La luz perdida

Nino Haratischwili

Fragmento

libro-3

TBILISI, 1987

La luz del atardecer se enredaba en su pelo. Lo conseguiría, superaría también ese obstáculo, apretaría el cuerpo con furia contra la reja hasta que únicamente ofreciese una débil resistencia a su peso, gemiría ligeramente y cedería. Sí, ella rompería ese obstáculo no solo para sí misma, sino también para nosotras tres, para dejar el camino libre a la aventura a sus inseparables compañeras.

Durante una fracción de segundo contuve la respiración. Con los ojos muy abiertos, contemplamos a nuestra amiga, en pie entre dos mundos: uno de los pies de Dina continuaba en la acera de la calle Engels, el otro entraba ya en el oscuro patio interior del jardín botánico; flotaba entre lo permitido y lo prohibido, entre el cosquilleo de lo desconocido y la monotonía de lo familiar, entre el camino a casa y el riesgo. Ella, la más valiente de las cuatro, nos abría un mundo secreto al que solo ella podía darnos acceso, porque para Dina las rejas y las vallas no tenían ningún significado. Ella, cuya vida en el último año de ese siglo plomizo, enfermo, que jadeaba en busca de aire, iba a terminar en una soga, improvisada con la cuerda de unas anillas de gimnasia.

Aquella noche, a muchos ignorantes años de distancia de la muerte, yo estaba cautivada por una sensación que lo abarcaba todo y que no podía clasificar con exactitud. Hoy tal vez lo llamaría una embriaguez, un regalo que la vida le hace a una de manera totalmente imprevista, esa ranura diminuta que se abre raras veces en toda la fea cotidianeidad, todo el trabajo duro de la vida, y permite intuir que detrás de todo lo cotidiano hay mucho más, que tan solo hace falta admitirlo y liberarse de las coacciones y de los modelos prefijados para dar el paso decisivo. Porque, sin entenderlo de lleno, ya intuía entonces que ese momento iba a quedarse grabado para siempre en mi memoria e iba a convertirse con el tiempo en un símbolo de la felicidad. Sentía que ese momento era mágico, y no porque hubiera ocurrido algo especial en sentido estricto, sino porque formábamos, en nuestra cohesión, una fuerza indestructible, una comunidad que ya no iba a retroceder ante ningún reto.

Contuve la respiración y contemplé cómo Dina entraba al patio a través de la verja, con esa expresión alegre y triunfal en el rostro. También yo me sentí por un momento soberana de toda suerte y toda alegría, reina de los audaces, porque por un instante fui ella, Dina, mi valerosísima amiga. Y no solo yo, también las otras dos se convirtieron en ella, compartieron esa sensación de libertad que parecía albergar la promesa de que, detrás de esos oxidados barrotes, un mundo entero esperaba para que nosotras lo conquistásemos, un mundo que quería tenderse a nuestros pies.

Nos acercamos al viejo vallado del jardín botánico, admiramos el milagro culminado por Dina mientras ella bajaba satisfecha la mirada hacia nosotras, como si quisiera aplauso y reconocimiento porque, a pesar de nuestras dudas, había tenido razón en que aquella verja devorada por el óxido de la calle Engels era el portillo ideal para empezar la gran aventura anhelada durante años.

—Qué, ¿venís de una vez? —nos llamó desde el otro lado, y una de nosotras, ya no sé cuál, se llevó el índice a los labios apretados y emitió un preocupado «¡Chis!».

La luz de una farola solitaria, al otro lado de la calle, cayó sobre el rostro de Dina, tenía marcas de óxido en las dos mejillas. Yo di el primer paso, superé con el impulso de la pierna derecha el miedo y la excitación, imposible decir qué predominaba. Me apreté contra Dina, que mantuvo la verja tan abierta como era posible, me quedé enganchada por el pelo en uno de los alambres enredados y absurdamente separados, volví a liberarme con rapidez y caí tambaleándome al patio interior. Coseché a cambio una cabezada benevolente y una astuta sonrisa de Dina. Acicateada por la prueba de valor que había superado, llamé a las dos rezagadas para decirles que se dieran prisa. Ahora era parte del mundo de Dina, parte del mundo de las aventuras y los secretos, ahora también yo podía mirar, satisfecha de mí misma, desde lo alto.

Creí oír el latido del corazón de Nene hasta la entrada del túnel, que se abría ante nosotras como una boca abierta y bostezante, como si quisiera decir: sin duda creéis que habéis superado todos vuestros miedos y habéis llegado lejos, pero aún os espera lo verdaderamente terrible, aún estoy yo, en todo mi oscuro esplendor de hormigón lleno de ratas, sin olvidar las peligrosas corrientes y los ruidos propios de una pesadilla.

Aparté la mirada del negro agujero de hormigón y me concentré en atraer a Nene e Ira al patio interior. Aunque la lluvia que empezaba a caer no me insuflaba precisamente valor, ahuyenté mis preocupaciones a la vista del tramo, todavía largo, que quedaba hasta nuestra verdadera meta.

Pasó un coche. Nene se agachó por puro instinto. Dina se echó a reír.

—Seguro que piensa que su tío ya la está buscando, y que, si no la encuentra enseguida, le echará a sus hienas al cuello.

—¡No le metas más miedo! —la exhortó Ira, la más razonable y pragmática de las cuatro, miembro del club de ajedrez en el Palacio de los Pioneros y ganadora del penúltimo concurso transcaucásico Qué-Cuándo-Dónde de los equipos escolares—. ¡Ven, Nene, ahora nos toca a nosotras! —dijo con su tono uniforme, suave y enfático, y cogió la mano temblorosa y siempre húmeda de Nene.

Comenzó por empujar el cuerpo suave y flexible de Nene a través de la reja, que Dina y yo manteníamos separada, y cuando Nene logró colarse Ira fue tras ella.

—¡Hecho! ¿Ha sido tan difícil, gallinas? —gritó Dina triunfal, y soltó la verja, que retrocedió con un lamentable sonido de claqueteo y regresó temblando a su posición original hasta quedar inmóvil.

—Os digo que nos vamos a meter en un buen lío —respondió Ira, pero su voz carecía de énfasis, porque también ella era presa de la euforia y desplazaba todas las preocupaciones y la idea de las dificultades que a buen seguro nos iba a acarrear nuestra aventura nocturna. Luego alzó la vista al cielo, pensativa, como si buscara en él un mapa para nuestro inminente recorrido, y una gruesa gota de lluvia cayó sobre sus gafas.

Aquella tarde, yo había regresado a las tantas de la clase de refuerzo de matemáticas en la que mi padre insistía y que yo me veía obligada a recibir de uno de sus amigos profesores (todos sus amigos eran o profesores o científicos), y Dina ya estaba esperándome en nuestra cocina. Con el pretexto de que íbamos a hacer los deberes juntas, repasamos nuestro plan de fuga. Ira y Nene vendrían más tarde, Ira tenía clase de ajedrez, y Nene tenía que tomar no sé qué «medidas de seguridad» para poder salir de casa por la noche.

En ese instante, Dina sacó una enorme linterna de su raída mochila, y nos sumió por un momento en el asombro.

—Os suena, ¿eh? —Sonrió—. Sí, es la de Beso, pero seguro que ni siquiera se da cuenta, se la devolveremos mañana mismo.

Beso era el conserje de nuestro colegio, y me sorprendió que Dina hubiera conseguido robarle la linterna. Nene rio a carcajadas y, como si su risa le hubiera dado fuerzas, corrió hacia el oscuro túnel. Todas la miramos sorprendidas, porque ella era la más cautelosa de todas. La razón de su cautela era su situación familiar, dominada por un tío tiránico, todopoderoso y omnipresente, al que en el patio llamábamos a escondidas «un hombre del mundo paralelo». El carácter de Nene, en realidad frívolo, casi ingenuo, y de una alegría desbordante, chocaba de frente con la férrea jerarquía de su casa, en la que los hombres gobernaban y las mujeres tenían que someterse sin lucha a las estructuras patriarcales. Por suerte Nene era una naturaleza alegre; su energía y fuerza vital no se dejaban amilanar por ninguna amenaza o castigo.

Ira se limpió las gafas en el mandil blanco de su uniforme escolar, que después de trepar por la verja ya no estaba tan enfermizamente blanco como de costumbre. Todos los días la madre de Ira lavaba, almidonaba y planchaba el mandil de Ira, y se lo ceñía a su hija como si se tratara de un corsé, y, mientras a todas nosotras el lazo de la espalda se nos aflojaba a lo largo del día y la tela se desplazaba, el de ella siempre estaba modélicamente en su sitio, como si estuviera lista para que en cualquier momento irrumpiera un fotógrafo en busca de una niña de escaparate para la portada de Komsomolskaya Pravda.

Entonces también Ira se lanzó a correr para alcanzar a Nene. Hasta donde puedo recordar, Nene era la única persona en la vida de Ira por la que era capaz de tirar por la borda su disciplina, su pragmatismo y su sobriedad en cuestión de segundos. Que Ira estuviera participando de nuestra excursión nocturna, del todo irracional, al jardín botánico se debía también al espontáneo consentimiento de Nene. Cuando le hicimos la propuesta, jamás habríamos imaginado que Nene superaría tan fácilmente su indecisión y el miedo a su familia. Cuando declaró —en el recreo grande, en el patio del colegio, entre el ruido de los niños que pasaban corriendo— que «por supuesto que iba con nosotras», nos miramos incrédulas, y durante el cuarto de hora siguiente ella representó el papel de princesa ofendida…, uno de sus papeles favoritos. Todos los intentos de Ira de apartar a su amiga de esa «tonta idea» fracasaron, así que a Ira no le quedó más remedio que aceptar apretando los dientes.

Por algún motivo que se nos escapaba, desde el principio Nene había despertado una especie de instinto protector en Ira, un poco niña vieja. Siempre tendía su mano fuerte, disciplinada, protectora, sobre la cabeza de Nene, fácil de seducir, impulsiva y guiada por confusas emociones, como si esperase a cada minuto que Nene hiciera algo imprudente para dar la cara por ella en ese momento, armada para cualquier combate. Y ahora corría tras ella para ayudarla en cuanto se sumergiera en la paralizante oscuridad del túnel. La lluvia caía con más fuerza. Me eché la mochila al hombro y corrí también. Dina me siguió, y no sé qué hizo que las dos rompiéramos a reír en el mismo instante. Quizá era la conciencia de que estábamos siguiendo la pista a la suerte. Y esa suerte sabía a ciruelas verdes y a polvorienta lluvia de verano, a emoción, incertidumbre y muchos presentimientos espolvoreados de azúcar glas.

libro-4

BRUSELAS, 2019

Entro titubeando a la espléndida sala desierta, cubierta de un valioso parquet en espiga, dejando a mi espalda la luz primaveral de primera hora de la tarde. En ese momento se encienden los focos con un zumbido. La luz es buena, decido en el acto, eso me alivia. Sus imágenes necesitan esa determinada luz, esa luz misteriosa, casi tímida, que destaca su capacidad, que recalca el decidido blanco y negro de las fotografías, su claridad y rigor, que no requieren de nada chillón, que hablan al observador incluso desde la penumbra y son capaces de iluminar desde la tiniebla. Respiro hondo, impresionada por las dos grandes salas fundidas entre sí. En verdad es una retrospectiva: han reunido aquí un buen número de sus fotografías —entre ellas las famosas e icónicas, pero también las menos conocidas o guardadas hasta ahora bajo llave—, en esta ciudad ajena y curiosa llena de casas modernistas y de concurridos cafés y bares; una ciudad que a pesar de su papel de metrópoli se niega a representarlo y que ha conservado algo de confortable, casi de ciudad pequeña.

Hace años pasé aquí muchas horas frívolas y despreocupadas. En una ocasión incluso estuve en este edificio, en este prestigioso y moderno palacio de las bellas artes. Norin venía entonces conmigo, me acuerdo, habíamos visto juntos no sé qué estrambótica película asiática y no habíamos parado de reírnos, antes de emborracharnos con espumosa cerveza belga. Mis recuerdos de esta ciudad aún me sirven para calentarme por dentro, un pequeño sol que puedo hacer resplandecer a mi antojo en caso de necesidad. Por aquel entonces Norin y yo trabajábamos en el sótano del Museo Real, y estábamos tan orgullosos de poder poner a prueba nuestras capacidades en aquel distinguido lugar… Nos habían confiado —a nosotros, que éramos unos principiantes— los cuadros de máscaras de Ensor, y apenas podíamos creernos nuestra suerte. Acabado el trabajo, nos perdíamos en el trajín nocturno de esta ciudad acogedora, nos contábamos historias y terminamos intimando. Cuánto tiempo hace, me pregunto, y me muevo respetuosa por las salas todavía desiertas, repletas de imágenes que conozco tan bien y que, sin embargo, en este lugar parecen tan ajenas, tan distintas, que casi siento unos curiosos celos, como si este lugar me disputara mi relación dolorosamente íntima con estas fotografías, porque dentro de poco más de una hora las dos salas se llenarán de una horda de clientes exclusivos, se formará una larga cola de visitantes, los elegidos que han sido invitados a la inauguración se saludarán y mantendrán animadas charlas en las más variadas lenguas, probarán vino georgiano y soportarán discursos inaugurales. Y volveré a ver a las dos personas que —junto a las fotografías muertas que nos reúnen aquí— más me han marcado, destruido, bañado mis días en dicha y en desdicha. Dos mujeres, entretanto en el ecuador de sus vidas, a las que hace años que no veo y que sin embargo siempre me persiguen como sombras, da igual adónde vaya.

Sigo paseando ante las imágenes, intento no establecer contacto visual pleno con las fotos para rozar tan solo los rostros de mi pasado, para escapar de ellos; aún podría escapar de todo esto, huir, quizá de hecho debería darme la vuelta ahora mismo, quizá ha sido un error venir aquí, a un acto que está claro que me exige demasiado, algo superior a mis fuerzas. Todo el mundo lo entenderá, puedo explicárselo a Anano, que nos ha reunido aquí a todas, que se negó a aceptar un no por respuesta, que me hizo subir en el avión de Bruselas y me organizó un pase VIP con el que he entrado a esta sala como special guest una hora antes de la inauguración. Que me exhortó por teléfono: «Tienes que venir. Tenéis que venir las tres, no acepto excusas».

Quizá aún pueda abandonar la exposición, rebobinarlo todo, porque no sé si soportaré indemne todo lo que esta noche se me viene encima como un alud. He luchado tanto tiempo por mantenerme a salvo, he expulsado el ayer casi con disciplina militar, y ahora camino por esta sala en la que resuenan mis pasos, recorro estos espacios brillantes y desproporcionados y hago cuanto está en mi mano por rechazar los recuerdos, que saltan a mi encuentro desde cada rincón como monos hambrientos.

Pero ¿acaso no he venido a este lugar a celebrar su legado? Lo que significa que tengo que exponerme. Las otras dos lo saben tan bien como yo, y por eso venimos, a pesar de todo el resentimiento y todas las dudas, y no prestamos atención a lo que hemos dejado atrás. Nos lo debemos a nosotras mismas, hemos de soportar nuestro reencuentro… y a todos los que estaban con nosotras. Los que nos miran desde las paredes y reclaman su tributo. ¿Por eso venimos solas? Sin saberlo, parto de la base de que las tres hemos viajado a Bruselas sin compañía…, sin nuestras parejas, sin hijos, sin amigos que pudieran hacer más llevadero el reencuentro.

Aunque aún no hay nadie aquí, aún tengo la posibilidad de huir. Y, si todos se rompen la boca hablando de mi cobardía, ¿qué importa, si es mi única salvación? Pero entonces mi mirada se queda prendida en esa imagen de pequeño formato, con un sencillo marco, bajo un fluorescente de fascinante delgadez. ¿Por qué esa fotografía cuelga tan solitaria de una pared enorme, como si fuera huérfana? Las otras, hasta donde puedo ver, están colgadas en series, pero esta de aquí constituye una excepción, y, cuanto más me acerco a ella, más clara veo su función central: es la única fotografía que muestra a la artista, pero no es suya. Las otras en las que aparece son sin excepción autorretratos, tomas exigentes desde el punto de vista artístico, desafiantes, reveladoras hasta lo insoportable, que vuelcan lo más íntimo hacia el exterior, en una especie de autosaqueo, estoy segura de que habrá unas cuantas de esas. Sin embargo, esa foto, pequeña en comparación, no es una obra de arte, ni siquiera está especialmente lograda desde la perspectiva de un aficionado, pero tiene algo que me recorre la espalda como un escalofrío y me hace contener la respiración por un instante.

La fotografía nos muestra a nosotras cuatro, muestra la versión de nosotras de la que procedemos, algo así como el origen, el huevo del que salimos todas juntas. Nos hallamos en el umbral de la vida, al comienzo de nuestra amistad, que nos lo va a exigir todo, aunque aún no lo sabemos, no conocemos el guion que nos ha asignado la vida, la partida aún no ha empezado, todavía podemos ser libres, todavía podemos quererlo todo y desearlo todo.

La fotografía, que pretende funcionar como una especie de prólogo a esta exposición, no lleva uno de sus títulos, por regla general tan impactantes; tan solo ostenta un rótulo, muy sencillo, con el lugar donde fue tomada y el año: «Tbilisi, 1987». Me quedo como hechizada, no puedo moverme, y las imágenes comienzan a inundar mi cabeza, no tengo elección, voy a dejarme arrastrar por ellas, no tiene sentido luchar contra algo que es como una fuerza de la naturaleza. Carezco de fuerzas, de pronto vuelvo a ser una niña, vuelvo a ser la que me mira desde la foto.

Cuanto más miro esa pequeña copia, sin más compañía en aquella sala majestuosa, más segura estoy de que se trata exactamente de aquel día, el día que entramos en el jardín botánico, ese momento especial en el que por primera vez en la vida sentí la felicidad en las palmas de las manos y en las corvas, en el ombligo y en las pestañas. Tan solo me pregunto por qué ha escogido precisamente esa foto como apertura simbólica. Como hermana de la artista, Anano es su albacea, y al mismo tiempo la comisaria de esta exposición; así me lo contó por teléfono, orgullosa, hace un mes. Esa decisión debe de haberla tomado ella. ¿Sabía lo especial que era ese día? ¿Le habló su hermana de él?

Igual de curioso me parece el hecho de que esa foto, según recuerdo ahora, se hiciese en nuestra casa, que la hiciera mi padre, que en realidad nunca nos fotografiaba, que como mucho nos llevaba de cuando en cuando a mi hermano y a mí a hacernos las obligadas fotos de estudio. Pero, por alguna razón, aquel día nos encontró a todas juntas en nuestra cocina y echó mano a la cámara. No a la odiada Leica de mi madre, que en aquella época aún estaba en el oscuro escondite de su habitación, quizá fuese la vieja Lubitel o la Smena de mi abuela, que por puro de azar tuviera puesto un carrete.

La imagen nos muestra aquella tarde, cuatro chicas planeando nuestra aventura, inclinadas encima de la mesa, enfrascadas en una conversación, muy concentradas, alguna de nosotras algo atemorizada, Dina en cambio eufórica, lista para la gran salida, para la gran prueba de valor. A mi padre le resultaría tan divertida nuestra estampa que consideró necesario interrumpir su amado trabajo y buscar la cámara.

Ira era demasiado razonable como para idear algo así; Nene, demasiado prudente, aunque se pasaba las horas de colegio soñando con la libertad, y con todo cuanto podría hacer con ella, pero sobre todo con el amor, un amor exageradamente romántico, edulcorado, contaminado por las películas, un amor sin respiración. Yo no era ni una cosa ni la otra, y aun así oscilaba entre la pulsión de libertad de Dina, la racionalidad de Ira y las ensoñaciones de Nene, y por tanto en aquella constelación se me había asignado desde el principio el papel de árbitro, de niveladora, como si siempre me tocara a mí mantener nuestra amistad en equilibrio.

Era Dina la que había incubado el plan, la tragafuegos —como yo la llamaba a veces—, la que más expulsiones acumulaba en el colegio, la que aceptaba sin un pestañeo todos los castigos que los adultos le imponían por sus transgresiones. ¿Qué le importaban a ella las reprimendas, las reuniones de padres en las que su madre quedaba expuesta a las miradas despreciativas de los otros padres y tenía que soportar profundos suspiros y cabeceos de la maestra? Aquellos castigos provenían de un mundo que dividía limpiamente a la gente en obediente y rebelde, lista y tonta, buena y mala, conforme y disconforme. En el mundo de Dina no había tales categorías. En su mundo solo existía lo emocionante y lo aburrido, lo interesante y lo falto de interés, lo excitante y lo rutinario. Si de veras hubiesen querido castigarla, tendrían que haberse adaptado a sus escalas y haber pensado algo que se adecuara a sus categorías, pero por suerte su mundo no parecía accesible a los adultos, así que nada ni nadie podía hacerle lo más mínimo. Y, según conjeturaba yo, que Dina hubiera dejado el colegio con unas notas en cierta medida aceptables se debía única y exclusivamente a la compasión de la directora hacia una madre que tenía que educarla en solitario. Nada escapaba a la curiosidad de Dina; la curiosidad era su motor, su brújula, que seguía de manera imperturbable. Todo lo que encendía su imaginación, todo lo que parecía ajeno y atractivo, tenía que ser indagado e investigado, cada frontera estaba para ser transgredida, cada barrera, para romperla. Y la energía que desplegaba en esos casos era como un huracán, era imposible resistirla, nos arrastraba consigo como el tornado de Kansas catapultó a Dorothy y Toto al país de Munchkin…, curiosamente uno de los pocos libros infantiles norteamericanos que no estaban clasificados como «escoria capitalista» y por tanto seguían accesibles.

La que menos a salvo estaba de su huracán era yo. Yo era la más fiel de su séquito, su más leal compañera. La habría seguido a todos sus mundos mágicos, hasta Oz mismo y mucho más allá. Desde el día en que nos conocimos, ejerció una irresistible atracción sobre mí, me contagió con su curiosidad, enfermé de ella. No es que a mí me faltaran impulso o pasión investigadora, no es que yo hubiera sido especialmente buena y obediente, y también mi imaginación era bastante activa. Pero las exploraciones de Dina iban mucho más lejos de lo que yo misma hubiera estado dispuesta a aventurarme.

Y, como es natural, fue idea de Dina irrumpir en el jardín botánico.

Las cuatro corrimos riendo por el túnel, la luz de la linterna de Dina palpitaba epiléptica por el corredor, y nuestras sombras bailaban una danza desfigurada en las húmedas paredes de hormigón. Entre los niños de Tbilisi, el túnel pasaba por ser el definitivo telón de fondo de todas las historias de terror; se suponía que lo habían construido como búnker de protección en la Segunda Guerra Mundial, cuando se decía que los fascistas habían alcanzado el monte Elbrus. El túnel parecía interminable, pero nuestras piernas desnudas habían superado el miedo, y el eco de nuestras voces nos respondía, nos reforzaba en nuestro proyecto, no era cosa de detenerse para que la oscuridad y los aterradores ruidos despertaran de nuevo nuestro temor. Nene era la más excitada, sorprendida de su propia audacia, su risa aguda, explosiva, contagiosa se expandía y parecía hacer que aquel inacabable vacío que nos rodeaba despertara a la vida. La risa nos hacía ir cada vez más rápido, cada vez más relajadas y libres, hasta que, jadeando, sudando, orgullosas, alcanzamos el otro extremo y caímos en brazos de la lluvia de verano.

Las gotas eran enormes, en cuestión de segundos nuestros uniformes, mandiles y cabellos estaban empapados, pero hacía calor y no nos importaba; aquel junio inesperadamente cálido y nuestro valor nos protegían. Nene se dejó caer en el suelo, tratando de recuperar el aliento. Ira se inclinó hacia delante, descansó las manos en las rodillas, yo me apoyé en la fría salida del túnel y cogí aire. Pero Dina no se detuvo, como si la respiración jamás fuese a fallarle, como si sus pulmones estuvieran hechos para velocidades inigualables y distancias infinitas. Abrió los brazos y se precipitó al mar de lluvia, al denso verdor de las plantas, al aire cálido y al canto de la catarata, que ya todas podíamos oír.

—¡Venga, ya estamos llegando, venga! —nos gritó, mientras hacía pasar por nuestras caras el foco de la linterna.

—Espera, tengo que…, tengo que… —jadeó Nene, e Ira negó con la cabeza, como si volviera a enfadarle la insensatez de su amiga, que había venido ignorando todos los peligros.

El objetivo era la pequeña catarata en medio del jardín. La pileta era lo bastante profunda para un salto desde las rocas, y durante el día, en verano, era posible ver allí a los chicos del barrio ejecutar diestros lanzamientos. Hasta entonces siempre nos habíamos limitado a mirarlos con envidia, porque en nuestras visitas al jardín botánico o bien habíamos ido de excursión y había profesores con nosotras, o bien la taquillera vigilaba que nadie se atreviese a hacer nada que pudiera costarle el puesto.

Cuando recobramos el aliento, nos pusimos en marcha, ahora más bien pensativas, hacia la catarata, abriéndonos paso bajo la escasa luz de la luna por el tupido jardín. La lluvia corría por nuestras caras, nuestros cabellos, nuestras ropas y nuestras mochilas, y a cada paso nos daba la sensación de ir dejando charquitos en el suelo. Delante de nosotras veíamos una y otra vez el brillo de la linterna de Dina, y oíamos sus gritos entusiastas, como si tuviera que seducirnos sin parar, convencernos para dar realmente el último paso hacia el objetivo común, y no retroceder antes de tiempo.

Ira cogió de la mano a Nene, que de pronto parecía agotada y asustada, como si hubiera perdido de golpe todo su valor al dejar atrás el oscuro túnel. Caminaron juntas como dos ancianas. Algo en la manera en que Ira arrastraba tras de sí a Nene me conmovía profundamente; el modo en que cuidaba de ella, prestando atención a que sus blandos pies no tropezaran, a sus suaves manos, que podían arañarse con una rama, a su estatura pequeña, rosada, bien formada, a su piel delicada como la de un bebé, a sus pechos, que ya se dibujaban bajo el uniforme; Ira y yo éramos las últimas que teníamos formas planas, mientras que Dina y Nene ya habían empezado a cambiar: Dina sin prestar la menor atención y con una asombrosa indiferencia; Nene en cambio con visible orgullo y gran alegría anticipada por ir a convertirse en mujer, con su espléndida trenza trigueña, sus ojos acuosos del color del cielo, que se volvían aún más acuosos ante cualquier previsible sentimentalidad. Me detuve un momento, les cedí el paso para poder admirarlas mejor en su dualidad intangible.

Alcanzamos el claro, la espesura se abría a un prado cubierto de flores de colores, y a mano izquierda vimos ya el pequeño estanque que la catarata había formado a sus pies con el correr de los años, oímos el susurro incesante, vimos el chorro de agua precipitarse desde lo alto y nos quedamos clavadas en el sitio.

Miré a mi alrededor tratando de localizar a Dina; su linterna y su mochila yacían huérfanas en la orilla, aunque no había ni rastro de ella. La llamé, pero el sonido de la catarata superaba mi voz. Ira se unió a mí. Llamamos y llamamos, hasta que de pronto oímos chillar a Dina arriba del todo y alzamos la vista. Lo había conseguido, a pesar de la lluvia y la oscuridad había trepado por las rocas. Estaba en lo alto de la catarata, como si la hubiera vencido, como si ahora fuera la dueña y señora de aquel lugar.

—¿Cómo ha subido? —se le escapó a Nene, e Ira movió la cabeza de forma significativa.

Yo levanté la vista hacia Dina y me quedé muy tranquila, porque sabía que, si ella había podido hacerlo, yo también podía; ella nos había llevado a la meta y, mientras la tuviera cerca de mí, no tenía nada que temer.

—¡Vamos, sube! —rugió en medio de la noche, y empecé a quitarme las ropas pegadas al cuerpo, los calcetines empapados y los zapatos.

Vestida con las bragas de algodón blanco con el rótulo VIERNES que mi padre me había traído como parte de un «pack semanal» de uno de sus congresos en Varsovia, Praga o Sofía, recogí la linterna que brillaba sin ton ni son y se la puse en la mano a Ira, le pedí que me alumbrara el camino y comencé a escalar las rocas, con aquellas estúpidas bragas que yo nunca llevaba el día de la semana que tocaba.

Me dolían los pies, las piedrecitas me cortaban los talones, pero solo veía los brazos abiertos de Dina esperándome arriba. Me abrí paso agarrándome a ramas y salientes de las rocas, me icé a pulso. Resbalé un par de veces, me dio un vuelco el corazón, pero me rehíce enseguida y persistí en el empeño. El haz de luz de la linterna alumbraba solo de tanto en tanto los sitios que pisaba, y sentía las miradas preocupadas de Ira y Nene puestas en mí; me esforcé en darles la impresión de que subir era pan comido. Entonces vi la mano de Dina y la agarré llena de alegría. Ella tiró de mí, y ya estaba a su lado. Entretanto se había quitado el uniforme y los zapatos, y los tiró al suelo entre risas.

—¿Estás lista? —me preguntó, agarrando mi mano algo más fuerte.

Yo me erguí, me puse junto a ella hombro con hombro, sus pechitos puntiagudos, de pezones casi incoloros, me parecían cuerpos extraños en el suyo, normalmente tan familiar para mí. Asentí y avancé un paso más. No miré abajo. Miré arriba. El cielo estaba negro, pero reconocí la Osa Mayor, de la que tanto le gustaba a mi padre contar historias. Parecía asentir benevolente ante nuestro proyecto. Tiré de la mano de Dina, avanzamos tanteando con las puntas de los dedos el suelo desigual, nos inclinamos hacia delante, nos miramos una vez más, entrelazamos las manos aún con más fuerza y saltamos hacia arriba, para precipitarnos al instante siguiente.

Me sobresalto, alguien me da unos golpecitos en el hombro. Ni siquiera he oído pasos. Es como si me sacaran de un profundo sueño. Veo la foto delante de mí, necesito un segundo para ordenar mis pensamientos y mis recuerdos: la tarde antes de nuestro salto a la catarata. De mi salto a la libertad. El preludio a él.

—No puedo creerlo… ¡Has venido!

Anano se lanza a mi cuello, y no sé en qué tiempo estoy presa, si cuelgo entre las épocas o estoy en todas ellas a la vez. Tiene un aspecto magnífico. Tan feliz, tan radiante, vestida con un sencillo vestido de verano azul oscuro que podría ser de su madre; aquellos sencillos vestidos cruzados que ella y su hija mayor habían llevado con tanta frecuencia, y con los que parecían emperatrices. Lleva unos pendientes de aro dorados y un toque de carmín, unas simples bailarinas, los ojos rodeados de suaves y vivaces arrugas, el alborotado cabello castaño se diría algo entretejido de gris, pero sigue estando tan guapa, tan encantadora como una eterna adolescente, quizá sea también mi manera de mirarla, quizá en esta historia sea para siempre la hermana pequeña, y yo quedo hechizada por un momento, me pregunto cuándo la he visto por última vez. Sé que está casada con un hombre rico, que ha hecho fortuna con el floreciente negocio de la construcción en Georgia, y que tiene dos hijos, que vive en una casa en algún sitio a las afueras de Tbilisi, cuida un jardín… Al menos eso mencionó su madre por teléfono, y no me cuesta imaginarla en un entorno así: como una esposa y madre feliz, una compañera alegre y despreocupada, en un mar de flores. Tiene una galería en la ciudad, promueve a jóvenes artistas y, desde que su madre dejó de tener fuerzas para hacerlo, se ocupa del legado de su hermana. Ella, la más luminosa y optimista de su familia, la menos damnificada de todas, aquella a quien la vida ha compensado por todo el amor y dedicación, oportunidades, confianza y justicia que quitó a los demás miembros de su familia… Ella ha recibido todo eso: perspectiva, normalidad y paz.

Aún tengo que acostumbrarme a la idea de que precisamente ella administre el legado, ese implacable blanco y negro de las obras de su hermana, la radicalidad de su punto de vista y de su persona suponen un inmenso contraste con la suavidad del carácter de Anano. Pero, como es empática e intuitiva, se pone en manos de expertos y comisarios y se mantiene en un discreto segundo plano; lo sé por su madre, y ahora mismo me alegro sinceramente por ella, porque en breve va a llegar su gran momento, en el que recibirá los aplausos en representación de su hermana. Me gustaría retenerla más tiempo en mis brazos, pero la dejo ir; me doy cuenta de que ella se alegra tanto de verme como yo de verla a ella, lucha contra la emoción que la invade, el sentimentalismo que tanto la diferencia de su hermana. Conservo su mano entre las mías.

—¡Oh, Dios, me parece mentira! ¿Te puedes creer que volvamos a vernos todas precisamente en Bruselas? ¿No es una locura? Deda me ha dicho que te dé un beso. Seguro que te has enterado: mi madre se las ha apañado para romperse una pierna justo antes de la exposición, y no puede venir. Esta exposición es una locura, Keto; llevábamos preparándola más de dos años, y estoy tan contenta y aliviada de que por fin se inaugure hoy… También les propuse a Ira y a Nene que vinieran con tiempo para que pudiéramos quizá charlar antes del pistoletazo de salida oficial, pero no sé exactamente cuándo van a llegar. De todos modos, luego lo celebraremos a lo grande, que a ninguna de vosotras se le pase por la cabeza marcharse sin más, en el jardín habrá buena bebida y música. Quiero decir, no podemos hacer una retrospectiva suya y no celebrarlo luego como si no hubiera un mañana…

—Sí, tienes razón —digo, y me esfuerzo en resistir la tentación de volver a dirigir la mirada hacia la foto de las cuatro.

Anano se da cuenta y se ríe.

—¿No es divina? Pasé mucho tiempo dándole vueltas a cuál de vuestras fotos escoger, y entonces… Quiero decir, os capta muy bien a las cuatro, me parece a mí.

—La hizo mi padre. Fue un día muy especial, ¿sabes?… ¿De dónde la has sacado?

—Bueno, de ti; tuviste que dársela a mi hermana en algún momento.

Pero, antes de que pueda decir nada, ella grita extasiada que tiene que presentarme a los comisarios, y me lleva de la mano por la gran sala, que empieza poco a poco a llenarse de gente.

Nos acercamos a una alta georgiana vestida con una gabardina negra y a un hombre insignificante medio calvo y con gafas de concha, que me saludan con exagerada amabilidad.

—¡Keto Kipiani en carne y hueso! —exclama en inglés el hombre bajito, y me tiende la mano.

La georgiana me saluda en georgiano y me planta dos besos en las mejillas.

—Por fin la vemos en persona, aunque con tantas fotos de usted y sus amigas una tiene la impresión de conocerla ya —añade la georgiana, esta vez en inglés.

—¡Exacto! —confirma él.

—Estos son Thea y Mark, los héroes de esta retrospectiva —me explica Anano con una amplia sonrisa—. Mark es un experto en fotografía de fama internacional, y dirige el museo de fotografía de Róterdam, y Thea es una renombrada experta en arte, especialmente de Europa Oriental. Ha creado un grandioso festival fotográfico en Tbilisi, tienes que ir a verlo.

En su papel de anfitriona, salta a la vista que Anano se esfuerza por que todos nos sintamos al menos igual de bien que ella. Yo sonrío confusa y saludo cortésmente. La frase de la georgiana me ha hecho prestar atención: «Con tantas fotos de usted y sus amigas una tiene la impresión de conocerla ya…».

Claro: las cuatro estamos más que expuestas aquí. Tengo que prepararme para encontrar incontables matices de mí misma, los estadios de mi devenir. Tengo que prepararme para que el pasado me abrace. Tengo que prepararme para mirar a los mudos ojos de los muertos.

Vuelvo a sentir el deseo de huir y de nuevo miro, un poco nerviosa, hacia la salida, aún estoy a tiempo, aún puedo correr al hotel, coger mi maletita y tomar el primer tren al aeropuerto, subir a un avión, regresar a casa, a mi pequeño y apartado oasis, sentarme en mi jardín floreciente, que revienta por todas las costuras, descorchar una botella de vino y escapar de todo esto, rehuir el huracán que se avecina, librarme.

Pero de repente oigo pasos detrás de mí, y antes de verla sé que ha llegado Ira. Se ha convertido en otra mujer, otra persona; de todas nosotras es quizá la que más ha cambiado, pero sus pasos siguen siendo los mismos, esos pasos sonoros, rítmicos, pesados, con los que se anuncia y marca al mismo tiempo el compás.

Me parece más alta que en mi recuerdo, no cabía intuir en su estatura infantil semejante tamaño, sus padres eran los dos más bien bajitos, y esa presencia me sorprende cada vez que nos reencontramos después de mucho tiempo sin vernos. Lleva un traje de raya diplomática que le sienta como un guante y recalca su condición andrógina, aunque se ha quitado la chaqueta por el calor y la lleva al brazo, la camiseta blanca entallada subraya su torso entrenado y sus impresionantes bíceps. Ella, que antes despreciaba el deporte como una estúpida pérdida de tiempo, se ha convertido con los años en Estados Unidos en una loca del fitness en toda regla, y al parecer sigue invirtiendo mucho tiempo en que su físico no ceda en nada a su intelecto. Me gusta su peinado, que descubrió hace algunos años y a estas alturas se ha convertido en su sello, junto con los llamativos trajes de diseño en distintos colores que viste como si se tratara de un uniforme. La corta melena es claramente más larga por el lado izquierdo que por el derecho, y lleva la nuca rasurada. Como cabía esperar, no luce adorno alguno, tan solo se ha puesto un poco de gloss en los labios. Arrastra elegante por el parquet una maletita de aluminio, se dirige hacia nosotros con paso firme y abre los brazos. Primero estrecha contra sí a Anano, luego saluda a los dos comisarios y se presenta, y después me acoge entre sus brazos. Los otros tres se apartan discretamente y nos dejan solas. Nos quedamos un rato abrazadas con fuerza. Huelo su perfume masculino, que le va como anillo al dedo, y por primera vez desde que he puesto un pie en este edificio me siento bien y segura, con el rostro apoyado en el cuello de Ira. Si está nerviosa, como supongo, no se le nota, y admiro como tantas veces su seguridad en sí misma, una señal de éxito ganada con esfuerzo en su victoriosa carrera como abogada. Muy al contrario que a mí, no se la ve incómoda por regresar a un pasado tan largamente exorcizado.

—Estoy tan contenta… —murmura, y de pronto su voz suena frágil, como si su seguridad vacilara.

Eso me gusta, así no soy la única hecha un manojo de nervios y enfrentada al horror de esas fotografías, a ser expuesta y desenmascarada frente a cientos de personas que dirigen hacia mí sus ojos ansiosos de sensaciones.

—Me alegro mucho de que hayas venido. Sola no podría soportarlo —digo, e incluso a mí me sorprende la elección de los términos.

—Lo conseguiremos. Es un día importante para todas nosotras.

—¿Nene también viene?

Aún no me creo que, después de todo lo que pasó, vaya a pisar esta sala dentro de unos minutos y aceptar con nosotras este experimento. Ella, que quizá pagó el precio más alto de todas, traicionada y abandonada una y otra vez. Ella, que durante tantos años ha evitado cualquier contacto con Ira. ¿Y ahora ha dejado todo eso atrás y se ha subido a un avión, así sin más? Lo creeré cuando lo vea.

—Vendrá. Estoy segura —dice Ira con la confianza de costumbre, y retrocede un poco—. Deja que te vea. Qué buen aspecto tienes.

—Venga ya, anoche casi no pegué ojo, no he podido comer nada y me noto al límite de mis fuerzas, ni siquiera sé cómo voy a superar esta noche…

—¡Vamos, no te pongas así!

Esta reprimenda lapidaria me irrita enseguida. También esto es típico de ella: acostumbrada a dar órdenes, acostumbrada a manipular, acostumbrada a llegar al veredicto deseado.

—No me pongo de ninguna manera, es que no me encuentro a gusto con todo esto.

—Lo siento. —Me mira a los ojos—. Sé que es especialmente duro para ti. Yo también estoy nerviosa. Quiero decir…, esta es la mayor exposición hasta la fecha, y van a venir todos. Sabes que perdértela habría sido imperdonable. Nunca te lo habrías perdonado a ti misma. Y yo tampoco.

Me guiña un ojo.

—¿Sabías que formamos parte de las obras de arte? —pregunto.

—Claro, quiero decir, ¿pensabas que por alguna estúpida piedad iban a quitar las fotos en las que aparecemos?

El trato de Ira y Nene con nuestros retratos siempre ha sido distinto del mío. El carácter ligeramente exhibicionista de Nene y el impresionante ego de Ira se enorgullecen a ojos vistas de haberse convertido en parte de su arte, eternizadas en esas tomas en blanco y negro. A diferencia de mí, ellas ya habían acudido a las otras muchas exposiciones en Georgia o en el extranjero, cuidando de no encontrarse, y en alguna ocasión Nene incluso ha dado un discurso y concedido entrevistas sobre su espectacular amiga.

Pero yo no quería explicar nada, y menos al mundo exterior. Los recuerdos que me unen a las fotografías de Dina son sin duda muy distintos de los trasfondos que el mundo del arte interpreta; jamás en la vida se me ocurriría compartirlos con extraños. Ahora soy parte de su arte, exactamente igual que Ira y Nene. Mi resistencia tiene razones egoístas, de autoprotección, por otro lado sería un crimen perjudicar su arte de cualquier forma mediante mis declaraciones. Yo, que vivo al servicio de imágenes ajenas, bien debería saberlo.

Ira está inmersa en una animada charla con Anano. Mi mirada vaga errática, y me llama la atención otra foto, me desplazo sonámbula, como atraída por el canto de una sirena, hacia esa foto que no conozco, que veo por primera vez; quiero saber de qué periodo creativo proviene, porque en realidad las conozco todas, sé el cuándo y el dónde casi de cada foto, qué ambiente reinaba, de qué acontecimiento se trata, qué ofensa y qué alegría se ocultan tras ella. Pero esta foto no me dice nada, aunque lo reconozco todo, todo me resulta familiar, como si cayera en un matorral de ortigas y se me inflamara la piel.

Es una foto de nuestro patio, de nuestras viviendas, que se distinguen a vista de pájaro; con la distancia y la altura parecen diminutas, la ropa tendida agitándose al viento, el pequeño jardín con el grifo que nunca dejaba de gotear, el balancín, el granado y la morera. Tiene que haberse encaramado al tejado para hacer la foto. Una vez más, no tuvo miedo a los obstáculos y halló el modo de explorar ese lugar tan familiar desde una perspectiva completamente nueva.

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EL PATIO

El patio era el universo de nuestros días de infancia, y estaba situado en el más montuoso y colorido de todos los barrios de Tbilisi. «El barrio de Sololaki debe a los numerosos manantiales de las montañas circundantes haber pasado a ser, con el correr de los siglos, de un pueblo arrinconado a un barrio cotizado y floreciente en su abigarrada mezcolanza». Contemplo la foto y oigo la voz de mi padre, que me hablaba con tanta frecuencia de nuestro barrio cuando yo aún recorría de su mano sus angostos callejones. «Bajo el dominio árabe, se necesitaba mucha agua para regar los jardines de la fortaleza, así que tendieron un canal que iba de las colinas de Sololaki al valle. Cuando más tarde los turcos se hicieron con el poder, también sacaron partido de esa agua. En turco, “agua” se dice su, de este modo esa palabra turca se convirtió en la denominación georgiana del barrio, con la u transformada en o . En el siglo XIX, muchos georgianos ricos se asentaron en esta zona y plantaron sus jardines, y también en eso el agua jugó un papel decisivo. De ese modo, el barrio de Sololaki se convirtió en un barrio distinguido, y pronto muchas elegantes villas con vidrieras y pintorescos balcones de madera adornaron las calles adoquinadas».

Cuando vine al mundo y me llevaron a la sombreada y siempre húmeda vivienda del número 12 de la calle de la Vid, que estaba entre la larga calle Engels y la plaza Toneti, los altos funcionarios del Partido Comunista ya se habían trasladado a otros barrios, y el Estado había reconvertido para otros usos las antaño espléndidas villas de Sololaki. Sus habitantes vivían ahora en los llamados patios de Tbilisi. Vuelvo a oír cómo resuena en mi cabeza la voz monótona, tranquilizadora, de mi padre: «En esos patios vivían muchas familias, por culpa de la escasez general de viviendas, y como la vida se trasladaba cada vez más al exterior, aquí había mucho ruido. Era la época del neorrealismo italiano en el cine, así que enseguida hubo quien relacionó ese ruido con el de Italia. De ese modo los patios de Tbilisi se convirtieron en los patios italianos».

Veo ante mí esos patios, paseo por las calles adoquinadas y doblo hacia la calle de la Vid, donde comenzó mi vida. Aquel barrio representaba para mí entonces el mundo entero. Por él camino en mi imaginación, a lo largo del jardín botánico, de la iglesia del Crucificado y de la calle Engels, en la que estaba nuestro colegio, hacia las laderas altas del Mtatsminda con su ferrocarril de cremallera, hacia la torre de televisión y el parque de atracciones, hacia las colinas de Okrokana, avanzando por los numerosos callejones encantados y escaleras de madera entre las vides que cubrían los balcones y las callecitas enrevesadas, por la impresionante plaza Lenin hacia el ayuntamiento, pasando por entre comadres chismosas y hombres que lavan sin tregua sus coches Kamaz, entre ropa tendida al viento y fuentecillas… En esos escenarios se desarrollaron todas mis tragedias y comedias, allí me adentré en la vida, allí viví también el desplome de un mundo, incrédula, con los ojos muy abiertos y un miedo mortal en los pulmones.

Veo delante de mí nuestro patio rectangular. Las dos casas enfrentadas, en medio un diminuto jardín cercado, a mano derecha la casita de piedra de dos plantas sobre pilares que se construyó más tarde y que, menos hermosa y colorida, parecía un tanto fuera de lugar, como sobre patas de pollo, como fugada de un cuento ruso.

Al contrario de las corralas checoslovacas o austriacas, en nuestra casa no solo se accedía a las viviendas desde la calle y la escalera de empinados peldaños, sino también desde el patio y por retorcidas escalas de madera y de caracol. Las viviendas individuales estaban unidas entre sí por un pasillo emparrado, también de madera. Si bien nuestra casa tenía tres pisos y era la que contaba con los pasillos más selváticos, la casa de ladrillo de enfrente, construida en torno a finales del XIX, era la más sólida del patio, cubierta de hiedra, de dos plantas, con adornos florales en los balcones de metal. La verdadera vida de las tres comunidades tenía lugar o en los emparrados o en el patio. Allí se jugaba al backgammon o al dominó, allí se intercambiaban recetas, allí se almacenaban los tarros de conserva de las amas de casa y los juguetes viejos de los niños, allí se cambiaban hierbas por harina, se comentaban las enfermedades y se libraban las crisis conyugales, allí salían a la luz los amoríos. Casi todas las puertas de madera de las viviendas disponían de cristales, así que todos los habitantes del patio tenían claro que cualquier intimidad era de antemano una ilusión. Siempre había algún vecino insomne que registraba cada ir y venir, sin importar la hora, a cuyos oídos llegaba siempre cualquier disputa y que aireaba cualquier apasionada reconciliación. El patio era un organismo en el que todas las viviendas individuales eran los órganos, todos conectados, todos necesarios para mantener el cuerpo en marcha. Solo más adelante sospeché que al repartir las viviendas los comunistas buscaban alojar en ese microcosmos a muchos grupos profesionales distintos, que podían ayudarse unos a otros, de forma que al Estado le supusieran la menor cantidad posible de molestias y gastos: si alguien se ponía enfermo, se le atendía en el patio; si alguien necesitaba unas medias que solo se vendían bajo cuerda, se arreglaba; si alguien quería comprar unas buenas notas para poder estudiar en la universidad, se declaraba al vecindario. El patio era un Estado dentro del Estado. Un Estado socialista modélico, a primera vista: todos eran iguales, con los mismos derechos, con independencia de la etnia y el sexo, pero como es natural también eso era tan solo una apariencia. En el fondo, cada uno tenía su lugar en aquel constructo, y cada uno conocía sus privilegios. Así, al zapatero armenio Artjom no se le ocurriría ni en sueños extender sus tentáculos hacia una georgiana de una familia de académicos, igual que a la familia de fabricantes Tatishvili no se le pasaría por la cabeza invitar a su casa a la familia kurda de enfrente a la derecha.

Incluso nosotros, los niños del patio del 12 de la calle de la Vid, habíamos interiorizado esas leyes no escritas sin ser siquiera conscientes de ello. Nos limitábamos a imitar a los adultos, y, si dejábamos que el kurdo Tarik jugase con nosotras al escondite o a la rayuela —por más que nos bombardearan con que era sucio, mal estudiante, que se comía los mocos y mascaba chicles recogidos del suelo—, se debía única y exclusivamente a que nos gustaba tolerar a alguien como él cerca. Porque también esa era una particularidad de nuestro patio, de nuestro barrio, quizá incluso de nuestra ciudad: queríamos gustar o que nos quisieran a toda costa, y sabíamos que quedaba bien proteger a alguien más débil, en aquella ciudad multiétnica donde se coexistía con el otro desde hacía siglos. Al fin y al cabo, éramos los mejores anfitriones y los vecinos más tolerantes, no le tocábamos un pelo a nadie e invitábamos a todo el mundo, les servíamos y nos reíamos con ellos, pero cuando se iban respirábamos aliviados y arrugábamos la nariz hablando de sus modales en la mesa o su tosquedad. Los otros siempre eran un poco peores y un poco más bastos, un poco más tontos y un poco más desfavorecidos que nosotros.

Nuestra casa se la habían cedido a mi abuela paterna, a la que llamábamos «Babuda uno», después de la rehabilitación de su familia. Tenía techos altos y paredes húmedas, balcones adornados que daban a la calle y grifos que goteaban, ante los que nada podía hacer ningún fontanero. Allí creció mi padre, allí llevó a mi madre después de volver la espalda a Moscú. Allí llevaron también a mi hermano y cinco años más tarde a mí, tras ver la luz del mundo en una sala de partos desnuda en algún sitio próximo a la estación. En mi cuarto —mi diminuto e improvisado reino— colgaban pósters sacados de revistas de «cine extranjero» conseguidas a precio de oro en el mercado negro. De niños, mi hermano y yo habíamos compartido una hermosa habitación, algo más grande, y no pocas veces habíamos organizado guerras de almohadas y pruebas de valor, pero con los años se volvió demasiado estrecha para los dos, así que a mí me trasladaron a la diminuta estancia que había junto a la cocina, la antigua despensa. No me gustaba especialmente, pero estaba mejor que Babuda uno y Babuda dos (consecuentemente, mi abuela materna), que compartían el salón en el que recibían a sus alumnos y traducían libros —y que cada noche se convertía con mucho esfuerzo, empujando unas cosas y tirando de otras, en dormitorio—, donde se veían obligadas a convivir durante sus peores enfrentamientos y también en épocas pacíficas.

El emparrado del segundo piso era tanto nuestro como de Nadia Aleksandrovna, una viuda sola y sin hijos de la que no podíamos imaginar que alguna vez hubiera sido joven, y que había cometido el funesto error de enamorarse de un profesor de guitarra georgiano durante sus estudios en la Universidad Lomonósov de Moscú. Perdió la cabeza y el entendimiento y viajó con él a su patria envuelta en leyenda, que había sido cantada y admirada por muchos de los compatriotas de ella. Una vez que se extinguió el amor tempestuoso y amainó la pasión insensata, el profesor de guitarra dejó sus trofeos rusos en casa de su hermana mayor y desapareció durante semanas en brazos de otras damas. Por lo visto, el amor de Nadia era más testarudo e inquebrantable que el de su marido, porque se mantuvo fiel a él durante toda su vida e incluso más allá, y siempre encontró disculpas para su imperdonable comportamiento. Incluso cuando engendró hijos ilegítimos con dos mujeres y los llevaba de vez en cuando a casa, a Nadia le parecía que el «pobre hombre» estaba en su derecho, dado que una grave enfermedad infantil le impedía a ella tenerlos. Aquel hombre en constante festejo debía de compensar a su frágil y etérea mujer con algo muy de peso, porque no había otra forma de explicar su amor sacrificado hasta la necedad. A la muerte de la hermana soltera del guitarrista y de él mismo de cirrosis hepática, Nadia se quedó con la oscura y húmeda vivienda de dos habitaciones, sus plantas de interior y sus gatos… y su ruso, que hasta el fin de su vida jamás cambió por el georgiano, igual que nunca dejó de regalarnos caramelos de turrón y regaliz a los niños.

Hoy día sigo sin saber por qué las Babudas guardaron en todo momento las distancias con ella; sin duda siempre la trataban con amabilidad, le llevaban de vez en cuando un poco de harina, levadura o huevos, pero mantenían cierto escepticismo. Probablemente se debía a que ambas se acordaban muy bien de su marido y de su «indigna» vida junto a él, y no podían perdonarle esa entrega femenina que casi lindaba con el sacrificio religioso. Y, aunque tenían muchas cosas en común —también Nadia era mujer de literatura y sublimes versos—, no trabaron amistad, así que hasta su muerte Nadia Aleksandrovna no pasó de ser una vecina a la que solo se invitaba a las grandes fiestas y a la que por Pascua se le llevaban huevos rojos y paska.

Un piso más abajo, en el primero, vivían los Basilia. ¿Qué habrá sido de ellos? La voluminosa Nani, dependienta a tiempo parcial en un Gastronom de la ciudad, en algún lugar al otro lado del río; como oficio principal, comerciante en el mercado negro y la mujer más ladina de todo el patio (ni siquiera la madre de Ira podía competir con ella en eso). Me acuerdo de la bata de colores que llevaba siempre. Realmente lograba comerciar con todo y con todos: si se le pedía un poquito de sal, al instante siguiente quería medio kilo de arroz como contraprestación. Era capaz de convencer a cualquiera de que comprara cualquier cosa, y en especial las mujeres del patio se mostraban sumisas con ella, aceptaban con paciencia su mal genio y sus modales rudos, porque por un pago adecuado podía conseguir lo que fuese que el corazón deseara y el Estado soviético no fuera capaz de proveer: desde entradas de cine para un pase cerrado hasta ropa interior checa. De su esposo, Tariel, la mayor parte de las veces no se veía salvo la espalda cubierta de impresionante vello, porque incluso en su tiempo libre trabajaba incansablemente en su Kamaz, que para rencor de todos los niños siempre aparcaba en el patio, y que les estorbaba para jugar. Su único hijo, Beso, no había heredado el talento ni de su padre ni de su madre; era un tipo lento, pesado y perezoso, que no paraba de rascarse la entrepierna y ya de niño mostraba una marcada curiosidad hacia todo lo relacionado con la sexualidad.

¿Vivían los Basilia pared con pared con Zizo? Sí, claro, eso debía de ser, porque luego la familia de Ira, los Zhordania, ocuparon parte de la vivienda de la anciana y se produjo el primer gran escándalo del patio. Zizo nunca me gustó, pero siempre tenía que soportárselo todo, así nos habían enseñado a mí y a los otros niños. Porque aquella dama solitaria, con su necio sombrerito en la cabeza y un tono de perpetuo lamento, había perdido hacía años a su único hijo en un accidente de automóvil, y aquella pérdida le confería un estatus de mártir a los ojos de la comunidad del patio. Podía hacer lo que las otras no podían: protestar y lamentarse, regañar y quejarse. Más tarde, una de las habitaciones de su vivienda de dos dormitorios fue a parar a Giuli, la madre de Ira. Pero en aquel momento sin duda no era consciente de que de ese modo se le cegaba el acceso a su casa por la escalera principal y se la condenaba a la eterna queja y el lamento en el camino por la escalera de caracol.

Toda la planta baja pertenecía a los Tatishvili, con su espaciosa vivienda, aquella familia modélica hasta lo irreal, de escaparate, a la que, a pesar de su exagerada hospitalidad, su sociabilidad y las impresionantes artes culinarias de la madre, se miraba con gran desconfianza. El rechazo partía sobre todo de los representantes de la intelligentsia del patio, y se debía al oficio que había ejercido antaño el padre de familia, Davit, al que se aludía siempre como «el Chejovik», una palabra cuyo significado yo solo comprendería años después: la encarnación soviética de la depravación y corrupción del Estado. Eran los «cerdos capitalistas» de la era soviética, la espina en el costado de cualquier persona «honrada». A esto se añadía que aquella familia parecía un poco «demasiado perfecta», y por eso todo el mundo se esforzaba incansablemente en encontrarles fallos y problemas.

Anna Tatishvili se sentaba dos bancos por delante de mí, y era la princesa oficiosa del curso, una belleza y la primera de la clase durante muchos años, hasta que Ira pudo disputarle al menos este último estatus. Su hermano Otto, el príncipe de la familia, era un pequeño sádico. Cuánto le odio, qué inquieta me siento aún cuando pienso en él. Ese eterno fugitivo. ¿Cómo puede vivir con el peso de su culpa?

Ya de niño manifestó ciertas peculiaridades, pero sus padres se dieron por satisfechos con una ristra de justificaciones. ¿No decían entonces que era un «chico especial», con el que hacía falta tener mucha paciencia? Solo una vez, el día en que ahogó al gato de Nadia Aleksandrovna en la pileta que había debajo del grifo del patio —el pequeño Tarik fue testigo de la tortura, y nos la contó—, perdieron aquella paciencia casi infinita y profetizaron que aquello «no iba a acabar bien». Qué razón tenían.

La casita sobre pilares de la derecha —también esa era una ley no escrita— albergaba a perdedores y marginales. La llegada de Lika Pirveli y sus dos hijas puso esa ley patas arriba. Antes solo vivían allí el zapatero armenio Artjom, al que su esposa e hijos habían abandonado por su desmedido amor al alcohol, y la familia kurda que de niña yo creía que no tenían apellido, porque nadie los llamaba ni por él ni por sus nombres de pila, sino únicamente «los kurdos». ¿No trabajaba el padre en los baños de azufre, o estoy confundiendo las cosas? Debería preguntar a Ira, sí, ella tiene una memoria estupenda, ella lo sabrá. Los hijos mayores de la familia kurda, en total eran cinco o seis, ya habían salido del nido y algunos se habían casado. Tarik, el más pequeño, era hijo tardío, y se rumoreaba que sus padres creían ya concluida la cuestión reproductoria cuando él se anunció al mundo. Con sus gafas de gruesos cristales, que transformaban sus ojos en puntos diminutos, Tarik era un joven de lo más amable y cortés, sobre el que circulaban de manera injusta toda clase de sandeces, lo que no le ponía precisamente fácil que los otros niños lo aceptasen. Aun así, de algún modo siempre estaba con ellos, y se le veía jugar en el patio en todo momento. Tarik era un amante de los animales, llamaba por su nombre a cualquier chucho y lo alimentaba con golosinas que sisaba a sus padres o a los vecinos. No sé si su madre lo idolatraba porque había llegado al mundo sin previo aviso, como una dicha tardía, o porque no llevaba una vida fácil, pero le quería tanto que sin duda su amor era un obstáculo tan grande para él como todos esos rumores idiotas. Tarik, sí, Tarik, el sismógrafo de la desgracia, el mensajero de la ruina, que anunció el final de nuestra infancia.

Mi mirada sigue vagando por la imagen más allá de nuestro patio, hasta la casa de ladrillo rojo, en el lado opuesto. Las viviendas de la casa roja eran más resistentes, más bonitas, más seguras, los habitantes de la casa roja eran los cimientos del patio, y se les tenía especial respeto. Como en nuestro caso, tampoco allí compartían un mismo piso varias familias; en total solo había dos; o, mejor dicho, una familia y el tío Givi, un nombre que provocaba una admiración infinita en casi todos los habitantes del patio (sobre todo entre los mayores), acompañada la mayor parte de las veces por un cabeceo de lástima.

Tío Givi… No puedo evitar sonreír, y dejo que ese nombre se me funda en la lengua, sobre la que en cuestión de segundos se extiende el sabor de mi infancia, un aroma a helado de crema, a trigo sarraceno, a caramelos de regaliz y limonada de estragón. Se diría que tío Givi había vivido siempre en esa casa de ladrillo, desde la época de los zares, antes de todas las revoluciones y antes de los bolcheviques. Mantenía las ventanas abiertas tanto en verano como en invierno, y de su casa salía música clásica. Pasaba por héroe de la Segunda Guerra Mundial, condecorado con varias medallas al valor; había llegado hasta Berlín, era general retirado y apasionado pianista; autodidacta, se solía añadir con reverencia. Un hombre enérgico, a decir de mis Babudas, a quienes yo imaginaba enamoradas de aquel tipo alto, enjuto, de hombros caídos y andar titubeante.

Sobre todo Eter, Babuda uno —la más detallista y severa de mis dos abuelas, a quien menos capaz consideraba yo de cualquier sentimiento romántico—, flaqueaba en cuanto la conversación derivaba hacia tío Givi, y quién sabe, quizá habría podido conquistar su corazón y charlar con él sin descanso sobre lo sublime de la música y de la lengua alemanas de no haber habido un pero, un obstáculo insalvable que le hacía imposible plantearse una relación seria con él: tío Givi era un estalinista acérrimo, y ni siquiera después de destruido el culto a Stalin había descolgado de la pared su retrato, bajo el que siempre ponía un jarrón con flores frescas.

Sí, aquel viudo galante, sin hijos, con pensión de veterano y debilidad por el ajedrez y Bach, admiraba a ese genocida que había arruinado a los padres de Eter y destruido su futuro. Cada vez que las cosas tomaban una dirección peligrosamente equivocada a los ojos de tío Givi, invocaba al «hombre de acero». «¡Si viera hacia qué abismo está rodando todo!», gemía cuando leía el periódico junto a la ventana abierta por la mañana o escuchaba las noticias en la radio. «Su mano férrea, y todo volvería a estar en su sitio». Aquellas exclamaciones no impedían a las damas del barrio, en su mayoría entradas en años, hablar ensoñadoras de sus finos modales y su atildada manera de vestir, también hablaban con evidente emoción de su ilimitado, «desgarrador» amor hacia su esposa, «por desgracia, por desgracia» muy pronto fallecida. ¡Qué amor, qué entrega, qué ternura! Y, mientras se les humedecían los ojos y se les deformaban las bocas en un trazo nostálgico, surgía la sospecha de que, tal vez sin confesárselo a sí mismas, deseaban estar en el lugar de aquella eterna Julia a la que no le había sido dado envejecer y engendrar descendencia con Givi.

Su lenguaje, que resultaba un tanto artificioso y anticuado, siempre nos hacía reír a los niños, y a veces llamábamos a su puerta, con toda clase de tontos pretextos, para entablar conversación con él y escuchar sus complicadas frases. «La primavera ha florecido con sus delicados tonos de maquillaje en nuestro patio, fíjense, inocentes criaturas», nos dijo en una ocasión al pasar, y nosotras rompimos a reír en cuanto desapareció detrás de su puerta. «Les deseo a todas ustedes un año lleno de asuntos del corazón, que se resuelvan a su mayor satisfacción posible», nos saludó una vez en Año Nuevo, y nos pasamos días repitiendo esas palabras, ya no podíamos contenernos. Y enseguida tengo que pensar en el día en que me puso delante aquel viejo cuaderno…

Me pregunto cuál de mis dos Babudas tuvo la brillante idea de tratar de convencernos a mi hermano y a mí, con un esfuerzo casi sobrehumano, para que tío Givi nos contara algo sobre música clásica. Naturalmente fracasaron con Rati: mi hermano gritó como si lo estuvieran despellejando, no quería convertirse en el hazmerreír del barrio entero como si fuera un niño de papá, pero yo no logré sustraerme a su voluntad, y de hecho fui unas cuantas veces a visitar a su ídolo para recibir alta educación musical. Y es probable que aún hubiera tenido que pasar un tiempo oyendo conferencias sobre los Estudios de Bach o la Séptima de Shostakóvich, que tío Givi apreciaba especialmente a causa de sus recuerdos de la guerra, si el propio tío Givi no hubiera acudido de manera inesperada a mi rescate.

Durante una de sus charlas, se levantó de pronto para ir a buscar unas partituras al cuarto trasero, y yo aproveché la oportunidad: cogí sin pensar la servilleta que tenía delante, sobre el montón de periódicos, y comencé a dibujar. Como de costumbre, me distraje en la tarea, sin un motivo particular en mente, mientras su voz empezaba a apagarse al fondo. Me ensimismé tanto en mi querida ocupación que al principio no me percaté de que había aparecido a mi espalda. Se detuvo, me sobresalté y dejé caer el lápiz.

—Lo siento —murmuré, intentando hacer desaparecer la servilleta.

—No, no, espere, enséñemelo, parece interesante.

Ahora que pienso en esa escena me doy cuenta de que él hablaba de usted a todo el mundo, y no puedo evitar pensar en cómo nos gustaba aquella particularidad a los niños del patio, puesto que al dirigirse así a nosotros nos hacía sentir mucho más importantes.

Titubeando, empujé hacia él la servilleta. Solo al mirarla con más atención reparé en lo que había tratado de dibujar o, mejor dicho, a quién había tratado de dibujar, y me ruboricé al instante. Lo que yo había esbozado con fugaces trazos eran los aristocráticos rasgos de tío Givi: su larga nariz aguileña y su mandíbula un tanto huidiza. Él cogió el dibujo y se lo acercó a los ojos, no llevaba las gafas y, al parecer, no quería perderse ningún detalle.

—No está mal, señorita, nada mal. ¿Dibuja usted a menudo?

—De vez en cuando —dije yo en voz baja.

—¿Sobre todo retratos?

Yo no entendía adónde quería ir a parar, y me encogí de hombros.

—Quiero decir que si le gusta dibujar objetos o se dedica más al rostro humano.

—No sé. Dibujo todo lo que me parece interesante.

—Oh, entonces me siento muy honrado. Debe usted seguir —añadió, todavía ensimismado en el dibujo—. Quizá un día llegue usted a ser un segundo Kramskói.

Me sentí halagada, y contentísima de saber por una vez de quién hablaba. Distintas reproducciones de La desconocida adornaron varias de las casas de mi niñez, y, si no ese cuadro, el de Niña con melocotones de Serov, que teníamos en forma de postal en la estantería, apoyada en el dorso de los libros, y de la que Dina decía siempre que se me parecía.

También tío Givi tenía La desconocida colgada en un marco dorado de la misma pared que adornaba un gigantesco retrato de Stalin. A la izquierda de La desconocida había una foto en blanco y negro de su mujer, fallecida tan pronto; con su mirada un tanto tímida, el cabello cuidadosamente recogido y el cuello de redecilla, parecía salida de otro siglo.

—¿No quiere terminar su trabajo? —me animó él—. Voy a traerle una hoja de papel y terminará el retrato, ¿de acuerdo? Los Estudios pueden esperar —añadió, como si con eso quisiera hacerme más apetecible la tarea.

Asentí, a pesar de mi inseguridad, porque de hecho me parecía mejor que tener que seguir oyendo interminables charlas sobre música. Trajo un viejo y desvaído cuaderno de pintura y lo puso delante de mí. Yo cogí el lápiz y esperé a que él se levantara y me dejara sola, pero no me atreví a pedirle ese favor. Saltaba a la vista que lo enorgullecía haberse convertido en modelo en un abrir y cerrar de ojos, aunque solo fuera para una adolescente. Yo me esforcé, estudié con más detalle sus rasgos y empecé a trazar unas líneas más precisas. Sus ojos eran hermosos, quería concentrarme en ellos, debían ser el foco. Eran cristalinos, despiertos, como si en ellos se escondiera la fuente de su juventud, porque parecían singularmente jóvenes en comparación con el resto de su rostro.

Durante un breve instante se condensó el tiempo, los sonidos enmudecieron de golpe, incluso se esfumó el tictac del reloj de pared, el mundo, el exterior, todo se volvió sordo y tranquilo. Sentí que se me ponía la piel de gallina en los brazos, y apenas podía soportar esa concentración, pero al tiempo intuía que ese momento era especial, y no quería perderme ninguna emoción, ningún impulso, por diminuto que fuera. También tío Givi parecía contener el aliento, también él parecía encontrarse en un lugar mágico, en el que todo existía al mismo tiempo y a la vez nada tenía importancia.

Siempre me acordaré llena de gratitud de aquel momento, de aquel hombre especial, que me reveló la fuerza que llevaba en mi interior y que debería haberme servido de brújula en la vida. Y, sin embargo, en el mismo instante me siento pesada como el plomo, porque nada me entristece más, nada me arrebata tan despiadadamente el suelo bajo los pies como la idea de que una triste tarde de febrero de hace mucho, mucho tiempo, en el zoo, junto a la jaula de los monos, cambié aquella brújula por la pura supervivencia, y jamás he vuelto a recuperarla desde entonces.

No sé cuánto tiempo estuvimos sentados así, si fue una eternidad o solo cinco minutos. Con mano temblorosa, le tendí el dibujo.

—Tiene usted talento, joven, tiene talento. Y creo que ese talento no está en la música, sino en la pintura. Debería dedicarse a ella en serio —dijo en voz baja, y esta vez se puso las gafas de leer para poder estudiar mejor el dibujo.

Se quedó largo rato inmóvil, y yo habría dado cualquier cosa por saber lo que le pasaba por la cabeza en esos momentos. Me sentía halagada, y a la vez tenía miedo. Como si sus palabras me hubieran impuesto una responsabilidad y no me sintiese a la altura.

—¿Puedo quedarme con el dibujo? —me preguntó.

Nunca nadie había dado antes tanto valor a un dibujo mío. En casa, yo no era más que la niña que «hacía garabatos», y de vez en cuando había miradas benévolas de mi padre o un elogio de las Babudas a mi «imaginación». En el colegio nadie se interesaba por mis ambiciones artísticas, y hasta ese instante tampoco yo me había sentido inclinada a enseñar a lo grande mis «obras de arte». Para mí era algo que hacía como respirar o comer, sin pensar. Por supuesto que seguí desconfiando, y dudaba de que él estuviera realmente entusiasmado, pero sabía que era una persona muy seria, poco dada al humor o la ironía, así que al final no me quedó más remedio que creerle.

Y de hecho, algunas semanas después, al mirar desde el patio la ventana abierta de su casa, descubrí mi sencillo dibujo de su rostro entre su difunta esposa, La desconocida de Kramskói y el retrato de Stalin. Me quedé parada, atónita y desbordada, y me puse de puntillas, incapaz de apartar la mirada de aquella curiosa disposición.

Solo dos días después de aquel decisivo encuentro, tío Givi llamó a la puerta de nuestra casa. Las Babudas estaban completamente fuera de sí, como si Jean Gabin se hubiera presentado en persona (reinaba un raro acuerdo entre ellas por el que Jean Gabin era el hombre más guapo del mundo). Dispusieron en la mesa todo lo que había en la despensa, además de té verde recién hecho. Después de una charla superficial, tío Givi fue al grano:

—Creo que no deberíamos seguir obligando a la pequeña Keto a honrarme con sus visitas —dijo, y carraspeó de manera significativa.

—¿Por qué? ¿Qué ha hecho? Keto, ¿qué has roto? —gritó Babuda uno por la casa.

Al oír la voz de tío Givi, yo me había deslizado dentro de mi cuarto y escuchaba a través del fino tabique. Intuía que su visita tenía algo que ver conmigo, y seguía sin saber muy bien qué consecuencias me acarrearía.

—Oh, no, es una niña despierta, encantadora, de eso no hay duda.

Se oyó a las dos Babudas respirar aliviadas.

—¿De qué se trata entonces? —preguntó Oliko, Babuda dos.

—Sencillamente, no creo que su interés sea la música clásica. Y su talento tampoco —confesó tío Givi con una desarmante sinceridad, que hizo enmudecer por un segundo a las dos Babudas.

—Pero ese interés se puede fomentar, se puede educar el oído… —balbuceó por fin Oliko.

—No se puede avivar una pasión apretando un botón, y la música es una pasión, tiene que ser una pasión, cualquier otra cosa sería una pérdida de tiempo, y no sería digno de ella. —Carraspeó—. Pero…

—¿Sí? —preguntaron a coro las Babudas.

¡Cuánta esperanza había en esa pregunta! Quizá había una posibilidad, una ínfima posibilidad, de que pudiera seguir visitando a su ídolo, a ese galante caballero.

—Tiene un talento impresionante para su edad, créanme, aunque no para la música, sino…

—¿Sino?

Esta vez fue Babuda uno la que no pudo aguantarse la curiosidad.

—Sino para las artes plásticas, diría yo. Dibuja sorprendentemente bien. Sin duda.

Hubo una pausa, y me irritó no poder ver los rostros de las Babudas. ¿Estaban sorprendidas? ¿Decepcionadas? Un sentimiento triunfal se abrió paso en mi interior, porque sabía cuánto valoraban ellas su opinión. Oí otro carraspeo, una de las Babudas tosió, y escuché cómo Oliko se encendía un cigarrillo, sin duda seguido de una mirada de reproche de Eter.

—Sí, quizá sepa dibujar muy bien, pero una formación musical clásica es otra cosa… —Babuda uno ya no podía contener su decepción.

—Deberían ustedes fomentar su talento. Un pintor profesional debería ver sus dibujos.

La voz de tío Givi parecía algo más áspera que de costumbre.

—Sí, claro, claro, lo haremos, ¿verdad, Eter?

Babuda dos había intervenido e intentaba volver a relajar el ambiente.

—Sabe —insistió tío Givi—, a la música hay que abrirse, hay que permitir que le llegue a uno hasta el alma, que haga algo en ella, en el más auténtico sentido de la palabra, y luego hay que expresar al mundo lo que ha hecho. Keto no podría hacer eso. Necesita su cáscara. Dios sabe por qué, pero es así.

Aquella frase —escuchada desde mi diminuto cuarto— se me quedó grabada en la memoria. Incluso ahora resuena en mi interior, a años luz de aquel momento y a mucha distancia de aquel lugar. Entonces no podía saber lo bien que tío Givi, además de las partituras, sabía leer a las personas.

Pronto las Babudas se quedaron sin argumentos y, decepcionadas, se dieron por vencidas. Con exagerada sumisión, le agradecieron su visita, y apenas se hubo ido me sometieron a un interminable interrogatorio para saber si yo había hecho algo, hasta que una profunda melancolía cayó sobre ambas y se vio cómo se despedían de su sueño de hacer de su nieta una gran música.

Con todas las diferencias, con todas las ambivalencias que presentaban sus biografías, mis dos abuelas eran de parte a parte personas de su época, es decir, tenían una educación soviética y establecían una clara distinción entre arte sublime y arte inferior. La música clásica, incluyendo el ballet, así como determinados deportes muy populares en la Unión Soviética, se basaba en la disciplina, en el esfuerzo incansable, había que desollarse los dedos tocando, ensangrentarse los pies bailando, entrenar el cuerpo hasta caer rendido para conseguir algo, porque si se era artista o deportista había que tener éxito, visible, con condecoraciones y reconocimiento; como artista había que despertar una admiración sin límites y distinguirse con trofeos, y en cambio todo lo que a una le resultaba fácil (y así era como clasificaban mi capacidad para el dibujo) era sencillamente poco serio, y no se consideraba digno de ser fomentado. No era más que un pasatiempo, un jugueteo juvenil, y no se podía reforzar en la niña la idea de que la vida regalase nada, de que algo se pudiera conseguir sin un duro trabajo, de que algo que a uno «le había caído del cielo» pudiera hacerte feliz en la vida.

Mi mirada se detiene en el primer piso, el diminuto fragmento de la foto visto desde la perspectiva aérea: los Iashvili. Junto a tío Givi, los otros únicos habitantes de la casa de ladrillo rojo. Curiosamente, no es a Levan al primero que veo ante mí; es Nina, su madre, la que se alza frente a mi mirada interior. Esa mujer suave, acogedora, amable y cultivada, de piel de alabastro y ojos verdes, con la mirada eternamente soñadora de una sirena, tenía algo de personaje de Chéjov, con su toquilla de ganchillo, sus cuidados cabellos y sus boinas. Trabajaba en la biblioteca pública, y mis abuelas la querían y respetaban por igual; era una generación más joven que las Babudas, pero parecía tener mucho más en común con ellas que con otras mujeres de su edad del barrio. Qué hermoso trío hacían las Babudas y Nina a la mesa de nuestra cocina, donde se turnaban para jugar por parejas al backgammon. De vez en cuando Nina y Oliko fumaban un cigarrillo juntas o conversaban acerca del libro que acababan de leer. Nina proporcionaba a las Babudas libros incluidos en el índice, a los que los mortales no tenían tan fácil acceso. Y enseguida ese idílico recuerdo se ve oculto por su espantoso aullido de lobo, el día en que la muerte llamó sin anunciarse a su puerta.

El marido de Nina, Rostom; también veo su rostro con exactitud delante de mí, su melancolía, sus gafas desproporcionadamente grandes y sus cabellos claros y ralos. Me veo entrando a su cuarto oscuro, el lugar favorito de Dina. Me pregunto: ¿habría podido imaginarme esa vivienda como mi casa, pensé alguna vez en vivir en ella, creí que iba a ser feliz allí? Ya no lo sé.

Rostom, sí, Rostom. Ese hombre solitario, que vivía en su propio mundo. ¿Era El Comunista la revista para la que trabajaba como fotógrafo? Sí, creo que sí, al fin y al cabo se consideraba un puesto de prestigio, aunque él prefiriese revelar sus retratos a gran escala antes que los motivos conformes al Estado que normalmente le requerían. Estoy viendo las paredes de aquella casa amueblada con sencillez, que la mayoría de las veces olía a bizcocho, decorada con sus fotografías, y, aunque los retratados eran vecinos y conocidos, incluso miembros de la familia, en cada ocasión me parecía estar viéndolos en las imágenes por vez primera.

Cómo nos gustaba, cuando éramos niñas, ver las fotos colgadas de una cuerda de tender a la suave luz roja de su cuarto oscuro. Cuántas veces, con el pretexto de ver las fotos de Rostom, busqué allí la proximidad de su hijo menor, que nunca quiso admitir que yo le atraía, pero que aprovechaba la situación para rozar mis hombros, para tocar mi mano. Qué exquisito ese frágil diálogo bajo la luz roja.

Probablemente a Rostom le pasaba lo mismo, probablemente hallaba la paz necesaria bajo esa luz tenue. Solo a veces, cuando uno de sus hijos armaba un lío o Nina perdía la paciencia, salía a la luz diurna y se veía obligado a tomar la palabra y hacer de padre severo, aunque probablemente tuviera muy claro que ni su hijo mayor, Saba, ni el segundo, Levan, temían las amenazas. ¡Cuántas veces se rio Levan de la fingida severidad de su padre! Y Saba, el bello Saba, «Blancanieves», cómo odiaba el atinado apodo con que lo bautizó mi hermano. Tengo que cerrar un momento los ojos, tengo que coger aire, vuelvo a pensar en la huida.

Cuántas veces me he preguntado si mi hermano habría seguido el camino que siguió de no haber ocurrido lo de Saba. Aquel chico guapísimo de rizos negros como la pez, ojos verdes, piel blanca como la nieve. El amigo al que mi hermano más quería y necesitaba. No puedo evitar sonreír cuando pienso en su timidez y torpeza, que no encajaban en absoluto con su desarmante presencia. Qué mal manejaba la atención femenina, que todos sus amigos envidiaban, incluyendo a su hermano. Pero la mayor parte del encanto de Saba provenía precisamente del hecho de que no era consciente del efecto que causaba en los demás, y en particular en el otro sexo. En compañía femenina era torpe y parecía desbordado, se ruborizaba sin cesar cuando se le hablaba de manera directa, y parecía necesitar como modelo a mi hermano —con su arrojo y sus bruscos modales—, como alguien en quien apoyarse para salir adelante en este mundo lleno de exigencias y expectativas.

Nunca he entendido por qué se sentía tan incómodo cuando lo tenía todo para ser admirado, querido, incluso idolatrado; quizá era la herencia de su padre, quizá también le hacía falta un cuarto oscuro que le brindara la paz y la seguridad que necesitaba. También él habría sido un buen personaje de novela, pero no del universo de Chéjov, no; más bien un personaje de una novela francesa, quizá de Flaubert o de Proust. Tanto más absurdo me parecía el hecho de que escogiera precisamente a mi hermano como su mejor amigo. Mi hermano Rati representaba todo lo que no era Saba: Rati era el mascarón de proa de un mundo de hombres que a Saba le resultaba ajeno, él hablaba el lenguaje de la calle, era masculino de la manera que se apreciaba y respetaba en nuestro país. Pero tampoco entiendo las razones de mi hermano para aquella desigual amistad, hasta hoy mismo me sigue resultando inexplicable qué buscó y encontró mi terco, radical, incansable y rebelde hermano al lado de ese chico sensible que encarnaba todo aquello de lo que Rati se burlaba. Saba era su antítesis: tranquilo, introvertido, parco en palabras, torpe, tímido y, sobre todo, miedoso. Nunca he visto a Saba apremiar a alguien, y no digamos ejercer ninguna clase de violencia física o verbal, que era el pan de cada día para Rati y el resto de sus amigos. Debía de haber en mi hermano, en un rincón oculto, algo que anhelaba la sensatez y paz interior de Saba.

Y la mano protectora de Rati garantizaba a Saba la inviolabilidad que necesitaba para poder ser él mismo. El precio de esa intangibilidad era tener que acompañar a Rati y sus amigos a sus disputas y peleas. La obligación de Saba era actuar como una especie de pacificador en las diversas rasborki y tirar del freno de mano cuando la situación se salía de madre.

De repente la oigo: la voz de Levan, grave de un modo que no resulta natural, como si

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