Nota del autor
Sobre los métodos: A diferencia de otros libros que he escrito, y por razones que se comprenderán, en esta ocasión he investigado sin las ventajas de viajar a lugares apartados y presenciar arduos trabajos de campo; sin caminar por las selvas siguiendo los pasos de intrépidos biólogos, visitar laboratorios, trepar por acantilados, atravesar azoteas y recorrer cuevas; sin ver a los investigadores cómo acechan a los gorilas con pistolas sedantes o cómo extraen la sangre de los murciélagos. El escalofrío, si aquí existe, adopta otras formas. Desde el estallido de la COVID-19, llevo más de dos años evitando los aeropuertos y en 2020 solo he gastado un depósito de gasolina. La literatura científica ha sido muy valiosa para mí. Mis diarios de anteriores viajes me han ayudado un poco. También le estoy enormemente agradecido a Zoom.
Sobre las citas: Todas las citas orales entrecomilladas son literales y han sido seleccionadas a partir de las grabaciones transcritas o de las notas tomadas en el momento, sin corrección superficial en favor de la gramática o la fluidez. Tanto si se comunican en su primera lengua como si lo hacen en la cuarta, las personas no hablan con oraciones y párrafos de una corrección absoluta, y mi objetivo ha sido mostrar el discurso real de individuos reales. El hecho de que haya mantenido los esporádicos errores gramaticales debería interpretarse como un testimonio de mi respeto a mis interlocutores y mi deseo de escucharlos con atención e intentar que el lector haga otro tanto. En algunas ocasiones he eliminado muletillas como «hum», «ya sabe» y «como», pero solo en contadas ocasiones y sin ir mucho más lejos. En los libros de no ficción, las palabras habladas son datos, y yo comparto el respeto de los científicos por el carácter sagrado de los datos.
Sobre los nombres: La norma china pone primero el apellido y, en segundo lugar, el nombre, como en Yuen Kwok-Yung o Zhang Yong-Zhen. No obstante, cuando los científicos chinos publican en revistas anglosajonas, siguen en general la norma occidental: primero el nombre y después el apellido. Para simplificar, y dado que escribo sobre todo acerca de científicos y que deseo que los autores de trabajos publicados sean reconocidos por ellos, emplearé aquí la segunda norma.
Sobre los tratamientos honoríficos: Casi todas las personas citadas o mencionadas en este libro han recibido el título de doctor, profesor o ambos. He omitido todos esos títulos en favor de la informalidad respetuosa.
I
Los ciudadanos no tienen
que entrar en pánico
1
Algunos no se sorprendieron con la aparición de esta pandemia, simplemente terrible, como lo es el impacto de una oscura inevitabilidad. Esos individuos no sorprendidos eran patólogos que se ocupaban de enfermedades infecciosas. Llevaban décadas viendo venir un suceso semejante, como un pequeño punto oscuro en el horizonte del oeste de Nebraska, que avanzaba hacia nosotros a una velocidad indeterminada y con una fuerza indeterminada, como un camión de pollos fuera de control o un camión de dieciocho ruedas con acero laminado. Sabían que el agente de la siguiente catástrofe sería casi con certeza un virus. No una bacteria, como en la peste bubónica, no algún hongo comecerebros, no un complejo protozoo del tipo que provoca la malaria. No, un virus; y, más en concreto, sería un virus «nuevo», lo cual no significaba nuevo para el mundo, sino recién identificado como causante de infecciones humanas.
Ahora bien, si fuese nuevo para los humanos, ¿de dónde surgiría un virus «nuevo»? Buena pregunta. Todo procede de algún sitio, y los virus nuevos en los humanos proceden de animales salvajes, a veces a través de un animal doméstico como intermediario. Esta clase de transferencia, de un huésped no humano a un humano, se conoce como «derrame». Tales virus, entre los que se incluyen el Marburgo, la rabia, el Lassa y la viruela del mono, provocan dolencias que se designan como zoonosis o enfermedades zoonóticas. La mayoría de las enfermedades infecciosas humanas son zoonóticas, causadas por patógenos de origen animal que llegan hasta nosotros de forma reiterada (el virus Nipah, transmitido por los murciélagos frugíferos en Bangladés) o lo han hecho en el pasado (el grupo M del VIH-1, el subtipo pandémico del sida, que se transmitió en su día desde un chimpancé). Unos son viejos para nosotros (la bacteria de la peste, el virus de la fiebre amarilla) y odiosamente familiares; otros son sorprendentemente nuevos y despiadados (el virus del Ébola) como un depredador alienígena en una película.
Un virus nuevo puede ser devastador si no disponemos de ninguna vacuna para desviarlo, de ningún fármaco para combatirlo, de ningún historial de exposiciones anteriores a algo similar que pudiera conferirnos una inmunidad adquirida. Un virus nuevo, si la suerte es buena para el virus y mala para nosotros, puede atravesar a la población humana como una bala de gran calibre a través de un solomillo con vetas de grasa.
Esos científicos, instruidos en enfermedades infecciosas y expertos en zoonosis, previeron además que el causante de la siguiente pandemia probablemente sería un particular tipo de virus. Un virus con cierta clase de genoma que facilitara una rápida evolución, una capacidad para cambiar y adaptarse deprisa. Ese genoma estaría escrito en el ARN, no en el ADN. Es decir, una molécula de información de una sola cadena, bastante frangible, no la doble hélice del ADN. Por el momento no importa de qué ARN se trata, cómo funciona ni por qué un genoma de ARN monocatenario puede ser particularmente cambiante y con una gran capacidad de adaptación. Nos bastará con decir que esos veloces adaptadores incluyen las gripes y los coronavirus, dos grupos de virus con historiales de caos para los humanos. En los años anteriores a 2019, la palabra «coronavirus» era desconocida para la mayoría de la gente, pero ya sonaba como una amenaza para los patólogos que se ocupan de las enfermedades infecciosas.
Uno de esos científicos es Yize (Henry) Li, un virólogo e inmunólogo nacido en China, actualmente profesor adjunto en la Universidad Pública de Arizona, en Temple. Yize Li es un joven de cara redonda que lleva unas elegantes gafas rectangulares y un flequillo negro que pende sobre su frente. Hizo su doctorado en el Instituto Pasteur de Shanghái, bajo la dirección de un profesor francés, y adoptó el nombre de Henry por conveniencia en los medios francófonos y anglófonos en los que desde entonces reside. Llegó a Estados Unidos en 2013, con una beca posdoctoral para trabajar con Susan R. Weiss, una viróloga veterana de la facultad de Medicina Perelman de la Universidad de Pennsylvania. Weiss es una autoridad en los coronavirus, incluido el SARS-CoV, el virus que provocó el terrorífico pero breve brote de SARS (siglas en inglés del síndrome respiratorio agudo grave), que infectó a unas ocho mil personas y mató a una de cada diez. Su laboratorio estudia asimismo el coronavirus del MERS (síndrome respiratorio de Oriente Próximo), identificado por primera vez como un patógeno humano en 2012, cuando apareció un aluvión de casos en la península arábiga. El MERS tiene una tasa de mortalidad considerablemente más alta que el SARS, en torno al 35 por ciento de los casos confirmados. El propio Li trabajó con Weiss tanto en el virus del MERS como en un coronavirus menos espectacular, que provoca hepatitis en los ratones.
Estaba allí en Filadelfia durante los últimos días de diciembre de 2019, cuando reparó en un artículo en un sitio web de noticias chino, DiYiCaiJing, con sede en Shanghái. El artículo describía una nota consultiva, al parecer confidencial, que se había distribuido hacía poco al personal de un hospital de Wuhan y puede que a más de uno. Se decía que esa nota provenía de la Comisión Municipal de Salud de Wuhan. El periodista del sitio web había logrado hacerse con ella y, contactando con la comisión, confirmó que procedía de ella. La nota avisaba sobre un brote de un «patógeno desconocido» que estaba provocando casos de neumonía en varios hospitales de la ciudad. Li se apresuró a hacer lo que la gente hace con las informaciones de interés: la publicó en las redes sociales.
WeChat es una aplicación china multiuso que combina las funciones de Facebook, Instagram, WhatsApp y Zoom. Tiene más de mil millones de usuarios activos, incluidos Henry Li y muchos otros graduados y estudiantes del Instituto Pasteur de Shanghái. Él la empleaba para comunicarse con sus amigos en China. Cuando planteó el asunto de Wuhan en WeChat, algunos de sus contactos dijeron: sí, es un rumor; otros dijeron: sí, es cierto. Entonces uno de ellos se sacó un as de la manga: publicó un informe real de secuenciación que contenía restos de los genomas de múltiples microbios, incluidos bacterias y virus, de varias muestras clínicas. Las muestras —un frotis faríngeo aquí, un frotis nasal allá, quién sabe— habían sido procesadas, se había extraído el ARN, ese ARN se había convertido en ADN (buscando la estabilidad), y luego el ADN se había introducido en una máquina de secuenciación en algún laboratorio. Las muestras estaban «sucias», como suelen estarlo esas muestras, con manchas y borrones de diferentes genomas que reflejaban la diversidad microbiana presente en las superficies mucosas humanas. Sin embargo, entre esa variedad que distraía la atención, al menos en una de aquellas muestras había un trozo de datos relevantes. Ese trozo era una secuencia lineal de cerca de un millar de letras, una fracción de un genoma, pero bastante para ser revelador. Eran datos de contrabando. Para usted o para mí, una secuencia semejante habría sido un mero balbuceo —attaaaggtttatacc, y así hasta mil letras—; en cambio, para científicos como Henri Li o como Susan Weiss, hablaba con una escalofriante claridad. «Me quedé atónito», me contó Li más tarde, al ver que aquello era «tremendamente parecido a un coronavirus del SARS».
Weiss estaba por entonces de año sabático en La Jolla, California, y hablaba con Li y otros miembros de su laboratorio en reuniones semanales vía Zoom. Durante una de aquellas llamadas a finales de diciembre, que ella recuerde, Li mencionó que «algo estaba sucediendo» en Wuhan, China. «Puede que me dijera —recordaba Weiss cuando hablé con ella más de un año después—: “Anda circulando por ahí ese coronavirus”». Ahora bien, el propio término, «coronavirus», todavía no estaba circulando en diciembre de 2019, al menos no más allá de esas selectas redes de expertos en virus.
Weiss regresó a Filadelfia el 2 de enero y su equipo empezó a encargar enseguida más mascarillas N95, del mismo tipo que habían estado empleando en su estudio del virus del MERS (conocido oficialmente como MERS-CoV). Otros artículos de los equipos de protección personal (EPP), como guantes y batas, estaban ya en pedidos pendientes. Finalmente añadirían respiradores purificadores de aire motorizados (PAPR, por sus siglas en inglés), como cascos espaciales sin los trajes. Se estaban preparando. A esas alturas ella y sus jóvenes colegas había decidido que debían ocuparse de ese nuevo coronavirus, y sabían que iban a necesitar protección.
2
Marjorie Pollack es una señal de alarma muy sensible dentro de una de las principales redes internacionales de alerta sobre enfermedades infecciosas. Dicho de otra manera: es editora adjunta de ProMED-mail.
ProMED (como se conoce comúnmente) es un servicio de correo electrónico con cerca de ochenta mil suscriptores, dedicado a la detección, recogida y difusión de informaciones fiables acerca de los casos de enfermedades que suceden momento a momento en cualquier lugar del mundo. Comenzó en 1994 con unos cuarenta suscriptores, y en la actualidad está gestionado por la Sociedad Internacional de Enfermedades Infecciosas, un grupo de científicos profesionales sanitarios. Es gratuito. Es independiente y apolítico. Es incansable, enciclopédico y a veces críptico. Si uno se suscribe a ProMED, cualquier mañana puede despertarse con tres o cuatro correos electrónicos: uno que informa acerca de una dermatosis nodular contagiosa (una enfermedad vírica) entre los búfalos de agua laosianos, otro que cubre la shigelosis (diarrea bacteriana) en los niños que visitaron un safari en Kansas y el tercero que pone al día del último brote del virus del Ébola en la República Democrática del Congo (RDC). Pollack forma parte de este servicio desde 1997.
Nacida y criada en Nueva York, se graduó en la NYU (Universidad de Nueva York) en esa agitada época inmediatamente posterior a los años sesenta que terminaron en Altamont Speedway y Kent State. Médica de formación, en la actualidad con cuarenta y cinco años de experiencia en epidemiología médica, desempeña su labor en ProMED con la escéptica agudeza de una editora de periódico de la vieja escuela de Chicago: «Si tu madre dice que te quiere, consigue una segunda fuente». Llamar «señal de alarma» a Pollack, como acabo de hacer, resulta un poco injusto, ya que ella canaliza sus informes sin estridencias ni excesivo ruido. Se asemeja más a una luz en el panel de control, que podemos ignorar hasta que se pone en rojo, para sugerirnos con firmeza que le prestemos atención y, tal vez, para que empecemos a preocuparnos. No obstante, su trabajo consistía en difundir información, no en preocupar.
La noche del 30 de diciembre de 2019, un lunes, después de cenar con su marido en su segunda residencia en Long Island, Pollack volvió a su ordenador, como hace de forma rutinaria, para consultar el correo electrónico. Encontró un mensaje de un colega de Taiwán, que le avisaba sobre una declaración de la Comisión Municipal de Salud de Wuhan, recogida en las redes sociales de esa ciudad continental. La declaración —probablemente la misma nota consultiva sobre la cual había leído Henry Li en DiYiCaiJing— mencionaba unos casos de neumonía que no tenían explicación. «El correo que recibí de aquel colega —me contó Pollack— preguntaba básicamente: “¿Sabemos algo al respecto?”». No, todavía no sabían nada, pero sentía una enorme curiosidad, de modo que se pasó las dos horas y media siguientes en línea, comunicándose con sus contactos y rastreando la red.
«Lo que hicimos fue buscar entre todos “nosotros”: mi colega en Taiwán y los colegas de mi colega —me explicó—; buscábamos en los medios una segunda fuente». Un colega encontró esa segunda fuente: un informe de Sina Finance, un reputado servicio de medios en lengua china, que citaba un «aviso urgente sobre el tratamiento de la neumonía de causa desconocida» de la Comisión Municipal de Salud de Wuhan.[1] Y no se trataba de un único caso de neumonía lleno de misterio; se hablaba de «pacientes», en plural. Al menos uno de esos pacientes estaba vinculado con lo que aquel informe llamaba el Mercado de Mariscos del Sur de China. Un periodista había telefoneado a la línea directa de la comisión de salud y había confirmado que la nota era real.
¿Y después? «Los editores terminan alrededor de las nueve de la noche, hora del este, y reanudan su trabajo a la mañana siguiente», me contó Pollack. ProMED tiene un sistema editorial escalonado para preservar su prudencia y precisión, y la propia Pollack había ascendido durante más de veinte años la mayor parte de esos escalones: se había ofrecido como voluntaria para buscar en la web, como moderadora de un área temática, ejercía de editora de coordinación para las redes de zona, como editora asociada, como moderadora principal por turnos, como subdirectora. Por encima de ella estaba el editor, Larry Madoff, un profesor de la facultad de Medicina de la Universidad de Massachusetts, que supervisaba esa red de profesionales con espíritu crítico desde Boston. Sin embargo, aquella noche de lunes era ya tarde y Pollack estaba básicamente sola. «Habitualmente no publicamos cosas de última hora que no hayan sido editadas y corregidas —me comentó—, pero tenemos el ocasional “Urgente, saquemos esto inmediatamente”». Se comunicó con Madoffy el moderador principal de guardia, para alertarlos de la situación. Recopiló un post con el titular SOLICITUD DE INFORMACIÓN, con el fin de señalar la provisionalidad de lo que tenía.[2] Cogió una traducción automática del artículo de Sina Finance, con su declaración acerca de la «neumonía de causa desconocida», e incluyó el detalle de que algunos casos estaban relacionados con un mercado en Wuhan. A las 11.59 p. m., después de que hubiera entregado el informe para su publicación, el moderador principal pulsó ENVIAR. Ese mensaje salió al momento hacia ochenta mil suscriptores de ProMED, incluido un servidor.
Al día siguiente era Nochevieja. Pollack y su marido, siguiendo la tradición, estaban pasando las vacaciones en Water Mill, un pueblecito de Mecox Bay cerca del extremo oriental de Long Island, donde tienen su casa de descanso. La alquilan en verano, con el fin de evitar el ambiente de los Hamptons, que decididamente no es su ambiente, y la utilizan en invierno. Su celebración de la entrada de año suele consistir en una cena en Water Mill en su restaurante favorito, el Plaza Café, y después volver a casa para ver en televisión el descenso de la bola en Times Square. Pero aquella noche no era como siempre, ni siquiera para una Nochevieja.
Entre el aperitivo y el plato principal, sonó su teléfono. «Recibo una llamada, así que salgo fuera». Era Peter Daszak, el presidente de EcoHealth Alliance, una organización para la investigación y la protección con la misión de proteger tanto las especies salvajes como a los humanos de las enfermedades infecciosas. Daszak y algunos de sus colegas estaban bien relacionados con algunos científicos de China, por haber trabajado con ellos en la búsqueda del origen del virus del SARS después de 2003 y, durante los años posteriores, por haber tratado en varias ocasiones de identificar virus peligrosos en los animales salvajes y avisar sobre ellos.
Pollack había hablado con Daszak ese mismo día, y durante aquella llamada había compartido una noticia importante de sus fuentes en China, basada en la secuenciación completa del genoma del nuevo virus, no solo un trozo. «Que era similar al SARS», me indicó Pollack. Similar al SARS sugería transmisible entre humanos y potencialmente bastante letal. Eso sonaba como una amenaza, y ahora, mientras Pollack permanecía a la intemperie aquella noche de fines de diciembre, Daszak tenía una desconcertante actualización. «Llevo puesto un jersey, estamos a tres grados bajo cero —recordaba Pollack— y camino de aquí para allá porque no he cogido mi abrigo, y estoy hablando con Peter, hablando con Peter, no sé cuánto tiempo estuve ahí fuera». Finalmente, el camarero salió para informarle de que su plato principal estaba en la mesa. La conversación continuó. Ella quería más información, quería otra fuente. Daszak no podía ayudarla en eso, al menos de momento. «Peter me estaba contando básicamente que había un bloqueo total de la comunicación con gente de China en ese punto». Después de su cena, que se comió fría, regresó a casa con su marido y, en lugar de ver el espectáculo de Times Square, volvió al trabajo. Encontró otro informe en Sina Finance y, con la ayuda de otra torpe traducción automática, lo convirtió en una publicación en inglés. Esta comenzaba así: «Los pacientes con una neumonía de causa desconocida en Wuhan han sido aislados en numerosos hospitales». Venía a continuación la parte destinada a tranquilizar: «No se ha aclarado todavía si se trata o no del SARS y los ciudadanos no tienen que entrar en pánico».[3]
3
Entre aquellos primeros pacientes con neumonía estaba un repartidor de sesenta y cinco años que trabajaba en lo que la traducción automática de Marjorie Pollack, al igual que aquel informe anterior, denominaba el Mercado de Mariscos del Sur de China. El nombre del mercado,
, también se traduce al inglés como Huanan Seafood Wholesale Market (Mercado Mayorista de Mariscos de Huanan), y el lugar es hoy célebre como el primer foco desde el que se propagó el virus. Las palabras «Mercado de Mariscos» son engañosas, en cualquier orden y en cualquier idioma, porque los productos a la venta incluían mucho más que mariscos: aves de corral, carne de ganado y algunas especies salvajes, unas vivas, otras muertas y congeladas.
Ese repartidor ingresó en el Hospital Central de Wuhan el 18 de diciembre de 2019. Su estado de salud empeoró deprisa. El 24 de diciembre, los médicos extrajeron líquido de sus pulmones y enviaron una muestra a una empresa privada de secuenciación de genomas, Vision Medicals, en la ciudad de Cantón. La pregunta a Vision Medicals era básica:¿qué tipo de microbio bullía en esa pizca de dolencia humana líquida? Según el procedimiento ordinario, la empresa habría enviado los resultados, pero, en vez de ello, alguien telefoneó, para contactar con un médico llamado Su Zhao, jefe de Neumología del hospital. «Nos llamaron y nos dijeron que se trataba de un nuevo coronavirus», declaró Zhao a la agencia de noticias Caixin con sede en Pekín.[4]
Su preocupación fue más allá de la llamada telefónica. Varios días después, llegaron al parecer unos ejecutivos de Vision Medicals desde Cantón, a unos mil kilómetros al sur, para comentar los resultados genómicos con el personal del hospital y los funcionarios de control de enfermedades de Wuhan. Según un informe —una publicación en las redes sociales procedente según se cree de un empleado anónimo de Vision Medicals—, el hospital reconoció que tenía «muchos pacientes similares» y comenzó «una profunda y secreta investigación».[5] Mientras tanto, el repartidor fue trasladado a otro hospital, donde más tarde falleció.
Poco después de la primera secuenciación, alguien del Hospital Central tomó muestras de frotis de un paciente diferente, esta vez un hombre de cuarenta y un años sin ninguna relación con el mercado de la que se tuviera noticia. Esas muestras fueron a un centro distinto, el CapitalBio MedLab, en Pekín. Los primeros resultados de esa empresa identificaron el agente infeccioso como SARS-CoV, el coronavirus original del SARS detectado en 2003, con un índice de mortalidad del 10 por ciento. Aquel fue un falso positivo en el virus del SARS, demasiado preciso, demasiado cierto, viciado por los límites de la especificidad de las herramientas de pruebas o por una técnica descuidada. Se trataba, en efecto, de un coronavirus similar al SARS, pero desconocido. Antes de que se pudiese corregir el error, sin embargo, esa confusión destelló cual relámpago por las redes privadas que unen a los profesionales médicos de los diferentes hospitales de Wuhan. Llegó, entre otros, a Wenliang Li, un joven oftalmólogo que trabajaba en el Hospital Central. Habrán oído hablar de él. Se convertiría en el famoso mártir que tiró de la manta y alertó a algunas personas sobre el peligro. El 30 de diciembre, a las 5.43 p. m., hora de Wuhan, Li publicó en WeChat para un grupo privado de sus compañeros de clase de la facultad de Medicina: «Se han notificado siete casos confirmados de SARS del Mercado de Mariscos de Huanan».[6] Una hora después disponía de una información mejor y corrigió aquella para decir «infecciones por coronavirus» y que «la cepa exacta del virus» no se había identificado todavía. Avisad a vuestros seres queridos para que se protejan, les escribió a sus amigos, un acto valiente que provocó una sanción por parte de las autoridades, aunque él no había intentado avisar a todo el mundo. De hecho, escribió: «No difundáis esta información fuera del grupo».[7]
Al día siguiente —una vez más, era Nochevieja—, la comisión de salud de Wuhan emitió un comunicado en Weibo, otra plataforma de redes sociales, en el que reconocía un brote de neumonía vírica que había enviado a veintisiete personas a los hospitales de Wuhan, pero descartaba el rumor de que fuesen casos de SARS. «Resulta más probable que se trate de otra neumonía grave».[8]
Las posteriores secuenciaciones de muestras de pacientes, enviadas a distintas empresas privadas de secuenciación, aclararon que no se trataba del virus del SARS, no, sino de otro similar, letra por letra, en torno a un 80 por ciento en su genoma. Esos resultados llegaron a la Comisión Municipal de Salud de Wuhan y en ese momento las autoridades provinciales intervinieron. El 1 de enero, según Caixin, la comisión de salud de la provincia de Hubei instruyó a las empresas de secuenciación para «dejar de realizar pruebas y destruir todas las muestras».[9] Sigue sin estar claro si esa orden estaba destinada a contener un virus peligroso o una información peligrosa.
4
Los rumores llegaron a Hong Kong, con independencia de cualquier orden estatal, a la velocidad de la luz. Hong Kong estaba muy en sintonía con cualquier noticia que procediera del continente, pero sobre todo con las malas noticias.
Como una Región Administrativa Especial (RAE) de la República Popular China desde que terminara el dominio colonial británico en 1997, lo que llamamos Hong Kong no solo comprende la isla de Hong Kong, sino también Kowloon y los Nuevos Territorios, ambos en la costa continental. Con los activistas que luchan por la democracia y el contradictorio ideal de «un país, dos sistemas» esfumándose a medida que Pekín aumenta su control, existe una ambivalente relación con la madre patria. Aunque gran parte del terreno de los Nuevos Territorios sigue siendo verde y montañoso, preservado como parque, la RAE de Hong Kong es una de las regiones más densamente pobladas de la tierra, y está repleta de ilustres científicos y de ávidos periodistas, así como de tensiones políticas, multimillonarios, diversidad étnica y cifras humanas absolutas. El 31 de diciembre, el South China Morning Post (SCMP), su principal periódico, publicó un artículo que contaba que las autoridades sanitarias de Hong Kong estaban preparando (ya) medidas de emergencia contra el misterioso brote de neumonía en Wuhan, a casi mil kilómetros de allí.
Hong Kong estaba inquieta porque recordaba su brote de gripe aviar en 1997, un pequeño pero aterrador encuentro con un virus mortal para uno de cada tres casos humanos, y el SARS-CoV de 2003, el primer coronavirus asesino conocido para la ciencia, que apareció en la provincia de Cantón en el continente, llegó a Hong Kong y explotó a través de esa ciudad por todo el mundo. El nuevo virus no había llegado aún, pero el personal sanitario había sido alertado, según el SCMP, y estaba preparado para aislar los casos.
El periódico citaba asimismo a Kwok-Yung Yuen, un veterano microbiólogo de la Universidad de Hong Kong. Yuen, bien informado por su larga historia de investigación de virus peligrosos, apuntaba ciertas similitudes entre las noticias de Wuhan y los sustos de 1997 y 2003: vínculos con los mercados de alimentos y elevado índice de infección.
«Pero no hay necesidad de entrar en pánico», declaró al SCMP.[10] La vigilancia y el control de las infecciones habían mejorado desde 2003, decía Yuen, al igual que los medicamentos antivirales.
La información seguía siendo escasa. A esas alturas, en Pekín, incluso el director general del Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades (CCDC, por sus siglas en inglés), un virólogo formado en Oxford llamado George Fu Gao, solo podía guiarse por los informes en línea. «Oí aquello la noche del 30 de diciembre —me contó Gao—. China es un país enorme. Si algún médico identificaba cualquier neumonía de etiología desconocida, debía informar a mi instituto, el CDC de China. Pero no lo hicieron. Desde el primer momento pensaron que se trataba de la gripe».
El propio Gao es experto en gripes, así como en el SARS-CoV, el MERS-CoV, el virus chikungunya y otros virus zoonóticos. Su especialidad son los mecanismos mediante los cuales estos virus se unen a las células humanas y penetran en ellas. «Desde el principio ese virus parecía gripe». Quería decir que eso era lo que parecía si eras un médico que trabajaba en un hospital, como los médicos de primera línea de Wuhan, pero no si eras un virólogo molecular que leía su genoma o un especialista en microscopia electrónica que examinaba las partículas víricas adornadas con espículas. «Corrían rumores, yo había oído algunos rumores. Pero vi la noticia en los medios digitales el día 30». Así pues, incluso él había prestado atención al parloteo en línea sobre la enfermedad. Sin embargo, no pudo enterarse de mucho. Esos pocos días de retraso antes de que se notificara directamente al CCDC, provocados por la equivocada prudencia entre la ciudad de Wuhan y los funcionarios provinciales de Hubei, se pagarían caros.
Gao alertó a sus jefes a escala ministerial. «Y al día siguiente enviamos a todo nuestro equipo de expertos a Wuhan. Ya entonces éramos conscientes de que podía haber un problema».
El 1 de enero, la Organización Mundial de la Salud (OMS) aún no había sido informada. Los profesionales de respuesta a los brotes en el cuartel general de la OMS en Ginebra habían visto las publicaciones de ProMED y otros informes en línea, y tomaron la iniciativa, al contactar con la Comisión Nacional de Salud de China. ¿Qué está pasando? Durante dos días la OMS no recibió respuesta alguna. Entonces llegó una actualización frustrantemente vaga de China: en estos momentos tenemos cuarenta y cuatro casos de neumonía no especificada, no veintisiete.
El 1 de enero fue también el día en que las autoridades de Wuhan cerraron el mercado de Huanan para «saneamiento y reforma».[11] El saneamiento fue llevado a cabo por técnicos de una empresa privada de desinfección, al tiempo que los científicos estatales, incluido el equipo de George Gao del CDC de China, recogían muestras ambientales de los sumideros de escorrentía, los puestos, las puertas y algunos cuerpos de animales congelados, dejados por los comerciantes que habían sido desalojados a toda prisa. Ese muestreo comenzó a primera hora de la mañana del día del cierre y continuaría de manera intermitente durante dos meses. La gama de superficies y criaturas empleadas como muestras incluía cubos de basura, carritos de transporte, jaulas de animales, baños públicos y gatos callejeros. La «reforma» del mercado se dejó a la imaginación.
Dos días después, otro conjunto de muestras llegó a manos de otro virólogo, Yong-Zhen Zhang, un profesor del Centro Clínico de Salud Pública de Shanghái, asociado a la Universidad de Fudan. Esos frotis, incluido uno de aquel paciente de cuarenta y un años sin vínculos conocidos con el mercado de Huanan, se habían metido en tubos de ensayo, envueltos en nieve carbónica dentro de una caja metálica, y se habían enviado por tren desde Wuhan. Zhang y su grupo trabajaron sin parar durante más de dos días con sus noches, extrayendo el ARN, convirtiéndolo en ADN, secuenciando este en trozos y combinando los datos en una secuencia genómica completa de coronavirus. El genoma de ese virus, que todavía no tenía nombre, constaba de unas treinta mil letras. «Tardamos menos de cuarenta horas, trabajando a toda mecha —contaría más tarde Zhang, durante una rara entrevista concedida a un periodista de Time—. Entonces me di cuenta de que ese virus estaba estrechamente emparentado con el SARS, puede que en un 80 por ciento. Por tanto, desde luego, era muy peligroso».[12]
Telefoneó de inmediato a Su Zhao, el jefe de neumología del Hospital Central de Wuhan, el mismo hombre que había recibido la desconcertante llamada previa de la empresa privada de secuenciación. Zhang alertó a Zhao de que debía estar preocupado y ser cauto, porque era un coronavirus semejante al SARS; no el propio SARSCoV, con su índice de mortalidad de uno de cada diez, sino un virus nuevo del mismo grupo y más peligroso que la gripe. Implícito en aquella comparación, «semejante al SARS», y en la multiplicidad de casos relacionados con el mercado de Huanan, había algo que aún no se había dicho públicamente: quizá el virus fuese capaz de transmitirse de humano a humano. La transmisión por vía respiratoria de cualquier nuevo virus virulento, de persona a persona, plantea la posibilidad de un gran brote. Poco después de la llamada, para hacer mayor hincapié, Zhang viajó en persona a Wuhan, donde habló con las autoridades sanitarias, a las que aconsejó que tomaran medidas de emergencia para proteger a sus ciudadanos y que empezaran a desarrollar tratamientos antivirales.
La secuencia genómica sería crucial para tal esfuerzo, a la hora de identificar nuevos fármacos antivirales o utilizar otros antiguos, así como para preparar test diagnósticos capaces de decir quién estaba infectado y quién no. Zhang y su equipo tenían la secuencia y la habían enviado con discreción a una base de datos internacional de acceso abierto, GenBank; pero todavía no se había difundido públicamente.
Según un informe, la Comisión Nacional de Salud de China emitió órdenes secretas en las que prohibía a los laboratorios que publicasen los resultados sobre el virus sin una autorización oficial. Al menos otros dos equipos en China tenían ahora también la secuencia, o una versión de ella, con solo leves diferencias de la de Zhang debido a divergencias metodológicas: un grupo en Wuhan, dirigido por una científica llamada Zhengli Shi, y el grupo de George Gao en el CCDC de Pekín. «Teníamos los materiales, hicimos la prueba del genoma entero —me contó Gao—. Tres días después, el 3 de enero, conseguimos una secuenciación genómica completa y entonces descubrimos que se trataba de un nuevo coronavirus». La examinaron asimismo con microscopio electrónico, que mostraba la corona de proteínas de la espícula, que sobresalían como clavos de olor en un jamón asado, que da su nombre a esta familia vírica. «¡Vimos el virus! —exclamó—. Parecía un coronavirus, se veía la corona en la superficie. Así pues, a la altura del 7 de enero, ya estaba confirmado». Gao habló directamente con Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, conocido en todo el mundo como el doctor Tedros. «Y ese mismo día, el doctor Tedros habló con nuestro ministro de Sanidad». Gao coordinó su grupo y otros, y a última hora de la tarde del 9 de enero UTC (Hora Universal Coordinada, lo que solíamos llamar Hora Media de Greenwich o GMT), el adjunto de Gao envió por correo electrónico —según una versión procedente de una fuente distinta— secuencias genómicas completas de tres muestras a la base de datos de GISAID (una iniciativa fundada en 2008 como una forma de compartir datos genómicos de las gripes), con sede en Múnich. Los datos fueron tratados enseguida y dos de esas secuencias se publicaron en la plataforma web de la organización, según esta fuente, disponible para cualquier persona registrada con las credenciales de usuario de GISAID. La última hora de la tarde UTC equivale a la primera hora de la mañana del día siguiente en Pekín. Por lo que el 10 de enero, me dijo Gao, «la OMS y todo el mundo saben que se trata de un coronavirus». Muchos científicos lo sabían, en cualquier caso, aunque todavía no se había difundido públicamente ninguna secuencia, en función de cómo definamos «públicamente».
A la mañana siguiente, 11 de enero, Yong-Zhen Zhang fue al aeropuerto de Hongqiao en Shanghái para coger un vuelo a Pekín, donde se reuniría con altos funcionarios estatales como Gao. Durante el embarque, su teléfono sonó.
5
Era Edward C. Holmes, que lo llamaba desde Sídney, Australia.
Holmes es un biólogo evolutivo británico de la Universidad de Sídney, y el único miembro no chino del equipo de Zhang para la secuenciación, el ensamblaje y el análisis del genoma del nuevo virus. Es especialista en la evolución molecular de los virus, en particular los virus de ARN y más en concreto aquellos que infectan a las personas, entre los que se incluyen los VIH, los virus de la gripe, el sarampión, el virus del Ébola, la hepatitis C, el dengue y la fiebre amarilla, así como los coronavirus. El ARN es el lenguaje de codificación de la pandemia humana y Holmes es uno de sus traductores más destacados.
A modo de introducción a Holmes, debería comentar algo más acerca de esta extraordinaria molécula, el ARN, habida cuenta de su enorme importancia para entender esos virus y su relevancia para su trabajo, así como para el de Zhang y sus colegas. Las iniciales corresponden al ácido ribonucleico, una macromolécula que desempeña varias funciones en las células y los virus, tales como la codificación de la información genética, la transmisión de información que ha sido codificada en el ADN y la regulación de la expresión genética, el proceso de conversión de dicha información en mecanismo molecular. El principal componente estructural del ARN es una cadena de cuatro clases diferentes de subunidades, conocidas como «bases nucleótidas»: adenina, citosina, guanina y uracilo. Cada nucleótido consta de una base más otras dos moléculas, pero podemos olvidarnos de esas otras dos por lo que respecta a la codificación genética. Las bases son los elementos de codificación que vengo llamando «letras» porque se representan mediante las letras A, C, G y U. La disposición secuencial de esas bases es lo que constituye los genes. Tres bases en un triplete ordenado codifican un aminoácido particular (en biología hay veinte aminoácidos diferentes) y los aminoácidos enlazados de extremo a extremo constituyen las proteínas. Así se construye la vida. El ADN es también un ensamblaje lineal de bases, con la diferencia de que la timina ocupa el lugar del uracilo, y la forma habitual del ADN es dos cadenas unidas entre sí en espiral formando una hélice. El ARN como genoma tiende a mutar con más frecuencia que el ADN en una doble hélice; carece de estabilidad. Eso es en parte lo que hace que los virus de ARN sean tan cambiantes y adaptables. A partir de ahora me referiré de manera indistinta a las «bases» o a las «letras» que conforman una secuencia genómica. El ARN es una molécula fascinante y, para alguien como Holmes, que conoce tan bien su vocabulario y su gramática, es un lenguaje con profundos significados.
Holmes no solo es muy respetado como un genial asesor y coautor de numerosos e influyentes artículos científicos, sino también por su libro de 2009, The Evolution and Emergence of RNA Viruses, un compendio de gran autoridad al tiempo que breve. De una forma extraña para el caso de un texto que bucea tanto en los entresijos de la evolución molecular, el libro es claro, incisivo y ameno. Otros dos rasgos inolvidables de Holmes son su cabeza muy pelada y redondeada, que casi se diría pulida como un motivo de orgullo, y el hecho de que todo el mundo lo llame «Eddie». Hable con los virólogos moleculares que hable en cualquier parte del mundo, recuérdeles: «Esperen, ¿no ha dicho Eddie esto o a aquello?», y puede que no estén conformes con la afirmación, pero sabrán a quién se refiere. En este campo solo hay un Eddie.
Mi primer encuentro con Eddie Holmes se remonta una docena de años, cuando él ocupaba una cátedra en la Universidad Pública de Pennsylvania, donde me recibió en un despacho pequeño y casi vacío en el que había un escritorio, un ordenador, un par de sillas, unos cuantos libros y no mucho más, a excepción de dos pósteres en la pared, uno de los cuales anunciaba «La Virosfera», la vasta dimensión de la Tierra compuesta por los virus, y el otro era una versión de dibujos animados del cuadro de Edward Hopper Noctámbulos, con Homer Simpson en el papel de un cliente contra la barra, atiborrándose de dónuts. ¿Por qué Homer Simpson?, le pregunté. Porque se parece a mí, respondió Eddie.
Desde que se mudara a Sídney en 2012, Holmes ha colaborado en una serie de proyectos con colegas chinos, equipos dirigidos por Yong-Zhen Zhang y otras figuras importantes, y esas interacciones se han visto ligeramente facilitadas por estar tan solo a dos husos horarios de Shanghái y Pekín. El e-mail es el e-mail, con su tipografía característica y la comodidad de poder responder cuando uno se ponga a ello, al margen de las zonas horarias, pero algunos científicos chinos, Zhang entre ellos, prefieren la inmediatez del tiempo real y la discreción de WeChat para la voz. Así pues, la mañana del 5 de enero de 2020, un domingo, mientras Holmes y su familia se preparaban para una excursión a la playa, recibió un correo electrónico de Zhang que decía: «¡Llámeme inmediatamente!». Eso ocurrió solo unas horas después de que el laboratorio de Zhang hubiera ensamblado el genoma completo y hubiera visto que esa peligrosa cosa nueva era un coronavirus similar al SARS.
Seis días antes, Holmes se había fijado en lo que muchos otros ya habían advertido: el post de Año Nuevo de Marjorie Pollack en ProMED, que relacionaba numerosos casos de una neumonía para la que no había explicación con el mercado de Huanan. «¡Oh, mierda, eso es interesante!», pensó. Aquello llamó su atención porque él mismo había visitado aquel mercado en 2014, en una excursión con Zhang y unos colegas del CDC de Wuhan (un centro de la zona, distinto del CCDC de Pekín, pero vinculado a este). Había visto los estrechos callejones abarrotados de gente, los animales salvajes enjaulados, la matanza de la carne y el pescado, la sangre y las vísceras fluyendo en drenajes abiertos. «No cabe pensar en un sitio mejor para que tenga lugar un suceso zoonótico», me aseguró Holmes hace no mucho. Recordaba a un vendedor matando a alguna especie de mamífero salvaje, quizá un tanuki, mientras él lo observaba. Recordaba que el mercado estaba en pleno centro de una ciudad de once millones de habitantes.
Al día siguiente, 1 de enero, había enviado un correo electrónico tanto a Zhang como a George Gao. «He leído sobre este asunto —le dijo a cada uno de ellos—. ¿Están trabajando en ello? ¿Puedo ayudar de alguna manera?». Gao, al parecer desbordado, le envió una respuesta lacónica: «Estamos trabajando en ello. Feliz Año Nuevo». Zhang respondió que no, que no estaba trabajando en ello, todavía no. La semana fue avanzando, se interpusieron otras distracciones y entonces, el domingo por la mañana, llegó el mensaje urgente de Zhang: «¡Llámeme inmediatamente!». Holmes lo hizo, y habló con él mientras conducía yendo con su familia camino de la playa. No se estrellaron de milagro.
Necesitamos escribir un artículo sobre esto, dijo Zhang. Un nuevo coronavirus que parece casi el regreso del SARS: una noticia científica. No, espere, dijo Holmes, hay algo más urgente que un artículo científico. «Lo primero que ha de hacer usted, Zhang —le dijo, según me contó—, es informar AHORA MISMO a las autoridades sanitarias. Tiene que contarles exactamente de qué se trata y tiene que facilitarles toda la información posible». Con «información» se refería al propio genoma, al análisis que demostraba que este
