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Memorias de Idhun 3. Panteon

Fragmento

Título

I
PIEDRA Y HIELO

LA magia no era suficiente.

Se había dado cuenta muchos días atrás, pero simplemente no había querido creerlo. Por pura obstinación había seguido su marcha hacia el norte, siempre hacia el norte, aun cuando ni todos los hechizos térmicos eran ya capaces de mantener su cuerpo caliente, aun cuando hacía ya días que su montura había caído sobre la nieve, abatida por el frío y la inanición.

Pero él había continuado su viaje a pie, cojeando. Y ahora sabía que estaba muy cerca: los conjuros localizadores no podían haberse equivocado.

Y, no obstante…

Se detuvo un momento, tiritando. Se pasó la lengua por los labios amoratados y miró en torno a sí, desorientado. La ventisca confundía sus sentidos; la cortina de nieve le impedía ver qué había más adelante, y el sordo sonido del viento lo aturdía sin piedad. Buscó algún punto de referencia, pero ni siquiera fue capaz de distinguir los picos de las montañas en la oscuridad.

Ya no tenía fuerzas para abrir un túnel seco entre la tormenta de nieve. La magia lo abandonaba poco a poco, y apenas conseguía mantener su cuerpo caliente.

Cuando fue consciente de que sentía el frío, comprendió de pronto que, si el hechizo térmico ya no funcionaba, ningún otro lo haría tampoco. Tenía que detenerse, descansar en algún sitio, buscar un refugio.

Se volvió hacia todos lados, pero solo el viento y la nieve respondieron a su muda petición de auxilio. Se echó sobre las manos el poco aliento que le restaba y siguió caminando, abriéndose paso a duras penas por la helada tierra de Nanhai.

Volvió a detenerse unos metros más allá, sin embargo. Sus sentidos de mago lo alertaban de un peligro indefinido, oculto en algún lugar de la tormenta. O tal vez su intuición, al igual que su magia, le estaba fallando también.

No tuvo tiempo de preparar un hechizo de protección antes de que la bestia se le echara encima.

El mago ahogó una exclamación y pronunció instintivamente las palabras de un conjuro defensivo; pero nada sucedió: la chispa de su magia no prendió, su poder no acudió a su llamada.

Tuvo apenas un instante para echarse a un lado y rodar sobre la nieve, tratando de alejarse del animal, pese a que sabía que, una vez en el suelo, ya no tendría escapatoria. Se arrastró como pudo, pero la bestia ya cargaba de nuevo contra él. El mago dio media vuelta y alzó los brazos, para protegerse, en un movimiento instintivo completamente inútil. Y, cuando las garras de la bestia se hundieron en su carne, el joven hechicero gritó de dolor y de terror, y se preguntó con incredulidad cómo era posible que hubiera llegado tan lejos para acabar de aquella manera.

La bestia coreó su grito con un gruñido. Pero, inesperadamente, dio un respingo y emitió un lastimero aullido de dolor. Hizo un esfuerzo por alejarse de su víctima, pero las patas no lo obedecieron. El mago lo vio echar la cabeza hacia atrás, abrir las fauces en un grito silencioso, poner los ojos en blanco… y después, la enorme bestia cayó pesadamente sobre él: muerta.

Tardó un poco en asimilar la idea de que, de alguna milagrosa manera, se había salvado. Se arrastró como pudo desde debajo del voluminoso cuerpo del animal, jadeando y sujetándose el vientre ensangrentado, dejando un rastro carmesí sobre la nieve. No quiso pensar en que, aun con la bestia muerta, en su estado sería muy difícil salir vivo de allí. Sin embargo, inmediatamente, otro asunto vino a reclamar su atención.

Ante él se alzaba una figura alta y esbelta, ataviada con una capa de pieles blancas que la ventisca sacudía furiosamente. Sostenía en la mano derecha una espada cuyo filo irradiaba un suave brillo glacial. El mago levantó la cabeza hacia él, y el recién llegado le devolvió una mirada indiferente e inhumana que lo atemorizó aún más que la bestia que había estado a punto de quitarle la vida. Con todo, conocía aquellos ojos azules demasiado bien.

Intentó levantarse, pero no fue capaz. Se le nubló la vista y cayó cuan largo era sobre la nieve, a los pies de su salvador.

Despertó en un lugar cálido y acogedor. No obstante, seguía teniendo frío, mucho frío, sobre todo en el estómago. Abrió los ojos con esfuerzo, pero no pudo hacer nada más. Se sentía demasiado débil.

De pronto, un rostro de piedra apareció en su campo de visión. Lanzó una breve exclamación de sorpresa; enfocó mejor la mirada, y pudo decir, con un hilo de voz:

–¿Yber?

El gigante gruñó algo y se retiró un poco. Fue otra voz, serena e impasible, la que respondió a su pregunta.

–Se llama Ydeon.

Giró la cabeza y descubrió entonces a una silueta vestida de negro, sentada cerca de él, que lo observaba con seriedad. Parpadeó un par de veces y frunció el ceño.

–¿Kirtash? ¿Qué haces aquí?

–Salvarte la vida una vez más –respondió el joven con cierta dureza–. Algo que se está convirtiendo en una costumbre, por lo que veo. También podría preguntarte yo qué haces aquí, Shail. ¿Acaso me buscabas?

Shail empezaba ya a pensar con claridad.

–No eres tan importante –murmuró, molesto–. No, no te buscaba a ti. ¿Qué te hace pensar eso?

–Entonces, ¿cómo has llegado hasta aquí? Ydeon podrá decirte que no son muchos los que vienen a visitarlo.

–No me metas en esto –rechinó el gigante–. Es amigo tuyo, ¿no?

–No somos amigos –replicaron los dos a la vez; enseguida guardaron silencio, percatándose de lo absurdo de la situación.

–No me metáis en esto –repitió Ydeon–. Me voy: tengo cosas que hacer.

Se levantó para marcharse; se detuvo un momento junto a Shail.

–Toma –le dijo, tendiéndole un cuenco de sopa–. Te sentará bien. Shail alzó la cabeza y lo miró, agradecido. Esbozó un gesto de dolor al alargar la mano hacia su bastón. Ydeon se inclinó para acercarle el cuenco.

–Fea herida, mago –comentó.

–Se curará, supongo… –empezó Shail, pero se interrumpió al darse cuenta de que el gigante no se refería a la lesión de su estómago–. Ah, eso –dijo entonces, echando un vistazo mohíno a su pierna lisiada–. No, eso no se curará, me temo. No puede crecer de nuevo.

–Humm –masculló Ydeon, pensativo–. Nunca se sabe. Pudiera ser.

Shail no replicó. No le gustaba hablar del tema, y menos con un desconocido. Tomó el cuenco con ambas manos, porque era tan grande como un balde, y se concentró en el caldo que humeaba en su interior.

El gigante inclinó la cabeza, todavía meditabundo, y abandonó la estancia sin una palabra.

Ninguno de los dos jóvenes habló durante un rato. Sentado en un rincón, Christian contemplaba, absorto, el reflejo de las luces de la caldera de lava que calentaba la habitación, con ese aire aparentemente relajado que era propio de él. Shail terminó la sopa y trató de dejar el cuenco en una repisa, pero la herida no se lo permitió. Conteniendo un grito de dolor, se arriesgó a mirar hacia abajo. Le sorprendió ver que el frío que sentía no era solo una impresión suya: tenía el vientre cubierto de escarcha.

–¿Qué me has hecho? –pudo articular, con una nota de temor en su voz.

Christian no se volvió para mirarlo.

–Es una técnica shek de curación –repuso, lacónico–. La herida sanará más deprisa.

Shail tardó un poco en responder.

–Supongo que debo darte las gracias –admitió, de mala gana.

–No te molestes. No lo he hecho por ti.

–Ya lo suponía. ¿Qué era esa bestia de la que me has rescatado?

–Un barjab. Salen a cazar por la noche, pero son lentos y pesados. No son difíciles de matar…, en condiciones normales.

–El Anillo de Hielo casi acaba conmigo –admitió el mago tras un momento de silencio–. Mi magia ya había dejado de funcionar cuando ese animal me atacó. Si no llegas a aparecer…

–Ya te he dicho que no lo he hecho por ti –cortó Christian con sequedad–. No vuelvas a mencionarlo.

Shail lo miró, conteniendo la ira.

–Si tanto te importa Victoria, ¿por qué la abandonaste? –le reprochó.

Christian no alzó la voz, pero su tono era peligrosamente gélido cuando dijo:

–Piensa lo que quieras, mago. No voy a perder el tiempo dándote explicaciones y, además, no tengo por qué hacerlo.

–Tal vez no tengas que dármelas a mí –replicó Shail con más suavidad–, sino a ella. ¿Qué pasará si despierta y no estás allí? O, peor aún… ¿qué pasará si no sobrevive? Si tanto la quieres, ¿por qué no estás a su lado ahora?

Christian no respondió. Shail suspiró, inquieto. Aquel joven le inspiraba sentimientos encontrados. Por un lado, había luchado a su lado en la Resistencia, había contribuido a la caída de Ashran, había arriesgado su vida por Victoria. Pero antes de eso había sido su enemigo en la Tierra durante cinco años, a lo largo de los cuales la Resistencia había tratado, sin éxito, de salvar las vidas que él iba arrebatando sin la menor compasión. Además, ya los había traicionado en una ocasión, y el propio Shail había sido testigo de cómo asesinaba a Jack en los Picos de Fuego. El milagroso e inexplicable retorno del dragón al mundo de los vivos no podía borrar el hecho de que el shek lo había matado.

–He venido hasta aquí siguiendo la pista de Alexander –dijo entonces, cambiando de tema–. ¿Has sabido algo de él?

Christian tardó un poco en responder.

–No –dijo finalmente–. Pero si está en Nanhai, los gigantes lo encontrarán.

Shail asintió y se tendió de nuevo sobre el jergón. Se sentía débil todavía; aún necesitaría mucho reposo para restablecerse por completo. Christian se levantó, con intención de salir de la estancia. Pero se detuvo en la entrada y se volvió hacia el mago.

–Ella está bien –dijo a media voz. Shail abrió los ojos.

–¿Cómo dices?

–Que ella está bien. Estable, quiero decir. Sigue inconsciente, pero su corazón todavía late. Sigue ahí, a pesar de todo el tiempo que ha pasado. Creo que eso es una buena señal.

–¿Cómo… cómo sabes todo eso?

–Porque todavía lleva puesto mi anillo.

El anillo… Shail recordó aquella joya, que tan siniestra le resultaba. La piedra, engarzada en una serpiente de plata, parecía un ojo que espiara a todo el que posaba su mirada en ella. El mago había supuesto desde el principio que aquel no era un anillo cualquiera. Siempre había sospechado que el shek controlaba a Victoria de alguna manera a través de él. Había tardado en aceptar el hecho de que la voluntad de Victoria, incluso con la sortija puesta, seguía perteneciéndole a ella. Lo que la joya proporcionaba a ambos era una suerte de comunicación sin palabras que los mantenía unidos incluso en la distancia. «Es un amuleto poderoso», se dijo Shail. Ciertamente, lo era; pero también se trataba de una prueba de afecto, de un vínculo que simbolizaba el sentimiento que, contra todo pronóstico, había enlazado los destinos de un unicornio y un shek en algún punto intermedio entre dos mundos sumidos en el caos.

Y, por un momento, Shail los envidió a ambos. Su propia relación con Zaisei, la sacerdotisa celeste, era hermosa y sincera, pero no gozaba de la intensidad del amor que se profesaban Christian y Victoria. Tampoco tenían modo de seguir comunicados cuando se separaban; al menos, no de esa manera. Shail había abandonado la Torre de Kazlunn varios meses atrás. Se había despedido de Zaisei, con el convencimiento de que ella estaría segura con Gaedalu y los magos de la Orden. Pero seguía echándola de menos cada noche, soñando con el instante en que volvería a estrecharla entre sus brazos.

Perdido en sus recuerdos, Shail se sumió lentamente en un pesado sopor. No fue consciente de que Christian abandonaba la estancia, en silencio.

La recuperación de Shail fue lenta, pero progresiva. Durante el tiempo que pasó en casa de Ydeon, el gigante, apenas vio a Christian. El joven entraba y salía sin dar explicaciones a nadie, y en ocasiones tardaba incluso varios días en regresar. No daba la impresión de que Ydeon lo echara de menos.

También el gigante parecía tener siempre asuntos que atender. Los primeros días, Shail escuchó ruidos rítmicos, metálicos, provenientes de un taller cercano, tal vez una fragua. Cuando fue capaz de ponerse en pie y caminar, descubrió que, efectivamente, el obrador de Ydeon era una forja.

Como a Shail nunca le habían interesado especialmente las armas, no lo molestaba cuando estaba trabajando. Se limitaba a sentarse en la habitación de al lado, junto a la caldera, pensativo, y dejaba pasar las horas. Ydeon era incansable y, por otro lado, en los últimos días parecía estar inmerso en algún trabajo importante que lo absorbía casi por completo, por lo que apenas dedicaba tiempo a atender a su invitado. Shail había llegado a conocer bastante bien el carácter de los gigantes a través de Yber, el hechicero gigante con el que había trabado amistad durante su estancia en Nurgon, por lo que sabía que, para Ydeon, aquello no suponía ninguna descortesía. Los gigantes, especialmente aquellos que apenas salían de Nanhai, eran gente muy independiente. Les resultaba extraña la idea de que alguien necesitara atención y compañía constantes, a no ser que estuviese gravemente enfermo. Y, gracias a los cuidados de Christian y de Ydeon, Shail ya no lo estaba.

Con todo, echaba de menos conversar con alguien. La solitaria caverna de Ydeon contrastaba vivamente con la bulliciosa fortaleza de Nurgon, donde había pasado los últimos meses, antes de la caída de Ashran. A veces, Ydeon se sentaba junto a él después de una larga jornada de trabajo en la fragua. En tales ocasiones, Shail intentaba conocer un poco mejor a su anfitrión, trataba de desentrañar las razones que lo habían llevado a desarrollar algo parecido a una amistad con Kirtash, el shek, el hijo del Nigromante. También le hablaba de la guerra, de las serpientes aladas, de lo que sucedía más allá del Anillo de Hielo, de la llegada de los dioses, que debía de ser inminente, pero de la que aún no había más vestigios que las ensordecedoras voces de los Oráculos. Le preguntaba al gigante qué opinión le merecía todo aquello, en un intento de situarlo en alguno de los bandos que participaban en aquel caos.

Invariablemente, siempre terminaban hablando de espadas.

Aparte de su pasión por las armas, y del hecho de que su interés por Haiass, la espada de Christian, había motivado el inicio de su relación con el shek, Shail no pudo averiguar mucho más.

Una tarde, Christian regresó a la caverna de Ydeon después de una ausencia de cuatro días. Se sentó junto al mago y le dirigió una breve mirada.

–Tienes mucho mejor aspecto –comentó.

–Cierto, y es una buena noticia, al menos para mí –asintió Shail–. En cambio, para ti el destino que pueda correr un simple humano no es algo digno de interés, ¿me equivoco?

–No. Pero sucede que, aun siendo un simple humano, tienes acceso a cierta información que puede serme de utilidad. Por no hablar del hecho de que alguien que me importa mucho te tiene cierto cariño. Pero no quiero hablar de ella ahora.

–¿De qué quieres hablar, pues?

–Tienes buenas relaciones con algunos sacerdotes –dijo Christian– a pesar de ser un mago. Sé que mientras estuviste en la Torre de Kazlunn trataste de averiguar más cosas acerca de los dioses. Este es un tema que se me escapa, lo reconozco. Nunca he sentido demasiado interés por los Seis.

–No me sorprende, teniendo en cuenta que fuiste criado por el Séptimo –comentó Shail.

Christian entornó los ojos. El mago se dio cuenta de que el hecho de que su padre hubiera resultado ser el Séptimo dios no era una idea que el joven encontrara precisamente tranquilizadora.

–Pero ahora necesito saber más de ellos. Necesito saber si… –dudó un momento y alzó la mirada hacia Shail, antes de continuar–, si puede llegar a importarles la vida o la muerte del último unicornio.

El mago calló, sorprendido.

–¿Insinúas que ellos podrían ayudar a Victoria? –dijo después, lentamente.

–¿Quién si no? Estamos hablando de los dioses que crearon a los unicornios. Si alguien puede volver a hacer crecer su cuerno, o devolverle la vida a su esencia de unicornio, esos son ellos.

–Comprendo –asintió Shail.

–También pudiera ser –prosiguió Christian– que en el fondo no les importe. Dejaron que Ashran exterminara a toda la raza de los unicornios, y salvaron solo a uno para que se enfrentara a él. Ahora que ha cumplido con su misión, ahora que Ashran ya no es una amenaza y que pueden combatir al Séptimo en su propio plano, ya no necesitan a Victoria para nada.

»Y, si esto es así, si ellos no están dispuestos a protegerla, entonces tendré que ser yo quien la ponga a salvo.

Shail respiró hondo y trató de ordenar sus ideas.

–Seamos realistas, Kirtash: Victoria no depende solo de ti. Tiene amigos, gente que también la quiere y que va a cuidar de ella. No puedes comportarte como si fuera solo responsabilidad tuya. Además, hace ya tiempo que no estás en muy buenas relaciones con la Resistencia: desde lo sucedido en los Picos de Fuego, y por mucho que Jack parezca haberte perdonado, ya no podemos considerarte uno de nosotros. Así que no puedes pretender…

–No soy uno de vosotros –cortó Christian con frialdad–. Nunca he sido uno de vosotros –se volvió para mirarlo, y Shail retrocedió por puro reflejo, intimidado–. Victoria es un unicornio, una criatura sobrehumana. No estáis preparados para cuidar de ella, ni tenéis por qué hacerlo. Ahora que la profecía se ha cumplido, la misma Resistencia ya no tiene ninguna razón de ser. Ahora que todo ha pasado, somos Jack y yo quienes debemos responsabilizarnos de ella.

–¿Y por qué razón, si puede saberse?

–Porque ella ya no es una niña a la que puedas adoptar como hermana menor, hechicero. Ha crecido, ha madurado y se ha vuelto mucho más poderosa que todos vosotros juntos.

Shail vaciló, recordando la conversación que había mantenido con Jack tiempo atrás, antes de partir de viaje.

–¿Y Jack? ¿Cuentas con él cuando haces planes acerca de Victoria?

–Por supuesto que sí. Pero él estaría de acuerdo conmigo. Este no es su mundo y, puesto que ya hizo lo que se esperaba de él, estará encantado de marcharse de aquí.

Shail sacudió la cabeza.

–No –murmuró–. Él no es así: no nos daría la espalda.

–No tiene ninguna obligación de morir por Idhún. Ni él, ni ninguno de nosotros. Lo forzasteis a tomar parte en una guerra que no era la suya, en una profecía que lo enviaba a una muerte casi segura. No podéis pedirle que siga peleando. Ni mucho menos pretender que se enfrente a un dios.

Shail no replicó. Christian se puso en pie.

–Si tanto os importa vuestro mundo, luchad por él y dejad de esconderos detrás de los dragones, como habéis hecho siempre. Y dejadnos en paz a los demás.

Shail alzó la cabeza.

–¿Y qué hay de los sheks?

–Los sheks tienen ya bastante con luchar por su propia supervivencia. Están disgregados, y tardarán un tiempo en reorganizarse.

–¿Y tú? ¿Sabes algo acerca del Séptimo? ¿Acerca de dónde se encuentra?

–¿Acaso importa eso?

–Claro que importa. Si ha de iniciarse una guerra de dioses, comenzará allá donde el Séptimo se encuentre. Por eso es importante que reunamos toda la información posible.

Christian volvió a sentarse y reflexionó unos instantes.

–El Séptimo es una sombra –dijo–. Ha tenido que ocultarse siempre en lugares que los otros dioses descuidan. Por esta razón se relaciona con sus criaturas mucho más que los otros Seis, que viven en su propia dimensión, ajenos a lo que sucede en la superficie del mundo. Los sheks y los szish son sus hijos. Él cuida de ellos, pero también los utiliza. Todas las serpientes han de servir y obedecer sus órdenes, puesto que sus objetivos son también los nuestros.

–¿Es eso lo que os enseñan acerca de vuestro dios? No es mucho.

–Es suficiente. El culto al Séptimo es una religión misteriosa y secreta, porque ha sido perseguida en Idhún, y porque nuestro dios ha de ocultarse entre las sombras hasta que esté preparado para enfrentarse a los otros Seis. Por esta razón no se nos revela gran cosa acerca de él.

–¿Cómo es posible que se hubiera ocultado en el interior del cuerpo de Ashran? ¿Lo sabías tú?

–No; solo Zeshak, el rey de los sheks, estaba al tanto de ello. Lo creas o no, he estado pensando mucho en esto. Creo que el Séptimo utiliza a seres mortales como disfraz para esconderse de los Seis.

–¿Y por qué un humano? ¿Por qué no un szish, o incluso un shek?

–También yo me lo he preguntado. Y he llegado a la conclusión de que es porque los humanos son más insignificantes que los sheks. Si se trataba de ocultarse, un humano era más difícil de detectar que un shek; aun cuando ese humano fuera Ashran el Nigromante. La mirada de los dioses es muy amplia. Ven mucho y muy lejos, pero, justamente por eso, las cosas más pequeñas les pasan más desapercibidas, de la misma manera que tú puedes ver una res en un prado, pero difícilmente te fijarás en los insectos que pululan entre la hierba, a tus pies.

»Aun así, un cuerpo humano, tan limitado, resulta incómodo para un dios; por lo que, puestos a elegir, resulta mucho más práctico si ese humano es, además, un mago, poseedor de unas habilidades que los humanos comunes no tienen. Por otra parte, un mago sangrecaliente es mucho más poderoso que cualquier mago szish, porque ha tenido la oportunidad de formarse en las Torres de hechicería, lo cual siempre se les ha negado a los hombres-serpiente.

–Lo que intentas decirme es que Ashran era un mago como los demás… hasta que el Séptimo lo… poseyó, o lo que quiera que hiciera con él, ¿no?

Christian asintió.

–No me preguntes cómo sucedió: mis deducciones no han llegado a tanto. Pero ambos, el hombre y el dios, llegaron a ser uno solo. El hombre podía ser destruido, pero no el dios…

–…Y, al salir de ese escondite humano, fue claramente visible para los otros Seis, ¿no? Por eso vienen a buscarlo ahora. ¿Qué pasará con los sheks? ¿Saben lo que está ocurriendo? ¿Sabe alguno de ellos dónde se encuentra el Séptimo?

–Las informaciones que circulan por la red telepática son fragmentarias y confusas. Zeshak nombró a una sucesora antes de morir: Ziessel, que había estado gobernando Dingra antes de la batalla de Awa. Pero Ziessel ha desaparecido. Se fue a otro mundo, dicen. Hay quien afirma que murió durante el viaje. Sinceramente, no lo sé. Pero, si está viva, encontrará la manera de restablecer la red de los sheks y de reunirlos a todos en torno a ella.

»Entretanto, los sheks están sin líder. Hay dos cabezas visibles: Sussh en el sur y Eissesh en el norte. El viejo Sussh sigue gobernando en Kash-Tar. Eissesh sobrevivió de milagro al incendio del cielo, y dicen que se está recuperando de sus heridas en las montañas. Pero ya está reuniendo a todos los sheks y szish supervivientes de Nandelt. Cuando se restablezca por completo, es posible que reclame para sí el liderazgo de nuestra gente.

»Sospecho que el Séptimo, esté donde esté, se habrá puesto en contacto con Ziessel, si es que sigue viva; de lo contrario, se revelará ante el nuevo líder: Eissesh, Sussh… quien sea. Si tienes interés en saber dónde se encuentra, pregúntale a uno de ellos. Para el resto de los sheks, nuestro dios sigue siendo algo misterioso y desconocido.

–No lo era tanto para ti, ¿no? –dijo Shail con delicadeza. Christian no respondió.

–¿Y qué pasa contigo? –quiso saber el mago–. ¿Eres aún parte de la comunidad shek?

–¿Después de lo que pasó? –replicó él, casi riéndose–. Hundí a Haiass en el cuerpo humano de mi dios: creo que lo que hice puede considerarse no solo alta traición, sino también un auténtico sacrilegio.

Shail no replicó, pero escuchaba con interés. Lo que había sucedido durante el enfrentamiento en la Torre de Drackwen era todavía un misterio para él.

–No sé qué aspecto tiene un dios sin cuerpo –prosiguió Christian–, pero no pienso quedarme a averiguarlo. Los Seis van a presentarse aquí, en Idhún. Lo más inteligente que podemos hacer los mortales es apartarnos de su camino y escondernos lo más lejos posible.

Shail no supo qué decir.

–Lo único que quiero saber –prosiguió Christian– es si tus dioses estarían interesados en preservar la magia en el mundo. Se supone que los unicornios son sus criaturas más perfectas, ¿no?

–Se supone, sí. Y se suponía que eran intocables y que nada podía dañarlos… hasta el día de la conjunción astral. Entonces murieron todos los unicornios de golpe, y solo Lunnaris se salvó. Pensé… que los dioses reservaban para ella un destino especial, no solamente relacionado con Ashran y la profecía. Pensé que ella estaba destinada a restaurar la magia de los unicornios en el mundo. Pero ahora le han arrebatado el cuerno… y, una vez más, los dioses no han hecho nada para impedirlo. Por eso no sé qué decir, Kirtash. Antes de la conjunción astral, incluso antes de regresar a Idhún, te habría dicho que los dioses no abandonarían al último unicornio bajo ninguna circunstancia. Ahora ya no sé qué pensar. Todo aquello de lo que estaba seguro está resultando no ser exactamente como yo creía. No sé si me entiendes.

–Perfectamente –repuso Christian con una media sonrisa.

Shail iba a preguntarle algo más, pero fue interrumpido por Ydeon, que entró en la estancia con su pesado andar habitual. Su rostro pétreo, sin embargo, mostraba una profunda huella de preocupación.

–Vosotros dos, venid a ver esto –dijo.

Christian se levantó de un salto y lo siguió con paso ligero. Shail tardó un poco más en alcanzar su bastón y ponerse en pie.

Se reunió con ellos en el taller de Ydeon. Hacía mucho calor allí, demasiado para su gusto, y demasiado también para cualquier shek. Christian lo soportaba estoicamente, sin embargo. Había colocado la palma de la mano sobre una roca plana.

–¿Lo notas? –decía Ydeon. El shek asintió.

–Es una vibración. ¿Significa algo para ti?

–Es un mensaje de socorro.

–¿Un mensaje de otro gigante? –preguntó Shail, que sabía que la raza de Ydeon era capaz de comunicarse haciendo vibrar el corazón de roca de su tierra.

–Está relacionado con algo que vengo notando desde hace días –asintió el fabricante de espadas–. En las montañas del norte se está produciendo una actividad anormal: temblores y corrimientos de tierras, desprendimientos de rocas en los precipicios. Imagino que todos los demás gigantes lo han percibido también. Y parece que alguien se ha acercado más de lo necesario a la zona de riesgo –añadió frunciendo el ceño.

–¿Por qué te envía el mensaje a ti? –preguntó Christian–. ¿No estamos demasiado lejos como para llegar a tiempo?

–Nos lo ha enviado a todos. En otras circunstancias no le habría prestado atención, puesto que otros gigantes llegarán mucho antes que nosotros para ver qué está sucediendo.

Ydeon dejó caer la palma de la mano sobre la piedra plana y se concentró en las sensaciones que le transmitía.

–Ynaf –dijo–. Sé dónde vive. Si partimos enseguida, tardaremos solo un par de días en llegar. Porque creo que vosotros dos deberíais ir a investigar. Puede que allí encontréis algo que os interese.

Christian estrechó los ojos, y Shail se dio cuenta de que el shek ya tenía sus sospechas acerca de lo que estaba sucediendo. Lo vio salir del taller sin una palabra, y suspiró, preocupado.

–Quiero enseñarte algo, mago –dijo entonces Ydeon–. No está terminado aún, pero quiero que vayas pensando en ello, para cuando necesite de tu colaboración.

Shail lo siguió, intrigado, hasta el rincón donde el gigante tenía su forja, y se asomó con curiosidad al molde que él le señaló.

Esperaba ver algún tipo de arma en su interior: una espada, un hacha, tal vez una daga. Por eso, cuando descubrió el objeto que se enfriaba allí no pudo reprimir una exclamación de asombro.

Era una pierna.

Una pierna humana, de metal, terminada en un pie descalzo; una pierna tan perfecta que, de no ser por el brillo que reverberaba en su superficie, habría parecido de carne y hueso. Sin dar crédito a sus ojos, el mago se volvió hacia Ydeon.

–¿La has forjado para mí? –preguntó; no pudo evitar que le temblara la voz.

El gigante asintió.

–Tomé el molde mientras estabas inconsciente. He tenido que invertirlo para que el resultado fuera un reflejo de tu pierna izquierda, dado que no tienes una pierna derecha que pueda copiar. Y ha sido bastante más complicado de lo que pensaba. Pero creo que el resultado es bastante satisfactorio.

Shail sacudió la cabeza, perplejo.

–Te has vuelto loco. Una pierna de metal no puede sustituir al miembro que perdí.

–Esta, sí. No como está ahora, claro. Habrá que transferirle una buena cantidad de magia para que cobre vida. Pero tú eres un hechicero, por lo que eso no debería suponer ningún problema.

–¡El metal no puede cobrar vida!

–Esto no es un metal corriente. Es gaar, una aleación que absorbe y asimila la energía mágica. Es el metal con el que se forjan las espadas legendarias.

–Puedes creerlo –los sobresaltó la voz de Christian, a sus espaldas: no lo habían oído entrar–. Ydeon entiende de armas legendarias. Igual que yo, sabe que este tipo de objetos adquiere vida cuando se le transfiere una determinada cantidad de energía, ya sea magia… o el poder de un shek.

Shail se volvió hacia él, todavía desconcertado.

–Pero esto no es una espada, Kirtash. ¡Pretende implantarme una pierna de metal animada mediante la magia! Es una locura…

–Soy experto en espadas, es cierto –asintió Ydeon–. Pero también, a veces, trabajo con seres incompletos –dirigió una larga mirada a Christian–. Si pude forjar un colmillo para una serpiente, no veo por qué no voy a poder devolverle la pierna a un humano.

Christian sonrió levemente. «Seres incompletos», pensó Shail recordando a Victoria. Lamentablemente, nada ni nadie en Idhún podía crear un nuevo cuerno para el unicornio que habitaba en ella. Los magos llevaban milenios tratando de reproducir los poderes del unicornio de forma artificial, sin éxito.

–Piénsatelo, mago –concluyó el gigante–. Ahora tenemos un viaje por delante; pero cuando regresemos pienso terminar esa pierna… y estaría bien que para entonces hubieras meditado acerca del hechizo que vas a utilizar para transferirle la magia que necesita.

Shail murmuró de nuevo por lo bajo: «Es una locura», pero nadie lo escuchó. Christian había salido de nuevo, en busca de su capa de pieles, e Ydeon estaba terminando de recoger sus herramientas.

Momentos más tarde, los tres abandonaban la caverna del forjador de espadas para adentrarse en el corazón de Nanhai, el mundo de los hielos perpetuos.

Raden era una tierra inhóspita y pantanosa. Sus costas no poseían los impresionantes acantilados que dibujaban la mayoría de los litorales idhunitas, y por tal motivo, cada vez que subía la marea, las aguas inundaban buena parte de su territorio. Por eso, en Raden apenas había suelo firme. Las ciénagas recubrían casi toda la superficie, y en ellas crecían distintas especies de árboles de enormes raíces retorcidas que vivían con medio tronco bajo el agua. Pocos peces sobrevivían en el fango, y por eso aquel era también el territorio de diferentes especies de anfibios, batracios y reptiles, y de raras aves zancudas de larguísimas patas.

Ninguna raza inteligente habitaba en Raden, salvo los pescadores de la ciénaga, un pueblo de humanos tan acostumbrados a vivir en humedales que muchos dudaban que fuesen realmente humanos, y no una tribu perdida de varu que se hubiese adaptado a los pantanos. Tiempo atrás, sin embargo, mucha gente había visitado Raden con frecuencia, pues allí se encontraba el Oráculo de los Tres Soles. Los pescadores de la ciénaga solían llevarlos desde Sarel hasta el Oráculo en sus esbeltas y frágiles barcas, que empujaban con largas pértigas. No obstante, hacía ya mucho que el Oráculo había sido destruido por los sheks, y ahora ya nadie se internaba en los pantanos.

Por esta razón, solo los pescadores sabían lo que se ocultaba allí; pero ellos, mientras hubiese cosas que pescar en el fango, no se preocuparían por averiguar qué estaba sucediendo, ni alertarían a nadie. Para ser humanos, pensaba a menudo Assher, los pescadores de la ciénaga no parecían mucho más listos que los batracios que pescaban.

Assher había huido con su clan hacia el sur, después de la caída de la Torre de Drackwen. Habían hallado refugio en los pantanos, y ahora malvivían como mendigos entre el barro. Por fortuna, las escamas de su piel los protegían de la humedad y, de todas formas, los szish eran una raza paciente y estoica. Cuando los más jóvenes del clan osaban quejarse, los mayores los mandaban callar y les recordaban que los sangrecaliente acechaban lejos de las marismas, en las tierras secas, y que por eso no podían regresar a Alis Lithban.

–Además –solían decir–, estábamos peor en Umadhun.

Assher tenía solo catorce años y no había conocido Umadhun. Había nacido después de la conjunción astral; era idhunita, como los sangrecaliente, y se había criado en Alis Lithban. Había crecido soñando que se uniría al ejército y que lucharía contra los sangrecaliente, bajo las órdenes de un shek. Assher nunca había estado realmente cerca de ningún shek, pero los admiraba y los respetaba hasta la adoración.

Sin embargo, todo aquello se había venido abajo. Su clan había huido en dirección al sur, en lugar de hacerlo hacia el norte, donde se estaban reagrupando otros clanes szish, protegidos por las montañas. Y ahora no se atrevían a abandonar la seguridad de los pantanos.

Tal vez los mayores estaban mejor en Raden que en Umadhun, pero Assher consideraba que Alis Lithban era mucho, mucho mejor. Una noche, sin embargo, alguien había acudido a verlos. Los centinelas deberían haberla atravesado con sus lanzas nada más verla llegar, pues ella era una sangrecaliente, una feérica. Pero, por algún motivo, no lo hicieron. La dejaron avanzar, mudos de asombro, tal vez preguntándose cómo una criatura como aquella era capaz de caminar en el fango sin mancharse más arriba de los tobillos. Permitieron que ella se detuviese ante ellos y les hablara.

Assher la había visto de lejos. Había escuchado sus palabras, las palabras dirigidas a los adultos del clan. Unas palabras llenas de esperanza.

Algunos la habían reconocido, dijeron después. Se llamaba Gerde y había estado aliada con Ashran, el mago sangrecaliente en el que los sheks tanto confiaban, y que había sido derrotado, propiciando con ello la caída de los sangrefría. Gerde nunca había tenido verdadero poder sobre los szish y, sin embargo, aquella noche todos bebieron de sus palabras, especialmente los varones. Cuando ella se fue, había un brillo especial en la mirada de los hombres-serpiente, pero ninguno de ellos lo admitiría, para no ser objeto de las burlas o la ira de las mujeres del clan.

Assher tampoco lo confesó a nadie; pero, cuando Gerde se iba, pasó por delante de su cabaña y lo descubrió espiando por un resquicio de la puerta. Y le sonrió.

Desde entonces, el joven szish no había sido capaz de pensar en otra cosa, en nada ni en nadie que no fuese la bella feérica, a pesar de que los sangrecaliente siempre le habían parecido sumamente feos. Pero ella… ella era diferente.

Al día siguiente, los jefes del clan se reunieron y hablaron largo y tendido sobre las palabras de Gerde. Había un nuevo espíritu alentando sus corazones, la posibilidad de una nueva vida, de otra oportunidad. Y, varias jornadas más tarde, comenzaron las pruebas.

Al principio, a Assher no le habían permitido presentarse, porque era demasiado joven, dijeron. Así que se vio obligado a ver cómo los vencedores partían en dirección a Alis Lithban para reunirse con Gerde. El premio que ella iba a entregarles no podía ser hallado en ningún otro lugar de Idhún. Por eso aquellas pruebas eran tan importantes, y por eso los mejores eran aclamados como héroes.

Tiempo después, uno de los vencedores visitó Raden para demostrarles que las palabras de Gerde eran ciertas, y maravilló a todos con el don que ella le había concedido. La llamaba «mi señora» y hablaba de ella con gran reverencia. Algunos dudaron que fuera buena idea servir a una sangrecaliente, pero pronto se supo que había sheks junto a ella. Y el deseo de Assher de volver a verla se hizo cada vez más intenso, más insoportable.

Por fin, el milagro se produjo.

Para entonces, el clan de Assher había enviado a once candidatos a las tierras del norte, y de todos ellos, solo uno había sido rechazado por Gerde. Un día, uno de ellos regresó para anunciar que ella necesitaba jóvenes szish, jóvenes que no hubiesen cumplido los veinte años, y que elegiría a uno para concederle un don especial, para distinguirlo por encima de todos los demás.

Las pruebas volvieron a convocarse y, en esta ocasión, participaron casi todos los jóvenes del clan. Assher competía contra otros más fuertes y más rápidos, pero no era eso lo que Gerde valoraba. Después de haber sido testigo de más de diez variedades diferentes de pruebas, Assher no había podido evitar preguntarse si los héroes, los elegidos, eran realmente los más capacitados, o simplemente se trataba de aquellos a los que más sonreía la suerte.

La prueba escogida en aquella ocasión fue la que llamaban el Laberinto del Fango. Cuando se supo, muchas madres intentaron disuadir a sus hijos de participar. Assher tuvo que insistir mucho para que la suya le diese permiso y, aunque finalmente accedió, reacia, el joven szish sabía que ni siquiera ella habría podido detenerlo. Porque habría dado cualquier cosa, habría hecho cualquier cosa, con tal de volver a ver a Gerde, con tal de obtener de ella aquel honor del que se hablaba.

Y por eso ahora se encontraba de pie, ante una amplia extensión pantanosa, junto a una hilera de chicos y chicas szish, dieciséis en total. Casi todos los jóvenes del clan. El Laberinto del Fango era la más peligrosa de todas las pruebas propuestas por Gerde y, no obstante, la participación jamás había sido tan alta.

Porque ellos eran jóvenes. También habían nacido en Idhún, en su mayoría, y no podían creer que Umadhun hubiera sido peor que aquel horrible pantano donde se hallaban exiliados.

Assher tembló brevemente cuando le taparon los ojos con una venda. Respiró hondo y trató de concentrarse.

–Esto es el Laberinto del Fango –anunció el juez; aunque no fuera necesario, puesto que ya todos lo conocían, se sentía en la obligación de seguir todas las formalidades–. Ante vosotros se extiende una ciénaga profunda y traicionera. La prueba consiste en cruzarla hasta el final. Existen caminos ocultos bajo la capa de barro, caminos por los cuales se puede avanzar sin que el fango os llegue más arriba de la rodilla. Existen también profundas fosas que pueden tragarse a un szish en menos tiempo del que se tarda en rescatarlo. Por tal motivo, presentarse a esta prueba supone correr un gran riesgo. Un solo paso en falso, y pereceréis en el barro. Pensadlo bien.

Reinó un pesado silencio. Nadie se movió ni dijo nada. El juez asintió.

–Que así sea –dijo–. Que el Séptimo guíe vuestros pasos en la oscuridad. Confiad en vuestra intuición: ella será vuestra mejor aliada. Assher sintió que rodeaban su cintura con una cuerda de seguridad. Aquella medida había salvado a muchos, pero había sido inútil en algunos casos. Aun así, la cuerda le dio algo más de confianza.

–Que dé comienzo la prueba –anunció el juez.

Assher se quedó paralizado un momento. Oyó un chapoteo junto a él y supo que los demás ya se habían puesto en marcha. Inspiró hondo y, con cuidado, puso un pie delante de otro. El suelo seguía estable. Respiró.

Los minutos siguientes fueron largos y angustiosos. Assher se movió muy lentamente, tanteando, paso a paso. Durante un rato, siguió en línea recta y todo fue bien. Pero pronto se le acabó la suerte.

El siguiente paso que dio estuvo a punto de lanzarlo al abismo. El suelo cedió bajo sus pies y, solo gracias a sus excelentes reflejos, logró rectificar y dar un salto atrás. Se hundió hasta las pantorrillas, pero el lodo no llegó más allá.

Tras él, oyó un grito de horror y un chapoteo, y exclamaciones ahogadas entre los adultos que asistían a la prueba. Se quedó quieto, con el corazón encogido, hasta que oyó que el caído jadeaba y boqueaba, tratando de respirar, escupiendo barro. Lo habían sacado.

Assher tragó saliva y trató de pensar con rapidez. No podía seguir recto, por lo que tendría que buscar un camino alternativo, por la derecha o por la izquierda. Tras una breve reflexión, comprendió que no era algo que pudiese deducir por la lógica. A su derecha y a su izquierda, los otros szish continuaban avanzando a tientas, pero eso no quería decir nada. Los senderos seguros bajo el barro eran estrechos, y si el muchacho de su derecha avanzaba por un camino firme, tal vez entre él y Assher se abriera un profundo agujero. No podía saberlo. Recordó que las pruebas no consistían en pensar ni en deducir, sino en dejarse llevar por la intuición y el instinto… cosa que los szish no hacían jamás, y por esta razón les resultaba tan difícil todo aquello. Assher se atrevió a rememorar el rostro de Gerde, su encantadora sonrisa, su voz. Solo un pedazo de ciénaga se interponía entre él y su sueño.

Cerró los ojos bajo la venda y se dejó llevar. Un paso a la izquierda.

Su pie se hundió en el fango… hasta el tobillo, y no más allá. Respiró, aliviado. Avanzó con el otro pie, inseguro. Pero tampoco se hundió esta vez.

Había encontrado un camino.

Siguió el sendero unos pasos más hacia la izquierda; pero alguien chocó contra él y estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio.

Oyó gritar al otro chico. Reconoció su voz: era Izass, tenía su misma edad. Los dos manotearon en el aire, desesperados, tratando de mantenerse firmes sobre el fango… y entonces Assher oyó un sonoro chapoteo, que lo salpicó de barro, y un grito. Comprendió lo que pasaba: Izass se había caído y se hundía sin remedio. Gritó su nombre y trató de tenderle la mano, pero no veía. Intentó quitarse la venda, pero solo consiguió cubrirse la cara de barro. Notó, de todas formas, que algo arrastraba a Izass: los adultos tiraban de su cuerpo hacia la orilla.

Assher se quedó un rato parado, hasta que oyó un agudo grito de dolor, un grito femenino: la madre de Izass.

Habían sacado a su hijo del barro, pero era demasiado tarde. Assher sintió que se mareaba y estuvo a punto de caer él también. Pero se aferró al recuerdo de Gerde, dejó que su imagen inundara sus pensamientos hasta que, poco a poco, recobró la sensatez.

Lentamente, movió de nuevo los pies para seguir buscando el camino seguro.

Y siguió avanzando mientras, a su alrededor, sus compañeros iban cayendo uno a uno. Por fin, recorrer el Laberinto del Fango se convirtió en algo mecánico. Empezó a visualizar, de alguna manera, los caminos debajo de la ciénaga, y sus pasos se volvieron más seguros y menos titubeantes. En un par de ocasiones estuvo a punto de perder pie, pero lo recuperó.

Y, cuando quiso darse cuenta, estaba casi en la meta.

Lo supo porque oyó una exclamación ahogada junto a él, y eso le hizo volver a la realidad. A su lado, uno de sus compañeros había estado a punto de salirse del sendero seguro. Una chica, para ser más exactos.

–¡Assher! –susurró ella–. ¿Eres tú?

–¡Sassia! –la reconoció.

–No debe de faltar mucho ya, ¿verdad? –preguntó ella, angustiada–. Assher, creo… creo que ya solo quedamos tú y yo.

Una horrible sensación de abatimiento cayó sobre Assher. No sabía que Sassia participaba en las pruebas. Ni siquiera se había fijado, y eso lo llevó a preguntarse qué le estaba pasando. En Drackwen había bebido los vientos por ella.

–Ven, dame la mano –le susurró–. Juntos, avanzaremos más seguros.

–¿Tú crees? –preguntó la joven szish, dubitativa–. ¿Y si uno de los dos resbala?

–Entonces, caeremos los dos, pero serán dos las cuerdas que puedan tirar de nosotros para rescatarnos. No te soltaré; te lo prometo.

Assher no pudo ver su expresión, pero pronto sintió que su mano tanteaba en el aire, junto a él. La atrapó y la estrechó con fuerza.

Así, juntos, poco a poco, fueron avanzando por los senderos ocultos bajo el barro. Assher volvió a visualizarlos en su mente y siguió caminando, arrastrando a Sassia tras de sí.

–¡Diez pasos para la llegada! –anunció la voz del juez un poco más allá.

«Lo vamos a conseguir… lo vamos a conseguir…», pensó Assher. El rostro de Gerde iluminaba todos sus pensamientos.

Entonces, Sassia resbaló y se hundió con un grito, tirando de Assher. Todo sucedió muy deprisa. El joven szish casi pudo ver a su compañera cayendo y, al mismo tiempo, se vio a sí mismo cayendo con ella, hundiéndose en el fango… y perdiendo la prueba que lo llevaría a Gerde.

No lo pensó. Casi sin darse cuenta, soltó la mano de Sassia como si le quemara su contacto.

Hubo gritos entre los szish que aguardaban en la orilla. Assher se quedó paralizado mientras tiraban de la chica para sacarla de la ciénaga y la remolcaban hasta la orilla. Aguzó el oído, esperando escuchar algo que le dijera si Sassia había sobrevivido, si la habían sacado a tiempo. Silencio.

Lentamente, Assher puso un pie delante de otro.

Vivió los últimos metros como en un sueño. Cuando por fin trepó a tierra firme, junto al juez, y este lo declaró vencedor de la prueba, solo fue capaz de pensar: «Voy a ver a Gerde. Voy a ver a Gerde».

Cuando le quitaron la venda de los ojos y miró a su alrededor, vio entre la multitud a Sassia, envuelta en una manta, cubierta de barro, que lo miraba fijamente. Y era una mirada acusadora, una mirada que delataba el hecho de que había soltado su mano, de que había estado dispuesto a dejarla morir.

«No importa», se dijo el chico. «Voy a ver a Gerde».

No tardaron dos días, como Ydeon había calculado, sino tres días y medio. La presencia de Shail los retrasaba inevitablemente, a pesar de que el gigante había optado por cargarlo sobre sus hombros. Pero ni haciendo uso de su bastón, ni con toda su buena voluntad, podía Shail avanzar por la tierra nevada.

–Esto cambiará cuando tengas tu pierna nueva –rechinó Ydeon, muy convencido.

Al atardecer del cuarto día, cuando el primero de los soles comenzaba a declinar, fueron testigos de un espectáculo sobrecogedor.

Una cadena montañosa les cerraba el paso, peinando el horizonte. Y uno de los picos temblaba y se estremecía visiblemente, como golpeado por alguna fuerza invisible. Con cada sacudida, los aludes se precipitaban bramando por las laderas, la roca se resquebrajaba y los despeñaderos arrojaban bloques de piedra a los abismos. La montaña entera rugía y gemía con una voz rocosa, despertada de su sueño milenario, y se convulsionaba como si fuera el epicentro de un poderoso terremoto.

Christian, Ydeon y Shail estaban demasiado lejos como para que peligrara su integridad física, pero la destrucción era fácilmente apreciable incluso desde aquella distancia.

–Por todos los dioses –murmuró Shail–. ¿Qué es lo que está provocando todo eso?

Christian le dirigió una extraña mirada, pero no respondió.

Prosiguieron la marcha, dando un rodeo para no ir directamente hacia allí. No pudieron dejar de observar con inquietud cada convulsión, pero, a pesar de que trataban de no perder detalle, en ningún momento consiguieron ver qué o quién estaba causando aquellos estragos.

Un poco más tarde, distinguieron a lo lejos una silueta que se acercaba hacia ellos por la nieve. Conforme se fue aproximando, les quedó claro que se trataba de un gigante.

Una giganta, en realidad.

–Ynaf –saludó el forjador de espadas.

–Ydeon –respondió ella.

Sus rasgos no se diferenciaban gran cosa de las facciones de un varón de su misma raza, pero las formas de su cuerpo eran indudablemente femeninas. No le preguntó a Ydeon qué estaba haciendo allí, pero sus ojos rojos se clavaron, inquisitivos, en los dos jóvenes humanos.

–Kirtash. Shail –resumió Ydeon, sucinto–. Creo que puede interesarles lo que está pasando por aquí.

Los ojos de Ynaf relucieron con interés.

–¿De veras? Bien, no me extraña. Debería interesar a todo el mundo.

–¿De qué se trata? –preguntó Shail.

–Os llevaré a verlo más de cerca. Aún quedan varias horas de luz. Christian asintió enseguida. Shail recordó que la curiosidad de los sheks por todo aquello que consideraban nuevo y extraño era proverbial, y comprendió que, en aquel aspecto, Christian no era una excepción.

Acompañaron a la giganta a través de una planicie nevada, siguiendo la línea de la cordillera, a una prudente distancia.

–Todo empezó hace ocho días, cuando el techo de mi caverna se derrumbó sobre mí sin previo aviso –explicó ella–. Conseguí escapar y busqué otro refugio, pero no demasiado lejos, porque me pareció extraño que toda la montaña temblara de esa manera. He estado observando el fenómeno desde entonces. Como vi que no solo no se detenía, sino que además empezaba a moverse…

–¿Se mueve? –interrumpió Christian.

–Avanza a lo largo de la cordillera, muy, muy lentamente –explicó Ynaf–. ¿Veis ese pico de allí? –señaló una cumbre situada un poco más al oeste; desde aquel punto hasta el lugar que ahora retumbaba bajo el poder de una maza invisible, las montañas evidenciaban el paso de aquel inexplicable terremoto–. Ahí es donde empezó. Desde entonces, la destrucción se ha desplazado. Se mueve con tanta lentitud que para poder apreciarlo es necesario estar contemplando las montañas fijamente durante varias horas. Pero se mueve, al fin y al cabo, y no parece que tenga intención de parar. Por eso decidí avisar a quien pudiera interesarle. Varios gigantes han pasado por aquí desde entonces, pero nadie ha sido capaz de precisar de qué se trata. Aunque –añadió, tras una breve pausa– Ymur tiene una teoría bastante… interesante.

–¿Ymur, el sacerdote? –preguntó Ydeon. Ynaf asintió.

–Llegó ayer, después del tercer amanecer. Parece que mi mensaje también alcanzó las ruinas del Gran Oráculo. Nos reuniremos con él cerca de la montaña.

Encontraron a Ymur contemplando las sacudidas del pico desde un promontorio nevado. Se había sentado sobre una roca y tomaba notas deslizando un carboncillo sobre una tabla de piedra.

–Ymur –saludó Ynaf.

El sacerdote se volvió hacia ellos. Vestía la túnica de la Iglesia de los Tres Soles. Era, como cabía esperar, servidor del dios Karevan, patriarca de los gigantes.

–Ynaf. Ydeon –respondió; apenas se fijó en Christian y en Shail–. Se mueve de nuevo. ¿Os habéis dado cuenta?

–Sí, sacerdote –rechinó Ydeon–. ¿Qué es? También a Ymur le faltaban las palabras.

–Observadlo con atención –dijo–. Me gustaría acercarme más, pero me temo que resultaría un poco… arriesgado.

–Yo puedo solucionar eso –se ofreció Shail.

Formuló las palabras de un hechizo de lente mágica. El aire se rizó suavemente y formó un óvalo de una textura distinta, que quedó suspendido ante ellos.

–Buen trabajo, mago –aprobó Ymur, al comprobar que mirando a través del óvalo se veía todo mucho más cerca–. Y ahora, mirad…

Los cinco se concentraron en la imagen ampliada de la montaña. Sí, ahí había algo, algo que sacudía la cordillera hasta sus cimientos, y que arrastraba roca y nieve a su paso, como si de un titán se tratase. Debía de ser una criatura ciclópea, a juzgar por los efectos que provocaba su avance, o tal vez su mera presencia; pero no era apreciable a simple vista, ni siquiera a través de la lente mágica de Shail. Fuese lo que fuese, allí no había nada… o no parecía haber nada. Si no fuera porque parecía imposible, Shail habría jurado que aquello no se desplazaba sobre la roca de la montaña, sino a través de ella. Que lo que estaba destruyendo la cordillera lo hacía desde dentro. O que las propias montañas se despertaban después de una siesta de varios milenios y se desperezaban en un largo y formidable bostezo.

–Es una fuerza. O una energía. O como queráis llamarlo –dijo Ymur–. Invisible… pero poderosa.

–No se trata solo de una cuestión de invisibilidad –murmuró Christian–. Me temo que ni siquiera es material.

–Una fuerza. Una energía –repitió Shail–. Pero…

–Tú sabes lo que es, sacerdote –cortó Christian, clavando su fría mirada en el gigante–. ¿Por qué no compartes tus conclusiones con nosotros?

Ymur dudó.

–Bien, yo tengo una teoría. Sé que puede sonar extraño, incluso… vaya… algo irreverente, pero…

–Pero ¿qué? –se impacientó Shail.

Ymur desvió la mirada, incómodo. Al mago, que siempre había sentido un respeto instintivo hacia los gigantes, tan grandes y poderosos, le resultaba extraño ver dudar a uno de ellos, y se preguntó, inquieto, qué clase de ser o criatura podría asustarlos en su propio mundo.

–Es un dios –concluyó Christian con suavidad. Hubo un desconcertado silencio.

–¿Un qué? –dijo entonces Shail.

–Diría que es el dios Karevan, que ha decidido darse una vuelta por el mundo –prosiguió el shek a media voz–. ¿No es eso lo que pensabas, sacerdote?

–Era la idea que se me había ocurrido, sí –admitió Ymur, un poco a regañadientes–. Pero llevo días observándolo, y no entiendo su comportamiento. ¿Por qué se ensaña tanto? ¿Por qué toda esta destrucción? ¿Acaso está furioso con nosotros, y esto es algún tipo de castigo?

Christian sonrió.

–Creo que simplemente está paseando –dijo–. Puede que incluso se encuentre todavía algo desconcertado. Al fin y al cabo, hace mucho tiempo que los dioses abandonaron nuestro mundo, ¿no?

–¿Llamas a eso «pasear»? –repuso el sacerdote, incrédulo, señalando la montaña, que seguía convulsionándose violentamente.

Christian se encogió de hombros.

–Es un dios. Una especie de cúmulo de energía, por llamarlo de alguna manera. Mientras no tenga un cuerpo de carne que le permita moverse en un mundo material, su simple presencia resultará sumamente peligrosa para cualquiera que se le acerque. Pero no creo que tenga interés en procurarse un cuerpo: esta vez no. Porque, aunque un cuerpo le permitiría interactuar con el mundo, incluso con sus criaturas, en esta ocasión no ha venido a eso.

Shail lo miró, pálido como un muerto. De pronto acudieron a su mente recuerdos de las conversaciones que había mantenido con Zaisei, con Jack y con el propio Christian acerca de los Seis, del Séptimo, de la derrota de Ashran, y todo cobró un nuevo sentido, mucho más siniestro.

–Sí –asintió Christian, adivinando sus pensamientos–. Hicimos cumplir la profecía de los Oráculos, destruimos a Ashran… y con ello solo conseguimos desatar un mal mayor en este mundo.

Shail desvió la mirada, pero no dijo nada.

–¿Ves eso? –prosiguió el shek, señalando la devastación invisible que se abría paso por la cordillera–. Eso es uno de los Seis. No digo que el Séptimo sea más justo o más bondadoso que Karevan, por poner un ejemplo. Pero ha vivido largo tiempo encerrado en un cuerpo humano. Es capaz de vernos porque conoce el mundo desde nuestra perspectiva; por pequeños y miserables que podamos parecerle, nos ve. ¿Dirías que Karevan es consciente de nuestra presencia? ¿Era consciente acaso de que Ynaf vivía justo debajo de la montaña por la que él estaba «paseando»? Yo diría que no.

–¡Pues, si no se da cuenta, habrá que decírselo! –exclamó Shail–. Podemos hablar con él, pedirle ayuda…

–¿Cómo? ¿De verdad crees que un dios escucharía la voz de un mortal?

–No sigas hablando –cortó Ymur con dureza–. No deberías decir esas cosas.

Pero el shek lo ignoró. Sus ojos azules seguían clavados en Shail.

–Ahí tienes a Karevan, Señor de la Piedra, padre de los gigantes. Puedes plantarte ante él y hacerle señales de fuegos multicolores, porque no será capaz de verte, dado que ni siquiera tiene ojos. Tal vez te perciba como una pequeña cosa molesta que corretea por allá abajo. O puede que no se dé cuenta de que existes hasta que, sin querer, te haya arrojado encima un alud de nieve al pasar casualmente por allí. Ese es uno de los dioses a los que sirves, Shail. Ese es uno de los dioses a los que quieres pedir ayuda.

Todos lo miraban ahora con fijeza, mudos de estupor, pero Christian se limitó a volver la cabeza hacia las montañas, con gesto impenetrable.

–Eres un joven extraño –comentó el sacerdote.

–Puede que sepa de qué está hablando –replicó Ydeon.

Shail estaba conmocionado, con los ojos fijos en la montaña que se deshacía ante la simple presencia del dios Karevan. Con esfuerzo, logró apartar la mirada y se volvió hacia Christian para preguntarle; pero el joven había cerrado los ojos y se había llevado los dedos a las sienes, concentrado en algo que solo él parecía percibir. Inquieto, Shail lo vio sentarse sobre la roca, serio, como si acabara de recibir una información crucial. Quiso interrogarlo al respecto, pero no se atrevió.

–Si de verdad es Karevan, no puede ignorarnos –estaba diciendo Ymur–. Los gigantes somos sus hijos, nos creó de las entrañas de la roca en el principio de los tiempos.

–Entonces, ¿por qué echó abajo mi casa? –preguntó Ynaf suavemente.

–Deberíais desalojar la cordillera –dijo entonces Christian, alzando de nuevo la cabeza–. Si yo estuviera en vuestro lugar, emigraría al sur, a los confines de Nanhai, o incluso más allá… y esperaría que a vuestro dios no le diese por moverse de aquí.

Se levantó de un salto y dio media vuelta para marcharse. Ninguno de los gigantes hizo nada por detenerlo.

Shail pareció despertar entonces de un sueño.

–¡Espera! –lo llamó, y corrió tras él como pudo, hundiendo su bastón en la nieve–. ¡Espera! ¿Adónde vas?

Christian se detuvo con brusquedad, y el mago casi tropezó con él. El shek se volvió hacia él, y Shail se dio cuenta entonces de que había en sus ojos un destello de emoción contenida.

–Me voy a Kazlunn –dijo, y el mago detectó un levísimo temblor en su voz–. Algo ha pasado con Victoria; hay cambios.

Título

II
UNA MIRADA HUMANA

CUANDO Victoria abrió los ojos, Jack estaba con ella.

Podría haberse encontrado a cualquier otra persona en la habitación. Tal vez Qaydar, que acudía a menudo para comprobar que no había cambios, o quizá Kimara, que solía hacer compañía a Jack en las largas horas que pasaba velando a la muchacha. Podría haber estado allí cualquier sacerdote, cualquier mago o semimago, cualquiera de las muchas personas que acudían diariamente a ver con sus propios ojos a los héroes de la profecía. Pero en aquel momento estaban solos. Jack y Victoria. El dragón y el unicornio… o lo que quedaba de él.

No era del todo casual. No solo porque Jack, cansado de las visitas de curiosos o admiradores, hubiera acabado por restringir el acceso a la habitación donde yacía Victoria, sino porque ya había advertido los cambios la noche anterior.

Nadie más se había dado cuenta porque, aunque la estancia solía ser un continuo ir y venir de hechiceros, curanderos, médicos y sanadores, solo Jack pasaba allí la mayor parte del tiempo, incluyendo las noches. Se había acostumbrado ya a tenderse en la cama, junto a Victoria, a rodearla con sus brazos y a dormir a su lado, tal vez porque sentir el lento latido de su corazón lo tranquilizaba y lo ayudaba a descansar. Los primeros días, después de que la joven hubiese perdido su cuerno, Jack se veía incapaz de dormir más de diez minutos seguidos. Lo aterraba la idea de que su amiga pudiera morir mientras él no estaba consciente. Por esta razón, cuando el sueño lo vencía, prefería estar lo más cerca posible de ella.

Y por esta razón fue el único en advertir la luz.

Aquella noche había despertado bruscamente de una de sus pesadillas. Los malos sueños lo asaltaban con frecuencia en los últimos tiempos. La mayoría de las veces tenían que ver con Victoria, pero no solo con ella. Los recuerdos de lo sucedido en la Torre de Drackwen lo torturaban a menudo. La batalla contra Ashran, la elección de Victoria, la muerte de Sheziss… tantas cosas que habría preferido olvidar, pero que seguían ahí, en su memoria, inamovibles. Con todo, aquellas pesadillas no eran las peores. Con demasiada frecuencia soñaba que Victoria no despertaba jamás de aquel estado, o que despertaba para morir entre sus brazos, privada de aquello que su alma de unicornio necesitaba para seguir viviendo. Qaydar había dicho tiempo atrás que cualquier unicornio habría muerto inmediatamente tras la extirpación de su cuerno; pero el alma humana de Victoria se aferraba a la vida con desesperación, y sostenía a duras penas ambas esencias. Por esta razón, el cuerpo humano de Victoria se mantenía en aquel estado letárgico: si despertaba, tal vez su alma no tuviera suficiente fuerza para llenar aquel cuerpo y mantener con vida la esencia de unicornio a la vez. Y si el unicornio moría, Victoria moriría con él.

Por eso, Jack no estaba seguro de querer que Victoria despertara. Eran demasiados interrogantes, demasiadas incógnitas. Nadie sabía qué podía suceder en el caso de que se registrara algún cambio en la muchacha.

Después de aquella pesadilla, una de tantas, Jack se había apresurado a comprobar que Victoria estaba bien. En la semioscuridad de la habitación, la había estrechado entre sus brazos y le había hablado al oído, como hacía a menudo. Fue entonces cuando detectó un débil destello.

Al principio pensó que lo había imaginado. Pero retiró el pelo de la frente de Victoria y escudriñó su rostro, con incertidumbre, en la penumbra de la habitación.

Y sí, allí estaba: apenas una chispa, tan débil que había que forzar la vista para apreciarla. Justo entre los ojos, un poco más arriba.

Jack inspiró hondo. No quería hacerse ilusiones, tal vez no significara nada. Encendió una luz y estudió el pálido rostro de Victoria. Pero no volvió a ver aquel destello.

Ya no pudo volver a dormirse, pero tampoco se apartó de Victoria en toda la noche. Al día siguiente, no solo no dijo nada a nadie, sino que además se las arregló para que nadie más entrara en la habitación en todo el día. Quería estar junto a Victoria cuando algo cambiase, si es que tenía que cambiar. Y solamente él. Nadie más; a excepción, tal vez, de Christian. Pero el shek se había marchado meses atrás, y no había vuelto a dar señales de vida.

Por esta razón, cuando los párpados de Victoria temblaron y se abrieron lentamente, solo Jack estaba allí para verlo.

Fue lento, muy lento. O, al menos, a Jack así se lo pareció, quizá porque su corazón latía a toda velocidad mientras los grandes ojos de Victoria volvían a mirarlo por primera vez en tanto tiempo. Jack respiró hondo y parpadeó a su vez, porque tenía los ojos húmedos. Tragó saliva.

–Hola –susurró–. Hola, pequeña. ¿Puedes… puedes oírme?

Ella despegó los labios, pero no dijo nada. Lo miraba: ahora sí, lo miraba. Y Jack habría jurado que lo reconocía.

–Victoria –dijo, esperando, tal vez, que escuchar su nombre la ayudara a despertar del todo.

Victoria gimió débilmente. Jack, con los ojos llenos de lágrimas, acarició su mejilla. Una parte de él le decía que debía correr a avisar a Qaydar, a los sanadores, a cualquiera que pudiera ayudarla ahora. Pero en el fondo de su corazón sabía que aquel momento les pertenecía solo a ellos dos. Nada ni nadie debía estropearlo.

–¿Cómo estás? Dime, ¿cómo te sientes?

Ella lo miró, desorientada y algo asustada. Él la rodeó con los brazos y la meció con dulzura.

–Tranquila. Tranquila, todo está bien. Te vas a poner bien, Victoria, tranquila. Yo estoy aquí para ayudarte.

–¿Jack? –dijo ella por fin, con un hilo de voz.

Algo se desató en el corazón de Jack. Meses de nervios, de angustia, de miedo y de incertidumbre, de comer poco y de dormir menos aún, le pasaron factura de golpe, y se sintió extrañamente débil y aliviado al mismo tiempo. Abrazó a Victoria, apoyó la cara en su melena oscura y se echó a llorar suavemente.

–… los unicornios son el puente entre la magia del mundo y los futuros hechiceros. Ellos no pueden usar la magia, no como lo hacemos nosotros, pero pueden entregárnosla. Y nosotros, los magos, podemos manipularla con nuestra voluntad. ¿Y cómo expresamos esa voluntad? Mediante la palabra. Es por eso por lo que hemos desarrollado un lenguaje propio, el idhunaico arcano; porque no basta con desear algo para que se haga realidad: es necesario expresarlo. De este modo concentramos nuestra voluntad en un solo punto, en una sola acción futura, y la magia… Kimara, ¿me estás escuchando? ¡Kimara!

La joven volvió a la realidad y apartó la mirada de la ventana, con cierta expresión culpable. Las lecciones de Qaydar solían ser largas y tediosas. Muy teóricas y poco prácticas.

–Agradecería que te tomaras esto con más seriedad –la reprendió el Archimago–. Eres la primera nueva maga en más de quince años, y es posible que seas la última maga en Idhún. Somos pocos, y el tiempo que tenemos para tratar de descubrir la forma de transmitir nuestro poder sin unicornios…

–… no es precisamente ilimitado –concluyó ella con un suspiro–. Sí, maestro, lo sé –¿cómo no saberlo? Qaydar se lo repetía al menos tres veces cada día–. Es solo que… que no le veo sentido a esto. Me paso el día estudiando magia… sin hacer magia. ¿Cuándo voy a aprender a utilizar mi poder para algo?

–Eres demasiado impaciente, muchacha. Antes de utilizar el poder, hay que saber cómo funciona…

–Con Aile aprendí varios hechizos –interrumpió ella, sin poder aguantarlo más–. De curación, sobre todo, pero también algunos de defensa y ataque.

Qaydar entornó los párpados, y Kimara supo que lo había herido. No solo por la comparación, sino también, sobre todo, porque le había recordado que, a pesar de que Aile no era una Archimaga, los había salvado a todos en el bosque de Awa, entregando a cambio su propia vida. El propio Qaydar había sido testigo de ello.

–Las circunstancias eran distintas –dijo el hechicero con frialdad–. Entonces estábamos en guerra.

–¡Seguimos estando en guerra! –estalló Kimara–. ¡En mi tierra ha estallado una rebelión! Mi gente se ha alzado para luchar contra Sussh, para expulsarlo de Kash-Tar. Por primera vez en muchos siglos, las tribus del desierto luchan unidas… ¡y luchan en mi nombre! Y entretanto, yo estoy aquí… sin poder ayudarlos.

–Ya hemos hablado de eso, Kimara. Eres una maga, ya sabes lo que eso significa. No podemos permitirnos el lujo de perderte en una guerra local.

–¡No es una guerra local! ¡Sigue siendo la guerra contra los sheks, la de siempre! Una guerra que no ha acabado, ni acabará hasta que no hayamos terminado con la última de esas criaturas.

Qaydar la miró fijamente, sin una palabra. Kimara respiró hondo, tratando de calmarse. Sentía un gran respeto por el Archimago, pero cada día que pasaba encerrada en la Torre de Kazlunn le costaba más trabajo permanecer callada.

–El último dragón no opina lo mismo –observó entonces Qaydar. Kimara vaciló. En el fondo, era Jack lo que la retenía allí, y el hecho de que él no había movido un dedo por reiniciar la guerra contra las serpientes. Y eso, pensaba a menudo, no era propio del Jack que ella había conocido. Alzó la mirada hacia el Archimago, y titubeó antes de decir:

–No, y eso no es normal.

–¿No es normal? ¿Acaso conoces a los dragones hasta el punto de poder decir qué es o no normal en ellos?

–Puede que no, pero conozco a Jack. Atravesamos juntos el desierto, y entonces… era diferente. Odiaba a las serpientes y luchaba como un verdadero dragón. Luego dijeron que Kirtash lo había matado, pero tiempo después regresó… y parece el mismo, pero no lo es.

–Está afectado por lo de Victoria…

–No, es algo más. Cuando le hablamos de exterminar a los sheks, o de expulsarlos de Idhún para siempre, reacciona como si esa idea le molestara. Hasta diría que se ha hecho amigo de ese endiablado medio shek… ¿Es esa una conducta propia de un dragón?

Qaydar abrió la boca para responder, pero Kimara prosiguió, cada vez más alterada, señalando hacia el pedazo de cielo que se veía a través de la ventana:

–¡Esos son los verdaderos dragones de Idhún! Los que acudieron en nuestra ayuda para luchar contra los sheks, los que hoy día siguen plantándoles cara.

Qaydar echó un vistazo por la ventana, aunque ya sospechaba a qué se refería Kimara: un elegante dragón de tonos anaranjados se aproximaba a la torre, envuelto en las luces rojizas del primer atardecer. La ilusión era perfecta; pero aquellos que habían luchado en la guerra de Nandelt junto a los Nuevos Dragones sabían que cualquier dragón que no fuera Yandrak había sido fabricado por la hechicera Tanawe, a quien ya llamaban la Hacedora de Dragones, y su gente. Tras la victoria del bosque de Awa, los Nuevos Dragones no habían permanecido inactivos. Tanawe había seguido fabricando dragones, toda una nueva flota, y no le faltaban recursos: la reina Erive de Raheld la había tomado bajo su protección. Y, por otro lado, cada día llegaban más y más jóvenes a las instalaciones de los Nuevos Dragones en Thalis: algunos pedían unirse al equipo del taller de Tanawe; otros aspiraban a ser formados como pilotos de dragones. La historia de Kestra, la valiente piloto que había resultado ser la princesa Reesa de Shia, y que había muerto en la batalla de Awa, luchando contra los sheks, era una de las favoritas de los cantores de noticias. Las hazañas del príncipe Alsan de Vanissar al mando de la Resistencia también eran buen material para los cuentos y las historias. Sin embargo, no existían relatos que hablaran de la caída de Ashran, ni de cómo el dragón y el unicornio habían hecho cumplir la profecía. Se sabía que ambos vivían en la Torre de Kazlunn, y que la dama Lunnaris se debatía entre la vida y la muerte. Pero, puesto que Yandrak era poco dado a dejarse ver, y el unicornio tampoco estaba en condiciones de hacer públicas sus experiencias, nadie sabía qué había pasado realmente en Drackwen. En aquella batalla habían estado solos.

En Kazlunn se sabía que había habido allí una tercera persona. Se sabía que Kirtash, el shek, había acompañado al dragón y al unicornio en su lucha contra el Nigromante. Se sabía que, por alguna razón desconocida, el dragón protegía al hijo de Ashran. Pero poco más.

Los rumores en torno al extraño trío eran oscuros y desconcertantes. Todo el mundo estaba enterado de que ninguno de los tres había apoyado a la Resistencia y los Nuevos Dragones en Awa. Tras la caída de los sheks, no se habían tardado en encontrar el dragón de Kimara en el bosque, hecho pedazos; el dragón dorado al que muchos habían tomado por Yandrak. Pero eso no era todo: peores incluso que la extraña alianza del último dragón con un shek eran las habladurías que ligaban a Kirtash a la propia Lunnaris. A unos pocos les parecía una historia bellamente trágica, pero la mayoría encontraba la idea demasiado repugnante como para ser cierta.

No; ciertamente, aquellos tres jóvenes no eran unos héroes al uso. Resultaba infinitamente más sencillo y menos perturbador cantar las hazañas del príncipe Alsan de Vanissar, del mago Shail, de Aile, la poderosa hechicera feérica, de Hor-Dulkar, el señor de los Nueve Clanes, de los feroces feéricos del bosque de Awa, de Tanawe y sus dragones, de Denyal, Covan, Kestra y todos los demás, incluso de la propia Kimara, la semiyan, antes que hablar del dragón, del unicornio… y del shek.

Los héroes aclamados por todos eran los Nuevos Dragones. Docenas de dragones artificiales surcaban los cielos de Nandelt, persiguiendo a las serpientes dondequiera que se ocultaran. Se sabía que Denyal y Tanawe estaban preparando una escuadra de dragones para enviarla a Kash-Tar, en ayuda de los rebeldes que se habían alzado contra Sussh. Qaydar estaba al tanto de que Kimara quería ir con ellos y volver a pilotar un dragón, como ya había hecho en la batalla de Awa.

–No sabes lo que estás diciendo. Jack sigue siendo un dragón, el último dragón. Y, por perfectas que sean esas máquinas, no dejan de ser máquinas. Alguien como tú, por cuyas venas corre el fuego de Aldun, debería conocer la diferencia.

Kimara bajó la cabeza temblando. Desde la primera vez que sus ojos se habían cruzado con los de Jack, en el desierto, había tenido una fe inquebrantable en él, había sabido que aquel dragón los salvaría a todos. Pero después había muerto, o eso le habían dicho. Y habían tenido que librar solos la última batalla. Ahora, Jack había regresado, pero no se comportaba en modo alguno como un dragón. «Nosotros somos los Nuevos Dragones», había dicho Kestra en una ocasión. «Triunfaremos allá donde los Viejos Dragones fueron derrotados». Kimara estaba empezando a creer que tenía razón.

–No vas a ir a Kash-Tar, Kimara –concluyó Qaydar–. Lo quieras o no, tu vida pertenece a la Orden Mágica.

–Mi vida solo me pertenece a mí –se rebeló ella, con sus ojos de fuego reluciendo furiosamente–. Si quiero regresar a Kash-Tar, nadie va a poder impedírmelo.

Qaydar avanzó un paso hacia ella.

–No me desafíes, niña –dijo con calma–. Todavía sigo siendo tu maestro.

Durante un momento, ninguno de los dos dijo nada. Y entonces, en aquel breve silencio, alguien llamó a la puerta.

–Pasa, Jack –suspiró Qaydar, volviéndose hacia la entrada.

Kimara no lo admitiría nunca, pero, cuando rompieron el contacto visual, se sintió mucho mejor.

La puerta se abrió y el joven dragón entró en la estancia. Kimara desvió la mirada. Todavía se sentía confusa con respecto a Jack. Desaprobaba su actitud, sí, y prefería al Jack que había conocido en el desierto; pero no era menos cierto que el nuevo Jack parecía más adulto, más poderoso y más seguro de sí mismo. Y había algo en él que la intimidaba.

Él apenas la miró, lo cual era otra señal de lo mucho que había cambiado. No era que ya no la apreciara como amiga: si ella lo saludaba, si se acercaba a él, la trataba con el cariño y la confianza de siempre. Pero la mayor parte del tiempo actuaba como si no se acordara de que ella existía. Y no lo hacía a propósito. Simplemente, estaba distante, en alguna dimensión extraña y lejana, en un mundo propio en el que se sentía más cómodo… en un mundo menos humano. «¿Eran así todos los dragones?», se preguntó la semiyan. «Con esa aura de poder, con esa mirada tan intensa, con esa forma de ver el mundo, desde lo alto, como si todos los demás fuésemos muy pequeños en comparación con ellos». No era una idea agradable y, sin embargo… no podía negar que, a pesar de todo, Jack seguía pareciéndole muy atractivo, incluso más que antes.

–Qaydar –dijo el chico–. Te estaba buscando.

Aquel día estaba distinto, apreció Kimara. Tenía los ojos húmedos y estaba temblando. Y, aun así, seguía intimidándola con su mera presencia.

–¿Qué pasa, muchacho? ¿Es…?

–Victoria –asintió él–. Victoria se ha despertado.

Kimara dejó escapar una exclamación de sorpresa, y Jack se volvió hacia ella por primera vez.

–Hola –saludó con una sonrisa.

«No me había visto», pensó ella. No era la primera vez que ocurría.

–Alabados sean los Seis –dijo Qaydar–. ¿Cómo está?

–No puede moverse. Está tan débil que apenas puede hablar, pero está… está viva y consciente.

–Alabados sean los Seis –repitió Qaydar–. Voy a verla inmediatamente. Avisaré a…

–No –cortó Jack–. Está aturdida, no quiero confundirla más llenando su habitación de gente. No le digas nada a nadie. Todavía no. Tiene que recuperar fuerzas.

«Ha vuelto a olvidarse de que estoy aquí», comprendió Kimara.

–De acuerdo –accedió Qaydar–. Vayamos a verla. Seguiremos luego con la lección –le dijo a su discípula.

Eso no era cierto, y ella lo sabía. Todos estarían demasiado pendientes de Victoria como para acordarse de una aprendiza de hechicera. Cuando los dos hubieron abandonado la estancia, Kimara suspiró y volvió a asomarse a la ventana. Vio entonces que el dragón anaranjado ya había aterrizado en el mirador, y corrió a reunirse con él.

Lo había reconocido, incluso desde la distancia. Era el dragón de Tanawe.

–Muchacha –dijo Qaydar con dulzura–. ¿Me recuerdas?

Victoria movió la cabeza con dificultad y le devolvió una mirada cansada. Se fijó en el rostro lampiño del hechicero, en su largo cabello, de tonalidades verdes, recogido en una trenza, en aquellos rasgos que hacían parecer a su propietario mucho más joven de lo que era en realidad.

–Qay… dar –dijo ella con esfuerzo.

–Eso es –asintió el Archimago, satisfecho–. Estás en la Torre de Kazlunn, Victoria. A salvo. Ahora descansa, ¿de acuerdo?

Victoria asintió. Intentó alzar la mano, buscando la de Jack, pero solo tuvo fuerzas para levantar un dedo tembloroso. El muchacho detectó el gesto, la tomó de la mano y se la estrechó con fuerza.

–Mira su frente, Qaydar –dijo Jack–. ¿Lo ves?

El Archimago examinó el rostro de Victoria, que había dejado caer los párpados, agotada. En la frente de la muchacha, entre los ojos, había un extraño agujero oscuro que señalaba el lugar donde se había erguido el cuerno de Lunnaris. Había estado así desde la lucha contra Ashran, pero Jack habría asegurado que aquel círculo de sombras se había hecho un poco más pequeño.

–Se está cerrando, Qaydar.

–¿Estás seguro? Yo no aprecio ningún cambio. ¿No será que es eso lo que deseas, muchacho?

–Sé muy bien qué aspecto tiene –dijo Jack con sequedad–. Se ha reducido. Muy poco, es verdad, pero… es un comienzo. Puede que su herida acabe por sanar por completo.

–No podemos saberlo sin ver al unicornio, Jack.

Jack inspiró hondo. Aquel agujero de oscuridad representaba una lesión, eso era cierto; pero esa lesión se había producido en el cuerpo de unicornio de Victoria y, por tanto, mientras ella presentara forma humana, los médicos no podían curarla. El problema era que Victoria no podía transformarse estando inconsciente; ahora que había despertado, parecía estar demasiado débil como para intentarlo siquiera. Y, por otro lado, probablemente metamorfosearse en un unicornio sin cuerno la mataría al instante. Su esencia herida se había refugiado en aquel cuerpo humano, sano e intacto por el momento, y era esa la razón por la que todavía seguía con vida.

–Dale tiempo –dijo Jack–. Y dame tiempo para recuperarla. Que no corra la voz de que se ha despertado. Todavía no está preparada para enfrentarse al mundo.

Qaydar se le quedó mirando, intuyendo que le ocultaba algo. Pero no tuvo ocasión de averiguar más, porque en aquel momento vinieron a buscarlo para anunciarle la llegada de la maga Tanawe, la Hacedora de Dragones.

–Quédate con ella –le dijo a Jack–. Volveré en cuanto me sea posible.

El joven asintió.

No tardaron en quedarse solos de nuevo, él y Victoria. Jack la miró intensamente.

–No le he dicho lo de la luz –le confió.

Ella no reaccionó, pero Jack sabía que estaba escuchando. Simplemente, ya no tenía fuerzas para abrir los ojos siquiera.

–No puede saberlo –prosiguió Jack–. No puede ver la luz de los ojos de un unicornio porque, aunque tenga antepasados feéricos, es humano sobre todo. Por eso no se ha dado cuenta… pero pronto lo sabrán, Victoria. Tarde o temprano vendrá algún feérico y lo detectará. Y Christian lo descubrirá inmediatamente. No sé qué sucederá entonces, pero… por si acaso, es mejor no decirles nada.

Victoria abrió los ojos entonces y lo miró, triste y cansada. Jack tragó saliva. Sus ojos seguían siendo tan bonitos como los recordaba, pero habían perdido aquel brillo que los hacía especiales. Desde el pálido rostro de Victoria, aquellos ojos le dirigían una mirada profundamente humana.

Qaydar encontró a Tanawe conversando animadamente con Kimara en la terraza, junto al enorme dragón artificial que reposaba sobre las baldosas de mármol, enroscado sobre sí mismo.

–¿Intentando robarme hechiceras para tu causa, Tanawe? –la saludó Qaydar con una sonrisa.

Sus relaciones con la Hacedora de Dragones se habían deteriorado mucho en los últimos tiempos, pero el haber visto a Victoria consciente había mejorado mucho su humor, y estaba dispuesto a hacer las paces. Por otro lado, los dos hechiceros habían luchado juntos en Nurgon y en la batalla de Awa, codo con codo y, en el fondo, a Qaydar le apenaba que se hubieran distanciado.

–Las hechiceras deberían ser libres para ir a donde les pareciera, Qaydar –replicó la maga con frialdad–. Al fin y al cabo, la Orden Mágica ya no es lo que era; no se puede permitir el lujo de seguir manteniendo las mismas normas que hace veinte años.

El Archimago miró a Kimara, que adoptó un aire inocente. No pudo engañarlo. Sabía que Tanawe quería a Kimara en sus filas, como piloto o como maga de apoyo, puesto que los dragones artificiales precisaban de la magia para funcionar y, desde la extinción de los unicornios, los magos habían empezado a convertirse en una rareza en Idhún. También sabía que la lucha de Tanawe contra los sheks había pasado a ser algo personal después de la batalla de Awa. En ella había fallecido Rown, su compañero, el padre de su hijo Rawel. Y Denyal, su hermano, había perdido un brazo, salvajemente mutilado por la bestia que un día había sido el príncipe Alsan de Vanissar.

Rown y Tanawe habían desarrollado juntos la idea de los dragones artificiales. Denyal los había capitaneado contra los sheks. Juntos, los tres, eran el alma de los Nuevos Dragones. Ellos y media docena de pilotos valientes, como Garin, como Kestra, como Kimara.

Todos ellos estaban muertos, a excepción de Kimara. Habían vencido en la batalla, pero habían tenido que pagar un precio muy alto por aquella victoria. Y Tanawe, rota de dolor, había decidido que los Nuevos Dragones no morirían allí.

La hechicera había sido una persona alegre y jovial, para quien la construcción de dragones era, a la vez, un reto y algo tan hermoso como hacer que aquellas poderosas criaturas volvieran a surcar los cielos idhunitas. Antes, Tanawe había liderado a los Nuevos Dragones por vocación. Ahora lo hacía por venganza. Tanawe se había convertido en una mujer dura y resentida que pocas veces sonreía. Compartía, además, tres cosas con Kimara: la admiración por los dragones, el odio hacia los sheks y el deseo de seguir luchando.

–La Orden Mágica nunca volverá a ser lo que era si los hechiceros nos dispersamos en lugar de volver a unirnos, Tanawe –replicó Qaydar.

–La Orden Mágica nunca volverá a ser lo que era, y punto –cortó Tanawe–. No sin unicornios que consagren a más magos. Cuando muera el último de nosotros…

–… entonces tus dragones dejarán de funcionar. Es por eso por lo que debemos unirnos para hallar la manera de seguir transmitiendo nuestra magia, con o sin unicornios…

–Los hechiceros más poderosos llevan siglos tratando de emular los poderes de los unicornios. No deberíamos perder el tiempo buscando lo imposible. Puede que mis dragones dejen de funcionar, pero para entonces habremos exterminado hasta la última serpiente de nuestro mundo. Como ves, tenemos una larga tarea por delante, así que te agradecería que dejaras de retener a hechiceros que pueden ser mucho más útiles en nuestros talleres de Thalis.

Qaydar suspiró para sus adentros. Ya lo habían hablado muchas veces, y nunca se ponían de acuerdo. Ninguno de los dos daría su brazo a torcer.

–Has venido a llevarte a Kimara, ¿no es cierto? Deja que te recuerde que su educación aún no ha concluido. Todavía es una aprendiza.

–Yo me encargaré de su educación, Archimago. Además, Kimara es también una guerrera, no puedes obligarla a pasar su vida encerrada en una torre.

–Es una maga –repuso Qaydar con sequedad–. Y eso no lo he decidido yo… sino un unicornio –se volvió hacia Kimara–. Te hicieron entrega de un don maravilloso, un don por el que muchos matarían. El unicornio que te dio ese poder te necesita, nos necesita a todos ahora mismo. Tú decidirás qué vas a hacer con lo que te entregó en su día. Si vas a devolverle el favor, aprendiendo los misterios de la magia y ayudándonos a restaurarle la salud… o si vas a malgastar tus dones dejando que te maten en una guerra que no es la tuya.

–Es mi guerra… –empezó Kimara.

–No, no lo es. Los magos no tenemos patria, no tenemos tierra. Todo Idhún es nuestro hogar, el mundo entero es nuestra patria. Y no importa cuántas veces salves Kash-Tar, no importa a cuántas serpientes extermines, porque si no salvamos al último unicornio, no habremos salvado nada.

Ninguna de las dos respondió. Qaydar suspiró, cansado.

–¿Cuándo partís para Kash-Tar, Tanawe?

–Calculo que estaremos listos en unos quince días, aproximadamente.

Qaydar se volvió hacia Kimara.

–Tienes quince días para pensártelo. Sé que deseas marcharte ahora, pero ¿sabes?… no es un buen momento. Las cosas están cambiando, para bien o para mal. ¿Entiendes?

La semiyan asintió.

–Entiendo.

–Está anocheciendo, Tanawe. Pediré que te preparen una habitación. Después podremos cenar juntos si lo deseas, pero ahora… hay otros asuntos que requieren mi atención. Buenas tardes, señoras.

Con una breve inclinación, Qaydar se despidió de ellas y volvió a entrar en la torre.

–¿Las cosas están cambiando? –repitió Tanawe–. ¿A qué se refiere? Kimara recordó la petición de Jack.

–A nada en particular –mintió–. Ya sabes cómo es… Ve conspiraciones y profecías en todas partes –alzó la mirada hacia ella–. Quince días, Tanawe. Aún quiero ir con vosotros, pero no me necesitáis, al menos no de momento; y, después de todo, Qaydar sigue siendo mi maestro.

–Me habría gustado contar contigo para poner a punto a los dragones, pero entiendo tu postura, y la respeto.

«No es por Qaydar», se dijo Kimara. «Es por ti, Victoria. Qaydar tiene razón: estoy en deuda contigo, y puede que estos días necesites a una amiga cerca».

Shail observó con aprensión la reluciente pierna metálica que Ydeon le mostraba.

–No puedes estar hablando en serio –dijo; era la enésima vez que repetía aquellas palabras.

El gigante sacudió la cabeza.

–Ha estado toda la noche dentro del hexágono de poder que tú mismo creaste, empapándose de energía mágica. Ha costado mucho trabajo, pero ya está lista; estoy seguro de que has notado los cambios. ¿Vas a echarte atrás ahora?

El mago contempló la pierna artificial. Era cierto que, si se quedaba mirándola fijamente, podía apreciar una leve palpitación en su superficie, pulida y brillante. Suspiró.

–¿Y cómo esperas acoplar eso a mi muñón? Por muy viva que parezca estar, no es una parte de mí.

–Y, sin embargo, desea ser una parte de ti, porque es tu magia la que le ha otorgado la vida, y porque es una pierna que cree ser de carne y hueso. Necesita un cuerpo en el que acoplarse. Pero tú ya deberías saber de estas cosas. ¿Acaso no eres un mago?

Shail dudó. Sí, era cierto, un mago mantenía su mente abierta a todas las posibilidades de la magia; un mago creía en lo increíble. Particularmente él, que había visto en la Tierra cómo la energía podía mover cosas artificiales; que había asistido allí mismo, en Idhún, al despegue de los fabulosos dragones de Tanawe, máquinas que cobraban vida gracias a la magia. «Pero no eran dragones de verdad», se dijo. «Aunque lo parecieran».

No obstante, habían sido reales para mucha gente, personas que habían luchado por la libertad de Idhún bajo la sombra de sus grandes alas. Eran máquinas, pero habían sustituido a los verdaderos con gran eficacia. Igual que las máquinas de la Tierra sustituían a muchas otras cosas.

«Para llenar un vacío», pensó de pronto. «Para eso sirven estos objetos».

Tras una breve vacilación, se subió lentamente el bajo de la túnica y se remangó el pantalón hasta dejar al descubierto el muñón de la pierna derecha, que las hadas le habían amputado tiempo atrás, en el bosque de Awa, para impedir que el veneno de un shek se extendiese al resto de su cuerpo.

Ydeon hizo ademán de acercarle la pierna artificial, pero Shail lo detuvo con un gesto.

–No. Lo haré yo mismo.

Tomó el miembro de metal con ambas manos. Le sorprendió sentirlo cálido entre sus dedos. También le pareció que palpitaba. Respiró hondo y lo acercó al muñón, como quien intenta calzarse una bota. Titubeó un momento, antes de colocarlo en el lugar donde había estado la pierna perdida.

Fue instantáneo. El metal fluyó a través de su piel, de su carne, buscando fundirse con ella. Shail lanzó un grito y soltó la pierna artificial, pero esta ya había lanzado sus tentáculos de metal líquido y los trenzaba en torno al muslo del mago.

–¡Quítame esa cosa! –jadeó Shail, aterrorizado–. ¡Arráncamela!

Ydeon se limitó a contemplar la escena, cruzado de brazos, con impasibilidad pétrea. Cuando, por fin, Shail se dejó caer sobre el suelo, convulso, la pierna de metal se había solidificado, uniéndose por completo a su cuerpo de carne, y era una fusión perfecta.

–¿Lo ves? –dijo el gigante–. No ha sido para tanto.

Shail se atrevió a echar un vistazo. Su nueva pierna reverberaba con un suave reflejo metálico que sugería la magia que latía en ella. Recorrió con un dedo su superficie lisa y perfecta, sus formas suaves y equilibradas.

–Es hermosa –dijo en voz baja; alzó la cabeza para mirar a Ydeon–. ¿Podré caminar con ella?

–Inténtalo.

Shail dudó. Por si acaso, alcanzó su bastón y se puso en pie, apoyándose en él y en la pierna izquierda. Dobló la rodilla derecha.

–Pero es de metal –dijo.

–Inténtalo –repitió Ydeon.

Shail se mordió los labios, pero trató de mover el tobillo derecho… un tobillo artificial.

Para su sorpresa, el pie de metal ejecutó la orden y trazó un semicírculo, tal y como Shail deseaba. Agitó entonces los dedos de metal y contempló, estupefacto, cómo se movían. Dobló la rodilla. Parecía imposible que aquella articulación metálica pudiera moverse… y, no obstante, lo hizo sin un solo ruido.

Tragó saliva y apoyó la planta del pie en el suelo, con cuidado. Vaciló antes de dejar caer el peso del cuerpo sobre la pierna derecha. Esta se mantuvo tan firme como la izquierda. Shail dejó escapar una breve carcajada incrédula. Intentó dar un paso, todavía sin soltar el bastón. La pierna de metal obedeció sus deseos y sostuvo su cuerpo mientras el pie izquierdo avanzaba un poco. Pesaba más que su pierna de carne, pero podía moverla aplicando solo un poco más de esfuerzo.

Maravillado, Shail siguió dando pasos, uno detrás de otro, lentamente, hasta que se sintió lo bastante seguro como para dejar de lado el bastón. Después de dar varias vueltas por la sala, y una vez se hubo convencido de que, en efecto, su pierna de metal funcionaba a la perfección, alzó la cabeza hacia Ydeon, radiante.

–Puedo caminar –dijo; le temblaba la voz–. ¡Puedo caminar de nuevo! Había llegado a creer que nunca volvería a hacerlo –se puso serio de pronto–. Gracias, Ydeon. Estoy en deuda contigo. ¿Cómo puedo pagártelo?

El gigante sonrió.

–Desearía volver a ver algún día a Domivat, la espada de fuego, y conocer a su portador.

Shail calló un momento. Después, asintió con energía.

–Te prometo que los traeré a ambos en cuanto me sea posible.

Pensó en Jack. Mientras Victoria estuviese enferma no se separaría de ella, y menos para ir al fin del mundo. Pero Kirtash había dicho que ella había despertado.

Respiró hondo. Hacía ya varios días que el shek había abandonado Nanhai, y Shail se había visto tentado de seguirlo y regresar a Kazlunn, con Jack y con Victoria. Pero, aunque le doliera admitirlo, Kirtash tenía razón: la joven ya no era responsabilidad suya. De todas formas, no había resistido la tentación de escribir un mensaje a Zaisei contándole todo lo que había sucedido. Había invocado a un pájaro de las nieves para que llevara el mensaje hasta Rhyrr, donde se encontraba la joven sacerdotisa.

–¿Vas a marcharte, pues? –preguntó entonces Ydeon.

Shail llevaba tiempo considerándolo, y si había demorado su partida se había debido a que la pierna de metal todavía no estaba lista. Días atrás le había prometido a Ydeon que esperaría, que se arriesgaría a probarla. Le echó un vistazo crítico. Sí, parecía extraña, pero funcionaba. Y sospechaba que si se sentía algo incómodo con ella, no era debido a que fuera un miembro artificial, sino al hecho de que llevaba tanto tiempo arreglándoselas con una sola pierna que le costaba hacerse a la idea de que volvía a tener dos.

Pero todavía no estaba seguro de haber concluido su misión en Nanhai. Había obtenido información muy valiosa, y quería hablar con Ha-Din y con Gaedalu acerca de la llegada de Karevan a Idhún. Sin embargo, aún no tenía noticias de Alexander y, por otra parte, Ymur le había dicho que lo aguardaba en el Gran Oráculo.

Karevan, si es que era realmente él, seguía haciendo temblar las montañas. Pero los gigantes parecían haberse acostumbrado ya al fenómeno, porque habían dejado de prestarle atención. Ynaf se había instalado en otra cueva, más al sur, y estaba ocupada tratando de hacerla habitable. Había corrido la voz, a través de la piedra, de que aquella zona era peligrosa, y algunos gigantes habían optado por trasladarse, como había hecho ella, lejos de allí. Por lo demás, todo seguía como siempre.

Ymur había regresado a las ruinas del Gran Oráculo. Según les había contado, esperaba visita. Ha-Din había enviado a un grupo de sacerdotes, constructores y albañiles para iniciar las obras de reconstrucción del edificio, que había sido destruido por los sheks muchos años atrás. Tras la caída de Ashran, nada parecía impedir que los Oráculos fuesen levantados de nuevo. Los sheks tenían cosas más importantes en que pensar.

–Voy a marcharme –decidió Shail entonces–, pero no hacia el sur, sino en dirección al norte. Al Gran Oráculo. Les contaré a los enviados de Ha-Din lo que hemos visto en las montañas. Tal vez ellos quieran echar un vistazo por sí mismos. Y si regresan al Oráculo de Awa…, entonces me iré con ellos.

«Y desde allí partiré hacia Rhyrr», se dijo, «para ver a Zaisei».

El Anillo de Hielo había estado a punto de acabar con él cuando había intentado atravesarlo, tiempo atrás. Tal vez no fuera buena idea partir solo; y, de todas formas, desde el Gran Oráculo podía tomar la ruta de la costa que bordeaba Nanhai hasta llegar a Nanetten, y que era el camino por el que llegaría, y se marcharía, el grupo enviado por Ha-Din.

Ydeon se encogió de hombros.

–Como quieras –dijo–. Que tengas buen viaje. Yo estaré aquí cuando regreses, con o sin el portador de Domivat.

Y dio media vuelta y se metió en su taller. Shail se quedó con la boca abierta. Lo siguió, y mientras caminaba no pudo dejar de advertir que su nueva pierna seguía adaptándose a sus movimientos a la perfección.

–¡Un momento! ¿No quieres acompañarme? Ydeon se volvió hacia él.

–¿Para qué? No tengo nada que hacer allí y… ah, comprendo. Quieres que te acompañe. Necesitas que te acompañe.

Shail enrojeció levemente. Un humano habría considerado enseguida la idea de que tal vez al mago no le apeteciera viajar solo por una tierra extraña. Al gigante no se le había ocurrido.

–Los humanos necesitáis compañía. Siempre se me olvida ese detalle.

«Kirtash no necesita compañía», pensó Shail de pronto. «Por eso Ydeon y él se llevan tan bien. Pero es que… Kirtash no es del todo humano, de todas formas».

–Déjalo. Tengo mi magia y una nueva pierna; me las arreglaré bien. Ydeon asintió.

–Muy bien. Que tengas buen viaje, mago.

«Un humano habría insistido», pensó Shail.

–Gracias –dijo sin embargo.

Aquella noche, la pierna de metal le dio problemas. De pronto, sin ninguna razón aparente, la zona donde la carne se fusionaba con el metal empezó a dolerle terriblemente, como si se estuviese abrasando. El intenso dolor lo despertó de un sueño ligero e inquieto, y tuvo que contenerse para no gritar. Apartó las mantas y se arrastró hasta la burbujeante caldera de lava que calentaba la estancia y la iluminaba tenuemente. Bajo la luz rojiza examinó su nueva pierna, apretando los dientes para resistir el dolor. Le pareció que tenía el muslo hinchado.

Respirando entrecortadamente, se aplicó a sí mismo un hechizo para calmar el dolor y reducir la hinchazón. Cuando las molestias remitieron, se incorporó como pudo y fue a buscar a Ydeon.

Para cuando el gigante estuvo lo bastante despejado como para echarle un vistazo a su pierna, el dolor se había calmado casi por completo. Shail lo atribuyó a su hechizo, aunque no dejó de sorprenderse de que hubiera funcionado tan bien.

–Parece que vuelve a soldarse –comentó Ydeon.

–¿Que vuelve a qué?

–A soldarse.

–Sí, ya lo había oído. ¿Quieres decir que la pierna se estaba… desprendiendo?

Ydeon lo miró a los ojos.

–Cuando duermes –dijo–, los latidos de tu corazón se ralentizan y tu respiración se hace más pausada. Lo mismo sucede con tu magia. Se adormece, por así decirlo. Tu magia es lo que mantiene la pierna en su sitio, lo que la convierte en un objeto… vivo. Si te duermes o pierdes el conocimiento, la magia se debilita.

Shail calló un momento, confuso.

–¿Quieres decir que tengo que estar consciente para que la pierna siga en su sitio? ¿Y que si me duermo… se caerá? Pero… ¿y el dolor? ¿Es esa falta de magia lo que ha hecho que mi cuerpo reaccionara contra el metal de esa manera?

–Me temo que sí.

Shail apretó los dientes.

–Sabía que no era buena idea.

–¿Quieres que intente quitártela?

–¿Puedes hacerlo?

–Entre los dos podemos, sí. Pero solo mientras la magia fluya entre tu cuerpo y el miembro artificial. Entonces se puede desprender de la misma manera que se unió a ti. Pero si intento quitártela cuando esa unión no sea limpia y perfecta… será una carnicería.

A Shail se le puso la piel de gallina.

–Hay otra opción, sin embargo –añadió Ydeon–. Dos, en realidad. Una de ellas consiste en evitar que la magia se debilite. En mantener activo tu poder incluso cuando estás dormido.

–Puede hacerse –asintió Shail–. Hay amuletos especiales para eso. Pero a veces fallan. ¿Y la otra opción?

–La otra opción es transferir al metal un poder superior al que tú, como mago, posees. Me refiero al poder de un dragón, de un unicornio o de un shek.

El mago calló, pensativo.

–¿Pero eso no tendría efectos secundarios? Piensa en Domivat. Está forjada con fuego de dragón y ningún humano puede blandirla sin abrasarse.

Ydeon rió, con una risa que retumbó como una avalancha de rocas.

–Está pensada para eso: para que ningún humano pueda empuñarla. Pero hay niveles y niveles. Tal vez a tu pierna solo le haga falta un poco de fuego de dragón, o de escarcha de shek, o un leve roce del cuerno de un unicornio.

Shail movió la cabeza.

–No puedo evitar pensar que me estás utilizando para un extraño experimento, Ydeon. Me niego a creer que hayas probado esto antes con otras personas.

–No lo he hecho –admitió el gigante–. Pero no voy a obligarte a seguir con esa pierna, si no quieres. La decisión es tuya.

Shail volvió a contemplar su nueva pierna artificial. De nuevo parecía sólidamente unida a su cuerpo. El dolor y la hinchazón habían desaparecido por completo. Flexionó la rodilla y observó cómo la luz del arroyo de lava arrancaba reflejos rojizos de su superficie metálica. Recordó lo bien que se había sentido al volver a caminar. Vaciló. Era una pierna tan hermosa… tan perfecta…

–No quieres desprenderte de ella tan pronto –adivinó Ydeon.

–No –reconoció Shail en voz baja–. Creo que seguiré con ella un poco más. Sé cómo hacer un amuleto de mantenimiento. Probaré a ver qué tal funciona con eso y… –se interrumpió de pronto, recordando que tenía un viaje planeado. Pero si la pierna le daba problemas… no sería buena idea que esos problemas lo sorprendieran lejos de la caverna del forjador de espadas.

Ydeon le dirigió una larga mirada pensativa.

–Creo que, después de todo –dijo finalmente–, va a ser mejor que te acompañe al Oráculo. Por si acaso.

Partieron dos días después, cuando los primeros rayos de Evanor se abrieron paso entre las nieblas de Nanhai y rozaron las blancas cumbres de las montañas. Shail no había pegado ojo en toda la noche, ni tampoco la anterior: temía rendirse al sueño y encontrarse, al despertar, con que su maravillosa pierna artificial no era más que una enorme astilla de metal atravesando su carne, carne llagada, sangrante… destrozada. Ydeon le había conseguido una gema de piedra minca, un mineral de color violáceo con el que los hechiceros elaboraban muchos de sus amuletos, porque era muy receptivo a la energía mágica. Con ella le había forjado un colgante para que pudiera llevar el talismán prendido del cuello. Shail se había encargado de realizar el ritual para convertir la gema de piedra minca en un amuleto de mantenimiento.

Ahora lo llevaba colgado al cuello, una enorme gema cárdena del tamaño de un puño. Habría preferido que fuera algo menos llamativo, pero Ydeon no se sentía cómodo trabajando con cosas pequeñas. De todas formas, poco a poco el amuleto empezaba a hacer efecto, porque se notaba más despierto y perceptivo, a pesar de que llevaba tanto tiempo sin dormir.

Viajaron durante todo el día, deteniéndose solo para comer. La pierna de Shail no dio ningún problema. Y cuando hicieron un alto para descansar por la noche, en una grieta de las montañas, el joven mago cayó rendido de cansancio, y durmió de un tirón hasta el primer amanecer, sin preocuparse por nada más. Mientras tanto, su amuleto de mantenimiento brillaba tenuemente en la semioscuridad, con una suave luz violeta, conservando su magia tan activa como cuando estaba despierto.

Al levantarse por la mañana y comprobar que todo estaba en orden, Shail se sintió contento y optimista por primera vez en mucho tiempo. Deseó que Zaisei estuviera allí para poder compartir su alegría con ella. Si todo iba bien, pronto volverían a encontrarse.

Zaisei recorría las calles de Rhyrr sin apenas fijarse en lo que sucedía a su alrededor. Era cierto que había echado de menos la Ciudad Celeste, llena de luminosas plazas y amplias calles, bordeadas de edificios de paredes blancas y tejados de cúpulas azules, salpicada de las altas torres-mirador que se elevaban hacia el claro cielo de Celestia y que tanto gustaban a los celestes, porque subiendo a su cúspide se sentían más cerca de su elemento. Había echado de menos la sensación de estar rodeada de su gente, la paz que ello suponía, sin mentiras, sin engaños, sin malos deseos. Convivir con otras razas, especialmente con humanos, resultaba agotador para cualquier celeste, y Zaisei, pese a haber pasado casi toda su vida lejos de Celestia, no era una excepción.

Sin embargo, aquel día deseaba con toda su alma estar en otra parte.

Llegó casi sin aliento a la Biblioteca, uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, con un cuerpo central cubierto por tres cúpulas, una sobre otra, y dos amplios cuerpos laterales que se extendían como las alas de una mariposa. Zaisei había admirado a menudo la delicada y equilibrada belleza de aquel lugar, pero en aquella ocasión no se detuvo a contemplar las enormes paredes acristaladas ni las altas columnas blancas. Subió por las escaleras a toda prisa y recorrió las estancias, en busca de la Venerable Gaedalu.

Tenía una idea bastante aproximada de dónde encontrarla. La Madre y su cortejo habían llegado allí varias semanas atrás, y se habían alojado en una de las grandes casas de Rhyrr, que el alcalde de la ciudad les había cedido con mucho gusto cuando Gaedalu había expresado su deseo de pasar un tiempo allí, consultando los archivos de la biblioteca. La varu solía pasar los días, y a veces también las noches, encerrada en una de las salas más restringidas, aquella en la que se guardaban los documentos más antiguos. Zaisei no sabía qué estaba buscando Gaedalu con tanto afán, pero sí estaba al tanto de que la mayor parte de los textos que examinaba trataban sobre mitología, historia y religión. Aquello, en principio, no tenía nada de particular. Los Oráculos estaban sumidos en el caos, el último unicornio se debatía entre la vida y la muerte y el último dragón había anunciado que se avecinaba una guerra de dioses, una guerra que podría arrasar el continente. Si Gaedalu buscaba respuestas en los textos antiguos, la Biblioteca de Rhyrr era el lugar más indicado. No obstante, había dos cosas que preocupaban a Zaisei. La primera era que ella y Gaedalu llevaban ya mucho tiempo allí, y que las sacerdotisas del Oráculo necesitaban a la Madre en Gantadd. Y la segunda, y más inquietante aún, tenía que ver con los sentimientos de Gaedalu.

Zaisei sacudió la cabeza y trató de no pensar en ello. Además, las noticias que había recibido aquella misma mañana lo cambiaban todo y daban un nuevo giro a las pesquisas de la varu.

Al llegar a la estancia halló a la Madre Venerable inclinada, como siempre, ante un enorme volumen que había sacado de una de las estanterías del fondo. Estaba tan concentrada en su estudio que no se había dado cuenta de que su piel empezaba a resecarse.

Zaisei frunció el ceño, inquieta, pero no por el estado de la piel de la Madre. En los últimos tiempos no resultaba agradable acercarse a ella. Cuando lo hacía, Zaisei experimentaba en su interior ecos de un sentimiento sombrío y violento, un rastro de dolor, odio y deseo de venganza que la turbaban y le revolvían el estómago. Aquella sensación era más intensa cuando se reunía con Gaedalu en la biblioteca. Lo que estaba buscando en aquellos documentos antiguos alimentaba aquel odio en el corazón de la varu, eso parecía claro; pero Zaisei no podía deducir nada más, y tampoco se atrevía a preguntar.

Se quedó en el umbral, por tanto, y carraspeó con delicadeza para hacerse notar. Gaedalu alzó la cabeza. Inmediatamente, la sensación desagradable disminuyó, y Zaisei detectó, como de costumbre, el cariño y el orgullo que teñían los sentimientos de la Madre cada vez que la miraba. Zaisei se sentía abrumada y agradecida ante aquel cariño: sabía que Gaedalu la trataba más como a una hija que como a una pupila, porque había sido buena amiga de su madre y porque, al protegerla a ella, de alguna manera, recordaba a Deeva, la hija que había perdido tiempo atrás. Zaisei no había llegado a conocer a Deeva. Ella era una niña de poco más de cinco años en la época de la conjunción astral, cuando Deeva, por aquel entonces una poderosa hechicera, había partido al exilio para no volver.

Zaisei, en cambio, se sentía demasiado intimidada por Gaedalu como para poder tratarla con la misma confianza que a una madre, aunque la admiraba y hacía lo posible por no decepcionarla.

«Zaisei», sonrió Gaedalu. «¿Qué pasa? ¿A qué vienen tantas prisas?». La joven trató de olvidar el rastro de odio que había percibido en la Madre Venerable. Los celestes nunca ocultaban sus sentimientos entre ellos, porque no podían hacerlo, pero eran muy conscientes de que otras razas no poseían esa capacidad de leer en los corazones de los demás y que por eso escondían o disimulaban sus emociones, temerosos de que otros pudieran descubrirlas. Por una cuestión de respeto, los celestes habían aprendido a ser discretos en ese aspecto, y por norma general se guardaban para sí lo que sabían sobre los sentimientos ajenos.

–Ha llegado un mensaje desde Nanhai, Madre Venerable –anunció, y sonrió sin poder evitarlo–. Es de Shail, el hechicero.

Cualquier celeste habría notado sin ninguna dificultad que el corazón de Zaisei se henchía de emoción cada vez que pronunciaba su nombre. Pero Gaedalu no necesitaba ser celeste para saber muy bien, a aquellas alturas, cuál era la relación existente entre los dos jóvenes. Le dirigió una mirada severa.

«No me gusta ese muchacho, Zaisei», decretó. «Dice cosas extrañas y ha estado aliado con el hijo de Ashran».

Cuando Gaedalu mencionó a Kirtash, Zaisei volvió a percibir aquella huella de ira y odio en su alma. Retrocedió un paso, intranquila, pero se obligó a centrarse en el tema que estaban tratando.

–Existe un lazo, Madre Venerable –le recordó con tacto.

«Lazos», repitió Gaedalu. «Los celestes concedéis demasiada importancia a los lazos».

Zaisei sonrió. Había mantenido aquella discusión con muchas personas no celestes.

–Al final resulta –dijo– que los lazos son siempre lo único que importa.

«Lo único que puede hacer cambiar el curso de la historia, o incluso malograr una profecía; la diferencia entre la victoria o la derrota de un dios», se dijo, con un ligero estremecimiento, al recordar la extraña relación entre Jack, Christian y Victoria.

«Bien, existe un lazo entre Shail y tú», suspiró Gaedalu. «De acuerdo. Supongo que ya eres mayorcita para saber lo que estás haciendo».

Zaisei inclinó la cabeza.

–Gracias, Madre Venerable. Pero no os he molestado para hablar de lazos ni de mi relación con Shail. La carta contiene información importante, que debéis conocer de inmediato.

Una parte del mensaje de Shail también era personal. El mago no había podido resistir la tentación de decirle en la carta lo mucho que la quería y cuánto la echaba de menos. Zaisei sonrió para sus adentros. A Shail le había costado mucho sincerarse con ella en su día, pero, una vez lo había hecho, solía reiterar sus sentimientos muy a menudo, sin tener en cuenta que Zaisei ya los conocía. «Supongo que es difícil para él, para todos los humanos en general», pensaba la joven a veces, «puesto que no son capaces de ver los lazos que existen entre las personas y van a ciegas en cualquier relación».

Se saltó aquellos párrafos y leyó en voz alta la parte referente a los descubrimientos de Shail en Nanhai. Como la primera vez que sus ojos habían paseado sobre aquellas líneas, Zaisei no pudo evitar que se le encogiera el corazón de angustia al imaginar la cordillera sacudida por una fuerza destructora que Shail asociaba con el dios Karevan.

«¿Cómo se atreve a insinuar semejante cosa?», dijo Gaedalu, perpleja, y hasta Zaisei llegó una pequeña oleada de disgusto.

–El sacerdote Ymur parecía estar de acuerdo con esta teoría, Madre Venerable.

«Pasemos eso por alto. Sigue leyendo, por favor».

–«Lo que más me preocupa es que, si este extraño fenómeno se debe a la acción del dios Karevan, puede que algo semejante suceda en otros lugares de Idhún. Y si los otros dioses son tan destructivos como este, tendremos que encontrar la manera de detenerlos o de evacuar a los habitantes de los lugares donde se manifiesten, si es que se manifiestan todos de forma similar. Ymur ya ha escrito al Venerable HaDin para contarle todo lo que estamos viendo estos días en Nanhai. Yo voy a quedarme un poco más para ver si averiguo más cosas, pero no veo la hora de regresar y…» –Zaisei se saltó lo que seguía, ligeramente ruborizada–. «Los magos también estarán sobre aviso. Parece ser que Victoria ha despertado de su trance, aunque esto no he podido comprobarlo por mí mismo, y por tanto te agradecería que averiguaras si es verdad. Lo he sabido a través de Kirtash, que en estos momentos viaja hacia Kazlunn…».

«¿Kirtash?», estalló Gaedalu. La palabra sonó con tanta fuerza en la mente de Zaisei que la muchacha dejó escapar un grito y se llevó las manos a las sienes. «¿Insinúas que tu mago ha estado con ese monstruo todo este tiempo? ¿Cómo te atreves a venir a contarme esas historias de dioses destructores, sabiendo que han salido de la lengua envenenada de un shek?».

Zaisei retrocedió un par de pasos, asustada por la violencia de los sentimientos que percibía en Gaedalu. Se irguió, no obstante, para responder con firmeza:

–Lo que se cuenta en esta carta lo vio Shail con sus propios ojos, y varios gigantes corroboran sus palabras, entre ellos el sacerdote Ymur, del Gran Oráculo.

«Es evidente que ese shek los ha engañado a todos», gruñó Gaedalu. «Vete con tu carta, hija, y reza a Irial para que ilumine tu entendimiento y te haga ver que todas estas mentiras no son sino otra artimaña de las serpientes para hacernos dudar de nuestros dioses».

–Entonces, ¿por qué los Oráculos nos hablan a gritos, Madre? Gaedalu dejó escapar una suave risa gutural.

«Puede que se hayan dado cuenta de que últimamente nos hemos vuelto un poco sordos. Vete en paz, hija, y no dejes que te confundan con esas historias».

Zaisei no discutió. Salió de la habitación, aún con la carta de Shail entre las manos, y después abandonó la biblioteca, pensativa y muy preocupada. No dudaba de las palabras del mago, pero estaba de acuerdo con Gaedalu en que Kirtash era un ser retorcido e imprevisible, con una inteligencia perversa. Sin embargo, otras personas, entre ellas Jack, habían corroborado la historia de la próxima llegada de los dioses. A Gaedalu la cegaba el odio hacia Kirtash, y tal vez eso podía impedirle ver la verdad.

La tranquilizaba saber que al menos Ha-Din estaba sobre aviso. Tal vez él sí se tomara en serio la alerta que llegaba desde Nanhai; tal vez lograra convencer a Gaedalu…

Pero, entretanto, ¿qué podía hacer ella? ¿Qué debía hacer? ¿Acudir a Kazlunn para comprobar cuál era el estado de Victoria? ¿Regresar al Oráculo? ¿Ir al encuentro de Ha-Din? ¿O permanecer con Gaedalu? Estaba empezando a pensar que había algo extraño en todo aquello, en el modo en que la Madre Venerable bebía de aquellos antiguos libros, con ansia, como si estuviera buscando algo que fuera más allá de una información teórica o un conocimiento olvidado.

Reprimió un estremecimiento. Comprendía que Gaedalu odiase a Kirtash, porque el shek se había ganado muchos enemigos y era difícil sentir aprecio hacia él, después de todo lo que había hecho.

«Pero al final», se recordó a sí misma, oprimiendo con fuerza la carta de Shail entre los dedos, «son los lazos los que cuentan, los que hacen cambiar las cosas. Al final, los lazos son lo único que queda».

Lenta, muy lentamente, Victoria fue recuperando fuerzas.

Al principio resultaba frustrante para Jack, que era quien seguía pasando la mayor parte del tiempo con ella. Victoria no tenía fuerzas para moverse, y no era capaz de pronunciar más de dos o tres frases cada día. Jack cuidaba de ella con paciencia y con cariño, pero empezaba a darse cuenta de que algo no marchaba del todo bien.

Entendió de qué se trataba un día que le estaba dando de cenar, incorporándola con sumo cuidado y tratando de hacerle tragar más de dos cucharadas de sopa.

–No… voy a ponerme bien… ¿verdad? –preguntó ella con esfuerzo.

–Claro que sí –repuso él–. Y antes de lo que crees, ya lo verás. Ella negó con la cabeza.

–No lo piensas… de verdad… –dijo–. Lo dices… solo… para que me sienta… mejor.

Jack la miró un momento y entendió que no iba a poder animarla con palabras vacías. Dejó a un lado la bandeja y la abrazó con cariño.

–Ten paciencia –le dijo al oído–. Esto llevará un poco de tiempo, pero recuperarás tus fuerzas. Volverás a moverte y a hablar como solías. Eres muy fuerte, Victoria, has luchado contra serpientes y nigromantes; saldrás de esta, como has salido de todos los retos que se te han puesto por delante. Te he visto hacer cosas increíbles… y sigues haciéndolas: la última de ellas fue abrir los ojos el otro día.

Ella había abierto la boca como si fuera hablar, pero, o bien no encontró palabras, o bien ya no le quedaban fuerzas para pronunciarlas. Lo había mirado entonces, con aquellos ojos que le producían tanta tristeza. Porque no solo habían perdido la luz, sino que tampoco irradiaban oscuridad. Eran los ojos de una muchacha humana… como otra cualquiera.

Después giró la cabeza y cerró los ojos, y dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Y ya no hizo ni dijo nada más en todo el día.

Jack no supo qué decirle. La dejó sola un rato para que descansara, pero también porque necesitaba pensar. Subió a la terraza y se asomó al mirador, con las sienes ardiéndole.

Victoria no parecía ella misma. No se trataba tan solo de que la luz de sus ojos se hubiese extinguido. Era que aquella criatura débil y temblorosa no recordaba a la mujer fuerte y valiente que él amaba. Cuando la miraba, tan frágil, tan… humana, Jack se sorprendía a sí mismo sintiendo lástima, tal vez ternura, pero no el amor y la pasión que ella le había inspirado. «Pero yo la quiero», pensó. «La quiero». Cerró los ojos y enterró el rostro entre las manos, cansado. La llama se estaba apagando en su interior cada día que pasaba, y lo peor era que Victoria se estaba dando cuenta. «Es una fase», pensó Jack. «Es solo que no estoy acostumbrado a verla así». Victoria lo había pasado mal en otras ocasiones, había estado enferma o en peligro, pero siempre había brillado en ella aquella luz interior, aquella fuerza que hacía pensar a Jack que valía la pena luchar y morir por ella. En cambio, aquella nueva Victoria parecía tan poca cosa, tan perdida y asustada… e incluso parecía temerle a él.

«¿Por qué me tiene miedo?», se preguntó. «¿Precisamente a mí?». Siempre había sentido cierto temor hacia Christian; teniendo en cuenta que él había sido su enemigo, y que su misión había sido matarla, no era de extrañar. Sin embargo, Victoria se había enfrentado a aquel miedo para defender contra viento y marea su relación con el shek. Nunca se había sentido intimidada por Jack, sin embargo. Nunca había tenido motivos. Era su mejor amigo… entre otras cosas.

Eso lo llevó a plantearse algo importante. A lo largo de aquellos días, Victoria había preguntado por todo el mundo. Había preguntado por Shail, por Allegra –y Jack le había hablado del sacrificio del hada, había tenido que explicarle que había muerto en la batalla de Awa–, por Alexander, incluso por Kimara. Pero no había preguntado por Christian. «No es posible que lo haya olvidado», pensó Jack. ¿Y el shek? ¿Sabía que Victoria había despertado ya? La joven todavía llevaba puesto su anillo. ¿Podía la joya transmitirle aquel cambio en su estado? «¿Y qué dirás cuando la veas, Christian? ¿Dónde buscarás ahora la luz que hallabas en ella?».

Victoria se había vuelto muy humana. Demasiado humana para él. «Y yo me he vuelto demasiado dragón para ella», comprendió de pronto. Era eso lo que a Victoria la amedrentaba de él. Lo había mirado de la misma forma en que lo miraban otras personas: como a alguien demasiado grande, poderoso o importante como para osar dirigirse a él. Como si no supieran si era mejor trabar relación con él o apartarse de su camino. «Tan humanos», solía pensar Jack. El tiempo pasado con Christian y con Victoria, y también con Sheziss, lo había apartado de las personas normales y corrientes. Lo había notado al volver a reunirse con lo que quedaba de la Resistencia. Él era diferente. Y eso al principio lo había preocupado. Pero al fin había llegado a pensar que, teniendo a Victoria, y a Christian, de alguna manera, no necesitaba a nadie más. Porque ningún humano, ni feérico, ni celeste, ningún semiyan como Kimara, podía llegar a conocerlo y a comprenderlo bien. Solo su amada y su enemigo. Su compañera y su némesis. Su contrario y su complementario.

Y ahora, Victoria se había vuelto una de ellos. Tan humana…

Con un suspiro, se separó de la balaustrada y volvió a entrar en la torre. Podía soportar el hecho de que su némesis se volviera más humano y abandonara la tríada. Pero perder a Victoria suponía que ya solo le quedaría su enemigo, y esa no era una perspectiva muy halagüeña.

Un día, Jack la sorprendió tratando de levantarse de la cama. La recogió justo antes de que cayera al suelo.

–¿Qué haces? –le reprochó–. Todavía no tienes fuerzas para esto.

–Ya lo sé… Pero es que no soporto… estar tan débil…

–Ya te lo he explicado, cariño. Eres una fusión de dos esencias, de dos criaturas. Una de ellas está moribunda, por lo que la otra tiene que mantener con vida esas dos esencias a la vez. Es como si trataras de hacer funcionar dos aparatos de radio con una sola pila, ¿entiendes? Demasiado estás haciendo ya.

Lo reconfortó ver que su comparación la había hecho sonreír. En Idhún, las personas capaces de comprender aquellas referencias podían contarse con los dedos de una mano. Y Victoria era una de ellas. «Qué diferentes eran las cosas cuando vivíamos en la Tierra».

–Pero… no es suficiente –suspiró ella; alzó la cabeza hacia él y lo miró con aquellos ojos tan expresivos, tan humanos–. No es suficiente…, ¿verdad?

Jack no supo qué decir. «Lo sabe, lo sabe todo», pensó. «Se ha dado cuenta de lo que ha cambiado entre los dos, de mis dudas, de que lo nuestro se ha enfriado. Y sabe por qué». Podía haber perdido la luz y el poder del unicornio, pero, por lo visto, seguía conservando su intuición. Ella sentía que él ya no la quería como antes, y eso la hacía sufrir. De pronto, no lo consideró justo. La joven había dado su vida por él, y Jack era lo bastante canalla como para dudar de su amor por ella.

–Victoria, Victoria, con todo lo que hemos pasado juntos –murmuró, conmovido–. Y que a estas alturas todavía nos pasen estas cosas…

–Pero tú…

–Pero yo te quiero –completó Jack, y se dio cuenta de que era verdad.

Acercó su rostro al de ella y la besó, primero de forma delicada, luego con pasión. Era la primera vez que lo hacía desde la noche del Triple Plenilunio. Victoria gimió suavemente, pero se dejó llevar. Cuando se separaron, ella bajó la cabeza, ruborizada.

–¿Qué? –le preguntó él en voz baja.

–Ha sido tan… –suspiró ella–, tan intenso… que me ha dado hasta miedo.

Jack sonrió.

–Sí, me temo que eso puede ser un problema. Pero no es culpa tuya. Soy yo, ya sabes: el fuego del dragón y todo eso. Puede que con Christian te pase al contrario –bromeó–. El hombre de hielo que da besos de hielo.

Se calló al ver que ella se había puesto seria.

–¿Qué te pasa? ¿No quieres que mencione a Christian? ¿No… no lo echas de menos?

Victoria meditó la respuesta.

–No estoy… segura –dijo en voz baja–. Tengo recuerdos… recuerdos de los dos. Recuerdos hermosos… y recuerdos horribles –hizo una pausa para descansar; Jack aguardó pacientemente a que recuperara el aliento–. Me acuerdo… de sus ojos. De su mirada. Hubo un tiempo… en que me gustaban esos ojos… la forma en que me miraba. Pero ahora, a veces… sueño con ellos… y me producen pesadillas.

«Demasiado humana», se dijo Jack.

–Él nunca te haría daño, Victoria.

«No es verdad», pensó enseguida. «Le ha hecho daño muchas veces, pero ella siempre ha estado dispuesta a correr el riesgo. Ahora ya no tiene fuerzas, ya no sabe si vale la pena».

Ella respiró hondo y cerró los ojos un momento, y Jack vio que estaba cansada.

–Ya has tenido demasiadas emociones por hoy, señorita. Ha llegado la hora de descansar hasta mañana. ¿Ves? Ya ha pasado el segundo atardecer. Las niñas buenas se van a dormir cuando cae el primer sol.

La alzó en brazos y la llevó de nuevo hasta la cama. Victoria se dejó arropar y le dedicó una cálida sonrisa.

–Gracias, Jack.

Él le sonrió a su vez.

–De nada. Me gusta cuidar de mi chica.

Ella cerró los párpados, exhausta. Menos de dos minutos después, ya dormía profundamente.

Era ya de noche, pero en el campamento reinaba una gran actividad. Siempre había cosas que hacer, planes que trazar, gente a la que entrenar. Gerde paseaba por entre las chozas de los szish, sonriendo para sí. Se detuvo para observar de lejos a un grupo que atendía a las indicaciones de uno de los iniciados. Eran los jóvenes que había pedido, seleccionados entre todos los clanes; habían superado las primeras pruebas, pero aún les quedaban algunas más, que tendrían lugar en los próximos días. De allí saldría el elegido. Aquel que ocuparía un lugar muy importante en los planes futuros de Gerde.

Descubrió en el grupo a un szish muy jovencito, casi un niño. Frunció el ceño. Era extraño que alguien así hubiera llegado hasta allí, teniendo en cuenta lo dura que debía de ser la competencia. Gerde percibió que el muchacho szish se había percatado de su presencia y la miraba a su vez, haciendo caso omiso de la charla del iniciado, y arriesgándose, por tanto, a recibir una reprimenda. No parecía importarle, sin embargo. Su rostro de serpiente permanecía inalterable y, no obstante, Gerde detectó en sus ojos un brillo de adoración, sincero y profundo. Le sonrió al chico alentadoramente.

Una sombra se deslizó entonces hasta ella.

–Señora –susurró; le costaba hablar, como si cada palabra le provocara un dolor agónico–. Han llegado unos rumores preocupantes desde Kazlunn.

–¿Sí? –sonrió ella, desinteresada en apariencia.

–Acerca del unicornio –dijo la sombra, y su voz sonó extraña, anhelante y a la vez llena de odio–. Dicen que ha despertado.

Gerde se volvió hacia su acompañante. Su rostro quedaba oculto por la capucha de su capa. Era humano y, como tal, no era bien recibido en el campamento szish. Gerde podía haberle dicho que, por mucho que se tapara, los hombres-serpiente seguirían reconociéndolo. Podían detectar el calor que emitía su cuerpo de sangrecaliente.

–He oído los rumores –asintió Gerde–. No harás nada al respecto.

–Pero…

–He dicho que no harás nada al respecto. ¿Queda claro?

La sombra calló un momento; después asintió lentamente. Hizo ante ella una profunda reverencia, tomó su mano y la besó con devoción. Gerde sonrió.

–Todo llega –le dijo con cierta dulzura–. Ten paciencia.

El encapuchado volvió a inclinarse y, momentos después, se perdió entre las sombras. Gerde detectó que, desde el grupo de los jóvenes, el chico szish seguía mirándola. Sabía que había estado observando con atención a su acompañante, devorado por los celos. Sonrió para sí.

Título

III
EL UNICORNIO HERIDO

EL viaje hasta el Oráculo duró todavía varios días más. Al atardecer del octavo día, divisaron sus ruinas a lo lejos, su enorme cúpula partida en dos, las columnas que ya no sostenían ningún techo. Shail se detuvo un momento para contemplarlo.

–Es parecido al de Gantadd –murmuró–. Pero mucho más grande. O, al menos, da la sensación de haber sido mucho más grande.

Al filo del tercer crepúsculo se detuvieron ante lo que había sido el pórtico del Oráculo. Solo quedaban tres columnas en pie. Las otras tres se habían derrumbado, y una de ellas bloqueaba la entrada. Pero Ydeon pasó sin problemas por encima de ella. Shail tuvo que trepar tras él, y agradeció para sus adentros el tener de nuevo dos piernas. Con el bastón le habría sido imposible pasar.

Se reunió con Ydeon en los restos del enorme atrio con forma hexagonal que había recibido a los visitantes en tiempos pasados. El gigante estaba echando una mirada en derredor, en busca de señales de vida, pero aquellos restos permanecían silenciosos, vacíos… muertos.

Shail se preguntó dónde andaría Ymur. Después de ver con sus propios ojos cómo había quedado el Gran Oráculo tras el ataque de los sheks, le resultaba extraño que alguien deseara seguir viviendo allí. Sin embargo, Ymur seguía habitando aquellas ruinas muchos años después de que su hogar fuera destruido.

Al fin y al cabo, se dijo Shail, Ymur era un gigante. No tenía nada de particular que alguien como él viviese solo y rodeado de piedras.

–¿No sabía que veníamos? –le preguntó a Ydeon.

–Lo sabía –respondió el fabricante de espadas.

–Tal vez… –empezó Shail, pero algo lo interrumpió: una carcajada histérica que resonó por las ruinas, oscura e inquietante.

Ydeon se enderezó y dejó escapar un gruñido ahogado. Shail se puso en guardia y preparó mentalmente un hechizo de ataque. Los dos se volvieron hacia todas partes, pero no lograron localizar el origen de aquel sonido.

La extraña risa esquizofrénica volvió a oírse, esta vez más cerca, y su eco los persiguió durante unos angustiosos segundos en los que a Shail se le erizó la piel de la nuca.

–¿Quién anda ahí? –retumbó Ydeon.

Solo obtuvo una nueva carcajada por respuesta.

–¡Allí! –dijo entonces Shail.

Los dos vieron una figura andrajosa que saltaba de piedra en piedra con alocada temeridad. Una figura humana.

–¡Buscamos a Ymur, el sacerdote! –gritó Ydeon.

–¡Basura! –chilló el desconocido con voz aguda–. ¡Nada más que un pedazo de escoria! ¡Eso es lo que eres!

Shail parpadeó, confuso. Ydeon, sin embargo, no parecía ofendido.

–¿Conoces a Ymur? –insistió.

El otro se rió como un loco y trepó a lo alto de una columna, donde se sentó y se puso a rascarse un pie.

–¡Cómo has osado dejarte ver! –le espetó–. ¡Vuelve al lugar del que procedes, sobras, restos, desperdicios!

Shail no sabía si enfadarse o echarse a reír.

–Está completamente chiflado –murmuró.

–¡No deberías estar aquí! –seguía berreando el humano–. ¡Profanando esta tierra con tu sucia presencia! ¡Fuera de aquí! ¡Vete! ¡Largo! Se puso en pie y lanzó un agudo chillido. Después, empezó a tirarse del pelo y a arrancárselo a mechones, mientras lloraba desconsoladamente.

–¡Bastaaaaaa! –aulló–. ¡Callaos ya, malditos! ¡Malditos! ¡Canallas! ¿Por qué me hacéis esto?

Empezó a dar saltos sobre la columna.

–¡Se va a matar! –dijo Shail, alarmado.

Para cuando el hombre se arrojó al vacío desde lo alto de la pilastra, el mago ya tenía preparado un hechizo de levitación. El último grito agónico del loco suicida finalizó en un quejoso llanto apagado mientras su cuerpo flotaba suavemente hasta el suelo. Shail se apresuró a acercarse al lugar donde había quedado tendido, hecho un guiñapo. En dos zancadas, Ydeon lo alcanzó.

El hombre seguía llorando, encogido sobre sí mismo, y no podían verle el rostro, oculto tras una maraña de greñas de color gris.

–Ojalá supiéramos quién es –murmuró Shail– y cómo ha llegado a este estado.

–Se llama Deimar –dijo una voz a sus espaldas–. En cuanto a la segunda cuestión, me temo que aún no tengo una respuesta.

Ydeon y Shail se volvieron. Tras ellos estaba Ymur, el sacerdote, observándolos con gravedad. Cargaba sobre sus poderosos hombros un enorme bulto peludo.

–¿Habéis cenado ya? –preguntó–. Porque yo me muero de hambre.

–Me costó reconocerlo cuando lo vi –dijo Ymur un rato después, cuando estaban los tres sentados en torno a la hoguera, y el loco dormitaba en un rincón, bajo los efectos de un conjuro sedante–. Deimar era un hombre cuerdo cuando abandonó Nanhai hace diecisiete años. Me pidió que me marchara con él a Awa, pero no quise dejar este lugar, ni siquiera después de que fuera destruido.

–¿Os conocíais bien?

Ymur suspiró.

–No –admitió–. Habitábamos los dos en el Oráculo, pero apenas teníamos relación… hasta que llegó la conjunción astral y, poco después, el ataque de los sheks. Lo último que recuerdo fue que el techo se derrumbaba sobre mi cabeza y que hacía mucho frío… Cuando recuperé el sentido no podía creer que siguiera vivo. Todos los hermanos y hermanas del Oráculo habían muerto: el abad Yskar, los sacerdotes y sacerdotisas… Nunca llegué a conocerlos bien, pero en ese momento los eché de menos. Pensé que era el único superviviente, hasta que encontré a Deimar entre los escombros.

Hizo una pausa y contempló el fuego durante unos instantes, pensativo.

–Cuando se recuperó de sus heridas –prosiguió–, se despidió de mí y se fue. Tenía entonces un aspecto muy distinto. Y su mente estaba sana.

»Hace varios meses volvió a aparecer por aquí, los dioses saben cómo, en el estado lamentable en el que está. Llevo desde entonces cuidando de él, esperando que me diga algo coherente que pueda darme una pista acerca del mal que lo aqueja. Lo he dejado solo otras veces, como cuando fui a ver qué era esa extraña fuerza que sacudía las montañas. Nunca antes

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