PRÓLOGO
Aun antes de pertenecer a la tercera edad —rótulo que nunca objeté, especialmente desde que supe de la existencia de la cuarta, lo que extendió mis expectativas de juventud—, siempre resistí el uso de ciertas frases y palabras que identifican a aquel segmento etario. Entre ellas el término “viejo”, que en una de sus acepciones significa deslucido o estropeado, además de estar etimológicamente emparentado con “vetusto”, extremadamente viejo y anticuado, y “veterano” que en el Río de la Plata define a la persona de edad madura. Valoro la intención de este eufemismo que trata de aportar algo positivo a una etapa de la vida que para la mayoría de la gente ya no lo tiene.
Odio los términos “vejestorio”, que despectivamente describe a alguien muy viejo, y “jovato”, un lunfardismo acuñado a imagen y semejanza de la locución española “novato”, aunque sin suficiente linaje para ser aceptado por la RAE.
Pero hay dos términos, rara vez cuestionados por la sociedad, que me irritan muy por encima de los otros. Me refiero a las palabras “jubilado” y “abuelo”.
El Diccionario de la lengua española define “jubilado” como la “persona que, habiendo cumplido el ciclo laboral por su edad, deja de trabajar y percibe una pensión”. De acuerdo con este significado, un jubilado no sería otra cosa que alguien a quien el mercado del trabajo ya no quiere por considerarlo inepto, ineficaz o improductivo, y a quien descarta sin considerar el valor que representan su experiencia y sanos hábitos de trabajo para las nuevas generaciones de empleados. Todo a cambio de una magra suma de dinero con la que debería subsistir y ser feliz. De ahí que se lo llame “jubilado”, que deriva de “júbilo”, voz que habla de una manifestación de alegría que en la mayoría de los casos desaparece al poco tiempo de haber recibido el beneficio. Esto ocurre por el agobio económico que en países como el nuestro sufre la clase pasiva —otro término que aborrezco—, que no le permite disfrutar de esta nueva etapa, a lo que debe sumársele la desenfrenada voracidad de nuestros hijos que, a sabiendas de la existencia de todo ese tiempo extra, tratan de hacerse de un empleado para todo servicio, sin costo alguno y utilizando la culpa o la victimización para forzarlo a cumplir sin protestar.
Ni hablar de la palabra “abuelo” con la que suelen dirigírsenos extraños que, después de una ligera evaluación de nuestra apariencia y comportamiento, deciden unilateralmente incluirnos en ese grupo. Aunque peor que el término en sí, debo reconocer, es la sonrisa misericordiosa, la gestualidad compasiva y el tono caritativo con que lo hacen, un patrón que se da en todos los casos sin excepción. A esto debe sumársele la cariñosa negativa a aceptar cualquier tipo de cuestionamiento de parte de la persona así etiquetada. Recuerdo, casi literalmente, el diálogo entre un hombre y un joven que le cedió el paso al entrar a un edificio de ANSES.
“Pase, pase, abuelo”, dijo el muchacho con el tono y la gestualidad ya descriptos. “Yo no soy tu abuelo”, respondió el hombre con el ceño fruncido. “Pero no se enooooje, abuelo”, insistió el joven, emulando al Chavo del 8, a la vez que esbozaba una sonrisa piadosa mientras le sostenía la puerta.
“Pasá vos, pendejo,
