Historia de Garabombo, el Invisible

Manuel Scorza

Fragmento

garabombo-1

Nota del editor

En 1972 apareció en España, con mucha expectativa, Historia de Garabombo, el Invisible (Planeta), segunda novela del escritor peruano Manuel Scorza. El éxito de la primera balada del ciclo de La guerra silenciosa confirió al autor amplio reconocimiento internacional, evidente en las múltiples ediciones y traducciones que hoy conocemos. La nueva novela no fue ajena a tal éxito y, de igual manera, se reprodujeron ediciones por todo el orbe. Una de ellas, aparecida cinco años después en Venezuela y con el sello Monte Ávila Editores, resulta muy importante, pues agrega dos cambios fundamentales: la inserción del capítulo 33 —«Texto incompleto de la solicitud que a la Virgen de las Mercedes dirigió el Niño Remigio»—, que cierra el arco narrativo del segundo personaje más importante de la novela: el Niño Remigio, y, por otra parte, la reducción del título de la novela a Garabombo, el Invisible.

Para la presente edición, como se comprueba en la cubierta, se ha optado por rescatar el nombre acuñado en la primera edición, título rotundo que revela la conflictiva dualidad realidad/ficción en la que Scorza inscribe y nos lega su producción narrativa. Además, como corresponde, se ha conservado el mencionado capítulo 33 que, en otras ediciones, incluso muy recientes, no había sido tomado en cuenta. Con respecto a la ortografía, se ha utilizado la última edición de la Ortografía de la lengua española; sin embargo, como es propio, se han respetado las licencias y usos particulares del autor. Cierra esta edición un breve dossier en el que se da cuenta del guion cinematográfico que Manuel Scorza mecanografió y, finalmente, entregó al cineasta cusqueño Francisco García Hurtado, con la esperanza de su futura realización.

Penguin Random House agradece a los herederos del autor por la renovada oportunidad de ofrecer al público una nueva edición —revisada y con material inédito— de Historia de Garabombo, el Invisible. Esto no hubiera sido posible sin el generoso aporte de excelentes profesionales, críticos, escritores y promotores culturales interesados en el conocimiento y divulgación de la monumental obra de Manuel Scorza.

garabombo-2

Prólogo

La saga de La guerra silenciosa consta de cinco novelas independientes, pero articuladas por el mundo representado en las luchas de las comunidades indígenas de Pasco por recuperar sus tierras durante la década de 1960. Manuel Scorza declaró que no son solamente libros políticos, sino que, esencialmente, constituyen una «gran operación onírica y mítica». Desde los títulos de los capítulos que rinden homenaje a Cervantes, las novelas se instalan en las encrucijadas de la ficción y la realidad.

Historia de Garabombo, el Invisible se distingue por su anclaje en la crónica, una estructura como la de un collar de perlas y la intensidad lírica de la prosa de Scorza. Después de Redoble por Rancas, que representa la lucha de los comuneros contra la empresa norteamericana Cerro de Pasco Corporation, porque esta incursiona en la industria ganadera mediante su inmensa hacienda de cercos ilimitados, Garabombo relata la acción de los comuneros de la región de Yanahuanca en pos de la recuperación de sus tierras arrebatadas por artimañas legales y la violencia de los hacendados. Así se constituye un poderoso artefacto cultural contra el orden social semifeudal local (las haciendas todavía tenían pongos, atrapados en relaciones serviles; y en los pueblos, las diferencias sociales se habían naturalizado), que se articulaba y anudaba con la propia estructura organizativa de un Estado peruano supuestamente moderno.

Aunque la comunidad de Chinche aparece en toda su riqueza y complejidad cultural como un sujeto colectivo en el centro del mundo representado, sin duda, los mayores protagonistas de esta novela son dos personajes excepcionales.

Luis Remigio, el talentoso escribidor, es capaz de apoderarse de todos los registros de la palabra escrita, incluso letras de la música popular criolla o avisos sentimentales de la prensa del corazón. Especialista en la escritura administrativo-legal, se solaza en la prosa formalista que subvierte con humor popular, fantasías y giros grotescos. El anhelo de libertad que late en una vida aparentemente miserable estalla en la asociación libre de palabras. Casi enano, pernituerto, jorobado: un personaje carnavalesco y viceversa.

Reconocido como intelectual por los principales, la actitud del Niño Remigio cambia. Bajo la denominación de Poeta se codea con los hacendados y autoridades del lugar que lo reconocen por su dominio de la escritura. Producto de una serie de eventos maravillosos pierde la joroba y su cojera: se convierte en otro, su cuerpo crece y cambia. El Hermoso vive así una ilusión que lo aleja de los suyos. Finalmente, el sapo convertido en príncipe vuelve a ser sapo; en esta última metamorfosis, adquiere plena conciencia de sí y de su filiación con los desposeídos. Deja inconclusa su última carta contra el poder y muere empuñando una piedra contra el asalto de la Guardia Civil.

Los títulos de una propiedad son documentos que trazan los linderos de las tierras, aspecto crucial en la sobrevivencia de una comunidad. Por ello, el fetichismo por los títulos como objetos materiales, casi mágicos, pues en sus palabras se diseñan los linderos de las tierras comunales durante el orden colonial y republicano. Hay una voz quechua para referirse a estos objetos: garashipu, que significa «que está escrito en cuero».

Las antiguas articulaciones entre escritura y significación social nos conducen al otro protagonista de la novela. Los regímenes de visibilidad son paralelos y rara vez confluyen; los principales y sus aliados del poder local no suelen ver ni a los indígenas reclamantes ni a sus asuntos. Uno de ellos, Garabombo, aprovecha esta ceguera selectiva y se hace voluntariamente invisible ante las autoridades para dedicarse a tiempo completo a la recuperación de las tierras usurpadas y la remoción del personero legal, conchabado con los principales y los funcionarios estatales.

Este personaje, inspirado en el comunero Fermín Espinoza Borja, se describe así: «rostro huesudo, gruesos labios, el bigote pobre, su pelo de escobillón». Garabombo estuvo en la cárcel y esta funcionó, paradójicamente, como escuela de ciudadanía, pues allí aprendió a leer, es decir, adquirió la llave maestra para ingresar al espacio público y a la lucha política. Nunca más certero, el antiguo y terrible refrán: «Indio leído, indio perdido», que representaba la visión de los hacendados y sus deseos de perpetuar la exclusión de los indios del mundo de la ciudadanía. En esa línea, la constante actitud hostil de los hacendados contra las escuelas, llevó a los Proaño a convertir una de ellas en un chiquero. En contraste, actualmente, las casa-haciendas de Chinche y de Uchumarca, después de la expropiación por los comuneros, son escuelas, y la segunda se denomina 34163 Manuel Scorza.

La heroica toma de tierras en Chinche, Pacoyán y Uchumarca es la culminación de los afanes de Garabombo; él es el arquitecto del descomunal sueño, del evento histórico que irrumpe y quiebra la línea de tiempo de la dominación. En la escena de su muerte, al igual que el Niño Remigio, Garabombo mantiene la dignidad, el fuego de la protesta y el desafío verbal hasta el final contra los hacendados. En los terrenos de la historia, la toma de tierras ocurrió en noviembre de 1961 y el sangriento desalojo, liderado por el coronel Luis Marroquín Cueto, en marzo de 1962.

La novela también explora la lógica de los deseos sexuales y sociales de los privilegiados, organizados por el racismo institucionalizado: «porque empujados por el deseo de mejorar, hacendados y comerciantes enriquecidos buscan mujeres de piel clara, pero en el fondo no pierden la nostalgia de la carne morena. Nada los enferma más que esa hermosura color trigo que les habla con el deseo de sus ancestros». Así quedan el matrimonio y el deseo sexual disjuntos; la búsqueda de la decencia y la felicidad de la carne duermen separados irreversiblemente.

La geografía andina del departamento de Pasco aparece ante los ojos del lector con sus quebradas, pampas, valles, vientos infernales y frío seco que quema la piel. Los extranjeros tienen dificultad para respirar en los pueblos alumbrados solamente con lámparas Coleman. Aquí una certera descripción de la urbe más alta del mundo, Cerro de Pasco: «Es una ciudad sucia, mortecina, cribada de agujeros y después de la aparición de la mina de tajo abierto, un hoyo donde se acumulan la lluvia, el fracaso, el aburrimiento».

Hay una imaginación sobrecogedora en el narrador, un deseo de subvertir la realidad mediante la desmesura, lo extraordinario y lo maravilloso. El lector conocerá la historia de cómo los comuneros engañaron a las autoridades convirtiendo una escuela de paredes incontables y estructura laberíntica en el tejido de Penélope; o esa tremenda estampa de la peruanidad donde el Opa Leandro consiguió que el presidente de la República le regalase un trompo; o aquella maravillosa historia del hombre que relincha, El Ladrón de Caballos, un abigeo entrañable que muere entre fantasía y sangre, junto a Girasol, el caballo pretencioso.

La lectura de la novela conduce a la carcajada formidable y pocas páginas después a la tristeza esculpida por el abuso y la violencia. Los acontecimientos adquieren tintes variados, la ambigüedad en el desenlace radica en la derrota y la esperanza fusionadas, ya que la lucha continuará en el valle Chaupihuaranga, porque los comuneros no quieren ser viento, polvo, caca, sino hombres, en palabras de un personaje.

La expresividad lingüística del texto abarca múltiples registros y audacias estilísticas. «En el rostro del viejo se marcaron las barrancas, los desfiladeros clavados por el tiempo», «la marea de pies descalzos que sumergía las haciendas», «lamido por el crepúsculo», la Naturaleza como archivo de imágenes; «silencio puercoespín», los sustantivos de los animales, como adjetivos; «los fusilicos», castellano andino; «granero de sandeces, depósito de bellaquería», casticismos; «las autoridades cambiarán el día que vuelen los chanchos», frases convencionales de sabiduría popular; «¿Por qué no está detenida la justicia?», pregunta paradójica. Y en varias ocasiones irrumpe la belleza de la intensidad lírica: «La noche descendió en su cólera helada». Esa rica textura estético-verbal ilumina toda la novela y la diestra adjetivación alegra el corazón del lector, incluso en las escenas más dramáticas, como cuando se alude a las «bombas lloradoras».

Hoy, en Rancas, se conservan las formas tradicionales de la organización comunal, su empresa comunal ha sabido administrar muy bien el uso de sus terrenos (crianza de llamas, alpacas y vicuñas) y arrienda parte de ellos a la minería. Se han integrado a la dinámica económica moderna y en sus calles junto al cielo retumban muchas camionetas 4 x 4. Más abajo, en Yanahuanca, todavía persiste una economía asociada al pastoreo y a la agricultura, y se escucha el quechua del centro. Son territorios históricos y dinámicos, pero las novelas de Scorza los convirtieron también en espacios míticos, en pueblos imaginarios donde residen personajes fantásticos para el lector, por su voluntad de transformación y, sobre todo, por su fuego singular en la prolongada lucha de los invisibles contra el poder y sus moscas azules de la muerte.

Marcel Velázquez

Lima, setiembre de 2021

A Mañuco y a Ana María,

para que leyendo esta historia

comprendan que el mejor trabajo

es el trabajo que hacemos por los demás.

garabombo-3

Noticia

Este libro es también un capítulo de la Guerra Callada que opone, desde hace siglos, a la sociedad criolla del Perú y a los sobrevivientes de las grandes culturas precolombinas. Cientos de miles de hombres —muchísimos más que todos los muertos de nuestras ingloriosas guerras «oficiales»— han caído librando esta lucha desesperada. Los historiadores casi no consignan la atrocidad ni la grandeza de este desigual combate que, por enésima vez, ensangrentó las cordilleras de Pasco en 1962.

Dieciocho meses después de la masacre de Rancas, la comunidad de Yanahuanca, comandada por Fermín Espinoza, Garabombo, invadió y recuperó los casi inabarcables territorios de las haciendas Uchumarca, Chinche y Pacoyán. ¡Era el amanecer de la gran epopeya andina que concluiría con el feudalismo en el centro del Perú!

M. S.

garabombo-4

1. Del lugar y la hora en que los incrédulos chinchinos comprobaron que Garabombo era transparente

Entonces todos comprobaron que Garabombo era verdaderamente invisible. Antiguo, majestuoso, interminable, Garabombo avanzó hacia la guardia de asalto que bloqueaba la plaza de armas de Yanahuanca. Solo perros nerviosos habitaban la friolenta soledad. Veinte guardias, con los capotes levantados contra el cierzo, defendían la bajada al río Chaupihuaranga. El sol de las cinco fulgía sobre sus cascos. Sin amedrentarse, Garabombo enfiló hacia los centinelas. En la esquina la angustia devastó a los chinchinos. ¿Lo veían o no lo veían? Despreciando un fusil ametrallador montado sobre un trípode de combate, Garabombo progresó hacia el pelotón acumulado delante del puesto (porque los ineptos guardias civiles solo servían para darle agua a los caballos de las tropas especiales); atravesó la calle. ¿Lo veían o no lo veían? El mismo Melecio Cuéllar, su cuñado, se hundió las uñas en las palmas sudorosas. ¿Garabombo ingresaría y saldría indemne del puesto o los centinelas ignoraban su insolencia únicamente para justificar la descarga? Hasta Amalia Cuéllar, su mujer —que más que nadie carecía de motivos para desconfiar— se tapó la boca con su pañolón azul. «Está subiendo la vereda», describió, sin necesidad, Amador, el Sonriente. ¿Lo miraban o no lo miraban? ¿Garabombo pisaba la puerta del puesto o la de su muerte? Uno de los centinelas levantó la metralleta. La multitud gimió. Siempre escultórico, Garabombo se detuvo. Por la puerta emergió el abrigo verde, la cara pecosa del comandante Bodenaco. Garabombo se pegó contra la pared. Con intolerable lentitud, Guillermo, el Carnicero, extrajo una cajetilla y encendió un cigarrillo. El humo brilló contra el ocaso. Siempre arrimado contra la pared, ingresó. Los chinchinos esperaron el balazo ineluctable. En la plaza un oficial se cuadró delante del comandante Bodenaco.

«Está dando parte», susurró Víctor De la Rosa, exsargento de infantería. Le contestó un plural gemido. ¡Ahora Garabombo saludaba —con una insolentísima sonrisa— desde una de las ventanas del puesto! «Apresúrate, grandísimo cabrón», gruñó Corasma.

—No lo ven —sonrió Amador Cayetano, el presidente de la comunidad—. ¡Es invisible!

—Hace siete años que es invisible —susurró Melecio Cuéllar.

¡Nadie lo veía! Protegido por su carne transparente, antes del anochecer, Garabombo se apoderaría de los planes secretos de la Guardia de Asalto. Esa misma noche, la comunidad conocería las instrucciones de la 21.a Comandancia, los puntos donde se preparaba el ataque alevoso, los secretos de la «Operación Desalojo», los nombres de los confidentes que ensuciaban la tierra de Yanahuanca. Amador Cayetano inició la carcajada. ¿De qué le servía al infeliz ministro de Gobierno, Elías Aparicio, telegrafiar órdenes cifradas?

—Padre nuestro que estás en los cielos, haz que a Garabombo no lo miren —rezó Sulpicia.

—No seas tonta, Sulpicia —exclamó Melecio Cuellar—. ¡No lo ven! Garabombo puede comer y dormir a su gusto. Y si quiere orinará sobre los guardias. ¡Creerán que está lloviendo!

—Más bien pensarán que ha pasado un zorrino —gruñó Corasma.

—Está bajando la escalera —susurró Oswaldo Guzmán.

Se congelaron mientras reptaba el tiempo que Garabombo empleó para emerger, de nuevo, en la puerta. Por fin salió expuesto. En la orilla de la plaza se detuvo, miró a los chinchinos y soberbiamente se sopesó los testículos. Era valentísimo pero jactancioso. El muriente sol pulió su rostro huesudo, los gruesos labios, el bigote pobre, su pelo de escobillón.

El mismo Corasma no consiguió prohibirse un escalofrío de admiración destituido por la angustia. ¡Por la misma vereda avanzaba un pelotón que acababa de ser relevado en el puente ahora custodiado día y noche! Garabombo se fijó contra la pila. Los guardias cruzaron sin verlo; desdeñando un guardia retrasado, Garabombo caminó hacia donde boqueaba el sol.

¡Una alegría sin fronteras los invadió! ¡Garabombo era verdaderamente invisible! ¡Garabombo era transparente! ¡Ningún centinela percibiría sus movimientos de cristal! El rigurosísimo estado de sitio implantado en Cerro de Pasco era inútil. La represión fracasaría. En vano los destacamentos clausuraban los caminos; en vano el ejército había establecido un nuevo cuartel, cuyas visibles ametralladoras amedrentaban el desfiladero de Huariaca, a más de cuatro mil metros de altura. Hacía meses que nadie circulaba sin salvoconducto. ¡Nadie salvo los invisibles! Porque, ¿quién controlaría a un hombre transparente? Pero de pronto la multitud retrocedió. Despreciando el abrigo de la esquina, Garabombo enfiló hacia la subprefectura, cuartel general del coronel Marroquín, jefe de la «Operación Desalojo». ¿Qué pretendía Garabombo? ¿Ingresar al edificio de paredes celestes y puertas azules en uno de cuyos tres balcones el coronel Marroquín vigilaba el sol? Con pavor, con admiración, con escalofrío, lo miraron avanzar. Hasta el personero Corasma se unió al credo fervoroso. Eran primos y se odiaban; pero en ese momento Garabombo no era el detestado pariente ni el supuesto depredador del ganado de Murmunia, ni el jactancioso jinete que, aprovechando su invisibilidad, dormía con las mujeres casadas, sino el comunero gracias a cuyo inolvidable coraje, Chinche conocería los planes de combate de la Guardia de Asalto y respondería el fuego por el fuego. ¡Porque llegaba la hora!

garabombo-5

2. Donde se verá que en Chinche, como en todas partes, crece la mala hierba

Garabombo señaló con su mano huesuda las rocas del portón Huagropata. En la hipocresía de la madrugada, disimulados, distinguieron los capotes y los cascos fantasmales. Garabombo se volvió hacia un hombre pequeño y musculoso y por primera vez en su vida miró mustiarse la sonrisa de Amador Cayetano. La palidez le vació al mismo tiempo la cara, las manos, los dedos y hasta las uñas. La frontera entre el plomizo del poncho y el cobre de la piel se anuló. Garabombo levantó la mano. Se inmovilizaron. Buscando las rocas todavía nocturnas, asilándose en los puertos de niebla, Garabombo descendió. Cayetano lo siguió, más aterido por la sospecha que por la neblina. Bajaron casi doscientos metros: entonces miraron, neto, el destacamento que acechaba entre las rocas por donde rompiendo la luz avanzarían los pueblos congregados en Chinche.

—¿Qué te dije?

Cayetano no contestó.

—Esos guardias no vienen de Cerro. ¿Ves los capotes? Es tropa venida de Lima.

Con el viento casi no se le oía. Siguieron descendiendo y distinguieron las filas de guardias de asalto tiritando en la madrugada glacial. Garabombo comenzó a contar con los dedos, pero era difícil, muy difícil, arrancar los uniformes pardos de la lividez del alba.

—Cuarenta... cuarenta y uno...

Entonces un jirón de luz lamió la ametralladora y las cajas de municiones.

—Es una Hotchkiss.

Era exsargento de caballería. Se levantó enorme de cólera.

—¿Qué te dije?

Cayetano no respondió. Toda la noche, mientras velaban en el hielo del invierno adelantado, se había arrepentido mil veces de la decisión impuesta por Garabombo. Porque sin darle tiempo a notificar al personero Corasma, ni siquiera a consultar a Exaltación Travesaño, Garabombo había exigido la anulación de la orden de marcha. Un Garabombo más hosco que el peor noviembre que Cayetano recordaba había impuesto una inmediata cancelación.

—¿Estás borracho, Garabombo? ¿Estás mamado? ¿Cómo se te ocurre?

—El Abigeo nunca se equivoca —Garabombo señaló el cielo—. ¡Todavía hay tiempo!

—Sueño es sueño, Garabombo.

Garabombo se adelantó más que la noche.

—¿Tú te haces responsable, Cayetano?

—Pero los pueblos esperan...

—Si no cancelas la orden marcharán al cementerio. ¡Reúne a tu gente y anula!

Toda la noche había mensurado las temibles consecuencias de un error. ¿Qué error? Garabombo tenía razón. ¡La Guardia de Asalto los acechaba!

Siempre hundiéndose en los roquedales lunares ascendieron el Huagropata. Por fin temblaban las hilachas de un día miserable, pero suficiente para mostrar, a lo lejos, otro destacamento. Descendieron hacia la quebrada y a un kilómetro recuperaron sus caballos. En silencio ganaron la pálida enormidad de la pampa de Chinche. Patos salvajes precedieron graznando el galope de sus caballos menudos pero resistentes, acostumbrados a la carrera a más de cuatro mil metros de altura. Galoparon tres horas. El sol saqueaba la inmensidad; las cumbres distantes, la soberbia aguja nevada del Jirishanka, fulguraba. Eran casi las ocho cuando divisaron la imponente escuela que devoraba el miserable caserío de Chupán. Era un edificio de dos pisos, de dos alas, de diez ventanas, de inacabables paredes blancas que proponían un espejismo, porque, ¿quién podía esperar allí semejante monumento? En la puerta de la escuela hombres disimulados bajo ponchos, sombreros y bufandas casi idénticos descubrieron el galope y se adelantaron, excitados. Pero Garabombo y Cayetano solo saltaron de los caballos maltrechos en la puerta; abandonaron las riendas a Eleuterio De la Rosa y a Melecio Cuéllar. Los hombres se acumularon alrededor de la gravedad de un hombre pequeño, de piel nocturna y ojos mongólicos horneados por un fulgor rabioso: Gregorio Corasma, el personero de la comunidad.

—¿Qué mudanzas son estas, Garabombo?

Se detestaban con una animadversión postergada pero no olvidada ante la suprema causa comunal. Palabras solo cambiaban por motivos comunales.

Avanzó casi hasta tocar el sombrero grasoso y luego se volvió a Cayetano.

—¿Qué cambios son esos, señor presidente? ¿Con quién consultaron para anular la orden? ¿Ustedes creen que la masa es juguete? ¿Por qué cambiaron la fecha de la recuperación? Los pueblos ya partían cuando ustedes cancelaron todo. ¿Quién los autorizó? ¿Somos muñecos?

Por el cielo cruzaron dominicos, luego patos salvajes. Odioso, felino, Garabombo gritó:

—¡Entre nosotros hay un traidor!

Corasma retrocedió. Los delegados casi no se movieron. Cayetano siguió masticando su risita. Era su defecto, sonreía sin cesar. Los comuneros sabían que Amador Cayetano no desarmaba la sonrisa ni en los velorios, pero las autoridades muchas veces lo consideraban un desacato. En la sonrisa aleteaba ahora algo siniestro.

El corpachón de Garabombo clausuró la salida.

—Anteayer recibimos un aviso de que alguien nos traicionaba. Nuestro deber es maliciar y maliciamos. El presidente de la comunidad, aquí presente, y yo, acordamos anular la orden. ¡Hemos vigilado toda la noche! ¡Toda la noche recorrimos los lugares designados! Hoy amanecimos en Huagropata y, ¿a quién encontramos? ¡Habla, Cayetano!

—La Guardia de Asalto nos esperaba.

—¿Cuántos?

—Cientos de armados.

El odio no le cabía.

—¡Era Guardia de Asalto! ¡Cientos de guardias de asalto listos a quemar y matar! Para llegar a Huagropata la tropa limeña necesita por lo menos tres días. ¿Cómo sabían que hoy la comunidad invadiría?

—Es cierto. Para llegar, por lo menos necesitan tres días —admitió Víctor De la Rosa. Vestía un pantalón de bayeta y una desteñida casaquilla de infantería que conservaba celestes galones.

—¿Qué tal si invadíamos? En este momento estaríamos velando a nuestras mujeres y a nuestros hijos. ¡Muertos por culpa de un hijo de puta que me está oyendo! Solo nosotros, solo los miembros de la Junta de Recuperación conocíamos el lugar y la hora de esta invasión. ¡El traidor está aquí!

Las manos menudas de Cayetano rebuscaron en su alforja. Sacó sobras de fiambre, papas hervidas, una botella de aguardiente, un paquete de velas, una vara de tocuyo y, por fin, un pequeño crucifijo de plata. Se arrodillo, abrió los brazos como el cura Chasán y besó el Cristo.

—¡En nombre de Dios!

Todos se persignaron.

—Este crucifijo es bendito. El padrecito Chasán lo bendijo. No se aprovechó de una bendición. El padrecito se queja de que los días de bendición los chinchinos meten cruces de contrabando y reciben gratis la bendición. Él aprovecha también y manosea las tetas de solteras y casadas. Pero por esta cruz se pagó aparte. Diez soles pagué. Este Cristo es milagroso. ¿Quién salvó al hijo de Travesaño? ¿Quién aclaró la calumnia contra doña Añada? Doña Pepita la acusó del robo de una tetera de plata. Ya la apresaban cuando yo paseé este crucifijo por la puerta de la casa y la tetera apareció.

Besó el cuerpo martirizado.

—¿Quién se atreverá a perjurar delante de este Cristo? ¿Quién se arriesgará a no encontrar sus huesos el día del Juicio Final? Cuando el Arcángel Gabriel toque la trompeta, los perjuros no encontrarán sus calaveras. ¡Esta lucha no es para uno, es para todos! Nuestro pueblo pelea para que todos los hombres vivan libres en tierras libres. Pero alguien es débil. ¡Alguien ha hablado!

Besó de nuevo el crucifijo.

—Primero, amar a Dios sobre todas las cosas.

El personero Gregorio Corasma rebusca en su memoria. Ese Cristo era milagroso. Su tío Magno Corasma se despeñó; lo recogieron agonizante. Ya boqueaba cuando besó el crucifijo. ¡Santo remedio!

—Segundo, no jurar su santo nombre en vano.

Melecio Cuéllar se retorció los dedos. Hacía unos días se había emborrachado tan extremosamente que tuvieron que recogerlo de la plaza de Yanahuanca. ¿Y si en copas había hablado?

—Tercero, santificar las fiestas.

Máximo Bonilla sintió granizo en la espalda.

—Cuarto, honrar padre y madre.

Exaltación Travesaño suspiró. ¡Ni metido en un horno hablaría!

—Quinto, no matar.

Mónico Espinoza sintió tranquilo el martilleo de la voz.

—Sexto, no fornicar.

Andrés Roque se arrancó los pelos de la nariz.

—Sétimo, no robar.

Epifanio Quintana se pasó la mano por la mejilla.

—Octavo, no levantar falsos testimonios.

El aire se ensopaba. Entre los cencerros, lejos, aulló un perro. Cayetano concluyó el decálogo y se arrodilló delante del crucifijo:

¡Por la perdición de mi alma juro que no he comunicado la fecha ni a mi mujer!

Los hombres se acercaron, se arrodillaron y repitieron, temblando, el juramento. Garabombo también besó la cruz, pálido. Solo un hombre tripudo y pequeño, descalzo, se arrinconó, con la cabeza gacha.

—¿Tú no juras, Rufino?

Rufino Cruz no contestó.

—¿Usted no jura, don Rufino?

El hombre se arrodilló.

—¡Perdón, hermanitos!

Los dientes y las manos tiritaban en el mismo paludismo.

—¡Perdón para un desgraciado! La conciencia me duele. ¡No quiero condenarme! Yo he hablado. ¡Por orgullo, no por mala fe! El domingo pasado el caporal Manzanedo nos afrentó. Sin motivo nos sacó del camino a latigazos. Por rebajarlo yo le dije: «Manzanedo, pronto acabará tu tiranía. La próxima semana, los chinchinos comeremos en casa de sus patrones». Esto le dije y ese maldito sopló en la oreja de los Proaño. ¡Perdón, señoritos!

—¿Con quién más te franqueaste?

—Solo con ese traicionero. ¡Por un minuto me he ensuciado!

Lágrimas lentas surcaban la cara prieta.

—¿No sabías que él repetiría? ¿No sabías que Manzanedo es un hijo de puta?

—Por tu culpa la policía ha podido masacrarnos. ¿Tú pagarías esas vidas? ¿Tú criarías a los huérfanos? —gritó Corasma, brutal.

—¡Yo también tengo hijos! Perdónenme. He servido a la comunidad. Di la verdad, Cayetano. He servido bien. Durante años he padecido, he gestionado abandonando mis trabajos. Tres veces he estado en la cárcel. ¡He servido...!

—Los traidores nunca sirven.

—Desapareceré, viajaré, partiré...

—Es débil de ánimo.

—La hierba mala vuelve a crecer.

—¿Quién está seguro de que no volverá a traicionar?

—Este hombre ha puesto en peligro años de esfuerzo.

—¿Cuántos muertos se enfriarían ahora por su culpa? Estamos en peligro.

—Es cierto, ¿qué seguridad tenemos de que este hombre no volverá a hablar?

—¿Quién garantiza?

Hablaban como nombrando a un ausente. Garabombo se levantó. En su mano tiritaba un cuchillo.

garabombo-6

3. De lo que a Garabombo le sucedió a la salida de la prisión

El boticario Lovatón miró las aguas arcillosas del río Chaupihuaranga, se arrebujó en su bufanda de lana de alpaca y cruzó el puente de Yanahuanca. La neblina gateaba todavía sobre los techos, encapuchaba Yanacocha y Chipipata. En la subida del jirón Huallaga se cruzó con tres arrieros que saludaron sacándose el sombrero y a la altura de la pila, frente al cafetín El Chinito, distinguió al hombre. Se detuvo asombrado.

—¿Eres tú, Garabombo?

El forastero no se movió.

—¿No me conoces, Garabombo? Soy Juancho Lovatón. ¡Acuérdate, hijo! ¡Acércate!

El hombre sin poncho tiritaba.

—Buenos días, señor Lovatón.

Trataba de sonreír.

—¿Cuándo llegaste, hijo?

—Estoy llegando, don Juan.

Estaba tan flaco que parecía que alguien le hubiera sacado la carne dejando solo el pellejo, los ojos, los ademanes.

—Ya sabía que habías salido de la cárcel. Cayetano me avisó que te habían soltado. Pero eso fue hace meses, ¿por qué no has venido?

—He estado enfermo, don Juan. He estado tres meses en el hospital —se rio—. ¡Casi estiro la pata!

Lovatón contempló el pueblo todavía soñoliento.

—¿Ya desayunaste?

—Anoche comí.

—Vente a mi casa.

Garabombo vacilaba.

—¿Sabes que soy el nuevo presidente de la comunidad?

—Eso he oído, don Juan.

—Apúrate, hijo. Cuanto menos nos vean, mejor.

La neblina escarbaba en las calles fangosas. Subieron por la callejuela, bordearon la plaza desierta y entraron en una tienda de portones verdes, Farmacia La Salud.

—Pasa, hijo, pasa.

El boticario entreabrió la puerta, lo introdujo en la trastienda, luego se metió al patio donde cacareaban gallinas intranquilas. Garabombo miró las paredes empapeladas con viejos periódicos; en el rincón descubrió el estandarte de la comunidad de San Pedro de Yanahuanca. El boticario Lovatón volvió con dos platos de caldo humeante. A Garabombo se le aguó la boca.

—Sírvete, hijo.

El viejo acercó una silla de paja y se sentó delante del otro caldo. Sopló y sorbió ruidosamente.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos