Rayos

Miqui Otero

Fragmento

cap-2

A veces se enciende la vida

Un prólogo para Rayos

1

El día que esta novela se publicó, en octubre de 2016, remonté la montaña de Montjuïc con un amigo para colarnos en el Museu Nacional d’Art de Catalunya y dejar detrás de los focos que bañan la ciudad, y que alumbraron esta novela, un ejemplar de Rayos.

Sin pasamontañas, y sin resuello, pero con las linternas de los móviles prendidas, subimos las escaleras de incendio y nos colocamos detrás de los armatostes unos minutos antes del arranque de los cañones de luz. Escuché, por primera vez, cómo despertaban: un ruido como de turbinas industriales hasta que, plas, plas, plas, plas, plas, se encendieron los cinco. Desde niño, me fascinan esos haces luminosos disparados hacia el cielo de la ciudad, que perforan nubes, para convertirse en mi batseñal particular, que me tranquiliza mirar cuando estoy en problemas. Al lado de esas fuentes de luz, leí un fragmento: «Los amigos son así, ¿no? Son como esa pareja de borrachos que camina de madrugada a gritos y con los brazos pasados por encima del hombro y en la que uno nunca sabe identificar si el que está en apuros, realmente perjudicado, el que lo necesita y no podría caminar sin el otro, es el de la derecha o el de la izquierda. O los dos. O los cuatro».

Y entonces, dejé el libro ahí. Cuando veo las luces en cualquier punto de la ciudad, o ahora que esta novela se vuelve a encender con esta reedición, pienso en ese ejemplar: si sigue en el mismo sitio, si ha resistido el envite de los años y del sol y de las lluvias. Y concluyo que sí, que seguro, ¿por qué si no cada cierto tiempo me escribe un lector para decirme que ha visto los Rayos en el cielo y se ha acordado de Fidel Centella y sus amigos?

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No soy yo. Insisto: Fidel Centella no soy yo. Aunque, como él, tengo diastema: entre las palas delanteras de mi sonrisa cabe una pipa. Aunque, como sus padres, los míos llegaron de Galicia a mediados de los setenta. Aunque el periodismo me sirvió para descubrir la calle y las poltronas, las miserias de los relatos amnesiados e invisibles y también los mecanismos del poder. Aunque, como él, viví en un enorme y caótico piso en el Raval rodeado de amigos. Aunque yo también quería, y quiero, ser escritor.

Rayos es mi novela más personal, eso sí lo admito. Si un día ardiera mi casa, con el único ejemplar de todas mis novelas dentro, sabría cuál salvar. Esto se lo preguntaron a Cocteau, mientras miraba con un amigo un edificio en llamas. «¿Qué salvarías?» «El fuego», dijo. Si yo pudiera salvar solo algo, salvaría Rayos.

Intenta rescatar la memoria familiar, mi pasado, y también la amistad, como promesa de futuro. La novela arranca con una escena: los cuatro amigos comparten una litrona en la Rambla del Raval, que acaba de inaugurarse con unas enormes lonas con fotografías multiculturales que tapan unas fachadas aún no reformadas. Esa imagen (la complicidad juvenil, la cuenta atrás del juego de la botella, las experiencias invisibles de la miseria detrás del solemne relato oficial, institucional) fue la primera intuición.

Luego, la doble salida de casa. Por un lado, la de mis padres, que emigraron en 1974 de la aldea gallega para encontrar una vida digna en la ciudad de Barcelona. Le regalé a mi padre una libreta para que anotara una especie de cuaderno de aquel primer viaje de más de mil kilómetros en el Seat 850 color aceituna. A mitad de camino, cuando pararon a cenar y pernoctar, le ofrecieron un postre llamado Pijama, del que él jamás había oído hablar. Ese postre dulcísimo y megalómano era algo así como el símbolo de modernidad de la tierra de promisión. Él lo escribió en la libreta y así aparece en la novela. Por el otro, el abandono del hogar familiar, para emanciparse, de Fidel Centella, el hijo y protagonista, que, como yo, padece de un severo problema de desorientación (se pierde hasta al lado de casa), así que la corta distancia que lo separa del piso de destino, donde vivirá con sus colegas veinteañeros, se convierte en una odisea. Dos épocas, dos distancias, dos experiencias aparentemente muy alejadas, pero en realidad íntimamente unidas. Montadas en paralelo, las dos salidas de casa no intentan solo contar dos épocas, sino que plantean un diálogo entre dos generaciones.

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Rayos es una novela de formación, sobre el paso a la edad adulta de un barcelonés que descubre al mismo tiempo las miserias de la vida y también las corruptelas de la ciudad. Pero es, sobre todo, una novela sobre la amistad.

Viví durante muchos años con mis amigos en ese piso de la calle Junta de Comerç, un breve pasaje donde se acumulaban hasta cuatro locales que ofrecían servicios sociales: el casal para niños en problemas, un local donde dispensaban metadona, otro que atendía a las posibles enfermedades venéreas. Arriba, en el piso, donde tuvimos claro desde el principio que las cucarachas tenían sus derechos (habían llegado antes que nosotros y allí seguirían después de irnos) y los ratones, su nombre (el más famoso se llamaba Claus), reinaba una especie de euforia del descubrimiento, las fiestas desencadenadas y los pitillos de la risa permanentemente encendidos (creo que en años siempre hubo uno prendido, algo así como nuestro homenaje a la llama olímpica). Abajo, en la calle, heroinómanos que llegaban a primera hora nerviosísimos, para resultar luego entrañables después de la dosis. El rellano olía a desinfectante y siempre acogía restos de papel Albal. El contraste de eso con nuestras ganas de vivir era mayúsculo. «Era una gran casa, porque teníamos grandes planes», escribió John Fante en Llenos de vida, una cita que encabeza uno de los bloques de la novela.

Allí, arriba, el día a día era una celebración de la amistad. Incluso la publicación de la novela, en el entorno fraternal de Blackie Books, fue parte de esta celebración. Antes, en el piso compartido, jugábamos todo el rato con el lenguaje, porque, lo dijo Breton: «Juegos de palabras cuando son las razones más importantes de ser las que están en juego». Cada uno de nosotros ofrecía un perfil diferente, que a mí me serviría luego para plantear los personajes de la novela: un guía turístico, un pintor de brocha gorda, un dependiente de videoclub. Acercaos, jóvenes, a mí, porque esto sucedía en los primeros años del milenio, así que, pese a que usábamos internet (robábamos el wifi de un piso vecino, de un tal Jerome), no teníamos móviles inteligentes (para listillos ya estábamos nosotros), de modo que nos concentrábamos más en divertirnos y entender.

Allí escribí Hilo musical en el ordenador, y Rayos, en mi cabeza. Era cuando teníamos mucho que decir, pero poco que contar. Era cuando teníamos todo por hacer. Era cuando, como dice Robert Musil en una novela de formación muy favorita, Las tribulaciones del estudiante Törless, buceas y descubres lo que crees que son piedras preciosas y solo luego, al emerger, caes en la cuenta de que son cristales de botellas.

Aunque, en esa época, cuando no sabíamos diferenciar cosecha, crianza o reserva (es más: cuando prometíamos solemnemente que jamás sabríamos de vinos, porque nos parecía algo esnob y clasista), los cristales de botella al sol eran bastante más preciosos que una joya.

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En Hilo musical, en Rayos, en Simón, mis tres novelas de formación, algo así como una trilogía o una triple matrioshka, siempre hay la peripecia de aprendizaje individual, enmarcada en algún tipo de transición colectiva. Puede ser el boom del ladrillo o el paso de la euforia y fe acrítica olímpica al individualismo huraño de la crisis global y la época del atentado islamista en las Ramblas. En este caso, y ambientada como está en el Raval, se habla de la doble cara de la gentrificación, aún con trazas de miseria auténtica, pero también con la imposición de un moderneo de postín, y, en concreto, se hace a través del asunto del mobbing inmobiliario.

Si la novela de formación plantea el paso a la madurez a través de ritos iniciáticos íntimos o sentimentales, la novela obrera lo hace a través de la toma de conciencia de clase en el trabajo. En Rayos operan esos dos cambios. El segundo Fidel Centella lo descubre gracias a su curro como becario y redactor de información local en el periódico La Verdad, donde conoce a Bárbara, mi personaje femenino favorito, que me hace sonreír cada vez que pienso en ella, con su cleptomanía y humanidad. Yo también trabajé unos añitos escribiendo reportajes con fuentes en las asociaciones de vecinos, los activistas e incluso los que vivían en la calle. En esa época, cuando pensaba que estaba infravalorado, incluso llevaba al trabajo una chapa en la americana donde ponía: «No me pagan por pensar». Era bastante más presuntuoso que Fidel Centella.

Como él, asistí a partidos de fútbol sala entre mendigos sin techo y trabajadores del Ayuntamiento, cubrí protestas de todo tipo de los vecinos, descubrí los secretos de la zona alta y adinerada de la ciudad y me especialicé, conociendo a sus principales héroes, en el mobbing inmobiliario: las tácticas de los fondos inversores y propietarios sádicos (sabotear la vivienda, llamar por teléfono de madrugada, cegar con cemento pisos para acumular basura, cortar los cables del ascensor) para echar a inquilinos de renta antigua, con el fin de reformar los pisos y alquilarlos y venderlos (y con ellos, la ciudad) a precio de uranio enriquecido.

Creo de verdad que la gran mayoría de problemas de este país están relacionados con la vivienda. Y yo tenía la oportunidad de vivirlo y contarlo. En una comida de los periodistas con el entonces alcalde de la ciudad, le pregunté por la extraña convivencia en el Raval, sobre sus problemas ocupacionales y de marginalidad, y me contestó: «Esto se solucionará por la vía sexual». Supongo que se refería a romances entre diseñadoras suecas y dependientes de colmados pakistaníes. «Pero esto no lo escribas jamás, ¿eh? Prométemelo», me dijo. «Sí, lo prometo», contesté. Bien, lo encontraréis en una escena de esta novela, ahora reeditada por si las moscas.

Y 5

Así que, por todo ello, esta es la novela que salvaría de un incendio, y por lo mismo dejé un ejemplar en la montaña. Si alguna vez arde todo, subiré allí a por el ejemplar de seguridad, porque «no nos gusta la cobardía. Nos gusta la valentía de los que aceptan su cobardía».

En esta novela cuajó el estilo con el que me gusta escribir: alguien que está muy triste y que, a pesar de ello, intenta sonreír y lanzar un chiste. Un amigo al que ves destrozado y le dices qué te pasa y te contesta nada: escribir sería contar todo lo que pasa cuando parece que no pasa nada.

Ahora, rebasados los cuarenta, «en la mitad de la vida, con la senda derecha ya perdida», que diría el divino cómico, no me siento tan diferente. Hoy, por ejemplo, voy a la obra navideña del colegio de mis dos niños y recuerdo, como muchas otras veces, la novela: «Y me doy cuenta: los Rayos somos como esos niños que interpretan a personajes adultos en una función escolar de fin de curso. Los bigotes de pega, las gafas falsas, pisándose sin querer las perneras de pantalones demasiado grandes y secándose los mocos con las mangas de americanas con hombreras exageradas. Por eso son torpes, excesivos, melodramáticos. Lloran demasiado en las escenas tristes y ríen demasiado en las cómicas, incluso en las que no tienen gracia. Están actuando: son niños interpretando el papel de adultos. Todo les viene grande».

Todo, siempre, nos viene grande, y la paradoja es que lo que nos viene grande (las preocupaciones, los problemas, la vida) es cada vez mayor, más insalvable. Fidel Centella, como algunos lectores, mira los rayos en el cielo cuando se siente perdido. Yo, si estoy en mi casa, abro esta novela, que acabas de estrenar tú, titulada Rayos. Espero que te encienda.

MIQUI OTERO, Barcelona, viernes,

15 de diciembre de 2023

0

LA ENTRADA

Si me muevo, estoy perdido

El hombre no avanza nunca tan seguro como cuando no sabe a dónde va.

OLIVER CROMWELL

Si me muevo, estoy perdido. Por aquí no, pero por aquí tampoco. Quiero entrar, pero sé que va a ser complicado.

Cuando enfilo la izquierda, sé al cabo de unos pasos que me he equivocado. Si, con la vaga superstición de quien lanza una moneda a una fuente para pedir un deseo, opto por la derecha, caigo en la cuenta de que camino en dirección opuesta a mi destino cuando apenas han pasado unos instantes. Si hago lo contrario de lo que mi intuición anémica ordena, si mis pasos contradicen el impulso tarado de mi cerebro, tampoco habré escogido bien: la derecha será la izquierda, la izquierda se convertirá en la derecha, se invertirá el curso de los ríos y el sentido rotatorio de la Tierra solo para que yo tome conciencia de que jamás, nunca pero nunca nunca, elegiré el camino adecuado.

No nos gusta la cobardía. Nos gusta la valentía de los que aceptan su cobardía. Queremos escuchar historias de tipos que se pierden porque sus descarríos son muy parecidos a la lluvia que repiquetea en la ventana: fuera los rayos, los relámpagos, el trueno, la ciudad charolada por la tormenta; pasamos la página del libro, parpadea la luz de otros telediarios, silba la cafetera, arropamos con la manta a la persona querida, a nosotros mismos, y pensamos que en todo momento, siempre pero siempre siempre, hay alguien peor allá fuera. Yo, rascándome la coronilla en alguna rotonda remota.

Así que me presento: soy Fidel Centella y, francamente, no sé cómo he llegado hasta aquí. Para poder orientarse uno necesita memoria e imaginación. Me sobran ambas y por eso escribo, aquí y en el periódico barcelonés La Verdad, pero ahí van algunos de mis rasgos: desorientación, dentadura con diastema (entre mis palas delanteras cabe una pipa), hipocondría. Mi hipocampo tiene el tamaño de una pasa y yo me siento aún más pequeño cada vez que me pierdo. Cada vez que me muevo. Cada vez que salgo de mi casa. Soy el buzo en la copa del árbol y el tuareg en un pico de los Urales. ¿Más? Soy el cazador inuit de Igloolik, en el Ártico canadiense, que ahora mismo achina sus ojos en el Serengueti, preguntándose por qué esta nieve es marrón y por qué este frío quema. Soy, también, el gaviotín que recorre diez mil kilómetros durante noventa días para acabar en Groenlandia, cuando se supone que debería estar en la costa africana.

Porque, estoy harto de confesarlo, soy incapaz de conectar distancias, direcciones y puntos de referencia. Mi información somatosensorial me la entrega un doble espía con ganas de gresca: siempre confusa, siempre falsa. Los pasillos de un hotel son tan indescifrables como la estepa siberiana. ¿Y los mapas? Son cuadros de expresionismo abstracto.

Orientación. Orientación médica. Orientación laboral. Orientación al cliente.

Mi otra tara: teclear palabras en internet y dejar que el autocompletador del buscador dispare mis hipocondrías.

Así que seguidme, conozco el camino. Esto es una broma. Todo es una broma, incluso lo más grave, precisamente lo más grave, lo es. Esta me la hacen mis amigos. Me la sueltan Iu, Brais y también Justo. Me rebasan, imitan mi marcha festinante, los hombros apuntando al suelo donde está fija la mirada, y gritan: «¡Seguidme, conozco el camino!». Y se ríen. También me dicen: «¿Dónde está el mar?». Me lo preguntan en cualquier punto de la ciudad, a cualquier hora del día: «Señálame el mar, Fidel». No sé dónde está el mar y tampoco la montaña. Joder, no sé dónde estoy yo. Durante mi infancia en el Colegio Amarillo, cuando despertaba la curiosidad científica de los psicólogos más esforzados, completaba los tests de rotación espacial más a voleo que los resultados de la quiniela de Segunda B. Cuando jugábamos al escondite y debía ir al encuentro de mis compañeros, eran ellos los que acababan buscándome a mí. Cuando éramos adolescentes y jugábamos a la Botella Volante (quien bebía el último pagaba la siguiente) en la recién estrenada Rambla del Raval, mis amigos añadían: «Te doy un trago si me dices cómo se llega a Valladolid desde aquí». Y seguían: «Si Fidel sale de Barcelona a las cuatro de la tarde y un tren sale de Valladolid a las cinco... ¿cuándo y dónde se encontrarán?». Nunca. Siempre.

Desorientación. Desorientación espacial. Desorientación existencial. Desorientación al despertar. Desorientación letra.

Las personas como yo, con un sentido de la orientación artero, con una topographagnosia que me aconseja abrigando los más viles desenlaces, con una capacidad para trazar mapas cognitivos nula, suelen recluirse. Les da miedo moverse, porque de repente están perdidos. Un pestañeo y algún tramoyista cabrón ha movido todo el decorado. Las personas como yo, digo, suelen replegarse, sumergirse en libros y discos, limitarse a pisar los escasos metros de su habitación donde pasa todo y donde nada sucede. Y, sin embargo, me muevo. Y, sin embargo, mis lazarillos son los Rayos. Los rayos de luz que nacen de los focos colocados detrás del Museo Nacional de Arte de Catalunya, en la montaña de Montjuic, y también los Rayos, mis amigos. No sé a dónde voy si ellos no me acompañan. Sé que la tormenta llega cuando ellos me la anuncian. Sé que sin ellos no sabría a dónde ir. Sé que sin ellos, sin los Rayos, estaría perdido.

I

RELÁMPAGO

La ruleta de los Rayos, 2000

—Sí, el tiempo se hace muy largo —repitió su mujer.

—¿Y cuándo no? La venganza y la justicia exigen mucho tiempo. Es lo que ocurre siempre.

—Pues no es mucho el que hace falta para que a un hombre le fulmine un rayo —dijo Defarge.

—¿Y cuánto tiempo es preciso —inquirió Madame, imperturbable— para que se forme y acumule el rayo? Dime.

CHARLES DICKENS,

Historia de dos ciudades

—¿Cuánto nos queda?

—Depende de cómo nos lo tomemos.

—¡Pero si acabamos de empezar!

—Nos queda todo.

—Los sorbos de dos segundos, que luego vienen los problemas.

—¿Sabéis por qué los hombres prehistóricos inventaron la cerveza?

—No.

—No.

—Sí, Fidel. Para emborrachar a las mujeres prehistóricas.

Aquello era un campo de nabos. Como esto.

—Lo hicieron porque, si repartían carne, tenían que cortar trozos iguales y siempre se liaba parda.

—Dos segundos, Justo.

—Así que preparaban birra en ollas enormes y se llenaban los cuencos cuando querían.

—Pero la olla también se acababa, Fidel. Como la botella: pásala ya.

—¿Por qué están tan contentos?

—Van taja.

—Los guiris esos no, joder, los de las fotos esas enormes que han puesto en las fachadas de la Rambla.

—Sonríen porque no tienen ni puta idea de lo que les está diciendo el fotógrafo, ¿no ves que no son de aquí? No saben qué coño pasa, por eso se ríen. Es una sonrisa incómoda.

—Es una calma tensa. Fidel, ¿qué es eso que tienes en la mano?

—Ahora

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