El menor
Nací en cuna de oro. Esto, que a otro le hubiera significado una ventaja para abrirse paso en la vida, en mi caso fue un pesado lastre. La medida del éxito, como la del fracaso, es siempre relativa. Por eso aclaro desde ya que, en lo que a mí respecta, he logrado mi meta. Pese a mi origen, a la influencia de mi familia y a los reveses de la suerte, hoy puedo decir con orgullo que, al final, conseguí lo que pocos en mi lugar: ser uno más.
Que nadie piense que esto es una queja o el lamento del perro viejo que lame sus heridas tras una pelea callejera. No es esta una confesión dictada por el desaliento o la diatriba habitual del quejoso habitante promedio de este país. Lo mío es el resultado de una elección deliberada, de un lento perseverar en las pequeñas renuncias y en los errores que pueden frustrar una vida. Pero no insistiré en estos pormenores: me estaría adelantando en exceso, para instalarme demasiado pronto en el final de la historia.
Cuando digo “cuna de oro”, me refiero a todo lo que me rodeó desde que di mis primeros berridos en la casona paterna.
Vine al mundo el 7 de mayo de 1945. Como era de usanza en algunas familias de aquella época, fui parido en el dormitorio de mis padres, siendo asistidos, madre y yo, por una experimentada partera y su ayudante. Fue un parto lento y con una postura enrevesada de mi parte, lo que obligó a tareas con fórceps y otras crueldades para expulsarme del confortable útero. Mientras un nuevo mundo nacía de las cenizas de la guerra, me abrí paso por el largo túnel de la angustia, hasta llegar a una habitación empapelada en tonos rosas y ocres, olorosa a cremas femeninas, alfombrada y encortinada con cuidado detalle, en cuyo espacio, que daba al jardín —insinuado a través de la amplia ventana enmarcada por una santarrita—, se había instalado la famosa cuna, no de oro en sentido literal, pero sí de preciosa factura.
Fui el sexto hijo en el séptimo parto de mi madre —circunstancia que en breve habré de explicar— y el cuarto varón de la familia. Las complejas maniobras y fórceps no habían distraído a padre de escuchar las noticias sobre el armisticio, sentado en uno de los sillones de cuero que flanqueaban el combinado Westinghouse situado en una de las esquinas del amplio living de la casa. No escuchó mi llanto de rabia y sorpresa ni los jadeos de madre, agotada por el esfuerzo de expulsarme, de expeler por fin los tres kilos setecientos gramos que se habían resistido a trasponer el túnel como si ese pasaje desembocara en un abismo sin fondo. Todas estas conjeturas sobre mi llegada a la casa no son producto de la invención, sino de una paciente recolección de indicios, de vagos testimonios arrancados a ocasionales testigos, con tesón y desconfianza.
Padre casi no me vio luego de que la partera recibió su paga y retiró todos los enseres e instrumentos de tormento utilizados en la faena. “Te miró con ternura y desconfianza” —me contaría madre años después— “y comentó que le habías salido feo, chico y protestón como ninguno de sus hijos. «¿Es normal?», me preguntó con un matiz de duda, y yo lo tranquilicé”.
Pero, de alguna manera, yo no sería normal. Para los parámetros de la familia, se sostendría después que algo había fallado. No se trataba de una deformidad física, ostensible e inquietante, un déficit intelectual o una sorpresa genética que apareciera en algún momento del desarrollo. La carencia se habría de manifestar en mi capacidad asombrosa para desdeñar las oportunidades de éxito y en mi temprana voluntad para torcer los planes familiares. En realidad, había nacido para desbaratarlos y alterar nuestro “modus vivendi”, expresión habitual de padre para referirse a la manera de ser y vivir de la familia, de acuerdo con sus estrictos criterios.
María Mercedes
Anoche soñé que estábamos otra vez en la casona de bulevar España. Grandes, envejecidos y vivos, todos en el jardín, disfrutando de la sombra de las pitas, el sauce llorón y los tilos. Resultaba maravilloso y a la vez inquietante ver que madre era joven y padre también. Solo mis hermanos y yo habíamos continuado la vida desde allí, y hasta Laura Constanza había llegado a ser adulta y podía verla como probablemente hubiera sido, de no haber sufrido el accidente en el río cuando era adolescente. Y Luis Ernesto, claro, con el aire jovial de siempre, vestido como estaba la noche anterior al otro desastre, la última vez que habíamos hablado, con él haciendo planes y jugando con las ideas como un mago con los cuchillos en aquellos circos de la calle La Paz.
Por ahí andaba el menor, correteando como lo hacía cuando era chico, escondiéndose en lugares insólitos, solo que al verlo adulto me despertaba una profunda lástima. Madre siempre nos decía que ese sentimiento, la lástima, no era correcto ni cristiano. Compasión sí, lástima no. Porque sentir lástima es una forma de menosprecio. Igual me daba lástima el menor, Víctor Rodolfo, con ese aspecto desgarbado que le daba la ropa heredada de sus hermanos, siempre un poco pasada de moda, anacrónica. No eran prendas viejas ni nada parecido, pero en casa esa era la regla. No había despilfarro y nuestro buen pasar no desatendía una firme vocación por la austeridad y el ahorro. Detalles: los zapatos se lustraban todos los días y para estrenar un nuevo par había que demostrar dos cosas, que el pie había crecido o que el cuero ya no admitía más capas de betún. Recién en ese estado se enviaba calzado o ropa a los asilos y parroquias, o se los repartía entre la peonada de la estancia del tío Pedro.
Los sueños pueden ser incoherentes, sin perder su condición de verdaderos. A mí me asaltan verdades a partir de lo soñado, que en una primera reflexión son extrañas versiones de hechos ya vividos y olvidados. Sucesos que en su momento no me habían impresionado y que en el sueño los aprecio como del revés, o desde un punto de vista que en la vigilia no se tiene. Soñar para mí es acceder al otro lado de las cosas, es como asomarme a una dimensión que en la vigilia permanece oculta, escondida detrás de la realidad.
¿Quién era esa Laura Constanza crecida, extraña, que departía con nosotros en el jardín? ¿Y por qué yo tenía la certeza absoluta de que era ella, sobreviviente y aceptada por todos como si nunca se hubiera ahogado? Eso era inquietante y sin embargo en el sueño no me escandalizaba; lo aceptaba como algo válido y normal. No es la primera vez que me pasa. Otras veces es peor. La veo preparándose para la excursión al río —a una edad muy anterior a la de aquella tarde—, con su vestido de algodón estampado y un sombrero de paja con una cinta roja, y no puedo prevenirla de nada, ni siquiera decirle a padre que no la lleve, que por favor no salgamos en el yate. Sigo a mi hermana con la mirada y de pronto ya estamos en el muelle. Yo voy junto al menor llevando la cesta de la merienda y mis otros hermanos preparan el bote que nos conducirá al barco, fondeado a treinta metros de donde estamos. Madre nos despide desde el auto de padre —ese día, luego de dejarnos en el embarcadero, ella prefirió regresar a la quinta— y su gesto es como el de un anuncio de perfumes o de moda otoñal. Lo tremendo es que yo sé lo que sucederá después y sin embargo no hago nada para impedirlo.
Debe ser por el verano y el calor excesivo de estas noches en las que ni siquiera leer se puede. Tal vez no debiera cenar y hacer una caminata antes de dormir. Igualmente prefiero los sueños, el reencuentro y los diálogos fugaces; poder cruzar el puente hacia las regiones perdidas. Pienso que, pese a las trampas que arma la mente, en el sueño nos reencontramos todos y el tiempo no ha pasado o lo ha hecho de una manera diferente, que la lógica no puede explicar.
En el comedor del hotel, las mesas ya están dispuestas para la cena y a través de los ventanales veo el resplandor de los faroles amarillos que perlan las callejuelas como frutos incandescentes y lúbricos. Detrás del muro de piedra antigua cubierto por la enredadera asoma la luna, y pasos furtivos resuenan sobre las calles de adoquines, perdiéndose o creciendo en el silencio, junto con ecos de voces que sostienen conversaciones casuales, breves comentarios sobre el calor o los mosquitos que llegan en bandadas desde el delta.
Roberto tarda en bajar.
Fernando Eloy
Por estas tierras que ya no producen nada anduvo el irlandés, trabajando para el ferrocarril o asesorando a los blancos de Aparicio en la voladura de vías y puentes para detener a los trenes del gobierno, cargados de soldados, caballos y rifles. Se ha dicho que participó de la voladura del puente del Cuñapirú en Livramento, y luego en el del Daymán, aunque al caudillo Saravia no le gustaba destruir la propiedad pública —y eso incluía las vías, los postes del telégrafo, las todavía precarias instalaciones telefónicas y con más razón los puentes—. Eso fue allá por el 97 —pese a que ninguna crónica histórica lo nombra—, años después de que el irlandés se casara con su primera mujer, ilusionado con miles de cuadras escamoteadas por la supervivencia asombrosa de su suegro, que no se moría para evitar legar su riqueza a la maestra, la única heredera. Lo único ganancial que obtendría el irlandés de ese matrimonio serían unos hijos a los que nunca quiso.
Siempre se dijo —pese a que la familia no solía dar respuesta alguna a la dudosa especie— que el ingeniero era un farsante, un aventurero que había dejado joven su Dublín natal, en donde había nacido en 1863, para lanzarse a una extensa travesía que lo llevaría por distintos países de América, hasta que finalmente recaló en este país. Dicen que el título de ingeniero lo ganó en una partida de naipes, expedido por una de las universidades más antiguas de América. El otorgante le agregó firmas falsificadas y sellos auténticos, porque era el secretario de la rectoría universitaria y conocía la ambición de los hombres que, incapaces de seguir una carrera y culminarla, no dudan en valerse de un diploma apócrifo para engañar o simplemente envanecerse.
Miro el cielo sin una sola nube y los campos resecos y de un amarillo enfermo, los cuerpos hinchados de los animales muertos de hambre y sed y las bandas de moscas enloquecidas por el festín de la carroña, y poco a poco voy entendiendo. Noventa y tres días sin llover, sin una miserable garúa o el alivio pasajero de un chubasco que bendiga al atardecer. Quizá lo mejor sea quemarlo todo para que tierra y cielo se unan en una sola llama, en un calor de mil grados que consuma de una buena vez toda esta miseria. Menos de ochocientas hectáreas de campo inútil es todo lo que nos queda. Comparado con lo que tuvimos, es nada. Un territorio abrasado, sin un solo curso de agua que lo recorra, porque sus dos arroyos son dos tajos secos que viborean entre la hacienda moribunda a la que cada día remato con el Magnum. Y allá en el fondo, en un linde caprichoso y mal alambrado, duerme la vía por la que no pasan trenes desde hace un cuarto de siglo, los hierros calientes que una vez el irlandés ayudó a tender, muchísimos años atrás.
Habría que pensar muy bien en cuándo empezó el desastre, la conjunción ciega de factores que habría de llevarnos a la ruina. Basta repasar los álbumes, las hojas marrones y los esquineros vacíos, las fotos descoloridas o su ausencia, las breves anotaciones al pie, con una fecha y nombres que hoy nada significan. Me pregunto quién fue el que arrancó esos testimonios y los hizo desaparecer para cualquier historia que merezca contarse sobre nuestra derrota.
Estaba escrito sobre la frente de cada uno de nosotros que no podía ser todo tan fácil y ni siquiera el miedo nos ha servido de refugio, aquel miedo irracional que aprendí y perfeccioné desde muy joven y que se ha ido limando, gastando por inútil. Ahora mismo me habita la antigua convicción de que todo pudo evitarse: el vanidoso esplendor, las muertes absurdas, el desperdicio y la ceguera del orgullo. Pero aquí, en esta tierra quemada donde todo se consume como en un horno, necesariamente debe estar el origen de la desventura. Aquí, o en las hectáreas primordiales y codiciadas en las que el irlandés se afincó, para reiniciar su vida y abandonar esa existencia anterior, en la que erró como un fanático trazando caminos de hierro que eran como tentáculos nacidos de su propia fiebre de traslado. Una de las últimas vías que instaló lo trajo hasta las cercanías de la estancia de don Gedeón y vio su oportunidad. Entonces era un nómada que dormía en los vagones que él mismo hacía avanzar, porque los ingleses se habían tragado el título falso y las historias del ferrocarril de Antofagasta. A los gringos les bastaba su aspecto, el idioma común, casi sin trazas de acento dublinés, y la osadía con que era capaz de manejar la dinamita. Imagino, porque en realidad no se sabe mucho de aquellos años, que en eso radicaba su poder, en esa decisión para instalar el hierro y los durmientes que permitían mover el ferrocarril hasta donde el gobierno, los estancieros y Londres lo necesitaran.
En el siglo que moría, el irlandés llegó a estos parajes trabajando para la Midland Railway —una de las compañías inglesas que competían por el tendido de vías y la explotación de los trenes que corrían sobre la firmeza de esos rieles— y luego de agotados sus afanes exploratorios, terminado el furor de los explosivos y la complejidad de cálculos topográficos y agrimensuras, se propuso elegir mujer y finca para establecerse, de preferencia ricas ambas. Conoce por entonces a la desgraciada del tajamar, a la maestra desprevenida y enamorable, única heredera de campos que para cruzarlos había que cabalgar dos días sin parar. Se debe de haber bañado, el gringo calculador, y usado agua de olor, y afeitado con esmero con una navaja recién asentada. Debió colocarse el cuadrito con el título falso debajo del brazo, como un salvoconducto a lo respetable, y gastado unos pocos pesos en algún regalo adecuado a la visita: cigarros de hoja para don Gedeón y flores para la futura víctima, la hija del poderoso hacendado. Manejando el charrete con decisión y optimismo, recorrió el camino con la alameda que llevaba a la casa familiar, dispuesto otra vez a mentir y a conquistar. Tenía entonces más de treinta años pero no había olvidado del todo la emoción de la dinamita.
El menor
Los senos de madre se agotaron tras seis partos previos —antes que yo nacieron mellizos que murieron prematuramente, a las pocas horas, por insuficiencia respiratoria— y sus pezones se recubrieron de una extraña alergia, por lo cual fui amamantado por una nodriza venida desde el campo e instalada en la casa para alimentarme y cuidarme. Contra lo que pueda pensarse, mi ama de crianza no fue una matrona gorda y avezada, sino una muchacha muy joven —casi una niña—, cuyo hijo —nacido apenas meses antes que yo— compartió conmigo su leche y sus mimos.
“En esa leche alquilada le pasaron la derrota, las ganas de no hacer nada, el diletantismo, en suma”. Esa era la típica reflexión de padre para todo: encontrar las causas por fuera de los procesos que las encadenaban y no como aspectos intrínsecos a tales procesos. Por ejemplo, según su opinión, el pueblo alemán no había tenido responsabilidad alguna en el desastre de su nación, así como los partos previos de madre en nada habían incidido en mi consumo de leche ajena. Ese razonamiento inmediatista era parte de su talante suficiente y de cierta actitud prescindente que lo llevó, en aquel 7 de mayo, a festejar el triunfo de los Aliados en el Jockey Club, antes de velar mi primer sueño en compañía de madre. Como complemento de ese primer desdén, ocurrente e imbuido de los aires triunfalistas de la hora, me impuso el nombre que todavía hoy detesto: Víctor, con el agregado de otro no menos infeliz, Rodolfo. ¿Acaso —juegos mentales involuntarios— quiso expresar en realidad Víctor Adolfo? ¿Victoria sobre Adolfo Hitler, el monstruo suicidado junto con su amante en el búnker subterráneo? Alguna vez se me ocurrió esa interpretación tras concluir que el nombre Rodolfo no aparece una sola vez en mi árbol genealógico, como tampoco figura Víctor.
Como sea, Víctor Rodolfo siempre me sonó cursi, apresurado, ridículo. Ese es mi inicial motivo de desacuerdo con el proyectado destino: nadie que crea que su nombre es inadecuado puede aceptar todo lo que sea posterior a tal condena. Por obvio que parezca, no elegimos cómo llamarnos y esa es la primera arbitrariedad que debemos soportar. Corrijo: la segunda, porque la primera es nacer, ya que nadie lo pide.
De manera que crecí con la incómoda sensación de llevar unos nombres que no me agradaban. Ya mayor, habría de buscar en su etimología el significado original de esos nombres que aborrezco. Obviamente, el origen latino de Víctor remite a “victorioso” y confirma mi idea inicial de que me fue impuesto por el día en que nací. En cuanto a Rodolfo, su origen es germánico y completa o insiste en el significado del anterior: “el que gana la batalla” o —y esto es notable— “el lobo solitario” y también “el lobo sabio”. Algo de eso terminaría siendo, como habrán de enterarse si siguen leyendo. Pero todos esos significados que pudieron halagarme carecían y carecen de sentido en el mundo real, porque la mayoría de la gente los ignora. Es decir, no somos valorados por el significado de nuestros nombres, sino por nuestra mayor o menor fortuna en llevarlos. Alguien llamado, por ejemplo, Julio César, no recuerda con su nombre al general romano y no se beneficia en modo alguno de su resonancia y grandeza original. El nombre no hace a la cosa ni a la persona.
Como módica redención, siempre busqué ejemplos de otras víctimas de mi nombre como forma de sobreponerme: Victor Mature, el mediocre actor con gesto de estar oliendo siempre cosas desagradables; Victor Laszlo, el héroe cornudo del film Casablanca, o Victor Hugo, el gran escritor francés, autor de una de las novelas preferidas de padre, Los Miserables, cuyo apellido era utilizado con frecuencia en estas tierras como nombre de pila, generando una combinación funesta. La guía telefónica me ilustró sobre otras variantes que al menos aportaban la chance de que el atroz Víctor se ubicase en segundo término, y que los Luises, Pablos, Eduardos y Juanes terminaran tragándoselo hasta convertirlo en una misteriosa inicial seguida de punto o, por fortuna para los nombrados, borrándolos por completo del uso. En cuanto a Rodolfo, jamás lo utilicé y nadie pudo llamarme de esa manera sin correr el riesgo de que no me diese por aludido. Sé que por los años veinte estuvo de moda gracias al ídolo del cine mudo: Rodolfo Valentino. Es con toda evidencia un nombre asociado a macrós, a galanes de radioteatro o a cantantes de boleros. Del nombre deriva una apócope o un sobrenombre afeminado: Rudy. Entonces, ¿cómo llegar a ser alguien en la vida llamándome Víctor Rodolfo? O, visto desde otro ángulo: ¿cómo no ser un perfecto fraude a partir de ese nombre? Padre pensaba que había sido la leche, pero la culpa la tuvieron los Aliados.
Ya adolescente, tuve la oportunidad de encontrar una versión superior de mi desdicha. Fue en el liceo y se materializó en una profesora de ciencias naturales que, habiendo nacido en 1918, fue bautizada Victoria Aliada. En ese momento —descubrir ese nombre completo fue una revelación—, me asistió el consuelo de saber que la artera crueldad de sus padres había superado la de los míos. El plural incluye a madre, que por omisión no desbarató la ocurrencia de padre de unir esos nombres penosos que me obligaron a llevar de por vida.
Mis otros hermanos se llaman —o llamaban, ya que algunos hoy están muertos— Daniel Esteban, Luis Ernesto, María Mercedes, Fernando Eloy y Laura Constanza. Nunca supe quién de mis padres eligió cada uno de esos nombres, esas combinaciones que parecen salidas de uno de los radioteatros que yo escuchaba en la enorme radio que había en el living de Carrasco, antes que la desplazara uno de los primeros televisores que se importaron en el país.
En relación con los nombres de mis hermanos, impulsado por la curiosidad he podido indagar en sus significados, sin que por ello atribuya una intención deliberada de mis padres en su elección. No obstante, me resultan asombrosas las resonancias de esos significados por su vínculo con aquellos a quienes nombran.
Daniel Esteban, el primogénito, combina dos nombres muy fuertes por su etimología y significación: Daniel es un nombre hebreo y se forma por las palabras “dan” y “el”. “Dan” quiere decir “ley” en hebreo y por extensión “justicia”. En tanto que “el”, es una forma semítica que convierte a “Daniel” en una especie de nombre divino, cuyo significado es “Dios es mi juez”, nada más ni nada menos. De paso debo decir que Daniel es también el primer nombre de padre, su segundo Fernando y el tercero Joan, como seña del origen catalán del apellido. Con relación al Esteban que acompaña al Daniel de mi hermano, el hallazgo de tal elección no pudo menos que dejarme pasmado ante tanta acumulación de grandeza. Proviene del griego stefanos (es decir, coronado); por lo tanto, Esteban significa “victorioso”, apropiado sin duda para completar esa especie de divisa que, consciente o no de ello, ostenta mi hermano mayor desde la firma: “Solo Dios puede juzgarme y en la vida soy un ganador”.
El nombre regio del siguiente hermano en orden de edad fue Luis —muy reiterado en la rama paterna de la familia— y de extendido uso en Francia —vinculado a reyes—, escrito como Louis, y también en Alemania, bajo la variante Ludwig. Luis quiere decir “ilustre en el combate o en la batalla”; por lo tanto, está asociado al quehacer guerrero. A Luis se le agregó Ernesto, de origen germano y también inglés, cuyo significado es “serio” o “perseverante”. Otra combinación fuerte y cargada de significados, que parece aludir a una especie de plan muy bien urdido para que los nombrados cargasen con un sino onomástico preestablecido. Sin embargo, ese nombre, robusto y cargado de promesas bélicas y perseverancia, a la larga no iba a proteger de manera cierta al malogrado Luis Ernesto, como verán después.
Mi hermana mayor lleva uno de los nombres de la madre de padre, mi abuela María de la Concepción. María es de origen hebreo y deriva de Myriam, cuyo significado ha sido muy discutido y una de sus posibilidades es “la excelsa” o “eminente”. En cuanto a Mercedes, forma un compuesto con María y el nombre original es María de las Mercedes, muy castellano y vinculado al concepto de “merced” o premio otorgado por el rey a un vasallo. Creo que esta elección de mis padres fue un extraño anticipo, que dio a mi hermana el nombre que a la larga iba a merecer y que le calzaría como un guante. Cuando trabajó en televisión se ganó rápidamente el sobrenombre de “Marucha”, inventado por los productores del programa, quizá para aliviar el peso de los apellidos en ese medio tan popular.
En el caso de Fernando Eloy, el primero de sus nombres es bien hispano, aunque su origen es germánico, producto de una combinación que aúna la idea de paz y libertad, con la de audacia y temeridad. De alguna manera es lo que él habría de buscar en su vida, aunque por caminos equivocados. En cuanto al Eloy que lo sigue, su origen latino y francés remiten a un significado también muy fuerte: “el elegido”. Por lo que sabemos, nunca se sintió elegido para nada.
Cuando indagué en el significado de los nombres de mis hermanos, Laura Constanza no estaba ya entre nosotros. Para ser breve con su memoria: su primer nombre es latino y proviene de “laurel” y también connota el significado de “victoriosa” —vaya insistencia de mis padres sobre ese término—. En cuanto a Constanza, lo único que sé es que así se llamaba una hermana de madre, que murió de niña y recibió ese nombre en recuerdo de Constanza de Aragón, hija de Alfonso II el Casto. Mucho gusto, me dije cuando me enteré, y con ese nombre culminé mi pesquisa.
La conclusión más inmediata de mi tarea fue que, de manera deliberada o inconsciente, nuestros padres habían abrumado a su prole con designios de victoria, de firmeza, de audacia, de temeridad; se pretendía que fuéramos excelsos, elegidos, laureados, y tuviéramos a Dios como único juez. Pero, como acabo de apuntar, el nombre no hace a la cosa, de la misma manera que las personas no escapan al efecto inverso.
Tuve desde el nacimiento apellidos importantes —que prefiero no mencionar—, unidos a dos nombres que he calificado en exceso. Esos apellidos —en especial el de padre— significaban comercio y dinero, negocios diversos que abarcaban varios sectores económicos, empresas consolidadas, influencia y poder.
Por vertiente materna, recibí la sangre irlandesa, mezclada con ascendientes ibéricos cuyos apellidos pueden rastrearse hasta la España de la Reconquista por el lado de mi bisabuela materna, y que casi dos siglos después reaparecen en América con la grafía alterada. El costado irlandés de la familia remite solo a mi abuelo; el resto de esa rama permanece ignorado porque ese hombre irascible, aventurero y misterioso no reveló nunca detalles sobre lo que había dejado en su Irlanda natal, apenas mencionó alguna vez a sus padres y a dos hermanas a las que nunca más vio. Su pasado es un enigma, y el tiempo que vivió en el país, un cúmulo de leyendas y versiones que acrecentaron su aureola de maldito para la familia.
La rama paterna nace en Cataluña y se une con blasones castellanos caídos en desgracia tras las guerras napoleónicas, hasta desembarcar en el Plata con una mano atrás y otra adelante. Por ese lado me han precedido músicos y comerciantes, aventureros y marinos, mercenarios y ludópatas, pero al final, instalados en estas tierras, los que llegaron luego de cruzar el océano no se ocuparon de otra cosa que de hacer dinero.
Mi insistencia en esa genealogía difusa solo pretende ser el preámbulo de los hechos que han definido mi existencia como un largo proceso de oposición y ajuste de cuentas con lo inevitable. He mencionado el afán de ser uno más como proyecto, alusión que no concuerda con la visión que padre pudo tener sobre la lenta y minuciosa renuncia que he construido con obstinado rigor. Él veía —vio, indudablemente— mis aspiraciones como una inaudita traición al sino familiar, al modus vivendi sobre el que solía perorar. Que su sexto hijo viviese en una casa de inquilinato, en una pieza antigua y desprovista, era, desde su visión materialista y conservadora, un p
