Misteriosa Buenos Aires y otros cuentos (Cuentos completos 1)

Manuel Mujica Láinez

Fragmento

Misteriosa Buenos Aires y otros cuentos

I. Lumbi (1583)

Había caminado la noche entera sin darse descanso. Al alba, se tumbó entre unos pajonales frente al río. Estaba en la región que empezaba a llamarse Montes Grandes, por sus arboledas. Durmió horas y horas hasta que la despertaron, con el alto sol, los pájaros que cantaban y reñían en la barranca.

Lumbi estiró su largo cuerpo y, alzándose sobre un codo, se contempló durante buen espacio, como absorta. Era, a los trece años, una de las benguelas de mayor hermosura: tan negra que su carne brillaba como si tuviera lustre o como si la hubieran encendido por dentro. Rompía su pulimentada desnudez un collar de dientes de cocodrilo, que le había dado su padre, reyezuelo de Angola, cuando los portugueses la arrancaron de su cabaña. En la cintura, mal anudado, llevaba un trozo breve de piel de antílope. Tanto deslumbraba su belleza, que se dijera que por un momento tuvo conciencia de su gracia elástica, y olvidó su desventura. Se pasó una mano, suavemente, sobre los pechos nacientes, agudos, y se desperezó. Luego se puso de pie de un salto, echó hacia adelante la cabeza pequeña, de pelo corto y duro, y asomó entre las pajas bravas sus ojillos vivaces, su nariz chata, su ancha boca de hambre y de sensualidad.

El Río de la Plata moría sobre los juncos, a los que imprimía un soñoliento vaivén en la tarde de marzo. Detrás, la barranca ascendía con ceibos y charlares. En la cumbre escasa se erguía un tala, entre cuyo ramaje los zorzales se hostigaban con gritos destemplados.

Lumbi pensó que había conseguido eludir a los perseguidores y sonrió de placer. El sofocante encierro en la bodega del navío había estado a punto de enloquecerla. Vientos contrarios obligaron al capitán a prolongar el viaje y buscar refugio en el Mar de Solís, pero quería regresar al Brasil cuanto antes, con lo que conservaba de su carga preciosa. De los trescientos negros y negras que embarcó en Angola, a latigazos, sólo cuarenta y tres habían llegado a América. El resto había muerto en la travesía, por falta de agua, por malos tratos, por melancolía, por la enfermedad que llamaban “sirigonza”. Lumbi los había visto caer uno a uno, con los labios partidos, en la cárcel oculta en el vientre del barco. A ella la salvó su juventud, su agilidad de pantera para saltar más alto y atrapar al vuelo el botijo de agua, su afán de aferrarse a la vida. Si se lo hubieran dicho no lo hubiera creído. Tampoco lo hubiera comprendido su pobre inteligencia, guiada apenas por cuatro o cinco ideas simples que todo atribuían a fuerzas secretas. Estaba segura de que había sobrevivido gracias a su amuleto de dientes de cocodrilo, aquel que su padre le ciñó presuroso cuando la arrebataron.

Ahora, después de tan terrible secuestro, la niña se entregaba plenamente al goce de sentir la brisa ligera, oreándola, envolviéndola como una túnica invisible. Alzó los brazos como si en verdad fuera a revestir esa tela impalpable que temblaba entre los árboles y las matas amarillas. ¡Qué distinto esto de la lúgubre jaula del navío, donde era imposible moverse en el abarrotamiento de carne llagada! Después de tantos días de estupor y de miedo, Lumbi tenía la impresión de que había reconquistado su cuerpo fino. Por eso lo acariciaba, por eso alargaba, orgullosa, las piernas nervudas de corredora de la selva. Merced a ellas y a sus brazos tensos, a sus músculos perfectos bajo la piel de aceituna negra, estaba allí, al pie de’ esa barranca de los Montes Grandes.

La noche anterior, el capitán portugués había ordenado que enderezaran la proa hacia la aldea de Buenos Aires, fundada tres años atrás en la boca del río. La oscuridad sin una estrella, los bancos arenosos, la pérdida de la brújula —que esperaba reemplazar en el puerto— les habían enviado río arriba, hacia el delta. El negrero borracho juraba por todos los dioses, como hombre del Renacimiento. De la bodega subía el clamor de los esclavos. Cantaban una melopea bantú, adormecedora, gutural. A ella se mezclaban las voces desfallecidas de los enfermos. El capitán temió que murieran si no les concedía un respiro. Ya había dejado en el océano las tres cuartas partes. ¿Cómo iba a explicar tantas desgracias a los hidalgos lusitanos, por cuya cuenta realizaba viaje de tal riesgo? ¿Cómo decirles las tempestades, el extravío de la aguja y del rumbo, la escasez del agua, las muertes? Juraba y maldecía. La sangre le hervía cuando imaginaba que en ese mismo instante sus amos remotos saldrían para ensayar halcones, a orillas del Miño, o andarían en juegos de amor. ¡Así se fueran todos al infierno, con sus meretrices, sus palacios y sus voces afeminadas!

Dio la orden de que arrastraran a cubierta los cuarenta y tres despojos que pronto vendería en el Janeiro. En el montón miserable que gemía con una tozudez animal y que, cegado por las farolas trémulas, agitaba los grillos, tropezaba y se daba de bruces contra los mástiles, el viejo contrabandista advirtió a Lumbi. La luz de una linterna, derramada sobre sus hombros y sus pechos, fulguraba en el blancor de los dientes. El negrero se relamió. No la había visto hasta entonces, perdida en la marea tostada y crespa que bullía cerca de la quilla de su barco. Ahora la deseaba. ¿Acaso no había merecido una diversión tan modesta, después de los infortunios de la travesía? Ya podían reír los floridos caballeros del Miño…

La hizo conducir a su cámara, sin hierros. Lumbi se dejó hacer. Ni una palabra dijo, ni una queja. En el filo de la noche, cuando el marino saciado dormía como Holofernes, la negra le mató con su propio cuchillo. Fue un solo tajo seguro, de nieta, de bisnieta de cazadores africanos. Luego se escurrió entre las sombras, silenciosa, aceitada, oprimiendo el collar brujo, y se lanzó al río. Le tiraron con arcabuces, con ballestas, pero la noche la protegió. Nadaba como un pez hacia la costa a medias entrevista, cortando el tranquilo olear. Detrás, en la nave cada vez más lejana, las imprecaciones de la tripulación que brincaba con los farolicos por el puente, apuntando a diestro y a siniestro, se sumaban al himno de los negros que, misteriosamente, se habían enterado de la muerte de su verdugo. Los estampidos se fueron espaciando. A bordo, los portugueses peleaban ya por quién debía asumir el mando, y se golpeaban con las ballestas incrustadas de marfil y de hueso o se amagaban unas puñaladas feroces. No tenían tiempo para ocuparse de una benguela fugitiva.

Cuando llegó a la playa de toscas, apenas se concedió reposo. Jadeando, se echó a correr. Juncos y espinas le desgarraban la cara, las manos. Había andado a ciegas, como azotada por invisibles rebenques. El mundo se presentaba a su espíritu supersticioso encarnado en un enorme hipopótamo de Angola pronto a devorarla. Así vagó hasta el amanecer. Así alcanzó el bajo de los Montes Grandes, donde la abandonaron las fuerzas.

¡Qué delicia, entonces, sentir que con la luz renacían sus esperanzas! ¡Qué delicia palpar la soledad del paisaje extraño! Lumbi no se cansaba de recorrerlo con los ojos. No había aquí acantilados abruptos, como en ciertas regiones de su país natal. La tierra no penetraba en el agua en son de conquista, armada de rocas, a modo de una amazona, sino blandamente, como si se entregara a su abrazo. No había ni bosques inmensos ni animales crueles. Lumbi buscó en vano la familiar silueta del baobab multiplicada en los dominios de su padre. Ni cocodrilos, ni panteras, ni cebras, ni jirafas poblaban los bordes del río. Sólo algunas urracas se despiojaban al sol y algunos sapos zambullían en las charcas turbias.

Con los brazos en alto, agradeció al cielo su libertad. Luego sintió que la vergüenza le quemaba el rostro y que las lágrimas le mojaban las mejillas. Lloraba, a los trece años, la horrible noche transcurrida, los besos sucios del negrero, la sangre en la hoja de la daga. Se quitó el amuleto y lo pasó por todo su cuerpo, estregándolo con saña, como si quisiera que la mordieran los ensartados dientes del reptil. Entonces, en la barranca, sonaron unos ladridos roncos.

No pudo ocultarse. Cuatro perrazos descendían velozmente la loma. Allá arriba, un hombre los detuvo con un solo grito de mando.

Lumbi se puso de hinojos y ocultó la cara entre los dedos. El fatalismo de las razas oscuras la doblegaba por fin. Viniera lo que viniera, no se movería.

En un instante, el hombre estuvo junto a ella. La tomó por las muñecas y la levantó. Permanecieron así, mirándose, tan sorprendidos el uno como el otro. El indio veía por primera vez un ser del color de la noche; Lumbi no había visto nunca nadie semejante a este querandí joven, esbelto como ella, de cara ancha, pómulos salientes y apretada cintura.

A la sombra del tala viejo ladraban los mastines. El indio habló, pausado, pero Lumbi no comprendió qué le decía. Bajó los ojos y se puso de rodillas. El hombre insistió. Entonces ella quiso contar en lenguaje bundo cómo había llegado allí, pero el querandí le hizo señas de que no la entendía. La alzó de nuevo y le dio la mano torpemente. Como la noche anterior, Lumbi se dejó hacer sin resistir.

El paisaje cambiaba en la breve elevación. Una planicie sin fin se esparcía por doquier, a manera de prolongación reseca del río incoloro. Aquí y allá, como penachos prietos, macizos de árboles cortaban su monotonía taciturna. Pero en la parte de la ribera el suelo se alegraba de manchas verdes. Una tienda hecha con cueros caballares se abrigaba en el talar. Había potros crinudos que pastaban cerca. Los perros, a una orden de su amo, se alejaron hacia la habitación, gruñendo. También había cinco mujeres de edad indefinible, el pelo lacio volcado sobre la frente angosta, el cuerpo vencido.

Ninguna demostró el menor asombro ante Lumbi, aunque se notaba, por la excitación de sus ojos y la nerviosidad de sus manos, que ardían por preguntar. El indio tocó el hombro de ébano y les habló, autoritario. Lentamente se acercaron a mirarla, como si hubiera sido un animal curioso o, más aun, una planta rara.

La tarde se deslizó sin sobresaltos. Lumbi, quebrada de fatiga, se había echado a dormir en una hamaca. Las mujeres trabajaban en grupo silencioso. Preparaban harina de pescado, moliéndola en morteros de palo hasta reducirla a polvo. El jefe pulía unas puntas de piedra aguzada, para hacer flechas. De tanto en tanto, desfruncía el ceño y espiaba a Lumbi, cuyo pecho se movía suavemente. Una pierna pendía fuera de la red guaraní. Abandonada, perezosa, más africana aun por dormida, dejaba que los mosquitos se posaran sobre su vientre. Al pie del tala, sujetos, los perros entrecortaban su rezongo. Al anochecer la negra despertó. El indio la tomó de la mano y la condujo al declive de la barranca. Le señaló la luna pálida, lluviosa, y el agua quieta. Ella tendió los brazos en la misma dirección, como para indicarle que de allí venía. Pero no pronunciaron palabra. Cuando regresaban hacia la tienda, el querandí la estrujó con sus dedos ávidos, un poco temeroso, pues no estaba seguro todavía de si aquélla no sería una diosa extranjera huida de las florestas sacras del norte. Ella cedió, sumisa, pero guardaba en su actitud de esclava, como un rasgo sutil del cual no podía despojarse, su lejana reserva de hija de señores.

Comieron todos pescado y entraron en la cabaña. Lumbi durmió con el indio; las hembras, en el otro extremo de la habitación. Hombre y mujeres callaban, como si vivieran un sueño de fantasmas, o esos momentos en que el rencor ahoga. Sin embargo, Lumbi sabía que las otras permanecían en vela. Se oía, en el crecer de la noche, el ladrido de los perros y el cocear de los potros.

Al día siguiente los pájaros despertaron a Lumbi. Las cotorras parloteaban en el ramaje y los picaflores arrojaban chispas, como pequeñas brasas volanderas. La negra estaba sola. Alzó el cuero que servía de puerta y percibió al indio en animada conversación con hombres de su tribu. Haciendo visera con las palmas, oteaban el río y gesticulaban. Lumbi vio que por el agua, gallardamente, henchida la vela redonda, remontaba la corriente un bergantín. Los banderines fulgían en los dos palos, como si fueran de oro. A bordo amasábanse los soldados. El sol hería las lanzas, los morriones, las armaduras. Iba la nave con armonioso balanceo, como si la transportaran en andas las divinidades del río. Los indios disputaban con despavoridos ademanes. Otros irrumpieron a caballo, portadores de informaciones frescas. Éstos señalaban hacia el interior y abrían las manazas vehementes.

Era que Juan de Garay, fundador de Buenos Aires, viajaba hacia Santa Fe, embarcado. Paralelamente le seguían por el antiguo camino de la costa, rumbo a la fortaleza de Gaboto en el Carcarañá, Don Luis de Sotomayor, hermano del gobernador de Chile, y el capitán Francisco de Cuevas, con sus hombres de armas. Los querandíes calculaban que había sonado la hora propicia para el golpe definitivo contra los invasores. Habían oído referir que Garay repartía los aborígenes de estas provincias entre sus conquistadores: tal cacique para éste, aquél para tal otro… La noticia del viaje corrió como el viento por la ribera. En los bosquecillos, aislados entre las fuerzas del bergantín y las que avanzaban por el camino, los indios sopesaban sus probabilidades. Ahora o nunca…

Pero Lumbi no entendía de tan graves aprestos. Vivía y eso le bastaba. Ya había olvidado al jefe negrero, al barco afiebrado con su carga maldita, y también a su padre, remoto, inmaterial, inexistente, habitante de un imaginario país de hipopótamos y de jirafas. Bajo el tala, las cinco mujeres carneaban una yegua. Gorjeaban los jilgueros amarillos. Los benteveos, al detenerse, trocaban en largo quejido su canto zumbón. Las calandrias orquestaban el concierto oculto. Los dogos rondaban, erizada la pelambre cimarrona. Cuando husmeaban la carne negra y joven, rompieron a ladrar y quisieron abalanzarse sobre la muchacha. Pero el amo, en dos saltos, los contuvo, imperioso. Luego, con rápido ademán, ordenó a Lumbi que se encerrara en la tienda.

Entreabierto el cuero, la benguela notó, a medida que pasaban las horas, que nuevos emisarios sofrenaban sus cabalgaduras en la barranca y sin desmontar repetían los gritos amenazadores. Escudriñaban el horizonte en pos del bergantín esfumado, o extendían los brazos hacia el interior, camino de Santa Fe. Más tarde, como por ensalmo, desaparecieron todos. El indio entró en la choza. Su aspecto era terrible. Se había pintarrajeado las mejillas con toques de máscara cruel. Boleadoras de piedra le colgaban de la cintura; lanza, arco, honda, carcaj, maza, nada le faltaba para sembrar el espanto. La niña observó que sobre la pintura violenta temblaban dos lágrimas absurdas, casi infantiles. Simplemente, sin abandonar su aire secreto de majestad africana, de ídolo negro, Lumbi se quitó el collar de colmillos y lo entregó al guerrero. Él, por respuesta, le rozó un hombro con los labios. La indicó a las mujeres reunidas, como previniéndolas y encomendándola a su protección. Y ya se había ido. Ya galopaba, pampa arriba, con un fondo revuelto de nubes incendiadas, hacia la muerte de Juan de Garay.

Lumbi sintió en la espalda el estremecimiento del crepúsculo. Se aproximó a las mujeres que comían carne de yegua y sentóse junto a ellas. Impasibles, como talladas en la corteza de los árboles vecinos, continuaron acurrucadas. No la miraron ni una vez. Habituada a la charla gárrula de las esposas de su padre, en la casa natal, bajo el baobab generoso, advirtió que la soledad y el silencio le pesaban sobre la nuca, como un puño glacial. Los perrazos, atados a un tronco, le enseñaron los dientes. La noche descendía con grillos y murciélagos. Una a una, las cinco mujeres entraron bajo el toldo. La última, cuando la intrusa quiso seguirla, la echó fuera, de un empellón, sin decir palabra. Entonces Lumbi vio que los perros salvajes, grandes como leones, estaban sueltos, y que tenían hambre.

Misteriosa Buenos Aires y otros cuentos

II. El lobisón (1633)

Por el camino de la costa viene la cabalgata. Pica el sol. Pican también los terciopelos fatigados. La polvareda hace toser a los viajeros. El calor cruel del mediodía, los tábanos voraces, la reverberación de la planicie, la vegetación calcinada, prolongan la tortura. No ha llovido en dos meses. A la izquierda, el río del cual les separa la altura de la barranca, parece de estaño. Se dijera que vibra, con sorda crepitación de lava. Los caballeros han encontrado pobre socorro en su líquido fangoso, tibio, impuro. Callan todos. Don Pedro Esteban Dávila, gobernador del Río de la Plata, se desabrocha el jubón en el que la cruz de la orden de Santiago añade su llama roja a la hoguera del estío.

Todavía faltan cinco leguas, cinco mortales leguas, para alcanzar el alivio de tapias y aleros en la ciudad. Han andado desde la madrugada por el lado del río de Luján, donde cuentan que hay cuatreros. En Buenos Aires se susurra que el viaje obedeció, en verdad, a contrabandos del propio gobernador, avezado mercader. ¡Tantas cosas se dicen de Don Pedro, que si las consignáramos tendríamos para rellenar varios memoriales! Que si tiene cinco mujeres, que si introduce esclavos sin permiso, que si las matemáticas de su administración han revolucionado las cuatro operaciones… A Don Pedro no le hacen mella los escándalos. ¿Acaso no es hermano del Marqués de las Navas y pariente de los Alba de la casa ducal? ¿Acaso no ha luchado treinta años por el Rey, en Italia, en Flandes?

Ahora, mientras el sudor le empapa el cuello rígido, sus pensamientos vuelan hacia esas comarcas de frescura. Negros cipreses, fontanas con estatuas mitológicas, se levantan en la carretera, en vez de los espinillos inflamados. ¡Y aquellos mesones, en los caminos de Holanda, aquellos jarros de cerveza helada que se bebían de un golpe! ¡Y las hembras, las mozas de Nápoles, de Sicilia, de Amberes! Sobre todo las italianas… Le enloquece la tez levantina, dorada por el Mediterráneo. Se pasa la lengua por los labios secos. Prefiere no pensar en su hermano, el Marqués, porque entonces todo se le antoja más negro y más rojo. Estará muy repantigado, con sus pantuflos, en el palacio de Castilla. Le traerán el vino en cristales de Venecia. De nuevo la lengua moja los labios partidos. ¡Mala suerte, la de los segundones! Para eso dio treinta años de su vida a un soberano indiferente… Pero no… Esta vez se terminarán las penurias. Regresará de Buenos Aires con las arcas henchidas y ya verán quién es Don Pedro Esteban Dávila, el indiano.

En el séquito de tormentos toca el turno a los mosquitos. Una nube persigue a la tropa abrasada. Los soldados se dan palmadas feroces. El sol… el sol… Cruje el verano.

Ya van entrando en la zona de los Montes Grandes. A la vera del camino, avístase una choza de barro y paja. Más allá, los talas grises, casi neblinosos, entrecortan la lámina fluvial con su ramaje de espinas. Durazneros, algunos sauces, cuecen en la barranca. Hay una pequeña huerta junto a la habitación.

—Por aquí —dice Don Pedro a Felipe Medrano, que a su lado cabalga— debió darse el combate en el cual murió Don Diego de Mendoza, ha medio siglo.

El otro no lo cree. Para él, el combate contra los querandíes se libró más arriba, en la ribera del Luján, aunque hay quien sostiene que tuvo lugar en la región de la Matanza.

Una mujer, que ha salido a la puerta de la casa atraída por el estrépito de las armas y de los caballos, pone punto a la conversación. Es una mestiza, casi una adolescente. Va medio desnuda, con la ropa llana desceñida por el calor. Queda inmóvil, pues no imaginó que toparía con tantos hombres. Por lo menos son quince, entre caballeros y soldados. Sus mosquetes y sus lanzas llamean sobre los morriones.

Don Pedro ha quedado atónito también. Le parece que esa visión es trampa de la temperatura y de la sed que le quema la garganta. ¿No será un espejismo como los que acosan a las caravanas en los arenales? Jamás ha visto mujer tan bella. Ni en Portugal, ni en Sevilla, ni en Siracusa. Acaso la fiebre le haga desvariar así. Ya ha olvidado las mujeres que poblaron sus noches italianas. El deslumbramiento se las oculta. No tiene ojos más que para esa muchacha de hombros morenos, de labios como frutas. Quizá sea el frescor que la envuelve el que le engaña. En medio de la vegetación desmayada y como agonizante, fórjase la ilusión de que la mestiza permanece intacta en su gracia aérea. Si hasta se diría que una brisa leve le hace temblar los pliegues del vestido para mostrar mejor la hermosura de su cuerpo.

Con un ademán del brazo arqueado, Don Pedro detiene a la tropa. A la urgencia de pedir agua se suma ahora la de otras sedes. Detrás, la soldadesca se inquieta, azuzada por la aparición excitante. Si no hubiera estado ahí el gobernador cuya cólera temen todos, hubiérase desatado en torno de la mocita el incendio de los requiebros desvergonzados. Pero el caballero de Santiago no tolera la familiaridad. Desterrado en el Río de la Plata, fin del mundo, mantiene en su Fuerte mísero una apariencia de corte. Sigue siendo el hermano del Marqués de las Navas, el pariente de los duques, con trece roeles en el blasón. Sin embargo, presiente el bullir de las ansias de su milicia. Aunque los bravos no lo manifiestan, eso le irrita, sin considerar que no arde menos su deseo. Por ello extrema la ceremonia señoril cuando, inclinándose sobre el cuello de su cabalgadura, interroga:

—¿Podríais procurarnos algunos cántaros de agua? Mi tropa anda sedienta.

Ella ensaya una reverencia torpe y entra en la casa. Vuelve con un cuenco y lo ofrece. El movimiento grácil le afloja más aun la ropa, de tal suerte que debe recogerla sobre el seno con una mano, mientras la otra tiende el recipiente tosco.

—Gracias —dice Don Pedro, campanudo, secándose las gotas que le abrillantan la barba con su rocío—. Soy el gobernador.

La confusión de la mestiza aumenta pero sólo dura un instante. Instintivamente, su cuerpo esculpido, macerado para el amor, le otorga una seguridad que aflora en la picardía de sus ojos, en el mohín de su boca.

Los soldados han desmontado y beben de un cubo. El cuenco pasa entre los gentilhombres.

Don Pedro quisiera conservar el aplomo, pero la voz le traiciona. Valora los pechos de la niña, entrecerrando los párpados. Pregunta de nuevo:

—¿Cómo os llamáis?

Y ella, con una sonrisa abierta:

—Soy la Mari-Clara, mujer de Sancho Cejas, al servicio de vuesa merced. Allá viene agora mi marido.

Añade esto último al condimento de esa charla en la que lo más importante es lo que no se dice, como un grano de pimienta, porque no se le escapan las emociones del hidalgo. Detrás de los frutales asoma un paisano, mestizo también, bastante mayor que ella y tan feo que el señor apenas disimula su asombro. Tiene las orejas separadas, en punta, mucho vello en la cara, en los brazos. Se inclina, y Don Pedro nota la aspereza de su pelambre. Como el gobernador tampoco pierde nada, percibe la mirada sumisa con que Sancho envuelve a su mujer. A no dudarlo, ella es quien da las órdenes.

Ya han apagado la sed y parten, rumbo a la ciudad. El caballo de Dávila piafa y caracolea, en alarde de gallardía.

Tan caviloso va Don Pedro, que Felipe Medrano se le acerca para distraerle. Es un muchacho de la Asunción del Paraguay, mitad bufón y mitad confidente, gran rascador de guitarra. Sus bromas no despiertan eco en el hidalgo, quien espolea el caballo andaluz como si buscara algún sosiego en la brisa candente. Pero no lo halla. En la monotonía del paisaje, baila la imagen de la mestiza tentadora. Felipe lo empareja nuevamente y, para recobrar su favor, le repite lo que se cuenta del lobisón de los Montes Grandes. Aguza la atención Don Pedro. Los hechos extraños y oscuros siguen atrayendo, más allá de la cincuentena, a su alma milagrera, supersticiosa.

Medrano lo ha sabido por boca de campesinos. Por esa región anda suelto un hombre-lobo. Las noches de luna llena se le oye aullar, y las buenas gentes desparramadas en la llanura atrancan las puertas. Han aparecido varios carneros despedazados.

El gobernador, que desde niño se familiarizó con la conseja milenaria del ser humano que se transforma en bestia carnicera, como Nabucodonosor, el hombre que cuando ha recobrado la hechura normal, disminuida la luna, ignora sus crímenes, arguye, desdeñoso:

—En el Río de la Plata no hay lobos. Os han engañado. Esas son patrañas de viejas.

Pero Felipe no cede.

—Aquí —responde— los endemoniados trocan la catadura y se mudan en una suerte de grandes zorros que los guaraníes llaman aguará-guazú. Ya los vieron cuando Gaboto.

Reanudan el galope. A la distancia, el caserío de Buenos Aires recuerda, de tan diminuto, esas ciudades que los santos patronos abrigan en las palmas, en los cuadros del medioevo.

La figura de la mestiza, balanceada ante su marcha como un pámpano jugoso, se baraja en la mente del hidalgo con la facha torva de su marido y con la leyenda del licántropo, florecida en América como una planta dañina, toda garfios y ponzoña, cuyo germen regaron los conquistadores, sin quererlo, en la charla nocturna de las carabelas.

¿Hombres-lobos? Cervantes los cita, y ya antes, mucho antes, Homero y Plinio y Ovidio y Plauto. Don Pedro Esteban Dávila tropezó con el relato en Italia, en Flandes, en Castilla. ¿Por qué no aquí, donde los dioses caníbales acechan detrás de cada mata, donde Cristo tiene que abrirse paso duramente por selvas impenetrables como mallas de acero? El lobisón, hijo del Diablo, puede reptar entre esos árboles martirizados cuyo nombre desconoce el representante del Rey Católico para saltar cuando menos se lo aguarda, con la aureola de la luna llena al fondo. Y Don Pedro superpone a la estampa hirsuta, convencional, del maldito, la de Sancho Cejas, con las orejas triangulares separadas del cráneo, con los dientes filosos que descubrió su sonrisa esclava.

En Buenos Aires, el gobernador se hastía. Ve crecer, entre bostezos, el Fuerte de San Juan Baltasar de Austria, alzado penosamente por los vecinos para intimidar a los piratas holandeses de Pernambuco. Debe atender una retahíla interminable de quejas. La Audiencia de Charcas le escribe por esto y por aquello; los funcionarios le apremian con rendiciones de cuentas dudosas; su hermano, el Marqués de las Navas, que Lucifer confunda, no contesta los pliegos que le despacha para pedirle que interponga su influencia ante el príncipe, quien sospecha de su honestidad. Pronto, demasiado pronto, tendrá que abandonar el cargo pingüe y entonces comenzará el juicio de residencia. Que si robó… que si no robó… que si andaba amancebado… que si los contrabandistas…

Ni de noche ni de día consigue reposar. A la hora de la siesta se tiende bajo el alero débil frente al río. En su percha calla el papagayo, ahogado por la modorra. Una cuadrilla de negros moja las plantas del patio y las baldosas hirvientes. ¡Ah, si ese viento del Plata, a veces tan levantisco, se desperezara por fin e irrumpiera en la ciudad, golpeando puertas, arrancando la ropa tendida, azuzando el polvo de la Plaza Mayor! Don Pedro no titubearía en subir al más alto pasadizo de ronda, aunque se escandalizaran las gentes, para ofrecerse semidesnudo a su abrazo vivificador. Pero por la plaza muerta sólo va, zigzagueando como una hebra de hormigas, la procesión que implora la lluvia.

De tanto en tanto, entre una y otra reclamación de los cabildantes y del deán a cargo del obispado, su imaginación huye hacia la mestiza que le embrujó en los Montes Grandes, de regreso del Luján. La ve a modo de una ninfa de cariátide, de una náyade de fuente italiana con el cántaro al hombro. Nada: lo único que podría amenguar un poco la fiebre que le consume es la Mari-Clara, con su frescor. Su hechizo se vincula, en el recuerdo, al de las viejas metrópolis europeas donde las calles angostas son frías como arroyos, donde los soportales conservan un aire húmedo, como si fueran enormes tinajas.

¿Y el marido? ¿Y el hombracho crinudo de ojos de perro? De seguro, siempre estará celándola…

Esa noche el calor agobia a Su Señoría. Ambula por su paseo del Fuerte, desde el cual observa a las mujeres que han bajado a bañarse en el río, flotantes las camisas largas. A su lado, Felipe Medrano sorbe ruidosamente una calabaza de yerba del Paraguay. El vicio ha cundido entre los españoles. Hasta se menta a un obispo a quien las libaciones abusivas enloquecieron.

Don Pedro Esteban Dávila, apretada la cruz de Santiago contra la aspereza del parapeto, escudriña en la noche iluminada. Se le van los ojos pecadores tras las mujeres que chapotean con pies y manos el agua limosa o que lanzan gritos agudos cuando alguna alimaña les roza las piernas.

—Tres días más —dice Medrano— y gozaremos el plenilunio.

El gobernador levanta la mirada hacia el disco que un cendal vaporoso vela. Poco le falta para alcanzar la redondez total, fecunda, orgullosa. Así, con su fina mordedura, se le antoja uno de los doblones que su hermano, el Marqués, dilapida. Al pasar, una nube recorta en su delgadez la silueta erizada de un hocico. Es como si el hombre-lobo se estremeciera ya, en acecho.

Pero el maese de campo no está hoy para fábulas. Aquí, entre los andamios del Fuerte San Juan Baltasar, es absurdo dar pábulo a las preocupaciones sobrenaturales. Se sonríe él mismo de sus pasados resquemores. ¿Qué? ¿No le ha enseñado nada la vida aventurera? ¿La residencia en Italia no le sirvió de cátedra de escepticismo? Trasgos y duendes y encantamientos y hombres que se mudan en tigres y en zorros, pertenecen a la leyenda dorada y a las novelas de caballerías. Denle a él un soneto de Pietro Aretino o un cuento de Boccaccio, como los que le leían las cortesanas en Florencia, ante mesas colmadas de frutas y de vinos raros. Lo otro son embustes de nodrizas agoreras, de viejas desdentadas que asustan a los niños, en el fondo de los caserones aldeanos de astilla, sazonándoles el alma con un terror de diez centurias.

Después de tantos días de opresión, suelta una carcajada tan recia, tan rica, que el pajarraco despierta y se echa a parlotear, hamacándose en su barrote. La idea que ha cruzado por su espíritu le parece inspirada por el Decamerón. Mientras la elabora, la completa y la pule, Su Señoría piensa en lo mucho que hubieran reído sus amigos toscanos, al exponérsela. Es cuento para narrarlo en un palacio rodeado de cipreses negros, junto a un lago azul hasta el cual se desciende por escalinatas musgosas. En Buenos Aires su sabor se deslíe… ¿Quién lo comprendería? No importa. Llevará a cabo su plan estrafalario aunque sólo sea por amor de la obra de arte, y también porque, de realizarse, su maquinación podrá proporcionarle el placer que ambiciona, el pámpano balanceado.

Todo depende de la astucia de Felipe, el paraguayo. Y, entre carcajadas, se lo comunica.

Al día siguiente, muy de mañana, tendrá que ir hasta la choza de la mestiza a uña de caballo. Le llevará ese collar de piedras celestes, tan diáfano, que guarda en una arqueta con otras joyas. Le dirá que el gobernador retribuye así su bondad de samaritana. Luego le insinuará que Don Pedro quiere verla a solas y aludirá a su carácter rumboso, pródigo. Si la mestiza capitula, le descubrirá los secretos de su estrategia. Sancho Cejas está tan embobado con su compañera que, si ella es hábil, hará cuanto le pida. Para alejarle por unas horas es menester un pretexto, algo que impida su regreso inopinado y peligroso. El pretexto será el lobisón. Mari-Clara deberá darle a entender, sutilmente, con argucias de que únicamente dispone una mujer ante un palurdo cegado por el amor, que en su ánimo se ha infiltrado el recelo de que él, Sancho, el propio Sancho, es el hombre-lobo. ¿Cómo? ¿Por qué? Ahí finca la ocasión de ejercer su sagacidad femenina, ducha en mañas… Que le relate, con una dosis de llanto, que cuando se eleva la luna llena le ve saltar de la cama, furioso, y lanzarse a correr por la llanura. Que agregue que vuelve cubierto de sangre y que si él no lo ha advertido hasta ahora es porque ella tuvo buen cuidado de lavarle, cuando dormía ahíto de miedo de que los vecinos le descubrieran. El hombre-lobo, el hombre-aguará, no sabe nunca qué le ha acontecido en ese lapso de ferocidad sonámbula. Por eso no lo sabe Sancho Cejas. Pero ahora, el terror empieza a ganar a Mari-Clara. No osa hacer frente a una noche más de espanto, de demencia, y la luna llena se anuncia…

Tan poseído está Don Pedro por la escena que describe, que la representa como un mimo o un actor, cambiando las entonaciones y multiplicando los ademanes. Y todo el tiempo, aun en los instantes de sugestión más siniestra, en el fondo de sus pupilas brilla una lucecita retozona con destellos verdes. Medrano no pierde palabra, arrastrado por el discurso peregrino, mezcla de tragedia y de farsa.

Don Pedro le revela lo más íntimo de su argumento, el nudo de la comedia florentina que ha urdido. Si Sancho se convence —¿y cómo no doblegarse ante la imploración de esos ojos, ante la fingida angustia de esas manos?— Mari-Clara le arrancará la promesa de que la noche en que la luna alcanza toda su opulencia se dejará ligar de piernas y brazos y amarrar con una gruesa cuerda al tronco del tala que corona la barranca del río. Sancho es un simplote, un burdo juguete para su mujer. Su estupidez le ocultará la trampa. Entonces el caballero, furtivo, podrá introducirse en la choza. A la madrugada, partido ya el gobernador, Mari-Clara deshará los nudos y el marido regresará a su habitación. Por una vez, habráse conjurado el riesgo de la bestia…

La risa sacude a Don Pedro Esteban Dávila. Se ve holgando con la suculenta mestiza, en tanto que el dueño legítimo, cien metros más allá, tirita de pavor a la sombra del tala, esperando que se le alarguen las mandíbulas y que crezca el pelo de zorro en los pómulos deformados.

Medrano ríe también. La aventura le tienta. Apenas si opone algún reparo. ¿No sería más sencillo traerla a la fortaleza como a tantas otras? Pero el militar no le atiende. Está harto de escándalo, de habladurías. Allá, él catará la sal de la comedia, de la cosa muy civilizada, despabiladora de aburrimientos y, simultáneamente, tendrá en sus brazos a la mujer más seductora que conoce. Nublados los ojos por las lágrimas alegres, dando grandes palmadas al paraguayo, repite:

—La llamaremos “La farsa del lobo cornudo”.

Todo salió a pedir de boca. Tal vez fue demasiado fácil. La moza —según Felipe—, si bien se negó al principio, terminó aceptando.

—¡Y cómo reía! —recordaba Medrano, lisonjero—. Vuesa merced debiera escribir entremeses. Para mí que esa ladina le cobra ansí alguna cuenta antigua al cuitado Sancho Cejas.

También lo piensa Don Pedro Esteban Dávila, al par que galopan camino de los Montes Grandes. La luna no se ha mostrado aún. La verán más adelante, pues les faltan tres leguas.

¡Hela aquí, redonda, colosal, luna de encantamientos, de bebedizos; luna para que los herbolarios la saluden murmurando las fórmulas mágicas, cuando van recogiendo las raíces misteriosas; luna para desencadenar la pasión dormida del hombre fiera que aúlla a su resplandor!

Pero ni Don Pedro ni su escudero escuchan rumores alarmantes en la desierta ruta. Sólo se oyen el resollar de los caballos, el graznido fúnebre de las aves nictálopes, el croar de las ranas. Millares de luciérnagas guiñan las lamparitas en el campo. Bulle el calor. Alrededor del satélite se agolpan los indicios de lluvia. ¿Quién puede pensar en nada tétrico, mientras se galopa, floja la brida, hacia la promesa de un amor lujoso, desbordado, convulso sin tontos remilgos de cortesanía?

Cuando sólo les separa de la cabaña una escasa legua, Felipe desmonta. Lo han concertado así, por prudencia. Aquí aguardará a su señor, acariciando la vihuela española.

Y Don Pedro atropella, delirante, sintiendo en la faz el aletazo de las primeras ráfagas de un aire nuevo, libre, que empuja los rebaños de nubes. Ha vestido un jubón modesto, sin su insignia de Santiago, para evitar que lo reconozcan si encuentra alguna partida de curiosos. Vana fue la precaución. En todo el viaje no han hallado ni un alma.

Ahora sofrena la cabalgadura y la pone al paso. El monte de espinillos desde el cual seguirá su marcha a pie se amasa a su derecha. Asegura el caballo a una rama y continúa su camino, cauteloso. A doscientos metros, la luna enfoca sobre la carretera la cabaña de paja y barro. A la distancia, en la cumbre de la pendiente, los talas se arropan en la bruma traslúcida de su follaje. Son fantasmas de arboleda. Cuidando de eludir el menor crujido, el gobernador avanza, se aposta en un magro cañaveral y avista, como lo esperaba, a Sancho. Es un bulto informe, acurrucado al pie de un tronco, pero Don Pedro reconoce el pañuelo que anuda a la cabeza. Lanza un suspiro de alivio y, sigilosamente, se dirige a la casilla.

Dos horas, tres horas quedó allí. La mestiza, con el collar celeste al cuello, sobrepasa en hermosura cuanto soñó el hidalgo. En voz baja, Mari-Clara le ha detallado los ardides de que debió valerse para vencer la terquedad del marido y Dávila se asombra de su delgado ingenio. Cejas nunca ha logrado rehusarle nada y ahora, convencido de su doble personalidad truculenta, duerme bajo el tala cómplice.

Dos horas… Tres horas… Afuera, el viento aumentó su volumen, enriquecido con fuerzas robustas que vinieron de allende el río. Pronto tendrán encima la tormenta que sucede al rigor de las sequías. Entreabriendo la puerta, Don Pedro observa que la luna se ha ocultado bajo nubarrones roqueños. Mari-Clara no le deja partir. El gobernador le ha prometido ya un collar de oro con una imagen de Nuestra Señora y, con mil coqueterías, la muchacha trata de sonsacarle una ajorca que complete el aderezo.

Repentinamente, la tempestad rompe las cadenas tendidas. Un trueno sacude la casa. Por un segundo, en brazos el uno del otro, sienten que el terror les hiela la sangre. En medio del estrépito formado por las hojas desparramadas apuñados y por el choque del ramaje, han oído el grito de Sancho Cejas. La lluvia comienza a tamborilear sobre el techo de paja. Su miedo se acrece cuando creen escuchar cerca de la puerta y luego en los resquicios de la ventana, un ansioso jadear, como de bestia que olfatea.

¿Será alucinación? Don Pedro toma la espada y sale. La oscuridad ha hundido por doquier sus algodones negros. Los truenos sueltan sus carros de metal. Dávila vacila, da unos pasos y, cuando intenta volver a la choza, apenas alcanza a divisar, en la penumbra temblona de una bujía, la desnudez de Mari-Clara que está afianzando la puerta. Después, la noche, la enorme noche de lluvia, se abate sobre él. A tientas, busca la cabaña. El tablón recio resiste sus empellones. No osa golpear ni llamar. Titubea brevemente y parte en pos de su caballo andaluz. Su capa y su sombrero quedaron en la habitación.

El agua le corre por la cara, le empapa el jubón, se escurre por sus botas altas. Haciendo visera con una mano, trata de comprobar si Sancho sigue en su prisión al amparo del tala, pero la sombra y la lluvia se lo impiden.

Entonces empieza el viaje atroz que no olvidará nunca. Le fustigan los sauces. Las cañas rotas le acosan, como venablos. Cayendo aquí, levantándose allá, blandiendo el acero contra invisibles enemigos, retorna a tropezones, por el camino de la costa, hasta los espinillos donde dejó su cabalgadura. Sólo encuentra un pedazo de la brida, destrozado. El enloquecido animal debió romperlo… a menos que… a menos que alguien… Y Don Pedro se afana por horadar las tinieblas que le aprisionan…

Los relámpagos le señalan el rumbo. Va, viene, el barro le salpica las barbas. Se ha hecho un tajo hondo en la frente, al caer, y la sangre le emparcha un ojo por momentos. Ahora, los resoplidos que le pareció oír en la choza resuenan a su derecha y a su izquierda, delante y detrás. Los rayos nada le muestran. Silba el viento y a sus aullidos se incorpora la algarabía de escondidos demonios. Don Pedro Esteban Dávila se imagina rodeado por una manada de lobos espectrales que husmean sus botas, que arañan sus brazos, que rechinan los colmillos. Los miedos infinitos de su infancia planean sobre él, como murciélagos, como búhos. ¡Qué lueñe, qué desvanecido está ahora el fácil paganismo de las noches de Florencia y de Roma, pantomimas del Renacimiento, en las que se blasfemaba porque sí, por hacer una frase, por enardecer la sensualidad de las cortesanas! Los monstruos de cola escamosa, los macabros duendes nacidos junto a la lumbre de sarmientos, en el sortilegio de la cocina del palacio castellano, danzan a su alrededor la zarabanda que arrastra a los muertos fuera de sus tumbas.

Corre… corre, desesperado… La espada dibuja círculos de fuego a la luz de los rayos rojos y azules. De esta suerte, gimiendo, cubre la legua que le separa de Felipe. Los ojos salidos de las órbitas, ruega a Santa Teresa de Ávila, la santa de su familia, por que el paraguayo no le haya abandonado en ese trance. Formula el voto de construir un convento bajo la advocación teresiana en el Río de la Plata. Jura solemnemente que jamás volverá a yacer con la Mari-Clara, hembra de perdición. Devolverá hasta el último ochavo de sus granjerías. El latín semiolvidado de los rezos acude a sus labios exangües. Pagaría cualquier precio por poner término a la pesadilla. Y sigue… sigue… azotado por espinas y ramas…

¡Por fin! ¡Aquí está Felipe, el buen Felipe, el generoso y fiel Felipe, calado hasta los huesos! Bajo la capa, la guitarra improvisa una joroba chorreante.

Pero Felipe, al ver surgir de la maraña al esperpento horroroso, bañado en sangre, negro de fango, con la ropa hecha jirones y la espada en la diestra, se persigna demudado, prorrumpe en un alarido: ¡El hombre-lobo!, y volviendo grupas hunde las espuelas en los ijares del caballo y huye como un poseído hacia la ciudad.

Don Pedro se derrumba con la cara en el lodo. A la madrugada le recogieron unos carreteros, y, sin reconocer a Su Señoría, arrojaron al hermano del Marqués de las Navas, muñeco de trapo, sobre los fardos de cueros malolientes. Al lento paso de los bueyes le llevaron hasta Buenos Aires. Tenía el cabello blanco, los dientes le castañeteaban, temblábanle las manos febriles. El sol enjugaba los árboles castigados. Sobre la sábana verde, deslumbrante, las mariposas amarillas doraban la mañana, augurando la monarquía del calor ciego, del bochorno que trastorna los espíritus.

Misteriosa Buenos Aires y otros cuentos

III. El cofre (1648)

Era una canoa larga y esbelta, de aquellas que solían recorrer, tripuladas por diez o quince guaraníes, todo el curso del Uruguay y del Paraná, aventurándose hasta el delta mismo. Sólo que ahora no la ocupaba nadie. Abandonada, a la deriva, ponía en la serenidad del Río de la Plata inesperadas sugestiones de naufragio.

Los dos pescadores, de pie sobre el lomo de los caballos cuyos belfos sobrenadaban el agua indolente, escudriñaban el interior de la barca, más cerca de la costa.

Un movimiento de la corriente hizo virar con blando balanceo la proa erguida, y el sol, al bañar su cóncava superficie, arrancó chispas de un objeto oscuro, metálico, alzado en la popa.

—¡Un cofre! ¡Un cofre! —gritó Ignacio, el menor de los muchachos, y se zambulló ágilmente. El otro le siguió. Brillaban los ojos de ambos, pero su luz era distinta. Había entusiasmo, codicia, en los de Ignacio; en los de Miguel, desazón: cada brazada que le acercaba a lo desconocido, añadía a su miedo. Chapaleando las ondas breves, llegaron hasta la canoa.

Por más que mirara hacia atrás, hacia los comienzos de su corta vida, Miguel no podía separar de su memoria la imagen de su primo hermano. Juntos habían crecido en el caserío de Torre del Mar, en Vélez Málaga. Su infancia transcurrió entre olivos y naranjos, a orillas del Mediterráneo, y en barcazas ligeras que regresaban al anochecer, henchidas las redes. Fue una vida alegre, retozona, de semidioses anfibios. Cuando no estaban bañándose en las aguas azules, o pescando mar afuera, o tumbados entre los naranjales, paseaban por las callejas delgadas y entraban en las iglesias antiguas y en los conventos. Lo poco que sabían, lo habían aprendido codo con codo: algunas oraciones milagreras, zurcir una red, preparar un anzuelo, elegir el cebo mejor. Los grumetes de los barcos que acudían al refugio de Torre del Mar, en busca del agua fresca de sus pozos, les habían referido cuentos de sirenas, y los pescadores no cesaban de narrarles la mágica historia de cuando el Rey Católico pasó por allí, acuchillando moros.

Para Miguel, Ignacio era inseparable de esas evocaciones. En su imaginación infantil azuzada por las viejas piedras esculpidas y por el aire del Mediterráneo, Ignacio ocupaba el sitio de los héroes de la leyenda. Veíale amarrado al mástil del navío veloz, mientras las mujeres de cola escamosa cantaban los cantos fatales. Veíale, el casco coronado de alas, frente a la hueste sonora que salvó a Andalucía del infiel. Ignacio, siempre Ignacio, para su soledad de niño. Su desnudez atravesaba como un relámpago la negrura de los olivares y todo se iluminaba con brusco resplandor.

Al morir el padre de su primo, hermano del suyo, aquella intimidad se aguzó. Ignacio a los quince años y Miguel a los diecisiete se parecían como dos estatuas de bronce, en la similitud de los torsos soleados, del pelo renegrido, de los ojos árabes. Pero en aquella relación, riesgosa por lo que implicaba de desequilibrios, el mayor era, al tiempo que el protector, el esclavo. Tan habituado estaba Ignacio a hacer su voluntad, desde que juntos iniciaron la vida, que no lo consideraba un privilegio que podría quitársela. Y así, si Miguel le otorgaba todo, Ignacio no advertía la singularidad de tal actitud, y la recibía sin agradecerla, con la naturalidad inconsciente de los pequeños déspotas. Pero a Miguel le bastaba, como recompensa de una situación cuya injusticia no podía escapársele, sentir que ese sacrificio permanente, que era en él como una segunda personalidad, le había dado en cambio la seguridad de que no compartía a Ignacio con nadie. Durante años, habíase valido de mil tretas para alejarle de los otros muchachos pescadores, y su primo, con aquel abandono y aquella fácil indiferencia que le singularizaban, le había dejado hacer, quizá sin notarlo.

Si Miguel se hubiera detenido a analizar, indagando en sus sentimientos, la índole sutil de los lazos que había estrechado así con Ignacio, su ingenuidad aldeana no le hubiera permitido discernir su nudo más escondido. Esa ignorancia que sólo obraba por impulsos ponía una extraña base de pureza a su amistad. Lo único que él le pedía a la vida es que le dejara estar con Ignacio, bajo los naranjos deslumbrantes o bajo las estrellas balanceadas, en las noches en que el Mediterráneo vuelve a ser griego y fenicio. Y como Ignacio, por inercia, porque exige más esfuerzo negar que acordar, se había sometido a esa vida de tácito aislamiento, su existencia transcurrió feliz en el caserío de Torre del Mar.

Hasta que el menor cumplió diecisiete años, y repentinamente empezó a sentir que le ahogaba un dogal tan laboriosamente trenzado. Íbansele los ojos tras las muchachas, cuando salían los domingos de misa, y aunque Miguel le urgía para que volvieran a la playa, se atardaba en el atrio de la iglesia de la Encarnación o, si conseguía escapar, rondaba el palacio de los marqueses de Venid, cuyas criadas eran hermosas.

También cambió entonces el carácter de Miguel. De jubiloso y encendido, se tornó taciturno, receloso, secreto. Ignacio ya no pudo ejercer su tiranía. Aunque se acompañaban siempre, abríanse entre ambos verdaderos pozos de silencio, y entonces advertían la distancia que les separaba: Ignacio de una parte, con su inquietud, su ansia de vida, de amor, de luces; Miguel de la otra, con la muda angustia de quien siente que pierde lo que es suyo y comprende que cada palabra puede contribuir al alejamiento y por eso no la pronuncia, aunque arde por hablar. Así iban, trepando las pendientes de Vélez Málaga entrecortadas de calles cojas, sin percibir ninguno de los dos cuál era la índole del peso que les agobiaba. Y a ambos lados, en los soportales, bullía la vida con los gritos de los arrieros y de las fregonas, con el tartamudear de los mendigos y las grescas de los marineros. Nombres remotos: México, Lima, Portobelo, Cartagena de Indias, Buenos Aires, acudían a los labios. Pero ellos no los escuchaban. Ignacio, disimulando —y no entendiendo, en verdad, la causa de su disimulo—, se detenía con cualquier pretexto para entornar los ojos y atisbar, bajo un corpiño, el pujar de un pecho adolescente, imperioso. Y Miguel, disimulando también y sin alcanzar tampoco la fuente de ese fingimiento, seguía con la mirada los ojos de Ignacio y bajaba los párpados.

No se había equivocado el menor. Era un arca de madera dura, quizá de jacarandá macizo. Su tosca talla aparecía aquí y allá, bajo el cuero repujado que la vestía y al que ornamentaban rígidas figuras de águilas, de flores, de leones y pájaros. Tanto pesaba que tuvieron que hacer un esfuerzo para moverla, cuidando de que no zozobrara la embarcación. Cerrábanla herrajes martillados. Cuando quisieron levantar la tapa, ésta no cedió. Entonces, desenvainando los cuchillos de pescadores, hundiéronlos en el delgado intersticio que separaba el cajón de la cubierta.

Ignacio, agrandados los ojos por la emoción, hablaba con una volubilidad que Miguel no le conocía de largo tiempo. No paraba de preguntar. ¿De dónde podía venir ese cofre? Y él mismo se contestaba, como intoxicado:

—De seguro que trae tesoros de los Padres de la Compañía. El gobernador está en lo cierto. ¡Aquí hay oro, Miguel, onzas de oro hasta el tope!

Y forcejeaba con la faca reluciente, hasta que la hoja se quebró por la mitad, haciéndole un pequeño corte en una mano. Miguel, como tantas veces cuando eran niños, allende el océano, le tomó la mano y oprimiéndola con fuerza entre los labios, comenzó a sorberle el hilo de sangre.

Mucha gente había venido de la costa andaluza para América. Los viejos que recordaban los relatos de las primeras conquistas, encendían fogatas en la imaginación de los auditorios. Desgarrábanse los mozos de Almería, de Motril, de Málaga, de Cádiz. ¿Quién iba a resignarse a andar con bueyes o con cabras, o trabajando en las vides y en los sembradíos, si cada golpe de viento de África alimentaba la hoguera con alusiones a un pasado levantisco, aventurero? En las Indias meterían el brazo hasta el codo en oro virgen, y de regreso serían más príncipes que los califas que alzaron las mezquitas y los palacios.

El padre de Miguel no resistió a ese reclamo alucinante. Dejó los aparejos de pescador y embarcó con su hijo y su sobrino. Tanta era su certeza de fortuna, que antes de partir de Torre del Mar escogió el solar de Vélez Málaga en el cual levantaría su casa rica, con fuentes en los patios y terrazas y jardines de cipreses y arrayanes.

Poco le duró el espejismo. La peste que asoló al velero y contra la cual fue impotente el “maestro zurujano”, le empujó con otros veinte cadáveres al seno de las aguas profundas, para festín de las especies plateadas que él había recogido tantas veces en las mallas de su red.

Miguel e Ignacio quedaron solos, más solos que nunca, antes de que el mayor hubiera cumplido veinte años. Aislados en medio del duelo de la tripulación, recobraron la confianza perdida. Miguel creyó que su primo volvía a ser suyo, en el miedo de un porvenir que habría que ganar paso a paso. Fondearon en Buenos Aires a fines de julio de 1647 y a poco se alistaron en la expedición que el gobernador Don Jacinto de Lariz aprestaba contra las misiones de la Compañía de Jesús.

Don Jacinto debía su nombradía principal a sus querellas con el obispo del Río de la Plata, quien acababa de excomulgarle a pesar de sus privilegios de caballero santiaguista. ¡Qué terrible fue la enemistad del señor de Lariz y del prelado! Por nada, ya estaban escribiendo memoriales al Rey y al Consejo de Indias y a la Audiencia de Charcas, pintándose respectivamente como demonios. Si el jefe civil organizó su expedición misionera, cabe suponer que, en buena parte, su afán derivó de la urgencia de alejarse de Buenos Aires, revuelta por la discordia.

El pretexto era la denuncia de que los padres ignacianos ocultaban minas de oro en sus reducciones y que no las habían declarado, como ordenaba la ley, ante la autoridad real. Un indio, llamado Buenaventura, se ofreció a conducir a Don Jacinto hasta los mismos yacimientos. Y allá se partió el malhumorado maese de campo, con un ensayador de metales, algunos vecinos de la ciudad y cuarenta soldados. Formaban entre ellos Ignacio y Miguel. Fue una marcha penosa y estéril. Pasada Nuestra Señora de la Encarnación de Itapuá, sobre el Paraná, el indio desapareció; sólo volvieron a hallarle bastante más tarde, en plena selva, y aunque Buenaventura fue sometido a tormento por el gobernador irritado, no pudo sacársele palabra. Vagaron de misión en misión, recibidos con violines y chirimías por jesuitas astutos que simulaban una sorpresa respetuosa ante su aparición, y por caciques que no les mostraban más que cacharros y plumas de colores. En diciembre estaban de nuevo en Buenos Aires.

Durante aquellos seis meses se acentuó el humor melancólico de Miguel. De noche, su primo solía acercarse a los fuegos que crepitaban para ahuyentar a las fieras, en un claro del bosque o a orillas de los grandes ríos. Quedaba allí las horas, escuchando a los soldados que hablaban de mujeres. Súbitamente, un yacaré atravesaba la corriente entorpecida por camalotes, o un jaguar elástico cruzaba un calvero entre los disparos de la mosquetería. Renacía la calma, y las imágenes, con su obsesión tornaban a danzar sobre las brasas. Eran mujeres de las tabernas y de los burdeles del Levante, o indias maravillosas que uno de ellos había entrevisto en el Perú, en el último patio de la casa de un alto funcionario de Castilla. El vaivén de las llamas tatuaba en todos los pómulos igual quemadura. Suspiraban los veteranos. Ignacio no se cansaba de oírles. Justificaba tanta fatiga y tanto riesgo, a cambio de estas horas de camaradería bronca con hombres de pelo en pecho que iban descubriendo ante sus ojos ávidos visiones que le enardecían. Cuanto había en él de bisnieto de árabes voluptuosos cimbraba ante la promesa de los serranos. Más atrás, en la sombra, Miguel sentía el frío de la soledad. Cuando Ignacio entraba en la tienda, apenas si cambiaban palabra.

A costa de mucho brío consiguieron arrastrar la canoa hasta la playa. El cofre empecinado no les había revelado todavía su secreto. Lo colocaron sobre las toscas y reanudaron la tarea ardua. El sol brillaba sobre sus espaldas, sobre sus manos sudorosas. Ignacio se había anudado un lienzo a la herida y apretaba los dientes. Nada, nada, la tapa no cedía. Dijérase que los leones y las águilas, acaso repujados por un indio de esas mismas misiones de la Candelaria, de Santa Ana y de Yapeyú que habían recorrido el año anterior, les hacían burla con las fauces grotescas y los picos desmesurados.

—¡Mejor fuera llevarlo a la cabaña! —dijo Miguel—; allí podremos usar de otros hierros.

El menor aprobó. No fue fácil trabajo el que emprendieron. El arca era pesada y voluminosa. Empujándola lentamente entre los sauces, alcanzaron la base de la barranca. Peor resultó el ascenso. De camino, se asían a la matas, a los troncos de los ceibos y de los espinillos. Bajo la piel dorada, hinchábanse sus músculos tensos. Así escalaron la cumbre de la loma y, exhaustos, se echaron a la sombra del tala que la coronaba.

Frente a ellos, sin una vela, el río se irisaba con los esmaltes transparentes del atardecer. A esa hora única, ya no semejaba una prolongación de la pampa vecina, pues lograba una hermosura que no fincaba en su grandeza desierta sino en el tesoro de tonos que de su entraña subía.

Ignacio no prolongó el reposo. De un salto estuvo en la choza y regresó con un trozo de hierro curvo, para reanudar la lucha con lo desconocido al borde de la barranca.

Cuando volvieron de las misiones de piedra roja, resolvieron que en Buenos Aires no prosperarían. Es decir que lo decidió Miguel. De haberse seguido el deseo de Ignacio, hubieran permanecido en la ciudad. Con la sopa de los conventos y las sobras del Fuerte hubieran tenido para sustentarse. Siempre hubieran encontrado quehacer en una metrópoli adolescente. ¿Por qué no engancharse de soldado? Pero Miguel opuso todo el vigor de su tenacidad al proyecto. Ellos eran pescadores y la capital del Río de la Plata necesitaba alimentarse. Los comienzos serían duros, mas pronto ganarían lo suficiente para instalar un comercio. Medio año de andar entre gentes de la villa le había bastado para comprender que aquí no había ni el oro ni las esmeraldas ni las turquesas que les anunció la fantasía andaluza. Aquí, para amasar algunas onzas, era menester recurrir al negocio de cueros. Primero pescarían; más tarde, Dios les guiaría de su mano.

Ignacio capituló a regañadientes. Arguyó que podían ubicar su choza a las puertas de Buenos Aires, cerca de donde las lavanderas batían la ropa. Pero Miguel tampoco quiso oír hablar de tales vecindarios. Había demasiados pescadores en la zona y la competencia anularía su empeño. Él sabía de un paraje ideal, cinco leguas más arriba, en los Montes Grandes. Y allá se fueron, aunque no se le escapaba a Miguel que la distancia conspiraba contra las probabilidades de su comercio.

Habitaba una cabaña que había pertenecido, según se decía, a unos mestizos que huyeron de allí, después de una terrible tormenta y a quienes ya no se vio nunca. Corría la fama de que la mujer había tenido una hija con Don Pedro Esteban Dávila, uno de los gobernadores de más lujuriosa memoria. Lo cierto es que en los aledaños moraba una pareja de labradores, con una niña de quince años a quien hallaron recién nacida en los cañaverales de la costa, y que los pobladores del lugar sostenían que ése era, precisamente, el fruto de los amores de aquel gran señor violento con la mestiza esfumada.

Miguel e Ignacio tardaron bastante en ponerse al tanto de las habladurías. Por lo pronto, tuvieron que reconstruir la deshecha cabaña; luego emplearon sus magros ahorros de la paga de Lariz en adquirir dos caballos; después, la diaria tarea les absorbió. Con ella, dijérase que el mayor surgía a una vida nueva. Todas las mañanas salían a pescar. Se internaban en el río a caballo, acarreando cada uno un extremo de la red. Adelantábanse hasta que el agua limosa tocaba el pescuezo de las bestias y, de pie sobre el lomo, separados por el largor del ancho aparejo de cuerdas, recogían en la malla a los convulsionados batallones del río. Bogas, sábalos, surubíes de cabeza chata, bagres y pejerreyes, se revolvían en la prisión. Hacían el mismo viaje varias veces. Otras, cazaban tortugas en las islas vecinas, y hasta pequeños lagartos, valiéndose de arpones. De tarde preparaban los cebos de carne, lombrices, pescado y frutillas, o torneaban anzuelos, o concertaban las ventas con los carreteros que pasaban por el camino de la costa hacia la ciudad.

La felicidad de Miguel era sólo comparable a la de su infancia en Torre del Mar. Sucedíale de despertar en mitad de la noche y quedar las horas, a los pies de la cuja de su primo, velándole. Ningún pensamiento atravesaba su mente. Una infinita paz le invadía. Al alba, cuando le veía ensillar los caballos, desnudo el torso, la emoción le caldeaba el pecho.

Hasta que conocieron a Antonia, la de los cuentos, la que podía ser hija de un gobernador del Río de la Plata y sobrina del Marqués de las Navas.

Era una muchacha fina, frágil, modosa. Andaba siempre como dentro de un halo que le desdibujaba el contorno y le otorgaba el prestigio de la lejanía. La leyenda de su origen añadía a su orgullo. Aderezaba las ropas pobres como si f

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