¿Por qué nos atrae el fin de las cosas? ¿Por qué ya nadie canta la aurora y no hay quién no cante el ocaso? ¿Por qué nos atrae más la caída de Troya que las vicisitudes de los aqueos? ¿Por qué preferimos el Infierno de la Comedia al Paraíso? ¿Por qué, de todos los personajes de la Comedia, Ulises es acaso el más memorable? ¿Por qué, instintivamente, pensamos en la derrota de Waterloo y no en la victoria? ¿Por qué la muerte tiene una dignidad que no tiene el nacimiento del hombre? ¿Por qué se marca el fin de una Edad con la caída de Constantinopla? ¿Por qué la tragedia logra un respeto que la comedia no alcanza? ¿Por qué sentimos que el final feliz siempre es ficticio? ¿Por qué será que los vencidos son para la memoria los vencedores? ¿Por qué la muerte violenta es ahora tan fácil? ¿Por qué pensamos en la agonía y no en la resurrección?
Los hechos que hemos enunciado y cuya multiplicación podría ser infinita son tal vez cobardías de la esperanza, pero no son menos reales por ello. En la Antigüedad las empresas podían ser felices; los argonautas conquistaban el vellocino y entre los paladines había uno que alcanzaba el Grial. A partir del Quijote toda aventura está predestinada al fracaso. El capitán Ahab encuentra la ballena blanca y esta lo destruye. Los personajes de Henry James, de Papini y de Kafka son profesionales de la derrota. El Ulises de Joyce es una epopeya de la aniquilación. Las ruinas son un símbolo evidente de la declinación y de la perdición fomentadas por el Romanticismo. Diríase que nuestra época sólo es capaz de la tragedia y de la elegía. La pesadilla es mucho más atractiva que el sueño.
Jorge Luis Borges
INTRODUCCIÓN
Las historias reunidas en este libro, escritas durante los últimos años, muestran algunas de las contradicciones y paradojas de este tiempo, especulan sobre nuestro futuro incierto, juntan ideas y memorias e intentan una suerte de parodia de las distopías y las fábulas apocalípticas tan propias de la época.
Este libro es un libro de ficción en un sentido restrictivo. Algunas de las historias (no quiero llamarlas cuentos) son ensayos ficcionalizados. La ficción ofrece un poco más grados de libertad, más flexibilidad a la hora de plantear ciertos dilemas éticos y disyuntivas trágicas. Facilita también la parodia, la ironía y la especulación. En última instancia, este libro intenta explorar de manera diversa el fatalismo actual.
Estas historias enfatizan dos asuntos: las consecuencias morales de la crisis climática y el cambio tecnológico. Todas son breves. Atisbos de un futuro inquietante y de un estado de ánimo apocalíptico. En conjunto, ponen de presente una tensión entre los desafíos de la actualidad y nuestras reservas colectivas, lo que podríamos llamar nuestro acervo cultural o biológico.
Hay, en la mayoría de las historias, un sentido de abandono, de soledad existencial, como si los dioses ya se hubieran desentendido de la suerte de los seres humanos o como si miraran, entre indiferentes y risueños, el resultado más o menos previsible de nuestras tendencias autodestructivas, de las consecuencias obvias de habernos dado al mismo tiempo el ingenio y la voracidad. El desdén de los dioses aparece aquí y allá en este libro como una presencia ominosa y trágica al mismo tiempo.
De solo una cosa me he cuidado: de la fábula. Estas historias renuncian a las prescripciones más obvias, a la tentación normativa, al señalamiento facilista, al dedo acusador, a la misantropía. Condenan y redimen al mismo tiempo. Posponen los juicios y las acusaciones. Mezclan la memoria y el futurismo de manera caprichosa. Y revelan tal vez una visión particular (trágica y resignada, digamos) de la vida y la aventura humana.
LAS ESTATUAS DEL SUR
Habíamos ido al sur a ver las estatuas. Mi papá, mi mamá y mis hermanos, todos embutidos en un Simca de color azul oscuro, con el motor atrás y que parecía en cada momento a punto de desintegrarse de manera irreversible. Salimos un viernes temprano de las montañas donde vivíamos —un valle estrecho que sería asolado años más tarde por una violencia arrasadora— hacia la ciudad donde el río se volvía grande; de allí, de la ciudad del río, salimos el día siguiente hacia otras montañas más lejanas, las montañas que guardaban las estatuas, el destino del peregrinaje familiar.Queríamos ver las estatuas, los monolitos, como aprendí más tarde que las llamaban para nombrar su origen, la materia prima usada por los misteriosos escultores. Había tenido desde muy pequeño un gran interés por las estatuas. Viajamos a conocerlas porque mi padre quería alimentar esa curiosidad, una obsesión que juzgaba auténtica e interesante, un interés, lo pienso ahora, que tenía que ver sobre todo con los dioses ya muertos.
Sabía que el viaje tenía ese propósito, que el peregrinaje era un acto de amor o, mejor, una manifestación de ese amor difícil que siempre tuve con mi padre, un amor contenido, lleno de sobrentendidos y silencios. Sentía que no lo merecía, que mi curiosidad era muy básica y perezosa, que ese acto de amor necesitaba de mi lado una reciprocidad más evidente, un acto igualmente generoso, unas notas perfectas, por ejemplo; una hazaña cotidiana que hiciera orgulloso y feliz a mi padre.Me sentaba siempre en la parte de atrás en el puesto de la ventana del lado izquierdo. Mi padre fumaba en el carro, un cigarrillo tras otro: el humo salía por su ventana y entraba por la mía medio abierta. Fumaba mientras hablaba, mientras opinaba sobre el paisaje, la vida y el mundo. Yo escuchaba con atención, con una especie de devoción de principiante. Sus opiniones se convertían después en las mías, las repetía cada vez que, en el colegio, por ejemplo, hablábamos de política o deportes. Si el presidente daba un discurso por televisión y mi padre decía después que los generales se lo habían dictado, yo decía lo mismo al día siguiente de manera enfática, con la suficiencia de quien no tiene ya dudas. Si decía que un grupo guerrillero adepto a los símbolos y al histrionismo no debía tomarse muy en serio, pues no los animaba el furor revolucionario sino la propaganda, yo decía lo mismo con las mismas palabras. Yo era él. O quería serlo. No había el menor intento de tomar una distancia crítica o apelar a la originalidad. El primer día de viaje, todavía muy lejos de la ciudad del río, nos encontramos de manera repentina con un accidente: un Renault 4 ensanduchado entre dos camiones, completamente destruido, con los cuerpos todavía atrapados entre los hierros retorcidos y la sangre esparciéndose sobre el pavimento. Paramos unos minutos más adelante en un restaurante de carretera. Nadie quiso almorzar. La presencia de la muerte nos había encogido las tripas. «Vi una mano colgando por la ventanilla, el reloj quedó intacto», dijo mi padre. Miró su reloj después de pronunciar la frase. Entendí el gesto de manera inmediata, sabía cómo leerlo. Pudimos haber sido nosotros, quiso decir. Yo estaba muy joven, pero supe desde entonces que la muerte actúa sin miramientos.Dormimos ese primer día en la ciudad del río y nos despertamos muy temprano al día siguiente para seguir nuestro camino. Salimos antes de las siete hacia las estatuas del sur, hacia las montañas que escondían las figuras de aquellos dioses ya muertos. El sol apareció de un momento a otro, un gran círculo anaranjado que impregnaba el mundo de color. «Con razón lo adoraban», dijo mi papá con un poco de asombro cósmico. Yo escuchaba atento, como siempre. Dije lo mismo años después en un viaje al norte con mis amigos del colegio: «Con razón lo adoraban».
Ese mismo día recorrimos una parte distante del gran parque de las estatuas. Caminamos juntos de aquí para allá sin un plan predeterminado. Yo estaba más pendiente de sus opiniones que de las estatuas. Me interesaban sus ideas, su forma da darle algún orden a ese universo. Pero él parecía más interesado en la geografía, en el paisaje, en los árboles de café que rodeaban las estatuas. De regreso del parque, ya entrada la noche, dijo como si nada: «Manejar es aprender a usar los espejos». Repetí esa frase varias veces en los años de mi adolescencia —nunca he sido un conductor competente—, quienes la oían asentían con algo de extrañeza, no del todo convencidos.
El día siguiente fuimos a la parte principal del parque donde había un museo y un bosque de estatuas ubicadas entre los árboles con una intención más estética o comercial que arqueológica. La estatua número uno nos llamó inmediatamente la atención. Supe después que representa una deidad solar («con razón lo adoraban»), pero nuestro interés compartido fue otro: una figura abstracta esculpida en la parte posterior de la estatua. Mi padre dejó la indiferencia que había mostrado el día anterior y manifestó de repente un interés contagioso por el símbolo que se insinuaba en la piedra.
Esperé silencioso a su lado, pendiente de su interpretación, de su opinión sobre ese símbolo extraño. De primera impresión, me pareció una figura litúrgica de otro mundo puesta allí para confundirnos, un corazón abstracto que poco o nada tenía que ver con ese bosque de estatuas, con los dioses muertos. Me pareció incluso parecida a ciertos símbolos de la religión católica que decoraban los atuendos de los sacerdotes de mi infancia, los supuestos intérpretes de unos dioses vivos en los que dejaría de creer por esa misma época.
No dijo mucho, escrutó el símbolo extraño con gran atención (fumando como siempre) durante un minuto o algo así. «Parece un símbolo religioso que no entendemos, que no entenderemos», masculló. Me llamó la atención esa aceptación de un incognoscible absoluto, una ignorancia poética. Me ha gustado repetir esa frase desde entonces, esa declaración de
