencioso. Y si acaso la imagen del desastre natural no fuera ya pésima, la imagen de una crisis «silenciosa» fue incluso más errada. Pues si la crisis alimentaria mundial provocó un grado tan extremo de alarma y de manera tan vertiginosa, como efectivamente ocurrió, en el seno de una élite política internacional a la que, literalmente durante décadas, le resultaba cómodo hasta el punto de la complacencia ignorar el dilema de la agricultura en el mundo pobre, fue precisamente porque las manifestaciones de la crisis habían sido, digamos, tan escandalosas, es decir, tan potencialmente desestabilizadoras del statu quo. Los maremotos y terremotos causan pánico, pero también en buena medida resignación, lo cual cabe esperar, pues los seres humanos no tienen medios de prevenirlos, solo mejores o peores medidas de rescate y mitigación de sus efectos a largo plazo. Solo cuando la eficacia de los servicios de emergencia y posteriores labores de ayuda al desarrollo son deficientes surge la ira; lo cual, de nuevo, cabe esperar. Por contraste, la ira que ha provocado la crisis alimentaria mundial entre los pobres del sur global, que han sido los principales afectados, y entre los activistas del Norte y Sur que les apoyan, ha sido de un carácter completamente diferente.
Es probable que en las postrimerías del siglo XX y en los comienzos del siglo XXI lo que queda de la izquierda mundial se haya agarrado a un clavo ardiendo al notar demasiado a menudo los elementos constituyentes de una nueva revolución mundial en cada instancia de jacquerie urbana —de las revueltas de Los Ángeles de 1992, a las de Londres de 2011— además de varios episodios de ira estudiantil; de las protestas en Francia de 2005 pasando por las revueltas estudiantiles de Santiago de Chile de 2011 y 2013, el movimiento denominado Occupy que comenzó en Wall Street en otoño de 2011 y que pronto se propagó a muchas partes del mundo antes de extinguirse poco a poco. Sin embargo, en realidad ninguno de esos acontecimientos presentó un grave desafío al sistema mundial tal como está actualmente organizado. Por contraste, una y otra vez las revueltas del hambre, desde el punto de vista histórico, han sido catalizadoras de revoluciones. Es un lugar común que el aumento en el precio del pan fue un catalizador al menos tan importante de la Revolución francesa como los impuestos o las ideas de la Ilustración. Menos conocido es el hecho de que las revoluciones fallidas que estallaron a lo largo de buena parte de Europa en 1848 sucedieron justo después de una serie de sequías letales que al cabo dejaron un gran número de revueltas relacionadas con los alimentos. Y, en los Estados Unidos del siglo XXI, las poco recordadas protestas de mujeres pobres en Nueva York casi cien años antes. Comenzaron en febrero de 1917, continuaron casi dos meses, y se extendieron rápidamente a Filadelfia y Boston. Las semejanzas con la actual crisis alimentaria mundial son asombrosas. Al igual que en 2007 y 2008, las mujeres no se enfrentaron solo a la escasez de alimentos, sino a unos precios que simplemente ya no podían permitirse. Las protestas se concentraron en un exitoso boicot generalizado a los vendedores ambulantes, a quienes la población urbana pobre compraba casi todos los alimentos básicos, y se llegó incluso a la toma no de la Bastilla en aquella ocasión, sino a la del hotel Waldorf Astoria.
Desde el punto de vista histórico, no debería sorprender que una crisis alimentaria mundial genere repercusiones políticas y sociales, quizá de modo más duradero en el Oriente Medio islámico. Pues si bien es importante no exagerar la influencia de la crisis alimentaria mundial en la génesis de la llamada Primavera Árabe, no es descabellado suponer que la mayor depauperación de los pobres en el Magreb que engendraron los acontecimientos de 2007 y 2008 cumplió al menos alguna función, incluso subsidiaria de otras esperanzas y agravios más convencionalmente «políticos» y religiosos. Un informe exhaustivo del gabinete estratégico estadounidense, New England Complex Systems Institute [Instituto de Nueva Inglaterra para el Estudio de Sistemas Complejos], al parecer demuestra la correlación entre las subidas repentinas del precio de los alimentos y los disturbios sociales. Por ejemplo, si bien es cierto que las revueltas extendidas por treinta países en 2007 y 2008 prácticamente desaparecieron en cuanto los precios bajaron a los niveles anteriores a la crisis a principios de 2009, volvieron a estallar en Oriente Medio a finales de 2010 y principios de 2011, cuando los precios se incrementaron de nuevo; es decir, más o menos al mismo tiempo que las protestas empezaron realmente, al principio en Túnez y luego en Egipto.
Es imposible demostrarlo, por supuesto, y, parafraseando a Auguste Bebel sobre el antisemitismo, las teorías conspirativas son el acuerdo político de los necios. Sin embargo, no parecía probable que los gobiernos de los países ricos y las instituciones internacionales e intergubernamentales, tan pasivas (por emplear un eufemismo) en sus respuestas anteriores al problema del hambre en el mundo fueran a reaccionar tan presurosamente, como en efecto ocurrió en 2007 y 2008, si no hubieran sido evidentes los peligros para el sistema de inacción mundial de la actualidad. Al fin y al cabo, si bien es cierto que el súbito incremento de los precios directa o indirectamente causó que al menos cien millones de personas más sufrieran hambre (aunque de ello no resultó ninguna de las dos respuestas demográficas conocidas: la hambruna o la reducción de la tasa de natalidad de la población afectada), entre ochocientos y novecientos millones de personas ya sufrían hambre cuando los precios eran bajos y todos suponían que permanecerían estables o continuarían a la baja como había efectivamente ocurrido durante los treinta años anteriores. ¿Qué transformó en crisis el hambre de unos mil millones de personas si el hambre de ochocientos millones era el pan de cada día? Como si los mayores donantes internacionales, el Banco Mundial o el FMI, hubieran ignorado completamente la preponderancia del hambre y la desnutrición antes de la crisis de 2007. Al contrario, oenegés internacionales especialmente interesadas y expertas en alimentación —sobre todo Acción Contra el Hambre, Concern Worldwide [Cuidado Internacional], Save the Children [Proteger a los Niños] y Oxfam— y unos cuantos gobiernos occidentales —sobre todo la República de Irlanda por la relevancia de la hambruna de 1847 en su historia y memoria colectiva, es decir, en la construcción y politización de su geografía política imaginaria— habían hecho sonar la alarma desde hace muchos años. Pero si bien se adoptaron algunas iniciativas, nunca antes habían logrado recoger el apoyo de dichas instituciones y gobiernos a fin de que surtieran un efecto perdurable en el ámbito macro.
Insisto: por qué fue ese el caso no está nada claro. En cien años probablemente parecerá incomprensible que se precisara de un súbito incremento del precio de los alimentos en la primera década del siglo XXI para que aquellos que ostentan poder e influencia, en lo que tan egoísta y perseverantemente denominamos la «comunidad internacional», dejasen de barrer la crisis de la agricultura mundial bajo la alfombra del desarrollo y finalmente empezaran a pensar con seriedad en ello tras un paréntesis de treinta años. Sostener que podría ser demasiado tarde para reformar el sistema alimentario internacional de manera que prevenga las sacudidas de una crisis tras otra sería ceder ante una injustificable desesperanza. Incluso si se es escéptico sobre el grado en que los mayores donantes del norte global y del Banco Mundial y del FMI cumplirán los nuevos compromisos que han asumido, hay demasiada gente inteligente, comprometida e influyente que se dedica diligentemente a repensar la agricultura mundial como para condenar en la actualidad esta iniciativa al fracaso. Pero de igual modo también sería ingenuo en efecto suponer que solo porque esta gente se ha dedicado a buscar soluciones, estas pueden hallarse por allí. Al menos es posible que, con el aumento de la marea migratoria del mundo pobre al rico, la crisis del sistema alimentario mundial no se «resuelva» nunca, sino que, más bien, lo mejor que cabe esperar es su gestión inteligente. Dados los muchos errores graves cometidos en el pasado, errores que probablemente persigan a legisladores y activistas por igual a largo plazo, esto ya representaría un progreso considerable.
El tópico político según el cual «una crisis convenientemente utilizada es una oportunidad» parecería describir las reacciones del establishment desde 2007. Estas comprenden una amplia gama de iniciativas, desde tecnologías de nuevas semillas, pasando por los derechos de la mujer (la mujeres constituyen la mayoría de los agricultores minifundistas, al igual que la mayoría de los pobres son mujeres: en ese sentido, el desarrollo de la mujer es el desarrollo) a un renovado énfasis en la correcta nutrición de las mujeres embarazadas y los niños desde la gestación hasta los primeros mil días de vida. Y es un hecho histórico empíricamente verificable que la esperanza puede ser un poderoso catalizador de reformas y transformación social. Pero se hace menos hincapié, en una época en la cual la esperanza y el optimismo a menudo se presentan como la única actitud moralmente lícita que puede adoptar toda persona de consciencia y buena voluntad, en que la esperanza también puede ser una negación de la realidad y el «solucionismo» una variante de la vanidad moral e ideológica. No es preciso remontarse a Nietzsche e insistir que «la esperanza es en verdad el peor de los males pues prolonga el tormento de los hombres». Pero un hecho que no está en entredicho es el alcance del daño infligido a la agricultura mundial, sobre todo a los agricultores minifundistas del sur global, en los tres decenios anteriores a la crisis de 2007 y 2008. Como ha señalado el sociólogo filipino y activista por los derechos alimentarios Walden Bello —y es un sentir que respaldaría mucha gente opuesta a compartir su posición política respecto de las medidas que se deben adoptar y el tipo de sociedad que se debe conformar para evitar el desastre—, «aún es pronto para saber» si el daño «se puede revertir a tiempo para evitar más consecuencias catastróficas que se están sufriendo en [el mundo] actual». Lo cual, por supuesto, debería ser evidente. Si no es así, es además porque la esperanza se ha erigido en la posición por defecto de nuestra época, y el realismo (¡ya no se diga el pesimismo!) en la actualidad es ampliamente tenido por un solecismo moral, y casi una traición a lo que se entiende por persona compasiva.
Sin embargo, sea que se mire la crisis del sistema alimentario mundial en curso desde un punto de vista optimista o pesimista, los alimentos se han ido transformando en una mancha de Rorschach para las más enaltecidas esperanzas y los temores más atenazadores de la humanidad. Nada de ello es sorprendente. Es célebre la frase de Napoleón de que un ejército marcha sobre su estómago, pero de hecho toda la civilización humana marcha sobre el suyo. Más de medio siglo de abundancia en el mundo rico —un periodo en que el gasto de alimentación de una familia paulatinamente disminuía— y de dieta opulenta (y no especialmente saludable) del mundo rico en países de renta media desde China hasta Sudáfrica en los veinte últimos años, ha permitido que nosotros los privilegiados lo hubiéramos perdido de vista. No podía haber sido de otro modo, pues el incremento salarial siempre aumenta no solo la demanda de alimentos y mejoras en la dieta, sino también de comida más cara, sobre todo de carne. El cambio en las dietas de América del Norte y de Europa desde los años treinta hasta la actualidad es un buen ejemplo de ello. Otro es el vertiginoso crecimiento de la clase media China, que en dos generaciones pasó del miedo a la hambruna a enfrentarse a la obesidad y a las enfermedades relacionadas con ella. Y a menos que (o hasta que) se cumpla la predicción de Mateo 20:16 según la cual «los primeros serán postreros, y los postreros, primeros», los intereses de estos grupos privilegiados serán los que dicten las prioridades del mundo.
Con lo anterior no se quiere decir que este orden fuera o sea inalterable. El mundo rebosa de crueldad, pero también hay sorprendentemente mucho altruismo por ahí, y sería un grave error subestimar su poder. Se puede legítimamente poner en entredicho la sensatez de sus estrategias, pero sea lo que quiera afirmarse de los mandatarios de muchos países en el norte global que dan ayuda al desarrollo, de las principales oenegés como Oxfam o World Vision [Visión Mundial], de fundaciones filantrópicas como la de Bill y Melinda Gates y del Banco Mundial, lo cual asombra dada su trayectoria, su compromiso de reducir la pobreza es genuino y profundo. Francamente, el cambio de ideas en el Banco Mundial que comenzó cuando James Wolfensohn asumió el mandato de la institución en 1995, y que enfatizó la reducción de la pobreza mundial o, para usar la frase técnica vigente, «crecimiento pro-pobre» (en lugar de crecimiento económico casi a cualquier coste, incluida la exacerbación de la pobreza, como había ocurrido previamente), aún me parece del todo insuficiente. Y de cuando en cuando se nos recuerda que el «nuevo Banco Mundial», con su lema flamante y reluciente, «trabajamos por un mundo sin pobreza», no ha avanzado tanto como se asevera. Por ejemplo, William Easterly, el disidente economista del desarrollo, descubrió mientras escribía su libro The Tyranny of Experts: Economists, Dictators, and the Forgotten Rights of the Poor [La tiranía de los expertos: economistas, dictadores y los derechos olvidados de los pobres] que los funcionarios del Banco tienen prohibido pronunciar la palabra «democracia» porque, en sus estatutos, el Banco no puede interferir en política (de ahí el endeble sustituto de «buena gobernanza»). Pero no distingo indicio alguno para dudar del compromiso ni de la sinceridad de Wolfensohn, ni de las de sus sucesores.
De manera análoga, por razones que expondré detalladamente en este libro, he sido y seguiré siendo muy crítico con la Fundación Gates, tanto en lo que me parece un énfasis excesivo en sus actividades relativas a la creación de subvenciones, de cabildeo y de relaciones públicas basadas en la tecnología para solucionar la crisis alimentaria mundial, como en su creciente capacidad de dictar el debate y de determinar las políticas agrícolas del sistema de las Naciones Unidas y de los principales gobiernos donantes. Pero sean cuales fueren las discrepancias que se puedan mantener con él, Bill Gates no solo podría haberse gastado su dinero en otras cosas además del sida, la educación y la agricultura minifundista, sino que basta escucharle para comprender su seriedad moral. Y esto es igualmente cierto de Melinda Gates, cuyo papel en la dirección de los intereses de la fundación en determinados asuntos es al menos equiparable al de su marido.
¿Sería el nuestro un mundo mejor si la suerte de cientos de millones de agricultores minifundistas, sobre todo en el África subsahariana, no dependiera tanto de lo que, en definitiva, son decisiones adoptadas de manera unilateral, y ciertamente sin responsabilidad democrática alguna, por la pareja más rica del mundo, cuya fundación, como escribió Bill Gates sin pudor en su carta anual de 2013, «elige sus propios objetivos»? Me parece que sí sería un mundo mucho mejor. Pero dada la realidad en la toma de decisiones y en el modo en que se ejerce el poder en el mundo realmente existente a principios del siglo XXI, ¿podrían estos agricultores minifundistas, o, de hecho, nosotros mismos, estar mejor sin la Fundación Gates? Me parece que, si bien no estoy de acuerdo con la idea de que el capitalismo (y sobre todo sus variantes estadounidense o asiática oriental) sea la forma de organización social idónea a la que podamos aspirar, la respuesta sigue siendo no. Me apropio del comentario reconocidamente exculpatorio y sin embargo inolvidable de Donald Rumsfeld sobre los concienzudos o torpes preparativos del Pentágono en vísperas de la Segunda Guerra del Golfo: combates el hambre en el contexto del sistema económico que tienes, no en el del que te gustaría tener.
En cualquier caso, el altruismo de los Gates, si en efecto así ha de llamarse, se asienta en la convicción de que el mundo está en presencia de lo que los economistas Abhijit Banerjee y Esther Duflo, empleando un lenguaje mucho más comedido que el de los Gates, han denominado la «revolución silenciosa» del progreso sostenible. Gates ha afirmado respecto de la mayoría de problemas mundiales que «el tiempo está de nuestra parte»[19]. Pero no está nada claro que tenga razón. Pues incluso si se llegara a un consenso sobre los cambios que habría que implantar, estos podrían resultar tan radicales —la restricción drástica en la cantidad de carne disponible para el consumo humano es un claro ejemplo— que sería política y culturalmente imposible implementarlos. Si ese resulta ser el caso, entonces, en efecto, es muy posible que la distopía hobbesiana de la guerra de todos contra todos prevalezca sobre el orden de la paz perpetua kantiana en una mancomunidad mundial: el fundamento filosófico sobre el cual se alza en definitiva el sistema de las Naciones Unidas, el movimiento por los derechos humanos y el proyecto de la Fundación Gates. Sin embargo, a pesar de lo que está empeorando en el mundo —sobre todo el cambio climático, el cual, si los pesimistas tienen razón, puede hacer irrelevante el debate sobre cualquier otro asunto[20]— la humanidad ha alcanzado asimismo grandes victorias. Probablemente las mayores han sido la paulatina disminución de guerras entre Estados y la contención de las hambrunas, sin cuya comprensión, la naturaleza, el alcance y la importancia de la crisis del sistema alimentario mundial vigente son extremadamente difíciles de estimar. En general mis propias valoraciones son pesimistas. Pero no solo reconozco, sino que insisto en que es del todo posible que en veinte años los optimistas sean los que demostraron tener la razón. Caveat lector.
Si bien creo que es necesario tener en cuenta estas dualidades de optimismo y pesimismo, también quiero dejar claro al lector que no habría escrito este libro si solo hubiera pretendido interpretar a Casandra, que en sí misma no es el tipo de vanagloria más dolosa. Entre 1992 y 2004 trabajé como una suerte de corresponsal de guerra, primero en los Balcanes, después en Ruanda y el Congo, y finalmente en Israel-Palestina, Afganistán e Irak. Lo «mío» no eran las guerras propiamente, ni los horrores del frente, ni la descomposición política que incendió la pira, ni las políticas que más tarde traerían la paz o, si no la paz, al menos acallarían las armas de manera indefinida.
En cambio, di seguimiento sobre todo a lo que ahora todos nombramos dimensión «humanitaria» de esos conflictos. Destiné mi tiempo a los campos de refugiados, de desplazados internos, y a agencias de la ONU (sobre todo al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados [ACNUR]) y oenegés de ayuda humanitaria (en particular con el Comité International de Rescate y Médicos Sin Fronteras). En aquella época —especialmente durante los años noventa, antes de que el 11-S pusiera fin a la era en la que Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña habían imaginado que la función principal de sus ejércitos era la de policía mundial, aunque solo cuando ellos mismos lo decidieran (Ruanda. ¡Ruanda!), en intervenciones para prevenir atrocidades en masa— esos conflictos recibían mucha más atención de los medios y, posiblemente, a veces también en el sistema de las Naciones Unidas, que todos los esfuerzos humanitarios en curso, fueran eficaces o no, para paliar la agobiante pobreza de tantos cientos de millones de personas en países y regiones que no estaban en guerra. «Si sangra, manda» y todo lo demás.
No me atrevo a juzgar si era bueno o malo. Sin embargo, de lo que sí estoy seguro es de que, a pesar del derrocamiento del régimen de Gadafi en Libia, la incertidumbre de las consecuencias en Sudán, la intervención francesa en Mali, las limpiezas y masacres étnicas en la República Centroafricana y los horrores de la guerra civil en Siria, que continúan su trituración incontenible mientras escribo, la época de la guerra humanitaria en buena medida ha concluido. La cuestión consiste en saber si también el fin de la pobreza es inminente. Cuando oí por primera vez que se proponía un «sí» como respuesta por parte de un amplio conjunto de personalidades públicas influyentes, desde estrellas populares como Bob Geldof y Bono, hasta economistas como Jeffrey Sachs, y un séquito de periodistas y escritores que loaban el poder de transformación de lo que denominaban «filantrocapitalismo», no podía creer que hablaran en serio. A mi juicio, la observación bíblica de que los pobres estarían siempre entre nosotros me parecía mucho más certera. Pero estaba muy equivocado. Como habría de enterarme más tarde, y narraré más detenidamente en este libro, la convicción de Jeffrey Sachs de que era absolutamente viable, siempre que los países ricos aportasen la suma necesaria —dinero que Sachs insiste es insignificante comparado con los presupuestos militares de Estados Unidos o incluso con la rutina de bonificaciones en Wall Street y la City—, la erradicación de la pobreza extrema en 2025 se había convertido en la creencia popular de todo el ámbito del desarrollo.
No todos están de acuerdo. Algunos escépticos del ámbito del desarrollo como William Easterly y Dambisa Moyo, cuyos trabajos son tenazmente desechados como excesivamente «opuestos a la ayuda» por el establishment alimentario mundial y del desarrollo (Gates ha arremetido contra Moyo con agria vehemencia), han razonado que el capitalismo y no las ayudas oficiales para el desarrollo o la filantropía sacarán a la gente de la pobreza. Al mismo tiempo, mucha gente y organizaciones de la antiglobalización de izquierdas están firmemente convencidos de que todo avance significativo en la reducción de la pobreza, por no mencionar el fin de la pobreza misma, será imposible de mantener mientras prevalezca el orden capitalista vigente. Puesto que la Fundación Gates es de algún modo la apoteosis de ese orden, simplemente manifiestan su escepticismo de que instituciones semejantes y los gobiernos con los que colaboran cada vez más estrechamente puedan originar los grandes cambios que hacen falta. Una cosa es que los capitalistas sean filántropos, sostienen, y otra muy distinta es esperar que los Gates y los Buffetts del mundo se suiciden con su clase.
Cuando la crisis alimentaria mundial estalló en 2007, y reveló la crisis general del sistema alimentario mundial del cual era solo un síntoma, supuse que quienes predecían con tanta confianza que la pobreza extrema sería cosa del pasado al menos modificarían sus puntos de vista y reducirían sus previsiones. Pero, más que reducirse, se han duplicado. Los funcionarios de las Naciones Unidas y del Banco Mundial, los directivos de las grandes oenegés del ámbito del desarrollo, y personalidades como Bill y Melinda Gates y Bill Clinton se empeñaron en insistir que no solo se ha progresado, lo cual en algunas regiones del mundo es indudablemente cierto, sino que a efectos prácticos este progreso es incontenible. Este punto de vista es patente en Getting Better [Mejorando] de Charles Kenny, cuyo subtítulo entero reza: «Por qué el desarrollo mundial está mejorando y cómo podemos mejorar el mundo aún más», un libro que ha merecido profusos elogios de Bill Gates. Según expresión del propio Kenny, era indudable que el mundo estaba «ganando la guerra contra el sufrimiento humano», y su punto de vista representa en buena medida el consenso de la mayoría. Al responder a una pregunta que le formulé por Twitter a los dos años de la publicación del libro, Kenny manifestó que si había pecado de algo era de no haber sido lo bastante optimista, aunque fue mérito suyo reconocer que algo de fe había en su opinión según la cual la amenaza del calentamiento global sería encarada con seriedad.
Supongamos por caso que Kenny tiene razón sobre las tendencias actuales: incluso los «optimistas impacientes» como él y Bill Gates (la expresión es el nombre de la página web de la Fundación Gates) al parecer reconocen que la victoria sería pírrica salvo que el sistema alimentario mundial —el cual, repito, incluso el establishment alimentario sabe que está estropeado— pudiera repararse de tal manera que diera seguridad alimentaria a los casi mil millones de pobres que no disfrutan de dicha seguridad hoy día. Por supuesto que Gates lo sabe, y por eso ha destinado tantos recursos de su fundación a la agricultura. Aunque se trate de un optimista, Gates es un «optimista de la pobreza» sensato que entiende tanto o más que nadie que se puede poner fin a la pobreza extrema mientras perdure el hambre. Y es posible que tenga razón. Pero ¿y si el futuro se rehúsa a cooperar?
El propósito de este libro consiste precisamente en intentar entender por qué ese podría ser el caso, y si en efecto está equivocada en parte la formulación optimista del futuro de casi todo el ámbito del desarrollo, y cuáles son las opciones distintas a su ideario sobre lo que puede y debe hacerse. ¿Es una alternativa viable el programa de grupos militantes como Vía Campesina y, más ampliamente, del movimiento antiglobalización, que pretende suplantar el sistema capitalista imperante tanto en sus aspectos de producción como en los de consumo? ¿O es el enfoque basado en los derechos que impulsa Oliver de Schutter —el abogado belga y relator especial de las Naciones Unidas sobre alimentación, cuya expresión más refinada y desarrollada es el movimiento Right to Food [Derecho a la Alimentación] en la India, que reclama la obligación legal y universal de los gobiernos de suministrar suficiente alimento nutritivo para todos— el que dejará ver un mayor potencial para transformar lo que los críticos del establishment alimentario, e incluso algunos en su seno, tienen por un sistema alimentario mundial cada vez más disfuncional?
Ambas visiones de lo que puede y debe ser el sistema apenas podrían ser más dispares. Reconocerlo no descarta necesariamente la posibilidad de encontrar puntos en común. En efecto, a diferencia de su predecesor, el político y escritor suizo Jean Ziegler, Oliver de Schutter intentó durante su mandato como relator especial facilitar reiteradamente encuentros entre ambos bandos precisamente con ese fin. Al mismo tiempo, aunque durante ese periodo De Schutter no siempre hizo explícito su punto de vista, el «potencial transformativo del derecho a la alimentación» no era solo un llamamiento a la transformación radical del sistema alimentario mundial, sino a la del orden mundial en su totalidad. «El contenido normativo del derecho a la alimentación —escribió— puede resumirse refiriéndose a las necesidades de disponibilidad, accesibilidad, adecuación y sostenibilidad, que deben constituirse en derechos protegidos jurídicamente y garantizados por medio de mecanismos de rendición de cuentas»[21]. La dificultad que esto entraña, como sin duda sabía De Schutter, era que las normas no son realidades, aunque la comunidad internacional por los derechos humanos a menudo prefiera actuar como si creyera lo contrario. «Todas las revoluciones democráticas comienzan con los derechos humanos», escribió De Schutter[22]. Aunque tuviera razón, esto eludía una cuestión sin duda impopular en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas que lo había designado, pero que era en realidad la cuestión destacada: ¿había algún fundamento para pensar que los albores del siglo XXI son una época revolucionaria, fuera o no democrática?
Los defensores de los esfuerzos actuales de reforma como los que la Fundación Gates ha tenido la función central de promover no tienen ese inconveniente. Al contrario, a pesar de todas sus tragedias (que, por supuesto, reconocen y deploran), los últimos dos siglos han instaurado una época de avances sin precedentes en la ciencia, la tecnología y, como señaló Jeffrey Sachs, «en la satisfacción de las necesidades humanas»[23]. Por eso el punto de vista imperante sostiene que, si bien las reformas son muy necesarias y en algunos ámbitos incluso urgentes, es absurdo repudiar un sistema que durante dos siglos ha presenciado la continua trayectoria ascendente de las condiciones mundiales de vida y la reducción de la proporción de gente pobre entre la población mundial. Y según Sachs, Gates y otros muchos defensores inteligentes y serios de la reforma, pero no de la revolución, el luminoso altiplano de un mundo libre de pobreza extrema ya se vislumbra —en menos de treinta años, según el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim— y si todos tiráramos del carro, podría estar incluso antes a nuestro alcance.
¿Qué podemos concluir de lo anterior? El lema del movimiento antiglobalización, y adviértase que es mucho más modesto que «El fin de la pobreza» de Sachs, es «Otro mundo es posible». Al cual la respuesta más sensata si no la más ejemplar es «Sí, sin duda es posible. Aunque no es probable». Pero está claro que los activistas tienen razón en algo: en el futuro la escasez de agua y alimento, sea esta absoluta o relativa, y las crisis políticas y sociales que de ellas se deriven probablemente acaben arrastrando al mundo al barrizal sangriento de una guerra de todos contra todos, a menos que se alcance algún pacto histórico, por invocar el término que usaron los italianos para referirse a las negociaciones de los años setenta entre los partidos Comunista y Democristiano, entre los mundos rico y pobre. A la fecha de estas líneas, es obviamente imposible saber qué dirección seguirán los acontecimientos. La partida acaba de empezar, y sin duda yo ya no estaré entre los vivos cuando quede claro el resultado definitivo. Si me viera obligado a apostar, optaría por la guerra del todos contra todos, pero se trata solo de una apuesta. Sobre la que en verdad espero que Jeffrey Sachs, Bill y Melinda Gates, Hillary Clinton, Bono, y todos aquellos con puntos de vista semejantes, tengan razón y yo esté absolutamente equivocado.

2. EL PRECIO DEL OPTIMISMO
Seis siglos antes del comienzo de la era cristiana, el profeta Ezequiel declaró que el hambre era el oprobio de las naciones. Lo que sobre todo quería decir con hambre era hambruna, el hambre que mata. Y durante buena parte de los dos mil seiscientos años transcurridos desde los tiempos de Ezequiel, en casi todas partes del mundo sus palabras han seguido siendo tan convincentes como cuando las escribió. La hambruna es una constante en la historia de la humanidad, de irrupción tan regular y fiable como la llegada de las cuatro estaciones y
