La boda
Hoy es siempre todavía.
Antonio Machado
El sonido breve y agudo del teléfono sacude el aire.
—¿Anabé?
—Sí, soy yo.
—Buenas tardes, soy la doctora Sol, del Virgen del Rocío. ¿Podríamos vernos mañana a las nueve y media?
—Claro. ¿Ya están los resultados? ¡Qué rápido!
—Sí… He visto que tienes veintiséis años.
—Mmm… Sí, sí.
—¿Podrían acompañarte tus padres?
—Am…, sí, claro, se lo diré. ¿Mi madre y mi padre, o solo uno?
—Si pueden, mejor los dos.
La voz es serena. Cuelgo. En el salón, la luz baila en las cortinas. El televisor murmura al fondo. Los objetos respiran en silencio. Me observo desde fuera, marcando el número de mis padres, escuchándolos decir que sí, que claro, que vienen conmigo. No hay más palabras. Solo el rumor de la sangre asustada. Una sospecha, un temblor subterráneo que se extiende silencioso.
¿Y si sí? No, no puede ser. No se ha dicho. No se sabe. Seguro que no… Y, sin embargo, el aire pesa distinto. Es de mármol.
Al día siguiente llegamos temprano. El cielo parece un azulejo. En las inmediaciones del hospital, la ciudad ha amanecido con prisa. Algunos transeúntes se apresuran por alcanzar su destino. Otros fuman en la puerta del estanco. Un perro orina sobre la esquina de un portal. Una bandada de niños de distintas edades cruzan los pasos de peatones. El día no puede ser más corriente. Casi parece una mofa.
Mamá, papá y yo entramos al Virgen del Rocío de la mano; somos un único cuerpo tembloroso y tenemos miedo, un miedo superior a nosotros que nos envuelve como papel film. De repente, el mundo es una caja de zapatos sin espacio para respirar.
El guardia de seguridad nos indica que el hospital de día se encuentra al final del pasillo central, pasando las paredes pintadas con naranjos. Al llegar, la sala de espera está completamente abarrotada. Personas de todas las edades. Algunos llevan pañuelos en la cabeza; otros, gorros de lana. Hay quien espera en silla de ruedas. Me sorprende tanta cantidad de gente. ¿Qué hago aquí?
A la izquierda, una cola muda frente a un mostrador. Un cartel encima reza:
DEBE SACAR PRIMERO LA PULSERA PARA EL TRATAMIENTO
¿Qué pulsera? ¿Qué tratamiento? ¿Qué me espera detrás de esa puerta?
Siento un nudo que no es exactamente miedo. Es otra cosa. Una intuición telúrica. Una mezcla de irrealidad, de fragilidad, de estar cayendo lentamente y no saber cuánto falta para tocar el suelo.
Entonces suena un pitido. Miro el panel. Sala 5. Es mi turno.
Nos levantamos los tres al unísono, como si hubiésemos ensayado el miedo. La puerta de la sala 5 se abre con un clic seco. Dentro, la doctora ya espera. Es joven, con un rostro tan neutro que parece que no se mancha con las penas. Se llama Sol. Me lo dijo al teléfono, con naturalidad. En otro tiempo me habría parecido un chiste hermoso. Pero aquí su nombre es una ironía insensata.
Nos sentamos los tres frente a ella. Papá a mi izquierda. Mamá a la derecha. Siento que me sujetan como dos columnas.
La doctora habla con una voz neutra que ya tiene entrenada para no llorar:
—Es un tumor raro. Ha costado clasificarlo. Lo enviamos a varios hospitales y finalmente en La Paz, en Madrid, han conseguido ponerle nombre.
Hace una pausa, breve, apenas un segundo.
—Es cáncer.
La palabra entra como un cuchillo. Se queda dentro, vibrando.
—Se trata de un osteosarcoma de alto grado, localizado en el maxilar superior derecho.
Silencio. Solo silencio.
El monstruo ya no es niebla: es hueso.
—Por su ubicación… no se puede extirpar —continúa—. Y... no es un cáncer fácil. Es posible que no responda a la quimioterapia. Tampoco sabemos si la radioterapia surtirá efecto. Pero vamos a intentarlo.
Hace una pausa más larga esta vez. Deja que el aire se llene de todo lo que no se dice.
—Quiero ser honesta. Podría no funcionar, pero vamos a intentarlo… e ir a por todas.
Una frase con demasiadas conjunciones adversativas, pienso yo, que acabo de cumplir veintiséis años y no sé si estoy asistiendo a mi salvación o a mi funeral.
—¿Y ahora qué? —logro articular. No entiendo por qué mi voz no tiembla. Quizá porque ya lo hace todo lo demás.
—Eres muy joven… Podemos primero preservar los óvulos y después empezaremos con la quimio. Debemos ir rápido, es bastante agresivo.
Siento que no estoy allí. O estoy, pero como detrás de un vidrio. La habitación se desenfoca, las palabras se apagan, los rostros se vuelven lejanos. Me he despertado y la pesadilla sigue siendo real.
Los días siguientes son extraños. Nada ocurre, pero todo pesa. Me levanto sin saber si es de día o de noche. Me siento en el borde de la cama, miro el suelo, escucho la casa. Hay algo en la forma en que la luz entra por las ventanas que me parece definitivo.
No puedo dejar de pensar en mis padres, en mi hermana, en sus caras cuando no me miran. En sus silencios, que son más duros que cualquier palabra. En la manera en que ya han empezado a despedirse de su cotidianidad.
Me da miedo morirme, sí. Pero de alguna manera también me abruma ser su ausencia. Ser el hueco en la mesa, la ropa doblada que no se vuelve a usar. Ser la foto que se mira demasiado tiempo.
Y entonces me descubro preguntándome qué quiero dejarles mientras todavía estoy aquí. No hablo de cosas materiales ni de grandes gestos, sino de algo mucho más simple y, a la vez, inalcanzable: quiero dejarles mi abrazo. Quiero que, si la vida se acorta, al menos ellos puedan recordar la tibieza de mi cuerpo, la voz que les dice «te elijo».
Pienso en ellos y me doy cuenta de que lo único que deseo es reunirlos. A todos. A mis padres, a mi hermana, a mis amigas, a mis tíos, a mis primos, a quienes han estado siempre, incluso en los márgenes. Quiero mirarlos a los ojos y decirles que los quiero. Que me son raíz, sostén y refugio.
Pero no sé cómo hacerlo. No existe un rito para esto. No hay misa, ni funeral en vida, ni fiesta inventada que celebre este amor sin nombre. Los funerales llegan tarde; las bodas pertenecen al amor romántico. ¿Y los otros amores? ¿Quién inventa una ceremonia para ellos?
Al principio la idea me parece un disparate. Pero cuanto más la pienso, más clara se vuelve: quizá lo que necesito es justo eso, una fiesta. Una celebración antes de hundirme en la maquinaria del tratamiento. Un alto en el camino para respirar juntos, reírnos, brindar, bailar. No como despedida, sino como promesa de vida.
¡Una boda!, me digo de pronto. No por tradición ni por romanticismo, sino por revelación. Una boda sin pareja, una boda con todos. Un rito absurdo, y por eso mismo perfecto.
Empiezo a planearlo apenas unos días después de la noticia. Hablo con mis padres, buscamos un local. Elijo un vestido sencillo de Zara, color gris perla, con tirantes finos. En casa encuentro un mantón antiguo de mi madre, lleno de flores rojas bordadas. Me lo pruebo frente al espejo y me reconozco: soy una novia andaluza, toda una aparición lorquiana.
Mi familia se entrega por completo al delirio. Preparan canapés, hierven gambas, cortan quesos en daditos. Buscan mermeladas de tres sabores diferentes. Huelen a aceite de oliva y a ternura.
Pronto todo está listo, pero algo falta. Toda mi vida ha estado hecha de palabras. Leer fue mi escondite. Mi trinchera. Mi capilla. Así que pienso: una boda sin novio… quizá merezca un poeta. Y pienso en ese poeta que descubrí en la universidad y me acompaña desde entonces con sus libros, aunque no lo conozca en la vida real.
Buscando en internet encuentro su correo electrónico. Me tiembla un poco el pulso, pero no dudo. Le escribo:
Hola, F*:
Tengo cáncer en la boca, voy a casarme y querría invitarte a mi boda.
Después de una pandemia mundial en mis veinticinco años, mis veintiséis se han visto celebrados con un cáncer raro y una ruptura amorosa, consecuencia de él. Esto, que bien podría ser la trama argumental de una película de Antena 3 —en la que, a falta de personajes profundos, se suma el drama—, es mi vida. No lo consideres triste; yo, que siempre he sido muy cervantina, celebro la parodia con gusto.
Hay algo que me molesta profundamente de los funerales: siempre se habla del protagonista de la historia cuando es demasiado tarde para que se entere de nada. Más que protagonista, pasa a ser mero decorado. Parece que solo en las bodas la gente tiene derecho a declarar su amor abiertamente.
Así que el día 31 de octubre de este mes me caso con mi familia, mis amigos, mis padres… porque no concibo otra forma de entender la vida y el amor. Y cuando digo que me caso, digo que habrá banquete, vestido de novia, altar y votos. Pueden arrebatarme el futuro, puedo renunciar a tener pareja, pero no pienso morir sin fiesta y sin amor, y de eso ando plagada, por suerte.
Mis seres queridos acuden a la llamada de mi necesidad de alegría como se acude al pan: hambrientos, con la garganta lista para la miga dura. Y, por supuesto, quería invitar a mi poeta fundacional a esta extraña boda, ya que me enseñaste las palabras que hablan sobre la nostalgia, el tiempo y el dolor, y ahora quizá las entienda y necesite más que nunca.
Ojalá vengas.
Atentamente,
Anabé.
Un impulso eléctrico me corre las venas. No sé si el poeta leerá el mensaje. Tal vez le parezca una broma cruel. Tal vez piense que estoy loca. Y tal vez lo esté. Pero hay una lucidez en la locura que a veces salva. Y algo —algo que no sé nombrar— se acomoda en mí como un pañuelo caliente en el pecho.
Durante los días siguientes, me dedico a los preparativos. A veces me encuentro llorando mientras corto papeles para las invitaciones o mientras repaso la lista de canciones. No es tristeza exactamente. Es algo más amplio, una liturgia secreta. Quizá una despedida.
Por las noches sueño con luces, con abrazos, con adioses que no duelen. Me asusta pensar que este pueda ser mi último acto de celebración. Pero al mismo tiempo, me da paz. Una paz extraña, tejida con miedo y dudas.
En algún momento los días dejan de pesar como piedras para convertirse en segundos de arena que se escurren, e inevitablemente llega el 31 de octubre.
Es por la tarde. El cielo amenaza lluvia, pero nadie lo mira demasiado. Estoy en el coche con mis padres. Llevamos el corazón en silencio, como si no quisiéramos asustar al momento. Me aliso el vestido gris perla con las manos. No es pomposo ni caro. Es sencillo, fluido, bonito. Sobre los hombros llevo el mantón antiguo de mi madre, con flores bordadas que huelen a historia familiar. Y el pelo suelto: largo, naranja, rizado. Porque sé que en unos días empezará a caer. Y quiero que hoy me recuerden así: viva, entera, mía, propia. Sin signos de enfermedad visibles. Solo yo una vez más. Ojalá no una última.
Cuando llegamos, mi padre frena despacio frente al local. La puerta se abre. Y ahí están. Todas esas personas que amo, esperándome. Cincuenta y tres almas en pie, formando un pasillo, levantando bengalas encendidas. Las chispas flotan como luciérnagas en el aire. Proyectan una magia evanescente. Me bajo del coche. Aplausos. Risas. Llantos. Todo en uno. Todo junto, revuelto y a la vez.
El local, que por la mañana estaba desnudo, ahora es una fiesta. Lo han decorado ellos: mis tíos, mis primas, mis padres. Han colgado luces LED a lo largo de todo el techo como una constelación. En un rincón han creado un photocall casero con un pequeño sofá claro de estilo vintage y un cartel dorado para quien quiera hacerse fotos. Junto al sofá reposan, en una mesa auxiliar de madera, un par de libros firmados que me regaló el poeta días atrás cuando nos conocimos en persona. Y es que, sí, el poeta contestó:
Hola, Anabel:
Te he tenido durante todos estos días en el pensamiento.
Lo que me contaste no me resultó fácil asumirlo emocionalmente, y de pronto me vi en una situación del todo desconocida: muy apesadumbrado por las noticias de alguien a quien jamás he visto ni tratado.
Aparte de eso, tu carta me llegó en un momento en que varios amigos también han tenido, en estos meses, un diagnóstico de cáncer.
¿Tienes alguna noticia médica nueva?
Muchas gracias por la invitación a tu boda. Me debato entre corresponder a ella y el saber que allí sería, entre tus seres más cercanos, un intruso.
De todas formas, si no presencialmente, me gustaría estar allí de alguna manera. Ya se me ocurrirá algo.
¿Vives en Sevilla?
Besos y tenme, por favor, al tanto de las noticias que vayas teniendo.
Finalmente, días antes de la boda nos conocimos en persona. Quedamos en una caseta de la feria del libro de Sevilla, donde me recibió con un abrazo. Salimos a charlar un rato a solas y me regaló libros suyos en ediciones especiales y difíciles de conseguir, además de un poema escrito a mano. Tuvo la amabilidad de charlar conmigo, conocerme y mostrarme el lado humano que había al otro lado del papel. Nuestro encuentro fue un regalo valioso y muy singular. Y, como no puede ser de otra manera, ahora está aquí, así: en sus libros, en el photocall donde todos mis seres queridos guardarán un recuerdo.
Junto al sofá, hay sillas, pero casi nadie está sentado. También un carrito de quesos y bandejas de canapés que reposan sobre una gran mesa alargada. Por último, una nevera, al fondo, llena hasta arriba de bebidas que yo no puedo tocar porque he comenzado a pincharme la medicación que prepara mis ovarios para la posterior extracción de óvulos. Pero da igual. Ya estoy bebida de amor. Hay algo en todo esto que me extasía hasta los huesos.
Desde un gran altavoz situado en el centro de la sala suena música. De todo tipo. Camela. Queen. Amaral. Simple Plan. Los Mojinos Escozíos. Los Bravos. El Canto del Loco. Fito. Radiohead. La lista es tan caótica como feliz. Mi vida entera contenida en una playlist.
La fiesta fluye con mucha naturalidad. De alguna forma hemos conseguido un espacio íntimo, ajeno a toda extinción posible. Algunos invitados bailan, otros hablan entre sí, mi padre se pasea entre todos ellos con platos de comida, como si el gesto de ofrecer fuese su forma de decir: «Te quiero, gracias por venir a la boda de mi hija». Y todos lo entienden y lo aceptan. Yo intento dedicarle un momento a cada uno de ellos.
Me levanto y camino hacia el centro del local. Todos se giran hacia mí. Sujeto un folio doblado por la mitad. El papel tiembla sobre mi mano. Yo respiro.
—Si os soy sincera… —digo, y ya se escuchan algunas risas cómplices— tenía un discurso preparado desde hace tres semanas.
La gente ríe un poco más fuerte. Saben por dónde va esto.
—Tenía un montón de chistes negros, una historia sobre la caca… y muchas risas. Pero ayer me di cuenta de que hoy es un día importante. Hay algunas cosas que quiero decir.
Alguien en la sala hace un gesto de aplauso contenido. Yo continúo.
—Permitidme que me ponga un poco dramática e intensa… ¿Qué sería de mí sin el dramatismo, eh?
Ríen. Y yo también. La alegría sabe a pólvora de verbena.
—Hace justo un mes me comunicaron una noticia bastante dura. Probablemente la más dura que vaya a recibir en toda mi vida: tengo cáncer.
La risa se apaga en seco. Solo queda el sonido del silencio, y el murmullo de una respiración contenida.
—Y ante el cáncer solo tenía dos elecciones: el miedo o el amor. Y yo, intensa por naturaleza, siempre elijo el amor.
La gente asiente con los ojos. No con la cabeza, con los ojos.
—Hace unas semanas, mi tita Margari, que estaba conmigo en mi habitación, me preguntó: «Bueno, nena, pero ¿tú por qué llamas a la fiesta “tu boda”?».
Pausa. Silencio expectante.
—Y yo lo entiendo, ¿eh? Porque seamos sinceros: no tengo pareja, y con los hombres tengo verdaderas historias de noviazgos que... agüita pa los calvos.
Explota la carcajada. Algunos aplauden. Tita Margari levanta las manos desde una esquina y hace un gesto como de «yo no he dicho nada». Las lágrimas se guardan por ahora.
—De hecho —sigo, con una sonrisa torcida—, el último de ellos, Adrián para los amigos, decidió que en su casa había espacio para mi cepillo de dientes, una toalla, un pijama, un hueco en la cama…, pero la enfermedad, los cuidados y el acompañamiento, igual no. Así que salió por la puerta de atrás. Tenía cagaleras. Literal. Se estaba giñando.
Estalla la sala como petardos de feria. Ríen. Se tapan la cara. Alguien grita: «¡Qué sinvergüenza!», y otra voz le contesta: «¡Literal!».
Yo me río también. Luego bajo un poco la voz.
—Y entonces me dije: a ver, ¿estás pidiendo mucho?
Miro hacia donde están sentadas mis amigas. Una de ellas se lleva la mano al pecho. Otra ya tiene los ojos húmedos.
—Bueno, amigas, cuidado con volveros exigentes... que se hace adictivo.
Más risas. Cálidas. Cercanas.
—Total, que me dije: «Esto lo soluciono yo». Me senté, muy digna, muy resolutiva, delante de un papel. Y escribí: MI NOVIO. CARACTERÍSTICAS. DOS PUNTOS.
Aplausos espontáneos. Risas. Un «¡dale, dale!» se cuela desde el fondo.
— Así que aquí os vengo a leer ni más ni menos que… los 39 puntos que me parecen INDISPENSABLES para mi novio ideal.
Y los leo. Uno a uno. Con pausa. Con ritmo. Y con todo el arte.
Cada característica genera un efecto: carcajada, suspiro, mirada cómplice, aplauso aislado. Cuando digo: «Tiene que tener una voz bonita, tipo Luis Posadas», alguien grita: «¡Eso es nivel dios!». Cuando digo: «Prefiere pizza a hamburguesa», mi primo levanta la mano con orgullo. Cuando digo: «Me gusta su pene», mi madre, sin pensarlo, suelta desde el fondo:
—¡Muy importanteee!
La carcajada es tan fuerte que tengo que parar un momento. Apoyo una mano en el atril, o en el aire —ya no sé—. Soy comedia y soy tragedia. Soy la novia del espanto y de la alegría. Me río también, a carcajada limpia.
—¿Cómo os quedáis? Muy exigente, ¿no? —pregunto al finalizar la lista.
Asienten, sonrientes, con una mezcla de ternura y admiración.
—En realidad, si os habéis fijado, solo cuatro de las treinta y nueve son físicas. El resto son cosas básicas, que hablan de personalidad, de empatía, de humanidad. De hecho, quiero pensar que yo las cumplo todas…, bueno, quizá la del pene no, pero nunca exigiría nada que yo no pudiese aportar.
Más risas. Aplausos espontáneos. Una amiga se pone de pie y aplaude con las manos en alto.
Respiro hondo. Vuelvo a ponerme seria. No triste. Presente.
—Hasta hace muy poco me consideraba fracasada en el amor. Lo había dado por perdido. Me había hecho a la idea de que quizá el amor no era para mí. Pero por suerte… me di cuenta de que estaba equivocada.
Me tiemblan los labios. Pero sigo.
—Puede que ninguno de mis novios haya cumplido esa lista. Pero TODAS LAS PERSONAS PRESENTES EN ESTA SALA sí lo hacen.
Silencio. Nadie respira. Una lágrima cae. Varias.
—Tengo personas a mi alrededor que me dan un amor incondicional. Que me hacen crecer. Que me acompañan. Que me aguantan cuando lloro y se ríen conmigo cuando bailo. Y eso, eso también, es el amor de mi vida.
Silencio. Largo. Hondo. Hermoso.
—Pero descubrí algo más. Un vacío. Un vacío festivo. Porque nadie celebra este amor. El amor de una hermana, de una tía, de una amistad de veintiún años, de una madre o padre, de un profesor.
»Se celebran las bodas. Y se celebran los funerales. Yo no quería esperar al segundo para que todos dijerais lo buena que era. Y no me iba a conformar con el primero si tenía que venir con un anillo y un novio que se rajase.
La gente asiente. Alguien murmura: «Te entiendo».
Abro un papel muy arrugado. Es un poema de Ana Vidal Egea y lo leo como quien reza a Dios:
Amor, te he visto en muchos cuerpos, detrás de muchos ojos,
reconozco el calor de la piel, a qué hueles,
la plenitud de saber que estás.
Has estado en cada alma que quise,
y ahora te multiplicas y te expandes…
y yo te respiro.
Me callo y dejo que el poema hable unos segundos por mí.
—Después de todo, solo me queda una certeza: hay que decir te quiero. Con la boca grande. Y sin temblar.
Y entonces levanto la mirada. Sonrío:
—Así que, tita Margari, por si todavía no te lo crees…, me caso. Porque no hay otra fiesta para esto. El amor verdadero. El de todos los días.
Miro a todos. Uno por uno en silencio, pausadamente. Mi voz ya tiembla, pero no se rompe. Recojo mi vestido con las manos. Me pongo de rodillas, teatralmente. Miro al frente, a todos, durante unos segundos:
—Y solo me queda preguntaros: si me aceptáis, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y desde ahora, en la enfermedad, y hasta que la muerte nos separe…
Y entonces, como un relámpago que truena en primavera, estalla una voz coral al unísono:
—¡SÍÍÍÍÍÍ QUIEROOOOOO!
