Masculinidades

Fragmento

Inspiración

Inspiración

Quiero darte la bienvenida. Este libro es la síntesis de un trabajo de escritura de cuatro años. Durante ese tiempo, he tenido pausas, aprendizajes, fracasos, muertes y cambios. En ese proceso, surgieron ideas que me permitieron pensar desde otra vereda lo que hoy pasa con los hombres, las relaciones afectivas y la sexualidad. Particularmente, cómo los cambios que han experimentado las identidades masculinas en los últimos años en Chile han afectado, también, los modos de relación entre los géneros.

Mi punto de partida es que los seres humanos somos afectos. No los concibo como procesos individuales. Los afectos nos hacen, la sexualidad nos hace, el género nos hace personas. Los afectos y la sexualidad tienen una dimensión colectiva. Si eres mujer, espero que este libro te ayude a comprender de otra manera tu relación con los hombres. Si eres hombre, ojalá te sirva para acercarte a las historias de otros hombres que, seguro, han sentido algo similar a lo que hoy tú sientes. Si no te identificas con ninguno de los dos géneros, espero que te sea interesante y te brinde cuestionamientos que te aporten.

A todxs, espero que la lectura te ayude a comprender lo que son las masculinidades. Quise compartir algunas ideas sobre las luces y las sombras que están atravesando las relaciones entre los hombres y las mujeres en una sociedad compleja y turbulenta como la actual. En estos años he recibido cientos de preguntas de mujeres. ¿Qué está pasando con los hombres? ¿Por qué los hombres actúan así? ¿Qué están sintiendo? Y así me fui dando cuenta de que hablar de los hombres es un tema que está cubierto de un manto de misterio y con muchas preguntas abiertas.

Las siguientes son algunas premisas y principios que me guían y espero acompañen la lectura de este texto:

Quiero dejar en evidencia el lugar desde el cual estoy enunciando mi discurso. Escribo desde mi vivencia de hombre adulto radicado en la ciudad de Santiago de Chile. De niño, fui socializado y educado como hombre en el contexto del sur de Chile donde viví desde los 5 a los 17 años. Fui criado por una madre barranquillera y un papá puertomontino. La migración y el exilio marcaron la historia de mi familia. Me identifico como una persona cisgénero, mayoritariamente homosexual. Soy latinoamericano, hijo y nieto de inmigrantes por ambos lados. Estudié buena parte del tiempo en un colegio privado y poseo estudios universitarios. Tengo privilegios. Algunos de ellos heredados y otros que he recibido producto de mi trabajo.

Miro la realidad a partir de mi contexto, que es Sudamérica, a través de los ojos de mi historia y la educación que he recibido. Tengo sesgos por ser quien soy y por el lugar del que provengo. No hablo desde la neutralidad. Lo digo porque probablemente haya puntos ciegos sobre lo que escribo y cometeré errores. Mucho de lo que leerás son opiniones personales y están basadas en mi experiencia, por ende, son cuestionables. Son ideas que reflejan un momento y una etapa con la cual, en un futuro, podría no estar de acuerdo.

A continuación, voy a compartir parte del trabajo que realizo hace algunos años desde el paradigma del género y las masculinidades. Gracias a esto, he tenido acceso a los testimonios e historias de vida de cientos de hombres, tanto de Chile como de otros países de Iberoamérica, de diferentes edades, orientaciones sexuales, ideologías, orígenes sociales y oficios. A pesar de que haré algunas generalizaciones, todos somos diferentes. En este libro hablaré de los hombres con los que he trabajado, pero soy consciente de que son un porcentaje de la población reducido que no representa a todos. Tampoco pretendo dar soluciones sofisticadas. Espero compartir ideas e invitaciones para pensarnos, a partir de preguntas.

Mi voz está teñida de lo que me ha pasado siendo activista y parte de organizaciones sociales en diferentes causas que he apoyado desde el 2010. Apenas me titulé como psicólogo, partí trabajando en el campo de los derechos humanos. Colaboré en la Comisión Nacional sobre prisión política y tortura, más conocida como Comisión Valech, y luego trabajé en la Corporación por los derechos del pueblo (Codepu) organización que prestó apoyo psicológico y legal a sobrevivientes de la tortura, persecución y prisión política y a sus familias durante la dictadura. Como profesional de la salud mental, pude acercarme a la dimensión política que esta tiene y comprender cómo convergen la sanación y la justicia. Luego trabajé en el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) con personas inmigrantes en situación de marginación social, y en Fundación Iguales, haciendo activismo también por los derechos de las diversidades sexuales. En paralelo, desde el 2014, trabajé como psicólogo educacional durante seis años en dos colegios de alta vulnerabilidad social en la ciudad de Santiago. En 2016 me vinculé con entidades de hombres por la igualdad de género durante mi estadía en Barcelona y en 2018, al regresar a Chile, creé la plataforma Ilusión Viril en redes sociales. Desde 2020, somos una fundación. Es decir, hice un recorrido variopinto y cada una de estas experiencias marcaron muy fuerte la orientación de mi trabajo. Hoy entiendo que todas están vinculadas, de una u otra manera.

Me ha pasado que personas ajenas a este campo me dicen que hablar de género «es denso»; «aburre porque es muy académico»; «da susto la palabra feminismo»; «las masculinidades son un concepto muy difícil de entender» y parece ser que genera urticaria en algunas de ellas. Trataré de ser simple y pedagógico sin caer en la frivolización. Respecto al lenguaje, ocuparé la «x» como una manera de incluir en la escritura a todos los géneros.

El marco teórico, la epistemología y la metodología que yo abrazo es el feminismo interseccional y antipunitivista. De las diferentes corrientes del feminismo, es la que más me hace sentido y es aquella que presenta menos resquemor a la hora de involucrar a los hombres en la conversación sobre el género. Quienes me han formado (maestras y maestros) me enseñaron que el pensamiento feminista es un saber emancipatorio, disponible para todos los géneros, para todas las edades y para todas las clases sociales. Es una propuesta de pensamiento que nos libera a todxs de las cárceles del orden patriarcal. Me enseñaron que el feminismo es un movimiento político que beneficia a la sociedad en su conjunto, no en exclusiva a las mujeres, prejuicio altamente difundido, todavía.

Me inspira y me guía la ética del cuidado, lo que implica que trato de aplicarla tanto para mí como en los espacios donde ejerzo mi oficio. Ese es el piso ético para que todxs seamos tratados con el respeto y la dignidad que merecemos.

Si a ti, que estás leyendo, te molesta o te incomoda la palabra feminismo, te quiero contar que existen múltiples feminismos y no uno único universal. Por eso, no se puede juzgar a todo un movimiento por el bien o mal proceder de una sola persona. También hay que plantear que existen calientes debates dentro del feminismo, por ejemplo, sobre el rol que ocupamos los hombres en la sociedad. En mi experiencia personal, yo no tuve que esperar a que me dieran un espacio en el feminismo. He ido construyendo un espacio y colectivamente, quienes somos parte de Ilusión Viril (personas de todos los géneros), lo hemos convertido en un espacio feminista. Desde la organización, planteamos que el rol de los hombres es secundario respecto al feminismo, pero protagonista en relación con nuestros pares.

Si me tengo que poner una etiqueta, me declaro un hombre igualitario profeminista. Hay días en que me siento feminista y muchos días en que siento que no lo soy para nada. Para mí, eso es una pregunta abierta, que tampoco sé si vale la pena definir de manera cerrada. Quisiera que se me evaluara por mi trabajo y la forma en que lo hago. Me importa más lo que hacemos que lo que decimos, sobre todo en épocas en que abundan los hombres que se autodenominan «deconstruidos». Yo no estoy deconstruido y probablemente nunca lo estaré. Y sí, estoy atravesado por las ideas del patriarcado y soy machista.

Personalmente, considero que todxs somos proyectos de personas en vías de construcción, transformación y evolución. Me hace ruido, en general, la pulcritud intelectual, la corrección política y la perfección moral. Nos equivocamos, somos personas. Por ello, considero el error como una herramienta pedagógica fundamental, que nos permite reconocer nuestras limitaciones y aquellas cosas que no hemos visto. A veces nos pisamos la cola, nos enojamos, nos desilusionamos, tenemos incoherencias. Necesitamos perdernos y volvernos a encontrar. Por eso, creo que el error debe dejar de ser castigado y penalizado.

Creo que el cambio que soñamos para la sociedad debe partir en nosotrxs mismxs. Construir en el interior lo que diseñamos para el exterior. Actualmente, hay muchísimo material interesante para leer sobre feminismo, género y masculinidades. Me parece que si esas lecturas no pasan por el cuerpo, no invaden nuestra vida cotidiana, no nos confrontan, pueden terminar en letra muerta. He ido aprendiendo que, en muchas ocasiones, las cosas que nos desagradan de otrxs son un reflejo de nosotrxs mismxs.

Demasiadas veces nos convertimos en lo mismo que criticamos. Odiamos el fascismo y nos ponemos fascistas sin darnos cuenta. Criticamos a las personas punitivas y nosotrxs mismxs actuamos como la policía del género de los demás. Que trabajemos por una causa no nos da el derecho de pontificar y crucificar al resto por ser y pensar diferente a nosotrxs. No tenemos derecho a juzgar las decisiones de los demás, su moral sexual y afectiva, sus elecciones. Para trabajar en estos temas hay que desarrollar una cuota importante de humildad si realmente queremos revisar el propio patriarcado interno que llevamos.

Hace poco escuché una conferencia sobre «Autoestima política» impartida por mi compañera, la psicóloga Nerea de Ugarte. En esa ocasión, ella compartió una anécdota que me pareció genial. Nerea, durante un tiempo, trabajó con mujeres en sectores de alta vulnerabilidad y pobreza de Santiago de Chile, y nos dijo que en ocasiones se sentía «buena persona» haciendo esas labores. Eso le hizo reflexionar acerca de lo fácil que es sentirse bueno cuando trabajamos con personas que están en una situación de desventaja social y de precarización. En ese momento, ella vinculó ese sentimiento mesiánico con la ética feminista. «Estar ahí, junto a personas que sufren de graves injusticias producto de la pobreza y la inequidad, y ocupar un rol, un poder que te otorga tu clase social, resulta muy fácil caer en la posición de «salvador», de «héroe» y de «buen cristiano»», nos dijo. Reflexionamos sobre lo fácil que es, viniendo de un lugar privilegiado, sentirse «buena persona» por hacer un aporte a la sociedad.

Hago mención a esto porque habitualmente escucho que los hombres que trabajamos con masculinidades e igualdad de género solemos ser representados socialmente como «masculinidades positivas». Algo así como hombres bondadosos y no violentos. Conozco hombres que yo considero buenos y que ejercen violencia al mismo tiempo. Me cuesta creer que exista algo así como una buena masculinidad y una mala masculinidad. No creo que nosotros seamos los buenos y el resto, los malos. La violencia de género es un problema político, no un problema moral. Me parece muy peligroso pensar que somos los mismos hombres quienes trazamos el límite entre aquello que es bueno y malo en la sociedad. Parafraseando a la comediante Hannah Gatsby en su rutina Los buenos hombres y la misoginia (la recomiendo), considero que hay que estar siempre alerta cuando comienza a desarrollarse en nosotrxs esta idea de «superhéroe» y de «salvador». No estamos encima de ningún pedestal.

Me he preguntado más de alguna vez: ¿Qué hace un hombre cisgénero1 hablando de género y de feminismos? ¿Por qué quise dedicarme a algo así? ¿Me estaré apropiando de algo que no me corresponde? ¿Estaré quitando luz y protagonismo a mis compañeras feministas? ¿Me corresponde a mí estar hablando sobre esto?

Identificarme como hombre y trabajar en el campo del género ha sido, es y seguro seguirá siendo un cuestionamiento. Primero, porque mientras comienzas a leer y a instruirte te das cuenta de que tú y tu género han sido los principales responsables de las muertes y violencias que han sufrido históricamente las niñas y mujeres en el mundo entero, más allá de tu participación directa o no en esos hechos. Es inevitable asumir que ser hombre y la forma en que vives tu masculinidad es parte del problema, te guste o no.

Me di cuenta de que el lugar desde el que hablas, siendo hombre, es un lugar de poder y que antes no lo viste. No eras consciente de tu posición de privilegio. Te das cuenta de que siempre fuiste más escuchado y recibiste más atención que tus compañeras y para ti era natural. Tus opiniones, reflexiones y tus discursos eran más valorados en reuniones sociales, en asados o reuniones de trabajo solamente por tener un pene y jugar el papel social de «ser un hombre» en diversas circunstancias. Te percatas que, de cierto modo, hay una injusticia que te favorece. Es muy contradictorio.

En realidad, siendo hombre, muchas voces te dirán que tienes la libertad de seguir tu propio camino y alcanzar tus sueños. Te dirán que eres capaz, que todo está en ti para ser feliz. Que el esfuerzo todo lo vale. Que hay que madrugar y levantarse temprano. Que hay que luchar. Se te educa para abrazar tu destino individual. El clásico concepto norteamericano del selfmade

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