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El día en el que enloquecieron las mariposas

Raquel Gil Espejo

Fragmento

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Capítulo 1

Nieves se resistía a dejarla hacer ese viaje. Cosme, en cambio, y como de costumbre, continuaba consintiéndola. Berta lo sabía. Era a su padre a quien debía engatusar. Su estrategia nunca fallaba: sonrisa de oreja a oreja, mirada suplicante, un «por favor» en cadena y un buen número de arrumacos eran más que suficientes para ganarse su favor.

Así consiguió embarcar en un avión que la llevaría rumbo a Milán. Lo hizo en compañía de Carmiña, su mejor amiga. Era la primera vez que esas dos jovencitas, que se conocían desde niñas, salían de su tierra natal, la región de Dumbría. Ambas eran naturales de Ézaro, uno de los parajes con más encanto de toda la geografía gallega, o eso era lo que ellas repetían y se decían una y otra vez.

Un taxi las trasladó desde el aeropuerto hasta el encantador barrio de Navigli, donde se alojarían. Carmiña se había encargado de reservar una habitación doble. No deshicieron las maletas. El tiempo era oro para ellas. Se atusaron el cabello frente al espejo del baño, se retocaron el carmín, y se dispusieron a patear la ciudad. Lo tenían todo planificado. Siguiendo ese plan maestro que habían ido fraguando sobre una de las mesas del bar Sol e Lúa, propiedad de Cosme y de Nieves, que se ubicaba en pleno paseo marítimo de Ézaro, se digirieron hacia la que estaba fijada como su primera parada: la Catedral.

Una hora más tarde, y maldiciendo ese infalible plan, aquellas dos amigas deambulaban por las calles de Milán, mapa en mano, y con la aplastante sensación de que nunca alcanzarían su destino. Se suponía que debían seguir una línea recta pero, en algún momento, se habían desviado de la senda trazada.

—¿No estás cansada de dar vueltas?

—Muy cansada... Será mejor que pidamos ayuda —sugirió Berta—. ¿Qué tal tu italiano?

—Nulo. —La intención de Carmiña no fue otra que la de escurrir el bulto—. ¿Y el tuyo?

Berta resopló antes de responder.

—No mucho mejor.

—En ese caso... Debes ser tú quien lo intente.

—¿Por qué siempre me toca a mí? —se lamentó Berta, y en sus expresivos ojos castaños cobró vida un halo de resignación.

—Porque eres adorable, ya lo sabes.

Le sonrió Carmiña.

—Y tú, una aduladora. —Berta sacudió la cabeza, sonrió a su amiga, y pasó a centrar toda su atención en los alrededores—. ¡Lo tengo! —dijo en voz alta.

A continuación, echó a andar. Carmiña la seguiría unos pasos por detrás.

Su objetivo acababa de salir por la puerta de lo que parecía un hotel de lujo. Alto, trajeado y de espaldas a ella: era cuanto podía ver del hombre tras el que había comenzado a caminar. Pronto se dio cuenta de que, si quería alcanzarlo, debía acelerar el paso.

—Mi escusi, signore[1] —farfulló.

—¡Más alto! —escuchó decir a Carmiña.

—¿Será...? —Berta carraspeó antes de volver a intentarlo, y alzó la voz—. ¡Mi escusi, signore!

No sería su llamamiento, sino el roce de su mano sobre su espalda, lo que haría que aquel hombre se detuviera y se diera media vuelta.

—Ciao, signorina[2].

—Esto... ¿Ciao?

Al alzar la mirada, Berta se topó con unos ojos almendrados; impregnados, de manera magistral, de una tonalidad verdosa que la hizo sentirse en casa. Nunca había experimentado una sensación tan abrumadora. Berta trató de centrarse; pero, para lograrlo, antes debía conseguir que su pecho dejara de bombear de un modo tan descontrolado y tan inusual.

—Mia amica e io... Verá, noi andiamo a la Catedral...[3] —vacilaba, y en sus labios empezaban a entremezclarse el italiano y el español.

—Eres española, ¿verdad? —le dijo ese misterioso hombre en un perfecto castellano.

—Sí.

Berta le dedicó una bonita y nerviosa sonrisa que él respondería con otra.

—Soy Fabrizio, ¿y tú eres...?

—Berta —se apresuró en contestarle.

—Berta —repitió, y a ella le pareció que en sus labios su nombre sonaba mucho mejor; más dulce—. Puedo acompañarte, si no te importa.

Berta asintió con la cabeza. Después, negó. Asintió y negó en bucle. Pese a aquel embrollo en el que se había metido ella sola, Fabrizio pareció entenderla.

—Por si te interesa, a mí me parece perfecto... Y, por cierto, yo soy Carmiña.

La joven de Ézaro decidió presentarse. Fabrizio, que solo tenía ojos para su amiga, no parecía haber reparado en su presencia.

A Berta se le erizó el vello de la piel nada más poner un pie sobre la Piazza del Duomo. Por muchas fotografías que hubiese podido ver, estar allí, en medio de siglos de historia, rodeada por algunos de los monumentos más importantes no solo de la ciudad de Milán, sino de toda Italia, no era comparable a nada de cuanto había vivido con anterioridad, con la salvedad de ese primer encuentro con Fabrizio, ese apuesto italiano que aún permanecía a su lado.

—Esta noche hay una fiesta. Yo estaré allí —le hizo saber.

—Iremos —le respondió Berta cogiendo la tarjeta que él acababa de ofrecerle.

—¿Iremos? —se sorprendió Carmiña; su pregunta no obtendría respuesta.

Berta tenía todos sus sentidos puestos en aquel que, designios del destino, se había convertido en su guía. A medida que él se alejaba, un miedo irracional, que nacía de la posibilidad de no volverlo a ver, se fue haciendo con ella. Desde ese instante, la Catedral y todo cuanto la rodeaba y le quedaba por visitar pasaron a un segundo plano.

Aquello no era algo prefijado con antelación. Carmiña y ella habían programado ese viaje al milímetro, desde el primer detalle hasta el último. No habían dejado ningún cabo suelto; sin embargo, todo acababa de cambiar, y lo había hecho así, de repente, tras una decisión tomada al azar. Fabrizio no entraba en sus planes. Ni él, ni nadie. Aquel, a priori, era un viaje solo para dos.

***

Mientras caminaba entre las naves de la Catedral, Berta se sentía incapaz de apartar de su mente la imagen de aquel atractivo italiano. Una sonrisilla tonta se dibujaba en sus labios cada vez que la evocaba. Apenas si escuchaba las palabras de Carmiña. Los grabados con matices aceitunados de las vidrieras le hicieron recordar su mirada, esa que a duras penas había conseguido apartar de ella.

Berta nunca había sido demasiado ducha en ese misterio al que llamaban amor, aunque sí lo suficiente para tomar conciencia, con el paso de los minutos, de que ese hombre la había mirado como nunca lo habían hecho. Lo había podido sentir. La expresión de sus ojos había llegado a turbarla.

La luz que se colaba a través de los ventanales no solo se reflejaba en sus paredes, dibujando inverosímiles trazos, sino que les confería una notoria y serena calidez que parecía acariciar su pecho. Tras vagar entre columnas; admirar sus imponentes altares, sus pinturas y retablos, y después de estremecerse al contemplar la estatua del martirio de san Bartolomé —en la que se mostraba al apóstol desollado vivo— o uno de los clavos que habían pertenecido a la cruz de Cristo, Berta subió los ciento sesenta peldaños que llevaban a la terraza; y lo hizo sin apenas darse cuenta.

Mientras tanto, Carmiña, algo más rezagada, lamentaba no haber tomado el ascensor. Berta sonrió al girarse para mirarla y ver su maraña de pelo rizado, de color chocolate, envolviendo su cara redonda, danzando al compás de sus pasos, esos que con tanta desgana se iba obligando a dar. Al hallarse en la cima de aquel coloso, rodeadas de agujas que habían sido coronadas por figuras de decenas de santos que quedaban a sus espaldas, se miraron y se sonrieron.

—Es impresionante —dijo Carmiña—. No me extraña que se tardaran seis siglos en construirla.

Berta asintió, aunque su mirada se había desviado para reposarse sobre la nieve que cubría la cima de los Alpes. Aquella visión hizo que su mente volviera a refugiarse en el recuerdo de Fabrizio y en su nívea piel. Sacudió la cabeza en un intento por dejarlo atrás y centrarse en disfrutar de las maravillas de las que estaba rodeada, de ese momento único, y de la siempre grata compañía de Carmiña.

Ninguna de las dos habría sabido precisar el tiempo que pasaron en aquel enclave, observando cada detalle, intercambiando impresiones, viendo muy de cerca la Madonnina —como era conocida en Milán—: la estatua dorada de la Virgen María que, desde el pináculo más alto, dominaba toda la plaza. Aquellas dos amigas de Ézaro se sintieron muy pequeñitas entre tanta grandeza.

***

Al caer la noche, y haciendo a un lado el cansancio después de un largo día siendo lo que eran, dos turistas más, se personaron en la fiesta que se estaba celebrando en uno de los pubs más exclusivos de la capital de la moda. Pese a que Carmiña habría preferido quedarse en la habitación del hotel, jamás habría permitido que su mejor amiga se adentrara sola en la noche milanesa. Sabiendo que nada la haría cambiar de parecer, terminó por resignarse y acompañarla.

En cuanto atravesaron la puerta, Berta se convirtió en el centro de atención de Fabrizio. Él tampoco había conseguido quitársela de la cabeza. En él, al igual que le había sucedido a ella, se había removido algo que, tal vez, en ese momento, ninguno de los dos era capaz de explicar.

***

Cinco días más tarde, tras recorrer las calles de Milán, visitando algunos de sus rincones más bellos —como la Galería Vittorio Emanuele II, el Palacio Real, el Teatro de la Scala, el Castillo de los Sforza o el Parque Sempione— y acabando en la iglesia de Santa Maria delle Grazie, frente a La Última Cena, de Leonardo da Vinci —una de las obras más famosas y admiradas del mundo—, Berta y Carmiña volaban de vuelta a España.

No hubo una sola jornada en la que, al ocultarse el sol, Berta y Fabrizio no hubieran sacado un tiempo para estar a solas. En uno de esos anocheceres, sus labios se habían encontrado por primera vez, y Berta había temblado entre sus brazos. En ese instante, tras ese primer beso, ambos habían tomado verdadera consciencia de sus sentimientos. Podrían negarlo, acallarlo o mirar hacia otro lado; pero ambos sabían que aquel primer encuentro, en una concurrida calle de Milán, había cambiado el curso de sus vidas. Los latidos de sus corazones los delataban. Sus miradas hablaban sin necesidad de emplear palabras. Esas risas nerviosas con las que se hacían acompañar... lo decían todo.

Berta Ernau, de veinte años, se había enamorado de Fabrizio Morelli, de treinta. ¿Y qué podían importar esos diez años de diferencia cuando el amor había llamado a sus puertas y lo había hecho de un modo tan desvergonzado, sin pedir permiso, sin mostrar la más mínima consideración?

El lamento de Berta, que mantenía la mirada perdida, posada —tal vez— en alguna de esas nubes que se podían ver a través de la ventanilla del avión, daba buena cuenta del dolor ante la despedida. Ella, que nunca había creído en esos amores de películas, y menos aún en flechados o en Cupidos, regresaba a casa y lo hacía hecha un mar de lágrimas, dejando atrás al que creía el amor de su vida.

—Tranquila, Berta. Volverás a verlo —trató de animarla Carmiña.

—¿Y si no es así?

—Algo me dice que él vendrá a buscarte.

***

Y el vaticinio de Carmiña se tornó una realidad. Se cumplía una semana de esa despedida tan amarga, habían pasado siete largos y pesarosos días desde que Berta había regresado a su pueblo y la tristeza había fondeado en esos ojillos antaño vivarachos, cuando Fabrizio entró en un modesto bar de Ézaro, en el Sol e Lúa. Berta, que acababa de servir una mesa, se quedó paralizada al tiempo que su corazón dictaba sentencia. El italiano caminó en su dirección, le sonrió; y ella, sorprendida, emocionada, incrédula pero consciente de la imagen que tenía ante sí, no pudo reprimir un impulso. Lo rodeó por el cuello y lo besó en los labios sin importarle que Nieves y Cosme, sus padres, lo estuvieran presenciando todo.

—Has venido —le susurró, y su mirada se había impregnado de lágrimas.

—He venido para llevarte conmigo.

A Nieves le costó hacerse a la idea de que su única hija, a la que había amado desde el mismo instante en el que había sabido que una vida se estaba gestando en su interior, se marchara a vivir a Italia; pero entendía que, en cuestiones del corazón, no era justo poner impedimentos, y no sería ella quien coartara su felicidad, o no se lo habría podido perdonar nunca. Ella misma había elegido a Cosme años atrás, y nada ni nadie habría conseguido que no uniera su vida a la del hombre al que amaba.

Berta había tomado su decisión y ella no podía sino darle su bendición, por mucho que le doliera verla partir. El italiano, en un claro gesto de amor, había viajado hasta un remoto pueblecito de la costa gallega, y para Cosme, un hombre de una extraordinaria sensibilidad, ese gesto valía más que cualquier palabra, por muy empalagosa u ornamentada que esta pudiera llegar a ser o estar.

***

La despedida no fue fácil. No lo fue para ninguno de los tres; aunque no se trataba de un «adiós», sino de un «hasta pronto».

Fabrizio le prometió a Berta que todas esas lágrimas que la había visto derramar al dejar atrás a sus padres, a su tierra y a su mejor amiga renacerían convertidas en dicha. Él se encargaría de hacerla sentir la mujer más feliz del mundo. Esa era su intención y no pensaba faltar a su palabra.

Una mansión en Vía Vitrubio, una de las calles más exclusivas de la ciudad, se convertiría en su nuevo hogar. Fabrizio esperó a tenerla a su lado para confesarle que era copropietario, junto con Antonella Morelli, su hermana, de una cadena hotelera de prestigio con presencia no solo en Milán, sino en otras ciudades de la geografía italiana, como Roma, Bérgamo, Bolonia o San Marino. A Berta poco o nada le importó la posición del que pronto se convertiría en su marido. Se habría marchado con él de cualquier modo, aunque solo tuviera un puñado de monedas en el bolsillo. Así se lo explicó y él entendió que hablaba con la verdad, y con amor. Aunque sí hubo un reproche. Solo uno.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No lo creí importante.

Fue la respuesta de Fabrizio.

El italiano la cobijó entre sus brazos, le dedicó la más hermosa de las sonrisas y la besó con tanta dulzura que borró de un plumazo cualquier atisbo de duda, por pequeño que fuera, de la mente de aquella jovencita de cabello largo y castaño, de un marrón muy similar al que bañaba sus ojos.

***

Berta lo había hecho. Se había dejado guiar por el corazón. Lo había apostado todo a una sola carta. Lo había elegido a él. A sus veinte años recién cumplidos, se sentía una afortunada. El siguiente paso era convertirse en madre. Nunca se había planteado tener hijos, al menos no en serio, no con esa determinación. Sí Fabrizio, quien siempre había soñado con formar una familia, y su sueño acabó siendo también el de Berta.

Sin embargo, la vida no tenía pensado ponérselo nada fácil. Tres años llevaban queriendo tener un bebé, tres largos años en los que lo habían intentado todo. Habían visitado a los mejores especialistas, habían probado los tratamientos más pioneros; pero la suerte les era esquiva. Fabrizio trataba de restarle importancia y de animar a una Berta que empezaba a cohabitar con la pena. Fue entonces, antes de que esa amargura terminara derivando en melancolía, cuando Yaco llegó a sus vidas, y dos años más tarde lo hizo Jana, la niña a la que un buen día comenzaron a descompasársele los latidos del corazón.

Al preguntarle a una pequeña de cuatro años a quién quiere más, las opciones suelen ser dos o, quizá, tres: a papá, a mamá, o a los dos por igual. Sin embargo, la repuesta de Jana nunca fue tan convencional.

—¿A quién quieres más, a papá o a mamá? —le preguntaban a menudo Berta o Fabrizio, o ambos.

—A Yaco.

Era su respuesta. Esa siempre fue su respuesta.

Por ese entonces, Yaco, tan solo dos años mayor que ella, ya acudía a su habitación cada noche. Lo hacía para contarle algún cuento o para narrarle algunas de las historias de meigas y de trasgos que tenían lugar en unas tierras gallegas cargadas de magia, y que Berta se había encargado de trasmitirle desde muy pequeño.

Los hermanos se ocultaban debajo de las sábanas, prendían una luz, y dejaban que las manecillas del reloj siguieran su curso. Con el discurrir de los años, la habitación fue reemplazada por la buhardilla: un rincón que era de ellos y de nadie más. En él pasaban largas horas conversando, intercambiando sueños, desafiándose con mullidas almohadas, observando el cielo, callando, riendo y creciendo.

Con diez años, Jana, que aún no entendía qué le estaba pasando, esperaba a escuchar un ruido procedente de la habitación de Yaco, contigua a la suya, para salir a la par que lo hacía él. Y esa primera visión, nada más despertar, unida al «¡Buenos días, Jana!» salido de los labios de su hermano, era la manera perfecta de empezar un nuevo día. Su corazón ya latía muy deprisa al saberse a escasos segundos de verlo y, al tenerlo frente a ella, y al sentir que aquello no estaba bien, se obligaba a acallarlo. Se acercaba a él, besaba su mejilla, le sonreía, se daba media vuelta y empezaba a bajar las escaleras que llevaban a la planta baja.

Había noches en las que Jana trataba de comprender qué estaba pasando en su interior. Yaco siempre había sido su debilidad; lo admiraba, lo quería, pero empezaba a pensar que sus sentimientos iban más allá, y aquello la hacía sentir culpable. Sabía que no podía hablarlo con nadie. Temía la reacción de sus padres. También la de Emilia, su prima, que era como una hermana para ella y que la habría tildado, cuanto menos, de loca. Estando en Ézaro, adonde viajaban cada año en la época estival, pensó en contárselo a los abuelos.

«Quizá, ellos sí me entiendan —se dijo a sí misma antes de recular—. No, no puedo hacerlo».

Y las lágrimas, en soledad, comenzaban a aparecer más de lo que debían. Por todo ello, y sin tener a nadie a quien poder contar un secreto que empezaba a ser demasiado doloroso, fue dejando que el tiempo pasara con la esperanza de que su corazón se fuese curando por sí solo.

***

Un día del mes de marzo, uno como otro cualquiera, preludio de la primavera, Jana se había recostado sobre uno de los sillones de la sala de estar y, a través de uno de los ventanales, observaba a Yaco mientras ayudaba a Berta a cuidar las flores del jardín. Tan centrada estaba en aquella estampa que no reparó en la presencia de su padre.

—¿Quieres a Yaco? —le preguntó Fabrizio.

Jana, que se creía a solas, tembló antes de incorporarse.

—Sí... No... Claro que lo quiero, papá. ¡Es mi hermano! —fue capaz de articular.

Fabrizio le sonrió y le revolvió el cabello.

—Tienes mi bendición, hija.

—¿Qué quieres decir?

Jana mantenía sus ojos clavados en los suyos. Lo miraba con intriga, tratando de descifrar qué significaban aquellas palabras.

—Lo hablamos más tarde, cariño. Ahora, tengo que salir.

Fabrizio la besó en la frente y se fue distanciando de ella. Jana lo siguió con la mirada y volvió a centrarse en él cuando apareció por el jardín para besar a mamá en los labios, abrazarse a Yaco, y alejarse. Si hubiese sabido que aquella sería la última vez que vería a su padre, no lo habría dejado ir.

Una hora más tarde, dos agentes de policía se personaron en su hogar. Yaco abrió la puerta y los rostros de aquellos dos hombres le dijeron, sin necesidad de articular palabras, que algo no marchaba bien. Los invitó a entrar.

Berta apareció en el salón unos minutos más tarde. Su grito, desgarrador, se coló por cada rincón de aquella vasta mansión. Berta acababa de recibir la más lacerante de las noticias. Su esposo había sufrido un accidente de tráfico y, lamentablemente, no se había podido hacer nada por salvar su vida. El amor de su vida, aquel por quien había dejado atrás todo cuanto un día había sido, no volvería a atravesar la puerta del hogar que con tanto amor habían formado y cuidado.

Todo su cuerpo comenzó a temblar, y lo hizo de una forma tan descontrolada que acabó cayendo de rodillas sobre el suelo. Yaco, que hasta entonces había permanecido al lado de Jana, sosteniendo con fuerza su mano, caminó hacia su madre, se arrodilló y la abrazó. Jana, que creía estar inmersa en una pesadilla, vio cómo sus pies echaban a andar, les daba alcance, y se unía a su dolor. Su rostro, al igual que el de Berta y el de su hermano, se fue llenando de lágrimas. Su mirada se desvió hacia el último lugar en el que había visto a su padre. Deseó con todas sus fuerzas despertar, abrir los ojos y toparse con el techo de su habitación, serenarse, ponerse bonita y esperar a que Yaco saliera de su cuarto para recibirlo con una enorme sonrisa. No sucedió. No se trataba de un mal sueño. Fabrizio, aquel italiano de sonrisa perenne, de altura de vértigo y de devota mirada, se había marchado y lo había hecho para nunca más regresar.

Capítulo 2

El primer recuerdo que Jana tenía de Ézaro, el pueblo natal de su madre, enclavado a orillas del océano Atlántico y a los pies del monte Pindo, se remontaba a sus cinco añitos de edad. Cualquier visita anterior a aquella se había quedado bien guardada en algún recoveco de su mente o, tal vez, de su corazón.

Si evocaba aquel momento, su cabeza era asaltada por incesantes flashes en los que el rostro sereno de su padre, más que nunca, se elevaba por sobre todo. Jana siempre recordaría el día en el que, subida a hombros de Fabrizio, se había encontrado con el espectáculo más hermoso que jamás había visto y vería. Se trataba de la cascada del Ézaro, que parecía sacada de un cuento de hadas. En ese lugar había tomado verdadera consciencia de que la magia existía.

Yaco, asido a la mano de Berta, caminaba por la pasarela de madera que marcaba el camino, y lo hacía unos pasos por delante de ellos. El agua del río caía desde unos cuarenta metros de altura y se fundía con las aguas del mar. Habían permanecido allí durante horas, admirados, embebidos por el paisaje místico que tenían ante sí, donde el agua y la tierra se abrazaban y parecían danzar al son de un cautivador vals. A su alrededor, el verde de la naturaleza se abría paso entre una enorme mole granítica de cuarzo rosa que se enredaba entre el azul de un cielo que también parecía haber caído rendido ante tanta belleza.

El evocador sonido del agua al precipitarse ladera abajo otorgaba una sensación de paz, de sosiego, que incitaba a cerrar los ojos y a dejarse llevar por el alma de los duendecillos que un día habían correteado por esos riscos y se habían sumergido en esas profundidades. En aquellos primeros recuerdos, también se entremezclaban el verde de los pinos o robles que poblaban las laderas, el azul del mar o de ese cielo diáfano que parecía brindarles su protección, el blanco de la arena o el rojizo de los tejados; además del olor a sal, la fragancia del campo y de las flores, el aroma que dejaba el pan recién hecho o el perfume de jazmín con el que la abuela rociaba su piel.

Jana la veía a ella, a la abuela Nieves, agachada, con esa sonrisa que ni los surcos que va dibujando la edad son capaces de enturbiar, con su cabello cobrizo algo despeinado y con los brazos bien abiertos; observándola con esos ojos marrones, redondos, emocionados y cargados de un cariño que siempre la habían hecho sentirse tan especial.

Jana corría hacia ella y se aferraba fuerte a su cuerpo. Nieves era una de esas adorables mujeres que nunca dan un solo beso. Su mínimo eran tres; su máximo... ¡quién podía saber! Ya al amparo de la abuela, miraba de reojo, a su derecha, y en su cabeza se dibujaba —una vez más— el recuerdo de Yaco, ya en brazos del abuelo. Cosme, que había ido ganando peso con el paso de los años, pero no por ello había dejado de ser un hombre apuesto, le revolvía su oscuro cabello de ondas despeinadas, ese que estaba labrado de vetas cobrizas, y le decía cuánto lo había echado de menos. Sus ojos claros y profundos lo miraban con amor. Jana podía llegar a sentirlo. Siempre habían recibido un amor incondicional. Estar en aquel pueblecito pesquero de la costa gallega era como estar en casa. Los abuelos siempre les habían hecho sentir que aquel, también, era su hogar. Sin embargo, esa nueva visita no sería equiparable a ninguna de las anteriores.

Un mes había pasado desde que habían recibido aquella funesta noticia. Un mes desde que el dolor, la rabia y la impotencia habían sacudido sus cimientos y arrasado con sus vidas. Fabrizio, amado padre y esposo, no los acompañaba. En ese viaje solo había lugar para tres. La vida, o más bien la muerte, les había arrebatado a su jefe, como siempre lo llamaba Yaco a aquel que fue su faro, su guía; y con él se había llevado su seguridad, su vitalidad, sus consejos, un amor absoluto y esa risa reparadora capaz de transformar un día gris en el más radiante.

Ese había sido Fabrizio: un hombre que tornaba la oscuridad en luz simplemente con desplegar sus labios... Su luz se había apagado y, con ella, se había llevado la esencia de Berta, que empezaba a dar signos de abatimiento.

***

Después de la celebración de un funeral al que Berta había pensado que no sobreviviría, llegó el momento de tomar decisiones. Sin Fabrizio, sentía que no le quedaba nada en una ciudad que nunca había sido la suya. Necesitaba poner tierra de por medio, huir, refugiarse en los brazos de papá y de mamá. Lamentaba arrancar a sus hijos de su patria, del lugar en el que habían nacido y que los había visto crecer, mas no hallaba otra solución posible; no si quería seguir en pie.

Berta sabía que marcharse de Milán pasaba por mantener una reunión con Antonella Morelli, su cuñada: una mujer de una belleza singular, de una altura imponente y de una mirada verde, penetrante e hipnótica. Verla a ella era como verlo a él. Pese a ello, Berta no quiso dilatar aquella reunión en el tiempo.

—No, no te levantes —le dijo Antonella al acceder a la sala en la que Berta la esperaba—. ¿Cómo te encuentras hoy, querida?

—No sé si podré superarlo —respondió Berta; su abatimiento se hacía palpable.

—Lo harás... Tienes que hacerlo, por ti y por ellos.

La mirada de Antonella se había desviado hacia una de las ventanas. Emilia, una jovencita que había heredado los rasgos de su madre y que, como ella, tenía el cabello negro como la noche, había querido acompañarla. Al acceder a la villa, se había encontrado a sus primos en el jardín, se había sentado a su lado, sobre el césped, y trataba de hacerlos sonreír con sus boberías.

—Lo sé. —Berta esbozó una triste sonrisa—. Nos marchamos, Antonella.

—¿Os marcháis?, ¿a dónde?

—A casa.

—Esta es vuestra casa, Berta.

—Tú ya me entiendes...

—Y los chicos... ¿lo saben?

—Aún no.

—No puedes...

—Claro que puedo —la interrumpió Berta—. Necesito regresar a casa. Este lugar, ese jardín... Todo, absolutamente todo, me recuerda a él. Su olor impregna cada rincón. He perdido al amor de mi vida y no quiero perderme a mí también. Se lo debo a mis hijos. Tengo que hacerlo por ellos, aunque ahora no lo entiendan.

—Está bien. —Antonella se acercó a su cuñada y tomó sus manos—. Todo lo que era de mi hermano ha pasado a ser tuyo, Berta. ¿Qué sucederá con los negocios?, ¿qué pasará con esta casa?

—Hoy mismo, después de esta conversación y después de hablar con ellos —dijo mirando a Jana y a Yaco desde la distancia—, pondré la casa en venta... Antonella, quiero venderte mi parte del negocio.

—¿Estás segura?

—Lo estoy. Es un acuerdo que nos beneficia a ambas, ¿no crees? Tú pasarás a ser la propietaria de todo el imperio Morelli, y mis hijos y yo podremos empezar de cero en otro lugar.

—Me parece justo.

—¿Eso quiere decir que hemos alcanzado un acuerdo?

—A Emilia se le va a partir el corazón al recibir la noticia de que Jana se marcha, pero entiendo tu decisión. No seré yo quien te impida seguir adelante.

—Gracias, Antonella.

A Berta se le entrecortó la voz. Necesitaba alejarse de allí, y aquella mujer, que había sufrido la pérdida de su único hermano, supo verlo, pudo sentir su desgarro. Antonella entendió que la única manera de no seguir cayendo era poner distancia de por medio y dejar que el tiempo fuera calmando un dolor que, en ese momento, a Berta se le antojaba eterno. Todo su mundo, ese en el que tanto amor había puesto en construir, se había venido abajo. Sí, era lo más justo.

Las reacciones de Jana y de Yaco, tan temidas en un principio, no hicieron sino reafirmar su grandeza. Fabrizio y Berta habían educado a sus hijos en el respeto y en el amor; y eso, precisamente, fue lo que ella encontró. Esperaba que no lo entendieran, que se rebelaran contra aquella autoritaria decisión; que, en un arrebato, Jana se marchara a su habitación y se pasara las horas llorando.

Berta la conocía muy bien y sabía lo sensible que podía llegar a ser. A veces, la encontraba sollozando en cualquier esquina de la casa, en el jardín, mientras regaba las plantas, o en su cuarto, ya entrada la madrugada. Ella, pese a no saber qué desencadenaba aquel llanto, trataba de consolarla. En realidad, solo Jana conocía el porqué de esas lágrimas. Berta nunca insistía. Se limitaba a abrazarla o a acunarla en su regazo mientras le tarareaba alguna cancioncilla, y Jana iba retomando la calma. Fabrizio también había tratado de confortarla cuando esas gotitas de dolor habían osado perturbar su quietud; y Yaco, que permanecía ajeno a ese detalle y a muchos más, de haberlo sabido, se habría desvivido por calmar su pena.

Juntos, los cuatro, habían formado un equipo insuperable. En ese momento, a aquel hogar le faltaba uno de sus pilares, y no se podían permitir más fisuras. Necesitaban estar más unidos que nunca; de ahí su mesura, de ahí su capacidad de entendimiento a pesar de su juventud. Jana, por ese entonces, solo tenía doce años. Catorce tenía un Yaco que, casi sin darse cuenta, se iría echando sobre sus hombros una responsabilidad que nunca le había correspondido y que Berta jamás había pretendido otorgarle.

—Donde quiera que estés, Jana y yo estaremos contigo, mamá.

—Yaco, cariño...

Berta, emocionada, se abrazó a él. Su marido se había marchado demasiado pronto, apenas lo había podido disfrutar diecisiete años. Nada en comparación con toda una vida, esa que siempre había creído tener por delante; pero en Yaco veía su legado, sus valores, su férreo amor por la familia.

—¿Y qué hay de ti, pequeña mía?

Berta alzó la mirada y la clavó en Jana.

—Te quiero, mamá. Iré donde tú vayas.

—Ven... Acércate, cariño.

Jana caminó hacia su madre, que aún permanecía abrazada a Yaco y que le pedía que se uniera a ellos. Lo que Berta ignoraba era lo contraproducente que ese abrazo podía llegar a ser para su hija, que respiró profundo y se estremeció al sentir el contacto de su piel sobre la de su hermano. Él la observaba con dulzura y ella volvía a fingir que todo estaba bien. No era así. Jana llevaba años sabiendo que nada iba bien, que algo dentro de ella se había desviado de la senda, que sus sentimientos iban más allá de lo meramente fraternal. El despertar de la sexualidad le había regalado una bofetada de realidad y le había confirmado que, más allá del afecto —que era lícito y normal— que sentía hacia Yaco, su cuerpo reaccionaba de manera turbadora al tenerlo a su lado.

—Nunca pensé que nuestra vida pudiese cambiar tanto —le dijo Yaco a Jana una vez que se quedaron a solas—. No es justo que papá ya no esté.

—Lo echo tanto de menos...

A Jana se le anudó la dicción y el alma. Yaco, advirtiendo su pesar, se sentó a su lado y tomó una de sus manos.

—Siempre cuidaré de ti, Jana.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Jana, cuyo corazón latía descompasado, como siempre que lo tenía tan cerca de ella, repitió aquellas dos palabras en su mente y le dedicó la más bonita de las sonrisas. Lo hizo antes de apoyar la cabeza sobre su hombro y dejar que él la rodeara con sus brazos. A veces, al sentirlo tan próximo, piel con piel, pensaba que todo era posible. Si su cariño se había ido transformando en esa clase de amor que siente una mujer hacia un hombre, ¿por qué no le podía estar pasando lo mismo a él? En otras ocasiones, al pensar en él en esos términos, se reprendía y se decía a sí misma que era un monstruo, que estaba loca, que no podía amar a aquel que era sangre de su sangre.

«Se me pasará...», se había repetido hasta la saciedad. A esa idea se aferraba. Jana vivía con la esperanza de que un buen día, al despertar y al verlo con el cabello enmarañado, recién levantado, clavando sus ojos del color de la miel sobre ella, mientras le sonreía y daba la bienvenida a un nuevo día, la cadencia de su pecho no enloqueciera. Esa sería la señal. Esa sería su salvación.

***

Ézaro siempre había sido sinónimo de libertad. Aquella tierra, bañada por el mar y protegida por el monte, era la cura perfecta para un alma derrotada. Berta sabía muy bien lo que significaba librar una batalla diaria, encarnizada, contra la pena, contra el vacío, contra el duelo, y resistir.

Los primeros meses, tras su llegada a la región de Dumbría, necesitó del amparo de sus padres. También de Carmiña, de quien nunca se había alejado.

La vivienda de Nieves y de Cosme se convirtió en su hogar. En realidad, nunca había dejado de serlo. Berta no les había permitido desplazarse hasta Milán para asistir al funeral de Fabrizio. Ninguno de los dos lo había entendido, pero un puñado de buenas razones la había llevado a tomar tal determinación. Claro que le habría gustado refugiarse en el calor de sus brazos. Por supuesto que se le habría hecho algo más llevadero tenerlos junto a ella, pero Berta no deseaba mirarlos y recordarlos allí, en el más duro de sus días; en el día en el que parte de ella también había muerto.

Sus padres representaban la vida; esa vida en la que siempre había sido feliz, en la que no había habido lágrimas ni ausencias, tan solo amor. Necesitaba mirarlos y resguardarse en esa paz que siempre habían emanado, en su afecto, en su ternura... Carecía de fuerzas, y solo podría sacarlas de ellos si no los hacía pasar por el trance de ver a su hija frente al féretro de su esposo, de ese hombre por el que lo había dejado todo, y que todo lo había sido.

Jana y Yaco se adaptaron a su nueva vida, y lo hicieron con arrojo, sin dudas, sin lamentos, dando una gran lección no solo a su madre, sino también a los abuelos. En esa modesta casita, en la que tenían los días contados, habían pasado algunos de sus momentos más felices. En sus primeras visitas, siendo aún muy pequeños, habían compartido la misma cama. Yaco, el protector, la abrazaba. Ella acercaba la cabeza a su pecho, y la cadencia de sus latidos la iban sumiendo en un profundo y reparador sopor.

Al ir creciendo, cada uno pasó a ocupar una cama distinta, aunque en una misma habitación. Eran muchas, demasiadas, quizá, las noches en la que Jana se había dormido observando a Yaco, tratando de acompasar su respiración a la suya y dejando que su mente echara a volar. Jana era una soñadora empedernida. El problema era que, en sus sueños, siempre se repetía un mismo nombre, un mismo destino, un mismo principio y un mismo final.

A Nieves y a Cosme no les habría importado que Berta y los niños se quedaran a vivir con ellos por un tiempo indefinido. Sin embargo, Berta tenía otros planes. Meses después de su llegada al pueblo, se mudaron a una casa que quedaba a tan solo unos metros de la suya. La única petición de Jana fue que ese nuevo hogar dispusiera de jardín y de buhardilla. Deseaba, más que nada en el mundo, seguir llenando su vida de momentos junto a Yaco, de vivencias que acabarían convertidas en recuerdos; unos recuerdos que siempre caminarían a la par de ella.

Solo hizo falta una serie de reformas para que todo quedara al gusto de sus nuevos moradores. Con la necesidad de mantener su mente y su cuerpo ocupados, Berta se decidió a restaurar un viejo solar y darle otro aire, e hizo de él un acogedor espacio ocupado por media docena de casas rurales. Ese sería el nuevo negocio familiar, y en él emplearía parte de los suculentos beneficios que el acuerdo con Antonella le había reportado.

Respetando la estética de la zona, y dándole un aire muy similar al de su hogar, cada vivienda contaría con sus vigas de madera originales. En la confección del suelo, se había empleado el mismo material, mientras que las paredes se habían construido con piedra. Berta no había escatimado en gastos. De dos plantas cada una, conectadas por medio de una escalera de madera forjada, contaban con calefacción para los meses en los que el frío traspasaba la ropa y se calaba hasta los huesos, salón con chimenea para los amantes de lo bohemio, televisión de plasma, baño individual, conexión wifi para aquellos que no eran capaces de desconectarse de las redes sociales ni tan siquiera estando de vacaciones y terraza; además de disponer de una piscina comunitaria y de un amplio comedor en el que se servían desayunos caseros.

Y eso no fue todo. Jana y Yaco pronto retomarían sus estudios y lo harían en Finisterre, otro de los municipios enclavados en la Costa da Morte, a una media hora en coche de Ézaro. Para mayor comodidad, Berta invirtió parte de su patrimonio en una segunda residencia. Durante la semana, sus vidas transcurrían en Finisterre, aunque ella se movía a diario entre un término y otro. El fin de semana, al completo y sin excepción, lo dedicaban a disfrutar de la quietud y belleza de Ézaro: ese pueblo que había enamorado a Jana y a Yaco siendo niños, el pueblo que había visto crecer a Berta y del que solo se había marchado para seguir los dictados de su corazón.

El destino, o la suerte —la mala suerte—, la había llevado de vuelta a sus orígenes, y no lo había hecho sola. Sus hijos, esos dos jovencitos que le habían dado una conmovedora lección de fideli

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