Abrí apenitas los ojos. Pestañeé algunas veces y los volví a cerrar. Había despertado.
Demoré unos segundos en saber que aún era de noche, y solo lo supe a ciencia cierta cuando miré hacia la ventana y constaté que no entraba nada de luz por los agujeritos de la persiana.
—Sí, es de noche, seguro que todavía falta un rato para que venga mamá a despertarme.
Así que me dispuse a dormir nuevamente. Me hice un rollito al mejor estilo bichito bolita y me fui hacia abajo lo suficiente como para que solo mi nariz quedase afuera de las tapas, quiero decir: afuera de las frazadas que uso para taparme. He intentado ir bien hacia abajo y taparme entera pero me resulta imposible respirar con la cabeza cubierta.
Me quedé quietiiita quietita esperando que llegara el sueño.
Unos minutos después, viendo que no llegaba, me puse bocarriba estirando las piernas muuucho mucho hasta sentir que mis pies encontraban la parte más fresquita entre las sábanas. Encontré en esa una sensación exquisita y supe que era la posición en la que lograría dormirme. Así que abrí los ojos y los volví a cerrar fuertemente con la única finalidad de constatar que los tenía realmente cerrados. Pasaron unos minutos, no sé cuántos, pero a mí me parecieron un montón, ¡y yo seguía despierta!
Pensé que lo mejor sería ir a hacer pichí aprovechando que me había despertado, no fuera a ser cosa de que me volviera a dormir y me vinieran las ganas después. Así que, a pesar de que la cama me ofrecía una comodidad infinita, me senté en el borde y puse mis pies descalzos en el frío piso de madera. Intenté caminar rapidito hasta el baño, pero sin prender la luz para que mis ojos no se enteraran de que estaba despierta. A poco de bajar de la cama, pisé lo que debía de ser uno de mis championes, que tanto me gustan de día pero que en ese momento me parecieron odiosos. El champión estaba de costado, por lo que al pisarlo perdí el equilibrio.
Traté de evitar la caída aferrándome a todo lo que mis manos atinaron a agarrar. No encontré nada, así que caí de boca sobre el pie de cama, donde, ajeno a mi travesía, dormía plácidamente Walter, mi gato.
Mi cara se dio de lleno con el cuerpo de Walter, que pegó el mayor aullido de su vida, mientras con su garra derecha se defendía del ataque a arañazos limpios. Con la boca llena de pelos de gato y la remera del pijama toda rajada por las uñas de Walter, me puse de pie para finalmente emprender mi camino.
Rodeé la cama y me encaminé hacia el baño, que me recibió con el piso más frío que un iglú. Con la idea de retomar lo más pronto posible mi descanso, insistí en esto de desplazarme sin prender la luz, sabiendo de memoria las distancias y los obstáculos. La estrategia, que resultó exitosa en el baño, ofreció un nuevo inconveniente al volver al dormitorio, cuando, a pasos de entrar de nuevo en la cama, terminé por patear el mismo champión que había pisado en el camino de ida.
De vuelta entre las sábanas y con la sensación de estar en el paraíso, me dispuse a dormir acurrucadita sobre el lado izquierdo de mi cuerpo de cara a la pared, no sin antes estirar bien bien las tapas, de manera que ninguna frazada de lana tocara mi cara. Abrí los ojos grandotes y los volví a cerrar con fuerza esperando que mis párpados se enteraran de que eran esas las horas en que debían estar cerrados.
Sintiendo que todo mi cuerpo estaba en la posición correcta y que no habría nunca en la vida una sensación de comodidad tan inmensa, caí en la cuenta de que no notaba el peso de las frazadas sobre mi espalda, lo que significaba que había espacio entre ellas y yo. Y si había espacio, ¡podía entrar frío!
Me puse bocarriba para empezar nuevamente a acomodar con certeza mis tapas: primero estiré la sábana, segundo la frazada de lana azul finita, después la gruesa verde con amarillo, luego el acolchado y, por último, la colcha. Giré lentamente hacia la izquierda y en todo momento las tapas acompañaron mi movimiento.
A estas alturas del relato ya te habrás dado cuenta de que me gusta dormir como un gusanito de seda con su capullo bien pegado y despertar a la mañana volando a tomar la leche sintiéndome una mariposa. Así que, cuando lo logré, respiré hondo esperando quedarme dormida bien rápido. Al pasar de los minutos y sabiendo que todavía seguía despierta, se me ocurrió pensar que las calzas rosa me quedarían relindas con las medias con estrellitas brillantes que ayer había recuperado del fondo del cajón de la ropa interior y que mañana mismo me las pondría con los championes… ¡esos mismos que estaban a mitad de camino entre mi cama y el baño!
Me di cuenta de que pensar en moda y combinaciones de ropa me distraía demasiado de mi decisión de dormir, así que intenté dejar esa línea de pensamiento. Empecé a contar mis respiraciones siendo el uno cuando entraba el aire, el dos cuando salía, el tres cuando volvía a entrar y así… hasta que, de la nada, Rodolfo, mi perro de siete años, se puso a ladrar como un desesperado del lado de afuera de mi cuarto. Ladraba tanto y tan fuerte que hasta mi madre se despertó y, sin levantarse de la cama, le gritó:
—¡Rodooolfo, basta de ladrar! —Y Rodolfo se calló.
Fue a su cucha, que es una casita de techo a dos aguas rojo con paredes blancas y piso de madera, donde tiene un colchoncito, varias mantas que ha roto con sus propios dientes, algún que otro hueso y una pelota pinchada, y se acurrucó para dormir. Nunca llegó siquiera a hacerse cargo
