es detective
Megan McDonald
Ilustrado por Peter H. Reynolds
Traducido por Julio Hermoso
Índice
El Caso del Pariente Impertinente .................... 11
El Mágico Misterio del Alce y el Calcetín ...................................... 21
El Oscuro Secreto de los Oculares Ocultos ................................... 33
La Peliaguda Búsqueda de la Mochila Enterrada .................................. 43
El Extraño Enigma de la Desaparición de Mr. Chips ........................ 59
El Suculento Suceso del Hurto del Hueso ........................................ 83
El Atascado Caso del Escusado Estropeado ................................ 103
El Sabroso Secreto del Sándwich Sospechoso .............................. 119
El Curioso Caso de las Migajas de Galleta ............................... 139
El Goloso Caso del Sabueso Besucón ...................................... 149
El Misterio del Anillo del Humor Desaparecido ................................ 175
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La noche era oscura y tormentosa. La lluvia sal-picaba la ventana. Los rayos centelleaban y los truenos rugían. Unas espeluznantes sombras, como dientes gigantescos, danzaban por las pa-redes.
Tic tac, tic tac, martilleaba el viejo reloj como un aterrador latido. Silenciosa igual que un fantasma, ascendió por las escaleras oscuras, muy oscuras. De puntillas sobre los pies descalzos, recorrió el pasillo oscuro, muy oscuro, hasta la puerta oscura, muy oscura. Llamó con los nudillos una, dos, tres veces, en
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una señal de código Morse. Justo en ese momen-to, la puerta rechinó y se abrió.
Toc, toc.
—¡AAHHH! —gritó Judy debajo de las sábanas de su cama, en lo alto de la litera. Soltó la libreta en la que estaba escribien-do, que salió volando y rebotó en el coco de Stink.
—¡Ay! —gritó Stink y se frotó donde le había dado—. ¡Cuidado con mis sesos! Vas a hacer que me salga un huevo en la cabeza.
—Pero Stink, si tú ya tienes la cabeza como un huevo —bromeó Judy.
—Bueno, pues no tenías por qué aventar-me el cuaderno.
—Por lo menos no era la enciclopedia. Eso te pasa por darme un susto que casi se me caen los pantalones mientras relleno los huecos de una escalofriante historia de “Completa tu cuento”.
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—¿Y por qué te metes debajo de las sába-nas? Si estamos en pleno día.
—Nancy Drew dice que nunca se debe te-ner miedo a la oscuridad, así que estaba prac-ticando.
—¿Por qué tienes una linterna?
—Una buena detective siempre guarda una linterna bajo la almohada.
—¿Eso hace Nancy Drew?
—¡Des-pa-bí-la-te! ¿Es que no has leído El mensaje en el roble hueco?
—¡Es que yo no soy un superfan de Nancy Drew, como otros!
—¿Y qué le voy a hacer, si estoy in-tentando leer los cincuenta y seis li-bros originales?
Stink le mostró la libreta de “Completa tu cuento”.
—¿Y Nancy Drew también le avienta cosas a su hermano?
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—Nancy Drew no tiene hermanos, pero si tuviera uno, estoy segura de que se las aventa-ría si él le diera un susto de mil carámbanos.
—¿Carámbanos?
—Así habla Nancy Drew, Stink, a ver si te enteras.
—¿Y hay algo que salga volando en los mis-terios de Nancy Drew? En los buenos misterios siempre vuelan cosas por los aires, como una barca, o un pastel, o a lo mejor una moto que explota.
—No, Stink, en los misterios de Nancy Drew hay relojes antiguos, diarios ocultos, escalones que crujen y esas cosas.
—Ya —dijo Stink, que no parecía ni un pelín asustado. Lo que parecía era un pelín aburrido.
—También tiene cosas como naranjas que explotan, cohetes en llamas y viejas mansiones espeluznantes. Montones de mansiones, y todas
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están encantadas, y una vez se cayó el techo de una y casi aplasta a Nancy Drew. Otra vez la persiguió un caballo fantasma. Y casi la estran-gula una serpiente pitón gigante. En serio.
—Me encantan las serpientes pitón que explotan —dijo Stink, un poco confundido—. ¿Me dejas ver uno de tus libros de Nancy Drew?
—Ahí está —Judy señaló hacia un montón de cosas sobre su mesa—. Debajo del mono de trapo.
Stink levantó el mono.
—Debajo de tu mono de trapo hay una almo-hada.
—Debajo de la almo-hada —le dijo Judy.
Stink levantó la almo-hada.
—Debajo de la almohada no hay más que un diccionario muy gordo.
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—Debajo del diccionario.
Stink levantó el diccionario.
—Encontrar tu libro de Nancy Drew es ya un buen misterio —debajo del diccionario es-taba el número 43 de Nancy Drew: El misterio de los 99 escalones—. ¿Por qué lo tienes deba-jo de todo esto?
—Pues, mmm… no te rías, pero…
—¡Ja! ¡Judy está asusta-dy! —canturreó Stink—. Lo has escondido aquí debajo por-que te da miedo. ¡Te asusta tener pesadillas con Nancy Drew!
—¿Acaso no puedo tener una imaginación sobresaliente? —preguntó Judy—. Apuesto a que tú no lo lees a oscuras —a Stink le entró el tembeleque—. Verás, una amiga de Nancy tiene un sueño muy raro sobre unos escalo-nes, nada menos que noventa y nueve, así que Nancy se va a Francia para intentar re-solver el misterio de la pesadilla de su amiga.
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Es escalofriante. Lo dice en la parte de atrás y los libros no mienten, Stink.
—A lo mejor tienes un sueño después de haber leído el libro y yo me puedo ir a Fran-cia a resolver el misterio de tu pesadilla… y a ver la torre Eiffel.
—La torre Eiffel no tiene nada que ver, Stink, pero me acabas de dar una idea genial. Voy a resolver un misterio. Un misterio de ver-dad, como los de Nancy Drew, de los que ha-cen que se te caigan los pantalones. Pero en serio, de verdad es una buena idea.
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—¿Y cuál es el misterio?
—No lo sé todavía. Primero tengo que en-contrar uno.
—¿Y te tienes que ir hasta Francia para encontrarlo?
—Stink, no hay que irse a otro país para encontrar un misterio. Podría haber uno ahí mismo, en el patio de tu propia casa.
Stink miró por la ventana, en dirección al jardín.
—Pues todo lo que yo veo ahí es tu cuerda morada para saltar, tu balón de futbol rosa y blanco, tu bici con la rueda desinflada y la tienda de campaña azul que usamos para el club Si te Orina un Sapo. El único misterio es por qué papá y mamá no te hacen recoger todas tus cosas.
—Ja, ja, ja. Muy divertido, sí. Ahí afuera hay un misterio, Stink. Quizá no esté justo en el jardín, pero sí lo podríamos tener delante
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de las narices. Lo único que hay que hacer es prestar atención.
Y ella, Judy Moody, salió así en busca del misterio.
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Si a una persona se le ocurriera la idea de resolver un misterio gordo, muy gordo, pues debería tener un kit de detective
