I. Naufragio
Eneas
Y esta noche puedo decir, una vez más, que he estado a punto de morir. He oído crujir mi barco. El cielo nos aplastaba sobre el mar, el mar nos lanzaba hacia el cielo. Luego he creído que mar y cielo se rompían en pedazos y se confundían. He creído que caíamos por las grietas de los relámpagos o por los precipicios de las olas.
Ni siquiera entiendo cómo han logrado mis hombres arribar a esta costa con nuestro barco herido de muerte. Esta costa que, en la noche del mar, era sólo un bloque de oscuridad más profunda, más cerrada. Surgiendo de la lluvia negra, un puerto natural se ha abierto para nosotros, una ensenada de aguas tan quietas que ni siquiera hemos necesitado amarras para anclar la nave.
El mar todavía ruge en mis oídos, pero es un eco. La tormenta se está calmando, las estrellas se asoman abriendo tenues rendijas en las nubes. Sé que apremia la tarea de proteger nuestras frágiles vidas en este país desconocido y sé que debo ser el primero en levantarme de la arena donde me he dejado caer. Los supervivientes permanecemos aquí desplomados. Noto en mi pierna unos dedos húmedos que tantean; tocan mi cuerpo, imagino, buscando la seguridad de que al menos nosotros seguimos vivos, la seguridad de que esta playa no es la orilla donde los muertos esperan la llegada del barquero que los conducirá al otro mundo.
—Eneas… —dice una voz, que al momento parece un sollozo del viento. No necesito más para ponerme en pie.
—¡Escuchadme todos! ¡Escuchadme todos! —repito, alzando mi voz por encima del aire que todavía ensordece—. Hemos sobrevivido a la guerra, que es la locura de los hombres, y a la tempestad, que es la locura del mar. Los dioses siguen con nosotros. Ahora no es tiempo de yacer tendidos y temblar por el peligro que ya hemos superado. Quiero levantar aquí un campamento, encender un fuego que nos caliente los huesos y elevar una oración por nuestros compañeros extraviados en la tormenta.
Volvemos a ser un ejército. La arena se aplasta bajo nuestros pasos. Reparto tareas, separo a los heridos, ordeno traer grano, herramientas y armas del barco. Mis hombres gruñen, me insultan entre dientes, pero sé reconocer la nota feroz y alegre con la que juran. Me llaman “perro” y “escoria”, pero en realidad me están perdonando. A pesar de que no hemos hecho sino navegar en busca del lugar donde se cumplirá la oscura profecía y casi no han podido disfrutar del descanso de los puertos ni tener entre sus brazos a una mujer, a pesar de todo siguen fieles a su rey. Una palabra mía los lanza al ataque. Ahora que la muerte igualadora ha retrocedido, de nuevo me obedecen.
Sí, mis hombres están contentos porque vivimos. El mar no ha arrastrado hasta aquí ningún cadáver, de momento no lloramos a nadie. Y un náufrago siempre es un hombre alegre, al menos hasta que se detiene a pensar.
Nuestro timonel se ha roto el brazo, quizá en varias partes. Golpeado por las ráfagas de mar, el barco cabeceó y lo arrojó contra la borda. Rodó una y otra vez por la cubierta hasta quedar magullado. Cuando me acerco a él, aferra mi mano.
—¡Padre Eneas! —susurra. Así me llaman los más jóvenes de la tripulación.
—Te has salvado —le digo—. Nos hemos salvado.
Pero antes de soltar su mano, me asalta el temor de no volver a ver a mi único hijo. “Padre Eneas…”
Acates, mi fiel amigo, ha conseguido que una chispa salte del pedernal a la leña y las hojas mojadas. Miro hacia la hoguera que nace, miro a Acates con el cuerpo en tensión, cebando y protegiendo la llama, miro el fuego enroscarse y desenroscarse en el aire cuando por fin prende. A partir de esa primera hoguera se encienden otras, en círculo, creando un anillo de calor. El fuego es nuestra primera victoria sobre el miedo y sobre la costa solitaria.
El calor despierta el recuerdo del hambre. Acarreamos un cesto de trigo húmedo salvado de la tormenta. Manos hábiles se ocupan de tostarlo en la lumbre y molerlo. Nos queda agua dulce y también algunos pellejos de vino traídos del barco maltrecho. La noche es invadida por nuestros olores de poblado: comida, leña, cuerpos que sudan. El humo blanco vuela hacia el cielo como un pájaro que extiende las alas y se pierde en la altura. Y eso me preocupa: las aves de humo delatan nuestra presencia aquí.
No voy a dejar que el bienestar junto a las hogueras nos ciegue ante el peligro que existe aún. Estamos en lo desconocido. Hemos navegado sin ver cielo ni tierra durante todo el tiempo que duró la tormenta. Las nubes apagaron una a una las estrellas y no nos dejaron más luz que la espuma marina. El viento nos arrebató el gobierno de la nave. Imposible aventurar a qué tierra hemos llegado, entre qué gentes estamos, si es una costa conocida por los navegantes o está más allá, formando parte del mundo inexplorado. Quién sabe si, al caer dormidos, no seremos despertados por unas manos que nos inmovilizan y atrapan, por un cuchillo en la garganta.
Toda la noche habrá centinelas con los ojos clavados en la oscuridad, sin parpadear. Decido los turnos, reparto las armas, marco los puestos de guardia con un dibujo de mi pie en la arena.
Después me alejo solo para reconocer el terreno. Cuando dejo atrás el campamento, el viento enfría la ropa húmeda contra mi piel. La sal del mar ha dejado regueros sobre mí, como cicatrices del naufragio. Me muevo furtivamente entre la oscuridad. Quiero llegar hasta los escollos que se adentran en el mar, delimitando la ensenada. Quiero buscar en el horizonte curvado las naves de mi flota perdida en la tormenta. ¿Habrán sobrevivido las otras tripulaciones? ¿Mi hijo?
Los árboles que clavan sus raíces en la pendiente arrojan su sombra al mar. Oscuridad redoblada. Las ramas me arañan la cara. Trepo, tanteo, mantengo el equilibrio. Por fin se abre la perspectiva. En la débil luz, un cielo vacío y un mar que lo duplica. Ni rastro de una proa o de un mástil.
Desde que emprendimos nuestra navegación, aconsejados por los más sabios entre mis hombres, mi hijo y yo hemos viajado en naves distintas. Sois los últimos de la casa real de Troya, dijeron. Si hay un naufragio, tendremos más posibilidades de que al menos uno sobreviva, dijeron.
Espero no haber vivido para perderle también a él.
Entumecido, vuelvo al campamento que hemos levantado en medio de ninguna parte, donde me esperan mis hombres. Ahora sé que, aunque encuentre mi camino a través de estas costas, seguiré perdido. ¿Cómo puedo orientarme? Todo el mundo conocido existe ya sólo en nuestros recuerdos.
Ana
Decían que mi madre era una bruja. Ana, la hija de la hechicera, me llamaban. Ana, la hija bastarda del rey de Tiro. Ninguno de esos nombres era bueno. Por eso quiero zarpar y navegar tan lejos tan lejos que el agua lave todos los nombres. Llevo en mis venas la llamada del viaje y de los países que sueño con ver cuando sea mayor.
Mis pasos siempre se dirigen al mar. Si sigues mis huellas, llegarás siempre a la orilla.
También hoy, cuando he visto llegar desfilando las nubes, he corrido a buscar un asiento en las rocas. Eran nubes siniestras, con la tripa color verde oliva, tripas cargadas de tormenta. Sin duda, pesaban más que el mar, pero algún dios debía tenerlas sujetas para evitar que se hundieran en el agua.
Conozco los mejores lugares para ver pasar las nubes y también los mejores lugares para mirar a la gente. Ni las nubes ni la gente saben que estoy ahí, con la cabeza ladeada, mirando. Soy silenciosa y ágil. Cuento a Elisa lo que veo y escucho, y ella me llama su pequeña lechuza, porque todo lo miro. Cuando me escondo, sacudo la arena de la planta de mis pies, porque si me olvido, chirría al pisar y me descubren. Voy de un sitio a otro con los ojos muy abiertos. Lo hago porque siempre me ha gustado saber lo escondido. Y también porque el tiempo es muy largo y cada día que nace está muy lejos de su noche. A lo mejor el dios que conduce el sol a través del cielo también se sacude la arena de las plantas de los pies, y esa arena son las estrellas que vemos aquí abajo.
El tiempo es largo mientras espero el viaje que me llevará a una costa mejor, donde vivirán hombres mejores, menos mentirosos, hombres en los que confiar. Un día navegaré muy lejos para encontrar un país sin palacios, donde la gente no sepa lo que es la traición.
Estoy sentada en las rocas con la pierna bajo la rodilla, cuando la primera ola se rompe contra los escollos en muchos pedazos brillantes. El mar levanta olas con el color dorado de la arena que revuelve en el fondo.
Cuando aún vivía en la ciudad donde nací, en Tiro, mi madre solía decirme en tardes como ésta: “Ten un pensamiento para los que están en el mar”. Pienso, pienso en ellos. Silba el viento en mis orejas. Y de pronto, como salidos de la nada, veo barcos, varios barcos dando bandazos en la tempestad.
Las proas se hunden, se ladean. Parece que los mástiles, tan pequeños ahí en la lejanía, se han puesto a tiritar. Hace frío. Tengo los tobillos mojados. Quizá debería volver, pero no porque tenga miedo. No me asusta este mar hinchado ni tampoco la luz extraña. No me asusto fácilmente.
Ahora los barcos suben y bajan por culpa de las olas. A veces se quedan suspendidos muy arriba. Creo que nunca había visto las líneas de espuma blanca llegar tan alto. El mar parece hambriento. Yo también tengo hambre y, si vuelvo al palacio, me darán una hogaza que podré romper con las manos y estará humeante.
Quizá debería volver, pero no está bien dejar solos a los barcos cuando caen encima de ellos olas como montañas. Puedo seguir aquí un rato más, resistiendo los empujones del viento y la tristeza de la tarde, con los barcos que se zambullen entre las olas y mi madre que está muerta y nunca volverá a tener compasión de las gentes de mar.
¿Qué hombres serán ésos que están luchando contra la tempestad, mientras el mar revienta sobre sus cabezas? ¿Serán exiliados como nosotros?
El sol, cansado, se ha marchado del todo. El temporal aúlla y cada vez está más oscuro.
¿Y si los hombres de esa flota vienen desde Tiro porque mi hermanastro los ha enviado para matar a Elisa, para matarnos a las dos?
¿Cómo sabe uno cuándo ha huido lo suficientemente lejos?
Me levanto y corro hacia el palacio.
Elisa
El viento de la tormenta se cuela en mi palacio y dobla las llamas. Una bocanada de aire frío me alcanza en la nuca. La tempestad nos tiene inquietos, los perros se han escondido hace horas para temblar lejos de nuestros ojos. Escucho. Los muros retumban como un arrecife al que baña hirviendo la marea. Pero mis oídos, acostumbrados a la voz del mar desde la niñez, perciben pausas en la furia del temporal. La calma no tardará en llegar.
Mis esclavas hilan y tejen sentadas en taburetes. De su piel negra, el fuego arranca reflejos dorados y verdes.
Un guardia aparece en el umbral. Es un hombre que conoce bien las ceremonias del respeto. A distancia, con los ojos clavados en el suelo, dice:
—Mi reina, traigo noticias. Los navíos de la flota extranjera que fue avistada por la mañana han recalado en nuestras costas sorprendidos por la tempestad. El mar ha escupido cuerpos de náufragos, algunos vivos y otros muertos. Hombres y barcos están muy maltratados, pero podrían ser peligrosos. Esperamos órdenes.
—Convoca al Consejo.
Los cuatro mejores guerreros de mi ciudad son miembros del Consejo. He alegrado su vanidad con títulos sonoros: el Escudo de la reina, el Puñal de la reina, el Arco de la reina y el Dardo de la reina. Los elegí entre los más fieros y más fieles soldados de mi padre. Me han servido lealmente durante años, desde que colocamos las primeras piedras de nuestra muralla, pero el tiempo ha acrecentado sus ambiciones. No me engaño, sé que están absorbidos por el deseo de poseerme y ocupar el trono. Cada vez que los reúno, percibo la presión casi dolorosa de su mirada sobre mis ojos y sobre mi cuerpo. Por ahora no se atreven a ir más lejos. Para no desafiar a los otros, ninguno de ellos pretende abiertamente mi mano y mi lecho de reina viuda. En el equilibrio de esta igualada rivalidad, permanezco libre por el momento.
Los espero. En este instante, mis enviados estarán llamando a la puerta de sus casas donde, imagino, cada uno se habrá acostado junto a una sierva y gozará de ella a su manera brusca, con rutinaria aspereza. Pero cuando lleguen a palacio, inventarán una maraña de mentiras. Mis hombres se esconden de mí sin necesidad, por hábito. Quizá no saben hablarme como hablarían a un rey, como hablaban a mi padre en Tiro. Quizá no conocen otro lenguaje que el de la camaradería y, si no, el disimulo. Ni mis consejeros ni mis soldados nombran ante mí las pasiones verdaderas que les agitan: la ambición, el miedo, el amor a los cuerpos, los sueños de grandeza.
Mi marido solía repetirme que el buen gobernante debe saber lo que encierra el corazón de las personas. Trató de enseñarme esa habilidad. Pero ¿fue él capaz de asomarse al corazón de sus asesinos?
Dejo mis habitaciones y, atravesando el patio, acudo a la Sala del Consejo. Dos centinelas con hachas de combate me escoltan, empujan las puertas plegadizas de la estancia y me abren paso. Mis hombres ya están ahí, hablando en un tono malhumorado o tal vez sólo perezoso. Intuyen una misión que les obligará a velar a la intemperie en la noche atravesada por los vientos.
—Mis fieles capitanes —digo.
—Reina, venimos de servirte al pie de las murallas.
De todos mis consejeros, Malco el Escudo es quien mejor miente. Respondo a su sonrisa.
—No puedo pedir mayor dedicación.
En el silencio de la sala se percibe su respiración de hombres fuertes, el jadeo y la tensión de su ánimo. Me repugnan sus cuerpos, que emanan olor de sexo agrio y viejos sudores.
—Os preguntaréis por el motivo de mi llamada en esta noche desapacible —continúo—. Otra vez más, acudo a la fuerza de vuestro brazo. Una flota de hombres desconocidos ha desembarcado en nuestras playas. Ayudadme a interpretar los signos y decidir con sabiduría.
—Mi reina —contesta Safat el Puñal—, los extranjeros podrían ser mercaderes pacíficos o piratas sin entrañas. Es pronto para saberlo.
Mercaderes pacíficos o piratas sin entrañas… Mis soldados hablan con palabras inflexibles. Pero nosotros hemos nacido en una civilización de comerciantes, somos hijos del mar y sabemos que cualquier mercader audaz se convertirá en pirata si la ocasión lo permite. Sí, nadie ignora todo eso. No hay mercancía más apetecida que los esclavos, y si, navegando cerca de la costa, una tripulación de mercaderes avista una ciudad joven como la nuestra, de murallas incompletas, se lanzará igual que un águila para intentar apresar a nuestros jóvenes y a nuestras mujeres, embarcarlos por la fuerza y venderlos en los mercados de una gran capital. Si algo deseo con todas mis fuerzas, es defender a mi pueblo de ese doloroso destino.
—Es pronto para saberlo, tienes razón —contesto—. Pero mi corazón de mujer está inquieto por mi gente.
—Organicemos una expedición contra los intrusos —propone Ahiram el Dardo, palpitando ante la llamada de la lucha. Una cicatriz deforma la orilla de sus labios y se diría que alarga el borde de la boca: la sombra de una perturbadora sonrisa abierta para siempre por un cuchillo.
—Si en vuestra expedición os alejáis de las murallas, ¿no perderá la ciudad a sus espadas invencibles? ¿Qué sucedería si somos atacados mientras estáis fuera? —pregunto.
—Reina, mi opinión es que debemos reforzar la guardia en las murallas y defender nuestra ciudad como un tesoro vigilado por un avaro —dice Elibaal el Arco.
—Sea —respondo—, confío en vosotros, que habéis luchado al lado de mi padre y ahora me protegéis con el mismo amor que él. Que se refuerce la guardia en las murallas. Que nadie cabalgue en busca de los intrusos, pero si ellos se aproximan con intención hostil, apresadlos. Si oponen resistencia, acabad con ellos. Que todos nuestros enemigos sean testigos de la fuerza de la joven ciudad de Cartago.
Eneas
El sueño no me ha visitado, besándome los ojos, esta noche. Hora tras hora escucho el retumbar del mar, los pasos de los vigías, los chasquidos de las hogueras. Cuando empieza a clarear, con el suave gris del alba, me levanto. Mis ropas están todavía húmedas, noto los músculos endurecidos por el esfuerzo de ayer, me duele el cuerpo.
Miro a mi alrededor. En el cielo color azafrán se perfila la línea añil de unas lejanas montañas. Al fondo de la bahía distingo una ciudad que trepa hasta lo alto de un promontorio y la cinta amarilla de sus murallas. Vuelan pájaros a ras de tierra, sus sombras azules se deslizan por la arena.
Arrodillado junto a la hoguera, hablo con los dioses. Levanto las manos con las palmas hacia arriba: “Dioses, si alguna vez os hemos alegrado con nuestros sacrificios, si os importan nuestros sufrimientos, por favor, cuidad de mi hijo Yulo y haced que me reúna con él. Si cumplís este deseo mío, prometo edificar un gran templo en vuestro honor cuando llegue al lugar de la profecía”. Derramo vino y observo cómo se lo bebe la arena, mientras ruego a los poderes de la Tierra y del Inframundo por la salvación de Yulo.
El campamento despierta después de la noche inquieta y los centinelas se sienten liberados de su soledad. Se inicia el trasiego de un nuevo día. El tenue sol apenas ahuyenta el frío y hay que avivar las hogueras. Calentamos los restos de nuestras provisiones y comemos en silencio, frotándonos las articulaciones. Al terminar, ordeno que amarren y escondan el barco al abrigo de las rocas. Luego busco a Acates.
—Con la luz del nuevo día marcho a explorar la costa para descubrir dónde estamos y adónde empujaron los vientos a nuestros compañeros —digo.
—Iré contigo —responde, aceptando compartir el peligro.
Me cubro con una capa de piel de lobo. Acates y yo nos armamos con espadas de doble filo y lanzas que nos servirán de apoyo al caminar entre dunas. El viento forma a nuestro alrededor una nube de tierra rojiza, siento el escozor de los remolinos de polvo en los ojos y el chirrido de la arena entre los dientes. Allá arriba, las gaviotas que descansan su peso sobre las ráfagas de aire chillan sorprendidas y alborotadas por los empujones de la brisa.
Explico a Acates que quiero acercarme a la ciudad y buscar algún promontorio que domine la vista sobre las playas de poniente. Acates mira con atención el terreno: la neblina de arena, las dunas, las escasas manchas de arbustos. Caminar por un espacio abierto y desconocido significa arriesgar la vida.
—Adelante —contesta.
Avanzamos en fila, deprisa, todo ojos y oídos. La arena se traga nuestros pasos. Admiro los movimientos de Acates, rápidos y precisos. Diez años de guerra han endurecido su cuerpo, lo han hecho fuerte para enfrentarse a los vientos del mundo.
Sí, yo también, todos. Todos los combatientes de Troya nos hemos curtido durante estos diez amargos años de guerra. ¿Pero Yulo? Yulo es un niño que no ha conocido la paz. Nació en una ciudad asediada. Su alboroto infantil quedaba apagado por el ruido de las armas. Si llega a hacerse hombre, ¿qué recordará de esta niñez cercada? ¿Y de los secretos de sus padres, recordará algo? ¿Desaparecerá para siempre lo que pasó entre su madre y yo, o echará raíces en su memoria?
Si vive. Si consigo encontrarle.
¿Cuándo empezó esta ruina lenta?
Acates se acerca a un arbusto de tamarisco para guarecerse. Se pone en cuclillas. Los dos nos agazapamos y descansamos del paso vivo de nuestro avance. Acordamos rodear la ciudad. Ya sólo nos separa de ella la distancia que una yunta de bueyes podría arar en una jornada.
Nos levantamos lentamente. El viento remueve a la altura del tobillo los hierbajos que crecen entre la arena. Mis sentidos están alerta. Ya ha entrado la mañana. Contra el cielo azul profundo se recortan las murallas, que a trechos son de piedra y a trechos de adobe o simples parapetos de madera. Es una ciudad joven y fronteriza, seguramente una ciudad que teme a los extraños llegados del mar. ¿Habrán encontrado aquí hospitalidad y ayuda mis hombres?
Rasgando el aire, una lanza sobrevuela mi frente y se clava en el suelo. Hundo la cabeza entre los hombros, retrocedo. Se abren las puertas de la ciudad y sale al galope un grupo de soldados a caballo. Nos rodean gritando en una lengua extraña. Dos de ellos desmontan y, sin contestar ni entender nuestras protestas, nos atan las manos, nos fuerzan a caminar hasta su cuartel y nos arrojan a una celda. Cuando cierran el portón con un golpe seco, nos hunden en la oscuridad.
Elisa
Un soldado trae noticias de los piratas apresados. Quiero verlos con mis propios ojos, quiero decidir su castigo y que escuchen de mis labios su condena. Ordeno a la guardia que me escolte hasta la cárcel y me encamino hacia los establos.
Desde que era niña, he sentido un placer extraño al entrar en las cuadras. Hoy vuelvo a respirar con gusto el aire cargado, caliente, casi dulce que envuelve a los animales. Escucho el sonido del grano masticado despacio, en paciente salivación. Una hilera de cabezas se vuelve hacia mí, descubre mi llegada y la celebra. Se oye resoplar y relinchar, me veo reflejada en todos esos ojos líquidos.
Yo misma coloco los arreos a mi caballo blanco siciliano, la mano puesta en su hocico con gesto acariciador. Mientras ajusto las correas de la silla, hablo dulcemente para él. Me detengo un instante en el amor que guarda para mí su mirada púrpura.
Los esclavos del establo, que conocen mis costumbres, me dejan hacer sin intentar anticipar mis deseos. Escojo uno a uno a los palafreneros que se ocupan de domar y cuidar de mis mejores caballos. Sé que algunos siervos descargan su cólera a escondidas contra los animales del amo y tiemblo ante la sola idea de esas crueldades silenciosas.
En el patio rodeado por la empalizada blanca, frente al granero destinado al forraje, monto. Aprieto los flancos del caballo con las rodillas y él acepta el peso de mi cuerpo y la presión de mis piernas. Mientras dejamos atrás las dependencias del palacio adentrándonos en las calles, uno de los hombres de mi guardia me cede su espada. Quiero que todos mis súbditos me vean así, armada y a lomos de un caballo blanco, el pelo suelto y la seguridad del jinete experto, como imaginan a las mujeres guerreras de las leyendas que se transmiten de abuelos a nietos.
Voy a dar un escarmiento a nuestros enemigos. Voy a hacer justicia con los piratas extranjeros. Es justo que, por una vez al menos, hombres como ellos, enriquecidos a través del robo, el saqueo y el comercio de mujeres, estén a merced de una mujer.
De pronto me descubro alegre. Alegre porque he defendido la ciudad, por el ajetreo de las calles que atravieso, por los lagares, bodegas, almacenes y tahonas que se levantan para que florezca la abundancia, por las azoteas blancas bañadas por la luz, y a mis espaldas, el palacio y el templo ya casi terminados. Todo crece y todo prospera a mi alrededor. Huele a pinos, a rebaños, a hogueras. El sol, un limón en el cielo suavemente azul, me calienta la espalda y los muslos. Mi caballo arquea el cuello y se mueve con la gracia de un bailarín, sabiéndose observado y sabiéndose bello.
Un pequeño cortejo de curiosos me ha seguido por las calles y ahora se agrupa en la plaza, junto a los muros de la prisión. Hago señas a los soldados que montan guardia.
—Traed ante mi presencia a los prisioneros —digo.
Crece la multitud, el rumor de voces, la impaciencia, los forcejeos por ocupar la primera fila. Los soldados desenfundan sus espadas y blandiéndolas gritan al gentío que avanza hacia el centro de la plaza. Mis guardias se adelantan y forman una escuadra impenetrable a mi alrededor, cerrando el paso a los más atrevidos y conteniendo a la muchedumbre que se apiña ante el reclamo de los piratas.
El sonido de los cerrojos hace callar a la multitud. Dos centinelas abren una tras otra las puertas de las celdas en medio de un silencio vibrante, como la cuerda pulsada de un instrumento musical que se niega a enmudecer.
A empujones, los centinelas sacan de la prisión a los piratas y los conducen hasta donde yo puedo verlos de frente y hablarles. Son una docena de hombres sucios y aturdidos. Acaban de salir de la oscuridad de sus celdas y los ojos les niegan la visión.
Miro a mi pueblo reunido y expectante. Un hombre aprieta los puños igual que un luchador. Las mujeres retroceden todo lo posible. Contemplo sus bocas abiertas, dibujando un gesto de sorpresa y de voracidad. No me gusta la sed de sangre de mi pueblo, pero hoy demostraré que mi poder no tiembla ante nadie.
—¡Prisioneros! —digo—. Ha llegado el momento de pagar vuestras culpas. ¿Podéis decir algo en vuestra defensa?
Los prisioneros no entienden mis palabras ni se sienten aludidos por ellas. Cuando sus ojos se acostumbran a la luz y cae el velo de la ceguera, se reconocen unos a otros. Confinados en sus respectivas celdas, no sabían qué suerte habían corrido los demás. Descubren con sorpresa e inesperada alegría que están juntos y vivos.
Dejo que expire el tiempo de su defensa.
