1
La caja de la mudanza, que estaba llena a rebosar, se tambaleó precariamente en mis brazos al moverme hacia un lado y usar la cadera para cerrar la puerta trasera del coche. Contuve la respiración, totalmente inmóvil en el aparcamiento, junto a una motocicleta inmensa, mientras la caja temblaba peligrosamente.
«Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco…».
La caja dejó por fin de moverse y sacudirse al llegar a seis, y solté el aire. Lo que había dentro era demasiado valioso como para que se me cayera. Algo que tendría que haber pensado antes de meter tropecientas cosas en ella.
Demasiado tarde.
Con un suspiro, miré por encima del borde de cartón para ver la acera y la entrada de mi piso y avancé, decidida a no dejar caer la caja ni partirme la crisma en el intento. Di gracias a Dios y a todos sus ángeles con trompeta por vivir en un bajo.
Esperaba de veras no tener que mudarme de nuevo, al menos por un tiempo. Aunque no tenía demasiadas cosas que trasladar, seguía siendo una faena. Por suerte, ya había enviado y recibido lo más voluminoso, como la cama, el sofá y otros muebles. Lo que pasa es que no tenía ni idea de cómo había podido acumular tantos trastos viviendo en una residencia de estudiantes.
Cuando logré llegar hasta la acera, cerca de la amplia escalera que conducía a las plantas superiores, me empezaron a arder más los músculos de los brazos. La caja empezó a tambalearse de nuevo, y maldije en voz baja, soltando un improperio que habría despeinado hasta a la vecina del quinto.
«Venga, unos cuantos pasos más —no paraba de decirme a mí misma—, solo unos pasos más y…».
Se me resbaló la caja de las manos. Doblé las rodillas para intentar recuperarla, pero era demasiado tarde. La caja, llena de cosas extremadamente frágiles, empezó a caer.
—Hostia puta, joder, me cago en la…
La caja se detuvo de repente a unos treinta centímetros del suelo, lo que me sorprendió tanto que me quedé a media sarta de palabrotas. La caja cargada ya no me pesaba nada, y mis brazos, evidentemente débiles, lloraron de alivio. Al principio, me pregunté si habría desarrollado algún tipo de superpoder, pero entonces vi dos manos muy grandes que no eran las mías, una a cada lado de la caja.
—Admiro a cualquiera que pueda usar las palabras «hostia» y «puta» con tanta soltura.
Me quedé de piedra al oír una voz tan cálida. Rara vez me sonrojo. Casi nunca. De hecho, soy yo quien suelo hacer sonrojar a los demás. Pero en esa ocasión lo hice. Sentí que mi cara ardía, como si hubiera apoyado la mejilla contra el sol. Por un instante me quedé allí clavada, mirándole las manos. Tenía los dedos largos y elegantes, las uñas bien limadas y la piel de un tono algo más oscuro que la mía.
La caja se desplazó entonces hacia arriba y, al enderezarme, dejé que mi mirada vagara por encima de ella hacia unas anchas espaldas y, después, hacia el origen mismo de aquella voz.
«Menudo pibonazo…».
Delante de mí tenía a la mismísima encarnación del prototipo de hombre alto, moreno y atractivo. Había visto muchos tíos buenos, pero este se llevaba la palma. Puede que tuviera que ver con su tez única. Su cabello castaño, corto a los lados y algo más largo en la parte superior, enmarcaba unos pómulos bien definidos y una mandíbula fuerte y angulosa. Su piel tenía una fuerte tonalidad aceitunada que, de alguna manera, sugería su procedencia. ¿Tal vez hispana? No estaba segura. Mi bisabuelo era cubano, y yo había heredado algunos de sus rasgos.
Unos ojos asombrosos me observaban desde detrás de unas tupidas pestañas, eran verdaderamente extraordinarios. De un tono verde claro alrededor de las pupilas, aunque parecían casi azules por los bordes. Sabía que tenía que ser alguna clase de ilusión óptica, pero eran sensacionales.
Y el chico entero ya era… impresionante.
—Especialmente cuando esas palabras las dice una chica tan guapa —añadió mientras esbozaba media sonrisa.
Salí de mi ensimismamiento antes de que se me cayese la baba.
—Gracias. Ni con un milagro habría podido salvar esa caja yo sola.
—No ha sido nada. —Sus ojos recorrieron mi cara y después descendieron, remoloneando en algunas zonas más que en otras. Como había estado abriendo cajas y corriendo de acá para allá, solo llevaba unos pantalones cortos de deporte y una camiseta ajustada a pesar del fresco que hacía. Bueno, «pantalones» por decir algo, porque eran extremadamente cortos—. Puedes terminar cuando quieras esa frase de «me cago en la…». Siento curiosidad por saber qué otra combinación ibas a soltar.
—Estoy segura de que habría sido épico, pero el momento pasó. —Una sonrisa asomó en mis labios.
—Es una auténtica pena. —Se hizo a un lado, sujetando todavía la caja. Estábamos el uno al lado del otro, y aunque yo soy bastante alta, me sacaba una cabeza—. Dime dónde va esto.
—No te preocupes. Ya me encargo yo. —Alargué la mano hacia la caja.
—No me importa —dijo arqueando una de sus oscuras cejas—. Aunque, si vas a ponerte a soltar palabrotas otra vez, podría cambiar de idea.
Solté una carcajada y bajé los ojos para echarle un vistazo. Llevaba una chaqueta de cuero, pero habría apostado todos mis ahorros a que había unos músculos muy bien definidos acechando debajo.
—Adelante, entonces. Vivo justo ahí.
—Las damas primero.
Le dirigí una sonrisa mientras me pasaba la larga coleta por encima del hombro y me dirigí hacia nuestra izquierda.
—Casi lo consigo sin que se me caiga la caja —le dije cuando le abría la puerta—. Estaba tan cerca…
—Y a la vez tan lejos —sentenció, guiñándome un ojo cuando le lancé una mirada.
—Ya te digo —aseguré mientras le sujetaba la puerta.
Entró detrás de mí y se detuvo. Mi piso estaba hecho un desastre. Lo que había conseguido sacar de las cajas estaba esparcido por el sofá y por el suelo de parqué.
—¿Dónde quieres que ponga esto?
—Aquí está bien. —Señalé el único espacio vacío que había cerca del sofá.
Tras acercarse, dejó con cuidado la caja en el suelo, y yo, como si fuera una perra en celo, no pude evitar quedarme mirándole el culo al agacharse. Magnífico. Cuando se enderezó y se volvió hacia mí, sonreí y junté las manos.
—¿Acabas de mudarte? —preguntó, echando un vistazo a su alrededor. Había cajas amontonadas cerca de la cocina tipo galera y en la pequeña mesa de comedor.
Solté una carcajada y la media sonrisa reapareció.
—Me mudé ayer.
—Me da que aún te falta mucho para terminar. —Avanzó hacia mí, agachó la barbilla y alargó la mano—. Por cierto, soy Nick.
Le estreché la mano. Su apretón fue cálido y firme.
—Yo soy Stephanie, pero casi todo el mundo me llama Steph.
—Es un placer conocerte. —Su mano seguía sujetando la mía cuando bajó las pestañas para descender de nuevo la mirada—. Un gran placer, Stephanie.
Sentí un calor en la tripa al oír la forma en que decía mi nombre.
—Igualmente —murmuré, alzando los ojos hacia él—. Después de todo, si no nos hubiéramos encontrado, lo más seguro es que siguiera ahí fuera cagándome en todo.
Nick soltó una risita, y ese sonido me gustó. Mucho.
—Puede que no sea la mejor forma de conocer gente.
—Contigo no me he tenido que esforzar mucho.
La sonrisilla se ensanchó despacio, hasta convertirse en una sonrisa plena, y si antes había pensado que era atractivo, no tenía comparación con lo que pensaba ahora. Joder. Este chico era tan guapo como servicial.
—Te voy a contar un secreto —dijo, estrechándome la mano antes de soltármela—. No te hará falta esforzarte mucho conmigo.
Me enderecé al instante. Qué ligón.
—Es… bueno saberlo. —Me acerqué más, levantando un poco la cabeza. Desprendía un tenue olor a colonia, una fragancia fresca—. Dime, Nick, ¿vives en este edificio?
Sacudió la cabeza y un mechón de pelo moreno cayó sobre su frente.
—Vivo en la otra punta de la ciudad. Solo pasaba por aquí, esperando a chicas guapas para ayudarlas a meter cajas en sus casas.
—Vaya, una pena.
Le centellearon los ojos y el verde claro de los iris se intensificó. Me sostuvo un instante la mirada antes de hablar.
—Pues sí. —Levantó otra vez la mano, y me quedé de piedra cuando me tocó la mejilla y deslizó su pulgar hasta la comisura de mis labios—. Tenías una motita ahí. Ya está.
Se me aceleró el pulso y, ahí plantada, mirándolo, me quedé sin palabras por primera vez en mi vida. Yo era atrevida, joder. Mi padre decía que tenía un buen par de huevos. No era la mejor de las metáforas, pero era verdad. Cuando quería algo, iba a por ello. Me habían inculcado esa mentalidad desde que era pequeña. Con las notas, el equipo de baile en el instituto, los chicos, en la universidad, con mi carrera profesional… Pero a pesar de todo mi descaro, este hombre tonteaba un poco conmigo y me descolocaba.
Interesante.
—Tengo que marcharme —comentó Nick, y bajó la mano. La sonrisa de su cara, esa media sonrisa torcida, decía que sabía perfectamente el efecto que causaba. Se encaminó hacia la puerta y se volvió para mirarme—. Por cierto, trabajo de barman en un local que no queda lejos de aquí. Se llama Mona’s. Si te aburres… o si quieres replantearte tu capacidad para unir palabrotas bajo petición, tendrás que venir a verme.
Sabía interpretar a los chicos. Era una habilidad que había perfeccionado, y era obvio que aquello era una invitación. La había soltado tal cual, y eso me gustó. Yo lucía una leve sonrisa que, desde luego, imitaba la suya.
—Lo tendré en mente, Nick.
Una fina capa de polvo me cubría los brazos al regresar de donde había dejado las últimas cajas desmontadas, en el momento menos oportuno me llevé las manos a la cara y estornudé con tanta fuerza que la coleta me pasó por encima de la cabeza y casi me golpeó.
Con el cuerpo doblado por la cintura, aguardé unos segundos. Otro estornudo parecía venir en camino, y no me equivocaba. Estornudé de nuevo, sorprendida de no haber derribado las cajas amontonadas con él.
Tras erguirme, me pasé la coleta por encima del hombro y esperé un momento para que todo aquello calara en mí, más allá del polvo y de la piel, hasta llegar a la médula. Finalmente lo había hecho.
Me había mudado.
No a un piso en la misma ciudad en la que había crecido o en la que había ido a la universidad, sino a otro estado, y, por primera vez en veintitrés años, no estaba a veinte minutos en coche de mi madre. Incluso en la universidad había vivido en una residencia de estudiantes a poca distancia de su casa. Había sido difícil, más difícil de lo que jamás imaginé. Desde que tenía quince años, habíamos sido solo mi madre y yo. Dejarla, a pesar de que era lo que ella quería, fue muy duro para mí. Había derramado lágrimas, y eso era decir mucho. Rara vez lloraba. Simplemente no era una persona… emocional.
A no ser que pusieran por la tele uno de esos putos anuncios de la ASPCA para prevenir la crueldad hacia los animales, especialmente aquel en el que se oía la canción «Arms of an Angel». Uf. Entonces era como si tuviera pequeños ninjas peladores de cebolla bajo los ojos.
Cabrones.
Tras dos días enteros deshaciendo cajas, por fin había terminado y, cuando eché un vistazo a mi alrededor, me sentí muy bien por lo que había conseguido.
El piso de una habitación era precioso, a pesar de que lo que yo quería en realidad era uno de dos habitaciones. Pero, por una vez en mi vida, tenía que ser sensata, al quedarme con uno de una sola habitación, podría ahorrar. Tenía una espléndida cocina tipo galera con electrodomésticos de acero inoxidable y unos fogones de gas; algo que probablemente ni iba a usar gracias a mi miedo irracional a morir en una explosión.
Pero la sala de estar y el dormitorio eran espaciosos, y además estaba bastante segura de que vivía un policía en el edificio, porque había visto varias veces un coche patrulla que entraba y salía del aparcamiento desde que me había instalado hacía dos días.
Y alguien que vivía aquí tenía un amigo que estaba buenísimo y se llamaba Nick.
Punto a favor.
Me acerqué a la encimera de la cocina, donde había dejado una fotografía enmarcada, me sacudí el polvo de las manos en los pantalones cortos de algodón y cogí el marco. Le quité con cuidado el plástico de burbujas que lo envolvía para dejar al descubierto la foto que se mantenía bien protegida en el interior. Con los labios fruncidos, paseé el pulgar por el marco plateado.
Un hombre guapo de mediana edad con uniforme de combate beige me devolvía la sonrisa, con el infinito desierto dorado del fondo. A su lado había un mensaje garabateado con rotulador permanente negro.
«Ni de lejos tan bonito como tú, Stephanie».
Me mordí el interior de la mejilla y llevé la fotografía a mi habitación. La colcha gris y los muebles blancos y envejecidos habían sido un regalo de mi madre y mis abuelos. Conferían a toda la habitación un ambiente acogedor, campestre.
Me dirigí hacia el estante que había instalado justo encima de la tele, centrada sobre el tocador, alargué los brazos y di un nuevo hogar a la foto junto a otra foto especial. Era de mis amigas de la universidad y yo en Cancún durante nuestras últimas vacaciones de primavera. Una sonrisa me asomó a los labios.
El biquini negro que llevaba puesto apenas me tapaba las tetas. De hecho, por no tapar no me tapaba ni el culo, si no recordaba mal, y eso era prácticamente lo único que recordaba de esas vacaciones. Bueno, eso y los gemelos de la Universidad de Texas A&M…
Estaba claro que todo era más grande en Texas.
A cada lado de las fotos había velas grises, y me pareció que el conjunto quedaba bien.
Como si fuera su lugar.
Retrocedí y, tras mirar las fotos unos instantes, me volví con un enorme suspiro. El reloj de la mesita de noche me indicó que era demasiado pronto para acostarme, y a pesar de haberlo descargado todo, no estaba cansada. Mis pensamientos se dirigieron a Nick y lo que había dicho el día anterior sobre el bar donde trabajaba. Había pasado por delante con el coche la noche anterior al salir a comprar.
Me mordí el labio inferior y cambié el peso de un pie al otro. ¿Por qué no salía y me tomaba una copa? Una copa podía ser el primer paso de algo bastante divertido. Estaba cien por cien a favor de los rolletes sin compromiso, nunca había entendido, y nunca entendería, la doble moral con respecto a este tema. ¿Estaba bien que los hombres satisficieran su necesidades de placer, pero no las mujeres?
En mi mundo, no.
Si Nick estaba ahí y me entraba como ayer, la noche… bueno, la noche, podría resultar de lo más interesante.
Estaba claro que iba a llevarme a Nick a casa conmigo esa noche, no solo eso sino que iba a hacerle toda clase de cosas malas y divertidas en pelotas, de esas que deberían hacer que me pusiera colorada como un tomate. O, por lo menos, que sintiera vergüenza, porque me estaba imaginando hacer todas esas cosas en un lugar público.
Pero no era el caso.
En absoluto.
Tenía un caso grave de lujuria instantánea. Ese chico me atraía a un nivel puramente físico, y tenía suficientes ovarios como para admitirlo.
Sus ojos color musgo se cruzaron con los míos una vez más. Bajó entonces sus tupidas pestañas y ocultó esos extraordinarios luceros verde claro. Madre mía, siempre me habían gustado los chicos morenos de ojos claros. Era un contraste tan espectacular que me hacía sentir cosas muy poco sanas en todos mis puntos de pulso interesantes. Nunca había visto a nadie con unos ojos de su color. Eran definitivamente verdes, pero cada vez que se alejaba de las luces brillantes que cubrían la barra y se sumía en las sombras, el color parecía volverse turquesa.
Esos ojos le sumaban muchos puntos.
—Me puede tanto la curiosidad que tengo que preguntártelo. ¿Qué diablos te trae a Plymouth Meeting, Steph?
Al oír esa conocida voz, me giré en el taburete y alcé la vista para encontrarme mirando los ojos azul cielo que pertenecían a Cameron Hamilton. Cuando había entrado en el Mona’s, había flipado al ver a unas cuantas personas con las que había ido a la universidad. Seguía estupefacta por el hecho de que Cam y los demás estuvieran ahí, a varias horas de distancia de su territorio habitual, que era la Universidad de Shepherd.
Los había saludado y enseguida me había dejado caer en el taburete de la barra, a pesar de haberme dado cuenta de que tenían un montón de preguntas, pero, la verdad, verlos me había descolocado. No esperaba encontrarme a nadie que conociera y, desde luego, no esperaba ni de coña que fuera, no uno, sino dos chicos con los que había… bueno, había intimado mucho en un momento dado.
Era algo incómodo, si tenemos en cuenta que nunca había sabido muy bien si las novias de Cam y de Jase Winstead me tenían en alta estima. Había descubierto, hacía mucho tiempo, que a muchas chicas no les caían bien las demás mujeres con las que sus novios habían estado, sin importarles lo seria que hubiera sido esa relación anterior o que no hubiera habido ninguna. No todas las chicas eran así, pero la mayoría… sí, la mayoría lo era.
Era algo que me resultaba… bueno, estúpido de cojones, la verdad.
La mayoría de chicas eran la ex de algún chico en algún momento de su vida. Así que realmente a quien odiaban era a sí mismas.
Por eso había procurado mantenerme alejada de ellos cuando estábamos todos en Shepherd, y la cosa funcionó la mar de bien hasta la noche que me había encontrado a Teresa, la novia de Jase y hermana pequeña de Cam, gritando como una histérica tras haber encontrado el cadáver de su compañera de habitación en la residencia de estudiantes. Desde entonces, a pesar de que Jase y yo habíamos seguido quedando durante un tiempo, Teresa había estado decidida a ser amiga mía. Me ponía de los nervios, y me recordaba a una chica de la que me había hecho amiga en mi primer año en Shepherd: Lauren Leonard.
Uf. Con solo pensar en su nombre me daban ganas de tirarle mi bebida a alguien a la cara. Lauren había fingido ser mi amiga cuando, en realidad, no me tragaba porque el chico con el que salía me había besado un año antes de que se conocieran siquiera.
Y el beso no había sido nada del otro mundo; desde luego, no era merecedor de todo el drama que Lauren me había montado.
—Yo podría haceros la misma pregunta —dije, por fin, alzando la copa.
Cam se apoyó en la barra con una sonrisa relajada en los labios y los brazos cruzados delante del pecho.
—Conoces a Calla Fritz, ¿verdad?
—He oído hablar de ella. —Dirigí la mirada hacia donde estaba la bonita chica rubia con el brazo alrededor de la cintura de un chico que llevaba «Ejército» escrito en la cara. Si alguien podía notarlo era yo. Mi padre tenía ese aspecto. El aspecto que gritaba: «Sé cómo romperte todos los huesos del cuerpo, pero tengo un fuerte código moral que me impide hacerlo… a no ser que amenaces a uno de los míos». Aquel chico con el cabello rojizo y ondulado tenía ese aspecto.
—Su novio, Jax, es el dueño de este bar. Solía ser de la madre de Calla, pero eso es una larga historia. —Cam hizo una pausa y prosiguió—: El caso es que Teresa es muy amiga de Calla y, cuando ella viene a verla, los demás nos apuntamos. Y como está tan cerca de Filadelfia, es una buena escapada.
—Oh —murmuré. El mundo era un pañuelo—. He encontrado trabajo en la Lima Academy y he alquilado un piso no muy lejos de aquí.
—¿En serio? —soltó Nick, lo que atrajo nuestra atención e hizo que el estómago me diera un vuelco agradable—. ¿Trabajas para el entrenador de Brock Mitchell, La Bestia?
Hice una mueca al oír la evidente admiración que rezumaba la voz de Nick. Cada vez que se mencionaba el nombre de Brock, esa era la reacción habitual. Brock era un luchador de artes marciales mixtas y era de la zona. Todo el mundo parecía adorarlo.
—Sí. Pero todavía no he conocido a La Bestia. Ahora mismo está en Brasil, según tengo entendido.
Nick apoyó los codos en la barra y sus ojos se deslizaron por mi cuerpo sin el menor disimulo.
—Entonces ¿eres luchadora de artes marciales mixtas?
Eché la cabeza atrás y solté una carcajada.
—Uy, no. Voy a trabajar en las oficinas como asistente ejecutiva.
—Genial —respondió Cam—. Es en lo que te especializaste, ¿verdad? ¿Administración de empresas?
Asentí con la cabeza, sin que me sorprendiera del todo que se acordara. Habíamos sido amigos, y Cam era un buen chico. Lo mismo que Jase. Y, hablando de él, cuando eché un vistazo hacia donde estaban todos reunidos alrededor de una mesa de billar, me dio la impresión de que Jase tenía a Teresa… ¿atrapada en una llave de cabeza?
Vale.
Sonreí.
—¿Cuánto tiempo vais a quedaros aquí? —pregunté, dando un sorbo a mi bebida mientras una barman con gafas de montura rosa pasaba a toda velocidad por delante de Nick y le lanzaba una mirada que no acabé de entender.
Nick la ignoró.
—Regresaremos el domingo. —Cam se separó de la barra—. No seas antipática —añadió con una sonrisa cuando puse los ojos en blanco—. Levanta el culo del taburete y ven a vernos, ¿vale? —Cuando asentí de nuevo con la cabeza, miró a Nick—. Vendrás mañana por la noche a casa de Jax, ¿no?
—Dependerá de la hora a la que salga de aquí, pero lo intentaré.
Interesante. Así que Cam y Nick eran colegas. Me alivió saberlo. A Cam se le daba muy bien juzgar a las personas, y yo ya sabía que Nick era encantador y servicial, pero me pareció que ahora podía asegurar, sin lugar a dudas, que no era ningún asesino en serie.
Acaricié mi copa mientras Cam volvía tranquilamente a las mesas de billar. Todavía no estaba preparada para ir a verlos. Tal vez lo hiciera. Tal vez no.
—¿Otra copa?
Mis labios esbozaron una sonrisa al oír la voz profunda y melosa de Nick. Habíamos estado charlando intermitentemente desde que me había sentado y parecía contento de que yo estuviera ahí.
Todo eran puntos a favor para este chico.
—Estoy servida, pero gracias. —Lo último que quería era pillarme un pedo. Le sonreí encantada cuando volvió a bajar los ojos—. ¿Soléis tener tanto jaleo los fines de semana?
Me di cuenta de que hablar de cosas sin importancia era algo que se le daba de maravilla a Nick, lo que tenía sentido dada su profesión. Era un auténtico ligón. Las mujeres se agolpaban a su alrededor en la barra. La otra barman, la chica con las gafas rosas, parecía tomárselo con calma.
—No estoy seguro de que pueda decirse que esto sea mucho jaleo, pero los sábados suele venir más gente. —Nick bajó la vista hacia la barra antes de seguir—: ¿O sea que fuiste a la universidad con ellos? —preguntó, señalando con el mentón la dirección en la que se había ido Cam.
—Sí. —Me incliné hacia delante y apoyé los codos en la barra—. No tenía ni idea de que tuvieran relación con este sitio. Ha sido toda una sorpresa.
—El mundo es un pañuelo —dijo, haciéndose eco de lo que yo había pensado antes—. Pero no tienes demasiada amistad con ellos.
Era una afirmación, no una pregunta.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Bueno, si la tuvieras, supongo que estarías allí con ellos. O…
Nick era observador.
—¿O qué?
Esbozó media sonrisa mientras cruzaba los brazos delante del pecho. El movimiento captó mi atención. Soy de las que se fijan muchísimo en el físico. Aunque nadie podría haberme culpado en ese momento. La camiseta negra que llevaba se le ajustaba alrededor de los bíceps bien definidos.
—O es que prefieres pasar el rato conmigo.
El estómago me dio un vuelco.
—¿Tan transparente soy?
—De la mejor manera posible. —Cogió una botella—. Me alegra que te hayas pasado por aquí. Cada vez que se abría la puerta ayer por la noche, alzaba los ojos y esperaba que fueras tú.
—Ah, ¿sí?
—Así es. —Su sonrisa era ociosa—. ¿Has acabado de abrir las cajas?
—Sí.
—¿Hubo alguna combinación más con «hostia puta»?
—Unas cuantas más —respondí con una carcajada.
—Me da rabia habérmelas perdido.
—Todavía estás a tiempo. —Jugueteé con mi vaso mientras le sostenía la mirada—. Dime, Nick, ¿tienes apellido?
—Blanco —respondió tras vacilar un momento—. ¿Y tú?
—Keith. —Sonreí mientras él descruzaba los brazos—. Tengo otra pregunta para ti.
—Dispara —dijo acercándose y apoyando las manos en la barra.
—¿Tienes novia? —Contuve un poco la respiración cuando se inclinó de repente hacia mí. Nuestras bocas estaban tan cerca que respirábamos el mismo oxígeno—. ¿O novio?
—Ninguna de las dos cosas —contestó sin pestañear—. ¿Y tú?
¡Explosión de puntos a favor!
—Tampoco —aseguré, alegrándome del cosquilleo que me recorría la espalda al sentir la calidez de su aliento en mis labios.
Nick ladeó la cabeza para alinear sus labios con los míos a tan solo unos centímetros de distancia. Empecé a sentir que me ruborizaba un poco.
—¿Tienes planes esta noche, Stephanie Keith? —preguntó con la voz más profunda y más ronca.
Sacudí la cabeza mientras mi pulso se tropezaba consigo mismo en una pequeña danza de felicidad.
La sonrisa de Nick se ensanchó de un modo que debía dejar un rastro de mujeres desmayadas a su paso, sin duda.
—Pues ahora sí.
2
Espérame, ¿vale? —dijo con una sonrisa lenta a la vez que recogía dos vasos vacíos mientras yo me levantaba del taburete—. Salgo a la una. Estaré ahí en veinte minutos como mucho.
Me alejé de la barra sin responder, saludándolo con la mano. No tenía la menor duda de que se presentaría, y un entusiasmo pícaro me repiqueteaba en las venas. Me di la vuelta sonriendo para mí misma.
La chica con las gafas rosas estaba justo delante de mí, tan cerca que casi choqué con ella. Tras la barra parecía mucho más alta, pero yo, con mi metro setenta y cinco, destacaba sobre ella. Un mechón rosa hacía juego con sus gafas, pero eso no fue todo en lo que me fijé. De cerca, vi que también tenía un ojo ligeramente morado.
¿Pero qué…?
—Hola, soy Roxy. —Me alargó la mano.
—Hola. —Se la estreché—. Yo me llamo…
—Steph. Ya lo sé. Tus amigos me lo han contado todo sobre ti —explicó, y me esforcé al instante en poner cara de póquer, aunque me había puesto tensa. Solo Dios sabía qué le habrían contado—. Fuiste a la universidad con ellos.
—Sí. —Lancé una mirada rápida por encima de ella hacia donde estaban Teresa y Jase con Jax y Calla. Avery y Cam ya se habían marchado—. Me ha sorprendido verlos aquí.
—Ya me imagino. —Roxy me miraba con una sonrisa cálida y sorprendentemente auténtica—. Bueno, como me han dicho que acabas de mudarte aquí, quería saludarte y decirte que espero que esta no sea tu última visita al Mona’s.
Vale. Esa frase era rara.
—Me gusta el… ambiente del local, así que probablemente sí vuelva.
—Me alegra muchísimo oír eso. —Le brillaron los ojos castaños tras las gafas—. Tiene que ser un asco mudarse a un sitio nuevo y no conocer a nadie.
—Ya te digo —asentí con la cabeza—. No te das cuenta de lo importantes que son tus amigos hasta que estás lejos y ninguno de ellos está ahí contigo.
Su cara reflejó compasión.
—A lo mejor suena un poco raro, pero los domingos, Katie, que es una chica genial, aunque un poco excéntrica, y yo quedamos para desayunar. Eres más que bienvenida a formar parte de nuestro grupo de tres y, a veces, de cuatro. Así no estarás en un sitio donde no tienes ningún amigo —concluyó con otra amplia sonrisa.
Vaya. Era realmente… simpática, pero, por algún motivo, tuve la sensación de que se me estaba escapando algo. Como si hubiera llegado en medio de una conversación.
Antes de tener ocasión de pensar cómo responder a esa oferta, Roxy prosiguió:
—Y, por cierto, Nick es muy buen chico.
Mi semblante estaba empezando a perder parte de su inexpresividad. ¿Tenía que ver algo con Nick su acogida exageradamente simpática? Obvio. A lo mejor le gustaba y nos había visto charlando y haciendo planes juntos para después. También estaba lo de esa mirada extraña que le había visto dirigirle. ¿Era algo tipo «mantén cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos… o competidores»? Parte del entusiasmo que había estado sintiendo se desvaneció.
Dios mío, qué cínica era. Tendría que echar la culpa a mis experiencias del pasado.
—¿Estás interesada en él? —pregunté, porque, aunque no la conocía, era nueva en el pueblo, y lo último que quería hacer era pasar por encima de nadie.
Roxy se me quedó mirando un momento y, después, echó la cabeza hacia atrás y empezó a reírse a carcajadas mientras la coleta se le balanceaba.
—Nick está para mojar pan, pero ya tengo a un hombre al que quiero muchísimo, así que no. Nick y yo somos amigos. Solo quiero que sepas que es un buen chico y, bueno… —Se le apagó la voz y sacudió un hombro—. Solo quería decir eso.
La verdad es que no tenía ni idea de qué decir al respecto.
—Vale. Me… esto, me alegra saberlo. —Volví la cabeza y vi que Nick nos estaba mirando. Me giré de nuevo hacia Roxy—. Bueno, voy a marcharme. Me ha encantado conocerte.
—Igual —respondió con alegría, sonriendo encantada—. Espero verte pronto.
La rodeé, sonriente, saludé con la mano hacia donde estaban Teresa y Jase, y salí cagando leches de allí. Fuera, el aire era tan frío que hasta tuve que poner la calefacción en el coche. No había duda de que el otoño ya había llegado y el invierno no le iba demasiado a la zaga.
En el corto trayecto hasta mi casa, mi cabeza no podía parar de pensar en el encuentro imprevisto con todos los de Shepherd, en la rápida e inesperada charla con Roxy o en lo que era muy probable que pasara esa noche.
No sabía qué pensar de la conversación con Roxy. Seguía teniendo la sensación de que se me escapaba algo, y, la verdad, no estaba acostumbrada a que una total desconocida fuera simpática o amable, especialmente conmigo. Más de una vez me han acusado de ser distante y de tener mala leche.
Lo cierto era que no se trataba de que fuera mala o antipática. Simplemente era que, por lo general, se me daba mal entablar una conversación con gente que no conocía y, lo que era más importante, tenía un caso grave de cara de pocos amigos.
Si me dieran un dólar por cada vez que alguien me ha dicho que sonriera, tendría más dinero que la reina de Inglaterra.
En cuanto entré en mi piso, recogí las cajas que había junto a la puerta y las llevé enseguida al gran contenedor que había detrás del edificio. Mientras las tiraba, eché un vistazo al jardín con el césped bien cortado. No había demasiado terreno libre porque los altos árboles eran gruesos y se elevaban hacia el cielo nocturno con unas ramas desnudas que me recordaron unos dedos esqueléticos. Me giré y me apresuré a cruzar a toda prisa el aparcamiento. De noche, con el ruido lejano del tráfico, este sitio asustaba un poco.
Cuando regresé, miré el reloj del horno y enfilé el pasillo dando brincos hacia el cuarto de baño. Tenía tiempo para arreglarme; siempre había que tener tiempo para arreglarse.
Con una sonrisa, cogí una cuchilla limpia del armario de debajo del lavabo y me puse manos a la obra mientras unos nudos muy agradables comenzaban a formarse en mi estómago. Me sentía un poco ida mientras me preparaba, como si me hubiera bebido una caja entera de bebidas energéticas.
Una excitación nerviosa me revoloteaba por el cuerpo como un insistente colibrí. No tenía dudas sobre lo que estaba haciendo. Joder, había conocido gente que se había enrollado habiendo pasado incluso menos tiempo desde que se habían saludado por primera vez. En cuanto a lo de esa noche, no iba a andarme con estupideces. Si llegábamos al punto en que nos quedábamos sin ropa o necesitábamos un condón, ya lo sacaría yo si él no tenía.
El nerviosismo se debía a que me atraía muchísimo a un nivel puramente físico. Nada más.
Un rollo de una noche te podía dejar con una sensación de vacío si esperabas más, y yo no esperaba nada más allá de que me dejara con una sonrisa en la cara. Para ser sincera, ni una sola vez en toda mi vida había querido nada más de un chico salvo las cosas necesarias, como el respeto mutuo, la seguridad y, a veces, la amistad.
Jamás había estado enamorada.
No era que no creyera en el amor. Y tanto que creía en él. Pero quería la clase de amor que mis padres habían sentido el uno por el otro, esa clase de amor duradero, hasta el final, y todavía no me había acercado siquiera a experimentarlo.
Y hasta que lo hiciera, no tenía ningún problema en ir probando aquí y allá. Porque, a ver, ¿te comprarías un coche sin conducirlo antes para probarlo? Diría que no. Me reí como una tonta de mí misma.
Volví a ponerme los vaqueros y, sin calzarme, me decidí por un top de tirantes con sujetador incorporado. Tras dejarme el pelo suelto, regresé a la cocina y cogí un mechero de la encimera. Encendí una vela que había puesto en la mesita auxiliar. El olor a pumpkin spice impregnaba el ambiente cuando volví a entrar en la cocina y dejé el encendedor en la cesta.
Un motor rugió fuera, y me di la vuelta para echar un vistazo al reloj del horno. La una y cuarto. ¿Podía ser ya él? Salí disparada hacia la ventana y aparté con mucho cuidado la cortina para mirar fuera, como una auténtica pervertida.
—¡Qué bueno está! —susurré.
Era Nick.
Era Nick en moto.
Recordé haberla visto aparcada fuera el jueves, pero lo había olvidado por completo. Aparcó allí mismo, cerca de la puerta principal, y, al bajar de la moto, se quitó el casco. Subió un brazo y se pasó los dedos por el pelo. Observé cómo se volvía hacia la parte trasera, detrás del asiento. Empezó a levantar algo, y fue entonces cuando me obligué a mí misma a alejarme de la ventana.
Giré sobre mí misma, inspiré hondo y esperé con el corazón acelerado, bailando claqué en mi pecho. Ni siquiera había pasado un minuto cuando llamaron a la puerta. Me acerqué lentamente y eché un vistazo por la mirilla para asegurarme de que era él antes de abrirla.
—Hola —me saludó esbozando una sonrisa con los labios. De una mano le colgaba una bolsa de plástico azul, y llevaba el casco bajo el otro brazo.
—Dijiste a y veinte —solté retrocediendo.
Él me siguió y cerró la puerta con el pie al entrar.
—Como mucho. Has olvidado esa parte.
—Ah, pues sí.
Nick levantó la bolsa al pasar por delante de mí hacia la cocina.
—He traído algo. —Dejó la bolsa en la encimera y metió la mano dentro para sacar dos botellas—. ¿Tienes abridor?
Encendí las luces del techo, me acerqué al cajón que estaba cerca de los fogones y saqué un abridor.
—¿Cerveza Apple Ale? Me gusta. ¿Cómo lo sabías?
Me quitó el abridor de las manos y destapó las botellas con pericia.
—Me imaginé que te gustaría algo dulce. —Me pasó una botella.
Noté el cristal frío en la palma de la mano.
—También me gusta empalmarlas… —Me dirigió una mirada penetrante, y yo sonreí—. Unas bebidas con otras, quiero decir.
—¿En serio has dicho eso? —dijo Nick tras soltar una risita.
—En serio. —Sonreí antes de llevarme la botella a los labios y dar un sorbito.
Nick se quitó la chaqueta de cuero y la lanzó a la encimera, al lado de la bolsa.
—Creo que me gustas.
—Tienes que eliminar la palabra «creo» de esa frase —le advertí—. Para que sea exacta.
Soltó otra carcajada ronca mientras alzaba su botella.
—Bueno, ya que estamos siendo totalmente sinceros el uno con el otro, no era que tuviera la esperanza de que te presentaras en el bar.
—Ah, ¿no? —Bajé la botella con una ceja arqueada.
—No. —Se le movió la nuez al dar un trago—. Es que sabía que vendrías. Era inevitable.
—¿Inevitable? —repetí—. Esa es una palabra muy rotunda.
Su mirada penetrante se encontró con la mía, y noté que ese vuelco del estómago se repetía con fuerza.
—Bueno, es la verdad —insistió.
—Vas un poco de sobrado, ¿no?
—¿Y tú, vas de sobrada?
—Puede —dije apoyándome en la encimera frente a él con una carcajada.
—Me gusta. Veo que eres la clase de persona que no se anda con rodeos.
Crucé las piernas por los tobillos mientras acariciaba mi bebida.
—¿Ya puedes ver todo eso?
Asintió con la cabeza.
—En cuanto tus ojos se encontraron ayer con los míos, vi que eras el tipo de chica que sabe que puede parar el puto tráfico con solo salir a la calle. Y no te importa demostrarlo —comentó—. No tienes ni un pelo de vergonzosa o tímida.
—¿Y descubriste todo eso con tan solo mirarme a los ojos? —resoplé.
—Bueno, lo descubrí al ver esos pantaloncitos cortos que llevabas ayer —respondió para mi sorpresa—. No hay una sola mujer ahí fuera con unas piernas tan largas como las tuyas que no sepa que cualquier chico con el que se encuentre se las está imaginando rodeándole la cintura.
Parpadeé, me había vuelto a descolocar. Tardé un instante en recuperarme.
—¿Así que te gustan mis pantalones cortos?
—Jo
