Nuestro último suspiro

Luna Dueñas

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

Granada (España), 1942

Me tiemblan tanto las piernas que pienso que, en cualquier momento, me voy a caer de bruces sobre el mojado pavimento de piedra por el que camino apresurada, mientras una fina llovizna de noviembre me cala hasta los huesos. Puedo imaginar tan vívidamente como mi cuerpo se desparrama sobre la calzada, la forma en que mi vestido se levanta levemente a causa de la caída, y los dos pequeños jarrones de porcelana que escondo en los bolsillos internos y secretos de las enaguas que porto debajo de mi falda azul oscura, raída y desteñida por el paso del tiempo, salir volando y hacerse añicos.

Exhalo con brusquedad y un denso vaho se escapa de mi boca a causa del frío y del miedo ante tal visión. Debo prestar atención al agua que moja el pavimento, a los charcos que se forman y a donde piso. Si esa ensoñación se hiciese realidad y me viesen esos demonios, estaría muerta. Mi familia también.

Sigo recorriendo las callejuelas de Granada, en dirección a la plaza de Bib-Rambla, donde he quedado con un conocido de mi padre. Con suerte, estos dos jarrones nos darían para alimentarnos, al menos, una semana más. La posguerra ha destrozado esta ciudad, así como gran parte de España. Y, para colmo, ahora tenemos que enfrentarnos a una dictadura que viene a hacernos de la vida un desafío más imposible aún.

La gente camina apresurada de un lado a otro, claramente asustada de estar expuesta en la calle y acometer algo que no le parezca moral al régimen y que le cause pagar su error con su vida. Y quizá esa sea la manera más rápida de acabar con su sufrimiento. La muerte no puede ser más castigo que estar viviendo muertos de hambre y terror dentro de esta pesadilla.

Con mis recién cumplidos diecisiete años, mis padres ya consideran que estoy preparada, también, para luchar por la supervivencia de mi familia. Y el estraperlo, una especie de intercambios ilegales que llevamos a cabo para poder conseguir comida y otros útiles de la vida cotidiana, se les da mejor a las mujeres que a los hombres por la facilidad para ocultar la mercancía dispuesta a intercambiar sin que nadie lo note ni pueda registrar más de lo moralmente permitido. Nuestras faldas, vestidos, pañuelos y pañoletas son grandes aliados para llevar a cabo nuestro plan.

Tengo que esquivar, incluso, cuerpos tirados en la calle, muertos de hambre, sin que nadie vaya a reclamar sus pobres almas, antes de alcanzar la plaza y encontrar al hombre que he venido a buscar. Mis ojos viajan por la extensión de esta, buscando al señor de mediana edad, que porta un sombrero verde oscuro con una pequeña pluma en él, como me ha indicado mi padre. Él, en esta ocasión, se ha quedado a las afueras de la ciudad con nuestros burros, que nos ayudan a transportarnos desde Víznar, nuestro pueblo natal, a la capital.

No tardo demasiado en verlo, así que me dirijo hacia él apresurando el paso. Es la primera vez que voy a realizar un acto ilegal, y estoy deseando terminar y volver a casa. Normalmente, siempre venía mi madre, pero, por su embarazo de ocho meses y por el cuidado de la abuela Pilar, que está en cama y muy enferma, yo he ocupado su lugar ahora. Cuando alcanzo al señor, que perfectamente podría estar en sus cincuenta, noto que me mira con el ceño fruncido, mientras no deja de observar todo a nuestro alrededor, pendiente de algún peligro acechante que nos pueda meter en problemas.

—¿Dónde está María Luisa? —pregunta desconfiado.

—Se ha quedado en casa, no se encuentra bien este mes —explico mientras mi corazón late desbocado dentro de mi caja torácica.

—¿Y tu padre?

—Él me está esperando a las afueras, señor. —Temblando, echo mano a mi falda para que note que no vengo a perder el tiempo con él y que tengo material que intercambiar—. Esta vez me han dado estos dos jarrones.

Él, de manera brusca, toma mi brazo para impedir que saque nada.

—¡Para! —Mira a su alrededor de nuevo, desconfiado—. ¿Es que quieres que nos maten a todos aquí?

Su brusquedad me deja sin palabras y temblando aún más de lo que ya estaba. Luego, tira de mi brazo y me obliga a caminar con él, a una estrecha calle aledaña que apesta a orín, a miseria y a humo de las candelas que la gente hace dentro de sus hogares para intentar calentarse. Tengo miedo. Pienso que sería mejor darle los jarrones y ya está. No entiendo por qué me está obligando a perderme en las profundidades de otras calles, que cada vez son más estrechas y oscuras.

Al llegar a otra esquina en la que parece que no hay nadie, bajo una antigua arcada de piedra, se detiene y me suelta. Para ese entonces, ya estoy respirando bastante agitada por la carrera, y mi falda tiene grandes lamparones y barro a causa de los charcos pisados. Espero que sean de agua y no de orines o heces. Se me levanta el estómago aún más solo de pensarlo.

—Ahora sí —comenta él asintiendo y dando a entender que estamos algo más a salvo—. A ver qué traes, niña.

Con algo de vergüenza y decoro, le doy la espalda para poder sacarme los objetos del refajo sin mostrar más de lo debido. Cuando tengo los dos pequeños jarrones blancos con bordes dorados y estampados florales en las manos, y la ropa recolocada decentemente, me giro y se los enseño.

Pone una mueca de sorpresa, pero luego se recompone.

—¿Estás segura de que no son falsos?

Toma uno y lo examina desconfiado.

—Eran regalos de boda cuando mi abuela se casó. Son de porcelana, su padre se los regaló de un comerciante que viajaba por Europa. Es de lo poco que hemos logrado salvar después de la guerra. No nos queda mucho más.

El hombre lo sigue examinando y parece conforme con mi explicación.

—Vale, bien. —Echa mano a su gabardina y se guarda los jarrones en bolsillos internos, también cosidos intencionalmente para esta tarea—. Ten, yo también es de lo poco que tengo.

Me tiende una bolsa de tela poco abultada. Cuando la abro, lo miro incrédula. ¿A quién pretende engañar? Todo en él se ve caro: su sombrero de fieltro, sus ropas —dignas de cualquier ministro— y la higiene de la que goza.

—¿Dos jarrones de porcelana a cambio de algunas patatas medio podridas y huevos? —le echo en cara, molesta, mientras lo fulmino con mis ojos del color de la madera.

—¿Qué te piensas, niña? ¡Esto es España! Da gracias que, al menos, tendréis algo que llevaros a la boca y no morir de hambre como muchos de estos pobres desgraciados.

Hace un gesto para abarcar a la gente, tirada por el suelo y mendigando, que nos rodea en todas las direcciones.

—Pero es que... esto... —Mi padre me va a matar. Al menos, esperábamos algo de carne, y algún producto de higiene personal también—... es demasiado poco para alimentar cuatro bocas.

Él muestra una sonrisa malévola, mientras con sus pequeños ojos comprueba, en ambas direcciones, que nadie repara en nosotros, antes de fijar su mirada en mí. Con su mano derecha, atrapa un mechón de mi pelo castaño, me hace cosquillas en la barbilla. Aún no me acostumbro a no tener mi melena larga. Tuve que cortarla para venderla por unas míseras pesetas también. ¿Tendríamos que vender, pronto, nuestras almas para poder sobrevivir?

—Si quieres, tengo algo más con lo que poder alimentarte...

No entiendo demasiado bien a qué se refiere. Pero cualquier propuesta me valdría con tal de no volver tan solo con esto a casa; apenas nos daría para dos comidas si acaso. Y rezar por no coger una infección o una enfermedad por el mal estado de los alimentos, como le ha ocurrido a mi abuela Pilar.

—Pues dime, lo necesitamos de verdad. No tengo nada más que darte.

—Oh, bueno, créeme que sí puedes darme algo a cambio.

Se acerca un poco más a mí, lo que me hace sentir incómoda y, casi sin dudar un segundo, se echa mano a sus pantalones. Se desabrocha el pantalón y hasta llega a sacar su miembro masculino a la vista de todos, sobre todo, de mí. Me horrorizo y doy un paso atrás, lo que me hace chocar con la pared de la calle. Me siento acorralada.

—Te daré más alimentos si antes, ya sabes, me complaces.

—¿Qué estás diciendo? ¡Déjame!

Intento huir y forcejeo, pero él me aprieta aún más contra la pared y, agarrando mi cabeza de forma brusca y despectiva, me acerca en dirección a su asquerosa vulgaridad. Me hago daño en la espalda y en el cuello intentando resistirme, y opto por gritar, lo que provoca que él me tape la boca con su mano con brusquedad. Ahora tampoco puedo respirar.

—¡Pequeña zorra! ¿Acaso quieres que nos descubran? —sisea como una serpiente enfurecida—. Acaba pronto con esto, anda. Le he hecho muchos favores a tu familia, es hora de que me los devolváis.

—¡Por favor! —suplico contra su sucia mano, mientras mis ojos se inundan de lágrimas—. Si me deja ahora no diré nada, me llevaré las patatas y no diré nada, lo juro.

—No es solo eso, chiquilla... Es que tu padre me debe demasiado. Y la verdad es que hace tiempo que no tengo un rato de disfrute. Considéralo una ayuda extra que una muchachita como tú puede hacer para aliviar la carga a los hombres que luchan por este país.

—¡Suéltame! —sigo chillando y mi voz queda amortiguada entre sus dedos.

—Vale, si no vas a colaborar, entonces vamos a cambiar los planes.

Su otra mano se desliza por debajo de mis enaguas. Y siento que, por más que grito, nadie me ofrece ayuda. Ni las pocas personas medio moribundas que están tiradas en el suelo, a metros de nosotros; ni algunas personas que pasan por allí con la cabeza gacha, sin querer meterse en problemas al defenderme. Estoy indefensa, totalmente humillada. Una cosa es escuchar la cantidad de violaciones que se han cometido desde que estamos en esta situación y otra muy diferente, vivirla en carne propia.

Cuando está a punto de llevar a cabo su malévolo plan, pegando sus caderas con fuerza contra las mías, un poco al descubierto también, de repente, lo dejo de sentir. Y el aire frío de la calle choca con mi cuerpo y mi ropa de nuevo.

Temerosa de lo que ha podido pasar, abro mis ojos poco a poco. Descubro una escena que no espero: el señor del sombrero está tirado en el suelo, lamentándose y blasfemando, mientras un chico algo más mayor que yo, también con su cara medio oculta bajo una boina con visera gris, se toca la mano con gesto de dolor.

¿Le ha pegado a este hombre por mí? Intento controlar mi respiración, mientras el alivio inunda mi cuerpo. Aunque el temblor tardará horas en desaparecer. Menudo patán.

Cuando el chico fija sus ojos en mí, su color se me graba para siempre. Son verdes, pero no un verde normal, sino uno lleno de motas doradas que es tan precioso de admirar que me hace quedarme atrapada en ellos sin poder abrir la boca. Quizá estaría bien decir algo y no quedarme mirándolo despeinada y de manera extraña, con todas mis vestimentas revueltas y mostrando más de lo debido.

Quizá debería empezar a excusarme también, antes de meterme en problemas ante este desconocido.

Capítulo 2

—Gracias —logro susurrar.

Él niega con la cabeza, quitándole hierro al asunto.

—No deberías hacer tratos con tipos de esta calaña, o acabarás peor de lo que estás.

—No estaba haciendo nada, de verdad —comienzo a negar apresurada, con el miedo de que él vaya a contarle a algún gris que estábamos haciendo estraperlo—. Es un conocido de mi padre, y solo venía a darle un mensaje de su parte.

—No tienes que fingir conmigo, sé de sobra lo que hace con todas las chicas que trae a este sitio. —Su voz suena madura para la edad que le echo—. Y con algunos chicos también.

—Pero yo no...

—Anda, márchate —sugiere—. Este sitio es peligroso para alguien como tú. Y deja de buscar problemas. Cualquier día no lo vas a contar.

Nos aguantamos la mirada durante unos segundos, en los que todo queda al descubierto, sin que tengamos que mediar palabra. Y, sin que me lo tenga que decir dos veces, echo prácticamente a correr, levantando mi falda con las manos, y lo dejo allí, maldiciendo a mi agresor.

Tengo que aguantar las lágrimas mientras me dirijo, a todo correr, a las puertas de la ciudad. Si ese muchacho alto y decidido no hubiese aparecido, no me quiero ni imaginar lo que habría ocurrido. Cuando casi estoy alcanzando el punto donde me espera padre con los burros, reduzco la velocidad y lo busco entre el gentío, que hace de todo para sobrevivir un día más. Pronto lo veo pegado a la fachada de una casa, mientras acaricia a los animales.

—Margarita, de verdad, ¡lo que has tardado! —me regaña, lo que me hace consciente del peligro que entraña no realizar esto en el menor tiempo posible—. ¿Sabes qué nos pasaría si nos descubren? Lo hemos hablado en casa miles de veces...

—Lo siento, es una larga historia. Es que me ha pasado algo complicado. Ese hombre...

Noto que observa mis manos y alza una ceja oscura, salpicada de sus primeras canas, lo que hace que interrumpa mi discurso y mi excusa.

—¿Y la comida?

—La comida, sí. Ese hombre me dio una bolsa que...

Me doy cuenta, mientras lo nombro, de que no tengo nada en mis manos. ¡No puede ser! Miro a mi alrededor incrédula, como si la bolsa me hubiese podido seguir mágicamente.

—Oh, Dios, no me digas que la has perdido o te han timado. —Padre se deja caer sobre uno de los burros, Finito, que rebuzna como un loco para darle más dramatismo al asunto—. Le dije a tu madre que esto no era una buena idea.

—Se me ha debido de caer —susurro insegura y con pena por decepcionar a mi padre en la primera misión importante que me ha encomendado y de la que depende la supervivencia de la familia—. Iré a por ella. Ahora vuelvo, padre.

Echo a correr y puedo escuchar a padre gritándome desde detrás e intentando alcanzarme para detenerme. Pero le es imposible seguirme el paso.

—Margarita, ¡nos vas a poner a todos en peligro!

Yo ignoro lo que dice. Y deshago el camino que recorrí segundos antes, en busca de la dichosa bolsa raída marrón. ¿Cómo puedo ser tan torpe? Algunas personas me reconocen al pasar de vuelta y me miran con curiosidad, o preocupados, preguntándose qué demonios estoy haciendo, corriendo de arriba abajo las mismas calles varias veces.

Cuando salgo de nuevo a la plaza y me dirijo hacia la calle aledaña donde esa sabandija intentó propasarse, también desgraciadamente, llamo la atención de uno de los miembros de la Policía Armada. Comienzo a temblar cuando uno de ellos me detiene tomándome del brazo con brusquedad. Me fijo en la carísima tela gris de su uniforme y el símbolo de la falange en su antebrazo. Trago saliva de una manera que, espero, no sea demasiado llamativa y refleje que estoy temiendo por mi vida.

—¿Algún problema, señorita? —pregunta el más mayor de los dos.

Su gran bigote gris se mueve sutilmente mientras pronuncia esas palabras, de una manera tan casual que pone los pelos de punta.

Tardo unos segundos en encontrar mi boca y mi lengua, y poder darles la orden de hablar y salir de esta. Noto que el gentío detiene sus actividades para fijarse en la escena, con caras de pánico. Otros se encierran en sus casas, dando golpes secos mientras cierran puertas y ventanas. Que te paren los grises no es para nada un buen augurio. De hecho, es el peor de todos.

—Nada, señores. Todo bien.

Intento poner cara de niña buena.

—Y, si está todo tan bien, ¿por qué te hemos visto pasar por aquí, corriendo, ya como unas tres veces?

—He quedado con un familiar.

Es lo único que se me ocurre. Espero que no noten que estoy comenzando a sudar de puro pánico.

—Y ese familiar... ¿está en tres calles diferentes?

—No, es que... —Tengo la boca seca—. Se me había olvidado la dirección exacta y fui a preguntarle a mi padre, que me espera a las afueras.

No sé si meter a mi padre en esto sea lo mejor. Ambos se miran entre sí, es obvio que no me creen o no quieren hacerlo. Estamos condenados.

—Llevas una falda muy ancha. No traerás nada ahí escondido, ¿verdad?

—En absoluto —miento—. Ya les digo, tan solo voy a ver a un familiar enfermo.

—¿Y por qué esas carreras?

La dureza de sus ojos me pone el vello aún más de punta. Aprieta más su agarre en mi brazo. Me va a quedar un buen moratón.

—Tengo prisa, tenemos que volver a Víznar antes del mediodía. Nuestra madre está embarazada y mi abuela está muriéndose en una cama.

—¿Cuál es tu nombre?

Está claro que no van a dar su brazo a torcer, ni siquiera después de mi confesión.

—Margarita —contesto con sinceridad.

—¿Margarita qué más?

Quieren fichar a mis familiares, eso está claro.

—Margarita González Ruiz, señor.

—Bien, Margarita González..., me temo que nos vas a tener que acompañar.

Y, sin darme tiempo ni a reaccionar, el otro hombre, un oficial más joven que el que me ha estado interrogando, se une a su compañero, y entre ambos me toman por los brazos y me arrastran en otra dirección. La gente se horroriza. Incluso algunos niños se echan a llorar. Hasta yo comienzo a sentir el fuego de las lágrimas, llenas de miedo, quemarme el borde de los ojos. Ahora sí que estoy en problemas. ¿Acabaré encarcelada y moriré de hambre? O, peor aún, fusilada cuando descubran que he estado haciendo estraperlo. Qué final más triste, cuatro vidas por una bolsa de patatas podridas. Siento ganas de escupirlos.

—¡Ahí estás! —Una voz juvenil, pero masculina, llama la atención de los tres. Los guardias se detienen a mirarlo—. Cuando te dije que dejaras de meterte en problemas, me refería precisamente a esto, prima.

Lo observo como si tuviese delante una alucinación. Como si se me hubiese materializado, delante de mis ojos, el mismísimo Jesucristo en su versión más joven. Es el chico de antes, reconozco su cuerpo desgarbado y sus incipientes rasgos masculinos bajo su boina. En la mano lleva una bolsa de tela marrón. ¡Mi bolsa! No sé de qué va todo esto; pero, entre ir a la cárcel, morir o hacer el teatro de mi vida con este desconocido, opto por lo tercero.

—Pri... ¿primo? —lo saludo con la voz temblorosa.

Él se acerca a los grises como si se acercara a cualquier hijo de vecino, sin mostrar el más mínimo signo de miedo o tensión.

—Si es que no puedo dejarte sola.

La mueca de disgusto le sale tan natural que hasta yo me creo el cuento.

—Me hago un lío con estas calles —me excuso intentando fingir una sonrisilla avergonzada y dando a entender que soy una pobre chica indefensa y algo ignorante. Eso siempre les encanta—. Tuve que volver a preguntarle a padre, ya que no recordaba la dirección exacta.

Noto que los policías aflojan su agarre contra mis brazos y, poco a poco, me van soltando. Luego, se dirigen tan solo a él.

—No sabíamos que era familiar suyo.

Es mi imaginación, ¿o acaso se están excusando?

—Sí, es una prima lejana de Víznar. No conoce demasiado la ciudad, debí de haberme explicado mejor al comentarle la calle. Vamos a llevarle algo de comida a un familiar enfermo, ya saben, para despedirnos.

Me tiene boquiabierta. Parece que es capaz de leerme el pensamiento.

—En tal caso... —Me empujan hacia él de manera brusca y, aunque quiero maldecirlos cuando miro hacia atrás para enfrentar sus demoniacas caras, prefiero mantenerme prudente y no volver a meterme en problemas—. Tenga más cuidado la próxima vez, señorita González. No son tiempos para andar correteando de un lado a otro.

«Ni para existir bajo el mando de monstruos como vosotros y al que servís». Calla, Margarita, calla.

—Venga, vamos, se estarán preguntando dónde estamos.

El chico es el que me toma, ahora, del brazo y tira de mí de una forma más delicada, pero con premura.

Dejo que me guíe de vuelta a esa maldita calle donde ese otro señor intentó ultrajarme. Se adentra, incluso, un poco más en su estrechura, hasta que quedamos al abrigo de una enorme planta de azahar que sobresale de la parte de atrás de una casa medio en ruinas y que cuelga de la pared, en nuestra dirección.

—Primero, le pegas a un hombre, ahora desafías a la Policía Armada... ¿De dónde has salido? —le pregunto incrédula.

Él mantiene su semblante serio, aunque puedo notar un amago de sonrisa y una sombra de un hoyuelo en su mejilla derecha que me hace verlo algo más atractivo que antes. ¿Por qué siento un calor extraño, de repente, en medio de este frío horrible?

—Eso mismo podría preguntarte yo —contesta clavando sus ojos en mí—. Primero, te tengo que rescatar de un hombre mientras haces estraperlo y te intentan violar, y ahora casi te fusilan los grises. Te has propuesto no salir viva del día de hoy con demasiado afán.

Me siento algo avergonzada. Ahí tiene razón, hoy nada está saliendo como lo planeamos.

—Siento que te hayas tenido que meter tú también en problemas por defenderme. —Bajo la mirada un poco—. En mi casa, en Víznar, la situación es delicada. Mi abuela está gravemente enferma, en cama, con grandes fiebres y vómitos, y mi madre está embarazada de ocho meses. Apenas tenemos para comer y nos vemos obligados a recurrir a esto para no morirnos de hambre. Aunque, quizá, ha sido un fallo que viniese yo con mi torpeza y no mi padre...

Extiende sus manos para mostrarme la bolsa marrón que venía a buscar. Y me escucha sin pronunciar palabra.

—Entonces toma tu bolsa y regresa a casa.

La tomo entre mis manos. Es pesada y sucia, el olor a patata podrida emana de su interior y me hace aguantarme una mueca de disgusto.

—La próxima vez, ten más cuidado —me aconseja—. Siempre hay alguien vigilando a la vuelta de la esquina, o gente con segundas intenciones dispuestos a aprovecharse de los más necesitados. No lo olvides.

Me sobrepasa echándome un último vistazo, y retoma su camino por otra de las estrechas calles. Pero, antes de que se aleje lo suficiente para que no pueda escucharme, alzo la voz.

—Muchas gracias, señor...

Me detengo al descubrir que no sé el nombre de mi salvador.

Él se para a unos metros de mí y me mira, de nuevo, con esos ojos tan expresivos que parecen conocer los secretos de mi alma.

—Manuel Suárez —informa mientras muestra una sonrisa fugaz—. Ahora, vuelve a Víznar, y sin correr, Margarita González.

Capítulo 3

Encuentro a padre en la plaza Bib-Rambla, girando la cabeza hacia todas partes, con gesto de terror; claramente, me está buscando. Es consciente del peligro que corría al volver para atrás, y no se equivocaba en absoluto. Me siento fatal. Para una tarea que me encomiendan para ayudar a la familia, y por pocas terminamos todos muertos.

—¡Padre!

Siento ganas de acercarme a él corriendo, pero me contengo. No vaya a ser que anden por aquí los grises de antes y me meta en problemas de nuevo. Apresuro el paso para llegar hasta él.

—Margarita, gracias a Dios. —Suspira aliviado al verme y pone sus manos en mi cara con gesto de cariño—. No vuelvas a hacer eso, ¿me oyes? Si ya de por sí sospechan de todo, cuanto más si ven un movimiento repetido y a la misma persona.

—Estoy bien, no te preocupes. —Decido no contarle mi encuentro con la Policía Armada para no preocuparlo más—. Y mira, he podido recuperar la bolsa.

Sonrío para quitarle hierro al asunto, y los dos suspiramos aliviados de que esta noche sí podamos llevarnos algo diferente a la boca que no sea pan duro, gachas de harina de almorta o sopa de ajo, en los mejores días, cuando con la cartilla de racionamiento nos entregaban algunos alimentos, y absolutamente nada en los peores. Hago el amago de enseñarle lo que ese hombre me ha dado, aunque recuerdo que el intercambio no ha sido muy justo y me regañarán de igual manera por haber sido estafada.

Él me detiene en cuanto yo hago el amago de abrir la bolsa para enseñárselo.

—No, aquí no. —Mira a su alrededor con nerviosismo—. Volvamos a casa. Bastantes emociones por un solo día, ¿no crees?

***

Finito y Aceituno, nuestros dos burritos, cargan con el peso de mi padre y mío mientras, por un camino rural que consideramos más seguro que la carretera principal, deshacemos los nueve kilómetros que nos separan de la ciudad de Granada con nuestro pueblo natal, Víznar. Un pueblo sacudido por la guerra de la manera más cruel, pero que aún cuenta con varios vecinos que quieren luchar por sacar todo adelante otra vez; ni una guerra iba a impedir que se fueran de sus casi destruidos hogares.

En aproximadamente una hora, divisamos nuestra pequeña casa en las afueras del pueblo. Su doble planta, su fachada blanca a causa de la cal y mi madre, asomada en la puerta de color verde oscuro, con gesto preocupado, nos dan la bienvenida.

Justo cuando dejamos a los burros en el cuartito habilitado para ellos y a las gallinas al lado de casa, comienza a llover con fuerza. Salimos de allí apresurados, mientras mojamos nuestras alpargatas viejas con agua de los charcos, llenos de barro y excrementos. Mi madre, una mujer en sus cuarenta que aún conserva la gran belleza de su juventud, con sus grandes ojos de color ámbar casi amarillo, su pelo oscuro y su piel aceituna

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos