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Los años sabandijas

Xavier Velasco

Fragmento

Los años sabandijas

I. Cantata y fuga

—El Cucho paga poco, pero al chaschás —masculla el Ruby, como si rezara—. Le das tres extintores y sales de Tepito con novecientos pesos en la bolsa, o sea en el calcetín. Un vuelo de ida y vuelta a Acapulco. Trece y media botellas de Bacardí. Cinco discos importados. Siete tanques completos de gasolina.

—¡Concéntrate, carajo, que nos van a agarrar! —pega un grito el Roxanne, que detesta hacer cuentas y no siente el alivio que el otro experimenta multiplicando, dividiendo, sacando porcentajes y sumando cocientes, mientras escapan juntos del enorme estacionamiento del Sears, con la cajuela llena de extintores de fuego.

—Cállate ya. Y agárrate, chingao —da un volantazo el Ruby, trepa las cuatro llantas a la banqueta y barre con el claxon a los pocos peatones que aún no habían visto su Rambler amarillo—. ¡Órale, pinches changos, ábranse o se los carga la pescuezona!

—Te advertí que me daba mala espina —agita la cabeza, respira entrecortado, se frota los nudillos el Roxanne— y encima no tenemos para pagar la fianza.

—Fianza tus nalgas, Roxy —se carcajea el Ruby, al tiempo que las llantas delanteras giran hacia la izquierda y caen de golpe sobre el pavimento—. Si nos agarran, no hay derecho a fianza.

—No mames, ¿eso es cierto? ¿Por qué no me dijiste?

—Te dije que leyeras el Código Penal. Son de cinco a doce años nada más por el robo. Si la media aritmética pasa de los cinco años, hay que esperar el juicio guardaditos.

—¿Guardaditos en dónde?

—¿En dónde crees, pendejo? ¡En el tamborileiro, papá!

—¿En la cárcel-cárcel? No chingues, pinche Ruby —se estremece el Roxanne y gira la cabeza para seguir buscando entre las luces los faros del vochito que los perseguía.

—Nadie se va a ir al tanque, no seas nena. Ya te dije, mi Roxy: Rudie can’t fail.

—¿Sabes alguna fórmula para sacar una media aritmética?

—La cagas, Roxy Baby. Ya acabaste la prepa y ni eso sabes. Doce y cinco serían diecisiete. Entre dos, ocho añitos y medio. Faltan los agravantes, que de seguro habrá.

—¿Agravantes por qué?

—Imagínate que se incendia el Sears y faltan extintores y nada más por eso hay un madral de muertos y chamuscados… Saldríamos en todos los periódicos.

—Pero nos los chingamos del estacionamiento…

—…que está lleno de coches llenos de gasolina. ¡Bum!

—¿Y eso es un agravante?

—No sé, carajo, ni que fuera yo agente del Ministerio Público. Mejor dime si vienen.

—¿Si vienen quiénes?

—¿Cómo quiénes, baboso? Los que van a entancarte por doce años.

—¡No digas pendejadas, que se nos va a hacer cierto!

—Tampoco es para tanto, Roxy. Tienes diecinueve años, sales de treinta y uno. ¿Qué purrún? —se finge cool el Rudie, con un ojo clavado en el retrovisor y el otro en el semáforo que acaba de ponerse en amarillo.

—Tu puta madre, ¿oíste? Y tus putas hermanas y tu puto papá y tus putos abuelos, yo no me voy a ir a ningún tanque —solloza ya el Roxanne, que no está para chistes ojetes y mamucos y hace rato que trae los huevos por amígdalas.

«Hace rato» podrían ser los tres minutos y cuarenta y nueve segundos que dura la canción que recién terminó, aunque el miedo lo trae desde que decidieron atracar el estacionamiento del Sears. «Tengo un presentimiento», quiso decirle al Ruby un par de horas atrás. ¿Pero cómo, si él era el más interesado? Además se hizo tarde. Llegaron ya de noche, había luces prendidas en cada piso, edificios enfrente y a los lados, gente que podía verlos desde cualquiera de ellos e ir a rajarse con los aguafiestas.

«Buenas noches, señor tira. Llamo para decirle que hay un par de rateros en su estacionamiento», se burló el Ruby para tranquilizarlo, pero igual el Roxanne intuía a sus espaldas el zumbido sutil de una mirada intrusa. Nada que al fin fuera a tomar en cuenta el Rat, el Rudeboy, el Rudén, el Rudie, el Robén, no exactamente mejor conocido como Rubén Ávila Tostado: fanático del Clash, ratero fino, desertor escolar, fugitivo frecuente, piloto de un maltrecho Rambler 72.

—¿Cuál estacionamiento? ¡Es una puta mina! —había alzado el Ruby los brazos y las cejas, con ínfulas de gangster colmilludo a la hora de planear el nuevo golpe—. ¿Tienes una emergencia? Vas por diez extintores al Sears de Insurgentes. ¿Necesitas boletos para el concierto de The Police? Papi Sears comprende, colabora y coopera. ¿Cómo la ves, mi Roxy? ¿Nos vamos de mineros?

¿Otra vez a la mina? Iba a ser la tercera, según el Ruby, pero el Roxanne sabía que sería la quinta porque él ya había ido dos veces por su cuenta. En una sacó cuatro, en la otra seis, aunque de eso sí nadie va a enterarse. Bastante lo ladillan con lo que ya le saben para encima proveerles combustible. «Pues sí, soy un romántico», explica si preguntan por su apodo, y acto seguido aúlla algún trozo selecto de la canción que al fin, hace no mucho tiempo, le salvó de seguir dando la cara por el nombre de pila que desde muy pequeño lo abochorna. «Es que me gusta mucho The Police», se defiende si alguno lo ve feo por dejarse poner sobrenombre de vieja. Y es más: de vieja puta.

Lo que el Roxanne no cuenta es su afición profunda y según él secreta por las colegas de la musa de Sting: beneficiarias últimas de los tres mil pesotes que el Cucho le pagó por los diez extintores. «¿Pa qué quiere pareja, entre tanta piruja?», se ríen sus amigos, que una vez lo siguieron a distancia hasta la impura esquina de Pánuco y Villalongín, engalanada noche tras noche por un puñado de jornaleras del catre. El Roxannes, le decían al comienzo del año. Luego fue divertido tumbarle la ese y descubrir que ni así se quejaba, porque al fin el Roxanne podía soportar que lo llamaran de cualquier manera, menos por ese nombre pestilente que ni cagando piedras lo representa: Lamberto Nicanor Grajales Richardson.

El buen ladrón respeta las corazonadas, pero el aventurero se mira desafiado. ¿Quién puede más, la adversidad o yo?, se provocó en silencio el Ruby Boy, nada más terminó de bajar por la rampa, enderezó el volante del ramblercito y contó seis, siete, ocho monos vestidos de naranja, parados a ambos lados de la salida. «Nos están esperando», chilló el Roxanne, y por toda respuesta el Rudeboy echó a andar el estéreo y le subió al volumen. Habían cerrado una de las dos rejas, el espacio era angosto pero, auch, puede que suficiente.

—¿A qué vinieron, jóvenes?—, se acercó a preguntar un señor de chamarra de cuero con borrega, camisa a cuadros y la clase de Ray-Bans que un policía querría traer puestos de la cuna al panteón. Tendría ¿cuarenta años, cincuenta, poco más? Podría ser su padre, en todo caso, no sólo por la edad sino quizá también por ese tono a medias regañón y amenazador, sarcástico además, que hacía eco detrás de sus palabras. ¿Lo llamarían jefazo, capitán, teniente, comandante? ¿Traería una fusca dentro de la chamarra? ¿Estaría cargada, se las dispararía? Detrás de él, a un ladito, la chica copetuda de la caseta los fisgaba con asco receloso.

—Vinimos a buscar a unos amigos, pero igual ya se fueron —gritó el Ruby sonriente, sin bajar el volumen.

—¿Sería tan amable de abrirme su cajuela? —vociferó a su vez el hombre de los Ray-Ban, todavía jugando a conciliar autoridad, sarcasmo y gentileza.

—First they curse, then they press me till I hurt… —soltose canturreando el conductor, justo antes de sacar el pie del clutch y aventarle la lámina al par de anaranjados tan machines que estaban estorbando la salida—. …Ruuudiiie-can’t-fail —siguió ladrando, al tiempo que enfrenaba, volvía a acelerar y los dos superhéroes de naranja daban un brinco a derecha e izquierda. Otro de ellos, atrás, pudo haber sido incluso el de las gafas, alcanzó a dar un manotazo en la cajuela y hacer pegar un brinco al copiloto, pero ya el ramblercito rampaba hacia la calle de Medellín, con el Rudie extasiado en el volante y el Roxanne embarrado en el asiento. A la caza el primero del milagro indudable, a la espera el segundo del plomazo inminente. Iban ya por la esquina cuando vieron salir a unos anaranjados en un vocho blanco. Un par, según el Rudeboy. Cuatro, se teme el Roxy.

Cada vez que dan vuelta en una esquina, dos cartuchos de plástico se deslizan de un lado al otro del tablero y chocan con la parte baja del parabrisas. Es un ruido irritante, pero los dos están en tal modo pendientes de la huida que ninguno se ocupa de atraparlos y echarlos a la guantera, o al asiento de atrás, o al pinche piso. Zzzzzzzzz-tac-tac a la izquierda. Rrrrrrrrrr-trac-tric a la derecha. Es viernes de quincena, las ocho de la noche. Demasiados obstáculos en el camino para que un Rambler deje atrás a un vocho sin dar más volantazos que acelerones.

—Hazte a un lado, cabrón. (Zzzzzzzzz-tac-tac.) Órale, pinche vaca. (Rrrrrrrrrr-trac-tric.) Muévete ya o te meo, jijo de la chinguanga. (Zzzzzzzzz-tac-tac.) Toma tus mocasines, vejete culiflojo. (Rrrrrrrrrr-trac-tric.) —va blasfemando el Rudeboy conforme sube y baja por banquetas, camellones, gasolineras, carriles prohibidos y un parque donde va a veinte por hora, correteando paseantes, futbolistas y un balón que termina reventado por la llanta delantera derecha.

—Ruby can’t fail! —se entusiasma el Roxanne, un tanto salpicado de la euforia triunfante del momento. Atrás de ellos estallan los chiflidos que les mientan la madre sin cesar, pero a ellos dos les suenan como aplausos.

(—Zzzzzzzzz-tac-tac.)

—¡Huevoooooooooos! —sopla, crece, resuena, se evapora en la noche el alarido del piloto que recién se ha saltado otra luz roja, para más emoción en sentido contrario. Algo tienen los altos que el Ruby se los pasa con el placer que debe de probar el jinete que salta sobre la última valla del camino.

(—Rrrrrrrrrr-tric-truc.)

—Seguro los del vocho también están chiflándonos… —se relaja, se estira, bosteza el Roxanne, luego de hacer una última reflexión: si tu coche es el único que cruzó el parque entero por la mitad, lo probable es que nadie te venga siguiendo.

(—Zzzzzzzzz-tac-tac.)

—Por mí, Roxy, que chiflen a su culo; nosotros vamos a ir a ver a The Police —se envalentona el Rudeboy, tras meterse a la brava en el carril izquierdo del Viaducto.

(—Rrrrrrrrrr-tric-trac.)

—¡Ya estuvo, puta madre! —da un manotazo al fin el copiloto sobre la mera orilla del tablero, pesca los dos cartuchos, los echa en la guantera.

—Pásame el de Police, esto hay que celebrarlo —oprime el Rudie ya el botón de eject. Si ha de festejar algo, el conductor prefiere que la música salga del viejo Pioneer que a puro martillazo liberó del tablero de un viejo Barracuda. «No cualquiera, ¿verdad?», presume a sus amigos, con el orgullo de un ratero posh. ¿Quién más trae autoestéreo de ocho tracks? Ya casi en ningún lado se venden los cartuchos. Eso, según les dice, es prueba de elegancia.

—¿Y las placas, pendejo…? —cae en la cuenta el Roxy, tras un rato de inventariar variables—. ¿Qué pasa si tomaron las placas de tu coche?

—Gracias por acordarme —se rasca la cabeza el conductor intrépido, mete segunda, pisa el pedal de freno y suelta una sonrisa de suficiencia—. Pero no te me arrugues, me la pelan igual. Es más, hazme un favor, dame el desarmador que está allá atrás.

Sometimes it’s not so easy to be the teacher’s pet, brota la voz de Sting por la ventana abierta del ramblercito. Uno a uno, los tornillos han ido saliendo y entrando a espaldas del Roxanne, que no quiere saber más del operativo y mira hacia el letrero de la calle: Nebraska. Si viene una patrulla, yo pego la carrera, calcula y enseguida se abochorna… ¿De veras soy así de culerito? Correrían los dos, en todo caso. Y los agarrarían, con toda certeza.

—¡Vámonos!—, salta hacia atrás el Rudeboy, se escurre para dentro del ramblercito, le entrega a su secuaz las dos placas de Texas que había atornillado sobre las de su coche, límpialas bien de huellas y mételas debajo del asiento.

Los años sabandijas

II. Demasiado Brylcreem

El niño Rubén Ávila recién había empezado la primaria cuando oyó hablar del Hotel de México. Sería un rascacielos impresionante, cuando estuviera listo, decían sus primos grandes, pero él al fin creció acostumbrado a contemplar al elefante blanco en la pura obra negra, como una mancha vieja a la distancia. Funcionan, sin embargo, el Polyforum y un salón de fiestas. Eso lo sabe bien su primo Luis Tostado, que hace unos pocos meses trabaja ahí. También hay una suite presidencial: Luis prometió ayudarle a entrar hoy en la noche, cuando Sting, Andy Summers y Stewart Copeland den una conferencia de prensa.

—Al concierto no puedo colarte, pero a la suite seguro te consigo el acceso —le ha machacado Luis del martes para acá y ahora vuelve a decirlo, no bien los ve llegar a sus dominios.

—No le hace si no puedes clavarnos al concierto —fanfarronea el Rudeboy, con la seguridad de quien se sabe dueño de siete relucientes extintores—. Mejor ayúdame a comprar unos boletos.

—De a mil pesos cada uno… —alza las cejas Luis, suelta una sonrisilla maliciosa—. ¿Te dieron esa lana mis tíos, Rubencito?

—Es de nuestros ahorros… —se adelanta el Roxanne, mirando de reojo a los fotógrafos que esperan la llegada del terceto al vestíbulo de lo que ya muy pronto, se pavonea Luis, será el hotel más grande de México.

—¡Ah, chingá! ¿No me digan? ¡Estos gangsters de hoy, tan ahorrativos! —pela los ojos, se rasca la sien, les guiña el ojo izquierdo, gira sobre sí mismo el circunspecto joven Tostado y da la espalda a los elevadores, donde docena y media de periodistas gritan en pos de una acreditación—. Vengan conmigo, pues, vamos a consignarlos.

Lo que sigue es un viaje a las entrañas del gran cascarón. Pasillos, pasadizos, montacargas, andamios, túneles y escaleras en penumbra, entre cientos de obstáculos que libran auxiliados por la lámpara sorda del primazo influyente. Esto no está pasando, se dice por segunda ocasión en menos de dos horas el Roxanne, y entonces se sacude nada más de pensar que a estas horas podría estar en la delegación, y mañana en la cárcel, y allá dentro hasta 1990. En lugar de eso, va a conocer al trío más caliente de Europa. «El futuro», sonríe, petulante, al tiempo que atraviesa un reguero de piedras y ladrillos. Su único temor, a estas alturas, es llegar a la suite presidencial cuando se haya acabado la conferencia y The Police no esté en el edificio.

Desde donde los deslumbrados amigos han podido juzgar, la suite presidencial es un raro reducto de glamour, perdido entre una selva de bardas y varillas y sombras y humedades, por no hablar de los miles de ratas que de seguro habrá, viviendo como reinas en penthouse. Bring on the night!, celebra el Roxy a volumen tan alto que un par de periodistas lo examinan con extrañeza entomológica y Luis se lleva el índice a los labios. ¡Shhht!, lo secunda el Ruby, cállate, que nos van a sacar a patadas.

Todo ocurre a patadas en la mente del Rudie, que cree en el punk como otros en la patria y no confía gran cosa en esas puterías del new wave. Demasiado shampoo. Demasiado Brylcreem. Demasiado Miss Clairol. ¿Qué no Sid Vicious se peinaba a gargajos? No sé si deberíamos gastarnos esa lana en un concierto de Los Tres Assholes…, reta al Roxy, nomás por hostigarlo, y remata escupiendo sobre el enorme espejo del baño de la suite.

—Qué naco eres, cabrón —arruga la nariz el aludido y se cobra al contado el chiste de los assholes—: ¿Por qué no de una vez sacas tu navajota y tasajeas los sillones de la sala, pinche sexpistolito de la Conasupo?

—Ándale, pues, pendejo —da dos, cuatro, seis pasos el Rudeboy, y luego media vuelta, mientras se baja el cierre del pantalón y se arrima a la orilla del jacuzzi—. Ésta se la dedico a La Policía.

—¡Espérate, Rubén! —pela los ojos, corre hacia la puerta, abre, echa un ojo, cierra, se escandaliza el Roxy porque ya escucha el chorro de pipí caer sobre la tina como un largo redoble de suspenso—. ¡No seas imbécil, güey, va a venir alguien!

—Vuelve a decir que soy un sexpanchito y un mantenido de la Conasupo y este rico tepache va a ser para tu hocico —dirige el Ruby el chorro hacia el encortinado, después a las paredes y al final dibuja eses sobre el piso—. ¡Acuérdate que Ruby can’t fail!

—Dije sexpistolito, pero ya que lo pienso… —se asoma de regreso al pasillo el Roxanne, corta la frase y procede a esfumarse, no bien oye el rumor de las voces que anuncian la llegada del trío al que debe, entre tantas recompensas, la dignidad discreta de su apodo.

—Ay sí, pinche mamila. Ahora di que por gente como yo no hay tocadas en este país de mierda. Tendrías que estarme besuqueando las patas por traerte a chuparle el pito a Sting —rumia el Rudie y escupe de vuelta en el espejo, mientras se sube el cierre, se alborota el pelambre y deja atrás la resbalosa escena. No cualquier noche puedes mear una jodida suite presidencial, se dice, satisfecho, y es como si recién vaciara los riñones en un cartón de leche Conasupo—. A tu salud, Roxanne.

Los años sabandijas

III. Follow That Walkman!

El trío está de pie ante los fotógrafos. No es que sean tan famosos, al menos de este lado del océano, pero en México no hay conciertos de rock y lo que llega es siempre gran noticia para el gremio agolpado frente a ellos. Serían tres perfectos hijos de vecino, excepto por los pelos pintados de amarillo que delatan el salto entre el punk y el new wave. ¿Qué es el new wave, al fin, si no un punk ambicioso?

—Lamberto Grajales, vengo de Radio Universidad —responde el Roxy con tono de autómata, sin mirar a los ojos a la preguntona, pensando nada más que en acercarse a ver el deslumbrante objeto que aún no está seguro de haber visto.

—¿Radio Universidad no es de música clásica? —frunce el ceño, la muy pinche metiche. Trae minifalda y dos colitas de caballo, pero podría ser mamá de Sting.

—Parece que ahora tienen un programa de rock —se entromete el greñudo de al lado. El Roxy sólo asiente y devuelve la vista al costado derecho del cantante.

—¿Cuánto crees que dé el Cucho? —se escurre entre las voces el potente susurro del Rudeboy, que ya está de regreso y ha clavado la vista en el mismo objetivo.

—Me cae que no te conozco —alcanza a murmurar de refilón el Roxy, la cabeza hacia atrás, los labios camuflados por la palma derecha.

—Insisto —exhala el Ruby, ya más cerca y a mínimo volumen—: ¿Cuánto daría el Cuchito?

—Si yo tuviera uno, de güey lo vendo —dice para sí el Roxy y mueve la cabeza lentamente, dudando entre sorpresa, fascinación y envidia.

—¿Viste esa grabadora, Zamarripa? —se oye la voz tipluda de un reportero, que al propio tiempo apunta con el índice a la cintura del cantante y bajista.

—¡Es un walkman! —corrige airado el Roxy, como quien se dirige a un cavernario.

—¿Ese estuchito azul es un walkie-talkie? —se entromete otra vez la ñora preguntona.

—Cállate ya, baboso, que nos van a agarrar por tu estúpida culpa —antes de permitir que su bocón amigo siga significándose entre los presentes, el Ruby por lo bajo le tuerce la muñeca y lo empuja hacia afuera del montón, al tiempo que le tapa la boca con los dedos y cuchichea al lado de su oído.

—¡Que me sueltes, pendejo! —se frena, se inconforma, se revuelve discretamente el agredido.

—¿Te sientes muy picudo porque sabes que es walkman y no grabadora, pendejo? —lo empuja el Ruby hasta un rincón vacío y lo regaña como haría un papá.

—¿Qué te importa, pendejo? —se echa hacia atrás el Roxy, ya levanta la voz.

—¡Shhh! Me importa que nos van a meter a la cárcel, pendejo —musita con los ojos saltones el Rat, sin dejar la espiral de pendejeo que suele acompañar sus polémicas menos amigables.

—¿Y a la cárcel por qué, pendejo?

—¡Por robarnos el walkman de Sting, pendejo!

—¿Y quién carajo le ha robado a Sting, pendejo?

—Tú y yo, pendejo, of course. ¿O piensas que nos vamos a ir sin él?

—¿Sin Sting?

—¡Sin su walkman, pendejo!

—No mames, pinche Ruby. Ahora sí que estás bien, pero bien-bien pendejo. ¿Quién te creíste que eres, pinche punky metido a ladrón de gallinas?

—Yo no me voy de aquí sin atracarle el walkman a ese güey —se remuerde los labios, besa la cruz el Ratboy—. Te lo juro, mi Roxy, por lo más sagrado.

—¡Ese güey es Sting, animal! —sacude la sesera, pela las córneas, frunce el ceño, se pega con la yema del índice en la sien el Roxanne.

—Yo no sé si en Europa Sting sea la gran caca, pero aquí es puro pájaro nalgón. Y ese güey trae un walkman, el primero que yo he visto en mi vida. Con esa información tengo bastante.

—Y eso que no has oído cómo suena el cabrón aparatito.

—¿Y a poco tú sí?

—Una vez, dos minutos nomás. Dos minutos de gloria, no mames. Fue en vacaciones, en una tienda gringa —mamonea el Roxanne, según él sin querer.

—¿Y por qué no te lo compró la Foca? Digo, con tanta lana… —deja escapar el Rudeboy una súbita ráfaga de tirria.

—Cómo crees, si costaba como doscientos dólares, y además el impuesto.

—¿No te suelta billete cuando viajan?

—Me dio hasta más, pero al salir de aquí. Para cuando vi el walkman me quedaban dos pinches billetitos de a veinte.

—¿O sea que ni siquiera intentaste chingártelo? —se han ido desplazando hacia un rincón, el Rudie está deseoso de entrar en materia.

—¿En Houston? No me chingues. Ahí te agarran y seguro te cogen.

—¿Qué te van a agarrar, si son pendejísimos? Te cogerán a ti, a mí me la pellizcan.

—¿De qué crees que están llenas las cárceles gringas? Te lo voy a decir, sin cargo extra: de pendejos pasados de reata que creyeron que todos menos ellos eran unos pendejos. ¿Captas o te lo explico?

—No, si ya te entendí —suelta el Rudeboy una risa sardónica—. Tuviste un Sony Walkman en las manos y no te lo clavaste… ¡Puta madre, qué estúpido!

—Ya sé, tú te clavaste las pilas en el Centro… —se hace el gracioso el Roxy, mientras pasa revista de reojo a Andy, Stewart, Sting, echados en ese orden sobre sendos sillones de la sala, esperando el arribo de la traductora.

—¿Sabes qué, pinche Roxy? —corta el albur el Ratboy, le da un par de palmadas en el antebrazo—. Déjate de mamadas: nos clavamos el walkman del señor que modela para Miss Clairol y lo rifamos luego entre tú y yo.

—¿Qué? ¿Lo vas a asaltar?

—No sé qué voy a hacer, pero mejor pregúntame si vamos a asaltarlo.

—Yo no soy asaltante, baboso.

—Ni yo robo gallinas, baboso. Lo que digo es que vamos a agandallarle el walkman a ese güey.

—¿Se lo vas a quitar de la cintura?

—¿Y si esperamos a que él se lo quite?

—Si quieres de una vez nos lo cogemos…

—Va a tener mucha chamba, mañana en la noche. Ni modo que se lleve el chunche al escenario. Y mientras todo el mundo le bailotea enfrente, tú y yo vamos de shopping a su camerino. Que estará por supuesto vacío y esperándonos. O voy yo y me echas aguas, ¿cómo ves?

—¿También vas a orinarte en los espejos?

—Ya no seas rencoroso, Roxy Man. Imagínate, es un salón de fiestas. No estadio, ni auditorio, ni arena de conciertos. ¿No oíste lo que dijo mi primo hace ratito? Hay mesas, no butacas. ¡Mesas, puto, como en las graduaciones! ¿Tú crees que va a haber mucha seguridad? ¿Piensas que van a hacerle cambio de guardia al walkman de Lord Sting? ¿Le tienes miedo a andar en la trastienda de una b-o-d-a? No le saques, putito, piensa en grande.

—Buenas noches —retiemblan las bocinas, el silbido del feedback taladra ya los tímpanos de los presentes y el mismo Sting se tuerce hacia un costado, de modo que se asoma una vez más el bulto de metal con estuche de piel color azul, del cual pende un angosto cable negro que va a dar hasta el cuello del cantante y se bifurca allí para desembocar en dos pequeñas ruedas cubiertas de hule espuma, unidas por un arco de acero flexible y ligerísimo: los ínfimos audífonos.

—¿Y ya sabes que tiene controles separados para cada canal? —persiste en mamonear el Foxy Roxy. Luego da media vuelta y se escurre hacia el frente, donde al cabo halla un hueco sobre la alfombra, a no más de dos metros de las suelas del hasta hoy propietario del walkman.

—Lo dicho, Lambertito: nomás viniste a darle al Policía Mayor su tanda de frentazos en el ombligo —refunfuña allá atrás el Moody Rudie, pero vuelve la vista al costado de Sting y ya se recompone calculando que a ese bonito walkman le iría bien una Benotto de carreras. No es tan fácil robárselas, pero una nueva debe de salir como en treinta, cuarenta extintores. Demasiado trabajo para un pinche vehículo que ni motor tiene.

—¿Cuáles son sus influencias musicales? —pregunta un despistado y el Roxy ya se vuelve hacia su retaguardia para echarle unos ojos de pistola que delatan desprecio de iniciado.

—La Cucaracha —se pitorrea el cantante, y a una nueva pregunta suéltase canturreando La Cockrasha con lo que el Rudie juzga el desparpajo típico del candidato al desvalijamiento.

—¿Sabes cuál es El Reto de todos los rateros de este mundo? —informará más tarde el Ruby al Roxy, a la hora de abordar el ramblercito y devolver al Clash al ocho tracks—. To fuck The Police!

Los años sabandijas

IV. Uñas amigas

Siempre que sus mayores tocan el tema de las malas compañías, en la mente del Roxy se dibuja el semblante de su amigo Robén. Fue él quien tuvo la idea de los extintores. Fue él quien armó el conecte con el Cucho. Fue él quien lo acompañó a la sección de discos de El Ágora, de donde se escurrieron con cuatro entre las uñas, London Calling entre ellos. ¿Y no sería de nuevo él quien se prestara a viajar a Tepito con la cajuela llena de extintores? ¿Quién sino él alardeaba con la mamada esa de que Ruby can’t fail?

Las malas compañías son como Satanás. Te ofrecen las estrellas, se cobran con tus alas. ¿O sería al revés? No recuerda el Roxanne a quién se lo escuchó, sólo que para entonces ya era tarde. Renunciar a la forma de vida que te ofrece la compañía del Ratboy es como echar reversa a la evolución del Homo sapiens. Acéptalo, Lamberto, se dijo justo anoche ante el espejo, sin el Rudie serías un Cro-Magnon de mierda. O como él mismo dice: ¿qué prefieres, cómplice volador o empleadito rastrero?

—¿Casa de la familia Grajales? —imposta el Roxy el tono de niño bien, mientras cierra los párpados con fuerza y se espera lo peor por un tortuoso instante.

—Buenos días, señor, le llamo de la Comandancia General de Sears Roebuck de México… —reza la voz forzada, de repente tan grave que apenas se distinguen las vocales.

—¿Dónde andas, Rudecindo? ¿Cómo te fue en Tepito? —recupera Lamberto el aire y el acento, así como la culpa por no haberse atrevido a acompañarlo a visitar al Cucho. Después de lo de ayer, la idea de poner un pie en Tepito le parecía mucha temeridad. ¿Qué tal que los del vocho los buscaban allí?

—Me dio mil ochocientos por los seis que agarró, el séptimo ya no quiso quedárselo porque no le funciona el medidor —informa el Ruby a gritos, tapando la bocina del teléfono para que no se escuchen los motores que rugen a su izquierda.

—¿Y lo demás?

—Faltan doscientos pesos…

—¿De dónde los sacamos?

—Es temprano. Podemos ir por un par de extintores y llevarlos corriendo con el Cucho.

—Extintoras tus nalgas, yo ya no le hago a eso.

—No digo que vayamos al Sears de Insurgentes. Yo sé de un edificio en Villa Olímpica…

—¿El de tu casa, idiota?

—Al de mi casa ya no le queda ni uno, pero hay otro que está sin vigilancia.

—Pues sácatelos tú, pinche maleante.

—¿Así de puto, güey?

—Miéntamela si quieres, yo primero me quemo en un incendio que volver a agarrar un extintor.

—No tienes que cargarlos, maricón. Ni tocarlos siquiera. El plan es que me esperes en el coche, yo me los chingo en menos de lo que dices se-me-arruga-el-fundillo —sigue ladrando el Rudeboy, sin reparar en esas dos señoras que hacen cola atrás de él y lo van viendo más y más feo.

—Además de abusivo, majadero —pela los ojos la segunda de la fila.

—Y deje eso, señora, ¡delincuente! —comenta por lo bajo la tercera.

—Te espero aquí en mi casa, me cuentas cómo estuvo cuando salgas del tanque arrastrando un bastón… —se zafa, se desmarca, se encoge de hombros al fin el Roxanne, como quien ha pintado una raya en el piso.

—¿Con quién hablas, Lamberto? —relampaguea de súbito la voz tipluda de Felisa Richardson, desde hace quince meses viuda de Grajales y a cargo de cuatro hijos, el más chico de ocho años y el más grande rodeado de amistades extrañas y a buen seguro pésimas que lo apodan con nombre de mujer y para colmo a ella la llaman Foca.

—¿Bueno? ¿Roxy? Roxanne… ¡Contéstame, pendejo! ¡No le saques, putito! —vocifera el Rudeboy y sin pensarlo más estrella una, dos, cinco veces el auricular contra el disco de plástico transparente.

—¡Qué haces, muchacho idiota! —salta de su lugar la tres de la fila, nada más ver volar los primeros añicos.

—Déjelo, está drogado, no le vaya a hacer algo… —la contiene la número dos, que ya se ha resignado a caminar en pos de otro teléfono.

«¿Qué hacer en estos casos?», se preguntaría otro, aunque nunca el Ratboy. Sólo eso le faltaba, venirle chico a un reto profesional. En otras circunstancias lo dejaría pasar, pero es cuestión de orgullo y pundonor. Si el Roxy se rajó y anda de semillón tras las faldas de mami, él le va a demostrar que puras habas, no lo necesita. Huevos, pinche Roxana culifloja: puedo sacar doscientos, o mil, o diez o cien mil pesos sin la ayuda de nadie, y menos de un putete como tú…, masculla por la calle y escupe al pavimento cual si fuese la jeta de su amigo el riquillo. Y lo de menos son los doscientos pesos: esa Operación Walkman sigue en pie y no va a ser el Rudie quien se arrugue. No porque sea muy macho ni muy acá ni nada, sino porque es ratero, piensa como ratero y cree que es de los buenos. Su orgullo no es pagar los mil pesos que cuesta el boleto del concierto de hoy, sino saber que los ha hecho robando. Que los del Sears ni el polvo le vieron. Que él solito ha saqueado rincones y azoteas de media Villa Olímpica. Que a un perito en pillaje no le asustan los trances de la profesión. Que al fin el que es buen gallo dondequiera hace quiquiriquí. Que otra vez, como siempre, Ruby can’t fail.

Los años sabandijas

V. Buscando a Doña Blanca

Río Ganges 22, departamento 1. El contrato de renta data de la primera mitad del siglo xx y está suscrito a nombre de Anastasia Farías viuda de Richardson, quien lleva cuarenta años pagando nada más que cien pesos mensuales a su arrendador, en virtud del decreto de rentas congeladas que hasta el año pasado la había librado de vivir atenida a la bamboleante gratitud de los hijos, que salieron de allí hace una eternidad y ahora viven todos en casa propia. Fue en los últimos días del 79 que Felisa, Elidé, Gildardo e Igor resolvieron dividirse las cuotas de la casa de retiro en Cuernavaca, que de ahí en adelante albergaría a la abuela ya enferma del Roxanne.

—Ahí de vez en cuando vente a hacer tu tarea y préndete la tele, hijito, para que vean la luz encendida y no le vayan con el chisme a la dueña de que ya doña Tachis entregó el equipo —suplicó alegremente la viejecilla al nieto consentido, como eludiendo el drama del momento, y así puso en sus manos las llaves de la puerta y el zaguán, bajo la condición de que nunca llevara a sus amigos. De amigas, eso sí, jamás habló.

Valentina Zamora Fragoso tiene veintidós años, ojos felinos, muslos continentales, escote de sorbete, medias de telaraña y se hace llamar Valery o Valeria. No es propiamente amiga del Roxanne (por más que de repente lo llame Jicotillo «de cariño»), como tampoco es novia, ni amante, ni mujer de los hombres que yacen a su lado. Tres, cuatro en cualquier martes, el triple o más si es viernes o sábado. Estoy rete ocupada, Jicotillo, alza los hombros y las cejas Valery si es que el Roxanne se emperra en platicarle. ¡Hazte pa trás, te digo, te van a atropellar!, lo empuja y da tres pasos en reversa para acercarse al Chevy donde ya tres amigos que la llaman bizcocho se turnan para hablarle de negocios. «¿Van a ir, papacitos?», la escucha preguntar el Roxy y echa abajo la vista, como si de repente recordara la urgencia de buscar unas llaves perdidas, y así se va haciendo humo hacia el carajo.

¡Valeria, ya llegó tu marido!, proclama una colega a grito pelado y al instante las otras sueltan la carcajada, sin tener que mirar porque ya saben quién es el jodón. Tu señora está en la horma, Jicotillo, le informan de repente, como dándole un pésame entre burlón y misericordioso. Roberto, les ha dicho que se llama. ¿Te consuelo, mi Bobby?, le coquetea alguna, sólo por darse el gusto juguetón de verlo incomodarse y recular. Luego lo ven rondar la calle del motel, a la espera de interceptar a Valery y ofrecerse a llevarla de regreso a su esquina.

Tras nunca más de cinco, seis minutos de esmerarse en hacerla reír —diez cuadras, dos semáforos— las colegas les dan la bienvenida tarareando la Marcha nupcial. Ándale, Jicotillo, le da un beso Valeria sobre el pómulo, vete para tu casa, antes de que estas viejas terminen de agarrarte de bajada. Cierra la puerta, suelta una risa pronta, se acomoda el escote, fija la vista en los coches que vienen bordeando la banqueta. Ya, pinche Jicotillo, retumba alguna voz que no es la de Valeria, a chaquetearse a su casa.

El Roxanne trae un Super Bee color naranja que hasta hace quince meses fue de su papá. Llantas anchas, rines de magnesio, spoiler, alerón, ocho cilindros, 300 caballos, motor 360 de 5.9 litros. Basta un acelerón en punto muerto para que ya el rugido del animalazo anuncie la presencia de otro aprendiz de playboy, pero a oídos del galante Roberto no es sino el relinchar de su corcel. Vas a marearte de tanto dar vueltas, le advertía Valeria (desde lejos, porque él las merodeaba sin hablarles). Vete a ahorrar y regresas, le aconsejaba luego, cuando ya la abordaba sólo para explicarle que andaba sin dinero, por el momento. Vende el coche, amiguito, yo aquí espero, le propuso jugando alguna tarde, a medias apoyada sobre la portezuela. ¿Aceptas intercambio? ¿En cuánto me lo tomas?, le siguió el juego el Roxy en su papel de Bobby. ¡Hasta crees, Jicotillo!, soltó la risa Valery, entre mustia, coqueta y desdeñosa. ¿Qué tal que luego te enamoras de mí?

No fue sencillo hacerle la propuesta. ¿Quieres hablar de sexo y esas cosas, cochino?, frunció el ceño Valeria y el Roxy respondió agitando violentamente la cabeza. No era nada de sexo, la verdad. O sea, sí le gustaba pero también quería conocerla, aunque lo viera raro. Que ella escogiera el tema, le invitaba un café y le pagaba lo que ella cobrara. ¡Trescientos pesos por un pinche café!, quiso escandalizarse la interpelada y enseguida sonrió, algo menos ufana que condolida. Ven a buscarme por ahí de las once, pa que siquiera te haga descuento de estudiantes, le hizo un par de cariños en la mejilla, luego un pasito atrás, un beso al aire y el Roxanne hundió el pie en el acelerador, como quien se deleita pisoteando la sombra del cobarde que fue.

Media hora de plática en trescientos pesos equivale a diez pesos por minuto, se tardó en calcular el Underground Bobby, de camino al café de Río Tíber. Estás bien locochón, Robertito, rompió Valery el hielo, ya en la mesa, y él le sonrió con un dejo de orgullo. Dime algo, pues, que ya arrancó el taxímetro, lo espoloneó de nuevo. Enseguida pidieron un par de cocacolas y él se lanzó a contarle sus andanzas al lado del Rudeboy. ¡Ándale! Raterillos…, arqueó las cejas ella, ¿y entonces por qué nunca traes dinero? Al final fue una hora con quince, pero Valeria igual se lo dejó en trescientos: cuatro módicos pesos por minuto. Como amiga te salgo menos cara…, se despidió a la hora de subirse en el taxi y rechazar por séptima vez la invitación del galante Roberto a dejarse entregar a domicilio. Lo iba a ver su familia, ni que fuera su novio, se rio y lo hizo reír. Y por cierto, me llamo Valentina, gritó y le lanzó un beso desde la ventanilla.

No está orgulloso Bobby de ser el Jicotillo. Es decir, el Imbécil, piensa a veces Lamberto, de regreso a su casa. El pendejo abejorro que según la canción anda siempre rondando a Doña Blanca. En más de una resaca emocional se ha propuesto confesarle su nombre, pero al final «Roberto» se resiste a morir, nada más por el miedo al papelón. Es raro que uno diga que se llama Lamberto y no escuche la risa, la risilla o mínimo el amago, que es lo mismo. Que conste, Robertito, que te cobro mi tiempo, no la plática, le ha recordado Valery de diferentes formas, cada vez que se ven a medianoche, y eso nomás porque mantengo a seis…

Bobby no tiene empacho en contarle cada una de sus fechorías, incluso y sobre todo las vigentes, pero le falta fuerza para inquirir en torno a aquellos seis fantasmas que su amiga pagada dice sostener. ¿Tendrá hijos, esposo, abuelos, hermanitas, padrote? Tanto miedo le tiene a la respuesta que prefiere darle la vuelta al tema. En vez de eso se empeña en invitarla a pasar nada-más-un-ratito en su guarida. Es aquí cerca, en Ganges veintidós, vamos alguna tarde…, se esmera el tal Roberto en sonar espontáneo. ¿Me vas a poner casa, Jicotillo?, se carcajea ella y entonces el Roxanne se siente tan Lamberto que se traga en silencio el menosprecio y hace coro a sus risas, vencido y obsequioso, ¿no te importa si la uso de oficina?

No es que quiera llevarla para tirársela, aunque tampoco es que no quiera tirársela, y de hecho lo quiere con todas sus fuerzas; pero si al fin sucede prefiere que no sea en un motel. Ha pensado en pedirle que no lo llame así, Jicotillo (le suena a pendejillo, de repente), pero igual es mejor ese mote de zonzo inofensivo que el papacito que les toca a todos. Un cafecito, un té, diez minutos nomás…, le ha propuesto otras veces, como un niño rogón ante una quinceañera. Dadas las circunstancias, se diría que goza del rechazo. Cual si al decirle no (y no, y siempre no) lo distinguiera, igual que la costumbre del trato familiar nos vuelve desdeñosos con la gente más próxima.

Valery y sus colegas llegan a trabajar entre seis y siete. Deben de ser no menos de veinte, pero en un día como hoy la demanda supera con creces a la oferta. Sábado de quincena: los coches ya se paran en doble y triple fila, las chicas van y vienen de la esquina al motel abordo de uno y otro, con la celeridad que impone el mayoreo.

—¡Circula, Jicotillo! —alza el brazo y agita palma y dedos la primera mujer de la fila que espera en la banqueta: peluca rubia, blusa azul turquesa y gesto de impaciencia fermentada—. ¡Si no vas a meterla, te me sacas de aquí!

—¿Puedo darte un mensaje para Valery? —estira torso y cuello el Roxanne hasta arrimarse a la otra ventanilla, como quien va a contar un gran secreto.

—¿Qué no entiendes que está cogiendo, cabrón? —truena una voz al lado, pero ya el conductor adelanta un billete de cien pesos.

—¡Tú cállate, pendeja! —reacciona la de azul, de pronto zalamera—. Perdónala, mi amor, es que le tiene envidia a tu señora.

—Dale este papelito de mi parte —se remuerde los labios el Roxy, la observa de soslayo con ademán de niño regañado—. Dile que al rato vuelvo, que no se vaya a ir.

Los años sabandijas

VI. El golpe avisa

—Paparapam-paparapam… paparapam-paparapam… —tararea el Rudeboy la Marcha nupcial desde la cuarta silla de la mesa siete.

—Noseamamón-noseamamón… noseamamón-noseamamón… —le sigue el juego el Roxy, no de muy buena gana.

—¿Tons qué, mi Roxana, a qué hora te nos casas con Mister Sting? —no ha empezado el concierto, pero al Rudeboy ya le urge fijar su posición.

—Es un salón de fiestas, pero no vas a oír música para bodas —se pone pedagógico el Roxanne.

—¿Ah, no? —pela los ojos el Ruby y empieza a canturrear con la voz más aguda que le sale—: Bring-on-the-Bride…

—Ay, sí, qué cagado eres.

—¿Te imaginas al Clash tocando en una boda? Apenas puedo creer que pagué dos mil pesos por venir a un jodido casorio.

—Pagamos. Yo te eché en la cajuela siete extintores.

—Pagué, güey. Si por ti fuera no los habríamos ni vendido. Confiésalo, Roxana, se te arrugó la pucha.

—Pucha la de esa güera, ¿viste? —alza el pescuezo el Roxy, señala con las cejas—. Esa que viene disfrazada de Blondie.

—¡Ay, güey, está igualita! Sólo que es De-bo-rah Ha-rry, «Blondie» se llama el grupo.

—No mames, es lo mismo. Pinche ruco regañón.

—Lo mismo para ti, que no distingues entre boda y concierto.

—¡Cállate ya, carajo! ¿Si no querías venir qué mierda haces aquí?

—Vine a llevarme un walkman, y de paso a cuidar a un mariquita que otra vez va a dejarme colgado de la brocha.

—Pues yo vine a un concierto de primera, en un lugar de segunda, con un pinche ratero de tercera, para que veas que no soy tan mamón.

Entre el Ruby y el Roxy se interpone una zanja tan profunda como la que separa a la memoria de Sid Vicious del futuro de Sting, al delincuente puro del mero desmadroso, al ramblercito del Super Bee. Cada vez que pelean por alguna abstracción improductiva, como sería el caso de la mujer ideal o el destino perfecto, y con cierta frecuencia los gustos musicales, vuelven a la batalla fundamental donde uno es el silvestre y otro el acicalado. De sólo ver sus jetas enfrentadas, se entiende que el Rudeboy opine que el new wave nunca estuvo tan lejos del punk, y que el Roxanne corrija: …nunca estuvo tan cerca de enterrarlo.

No es que el Ruby desprecie el porvenir, ni que el Roxy vea el suyo en luces de neón, pero es lo que les toca hacerse creer para dejar bien claro que no son iguales, y que de hecho nada les avergonzaría más que un mal día llegar a parecerse. Se tienen, por lo tanto, alguna envidia sorda y soterrada, si bien intermitente, que a su modo equilibra la amistad. Nada raro sería, si ello fuera posible, que uno lo diera todo a cambio de poseer no más que lo del otro. Por eso se escarnecen y se ensañan, necesitan probarse que repudian aquello que les falta.

—Arrancando el toquín nos vamos a meter detrás de esas cortinas —susurra el Rudie, al tiempo que señala hacia el costado izquierdo del escenario y despliega aquel gesto de facineroso que ensaya ante el espejo desde los catorce años. Boca chueca, mirada displicente.

—Vine a ver el concierto, ya te dije —se encoge el Roxy de hombros, al tiempo que las luces comienzan a apagarse.

—Tsk… —se inconforma el Ruby, bromeando todavía—. ¿Ves cómo eres rajona, Roxanita?

—¡Cállate, cabrón! ¡Mira! —se petrifica la expresión del Roxy, no bien se transparentan las sombras de los músicos.

—No me voy sin el walkman, te lo advierto —estalla el Rudie, ya detrás de la música.

—¡Ve a advertírselo a Sting, pendejazo! —grita el Roxy y se vuelve hacia el escenario para unirse al inicio de la canción: Young teacher, the subject of schoolgirl fantasy…

—Está bien, niño popis —da un paso atrás el Rudie, como quien retrocede ante un costal rebosante de mierda—. ¿Sabes qué? Vas y chingas a tu madre.

No bien se queda solo, el Roxy suelta un aire satisfecho. Ayer, cuando escapaban de los hombres del Sears, se prometió en silencio que nunca más estiraría la mano para hacerse con nada que no fuera suyo. Más tarde lo juró, por el padre difunto y la abuelita enferma. Quiero ser arquitecto, no ladrón, se ha repetido a lo largo de hoy, con un dejo de orgullo anticipado. Lástima que no pudo contárselo a Valeria (la diestra enarbolada y la expresión solemne del regenerado): Ya no voy a robar, pa que no me regañes.

¿Qué espera que le diga, en todo caso? ¿«Ya no voy a ser puta, pa que no te me enceles»? ¿Quién sino un pendejete se encela de una puta? ¿Se quita eso, lo puta, con el tiempo? ¿Cuánto tiempo, si acaso? La cabeza del Roxy va y viene entre el concierto y el motel, hace escala en el Ruby y se dice me vale, no es mi pedo, que se vaya a la cárcel sin mí. I hope my legs don’t break… walking on the moon, canta a coro con sus vecinos de mesa y celebra la suerte de estar ahí, bailando en un concierto, en vez de sollozando en una celda.

—¡Tsssssssh! —escupe gas pimienta el puño del Rudie, a un palmo de la jeta de un pelón con gafete all access que estaba descargando la vejiga. Una vez que lo mira desplomarse, le cae encima igual que un gavilán—. ¡Tsssh! ¡Tssssssssssssh! —lo remata en el piso, hasta aflojarlo. Le arrebata el reloj, le vacía la cartera, lo jalonea del cuello y se escurre del baño hacia los intestinos del escenario con el pase colgando sobre el pecho.

—I hope my legs don’t break… walking on the moon —canta el dueño del walkman, allá afuera.

—What a day, huh? —empatiza con el recién colado alguno de los roadies extranjeros, backstage adentro.

—You bet, man! —alza la cara Ruby el Escurridizo por no más de un segundo, aun si el incidente lo hace caer en cuenta de que su pinta punk funciona como un sello de autenticidad. Ya lo dice la madre, de cara a la evidencia: nadie en este país anda con esas mechas pintiparadas. Si los ingleses creen que es mexicano, los mexicanos lo darán por inglés.

—No se puede pasar aquí dentro, amigo, aunque traigas gafete —emerge un gorilón de la puerta del tercer camerino y alza la palma diestra no bien ve la perilla girar.

—Sorry, buddy, no spanish —hace el Ruby el intento de pendejearlo y se escurre hacia adentro de la habitación, al tiempo que distingue sobre el sillón del fondo, más allá de las dos cestas de fruta, un cierto estuche azul que ya le guiña un ojo de neón. Es como si una luz resplandeciente circundara las cuatro letras S-O-N-Y.

Al Roxy, en su lugar, le bastaría con poder contar que puso un pie dentro del camerino, pero el Ruby se inclina ante otros dioses. Preferiría, es cierto, ver en vivo a The Clash que a The Police, pero igual se saldría del concierto si hubiera alguna hazaña por consumar, como sería el instante en que posa ambas manos sobre el walkman de Sting que ya no es más de Sting, sólo eso le faltaba.

—¡Quietecito, cabrón! —ordena el polizonte y alcanza a sujetarle el hombro izquierdo, pero ya el aerosol se le incrusta en los párpados y le invade los bronquios una, dos, cuatro veces.

—My baby drove up in a brand new Cadillaaaaac… Yes she did! —hace esfuerzos el Rudeboy por sonar extranjero y confundir aún más al gigantón que tose, llora y tiembla sobre el piso (por si va de rajón, el muy chilletas), al tiempo que inspecciona el camerino y se dice que aquí empieza la fuga: su especialidad.

La cena prometida no es más que pizza fría. Las hay al por mayor, si bien la mayoría vuela entre mesa y mesa y no pocas terminan en el escenario. ¿Qué diría el Robén si el Roxy le contara que unos meses atrás vio a The Police en Francia, al lado de XTC? Ay, sí, pinche mamón, eso diría. ¿Y si ya lo agarraron, por ratero? ¿Lo echarán a patadas a la calle o mejor llamarán a la patrulla? ¿No es lo que anda buscando, el imbécil? Ya lo viene alcanzando la mala conciencia cuando el Roxanne resiente un empellón violento en el costado. No atina aún a quejarse y un pisotón amigo termina de robarle el equilibrio.

—Guárdate esto, mi Roxy —le resopla en la oreja el amigo furtivo y le endilga una bolsa de papel de estraza, como quien pasa una bola de rugby—. No me vieron salir, pero de todos modos que no me vean contigo.

—¿Estás bien, pinche Ruby? —se espeluzna el Roxanne, un poco a media voz.

—Vete, no me conoces. Ruby can’t fail, adiós —se escurre, se levanta, se mueve de la escena la silueta del Rudeboy.

—¡Órale, pinche loco furioso! —obedece y pretende que maldice, recula, trastabilla, gatea, repta el Roxy más allá de su mesa, sin que nadie lo advierta porque arriba hay concierto y pizzas voladoras.

—El sospechoso trae chamarra de cuero, arete en la nariz y los pelos parados —repiquetea la bocina gangosa de algún radio cercano.

—Con permiso, se me cayó un reloj… —sigue reptando el Roxy entre las sillas, tras eludir apenas la carrera del par de vigilantes que muy probablemente van detrás del Rudie. Murmura, de antemano arrepentido—: Antes de que lo agarren, tengo que estar afuera.

—¿Cuál es tu mesa, oye? —se le cruza un extraño al que empujó de paso.

—Disculpa, estoy buscando mi reloj —se excusa, se desliza, se escurre ya el Roxanne, con la bolsa de estraza no muy bien escondida debajo de la axila y la playera. Luego, ya para sí, como rezando—: Perdóname, papá, nunca más vuelvo a hacerlo. Perdón, abue, de veras que es la última.

Los años sabandijas

VII. Sugar Dandy

Es algo complicado brillar en sociedad cuando se presenta uno con la etiqueta de individualista. Será por eso, acaso, que el Sony Walkman viene con doble entrada para audífonos, más el botón cuadrado que permite a los dos comunicarse y remite la música a un segundo plano. A menos que no exista una pareja y se esté condenado a ver con desconsuelo hacia ese reluciente botón anaranjado que no se ha de oprimir de cualquier modo. Cierto es que la pareja no es suficiente, si todavía hace falta comprar otros audífonos. A menos que en lugar de gastar tu dinero en fruslerías, le hayas robado todo al buen samaritano que amablemente se hizo de un nuevo walkman con audífonos extra. O mejor todavía, te granjearas cien años de perdón estafando al ratero que en buena hora lo puso en tus manos.

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