I
En el fuerte de Ruatha, pasada presente, decimosegunda revolución
Si no está limpio ahora —le dijo Jaxom a N’ton mientras daba una pasada final a la nuca de Ruth con el trapo aceitado—, ¡entonces no sé qué es estar limpio! —Se enjugó la frente húmeda con la manga de la túnica—. ¿Qué opinas, N’ton? —preguntó educadamente al darse cuenta de que había estado hablando sin tener en consideración el rango de su compañero, caudillo del weyr de Fort.
N’ton hizo un gesto de asentimiento y señaló la frondosa ribera del lago. Se alejaron hundiendo los pies en el fango originado al aclarar la espuma de la arena de jabón del pequeño dragón y se volvieron los dos para tener una vista completa de Ruth brillando al sol de la mañana.
—Nunca lo he visto tan limpio —observó N’ton tras una ligera pausa reflexiva. Y añadió apresuradamente—: Aunque es cierto que lo has mantenido siempre inmaculado, Jaxom. Pero, como no le mandes que salga pronto de este lodo, no le va a durar mucho la limpieza.
Jaxom transmitió rápidamente dicha petición.
—Y mantén la cola en alto hasta que estés en la hierba, Ruth.
Con el rabillo del ojo, Jaxom pudo observar que Dorse y sus compañeros se alejaban sigilosamente, por si acaso N’ton les tenía reservado algún trabajo pesado adicional. Jaxom, de alguna manera, se las había arreglado para disimular su orgullo durante el baño de Ruth. Ni Dorse ni los otros se habían atrevido a desobedecer al dragonero cuando los presionó despreocupadamente a prestarle ayuda. Verlos sudar por aquel «cachorro», aquel «lagarto de fuego demasiado grande», incapaces de burlarse y reírse de Jaxom como planeaban hacer aquella mañana, le había subido considerablemente la moral.
Jaxom no tenía muchas esperanzas de que la situación se mantuviera así por mucho tiempo. Pero si aquel día los caudillos del weyr de Benden decidían que Ruth estaba ya suficientemente fuerte para elevar en vuelo su propio peso, Jaxom podría volar libremente y alejarse de las burlas de su hermano de leche y sus compañeros.
—Ya sabes —empezó a hablar N’ton, ligeramente conmovido, mientras cruzaba los brazos sobre su túnica—. Ruth, en realidad, no es blanco.
Jaxom miró con incredulidad a su dragón.
—Ah, ¿no?
—No. Fíjate en cómo la piel tiene esas sombras pardas y doradas, y mira los reflejos azules o verdes sobre este flanco.
—¡Tienes razón! —dijo Jaxom parpadeando, sorprendido al descubrir algo totalmente nuevo sobre su amigo—. Supongo que los colores se perciben mucho más porque está tan limpio y el sol es tan brillante hoy.
Era un placer hablar de su tema favorito ante un auditorio interesado.
—Desde luego, todas sus tonalidades son propias de un dragón —siguió diciendo N’ton. Puso una mano sobre el lomo de Ruth y ladeó la cabeza para mirar sus poderosos cuartos traseros—. Y qué bien proporcionado está. Quizá sea pequeño, Jaxom, pero ¡mira qué guapo es!
Jaxom volvió a suspirar, irguiéndose y sacando pecho con orgullo:
—Ni demasiada carne ni demasiado poca, ¿eh, Jaxom?
N’ton le dio con el codo en el hombro y una astuta sonrisa apareció en su rostro al recordar todas las veces que Jaxom había tenido que recurrir al Caudillo del weyr por las indigestiones de Ruth. Jaxom había creído, erróneamente, que si le hacía tragar la suficiente comida, el pequeño dragón crecería hasta hacer la competencia a sus compañeros de nidada. Los resultados no habían sido buenos.
—¿Te parece que es lo bastante fuerte para llevarme volando?
N’ton obsequió a Jaxom con una mirada reflexiva.
—Veamos... le marcaste hace una revolución la primavera pasada, y ahora estamos entrando en la estación fría. La mayoría de los dragones completan su periodo de crecimiento en su primera revolución. Y no creo que Ruth haya crecido ni medio palmo en los últimos seis meses, así que hemos de pensar que ya ha alcanzado todo su tamaño. Vamos, vamos —dijo ante el suspiro de desánimo de Jaxom—, Ruth es media cabeza más grande que ningún otro animal corredor, ¿no? A esos los puedes montar durante horas sin que se cansen, ¿a que sí? Y tú no eres precisamente un peso pesado, como Dorse…
—Pero volar es un esfuerzo diferente, ¿no?
—Cierto, pero las alas de Ruth tienen la longitud proporcional suficiente como para sostener su cuerpo durante el vuelo…
—Así que es un dragón como debe ser, ¿no?
N’ton se quedó mirando a Jaxom. Luego le puso ambas manos sobre los hombros.
—Sí, Jaxom. Ruth es un dragón como debe ser, aunque tenga la mitad del tamaño que sus compañeros… Lo va a demostrar hoy mismo, cuando te lleve volando. Bueno, y ahora volveos los dos al fuerte. Tienes que ingeniártelas para ponerte a la altura de su belleza.
—¡Vamos, Ruth!
Preferiría quedarme al sol, respondió Ruth, avanzando hacia la izquierda de Jaxom con grácil paso para seguir el ritmo de su jinete y del caudillo del weyr de Fort.
—En nuestro patio hay sol, Ruth —lo tranquilizó Jaxom apoyando ligeramente una mano sobre el cuerno de Ruth, consciente del alegre color azul de sus ojos, levemente giratorios y facetados como piedras preciosas.
Mientras caminaban en silencio, Jaxom alzó la mirada hacia el imponente acantilado que era el fuerte de Ruatha, la segunda residencia humana más antigua de Pern. Sería su fuerte cuando llegara a tener edad suficiente o cuando su tutor, el señor Lytol, antiguo oficial de tejedores, exdragonero, decidiera que ya era lo bastante sabio y si los otros señores de los fuertes retiraban finalmente sus objeciones respecto al dragón de talla mediana, Ruth. Jaxom suspiró, resignado ante el hecho de que nunca le sería posible olvidar ese momento.
Y no es que lo quisiera, pero impresionar a Ruth había causado toda clase de problemas para los caudillos del weyr de Benden, F’lar y Lessa, para los señores de los fuertes, e incluso para él mismo, ya que no se le permitía ser un auténtico dragonero y vivir en un weyr. Había tenido que seguir siendo señor del fuerte de Ruatha. De lo contrario, cualquier nuevo hijo sin fuerte de algún señor importante podría desafiarle a muerte para hacerse con el puesto. Y el mayor de los problemas había surgido justamente con la persona a la que él más deseaba agradar, su tutor, el señor Lytol. Si Jaxom se hubiera detenido un momento a pensar antes de saltar a las ardientes arenas de la sala de eclosión de Benden para ayudar a romper el duro caparazón del pequeño dragón blanco, se habría dado cuenta del pesar que producía al señor Lytol recordándole constantemente lo que él había perdido con la muerte de su dragón pardo Larth. No importaba que Larth hubiera muerto revoluciones antes del nacimiento de Jaxom en el fuerte de Ruatha; la tragedia seguía viva y cruelmente fresca en la memoria de Lytol, o al menos eso era lo que todos le decían a Jaxom una y otra vez. Pero, si realmente era así, ¿por qué Lytol no había protestado cuando los caudillos del weyr y los señores estuvieron de acuerdo en que Jaxom criara al pequeño dragón en Ruatha?
Al levantar la vista hacia las alturas de fuego, Jaxom se dio cuenta de que el bronce Lioth de N’ton estaba cabeza contra cabeza con Wilth, el viejo dragón pardo centinela. Jaxom se preguntó de qué estarían hablando ambos dragones. ¿De Ruth? ¿De la prueba del día? Vio lagartos de fuego, diminutos primos de los grandes dragones, ejecutando perezosas espirales por encima de los dos dragones. Los hombres estaban conduciendo los wherries y las bestias de carrera desde los establos principales hacia los pastos exteriores, al norte del fuerte. Salía humo de la hilera de refugios menores que bordeaban la rampa que penetraba en el Gran Patio y corría por el borde de la gran ruta del este. A la izquierda de la rampa se estaban construyendo nuevos refugios, ya que los espacios intermedios interiores del fuerte de Ruatha se consideraban poco seguros.
—¿Cuántos hijos adoptivos tiene Lytol en el fuerte de Ruatha, Jaxom? —preguntó súbitamente N’ton.
—¿Hijos adoptivos? Ninguno, señor.
Jaxom frunció el ceño. ¿No sabía eso N’ton?
—¿Por qué no? Deberías poder relacionarte con otros de tu posición.
—Bueno, a menudo acompaño al señor Lytol a los otros fuertes.
—No me refería tanto a relaciones sociales como a tener compañeros aquí de tu misma edad.
—Está mi hermano de leche, Dorse, y sus amigos del refugio.
—Eso es verdad.
Hubo algo en el tono de voz del caudillo del weyr que hizo que Jaxom le mirara, pero la expresión de aquel hombre no le sugirió nada.
—¿Has visto mucho a Felessan últimamente? Recuerdo que los dos solíais meteros en un montón de problemas en el weyr de Benden.
Jaxom no pudo evitar ruborizarse hasta la raíz de los cabellos. ¿Era posible que N’ton se hubiera enterado de que él y Felessan una vez se deslizaron por un agujero sobre la sala de eclosión de Benden para ver de cerca los huevos de Ramoth? ¡Nunca habría imaginado que Felessan se lo contaría a nadie! Pero Jaxom se había preguntado con frecuencia si haber tocado aquel huevo había destinado a su ocupante a pertenecerle.
—No veo mucho a Felessan últimamente. No tengo mucho tiempo, ahora que me ocupo de Ruth.
—No, claro que no —contestó N’ton.
Pareció que quisiera ir a decir algo más, pero luego cambió de idea.
Mientras seguían caminando en silencio, Jaxom se preguntó si habría dicho algo inoportuno. Pero no pudo darle muchas vueltas, porque en aquel preciso instante el lagarto de fuego de N’ton, el pardo Tris, giró en el aire y aterrizó en el acolchado hombro del caudillo del weyr, gorjeando excitado.
—¿Qué pasa? —preguntó Jaxom.
—Está demasiado nervioso para hablar con coherencia — contestó N’ton riendo, y acarició el cuello de la pequeña criatura mientras emitía una serie de suaves ruidos hasta que Tris, dando un gorjeo final hacia Ruth, plegó sus alas.
Le gusto, observó Ruth.
—A todos los lagartos de fuego les gustas —replicó Jaxom.
—Sí, también yo me he dado cuenta de eso, y no solamente hoy, cuando nos estaban ayudando a lavarle —dijo N’ton.
—¿Por qué será?
Jaxom siempre había querido preguntarle eso a N’ton, pero nunca había tenido el valor suficiente. No quería contribuir a que el valioso tiempo del caudillo del weyr se perdiera en naderías. Sin embargo, aquel día la pregunta no le pareció tan tonta.
N’ton volvió la cabeza hacia su lagarto de fuego y, al cabo de unos instantes, Tris emitió un rápido gorjeo y empezó a limpiarse afanosamente las patas delanteras. N’ton contuvo la risa.
—Le gusta Ruth, eso es todo lo que puedo sacarle. Yo diría que es porque Ruth tiene un tamaño más parecido al suyo. Lo pueden ver sin tener que retroceder varios largos de dragón.
—Supongo. —Jaxom tenía sus reservas—. Sea lo que sea, los lagartos de fuego vienen de todas partes a visitarle. Le cuentan las historias más extravagantes, pero eso le hace feliz, sobre todo cuando yo no puedo estar con él.
Habían llegado a la carretera y se dirigían hacia la rampa que daba al Gran Patio.
—No tardes mucho en vestirte, ¿de acuerdo, Jaxom? Lessa y F’lar no tardarán —dijo N’ton mientras traspasaban el gran portón hacia la maciza puerta metálica del fuerte—. ¿Estará Finder en sus aposentos a esta hora?
—Debería estar.
Después, mientras Jaxom y Ruth se desviaban hacia la cocina y los viejos establos, el joven empezó a preocuparse por las pruebas de aquel día. A buen seguro, N’ton no habría alimentado sus esperanzas de obtener permiso para volar sobre Ruth de no estar bastante seguro de que los caudillos del weyr de Benden se mostrarían favorables.
Volar sobre Ruth sería maravilloso, y además sería la prueba definitiva de que Ruth era un auténtico dragón y no solo un lagarto de fuego de mayor tamaño de lo normal, como decía a menudo Dorse para molestarle. Y, además, podría por fin alejarse de Dorse. Por primera vez en revoluciones, aquel día no había tenido que soportar las burlas de Dorse mientras lavaba a Ruth. Y no era solo que el muchacho estaba celoso de que Jaxom tuviera a Ruth. Dorse siempre había molestado a Jaxom, desde que este podía recordar. Antes de que llegara Ruth, Jaxom se escabullía por los rincones oscuros de los muchos niveles de Ruatha. A Dorse no le gustaban los pasillos oscuros y mal ventilados y no se acercaba.
Pero cuando llegó Ruth, Jaxom ya no pudo seguir desapareciendo y evitando la vigilancia de Dorse. A menudo deseaba no deberle tanto a Dorse. Pero él era el señor de Ruatha y Dorse era su hermano de leche, así que le debía la vida. Pues si Deelan no hubiera dado a luz a Dorse dos días antes de la inesperada llegada de Jaxom, este habría fallecido a las pocas horas de nacer. Por tanto, Jaxom había sido informado por Lytol y el arpista del fuerte que debía compartirlo todo con su hermano de leche. Según Jaxom, Dorse sacaba de ello mayor provecho que él mismo. El muchacho, un palmo más alto que Jaxom y más corpulento, a buen seguro que no había sufrido por tener que compartir la leche materna, pero así se había garantizado tener la mejor mitad de todo lo que tenía Jaxom.
Jaxom saludó alegremente a los cocineros, ocupados en la preparación de una buena comida, para celebrar —así lo esperaba él con fervor— su primer vuelo sobre Ruth. Él y el dragón blanco siguieron caminando, cruzando las puertas de los viejos establos, que habían sido acondicionados para servir de alojamiento para ambos. Aunque Ruth era pequeño cuando llegó a Ruatha hacía ya una revolución y media, ya entonces resultó obvio que pronto sería demasiado grande para el tradicional aposento del señor dentro del fuerte.
Por eso Lytol había decidido que los viejos establos, con sus techos abovedados, se podían acondicionar para servir de aposentos y de cuarto de trabajo para Jaxom y, al mismo tiempo, ser un buen y espacioso weyr para el pequeño dragón. El maestro herrero Fandarel se había ocupado de diseñar nuevas puertas especiales, instaladas de forma que cualquier mozalbete delgado y débil pudiera accionarlas.
Me voy a sentar aquí al sol, dijo Ruth a Jaxom, asomando la cabeza al interior de sus aposentos. No me han barrido la cama.
—Todo el mundo ha estado muy ocupado limpiando para la visita de Lessa —respondió Jaxom sonriendo al recordar el terror reflejado en la cara de Deelan cuando Lytol le dijo que vendría la dama del weyr.
A los ojos de Jaxom, Lesse seguía siendo la única ruathana pura sangre que había sobrevivido al traicionero ataque de Fax sobre el fuerte, hacía ya más de veinte revoluciones.
Jaxom se quitó la túnica al entrar en su habitación. Hizo un gesto de contrariedad al comprobar que el agua de la vasija de su lavabo estaba tibia. Él mismo debía estar tan limpio como su dragón, pero no iba a tener tiempo de ir a los baños calientes del fuerte antes de que llegaran los caudillos del weyr. No sería conveniente estar ausente en ese momento. Se lavó con arena de jabón y agua tibia.
Ya llegan, comunicó Ruth a la mente de Jaxom poco antes de que el viejo Wilth y Lioth anunciaran a los visitantes con solemnes trompeteos.
Jaxom corrió a la ventana y miró fuera. Captó un resplandor de enormes alas en el momento en que los recién llegados se posaban en el interior del Gran Patio. No esperó a ver cómo los dragones de Benden se retiraban hacia las alturas de fuego, acompañados de excitados grupos de lagartos de fuego. Se secó a toda prisa y se quitó los mojados pantalones. No tardó mucho en ponerse sus prendas limpias y en pisar el suelo con las botas nuevas, fabricadas especialmente para la ocasión y forradas de piel de wherry para que le abrigasen los pies durante el vuelo. Los recientes días de práctica le facilitaron la tarea de colocar las guarniciones al impaciente dragoncito.
Y cuando ambos, Jaxom y Ruth, salieron de sus aposentos, se sintió nuevamente asediado por la preocupación. ¿Qué pasaría si N’ton se equivocaba? ¿Qué ocurriría si Lessa y F’lar decidían esperar algunos meses más para ver si Ruth crecía? ¿Qué ocurriría si Ruth, al ser tan pequeño, no tenía suficiente fuerza para volar con él encima? ¿Y si le hacía daño a Ruth?
Ruth canturreó animosamente:
Tú no puedes hacerme daño. Eres mi amigo. Y tocó afectuosamente a Jaxom con el hocico, soplándole en la cara con su aliento cálido y dulce.
Jaxom inhaló profundamente, esperando tranquilizar sus agitadas tripas. Entonces, se dio cuenta de que en las gradas del fuerte había una multitud. ¿Por qué tenía que haber tanta gente hoy?
No son muchos, dijo Ruth con tono sorprendido al levantar la cabeza para ver la concurrencia. Y hay muchos lagartos de fuego que han venido a verme. Conozco a todo el mundo que hay aquí. Y tú también.
Jaxom se dio cuenta de que era cierto. Y al ver que su dragón aceptaba aquella asistencia tan numerosa, se enderezó y siguió adelante con buen ánimo.
Los principales invitados eran F’lar y Lessa en su calidad de dragoneros mayores. F’nor, jinete del pardo Canth y compañero de la triste Brekke, también estaba presente, pero era un buen amigo de Jaxom. N’ton, por supuesto, estaba allí, pues era señor del fuerte, y Ruatha pertenecía al weyr de Fort. El maestro Robinton, en su calidad de arpista de Pern, también estaba, y Jaxom se alegró de ver junto a él a su hija Menolly, que a menudo había sido su defensora. Jaxom admitía a regañadientes el derecho de estar allí, en representación de los señores, del señor Sangel, de Boll del Sur, y del señor Groghe, de Fort.
Al principio, Jaxom no veía al señor Lytol. Después Finder se movió para decirle algo a Menolly y Jaxom vio a su tutor. Esperaba que Lytol mirara a Ruth de verdad, aunque solo fuera esa vez.
Cruzaron el patio y se detuvieron ante los escalones. Jaxom tenía la mano derecha sobre el cuello vigoroso y grácilmente curvado de Ruth. Se volvió hacia los jueces y los miró directamente.
Lessa extendió una mano para saludarle sonriendo mientras descendía los escalones para darle la bienvenida.
—Ruth ha engordado una barbaridad desde la primavera pasada, Jaxom —dijo con tono tranquilizador y apreciativo—. Pero tú deberías comer más. Lytol, ¿es que Deelan nunca da de comer a esta criatura? ¡Está en los huesos!
Jaxom quedó asombrado al darse cuenta de que era más alto que Lessa y de que ahora ella debía inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Lessa siempre había sido para él una mujer muy alta, y mirar hacia abajo a la dama del weyr de Benden resultaba embarazoso.
—Yo diría que aún le llevas ventaja a Felessan, pero cada vez que lo veo está más alto —añadió ella.
Jaxom empezó a balbucear una disculpa.
—Tonterías, Jaxom. Estírate bien —dijo F’lar, acercándose a su compañera de weyr. Su atención estaba fija en Ruth, y el dragón blanco alzó la cabeza ligeramente para poner los ojos a la altura de los del caudillo del weyr—. Ruth, ¡has crecido varios palmos más de los que te habría pronosticado en tu eclosión! Señor Jaxom, veo que te has portado bien con tu amigo.
El caudillo del weyr de Benden pronunció el título con un ligero énfasis y volvió la mirada del dragón al jinete.
Jaxom hizo una mueca de disgusto ante el ingrato recuerdo de su equívoca posición.
—Sin embargo, no creo que vayas a alcanzar la estatura de nuestro buen maestro herrero, por lo que no creo que vayas a pesar demasiado para volar sobre Ruth. —F’lar miró hacia los otros dragones en los escalones—. Ruth les lleva una cabeza de ventaja en estatura a las bestias de carrera. Y además es más robusto.
—¿Qué envergadura tiene ahora? —preguntó Lessa enarcando las cejas—. Jaxom, ¿puedes pedirle que las extienda?
Lessa podía haberle preguntado directamente a Ruth sin problema, pues podía hablar con cualquier dragón. Jaxom se sentía emocionado por tamaña cortesía y le transmitió la petición a Ruth. Con los ojos girando por la excitación, el dragón blanco se alzó sobre sus patas traseras y extendió las alas, mostrando los músculos del pecho y los hombros con los tonos neblinosos de todos los colores draconiles.
—Está perfectamente proporcionado —dijo F’lar, metiéndose bajo el ala para inspeccionar el lado interior de la ancha y transparente membrana—. Gracias, Ruth —añadió cuando el dragón inclinó cortésmente el ala—. Estoy seguro de que está impaciente de volar contigo.
—Sí, señor, porque, señor, ¡de verdad es un dragón y todos los dragones vuelan!
La mirada que le lanzó F’lar le hizo contener el aliento y preguntarse si su rápida respuesta no habría sido demasiado osada. Cuando oyó la risa de Lessa, levantó la mirada hacia ella. Pero no era de él de quien se reía, ni de Ruth. Los ojos de Lessa miraban a su compañero de weyr. F’lar, arqueando la ceja derecha, le devolvió una sonrisa. Y Jaxom se dio cuenta de que no les prestaban atención ni a él ni a Ruth.
—Sí, los dragones vuelan; ¿verdad, Lessa? —dijo suavemente el caudillo del weyr, y Jaxom advirtió que estaban compartiendo una broma privada.
Entonces F’lar alzó la cabeza hacia las alturas de fuego, donde la dorada Ramoth, el bronce Mnementh y los dos pardos, Canth y Wilth, seguían demostrando el más vivo interés por la escena que se desarrollaba abajo en el patio.
—¿Qué dice Ramoth, Lessa?
Lessa hizo una mueca.
—Ya sabes que siempre ha dicho que a Ruth le iría bien.
F’lar lanzó primero una mirada a N’ton, que sonrió, y luego a F’nor, que dio su asentimiento encogiéndose de hombros.
—Hay unanimidad, Jaxom. Mnementh no entiende por qué estamos dándole a la cosa tanta importancia. Monta enseguida, muchacho.
F’lar se adelantó como si fuera a ayudar a Jaxom a pasar una pierna por el cuello del dragón blanco.
Jaxom se sentía dividido entre el goce de ver que el caudillo de todo Pern se ocupaba de él y la indignación de que le creyera incapaz de montar sin ayuda.
Ruth intervino apartando la alas y doblando la rodilla izquierda. Jaxom subió con ligereza al miembro que le ofrecía y se columpió hasta adoptar la posición correcta entre las dos últimas placas del cuello del dragón. En un dragón adulto, esas placas bastaban para que un jinete se mantuviera erguido durante un vuelo normal, pero Lytol había insistido en que Jaxom usara guarniciones como medida de seguridad. Mientras Jaxom sujetaba las hebillas de la guarnición a las anillas metálicas de su cinturón, miró subrepticiamente a la multitud. Nadie parecía dar señales de sorpresa o de desprecio por aquella precaución. Cuando estuvo listo para partir, la terrible frialdad de la duda volvió a dejarse sentir en su estómago. ¿Y si Ruth no podía…?
Captó la sonrisa de entendimiento en el rostro de N’ton y vio al maestro Robinton y a Menolly que levantaban las manos y las mantenían alzadas para saludar. Y entonces F’lar alzó el puño sobre su cabeza, dando así la tradicional señal de salida.
Jaxom respiró profundamente.
—¡A volar, Ruth! —dijo.
Sintió los músculos de Ruth contraerse al flexionar las patas, sintió la tensión a lo largo del lomo, el desplazamiento de la musculatura bajo sus piernas en el momento en que las enormes alas se alzaron para el primer aleteo, el más importante de todos. Ruth se agachó un poco más justo antes de dar un poderoso impulso con sus fuertes patas traseras. La cabeza de Jaxom recibió una fuerte sacudida. Instintivamente, se aferró a las guarniciones y luego se mantuvo lo más erguido que pudo mientras el pequeño dragón lo elevaba con sus potentes alas hacia lo alto, por encima de la primera fila de ventanas y de los sorprendidos rostros de los señores, ascendiendo tan deprisa hacia las alturas de fuego que Jaxom solo pudo ver la siguiente hilera de ventanas como un borrón. Los grandes dragones extendieron sus alas para dar ánimos a Ruth, y los lagartos de fuego revolotearon cerca de ellos, añadiendo sus voces de plata. Jaxom solo esperaba en que todo aquel bullicio no espantara a Ruth y que los lagartos de fuego no se cruzaran en su camino.
Les gusta vernos juntos en el aire. Ramoth y Mnementh están contentos de que estés por fin en mi lomo. Y yo también. ¿Estás más contento ahora?
Aquella última pregunta, casi una queja, hizo que Jaxom sintiera un nudo de pena en la garganta. Abrió la boca para contestar, pero sintió que el sonido de su voz se desvanecía por la presión del aire contra su cara.
—Claro que estoy contento. Siempre estoy contento contigo —dijo con alegría—. Estoy volando contigo, y eso era precisamente lo que quería. Ahora, todo el mundo se dará cuenta de que eres un dragón de verdad.
¡Estás gritando!
—Es que soy feliz. ¿Por qué no habría de gritar?
Soy el único que puede oírte, y además te oigo muy bien.
—Como tiene que ser. Sobre todo estoy feliz por ti.
Estaban empezando a virar suavemente y Jaxom se echó hacia atrás, adaptando su postura a la curva y conteniendo el aliento. Había volado en dragón infinidad de veces antes, pero entonces era solo como pasajero, normalmente encajado entre dos adultos. Ahora, en cambio, sentía la intimidad de aquel vuelo como una sensación totalmente diferente, desconcertante, placentera, extraña y completamente maravillosa.
Ramoth dice que debes apretar más las piernas como haces con los corredores.
—Es que no quería estorbar tu respiración.
Jaxom apretó las piernas estrechamente contra el sedoso calor del cuello, aliviado por la seguridad que le proporcionaba.
Mejor así. No vas a hacerme daño en el cuello. No puedes hacerme daño. Eres mi jinete. Ramoth dice que debemos aterrizar. La voz de Ruth sonaba rebelde.
—¿Aterrizar? ¡Pero si acabamos de ascender!
Ramoth dice que no debo hacer demasiado esfuerzo. Pero llevarte no es ningún esfuerzo. Es lo que deseo hacer. Dice que debemos volar un poco más alto cada día. Me gusta esa idea.
Ruth rectificó su plano de descenso y se fueron aproximando al patio desde el sudeste. La gente que iba por la carretera se paraba a mirarlos haciendo señales de júbilo. A Jaxom le parecía oír vivas y hurras, pero el viento rugía al pasar, de modo que era difícil estar seguro. Los que estaban en el patio se volvían para seguir su trayectoria por el aire. No había ventana del segundo y primer piso del fuerte que no estuviera repleta de observadores.
—¡Ahora no tendrán más remedio que admitir que eres todo un dragón volador, Ruth!
La única cosa que Jaxom lamentaba era que el vuelo tuviera que ser tan breve. Bien, sería un poco más largo cada día, ¿no? No habría Caída, fuego o niebla que le impidiera volar todos los días, cada vez más tiempo, cada vez más lejos de Ruatha.
Se sintió bruscamente lanzado hacia adelante y su pecho golpeó con violencia contra una placa del cuello del dragón en el momento en que Ruth daba un brusco frenazo con las alas para posarse limpiamente en el mismo lugar que había dejado libre poco tiempo antes.
Lo siento, se excusó Ruth. Ya veo que hay cosas que tengo que aprender.
Saboreando el triunfo de su experiencia aérea, Jaxom se quedó sentado unos instante frotándose el pecho y dando ánimos a Ruth. Después vio que F’lar, F’nor y N’ton se acercaban a él con expresiones de aprobación. Pero ¿por qué estaba el arpista tan pensativo? ¿Por qué fruncía el ceño el señor Sangel?
Los dragoneros dicen que sabemos volar. Y ellos son los que importan, le dijo Ruth.
Jaxom no podía distinguir ninguna expresión en el rostro de Lytol. Esto empañó el orgullo de Jaxom. ¡Cómo había esperado justo aquel día recibir algún guiño de aprobación, alguna respuesta amable de su tutor!
Nunca se olvida de Larth, dijo Ruth en su tono más suave.
—¿Lo ves, Jaxom? Ya te lo había dicho —exclamó N’ton mientras los tres dragoneros se colocaron junto al hombro de Ruth—. No hay ni una palabra negativa que decir.
—Excelente primer vuelo —dijo F’lar, deslizando su mirada sobre Ruth, sin duda en busca de alguna señal de agotamiento—. No se advierte en él ningún daño.
—Este muchacho es capaz de girar sobre la punta de un ala. Acuérdate de ponerle siempre las guarniciones hasta que os hayáis acostumbrado el uno al otro —añadió F’nor, estirando un brazo para agarrar el antebrazo de Jaxom.
Era el gesto de saludo entre iguales, y el detalle produjo enorme satisfacción a Jaxom.
—Estabas equivocado, señor Sangel —se oyó decir a Lessa, que se abría paso claramente hasta llegar a Jaxom—. Nunca ha habido dudas de que el dragón blanco pudiera volar. Hemos retrasado el primer vuelo solo hasta estar seguros de que Ruth había crecido lo suficiente.
F’nor le guiñó un ojo a Jaxom y N’ton hizo una mueca, en tanto que F’lar alzó la mirada como armándose de paciencia. Estos gestos de confianza hicieron que Jaxom se diera cuenta de que él, Jaxom de Ruatha, había sido admitido en una relación de igual a igual con los tres dragoneros más poderosos de Pern.
—Ahora ya eres un dragonero —le dijo N’ton.
—Sí —dijo F’lar, frunciendo el ceño y alargando la pronunciación de las palabras—. Sí, pero no vayas a lanzarte por todo el mundo mañana mismo, ni intentes volar por el inter. Todavía no. Supongo que entiendes eso. ¡Muy bien! Debes hacer que Ruth practique el vuelo cada día. ¿Tienes alguna objeción respecto a estos entrenamientos, N’ton? —dijo, y le pasó la pizarra de N´ton a Jaxom—. Es preciso que esos músculos de las alas se fortalezcan gradualmente y con cuidado, de lo contrario, podrías someterlos a un esfuerzo excesivo. Ahí está el peligro. Puede llegar un momento en que necesites que el dragón vuele muy deprisa o que tenga mucha capacidad de maniobra, y entonces unos músculos débiles no darían el rendimiento necesario. ¿Has oído alguna vez hablar de la tragedia de las Altas Extensiones?
La expresión de F’lar era severa.
—Sí, señor, Finder me lo contó.
Y Jaxom no osó mencionar que Dorse y sus amigos, cuando se enteraron del incidente, no permitieron que Jaxom olvidara en lo sucesivo al jinete que había sido aniquilado contra la ladera de la montaña por haber sometido a un esfuerzo excesivo a su joven dragón.
—Tienes una doble responsabilidad, Jaxom; ante Ruth y ante tu fuerte.
—Así es, señor; lo sé.
N’ton sonrió y le dio una palmada en la rodilla de Jaxom.
—Me atrevería a afirmar, joven señor Jaxom, que lo sabes al dedillo —dijo.
F’lar, sorprendido por el tono de la advertencia, se volvió hacia el caudillo del weyr de Fort. Jaxom contuvo el aliento. ¿Es que los caudillos del weyr hablaban sin pensar? El señor Lytol estaba siempre detrás de él para juzgarle antes de que abriera los labios.
—No voy a detenerme a considerar el entrenamiento inicial de Jaxom, F’lar, pues no es preciso preocuparse por su sentido de la responsabilidad en estos casos —siguió diciendo N´ton—. Lo tiene, y bien fundamentado. Así pues, con vuestro permiso, voy a darle instrucciones de que vuele por el inter cuando yo vea que está en condiciones de hacerlo. Y me parece —hizo un gesto hacia los dos Señores de los Fuertes, que conversaban con Lessa—, que cuanta menos publicidad demos a la fase de entrenamiento, mejor.
Jaxom podía sentir la ligera tensión en el aire cuando N’ton y F’lar cambiaron miradas significativas entre sí. Y de repente, Mnementh y Ramoth hicieron sonar su llamada estridente desde las alturas.
—Dan su consentimiento —dijo N’ton con voz suave.
F’lar sacudió la cabeza para apartarse el rizo que le había caído sobre los ojos.
—Está claro que Jaxom merece ascender a dragonero —dijo F’nor en el mismo tono persuasivo—. Y, a fin de cuentas, este es un asunto de la incumbencia del weyr. Pero no son los señores de los fuertes los que van a decir la última palabra al respecto. Además, Ruth es un dragón de Benden.
—Aquí lo decisivo es la responsabilidad —dijo F’lar, mirando a ambos dragoneros con el ceño fruncido. Dirigió una mirada a Jaxom, que no estaba del todo seguro de saber de qué estaban hablando, salvo de que la discusión giraba en torno a él y a Ruth—. En fin, de acuerdo. Habrá que entrenarlo para volar por el inter. Si no fuera así, supongo que lo intentarías por tu cuenta, ¿no es así, joven Jaxom de la Sangre de Ruatha?
—¿Señor? —dijo Jaxom sin poder dar crédito a su buena suerte.
—No, F’lar. Jaxom nunca intentaría hacer una cosa así por cuenta propia —dijo N’ton con un tono extraño—. Y ese es justamente el problema. Creo que Lytol ha cumplido demasiado bien con su cometido.
—Explícate —dijo F’lar con tono terminante.
F’nor alzó la mano.
—Lytol está aquí mismo —dijo a modo de rápida advertencia.
—Señor Jaxom, ¿podrías dejar a tu amigo en sus aposentos y unirte luego a nosotros en el taller? —dijo el señor celador con una inclinación cortés ante para uno de los presentes.
Uno de los músculos de su rostro se contrajo mientras volvía rápidamente a la grada. Podría haber dicho algo… si hubiera querido, pensó Jaxom mirando fija y gravemente las anchas espaldas de su tutor.
N’ton le dio otro golpecito en las rodillas y, cuando Jaxom miró al caudillo del weyr de Fort, este hizo un gesto con la cabeza:
—Eres un buen muchacho, Jaxom, y un buen jinete.
Después se acercó a los otros dragoneros.
—Supongo que en ningún caso os atreveríais a servir un vino de Benden en ocasión tan solemne como esta, ¿eh, Lytol?
Era la voz del arpista la que se abría paso entre la gente del patio.
—¿Qué otra cosa se atrevería nadie a servirte, Robinton? —dijo Lessa riendo.
Jaxom los vio subir los escalones y entrar en el taller. Dando todo un concierto de graznidos, los lagartos de fuego abandonaron su despliegue aéreo y descendieron hacia la entrada pasando muy cerca de la alta figura del arpista cuando se dirigían hacia el interior del fuerte.
Lo ocurrido había puesto a Jaxom de excelente humor y le dio a Ruth instrucciones de dirigirse hacia los aposentos de ambos. Cuando su mirada recorrió las ventanas, vio a la gente que se iba retirando. En aquellos momentos sentía un vehemente deseo de que Dorse y todos sus compañeros estuvieran presentes, que hubieran visto los golpecitos afectuosos de F’nor y oído como él, Jaxom, conversaba con los tres dragoneros más importantes de todo Pern. Dorse, en lo sucesivo, tendría que tener más cuidado ahora que Jaxom tenía autorización para volar con Ruth por el inter. A buen seguro que Dorse nunca se lo habría imaginado. Ni siquiera él, pensó Jaxom. ¿No había sido estupendo que N’ton lo hubiera sugerido? ¡Cuando Dorse se enterara, se lo iba a tragar todo crudo!
Ruth parecía ir contestando todos estos pensamientos con una especie de canturreo insolente mientras entraba en el viejo establo y bajaba su hombro izquierdo para permitir que Jaxom desmontara.
—Ahora ya podemos volar e irnos de aquí, Ruth. Y también podremos volar por el inter e ir a donde queramos, por todo Pern. Has volado magníficamente y siento haber sido tan mal jinete sobre ti, dándote esos golpes en las placas del cuello. ¡Pero aprenderé a hacerlo mejor! ¡Ya verás!
Los ojos de Ruth giraron de manera afectuosa, azules y brillantes, mientras seguía a Jaxom al interior del weyr. Luego, Jaxom siguió diciéndole a Ruth lo maravilloso que era, con sus giros sobre la punta del ala, mientras limpiaba el polvo depositado y la porquería que se había ido acumulando en el lecho de Ruth durante la noche anterior. El dragón se acostó inclinando la cabeza hacia Jaxom en una sutil solicitud de caricias. Jaxom empezó a acariciarlo, más bien reacio a participar en celebraciones en las que el verdadero huésped de honor debía estar ausente.
Advertido por los graznidos de los lagartos de fuego, Robinton avanzó rápidamente hasta pegarse contra la hoja derecha de una de las grandes puertas metálicas. Luego se puso las manos delante de la cara a modo de protección. Demasiadas veces se había encontrado en medio de aquellas justas de lagartos de fuego por no tomar precauciones. Sin embargo, en general, y gracias a las enseñanzas de Menolly, los lagartos de fuego del taller del arpista tenían una conducta aceptable. Sonrió al oír la exclamación de sorpresa y disgusto de Lessa. Tras sentir el viento que levantaban a su paso, se quedó un rato más donde estaba y, como había esperado, los lagartos desaparecieron por la puerta. Oyó al señor Groghe que amonestaba a su pequeña reina Merga. Luego Zair le encontró y, reprendiéndole como si se hubiera escondido de él deliberadamente, el pequeño lagarto de fuego bronce se posó sobre su acolchado hombro izquierdo.
—¡Mira allí! ¡Hay un muchacho! —exclamó Robinton, golpeando al agitado bronce con los dedos. A modo de cariñosa respuesta, el lagarto rozó la mejilla del maestro con la cabeza—. Yo nunca te abandonaría, deberías saberlo. ¿Volaste también con Jaxom?
Zair suspendió sus reproches y dio un graznido de felicidad. Luego encorvó el cuello para atisbar el patio abajo. Curioso, Robinton se asomó para ver qué había atraído la atención de Zair y vio a Ruth avanzando hacia los viejos establos. Robinton dio un suspiro. Casi hubiera deseado que Jaxom no hubiese obtenido permiso para volar con Ruth. Como había supuesto, el señor Sangel seguía muy decidido a evitar que el muchacho gozara de las prerrogativas de un dragonero. Y tampoco iba a ser Sangel el único de aquella generación de señores de los fuertes que le negaría aquella licencia. Robinton sentía que había obrado con justicia al influir sobre Groghe en pro del muchacho, pero, por supuesto, Groghe era más listo que Sangel. Además, él era dueño de un lagarto de fuego y eso lo inclinaba más hacia Jaxom y a Ruth. Robinton no podía recordar si Sangel no había querido, o no había sido capaz de impresionar a un lagarto de fuego. Debía preguntárselo a Menolly. Su reina, Beauty, debía empollar pronto. Era útil que su oficiala tuviera un lagarto de fuego reina. Así, él podría disponer de los huevos según el mayor provecho para todos.
Estuvo unos minutos más mirando, conmovido por lo que veía. Entre Jaxom y Ruth había como un aura de inocencia y vulnerabilidad, de dependencia y protección el uno del otro.
Jaxom había llegado al mundo en unas condiciones claramente desfavorables: arrebatado del cuerpo muerto de su madre, con su padre mortalmente herido en duelo media hora más tarde. Y recordando lo que N’ton y Finder le habían explicado poco antes del vuelo de Jaxom, Robinton hubo de reprocharse no haber mantenido una vigilancia más cuidadosa sobre el muchacho. Lytol no era tan rígido como para no darse por enterado, sobre todo tratándose del interés de Jaxom. Pero Robinton tenía demasiadas preocupaciones y su pensamiento incluso considerando que Menolly y Sebell tenían su confianza y eran sus fieles ayudantes. Zair gorjeó y frotó la cabeza contra la barbilla del arpista.
Robinton soltó una risita contenida y dio un golpe a Zair. Los lagartos de fuego no tenían más de un brazo humano de longitud, y no eran tan inteligentes como los dragones, pero sí extremadamente agradables como compañeros, y a veces podían ser muy útiles.
Ahora era mejor que fuera con los demás y viera el modo de insinuarle su idea a Lytol. El joven Jaxom sería una ayuda ideal para sus proyectos.
—¡Robinton! —llamó F’lar desde la puerta de la sala de recepción más pequeña del fuerte—. Date prisa. Tu reputación está en juego.
—¿Mi qué? Voy...
Las largas piernas del arpista le llevaron a toda prisa hacia la habitación, apenas acabada la frase. No tuvo dificultad en adivinar de qué se trataba al ver las sonrisas de los que estaban junto a las botellas de vino añejo.
—¡Ja! ¡Creéis que me vais a pillar! —exclamó haciendo gestos dramáticos en dirección al vino—. Pues bien, ¡estoy seguro de poder arreglármelas para conservar mi reputación! Tan seguro como de que tú has marcado correctamente las botellas, Lytol.
Lessa rio y sacó una botella, exhibiendo su elección a los reunidos. Sirvió un vaso de aquel vino tan rojo y se lo tendió a Robinton. Este, bien consciente de que todos los ojos estaban fijos en él, se acercó a la mesa con pasos lentos y chulescos. Sus ojos captaron la mirada de Menolly y esta le hizo un guiño casi imperceptible, totalmente a sus anchas en medio de una sociedad tan prestigiosa. Ella, como el pequeño dragón blanco, estaba dispuesta a volar sola. Había recorrido un largo camino desde la muchacha insegura e ignorada que vivía en un fuerte marino perdido. Robinton debía sacarla ya del taller para que echase a caminar sola.
Robinton hizo la cata del vino con gran ceremonia, que era lo que claramente se esperaba de él. Examinó el color a la luz del sol que entraba en la estancia, aspiró profundamente su aroma y luego sorbió el líquido delicadamente, paladeando con ostentación el vino.
—Mmmm... Bien, sí. No me parece difícil reconocer qué cosecha es esta —dijo con cierta arrogancia.
—¿Y bien? —preguntó el señor Groghe.
Sus pulgares daban tirones al cinturón y agitaba sus pies enfundados en las botas, dando muestras de impaciencia.
—¡No hay que tener prisa con el vino!
—O lo sabes o no lo sabes —dijo Sangel con un bufido escéptico.
—Por supuesto que lo sé. Es la cosecha de Benden de hace once revoluciones. ¿No es así, Lytol?
Robinton, consciente del silencio que reinaba en la estancia, se sorprendió por la mirada de Lytol. Aquel nombre no podía estar todavía disgustado porque Jaxom hubiera volado sobre el pequeño dragón, ¿verdad? No, la contracción del músculo había desaparecido de su mejilla.
—Tengo razón —dijo Robinton, arrastrando las palabras y señalando con dedo acusador al señor tutor—. Y tú lo sabes, Lytol. Para ser exactos, este es el último prensado, pues el vino está agradablemente afrutado. Además, es del primer cargamento de Benden que le sacaste al viejo señor Raid gracias a la sangre ruathense de Lessa. —Imitó el pesado tono de barítono de Lytol—: «La dama del weyr de Pern debe recibir vino de Benden cuando visita su antiguo fuerte». ¿Tengo o no tengo razón, Lytol?
—Desde luego que la tienes, en todos los sentidos —admitió Lytol con algo que sonó sospechosamente como una risa contenida—. En lo tocante a vinos, maestro arpista, eres infalible.
—¡Qué alivio! —exclamó F’lar, golpeando amistosamente al arpista en un hombro—. No habría podido soportar la pérdida de tu reputación, Robinton.
—Es el vino adecuado para celebrar esta ocasión. Brindo por Jaxom, el joven señor del fuerte de Ruatha y orgulloso jinete de Ruth.
Robinton sabía que había incluido a un dragón en la solemnidad de sus palabras, pero no había manera de disimular el hecho de que, si bien Jaxom era señor electo del fuerte de Ruatha, era también e innegablemente un dragonero. El señor Sangel se aclaró la garganta abruptamente antes de tomar el sorbo de vino que la ocasión requería. El ceño fruncido de Lessa hacía pensar que ella había hecho un brindis por completo diferente.
Después de aclararse de nuevo la garganta, Sangel intervino como Robinton esperaba.
—Sí, y, a propósito, hay que aclarar hasta qué punto el joven Jaxom será un dragonero. Durante su eclosión se me dio a entender —hizo un vago gesto en dirección a los establos— que aquella pequeña criatura no sobreviviría. Por eso no protesté entonces.
—No tuvimos intención de mentir, señor Sangel... —empezó a decir Lessa con voz vacilante.
—No habrá problemas, Sangel —dijo F’lar diplomáticamente—. No hay escasez de dragones grandes en el weyr. Por lo que no tendrá necesidad de luchar.
—Tampoco hay escasez de hombres de Sangre entrenados en este fuerte —dijo Sangel, adelantando agresivamente la mandíbula.
El viejo Sangel iba al grano, como era de esperar, pensó Robinton con agradecimiento.
—Desde luego será de sangre de Ruatha —dijo Lessa, y sus ojos grises centellearon—. La única razón por la que cedí mis derechos de sangre a este fuerte cuando llegué a dama del weyr fue para cederlos al único varón con sangre de Ruatha en las venas… ¡Jaxom! Y, mientras yo viva, no permitiré que Ruatha, de entre todos los fuertes de Pern, sea el trofeo de duelos de sangre por todo el continente entre los hijos más jóvenes. Jaxom seguirá siendo señor electo del fuerte de Ruatha y nunca será un dragonero de combate.
—Solo quería dejar las cosas claras —dijo Sangel, apartándose para evitar la helada mirada de Lessa—, pero admitirás, dama del weyr, que cabalgar dragones, sin perjuicio de las limitaciones que conlleva, puede ser peligroso. Habrás oído hablar de lo sucedido en las Altas Extensiones…
—Los vuelos de Jaxom se controlarán en todo momento —prometió F’lar. Y dirigió una mirada de advertencia a N’ton—. Nunca cabalgará para luchar contra las hebras. Sería demasiado peligroso.
—Jaxom es un muchacho de carácter responsable —dijo Lytol, interviniendo en el debate—, y ya le he advertido adecuadamente de sus responsabilidades.
Robinton vio la mueca de N’ton.
—¿Exceso de precaución, N’ton? —preguntó F’lar, que también se había dado cuenta de la expresión del caudillo del weyr de Fort.
—Es posible —respondió N’ton de manera diplomática y con una inclinación de cabeza a modo de disculpa hacia Lytol—. Quizá inhibido sea más exacto. Sin intención ofender, Lytol, hoy me he dado cuenta de que el muchacho se encuentra… aislado de los demás. El que tenga su propio dragón es una de las causas, sin duda. Como no hay muchachos de su edad que hayan tenido siquiera ocasión de impresionar un lagarto de fuego, no comprenden sus problemas.
—¿Dorse ha vuelto a las andadas? —preguntó Lytol, tirándose del labio y mirando a N’ton.
—Entonces conoces la situación... —dijo N’ton aliviado.
—La verdad es que no. Y esa es una de las razones por las que yo mismo te he presionado, F’lar, para que permitas el vuelo del muchacho. Eso le permitiría visitar los fuertes donde hay otros de su edad y rango.
—Pero, tendrás algún adoptado... —exclamó Lessa paseando la mirada por la sala como si se le hubiera pasado por alto la presencia de muchachos en el Fuerte.
—Estaba a punto de aceptar una adopción de media revolución para Jaxom, cuando él impresionó —dijo Lytol, y extendió una mano para indicar el final de ese plan.
—No puedo soportar la idea de que Jaxom se vaya de Ruatha por motivos de adopción cuando es el último de mi linaje —dijo Lessa frunciendo el ceño.
—Yo tampoco —dijo Lytol—, pero en cuestiones de adopción es necesario ser recíproco...
—No lo es —respondió el señor Groghe dándole a Lytol unas palmaditas en el hombro—. Y de hecho, es una suerte que no sea así. Tengo un muchacho de la edad de Jaxom que ha de ser adoptado. Y es un alivio no tener que tomar a otro muchacho en compensación. Cuando veo lo que habéis hecho para volver a poner a Ruatha en marcha y hacerla próspera, Lytol, pienso que el muchacho podría aprender de ti a hacerlo correctamente. Es decir, si hubiera algo que retener cuando llegue a la mayoría de edad.
—Este es otro asunto que me gustaría discutir —dijo el señor Sangel dando unos pasos hacia F’lar y echando una mirada a Groghe en busca de apoyo—. ¿Qué hemos de hacer nosotros, los señores de los fuertes?
—¿Hacer? —preguntó F’lar, momentáneamente perplejo.
—Con los hijos menores —dijo Robinton suavemente—, para los que ya no hay más fuertes que regir en Boll del Sur, Fort, Ista e Igen…, por nombrar a los señores que tienen las mayores familias de hijos con posibilidades.
—El Continente Meridional… F’lar, ¿cuándo vamos a empezar a abrir el Continente Meridional —preguntó Groghe—. Toric se quedó en el fuerte Meridional, y quizá podría emplear a un muchacho o dos, fuertes, activos, enérgicos, ambiciosos, o quizás incluso a tres.
—Los Antiguos están en el Continente Meridional —dijo Lessa pensativa—. No pueden hacer mal allí, pues es una tierra protegida por gusanos.
—No había olvidado donde están los Antiguos, dama del weyr —observó Groghe, alzando las cejas—. Es el mejor sitio donde pueden estar, pues allí no nos molestan. Hacen lo que quieren sin hacer daño a la gente decente.
A Robinton le pareció que había una laudable ausencia de rencor en las palabras de Groghe, teniendo en cuenta cuánto había sufrido el fuerte de Fort por el irresponsable gobierno del weyr de Fort por parte de T’ron.
—El caso —siguió diciendo Groghe— es que el Continente Meridional es muy grande, y además tiene gusanos, así que no importa mucho que los Antiguos vuelen en hebra o no, pues nadie sale perjudicado.
—¿Alguna vez te has quedado fuera de tu fuerte durante una caída de las hebras? —le preguntó F’lar.
—¿Yo? ¡No! ¿Crees que estoy loco? Solo me faltaría ser como esa pandilla de jovenzuelos que se pelean por la caída de un guante… Aunque pelean solo con los puños, y todas mis armas están sin punta, pero el escándalo que montan es suficiente para mandarme al inter o para hacer que salga… Sí, entiendo lo que quieres decir, caudillo del weyr —añadió Groghe sombríamente, y sus dedos ejecutaron una rápida danza sobre su ancho cinturón—. Sí, eso lo complica todo, ¿verdad? No estamos hechos para vivir sin fuertes, ¿verdad? Y Toric no parece querer aumentar sus fuertes... Y hay que hacer algo con los jóvenes. Y no solo en mi fuerte , ¿eh Sangel?
—Si me permites una sugerencia… —se apresuró a decir Robinton al ver a F’lar vacilante, y este le pidió por señas que siguiera hablando, visiblemente agradecido por la interrupción—. Bien, hace media revolución, el quinto hijo del señor Groghe, Benelek, tuvo una idea para mejorar los aperos de la recolección. El maestro de herrería de Fort sugirió que Fandarel debería interesarse en esto. Y de hecho, el buen maestro herrero estaba interesado. El joven Benelek fue a Telgar para una preparación especial y convenció a uno de los hijos de las Altas Extensiones de que fuera con él, pues ese muchacho tenía aptitudes mecánicas. En fin, para abreviar, ahora hay ocho hijos del fuerte en el taller del herrero y ocho muchachos del artesanado que dan muestras de igual talento para las faenas de herrería.
—¿Qué estás sugiriendo, Robinton?
—El mal requiere manos ociosas. Me gustaría ver un grupo especial de gente joven reclutado en todos los Artesanados y en todos los fuertes, intercambiando ideas en vez de insultos.
Groghe gruñó.
—Lo que quieren es apropiarse tierras, no ideas. ¿Qué hay del Meridional?
—Esta solución seguramente se puede estudiar —dijo Robinton, respondiendo a la insistencia de Groghe tan despreocupadamente como le era posible—. Los Antiguos no vivirán para siempre.
—En realidad, señor Groghe, no estamos en absoluto en contra de ampliar los fuertes en el Meridional —dijo F’lar—. Es solo que…
—... hay que elegir el momento —dijo Lessa terminando su frase al verle dudar.
Había en sus ojos un extraño fulgor que hizo pensar al arpista que tenía otras dudas al respecto.
—Espero que no tengamos que esperar a que acabe esta pasada —dijo Sangel con tono irritado.
—No, solo hasta que estemos en condiciones de faltar a la palabr
