No llames a casa

Carlos Zanón

Fragmento

Capítulo 0

0

La gente que olvida mal suele hacerse daño. Porque los que olvidan mal se dicen la verdad con mentiras, extravían nombres, esconden personas y lugares y acaban por recordar solo lo bueno.

Cristian es de los que olvidan mal. Por eso, cuando recuerde, la añorará por mucho que ahora diga que no es más que un chiste malo, una solterona engreída, una ciudad inventada en un país que no existe.

Al olvidar mal solo recordará aquellos momentos en que Barcelona y él se llevaron bien. Recordará aquellas trampillas y aquellos toboganes que, de repente, se abrían bajo sus pies, de noche, en esta ciudad líquida. Recordará cuando la droga fluía como un río enloquecido y todos reían y consumían y volvían a reír y a consumir. Recordará motos ruidosas en callejones del Gótico. Recordará cuando la luna se quedaba atrapada en su vaso de ginebra. Y, sin embargo, no recordará el frío de febrero. La indiferencia. La arrogancia del otro superior. No recordará cuando los tipos de gafas de pasta, chaquetas de piel y socios de ONG se ponían a pasear a sus hijas chinas. Ni cuando las pijas de cabelleras limpias, forfaits y corazón estelado ya habían decidido qué ropa ponerse para no parecer muy ricas. No, nada de eso será recordado por Cristian y, sin embargo, sí la ciudad desierta, de madrugada, volviendo a casa. La de las calles mojadas. La eterna derrotada. No la del brazo en alto, no la de las componendas, no la del «parlem?». Añorará la otra, la de las sombras en los rincones, la metrópoli anónima, la de los héroes fusilados contra las paredes, la de las rumbitas y las canciones eléctricas, la de las noches de Reyes. La Barcelona que pone en marcha las cafeteras al punto de la mañana. La de las plazas sin agua en las fuentes. La de los mercados sobre sus lechos de hielo, sangre y peces grises. La de las iglesias vacías, la de las flores encerradas, sin oxígeno, en tumbas de plástico.

Cristian —moreno, delgado, mirada algo estrábica— enfila Plateria, Via Laietana, Ferran, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, no sin antes acomodarse el asa de la bolsa de viaje por debajo de la axila y decidir desayunar antes de verse con Max. Pasa por delante de una cafetería. Vieja, nueva, nadie podría decirlo. Al poco está dando cuenta de un café con leche y un delicioso cruasán. Los dedos se le pegan en el caramelo. Cristian piensa que aún hay gente que hace bien su trabajo. Si vas a pagar lo mismo por un cruasán como ése que por esos engrudos que te endosan en algunos bares, ¿por qué esmerarte tanto? Pues por lo que siempre, le decía su padre. Si las cosas puedes hacerlas bien, Cristian, ¿por qué hacerlas mal...? Es curioso, sigue enredado Cristian en sus pensamientos, que todas las cosas que las viejas te dicen se olvidan, y todas las que los viejos te dicen y redicen acaban entrándote en la mollera para no irse jamás. Quizás es que nada acaba por diluir del todo el amargo licor de los padres muertos, de los padres idos, de los padres que o abandonas o te abandonan.

El arañazo que le cruza la mejilla hasta el labio aún le escuece. Al beber, la lengua se le ha ido a la comisura de la boca y con el escozor se ha acordado de Mireia. Él no pensaba decirle que se largaba. Iba a desaparecer y punto. Pero esa mujer siempre anda husmeando en sus cosas. Descubrió el billete de tren, se puteó y fue imposible hacerla entrar en razón. Quizás hubo un día en que pensó que ella le podría acompañar. Pero de eso hace mucho. No vas a arrastrar contigo a una tía que no te la pone dura, ¿no? Se lo dijo. ¿No quería la verdad? Toma, ésta es la Puta Verdad. A ver ahora qué haces con ella. Con la dichosa Verdad. Le dijo que no le excitaba. Que era una monja en el catre. Que la veía desnuda, con sus tetas de cabrita y su culo cortado como un jamón y se le bajaba la polla. Oh, al parecer, duele eso de la Verdad. Escuece, está hecha de piedra y más piedra dura la Señora Verdad. Cristian le agradecía todo lo que había hecho por él, pero no era ni su novio ni su salvador. Su Sant Jordi, como le puso en un libro de poemas que le regaló el día de la Rosa. Que busque al príncipe azul entre los borrachos de su bar. Y una vez encontrado, que lo ate rápido al reposapiés, no sea que se vaya a escapar. Adiós, Mireia. Me voy. Olvídame. Y aprende a follar, por el amor de Dios. Solo así se retiene a un hombre. Y aprende eso que saben todas, hasta las más tontas: a gritar antes de tiempo. Entonces, Mireia se abalanzó sobre él. Insultos, uñas de porcelana y mala leche para arañarle la cara con la misma facilidad con la que un niño dibuja nubes en un papel. Ya era demasiado tarde cuando la agarró por las muñecas. Se las retorció hasta que se le doblaron las rodillas, pero ya le había arañado. Le dolía tanto la cara que le levantó la mano. Pensó en Bruno y decidió no ponerse a su nivel. Nunca había pegado a una mujer, y no era momento de empezar a ser un saco de mierda.

Abre el periódico y el azar se divierte con él. Ultrapoderes mentales adivinatorios. De estar a punto de golpear a Mireia a la nueva campaña contra el maltrato a las mujeres. Un tío importante al que no conoce. Un actor, un presentador, alguien, en suma, pone ojitos de reprobación y muestra tarjeta roja al agresor. «A mí no, que he estado a punto pero que no he hecho ná», se dice Cristian, sacando el humor de donde no creía tenerlo. Pasa las páginas. Al parecer, hace poco hubo elecciones. Ni se enteró. Las ha ganado un tío que sonríe y las ha perdido otro que no lo hace. Ambos llevan a sus hijos a colegios de pago y están casados con rubias de padres ricos. El que ha ganado tiende la mano. El que ha perdido la estrecha. La puerta de la cafetería se abre. Entra un desgraciado con rastas. Va descalzo, lleva bermudas, barba, tez morena. Es oriental, moro, quizá solo alguien terriblemente sucio. Tiembla. «Pobre cabrón, con este frío de cojones», piensa Cristian. Lleva un vaso humeante de porexpán. Pide cualquier cosa, pan, un bicho igual que el que está comiendo él. El presidente saliente habla de lección aprendida. El entrante, de humildad. El camarero le da un par de cruasanes, le acompaña a la puerta y le aconseja que la próxima vez vaya a pedir a la pastelería. Allí les salen más baratos. O a los comedores de pobres. Allí todo es gratis. «Ese tipo no llega a la semana que viene», se dice Cristian, que recuerda lo cerca que estuvo de acabar así. Y fue Bruno quien los rescató. A Raquel y a él. Lo quiera reconocer o no, la astilla del desagradecimiento, de la traición, le escuece en la palma de la mano más que el arañazo de Mireia. «Pero siempre ha sido así, Bruno. Enseñas a uno, éste pilla el truco, la pasta y se va». El camarero, sesentón, calvo, de acento gallego, cruza la mirada con Cristian y se encoge de hombros. «Caída libre», dice uno de los tipos de la barra. Pero no se refiere al mundo ni al mendigo. Todos hablan hoy del Barça, que rompió el sábado al Madrid de arriba abajo. Bueno va a estar Bruno. Como Raquel le toque un poco los huevos, hoy habrá lluvia de hostias, por mucha tarjeta roja que haya en los periódicos.

Cristian lleva la bolsa con sus cosas. El objetivo es pillar la pasta de Max y largarse. No le hará más putadas. Le dejará tranquilo. No quiere abusar. Tiene la pasta que necesita para estar dos o tres meses tranquilo y montar algo allá abajo. Hablará con sus amigos. Alguno estará vivo. Germán tiene el chiringuito de la playa de los Atunes. Eso lo sabe de cierto. Igual le propone ser socio. Ha sacado el billete de tren para el viernes por la noche. Hoy es martes. Hasta ese momento dormirá en casa de Raquel y Bruno. Podría haber optado por otras posibilidades, pero prefiere ésa. Le conviene tener cerca a Bruno. Sabe que sospecha de él, pero no sabe ni qué ni dónde ni cómo. Por eso se larga ya. Porque prefiere guardarse el culo a dejarse llevar por la avaricia. El jugador de cartas siempre fue Bruno, no él. No ha de olvidarlo nunca ni recordarlo mal, del revés, como le suele pasar cuando la cabeza se le gira e inventa recuerdos, o éstos, directamente, le engañan y le hacen creer lo que no es.

Raquel estaba contenta cuando la ha telefoneado esta mañana. De hecho la última llamada del móvil robado ha sido ésa. Un Nokia que, ahora sí, se está muriendo irremediablemente. Aprovecha Cristian los últimos estertores para, chafardero, revisar las fotos que el mexicano tenía allí metidas. Mujer, hijas, amigos. Luego, el móvil se despide. Adiós, señor Nokia. Estaba animada Raquel porque ha recibido carta del Hospital Clínico para comunicarle que ha entrado en el programa preparatorio de trasplante. También a ella la abandona: Aún no se lo ha dicho. Es probable que no se lo diga. Teme su reacción. Pero ése es un lastre que sabe que debe dejar caer lo antes posible. Ya la ha tenido colgada del cuello demasiados años. Ahora va a volar. Lejos, alto, libre. En la tele, Cristiano Ronaldo pone cara de bocazas al que le han arreado con la tabla de planchar en la cara. Luego, un presentador habla, despide a la audiencia. A nadie le importa mucho lo que dice. Un negro obeso vestido en pijama le sustituye en la pantalla. Tipas medio desnudas bailan a su alrededor, limpian un coche, se contonean. Algunos tienen suerte, piensa Cristian: follando se les pasa el día. Después ponen la versión televisiva de la campaña contra el maltrato. Tarjeta roja. Que sí, que ya lo sabemos, que no hay que pegar a las niñas, joder, qué pesados.

Paga, deja propina, sale. En un callejón, junto a la cafetería, está el mendigo sentado a la manera hindú. Deglutiendo el último cuerno del último cruasán. Cristian se acerca a él, le da un billete de diez euros y el móvil inservible que robó la noche del delirio de Bruno con Súper Madre.

—Algo te darán. ¿Me entiendes? Búscate un sitio para no pasar frío.

—Sí, sí.

—Y anímate. Ha habido unas elecciones. Han ganado los de aquí, los buenos. Y el Barça también ha ganado. A los malos también.

—Barça, Barça, Barça... —resuena en su boca desdentada, llena de saliva y migas.

Cuando Cristian llega a plaza Castilla, Max está esperándole. En ese momento repara en que cada vez que queda con él tiene la cara marcada. Se sonríe ante la casualidad. «Así se giñará aún más», piensa Cristian. «No deja de ser un mierda. Alguien que no tiene huevos para arrancarse a una mujer de las entrañas». Pero, por fortuna para él, es también alguien con dinero para pagar por esa cobardía, por enamorarse, por todo eso.

Los sensores de Cristian le avisan de que algo ha cambiado en su extorsionado. Max lleva días sin dormir, en una suerte de delirante duermevela. No se ha peinado. Barba entrecana de demasiados días. Ropa arrugada. Manchas en la solapa. Cristian se arranca de encima la euforia y pasa a atarse, como un arnés, la precaución al cuerpo.

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿Viste el partido?

—Sí.

—Ganasteis.

—Sé que has ido llamando.

—Ésas te las regalo.

—No era necesario. ¿Te piensas que soy imbécil?

—¿Te contesto?

—Esas llamadas eran un aviso para mí.

—Puede.

—¿Sabes...? Ya no puedes hacerme daño, porque lo he perdido todo.

—¿Has traído el dinero?

—¿No me oyes? Todo se ha ido a la mierda.

Capítulo 1

1

Tomar con los cubanos nunca acaba bien. Ésa podía ser una buena enseñanza. Algo que Bruno debería recordar la próxima vez que le inviten. En estos momentos está siendo conducido en coche por los mossos al hospital y luego a comisaría. Con la camiseta de la Chamizo Band desgarrada y manchada de sangre, solo suya, eso sí. ¿Qué es lo que ha pasado? Pues que la hija de puta de Brenda le ha intentado partir en dos el coco. Y todo por nada. Una confusión, un lío, un desastre de mil cojones propiciado por doña Inma, madre de Brenda, más borracha que la Virgen, y un buen montón de casualidades y tonterías a cientos. La señora Inma, según se cuenta en los mentideros del barrio, había ejercido en sus buenos años. Él lo había oído. A partir de ahora, cada vez que salga el cotilleo en cualquier conversación, Bruno va a intervenir para dar al rumor rango de Verdad Eterna.

Bruno tiene unos treinta y nada. Delgado, bajo, de rasgos achinados. Toda una fisonomía de orejas de soplillo, favorita de comisarías y testigos influenciables. Siempre lleva el mismo calzado, barato pero cómodo. Zapatos marrones de rejilla. Zapatos de viejo, como le dice siempre Raquel, su novia. Los Wrangler son nuevos. Le vienen largos. Ni él ni Raquel saben coser. Así que esta mañana ha pillado la grapadora y se ha rematado unos dobladillos. Apenas aguantaron diez minutos. En comisaría, sin cinturón, va a estar a la última, piensa Bruno.

Trata de tocarse la herida. Con las esposas es complicado. Los ojos del agente en el retrovisor le advierten que mejor no haga movimientos raros. Decide ser buen chico.

—No es tu estilo, Bruno —dice uno de los agentes.

—Esa vieja borracha no sabe beber.

—Dice que la has violado, nen.

—¡No jodas! Pero si mi novia estaba por ahí. ¡Además, tiene más años que una momia...!

—No sé.

—Per què voldria mentir la senyora? —dice el agente que va conduciendo.

—No entiendo el catalán.

—Sí que entiendes, que llevas más años aquí que yo.

—Esa buena señora había sido eh, meuca, señor agent —dice con sorna lingüística Bruno.

—Pecadillos del pasado.

—Lo que pasa es que ha estado bebiendo e insinuándose toda la noche, y cuando ha llegado su hija y la ha visto en ese estado, la vieja le ha montado el número para disimular.

Silencio.

—Quiero pedir un habeas corpus.

—¿Ves como sí sabes catalán?

Risas.

Mejor así. Llevarse bien con quien te coloca las esposas y decide en qué calabozo vas a pasar la noche es buena política. Espera coincidir en la celda con alguien tranquilo y aseado. Que al menos el mal olor no le impida dormir un rato hasta que pase al juzgado al día siguiente. Quizá pueda camelarse al médico. Calmantes y una buena sobera. El costado derecho le empieza a doler. Mañana más. Seguro. Hijas de puta... Madre e hija..., ¿con qué le habían arreado? ¡Que la había violado! Vieja loca. Ya le gustaría a ella volver a sentir que alguien se la metía bien dura entre las piernas. Cierra los ojos. Ha de dejar marchar la ira o, más bien, alojarla en algún sitio para, llegado el momento, cobrarse los golpes, la noche en comisaría, el probable juicio posterior. Raquel llamará al abogado, Juan María no sé qué más. ¿Juan María Tió...? Puede ser. Aunque igual no da razón porque, cree recordar, le debe dinero. Da igual. Que venga cualquiera del turno de oficio. Es un asunto sencillo. Chico joven y con novia contra vieja exprostituta borracha y enloquecida por la soledad, el ron con hielo, las cervezas, las pipas saladas, la ginebra barata y algo más de ron, ya sin hielo, a lo macho de las cumbres.

Podría dormir si mantuviese los ojos cerrados. No sería mala idea. También él ha privado lo suyo. Es curioso cómo empezó todo. En ocasiones, cuando el día va de fantasía, parece que tu alegría molesta a alguien, allí en lo alto, y decide retorcerte la suerte. Esta noche es una de esas ocasiones. Se palpa Bruno el pantalón en busca de los billetes. Recuerda de inmediato que se los ha dado a Raquel ante la perspectiva, más que probable, de que llegara la poli. No se queda muy tranquilo, pero perderlos es mejor que el hecho de que los perros estos se pregunten qué hacen más de mil euros en sus sucias manos de muerto de hambre. Y claro, él no podría dar una respuesta fácil. Y los mossos sospecharían que si drogas, que si putas rusas..., marcianadas sacadas de esas pelis que no dejan de mirar en la tele y que les llenan la cabeza de tonterías y luego les hacen sentirse frustrados por tener que patrullar entre niñatos, yonquis de medio pelo y carteristas de japoneses.

Con los ojos cerrados puede ver. Puede ir más allá de todo este follón. Visualiza cómo fue subiendo uno a uno los escalones que llevan hasta el bar Los Encuentros, calle Cartagena arriba, detrás del Hospital de Sant Pau. Con el sol a su espalda, el iris de sus ojos trata de acostumbrarse a la oscuridad del local. Jueves. Partida. Dinero en el bolsillo y mala baba en el cuerpo. Había discutido con Raquel. En cuanto ella veía pasta le venían ínfulas de propietaria. Aún no era el momento. Aún no. Era el momento de disfrutar el hoy; y mañana, el hoy también. ¿Por qué no podía entenderlo? Él ya había tenido una casa y se la habían comido entre unos y otros. Además, en cuanto tuvieran algo fijo, Raquel empezaría con la batalla de tratar de que vinieran a vivir a ratos con ellos sus imbéciles y estirados hijos. Y aquello iba a ser una hemorragia de mal rollo, frustraciones y euros perdidos. Y si lo conseguía, ¿qué sacaba él? Siempre tenía la sensación de que Raquel seguiría estando a su lado mientras le necesitara, mientras él fuera su muleta y su conexión con el dinero y el futuro. Nada más tiene que recordar cómo se siente ninguneado cuando uno de sus hijos pasa con ellos una temporada. Cuando eso sucede, con un chasquido de dedos, como por arte de no se sabe qué mago, Bruno se torna invisible.

Se acercó tan decidido a la barra que parecía querer golpearse con el reposapiés de metal, cosa que sucedió y que debió de tener su gracia, porque al camarero se le dibujó rápido una sonrisa tonta. De detrás de la cortina de palos apareció el dueño. Si le reconoció, disimuló y no saludó. Esperó Bruno un rato antes de preguntarle si había partida. Pidió una cerveza y dejó las monedas sobre el cristal de la barra en señal de que no esperaba alargar la estancia. Finalmente, después de dos brevísimas desapariciones y apariciones del dueño por la escandalosa cortina, Bruno le abordó:

—¿Hay timba esta tarde?

—Eso parece.

—¿A qué juegan?

—Está completa.

«Si no fuera por Raquel, habría venido antes y habría entrado», pensó Bruno. Mala suerte, compañero. Se tomó la cerveza en una serie de dos, tres tragos, y dejó el culo para que se les calentara a ellos. Ya le habían cobrado, así que ya no hacía nada quedándose allí. Empezó a sentirse tentado por una de las tragaperras cuando, del fondo del bar donde se jugaba y se disimulaba a lo que se jugaba, apareció un tipo con el móvil en la oreja en busca de cobertura, como asaltado por una enfermedad infecciosa. Hablaba en catalán, cosa que a Bruno le seguía molestando a pesar de los años que llevaba en Cataluña. Tenía la teoría de que quien no lo hacía por pleitesía lo hacía por tocar los huevos. ¿Si todos hablaban español, por qué no hablarlo todos y se acabó el lío? La cosa, para aquel hombre, parecía grave, pero eso nunca se sabía. Él mismo había visto gente que se inventaba llamadas para salir de una partida. Pero también estaba el otro extremo. En una ocasión, a uno de ellos le comunicaron que su hijo había tenido un accidente de moto. No recuerda cómo se lo hicieron el resto de jugadores para convencerle de que permaneciera allí sentado, sorteando envites, recibiendo, por encima de tapete, puñaladas, ánimos y confianza ciega en los médicos de la seguridad social. Fue, en cierto modo, como si se jugara el alma del chaval.

El tío volvió con la cara desencajada: malas, muy malas noticias. Al rato salió en dirección a la calle. O ya no tenía nada que perder o había sido muy convincente.

—¿Puedo ahora?

El sol entraba por las rendijas de las persianas. Hacía calor, pero no agobiaba. Se levantaban casi rítmicamente rachas de viento que golpeaban el entoldado recién cubierto de brea de la parte de atrás del local. Cada cierto tiempo pasaba la hija del dueño por si los jugadores querían algo, y siempre había alguno que quería. Y muchos querían a la hija del dueño, pero no estaba nunca sobre el tapete.

De los tres jugadores que, tras la cortina, estaban sentados alrededor de la mesa, solo conocía a uno. Un tipo con una jeta horrible que se llamaba Simón. Por eso se le puso el apodo de El Santo. El amo del Encuentros —viejo a más no poder— recordaba a Roger Moore, el Simon Templar de la serie televisiva, y le dio por bautizarle El Santo. Era un jubilado vicioso, con buena renta de la RENFE y ningún hijo al que dejar herencia. A los otros dos no los conocía. Uno, de unos treinta años, feúcho, grande, de cara cuajada con brotes rosados en las mejillas, llevaba una gorra con visera, como en las partidas de la tele. Sus ojos eran pequeños y se movían rápido. El otro, un fumador con cejas luciferinas, calva rasurada y cara perfilada a lápiz del 3 parecía de esos suicidas con las cartas. Jugaban al mus. Ideal.

Horas más tarde, cuando el dios de las cartas le apretaba el empeine dolorido por el reposapiés, Bruno empezó a despedirse, dejándose ganar un par de envites. Había quintuplicado la cantidad con la que llegó. Hasta otra, caballeros.

Al salir, Bruno se despidió del dueño y le dejó un billete de cincuenta para que la próxima vez fuera más comunicativo. Una vez en la calle, al cruzar la primera esquina, echó a correr y, a la altura de la casa de los okupas, supo que aquellos tipos habían sido, después de todo, legales en el perder. Era lo que iba a añorar del Estado del Bienestar ahora que se desmoronaba. Pagando a viejos, a minusválidos y a chimpancés para que pudieran jugar a los naipes, gente como él vivía más tranquila.

Eufórico, se encontró con Hugo, el cubano. Estaba bebiendo en los bajos de Pep, un viejo pescador reubicado en el Guinardó. Era un lugar silencioso y con un comedor lo suficientemente amplio como para beber y reír, discutir de todo, ver goles por la tele y seguir privando. Anochecía. Llamó a Raquel. La puso al día de sus ganancias en las cartas y quedaron en que ella se dejaría caer por casa de Pep. Al principio, parecía enfadada, pero la pasta, como le solía pasar, siempre le endulzaba el carácter. A Raquel beber le gustaba tanto como a él. Borrachos, se entendían. Sabían beber juntos. Y a ella le encantaba que pagara él, que dejara los billetes sin contar. Como en un descuido. Con la chulería de un pirata de película, con tesoro pero sin futuro.

Pep estaba sentadito ante la puerta de su casa, en el 14 de la calle Mascaró, sillita de mimbre y botellín recalentado de cerveza a los pies. Al verles, saludó con la cabeza, ajeno a lo que estuvieran haciendo dentro. Al menos había alguien con él, y si esa noche se moría, ellos podrían llamar a los enterradores. En la casa estaban Brenda, Inma —su madre— y un cubano que Bruno no conocía. Reían y bebían, todo casi al mismo tiempo. El cubano le echaba la caña a Brenda, que se reía por todo, y al hacerlo, entre carcajada y carcajada, le tocaba un muslo, mientras el tostado sacaba medidas al aire que revoloteaba entre sus tetas. En uno de los extremos del comedor habían instalado un ventilador de pie. En medio de la mesa se elevaba un zigurat de cáscaras de pipas. Detrás de ésta, doña Inma, con la mirada vidriosa, iba y venía a la realidad. Bruno se sentó a su lado. En la tele, Canal Latino, cómo no. El cubano se presentó a Bruno, pero éste ya se había olvidado de su nombre antes de volver a sentarse. Hugo se apuntó al acoso de Brenda. Ésta era una mujer grande, de pechos neumáticos, gafas con mucho cristal, y pelo lacio y sucio en coleta; de tal modo que frente y cara parecían estiradas, nariz incluida. Brenda era del barrio de toda la vida. En su juventud se marchó, pero volvió años después sin dar muchos detalles. Ahora tenía cuarenta y pocos. Se suponía que estaba a la espera, pero nadie sabía muy bien de qué.

—Menuda juerga —dijo Bruno.

—Sí, sí, estos chicos no paran de hacernos bromas y zalamerías —contestó doña Inma, alargando las sílabas como si fueran chicle caliente.

—La corte les hacemos, pero ellas, estrechas que estrechas...

—¡Oye! —protestó Brenda.

—Con las piernas cruzadas...

—Solo se abren para quienes lo merecen —remató la vieja.

Carcajada general a excepción de su hija, que dio muestras de conocer la deriva etílica en la que se hallaba inmersa doña Inmaculada.

—No bebas más, mamá...

—Déjala, Brenda, si tu mamaíta es muy simpática...

—Ah, si tuviera diez años menos...

—Y tú diez más...

—¡Oh, diez más!

—Que a mí me han gustado siempre los hombres y no los niños...

—¡Mamá!

—¿Qué? Déjame un poco de libertad. Por un día que me lo paso bien.

—Eso, eso, déjala...

—No me digas tú a mí qué debo hacer o no hacer con mi madre. Cuando bebe demasiado, acaba diciendo cosas que no quiere decir...

—Usted ha debido ser de rompe y rasga —cicateó Hugo.

—Uf, si yo te explicara.

—Explique, explique.

Bruno no decía nada. Había llegado demasiado tarde para coger el ritmo e intervenir. Se puso su roncito y se lo fue bebiendo de a poco. Le divertía la trifulca en la que iban metiéndose unos y otros. De tanto en tanto se palpaba los billetes en el bolsillo y solo aguardaba a que Raquel hiciera acto de presencia para largarse a celebrarlo. El ventilador se empeñaba en no permitir que las cáscaras elevaran más la pirámide. El hielo se había deshecho. Hugo propuso ir a por más, y traer también bebida y tabaco y así de paso que circulara el aire entre ellos. Brenda y el cubano se marcharon a comprar. Hugo se fue con la pareja porque, si había reparto, él quería lo suyo. Doña Inmaculada se quedó con Bruno.

—Estos chicos...

—Sí.

La vieja le arreó un buen viaje al vaso y decidió que era momento de ir al baño. Bruno se sirvió otro vasito de ron y lo que quedaba del último cubito de hielo. Se llevó el cigarrillo a los labios y decidió que, cuando se consumiera, saldría a buscar a Raquel, porque no le apetecía seguir allí. Ojalá lo hubiera hecho.

Un ruido le advirtió de que doña Inma no había llegado al lavabo. Bruno se levantó y fue en su ayuda. La falda se le había quedado por encima de la cintura y un zapato había decidido echarle una carrera a la señora. Se tocaba la cabeza en su parte posterior. El batacazo no había hecho sino incrementar la confusión en la que se encontraba. Bragas blancas, medias marrones con la costura en medio, como las que llevaba su madre. El azoramiento de la vieja fue lo primero con lo que tuvo que lidiar Bruno. La tranquilizó, la ayudó a incorporarse y la acompañó hasta el dormitorio de Pep, una vez comprobó que no sangraba. Le calzó el zapato díscolo en el pie, a modo de Cenicienta ebria y ajada, y pasándole el brazo por debajo de las axilas, la llevó hasta el dormitorio. Las dimensiones de éste eran mínimas. Pep debería de meterse o salir de la cama por la parte inferior, ya que apenas había espacio para la mesilla y unas estampitas de la Moreneta. Dejó a la vieja en la cama, mientras ésta farfullaba no sabía qué. Le bajó la falda, que se le había quedado subida, y, sentado en la cama, miró el espejo donde Pep tenía viejas fotos de cuando él era joven, su esposa aún vivía y sus hijos eran niños y le querían. Bruno optó por dejar de mirar. «Pena de vidas, que no se sabe en qué momento se nos joden». Echó la que creía sería la última mirada a la vieja y vio que volvía a tener la falda subida. Además, con una de las manos, doña Inma —ojos cerrados y semblante angelical— trataba de que él la tocara entre las piernas. Bruno se desasió de aquella maniobra, y en ese mismo momento oyó los berridos de Brenda, que hicieron que doña Inma abriera los ojos y empezara a gritar pidiendo ayuda contra el violador. Bruno trató de salir de la habitación y llegar al comedor bajo los golpes de Brenda. Una vez allí, vio que Raquel había vuelto con Hugo y la hija de la vieja borracha. Trató de decirle algo, pero de pronto notó un fuerte impacto en la cabeza. Bruno se giró encolerizado, le lanzó un manotazo a Brenda y fue a por ella. Alguien le detuvo cuando ya había enviado varias hostias con acuse de recibo. Una maraña de pelo, las gafas de turismo por la cocina, el ventilador girando su cabecita a izquierda y derecha, indiferente, y la montaña de cáscaras desparramada por el suelo del comedor del pobre Pep, que seguía allá fuera, sin cerveza ya, tomando el fresco sin valor para mirar qué demonios estaba pasando en el interior de su casa.

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