Destino. La saga Winx 2 - El despertar del fuego

Sarah Rees Brennan

Fragmento

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EL CORAZÓN

ENVEJECE

En el reino de las hadas de Solaria, junto a la cascada y el bosque, se alzaba un castillo. Todas las hadas con dos dedos de frente enviaban a sus hijos a Alfea, el único centro educativo de todos los reinos que instruía a ciudadanos hada modelo.

Farah Dowling, directora de Alfea, se enorgullecía de esa reputación. Había sacrificado mucho para conseguirla y no pensaba permitir que nada la empañara ahora.

Su orgullo por Alfea la había llevado a organizar la jornada de puertas abiertas, aunque tal vez tendría que habérselo pensado dos veces. Examinó la página que tenía ante sí y tachó lo de «e intercambiados» porque, en realidad, eran hadas ilustradas y modernas. Los intercambiados ya no existían en esa época. Luego dejó en la mesa el borrador del folleto «Bienvenidos a Alfea» para la jornada de puertas abiertas y sacó la carta secreta que había debajo con la intención de echarle un último vistazo.

Normalmente, dejaba que su ayudante se encargara del papeleo. Había contratado a un secretario humano porque quería demostrar a todo el mundo que los humanos y las hadas podían trabajar juntos en armonía, pero resulta que Callum no servía para mucho más que para mantener el archivo ordenado. Farah no sabía qué hacer con su secretario. Encima, era bastante rencoroso.

Una cosa tenía clara: Callum no podía acercarse a esa carta. Nadie más podía verla. Cuando se trataba de los registros de Rosalind, la antigua directora de Alfea, se encargaba Farah Dowling en persona.

Había ocultado con esmero cualquier rastro de Rosalind, pero el mal tenía unas raíces muy largas y extrañas. Por mucho que Farah llevara años trabajando con ahínco para hacer buenas obras y borrar la mancha de lo que había pasado antes, la antigua oscuridad se ocultaba bajo todas las superficies que intentaba limpiar. Tarde o temprano, se abriría paso por las grietas de la fachada y se extendería como el aceite.

Esta vez el mal había llegado en forma de una nota manuscrita de Rosalind, sin dirección, que al parecer no había enviado nunca; estaba guardada en un libro de magia que no se abría desde hacía tiempo. Hoy, Farah había sacado el papel, amarillento por el paso de aquellos dieciséis años, y se le había encogido el corazón al reconocer la letra. Rosalind le había enviado muchas órdenes con aquella caligrafía enmarañada y contundente. Cuando era una joven soldado, Farah había matado por orden de Rosalind. Incluso ahora, las palabras de aquella mujer hacían que quisiera entrar en acción.

A primera hora de la mañana había ido a hurtadillas al ala este, que estaba abandonada, y había examinado la carta a la luz titilante de una antorcha. La forma de expresarse de Rosalind era críptica, pero Farah sabía descifrar su significado. Rosalind insinuaba que había algo valiosísimo escondido en el Primer Mundo, esa extraña tierra donde vivían los humanos y se usaba la electricidad en lugar de la magia. Conociéndola, lo que atesoraba debía de ser un premio mágico o un arma terrible.

Puede que ambas cosas.

Después de estudiar detenidamente las indicaciones de la carta, Farah había vuelto sobre los pasos recorridos por Rosalind mucho tiempo atrás y había reducido la búsqueda a un lugar con el extraño nombre de California. Luego le había pedido ayuda a un amigo para rastrear la magia… y había vuelto a sus tareas con aquel secreto culpable que le pesaba como una piedra en el pecho.

Farah se levantó del escritorio, guardó aquellos garabatos y salió a los pasillos de Alfea. Los tacones de sus modestos zapatos de cordones repiqueteaban en la piedra y tenía las manos metidas en los bolsillos de la gabardina. Los estudiantes se dispersaron al oírla llegar y sus risas se esfumaron.

Farah no era una persona cálida ni acogedora. Había organizado la jornada de puertas abiertas porque sabía que cuando enseñaba la escuela a los padres y a los alumnos, daba la sensación de ser fría y distante, y quería que todos se sintieran bienvenidos. Si invitaba a todos los posibles estudiantes a la vez y les daba la oportunidad de conocerse, le sería más fácil.

A veces, mientras veía a los alumnos corretear por Alfea, se lamentaba de tener tantas reticencias. Farah dominaba muchas de las magias feéricas, pero había nacido como hada de la mente, un tipo de magia poco frecuente que permitía a quien la poseía leer los sentimientos de los demás y sumergirse en los pensamientos ajenos. A la gente no le hacía mucha gracia estar cerca de las hadas de la mente y, a su vez, esta cercanía hacía daño a las hadas de la mente. Farah había aprendido hacía mucho tiempo a mantener las distancias para protegerse a sí misma y a los demás. Por sola que se sintiera a veces, era una lección que jamás había podido olvidar.

Contempló Alfea con el afecto que no sabía demostrar al alumnado. Hadas del agua que manifestaban su magia con brillantes gotitas azules. Hadas del aire que hacían vibrar el ambiente. Hadas de la tierra que colmaban el mundo de frutas y flores. Hadas de la luz que iluminaban el cielo. Y hadas del fuego que, con su poder, podían llevar el calor a cualquier hogar. Y también hadas con poderes más exóticos. Y luego estaban los especialistas —de los que se ocupaba Silva—, que protegían a todo el mundo. Entendía por qué Rosalind había tenido protegidos. Si cualquiera de aquellas ilustres criaturas sintiera la necesidad de acudir a ella, Farah le enseñaría todo lo que sabía.

El problema era que ella no quería ser como Rosalind: no quería atraer a los estudiantes y usarlos a su antojo, y tampoco conocía su truco para ganar adeptos. Así pues, Farah mantuvo las distancias y sonrió para sus adentros mientras pasaban los estudiantes.

En otros tiempos había sido joven como ellos. Tanto ella como sus amigos, unidos por unos vínculos forjados en la batalla. Dos hadas y dos especialistas: Farah Dowling y Ben Harvey, y Saúl Silva y Andreas de Eraklyon. Pero Farah y sus queridos amigos nunca habían tenido la oportunidad de ser jóvenes de verdad. Habían sido un equipo de soldados de élite entrenados para erradicar el mal sin piedad. Su líder, Rosalind, se había asegurado de que fueran duros como el metal.

En aquel momento, Farah se sentía orgullosa de servirla. No había cuestionado el entrenamiento de Rosalind hasta que había sido demasiado tarde.

Ahora sus pesadillas no tenían que ver con los monstruos contra los que había luchado, sino con aquellos actos monstruosos que había cometido. Ahora el único objetivo de Farah era que los estudiantes de Alfea no se convirtieran jamás en lo que ella había sido.

Se preguntó si debía contarle a Saúl o a Ben adónde iba. Tal vez debería pedirle a alguno que la acompañara. Salió por las puertas de roble tallado de la escuela y miró hacia la avenida arbolada, hacia los dos lagos donde los aspirantes a especialista aprendían el arte de la guerra gracias al mejor soldado que Farah conocía.

Saúl Silva estaba ahí plantado con los brazos cruzados y los ojos azules entrecerrados mientras observaba a un par de estudiantes que estaban practicando la lucha. Uno de ellos iba ganando, claramente. Farah reconoció el pelo rubio de Sky, pero habría sabido quién era solo con verle la cara a Silva. Para alguien que no lo conociera, Silva podía parecer severo, pero había sido su camarada durante mucho tiempo. Farah se percató del orgullo en su rostro mientras observaba al chico que había criado él mismo.

Podría hacerlo sola. No debería molestar a Saúl.

Ella no era como sus viejos amigos. Andreas estaba muerto y ya no necesitaba nada. Ben tenía hijos a los que querer. Saúl protegía a Sky, el hijo de Andreas.

Farah solo tenía la escuela Alfea. No tenía hijos y, a la vez, cuidaba de muchos críos. Era responsable de todas las almas de Alfea, desde la altiva princesita hasta el hada más humilde. Jamás permitiría que nada empañara la excelsa juventud de esta nueva generación.

Fuera cual fuera el arma o el tesoro que Rosalind hubiera escondido en el Primer Mundo, Farah lo encontraría, lo destruiría y volvería a tiempo para celebrar la jornada de puertas abiertas sin problemas. Haría lo imposible para procurar que todas las almas de Alfea estuvieran a salvo y fueran felices e inocentes.

ESPECIALISTA

Alfea era el peor lugar del mundo y Riven estaba abatido. En la escuela solo aprendía a recibir palizas, y esa lección la había aprendido hacía ya mucho tiempo. Se sentía preparado para doctorarse en el arte de ser un lerdo integral.

«Vaya, doctor Riven —dirían los futuros fracasados—. Ha hecho del fracaso una auténtica forma de arte. Inspirador. Qué ganas de leer su tesis sobre el fracaso».

Faltaban diecinueve minutos para que acabara la clase.

Riven se enfrentó valientemente a su compañero de combate durante más o menos un segundo y luego esquivó el bastonazo de Sky, pero cayó a la plataforma y se golpeó el hombro. Sky se rio sin piedad y le hizo una señal a Riven para que se pusiera de pie; no se había despeinado siquiera. Riven apretó los dientes. Sky se creía mucho mejor que él, solo porque… era mucho mejor que él.

El aire primaveral seguía siendo frío y ondulaba la superficie oscura de los lagos sobre los que colgaban suspendidas las plataformas de combate. Las tiernas hojas nuevas susurraban en los robles y las hayas rojas, que extendían sus enormes ramas por encima de las cabezas. Riven se estaba congelando con aquel uniforme de especialista sin mangas. Lanzó una mirada anhelante hacia los bancos de la orilla, donde había dejado su bonita y cálida sudadera con capucha y su chaqueta de cuero molona.

—¡Seguid así! —gritó Silva, el director de los especialistas—. ¡No tiréis la toalla!

Pero Riven se moría de ganas de darse por vencido. «Sí, Sky, dame una buena tunda. Sí, hazlo una y otra vez. ¿Tengo que soportar mucho más rato estas humillantes derrotas? ¿No puedo tallar mi cara en un tronco, dejarlo ahí y dar por terminada la clase?». Así, los demás estudiantes podrían señalar el tronco de Riven y reírse, y él podría ir a dar un paseo por la naturaleza.

El bastón de Sky impactó con el de Riven con tanta fuerza que este último notó una sacudida en los huesos de ambos brazos. Nada de paseos por la naturaleza.

No lograba entender cómo no se le pasaba la novedad. ¿Es que Sky no se aburría? Porque él sí.

Faltaban quince minutos para el final de la clase.

Cuando Riven había llegado a Alfea a principios de curso, esperaba que su compañero de habitación fuera guay. Riven no era de los superpopulares, pero sí imaginaba que tendría una pandilla de amigos con los que pasar el rato y juzgar a los demás.

Al ver a su compañero de cuarto, Riven se había dado cuenta de que su deseo se había cumplido y que su hada madrina se había esmerado a fondo. Su compañero de cuarto era demasiado guay. «Abortar misión. Abortar misión».

Había visto a Sky por ahí, en concursos militares y entrenamientos para aspirantes a especialista. Se conocían lo suficiente como para saludarse con la cabeza cuando Sky pasaba a recoger su medalla. A Riven no le había hecho mucha gracia el rollo de Sky desde un principio, cuando se había fijado en la mandíbula cincelada y el pelazo del chaval. Pero en Alfea, se veía atrapado con el señor héroe y había decidido poner al mal tiempo buena cara. Sky parecía bastante simpático, así que había pensado que tal vez funcionaría lo de ser compañeros de cuarto. Tal vez hasta pudieran ser amigos. Riven y Sky permanecieron juntos con aire incómodo durante la fiesta de bienvenida y se fijaron en una rubia con un vestidazo de brillantitos que iba dando órdenes a sus compañeros como si fueran sus secuaces.

—Je, je —dijo Riven—. Mira a esa. Menuda princesita.

Sky lo miró de una forma algo rara.

—Es que es una princesa —repuso él.

—¿Cómo?

—Pues que es la hija de la reina Luna —contestó Sky—. La regente de Solaria.

—Ah —murmuró Riven.

Sky carraspeó.

—Y…, esto…, es mi novia.

—Vale, me voy a ir por ahí… —anunció Riven.

Se fue hasta un arco de piedra donde había unas enredaderas muy interesantes y estuvo charlando con aquellas plantas durante una hora.

Sky se acercó a la princesita insoportable, que al parecer se llamaba Stella. La princesa posó una mano sobre el brazo de Sky y se pavoneó por el patio con él: el orgullo de ser su dueña brillaba tanto como las lucecitas mágicas que titilaban en su resplandeciente melena rubia.

Vaya fracaso de fiesta.

Después, durante su primera clase, Silva, el director de los especialistas —un hombre con unos ojos azules aterradoramente directos que nunca parpadeaban—, les dijo a Sky y a Riven que pelearan y lo dieran todo para evaluar sus habilidades.

Sky le puso a Riven los dos ojos a la funerala y le torció el tobillo. El director Silva dijo que Riven se había torcido el tobillo en sus prisas por escapar, pero que los ojos morados sí eran culpa de Sky. Al final de la primera clase del primer día, todos habían calado a Riven y no precisamente para bien.

Como si quisiera redimirse, Sky se disculpó aquella noche cuando apagaron las luces, aunque se rio mientras lo hacía: al parecer, los esguinces de tobillo le parecían graciosos o algo.

Riven seguía intentando entenderse con su compañero de piso, así que hizo un gesto con la mano como quitándole importancia al tema.

—Da igual. De todas formas, no me gusta mucho esto de ser soldado. Nadie me ha preguntado si quiero ser especialista.

Sky puso cara de no entender nada.

—Las espadas son fantásticas —se explicó Riven—, pero eso de morir para proteger los reinos me viene muy grande. Porque ¿qué han hecho los reinos por mí? ¿Existir? Vaya, pues vale, moriré. ¿Y qué más da si mueres como un lelo o como el mismísimo Andreas de Eraklyon? Has estirado la pata igual.

Sky lo miraba perplejo.

—¿Andreas de Eraklyon?

Riven se alegró de que su compañero de cuarto, don perfecto, no lo supiera todo. Andreas de Eraklyon era el gran ejemplo de los especialistas, el héroe de la guerra contra los Quemados de hacía una generación.

—Venga tío, fijo que has oído hablar de él. Fue el soldado que lideró las fuerzas contra los Quemados, esos monstruos espeluznantes que antes rondaban por todas partes. Andreas es muy famoso. Y también está muy muerto.

—He oído hablar de él. Era mi padre —dijo Sky.

—Ups —murmuró Riven—. He metido la pata hasta el fondo.

Sky asintió apretando la mandíbula. Sí, seguramente había heredado la mandíbula de su padre.

—¿Qué te parece si meto la cabeza bajo las sábanas y no salgo de ahí en todo el curso? —sugirió Riven.

—Vale —dijo Sky.

Riven se tapó la cara con las sábanas y, desconsolado, se quedó mirando la oscuridad.

Esa fue la gota que colmó el vaso en cuanto a llevarse bien con su compañero de cuarto. Contaba los días para que el primer curso llegara a su fin y pudiera alojarse con otra persona. Cualquiera, le daba igual.

Hasta ese feliz día de su liberación, el director Silva parecía haber decidido que Sky y Riven hacían buena pareja y los ponía a entrenar juntos todos los días. Las sesiones de lucha se le hacían interminables, pero la de hoy estaba a punto de acabar. El fin estaba tan cerca que hasta podía saborearlo.

¡Un minuto para el final de la clase!

Sky lanzó un golpe y Riven logró esquivarlo. Otra sesión sin un ojo a la funerala, ¡punto!

—Veo que estás… —comenzó a decir Sky.

—Anda, mira qué hora es. ¡La hora de largarse! —exclamó Riven, y se largó.

Rodó suavemente por la plataforma, bajó a la orilla y se alejó de Sky, de las plataformas de entrenamiento, del director y del cuartel de los especialistas.

Detestaba todo aquel paisaje. Las vastas montañas, el valle lleno de juncos, las altas cumbres envueltas en niebla blanca. Los reinos feéricos donde antaño los soldados acechaban a los monstruos; aquellas espadas de plata fría en los bosques y bajo la pálida luz de la luna. Silva quería convertirlos en tropas que cargaran juntas en la batalla sin rechistar, en asesinos formados para librar una guerra que había terminado hacía tiempo. Riven nunca sería como aquellos guerreros que habían salido de cacería.

Detestaba todos los edificios de Alfea y a todas las personas que habitaban en ellos.

Salvo a una.

Ya casi se había ido, cuando oyó al director Silva:

—Riven, espera.

LUZ

Alfea era el mejor sitio del mundo y Stella jamás había sido tan feliz.

Ahora podía reconocer que estaba ligeramente nerviosa antes de ir, pero tendría que haber sabido que era el lugar perfecto para ella. Allí aprendería a ser la mujer poderosa que estaba destinada a ser. Tenía que gobernar una escuela entera antes de poder regir un país.

—Chicas —anunció Stella a las compañeras de apartamento—. He batido un récord. Cinco minutos y ya tengo los deberes hechos.

Extendió las manos de forma expresiva y un espectáculo de luz cobró vida; le rodeó el rostro en una especie de marco de tal modo que Stella parecía el centro de un espejo mágico.

Ricki e Ilaria la aplaudieron, y ella giró en círculo, permitiéndose un momento de petulancia. Bueno, quizá fue más que un momento. «No escondas tu magia de luz», le decía su madre a menudo. La cuestión era impresionar a la gente sin que pareciera que quería impresionarla.

Stella siempre se había esforzado mucho y ahora por fin lo estaba consiguiendo. Nada más llegar a Alfea, la gente se había agolpado a su alrededor como si…, como si fuera la mismísima reina Luna.

«La princesa tiene un nombre muy apropiado», decían los cortesanos de su país a modo de halago. «Es una estrella brillante, pero jamás podrá compararse con el sol que es su madre».

Ya que hablaban de nombres, tendrían que saber que el de su madre no significaba sol, precisamente. Era Luna y las lunas reflejan la luz: todo su brillo es robado.

Stella no quería ser una estrella. Las estrellas vivían en la oscuridad y ella ya había salido de la oscuridad. Tras muchos años de vivir eclipsada, ahora era lo más brillante en el firmamento de Alfea.

—Esto me da dos horas para elegir el vestido perfecto para la cita —continuó Stella.

Tenía muchas opciones. E incluso antes de elegir la ropa, tenía que decantarse entre una coleta alta, unas ondas californianas o, incluso, una trenza. Y luego estaba el debate: ¿pinzas para el pelo o diadema?

Stella usaba mucho su anillo mágico para ir al mundo humano y asistir a la Semana de la Moda, pero ahora mismo prefería estar en Alfea antes que en cualquier otro lugar.

Ricki se rio.

—Como si tuvieras algún vestido que no fuera perfecto…

—A mi chico le gusta ver más piel de la que sueles enseñar, princesa —dijo Ilaria—. Pero siempre estás fabulosa —se corrigió al instante.

Sky, al contrario que el novio de Ilaria, Matt, jamás mencionaría lo de querer ver más piel. Sky era un caballero. Stella enarcó la ceja.

—Obvio.

«No permitas que nadie te robe tu poder», le había dicho su madre, que luego añadió: «Y elige solo a aquellas personas que lo potencien».

En primer curso, te asignaban compañeras de habitación al azar y te ofrecían un apartamento entero con varias personas o un dormitorio con otra chica. A Stella le habían asignado uno de los apartamentos de Alfea: cinco chicas, tres dormitorios y una sala común. Como Stella era la princesa, le tocó la habitación individual, naturalmente. El apartamento estaba en la última planta, así que se alojaba en lo más parecido a la alcoba de una torre. Pidió que le pintaran las paredes de azul, colocó varios espejos para verse desde todos los ángulos y pegó en la pared, con destellos de luz, fotos suyas con sus nuevas y divertidas amigas.

A veces, cuando se despertaba en la oscuridad y escuchaba el viento que ululaba junto a la ventana de la torre, Stella se echaba a temblar, asustada, y se moría por tener una compañera de habitación. Sin embargo, durante el día se alegraba de recibir un trato especial.

De momento ya le estaba bien así, pero en segundo año podías escoger a tus compañeras de cuarto. Si tu mejor amiga no quería compartirlo contigo es que no tenías mejor amiga. Y Stella tenía que elegir.

El problema era que no sabía a quién elegir.

Si tuviera que decidir quién le caía mejor, diría que Ricki. Pasar tiempo con ella era muy divertido y curiosamente relajante. Era graciosísima y jamás le había dicho nada cruel.

Y ese era el problema. A veces una chica tenía que ser cruel. Además, ser cruel significaba tener el suficiente prestigio social para salirse con la suya. Ilaria sí sabía ser cruel y por eso su novio era uno de los especialistas de segundo curso. Ricki no tenía pareja. Era mejor estar con una persona cañera y poderosa. Stella era muy consciente de que su madre habría elegido a Ilaria como amiga sin pensárselo dos veces. Que ella prefiriera a Ricki era una prueba más de que Stella era patética y débil.

Miró por la ventana de su torre en la habitación, decorada para convertirla en un espacio digno de una princesa, y se fijó en las aguas oscuras y en su brillante melena. Más allá del patio del castillo estaban los lagos de los especialistas, donde su novio acababa de anotarse otra victoria.

Quería a Sky. Era el mejor accesorio del mundo, mejor que cualquier bolso o joya. Las demás chicas estaban celosas de que fuera suyo. Incluso su madre lo creía digno de una princesa.

Y no olvidaba que Sky la había visto, incluso cuando el resplandor de su madre la volvía a ella casi invisible. Él había querido protegerla.

Solo que en Alfea ya no necesitaba protección.

Reconocerlo la hacía sentir culpable, pero a veces pensaba que prefería pasar el rato con Ricki, Ilaria y sus otras compañeras de apartamento antes que con él. Tenía muchísimo más en común con sus amigas. Una vez que Sky fue a recogerla, las chicas pusieron barricadas en las puertas dobles y lo hicieron esperar porque en aquel momento se estaban divirtiendo mucho. A veces le daba la sensación de que prepararse para una cita era más divertido que la cita en sí.

«Es normal», se decía Stella cada vez que aquel pensamiento traicionero le cruzaba la mente. Conocía a Sky desde hacía mucho tiempo y era natural que las personas y los entornos nuevos fueran tan emocionantes. Después de tantos años deseando más, era fantástico tenerlo todo. Ahora tenía las mejores amigas y el mejor novio. Después de pasar tanto tiempo a la fría sombra de otra persona, era la estrella de la escuela.

—Enséñanos el primer modelito —le pidió Ricki—. Me muero por verlo.

Stella se giró para mirar a sus amigas, aunque de reojo siguió observando su reflejo. Su política era seguir realzando su luz natural con magia e infundirse todo el glamur que fuera posible cada vez que este menguaba. ¿Quién dijo que no había filtros en la vida real? Stella se negaba a aceptar la premisa de la expresión «digna de Instagram»: Instagram debería ser digno de ella. Era Instagram quien tenía que ponerse a su nivel.

Ilaria miraba a Stella con una pizca de envidia. Ricki sonrió como si estuviera disfrutando del espectáculo de verdad, y Stella se decidió al fin. Podía transformar a Ricki en la compañera ideal de apartamento. Ella era la princesa y debería disponer de todo lo que quisiera. Tenía un plan y Sky la ayudaría a llevarlo a cabo.

Lo único que tenía que hacer era seguir brillando y todo sería perfecto.

TIERRA

Alfea era el mejor lugar del mundo, y su padre, el profesor Harvey, era el mejor profesor del mundo. Si Terra pudiera ser alumna de Alfea, alcanzaría la felicidad y ya no tendría nada más que pedirle a la vida.

Pero aún debía esperar un año más para tener la edad suficiente y este año era el peor de todos. Antes, tenía a su hermano al lado.

Terra y Sam Harvey habían crecido en Alfea porque eran los hijos del profesor. Su padre decía que la directora Dowling y el director Silva no podían prescindir de él. La habían criado sabiendo que algún día su hogar sería también su escuela. Durante toda la vida, Terra había convivido con los estudiantes de Alfea, como si fueran plantas exóticas bajo el cristal del invernadero de su padre. Podía admirarlos, pero no se le permitía acercarse.

Al principio, los estudiantes parecían mucho más mayores y molones, pero le daba igual. Sabía que algún día podría ir a Alfea. Sin embargo, hacía poco había empezado a anhelar que ese día llegara ya. Quería pasearse entre los grupitos de amigos que charlaban, ser parte de lo que siempre había admirado. Lo deseaba con tantas ganas que empezaba a dolerle.

Sam y Terra iban siempre juntos. Su relación era muy estrecha, porque no tenían a nadie más. Terra siempre había albergado la esperanza de que su hermosa prima Flora fuera a visitarla, pero los años habían ido pasando y Flora aún no había hecho acto de presencia.

A veces, Sky también estaba en el castillo, aunque vivía en el cuartel de los especialistas. Sky tenía la edad de Sam, así que sería razonable que fueran amigos, pero Sky siempre estaba con Silva, el director de los especialistas, que era una persona completamente aterradora. Y aún más aterradora que Silva era la leyenda del padre de Sky, héroe y mártir famoso.

A Sam y a Terra les daba la impresión de que Sky se creía mejor que ellos. Cuando el director Silva se iba a alguna misión o a visitar a la reina, Sky lo acompañaba. El especialista salía con la princesa Stella prácticamente desde que había nacido. Era tan cortés que parecía una especie de muro: un obstáculo mágico más que un ataque mágico. Una vez, Sky le propuso a Sam que practicara el manejo de la espada con él y se sorprendió cuando Sam le dijo que no quería acabar cortado por la mitad, muchas gracias.

Sin embargo, era inútil enfadarse con Sky. Estaba claro que tenía mejores cosas que hacer que revolcarse en la tierra del invernadero con una pareja de hermanos mugrientos más preocupados por el abono que por las joyas de la corona.

Terra tenía a Sam, así que nunca estaba sola. Hasta ese mismo año, cuando Sam había comenzado en Alfea. Su hermano se había convertido en uno de aquellos estudiantes vivarachos y glamurosos y la había dejado muy atrás.

Al principio, Terra se dejaba caer después de las clases con la esperanza de que Sam le presentara a sus nuevos amigos. Creía que también podría hacerse amiga de ellos, que sería como asistir a Alfea un poco antes de tiempo. Se decía a sí misma que así, el próximo año, los chicos y chicas de su curso se quedarían boquiabiertos al verla con amigos mayores.

Pero cuando Terra apareció frente a la puerta del aula de su hermano, este hizo como si no la hubiera visto. Y ella ni siquiera captó la indirecta en ese momento. No se le daba muy bien leer entre líneas. Sam tuvo que decírselo alto y claro.

—Deja de darme la brasa, Terra —le espetó al tercer día—. ¿Cómo voy a hacer amigos si tengo a mi hermana pequeña pegada como una lapa?

—Eso. Largo, bola de sebo —susurró un hada del aire que debía de pesar como una pluma, y se echó a reír.

Terra estaba casi segura de que Sam no la había oído, pero quería estar segura del todo. Sin embargo, la hubiera oído o no, su hermano se dio media vuelta y la dejó plantada en el pasillo, sola. Una bola de sebo con una rebequita gruesa de flores, sin amigos ni clases a las que asistir. Alfea aún no era su hogar y parecía que su hermano tampoco quería saber nada de ella.

Su único consuelo era el invernadero.

Terra suspiró con el brazo apoyado en una de las mesas negras de laboratorio donde elaboraba pociones y destilaba aceites. Se fijó en la caja de madera que ocupaba un rincón y luego se miró el reloj. Sintió la tentación de abrir la tapa y echar un vistazo. Solo un vistacito rápido.

¡Pero no! Tenía que esperar.

Lo malo era que, últimamente, toda su vida consistía en esperar. Vaciló.

Justo entonces se abrió la puerta del invernadero y la directora Dowling quedó enmarcada entre las enredaderas. Terra enderezó la espalda tan deprisa que estuvo a punto de caerse del taburete.

—¡Señorita Dowling! —exclamó—. ¡Qué sorpresa! Nunca se pasa por aquí. A ver, evidentemente puede venir cuando lo desee. Siempre es bienvenida. Además, es la directora, cosa que usted ya sabe…

Inspiró profundamente y contuvo la respiración contando hasta cinco. Su insufrible hermano le había aconsejado que lo hiciera cuando se notara así de acelerada.

—¿Está tu padre aquí, Terra? —preguntó la señorita Dowling.

Terra dejó escapar el aliento.

—Ah, mi padre. Viene a verlo a él, claro. ¡Es su mano derecha! Bueno, supongo que su mano derecha es el señor Silva. Mi padre debe de ser su mano izquierda, ¿no es así?

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