Prólogo
Hace muchos años, en un tiempo forjado por las leyendas…
La forja quemaba zafiro bajo la luz esplendorosa de Annwn. El metal que no era metal lanzaba salpicaduras de inspyro al aire titilante mientras iba cobrando forma. Las hadas, apostadas sobre su obra de arte, blandían el martillo sobre la hoja por turnos. Merlín, el más anciano y poderoso del grupo, metió las manos desnudas en el fuego para crear la empuñadura con el cristal fundido.
—¿Está lista? —La voz brotó del oscuro fondo de la sala.
—Pronto —respondió Andraste, levantando la cabeza para de este modo tomar aliento. La brisa marina entraba por las puertas abiertas del salón. Se le quedó atrapado en la garganta el fuerte olor a salitre y a algas. Miró a su amante, que esperaba entre las sombras.
—Solo falta una cosa —dijo Merlín, mientras la empuñadura y la hoja se unían con un siseo—. ¿Seguro que lo deseas?
—Seguro —respondió él, sin dejar de moverse con impaciencia.
Merlín asintió y colocó una mano ajada sobre la empuñadura. El resto de las hadas lo imitó. Andraste fue la última. Tendría que estar contenta de poder hacer eso por él. Una diosa y un mortal; ya se había enamorado antes de varios hombres y mujeres de Ithr, pero jamás de nadie como él. ¿Por qué estaba tan inquieta, entonces? ¿Por qué le temblaban los huesos —como si los tuviera— ante la idea de entregarle aquel regalo?
—Estoy en deuda —dijo él, como si se dirigiera al grupo entero. Sin duda, Merlín pensó que se dirigía a él, pero Andraste sabía que esas palabras eran solamente para ella. La voz de su amante sonó tan sincera que descartó sus recelos achacándolos a la inseguridad de una mujer orgullosa. Cedió a la voluntad del hombre y se obligó a cumplir aquella tarea ante todos. La forja era la parte fácil.
Lo hicieron todos a una, desembrollaron las historias que les unían y hallaron las hebras comunes. De Merlín, el primero de todos, salió el ingenio. La hebra de Nimue era más delicada: la fortaleza. La de Puck era llamativa: entregó el deseo. El gemelo de Andraste, Lugh, entregó la fuerza. El regalo de Andraste constaba de varias hebras, y era el poder. Hubo también otros regalos menores de la miríada de hadas: memoria, premonición, carisma. Cada hebra salió proyectada de las hadas como un rayo de inspyro reluciente que acabaría incrustado en la espada. Andraste notó cómo su fuerza menguaba al incrustar su don en el metal. «No importa», pensó, «porque cuando esté hecho, habrá historias para todos».
Al final, cuando vieron que estaba bien, las hadas dieron un paso atrás. Andraste se acercó a su amante y reposó su frente caliente y brillante contra la suya. Él la miró a los ojos de aquel modo que ella adoraba: de aquel modo que le revelaba que él la conocía como ningún otro mortal la había conocido.
—Hecho está, mi amor —dijo ella.
Él la besó en la mejilla y, acto seguido, la dejó atrás para ir a ver lo que habían creado. Los demás, la familia de Andraste, jadeaban. El resplandor de la inspyro que los envolvía era difuso. Todos se habían debilitado con el esfuerzo de la creación. Observaron cómo él sacaba el arma del fuego. La espada silbó al marcarle la palma, pero a él no le importó el dolor. Movió el brazo y la inspyro que fluyó a través de sus músculos le sanó la piel quemada.
Su mirada rebosaba astucia.
—Es perfecta —le aseguró Andraste. Jamás había creado nada tan hermoso, ni tan poderoso. Las hebras de las hadas habían dibujado un patrón de color violeta y dorado a través de la empuñadura de cristal que se adentraba en la hoja de la espada. Al blandirla, la luz que entraba por las ventanas reflejaba formas multicolores en los rostros de los allí reunidos.
—Sí —admitió él, sonriendo, al fin—. Es buena.
El modo en que lo dijo dejó helada a Andraste. Intentó acercarse a él, pero él se apartó, como quien no quiere la cosa, retirándose hacia la puerta.
—Hemos cumplido el trato —dijo Merlín con voz ronca—. Estás en deuda con nosotros.
—Todos tendremos historias, ¿verdad? —preguntó la voz aguda de Nimue, que retumbó en la sala.
—Tenemos hambre —dijo Puck, revoloteando hacia Andraste—. ¿Cuándo comeremos?
Pero Andraste no dijo una palabra. Siguió a su amado, que salía al viento fresco. Ahí fuera, ante ellos, se extendían las ondulaciones de Dyvnaint a un lado. Al otro, las montañas de Sumorsaet alcanzaban el mar besado por el sol.
—Íbamos a restaurar Annwn juntos —dijo Andraste, con tristeza.
En los prados de abajo, jugueteaban los diablillos y los duendes. A lo lejos, un gigante chapoteaba en aguas poco profundas, pescando espíritus marinos.
—Todas estas son criaturas del mal —dijo él en voz baja para que solo Andraste pudiera oírle—. No toleraré ningún peligro para los míos.
—Por favor, milord —suplicó Andraste.
Sin embargo, él le dio la espalda con la espada en alto y rugió con un rugido que ella jamás había oído en un humano. En ese preciso momento, tuvo la certeza de que el verdadero amor de su inmortal existencia la había embaucado. Y con el corazón hecho añicos, juró que algún día, hace ya muchos años, lo arreglaría.

Ahora, en un tiempo que ha olvidado las leyendas…
—¡Abajo, Fern! —me chilla Ollie, y sin esperar a comprobar si le he oído o no, me lanza su disco dentado derecho a la cabeza. Me agacho justo a tiempo y noto que el filo me roza el pelo de la coronilla. Un golpe sordo me revela que ha impactado en el objetivo.
Cuando me dispongo a regañar a mi hermano, un grito infame me advierte de la llegada inminente de otra pesadilla. Esta vez, se trata de una mujer con las mejillas hundidas y el pelo apelmazado. Me recuerda al grupo de indigentes que ronda por las paradas de autobús de Stratford, cerca de mi casa. No puedo pensar en eso ahora. Con un toque de tobillo, hago que Lanuda dé media vuelta y hundo mi cimitarra en el pecho de la mujer. Al tirar del mango, el filo se desliza y la mujer vuelve de inmediato al interior de la inspyro.
La voz de Rachel retumba en el auricular de mi casco.
—Vienen más por el callejón, Bedevere. Por el este. Avanzan rápido.
Luego me llega la voz de Samson. Estamos tan cerca que nuestras rodillas casi se tocan, cada uno sentado a horcajadas sobre su caballo, pero lo oigo lejos, a través del casco.
—Círculo cántabro.
Nuestra única señal de haber recibido la orden es disponer los caballos formando un círculo en la calle, todos mirando hacia afuera. No estamos lejos de los grandes museos de Kensington; hasta se oye un aria que proviene del Royal Albert Hall, unas calles más allá. Cuando me uní a los caballeros por primera vez, estas calles estaban ocupadas por juglares, esfinges y alguna que otra manada de hombres lobo rabiosos. Ahora la inspyro informe vaga sin brío a la deriva, a la espera de alguien que aún tenga la imaginación suficiente para moldearla.
Se suponía que la patrulla nos tendría que haber llevado a Trafalgar Square y al laberinto del Soho, pero el regimiento Gawain se había visto sobrepasado en su ruta y Samson se había ofrecido voluntario para cubrir ambas. La decisión hizo enarcar más de una ceja en el regimiento, pero yo entiendo el razonamiento de Samson: él es el jefe de los caballeros, y Ollie y yo somos el mejor activo de los thanes. Si alguien debe soportar una mayor carga, esos somos nosotros.
El ruido sordo de las pisadas sobre el asfalto se intensifica. Nuestros vigías han hecho bien su trabajo. Últimamente, cada vez resulta más complicado. Antes, las pesadillas eran fáciles de identificar. Eran gigantes o espectros o bichos enormes. Ahora, casi todas las pesadillas cobran forma humana. No es imposible identificarlas, pero obliga a los vigías (y a nosotros) a trabajar con más ahínco en todos los sentidos.
Comienza el griterío… Los gemidos y barboteos de los híbridos: medio monstruos, medio humanos. Lanuda resopla un poco y le pongo la mano en el cuello para intentar tranquilizarla.
Miro a Ollie.
—Te agradecería que me avisaras antes de lanzarte a decapitarme, ¿vale?
Levanta su disco dentado a modo de saludo burlesco y se sonríe, aunque no es la misma sonrisilla que me dedicaba hace un año. Le hago una mueca y Vien y Linnea se ríen con disimulo detrás de mí. Esa es nuestra rutina, nuestro modo de quitarle hierro al sombrío trabajo que desempeñamos.
La primera pesadilla sale apresuradamente del callejón y nos colocamos en una formación mil veces entrenada. Todos los personajes tienen forma humana, pero su comportamiento es de todo menos humano. Algunos se balancean en las farolas, otros se escabullen a cuatro patas.
Nos ponemos manos a la obra, en silencio la mayor parte del tiempo, intentando no pensar en que parece que estemos matando gente, en lugar de pesadillas.
—¡Un poco de ayuda! —oigo gritar a Linnea. Las pesadillas la tienen acorralada con la pared a su espalda y el arma, una maza, fuera de su alcance en el suelo.
—Estoy en ello —digo bajo el casco.
Doy un salto desde la silla de Lanuda, escapando por los pelos de las garras de las pesadillas terrestres. Cada vez se me da mejor invocar mi Immral, aun así, sigue requiriendo cierta concentración que no consigo en plena batalla. Aparece de inmediato el crujido familiar en la parte posterior de la cabeza y la dirijo a máxima potencia contra las pesadillas que rodean a Linnea. Se me resisten. Noto cientos de imaginaciones apuntalando sus formas; una ola de miedo y prejuicios que les da fuerza. Noto la inspyro que recorre los huesos, los músculos y el pellejo de las pesadillas y las pellizco con la mente, las doblo como quien hace papiroflexia. Las cabezas se juntan con los pies y se quedan con una doblez en la cintura. Los brazos se aplastan y se pliegan hacia atrás. Las articulaciones crujen. Es horrible pero efectivo. Linnea se quita de en medio con un brinco, recupera su maza y vuelve al fragor de la batalla.
Antes, el gran momento, digno de celebración, llegaba con el último golpe asestado contra una manada de pesadillas. Ahora, cuando Samson, un anciano con el pelo alborotado y la barba aún más revuelta, abate al último sueño nadie celebra nada. Nadie dice nada, sin embargo todos lo sentimos. Estas pesadillas marcan un cambio de rumbo radical en las mentes de los soñadores. Su imaginación se contrae, incapaz de imaginar nada más aterrador que algo que se parece a ellos, pero no es como ellos.
—Traed a la brigada de limpieza —dice Samson a través del casco, y al instante, las calles se llenan de un enjambre de boticarios y monteros. Se trata de una medida reciente. Cada vez nos cuesta más no herir a los soñadores en estas escaramuzas, de ahí que vengan los boticarios. Los monteros son un intento de alterar un poco la mente de los soñadores cercanos, para apartarles con un empujoncillo cariñoso del pensamiento polarizado que se ha generalizado tanto últimamente. Ahora es de lo más común ver a una morrigan picoteando a un soñador, el montero va guiando a la criatura para extraer los puntitos de miedo y rabia, como salpullidos. O semillas.
—¿Estás bien, viejita? —pregunta uno de los monteros a Lanuda, y el comentario me devuelve al presente.
Lleva una morrigan encapuchada en el hombro, que le va enterrando el pico entre los mechones de pelo. Para cualquier otro, esto sería motivo de alarma, porque las morrigan se alimentan de imaginaciones y recuerdos, o sea que lo más lógico sería mantenerlas alejadas del cerebro. Este montero, sin embargo, ni se inmuta.
—No llames viejita a mi poni, Brandon —le advierto, intentando ponerme seria.
—A ella no le importa, ¿verdad que no, viejita? —replica él, acariciándole el morro—. ¡Ay! —Levanta la cabeza y me mira, estupefacto—. ¡Me ha mordido!
—Te he avisado.
—No me había mordido ningún animal en toda mi vida.
—Lanuda es especial —dice Samson, que cabalga detrás de mí—. Me parece que te reclaman para un soñador allí, Brandon.
—En efecto —dice Brandon, acariciando de nuevo a Lanuda con afecto, que sacude las orejas. Estoy segura de que Lanuda lo ve igual que yo: Brandon puede ser irritante, pero, en el fondo, es como un cachorrillo, así que se le tolera.
—¿Preparada para volver? —me pregunta Samson.
—Por supuestísimo.
El regreso a Tintagel es más tranquilo que antes. Las pesadillas no son lo único que nos preocupa. También el silencio. Annwn siempre había sido un lugar bullicioso. Una cacofonía de cantos de pájaro, rugidos de dragón, conversaciones, gritos y susurros de millones de soñadores. A veces, me había llegado a resultar incómodo, mareante y me impedía escuchar mis propios pensamientos. Pero rebosaba energía. Vida.
Ahora, lo único que oímos son los cascos de nuestros caballos sobre los adoquines o el sollozo lastimero de alguna foca solitaria a orillas del Támesis. La única constante es el murmullo sordo de miles de soñadores: «Una Voz. Una Voz. Una Voz».
La ruta de vuelta nos lleva bordeando el río. Tan solo unos meses antes, las aguas del río habrían aparecido salpicadas de delfines y las sirenas nos habrían llamado desde los pecios. Ahora, las aguas están calmadas. No se ven tiburones ni kelpies desde julio. El resto de Londres no lo lleva mucho mejor. Antes, las calles que recorríamos estaban plagadas de los habituales mercaderes con mujeres agotadas que buscaban un buen trato. De osos y perros escapando de la caza con cebo. En cuanto a los edificios, antes había una mezcla de los de hormigón austero de la década de 1970 que predominan en Ithr y los que fueron demolidos para dejarles paso: estructuras de madera y yeso, piedra y paja. Ahora, la zona es una réplica exacta de Ithr, salvo porque los edificios parecen aquí algo más grises que en la vida real.
—A veces desearía poder acribillar a las pesadillas que nos encontramos —dice Nerizan, mientras recorremos el Strand—. Nos ahorraría trabajo. Sería genial.
—Habla por ti —responde Ollie—. A algunos nos gusta ganarnos el sustento.
—Fern no es una máquina. —Samson mira hacia atrás desde su posición al frente del regimiento y me dedica una sonrisa peculiar.
Él y Ollie son los únicos Bedevere que saben lo irritante que me resulta mi situación. Tengo que reservar mi poder para las situaciones realmente peligrosas, porque todavía no puedo usarlo sin que me den intensos dolores de cabeza y me sangre la nariz. Pero también me fastidia que la gente dé por hecho que soy como una diosa todopoderosa de la inspyro. Eso no hace más que recordarme mis limitaciones.
A veces, Ollie bromea diciendo «No es fácil ser la elegida, ¿eh?» y, aunque fuerzo una sonrisa, me encantaría poder volver a mi antiguo yo gruñón y soltarle: «¿Qué vas a saber tú? Si solo tienes la mitad de poder. Es en mí, en quien todos depositan sus esperanzas».
Si parezco desanimada e irritable, es porque lo estoy. Cada vez que pongo un pie en Annwn, afloran mis carencias. Me encanta este mundo, pero está agonizando, y todo porque no soy lo bastante fuerte para salvarlo.

Al acercarnos a Tintagel, los alguaciles de las murallas se detienen a saludarnos. Hace meses que se están desmoronando las piedras de esta parte del castillo. La primera señal de debilidad desde su construcción durante el reinado del rey Arturo. Ahora, repararlo es parte de la rutina diaria y las piedras sueltas hacen que la tarea sea cada vez más ardua.
—Puede que pronto necesitemos aquí tu ayuda —grita uno de los alguaciles cuando pasamos.
Asiento con tirantez.
—Pídeselo a lord Allenby —replica Samson al alguacil—. No puedo permitirme perder a una de mis lugartenientes mucho tiempo.
—No podemos permitirnos perder a nadie —oigo decir por detrás a otro caballero de Bedevere, Milosz—. Estoy deseando que llegue Samhain.
Tiene toda la razón. Las dos batallas con los treitres de Medraut nos han dejado irremediablemente mermados, y no solo en lo que a caballeros se refiere. Los demás gremios se unieron a la segunda batalla el año pasado y recibieron un duro castigo: al fin y al cabo, no son guerreros y fueron un blanco fácil para los monstruos. Somos conscientes que ningún treitre se va a arriesgar a acercarse a Ollie o a mí ahora que sabemos cómo abatirles, que es encontrando el mayor de sus temores, pero seguimos teniendo pocos efectivos para mantener el funcionamiento regular de las patrullas completas de Londres. Nuestra única esperanza es reclutar a más thanes por Samhain.
Mientras rodeamos las murallas del castillo y nos acercamos a la puerta, bajan el puente levadizo para recibirnos. Un perro, rodeado de inspyro azul, nos ladra al acercarnos y se le repele con suavidad al intentar cruzar con nosotros. Ya tenemos bastantes perros callejeros en el castillo y los alguaciles no quieren tener que cuidar de otro. En el patio, los boticarios atienden a un grupo de soñadores traídos por Palomides. Antes, me chocaba su aspecto, pero se ha convertido en algo común: sin boca, con agujeros en la parte posterior del cráneo por donde escapan sus pensamientos independientes. La obra de Medraut… parte de su esfuerzo constante por conseguir que todo el mundo se someta a su singular visión del futuro.
Volvemos con los caballos a los establos y los cepillamos antes de dejarlos pastar libremente en los terrenos del castillo.
—No te comas las lilas —advierto a Lanuda, mientras le doy una palmadita de despedida en el trasero—. Los boticarios me echaron un buen rapapolvo la última vez. Las necesitan para las morrigans.
Contonea las orejas como si quisiera decirme: «Sí, sí, lo que tú digas», y me embarga la empatía por mi padre.
Samson se une a mi paseo de los establos al castillo. Estoy impaciente por llegar a las dependencias de los caballeros, donde me aguarda el sofá, justo al lado del fuego encendido. El bálsamo perfecto para terminar la ronda de esta noche.
—¿Estás bien? —me pregunta, pegándose a mí para dejar pasar a un grupo de alguaciles. Su brazo roza el mío y un rubor me enciende las mejillas. «Dios, Fern», pienso, «mantén la compostura».
—¿Y tú?
Despunta una sonrisa ante mi negativa a responder.
—Antes odiaba despertarme y volver a Ithr.
—¿Ahora ya no?
—No, todavía lo odio. —Sonríe—. Pero también odio venir a Annwn.
—Ya —digo—, es como ver a un ser querido que se muere lentamente, ¿verdad?
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, que le das tu apoyo, claro, pero, en realidad, lo único que quieres es recordar cómo era cuando rebosaba vida. Haré lo que pueda para proteger Annwn, de verdad que sí, pero me gustaría volver atrás, a como era cuando me convertí en caballera.
—Esa es la cuestión, Fern. Exactamente esa. A veces… —Hace una pausa, como si no estuviera seguro de admitirlo—. ¿Está mal que, a veces, desee haber sido yo, y no Rafe, el que muriera? —Y, al advertir mi alarma, se apresura a añadir—: No es que tenga instintos suicidas ni nada de eso. Es solo que… como tú has dicho. Quisiera recordar Annwn como era antes, y no como es ahora.
Subimos los escalones en silencio. Samson abre la puerta y me da paso para que entre primero. En el interior de Tintagel, el trajín es el de siempre. Es como una colmena, un zumbido sordo de actividad y propósito. A mi derecha está el hospital, donde un flujo constante de boticarios traslada a soñadores y thanes de un lado a otro para su tratamiento. A la izquierda, Maisie, la capitana de los vigías, está inclinada sobre la Mesa Redonda. A mis ojos inexpertos, no ha cambiado nada, pero la ansiedad y el miedo se ciernen sobre el castillo como una nube permanente.
—Si te sirve de algo —le digo a Samson, mientras volvemos a caminar codo con codo—, no creo que a Rafe le hubiera gustado mucho la idea. Ni a mí.
Es lo más atrevido que le he dicho nunca. Me galopa el corazón, preocupada por si he dado un paso en falso, por si he malinterpretado la naturaleza de nuestra relación profesional. Pero Samson sonríe.
—No pasa nada, Fern. No soy de los que se rinden. Voy a ir hasta el final.
—Eso no suena tan tranquilizador como crees —digo.
Rachel, una vigía de mi edad, nos levanta la mano cuando pasamos por el claustro donde está trabajando.
—Buen informe, el de esta noche —le dice Samson.
Ella, con la cabeza enterrada entre sus notas, no responde. Miro a Samson y enarco las cejas: no hace tanto, Rachel se habría emocionado ante el más mínimo cumplido del capitán de los caballeros. Como mínimo, habría intentado entablar conversación con nosotros: su regimiento, nos llamaba, como si ella no fuera vigía y nosotros los caballeros.
—Entonces… —intento retomar la conversación, pero Samson me interrumpe poniéndome la mano en el hombro.
—Adelántate, ¿vale, Fern? —me dice, y se da la vuelta.
Me quedo parada en medio del claustro, observando cómo él se acerca a Rachel. Siento la culpabilidad en el estómago. Por eso Samson es el líder, y no yo. Mi instinto me ha permitido ver que Rachel se comportaba de un modo extraño, pero ni me paré… No lo he considerado de mi incumbencia, a pesar de que supongo que podría decirse que somos amigas. Sin embargo, Samson… Samson sí se ha preocupado.
«Por eso no le vas a gustar nunca».
Me giro y me dirijo a las dependencias de los caballeros. No necesito gustarle a Samson. No quiero gustarle. Y, además, tiene novia. Me lo dijo él mismo hace unos meses.
Una vez en las dependencias de los caballeros, deposito la cimitarra en mi taquilla y arrastro las sillas simulando un círculo en uno de los rincones de la sala. Me dejo caer en una de ellas y espero que los jefes y lugartenientes de los demás regimientos regresen de sus patrullas. El siguiente en llegar es Ollie, en compañía de Natasha, la jefa de Gawain. Tras ellos, llega Amina, la líder de Lancelot.
—Gracias por vuestra ayuda de hoy —dice Natasha, mientras se desliza en una silla junto a mí—. La cosa se puso fea en el Soho.
Ollie se sienta a mi otro lado y me da una patadita por debajo de la mesa.
—Faltaría más. No ha sido nada.
—Ya lo creo —replica Natasha, agarrándome la mano—. Sí que lo ha sido. Gracias, de verdad.
Se nos unen los jefes de las patrullas diurnas que, con sus tazas calentitas de zumo de loto con leche, se preparan ya para un turno difícil, y la conversación se centra en la comparación de notas con la patrulla nocturna. Como suele ocurrir cuando Samson no está presente para mantener el orden, la conversación se desvía a otros temas. Temas de Medraut…
—Creo, sinceramente, que tenemos que mantener a raya a los fantasmas …
—¿Visteis lo que le hizo a ese grupo de soñadores el otro día? Era como si estuviera intentando «plantar» algo en sus cabezas. Uno de los boticarios me dijo…
—Ayer, mi hermana olvidó el nombre de su amigo imaginario. Sé que parece estúpido, pero no puedo evitar pensar que Medraut ha tenido algo que ver…
—¿Podemos concentrarnos? —interrumpe Samson, plantado ante nosotros. Al verlo desde este ángulo, percibo lo diferente que parece. No es cansancio, esa descripción es demasiado simple. Es… ¿preocupación? ¿Temor? ¿Frustración? Tal vez una mezcla de las tres cosas. Podría preguntarle a Ollie qué le parece a él, pero se limitaría a mirarme raro y me preguntaría por qué me interesan tanto las emociones de Samson.
Justo cuando me dispongo a redactar mis notas de la patrulla de esta noche, un alguacil saca la cabeza por la puerta.
—¿Fern? Te toca.
Natasha se sonríe.
—Zorra suertuda.
Le hago muecas mientras me levanto.
—¿Quieres cambiar? Algún día saldrá Jin en mis notas de patrulla.
—Sé amable —dice Ollie, quitándome el boli y el papel.
—Siempre lo soy —digo con voz zalamera, lo que levanta risitas veladas de todos los que rodean la mesa, incluso del alguacil que me espera.
El alguacil me acompaña por el laberinto de pasillos adyacentes al hospital y me conduce a una sala recóndita, al final de uno de ellos. Llamo a la puerta de mala gana y la abro sin esperar respuesta. El espacio al que se abre es estrecho y oscuro; la única luz proviene de un ventanuco pequeño y elevado. Hay dos sillones, uno frente al otro. Uno lo ocupa mi persona menos favorita del mundo. La lista es larga, pero ella ha conseguido situarse en cabeza.
Jin tiene el rostro alargado, los labios delgados y no parece para nada la clase de persona que, de entrada, asociarías al concepto de boticaria. Está sentada con la espalda erguida en un sillón más bien pensado para despatarrarse.
—¿Te has vuelto a perder? —pregunta Jin—. Pensaba que tu Immral te conduciría al lugar adecuado.
—No. Sigo siendo una persona normal —respondo.
—Pues siéntate.
Jin y yo nos miramos con el mismo odio mal disimulado mientras yo me dejo caer en el sillón y cruzo las piernas sobre la tela, con las botas puestas, simplemente para molestarla. Estas sesiones tienen lugar semanalmente, más o menos, y lo he intentado todo para librarme de ellas. Terapia obligatoria para los caballeros y los vigías que se enfrentan a los treitres. No hay nada terapéutico en el tiempo que paso con Jin.
—Y, entonces, ¿sigues teniendo dolores de cabeza? —pregunta Jin.
Me encojo de hombros, que es mi respuesta estándar a cualquier pregunta que me hace.
—De acuerdo. —Levanta las cejas ante sus notas—. ¿Qué hay de las últimas noticias sobre Ithr? ¿Quieres contarme algo sobre eso?
—No veo las noticias —contesto.
—¿En serio? ¿No sigues los progresos de Medraut?
—No.
—¿Y no te parece que eso es un poco irresponsable? ¿Un pelín irrespetuoso para alguien con tu poder?
Le sostengo la mirada.
—No, eso es lo que tú piensas.
Jin aprieta los labios. Entonces, se inclina (no, en realidad, se dobla) hacia delante.
—No puedo ayudarte si no te abres, Fern.
—Estoy bien —digo—. No necesito que alguien como tú se meta en mi cabeza.
Jin resopla.
—Ah, vale, solo las Immrals tienen permiso para eso.
Me levanto.
—¿Ya hemos acabado?
Esta vez, Jin se encoge de hombros, lo que interpreto como un sí. Cuando ya estoy a medio pasillo, la puerta se cierra de un portazo. Al salir al aire fresco de Annwn, voy directa a la plataforma que me llevará de nuevo a mi dormitorio de Ithr. A los demás les gusta chincharme con la enemistad que hay entre Jin y yo, pero lo cierto es que, en realidad, empezó ella.
Yo estaba bastante emocionada con mi primera sesión con ella. Natasha me había contado lo útiles que le resultaban. Y tenía muchísimo que sacarme de dentro. Pero cuando entré en una de esas salas, me sacudió de inmediato la intensidad de su antipatía. La forma de mirarme, la forma de preguntarme si sentía que realmente había hecho todo lo que había podido para evitar la muerte de mis amigos. Al principio, me había sentido confusa y dolida, pero pronto encontré el camino de regreso a mi zona de confort, al lugar donde puedo ladrarle a la gente, acomodada en la seguridad de saber que no les debo nada.
A veces, echo de menos ser esa persona. Es agotador intentar comprender a los demás y preocuparse por lo que piensan. Es agotador sentirme todo el rato como si le estuviera fallando a la gente que he empezado a apreciar… y hasta a querer. Y, en ese sentido, supongo, Jin sí que me ayuda. Mucho más de lo que se imagina.

Me despierto en Ithr tan hecha polvo como si no hubiera dormido nada. Cuando me aceptaron como caballera, me levantaba rejuvenecida, incluso después de una noche dura. Esta apatía se está convirtiendo en algo normal, y no solo para mí. Papá tiene unas ojeras enormes debajo de los ojos. Puede que sea, bueno, seguro que es porque Ollie y yo tenemos por costumbre necesitar que nos lleve al hospital con sangre brotándonos de los ojos y las orejas, pero no creo que sea solo por eso. Me parece que es porque Annwn ya no es la clase de lugar que ayuda a los soñadores a procesar todo lo que les ocurre en Ithr. Medraut lo está convirtiendo en un lugar gris como el acero, idéntico a su alma. El gris no alimenta a nadie.
Bajo sin prisas a desayunar, todavía en pijama. Esto también es algo nuevo. Antes solía quedarme en la habitación hasta el último momento, pero ahora Ollie y yo nos tomamos los cereales juntos en un silencio cordial. Lo de charlar aún nos queda lejos… al menos, en Ithr, donde casi todo lo que querríamos comentar tiene que ver con Annwn. Aun así, puedo decirle algunas cosas a mi hermano, aunque sea mediante un código velado.
—Voy a Bow esta noche —digo, echándome leche en los cereales.
Ollie mira a papá, que mastica una tostada con mantequilla de cacahuete, mientras ve las noticias de la mañana.
—Yo esta noche no puedo —dice Ollie—. Voy a AD.
Pongo los ojos en blanco.
—Entonces te veo en casa, supongo.
AD es algo tan estúpido como el nombre sugiere: «Amigos de los Durmientes». Se crearon un montón de grupos en honor de todos los que fallecieron unos meses atrás. Son sesiones de terapia para los amigos y los familiares de las personas que fueron halladas muertas en sus camas, aparentemente fallecidas durante el sueño. Ollie y yo, por supuesto, sabemos que el motivo real fue que murieron masacrados a manos de los treitres de Medraut, pero no es una información que podamos compartir.
De hecho, acompañé a Ollie a la primera sesión a la que asistió, en el sótano de un pub que vibraba con la música electrónica que sonaba en la planta de arriba. Por aquel entonces, el grupo era pequeño. Todo el mundo conocía a alguien que había muerto, pero mientras ellos hablaban de sus seres queridos, yo solo pensaba en lo hipócrita que me parecía estar ahí presenciando su dolor cuando sabía perfectamente lo que había pasado.
Así que esta noche, mientras Ollie comparte sus sentimientos con extraños, yo pienso hacerlo con un amigo. Hasta entonces, mi propósito es llegar ilesa al instituto. Podría pensarse que eso es algo simple, pero con el aspecto que tengo y en el mundo que Medraut está construyendo… ¡Para nada!
—No veas la tele, papá, te pudre el cerebro —le digo a papá, mientras me cuelgo la mochila del hombro y me envuelvo la bufanda alrededor del cuello.
No fui del todo sincera con Jin cuando le dije que nunca veo las noticias. Les echo un vistazo, en parte porque ahora papá las tiene casi siempre puestas. La pantalla es un desfile interminable de políticos, famosos y periodistas, que, a mis ojos desentrenados, parecen decir siempre las mismas cosas en tonos diferentes. El efecto es el mismo que la grisura de Annwn: le quitan un poco de color al mundo.
Es como un parásito. Está en todas partes y va creciendo.
—Friki —sisea la gente a mi paso.
—Demonio —oigo que murmuran en el metro.
Cuando me bajo del vagón, un hombre me mira lascivamente y me sigue escaleras arriba. Pero ahora ya estoy acostumbrada a este tipo de cosas y corro hacia una empleada del metro a pedirle indicaciones. Su sola presencia es suficiente para disuadir al hombre, por ahora. Sé que si no puedo detener a Medraut pronto, eso ya no podrá salvarme.
Londres solía ser el tipo de ciudad en el que podías pasearte dando brincos semidesnuda y nadie habría hecho nada que no fuera mirar hacia otro lado por voluntad propia. Pero ahora hay una gran diferencia entre los que ya se han sometido a Medraut y los que todavía se resisten. De forma sutil, se ha extendido un uniforme por todas partes, y con una fuerza que haría las delicias de cualquier casa de moda de Kensington.
Mire adonde mire, la gente va vestida con los tonos de una paleta monocroma. Los hombres de negocios visten trajes grises de raya diplomática; las mujeres, faldas recatadas por debajo de la rodilla. De vez en cuando, veo a algunos intentando desesperadamente cubrirse los tatuajes con maquillaje de camino al trabajo, avergonzados de los motivos decorativos que una vez les gustaron lo suficiente para grabárselos en la piel.
Los que no nos conformamos, destacamos. Ollie me ha animado más de una vez a ponerme lentes de contacto para camuflarme los ojos. Y si fuera un poco sensata, lo haría. La cicatriz seguiría delatándome, pero sería más aceptable que lucir los iris rojos. Pero así es como empieza. «Eso es exactamente lo que Medraut quiere», le digo a mi hermano, pero es que no es tan sencillo. Me sentiría una hipócrita, luchando contra Medraut en Annwn mientras finjo ser una de sus seguidoras en Ithr. Me sentiría como si estuviera abandonando a los que sí son lo bastante fuertes para plantarle cara.
—Esa maldita moralidad tuya. —Ollie pone los ojos en blanco cada vez que le suelto una de mis peroratas.
Yo me encojo de hombros.
—Tengo principios…
—Y yo el aspecto, lo sé, lo sé. —Esa frase es muy vieja y solía usarla como insulto. Ahora ya ha perdido mordacidad.
La moda no es lo único que se ha visto afectado. Las paredes curvas de las estaciones del metro solían estar recubiertas de una cacofonía de anuncios multicolores. Preciosas portadas de libros, anuncios divertidos de bancos aburridos, eslóganes llamativos de gimnasios y dietas. Tardé más en apreciar el cambio que con el tema de la ropa. Fue Ollie quien me hizo caer en la cuenta, pero, desde que me llamó la atención, no puedo parar de fijarme en ello. Ahora, los anuncios son más apagados, y no solo por el color. Hoy, mientras subo a la calle por las escaleras mecánicas, me percato de que todos los anuncios están escritos con la misma fuente. Los eslóganes han desaparecido: lo único que queda es una frase fáctica sobre lo que quieren que compremos.
Jamás hubiera pensado que fuera a echar de menos el humor barato y el bombardeo publicitario, pero en estas estamos.
Mientras subo los escalones del instituto, me pregunto qué infierno helado nos espera en las clases de hoy. Durante una temporada, el Bosco College fue un oasis. Puede que no tuviera amigos, pero disfrutaba de paz y de la protección de los profesores. Ahora, incluso ese compromiso profesional se desmorona. Aunque no debería sorprenderme, supongo, dado que Sebastien Medraut suele pasarse por el colegio con regularidad porque también es el colegio de su hija.
Lottie Medraut es otro de mis tormentos. Hace pocos meses, la torturé en Annwn con la esperanza de recabar información sobre los planes de su padre. Puede que, en Ithr, no se acuerde de lo que le hice, pero estoy segura de que en alguna parte de su mente sabe que soy peligrosa. En el Bosco, corren todo tipo de rumores sobre mí. En las paredes de los baños de las chicas han grabado «Fern King debe morir» con trazos muy profundos.
Hoy, me siento en mi pupitre y veo una nota pegada. «Mala» han garabateado desordenadamente con boli rojo. Cada vez que encuentro una de estas notas, algo me dice por el modo en que me mira —con esa media sonrisilla— que Lottie está detrás, por lo menos, de algunas de ellas. No entrañan un peligro real, lo que concuerda con ella. Las notas no son ni mucho menos lo peor que me han hecho. Tendrá que esforzarse mucho para superar la cicatriz del quemazo que me hizo Jenny. En cualquier caso, me merezco todo lo que Lottie me pueda hacer, aunque lo haga sin ser plenamente consciente de ello. Los que me preocupan son los demás.
Por suerte, en el Bosco, nadie ha cedido a la verdadera violencia todavía, pero ya empiezan a acercarse. Cosas pequeñas que pasan fácilmente desapercibidas: un codazo en las costillas en un pasillo concurrido, una pisada, un tirón de pelo. Mientras saco la libreta y el estuche de la mochila, alguien le pega un tirón hacia atrás tan fuerte a mi silla que me doy de frente contra la mesa. Busco al culpable, pero sea quien sea ya se ha sentado. Nadie me mira a los ojos.
Todo esto pueden parecer menudencias en comparación con algunas de las cosas que mis compañeros «frikis» tienen que soportar, pero sé muy bien lo fácil que es que estos pequeños actos violentos prendan. La leña ya está apilada. Lo único que falta es una cerilla.

Antes, pasaba los descansos y la hora de comer enfrascada leyendo mi diario de caballería, mi libretita repleta de información sobre Annwn. Pero ya no puedo. Mis noches de patrulla en Annwn son tan intensas, tan plagadas de tristeza, que, cuando despierto, ya no me quedan fuerzas.
Así que hago lo que hacía siempre que necesitaba cierto refugio: dibujar.
La sala de arte está escondida en un ala ruinosa del Bosco. El aula está repleta de viejos pupitres condenados a terminar sus días pintarrajeados con pintura. El olor a tierra del barro me reconforta. Cuando venía por aquí, siempre había otros alumnos trabajando en silencio. La mayoría, solitarios, como yo. Pero, ahora, estoy sola.
—Tendrás que espabilarte para pillar sitio —bromea el profesor de Arte al verme llegar. El señor Nolan es un hombre desmañado y adorable, con un mostacho que parece desear no estar ahí. Mientras él sigue ocupado lavando pinceles, yo me dispongo a sacar mi portafolio del armario. Las láminas de su interior están cubiertas de rostros de los fallecidos. Ramesh y Phoebe, tal como los recuerdo en Annwn: felices, tranquilos, radiantes por tener un propósito.
—Parecen majos —dice el señor Nolan, y hasta me hace dar un respingo.
—Lo eran —replico.
—Ah, ¿Durmientes?
Asiento. La pregunta se ha convertido en una especie de clave para referirse a los que murieron mientras dormían. Es algo odioso. No solo porque sé que no se quedaron dormidos sin más y ya no despertaron, es que esa expresión profana algo positivo. Sé lo poderosos que pueden ser los sueños. He visto lo que ocurre cuando les son negados a la gente. Que esa palabra inofensiva, «durmientes», se convierta en un cliché del genocidio hace que me entren ganas de gritar.
Paso las hojas hasta el final del portafolio. Mi última obra es bastante diferente del resto. Seis cuadrados punteados en la lámina, cada uno con un motivo diferente: uno con llamas color caramelo; otro con formas geométricas en violeta y plata. Ahora estoy trabajando en el tercero: todo en verde menta y verde bosque.
Puede que a la mayoría le parezcan garabatos, pero es mi obra de arte más importante. Es mi respuesta al rompecabezas cúbico de caoba de Sebastien Medraut. El suyo estaba repleto de planes para destruir Annwn e Ithr. Estos cuadrados son el primer boceto de mi propia caja. La mía no contendrá literalmente mis pensamientos, claro… Si así fuera, no sería demasiado bonita, porque casi todo el espacio en mi cabeza está monopolizado por el desprecio que siento por Medraut. Será solo una especie de souvenir que tendré en Ithr. Cada cuadro representa algo que amo de Annwn. Las llamas, la fuerza que allí hallé en mi interior. Los violetas y los plateados, Tintagel y los thanes. Los verdes, la belleza de Annwn, y todo lo que allí crece. Ahora que Annwn agoniza, me sirve como recordatorio de por qué debo salvarlo.
—Ya sabes que si necesitas hablar con alguien… —comienza el señor
