Prólogo
En la sala 31 de la Galería Nacional de Retratos de Londres, algunos policías discuten en voz baja. Una mujer vestida de negro camina en tacones de un lado al otro mientras habla por su móvil. Los murmullos de los intercomunicadores interrumpen por momentos el silencio que sume en un ambiente de tristeza todo el lugar. El olor a químicos recuerda la entrada a un quirófano recién desinfectado, los trabajadores con bata blanca que siguen recolectando huellas hacen que la imagen sea aún más angustiante. Una joven de cabello rubio llora con discreción, sentada en un banco de observación, mientras un hombre parado detrás de ella le da palmaditas en el hombro.
La pared empapelada en color musgo exhibe un espacio vacío al que todos miran; con preocupación, algunos; con desconcierto, otros. Un policía que parece más preocupado que todos los demás se acerca con paso lento a la chica llorosa.
―Lara, ¿no?
La joven se limpia las lágrimas, inspira y levanta la mirada. Sus ojos azules brillan con intensidad y con ellos muy abiertos intenta erguirse ante la autoridad que la aborda con voz firme.
―Sí, Lara Johnson.
―Puede irse. Cerraremos la sala, si necesitamos hacerle más preguntas sabemos dónde contactarla. Y a usted, señor... ―vacila, toma la libreta en sus manos y busca en ella hasta que por fin continúa―: Taylor, señor Taylor. Gracias por acompañar el proceso. Estaremos en contacto. Supongo que usted se encargará de informar a la prensa...
―La prensa no debe saberlo... no aún.
―¡Buena suerte con eso! ―responde señalando a un chico con anteojos que se asomaba a la sala con una cámara al hombro, mientras una joven de cabello corto y vestida de traje rojo se abría paso, micrófono en mano, desafiando a los policías.
Joseph Taylor se dio vuelta y sus ojos se abrieron con incredulidad. Miró de nuevo al policía buscando apoyo, pero este se encogió de hombros y lo abandonó a su suerte. Joseph se pasó la mano por la frente sudorosa, observó con compasión a Lara, que seguía sentada en el banco viendo a la pared vacía, y dándole la espalda caminó hacia la entrada de la sala. Tendría que deshacerse de la periodista de algún modo.
―¿Han descubierto el robo esta mañana? ¿Qué es lo que se han llevado? ―gritaba la mujer de cabello corto extendiendo con su mano una grabadora pequeña todo lo que podía, atravesando a los policías que no la dejaban avanzar.
―Haremos una nota de prensa en breve, no podemos interrumpir el trabajo de la policía, ¿señorita...? ―respondió él con severidad.
―Andy, noticiero TVL. ¿Y su nombre es? ―continuaba ella mientras forcejeaba y hacía señas al joven de anteojos para que apuntara la cámara.
―Andy... no sé cómo ha podido colarse hasta acá, está prohibido el paso para no contaminar la escena. ¿Quiere ser usted sospechosa? ¿No? Les pido que por favor esperen la nota de prensa en el salón de comunicaciones junto al resto.
Joseph Taylor no era el más amable de los hombres de la ciudad, pero como museógrafo era uno de los más respetados. No se especializaba en las relaciones públicas, por eso sus superiores siempre dejaban que alguien más hablara con la prensa; por lo general ofendía con facilidad y hería la sensibilidad del más ecuánime con sus comentarios sarcásticos que más de una vez lo metieron en problemas. Solo estaba allí porque, a esa hora y con las circunstancias que transcurrían, no tenía alternativa. Por fortuna, la periodista se alejó de la sala y el lugar volvió a quedar en silencio. Lara seguía sollozando frente a la pared y Joseph miraba su móvil calculando la diferencia horaria con la República Dominicana. La llamada que debía hacer era inevitable. Gloria Arce tenía que enterarse por él.
Capítulo 1
Septiembre de 2023
Galería Nacional de Retratos de Londres
Al cerrar el ordenador, Joseph quiso dar por cerrado también el trabajo del día. Le dolía la cabeza y solo podía pensar en los correos electrónicos que tendría que leer al día siguiente. Esa mujer no pararía de regodearse por lo que había ocurrido, pero era mejor que lo supiera por él y no por las noticias. Sin duda los titulares llegarían al otro lado del mundo antes de que él despertara, si es que podía llegar a conciliar el sueño esa noche: «Se extravía importante obra de la Galería Nacional de Retratos de Londres». Ah, pero no... de seguro que usarían otros verbos, y ni siquiera era una obra tan importante. No lo describirían como un cuadro extraviado, asegurarían que había sido un vulgar robo, en un museo con tan altos parámetros de seguridad. Echarían la culpa a los funcionarios responsables, o irresponsables; es probable que usarían esa palabra, y entonces ella se alegraría. Habían tenido robos en museos de Inglaterra, por supuesto, pero jamás pensó que, con la nueva tecnología, las alarmas, los procesos, la certificación de calidad... Después de casi tres años y una inversión de casi cincuenta millones de euros en el reinaugurado museo, quién imaginaría que habría que preocuparse por estas cosas. Más de 200.000 piezas y no aparece justo una de las diecisiete obras que debían viajar. A solo días del embarque hacia Santo Domingo para la exposición intercultural, estaban todos metidos en un lío.
En aquel momento, estaba más fastidiado por tener que lidiar con Gloria Arce que con la pérdida del cuadro en sí, estaba seguro de que era solo un error. No podía hacer nada para evitar que la prensa divulgara la noticia, pero sin duda quería evitarla a ella. Y estaba todo el asunto de Lara, se había tomado como su responsabilidad lo ocurrido. Le había roto el corazón cuando escuchó su voz temblorosa al otro lado de la línea más temprano, esa misma mañana.
―Tienes que venir de inmediato. Temo que ha ocurrido algo terrible.
―¿Estás bien, Lara?, ¿te ha pasado algo? ―había respondido él, agitado, al escuchar a su antigua novia de secundaria con voz de ultratumba a las seis de la mañana.
―No soy yo, no me pasa nada, estoy bien, pero tienes que venir al museo. El retrato de sir Reynolds... no está. Ha sido una estupidez, lo han entregado a la persona equivocada. ¡Solo ven!
―Tienes que calmarte, Lara. Debe ser una confusión, el cuadro lo retiran mañana.
―¿Quieres escuchar por una vez, Joseph? ¡Te digo que se lo han llevado!
Joseph había colgado confundido. Se alistó tan pronto pudo y se apresuró en llegar a su lugar de trabajo, la Galería Nacional de Retratos. Trafalgar Square lucía aún desierto. No se detuvo como siempre en el Starbucks a por un cappuccino, y tan pronto salió del tube caminó apresurado a la entrada. Un discreto auto de policía estaba cerca de la puerta con las luces intermitentes, y los madrugadores más curiosos caminaban despacio por los alrededores intentando escuchar lo que sucedía. Subió de dos en dos los escalones, trotando como en sus mejores temporadas de atletismo, y en poco tiempo estuvo atravesando la puerta y mostrando su carné de empleado. Un policía lo interrogó antes de dejarlo pasar y entonces recorrió el primer piso hasta la sala 31. Lara lo esperaba en la entrada.
―Voy a perder mi trabajo.
―¿Lo has robado tú?
―¿Tienes ganas de bromear en un momento como este?, ¿tú, que no haces chistes nunca, quieres bromear hoy? Esto es serio, Joseph, te he dicho que no ha sido la empresa de envíos.
―¿Quieres explicarme lo que ha pasado?
Lara Johnson tenía el cabello rubio, muy corto, bordeando su barbilla. Ese día lo tenía atado en una imposible coleta que no alcanzaba a recoger los mechones más cortos que ocultaba tras las orejas con nerviosismo. De vez en cuando se le resbalaba una lágrima, aunque ella intentaba con todas sus fuerzas no llorar. Tomó a Joseph de la mano y lo condujo a una pared donde había varios cuadros pequeños. Un espacio vacío era evidente al lado de una placa dorada. Justo arriba había un cuadro de mayor tamaño que exhibía a dos hombres posando para un tercero que los plasmaba en un lienzo. Al lado de donde debía estar el cuadro extraviado, una columna de mármol exponía un busto delicadamente tallado. Lara apretó el brazo de Joseph, que sintió a través de su chaqueta el ardor de los dedos de la mujer que parecía temblar.
―Alguien ha puesto la hoja de rutas de mañana en la carpeta de seguridad de hoy. El guardia me ha llamado porque los de la empresa de envíos han venido a empacar una hora antes. Le dije que era un error, ya que los cuadros salían mañana, y le pedí que me pusiera al empleado al teléfono. Cuando volvió a la sala para buscarlo, no estaban ahí. Eran dos. Han salido sin aspavientos, uno ha dicho que volvía a buscar el material de embalaje en el transporte y el otro ha ido a cambiar no sé qué... el punto es que han salido por sus pies mientras el encargado hablaba conmigo. Cuando consiguió reaccionar, el vehículo ya no estaba en el área de carga. Vine de inmediato porque pensé que era un error, solo entonces notamos que el cuadro no estaba. No falta nada más, solo el retrato de sir Reynolds.
―Es un cuadro pequeño, cabe en cualquier maletín, incluso en una carpeta quedaría sin llamar la atención. Pero lo más probable es que la empresa de transporte se haya confundido... ¿Quién querría llevarse un cuadro sin importancia como ese?
―Alguien que me quiera fastidiar el trabajo... alguien que nos odie lo suficiente... de esos hay más de uno en este país.
―Pensé que no haríamos bromas... Escucha esto, debe ser eso, una broma. No tiene sentido.
Mientras los dos se debatían en una infructuosa discusión, un par de policías se acercaron. Habían estado interrogando a los guardias y ahora se aproximaban con exagerado sigilo. Uno de ellos, de barba y estómago prominentes, anotaba algo en una libreta o por lo menos fingía hacerlo, mientras el otro lo seguía.
―Soy el sargento Pearson ―dijo el policía con barba, dirigiéndose con seriedad a Joseph―, el equipo de toma de huellas ya está en camino. Estamos revisando las cámaras. Usaban mascarillas, así que no será tan fácil identificarlos. Por lo que dicen los guardias solo eran dos y se marcharon en menos de diez minutos. Habrán recorrido la sala muy aprisa como para salir en ese tiempo. ¿Han tenido casos así? Señor... ―continuó, esperando que Joseph terminara su oración y respondiera su pregunta.
―Joseph Taylor, museógrafo. Soy el responsable por el momento. El director del museo está en una conferencia en Dublín y no regresa hasta la próxima semana.
―La señorita... ―dudó y hojeó su libreta―. ¿Johnson, cierto? Sí, la señorita Johnson nos lo ha dicho. Es la ¿curadora en jefe? Deberán disculparme, no soy muy de museos. ¿Me pueden explicar sus funciones aquí? ¿Quién estaba a cargo del traslado?
―Sí. Soy curadora en jefe, me encargo de seleccionar las obras de nu
