Las mil naves

Natalie Haynes

Fragmento

1. Calíope

1

Calíope

Canta, musa, dice, y el filo de su voz deja claro que no es un ruego. Si estuviera dispuesta a complacer su deseo diría que pule el tono al pronunciar mi nombre, como el guerrero desliza la daga sobre la piedra de afilar, preparándose para la batalla de la mañana. Pero hoy no estoy de humor para ser musa. Tal vez no se le ha ocurrido ponerse en mi piel. Seguro que no; como todos los poetas, sólo piensa en sí mismo. Aunque es sorprendente que no se haya planteado cuántos hombres más hay como él, reclamando todos los días mi atención y apoyo inquebrantables. ¿Cuánta poesía épica necesita realmente el mundo?

Cada conflicto iniciado, cada guerra librada, cada ciudad asediada, cada pueblo saqueado, cada aldea destruida. Cada travesía imposible, cada naufragio, cada regreso a casa: todas esas historias ya se han contado, y en innumerables ocasiones. ¿De verdad considera que tiene algo nuevo que decir? ¿Y cree que puede necesitar mi ayuda para seguir el desarrollo de todos sus personajes, o para llenar esos vacíos en los que la métrica no encaja con el relato?

Bajo la mirada y veo que tiene la cabeza agachada y los hombros, aunque anchos, encorvados. Empieza a curvársele la columna vertebral por la parte superior. Es un anciano. Más anciano de lo que sugiere su voz dura. Estoy intrigada. Suelen ser los jóvenes los que viven la poesía con tanto apremio. Me inclino para verle los ojos, pero los cierra en el fervor de su plegaria. No lo reconozco con los ojos cerrados.

Lleva un hermoso broche de oro, hojas diminutas que forman un nudo reluciente. Alguien lo recompensó generosamente por su poesía en el pasado. Tiene talento y ha prosperado, sin duda con mi ayuda. Pero aún quiere más, y yo desearía verle bien el rostro, a la luz.

Espero a que abra los ojos, pero ya he tomado una decisión. Si quiere que lo ayude deberá hacer una ofrenda. Eso es lo que hacen los mortales: primero piden, luego ruegan y, al final, negocian. De modo que le daré las palabras cuando me dé ese broche.

2. Creúsa

2

Creúsa

La despertó un crujido ensordecedor y contuvo el aliento. Buscó con la mirada al bebé hasta que recordó que ya no era ningún bebé, sino que había visto pasar cinco veranos mientras la guerra causaba estragos fuera de las murallas de la ciudad. Él estaba en su habitación, dónde si no. Respiró más tranquila, y esperó a oír cómo la llamaba, aterrado por la tormenta. Pero el grito no llegó: era valiente su pequeño. Demasiado valiente para gritar por un relámpago, aunque lo lanzara el mismo Zeus. Se echó la colcha sobre los hombros y trató de calcular la hora. La lluvia repiqueteaba con más fuerza. Debían de ser las primeras horas de la madrugada, si se veía el fondo de la habitación. Pero era una luz peculiar, de un amarillo intenso, que se reflejaba en las paredes rojo oscuro y les daba una desagradable pátina sanguinolenta. ¿Cómo podía ser tan amarilla la luz si no estaba amaneciendo? ¿Y cómo era posible que el sol inundara las habitaciones si oía llover sobre el tejado? Desorientada por sus sueños recientes, transcurrieron unos minutos antes de que se diera cuenta de que el olor acre estaba en sus fosas nasales y no en su imaginación. El estruendo no había sido un trueno sino una destrucción más terrenal; el repiqueteo no era el ruido de la lluvia sino el crepitar de paja y madera seca, y la luz amarilla que parpadeaba no era el sol.

Al comprender el peligro que corría, se levantó de la cama de un salto para compensar la parsimonia previa. Debía salir y alejarse del fuego cuanto antes. El humo ya le había impregnado la lengua de hollín grasiento. Llamó a su esposo, Eneas, y a su hijo, Eurileón. No obtuvo respuesta. Salió del pequeño dormitorio, dejando atrás la cama estrecha con la colcha de color cobrizo que había tejido con tanto orgullo para sus primeras nupcias, pero no llegó muy lejos. Alcanzó a ver las llamas a través de la diminuta claraboya que había frente a la puerta de su dormitorio, y se quedó clavada en el suelo, incapaz de continuar. No era su casa la que estaba en llamas sino el alcázar, el punto más alto de la ciudad de Troya, que hasta entonces sólo habían iluminado las hogueras de vigilancia, las llamas de los sacrificios, o Helios, el dios del sol, quien se desplazaba en su carro de caballos por encima de sus cabezas. En esos momentos el fuego saltaba entre las columnas de piedra, frías al tacto, y ella observó en silencio cómo parte del techo de madera empezaba a arder y caía una lluvia de chispas, como si minúsculas luciérnagas se arremolinaran en la nube de humo.

Eneas debía de haber salido corriendo para ayudar a combatir las llamas, pensó. Seguro que estaba llevando agua, arena y todo lo que pudiera encontrar junto con sus hermanos y primos. No era el primer incendio que amenazaba la ciudad desde que había comenzado el asedio, y además los hombres darían su vida por salvar la ciudadela. Allí se encontraban las posesiones más preciadas de Troya: el tesoro, los templos y el palacio de Príamo, su rey. El miedo que la había sacado de la cama se desvaneció al ver que su casa no ardía y su hijo y ella no se encontraban en peligro, aunque sí su marido, como tantas veces durante esa guerra interminable. El miedo cerval por la supervivencia fue reemplazado al instante por una ansiedad punzante y conocida. Estaba tan acostumbrada a verlo salir para combatir el azote de los griegos, tras diez largos años acampados fuera de la ciudad, tan acostumbrada al horror de verlo partir y al miedo paralizante de esperar su regreso, que se sintió casi reconfortada, como si un pájaro negro se le posara en el hombro. Él siempre había vuelto a casa, se recordó. Siempre. Trató de ignorar el graznido con el que ese pájaro intentaba meterle a la fuerza una idea en la cabeza: ¿desde cuándo el pasado es garantía del futuro?

Dio un brinco al oír otro estruendo, sin duda más atronador que el que la había despertado. Miró por encima del alféizar de la ventana hacia la parte baja de la ciudad. Este incendio era diferente no sólo por la importancia de su ubicación, ya que no se limitaba al alcázar. Por toda la ciudad parpadeaban intensas luces naranja. Creúsa murmuró una plegaria a los dioses domésticos, pero ya era demasiado tarde para rezar. Mientras articulaba los sonidos con la lengua se dio cuenta de que los dioses habían abandonado Troya. En el otro extremo de la ciudad ardían los templos.

Echó a correr por el pasillo corto y oscuro que llevaba a la parte delantera de la casa a través del patio de paredes altas y ornamentadas que tanto le gustaba. No había nadie allí, hasta los esclavos se habían ido. Tropezó con su propia túnica y retorció la tela con el puño izquierdo para acortarla. Volvió a llamar a su hijo —¿había acompañado a su padre a recoger a su suegro?, ¿era allí adonde había ido Eneas?— y abrió el portón de madera que daba a la calle. Vio pasar corriendo a sus vecinos. Ninguno acarreaba cubos de agua, como había imaginado que estaría haciendo Eneas, tan sólo bolsas con las cuatro cosas que habían logrado juntar antes de salir huyendo, o nada en absoluto. Creúsa no pudo contener un grito. De todas partes llegaban voces y alaridos. El humo cubría las calles como si la ciudad en ruinas estuviera demasiado avergonzada para encontrarse con su mirada.

Se detuvo en la puerta sin saber qué hacer. Si no se quedaba en casa, su marido no sabría dónde encontrarla cuando regresara. Hacía muchos años Eneas le prometió que si un día caía Troya él mismo la sacaría de allí, junto con su hijo, su padre y el resto de los supervivientes, y navegarían hasta fundar una nueva ciudad. Ella le puso los dedos en los labios para que se callara —incluso pronunciar esas palabras podía incitar a un dios travieso a hacerlas realidad— y su barba le hizo cosquillas en las manos. Pero no se rió, y Eneas tampoco. Es mi deber, le dijo, son órdenes de Príamo: alguien deberá encargarse de fundar una nueva Troya si ocurre lo peor. De nuevo Creúsa intentó contener el torrente de pensamientos: él no iba a regresar, ya estaba muerto, antes del amanecer la ciudad habría sido arrasada, y su hogar, como tantos otros, ya no estaría allí para volver.

¿Cómo había sucedido? Apoyó la cabeza contra el portón y notó el calor de las tachuelas de metal negro en el cuero cabelludo. Miró abajo y vio que el polvo negro y grasiento ya se había asentado en los pliegues de su vestido. No era posible que estuviera ocurriendo todo aquello porque Troya había ganado la guerra. Los griegos por fin habían huido tras una década de desgaste en las llanuras de las afueras la ciudad. Tantos años después de haber llegado con sus altas naves, ¿qué habían conseguido exactamente? Habían librado batallas cerca de la ciudad y luego lejos, habían avanzado hasta los barcos varados y después hacia Troya. Había habido combates individuales y guerra sin cuartel. Se habían desatado enfermedades y hambruna en ambos bandos. Los grandes paladines habían caído y los cobardes se habían escabullido. Pero al final Troya, su ciudad, había salido victoriosa.

¿De eso hacía tres, cuatro días? No estaba segura del tiempo que había transcurrido, pero sí de los hechos, porque había subido a la acrópolis y visto con sus propios ojos cómo se alejaba la flota. Igual que a todos los habitantes de la ciudad, varios días antes le habían llegado rumores de que el ejército griego estaba recogiendo sus bártulos. Sin duda se habían retirado a su campamento. Eneas y sus compañeros —ella nunca los consideraría guerreros; ése era su papel fuera de la ciudad, no dentro— se habían planteado enviar a un grupo de asalto no sólo para averiguar qué ocurría sino también para causar alboroto. Pero al final habían decidido quedarse dentro de las murallas y, armados de paciencia, esperar a ver qué pasaba. Tras un par de días sin lluvia de lanzas y flechas, había empezado a aflorar la esperanza entre la gente. Quizá una nueva plaga estaba haciendo estragos en el campamento griego. Ya había sucedido antes, unas lunas atrás, y los troyanos habían vitoreado y hecho ofrendas de agradecimiento a los dioses. Los griegos habían sido castigados por su irreverencia y obstinación, por negarse a aceptar que Troya no caería —no podía caer— ante hombres mortales. No ante hombres como esos griegos arrogantes con sus grandes naves y sus armaduras de bronce reluciendo al sol porque ninguno era capaz de soportar la idea de actuar en el anonimato, sin ser vistos ni admirados.

Como todos los demás, Creúsa había rezado pidiendo una plaga. No había nada mejor por lo que rezar. Pero al día siguiente las naves, con los mástiles temblando, habían empezado a moverse mientras los hombres remaban para salir de la bahía y adentrarse en las aguas profundas del océano. Aun así los troyanos guardaron silencio, incapaces de dar crédito a sus ojos. El campamento llevaba tanto tiempo afeando el paisaje al oeste de la ciudad, detrás de la desembocadura del río Escamandro, que resultaba chocante no verlo en la orilla, como si una extremidad gangrenada hubiera sido amputada. Era un espectáculo sin ninguna duda menos aterrador que el de antes, pero aun así inquietante. Un día después, hasta la última y más lenta de las naves había zarpado, gimiendo bajo el peso de sus hombres y su injusto botín, fruto del saqueo de todas las pequeñas ciudades de Frigia, de allí donde hubiera menos hombres y murallas más bajas que Troya. Remaron con el viento en contra y luego se alejaron desplegando todas las velas.

Desde las murallas de la ciudad, Creúsa y Eneas habían contemplado la espuma blanca en la orilla mucho después de que las naves hubieran desaparecido. Se abrazaron mientras ella susurraba preguntas que él no podía contestar: ¿por qué se han ido? ¿Volverán? ¿Estamos a salvo ahora?

Un estrépito lejano la devolvió al presente. Creúsa ya no podía subir a la acrópolis para buscar a Eneas. Desde su casa alcanzó a ver que el tejado del alcázar se había derrumbado en medio de una nube de humo. Si había alguien ahí debajo ahora estaba muerto. Trató de no pensar en Eurileón correteando al lado de su padre, intentando ayudar a apagar un fuego insaciable. Pero Eneas no habría puesto en peligro a su único hijo; debía de haber ido a buscar al anciano Anquises para llevarlo a un lugar seguro. ¿Y regresaría a buscarla, o esperaría que ella lo encontrara por las calles?

Ella conocía el corazón de Eneas mejor que el suyo. Sin duda él había salido a buscar a su padre antes de que el fuego alcanzara toda su magnitud: Anquises vivía más cerca de la acrópolis, donde las llamas ardían con más intensidad. Aunque debía de imaginarse lo difícil que sería el trayecto hasta la casa del anciano, Eneas habría previsto regresar, pero al ver que era imposible se habría dirigido a las puertas de la ciudad confiando en que ella hiciera lo mismo. Lo encontraría en las llanuras de fuera; Eneas se encaminaba hacia el lugar donde antes se asentaba el campamento griego. Ella se detuvo un momento en el umbral, preguntándose qué debería llevarse. Pero oyó gritos de hombres que se aproximaban y no reconoció el dialecto. Los griegos ya habían entrado en la ciudad; no había tiempo para buscar objetos de valor, ni siquiera un manto. Miró las calles llenas de humo y echó a correr.

El ambiente festivo que reinaba en la ciudad el día anterior la había atrapado totalmente: por primera vez en diez años, las puertas de Troya se abrieron de par en par. La última vez que Creúsa había salido a la llanura Escamandria, que rodeaba la ciudad, tenía apenas doce años. Sus padres le habían explicado que los griegos eran piratas y mercenarios que navegaban por los rutilantes mares en busca de ganancias fáciles. No se quedarían mucho tiempo en Frigia, dijeron todos. ¿Por qué iban a hacerlo? Nadie se creyó su pretexto: que habían acudido a buscar a una mujer que se había escapado con uno de los hijos de Príamo. Era una idea ridícula. ¿Un sinfín de naves, hasta un millar, cruzando océanos para asediar una ciudad sólo por una mujer? Ni siquiera cuando la vio —a Helena, con el vestido rojo y su larga melena rubia, a juego con los bordados dorados de los dobladillos y las cadenas de oro del cuello y las muñecas—, ni siquiera entonces Creúsa se creyó que un ejército hubiera podido navegar hasta allí sólo para llevarla a casa. Los griegos se habían lanzado al mar por las mismas razones que cualquier otro hombre: para llenar de botines sus cajas fuertes y de esclavos sus hogares. Pero esta vez, al poner rumbo a Troya, se habían extralimitado. En su ignorancia, no habían sabido que la ciudad, además de rica, estaba bien defendida. Típico de los griegos, dijeron los padres de Creúsa; para los helenos, los no griegos eran todos iguales, unos bárbaros. No se les había ocurrido que Troya era una ciudad muy superior a Micenas, Esparta, Ítaca y todos los lugares que ellos llamaban «hogar».

Troya no abriría sus puertas a los griegos. Creúsa vio cómo a su padre se le ensombrecía el ceño al contarle los planes de Príamo a su madre. La ciudad combatiría y no devolvería a la mujer, tampoco su oro ni sus vestidos. Los griegos eran unos oportunistas; antes de que las primeras tormentas de invierno azotaran sus naves, se habrían marchado de la ciudad, dijo. La buena fortuna de Troya era legendaria: el rey Príamo, con sus cincuenta hijos y sus cincuenta hijas, su extraordinaria riqueza, sus altísimas murallas y sus leales aliados. Los griegos no podían conocer la existencia de una ciudad así sin desear destruirla; lo llevaban en su naturaleza. Y los troyanos lo sabían: rescatar a Helena había sido sólo un pretexto para llegar hasta allí. Seguro que el rey de Esparta había mandado a Helena con Paris para darles a sus amigos griegos la excusa perfecta para hacerse a la mar, murmuraban las mujeres troyanas mientras lavaban la ropa en el río.

Fueran cuales fuesen sus razones, Creúsa era una niña la primera vez que los griegos acamparon frente a su hogar, y cuando pudo salir de nuevo lo hizo de la mano de su hijo, que había jugado por las calles de toda la ciudad, pero nunca había pisado la llanura. Incluso Eneas, hastiado de la guerra después de tantos años de lucha, parecía haberse relajado un poco con los chirridos de las puertas al abrirse; todavía llevaba la espada, por supuesto, pero había dejado la lanza en casa. Los centinelas les comunicaron que ya no quedaba ni un soldado griego. La costa se había vaciado de hombres y barcos. Sólo quedaba una ofrenda de sacrificio, dijeron, una especie de armatoste de madera. Imposible saber a quién se lo habrían dedicado o por qué. A Poseidón, para un viaje de vuelta a casa sin incidentes, sugirió Creúsa a su marido mientras su hijo se alejaba corriendo por el suelo embarrado. La hierba volverá a crecer, le había dicho a Eurileón nada más poner un pie fuera, dejándose llevar por los recuerdos de su niñez, pero había prometido demasiado. No había pensado en el avance arrollador de todos esos miles de pies tachonados, en todas las ruedas de cuadriga, en toda la sangre derramada.

Eneas asintió, y por un instante Creúsa vio en él la cara de su hijo, bajo sus pobladas cejas oscuras. Sí, debía de ser una ofrenda al dios Poseidón. O tal vez a Atenea, que durante tanto tiempo había protegido a los griegos, o a Hera, que detestaba a los troyanos, por muchos sacrificios que éstos hicieran en su honor. Bordearon juntos lo que hasta hacía poco era un campo de batalla en dirección a la bahía. Eurileón por fin tendría arena bajo sus pies en lugar de lodo y piedras. Creúsa ya percibía el cambio a su alrededor; el barro se había vuelto más granuloso y espesas matas de hierba marina crecían por doquier. Notó lágrimas cálidas en las mejillas cuando la suave brisa del oeste le sopló en los ojos. Su marido alargó su mano llena de cicatrices y se las secó con el pulgar.

—¿Es demasiado? ¿Quieres volver? —le preguntó.

—Aún no.

Creúsa volvía a tener el rostro cubierto de lágrimas, pero éstas no eran de miedo, aunque estaba asustada y esta vez Eneas no podía consolarla. Una espesa humareda llenaba las calles de la ciudad, y le caían lágrimas tiznadas de hollín por las mejillas. Dobló por una calle que sabía que la conduciría a la parte baja de la ciudad, donde podría bordear la muralla hasta las puertas de acceso. Había pasado diez años encerrada en Troya y había recorrido innumerables veces sus calles. Conocía cada casa, cada esquina, cada recodo. Sin embargo, aunque estaba segura de que avanzaba cuesta abajo, se encontró con que no podía continuar: se había metido en un callejón sin salida. Una punzada de pánico se le extendía por el pecho; le costaba respirar por culpa de esa grasienta sustancia negra que le llenaba la garganta. A su lado pasaban hombres corriendo: ¿eran griegos o troyanos? Llevaban la cara tapada con paños para protegerse del humo y ya no podía distinguirlos. Desesperada, buscó algo que pudiera utilizar con el mismo propósito, pero había dejado su estola en casa, y ahora no podía volver para cogerla. Y en caso de que pudiera tampoco estaba segura de saber encontrar el camino de regreso.

Le habría gustado detenerse un momento y localizar algo que le resultara familiar, un punto de referencia que le permitiera averiguar exactamente dónde estaba y así planear la mejor ruta para salir de la ciudad. Pero no había tiempo. Se dio cuenta de que el humo parecía menos denso a ras de suelo y se agachó un instante para recobrar el aliento. El incendio se había propagado en todas direcciones y, aunque el humo le impedía ver bien, las llamas parecían estar muy cerca. Volvió sobre sus pasos hasta el primer cruce y miró a la izquierda, donde se vislumbraba un poco de luz, y luego a la derecha, donde reinaba la oscuridad más absoluta. Comprendió que debía alejarse de la luz. Las zonas más iluminadas de la ciudad debían de ser aquellas donde el fuego ardía con más fuerza, de modo que se adentraría en la negrura.

El sol la había deslumbrado mientras se dirigía con Eneas al promontorio donde habían acampado los griegos, en medio de la llanura. El campamento sólo podía verse desde el alcázar y las torres de vigilancia, los puntos más altos de Troya; por eso Creúsa subía hasta allí cada vez que su marido combatía fuera de las murallas. Creía que si lo veía luchar en la llanura podría protegerlo, aunque no fuera posible identificarlo en medio del barro, la sangre y las espadas relucientes. Y allí estaba él ahora, cogido de su brazo. Creúsa esperaba sentir un alivio inmenso al ver la bahía vacía y el campamento abandonado, pero al doblar el montículo de arena apenas reparó en la ausencia de naves o en los escombros en la orilla. Al igual que los otros troyanos que iban delante de ellos, ella y Eneas miraron hacia arriba, hacia el caballo.

Ninguno había visto jamás una ofrenda de esas dimensiones, ni siquiera los que habían navegado más allá de Grecia antes de la guerra. Como siempre, los griegos sólo buscaban sobresalir, hacerse un nombre, por eso sus ofrendas a los dioses eran de esa extravagancia desmedida. ¿Por qué sacrificar una vaca cuando puedes ofrecer una hecatombe? El olor de la carne quemada fuera de las murallas había inundado Troya los primeros días de la guerra, durante los que Creúsa apenas comió una tacita de cebada con un poco de leche. Sabía que los griegos lo habían hecho a propósito: alardear de sus reses muertas frente a una ciudad sitiada. Pero hacía falta algo más que hambre para quebrantar la moral de los troyanos. Cuando la guerra empezó a prolongarse un año tras otro, estaba segura de que los griegos habrían lamentado tanta generosidad con los dioses. Si hubieran conservado algunas reses, a esas alturas tal vez tendrían todo un rebaño paciendo en las hierbas marinas y habrían podido alimentar a los soldados, que cada año estaban más flacos.

Pero aquella ofrenda era tan inmensa que hacía daño a la vista. Creúsa apartó la mirada y cuando la posó de nuevo en sus enormes tablones de madera le causó el mismo estupor. La figura se elevaba por encima de ellos, como tres o cuatro veces la estatura de un hombre. Aunque el diseño era rudimentario —¿qué podía esperarse de los griegos?—, se reconocía a la perfección la figura de un caballo: cuatro patas, una larga cola de hierba y un hocico. Sólo le faltaba la crin. La madera se veía toscamente cortada, pero los paneles se habían unido con clavos de forma bastante cuidadosa. Le habían atado cintas alrededor de la frente para indicar su condición sacrificial.

«¿Habías visto jamás algo así?», le susurró a su marido. Él negó con la cabeza con vehemencia.

Los troyanos se acercaron al caballo con prudencia, como si en cualquier momento pudiera cobrar vida y cerrar de golpe las mandíbulas. Era absurdo tener miedo de una representación, pero ¿cómo podía ser que un ejército invasor sólo hubiera dejado eso tras de sí? Los hombres se pusieron a hablar bajito sobre cómo proceder, y sus mujeres permanecieron apartadas, murmurando entre ellas acerca de la extraña bestia. ¿Tal vez deberían amontonar hierba seca y ramitas bajo las patas de la criatura y prenderle fuego? Si era una ofrenda a un dios para que el viento les fuera propicio de regreso a Grecia, como parecía probable —aunque Creúsa había oído decir que habían hecho sacrificios más horribles en el pasado—, ¿podían los troyanos infligir un último golpe a sus enemigos destruyéndolo? ¿Lograrían así alejar de los griegos la buena voluntad del dios? ¿O debían aceptar el caballo y ofrecerlo ellos mismos como ofrenda a los dioses?

Lo que había empezado como una conversación susurrada enseguida derivó en gritos. Hombres que habían luchado hombro con hombro, hermanos de armas y sangre, se gruñían unos a otros. Había que quemar o salvar al caballo, arrojarlo al mar o arrastrarlo hasta la ciudadela.

Creúsa sólo deseaba que se callaran para tumbarse en las dunas, estirar los brazos y las piernas, y disfrutar de la sensación de la arena en la piel. Llevaba tanto tiempo sin ser libre... ¿Qué importaban ahora las ofrendas de los griegos? Cogió la mano de Eurileón y lo acercó a sus piernas mientras Eneas daba un paso al frente, no sin antes darle un apretón en el brazo. No tenía ningún interés en verse envuelto en una discusión, pero no podía eludir su deber como uno de los defensores de Troya. Los hombres habían vivido una guerra muy diferente a la de las mujeres que los esperaban, los cuidaban y les daban de comer al final del día. Creúsa cayó en la cuenta de que el lugar donde se encontraba —y del que quería que se fueran todos para poder disfrutarlo tranquilamente con su marido y su hijo— seguía siendo un campo de batalla para Eneas.

De pronto el clamor enmudeció. Una figura avanzaba penosamente, a pocos pasos de Creúsa, con una túnica granate revoloteando sobre sus nudosos pies. Príamo caminaba como el anciano que era, pero todavía mantenía la cabeza erguida como un rey. A su lado iba la orgullosa reina, Hécabe. Ella no se quedaba atrás como las otras mujeres.

«¡Basta!», exclamó Príamo con una voz un tanto temblorosa. Eurileón tiró del vestido de Creúsa para reclamar su atención sobre algo que había visto —un escarabajo que cavaba laboriosamente un túnel en la arena de la duna bajo sus pies—, pero ella lo hizo callar. Nada de lo que estaba sucediendo ese primer día fuera de la ciudad concordaba con lo que ella había imaginado, con las fantasías que habían iluminado sus momentos más tenebrosos. ¡Había anhelado tanto que llegara el día en que su hijo vería por primera vez los animales que vivían en la orilla del río! Y ahora lo hacía callar para que el rey pudiera hablar a sus furiosos súbditos.

«No peleemos entre nosotros. Hoy no. Escucharé lo que tengáis que decir, uno a uno», dijo Príamo. Mientras oía las razones que esgrimían unos y otros a favor o en contra de los posibles destinos para el caballo, Creúsa se dio cuenta de que no le importaba mucho lo que Príamo decidiera hacer con él. Quemar el caballo o conservarlo, ¿qué diferencia había? El último en hablar fue el sacerdote Laocoonte, un hombre entrado en carnes, de rizos negros y aceitados, al que le gustaba demasiado el sonido de su propia voz. Según él había que prender fuego al caballo allí mismo. Ésa era la única forma de aplacar a los dioses que habían castigado Troya durante tantos años, dijo. Cualquier otra medida sería un error catastrófico.

El humo de cientos de incendios se arremolinaba a su alrededor y Creúsa tropezaba sin cesar mientras trataba de abrirse paso hacia las murallas de la ciudad. Le parecía que iba bien encaminada, pero no podía estar segura. Sus pulmones rugían como si corriera cuesta arriba. Como no veía nada, andaba con los brazos extendidos: uno hacia delante para suavizar la caída si tropezaba, y el otro hacia la derecha, para llevar la cuenta de los edificios por los que pasaba. Era la única manera de saber que avanzaba.

Creúsa intentó no verbalizar el pensamiento que le sobrevino y trató de apartarlo de su mente, pero no podía negar la evidencia: la ciudad no tenía salvación posible. Había fuegos devastadores allí donde mirara. Cada vez veía más tejados en llamas y el humo se volvía más denso. ¿Cuántos incendios podían propagarse en una ciudad de piedra? Pensó en todo lo que ardería en su casa: la ropa, las sábanas, los tapices que había tejido cuando esperaba a Eurileón. Una intensa sensación de pérdida la abrasó como si hubiera quedado atrapada entre las llamas. Había perdido su hogar. Diez años temiendo que cayera la ciudad y ahora caía a su alrededor mientras corría.

¿Cómo era posible? Troya había ganado la guerra. Los griegos se habían marchado en sus naves, y los troyanos siguieron exactamente las indicaciones de aquel hombre cuando encontraron el caballo de madera. Pero le bastó un instante terrible para saber qué había incendiado su ciudad. Diez años de un conflicto cuyos héroes ya se habían hecho un hueco en las canciones de los poetas, y la victoria no pertenecía a ninguno de los hombres que habían combatido fuera de las murallas, ni a Aquiles, ni a Héctor, ambos muertos hacía mucho. Pertenecía, en cambio, al griego que habían encontrado escondido entre los juncos, cerca del caballo, el que dijo llamarse... Creúsa no se acordaba. Un sonido sibilante, como el de una serpiente.

—Sinón —lloriqueó el hombre.

Dos lanzas le apuntaban al cuello; había caído de rodillas. Los centinelas troyanos lo habían descubierto agazapado entre los matorrales de la otra orilla del Escamandro, en el punto en que el río se ensanchaba para desembocar en el mar. Los dos hombres, armados con cuchillos y lanzas, lo habían escoltado hasta los troyanos. El prisionero iba con las manos enlazadas por las muñecas y tenía verdugones de un rojo intenso alrededor de los tobillos, como si también se los hubieran atado con cuerdas.

—Podríamos no haberlo visto —comentó uno de los centinelas pinchando al prisionero con la punta de la lanza.

El hombre contuvo un grito, aunque el acero no le había rasgado la piel.

—Han sido las cintas rojas lo que nos ha llamado la atención.

La estampa del prisionero era digna de ver: el cabello castaño desvaído se le rizaba en todas direcciones, y si alguna vez se lo había untado con aceites, ahora lo tenía apelmazado por el mismo barro que cubría gran parte de su piel desnuda. Llevaba un taparrabos, nada más. Incluso sus pies iban desnudos. Sin embargo, alrededor de las sienes le habían atado unas cintas de vivos colores. Costaba creer que algo tan limpio y bonito perteneciera a un ser tan mugriento, más parecido a un animal que a un hombre, pensó Creúsa. El prisionero dejó escapar un aullido lastimero.

—¡Ésta es la muerte que me tenía reservada el destino!

Creúsa no pudo disimular la aversión que le producía ese griego lloroso y mugriento. ¿Por qué los centinelas no lo habían matado donde lo encontraron?

Príamo levantó dos dedos de la mano izquierda.

—¡Silencio! —ordenó.

La multitud se apaciguó, y hasta los atormentados sollozos del prisionero disminuyeron.

—¿Eres griego? —le preguntó Príamo.

Sinón asintió.

—Y aun así te han dejado aquí.

—No lo han hecho a propósito, rey. —Sinón se quitó los mocos de la cara con las manos—. Me he escapado. Los dioses me castigarán, lo sé. Pero no podía soportar ser... —Su voz volvió a anegarse en llanto.

—Contrólate —lo apremió Príamo—. O mis hombres te matarán en el mismo lugar donde te arrodillas y alimentarás con tu sangre a las gaviotas.

Sinón soltó un último sollozo estremecedor y respiró hondo.

—Perdóname.

Príamo asintió.

—¿Te has escapado?

—Así es, a pesar de que nací griego y he combatido toda mi vida junto a mis compatriotas —respondió Sinón—. Llegué aquí con mi padre cuando todavía era un niño. Él murió hace muchos años combatiendo contra tu gran guerrero, Héctor.

Una oleada de emoción se extendió entre la multitud troyana. Sinón miró en derredor por primera vez.

—No es mi intención faltarle al respeto. Luchábamos en bandos opuestos, pero Héctor no lo mató a traición. Lo derribó en el campo de batalla y no se llevó nada de su cuerpo sin vida, ni siquiera el escudo de mi padre, que estaba hermosamente labrado. No le guardo rencor a su familia.

La pérdida de Héctor había sido tan dolorosa y tan reciente que a Príamo se le ensombreció el rostro. Creúsa tuvo la impresión de que se quedaba ensimismado. Erguido ante ella, ante todos los presentes, no había un rey, sino un simple anciano destrozado a quien le pesaban hasta las cadenas de oro que aún llevaba. El prisionero también debió de reparar en ello porque tragó saliva y cuando volvió a hablar lo hizo con voz más suave, dirigiéndose sólo al rey. Creúsa tuvo que aguzar el oído.

—Pero mi padre tenía enemigos, enemigos poderosos entre los griegos —continuó Sinón—. Y tuvimos la desgracia de despertar la hostilidad de dos hombres en particular, aunque te juro que ni mi padre ni yo hicimos nada para merecerla. Aun así, Calcas y Odiseo se pusieron en contra de él y, por tanto, en mi contra, desde el principio.

Al oír el aborrecido nombre de Odiseo, Creúsa no pudo sino estremecerse.

—Todo enemigo de Odiseo tiene algo en común con nosotros —dijo Príamo muy despacio.

—Gracias, rey. Es el más odiado de los hombres. Los soldados de a pie lo detestan por su forma de pavonearse como si fuera un guerrero poderoso o un rey noble. Está lejos de ser un guerrero excepcional, e Ítaca, su reino, como él lo llama, no es más que un peñasco que ningún hombre querría para sí. Sin embargo, tanto Agamenón como los demás jefes siempre lo han tratado como a un héroe. Y, en consecuencia, su arrogancia no ha hecho sino aumentar.

—Sin duda —convino Príamo—. Pero nada de esto explica por qué estás aquí o por qué tus compatriotas han desaparecido de forma tan inesperada. Y el nombre de Calcas no me resulta familiar.

Sinón parpadeó varias veces. A Creúsa le pareció que comprendía que si no exponía rápidamente su argumento, perdería para siempre la oportunidad de hablar.

—Rey, los griegos sabíamos desde hace algún tiempo que teníamos que marcharnos. Calcas es nuestro sumo sacerdote y ha pedido a los dioses noticias más propicias, pero desde el invierno pasado su respuesta ha sido la misma: Troya no caerá ante un ejército griego acampado fuera de sus murallas. Eso no era lo que quería oír Agamenón, como es natural, ni su hermano Menelao. Pero llegó un momento en que no pudieron seguir defendiendo su postura. Los hombres se habían hartado de estar lejos de casa. Dado que no podíamos ganar la guerra, no nos quedaba otra que tomar el botín aprehendido y zarpar. Muchos hombres se pronunciaron en ese sentido y...

—¿Tú no? —lo interrumpió Príamo.

Sinón sonrió.

—Yo no participaba en las discusiones oficiales. No soy rey y nunca se me permitiría hablar. Pero entre los soldados de a pie, sí, y me mostré de acuerdo en que nos marcháramos. Creía que nunca deberíamos haber venido. Y eso me volvió impopular. No con la tropa, que era de mi misma opinión, sino con los cabecillas, con los hombres que habían puesto en peligro su reputación en la guerra, como Odiseo. Aun así, no podían poner en tela de juicio un mensaje que venía directamente de los dioses. A regañadientes aceptaron emprender el regreso.

—¿Y su forma de castigarte fue abandonarte a tu suerte? —preguntó Príamo.

Los centinelas habían aflojado un poco las lanzas y Sinón ya no las veía apuntando a su cuello mientras hablaba.

—No, rey. —Por un momento se succionó las mejillas sucias de lágrimas y barro—. ¿Conocéis la historia de nuestro viaje a Troya? ¿Cómo nuestra flota se concentró en Áulide y no pudo zarpar porque no había viento?

Los troyanos asintieron. Era una historia que todos habían oído y a su vez contado: los griegos habían ofendido a la diosa Artemisa, y ella les había arrebatado el viento. Para aplacarla, ellos habían recurrido al método más espeluznante y le habían ofrecido un sacrificio humano. ¿Qué troyano no estaba enterado de esa horrible crueldad tan propia de ellos?

—Cuando llegó el momento de regresar a Grecia, Calcas y Odiseo urdieron juntos un plan —continuó Sinón—. El rey de Ítaca no pudo resistir la oportunidad de deshacerse de mí.

Creúsa volvió a mirar las cintas rojas que rodeaban la cabeza del prisionero y sintió un picor en los párpados. No podía estar hablando de algo tan atroz.

—Veo que entiendes lo que quiero decir, rey —señaló Sinón—. Calcas anunció en nuestra asamblea que los dioses habían elegido el sacrificio y que deseaban beber mi sangre en un altar improvisado. Los soldados no parecían muy convencidos, pero preferían que fuera yo en lugar de ellos.

—Entiendo —dijo Príamo—. Se proponían sacrificarte como si fueras un animal.

—Hicieron más que eso; me prepararon para el sacrificio. Me ataron por las muñecas. —Sinón las levantó para mostrar las cuerdas mugrientas que todavía le sujetaban las manos—. Y por los pies. Me untaron el pelo con aceite y me ataron cintas alrededor. Todo tenía que ser perfecto en este sacrificio, por supuesto. Pero las cuerdas de los tobillos no estaban tan tirantes como las de las manos, y en cuanto los centinelas dieron media vuelta me solté. —Eso explicaba los verdugones que tenía alrededor de los pies—. Sabía que no tardarían en llevarme por la fuerza al altar, así que primero me arrastré y luego corrí lo más rápido posible hasta alejarme del campamento. Cuando oí los gritos casi había llegado a la orilla y me escondí entre los juncos.

Volvieron a saltarle las lágrimas y al rey de Troya se le humedecieron los ojos. Creúsa se dio cuenta de que ella también estaba llorando. Era una historia atroz, incluso para los que conocían la barbarie de los griegos. La esposa de Príamo, Hécabe, observaba en silencio con las cejas grises fruncidas y la boca formando una línea fina y corta.

—Oí cómo me buscaban —continuó Sinón—. Los oí segar la hierba con sus látigos y lanzas. Me moría de ganas de poner tierra por medio, pero no podía arriesgarme a que me vieran. Así que esperé durante la noche más larga de mi vida, rezando a Hera, que siempre ha sido mi protectora. Y a la mañana siguiente descubrí que mis plegarias habían sido atendidas. Habían decidido erigir a los dioses esta ofrenda de madera en lugar de sacrificar una víctima reacia. La construyeron, se la ofrecieron a la diosa y zarparon sin mí. De modo que, a pesar de mi mala fortuna, he vivido unos días más de los que me habían sido asignados. Ahora me matarás, rey, y con toda la razón, pues soy uno de los hombres que llegaron aquí para arrasar tu ciudad y merezco que me trates como tu enemigo, aunque era apenas un niño cuando me trajeron. No tengo familia que pueda pagar un rescate por mí, así que no te pido que envíes mi cuerpo a casa. Sólo te haré una petición.

—¿Cuál es? —le preguntó Príamo.

—Quédate el caballo.

Creúsa se había caído al suelo y al levantarse notó la sangre resbalando por sus espinillas. Apenas veía lo que tenía delante, pero al sentir calor en la espalda se convenció de que estaba siguiendo la única ruta posible. ¿Todo lo que tenía detrás estaba en llamas? No se atrevía a mirar, sabiendo que quedaría cegada por el brillo del fuego cuando se volviera de nuevo hacia la oscuridad. Pensar en las cosas prácticas que podía y no podía hacer era lo

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos