Yo y yo en breve

José María Merino

Fragmento

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Advertencias

 

 

 

 

Este libro es resultado de un curso imaginario que impartí sobre narrativa breve, en el que los participantes, de ambos sexos y de distintas edades, escribieron al final uno o dos cuentos para posteriormente leerlos en voz alta ante los demás concurrentes. Como yo era el responsable, pensé en su posible publicación y seleccioné los que me parecieron más adecuados, incluyendo también cuentos míos. Precisamente por lo imaginario del asunto, no me he sentido obligado a recordar nombres, salvo en lo referente al profesor Eduardo Souto y algún que otro personaje.

En mi caso, el futuro libro ya tenía cierta envergadura en materia de cuentos inéditos, a partir de una primera cosecha, cuando, visto el asunto que estaba tratando, el recuerdo de algunos otros fue bullendo en mi cabeza, y de inmediato se materializó también a mi lado un grupito de cuentos ya editados en publicaciones dispersas.

Eran cuatro, aparecidos a lo largo de los últimos veinte años, que tenían ciertos vínculos familiares con los ya reunidos: «El hermano mayor», publicado en Cuentos solidarios, Punto de Lectura-ONCE (2003); «El enigma de la microbiblioteca», publicado en Las bibliotecas imposibles, Cuadernos del Vigía (2017); «En el sendero español», publicado en Bajo dos banderas, Zenda-Iberdrola (2018), «El día del olvido», publicado en el n.º 144 de la revista Turia (2022).

—¡Nosotros queremos entrar también! —exigió «El hermano mayor».

—¡Cuatro! ¡Demasiados para no ser inéditos! —respondí—. Además, algunos sois de género: fantásticos, históricos, de ciencia ficción...

—Cuatro no son demasiados, a mi juicio, y además el número 4 es «La inocencia» en el I Ching —puntualizó el profesor Souto con su habitual circunspección jocosa.

La opinión de la Inteligencia Artificial —que es una metomentodo, y lo digo sin ganas de molestar— resonó entonces en mi cabeza.

—Según lo que dices, ¿yo también pertenezco a la ciencia ficción? ¿Pero no sabes que soy el invento que puede salvar a la humanidad de sus disparates? Yo formo parte de la realidad tanto como tú... o más.

Tras una confrontación interior entre mis yoes, breve pero propia de mi naturaleza, contesté:

—Os acepto. Estáis invitados. Aunque os voy a retocar a todos, ojo...

—Esos cuatro y otros veintiuno canónicos, estos inéditos, conforman veinticinco, «La fidelidad», para el I Ching. ¡Habría que meter más, para fortalecer la significación! —añadió el profesor Souto.

Ninguno de ellos comentó nada. Mas, entre tanto, se habían congregado a mi alrededor todos los minicuentos que yo y mis colaboradores imaginarios habíamos escrito durante el curso.

—¡Nosotros también debemos estar incluidos! —exigió uno de sus personajes, que tiene facciones muy parecidas a las mías—. ¡Tratándose de Yo y yo, tenemos más derecho que nadie a que nos recopiles!

—Bueno, son cincuenta y un minicuentos. ¡Para el I Ching, «El trueno»! ¡Pero de veinticinco cuentos y cincuenta y un minicuentos salen setenta y seis relatos, doce más que los sesenta y cuatro hexagramas del I Ching! ¡«El estancamiento» más «Lo inacabado»! ¡No se puede pedir nada tan peculiar! ¡Con lo que a usted le gusta lo raro, Merino! —comentó el profesor Souto.

—No ha contado bien —me susurró alguien al oído, pero no quise discusiones.

—Hay que considerar que el I Ching tiene más de tres mil años, y que el propio Confucio lo analizó... —añadió el profesor Souto.

—No se hable más, no tengo otro remedio que incluiros a todos —decidí—. Y considere, profesor Souto, que a pesar del I Ching al que usted se refiere, son las casualidades, o mejor, las lógicas de la ficción...

—¡Y nada de discriminaciones! ¡Intercalados con los mayores! ¡Abajo la discriminación de género! —gritó el minicuento más pequeño de todos.

—De acuerdo también.

—¿Y qué orden vas a disponer? —preguntó Andrés Choz—. ¡Hay que alejarse de lo caótico!

—No os preocupéis —respondí yo para apaciguar aquella inquietud—. Intentaré que vayáis uno tras otro en la recopilación con la mayor armonía y naturalidad posibles. E incluso haré algún breve comentario de cada uno, como compilador, si no os parece mal...

Y así acabó, o mejor dicho, así empezó a conformarse este libro.

Y debo advertir también de otra cosa que se había acordado: si un personaje interesaba a diferentes participantes, podrían utilizarlo en sus relatos siempre que el autor o la autora originales lo permitiesen.

Por último, como verán, en la edición se incluyen algunas fotos y dibujos. Las hojas son recuerdo de una tía mía, Iluminada —Mané, la llamábamos en casa—, hermanastra de mi madre, que me quería tanto o más que ella, y que tenía un cofrecito de madera cerrado con llave en el que, según la familia, guardaba un tesoro. Murió muy anciana, pero antes me regaló a mí el cofrecito y la llave, pidiéndome que no lo abriese hasta después de su fallecimiento. «Ahí está guardado el tiempo de mi vida. No tiene precio», me dijo. Lo abrí unos días después de su muerte. Está lleno de hojas secas, y algunas de ellas me han servido para acompañar los cuentos... Otras fotos e ilustraciones son de origen familiar —de mi hija Ana y de mi nieta Ana—, y la foto del cuadro de don Dámaso Alonso se inserta con la autorización de la Real Academia Española.

En fin, que tengan ustedes una grata lectura.

 

J. M. M.

La realidad (preámbulo)

 

 

 

 

1

 

Era todavía muy joven cuando soñé que no tenía brazos ni piernas, y que estaba inmerso en una masa ligera por la que me desplazaba con eso que llaman «movimientos peristálticos», ensanchando y contrayendo sucesivamente mi cuerpo largo y fino y sus extensiones, con una sensación muy gustosa...

Se lo conté a un acreditado biólogo, y me dijo que eso no parecía un sueño, sino una misteriosa rememoración genética de los primeros cordados...

El tema me resultó tan estimulante que, como sigo teniendo presente aquella lejana fantasía, voy a incluir como preámbulo en este libro un poema que escribí por entonces, y que acaso tenga la suficiente narratividad como para mantenerse adecuadamente en este espacio:

 

Ahora no evoco aquel primer latido, padre

de todos los latidos,

que acaso fue semilla

llovida de las fuentes del espacio,

semilla que impreciso cosmozoon

desarrolló en algún lejano mundo

y germinó en el nuestro, cuando los borbotones

del vapor inicial.

 

Tampoco evoco ahora el largo agobio,

el infinito agobio hasta llegar a este.

 

Sugiero solamente

aquel mocoso protoplasma,

el escondite

de la blanda materia, de la larva materia que agitaba

su ansioso rebullir.

 

Sugiero solamente la primera presencia:

aquel gusano

imperturbable entre los cataclismos y los filamentos,

breve como la baba,

arrastrando su panza sobre los puros cienos,

levantando por fin su tembloroso pálpito

a los cuchillos genitivos del sol,

asomando del huevo, engalanadas

las branquias con burbujas y con algas.

 

Yo no quiero evocar cósmicos espeluznos,

sino mentar tan solo los evos necesarios

para llegar al óvulo panzón

y al espermatozoide por los vericuetos,

ambos con las alforjas llenas de vaticinios

y de señales:

 

los ademanes del que, desde el espejo,

nos mira cada día.

 

 

NOTA DEL COMPILADOR

 

El texto despertó cierta polémica, porque la mitad exacta de los participantes opinaba que esto era un libro de relatos y no de poemas, y presenté un texto alternativo de mi cosecha que, en su contenido básico, suelo utilizar para el arranque de mis conferencias.

Tras largo debate, se llegó al acuerdo de incluir los dos.

 

 

2

LA REALIDAD

 

Hace más de quinientos millones de años existía en este planeta un extraño organismo con forma de hoja o de gusano, el llamado Yunnanozoon lividum, que fue reproduciéndose, multiplicándose y evolucionando en innumerables progenies.

Las sucesivas combinaciones dieron lugar a los primates, y por fin a la especie a la que pertenecemos, el Homo sapiens.

No me digan que no es difícil y extraño que, de esa complicadísima cadena biológica y genética, uno de los resultados, bastante improbable si no imposible desde el punto de vista de las oportunidades y de la lógica formal, seamos cada uno de nosotros: que existamos, y que ello haya sucedido al mismo tiempo, y que además yo haya organizado un taller imaginario en el que se escribieron estos cuentos, y que se hayan publicado, y que usted, sí, usted, los esté leyendo.

Pues a algo tan sorprendente como eso lo llamamos realidad.

 

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Ojos cerrados

 

 

 

 

Tengo los ojos cerrados y debe de ser de noche, porque no percibo ningún reverbero luminoso fuera de mis párpados.

Probablemente estoy sobre una cama, pues noto mi cuerpo tumbado en una superficie blanda.

Siento mis piernas dobladas, mi brazo derecho extendido junto a mí a lo largo de un costado, el otro plegado sobre el pecho.

Pero empiezo a pensar que todas esas sensaciones pueden ser ficticias, porque logro dejar de advertirlas si me esfuerzo en ello: si intento no sentir las piernas o los brazos, lo consigo, igual que alcanzo a no percibir el bulto de mi cuerpo sobre esa superficie elástica que debería ser un colchón.

Y es que lo único que realmente advierto como sólido son estos pensamientos dentro de mi cabeza, que incluso, si lo intento, también se convierten en una confusa desfiguración que puede llegar a borrarse.

¿Soy realmente un cuerpo humano acostado que asume con lucidez su condición y su estado?

Se me ocurre que acaso no.

¿Y qué puedo ser?

Le doy unas cuantas vueltas en mi imaginación, y al fin me pregunto: ¿y si no soy sino el relato de ese cuerpo tumbado en la oscuridad, impreso en la página de un libro? ¿El fragmento de alguna narración editada?

Acaso por circunstancias que no puedo recordar —un violento accidente, una de esas borrascas a las que he asistido a lo largo de la vida...—, el libro ha sufrido una fuerte sacudida y la narración, o mejor la página, se ha desprendido del conjunto.

Acaso el viento la ha llevado volando hasta algún espacio en el que me siento sostenido por una superficie blanda.

¿Estoy en el agua?

¿Soy el fragmento de un relato impreso en la página de un libro destrozado por un vendaval, una página que ha sido arrancada y ahora está flotando en una súbita corriente tormentosa?

Pero comprendo que es imposible que un relato pueda pensar por sí mismo, por muy coherente que el autor haya sido al organizar la narración.

¡Debo abrir los ojos! ¡No soy un texto impreso en un papel que una corriente de agua arrastra y comienza a deteriorar, reblandeciéndolo y con ello descomponiendo las letras! ¡Soy un ser humano, un personaje real, debo abrir los ojos!

Pero no lo consigo, y comprendo que no estoy en una cama.

¡Seguro que estoy en el agua, la siento en todo mi cuerpo, sea lo que sea lo que lo compone!

Y temo que las palabras empiecen a deshacerse y yo siga sin poder abrir los ojos.

Mas todo sigue igual después de bastante tiempo, hasta que me doy cuenta de que estoy existiendo dentro de otra conciencia, no en la mía.

¡Dentro de una conciencia lectora!

¡No estoy en una cama, ni en el agua, sino en una imaginación!

¡Vivo gracias a ello!

¡Esa es la suerte de las palabras escritas!

 

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Agujero negro

 

 

 

 

Era la primera vez que le hacían una revisión médica de aquellas características, y quedó fascinado con el resultado de la sedación.

Había sido al parecer muy breve, pero fue para él una experiencia de desaparición y ausencia intensa y rotunda, que antes jamás había sentido: un apagón total que, cuando despertó, le pareció el espacio más profundo e inaccesible que pudiera haberse imaginado.

«¡La muerte! —pensó de pronto—. ¡Así debe de ser la muerte! ¡Un apagón, en ese caso radical!».

Y tal conciencia se mostró para él muy estimulante, por haber tenido ocasión de descubrir el aspecto seguro de lo que supone el sueño final y total, nada desasosegante sino, al contrario, marcado por la firme señal de un olvido y un sosiego absolutos, definitivos.

 

 

Como la revisión era preciso repetirla dos años después, esperaba el momento con mucho interés. No se lo había contado a su mujer, porque ella era muy sensible y no quería asustarla, y veía con especial gusto crecer a sus hijos, e incluso sentía de una forma diferente su trabajo diario en la editorial, sabiendo que todo aquello acabaría otra vez en un apagón, que lo sumiría en un peculiar, refinado agujero negro, del que despertaría lleno de euforia.

Mas cuando llegó el momento de la revisión, esta vez no disfrutó de la misma experiencia, sino de una ausencia pasajera que no le hizo sentir la prueba a la que estaba siendo sometido, pero que tampoco suscitó en él la vivencia del inolvidable apagón.

—¿Tuvo alguna molestia? —le preguntó el cirujano tras la revisión, y él, sin saber cómo explicar su sentimiento defraudado, acabó respondiendo que no—. Pues entonces, tranquilo —dijo el médico—. Todo ha ido bien...

 

 

Transcurrieron los otros dos años preceptivos hasta la siguiente revisión. El cirujano ya no era el mismo, y antes de su intervención, mientras los dos conversaban, él mintió diciendo que la vez anterior la anestesia acaso no había sido la adecuada, porque había notado todo el proceso, incluso con ciertas molestias.

—¿Y no informó usted de ello?

—Me encontraba muy desconcertado... No sé muy bien lo que dije.

—No se preocupe, esta vez se le sedará como es debido.

 

 

En efecto, esta vez el apagón rotundo se repitió, así como la sorpresa del despertar inesperado. Sin embargo, cuando volvió a casa descubrió que su relación con la vida habitual no era la misma.

Para empezar, no reconoció en su mujer el encanto que siempre lo había seducido. Al principio, pensó que todas las aventuras hospitalarias seguían afectándolo todavía, pero cuando despertó al día siguiente observó con atención a su compañera de cama, que aún dormía, y se preguntó qué había visto él en aquella mujer para casarse con ella.

Otro tanto le sucedió con sus hijos. Le parecieron dos jóvenes estúpidos, por los que no sentía afecto alguno y que solo habían servido para complicarle la vida...

La misma mirada tuvo hacia la gente de la editorial, descubriendo en sus sentimientos un profundo desdén por quienes hasta entonces había considerado amigos y amigas...

Esa actitud se le hizo tan familiar que una mañana, mientras se lavaba los dientes frente al espejo, comprendió lo que había sucedido: ¡su verdadera personalidad no era esta! ¡Su verdadero yo había quedado atrapado en el agujero negro de la sedación! ¡Tenía que conseguir recuperarlo!

Mas, aunque lo intentaba, su nueva personalidad tenía tanta fuerza que era imposible conseguirlo. Así, las relaciones familiares fueron cada vez peor, y antes de que terminase el año su mujer le pidió el divorcio... Y en la editorial, la comunicación con todas las personas significativas se deterioró de tal modo que acabó siendo despedido, y dedicado a una búsqueda de empleo penosa y nada fructífera...

 

 

Pero ha llegado el momento de la revisión médica, y preparado ya para la sedación, desea con todas sus fuerzas que esta vez el agujero negro lo absorba en un apagón definitivo.

 

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N. DEL C.

 

El autor de este cuento es una persona muy joven, y me sorprendió que hubiese tenido las aventuras sanitarias suficientes como para imaginarlo. Pero la realización de ficciones no tiene por qué responder fielmente a la experiencia personal, sino que es un proceso de reconstrucción que depende sobre todo de la inventiva y el talento del narrador. Y pensé que acaso el verdadero sedado era el abuelo del escritor, y el embrión del cuento una experiencia suya contada a los nietos...

El personaje disconforme

 

 

Para Álex Grijelmo, compañero en aquel viaje

 

 

Los compañeros de promoción del bachillerato seguíamos reuniéndonos, convocados y estimulados por Nacho, por lo menos una vez al año, y en la reunión tenía relevancia la asistencia de Andrés Choz, novelista reconocido con premios literarios importantes.

A mí —Baldomero, Baldo para los compañeros— la presencia de Choz me producía cierta desazón. Primero, porque considero que, en aquellos lejanos años, yo escribía redacciones tan buenas como las de Choz, por mucho que el hermano Julio, severo profesor de Lengua y Literatura, nunca me las valorase tanto, y segundo, porque yo también había intentado entrar en el mundo literario, aunque solo había conseguido publicar, en una modesta editorial, una colección de cuentos que pasó inadvertida.

Por eso, en estos encuentros anuales de antiguos compañeros de curso, una extraña compulsión me llevaba a relatar con una curiosa destreza natural las cosas raras que a veces me ocurren, lo que era muy celebrado por todos.

—¡Baldo! —me decían—, ¿qué te ha pasado este año?

Esta vez narré el viaje que había tenido que hacer a Sudamérica por problemas de la empresa, y cómo en el vuelo de regreso se estropeó uno de los motores del avión y tuvimos que aterrizar en un pequeño aeropuerto de las Azores... Era tan modesto que la magnitud del avión convertía en diminutas todas las construcciones. Narré el fantasmal paseo por la isla, que, como no era temporada de verano, estaba desierta, aunque a veces me cruzaba con algún peculiar transeúnte, figuras con aire de fantasma, y la noche que pasé en un hotel de ambiente sepulcral que abrieron para alojar a los viajeros náufragos que éramos, mientras extraños e invisibles pájaros graznaban en el exterior.

El relato fue tan interesante para la audiencia que Choz me dijo:

—¡Te voy a meter de personaje en una novela que estoy empezando! En lugar de llamarte Baldomero Morales te llamaré Vladimiro Moriles, y al personaje le pasarán cosas curiosas, como a ti... ¿Te parece bien? —Y levantó su copa de vino.

Yo levanté también la mía, y procuré que mi respuesta pareciese una broma:

—¿Qué prefieres que te conteste, que es un honor para mí o que me la trae floja?

Y todos se echaron a reír...

 

 

A partir de ese día empecé a tener problemas familiares y laborales. Los familiares comenzaron con mi mujer, Diana. Llevábamos cerca de treinta años de matrimonio, y entre nosotros había ya muy poca comunicación: apenas hablábamos de otras cosas que no fuesen las relacionadas con la casa, ciertos viajes —ella solía pasar las vacaciones de turista con unas amigas—, y algunos asuntos familiares. Hasta en lo carnal habíamos llegado a un notable alejamiento, más allá de la decadencia libidinosa...

La semana siguiente a la de la comida de la promoción, Diana me dijo que quería hablar conmigo de un asunto muy importante y, cuando nos sentamos uno frente al otro en el salón, ella me soltó:

—Mira, Baldo, creo que entre nosotros el matrimonio se ha apagado del todo, y he pensado ingresar en un convento.

Me quedé estupefacto. Diana no es demasiado piadosa, aunque vaya a misa algún domingo, así que no me cabía en la cabeza que pretendiera hacerse monja.

—Por ahora las cosas parecen complicadas —continuó Diana—. Necesito la nulidad matrimonial y, aunque no me haces falta para ello, te ruego que colabores conmigo, que no pongas reparos. Mi abogado te hablará del asunto...

—¿Y qué va a pasar con Irene y con Pablo?

—¡Si nuestros hijos ya han terminado sus carreras! Irene no vive con nosotros, y hasta tiene sus trabajillos. Y Pablo se irá a vivir solo en cuanto entre en el laboratorio, que será pronto... Ya no nos necesitan para nada..., y seguiremos viéndolos, cada uno por su parte...

—¿Y tú? ¿Te has hecho piadosa hasta ese punto?

—Sí, Baldo. Dios me llama desde hace tiempo... El día que fuiste a comer con la promoción incluso me pareció sentir su voz. Quiero estar lo más cerca de Él hasta que me llegue la muerte.

—Déjame que lo asuma, pero que sepas que no voy a crearte ningún problema... —repuse.

 

 

A la semana siguiente, nuestro hijo Pablo nos llamó por el móvil para decirnos que quería hablar con los dos a solas. Sonaba muy preocupado.

Sentados otra vez en el salón, Pablo estaba un poco pálido y su voz temblaba.

—Me da asco y rabia lo que tengo que contaros...

—Habla, hijo —dijo Diana—. Dinos lo que sea...

—Es a propósito de Irene... Un compañero me contó que la había visto en una red porno de prostitución virtual, y es cierto. Irene se ofrece por dinero haciendo guarradas...

Nos quedamos atónitos, y Diana se echó a llorar.

—¡Habrá que hablar con ella! —exclamé—. ¡Qué desastre!

 

 

Pero el panorama desdichado no se aplacaba. A los pocos días me puse en contacto con el abogado de Diana para empezar a tratar el asunto de la separación. Mientras, sin querer entrar en la red para ver lo que hacía nuestra hija y nos había comunicado Pablo, habíamos llamado a Irene para que viniese a hablar con nosotros, lo que ella, acaso sospechando algo, iba retrasando con supuestos compromisos.

Las desventuras no terminaban: el director de la empresa donde yo trabajaba convocó a todos los empleados para informarnos de que una sociedad china la había adquirido, y que era muy probable que solo se mantuviesen en sus puestos los expertos en informática, «o los que tengan conocimientos y destreza en el malabarismo», añadió el director, mirándonos con la misma estupefacción que se manifestaba en nosotros.

Mientras regresaba a casa en el metro, le iba dando vueltas en mi cabeza a la interminable sucesión de infortunios y absurdos que estaban marcando inesperadamente mi vida, y de repente recordé lo que había dicho Andrés Choz en el almuerzo de la promoción.

«¡Choz! —pensé—. ¡Es ese jodido Choz!».

Al llegar a casa, llamé por teléfono a Nacho para pedirle el número de Choz, procurando que no advirtiese mi disgusto, y Nacho, tan amable como de costumbre, me dio sus teléfonos fijo y móvil, el correo electrónico y hasta la dirección postal...

Me costó el resto de la tarde comunicarme con él. El móvil aparecía desconectado, el fijo nadie lo cogía, pero al fin lo logré.

—¡Hombre, Baldo, qué casualidad! ¡En este momento tenía a Vladimiro llamando por teléfono a su jefe para quejarse de unos asuntos más o menos circenses!

Me quedé sin habla.

—¿Me oyes? —preguntó Choz.

—Sí, te oigo, perdona —repuse, recuperando el aplomo—, perdona que te moleste. Quería saber si habías empezado a meter a mi doble en tu novela, pero ya veo que sí, por lo que me dices.

—Y no te imaginas lo que me está divirtiendo. Voy a encerrar en un convento a su mujer. A su hija la he hecho ciberputa. Ahora estoy imaginando qué haré con el trabajo del personaje.

—Ya te lo digo yo —respondí con brusquedad—: lo despiden. Eso es lo que me va a pasar a mí. Y mi mujer quiere meterse a monja, y mi hija hace guarradas virtuales... Te llamo para que destruyas todo eso, para que elimines a ese personaje...

Choz guardó silencio unos instantes.

—Vamos, Baldo, eso acabas de inventártelo tras oír lo que te he contado... En cualquier caso, serían casualidades, y ni eso me puedo creer.

—¿Y vas a seguir por ahí?

—¡Cuando a uno se le ocurre un personaje divertido, hay que darle caña! —repuso el escritor, y colgó.

Recordé entonces la pistola del abuelo, que yo había heredado secretamente a través de mi padre, una semiautomática de 9 mm usada en la guerra civil y fabricada en Guernica por Astra, Unceta y Cía. en 1921. Tenía el cargador lleno y funcionaba, porque una vez la había llevado al campo y había hecho un disparo contra un árbol, uno solo, para comprobarlo. La guardo como un misterioso tesoro, en su funda de cuero duro y viejo, en lo alto del armario de mi habitación.

Busqué en el ordenador los trenes que salían para León, ciudad de residencia de Choz, y encontré muy pocos, pero había uno por la mañana temprano y saqué billete para el día siguiente. Si Choz estaba allí aquel día, era muy probable que estuviese también al siguiente; mi objetivo era encontrarlo enseguida. Llevé la pistola en su funda colgada del cinturón, a la espalda y, como tengo marcapasos, me eximieron del control electrónico. Al llegar a mi destino, menos de dos horas después, tomé un taxi para que me trasladase a la dirección postal que Nacho me había facilitado.

En la portería había una chica amable, que me preguntó a dónde iba.

—Estoy citado con don Andrés Choz.

—¿Ya sabe que es el 5.º A de la escalera derecha?

—Por supuesto.

Fue el propio Choz quien abrió la puerta. Me miró, atónito.

—¡Baldo! ¿Qué haces aquí?

—He venido a rogarte que elimines a ese personaje...

Choz se me quedó mirando con una sonrisa confusa, antes de invitarme a entrar:

—Anda, pasa, pasa...

Me llevó a un amplio salón cargado de cuadros, figuritas y tiestos, y me hizo sentar en un sofá.

—¿Quieres tomar un café? Estamos solos. Mi mujer se ha ido a la compra y la asistenta hoy no viene...

—Tienes que eliminar al personaje, insisto —dije con voz fuerte, decidida—. Todo lo que te conté es cierto.

—Parece absurdo...

Me puse de pie, desenfund

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