Cuando la vida nos duele

Jaume Funes

Fragmento

Prólogo. El oficio de vivir y sus dificultades

Prólogo

El oficio de vivir y sus dificultades

RECUPERAR ALGUNOS BESOS PERDIDOS

Empiezo a escribir este libro a finales de 2021, cuando la pandemia de la COVID 19 ya nos permite llevar una vida casi igual a la de antes, a pesar de que nuestra existencia se haya visto afectada de diferentes maneras. Escribo, pues, en una época pospandémica, interrogado por unos y otros (como supuesto experto del mundo juvenil), sobre los efectos sobre la salud mental derivados de lo que hemos vivido y sobre sus previsibles consecuencias futuras.

También lo hago preocupado por la tendencia humana a pensar que todo lo que ahora nos pasa deriva de esa fuerte sacudida que han recibido nuestras vidas (cada época tiene las suyas), olvidando que la mayoría de las crisis que hemos sufrido ya existían. Lo que han hecho estos años de pandemia es ponérnoslas de nuevo delante de los ojos, agravarlas en algunos casos, apremiarnos a buscar respuestas. Eso es lo que ocurre ahora con la salud mental, a menudo aparcada por una sociedad centrada en el éxito (como si vivir entre felicidades e infelicidades no fuera de por sí complejo y frustrante), carente de respuestas coherentes y de recursos humanizados.

Escribo el primer renglón de este texto después de haber participado en un diálogo en el que mi intervención tenía como título «Recuperar algunos de los besos perdidos». Hablaba sobre las recuperaciones necesarias, pues por lo que parece uno de los aspectos que más ha trastocado la pandemia es la salud mental. Tú que ahora me lees, deberás admitir que, como yo que escribo, echas de menos alguna calma o no has recobrado del todo la serenidad. A ti y a mí se nos ha removido diversos malestares y pensamos en cómo reconstruir bienestares. Quizá alguna de las personas lectoras sienta que ha enfermado, que no puede superar lo que pasa sola, sin alguna «cura». A veces, para quien lo sufre, parece que el dolor vital no tiene solución.

¿Para qué nos servían antes los besos? ¿Por qué aumenta la angustia cuando la vida no va bien? ¿Cómo se pierde la salud mental? ¿Cómo puede recuperarse? ¿Hay realmente más personas que antes afectadas por los trastornos mentales o están saliendo a la luz viejos y nuevos malestares? Encerrados, hemos descubierto que tenemos un mundo interior, pero ahora ¿qué hacemos con él? ¿Nos estamos volviendo locos o hemos tomado forzosamente conciencia de que debemos ocuparnos de nuestra salud mental? El libro que tienes en las manos te invita a que encontremos juntos algunas respuestas a estos y a otros muchos interrogantes.

VIDAS CONDICIONADAS

A pesar de haberla olvidado, la pandemia supuso una experiencia humana, personal y social, intensa. Podría haberse quedado en un acontecimiento histórico significativo, una especie de pesadilla que se desea olvidar. Pero si ahora escribo acerca de la salud mental es porque, por muchos motivos, alteró nuestros mundos y, sobre todo, destapó unas realidades vitales que de saludables tenían bien poco. No queríamos reconocer que el malestar formaba parte de nuestra existencia y la crisis intensa que vivimos nos puso la realidad delante de los ojos.

Pero no, este libro no trata de la pandemia ni de la realidad mental instaurada en la pospandemia. No obstante, me referiré a ellas continuamente porque conviene hacer un pequeño repaso de lo que ocurrió. Las experiencias que vivimos durante aquellos meses formaron un conjunto de reactivos que han sacado a flote malestares, han hecho estallar crisis, desatado reacciones, agravado dificultades vitales y agotado nuestro depósito de bienestar emocional. Nada más lejos de mi intención que hacer un resumen alarmante o un mapa de las patologías de la COVID 19. Quiero, en cambio, hablar de las variables que, al ser alteradas, cambiaron la construcción de nuestra salud mental. Repasemos algunas.

Nos encerraron. Esto supuso, entre otras cosas, que nuestra vida quedara relegada a un solo espacio, a un contexto —cuando habitualmente nuestras existencias son la suma de varias vidas que desarrollan actividades (trabajar, relacionarse, disfrutar, divertirse, formarse, etc.) en entornos diferentes— regulado solo en parte por la lógica del hogar. El hogar se convirtió en una «institución total».

A todo el mundo le pasó lo que suele pasarle, por ejemplo, a un adolescente encerrado en un centro: su vida depende exclusivamente de una institución y de sus reglas. Al no tener la posibilidad de diversificar y de compensar, a los problemas que ya tiene se suman los que causa la vida institucionalizada. Recordemos que durante las primeras semanas de confinamiento los adolescentes (si tenían habitación propia y un wifi potente) no se quejaban. La explicación más plausible es que podían vivir otras vidas en su dimensión virtual, digital. Podían huir de la vida doméstica.

La vida en relación se acotó. Los que ya tenían poca vida social lo agradecieron (después fue más difícil convencerlos de que volvieran a incorporar en sus vidas la relación con los demás). La mayoría sintió que necesitaba buena parte de las relaciones que ahora le faltaban y sin las cuales no acababa de sentirse bien. A pesar del relato egoísta dominante, consciente o inconscientemente casi todos comprobaron que para sentirse bien necesitaban a los otros, estar con otras personas. Además, como gran parte de las relaciones eran impuestas (los miembros de la familia no se eligen, el grupo burbuja no se forma por amistad, etc.), tuvimos que aprender a gestionar y a soportar el trato difícil (debíamos mantener la calma y procurar entendernos, incluso conviviendo con quien no queríamos; teníamos que vivir sin poder hacer paréntesis en la relación). Descubrimos que bienestar y malestar dependen de los climas afectivos que se crean allí donde has de vivir.

Pero lo que quizá se vio alterado de manera más universal fue nuestra relación, la anterior y la posterior, con la enfermedad y la salud. De repente nos amenazaba algo desconocido que podía acabar con nuestra vida. Ya no teníamos al alcance de la mano ninguna de las explicaciones (siempre muy precarias, porque la educación para la salud no es ni era un tema acuciante) con las cuales nos las arreglábamos hasta entonces. Vivíamos sumidos en la información sin poder consolidar nuestra propia explicación. En algún momento todo el mundo reflexionó sobre qué era la salud y qué significaba sentirse bien.

Por si fuera poco, durante aquellos meses las explicaciones más esotéricas acabaron por invadir una parte significativa de la comprensión de la salud de muchas personas. En el lado opuesto, la avalancha de evidencias científicas, reales o presuntas, acabaron creando lecturas que reducían la vida a variables que olvidan la complejidad. Nos encontramos, de golpe, tratando de construir las explicaciones de la vida a las que a las que, ocupados como estábamos en otros asuntos más urgentes, siempre poníamos sordina para no agobiarnos todavía más.

Sería un espiritualista sin remedio si no dejara claras las grandes alteraciones (las que perduran y perdurarán) que afectaron al trabajo y a la economía familiar. Las más suaves tuvieron que ver con la diferencia entre el trabajo presencial y a distancia. Estos cambios han modificado nuestra manera de relacionarnos con el trabajo, nuestras competencias, el sentido que tenía ir a trabajar, etc. Para empezar, hemos tenido que reubicarnos como persona que trabaja (a la que le gusta trabajar o no, que trabaja para vivir o vive para trabajar, etc.).

Tampoco podemos olvidar lo que para muchas personas significó perder el trabajo (no saber a qué dedicar el tiempo o carecer de recursos para vivir) o, para muchos jóvenes, constatar que el mundo laboral y el futuro son más negros de lo que parecía. Como ocurre en todas las crisis económicas, teníamos que volver a pensar cómo se puede sobrevivir equilibradamente sin trabajo. Por poner un ejemplo, leí que un colega de la atención a la salud mental decía: «Lo que nos gustaría es recetar trabajo».

Quizá el gran cambio (el gran descubrimiento) fue que todos tratábamos de que nos escucharan. De una manera u otra, todo el mundo sintió la necesidad de apoyarse en alguien, de saber con quién podía contar. A menudo comprobamos que los recursos de atención a las personas ya no existían porque los habían suprimido o porque no estaban pensados para escuchar.

LA FELICIDAD PERDIDA Y LA FRAGILIDAD DE LA VIDA

Seguro que estamos de acuerdo en que, en clave emocional y afectiva, de una manera u otra, hemos vivido más intensamente que antes tres grandes tipos de vivencias (o por lo menos nos hemos visto obligados a descubrirlas). En primer lugar, estamos desconcertados con mucha frecuencia. La pandemia nos inoculó muchas dudas, de las que cito como muestra una: no saber en qué consiste la felicidad. Parecía que, si no podíamos vivir la vida de antes, no podíamos ser felices. De hecho, el gran descubrimiento colectivo de los últimos meses ha sido que la felicidad tiene nombre de cerveza.

Como repetiré en más de una ocasión, nuestra salud mental requiere unas dosis mínimas de felicidad, pero al no poder tener las de antes hemos entrado en crisis y nos hemos visto obligados a preguntarnos qué nos hace felices (o al menos qué creíamos que nos hacía felices). De ahí que pensáramos en algunas de las experiencias humanas más significativas, en su presencia y en su ausencia.

La pandemia ha hecho que nos acordemos de los niños que viven en un piso de cincuenta metros cuadrados con otras diez personas y que pocas noches tendrán a una madre dispuesta a leerles un cuento. También nos ha hecho descubrir la decepción del chaval de quince años que no puede darle un beso a la chica de la que se acaba de enamorar. Hemos tenido que buscar felicidades químicas en el alcohol y en los psicofármacos. Hemos tratado de compensar la falta de satisfacciones con felicidades de mercado.

Otro grupo de vivencias está relacionado con la fragilidad. Hemos descubierto que somos seres frágiles y que, además, no podemos hacer planes, que estamos sumidos en una gran incertidumbre, dentro de la complejidad. Las personas que habían hecho de la seguridad vital la base de su equilibrio sentían que su vida entera se ponía en discusión. Con diferente intensidad, hemos vivido la amenaza de la enfermedad y de la muerte como una realidad que éramos proclives a olvidar. No todos poseen las herramientas para gestionarla y acumulan angustias que los desequilibran. «La incertidumbre me mata», me decía hace poco una chica que sufría porque no podía planificar su juventud (el futuro a largo plazo ni lo mencionaba).

Resultado de todo ello han sido emociones y sentimientos difíciles de manejar. Quizá el miedo haya acabado por ocupar más espacio del que sería saludable, o ha acabado multiplicándose en miedos diferentes y difusos. Recuerdo que un joven que trataba por aquel entonces no podía salir de casa sin dos mascarillas y dos pares de guantes. El mundo exterior era para él, fundamentalmente, una fuente de contagio, no un espacio para relacionarse. Todavía hay padres y madres que aterrorizan a sus hijos hablándoles de la escuela como un lugar de enfermedades.

La gestión colectiva de la pandemia también nos ha dejado un conjunto de extrañas vivencias que van de percibir al otro como enemigo (no solo como extraño y diferente, sino también como fuente de enfermedades) a angustiarnos por la soledad. Muchos jóvenes expresan su preocupación por «no encontrar el amor» o «quedarme solo».

Asimismo, aparecía la preocupación por fracasar en la vida. Muchas personas expresan un miedo agudo al fracaso, el temor de haber perdido la ocasión de tener éxito en la vida. ¿Cómo puede recuperarse el entusiasmo cuando la vida está dominada por la impotencia? Algunas personas encuentran entornos que las ayudan a gestionar este magma de emociones y otras lo han de gestionar solas. Los costes en la salud mental serán diferentes.

Una consecuencia de estas vivencias ha sido el aumento de las demandas de seguridad. Hemos exigido imágenes claras de lo que nos ocurría y respuestas simples y eficientes. Pedimos con más insistencia que antes una fotografía de la realidad en dos colores, una causa concreta del por qué ocurren las cosas, un remedio (un fármaco social o químico) adecuado y capaz de resolver el problema. A menudo sufrimos delirios colectivos que contienen demandas de soluciones mágicas y que podemos considerar mucho más graves que las desconexiones de la realidad que sufre una persona cuando padece un brote psicótico.

Por último, parte de lo que hemos vivido y seguimos viviendo tiene que ver con pérdidas y rupturas. A las vivencias de fragilidad se ha sumado la pérdida de personas queridas, en una proporción mayor y con una intensidad aumentada de los sentimientos. Pero, como acabo de resumir, también ha habido pérdidas materiales que han generado un descenso del entusiasmo. Pérdidas de los entornos estables que evitaban sufrimientos. Quizá, entre inseguridades y pérdidas, hemos tenido que descubrir formas de convivir con un nivel habitual, aceptable, de caos.

CUANDO EL ANDAMIO DEL EQUILIBRIO SE CAE

Como consecuencia de este estado de cosas, como resultado de la nueva crisis, o como nuevo descubrimiento de una vieja realidad, lo cierto es que a todos nos preocupa un poco más que antes la salud mental: la propia, la de nuestros hijos y, a los que nos dedicamos profesionalmente a ella, la de las personas en general. Nos gustaría aclararnos cuando, emocionalmente desconcertados, no conseguimos expresar lo que nos pasa o lo que les pasa a los que nos rodean.

No me atrevo a compartir la máxima de algunos colegas según los cuales «después de la pandemia de la COVID llegará la pandemia de la salud mental». Pero las varias clases de padecimiento que hemos experimentado y el derrumbe del frágil andamio que sostenía el equilibrio precario de nuestra vida nos empujan a reflexionar y a compartir criterios para recuperar equilibrios y para tratar de ayudar a los más jóvenes a construir activamente su bienestar.

No es difícil encontrar estadísticas que, en apariencia, demuestran el aumento de las patologías relacionadas con la salud mental: se han multiplicado las depresiones, los trastornos de ansiedad, los trastornos de la alimentación, los suicidios… También tenemos estadísticas sobre un aumento exponencial de la demanda de tratamientos. No te costará encontrar las que describen el aumento del consumo de psicofármacos.

A pesar de que hablaré de todo ello a lo largo de las páginas de este libro, no seguiré esta argumentación. En parte porque lo que definimos como enfermedades mentales, con nombre propio, no dejan de ser compartimientos en los que clasificamos los malestares. Debemos reflexionar acerca de si nos resulta útil definir como depresión una tristeza permanente que devora nuestra vida cotidiana. Propongo que pensemos que, en una sociedad del malestar como es la nuestra, lo que quizá está pasando es que el número de incomodidades ha aumentado, pero los recursos personales y colectivos para hacerles frente no son ni suficientes ni adecuados. Podríamos decir que los malestares vitales se han vuelto incomprensibles y no sabemos cómo gestionarlos.

También propongo acordar que una buena parte de la lista de trastornos es una lista de expresiones. Son las colectivas o individuales que tenemos para decir que padecemos o que no soportamos el mundo en que nos toca vivir, o de descargar rabias, confusiones y padecimientos. Muchas chicas padecen un verdadero trastorno de la alimentación que vale la pena considerar como trastorno en sí mismo, pero también hay muchas otras que simplemente descargan en su cuerpo el malestar de la adolescencia. Lo utilizan como la única herramienta de la que disponen para expresar la disconformidad y protestar contra la vida que en ese momento han de vivir. A muchos jóvenes les ponen la etiqueta del trastorno social debido a su conducta conflictiva cuando en realidad estos chicos no hacen más que descargar la rabia acumulada en una infancia de abandono o, en otros casos, expresar su desacuerdo con un presente y un futuro que se perfilan muy negros.

Pensar en la salud mental tiene, además, una dificultad añadida: el caos permanente de las explicaciones. La psicología, la psiquiatría y la intervención terapéutica son el territorio de toda clase de tribus, y cada una de ellas cree ser poseedora de la verdad.

Cuando, como seres humanos que padecen, buscamos explicaciones plausibles y útiles a nuestros malestares, encontramos múltiples argumentos que no explican nada, exigen una especie de fe o reducen las dificultades a una variable. Además, en tiempos de crisis proliferan las respuestas mágicas, la venta de remedios sin rigor. La lista de «terapias» que se nos ofrecen es larga y no vale la pena que ponga ejemplos. Cualquiera sabe que cerca de su casa hay un centro que ofrece prácticamente de todo.

El panorama de la incoherencia se completa cuando la respuesta llega revestida de «evidencia científica», que la mayoría de las veces reduce a algunas variables matemáticamente correlacionadas la complejidad de vivir y de sufrir. Cuando toquemos el tema, propondré que hablemos de evidencia humana escuchada y recogida con rigor y coherencia.

EL RELATO DE UN OBSERVADOR QUE PARTICIPA CON CURIOSIDAD IMPLICADA

También quisiera aclarar en estas primeras páginas cuáles son mis pretensiones y mis rémoras a la hora de escribir acerca de este tema y de tratar de ser útil al lector con el que conviviré en este libro. Soy un profesional de la psicología y de la educación que ha pasado muchos años al lado de las personas, sobre todo de los adolescentes, tratando de ser útil en sus vidas. Como observador participante en muchas vidas cambiantes en un mundo que cambia, he adoptado una actitud curiosa e implicada (descubrir lo que era importante en cada momento e identificar las formas adaptadas de ayuda). En el territorio de la salud mental, mi desconcierto ha sido permanente y nunca he tratado de amoldar la realidad a una teoría explicativa universal. Siempre estaba dispuesto a buscar nuevas respuestas para nuevas realidades. Para que podáis orientaros, haré un pequeño repaso.

Cuando estudiaba psicología, en los años setenta del siglo pasado, uno de mis trabajos abordó el tema de la antipsiquiatría. Era la época en que la batalla principal era dignificar la atención demostrando que las personas «enfermas» no debían encerrarse y que parte del origen del problema y de su solución residía en la comunidad. Cincuenta años más tarde, acabo de leer un estudio riguroso sobre cómo una depresión grave ha sido modificada mediante la estimulación eléctrica de una minúscula área cerebral.

Entre una cosa y otra, viví la época en que el Valium dominaba el gran mercado de la angustia y los tiempos de la «generación Prozac», conformada por hombres y mujeres que buscaban la felicidad en el entonces nuevo antidepresivo. Más recientemente hemos visto que la gestión del dolor ha quedado atrapada entre los sucesivos nuevos opioides (hay mucha información sobre la epidemia de los derivados del opio en Estados Unidos). También podemos recordar juntos cómo cíclicamente el uso de estos analgésicos o de drogas ilegales parecidas sirve para calmar los dolores de vivir. He tenido que situarme permanentemente entre la palabra que acompaña y la sustancia que alivia el sufrimiento.

Pero volvamos al presente y descubramos nuevas peticiones de ayuda. Hace poco recibí el correo de una chica, estudiante de bachillerato, que me pedía consejo para su trabajo de investigación. Decía lo siguiente:

Buenas tardes, Jaume:

Me llamo María y soy de... En casa tengo libros escritos por ti, que mis padres compraron para tratar de ser los mejores padres del mundo. Estoy sacando las conclusiones para el trabajo de investigación de bachillerato, que trata de la medicalización de la vida. Cada vez tengo más compañeros que necesitan alguna clase de fármaco para enfrentarse al estrés académico, a la falta de sueño… y no sabemos gestionar las adversidades. Pongo como ejemplo la pandemia, durante la cual los jóvenes no fuimos considerados personas necesitadas de atención y apoyo, hecho que ha comportado un incremento de la necesidad de ayuda farmacológica para poder enfrentarse a los miedos y las angustias. [...] Me pregunto si, en lugar de tildarnos de ser los jóvenes del botellón, como tú decías en un artículo, no podrían protegernos. Si saben qué instrumentos necesitamos para hacer frente a un futuro incierto ¿por qué no nos los dan? ¿Tiene alguna responsabilidad el sistema educativo? Y, por último, ¿crees que la protección de nuestros padres nos ha impedido crecer de una manera sana? ¿Podrías darme tu opinión?

Muchas gracias.

A lo largo de mi trayectoria profesional, cuando algún joven destruía otras vidas, las preguntas que me hacían para explicar su comportamiento siempre eran en clave de locura. «Para matar así hay que estar loco» me decían. Y yo explicaba que no, pero que sí eran necesarias otras locuras sociales y éticas para matar por diversión, para liquidar a quienes sobran o son diferentes. Explicaba que las ideologías pueden volver loco, hacer creer que el otro no es persona o no merece vivir, que el mundo está loco en la medida que nos dominan maneras de entender la vida que comportan la destrucción. Más allá de los manuales de psiquiatría, tenía que recordarles que no se puede pensar ni sentir la bondad de la propia vida si se niega a los demás el derecho a vivir la suya.

De vez en cuando, he vivido de cerca el suicidio de algunos jóvenes y he tenido que ayudar a los que, de una forma u otra, habían estado a su lado. Más que preguntarnos si habríamos podido evitarlo, tratábamos de identificar los mecanismos que habían conducido a estos chicos a pensar que la muerte era una solución. En un encuentro sobre la salud mental, una profesora de música contaba que un alumno adolescente le había hecho la siguiente pregunta: «¿Para qué sirve la vida?». Acabo de volver a ver la obra teatral sobre el tema del suicidio No m’oblideu mai y he escuchado de nuevo lo que uno de sus personajes afirma al final: «Hoy he decidido vivir». No siempre he sabido encontrar argumentos emocionales y racionales para justificar la vida.

La lista de vivencias, experiencias y contradicciones de mi vida profesional sería muy larga. He querido dar una idea para que el lector conozca lo que me condiciona a la hora de escribir, y que no parto de ninguna teoría de referencia ni de ningún sistema conceptual explicativo, sino de la necesidad de observar, de escuchar, de acoger y de acompañar a los demás para tratar de entender su sufrimiento. He aceptado escribir este libro para sistematizar mis dudas sobre el papel, ordenar las explicaciones y las respuestas que debemos darnos juntos, aceptando que estoy condicionado por la experiencia pasada. Pretendo aclararme y ayudar a poner nombre a lo que las personas sentimos y pensamos pero no logramos expresar.

En estas páginas no encontraréis citas ni referencias a autores y documentos. Eso no significa que las ideas que expreso sean mías. Todo lo que somos (también las ideas) nace de la relación. Solo he puesto mi orden y mi coherencia a las lecturas, a las reflexiones y a lo que he compartido y aprendido de otras personas.

También pido disculpas por dirigirme a diferentes clases de lectores. Algunas veces cuento mi vida para poder aclararme yo mismo. Otras veces escribo pensando en algún lector que sufre mientras me lee. También escribo pensando en los colegas de profesión y mis argumentos tienen como objetivo conseguir que cambien sus formas de atención y adquieran la capacidad de acoger a las personas que sufren y necesitan que las escuchen. Espero lograr que este texto suscite el interés de una comunidad lectora diversificada y perpleja que trata de adoptar una visión compartida sobre muchos aspectos de la salud mental.

EL CONTENIDO DEL LIBRO

Las páginas que siguen ofrecen un contenido dividido en cinco grandes apartados que, a pesar de no seguir una secuencia, en el sentido de que el relato viene y va, siempre regresa a los temas que nos interesan para tratar de profundizarlos desde diferentes perspectivas. En la primera parte, menciono todas las cuestiones y giro alrededor del enredo de los malestares y los trastornos para tratar de situarlos entre los malestares del mundo y las enfermedades. Se trata de dilucidar qué significa estar enfermo, ser un enfermo y vivir en un mundo enfermo. En la segunda, ensayo una explicación global, integradora y coherente de lo que representa enloquecer. Se trata de una propuesta que intenta dar un contenido a lo que somos, a lo que nos pasa y a lo que vivimos.

La salud mental, al igual que la vida, está en desarrollo constante; por eso dedico la tercera parte a explicar cómo construimos vidas mentalmente saludables, o las destruimos, a lo largo de los diferentes ciclos vitales, de la infancia, época en la que impera la necesidad de seguridad, a la adolescencia, el periodo de los riesgos necesarios. Es un capítulo sobre la salud mental en evolución. También trato de sugerir cómo educar, cómo ayudar a adquirir conciencia de la propia salud mental y cómo entender la de los demás con el fin de no construir los estigmas.

Los dos últimos apartados están dedicados a pensar en cómo cuidar de la salud mental y en cómo ayudar a recuperarla a quienes la pierden. Hablaremos de la fuente del placer, de las emociones y los sentimientos, de los residuos tóxicos de la existencia, de las estrategias y habilidades para gestionar las dificultades, de la compensación de los sufrimientos, etc.

A continuación trataré de resumir las ayudas que necesitamos cuando los malestares y los trastornos se presentan. Como decía una persona adecuadamente atendida en un servicio de salud mental: «Construimos juntos una explicación de lo que me está pasando». Por último, no olvidaré el importante tema de las drogas que ayudan a vivir y de los «medicamentos» que sirven de compensación. Acabaremos comentando las dificultades para conseguir atención y los servicios de salud mental.

Como he mencionado, empecé a escribir este libro, que llegará a la editorial en mayo de 2022, a finales de 2021. Así que iré haciendo mi vida mientras el libro sigue su proceso. No volveré atrás para cambiar nada, a pesar de los múltiples acontecimientos que la vida irá incorporando. Espero ofrecer un relato dinámico al que la incertidumbre de la existencia haga evolucionar hasta la última página.

Espero que al acabar la lectura compartáis conmigo una visión humanizada, compleja y global del bienestar, de los malestares, de las diversas variables que alteran la salud mental y de las diversas maneras de estar al lado de las personas cuando algún aspecto de su existencia se desencaja.

Quizá todo sea cuestión de aprender el oficio de vivir gestionando las dificultades y los atractivos de estar vivos.

I. De los malestares a los trastornos

I

De los malestares a los trastornos

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