El hombre que se enamoró de la Luna

Tom Spanbauer

Fragmento

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Si tú eres el diablo, no soy yo quien cuenta esta historia. Ni soy Afuera-en-el-Cobertizo. Ese es el nombre que ella me dio sin siquiera saberlo. Ella es Ida Richilieu, la misma a quien años más tarde, tras lo sucedido en el Paso del Diablo, llamaban Ida Pata-Palo.

Yo también creía que Eh-Tú y Ven-Aquí-Chaval eran mis nombres. Hasta que tuve más o menos diez años, yo pensaba que esas palabras tybo se referían a mí. Tybo significa «hombre blanco» en mi lengua. Mi lengua está compuesta por unas cuantas palabras que todavía recuerdo.

Mi madre era una bannock y trabajaba para Ida, limpiando y satisfaciendo a los hombres. Así es como fui concebido… o al menos eso pensaba yo. Mi madre me llamaba Duivichi-un-Dua, lo que significaba algo, lo que significa que yo era alguien que se merecía un nombre semejante: no uno como Afuera-en-el-Cobertizo.

Tardé mucho en saber lo que significa mi nombre indio. Una de las razones de ello es que mi nombre no es bannock sino shoshone, y ningún bannock podía explicármelo cuando se lo preguntaba. Siempre creí que mi madre era una bannock. Supongo que debía de ser shoshone. ¿Por qué otro mo­tivo iba a ponerme un nombre shoshone?

Mi madre murió cuando yo era un chico de unos diez u once años. Asesinada por un tal Billy Blizzard. Una de las cosas que recuerdo de mi madre era que me puso el nombre y que yo nunca debía contestar cuando me llamaban por él porque el que preguntaba podía ser el diablo. Si alguien me llamaba por mi nombre, lo primero que tenía que responder era que yo no era. Otra cosa que recuerdo de mi madre es que cuando estoy a punto de dormirme ella es un olor y una sensación que no puedo expresar con palabras.

Cuando mi madre murió, ocupé su lugar en casa de Ida encargándome de la limpieza y las faenas. Alguna noche, afuera en el cobertizo, cuando la luna brillaba demasiado y todo parecía suspendido en el aire, cuando todo lo que podía oír era el latido de mi corazón y la respiración entrando y saliendo a toda prisa de mi interior, subía de puntillas los escalones traseros hasta la segunda planta del Local de Ida y miraba por la ventana de Ida Richilieu. Esta se sentaba en su habitación en su círculo de luz, con la lámpara de keroseno que daba un tono rosado al cuarto. Si era invierno, Ida estaría envuelta con la ropa de cama. Si verano, Ida apenas llevaría nada encima. Pero fuera invierno o verano, siempre encontrabas a Ida en su círculo de luz bien entrada la noche, cuando había terminado su trabajo, escribiendo en sus diarios sobre la vida y sobre su cargo de alcaldesa.

Espiar a Ida en su círculo de luz, con la pluma y el tintero, escribiendo en un papel sus historias sobre seres humanos, invariablemente me hacía sentir bien. Sentía que había secretos que yo necesitaba conocer… Historias que debía oír. Detenía el espantoso martilleo en tu interior.

Hasta que estuve a punto de morir congelado. Me quedé dormido de pie mientras miraba por la ventana de Ida. O creo que me quedé dormido, porque no se parecía al sueño. No sentía el frío, no miraba por la ventana, me encontraba en el círculo de luz de Ida, el color rosado en mi piel, y tumbado en la cama de plumas de Ida.

Me quedé en la cama de plumas de Ida. A ratos despierto; Ida en su escritorio escribiendo en su círculo de luz. Otras veces inconsciente, sin saber dónde estaba, en el lugar adonde vas cuando te duermes.

Cuando regresé de ese lugar desconocido, cuando se me pasó la fiebre, Ida me dejaba dormir con ella de cuando en cuando en su cama de plumas. Se suponía que no debía contárselo a nadie, y nunca lo hice. Si Ida te hacía prometer algo, lo cumplías. Pero tenía que lavarme a fondo antes de meterme en su cama.

Una noche, mientras dormía con Ida, la desperté con lo que estaba sucediendo. Ida siempre decía que no podía dormir si había alguien en su habitación que la tenía tiesa.

Después de la noche en que Ida no pudo dormir, y después de ver mi polla dura —bueno, y de conocer el resto de mi historia— a pesar incluso de que no tenía más de doce años… Ida supuso que me gustaría el trabajo. O sea, que acabé asumiendo el resto de los deberes de mi madre: satisfacer a los hombres en la cama.

En indio eso se llama berdaje. La primera vez que oí la palabra berdaje fue cuando conocí a Dellwood Barker. Me dijo la palabra y me explicó la historia de la berdaje llamada Mujer Loca, y cómo Mujer Loca había curado a Dellwood Barker para luego enseñarle a follar.

No sé si berdaje es una palabra bannock, shoshone o simplemente india. He oído que es una palabra francesa, pero como yo no sé francés no podría afirmarlo.

Lo importante es que esa es la palabra: berdaje.

—B… E… R… D… A… J… E —deletreó Dellwood Barker— significa «hombre santo que folla con otros hombres».

Las únicas palabras tybo que conozco para afuera en el cobertizo, para cómo soy, para follar con otros hombres, son palabras que ahora no utilizo. Pero solía utilizarlas. Creía que eran otros nombres para definir quién era yo.

Pero Dellwood Barker lo cambió todo. Volvió a entrar en mi vida después de no estar en ella durante dos años, y cambió todo eso: mi nombre, la persona que creía ser. Llamó a la puerta del cobertizo. Dio un paso dentro. Ahí estaba, Dellwood Barker, el hombre que yo creía que era ella durante dos años. Todo era diferente. Yo era diferente. Yo era alguien que se había enamorado.

Me enamoré de él profunda y rápidamente, desde ese instante y para siempre.

Siempre era una de las palabras de Ida. Fue una de las primeras palabras que me hizo aprender.

—S… I… E… M… P… R… E —me había deletreado Ida—. Significa eternamente —añadió.

En cuanto a mí, nunca creí que me enamoraría de alguien, menos aún de un hombre blanco, menos aún de mi padre, y menos aún para siempre.

Dellwood me dijo que él también estaba enamorado. Pero no de mí, no estaba enamorado de mí. Ni tampoco de Alma Hatch, aquella hermosa mujer pájaro de pezones rosados que olía a agua de rosas y que un día entró en el Local de Ida de manera inopinada y, delante de todos los hombres del bar, pagó en metálico para pasar la tarde con el chico de Ida afuera en el cobertizo; pagó en metálico para follar conmigo, me folló y luego me despachó, sin inmutarse.

No estaba enamorado de ninguno de nosotros; ni de Ida Richilieu, ni de Alma Hatch, ni de mí.

Y es que Dellwood Barker era el hombre que se enamoró de la luna.

Todo esto sucedía en Excellent, Idaho; para ser más preciso, entre Excellent, Gold Bar y las tierras de en medio. Las dos poblaciones se encuentran al norte de los Sawtooths. Excellent está en el valle que se forma en la bifurcación norte del río Payette, y Gold Bar está a una jornada a caballo (si hace buen tiempo) de Excellent cruzando el Paso del Diablo, donde la altura es tal que los árboles dejan de crecer y hay nieve hasta finales de junio.

Tanto Excellent como Gold Bar se llamaban de otro modo en los tiempos de vacas flacas; esto es, antes de la fiebre del oro del 63 en Excellent y de la del 72 en Gold Bar. El nombre de Excellent era un nombre indio que he olvidado y que venía a significar Buena-Agua-Caliente-Saliendo-de-la-Tierra. Gold Bar se llamaba simplemente Rock Creek. Los nombres cambiaron nada más descubrirse el oro. Pero no solo cambiaron los nombres. Cambió casi todo. Las montañas se llenaron de tybos que se arrastraban por el suelo, cavaban, colocaban explosivos, se emborrachaban, se disparaban los unos a los otros y se hacían ricos. Las cosas siguieron así durante un tiempo, pero luego el oro empezó a escasear hasta que desapareció por completo. Diez años después de la primera fiebre del oro, no quedaban más de cien personas en Excellent y Gold Bar juntos. O eso al menos decía Ida, y ella tenía que saberlo ya que fue alcaldesa de Excellent durante bastante tiempo, antes de que llegaran los mormones, o sea, durante la época que la gente de por aquí llama de la Segunda Oleada, entre 1882 y 1902.

Aparte de prostituta y alcaldesa, Ida era también la historiadora del pueblo y lo escribía todo: todo lo que había oído o experimentado en carne propia lo transcribía en sus diarios. Me pidió que quemara sus diarios cuando ella muriera. Pero no lo hice. Doc Heyburn y yo le jugamos una mala pasada y salvamos los diarios. Así, hoy en día la gente conoce las cosas como hechos y no a partir de las habladurías, que es lo único que mucha gente de por aquí sabe hacer.

—Así es la gente —solía decir Ida—. Se ponen a hablar. Y cuando empiezan no hay quien los pare. Hablan y, cuando te quieres dar cuenta, ya tienes una historia, ¿y qué es un ser humano sin una historia?

Como pasaba con casi todas las cosas que Ida decía, yo pensé en lo que había dicho sobre los hombres y las historias, y, como pasaba con casi todas las cosas que Ida decía, estaba en lo cierto. Así es la gente: tybos o indios.

Las historias tybo y las que nosotros contamos solo se diferencian en el tema.

Nosotros somos indios, aunque solo una parte de mi sangre sea india.

La parte que a mí me gustaba llamar la parte de mí que no es mía.

Los indios hablan acerca del mundo. Sus historias tratan de cómo el lobo empezó a llamarse lobo. Cómo los mosquitos se convirtieron en esas cositas tan desagradables. Cómo los alces consiguieron su cornamenta. Lo que los osos les dicen a las abejas cuando quieren miel. Cómo el río canta una canción a los árboles y cómo estos devuelven la canción.

La gente india habla de la montaña a cuya sombra se levanta Excellent, Idaho —la montaña detrás de la cual sale el sol todas las mañanas—, por qué razón actuamos del modo en que lo hacemos. Las historias indias nos dicen que la montaña nos ha impulsado aquí… Nos ha poseído. Podemos pensar que estamos aquí por esta razón o por aquella. Podemos pensar que hacemos lo que hacemos, pero lo cierto es que el espíritu de la montaña obstaculiza lo que hacemos. Su nombre en tybo es Cabeza India, pero su nombre en indio no se puede pronunciar en voz alta.

Como no soy yo quien cuenta esta historia, lo diré.

No sé cómo se dice en indio, pero significa lo siguiente: Falsa-Montaña. También puede significar «siempre», pero que nadie me pregunte cómo es eso.

Los tybos hablan de oro, de dinero, de dólares y dólares, pero, digan lo que digan, siempre se refieren a otra cosa. Dell­wood Barker me lo hizo ver años atrás: los tybos hablan de cómo serán —en algún lugar al otro lado del margen y a la vuelta de la esquina—, hablan de ellos como si aún no estuvieran vivos.

—A casi todos ellos, sin apenas excepción —decía siempre Dellwood Barker—, les asusta ser quienes son.

Ida Richilieu también era tybo, pero no hablaba tybo. Uti­lizaba palabras tybo, pero lo que decía no era tybo. Lo mismo pasaba con Alma Hatch, y, como he dicho, con Dellwood Barker: tres tybos que no eran tybos.

Ida solía hablar de las montañas Sawtooth y de la Cabeza India en particular. Hablaba de este valle junto al río y del Paso del Diablo y de Excellent y de Gold Bar. Hablaba de negocios. Hablaba de whisky y de opio y de hierba y de follar. Hablaba de mantenerse limpio, de mantener las promesas y de mantenerse vivo. Hablaba de pollas grandes y de pollas pequeñas. Ida hablaba de la polla de Dellwood Barker. Hablaba de mi polla… A Ida le encantaba hablar de pollas. No había nada de lo que le gustara más hablar que de pollas, excepto de los mormones, pero eso fue muy al final.

Ida hablaba de Alma Hatch, de Dellwood Barker y de mí. Pero nunca hablaba de lo que más quería. Lo que más quería era su vieja pluma y su tintero, y sus diarios encuadernados en piel con los márgenes dorados que tenía guardados bajo llave en su gran escritorio de madera, y la lámpara bajo la cual se sentaba por las noches cuando escribía.

Alma Hatch hablaba del amor. Hablaba de corazones rebosantes de amor. Hablaba de los manantiales y de whisky y de opio y de hierba y de follar. Alma hablaba de pájaros y de libélulas y de todo lo que tuviera alas. Alma hablaba de Ida, de Dellwood y de mí. Alma hablaba de su pelo. También hacía extraños sonidos de animales y de pájaros y no solo cuando follaba. Con esa mujer nunca se sabía cuándo podía ponerse a aullar.

Dellwood Barker hablaba de whisky y de opio y de hierba y de follar. Hablaba de mí y de Ida y de Alma. Hablaba de los berdajes. Hablaba de cómo la mayoría de la gente se limita a contarse a sí misma la historia de quién es. Hablaba de su caballo, Abraham Lincoln, y de su perro, Metáfora. Pero de lo que Dellwood Barker hablaba casi todo el tiempo era de la luna.

Habría que preguntarles a ellos de qué hablaba yo, pero ahora es demasiado tarde. Creo que yo apenas hablaba, a no ser que estuviéramos bebiendo o fumando opio —Dellwood lo llamaba polvo de estrellas, por lo que todos acabamos llamando polvo de estrellas al opio— y me comentaron que cuando yo bebía o fumaba opio era capaz de hablar como un descosido y que no podía entenderse una jodida palabra de lo que decía. Cuando me ponía así, me llamaban Fuera-de-sí o Jodidamente-Desmadrado en lugar de Afuera-en-el-Cobertizo.

La otra gente del valle, e incluso aquellos que vivían en Gold Bar —los tybos—, cuando no hablaban de cómo serían, hablaban de Ida Richilieu y de Alma Hatch y de Dellwood Barker y de mí. Pero no se limitaban a contar historias. Contaban leyendas.

Hasta yo las he oído. He oído historias sobre mí; leyendas, mejor dicho.

Una de las que oí sostenía que era tan bueno como cualquier mujer a la hora de satisfacer a un hombre afuera en el cobertizo, y desde ahora te digo que eso es una jodida mentira. Ninguna mujer habría podido hacer lo que yo hacía allí fuera, y quien diga lo contrario es un mormón.

Otra leyenda asegura que, en ciertas noches de luna, las piernas de Ida Richilieu se ponen a vagar buscando el resto de su cuerpo. Sus restos, que cantan su canción favorita: «Ven a dar una vuelta en mi aeroplano y visitaremos al hombre en la luna».

Y también está aquella sobre la iglesia de los mormones —la nueva, construida de ladrillo— en la que nadie se atreve a entrar porque está embrujada.

La leyenda de Billy Blizzard según la cual nunca morirá.

Los gemelos de Ida, que tienen la mitad de Ida y la mitad de otra cosa.

Otra leyenda que oí aseguraba que Alma Hatch era la mujer más hermosa y con el pelo más hermoso del mundo. Era tan hermosa que cuando aquella noche murió congelada en el Paso del Diablo, las águilas ratoneras la sobrevolaban sin atreverse a picotearle los ojos. Tenía abiertos los ojos helados, y eran tan hermosos que ningún pájaro se atrevía a acercarse porque lo que había en sus ojos era como el volar para las aves.

También estaba aquella sobre los aullidos de pájaro que profería Alma por las noches. Hasta yo los he oído. Era el sonido más triste del mundo.

Y también oí decir que Dellwood Barker era el vaquero más loco que jamás haya existido, un cabeza-caliente, un despistado, un inmaduro, un salvaje, un temerario, una especie de borracho lunático.

Si quieres puedes creerlo. Como muchas de las historias de por aquí, es en parte cierta. En cuanto a mí, ya he contado lo que Dellwood Barker significó para mí. Y además creo que era el hombre más amable que he conocido nunca, indio o tybo.

Como Ida solía decir de las historias que circulaban por ahí: «Ten en cuenta la fuente; la historia de un loco contada por unos locos tendría que hacerte pensar».

Y luego está la leyenda de William B. Merrillee, uno de los doce apóstoles de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que tuvo la visión de que sus feligre­ses debían irse a vivir a Excellent, Idaho, y poseer una mina de oro.

El Local de Ida destruido por las llamas y los que allí murieron.

El obispo tybo mormón y el sheriff tybo, a quienes se encontró degollados poco después del incendio que destruyó el Local de Ida; sus cabezas rebanadas de oreja a oreja con una bayoneta.

Otra de la que tuve noticia aseguraba que ciertas noches se nos oye reír a todos. Nos partíamos de risa porque formábamos una familia. Hasta yo lo he oído y, digan lo que digan, siempre acabo riéndome, partiéndome de risa. A veces pienso que es a mí a quien oyen cuando todos dicen oír la risa.

Y también está la leyenda sobre esa noche. La noche del día de pago en Gold Bar, cuando nosotros todavía estábamos en Excellent. La leyenda de nuestro concurso para ver quiénes disfrutaban más: los hombres o las mujeres. Todo lo que bebimos. Todo lo que fumamos. Cuán ruidosamente nos reímos. Cómo Alma Hatch empezó a hacer sonidos de águila. Cómo Ida se puso a bailar sobre la barra —lo que quedaba de esta tras el incendio— todavía sobre sus dos piernas y vestida con su vestido blanco en medio de tanta negrura. Cómo Dell­wood Barker enganchó el mulo al revés. Cómo enganchar el mulo al revés significa muerte.

La extraña nube sobre el Paso del Diablo esa noche y con cuánta fuerza nevaba dentro de la nube.

Quién ganó el concurso.

Me parece que lo ganó Ida. Se limitó a perder las piernas. Alma Hatch perdió la vida. Dellwood Barker perdió la razón.

Y yo, finalmente, los perdí a todos.

Todo lo que queda de ellos es esta historia y yo contando esta historia.

Solo cuando los hube perdido a todos oí la historia que siempre había necesitado oír, y descubrí que las cosas no eran como yo había supuesto, y todo eso significaba lo siguiente: lo que yo ha­cía no era lo que creía hacer, y yo, finalmente, no era quien creía ser.

Solo cuando los hube perdido a todos dejó de importar el que las cosas fueran lo que eran o fueran de otro modo. Como decía siempre Ida, «las mejores historias son las historias reales», y la verdad, a pesar de todo, es que siempre fuimos una familia… mejor que cualquier familia de mormones: Dellwood Barker, Ida Richilieu, Alma Hatch y yo.

Una familia.

Mis primeros recuerdos son de un juego que yo llamaba teruteru. Jugué tanto al teruteru que llegué al punto de no ver diferencia entre el juego y yo. La verdad es que hoy en día sigo jugando al teruteru.

El juego empezaba cuando te levantabas por la mañana. Tenías que ser muy silencioso porque las chicas y los clientes seguían durmiendo, sobre todo Ida, que tenía un sueño ligero. Lo más difícil era salir de la habitación once en la que mi madre y yo dormíamos. La puerta de la habitación once hacía un ruido del diablo al cerrarse a tus espaldas. Tanto si abrías la puerta despacio como si lo hacías de golpe, Ida, dormida, pensaba que eran el viento o la nieve al caer sobre el fino tejado. Era mejor abrir la puerta despacio, pero por las mañanas yo tenía unas ganas locas de hacer pipí, y abrir la puerta despacio era lacerante.

—L… A… C… E… R… A… N… T… E —deletreaba Ida—, indica un dolor profundo, lo que en ocasiones no está mal.

Mis tareas consistían en cortar leña, encender el fuego de la estufa de la cocina y el de la barriguda estufa del bar. La estufa de la cocina tenía escrita la palabra «Kalamazoo» en la portezuela. La estufa del bar no llevaba ninguna inscripción. De todos modos, Ida llamaba a esa estufa la «Thord Hurdlika», porque Thord Hurdlika, el herrero, la había fabricado especialmente para ella. En lugar de recibir dinero por su trabajo, Thord Hurdlika se cobró en especie. Pudo follar gratis durante toda su vida en el Local de Ida, y los sábados tenía el whisky a mitad de precio.

Otra de mis tareas consistía en llevar agua a las habitaciones. Bombeaba el agua del grifo rojo que había junto al abrevadero de los caballos y luego cruzaba Pine Street acarreando los dos baldes, subía las escaleras y llenaba las jofainas de porcelana blanca sin verter una gota. Había una de esas jofainas blancas en cada habitación, cinco habitaciones y cinco jofainas en total.

Y otra más consistía en recoger los orinales y vaciarlos en el pozo ciego del exterior; luego había que limpiarlos, para lo cual a veces tenía que coger el cepillo de los caballos y frotar las manchas.

Llamaba al juego teruteru por el pájaro del mismo nombre. En cierta ocasión había oído a mi madre decirle a un cliente que le gustaban los teruteru porque el teruteru era un artista del engaño. El engaño consistía en que el teruteru fingía tener un ala rota para que el zorro o el coyote lo siguieran, alejándolos así del nido.

Un día vi un teruteru y lo seguí. Eso fue exactamente lo que hizo: simuló que tenía el ala rota para apartarme de su nido.

Lo consideraba un pájaro muy listo.

Yo me parecía mucho a ese pájaro.

El juego del teruteru nació de mi necesidad de buscar algo sin saber qué estaba buscando. Lo que buscaba era teruteru.

El engaño consistía en que, si actuabas como si estuvieras buscando teruteru, nunca encontrabas teruteru.

Tenías que ser teruteru.

Una cosa más sobre el juego de teruteru: si no querías que te vieran, no podían verte.

No podían atrapar al pájaro, no podían encontrar su nido, no podían verme.

Teruteru empezaba una vez finalizado mi trabajo. Empujaba la puerta del porche trasero con tanto cuidado como siempre. Cuando la puerta chirriaba —ahí comenzaba todo—, tenías que salir a toda prisa.

Salía corriendo de la casa, pasaba al lado del montón de ceniza, junto al cobertizo, cruzaba la verja y enfilaba hacia Chinatown a lo largo de la valla de alambre hasta Hot Creek. Tres saltos para cruzar el arroyo, siempre sobre las mismas tres piedras. Fui yo quien colocó las piedras en el lecho del arroyo, por lo que estaban a la distancia correcta. Seguía corriendo y pasaba junto a la cárcel, con las puertas siempre abiertas y nadie encarcelado excepto los sábados por la noche; corría hasta la casa del doctor Ah Fong en Chinatown, un lugar que pare­cía una pila de cajas de madera puestas una encima de la otra. La casa del doctor Ah Fong era la caja de madera más próxima al camino y marcaba el inicio de Chinatown. Las otras cajas de madera de Chinatown seguían la curva del terreno bajando hasta Hot Creek para subir luego por el otro lado de la colina.

Teruteru en Chinatown era algo estupendo. Podía moverme a hurtadillas, observar, escudriñar.

—E… S… C… U… D… R… I… Ñ… A… R —deletreaba Dellwood Barker— significa examinar lo que ves con tus ojos.

Escudriñar: las sacas de red tendidas de caja de madera a caja de madera a través del cielo, espinas de pescado en las calles, el olor de la comida china mezclado con el de incienso quemado y, en ocasiones, su música.

Pero hasta que crecí no supe lo que había en Chinatown, qué era el estupendo teruteru, bajados los escalones hasta llegar a las habitaciones llenas de humo y sus camas; no lo supe hasta que mi madre murió, y yo hube crecido.

Lo que más recuerdo de cuando era niño, sin embargo, era el helado. El doctor Ah Fong hacía helado los domingos. Mi madre me llevaba a casa del doctor Ah Fong y tomábamos el gusto de ese domingo. Mi favorito era el de cerezas. Y también el suyo. Me acuerdo en concreto de una mañana de primavera: Ida Richilieu, Gracie Hammer, Ellen Finton y las demás mujeres también estaban en casa del doctor Ah Fong. Estábamos todos sentados al sol porque a la sombra hacía fresco, y tomábamos helado de cerezas, un helado de cerezas de color rosa… Aquellas mujeres vestidas, los pechos oscilando arriba y abajo, rosados como el helado, aquellas mujeres que reían y charlaban y tomaban helado.

Después de Chinatown seguía corriendo hasta el cementerio. Teruteru en el cementerio era lo que más me gustaba. Habían limpiado bosque, y solo quedaban los grandes árboles vírgenes: once pinos que crecían rectos hacia el cielo. La luz cayendo sobre las lápidas era lo más parecido a una sensación teruteru, si dejamos de lado el fuego y los manantiales y la Dry House.

El cementerio estaba dividido en dos partes; la parte en la que enterraban a los tybos, con tumbas valladas y lápidas con sus nombres grabados, y la parte en la que se enterraba a los chinos y a las prostitutas y a los asesinos y a los maleantes. Ida Richilieu llamaba a esta parte del cementerio su parte. También era mi parte.

El cementerio era el mejor sitio para sentarse y escudriñar Falsa-Montaña. Ningún obstáculo estorbaba la vista. Solo estabas tú mirando y la montaña.

Después del cementerio seguía corriendo, ahora a campo abierto. Había un viejo abeto centenario contra el que te podías apoyar. El campo estaba cubierto de hierba de junio, verde durante no más de una semana y el resto del tiempo de color dorado, especialmente por las tardes. Hacia el oeste, cuando el sol declinaba, solo se veía oro. No el oro como lo concebían los tybos, sino la luz del oro, teruteru, que podía emocionar tus ojos escudriñadores.

El río tenía siempre un color distinto: azul o verde o gris. En primavera el río era marrón y oscuro. En ocasiones era negro y otras veces tan cristalino que cuando acercabas la cara podías ver las rocas del fondo y los peces y tu propio rostro mirando.

El agua estaba fría. Incluso en pleno agosto maldito, cuando los huevos te olían a savia de pino, el agua estaba fría. Plantado en medio del río, tus pies y tus piernas aullarían de dolor, la sangre te subiría tan rápido como pudiera subir la sangre, poniendo tanta distancia entre ella y el río como la sangre pudiera poner.

Arriba, en el punto que yo llamaba el nido, me arrojaba desde la gran roca de granito, y surcaba el cielo azul hasta el agua profunda azul verde gris negra clara, en la poza del río, para salir a toda prisa y quedarme desnudo al sol, resollando y respirando, con el corazón palpitante.

Pero más que en ningún otro lugar, el teruteru hacía el engaño del ala rota en los manantiales. Cuando llegas hasta la orilla, en el punto donde la tierra baja hasta el río, puedes ver el río pero no puedes ver los manantiales. Sin embargo, solo con dar un paso en la dirección correcta y volver a mirar… allí, ante tus ojos, te encontrabas con la vista más hermosa que unos ojos sanos pueden contemplar: agua caliente cayendo de la ladera, bajando por las rocas, salpicando con fuerza en la gran roca del centro, y de allí a la poza. Cuando el sol to­caba el agua, todo centelleaba, y provocaba incontables ar­co­íris. Es difícil batir a un arcoíris para el teruteru.

Libélulas e insectos de río.

De noche, la luna lo volvía todo diferente.

En realidad la luna es el sol haciéndote una jugarreta.

A veces, cuando la habitación once estaba ocupada, me quedaba en el río días y noches enteras. Acampando y haciendo fuegos, en el punto en que el río se estrechaba junto a los manantiales de donde salía el agua caliente, caminando a lo largo del río, en el río, atrapando peces, jugando al teruteru. Veías todos los animales que había que ver: puma, gato montés, ocelote, castor, carcayú, tejón, ciervo de cola blanca, antílope, alce, mofeta, zorro, coyote, lobo, conejo, oso… Todos. Incluso los animales que solo salen por las noches y con la niebla matinal.

Corriendo de vuelta al pueblo, todavía en busca de teruteru, el primer edificio era la escuela a la que iban los chicos mormones. Yo no podía asistir a esa escuela. Y tampoco quería. Mi madre lo había intentado, pero le dijeron que solo podría asistir si vivía con una familia de mormones. Así fue como ella se había criado y dijo que al diablo. Dijo que prefería tener a un indio tonto por hijo que a un mormón.

Yo no conocía a ningún chico tybo. Solo había cuatro o cinco, y todos tenían un aspecto parecido excepto por el hecho de que algunos eran chicos y otros chicas y siempre me hacían carantoñas (cuando mi teruteru dejaba que me vieran, por supuesto).

Al lado de la escuela de los mormones se encontraba la iglesia de los mormones. Tanto la escuela como la iglesia estaban pintadas de blanco y rodeadas de una valla como algunas tumbas: una valla de estacas, pintada a su vez de blanco.

Tras la escuela y la iglesia de los mormones, lo siguiente con que te encontrabas, justo después de la granja de Moosman, era el comienzo de Pine Street. A mano izquierda estaba primero Hot Creek y después el Indian Head Hotel: el Local de Ida. El Local de Ida también estaba pintado de blanco: el único edificio del pueblo aparte del de los mormones que estaba pintado. Enfrente del Local de Ida se encontraba el motivo por el que la calle se llamaba Pine Street: un enorme y centenario pino ponderosa, con el tronco tan grande como cuatro hombres de pie en círculo dándose las manos con los brazos extendidos. Al otro lado de la calle estaba la barbería en la que casi todos los hombres del lugar se reunían para contarse historias. En invierno se sentaban en torno a la estufa barriguda del interior, y en verano lo hacían en el banco de fuera. Al lado del banco había un rodillo pintado de azul, rojo y blanco… Los colores daban vueltas y más vueltas en el rodillo. Fuera de la barbería estaba el abrevadero de caballos y el pozo con el grifo rojo y la palanca de bombeo. Frente a la barbería un entarimado recorría todo el frente hasta la parada de la diligencia. Eso era la estafeta de correos. Delante ondeaba la bandera estadounidense.

La bandera era lo primero que veías si mirabas por la ventana de la habitación once del Local de Ida.

El mástil del que colgaba la bandera era el mástil que yo lustraba para sentir teruteru. El teruteru no estaba en la bandera, estaba en el mástil.

En verano, traían el correo dos veces por semana desde Owyhee City y Mountain Home en diligencia. En invierno, el correo lo traía un cartero con esquís por el Paso del Diablo.

Fern Hurdlika, la mujer de Thord Hurdlika, era la jefa de correos y la encargada de la barbería. Dice la historia que, gracias al trabajo de herrero de Thord y a que Fern cortaba el pelo de todo el mundo y abría las cartas de todo el mundo, Thord Hurdlika y Fern Hurdlika sabían todo lo que había que saber de toda la gente que vivía en el valle.

Después de la estafeta de correos estaba el comercio de Stein, y luego el colmado de North. Yo no podía entrar en ninguno de los dos establecimientos. Al igual que mi madre, tenía que ir por detrás porque éramos indios. Stein y North eran ricos y ya no vivían en Excellent. Vivían en Boise City. Tenían gente que trabajaba para ellos en Excellent. Cada primavera, Stein y North venían con un puñado de carromatos llenos de provisiones y todo el mundo se abalanzaba para comprar los productos nuevos.

En cierta ocasión, mi madre se vistió como una mujer blanca, se estiró el pelo, se puso uno de esos sombreros y se dirigió al comercio de Stein. Entró directamente. El viejo Stein agarró a mi madre por el cabello y la sacó afuera, y allí mismo, entre el comercio y el colmado de North —en el punto donde cada primavera se coloca la línea de meta de la carre­ra de Pine Street— la arrojó al lodo y todo el mundo la rodeó y se echó a reír. Pero Stein también se había hecho daño; mi madre le había dado, como mínimo, una buena en los huevos; Stein intentaba aparentar normalidad, te dabas cuenta por el modo en que se sostenía en pie.

No pasó mucho tiempo y allí estaba Ida Richilieu bajando por la calle con su escopeta; caminaba en línea recta hacia Stein y Stein lo sabía. Intentó hablar con Ida, pero todo el mundo sabe que no se puede hablar con Ida cuando se pone de ese modo. Justo en ese instante North salió de su colmado con su escopeta y yo le lancé una piedra del tamaño de mi puño. Se vino abajo, y la escopeta, al caer al suelo, se disparó e hizo un agujero en la puerta de la tienda. Al verlo, Stein se puso a correr e Ida le disparó una andanada de perdigones en el culo. No pudo sentarse durante seis meses, o al menos eso decían.

Stein denunció a Ida Richilieu, y el sheriff Archibald Rooney, de Sawtooth, se personó e hizo preguntas a todo el mundo. El sheriff Rooney, sin embargo, no le hizo nada a Ida porque con ella tenía whisky gratis y chicas gratis, aparte de que, como a casi todo el mundo en Excellent, al sheriff Archibald Rooney no le gustaba Stein porque pertenecía a la tribu tybo de los judíos.

Ida Richilieu también pertenecía a esa tribu tybo. También ella era judía.

—Lo que me daba todo el derecho para hacerle un segundo agujero en el culo a ese viejo cabrón —decía siempre Ida.

A veces, el teruteru te hacía doblar la esquina después del comercio de Stein. Un poco más abajo, justo antes de llegar a la herrería de Thord Hurdlika, era donde tenía su consulta el doctor Heyburn.

Siempre había gente sentada en su consulta; en su mayoría, mujeres aguardando a que el doctor las recibiera. Pero solían esperar en balde, porque Doc Heyburn pasaba la mayor parte de su tiempo en el Local de Ida, borracho como una cuba. No he conocido a nadie que pudiera beber tanto como él y seguir de pie… y eso incluye a Ida Richilieu. Jamás he entendido a ese doctor. Apenas hablaba hasta que estaba tan borracho que a duras penas le entendías una palabra; pero a esas alturas, a Doc Heyburn le importaba una mierda si lo entendías o no, de pie en la barra hablando en voz alta para sí, balanceándose adelante y atrás, contándole a la gente cómo cambiaría algún día.

Calle abajo se encontraba el único edificio de piedra del pueblo. Era la herrería de Thord Hurdlika. Yo pasaba mucho tiempo jugando al teruteru con las piedras en la pared sur de su herrería. Todas las piedras eran cantos pulidos por el río y muchas tenían el tamaño aproximado de mi cabeza y eran más claras que mi piel. La pared orientada hacia el sur era el mejor lugar de Excellent para sentarse en primavera los días soleados. Las piedras absorbían el sol y, si te sentabas frente a las piedras con los ojos cerrados, acababas por ser tú quien se convirtiese en una piedra.

Cuando corría por delante de su edificio de piedra, Thord Hurdlika solía encontrarse en el exterior, herrando un caballo o trabajando en el yunque. A veces yo entraba, me sentaba, le daba al fuelle y escudriñaba. Los pies de Thord Hurdlika eran tan grandes como todo mi cuerpo. Otro tanto cabía decir de sus brazos.

En el interior de su herrería, con el fuego de la fragua y él sudando y retorciendo hierro, había mucho teruteru. Los pocos pelos que quedaban en su cabeza se disparaban en todas direcciones.

Thord Hurdlika no hablaba mucho ni conmigo ni con nadie (con nadie excepto consigo mismo, para ser más exactos). Lo he escudriñado muchas veces y él se comportaba así: de repente, dejaba lo que estuviera haciendo, gesticulaba y movía los labios como si le hablara a un corrillo de gente que lo escuchara; pero no había un alma. Yo suponía que Thord Hurdlika intentaba dar a entender algo. Dellwood Barker decía que Thord Hurdlika era el ejemplo perfecto de un hombre que es como es porque no deja de contarse a sí mismo la historia de cómo es.

Thord Hurdlika trabajaba siempre con guantes de cuero; incluso antes de casarse llevaba esos guantes. La historia decía que se ponía vaselina en el interior de los guantes —en cada uno de los dedos— para tener las manos suaves cuando encontrara a una mujer. Cuando yo tenía diez años, Thord Hurdlika conoció a una mujer de Idaho City llamada Fern Thurman y se casó con ella; se casó en verano en el porche delantero de su casa, y Fern Thurman se convirtió en Fern Hurdlika.

La historia de las manos de Thord siempre me interesó. En un par de ocasiones pensé en preguntarle a Fern si era cierta. Pero nunca lo hice.

Y luego, cuando fui mayor, la noche en que Thord Hurdlika vino afuera en el cobertizo, lo primero en lo que me fijé fue en sus grandes manos.

—Las mejores historias son las historias reales —decía Ida Richilieu.

Cuando Pine Street tuerce en S —justo después de la herre­ría de Thord Hurdlika— se encontraba el establo de Dave el Maldito. Allí el teruteru siempre era estupendo. No sé por qué empezaron a llamar Dave el Maldito a Dave el Maldito. Desde siempre oí que lo llamaban Dave el Maldito. Dave el Maldito y su Maldito Perro. Su perro era uno de esos perros bobos, blancos y negros, con las orejas colgantes, felices y que no paran de menear la cola, sonriendo con la lengua fuera y siempre deseosos de jugar.

—La única criatura viva, aparte de su madre, capaz de querer tanto a Dave el Maldito tenía que ser un perro bobo —comentaba Ida.

Dave el Maldito y su Maldito Perro estaban siempre juntos. Dave el Maldito con sus orejas y aquella nariz tan par­ticu­lar y su pelo negro que empezaba a encanecer y su escuálido cuerpo. Su escuálido Maldito Perro con sus orejas y su nariz y el pelo negro y plateado. A veces costaba diferenciarlos.

—Es lo que los tybos llaman retrasado —decía mi madre al referirse a Dave el Maldito—. Y no es una cosa buena —añadía—, por lo que se refiere a los tybos. Para los indios, sin embargo, un hombre como Dave el Maldito sería considerado sagrado. Los malditos tybos no soportan nada que no sea igual que todo lo demás.

Dave el Maldito no habló una sola vez; por lo menos, no hasta el final. Se mostraba siempre amable y educado, nunca causaba problemas: ni él ni su perro. Y hacía un buen trabajo en el establo, con una reata de caballos de refresco siempre a punto para la diligencia.

Pero había algo que era mejor evitar con Dave el Maldito o su Maldito Perro: emborracharlos. Dave el Maldito se ponía a reír. Y la risa de Dave el Maldito sonaba a gatos follando. Y que él se pusiera a reír hacía que su Maldito Perro empezara a su vez… a aullar.

Es probable que les pusieran esos nombres una noche de borrachera, de risas y de aullidos.

Dave el Maldito se ponía a reír cuando estaba borracho porque se le ponía tiesa y, a diferencia de muchos hombres, que se lo toman muy en serio, Dave el Maldito hacía todo lo contrario. Se sujetaba la polla con una de las manos y reía sacando el culo… y el Maldito Perro, venga a aullar y aullar. No paraban en toda la noche.

Aparte del establo, Dave el Maldito tenía una carreta que utilizaba para hacer de transportista. Se dedicaba asimismo a la apicultura, y siempre que había un enjambre se llamaba a Dave el Maldito. Y también ahumaba carne en un cobertizo que tenía en la parte trasera de los establos; cogía madera de manzano del valle y ahumaba jamones. Algunos días podías oler el jamón ahumado de Dave el Maldito durante todo el trayecto hasta Gold Bar.

Y así era el pueblo para las correrías y el teruteru. En el pueblo no había más sitios para correr que los que he descrito. Cada tanto, sin embargo, cuando quería pasar fuera más de un día y tenía ganas de probar algo nuevo, corría hasta Gold Hill: la misma montaña donde está el Paso del Diablo, solo que al otro lado. Las cosas eran muy diferentes en Gold Hill y había que andarse con cuidado. Los tybos de Gold Hill se tomaban su oro muy en serio y podían pegarte un tiro si ponías el pie en el sitio equivocado.

En las laderas de las montañas había agujeros, y los hombres entraban en esos agujeros y no salían en todo el día. Había grandes edificios de madera con techos de chapa, grandes fuegos dentro de los edificios y humo que salía. En primavera, las minas funcionaban desde el amanecer hasta el atardecer. Los tybos dejaban correr agua en cajas de madera, tamices las llamaban, tamices sobre patas de madera, piedras que siempre atascaban los tamices, los tybos arrastrándose, maldiciendo, arrojando rocas en todas direcciones. En invierno quitaban la nieve que obstruía los canales.

Cada vez que iba a Gold Hill y me sentaba y los observaba trabajar, pensaba que esos tybos estaban completamente locos.

—Seiscientas mil toneladas —dijo Ida en una ocasión— cuando terminaron de excavar en esa montaña. Seiscientas mil toneladas de mineral de oro.

También estaba la Dry House. Era el lugar adonde iban los mineros a cambiarse de ropa. Subían la colina cada mañana, o pagaban un par de centavos para que los llevaran hasta la Dry House, donde se ponían la ropa de faena. Después de terminar el trabajo volvían a la Dry House y se duchaban en la enorme ducha común, todos los mineros desnudos entrando y saliendo en fila. Todo tipo de hombre tybo que pudieras imaginar. En la Dry House, el teruteru también era estupendo. En ocasiones, demasiado estupendo. Me daba vértigo, el corazón me palpitaba y solo oía el sonido de mi respiración.

Había una ventana por la que podías mirar cuando los hombres se quitaban la ropa, y una ventana por la que mirar cuando se duchaban. Estaba empañada de vapor. Me encantaba mirar las blancas espaldas y los blancos culos de esos hombres. No porque quisiera follar con ellos —por esa época no sabía lo que era follar—, sino por lo hermosos que eran.

También podías arrastrarte bajo la Dry House y escuchar. Cuando se visten y se desnudan, los hombres siempre hablan de lo mismo.

En un par de ocasiones, por el vaho de la ventana donde los hombres se sacaban la ropa, vi y oí supongo que más de lo que debería saber cualquiera excepto aquellos dos que hacían lo que vi y oí que hacían. Yo, un niño de unos ocho o nueve años, yo de noche fuera y mirando dentro, por el vaho de la ventana, espiando: en el interior de la Dry House, una lámpara de keroseno, un círculo de luz, y dos hombres crecidos temblando, tocándose, hablando de amor.

Pues así era. Así se jugaba al teruteru. Corrías por el valle y mirabas cosas que no podían verte a ti mirando, las cosas del exterior que no conocías pero que necesitabas conocer: escudriñando a la gente, al mundo, para obtener la mejor historia, para la verdad.

Y durante todo el tiempo, Falsa-Montaña, la montaña detrás de la cual sale el sol cada mañana, jugaba al teruteru conmigo. Me hacía pensar que lo que estaba buscando era lo que quería encontrar.

El engaño, el engaño del ala rota: allí afuera. Yo buscándome allí fuera.

Una loca historia sobre locos contada por un loco.

Tendría que hacerte pensar.

Ida Richilieu compró el Indian Head Hotel en 1882, pero vivía en el valle desde 1872, cuando llegó con su marido, Vini­tio Luchese. Ida tenía catorce años cuando se casó con Vi­nitio Luchese, un panadero, en Nueva York. Se convirtió en Ida Luchese por su matrimonio, y vino con su marido a este valle pensando en hornear pan y pensando en el oro. Al menos, ella creía que pensaba en el oro. Lo cierto es que el espíritu de la montaña la estaba poseyendo.

Vinitio e Ida se compraron un horno en Boise City, cargaron el horno en su carreta y ya en Excellent abrieron una panadería en la trastienda del colmado de North. Vinitio Luchese horneaba su pan, colocaba el pan en la ventana trasera —junto a una reproducción del Sagrado Corazón de Jesús— y esperaba que llegaran los clientes. Pero los clientes nunca llegaban.

Eso sucedía antes de que Excellent se llamara Excellent, después de la primera fiebre del oro y antes de la Segunda Oleada, cuando ya no quedaba una sola pepita a la vista. La gente o bien estaba endeudada con el banco, o bien vivía en la indigencia, o bien se apresuraba a abandonar el territorio.

Los mormones eran los únicos que tenían algo de dinero.

Pero el problema era que los mormones no compran pan católico.

Dice la historia que Vinitio Luchese era un hombre grande como un oso y con una polla diminuta, una persona asaltada por periodos de depresión y de ópera italiana. Un día en que no había vendido nada de pan, subió a pie hasta Indian Head y se arrojó al vacío. Pasó un buen rato cantando ópera antes de arrojarse… desnudo. Tenía voz de tenor y la historia decía que no la tenía más grande que el dedo meñique de una persona normal.

Cuando fui mayor, una noche en que estábamos fumando polvo de estrellas en Chinatown le pregunté a Ida por su marido. No recuerdo todo lo que me dijo Ida. Pero recuerdo la expresión de sus ojos cuando le pregunté.

—Demasiadas penas de amor para un corazón tan grande. Lo notabas cuando comías su pan, y podías oírlo en su voz cuando cantaba. Oírle cantar te partía el corazón —me dijo Ida.

Ida estaba sentada en la penumbra en una de las camas del doctor Ah Fong. El humo del polvo de estrellas envolvía su cabeza, una nube en torno a una cumbre montañosa.

—Solo me he enamorado dos veces en toda mi vida —dijo Ida—. La primera, de un hombre que horneaba pan, con una hermosa voz, un alma atormentada y la polla pequeña. Algo no demasiado bueno si eres italiano —prosiguió—. Me refiero a lo de tener la polla pequeña.

»Odio a los mormones desde el día en que recuperé el cuerpo de mi marido de las rocas —añadió Ida—. Como si necesitaras una excusa para odiar a esos malditos santos de los últimos días, ¡con toda tu rabia! —prosiguió—. En ese mismo instante decidí que les ajustaría las cuentas. Aunque me costara la vida.

»Así soy yo. No me pidas que cambie.

»La segunda vez que me enamoré fue de un alma más atormentada incluso, y el hombre era solo un niño. Era tan joven que ni siquiera sabía que tenía polla.

»Hombres locos y sus pollas —prosiguió—. Paul Bunyan y su enorme buey azul. Nunca lo entenderé. Un hombre es como sea su polla. La mujer no tiene nada comparable a eso, ninguna parte de su cuerpo tiene esa importancia sagrada ni le ocupa tanto tiempo. Lo que más se acerca sería el cabello, y no se acerca en absoluto.

»¡Oh! ¡La humanidad! ¡Doy gracias al cielo por no tener que llevar una polla colgando por el mundo! —concluyó Ida.

Vinitio Luchese le dejó a Ida mil quinientos dólares, una vez descontados los gastos del entierro. Ella hizo que el doctor Ah Fong lo incinerara y luego mandó sus cenizas a Nápoles para que las enterraran. Vinitio también le dejó su carreta, la reata de mulas y todo su equipo de minero.

Ida empezó a abrirse camino —del único modo en el que, según ella, una mujer sin educación podía abrirse camino— tumbada, en la carreta, haciendo encargos especiales.

La historia dice que pasaron diez años entre el día en que Ida envió las cenizas de Vinitio a Nápoles y aquel en que volvió a cambiar su nombre a Richilieu: vendió las herramientas de Vinitio en subasta, le compró el hotel al municipio de Excellent antes de que se llamara Excellent, conservó la carreta y las mulas para los encargos, adecentó el local y dedicó todo su tiempo a trabajar duro.

El hotel era el Indian Head Hotel, pero todo el mundo lo llamaba el Local de Ida. Era el único hotel de Excellent. No podías equivocarte porque, como he dicho, era uno de los tres edificios pintados del pueblo, y el único de estos que no era mormón. Situado justo al lado de Hot Creek, estaba construido de tablas y tenía dos plantas con porches delanteros y traseros. Los porches tenían balaustradas y los sustentaban unos postes redondos. Siete escalones de madera llevaban de Pine Street al porche frontal. Cada una de las puertas dobles de entrada tenía una ventana ovalada —las puertas siempre cerradas en invierno y abiertas a todas horas en verano— y daban al salón principal. Todas las ventanas del hotel tenían contraventanas de persiana, que en tiempos habían sido de color verde.

Encima del porche frontal del segundo piso estaba el cartel «Indian Head Hotel», que necesitaba una mano de pintura.

Como Ida no quería hombres sucios entre sus sábanas limpias, en algún momento de la Segunda Oleada le pidió al doctor Ah Fong que reuniera a un grupo de su gente y construyera una casa de baños nada más salir del hotel, justo al costado de Hot Creek. En la casa de baños había una gran tina y el suelo era de cantos rodados cubierto con tablas de madera. Las paredes también eran de madera (listones), y el techo, de chapa.

Ida se trasladó al Indian Head apenas seis meses antes de que descubrieran el Filón de Excellent en Gold Hill.

Fue entonces cuando empezó lo que la gente de por aquí denomina la Segunda Oleada.

Seiscientos millones de toneladas de mineral de oro.

E Ida Richilieu estaba allí para encargarse de los suministros.

Así era Ida. Diferente de cualquier otro tybo a quien yo haya conocido, mujer tybo u hombre tybo (excepto Alma Hatch y Dellwood Barker). A lo mejor se debe a que pertenecía a la tribu tybo de los judíos. Pero no lo creo. Creo que se trataba solo de su forma de ser.

Ida nunca hablaba de lo que la diferenciaba de la otra gente —el ser judía, por ejemplo—, pero tampoco lo negaba. Decía que no era asunto de nadie. Decía que ciertas cosas son privadas y que es mejor no mencionarlas.

La historia dice que sabías que era judía nada más verla por lo bien que manejaba el dinero y porque compraba propiedades comerciales y se creía tan buena como cualquier hombre vivo o muerto; y así son las mujeres judías, o al menos eso me han dicho.

Ida era la primera en decirlo: «Así soy yo».

Ida Richilieu siempre decía así soy yo, y también: «No me pidas que cambie».

Y «¡Oh! ¡La humanidad!».

Y «La baraja está marcada en tu contra… Tenlo en cuenta».

Y «Una mujer tiene su orgullo».

Por no mencionar «Mantén tus promesas, mantente limpio y mantente vivo».

Y «Las mejores historias son las historias reales».

Pero había una cosa cierta: no era fácil llevarse bien con Ida Richilieu. Era dificilísimo. Pero yo lo intenté hasta el final.

Hay una palabra, una palabra de Dellwood.

—P… E… N… E… T… R… A… R —deletreaba Dell­wood— significa meter la polla en un agujero, o descubrir el interior o el sentido de algo o entrar superando la resistencia.

Eso es lo que yo hice con Ida, toda mi vida con Ida; no que intentara penetrar su agujero de mujer, sino que procuraba comprender su interior, el interior de Ida, eso es, superando su resistencia. Pero de resistencia, sin embargo, era algo de lo que Ida sabía mucho, y no solo resistencia hacia mí. Creedme si digo que hay historias sobre Ida Richilieu que se remontan a mucho tiempo antes de que yo naciera: leyendas, quiero decir, de lo arisca que era y de la cantidad de resistencia que podía oponer. No había hombre, mujer o bestia en este valle que no la temiera; excepto un ser humano tan arisco y lleno de resistencias como ella.

Mi madre no temía a Ida Richilieu.

Y conozco la historia que lo demuestra: la pelea en el barro. Según Ida, esta historia nunca sucedió, se trataba solo de una de mis habladurías.

Miré hacia el lavadero que había junto al edificio principal. Ida y mi madre estaban colgando la colada.

—Un cliente espera a la Princesa —le dijo Ida Richilieu a mi madre—. Y como la Princesa no es que tenga demasiados clientes, creo que la Princesa debería espabilarse y mover cuanto antes su culo hasta la habitación once.

El auténtico nombre de mi madre, su nombre indio, era Dulces de Búfalo, pero en el Local de Ida todos la llamaban Princesa, una abreviatura de Princesa India.

Mi madre —que, en mi opinión, era una pequeña judía, a su manera india— no se inmutó y siguió colgando la colada como si Ida Richilieu no hubiera hecho otra cosa que mover las mandíbulas.

El cielo era de un profundo azul con grandes nubes blancas y en la tierra, que empezaba a deshelarse, se veían charcos de agua. Había barro por todas partes y restos de nieve en el lado norte de las cosas o en las zonas más sombreadas. Las sábanas que mi madre e Ida colgaban también eran blancas, blancas como nubes. Tan blancas con el reflejo del sol que dañaban la vista. Llegaba el olor del lavadero y el del montón de ceniza de la estufa, pero también llegaba el olor de las sábanas. Yo tenía la mano contra la madera gris del lavadero y estaba de pie, con los ojos fijos en esas dos mujeres.

Nunca olvidaré el aspecto de mi madre ese día al sol delante de las sábanas colgadas, ni tampoco el de Ida. Me sorprendió el aspecto de Ida… Ida Richilieu, tan pequeñita al lado de mi madre. Para hacer la limpieza, Ida siempre se ponía lo que denominaba un «vestido bueno», con un delantal encima y enaguas siempre y los labios pintados siempre. Barría la escalera con el vestido bueno remangado. Ida limpiaba, quitaba el polvo, barría, lavaba, planchaba a todas horas. Trabajaba más duro que ningún otro ser humano que yo haya conocido. Y esperaba que todos, incluido yo, trabajaran tan duro como ella.

Ida era endiabladamente mezquina a la hora de pagar un buen salario, o al menos eso era lo que decían las chicas que trabajaban para ella. Endiabladamente mezquina: otra de las razones por las que se suponía que podías decir que pertenecía a la tribu tybo de los judíos.

—M… E… Z… Q… U… I… N… A —deletreaba mi madre— significa que no suelta el dinero.

La mezquindad era el motivo por el que mi madre ni se inmutó.

O sea, que cuando la Princesa no escuchó a Ida ese soleado día con las sábanas blancas en el patio trasero, cuando mi madre se limitó a seg

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