Vida de vivos

María Moreno

Fragmento

Vida de vivos

Entre nos
(apuntes para una teoría de la entrevista)

Más que una introducción, esta es una intromisión. Incluso una intromisión donde, con el pretexto de dar cuenta del género entrevista a partir de mi propia experiencia, he sentido el impulso de contar mi vida, pero ya van a ver que no es para irme del tema.

La calle San Luis, una frontera difusa entre el Once y el Abasto —la ambición le dictaba a mi madre explicarla como perteneciente al Barrio Norte—, se extendía en negocios improvisados en un zaguán, edificios de departamentos donde la novedad del incinerador ofrecía una modernidad accesible en cómodas cuotas y casonas con garaje que no acostumbraban abrir sus persianas a ese tránsito de carros cargados de verduras, botellas vacías y artículos de mimbre; de reparadores de paraguas y de afiladores de cuchillos, amén de los clásicos cuenteniques a los que se burlaba repitiéndoles el antiguo pregón de “beines, beinetas, jabones, jabonetas”. Flanqueada por dos grandes conventillos ocupados por la comunidad turca —sobre Larrea vivían los Talamán, hoy prósperos toalleros y manteleros, sobre Paso los Dayan, dueños de varias casas puestas en alquiler que nunca quedaban más allá del bar León—, San Luis retenía el siglo XIX que tanto me interesó más tarde.

Un balcón de bajos, adornado con hierros retorcidos, fue mi primer mangrullo de cronista. Cronista inopinada a la que todo le entraba por los ojos, aun cuando no supiera leer ni escribir. Cronista sin práctica más que la de tomar lista a las presencias repetidas y abocadas a tareas sin mayores variaciones: la puta que enseñaba el catecismo a domicilio, el niño que dormía en un cajón, la enana que llevaba una canasta sobre la cabeza tenían una coloratura tan natural que no hacían falta palabras para narrar. Por otra parte, mi edad no daba para atesorar recuerdos populistas. Mi abuela era la portera de un edificio de departamentos en ruinas al que no se le llamaba conventillo por el hecho de que mi madre —doctora en química— vivía allí y había puesto en la puerta una placa donde promocionaba su laboratorio de análisis clínicos. Yo ayudaba a mi abuela bajando la manija del automático en el tablero de las luces a la hora en que los escasos inquilinos calaveras salían para dirigirse al centro. Era cronista de interior también, puesto que no se me permitía bajar a la calle y solo podía levantar testimonio del balcón para adentro. La ocasión era la entrega de la correspondencia, que exigía la subida metódica de dos pisos por escalera. En el departamento 2 los Unger, los Seiden y los Fleicher, en el 3 los Wundailer, las Dimant y los Rodríguez, en el 4 el sargento Vera y el señor Zubarán, otros Rodríguez y las Pomeranz. Solo la señora Mandelbaum vivía sola en un cuarto del segundo piso que antaño había sido la portería. Recuerdo las variadas caligrafías de los sobres, la Z barroca de la hermana del señor Zubarán cuya letra ocupaba todo el sobre, los trazos torpes que rezaban un “Rodríguez” con s y, en contraste, la complicada grafía de los apellidos judíos. Como recuerdo la profusión de las cartas, su frecuencia, el enigma de los remitentes que iban de Goya a Lodz, la mayoría imposibles de leer en voz alta a la altura del primero superior. Los Seiden, los Fleicher y la señora Mandelbaum llevaban tatuados en los brazos números de varias cifras, algo a lo que en mi casa se aludía en voz baja y cuyo sentido ignoré durante mucho tiempo. De la señora Ruth Seiden se decía que había estudiado pedagogía con Jean Piaget, que la pena de haber viajado desde tan lejos, de verse obligada a vivir con dos niños en un cuarto y hacer ella sola las tareas domésticas la había desanimado de buscar la reválida de sus estudios. Una vez me había hecho un test de inteligencia a través del vidrio roto de su departamento que daba sobre el patio del nuestro. Me mostró un zapatito minúsculo. Yo pregunté “¿Y el otro?”, asociación que fue aplaudida. Si ahora me imagino construyendo mi novela de reportera, puedo afirmar que esa sigue siendo una buena pregunta, menos interesada en obtener un dato que en una conexión pertinente en empatía con un juego decidido por el otro. En una ocasión, llegué al departamento 2 con una carta. La señora Seiden estaba lavando ropa en la pileta. Miré entonces, como hipnotizada, el brazo numerado que desaparecía en la espuma y luego reaparecía indemne, al ritmo de la tabla de lavar.

—¿Le dolió el tatuaje, señora Ruth? —se me ocurrió preguntar.

—No es un tatuaje, chirusita. Es mi número de teléfono. Tengo tan mala memoria —dijo la señora Seiden sin mirarme.

Cuando mi madre se enteró de este diálogo primero gritó, luego se rio y por último, llorando, llamó por teléfono al departamento 2. Perdón, perdón, repetía entre lágrimas. Su llanto me hizo llorar a mí. A través del teléfono podía casi palparse la discreción de la señora Seiden, sus palabras de consuelo y sobre todo su preocupación por mí. Al cortar, ya más tranquila, mi madre me dio una limitada versión sobre la existencia de los campos, explicó los tatuajes pero no las cámaras de gas, el hambre pero no la muerte. Pero Xenia Goldrosen, del quiosco de cigarrillos de la esquina de San Luis y Larrea, que salía a tomarse una copita en la vereda, a la hora de la siesta, luego de colocar el cartelito de cerrado, hablaba sin que le preguntaran.

—Treblinka. Padres marieron. Hijos marieron. Marido marió. Primos, abuelos marieron. ¿Qué dijo Xenia? ¡Mierda!: vivir.

Su pronunciación asociaba la muerte al casamiento. Se marier, escuchaba yo, que recibía clases particulares de francés. Y Xenia estaba mariée en segundas nupcias con el señor José Neura, al que le faltaban las dos piernas. Un entrevistado difícil, apático, o tal vez bromista.

—¿Qué le pasó en las piernas, señor José?

—No sé.

—¿Le duele?

—No sé.

—¿Cómo hace para subir las escaleras de su casa?

—No sé.

—¿Por qué se llama Neura?

—No sé.

Comprendo que no obtuve gran información en aquella entrevista, pero creo que fue la mejor que hice. Daba cuenta muy sutilmente del estilo del señor Neura y, sin gastar palabras en descripciones balzaquianas atravesadas por la huella caribeña, del neobarroco criollo que usé, ya como periodista “profesional”, durante la dictadura militar, favorecida por una censura que parecía ser más precisa con el realismo.

Pero en general no me atrevía a preguntar. Un mundo caliente de interrogantes me mostraba seres extraños que, por desgracia, casi siempre permanecían inaccesibles. El Parque Retiro, donde moraba la terrible Flor Azteca —una cabeza parlante simulada por un juego de espejos—, el salón La Enramada con sus concursos de disfraz, la circulación de diferentes en un tiempo de encierros imperfectos o de solidaridades caseras, amén de la prosa de Emily Brontë traducida al radioteatro en la voz de Pedro López Lagar, me ofrecieron una constelación que jamás asocié con la tristeza, la discriminación y el genocidio, sino con la imaginación, la variedad y la mascarada. En la plaza, la niña gárgola —por fin alguien accesible aunque el término “accesible” en este caso era totalmente inadecuado— no quiso responder a mis preguntas. Diminuta, con rostro de tortuga y una piel translúcida que transparentaba las venas, parecía mirarme sin verme. Sentada en un banco, junto a su nurse, tomaba sol girando de vez en cuando la cabeza en dirección a un transeúnte, al movimiento de las ramas de los árboles, a un sonido demasiado agudo. Era un Buda genético cuya vida, le habían pronosticado, sería muy corta. La señora Mandelbaum tampoco se dejaba interrogar: aun en el verano escondía el brazo tatuado con mangas largas y a veces gemía de noche. Como en su cuarto solo había lugar para un calentador, a veces mi abuela me pedía que le llevara alguna comida preparada en el horno. Un día la señora Mandelbaum me recibió con un paquete envuelto en un papel de celofán que parecía usado. Estaba atado con un simple cordel pero tenía un moño de cinta brillante. Lo abrí a escondidas, calculando una posible prohibición, y no me equivocaba. Era un barco realizado muy esquemáticamente. Podía decirse que estaba hecho con cuatro líneas. Mi abuela me dijo que era un barco de sal. Lo chupé y tuve que darle la razón, pero la sal no se desprendía y, por la apariencia, blanca y llena de cristalitos, era sal gruesa. Mi madre me lo escondió en algún lugar donde no pude encontrarlo, con el pretexto de que no era un juguete sino un adorno. Escuché murmuraciones aunque no recuerdo ningún testimonio directo. Se decía que el barco venía de Auschwitz. Entonces ya me parecía natural que hubiera gente con teléfonos anotados en los brazos, que los descamisados aludidos por los discursos de Perón y Evita fueran una multitud literalmente en cueros que debía estar en la plaza ante ellos, que los forros usados que sembraban en la Plaza Francia fueran, como me había contado mi madre, protectores para los dedos de la mano que usaban los basureros para no lastimarse con las botellas que dejaban los borrachos. Mi idea de pueblo excluía la lucha política: era en cambio una lucha de lenguas, de puestas en escena, de vestuarios. Y si el positivismo y el gorilismo de mi madre solían desalentar esos contactos populares con un algodón embebido en alcohol y la prohibición de, atravesando las rejas del balcón, ganar la calle, el complejo de Edipo no me llevó tanto al padre como a esa feria de ingeniosos. En cada cuarto había una patria, una etnia, una lengua. Definitivamente me gustaba “lo otro”. Solo en dos ocasiones advertí la dimensión política. En una, mientras yo iba de paseo con mi madre, la vecina enana que vendía pan a domicilio interrumpió mi mirada inquisidora con una fuerte patada en la rodilla. Debe haber sido mi primer encuentro con un miembro de minorías. En otra, cuando dibujé una imagen de Eva Perón en mi cuaderno de clase (la nariz era un palito, los ojos un par de puntos, los cabellos trenzados, una batahola de garabatos), una maestra “partidaria” la sustituyó por una fotografía. Jamás la censura me encontró tan altiva. “A la señora le hubiera gustado”, me quejé. Incluso en los años posteriores, la palabra “pueblo” siempre mantuvo ese fondo mítico de performance, de almacén de ramos generales del sujeto. Cuando leí El fiord de Osvaldo Lamborghini, en la frase final (“Salimos en manifestación”) creí leer: “Salimos en exposición”.

El máster se obtiene en bares

Entre esa chirusita y la groupie de los periodistas de las recién salidas Primera Plana, Panorama y Confirmado hay un hiato. Reaparezco en los bares de la calle Corrientes, con la insignia existencialista de la boina ladeada y el morley negro para hacerme varonera en la cultura de la ginebra Bols y la falta de miramiento para con las mujeres. Allí adquirí un estilo de gélida bravata y de bella indiferencia que me servía para disimular la timidez y el deseo de reconocimiento. Imitaba una iconografía fuerte: Alfonsina en el café Tortoni, Norah Lange en el Auer’s Keller. Por ellas estaba convencida de que más que ganar la universidad las mujeres debían ganar las tabernas. El hábito de interrogar a los dueños de mesa, de hacerlos confesar toda clase de pecados laicos, era una profecía de la entrevista que en ese entonces tenía para mí, debo reconocer, mucho de complacencia y falta de sentido crítico para con las respuestas. Era la época en que el antipsiquiatra David Cooper denunciaba a la familia como lugar patógeno. Y la familia, agregaba yo, no se oponía al mundo sino al bar. A mí me hubiera gustado uno de esos que se parecen a los despachos de refrigerios del siglo XVIII donde se trata de poner en suspenso los sentimientos personales, la profesión, la clase y, con un protocolo afable, se habla de generalidades, siempre de alta filosofía: la vida y la muerte. Allí no hay estrellas. La intervención de alguien que acaba de llegar y apoya el impermeable sobre la barra, la caída de un cuerpo al suelo, entre los maníes, la canción espontánea conocida por todos, democratiza el teatro popular del alcohol. Hasta los estados son para todos: euforia, beligerancia, depresión. Pero allí, en el café La Paz, la clase no se dejaba en suspenso —éramos todos de clase media—, en cambio se hablaba mucho de la lucha de clases. Había floreo de discursos, espadeo de chicanas, lanzamiento de nombres propios y, si de confesión se trataba, esta era completamente transformada en una teoría general del sexo, la familia, las mujeres. El arte de la réplica y el de la humillación verbal que se practicaban in situ me prepararon para la entrevista de confrontación que nunca ejercí. El histórico intelectual argentino José Ingenieros, que tenía la habilidad de hacer convivir en la misma noche una bohemia sobria en compañía de los peores mientras daba forma a una epopeya de estudios autodidactas que terminaban a las ocho de la mañana, podría haber sido un contertulio de La Paz, adonde acompañé por lo menos a dos generaciones. En la primera camada: Norberto Soares, Miguel Briante, Germán García. En la segunda: Charlie Feiling y Claudio Uriarte. Conscientes de mi categoría de testigo, muchos me aconsejaron escribir mis memorias. Yo propuse como título una variante del de una película: Yo los conocía bien. Germán García sugería uno maligno: Qué pequeños eran los grandes del sesenta. Para adelantarse a mis mofas escritas, la mayoría me proponía que los entrevistara, a lo que no accedí. Creo que entonces asistí a las mejores performances orales que hayan existido: un diálogo de Alejandro Horowicz con alguien cuyo nombre no recuerdo en torno a las posibilidades de uso de las manos del general Perón, el nacimiento de la canción de Federico Manuel Peralta Ramos “Corazón bandera”, la fundación, junto con Miguel Briante, de la orden del Escarabajo Borracho —un monstruo volador que bebía néctar hasta morir—, los monólogos de Daniel Crossa, seguramente mucho mejores que los de Lenny Bruce. En La Paz Oscar Carballo me enseñó a ver Las meninas de Velázquez en una clave libre de Michel Foucault. Y Norberto Soares, que solía decir enigmáticamente “Pensar que perdí mi vida por una mujer que no era de mi estilo”, me mostró las leyes de la novela negra —era tan extravagante que hablaba del escritor policial Raymond Chandler cuando otros hablaban del ideólogo marxista Frantz Fanon—.

Entonces para mí el género más envidiable de los ejercidos por mis amigos periodistas era la crítica de libros, donde se podía hacer gala de la teoría recién estrenada y de la opinión polémica, sobre todo era una oportunidad de ejercer el estilo. La entrevista, en cambio, me parecía el género de los que no sabían escribir y lo sobrellevaban transcribiendo palabras de otros o, al contrario, de aquellos a los que la autoridad intelectual y la capacidad de dirigir el gusto del público permitían hablar con sus entrevistados de igual a igual. Mi marido de entonces era —todavía lo es— periodista. Para ahondar mi identificación con Colette, cuyo marido firmó sus primeras obras, yo escribí notas que firmaba aquel Moreno cuyo apellido expropié más allá del divorcio. Brote de sífilis, nueva ley de adopción, aeromodelismo, viajes en aerostato, qué es el Ejército de Salvación fueron los primeros temas de mis notas firmadas en La Opinión. La entrevista, que entonces subestimaba, sobre todo al ejercerse en la plebeya sección de “Vida cotidiana”, me servía para obtener información en función de notas que desplegaban una módica ironía y cierta marca literaria en la descripción de ambientes, climas y personajes.

Durante la entrevista a José Bianco me desmayé, y eso favoreció un clima, que hasta entonces había sido hostil. Pero el desmayo no es ni de lejos un recurso técnico sino algo cuya eficacia pudo comprobarse après coup como cualquier elemento impredecible en una entrevista. En un trabajo destinado a ser presentado en un congreso, la psicoanalista Graciela Brodsky habla del principio de imprevisibilidad. Cuando en un análisis nada sucede como estaba previsto es porque las cosas andan bien. El saber ordenado bajo la forma de la previsión solo da lugar a la sorpresa cuando falla, de ahí la afinidad de la sorpresa con la verdad. Me gusta evocar estas versiones psicoanalíticas en mis inventos —ya se ve que no lo son tanto— sobre la entrevista. No me atrevo a relacionar lo imprevisible de una entrevista con la irrupción del inconsciente, pero puedo mantener la noción de imprevisibilidad. Aunque, casi treinta años después, me sorprende haber creído escuchar de la boca de Jorge Porcel una alusión a aquello de lo que nadie hablaba entonces, el terrorismo, y nada menos que en clave de sátira. Simplemente, dejé escapar esa palabra en un lugar insospechado.

Sergio Víctor Palma tiene una ajustada teoría sobre el periodismo, solo que él la enuncia en un sentido negativo y yo como una fatalidad dentro de la ilusión de comunicarse.

De una entrevista todo puede servir al mismo tiempo que nada puede ser usado. Un entrevistador interesante es José Tcherkaski. Para él, una entrevista tiene que ser lo contrario a un match de box. La define como el arte de estar ausente para hacerse presente. Cuando cuenta sus procedimientos describe su posición como la de un muerto, un mudo, una sombra. A veces se reconoce en la actitud de un psicoanalista, solo que elude toda interpretación. Otras, se piensa a sí mismo como alguien que habla desde el lugar del público, a veces ese público simula ser Minguito, obligando al otro a ser muy pedagógico pero, al mismo tiempo, ilusionándolo con que tiene un incondicional control de la situación. Interroga con una curiosidad legítima sobre cosas que desconoce, por eso sus preguntas suenan verdaderas. Al hacerlas, nunca va más allá del pedido de una precisión de los detalles, de una asociación disparadora. El sentido de lo popular que lo hizo triunfar como autor de canciones como “Mi viejo” o “Juan Boliche” le permite saber cuál es la ocasión para meter la pregunta espinosa —nunca deliberada sino producto de una lógica interior al diálogo mismo— o “comprar” al difícil que se retacea. Así logró que Copi, impaciente por lo mucho que Tcherkaski decía ignorar de teatro, se puso a representar doce personajes para él solo. Luego le besó la mano. Fabián Polosecki era genial porque, al actuar mal, hacía de sí mismo en su condición de joven educado en el PC al que la feria de los raros lo asombra y lo obliga a redefinir su ética. Me hubiera gustado ser uno de los alumnos que interrogan al personaje de Fernanda Laguna en su novela Durazno reverdeciente porque las respuestas están un poco desplazadas y no al servicio de la pregunta. El personaje es una profesora que decide dejar de teñirse las canas:

“—¡Profesora! ¿Qué le pasó? ¿Qué...?... Usted... ¿tenía canas?

”—Sí, chicos, tengo canas desde que tenía 26. Pero siempre lo oculté. Pero ahora... quiero ser yo misma. Y quiero decirles dos cosas más. Soy lesbiana y ayer maté a una planta.

”—Ah... Nunca me imaginé que tuviera canas”.

No hay entrevista que falle

Se puede basar una entrevista sobre todo lo que sucedió en off, la hostilidad del entrevistado, su resistencia acérrima a responder y hasta sobre la imposibilidad de acceder a la entrevista misma. Mi primera nota a Liliana Felipe consistió en la publicación de los e-mails agresivos con que ella me negaba la entrevista y mis rastreras respuestas. La entrevista con Maitena fue un intercambio ansioso de confesiones autodenigratorias en las que cada una cada vez duplicaba su apuesta. Por supuesto que, con su consentimiento, publiqué solo las suyas.

Para mí lo mejor de una de mis entrevistas a Eva Giberti fue el diálogo telefónico previo donde me contó el entierro de Tita Merello y las desventajas de patrocinar una cremación sin llevar una bolsa para la urna.

Las célebres entrevistas de James Lipton son una suerte de perversión de la entrevista. Un sujeto solemne, de voz cultivada como la que Tom Wolfe adjudicaba al periodista beige, le refriega a otro sujeto, cuya actividad es la actuación, todo lo que sabe de él. Se trata de un entrevistador que no quiere saber puesto que ya sabe, enfrentado a un actor que actúa de no actuar y es capaz de representar hasta sus propios quiebres. Por otra parte, el saber de James Lipton, que es fundamentalmente un hombre con un equipo de producción cuya única labor es inspeccionar archivos de revistas especializadas, lo único que sabe es lo que han interpretado los medios sobre aquello que los actores han construido como su yo verdadero, generalmente un atado de corrección política, ideales colonizados —los actores de comedia brillante quieren hacer tragedia; los de cine, teatro; los que hacen Neil Simon, Tennessee Williams y los norteamericanos ser británicos— y autobiografías obtenidas en los sillones de terapia conductista.

Para mí la mejor entrevista es aquella donde el entrevistado dice algo que no sabía que sabía y es el primero en sorprenderse. El segundo sería el entrevistador. Porque la mejor pregunta es la que no se sabe de dónde nos llega y, recién por lo que provoca, descubrimos que era la pregunta adecuada hecha en el momento adecuado. Recuerdo mi entrevista a María Inés Mato, nadadora de aguas abiertas, performing artist y teórica del agua, una entrevistada que no permite ninguna complicidad pero su discurso inteligente, complejo y atravesado por certezas casi místicas funciona como un texto no escrito. En ese caso elegí someterme a su poder. Si bien estoy segura de que mis preguntas, al ir más allá de las clásicas utilizadas para entrevistar deportistas, le generaron cierto despliegue favorable, era difícil mover siquiera un milímetro de su pieza oratoria a semejante nena. Había una pregunta que yo quería hacerle pero que era imposible de incorporar sin generar un repliegue o sin tener la impresión de estar recurriendo al decálogo de la prensa amarilla: debido a un accidente, María Inés Mato tiene una pierna amputada hasta la mitad de la pantorrilla. Pero no era un elemento como para omitir. Cuanto más planeé la pregunta, más parecía insultante. Solo cuando la olvidé apareció fuera de mi voluntad y tomó esta forma: “¿Cómo se llama tu prótesis?”. “Fellini”, contestó ella con total naturalidad y luego me contó la historia.

Un fracaso seguro, a menos que tanto entrevistador como entrevistado sean unos consumados actores, es intentar repetir durante una entrevista las mismas preguntas que en otra ocasión tuvieron respuestas jugosas. Una prueba más de que lo ideal para hacer una entrevista es no saber nada del entrevistado y mucho menos haberlo entrevistado antes con éxito. Mi reportaje público a María Inés Mato fue una versión retórica, abstracta y sin el clima de la gráfica, donde yo apenas había realizado una tarea de montaje, combinada con una interpretación crítica de sus acciones.

Las proverbiales acusaciones a los periodistas de tergiversar las declaraciones de los entrevistados suelen ser respondidas con la afirmación de que se ha utilizado textualmente el registro grabado y casi sin recurrir al montaje. Sin embargo, no todo el mundo sabe que elegir un párrafo, subtitularlo y publicarlo en un determinado contexto, que una afirmación cruda vertida al pasar y transformada en un título con letra catástrofe ponen seriamente en duda el hecho de que verdad sea igual a desgrabación. Lo suele saber la víctima, es decir, el entrevistado. Sin embargo, en periodismo gráfico, la entrevista es el género —si se considera serio al periodista— que más se asocia a la verdad de los dichos. Una entrevista que le hice a Josefina Ludmer causó una cierta polémica. Lo sorprendente es que gente perteneciente al mundo académico y en la especialidad de Letras pasó por alto totalmente que la entrevista era un texto, lo que suponía determinadas operaciones de su autora, ya desde la situación de grabar. En ese tipo de entrevista como en la mayoría, y robándole a Truman Capote, soy yo la primera en expresar todo tipo de opiniones que llegan hasta la infamia, para azuzar al otro hasta sacarlo al ruedo y si el otro, en este caso Ludmer, está dispuesto a salir solo, lo persuado para que dé detalles, aclare, cargue las tintas. Incluso lo insto a repetir, para generar diversas variaciones sobre un mismo tema cuyo montaje correrá por mi cuenta.

Muchas veces finjo, al escribir la entrevista, que el entrevistado me ha contestado ridiculizando mi pregunta, desestimado mi opinión o tratado con desprecio. Para mí es la mínima regla de cortesía de quien terminará hablando (escribiendo) último. Y detesto las entrevistas donde el periodista no tacha las exclamaciones-soborno del entrevistado del tipo “es la primera vez que me hacen esa pregunta” o “esa es una observación muy interesante”.

Como conozco muy poco de arte y decoración, de arquitectura y mobiliario, suelo hacer que el entrevistado me describa la historia, la marca y el valor de todos los objetos que lo rodean. Si puedo, hago un análisis del baño y de la cocina. Hay ocasiones en que logré inspeccionar el tacho de basura. Cualquier cosa descartada o en uso dice mucho de una persona. La casita para pájaros de Eva Giberti no decía nada hasta que ella se puso a hablar de un gorrión en términos psiquiátricos para describir cómo siempre estaba a punto de estrellarse contra la ventana. Lo llamó borderline.

Historia política de la entrevista

Las primeras entrevistas en estas tierras seguramente las realizaron autoridades sacerdotales en el espacio de la confesión, del tipo: “¿Has pecado con mujer?”. “¿Has besado a una mujer?”. “¿Era la madre que te parió?”. “¿Cometiste pecado con mujer usando ambas partes?”. “¿Cometiste pecado con tu hermana?”. “¿Has cometido pecado con mujer mientras estaba acostada como animal en cuatro patas, o la pusiste así deseando cometer pecado en ella?”. “¿Cuántas veces?”. “¿Muchas?”. La indagación para descubrir al autor de un delito ya está presente en el Edipo de Sófocles. Edipo es un héroe trágico, es el que interroga testigos amén de amenazar con distribuir penitencias, sin saber hasta qué punto él quedará involucrado en estas. Durante el siglo XIX, antropólogos, psicólogos, psicopedagogos y maestros hicieron del examen una entrevista destinada tanto a determinar si alguien era hermafrodita como candidato a la prisión. En la entrevista hay una memoria social que vincula la verdad al pecado y al crimen. Ese estilo ha atravesado generaciones para marcar el estilo tanto de Jorge Lanata como de Mauro Viale. Personalmente prefiero el modelo socrático que consiste, a lo sumo, en someter con dulzura a una persona a la prueba de su propia coherencia, persuadiéndola a hacerse cargo de sus palabras en sus probables efectos, recordándoselo. El silencio psicoanalítico me parece un buen instrumento. Una vez hice una entrevista donde no llegué a hacer ninguna pregunta. Jorge Asís me vio, me invitó a sentarme y empezó a hablar. Yo no llevaba grabador ni libreta de apuntes porque entonces —era muy joven— practicaba el método Capote. La entrevista lo enfureció, pero no pudo afirmar que había sido tergiversado.

Las cursivas usadas en este libro, que podrían parecer excesivas, merecen alguna explicación: se trata de que el texto siembre señuelos de marcas, lugares y frases personales que vayan trazando un mapa variopinto y sonoro. La sección Esos diez precisa la cifra que Manuel Mujica Lainez juzgaba el número mínimo para constituir una elite. Patrimonio nacional y Militantes se explican por sí mismos. Por supuesto que he corregido aquí y allá porque la entrevista, según yo la imagino, se acerca más al diálogo novelesco que a la búsqueda de testimonio. Sin embargo, decidí mantener la incorrección gramatical y las repeticiones de la marca oral, por razones expresivas.

Vida de vivos parafrasea el título de un gran libro olvidado (Vida de muertos de Ignacio B. Anzoátegui), aunque en él no ejercito el arte de la injuria cultivado por su modelo. Me gustaría que fuera leído como un retrato estereofónico de la ciudad a lo largo de más de tres décadas. Como un coro donde el estilo de un entrevistador demasiado visible intenta, sin embargo, no llevar de contrabando el género a la ficción. Como una autobiografía a través de la mirada de los otros: entre la joven que se dirige a Pepe Bianco con temor y reverencia y la mujer madura que se hace la graciosa ante Maitena o Marta Minujín, el tiempo ha hecho sus transformaciones pero, sobre todo, ha construido un personaje entrevistador que soy y no soy yo.

Ahora, el barco de sal está sobre mi escritorio. No sé si el mito que lo rodeó durante tantos años tiene algo de verdad. Lo cierto es que hoy adoptó la forma de un talismán, algo que por fin tiene un sentido, contingente pero, de ningún modo, el de ser un adorno. La huella casera e ingeniosa que delata y el sueño de libertad que parece encerrar, amén de su ausencia de sustento —no podría llevar de pasajero ni siquiera un corcho— en su condición de lacónico esquema, lo hacen atravesable por elementos infinitos. Es un aleph, una babel cristalizada, el número último...

PATRIMONIO NACIONAL

Martín Karadagian
Producciones Mister Tongo

El barón de Aramián había abandonado la chaqueta verde, con la que fajaba hasta la discreción su barriga de buen gourmet, los anillos hiperlabrados, las medibachas anaranjadas y el ceño fruncido, cultivado entre las cuerdas para meter miedo a los rivales. Una mano contusa oprimía delicadamente una tacita de porcelana llena de té inglés. Se la había luxado tratando de imitar los dedos magnéticos del Indio Comanche. Una mucama con delantal blanco llenaba las copas de agua fresca. A la mesa del barón se sentaban Atila, Mister Moto, Cleopatra y El Bersagliere, todos con riguroso traje de calle. Desde la cabecera, el barón de Aramián —Martín Karadagian; la rima es inevitable— se ensoñaba con su espectáculo Titanes en el ring.

—Esos tacos, esas corridas, esos voleos son algo más que un deporte. Si vos les buscás la cultura, la encontrás. Yo uso personajes de leyenda, de la historia, de la Biblia. Por ejemplo, David, el pastor. Nació cuando su padre tenía ciento diez años. Lo tuvo con la fámula. Luego nació Abraham, que después quedó ciego. David murió a los cuarenta años, ¿eso no es cultura? Yo no hablo de lo que no sé.

Buena idea. Poner a la entrada de los museos o durante las clases de historia y mitología videotapes de Titanes en el ring. O pasarlos gratis en las escuelas.

—Entiendo. Usted se documenta.

—Claro. Yo no defraudo. Si el personaje fue malo, lo hago malo. Si tenía un botón acá (se señala la solapa), le pongo un botón acá. Cuando yo era chico, cuando preguntaba “¿Quién es el Cid Campeador?”, mi papá me decía: “¡Cállese la boca y vaya para la calle!”. Ahora un padre es otra clase de gente. Por empezar, tiene un mataburros en la casa. Dice: “Yo no sé quién fue el Cid Campeador, pero esperá... Ajá (finge leer en un gran libro), el Cid es el tipo que, en el año 1611, hizo la liberación de España”. Después puse a Don Quijote. No iba a hacerlo inteligente o ganador porque no hubiera sido verdadero. Así que lo hice como un tipo que luchaba y siempre perdía. Terminaba todo lastimado, como después de haber luchado contra los molinos de viento. Tenía prohibido entrar al gimnasio. ¡Tenía prohibido ser titán! Porque Cervantes había dicho que toda la vida fue loco, un loco que el último día, antes de morir, estuvo cuerdo. Hice a Sancho, el hombre que creyó en Don Quijote, y a Dulcinea, una paisana. La puse tal cual fue: una campesina, sin depilar, sin maquillaje, bastante fea.

—De todas maneras, la versión es bastante libre.

—¡Bastante libre! Si hasta Rocinante era exactamente igual al original. Caballos blancos hay muchos en la Argentina, lo difícil es conseguir un caballo como el que Cervantes imaginó: cabezón, blanco, con los huesos salidos, todo estropeado. Lo estuve buscando durante tres meses hasta que lo encontré en El Tacho, un lugar donde se lleva a los matungos para que los hagan jabón. El hombre lo arrastraba, atado a un carro. Lo vi y me dije: “¡Martín, ahí tenés a Rocinante!”. “Pobrecito, no puedo verlo sufrir así. Mantuve a mis hijos veinte años con este caballo. Él tiene veintidós. Es mejor que lo maten de una vez”, me dijo el hombre. Al caballo lo llevamos de gira. Llevar de gira una valija es fácil, pero ¿sabés lo que es llevar un caballo?

—¿Quiere decir que un chico puede aprender historia, religión o mitología viendo Titanes en el ring?

—Por lo menos no se le dice una cosa que no es. El que me quiera pescar preguntándome quién es Robert Schumann, no me va a agarrar en una laguna...

—Pobre Schumann, ahora está suspendido. ¡Tan lindo, con esa música! Repartiendo flores entre las chicas de la primera fila —suspiró la baronesa de Aramián, una señora gordita que hace un excelente café a la turca.

—No vino esta semana. Y Di Sarli también anda mal. La próxima vez que diga “buenas tardes” o “buenas noches” o “es el día de la bandera”, sin tener en cuenta que nosotros vendemos los tapes a países que no tienen ni el mismo feriado que nosotros, ni el mismo horario, lo echo —dice teatralmente el barón—. A que no sabés —me observa didácticamente— por qué se dice Martes trece, no te cases ni te embarques.

—Francamente lamento mi ignorancia, pero...

—Es porque Cleopatra una vez viajó con dos yuntas de caballos, más el palafrenero, que suman trece. Y fue asaltada por trece bandidos y le robaron trece piezas de oro. Luego cuando se hizo picar por el áspid, era un martes trece.

Y Cleopatra, la luchadora, se ríe: parece que escucha el cuento por primera vez.

El barón de Aramián despacha una tras otra tacitas de café a la turca que suceden a las de té. Es como si subrayara la inocencia de sus insumos. Se acaricia la barba tupidamente negra o el pelo de la cabeza tupidamente blanco, lanzando miradas acaparadoras sobre su hija o su esposa y sobre los miembros de su troupe que, en su presencia, mantienen un respetuoso silencio. Se parece a un pachá. Un pachá generoso que no escatima elogios para su pueblo.

—Mis titanes son todos buenos chicos. Desde Kanghai el Mongol hasta El Pibe 10. —¿Es a propósito que no nombra a los que están presentes?— Si no, preguntale al personal del canal: “Señora, ¿me da un hilito?”. “Señora, ¿me serviría un cafecito?” (pone voz de Caperucita Roja). Después, cuando salimos de gira y nos sentamos a la mesa de los restaurantes, nadie puede tocar una empanada sin decir: “Gracias, Señor, por este alimento que has puesto ante mí” (junta las manos y pone los ojos en blanco). Y no se ve el vino. Yo al Indio Comanche lo mandé de vuelta a Perú por tomar vino delante de los chicos cuando estaba en el cielo de su carrera. Siempre digo: “Si alguno quiere ser degenerado, yo no tengo ningún problema, pero que lo sea en su pieza”.

—Nena, querés un sanguchito —la baronesa de Aramián ofrece una fuente demasiado llena. Varias manos cargadas de pulseras se largan al mismo tiempo: pulseras de cobre para el reuma, esclavas y cadenas de oro macizo. La última es la de Cleopatra. La pila desaparece. La baronesa de Aramián mira con temor a su marido mientras los titanes comen. Pero él no se ha dado cuenta porque se ha puesto de pie para mostrarme el piano donde suele tocar clásicos con unas manos grandes y velludas. Hoy no, porque tiene la muñeca derecha resentida.

—Martín, ¿La Momia cuándo vuelve?

—¡Ja! Mirá si te lo voy a contar. Es como si Migré te dijera qué va a pasar en el último capítulo de su telenovela. Porque Titanes en el ring es un teleteatro mudo. Mucho más difícil que los teleteatros verdaderos donde, para grabar media hora, todos están veintidós ensayando.

—Usted tiene un alto concepto de la televisión argentina.

—Te digo lo que veo. Y cuando hacen un espectáculo ponen a unas diez viejas que tejen y una persona que les da, después de cada chiste, la orden de reírse. Te imaginás a un pibe preguntándole al abuelito: “¿Abuelito, de qué trabajabas cuando eras joven?”. “Era director de risas”. Con nosotros la gente se ríe de verdad. La tribuna está llena. Dos mil personas se llegan a quedar afuera sin ver el show. Uno vomita, otro se desmaya. Todo por un teleteatro mudo, que se entiende desde el principio al fin. Hasta los mogólicos lo entienden. Vos dirás, qué importancia tienen los mogólicos. Pero uno es más que cero. El Diávolo, por ejemplo, tiene mucho éxito entre los bebés. También La Momia. Nosotros andamos mucho por Centroamérica. Cuando llegamos a un país como Panamá, cualquier bebé de brazos dice mamá y después “¡Mo-nia-Mo-nia!”.

—Sorprendente.

Los titanes se ponen de pie, le dan la mano al barón y se retiran con un silencio exagerado, como si acabaran de dar un pésame.

—Mister Moto recibe gran cantidad de cartas de pibas que tienen entre ocho y ochenta años. Será porque es un personaje romántico. Ahora con él estamos en el episodio del sueño. La intriga empezó cuando Mister Moto miró en dirección al trono de Cleopatra, que nunca le había sonreído a nadie, ni siquiera a Julio César. Él soñó durante dos o tres programas con Cleopatra. Después, en los siguientes, miró el trono vacío y soñó que la llevaba en la moto. Salieron ella y él andando por las nubes. Después vino el sueño del casamiento. Los dos en la puerta de la iglesia. Próximamente, él la va a soñar en una casita linda, de esas que hay en La Lucila: Cleopatra está “de compras”.

Me imagino el sueño fabricado con hielo seco o con la cámara empañada, las nubes filmadas del noticiero NODO.

—Basta. Es una exageración.

—¡Es un espectáculo! Al final de la temporada Mister Moto va a soñar que llega a esa casa y salen a recibirlo cuatro o cinco pibes, cada uno con su motito.

—¿Y La Momia? ¿Es verdad que murió?

—¿Qué tenés con La Momia? ¡Una fijación!

—Era mi personaje favorito.

—Pero terminó la temporada. Te cuento una cosa. Una vez yo estaba tomando una copa en Michelangelo. Una gaseosa. Cuando veo a una chica muy bonita, vestida con traje sastre y gorrita de jockey. Una moda que se usaba entonces. Yo pensé: “Acá pasa algo”. Porque si una mujer no mira, no pasa nada. Pero si mira con odio o con cariño es porque pasa. Me le acerqué y le pregunté: “¿Por qué me mira así?”. “Usted es un traidor”, me dijo. “¿Por qué?”, le pregunté. “Yo soy la hermana de La Momia. Cuando murió en un horrible accidente, usted no hizo nada, lo reemplazó por cualquiera”. Lamentablemente la tuve que sacar del error. “Su hermano nunca fue La Momia. Fue un luchador que nunca pudo llegar a trabajar conmigo. Se paseaba por la platea, hablaba con la gente. Dos luchas antes de que subiera La Momia al ring, desaparecía para esconderse en el vestuario. Esperaba que La Momia luchara y volvía a aparecer con el pelo mojado, como si acabara de salir de la ducha”. Creo que me creyó. Ese tipo, pobre, tenía engrupida a toda una familia. Pero nunca había trabajado conmigo porque no servía.

—Y hasta, para que vieran los vecinos, colgaba vendas de la soga de la ropa —acota la baronesa de Aramián.

—El gimnasio es un nido. De allí los saco. Están en el fondo del salón. A veces son hombres gordos, que están acabados pero que tienen años de lucha. Yo, de lejos, nomás, me doy cuenta si tienen alma. Y, si la tienen, de qué tienen alma. Por ejemplo, yo sé si un tipo quiere ser Napoleón. Porque a un tipo no lo podés disfrazar de lo que no es. Una vez estaba mirando a un luchador. Pensé: “¡Qué bien me vendría este tipo para hacer de cura! Pero si largo un cura luchador me echan del canal”. Le dije a mi ayudante: “Llamame a ese pelado que está en el fondo del salón”. Lo invité a mi escritorio y le pregunté: “¿Usted de qué se ocupa?”. “Yo soy inspector de granos”. “¿Y de qué parte de España es?”. Tenía una pinta de gaita que mataba. “Yo soy de Orense”, me dijo. “Ah —le dije—, a terra dos afiladores”. “Sí, y los sábados y domingos ayudo a un cuñado, que tiene una pizzería en San Cayetano y Rivadavia”. Yo a la calle San Cayetano la recuerdo muy bien porque en una época, con un tipo al que le faltaba una pierna, nos parábamos allí para conseguir plata de la gente que pasaba en los ómnibus y los tranvías. Les tirábamos unos paquetes de pastillas bien sucios como para que no se los quedaran y nos dieran igual el dinero. Bien, pasó el tiempo. Un día un tipo me dice: “¡Mire, Karadagian, ahí va uno que usted conoce! Un tal Jesús”. Para mí hay muchos Jesuses. Pero el otro me insiste: “Es inspector de granos y trabaja en la calle San Cayetano”. Entonces me acordé por lo de la calle San Cayetano. ¿Sabés qué me dijo el otro? “Karadagian, usted no va a poder creerlo, pero ese tipo, en Orense, era cura”. Yo me había dado cuenta con solo verle la pinta.

El barón de Aramián nunca deja de lanzar miradas de Otelo a su hija de ocho años. Teme que se haga luchadora. Y que abandone por otros los brazos brutales del indulgente ogro paterno, que se inquieta como un galán engañado si ella le hace “caritas feas”.

—¡Mejor sería que se recibiera de abogada para cuidar la platita que pienso dejarle! ¡Y Dios cuide al candidato que consiga para el casamiento! Porque se lo voy a espantar. Lo que yo le voy a dejar a la nena no serán bienes gananciales pero es una herencia, y supongamos que el tipo, después del casamiento, la invita a visitar una propiedad que tiene en las afueras. Y le dice: “¿Ves esa terraza? Allí jugaba yo de chiquito. ¿Vamos a verla?”; después, ¡un empujoncito y listo!

Entonces le convendría más ser luchadora que abogada. El barón de Aramián le ha comprado a la nena un arpa paraguaya. ¿Para qué? Si luego prohíbe terminantemente que tanto ella como su mamá tomen clases particulares.

—Pero Martín —se queja la baronesa de Aramián—, si el profesor se sobrepasa, yo sé defenderme. Además los paraguayos son encantadores.

—Pero no son castrados. ¿Qué pensarán los vecinos al ver a un tipo que entra todas las tardes, a la hora de la siesta, mientras yo estoy en el gimnasio?

—¿Qué van a pensar? Basta con que escuchen la música para que se den cuenta de que el profesor tiene las manos ocupadas.

—Martín, tengo entendido que Titanes en el ring empezó con un desafío a Piluso.

—Piluso no había nacido cuando yo empecé. Fue en 1951, en el Canal 7. Ganaba mil dólares. Más que ahora. Con Piluso, que todavía no era Piluso, pasó lo siguiente. Le propuse luchar conmigo y le dije al referí, que era un gran catcher: “Yo a este tipo lo agarro de la pata y lo tiro a la quinta fila. Como va a quedar lastimado, nos peleamos nosotros y la gente no le va a dar más bolilla a él. Es la única manera de meter Titanes en el ring en la televisión”. Pero cuando estábamos en los camarines, Piluso venía a cada rato y me decía: “Che, Martincito, ojo que yo no soy un luchador. ¡No me vas a lastimar!”. Él es un tipo chiquitito, vos lo conocés, flaquito. Me acuerdo de esa propaganda para los chicos que metía en el programa: “Piluso, la leche, la leche”, de sus calzoncillos largos y un palito en cada botamanga. Entonces pensé: “Este tipo es inocente. A ver si se mata. Yo no tengo coraje para hacerle lo que pensaba”. Así que le dije al referí: “Mejor es que, con cualquier pretexto, nos peleemos de entrada vos y yo”. Todo salió muy bien. Fueron a vernos todas las autoridades del canal. Los monos grandes. A la semana debutábamos.

—Usted a Piluso le perdonó la vida pero, aunque sea tongo, me parece que hay lesiones leves.

—Acá, en el catch, nadie sube a lastimar a nadie. Pero “juego de manos, juego de villanos”. Si a vos se te escapa una piña, el otro te da dos. Si a vos se te escapan dos, el otro te da cinco. La espalda de un luchador es como tu espalda. Le va a doler la caída por más que sepa caer. Una vez a mí me diagnosticaron cáncer en los huesos. Estaba en Australia. Entonces me volví loco y quise suicidarme. Allí hay un lugar donde la gente va a matarse como el que existe detrás del Pan de Azúcar, en Río. Iba al muere, cuando un amigo me dijo: “¿Por qué no consultás a otro médico? Pueden haberse equivocado”. Y tenía razón. Lo que pasa es que tengo tantas fracturas de costilla, que en cada una se palpa una serie de nudosidades sobre las astilladuras. Y eso debe parecerse a los síntomas de cáncer. Entonces, fijate que uno no la saca gratis.

—Cuando usted empezó, el espectáculo era diferente. Más sobrio, más largo.

—Éramos panzones que nos pasábamos media hora retorciéndonos la cabeza. Por los años cincuenta, el catch era como una gran familia. En el Luna, hasta la quinta fila, había gente conocida. La lucha permitía todo: escupir en el suelo, si uno tenía ganas o andaba un poco resfriado. O acomodarse las “partes orgánicas”. Nadie se ofendía. Eso se hacía sin mala intención, tampoco buena. Era catch y listo. Ganábamos quince pesos, salvo los domingos en que ganábamos sesenta. Yo tenía mis habitués: Canaro, D’Arienzo, Firpo y esa señora que tiene un perrito llamado Corbata... ¿cómo se llama?

—Tita Merello.

—Sí. Una noche yo fui con una noviecita y ella se sentó junto a Tita Merello. En eso, yo estaba agarrando al contrincante por la cabeza cuando una mariposa, de esas que hay por la noche en lugares con mucha luz, empezó a revolotearme cerca de la cara. Yo la eludía. Seguí la toma, pero me estaba poniendo muy nervioso. Hasta que me cansé, me llené la boca de saliva y la escupí. La mariposa cayó. Habrá sido por casualidad, sobre todo porque es un bicho que no se queda quieto. La emboqué. Entonces oí una voz que venía de la platea. Era la Merello que le decía a mi novia: “Mirá qué turco atorrante, se trajo una mariposa amaestrada”. La gente es muy ingenua. Cree que el tongo es una cosa que solo sucede en el catch. Y no es así. En cualquier deporte profesional hay tongo. Si no, ganarían siempre los mismos. Además están los tipos que están jugando mal pero que venden. Hay otros que son buenos pero que no venden. Un Vilas puede estar jugando mal pero lleva mucha gente. Pero por ahí hay un pibe de veinte años que es mejor. Entonces hay que pararlo. También puede pasar que un tipo sea insuperable, entonces la gente se aburre de él. Allí tiene que haber arreglo. Ahora, el arreglo siempre consiste en que uno se deje ganar. Y para eso hay que ser mejor que el rival. Nadie puede fingir que gana. Los campeonatos de tenis, los de automovilismo, están arreglados. Los grandes sucesos empresariales también. No solo Martín Karadagian es el rey del tongo. ¿Sabías que los Beatles fueron el invento de cuatro viejos judíos? No fueron descubiertos. Fueron programados para revolucionar la música mundial, que estaba por el piso. ¡Más de un campeón de automovilismo lo fue porque se sobornó a los rivales!

—No es posible.

—¿Que no? Yo lamento quitarte la ilusión, pero desde que venimos al mundo nos hacen tongo. La vieja nos dice que si no comemos nos va a llevar el hombre de la bolsa, que el 6 de enero van a venir los Reyes Magos. Son los primeros tongos. Porque la verdad no es un espectáculo. El mundo entero es tongo, es decir, catch. El catch entonces no es mala palabra. Un pibe, lo primero que tiene que saber en la vida es luchar y nadar. La lucha libre y la lucha grecorromana sirven para que a un petiso no lo pasen los grandotes. Cuando uno es chico y viene un grandote a prepear, tiene que irse con el rabo entre las piernas. Uno, entonces, se siente una basura. Pero si sabe luchar y no lo hace, se va tranquilo, porque no se va de cobarde sino por no meterse en líos. Es como quien dice: “No te pego porque me das lástima”. Mi padre era muy bajito pero era capaz de vencer a tipos de dos metros de estatura. Si uno manda abajo a un hombre, abajo somos de la misma altura. Además, es mejor que un pibe se pelee con sus manos, porque eso es de hombres. Y no que ande con armas de juguete, haciendo de vigilante y de ladrón. ¿Conocés el origen de la lucha? Es el más natural que existe. En la Edad de Piedra, el hombre estaba acostumbrado a luchar con animales mucho más grandes que él. Entonces ni se le ocurría que podía defenderse sin armas, siempre que luchara con otro hombre. Un día un cavernario se durmió junto a un árbol. Poco antes dejó su garrote a un costado. Vinieron los monitos y se lo robaron. Lo mismo le pasó a otro hombre. Cuando se despertaron se pusieron a pelear por una pieza de caza que habían abatido poco antes. Buscaron los garrotes pero no los encontraron. Entonces, muy enojados, se trabaron en un abrazo. Allí empezó todo. Y por eso, al principio, la lucha consistía en tratar de darse coscorrones en la cabeza como si todavía se tuviera el garrote en la mano. El tongo apareció con la profesionalización. Y con el show. Pero en la vida, luchar debería ser como respirar. Claro que a veces se me ocurre que, si no hubiera sido petiso, nunca hubiera sido luchador.

Siete Días, 28 de julio de 1982

Silvina Bullrich
“Si no soy Proust, paciencia...”

El departamento de Silvina Bullrich quedaba en Callao y Quintana, y una obviedad de izquierda hacía sobrevolar entre mi amigo y yo la palabra “oligarca”. Las porcelanas parecían buenas, los muebles de estilo, los cuadros de firma, pero ni en ese tiempo ni ahora yo supe situar el origen de la batería burguesa. Paladeábamos maldades que no ejercitaríamos o que, al ejercer, nos dejarían mal parados.

Ya en el ascensor, mi amigo* y yo habíamos comenzado a tentarnos.

—¿Sabés cómo la llamaba Manucho?

—¿?

—Gaucho con concha.

Mi anécdota no era menos graciosa pero más larga. María Esther Vázquez me había contado que una vez, en Punta del Este, le había tocado hacer de “bastonera” en un diálogo entre Manuel Mujica Lainez y Silvina Bullrich y que había cometido la torpeza de invitarlos a que llegaran al lugar cuatro días antes, dándoles tiempo para que discutieran sin parar. Entonces ya fueron muy mal dispuestos al encuentro en Arcobaleno, donde se había reunido su público común. La Vázquez, que pertenece a la misma escuela de tradición oral salonera, me había contado con gracia los detalles.

—Manucho había estado muy enamorado de la hermana mayor de Silvina, Tití, que se casó con Jorge Pereda, un hombre muy rico. Entonces dijo ante el micrófono: “Yo sufrí tanto cuando ella me dijo que se casaba con Pereda que le dije: ‘¿Qué le has visto a Pereda?’”. Ya Silvina se había puesto mal. “Y ella me dijo: ‘Es que tiene tan lindos dientes’. Años después me enteré de que esos dientes eran norteamericanos”. Entonces Silvina, todavía prudente, le dijo a Manucho: “El objetivo de ustedes era casarse con personas poderosas”. Manucho, que estaba casado con Ana de Alvear, contestó: “Esa mujer hizo por mí mucho más de lo que por vos han hecho muchos hombres”. Silvina, con un hilo de voz, pero perfectamente audible, agregó: “O que por vos muchos hombres”.

María Esther Vázquez no festejó ese duelo e interrumpió con una pregunta incidental.

Silvina Bullrich era una mujer de réplicas. Y las que daba seguramente venían tanto del salón abundante en maricones eminentes como de las novelas francesas que traducía. Era intimidante. Por eso las preguntas fueron casi siempre independientes entre sí —muy pocas veces repreguntábamos—, abusábamos del cuestionario de Proust, que permite obtener un retrato a través del detalle cuando el entrevistado está tan poco dispuesto a dialogar como un hombre al que acaban de detener acusado de un crimen, antes de la llegada de su abogado. Con naturalidad nos confesó que sufría de los juanetes y que por eso el auto le era tan necesario como a un gaucho su caballo. Y entonces, esa confesión era más comprometida que la de una perversión erótica. No advertí que esa franqueza para describir la decadencia física y la soledad tenía la marca de Simone de Beauvoir, quien, años más tarde, se despedirá de Sartre en La ceremonia del adiós exponiendo las vicisitudes de sus esfínteres y las creaciones literarias de la arteriosclerosis. Mi mirada obedecía a los dictados de Primera Plana, revista que podía simpatizar con el general Onganía pero, a menudo, se cebaba con esta rubia, retoño de rematadores, fácilmente asociable a las señoras gordas de Landrú. Un día, en la sección “Cultura” de la revista, se la aplaudió cuando ella prometió desde el título de un libro Mañana digo basta (llegó a publicar cuarenta). Con el tiempo le encontré a Silvina Bullrich ciertos méritos. Había en su obra un ademán que podría definirse como una conquista del territorio público y que se expresaba también topográficamente: la plaza, el comité, el banco. Un ademán como el de Isabel Allende en Afrodita o el de Laura Esquivel en Como agua para chocolate —la transformación de la cocina como destino en espacio de placer, fiesta lingüística y recuperación desde otra parte— hubiera sido impensable en aquella época en la que era preciso ganar terreno al espacio masculino. Además, el lector de best sellers de los años sesenta y setenta era capaz de hacer operaciones más sofisticadas que el de hoy: el fresco de una familia a través de una voz, durante la fiesta de cumpleaños de su patriarca en Los burgueses, exige códigos de lectura más exigentes que seguir el hilo de una trama. La mesa a la que se sientan Los burgueses anticipa la mesa de las privatizaciones y la corrupción. Hoy podríamos considerar a Silvina Bullrich una autora de denuncia ya que fue ella la que, sin eufemismos, habló de “mercado” literario y llamó al lector “público”, nociones que en la actualidad están naturalizadas hasta en figuras insospechables del establishment cultural como Umberto Eco. Nadie como Silvina Bullrich para hacer de un cheque un aventurero como Pierre Loti, de un depósito bancario un tema a la altura del affaire Dreyfus.

Una falda plisada es difícil de planchar. Silvina Bullrich se mantiene erguida frente al espejo mientras desliza los dedos por la hebilla del cinturón, tratando de que quede en el medio y perpendicular a la fila de botones del chemisier. Detrás, la mucama, de cofia y delantal, corrige las tablitas, antes de librarlas a la caída de la falda. El vestido es de crêpe georgette turquesa. Por las ranuras de los ojos de Silvina Bullrich asoma el mismo color, algo enturbiado por lo que ella describió como “una mala noche”.

—Tengo dormida la mitad de la cara.

La miramos.

Quiere que le aseguremos que no se notará en la foto. El efecto es este: de un lado sonríe y del otro parece enojada.

—Le aconsejo no sonreír —dice mi amigo. Ella se lo agradece con esa media sonrisa subrayada.

—¿Qué me van a preguntar? Porque miren que es difícil preguntarme a mí, ¿eh? Si me habrán preguntado cosas... hace quince años que no paran de preguntarme; desde Un momento muy largo me han hecho infinidad de reportajes. Tenía dieciocho, veinte años y ya me preguntaban; creo que entonces contestaba cosas más graciosas de las que puedo contestar ahora.

—¿Le gustan las entrevistas?

—Creo que en su mayoría son útiles para el lector y útiles para el escritor. ¡Por publicidad, solamente por publicidad!

—Hay escritores que recurren a las entrevistas para pasar en limpio sus ideas...

—No es mi caso. Nosotros somos argentinos y en medio de todo, de nuestro fracaso y de nuestros errores, tenemos un público que desea ver a sus escritores, como ocurre en Francia. Estamos rodeados de periodistas y de chicos de colegio que vienen a vernos.

—¿Así que vienen adolescentes a verla?

—A cada rato vienen chicos de los colegios. Chicos de sexto grado, de séptimo y hasta de primer año.

—¿Qué piensa cuando los recibe?

—Pienso cosas distintas, trato de ayudarlos.

—¿A qué?

—Ellos me preguntan cómo empecé a escribir, cuándo empecé a escribir, cuál de mis libros me gusta más. Siempre es algo un poco simple. Ahora, yo también les hago preguntas a ellos; sus padres me admiran, son lectores míos... Claro: yo tengo cuatro generaciones que me siguen. El otro día vino un chico de sexto grado, hijo de unos amigos míos que me admiran mucho, menores que yo... ¿Cuánto tendrá el padre? Cuarenta y cuatro años. El chico me había elegido a mí porque me conoce de Punta del Este y de su casa. Yo a esos chicos los ayudo. Ahora, si viene un muchacho o una chica más grande, soy yo la que hago preguntas. Entonces sufro desilusiones tremendas, les pregunto (son seis o siete reunidos): “¿Alguno de ustedes tiene vocación de escritor?” y todos me contestan que no. Sobre todo los hombres. Luego les pregunto por qué vinieron a verme y ellos contestan que leyeron Los burgueses y les importó mucho. Eso dice el noventa por ciento de los muchachos grandes.

Y a Silvina Bullrich se le nota que desearía ser interrogada por los adultos del parnaso de los poco leídos pero reconocidos por la crítica, los que se pasan por lo bajo la contraseña de La pérdida del reino de José Bianco o llaman a Cortázar por su nombre de pila.

—Los que vienen a visitarla le hablan acerca de sus libros, ¿también acerca de las críticas que ellos reciben?

—No, jamás hablamos de eso.

—¿Es verdad que no le duelen las críticas?

—Sí, me duelen muchísimo. Pero me duelen en el momento, como cuando uno se golpea con el codo. En realidad, no leo las críticas en contra; primero me informo entre los amigos y, si me dicen que tal revista me ataca, sencillamente no compro la revista. No leo más las críticas en contra porque no son constructivas; yo sé hasta dónde puedo llegar.

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