Cuadernos japoneses. Maestros de lo sensorial (Vol. 3) (Cuadernos japoneses 3)

Igort

Fragmento

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Cuadernos japoneses
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i g o r tCuadernos japonesesTraducción del italiano de Regina López Muñoz
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UNAMEMORIAGRÁFICADEIGORT•MOGA,MOBO,MONSTRUOS!!!
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Desde niño empecé a vivir las existencias de otras personas, como si la mía no me bastara por sí sola. Eso era para mí la lectura: vestirme con prendas ajenas y vivir en universos desconocidos. Ahí residía el encanto.Al hacerme mayor descubrí que me embargaba la misma emoción cuando veía una película o leía un cómic. Historias en imágenes. Con las imágenes viajaba en el misterio. Porque explotaban en mi mente y, a veces, se comían las horas de sueño, sumiéndome en un estado de euforia en el que inventaba tramas, diálogos, personajes, atuendos, mundos.Así fue como los creadores de universos, los escritores, los autores de cómics, los cineastas se convirtieron en mi familia.Esta historia empieza como empiezan tantas películas amadas: con una llegada.Una niña llamada Momo llega a un pueblo japonés que no conoce.Un lugar poblado de presencias, espíritus antiguos, que la asustarán y la ayudarán a crecer.Podría ser mi historia.La historia de cualquiera que se haya adentrado en los universos diseñados por quién sabe qué arquitecto chiflado.Lugares desconocidos que al principio nos asustaron y después nos intrigaron, hastaqueempezamosallamarlos“hogar”.Pues bien, el viaje ha comenzado; poneos cómodos, vamos a ver grandes cosas.Lallegada11
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A lo largo del tiempo, la había visto una primera vez, y luego otra, y otra. Con regularidad, como si visitara a un amigo de confianza con quien te sientes a gusto.Mientras tomaba una taza de café caliente, había terminado de ver por enésima vez un anime titulado “Una carta para Momo”, uno de mis preferidos, una peli de animación japonesa dirigida por Hiroyuki Okiura.Okiura, exponente de las nuevas hornadas de creadores, ya había destacado con “Jin-Roh”,un filme posapocalíptico de gran nivel. Sin embargo, este nuevo anime era muy distinto.“Una carta para Momo” es una película de toques delicados, casi intimistas.13
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Shio, una isla remota del archipiélago japonés, es adonde la niña se muda con el inicio del verano. Momo tiene once años y es tímida, como hemos sido tantos a esa edad. Los lugares nuevos se le antojan extraños, cuando no hostiles. Y, sin embargo, la curiosidad se impone. Así empiezan también “Mi vecino Totoro”, “El viaje de Chihiro” o la serie “Keep Your Hands Off Eizouken!”, y quién sabe cuántas películas más.Arrancaba así: “Querida Momo...”. Una carta interrumpida, compuesta de estas dos únicas palabras. Antes de morir, el padre de la niña le había dejado aquel mensaje incompleto. ¿Qué habría querido decirle?15
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Momo presta atención, se pone ante los objetos de otras épocas. Cada uno es una puerta. Una puerta del tiempo a la espera de que alguien la abra.Y es aquí donde comienza su viaje, pero también, secretamente, el mío. Adoro lo que Momo está a punto de descubrir: los kibyōshi.Momo explora los nuevos espacios y así es como llega al desván, el almacén de los recuer-dos de sus ancianos tíos. Las cosas viejas que ya no usamos poseen una historia, hablan.16
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Por lo común, cuando leo un libro o veo una película siempre hay un momento en el que mi imaginación alza el vuelo.¿Qué le dirá a Momo su tía en ese momento?“Son libros muy raros, publicados hace muchos años. Eran de tu tío”.Veo en las manos de Momo los kibyōshi, poblados por esos espíritus del folclore japonés que siempre me han gustado tanto.A todos los efectos, los kibyōshi, fascículos impresos en el periodo Edo, son los antepasados del cómic japonés para adultos.17
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Sus padres trabajaban en la antigua Edo (hoy Tokio), en una casa de empeños cerca de un aserradero. Él estudió la técnica de las imprentas japonesas con el maestro Kitao Shigemasa y empezó a ilustrar kibyōshi bajo el pseudónimo de Kitao Masanobu.Cada álbum tenía diez páginas de media, pero los relatos podían alargarse hasta llenar tres álbumes. Santō Kyōden, diestro escritor y dibujante obsesionado con los pseudónimos, está considerado como el maestro indiscutible del kibyōshi. Su verdadero nombre era Iwase Samuru, pero también se lo conocía como Kyoka Denzo. Tuvo una vida llena de aventuras.Su producción duró unas tres décadas, a caballo entre 1775 y los primeros años del siglo xix (1806). Se imprimían mediante la técnica del ukiyo-e, las imágenes del mundo flotante, o sea, mediante xilografía, troqueles de madera y papel de arroz, en tinta china negra. Normalmente, cada episodio contenía dibujos de gran formato y una historia que los acompañaba.18
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Pronto empezó a escribir bajo el nombre de Santō Kyōden; muchos de sus relatos, de hecho, los firma Santō Kyōden y los ilustra Kitao Masanobu (que también era él, por supuesto). Publicó tanto kibyōshi como sharebon, relatos de género escri-tos con brío cómico y a menudo ambientados en los burdeles de Edo. Escribió muchos y se hizo popular.Por aquel entonces, los escritores no recibían remuneración, trabajaban a cambio de la gloria, pero él, pionero, impuso a los editores que le pagaran.Durante este periodo se casó dos veces; sus dos esposas trabajaban oficialmente en Yoshiwara, el distrito rojo de Edo.Se cuenta que sus mujeres le proporcionaban el material para muchos de sus relatos. Luego, durante las reformas de la era Kansei, hubo cierta represión por parte de las autoridades y se sancionó a los autores de obras consideradas decadentes.A Santō lo condenaron a cincuenta días de arresto domiciliario, encadenado. El joven escritor quedó tan conmocionado que posteriormente abandonó el estilo irónico y satírico en el que tanto destacaba para dedicarse a hacer “novelas históricas” más inocuas.19
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La imagen de la izquierda es la portada de “Komon Gawa”, de 1790. Y este de aquí es el retrato de Santō Kyōden, también conocido como Iwase Samuru, Kyoya Denzo o Kitao Masanobu.En 1868, al cabo de más de dos siglos, concluye de manera oficial el periodo Edo (Edo Jidai). El Japón feudal se abre paulatinamente a la influencia de Occidente y entra en la época moderna.Santō Kyōden fue uno de los maestros antiguos del relato de género, una figura fuera de la norma, algo por lo que, como hemos visto, lo castigaron y condenaron.Existe un Japón prohibido, muy alejado de la imagen de postal que a menudo asocia-mos con el país. Un Japón menos conocido que, recurriendo a un término occidental, podríamos definir como “und

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