INTRODUCCIÓN
Hubo una época en la que gritar «¡Viva España!» sirvió para derrocar reyes, expulsar ejércitos imperiales, acabar con el absolutismo, redactar una de las primeras constituciones liberales de la historia, avanzar en derechos democráticos, repartir las tierras a quienes las trabajan y luchar contra el fascismo. Lo esperable sería que se pudiese seguir diciendo «¡Viva España!» para expresar el orgullo nacional a través de conquistas para la gente común. Por desgracia no es así. Durante las últimas décadas, las muestras de afecto patriótico se han pervertido hasta el extremo y se han convertido en patrimonio exclusivo de los más férreos enemigos del progreso. Es demasiado habitual escuchar gritos de «¡Viva España!» proferidos con odio y dirigidos hacia quienes piensan diferente, son progresistas o pretenden algún avance social para España. Apuesto a que leyendo estas líneas muchos recordarán, con gran desagrado, como llenan de rabia ese «Ejjpaña» para soltarlo como un bofetón. Lamentablemente, utilizar el nombre de nuestro país como si fuese un castigo ha sido algo muy frecuente durante los últimos años. Algo bastante común desde que nos robaron la posibilidad de sentirnos españoles orgullosos y se arrogaron la capacidad única de hablar en nombre de una patria que no habían construido, sino que simplemente habían robado a punta de pistola y con ánimo expoliador. Así nos convirtieron a millones de españoles en extranjeros en nuestro propio país. Y al mismo tiempo que nosotros ganábamos en resentimiento hacia España, su historia y sus símbolos, perdíamos un país que realmente siempre ha pertenecido más a su gente humilde y trabajadora que a sus élites parásitas y aprovechadas.
Un patriota no tiene por qué ser un idiota, aunque nos hayan acostumbrado a ello. Durante demasiado tiempo han jugado a confundirnos y han intentado hacernos creer que su forma de actuar era patriotismo; que sus gritos, sus insultos y sus «Viva España» cargados de resentimiento eran formas de demostrar ese patriotismo y que su odio por todo lo diferente y por todo lo que no se pareciese a ellos era orgullo español. Y así, poco a poco, hicieron del patriotismo algo oscuro, maloliente y cerrado a lo que de ninguna manera nadie con dos dedos de frente se acercaría. Convirtieron el patriotismo en una desgracia, en un pozo de llantos, odio y frustración, en una especie de secta para unos pocos. Lo hicieron pequeño, distante y desconfiado. Y aunque fuesen ellos mismos los culpables, se atrevían a quejarse después: «Es que ya no hay patriotas», «Es que la gente ya no quiere a España». Y no podían estar más equivocados. Porque no es que no hubiese patriotas, es que lo que ellos llamaban patriotismo no era otra cosa que odio. No era amor por España, era rechazo a lo diferente. No era orgullo por nuestra gente, era defensa de su pequeña minoría ideológica. El patriotismo de verdad consiste en querer a tu país de hoy en día y no al de hace décadas. Consiste en defender un país diverso, moderno y que mira al futuro, no a uno que solamente existe odiando al contrario y gritando muy fuerte «¡Viva España!» para no olvidarse de lo que es. Porque si tanto lo gritan es porque su idea de patria es tan endeble que necesitan recordarla constantemente dando voces cada dos por tres para que no se desvanezca en el aire.
Nos acostumbraron a llamar patriotismo a algo que simplemente es odio. Pero el patriotismo es el amor por tu tierra y por tu gente. No puedes amar a tu tierra si dejas que la expolien, si no te importa lo más mínimo la crisis climática y si antepones tu dinero al cuidado de la naturaleza. Ni tampoco puedes amar a su gente si odias a todo el que no se parezca a ti, piense como tú o hable como tú. No se puede ser un patriota español si odias a más de la mitad de España. Y ese es su problema. Odian a nuestros artistas, nuestro cine, nuestro teatro. Odian todos los idiomas que hay en España que no sean el castellano. Odian a quienes se consideran feministas. Odian a los rojos (y a todo aquello que decidan arbitrariamente que es «de rojos»). Odian a los inmigrantes, a los pobres, a los gais, a las lesbianas, a las personas trans. Odian a los ecologistas, a los republicanos, a los que piden un país mejor. Los odian a todos excepto a sí mismos. En otras palabras: odian España tal y como es hoy en día. Porque su identidad no es la del patriota, es la del odiador. Y su gran problema es que siempre ha habido más españoles que no entran en su modelo de España que los que sí. Por eso es urgente que dejemos de darles el placer de poder llamarse patriotas a sí mismos, porque un patriota de verdad es el que lleva a su país entero en el corazón junto a su gente, su tierra y su cultura. Mientras tanto ellos solo llevan odio, exclusión y represión; y, al final, resulta que sí son amantes de España, pero de la España de hace setenta años. La de hoy simplemente les queda demasiado grande para unas mentes tan estrechas.
Recuperar España
En estos tiempos de incertidumbre y falta de horizontes, tener una identidad se ha convertido en un activo al alza. Mientras la identidad de clase ha perdido fuerza entre discursos meritocráticos y aspiracionales y la religiosa se ha diluido en nuestras sociedades modernas, la identidad nacional sigue teniendo muchos adeptos y continúa determinando posiciones políticas en gran parte del mundo. También en España. Ante esta realidad ha habido dos opciones: la frustración o la radicalización.
La frustración es lo que la izquierda española ha vivido desde hace décadas, asumiendo que una identidad nacional española progresista es imposible y que todo lo que haga referencia a España es irremediablemente de derechas, conservador, lejano a nosotros e imposible de sentir como propio. De esa manera lo único que se ha conseguido hasta el momento es desarrollar una pésima fobia al país que aspiramos a transformar y simplemente se acaba representando, más que un proyecto político viable para los españoles, un resquemor pepitogrillesco que no entiende al pueblo al que pretende defender.
La radicalización es la otra posibilidad. Consiste en que aquellos que busquen identidad nacional la van a conseguir, pero la obtendrán de parte de aquellos que la ofrecen más clara, más dura y más intransigente. Es decir, de la extrema derecha. Y no porque lo hagan mejor que nosotros a la hora de hablar de nuestro país, sino simplemente por incomparecencia nuestra. Por no estar donde había que estar y por no haber sido capaces de ofrecer una alternativa a esos dos desiertos que son la tan sufrida frustración que ha imperado en la izquierda y la tan perjudicial radicalización que se da en la derecha. Frente a esos dos secarrales tenemos que ofrecer una identidad que explique lo que es España y que no permita que de ese abandono que ya llevamos demasiado tiempo permitiendo de manera irresponsable surjan políticos aprovechados y discursos peligrosos que utilicen el patriotismo con mala fe.
Mientras la extrema derecha no para de invocar en sus campañas electorales el espíritu de la Reconquista, del reinado de los Reyes Católicos o del Imperio español donde nunca se ponía el sol, la izquierda es incapaz de articular un discurso histórico potente que vaya más allá de los mil veces repetidos episodios relacionados con la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo. Mientras en Francia Jean-Luc Melenchon habla de la Revolución francesa de 1789 para emocionar a sus votantes, en el Reino Unido Jeremy Corbyn presenta su programa electoral frente a una estatua dedicada a Robin Hood —que robaba a los ricos para dárselo a los pobres—, y todos los movimientos progresistas latinoamericanos recuerdan a sus líderes nacionales del siglo XIX que los llevaron a la independencia, nosotros nos mantenemos impasibles y tartamudeando cuando se trata de hablar de nuestro pasado. Cuando no deberíamos. Los españoles tenemos infinidad de experiencias históricas progresistas reseñables que van desde la guerra de los comuneros contra la monarquía parásita hasta la huelga de la Canadiense por la jornada laboral de ocho horas, o todas las veces que los Borbones tuvieron que huir de España ante el hartazgo del pueblo. Todos esos episodios, y muchos más, podrían ser utilizados para expandir nuestro relato histórico de orgullo nacional en clave progresista y, además, hacerlo de una manera mucho más honesta y cercana que la de la derecha y sus mitos caducos, antiguos y que ya huelen a rancio. Es hora de comenzar a renunciar a una tradición que no nos ha traído nada bueno. Renunciar a ser apátridas, renunciar a ser la única izquierda del mundo que no tiene patria y renunciar a que nos sigan robando un país que no les pertenece. Renunciar a todo eso para, de una vez por todas, recuperar España y su historia para la gente común.
¿Por qué es importante tener patria?
Un estudiante levantó la mano y preguntó: «¿Cuál fue el primer signo de civilización de la historia?». Todos los alumnos esperaban que la respuesta fuese el fuego, el anzuelo, el arado o una vasija. Pero la profesora, una antropóloga estadounidense llamada Margaret Mead, respondió que el primer signo de civilización era un fémur fracturado y sanado. ¿Qué tenía que ver eso con la civilización? Pues mucho más de lo que se podría pensar a simple vista. En el mundo salvaje quien se rompe un fémur no puede huir del peligro ni valerse por sí mismo, por lo que acaba convirtiéndose en una presa fácil y muere. Por eso ningún animal con una pata rota sobrevive en libertad el tiempo suficiente como para que el hueso sane y vuelva a soldarse por sí solo. Por lo tanto, un fémur quebrado que se curó implica que alguien se quedó junto a esa persona, le vendó la pierna, le dio de comer, la cuidó y la protegió hasta que se curó. Y precisamente ahí es donde nació la civilización: en el momento en el que empezamos a cuidarnos entre nosotros y dejamos de estar solos. Eso es lo que nos distingue del mundo salvaje y de su ley de la selva.
La autosuficiencia es un falso mito. Es mentira que lo podamos solucionar todo en soledad como si fuésemos el valiente protagonista de una película de Hollywood que se enfrenta al mundo y sale victorioso. La vida es un trayecto mucho más difícil, tanto que es imposible que lo caminemos solos. Por eso nos juntamos. Llevamos miles de años haciéndolo. Trabajando en común para poder avanzar, apoyándonos los unos en los otros para llegar más lejos, arrimando el hombro y cuidándonos entre nosotros para construir una sociedad más fuerte y mejor. Eso es la civilización. No hemos prosperado con la ley de la selva, sino con la de la unión que hace la fuerza.
Con la patria ha habido un gran problema: durante demasiado tiempo se ha intentado hacer pasar por algo vacío que tan solo llenaban con nostalgia de tiempos pasados, odio a lo diferente y gritos de energúmeno. Pero el verdadero sentido de la patria tiene más que ver con ese fémur fracturado y sanado del que hablaba Margaret Mead que con el furor extremista con el que algunos lo confunden. La verdadera patria no es otra cosa que su gente y el verdadero patriotismo no es otra cosa que cuidar a esa gente. Al mismo tiempo es algo que va más allá de la familia, del grupo de amigos y de aquellos a quienes conoces. Es algo que agrupa a muchas personas de lugares, edades y pensamientos distintos con los que, a pesar de no conocerlos, sabes que tienes cosas en común y con los que compartes un pasado y probablemente también un futuro. Os entendéis fácilmente, os gustan cosas más o menos parecidas y la mayoría de las veces tenéis problemas similares. En la unión de esa gente sencilla es donde aparece la patria.
Cuando la vida se complica, las cosas van mal y aparecen los problemas, hay dos tipos de personas: las que necesitan patria y las que no. Hay unos pocos que ya tienen sus apellidos, sus millones en el banco o su influencia trabajada desde pequeños en colegios de élite y clubes privados, que les ayuda a solucionar lo que haga falta. Y luego está el resto (la inmensa mayoría), que tan solo tiene sus propias manos y el cariño de sus semejantes. Y con eso debe tener suficiente para tirar adelante. Nadie necesita más una patria que aquel que no tiene poder para prescindir de los demás. Los millonarios no quieren países, quieren tiendas donde poder comprar y vender lo que necesitan. Pero un país es mucho más que una tienda. Es una unión de personas en la que se cuida a los débiles, en la que se ponen límites a los poderosos y en la que todos tienen que remar para que lo que exista mañana sea un poco mejor que lo que existe hoy. Claro que a los millonarios no les interesa ese país. Solo les interesa la patria como un ornamento, como una joya bonita que poder llevar colgada para presumir sin que eso implique ningún compromiso con ella. Pero a la gente normal les interesa tener un país que los sostenga en momentos difíciles, que cuide a sus semejantes y que proteja a los que vengan detrás.
Durante años los poderosos nos robaron España, pero eso no significa que nos hubiesen robado la patria, porque la patria resistió allí donde había pueblo. La patria resistió allí donde había familias que se ayudaban entre ellas, allí donde había sindicatos que protegían a los trabajadores de los patrones, allí donde se prestaban comida, allí donde se cuidaban a los hijos cuando alguien no podía, allí donde había sentimientos de amor, de camaradería, de pasión por algo y allí donde se cuidaban las cosas pequeñas. Nos robaron España precisamente aquellos que más se podían permitir no tenerla. Aquellos a los que menos falta les hacía. Por eso nuestra tarea debe ser recuperar España para la gente común. Recuperarla para todas aquellas personas que llevan décadas construyendo, a falta de otra cosa, pequeñas patrias en sus barrios, en sus trabajos y en sus familias. Refugios para la mayoría en tiempos de ausencia de seguridades. Y, aun así, esa tarea de recuperar España no es más que un toque de atención, un recordatorio de que la España de verdad, la de abajo, la de su gente, siempre fue esto. Ni su represión ni su usura ni su miedo al progreso, a la diversidad y a la cultura. La patria fue siempre cuidarse. El resto fueron los poderosos intentando hacerse pasar por un país que nunca necesitaron porque ya tenían su dinero.
El patriotismo se demuestra, no se proclama
¿Quién España destruye y desordena?
¡Ellos! ¡Ellos!
Fuera, fuera, ladrones de naciones,
guardianes de la cúpula banquera,
cluecas del capital y sus doblones:
¡fuera, fuera!
MIGUEL HERNÁNDEZ
Rojigualda en la muñeca, chalequito en el pecho y España en la boca. Durante demasiado tiempo se han creído que con esa sencilla receta bastaba para ser un patriota de tomo y lomo. Sin embargo, de la teoría a la práctica, como siempre, hay un buen trecho. Resulta que aquellos que hasta el momento más se han preocupado por autodenominarse patriotas a través de esa cutre receta son a los que menos les ha importado vender a España siempre y cuando, a cambio, su bolsillo estuviese bien lleno. La realidad es que lo que tienen en común este tipo de patriotas es que siempre han antepuesto su patrimonio a su patria. Recalifican terrenos, se cargan la costa, destrozan entornos naturales, queman bosques para construir encima y venden nuestras empresas públicas a fondos extranjeros y nuestras casas a fondos buitres. Solo hay una cosa que les guste más que odiar lo diferente: enriquecerse haciéndose los indiferentes. Al final se creyeron de verdad que el patriotismo era llevar una pulserita de España en la muñeca y cantar de vez en cuando «Paquito el chocolatero» con aliento alcoholizado. Se creyeron que con eso bastaba. Pero, como con todo lo importante, el patriotismo necesita algo más que hacer el payaso y llevar un trozo de tela en la muñeca.
El patriotismo se demuestra, no se proclama. El patriotismo si se saca no es para enseñarlo, sino para ejercerlo. Porque es muy fácil decir que eres patriota, que amas a tu país y que quieres lo mejor para los españoles y para su tierra. Pero si después odias a la mitad de su gente, te importa una mierda que el 1 por ciento acumule más riqueza que el 99 por ciento de españoles restantes o no te preocupa que en dos generaciones la temperatura de España sea la misma que la del Sáhara, tú no eres un patriota, tú eres un bocazas, un charlatán, un falso. Un adalid del postureo. Pero no un patriota.
El patriota es el que se preocupa por todas esas cosas. Puede llevar la bandera que le dé la gana, ser del color que sea, haber nacido en cualquier lugar o amar como prefiera. Pero si se preocupa por esas cosas, esa persona es mil veces más patriota que cualquier cayetano básico veraneando en Punta Cana con la pulserita rojigualda y el dinero de sus padres. Ese no es un patriota. Ese es un pijo que cree que el patriotismo es una identidad cool en la que inscribirse. Dejemos de utilizar el patriotismo como si fuese una tribu urbana para pijos podridos de dinero. El patriotismo, si es algo, es proteger a España de gente como esa.
Nos sobran los motivos
Quien no da la batalla da la razón al adversario. Quien calla cuando la oligarquía dice lo que es España otorga. Y no les otorga una cosa cualquiera. Les otorga un país entero y su representación. Es decir, la legitimidad para hablar en su nombre y la capacidad de definir sus fronteras ideológicas y decidir quién se queda dentro y quién se queda fuera. Por lo tanto, ni callar ni mucho menos otorgar está entre nuestras opciones. Hay que dar la batalla por recuperar España para su gente. Por suerte, no somos los primeros en esta tarea. Antes de nosotros ya hubo generaciones enteras que trabajaron, lucharon e incluso dieron la vida por una España mejor. No estamos caminando sobre vacío, sino que vamos a hombros de gigantes.
Hay motivos de sobra para estar orgullosos de nuestra historia, pero hay que desempolvarlos. Es hora de alumbrar el cuarto de los recuerdos de una España que siempre gritó menos, pero cuidó más. Durante demasiados años ese cuarto ha estado cerrado a cal y canto. Unos defendían que no existía y otros intentaban ponerle todavía más candados para que a nadie se le ocurriese abrirlo. Pero no hay caja fuerte que consiga encerrar la lucha de tantas personas que dieron la vida por un país mejor, comiendo barrotes de cárcel y pasando todo tipo de penurias. Claro que existe esa España de la que estar orgullosos. Existe en los valientes que combatieron a Napoleón cuando todos los nobles y ricos habían abandonado el país, en los liberales que escribieron la Constitución de Cádiz y lucharon contra el absolutismo monárquico y el servilismo. Existe en los que hicieron la revolución de la Gloriosa mientras gritaban «Viva España con honra» frente a la cobardía de los Borbones, y en los que empujaron la Primera República cuando una reina huyó de España y la monarquía dejó de ser viable. Existe en el movimiento obrero catalán que conquistó la jornada laboral de ocho horas para todo el país y en los pobres que tuvieron que comerse las guerras de los ricos en Cuba, Filipinas y Marruecos. Existe en los que soñaron con un país moderno en la Segunda República, en las que conquistaron el voto femenino tras años de invisibilización y en las maestras que enseñaron a leer y escribir a un pueblo al que siempre se le había negado la cultura. Existe en los milicianos patriotas que combatieron en la guerra contra Hitler y Mussolini, en los españoles que liberaron París de los nazis y en los que acabaron en prisiones y campos de concentración alemanes. Existe en los que siguieron luchando contra la dictadura en la clandestinidad, en los que organizaron huelgas y las ganaron, en los que empujaron para salir de la cárcel en la que nos encerraron durante cuarenta años y en los que trajeron la democracia movilizándose en las calles. Existe en los que forman parte de los servicios públicos, que son el mejor patrimonio que tiene nuestro país, en los que aprobaron el divorcio y el matrimonio igualitario, y en los que hoy en día son los más tolerantes, abiertos y diversos de todo el mundo. España fue y es toda esa gente. Y por respeto a todas esas personas y por justicia con todo lo que hicieron, nos sobran los motivos para estar orgullosos de nuestro país y para liberarlo, de una vez por todas, de las garras reaccionarias en las que lleva décadas atrapado.
Necesitamos más que buenos libros
Los historiadores somos al nacionalismo lo que los cultivadores de amapolas son a los adictos a la heroína: proporcionarnos la materia prima esencial para el mercado.
ERIC HOBSBAWM
Necesitamos más que buenos libros que nos expliquen la historia de España. No basta con tener grandes historiadores que cuenten el pasado de manera fidedigna, documentada y sosegada. Eso, por fortuna, ya lo tenemos y hacen un trabajo extraordinario en las facultades y en la academia. Pero en una sociedad hambrienta de pasado hace falta mucho más que eso. Necesitamos poder relatar una historia progresista de España que nos arme de argumentos frente a los que nos quieren hacer creer que la historia de nuestro país pertenece a la élite y no a la gente. La historia es una invención y la realidad es la materia con la que se construye esa ficción. Una vez todos los ingredientes están encima de la mesa, es tarea del chef decidir qué plato va a cocinar. Habrá ingredientes amargos, otros más dulces, algunos caducados, otros frescos y tal vez muchos que ni siquiera sepamos lo que son hasta que no nos fijemos bien en ellos. Depende del chef decidir qué hacer con todos esos ingredientes. Puede elegir cocinar un plato insulso, sin gracia alguna y que no entre por los ojos. O puede optar por cocinar un plato fuerte, que guste mucho a unos pocos pero que sea tan caro y exclusivo que solo se lo puedan permitir algunos. Pero también se puede cocinar un plato que sea amplio, abundante, lleno de ingredientes frescos y en cuyas recetas hayan participado millones de personas con la mejor de las voluntades. El problema es que, a pesar de que hay ingredientes de sobra para estar orgullosos de lo que somos, los poderosos llevan años cocinando y presentándonos una receta antigua, amarga y caducada como el plato por excelencia de nuestro país. Y eso ya no se lo traga nadie. Si queremos una España grande y popular, hay que cambiar de ingredientes. En este libro hay muchos para empezar a cocinar con ganas.
Patria digna está dividida en dos partes. En la primera se hace un rápido pero intenso recorrido por algunos de los principales episodios nacionales que han marcado la historia de España, y en la segunda se ofrece una serie de ideas y reflexiones que nos desanclan del pasado y apuntan hacia el futuro. Este es un libro que pretende ayudar a recargar las pilas, a reconciliarnos con el país recuperando la memoria y, finalmente, a dirigirnos hacia un futuro mejor que merezca la pena ser vivido. Espero que lo disfrutéis tanto como yo he disfrutado escribiéndolo. Bienvenidos a la patria digna.
