La importancia de tu nombre

Clara Peñalver

Fragmento

Le crujía la mandíbula al masticar. Un sonido sordo, un apenas audible clac-clac-clac en el lado derecho del maxilar, que él jamás habría usado como recurso para acercarse a alguien de no ser por la refrescante espontaneidad de aquella chica.

“¿Lo oyes?“, le había preguntado ella de camino a su apartamento. “Es mi rodilla, suena como si estuviera oxidada. Me rompí el menisco hace unos años, y después de varias operaciones se quedó así, como si las piezas no terminaran de encajar“.

Él, agachado a escasos centímetros de la desnudez de su pierna, apenas había logrado escuchar algo. Aunque sí que imaginó un discreto ñic-ñic-ñic, como si asistiera a un concierto de goznes mal engrasados. “Eso no es nada“, apuntó tras reincorporarse. Acto seguido se metió una mano en el bolsillo, sacó un chicle de menta, se lo echó a la boca y empezó a triturarlo con los molares. La menta provocó una explosión en sus glándulas salivales y un intenso frescor ascendió a través de su laringe hasta sus fosas nasales. “Dame la mano“, dijo, y cuando sostuvo aquella irresistible suavidad de dedos finos y delicados, apoyó la palma en su mentón sin poder evitar estremecerse con el contacto.

“Ja, ja, ja, ja, ja, ja... ¡Te cruje la mandíbula!“, constató la joven, sorprendida.

Se miraron a los ojos un instante y ella pareció ruborizarse. Estaban el uno junto al otro, tan cerca tan cerca que el rico aroma a cítricos que desprendía la chica logró acallar el olor, casi el sabor, de la menta. Tan cerca tan cerca que creyó oír el suave aleteo de sus pestañas, el susurro de su aliento, el palpitar de su corazón. Tan cerca tan cerca que su mundo empezó a hacerse pequeño. Muy pequeño. Tan pequeño —ella, sólo ella, sus ojos, sus labios, su pelo, su cuello— y tan oscuro —ella, sólo ella, su lengua, sus senos, sus curvas, su sexo— que se vio obligado a apartarse, a alejarse de la tentación, a recordarse a sí mismo que el pozo de brea en el que descansaba la bestia debía permanecer en calma ante ella.

Que ella era diferente a las demás.

Primero. Un presente inesperado

PRIMERO

UN PRESENTE INESPERADO

Tiempo.

Se acabó el tiempo.

El primer día del fin de mi vida, tal y como la conocía hasta ese momento, me quedé dormida. Fueron Vlad y su estómago vacío quienes decidieron despertarme, caminando sobre mi pecho y maullando, cuando las agujas del reloj estaban a punto de alcanzar las ocho y diez de la mañana.

—¡No! ¡Joder! ¡Vamos a llegar tarde! —me lamenté—. ¡Tadea, despierta! ¡Llegamos tarde!

Salí de la cama y fui directa al baño, algo mareada por el sobresalto y tratando de esquivar la pomposa insistencia del gato —miau, miau miau—, empeñado en enroscarse en mis tobillos. Vacié la vejiga, abrí el grifo de la ducha y, mientras aguardaba a que el vaho de la mampara me indicara que el agua estaba lista para recibirme, exclamé de nuevo su nombre.

—¡Tadea! ¡No me obligues a sacarte de la cama!

Diez minutos después, descalza y con el pelo aún goteándome sobre los hombros, entré en el cuarto de la colada envuelta en la toalla.

—Las medias, las medias, las medias... ¡Aquí están las medias!

Ropa blanca, de colores claros, de colores intensos y negra. Cuatro montones que crecían sin parar desde hacía semanas, desde que Rita dejó de venir de la noche a la mañana. Anoté mentalmente que debía encontrar a alguien que se encargara de las tareas de la casa y revolví entre las prendas hasta encontrar un sujetador de color visón que no se transparentase con la camisa de seda blanca que pensaba ponerme, la única que quedaba con un aspecto decente en el armario.

—¡Tadea! —grité otra vez.

De camino hacia el dormitorio me detuve en su habitación, traspasé el umbral, cogí todo lo que encontré desperdigado por el suelo —una zapatilla de cordones con una gruesa suela de goma negra, un jersey verde atestado de pelotillas, un bolso que ya parecía viejo cuando lo compró— y se lo arrojé.

—Levanta de una vez, que llegamos tarde —le dije, sin ser aún consciente de que ya no hacía falta tanta prisa. Me iba a ser imposible llevarla a tiempo.

Tadea se limitó a soltar un gruñido bajo las sábanas mientras yo continuaba a la carrera. Bragas, sujetador, medias, camisa, falda de tubo, chaqueta. No, la chaqueta aún no. Tras un cepillado rápido, un golpe de secador y un poco de crema facial hidratante, me di el visto bueno ante el espejo y fui derecha hacia la cocina dando frenéticos pasitos por culpa de las estrecheces de la falda. De pronto, mi móvil sonó en algún sitio y yo sentí un fuerte pinchazo en el estómago y frené en seco.

Miré mi reloj de pulsera.

Quedaban treinta y tres minutos.

Sólo treinta y tres minutos.

¿Y si te estás equivocando?, preguntó mi inseguridad desde un punto indeterminado entre mi cerebro y la pelota de ansiedad que se había apoderado de mi pecho. Cálmate, Elena, me instó la psicóloga que llevo dentro, esa que a veces domina mi corteza cerebral y que confiere algo de autoridad a mi razón. Respiré hondo. Una, dos, tres veces. ¡Que te calmes! Tardé unos segundos más en borrar la desagradable sensación de mi cuerpo. Me dije: No tiene por qué ocurrir nada. Luego reemprendí la marcha. Al pasar a la altura de la habitación de Tadea comprobé que su cama ya estaba vacía. La encontré sentada en una banqueta, con el torso inclinado hacia delante y los codos apoyados sobre la isla central de la cocina. Llevaba el pelo alborotado e iba vestida con ropa que creía haber visto antes en el suelo. ¿Tenía restos de rímel?

Dije: Ni siquiera te has lavado la cara.

Dijo: ¿Y qué más da?

Ahí estaba —en la forma y el contenido de su respuesta, en el modo en que elevaba la barbilla, apretaba la mandíbula y taladraba con la mirada algún punto entre el frigorífico y el estante de las tazas— la prueba irrefutable de que rezumaba peor humor que la noche anterior.

Aquél era su último día de condena. Tadea y su espíritu reivindicativo la habían liado bien gorda esa vez en el instituto. Pintadas de color rojo sangre en el pasillo principal. Imágenes de animales degollados, despellejados y mutilados colgando de las paredes. Vísceras de a saber qué distribuidas por las mesas de sus compañeros de aula. Y eso que hacía sólo dos meses que era vegetariana. Cinco días de expulsión. A la próxima la echarían del centro, algo que, intuía, no se dibujaba como un escenario catastrófico en su mente.

Dije: Cepíllate el pelo, al menos.

Respondió encogiéndose de hombros. ¿Qué significaba eso? ¿Que iba a hacerlo? ¿Que no tenía la más mínima intención?

Pensé: Te está retando. Así que respiré hondo, encendí la cafetera y metí un par de rebanadas de pan duro en el tostador. Miré a Tadea de soslayo. Se estaba mordiendo las uñas, o lo que quedaba de ellas. Yo me movía nerviosa por la cocina. Saqué la leche y la mantequilla del frigorífico, el cacao de la alacena. Quería gritar, gritarle... Gritarme. Pero me obligué a guardar silencio. A no decir nada. Lo último que necesitaba en ese momento era volver a discutir con ella. Las nueve de la mañana se acercaban y empecé a notar cómo mi corazón se aceleraba.

El gato maulló desesperado. Ya no sabía qué hacer para que alguien le sirviera su desayuno. Se subió a la isla de la cocina con la cola bien tiesa, esa cola en forma de rayo tan común entre los gatos callejeros, y estampó sus morros contra la cara de Tadea. Después se deshizo en maullidos y ronroneos.

—Anda, ponle de comer a Vlad —le pedí—. Yo voy a llamar a tu padre para decirle que te retrasas. Tendrás que venir conmigo primero.

Un instante después, un clanc me sobresaltó. Las tostadas, quemadas como siempre, salieron despedidas y aterrizaron en el borde de la encimera. Al igual que cada mañana, decidí que ya era hora de sustituir el viejo tostador mientras rascaba con un cuchillo la superficie carbonizada del pan. Las partículas chamuscadas inundaron mi nariz provocándome un intenso picor. Para cuando empecé a untar la mantequilla, la urgencia de llamar a Gonzalo había devorado la necesidad de cambiar de tostador. Aunque ya no llegábamos tarde a ningún sitio, no conseguía sacudirme la prisa de encima.

Quedaban veinticuatro minutos para las nueve.

¿Dónde narices estaba el móvil?

Dejé las tostadas en el plato y corrí hacia el vestíbulo a por el bolso. De vuelta en la cocina, rebusqué en su interior. En lugar del móvil toqué algo que me hizo sacar la mano en un acto reflejo. O como si acabara de picarme un alacrán. No recordaba haber dejado el libro ahí dentro. Y pensar que hacía tres días me había parecido un regalo maravilloso. Respiré hondo, me armé de valor y volví a meter la mano en el gran saco de piel y hebillas de Anine Bing. Sujeté con los dedos índice y pulgar el maldito libro, lo sostuve frente a mí con el brazo estirado, igual que habría hecho con un desecho maloliente, y lo arrojé al cubo de la basura.

—¿Qué haces? —inquirió Tadea. Al principio, su rostro reflejaba genuina curiosidad. Acto seguido me observó con indignación y me dijo—: Si vas a hacer algo tan feo como tirar un libro, al menos échalo al contenedor azul.

La ignoré porque tenía asuntos más importantes en los que pensar.

Quedaban veintiún minutos.

¿Cómo podía estar segura de que no iba a pasar nada? Quizá debía responder al condenado e-mail, como mínimo para pedirle a quienquiera que fuese el remitente que me dejara en paz, que se dedicara a molestar a otra persona.

¡No!

No era buena idea.

Lo mejor era no tenerlo en cuenta. Si no entraba en su juego, seguramente acabaría olvidándose de mí. ¿Verdad?

¿Verdad?

—¡Lena! —gruñó Tadea, que parecía llevar siglos llamándome.

—¿Qué? —respondí yo, inquieta.

—Se enfrían las tostadas —anunció sin moverse de su sitio, sin voluntad de echarme una mano con el desayuno.

Por fin di con el móvil. Estaba donde debía estar, dentro del bolso, en el bolsillo con cremallera donde siempre lo guardo. Junto a una canica negra y brillante. La cogí un segundo con dos dedos y encontré en ella mi rostro y toda la agitación que me embargaba. No me gustó lo que vi, de modo que esquivé mi reflejo tratando de recordar en qué momento llegó la canica a ese rinconcito del bolso, pero mi memoria no dijo nada al respecto, así que desistí y la dejé donde estaba. A continuación envié un mensaje a Gonzalo explicándole que su hija se retrasaría un par de horas. No di más detalles. Me despedí con un escueto hasta luego y no esperé a recibir respuesta.

Quedaban trece minutos.

Trece.

Leche caliente con cacao, café solo largo, una tostada quemada por plato, zumo de naranja de tetrabrik y dos vasos. Desayuno listo.

—No tengo hambre —me informó Tadea, refugiándose en su vaso de leche con cacao. Dio varios sorbos mientras acariciaba con la mano derecha el suave pelo anaranjado del lomo de Vlad, que comía a escasos centímetros de ella sobre la superficie de mármol.

Diez minutos.

Di un bocado a la que catalogué como la peor tostada que había salido jamás de ese viejo tostador que cada mañana rogaba, entre estertores y vaivenes de tensión, que lo dejara morir en paz. Cogí la taza de café para intentar aliviar el mal sabor de boca, pero, justo cuando iba a dar un trago, mi reloj de pulsera me recordó lo poco que faltaba para las nueve. Devolví la taza a su sitio sin poder evitar que la tensión de mi mano derecha derramara parte del café en el plato. Tadea comentó algo. ¿Hablaba conmigo? ¿Con ella misma? ¿Con el gato? Ni idea, no la escuchaba. Me perdí en la ansiedad. Y en el tiempo. Y en las dudas. ¿Estaba haciendo lo correcto?

Nueve minutos.

Todo comenzó cinco días atrás, cuando recibí, en el gabinete psicológico que dirijo, un curioso regalo. Se trataba de un libro titulado La importancia de llamarse Helena e iba acompañado de una nota impresa por ordenador que decía: «¡Sorpresa!». Ni el libro ni la nota iban firmados, lo que generó en mí una profunda intriga. Nunca había tenido un admirador secreto, y, como es normal, pasé todo el fin de semana dándole vueltas al coco, tratando de averiguar quién podría haberme enviado algo tan original. Jamás me gustó mi nombre, de modo que el libro cayó en mis manos como un fantástico pretexto para empezar a apreciarlo.

Ocho minutos.

Quedaban ocho minutos, y yo no podía hacer otra cosa que repasar mentalmente el origen de mi ansiedad.

A las nueve en punto de la mañana del lunes, cuando el libro —que había ocupado un lugar privilegiado en mi bolso y en mi mesita de noche y en mi mente— aún seguía arrancándome alguna que otra sonrisa de boba, recibí un e-mail en mi cuenta de correo profesional que convirtió a mi supuesto admirador secreto en algo muy diferente.

Siete minutos.

Al leerlo sentí como si dos diminutos martillos me aporrearan las sienes. Como si una poderosa mano invisible me apretara con fuerza la boca del estómago. Como si el aire se hubiera negado a entrar en mis pulmones.

Seis minutos.

El remitente firmaba como E y, aparte de preguntarme si me había gustado el primero de sus tres regalos —¿tres regalos?—, aseguraba que iba a matar a uno de mis pacientes y que yo debía decidir quién y cómo debía morir. Pese a la sensación de inseguridad que me invadió en aquel momento, me convencí a mí misma de que se trataba de una broma pesada. Sin embargo, el mismo mensaje volvió a entrar en mi bandeja de correo dos horas después desde una cuenta diferente.

Cinco minutos.

A las dos horas llegó un nuevo mensaje. Y otro, dos horas más tarde. Estuve recibiendo el mismo e-mail con la misma frecuencia desde aquel lunes, siempre con idéntico texto, nunca desde la dirección anterior. En ellos, E iba desgranando una cuenta atrás.

«Tienes cuarenta y ocho horas...».

«Tienes cuarenta y seis horas...».

«Tienes veinticuatro horas...».

«Tienes dos horas para responder a este correo aceptando las reglas del juego. Firmado: E».

El último e-mail había llegado hacía una hora y cincuenta y seis minutos.

El ruido de la banqueta me sacó de mis turbados pensamientos. Tadea acababa de levantarse. Salió de la cocina, seguida por Vlad. En ese instante me alegré de que fuese a pasar unos días en casa de su padre. No podía soportar tenerla cerca. En peligro.

Cuatro minutos.

A todos nos ha sucedido alguna vez. Todos hemos tenido en algún momento de nuestra vida una experiencia tan extraña, dura o sorprendente que lo primero que hemos pensado ha sido que lo que veíamos delante de nuestros ojos no podía ser real. A mí me ocurrió algo parecido, al menos al principio. Pero ante la insistencia del mensaje, su tono y sus amenazas, y con cada nuevo e-mail, mis dudas y mi inseguridad habían ido creciendo. Una voz dentro de mí me pedía que me protegiera —Elena, ponte a salvo—, me advertía de que detrás de los mensajes había una mente trastornada, una persona movida por una extraña obsesión por mí, quizá un antiguo paciente resentido o cualquier mente perturbada que me hubiera visto en televisión y supiera dónde estaba mi gabinete.

Tres minutos.

Durante esos días me había obligado a controlar la ansiedad, me había dicho a mí misma lo que habría aconsejado a cualquier cliente, a cualquier amigo, en una situación semejante: toma distancia emocional, no hagas nada de lo que dice y deja que pase el tiempo. Otro de los consejos que habría dado era acudir a la policía, por si acaso. En cambio, yo no tenía esa opción. Ni siquiera había llegado a planteármela... Por si acaso. Además de invitarme a jugar a su juego macabro, E me recordaba en cada uno de sus correos que si no quería que mi hija —¡mi hija!— corriera peligro, debía seguir sus instrucciones al pie de la letra, que, por supuesto, incluían no acudir bajo ningún concepto a la policía. Salvo el hecho de que había decidido no responder a sus mensajes, hasta ese momento no había transgredido ninguna de sus normas.

¡Dos minutos!

Quedaban dos malditos minutos. Y de pronto dudé. Dudé el tiempo que la esbelta aguja tardó en recorrer sus sesenta paradas en la esfera de cuarzo de mi reloj.

Un minuto.

Y entonces me arrepentí. Me dije que todavía era posible rectificar —Aún estás a tiempo, Elena—, que podía responder a ese e-mail, que no era necesario poner a prueba a alguien que, a todas luces, se había obsesionado conmigo. Así que cogí el móvil, pero aunque me di prisa, la aguja del reloj avanzaba sin piedad. Desbloqueé la pantalla, abrí el correo electrónico y traté de dar con uno de los e-mails. ¿Dónde los había guardado? Fuera de mi vista pero a buen recaudo, por si al final ocurre algo y tengo que avisar a la policía, fue lo que me dije cuando decidí archivarlos todos en una carpeta. ¡Aquí están!, exclamé dentro de mi cabeza. Y cuando por fin encontré uno de los mensajes, cuando abrí una ventana de respuesta, me di cuenta de que no tenía ni idea de qué escribir.

Tiempo.

Se acabó el tiempo.

El móvil empezó a vibrar y a sonar y yo grité, emití uno de esos chillidos ahogados a medio camino entre alarido y desgarro, y arrojé el aparato sobre la encimera.

—¡¿Lena?! —oí a Tadea al fondo del pasillo.

¿Qué coño hago?, me preguntaba yo mientras mi pecho, mi cuello y mi cuerpo vibraban al contundente y frenético ritmo de mi corazón.

Un tono.

Dos tonos.

Tres tonos.

Al cuarto saltaría el contestador. «Hola, soy Elena, en este momento no puedo atenderte, blablablá, blablablá...». Me obligué a estirar el brazo y cogí de nuevo el móvil. En la pantalla aparecía un número desconocido.

No oculto.

Desconocido.

—Pero ¿qué te pasa? —preguntó Tadea desde la puerta de la cocina.

El móvil dejó de sonar y yo la miré sin saber qué decir. Unos segundos después, un bip me indicó que quien había estado llamando me había dejado un mensaje en el buzón de voz.

—Lena, venga ya, me estás asustando.

Alcancé a decir un escueto y poco creíble «Estoy bien, tranquila» mientras marcaba el número del contestador. Mi mente se quedó en punto muerto unos segundos. El «Tiene un mensaje de...» y todo lo que seguía a continuación me llegó a los oídos como un lejano eco. Volví a prestar atención cuando escuché una voz de varón que no conocía: «Eh, sí, ¿hola? ¿Elena? Soy el conductor que tiene que llevarla... —el sonido se entrecortaba—, llevo aparcado en la esquina de Jorge Juan con Lope de Rueda desde las nueve menos diez. He llamado a la productora del programa y me han confirmado que la dirección es correcta, así que aquí la espero un rato más».

—Tadea, coge tus cosas, que al final sí que vamos a llegar tarde —ordené, tratando de enterrar la mezcla de alivio y ridículo que sentía con una contundente actitud de madre. ¿A quién quería engañar? El de madre era un papel al que no terminaba de acostumbrarme.

Corrí al vestidor y busqué unos zapatos acordes con mi indumentaria, me puse la chaqueta y regresé a la cocina a por el bolso. Antes de encaminarme hacia la puerta de la calle me detuve junto al cubo de la basura, lo abrí, recuperé el ejemplar de La importancia de llamarse Helena y lo guardé en el cajón de las pilas usadas. En ese momento no tenía ni idea de que pronto iba a agradecer haberlo conservado.

Una mano se apoyó en mi hombro

y yo di un respingo.

Desde que la aguja del reloj alcanzó las nueve en punto, mi mañana se había convertido en una desconcertante sucesión de momentos. El momento de dejar la seguridad de mi casa, bajar en el ascensor y salir a la calle. El momento de subir al taxi —«Buenos días, disculpe el retraso». «No se preocupe»— y ver pasar calles y coches y más coches, mientras Tadea, en el otro extremo del asiento, posaba en mí una mirada... ¿preocupada? El momento de la llegada a la productora. El recibimiento —«¿Qué tal todo? He leído tu último libro y me ha encantado. Preciosa, tu hija». ¡Mi hija!—. Toc-toc, toc-toc, toc-toc... El sonido de mis tacones y el silencio de los pasos de Tadea en el interminable laberinto de pasillos. El momento «brocha, rímel y cepillo» —«Pareces cansada, vas a necesitar iluminador. ¿Quieres que hoy te recoja el pelo en un moño?»—. Los interminables saludos a gente que ni siquiera me caía bien —«¡Elena, estás estupenda, chica!»—, pero que, tras meses repitiendo la ceremonia, había acabado formando parte de mi rutina. El momento de la sala de espera —«¿Agua? ¿Café?»—, arropada por la genuina cara de mosqueo de la díscola adolescente con quien compartía piso y vida. El momento de aguardar tras las cámaras a que me avisaran de que había llegado la hora de entrar en el plató. Y después, el momento de esperar sentada en el sofá a que Cati, la presentadora, cerrara la sección anterior y se instalara a mi lado.

E intercalados entre todos esos momentos, numerosos instantes de angustia calcados entre sí.

Mi mano aferraba el móvil con fuerza. Sólo aliviaba la presión cuando un impulso irrefrenable me llevaba a desbloquearlo, abrir el correo electrónico y refrescar la pantalla, rogando, casi suplicando, que no apareciera un nuevo mensaje de E.

Nada.

Una vez tras otra, lo único que encontraba era nada.

¿Había sido realmente una broma?

¿Me había alarmado por nada?

Una mano se apoyó en mi hombro y yo di un respingo. Era Cati, con su corto pelo rubio ceniza, sus ojos aguamarina y su mandíbula tensa y angulosa.

—¿Estás bien? —me preguntó. No éramos amigas, pero nos teníamos aprecio. Sus diminutos labios, apenas una breve incisión de cirujano bajo la puntiaguda nariz, dibujaron una fugaz sonrisa.

Asentí. Luego emití un poco convincente «Estoy bien».

—Me ha encantado —dijo señalando el ejemplar de mi nuevo libro de autoayuda, Únete al clu

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