Colapso

Flavia Brofffoni

Fragmento

Colapso

INTRODUCCIÓN

En algún momento, a toda psique le llega la magnitud de la crisis. Aquí andamos, las personas del colapso.

La generación del Umbral.

Urbanitas, periodistas, campesinas, artistas, programadores, políticos, militantes, economistas, estudiantes, cuidadoras. Hijas e hijos. Madres y padres. Activistas. Científicas y científicos. Mapuche, qom, kolla, guaraní. No binarias, cis, gays, travestis y trans. Personas artificialmente inteligentes. Cyborgs del fin de un mundo viejo. Holobiontes1 en el amanecer de uno nuevo.

Esta generación, la nuestra, está desparramada por el mundo: lee las mismas noticias sobre las catástrofes ya desencadenadas y las que están por venir; observa el quiebre de lo conocido en los ojos de los animales, lo siente en las manos extendidas en gesto de ruego de las tantas personas coterráneas expulsadas por este sistema tóxico. Tiene la bronca atragantada por tanta injusticia, por tanta evitabilidad. Y mientras chapotea en el barro de lo incierto, elige juntarse alrededor del fuego sagrado del hacer común para pensar, co-mentar (pensar con otres), sentir y mover los modestos hilos del tiempo que nos toca vivir.

Somos la naturaleza defendiéndose a sí misma, rezan los carteles en desobediencia civil de las Zonas A Defender (ZAD) francesas. Basta de terricidio, las banderas del Movimiento de Mujeres y Diversidades Indígenas en Puelmapu. ¿Por qué pasa todo esto?

Si tenemos todos los números a mano. Los papers. La evidencia empírica. Tenemos los testimonios y conocimientos de quienes vivieron siempre entrelazados con la tierra, sin distinguir las fronteras de especie en esta amalgama de vida que somos.

EL COLAPSO COMO INICIO

Empecé este libro muchas veces. Además de no tener ningún tipo de método ni disciplina, me siento en una edad en la que las poderosas fuerzas de la relatividad operan con robustez; me siento cada vez con menos razón, cada vez más “dudante”, como diría Atahualpa Yupanqui. Pero, al mismo tiempo, me reconozco menos testaruda. No sé si es bueno. Es lo que es. Inspirada, influenciada y admirada por la capacidad de otras personas de poner en palabras u obras mi ánimo del momento, divago constantemente alrededor de las respuestas que mejor sentido le pueden dar al tiempo que vivimos, en este lugar concreto. Los límites del territorio ya son un gran problema en sí mismo para escribir y pensar el umbral de la civilización. Qué gran palabra, civilización. Se me viene la imagen de las “grandes civilizaciones” del pasado, esas que vimos florecer y caer a puro estruendo en películas y, cada vez menos, en las páginas de los libros. Me cuesta ver con claridad los rasgos que distinguen a la nuestra, o al menos cuáles son sus especificidades tomando como límite la geografía, ya que la civilización del petróleo y la internet ensanchó los márgenes del planisferio ad infinitum.

Creo que la dificultad que tengo de entender y verme siendo parte de una civilización específica tiene algo que ver con que no encuentro una otredad tan diferente en las formas de hacer las cosas en la mayoría de los lugares del mundo. O al menos la sorpresa de un antagonismo posible se ve minimizada por tener acceso a conocer esas alteridades de manera virtual, aún antes de pisar ese otro suelo. Hay vasos conductores de cultura que han permeado todas las capas posibles en los modos de tener presencia en la Tierra. Patrones de relación que logran que no nos sintamos tan extraños en sitios alejados de nuestra casa, sea el límite de ese hogar el barrio, el país o el continente. Imagino a veces lo que habrá sido la adaptación de mis abuelos llegando a la Argentina luego de haber vivido buena parte de su realidad en una guerra al otro lado del Atlántico: cuesta entender cómo se puede empezar desde cero. Hay millones de casos peores y lejanos, que nos desconciertan de igual manera. Esta sensación desconocida puede que sea un inmenso privilegio —o no, ya veremos por qué—, sabiendo que miles de millones de personas y animales dejan sus hábitats de manera forzada, todo el tiempo, en todos los tiempos.

El colapso traerá versiones insospechadas de migraciones crecientes. La cuestión con la civilización, ya sea que la denominemos globalizada, moderna, posmoderna, industrial, petrosexorracial, capitalista, termoindustrial y un largo etcétera, es que vamos a poder reconocer patrones familiares en absolutamente cualquier lugar del planeta. Aún no sé decidir si esta cualidad es buena o mala.

Decía que al haber empezado este libro muchas veces también me envolvía la necesidad de encontrar un tono y una voz, una visión que no dijera una vez más lo obvio y escrito mil veces en cuanto al diagnóstico de la crisis sistémica, de percepción, social, ecológica y climática que, sin metáfora posible, nos está llevando al hundimiento. Deambular en los universos de sentido que explican lo evidente, si bien es mi trabajo, debo reconocer que ya no me convoca tanto. Presa de la teoría de la comunicación hegemónica, también me percibo ambivalente en cuanto a qué priorizar como “mensaje” central: si aquel de la esperanza en acción (la esperanza que espera ya la prendí fuego hace rato), o mejor el de la confianza en los procesos de justicia cósmica (el universo se expande y no somos nada). ¿Y si el cambio individual se expande a lo colectivo? Pero, al salir de la intuición y la historia, se palpa lo inevitable: la rebelión total como única salida, o al menos, como dispositivo de entrada. ¿Y si pruebo una combinación de todo para dejar a varias audiencias contentas? Se siente algo de traición visceral ahí, ya que aquello que necesita el sistema para que nada cambie es gente queriendo caer bien parada en todos los giros narrativos.

¡Que no cunda el pánico!

Este libro es una propuesta modesta e incompleta (no crean en nadie que diga tener la solución a la encrucijada del fin del mundo) de habitar el umbral, como realidad y ficción, como tiempo-sueño y tiempo-mundo, tomando como eje la desesperanza en el esperar y el anhelo activo del hacer.

El camino se inicia diciendo la verdad: la colapsología trajo al diagnóstico climático y ecológico aquello que no se animaron a nombrar en el pasado los profesionales de la sustentabilidad: ¿y si es inevitable el hundimiento? O, al menos, un hundimiento.

El primer capítulo, “Decirnos la verdad”, no busca diagnosticar la metacrisis sino más bien generar el campo cognitivo para lo que viene luego. Ya no es suficiente describir la incompetencia de los sistemas de gobierno para ralentizar la crisis ambiental, ni explicar, nuevamente, la tendencia en declive en todos los parámetros de biocapacidad. La colapsología no inaugura ninguna novedad científica, pero se anima a dejarse trasvasar por la incertidumbre y lo admite desde la vulnerabilidad. Eso, para mí, es decir la verdad.

Después de decirnos la verdad resultará vital tomar contacto con las implicancias emocionales y disposiciones psíquicas que se tocan —e incomodan— al empezar a hablar del colapso sin tapujos. Se activan sesgos cognitivos de negación que resisten el ingreso de información para cuidar la propia identidad que no son culpa de nadie, son innatos a nuestra especie. De esto trata el capítulo dos. El Homo sapiens evolucionó biológica y culturalmente para sobrevivir a través de mecanismos de autopreservación emocional que el sistema de propaganda y control blando exacerbó en función de mantenernos tranquilos y obedientes para organizar sus negocios sin interrupciones. En cada encuentro presencial que organizo para hablar de estos temas, sobre todo luego de la pandemia, y en espacios de reflexión colectiva y construcción de conocimiento, estos arquetipos del ánimo social y ciertos patrones de respuesta emergen invariablemente. Creo que es importante ponerlos sobre la mesa toda vez que la ronda de conversación se ensancha.

Con la información disponible, sus paradojas y resistencias internas, la historia podría desenvolverse con tres finales posibles, como en los libros juveniles de la colección “Elige tu propia aventura”. Tres capítulos que podrían funcionar como opciones de caminos complementarios para quienes decidan abandonar la cueva de la negación y mirar, en presencia y con alegría, lo que viene. Una vez que sabemos, ¿qué hacemos? ¿Retirarnos a la vida contemplativa? ¿Nos abocamos a la ecoaldea? ¿Salimos a las calles de manera permanente y hacemos de la protesta nuestra profesión?

El cuerpo de tres capítulos de este híbrido es una apuesta, pretenciosa pero humilde, en contradicción perpetua, a la confluencia de mundos. Porque parece que la realidad no alcanza para describirse a sí misma. Pero, sobre todo, no alcanza para cambiarse a sí misma. Por eso hay intervenciones de profesionales con otras miradas que están trabajando con honestidad intelectual y práctica cada una de esas agendas. Ana Cejas, Moira Millán, Jonatan Schutz y Lucas Chiappe son invitades a compartir parte de sus observaciones lúcidas sobre estos tiempos con cuentos, teorías, estudios de campo e historias de inspiración que siento afines al planteo de este libro. Los van a encontrar en los siguientes tres capítulos centrales.

En “Fortalecer el espíritu” me interesa plantear diversas manifestaciones de búsqueda interior y exploración propia, por no decir individual, que existen para dar respuesta a la incertidumbre. Para quienes hacen activismo, saber que los pozos de solastalgia2, burnout, angustia y dolor son comunes y compartidos es un alivio de inconmensurable importancia, que yo misma descubrí sanador. Ahora bien, si algunas prácticas se quedan en la superficie del amansamiento generalizado, son terriblemente contraproducentes para los caminos de la emancipación. Por eso invité a Jonatan Schutz a colaborar con una visión que siento imprescindible al momento de abordar el fortalecimiento espiritual en tiempos de colapso.

El cuarto capítulo se titula “Construir alternativas”, y tiene la mirada puesta en desenmascarar las falsas soluciones y a sus profetas del progreso. Moira Millán nos brinda la mirada del buen vivir y reflexiones acuciantes sobre qué implicancias conllevan algunas de estas propuestas, solo reparatorias en estética, sobre los cuerpos-territorio.

Por último, en “Dar las luchas imprescindibles” me animo a conjeturar sobre el objeto del activismo: ante las muchas agendas posibles, ¿qué hay que defender? El territorio y sus múltiples interpretaciones nos hablan de aquello que materialmente toca hacer. Es imposible hablar de luchas dignas sin hablar de las aproximaciones y controversias detrás de la teoría y la praxis de la resistencia civil, un tópico poco explorado desde la academia en nuestra región en tanto ejercicio político de profundización democrática. Sobre todo, en relación con los movimientos socioambientales, la resistencia civil creo que es el único camino posible para ralentizar la devastación de la Tierra. La acción directa no violenta es, y se corrobora a lo largo de la historia, la llama más eficaz para catalizar cambios paradigmáticos cuando el sistema político-

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