Presidentes sin pedestal

Nicolás Pernett Cañas

Fragmento

Presidentes sin pedestal

Introducción
Historia sin pedestal

En los últimos años se ha vuelto común que los pueblos indignados tumben estatuas de los héroes del pasado que les han empezado a parecer odiosos. Y cuando digo “los últimos años” me refiero a los cuatro o cinco mil que han pasado desde los primeros ejemplos de estas prácticas. Por lo menos desde los tiempos de los asirios, en la Alta Mesopotamia, unos 2.500 años antes de Cristo, ya se construían monumentos que venían con esta advertencia: “el que derribe mi estatua, que tenga dolor por el resto de su vida”. Muy mala conciencia debían tener estos líderes del mundo antiguo si sospechaban que, poco tiempo después, sus homenajes en piedra serían arruinados por turbas vengadoras (no digamos “vandalizados”, porque todavía no habían aparecido los vándalos, el pueblo germano que saqueó Roma varias veces y de donde viene el nombre que usamos para referirnos a quienes destruyen el patrimonio urbano). Cuando alguien impone su efigie en grandes dimensiones sobre otro pueblo o grupo, siempre habrá inconformes que esperen la oportunidad de derrocar los símbolos del dominador. En el largo juego de poderes y contrapoderes que es la historia, el ganador recibe la estatua y el perdedor la tumba.

Todas las sociedades de la Antigüedad tuvieron esta costumbre: egipcios, griegos y romanos. Estos últimos le dieron nombre latino y categoría jurídica (que, aparte de los caminos y la guerra, era lo que hacían mejor). La llamaron damnatio memoriae, o sea, condena de la memoria o castigo al recuerdo. Esto quería decir que la memoria de un emperador podía ser sancionada si el Senado decidía que su reinado merecía el olvido. En ese caso, todas las estatuas, los perfiles y monumentos del gobernante eran destruidos. Por supuesto, esto no quería decir que su nombre fuera borrado de la historia. Si así hubiera sido, no sabríamos nada de Calígula, Nerón, Cómodo, Geta, y muchos otros emperadores, cuya memoria fue machacada por sus antiguos súbditos, pero cuya historia llegó hasta nosotros; porque, repito, castigar el recuerdo no equivale a borrar el pasado1.

En la Edad Moderna, las revoluciones, los golpes de Estado y cambios de hegemonías políticas, que son las nuevas versiones de los viejos derrocamientos e invasiones, usualmente se vieron acompañados también de la destrucción de los monumentos del régimen anterior. Poner y quitar estatuas es un acto político, un pulso de fuerzas entre posturas ideológicas en disputa. Según la famosa definición del francés Ernest Renan, una nación es un grupo de personas que recuerdan y han olvidado las mismas cosas, así que se comprende que los nuevos gobiernos quieran olvidar algunas figuras del pasado a la hora de forjar una nueva identidad nacional. En la larga partida de bolos de la historia, ningún palitroque queda de pie a largo plazo.

También en Colombia ha habido destrucciones de viejos símbolos para instaurar nuevos poderes. Qué fue la Conquista sino un gran tornado de iconoclastia en el que los invasores europeos destruyeron millones de piezas precolombinas por considerarlas herejías, o para convertirlas en frías barras de metales preciosos. Tres siglos después, la Independencia también trajo la remoción de los escudos de España que decoraban las ciudades americanas, así como muchos otros símbolos del derrotado poder imperial. Y en los siglos que siguieron no se han salvado de la destrucción las representaciones de muchos presidentes, héroes y líderes republicanos. No hay sino que recordar que aquí no solo les damos balazos a los hombres sino a sus fotografías, como le pasó al caudillo liberal Rafael Uribe Uribe, contra quien un furioso espectador vació su pistola cuando lo vio en la película El drama del 15 de octubre, estrenada en 1915 y una de las primeras hechas en Colombia.

En ejemplos más recientes vimos cómo muchos se entregaron a una especie de furia iconoclasta durante el paro nacional de 2021, cuando cayeron en varias ciudades las estatuas de Antonio Nariño, Francisco de Paula Santander y Misael Pastrana, entre otros. El mismo Santander ya había sufrido en 1976 el desprecio de los estudiantes de la Universidad Nacional, quienes se negaron a aceptar que una estatua del “Hombre de las Leyes” estuviera en el centro de la plaza que lleva su nombre en el campus universitario. Por eso, la removieron y prefirieron llamar a este espacio Plaza Che Guevara, en homenaje al líder de la Revolución cubana, cuya imagen fue borrada, a su vez, en 2016 por un grupo de jóvenes que cuestionó la pertinencia de su legado para la Universidad y propuso que se le dedicara el sitio al humorista político Jaime Garzón, asesinado en 1999. Luego apareció otro colectivo que defendió al Che y lo volvió a pintar. Y no faltará en el futuro alguien que lo quiera quitar de esa pared. Todo un ejemplo de las memorias hegemónicas y emergentes que se pintan y se despintan como si se tratara de una secuencia cómica de la Pantera Rosa.

En las destrucciones memoriales de Colombia es curioso comprobar que, si el vandalismo ha tocado muchas veces a símbolos del poder político, casi nunca ha afectado a íconos religiosos, pues ni las estatuas de la Virgen ni de Jesucristo han sufrido menoscabo, a no ser por los recurrentes terremotos que las han mandado al suelo en nuestra historia. En general, hemos sido muy respetuosos con las representaciones de la divinidad, lo que demuestra que tenemos menos miedo a los patrones que a los santos patronos. Al parecer, la evangelización fue todo un éxito por estos lados. Tampoco han sido tocadas las esculturas que no tienen forma humana, como el Homenaje a López Pumarejo de la escultora Feliza Bursztyn, quien en 1967 recordó al expresidente con unos tubos de metal que más parecen los barrotes de las bóvedas del Banco López que su figura humana. Este monumento, aparte de las críticas que recibió por lo atrevido de su diseño, nunca ha sufrido ningún ataque por homenajear a un hombre poderoso del pasado (como sí le sucedió a otro bronce de López que había sido ubicado en la misma universidad). Pensándolo bien, este habría sido un método efectivo para evitar la destrucción de muchas estatuas desde la Antigüedad: si el homenaje se hace con una pieza de arte abstracto, nadie se tomaría el trabajo de intentar demolerla porque no sabrían ni siquiera a quién se le estaría rindiendo tributo con esas raras imágenes.

Después de que uno de estos símbolos ha sido depuesto, usualmente la siguiente acción es erigir otra construcción, pero de signo contrario. Si se tumba la estatua de un tirano invasor, esta se puede cambiar por la de un gobernante local; si el pulverizado es un conquistador español, el reemplazo ideal es un héroe indígena, y si es un hombre poderoso el que se quiere olvidar, qué mejor que una mujer para ocupar su lugar. Podría parecer que al sustituir una estatua por otra opuesta se está realizando una operación que abre un nuevo ciclo histórico, pero la verdad es que se está prolongando la misma costumbre de glorificar grandes figuras del pasado, aunque esta vez sea con un objeto de adoración diferente. Esto no hace más que repetir la mentalidad de supremacía con distinto protagonista: el mismo perro con otro collar. Y como el presente a veces tiene el mal gusto de parecerse al pasado (porque lo hacemos seres humanos que no hemos cambiado mucho en miles de años), no es sino cuestión de tiempo antes de que estas nuevas edificaciones sufran el mismo destino de sus antecesoras: sucumbir ante la furia de grupos opositores. Quítate tú pa ponerme yo. Si las construimos cada vez más altas y fuertes, eso no impedirá que caigan en la siguiente demolición. Seguir por este camino no va a traer nada distinto de lo que ya hemos conocido de sobra.

Pero tal vez el problema no sean las estatuas, sino los pedestales en los que están ubicadas. Una estatua sin pedestal no es más que la representación de alguien o algo del pasado. Ubicada encima de una columna de varios metros, esta imagen se convierte en un objeto de culto (o de repugnancia, que es su contracara). Lo que hace odiosas a tantas figuras del pasado no son sus estatuas sino sus podios, y es contra estos que deberíamos embestir quienes queremos buscar nuevas maneras de comprender la historia. Son los pedestales los que elevan a las figuras del pasado por encima del resto de mortales. Sin su pedestal, una estatua no tiene la misma imponencia que exhibe cuando está al nivel del suelo. Si se desbarataran los pedestales, los grandes próceres de nuestras plazas y cementerios se volverían cuerpos sobre la tierra que la gente podría tocar, acariciar, criticar, ridiculizar y hasta compadecer.

Además, es en los pedestales donde se suelen escribir las razones por las que el invitado de piedra (casi siempre hombre) debe ser homenajeado: “por su laudable gesta, por su benemérita obra, por su perenne memoria” y otros adjetivos incomprensibles. En estos panegíricos, los aduladores de ayer y hoy se han desbocado en palabras de elogio a seres humanos muchas veces cuestionables (por no decir despreciables), o se han inventado gestas heroicas que nunca ocurrieron. Peor que la pared o la muralla, los pedestales han sido el papel donde se han escrito todo tipo de mentiras, deformaciones y manipulaciones. Por eso, es hora de replantearnos su utilidad. No hacen falta más pedestales, para nadie.

Así lo entendieron en Richmond (Virginia), donde no tumbaron la estatua del general Robert E. Lee durante las protestas desatadas en mayo de 2020 por el homicidio de George Floyd a manos de un policía, sino que usaron el pedestal del monumento esclavista para cuestionar y desmontar la historia patria que seguía humillando a los afroamericanos. Durante varias semanas hubo congregaciones en torno a este pedestal, en las que se discutieron temas de la historia negra de Estados Unidos y se proyectaron imágenes de afroamericanos(as) que construyeron el pasado de ese país y que la historia blanca ha minimizado.

En Bogotá se hizo algo parecido: la torre rectangular del Monumento a Los Héroes fue intervenida con dibujos y escritos de quienes salieron a protestar en 2021. Sobre el muro cúbico pintaron rostros de mujeres guerreras, escribieron la cifra 6.402 por los falsos positivos y borraron la palabra “Libertador” de la hoja de servicios de Simón Bolívar para escribir en su lugar el epíteto “Opresor”. En ambos casos, las estatuas no fueron derribadas sino removidas por las autoridades locales, y la rebelión popular no se ensañó contra ellas sino contra los pedestales, que fueron el sitio donde se empezó a escribir una nueva historia.

En muchas ocasiones la historiografía (la escritura de la historia) también se ha usado como una inmensa columna donde se inscriben honores de grandes personajes para justificar la erección de su homenaje en piedra. La historia se vuelve entonces una especie de píldora para combatir la disfunción heroica de hombres que pasaron con más pena que gloria, y en torno a los cuales se construye una leyenda que no tiene nada que ver con lo que en verdad hicieron. Por eso, a muchos jefes de Estado se los ha alabado como a seres magníficos, capaces de arreglar a sus países en un santiamén, encarnar el sentir profundo de sus pueblos, ganar batallas con solo estar presentes y hasta aplanar montañas y gobernar mares y vientos. Hombres de carne y hueso, como Alejandro Magno, fueron comparados con Aquiles; se decía que los reyes de Francia podían curar a los enfermos con solo poner sus manos sobre el área dañada, y hubo historiadores norcoreanos que se atrevieron a decir sin ruborizarse que el nacimiento de Kim Jong-il, en febrero de 1942, hizo que el invierno se convirtiera en primavera.

Aunque en los últimos siglos son cada vez más comunes las repúblicas y menos frecuentes las monarquías, es todavía muy temprano para decir que los pueblos han abandonado sus viejas formas de adorar a los gobernantes. Hoy en día, los presidentes todavía se creen monarcas (empezando por la contradicción que significa habitar un “palacio presidencial”) y muchos han querido ser tratados como tales, incluso caminando sobre una larga alfombra roja como si fueran la reina María Antonieta, cuando apenas van a votar a la esquina. Algunos han dicho que esta reivindicación exagerada del líder se llama “culto a la personalidad”, pero lo cierto es que una personalidad de verdad fuerte no necesitaría todas esas alabanzas para sentirse bien. Una personalidad culta no necesita culto a la personalidad.

En nuestro país, apenas hace unos años, se dio el caso de un anacrónico genealogista que se dedicó a rastrear los antecedentes familiares del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez para demostrar que descendía de faraones egipcios (mejor dicho, que era afrodescendiente) y que su estirpe incluía a reyes de Inglaterra y España, así como a grandes conquistadores. Si el zalamero que dedicó su tiempo a este despropósito nos parece ridículo, mucho más nos deberían parecer los historiadores profesionales que han actuado de modo similar.

En Colombia ya hemos tenido suficientes siglos de alabanzas desbordadas. La primera gran obra de nuestra literatura se llama precisamente Elegías de varones ilustres de Indias, que consiste en más de cien mil versos escritos en el siglo XVI por el español Juan de Castellanos, en honor de los conquistadores españoles. En la Colonia, los historiadores de entonces se dedicaron a hacer genealogías, es decir, árboles de ancestros para comprobar que sus historiados descendían de figuras importantes, y hasta estaban emparentados con la realeza europea. Ejemplo de esto son las Genealogías del Nuevo Reino de Granada, de Juan Flórez de Ocariz, de 1674. En esta obra, este español radicado en Santafé de Bogotá rastrea los vínculos de la nobleza peninsular con la de las Indias, y aventura la hipótesis de que la palabra nobleza viene de non vilis, es decir, del que no es vil, sino virtuoso y honrado. Con esta lógica amañada, compartida por biógrafos de todos los tiempos, se llega a la conclusión de que, si alguien llegó a ser gobernante, es noble, y, por ende, es alguien bueno.

Esta mala costumbre siguió en la historiografía republicana. La primera gran obra histórica hecha después de la Independencia, la Historia de la Revolución de la República de Colombia en la América Meridional, del antioqueño José Manuel Restrepo, de 1827, fue escrita mientras varios de sus protagonistas aún estaban vivos. Bolívar y Santander no solo fueron su objeto de estudio sino sus primeros lectores, y Restrepo se cuidó de perdonar todos sus errores y magnificar sus logros en un texto que bien le podía merecer el regaño del presidente, o una próspera embajada. Dicen que el propio Bolívar le dijo que tal vez se había excedido en elogios a los generales que lideraron la guerra contra España. Y si este es el padre

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